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Soledad

Hablar de soledad cuando se acerca la Semana Santa puede traer a la memoria una marcha procesional, una saeta y hasta una advocación de la Virgen, muy venerada por cierto en estos días. Pero no me refiero a esa soledad.

Hace unos días me decía un joven médico que la enfermedad más extendida en nuestras ciudades no es el cáncer, sino la soledad. Visita las casas con tratamientos paliativos y se encuentra que lo más necesario para el enfermo es la presencia, la compañía. Mucha gente que vive sola, que está sola. Incluso gente rodeada de otros que viven la soledad del desprecio, de la indiferencia, de la falta de atención.

El obispo de Getafe, Ginés García Beltrán , con el Papa Francisco

Hay niños que lo tienen todo, pero les falta la dedicación de sus atareados papás; o jóvenes con grandes espacios de libertad para ir y hacer lo que quieran, pero sin nadie que les acompañe en su despertar a la vida. Hay ancianos a los que nadie escucha, ni tienen quien les tome la mano. Hay soledad en el corazón del hombre que se vive como orfandad.

En definitiva, un mundo que llamamos sociedad de bienestar, pero individualista, en el que cada uno va a lo suyo. Objetivo: mi bienestar.

Por eso, tenemos que invocar la cultura del acompañamiento, hacer prioritaria la cercanía al otro, aprender a saber perder el tiempo en la escucha y en la compasión. Cuántas veces he escuchado: “¡Gracias por dedicarme su tiempo, con la cantidad de cosas que tiene que hacer!”. Pues eso es lo que tengo que hacer, estar contigo, escucharte, decirte con mi presencia que eres importante.

La soledad puede ser también habitada cuando dejamos que Dios entre en ella y la llene. Es la oportunidad de escucharlo, de hablarle, de hacerle morada en mi vida. Es el momento para el encuentro, para la oración, para el descanso en Él.

Mateo, en su evangelio, aprovecha la alusión a la oración para añadir una catequesis sobre ella. El centro de la enseñanza lo constituye el Padre nuestro: “Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará. Ora así: Padre nuestro que están en el cielo…” (Mt 6, 6…).

Ginés García Beltrán,
Obispo de Getafe, en Revista “Vida Nueva” n. 3.124, p. 19)

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