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Osoro, en el Corpus: «Cuando comulgamos, somos despojados y asimilados a Él»

En el misterio de la Eucaristía «Dios se muestra tan cerca de nosotros, acompañando al hombre, dándole su aliento y su vida, siendo su alimento y su sustento. Es algo que nunca puedo olvidar cada vez que celebramos esta fiesta». Con esta confesión, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, presidió el pasado domingo, 23 de junio, la solemnidad del Corpus Christi.

En una concurrida catedral de Santa María la Real de la Almudena, el prelado puso en el corazón del pueblo de Madrid el sagrado misterio de la Eucaristía, donde «Dios mismo quien se queda con nosotros». La presencia real de Cristo en el misterio de la Eucaristía «no es algo pasivo», sino que «es una fuerza que nos coge, nos absorbe y nos introduce en ella».

«Hoy el Señor viene a curarnos la ceguera»
Abrazado a la fuerza de este inmarcesible sacramento, el purpurado destacó que «en nuestra relación con Cristo, el centro es Él». Él «es el protagonista», y «cuando comulgamos, somos despojados de nosotros mismos y asimilados a Él y por Él». Somos «hechos uno con Él, a través de Él, con la comunidad de hermanos».

( Foto: José Luis Bonaño)

Una misión, sin duda, apasionante. «Hoy el Señor viene a curarnos la ceguera», subrayó, ante la mirada atenta de los fieles. Viene «a decirnos que está a nuestro lado y que si le acogemos a Él en nuestra vida, seremos Él en medio de los hombres». Él, incidió, «sana, cura, da libertad y engendra relaciones de comunión con todos los hombres».

«Dios nos abraza, nos guía y da sentido a nuestra vida»
«Qué bueno es que este Padre se haga cercano a nosotros y nos haga ver el rostro humano de Dios», dejó caer, mientras ponía por entera su alma a los pies del altar que, en unos instantes, haría verdad el milagro de la fe. Un Dios, reveló, que «nos abraza, nos guía y da sentido a la historia y a nuestra vida personal y colectiva».

La presencia real de Cristo para nosotros «es absolutamente necesaria para entender que es la abertura a la libertad donde vivimos esa comunión de la que nos habla el Resucitado». Una presencia que «nos exige vivir en la humildad de la fe»; es decir, «en la humildad de la Encarnación de Dios, que debe corresponder con la humildad de nuestra fe, esa que abandona la soberbia y que se inclina entrando a formar parte del Cuerpo de Cristo, que vive con la Iglesia y solo así entra en comunión concreta con el Dios vivo».

«Cristo murió por todos», recordó, para después abundar en que Él «nos quita de la soledad y de huir de los demás».

La misión de «eucaristizar nuestra vida»
El arzobispo madrileño también incidió en que «en el día del Corpus Christi, Cáritas nos recuerda la realidad de curar y de hacer obras», pero «solo serán verdaderas si las hacemos en una comunión viva con nuestro Señor Jesucristo, entrando en su Resurrección y viviendo eucarísticamente».

Finalmente, invitó a los presentes a «contemplar este misterio», porque «la Eucaristía nos compromete y nos lleva al servicio de los demás, al testimonio, a la solidaridad por los hermanos y a la vivencia del amor nuevo». Y siguiendo la estela del Maestro, custodió en sus corazones de carne ese mandamiento, tan antiguo y tan nuevo, del amor: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

Adoración y procesión
Desde que concluyó la Misa hasta las 17:30 horas, el Santísimo permaneció expuesto en el altar de la Virgen para su adoración, con sus respectivos turnos.

A las 19:00 horas arrancó desde la catedral la solemne procesión con el Santísimo, que recorrió las calles del centro de la ciudad.

El recorrido procesional estuvo adornado por distintas alfombras florales: la parroquia Presentación de Nuestra Señora se encargó de confeccionar una en la calle Mayor; el grupo de los castizos eligió el tramo comprendido entre la plaza de la Villa y el mercado de San Miguel para su tapiz floral, y la asociación juvenil El Vado ornamentó el suelo de la plaza de la Almudena.

La banda municipal, la agrupación musical Nuestro Padre Jesús El Pobre, la banda militar y la banda de cornetas y tambores del Santísimo Cristo de la Tres Caídas fueron las encargadas de acompañar musicalmente la procesión.

Además, un año más, los grupos jóvenes de La Borriquita, Los Gitanos, Siete Dolores y Medinaceli montaron un altar en la plaza de Santiago, presidido por una imagen de la beata Mariana de Jesús, copatrona de Madrid. También se encargaron de adornar las calles aledañas y de crear la alfombra de sal.

La procesión concluyó cuando el reloj marcaba ya las 21:00 horas. Antes de la reserva del Santísimo, el cardenal Osoro impartió en la plaza de la Almudena la bendición a los fieles congregados.

Infomadrid/Carlos González

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