eucaristia

Majadahonda. Hoja Parroquial de Santa María. Eucaristía del 19.7.2020: XVI Domingo del Tiempo Ordinario

INTRODUCCIÓN

Semilla (C) Cathopic. Bárbara Hernández

La historia se repite y hoy sucede lo mismo que en tiempos de Jesús: se divide el mundo en buenos y malos, y claro que nosotros nos ponemos siempre del lado de los buenos. Se condena a los demás, se les quiere destruir, se les mira con recelo. Los fariseos y los escribas más que buscar signos de esperanza parecen dispuestos a juzgar, a mirar la paja ajena y a declarar impurezas. Las parábolas del Reino que hoy nos cuenta Jesús aportan un tesoro de humanidad y misericordia que el Antiguo Testamento no se atreve ni siquiera a soñar. Siempre se ligaba la bondad y la rectitud con el progreso y con la riqueza. Jesús ahora abre un nuevo horizonte y con sus parábolas da un brusco giro a toda esta teología: no se puede condenar sin el riesgo de matar brotes de vida, el tiempo del hombre no es el tiempo de Dios. Frente a la impaciencia de los que no pueden ver el bien y el mal, está la paciencia misericordiosa de un “dueño” que aguarda hasta el final para descubrir el interior del hombre. El Reino de Dios se hace presente en la ambigüedad de la historia que debe ir madurando, dando frutos y esperar hasta el momento final. El recurso fácil y hasta tendencioso, de dividir a las personas en buenas y malas, no solamente puede resultar falso, sino que trastoca los valores del Reino y destruye a las personas.

Monseñor Enrique Díaz Díaz

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de la Sabiduría 12, 13. 16-19

Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

SALMO
Sal 85,5-6.9-10.15-16a
R/. 
Tú, Señor, eres bueno y clemente

Tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia, con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende la voz de mi súplica. R/.

Todos los pueblos vendrán
a postrarse en tu presencia, Señor;
bendecirán tu nombre:
«Grande eres tú, y haces maravillas;
tú eres el único Dios.» R/.

Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso,
lento a la cólera, rico en piedad y leal,
mírame, ten compasión de mí. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 26-27

Hermanos: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.” Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”»

COMENTARIO
No sabemos… como conviene

Imagen de José María Morillo

Israel ha ido descubriendo, madurando, purificando, profundizando el rostro de Dios a lo largo de su historia, conforme iban pasando por diversas situaciones históricas. Y así ha quedado recogido en los distintos libros de la Biblia, por lo que podemos encontrar diferentes y hasta contradictorios rostros de Dios.  También nos pasa lo mismo a nosotros: según vamos experimentando diferentes acontecimientos en nuestra vida, según vamos reflexionando, estudiando, viviendo… vamos conociendo y experimentando e incluso corrigiendo nuestras vivencias sobre Dios.

El Libro de la Sabiduría es de los últimos en escribirse antes de Jesucristo. Los judíos se encontraban dispersos por el mundo, por el Imperio Romano, y la mayoría vivía en grupos aislados, con apuros económicos y discriminados, aunque permanecían fieles a Dios. Y lógicamente se preguntaban: ¿Por qué estamos así, por que Dios permite que los paganos prosperen, y nosotros suframos la injusticia? ¿Por qué no interviene ahora, como hizo en otros tiempos? ¿Ha perdido su poder?

En tiempos de crisis, de conflicto, de dificultades… estas preguntas vuelven de nuevo. Sobre todo (y pasa precisamente en estos momentos) los más frágiles, los que no cuentan, los que no pueden… sufren con mayor intensidad y experimentan la injusticia de los que tienen en su mano el poder.

El autor de este libro comienza diciendo algo que sí sabían: Sólo existe un Dios Creador y Señor de todo, Omnipotente y providente que ama a todas sus criaturas. Pero… tal vez no recordaban o «no sabían» que  su señorío le hace compasivo con todos, le «hace perdonar/ser indulgente con todos». Los hombres echamos mano de la fuerza para imponer temor y respeto, para someter y dominar a los más débiles, para conseguir que triunfen nuestros critrios. Dios, por el contario, a pesar de ser el dueño de la fuerza, no la usa para imponer su soberanía; no recurre a castigos y escarmientos, ni a la venganza… sino que se muestra con todos, ¡también con los malvados!, manso e indulgente (vv. 17-18). Quiere enseñar a su pueblo que: el justo debe ser humano y amar a los hombres. A pesar de que actúen de modo inaceptables y rechazable, ningún hombre es despreciable, todos merecen ser amados y esperar su arrepentimiento. Dios no quiere la muerte del malvado, sino que: «se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23); por eso deja siempre la puerta abierta a la posibilidad del arrepentimiento. Nosotros no sabemos todavía ser así (v.19). 

 El domingo pasado meditábamos en que la creación vive con la esperanza de ser liberada y «está gimiendo con dolores de parto«. Y nosotros, aun poseyendo las primicias del Espíritu «gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo«. Y hoy San Pablo afirma que «no sabemos orar como conviene». La creación que gime, nuestra conciencia de ser hijos y la necesidad de ser liberados son, deben ser, contenido de nuestra oración. Pero a menudo nuestra oración anda por otros derroteros: intentando «presionar» a Dios para que cumpla nuestros deseos, demasiado centrados en nuestras cosas, en los nuestros (individualismo, egocentrismo…), con demasiada palabrería («ya sabe el Padre todo lo que necesitáis aun antes de pedírselo», nos advertía Jesús. Con horizontes demasiado bajos y frecuentemente con rutina y dando vueltas a los mismos asuntos. Menos mal que «el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros». Desde nuestro más profundo interior, donde él reside, haciéndonos su Templo, podemos orar para buscar la voluntad de Dios, para que avance el Reino, para plantearnos cómo vivir en esta creación -esta casa común- que hoy gime, para discernir los signos de los tiempos, para colaborar cada cual desde su propia vocación, con el proyecto salvador de Dios. No sabemos hacerlo como conviene, por eso ¡precisamos contar, invocar, dejarnos acompañar por el Espíritu en nuestras oraciones! Personal y comunitariamente. Para orar «como conviene«. Ven Espíritu Divino…

 Jesús había comenzado su tarea hablando del Reino y de la felicidad que él supone y que ya está presente (bienaventuranzas y sermón del Monte). En la cabeza de la gente y de los mismos discípulos, había muchos sueños, ideas y deseos sobre la acción de Dios en el mundo, alimentadas a veces por los mismos profetas. Pero… después de un cierto tiempo… el resultado es desalentador. No pasa lo que ellos esperaban con tanto anhelo. ¿Por qué? Aún más: ¿pueden ellos hacer algo para que las cosas mejoren? 

Jesús quiere centrarles, aclararles las cosas, invitarles a la responsabilidad, a la esperanza y a la paciencia. Para ello se sirve de algunas parábolas. Resumiendo y subrayando:

– En el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros conviven el bien y el mal. Todos tenemos sembrada semillas buenas, pero un «enemigo» ha sembrado también cizaña. Y se nota que ambas crecen juntas. ¿Hacemos una buena limpieza y quitamos estorbos para que el resultado sea mejor? Pues no. No tenemos datos ni criterios suficientes para actuar de jueces: tarea que sólo corresponde a Dios. Y de hacerlo, tendríamos el riesgo de arrancar también lo bueno. El sembrador (como en la primera lectura) prefiere seguir haciendo caer su lluvia sobre malos buenos… hasta el momento de la siega… confiando incluso que las malas yerbas se «conviertan» y produzcan frutos.

– En segundo lugar Jesús compara el Reino no con los grandes cedros del Líbano, con un ciprés o algún otro árbol majestuoso. Se sirve del humilde árbol de mostaza, que puede llegar a medir hasta tres metros en el mejor de los casos, pero es pequeño. Sin embargo tiene capacidad de acoger a todos los pájaros que busquen refugio. Es la grandeza de lo pequeño. Desmonta así los deseos de grandeza, de grandiosidad, de triunfo espectacular, de ser muchos, de arrasar con su poder. No son esos los caminos de Dios. Sino crecer, desarrollarse y acoger a los hermanos que quieran refugiarse en sus ramas. Han sido  ésas grandes tentaciones de la Iglesia de todos los tiempos. También de hoy. Pero no por ser grandes, no por tener muchos recursos o buenos contactos y pactos, no por ser muchos… se cumplen mejor los proyectos de Dios.  Puede que todo lo contrario. Cuidar la comunidad, las relaciones, la acogida, en cambio, sí que le importa al Señor. Es lo que conviene ser.

– Por último, la parábola de la «desproporción». Tres medidas de harina vendrían a ser 22 litros… menudo pedazo de pan resulta con un poco de levadura. La masa es mucha, como el mundo, y seguirá siendo masa… pero la presencia discreta y mínima, pero muy potente, de la levadura, hace posible el pan para comer, lo cambia todo. Así también el Reino, la comunidad cristiana, la Palabra de Jesús… «poca cosa»,  ni se ve, pero su tarea es que todo sea distinto. Así ha sido (y todavía), por ejemplo, la presencia callada de la Iglesia y de muchas personas buenas aliviando esta situación terrible del coronavirus. Acompañando, ofreciendo comida, orando, dando refugio en sus locales, y también esperanza. Sin hacer ruido, sin que se note, sin que una inmensa mayoría se entere. Ha sido levadura. Es lo que tenía que ser, convenía actuar así. Lo sabemos porque Jesús nos lo había dejado claro.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(Mateo 13, 24-43 )
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO 
Párroco de Santa María

¡Hola, amigos … todos!

El capítulo 13 del Evangelio de Mateo  finaliza con tres parábolas: dos construidas en paralelo (el tesoro y la perla escondida) y una tercera, a la que se le añade una explicación. Las tres son introducidas del mismo modo: “El Reino de los cielos es semejante a…”.

En las parábolas el pensamiento no es expresado por conceptos, sino que es presentado a través de una imagen (por ejemplo, para hablar de la admisión misericordiosa en el Reino de Dios se utiliza la actitud del padre en la historia del hijo pródigo). En los evangelios es de notar el uso que hace Jesús de las parábolas para hablarnos sobre todo del Reino de Dios.

“El Reino de los cielos es semejante a…”

Las dos primeras parábolas del Evangelio de hoy presentan el mismo esquema: una introducción que presenta la situación inicial: un hombre encuentra un tesoro – un mercader busca perlas preciosas; y una segunda parte en la que se describe la reacción de ambos personajes cuando encuentran, , tanto el tesoro como la perla: van a vender todo lo que tienen y compran el campo y la perla buscada. En esta segunda parte es donde se encuentra el mensaje central de ambas parábolas.

La tercera parábola de “la red que se echa en el mar…” , con la explicación que la acompaña,  es cercana a “la del trigo y la cizaña” . En ambos casos el bien y el mal están juntos: trigo y cizaña, peces buenos y peces malos. A diferencia de la primera, la de la red no se centra en la paciencia del dueño del campo, la oportunidad de conversión que Dios regala al hombre para abandonar el mal y acoger el bien.

Al concluir el discurso, vuelve a aparecer el comprender todo lo que Jesús ha enseñado. No se trata de un entendimiento intelectual, sino de una comprensión que se manifiesta en la vida, en el comportamiento exigido por la presencia del Reino. Las parábolas no son sólo  ejemplos ilustrativos de una realidad, sino, sobre todo, narraciones que mueven y que comprometen a una vida nueva según el modelo de Jesús, parábola de Dios.

¡ Amigos … gracias por vuestra fe en Jesús y la escucha de su Palabra!

José Fernando López de Haro

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