Homilia

Homilía del 5.1.2020, Domingo 2º después de Navidad: «Vino a los suyos» y del 6.1.2020, Epifanía del Señor: «Sigue la estrella»

Santo evangelio según san Juan 1, 1-18
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Vino a los suyos

Las fiestas navideñas, su sentido cristiano, tienen el peligro de contagiarse del sentido mundano que, inevitablemente, acompaña a estas celebraciones. Es algo parecido al descorche de una botella de champán: mucho ruido, posiblemente bastante espuma, y luego a bebérsela rápido antes de que se escape el gas, sin el que el champán pierde toda su gracia. Parecido porque puede quedarse en una breve y superficial explosión de alegría, que apenas deja más poso que la resaca de tanto brindis y tanta comida. No hay que moralizar demasiado al respecto, ni descalificar sombríamente este último sentido mundano, que también tiene su sitio. Pero tampoco debemos, a causa de este último, perdernos el sentido profundo y esencial de la navidad. Por eso, la liturgia vuelve una y otra vez a invitarnos a la contemplación del Misterio. Lo hace desde diversas perspectivas, tratando de que, poco a poco, sin prisas, vayamos captando todos los matices.

Primero vimos la luz y centramos toda la atención en el Niño, al que nuestra fe identifica como el Hijo de Dios, la Palabra de Dios encarnada. Y nos sorprendimos por la increíble cercanía a la que había venido a habitar el Dios por el que todo se hizo. Después, contemplamos a ese mismo niño junto a los que lo rodean más de cerca, sus padres terrenos, María y José, y comprendimos que este nacimiento toca (y transforma) todas las realidades en que vivimos nosotros. En el año nuevo nos fijamos en María, Madre de Dios. Y como sabemos que María no es un ser divino, sino humano, entendimos mejor la realidad fuerte de esta encarnación: el Hijo de Dios es realmente hombre como nosotros, puesto que ha nacido de una mujer. María aparece además como trono de la sabiduría, pues en su regazo se encuentra la Palabra que Dios nos dirige para iluminarnos.

Hoy, la liturgia nos invita a volver sobre el texto que ya leímos el día de Navidad (y también el día 31) para poder asimilarlo y que vaya calando en nuestra alma. Los nuevos matices que podemos descubrir en este denso texto nos los indican las dos primeras lecturas. Y esos indicadores señalan en dirección a nosotros. La sabiduría, leemos en la primera lectura, ha venido a habitar en medio de nosotros, convertidos en su pueblo. La Palabra que es la Sabiduría de Dios, si quiere habitar entre nosotros, es para hacernos sabios, para que sepamos por experiencia propia, quién es Dios para nosotros, quiénes somos nosotros para Él. Pablo dice lo mismo con otras palabras, cuando señala que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Tanto el sabio autor del libro del Eclesiástico, como Pablo, apóstol de los gentiles, nos están diciendo que Jesús ha nacido para nosotros, por nosotros. Es decir, subrayan con fuerza el acento salvífico de este Misterio.

La sabiduría que Dios nos transmite en Cristo y todos los bienes espirituales y celestiales con que nos enriquece se resumen en el don de la filiación divina: a quienes creen en él y le acogen en la fe les da un verdadero poder: el de ser hijos de Dios.

Es decir, el Hijo de Dios, su Palabra eterna, ha nacido en la debilidad de la carne para que nosotros nos hagamos poderosos, y convirtamos, en Él, en hijos de Dios. Y esto es algo enorme: no somos siervos o esclavos, que han de inclinarse ante este Dios forzados por el temor de ser destruidos o castigados; ni somos funcionarios de una ley moral más o menos rigurosa, por la que acumulamos méritos que después podemos exhibir orgullosos, exigiendo la paga correspondiente. Tampoco nos convertimos en “libertos”, es decir, gentes desinhibidas para hacer “lo que nos da la gana”, pues esas ganas, que no brotan de nuestro más auténtico yo, y que pueden ser inducidas manipuladoramente de tantas formas, nos hacen vivir una libertad ilusoria y, con frecuencia, nos hacen caer en nuevas esclavitudes… Adquirimos la dignidad de hijos. También la condición de hijo está en nuestro mundo sometida a la realidad del pecado: muchos son los hijos no reconocidos, maltratados, abandonados; o sometidos a una suerte de propiedad privada por parte de sus padres. Jesús con su nacimiento y su cercanía, nos da la oportunidad de ser hijos en sentido pleno: hijos de un Dios que es Padre, no en el sentido metafórico de ser el origen de todas las cosas. El Dios que conocemos por Jesucristo no es padre por ser creador, sino que al contrario: si ha llegado a crear el mundo es porque es ante todo Padre: Padre del Hijo por el que hizo todas las cosas. El llegar a ser hijo de Dios en el Hijo Jesucristo significa que Dios nos quiere y nos elige, nos reconoce, nos restituye toda la dignidad con la que fuimos creados como imágenes suyas, y nos da la libertad propia de los hijos, que, como recuerda Agustín, no consiste en la posibilidad de hacer el mal (esa es la libertad humana herida y enferma), sino la libertad para el bien, es decir, para el amor, para dar libremente la propia vida como nos enseña con su ejemplo el mismo Cristo: para que, como dice Pablo, seamos santos, esto es, irreprochables por el amor.

Así que hoy, en la repetida contemplación del Misterio, de la Palabra hecha carne, todo el acento se dirige a nosotros: pues por y para nosotros, por y para nuestro bien, ha nacido Cristo. Y porque su nacimiento, su presencia entre nosotros pide de nosotros una respuesta: que lo acojamos con fe y con amor, que escuchemos y pongamos por obra su Palabra, que no seamos tan necios como para rechazar estos dones, sino que nos hagamos sabios con la sabiduría que viene de arriba para convivir con nosotros y que es pura, pacífica, amable, llena de indulgencia y buenas obras (cf. St 3, 17). 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José Ma. Vegas, cmf
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 6.1.2020, La Epifanía del Señor: «Sigue la estrella»

PRIMERA LECTURA
La gloria del Señor amanece sobre ti
Lectura del profeta Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Salmo 71 R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra
SEGUNDA LECTURA
Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3, 2-6

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

EVANGELIO
Venimos de Oriente a adorar al Rey
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.»» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Sigue la estrella

El misterio de la Navidad es tan grande y tan profundo, que no basta un día para entrar a fondo en él y descubrir todas sus dimensiones. A la noche y el día de Navidad, en que contemplamos la luz del niño Dios nacido en Belén, le siguen otras fiestas que van completando un cuadro armonioso. La fiesta de la Sagrada Familia nos habla de un contexto de relaciones humanas, del que la verdadera humanidad de Jesús tenía necesidad para desarrollarse y crecer. Las fiestas de San Esteban y de los santos inocentes, para evitar un exceso de sentimentalismo, nos recuerdan que Jesús nace en un mundo violento e injusto y que Él mismo y otros por su causa habrán de sufrir las consecuencias de esa situación “no ideal” del mundo en la que tiene lugar la encarnación.

El misterio se va completando con esta fiesta de la Epifanía o Manifestación de Cristo a los gentiles, nuestra popular fiesta de los Reyes Magos. Es una fiesta que enlaza directamente con la del domingo siguiente: el Bautismo del Señor, otro momento de manifestación, pues es el momento del comienzo del ministerio público de Cristo; y con la Bodas de Caná, que Juan presenta como el comienzo de los “signos” que Jesús realiza para anunciar que Dios está ya cumpliendo sus promesas. De hecho, la liturgia oriental reúne en una sola fiesta (aquí en Rusia es el día 7 de enero) la Navidad y la Epifanía.

Mateo dice, con el episodio de los sabios de Oriente, que ya desde su nacimiento Jesús tiene una significación universal, sin distinción de razas, culturas y nacionalidades. Que Dios se haga hombre (ser humano) es algo que tiene que importarle a todo el mundo. No puede ser algo exclusivo de un grupo, un pueblo, incluso una confesión religiosa. Ya, antes de Cristo, y pese al tono fuertemente nacionalista de la religión judía, se dieron cuenta de ello los Profetas. Isaías hoy los representa a todos. Es algo que se deriva naturalmente de su monoteísmo: si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, significa que es el Dios de todos los hombres sin distinción; luego la revelación que Israel ha recibido es para todo el mundo. Israel descubre así su vocación sacerdotal, de mediador entre Dios y la humanidad. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, Pablo es el gran batallador por la comprensión universalista de la fe cristiana, que impide que ésta se reduzca a una insignificante secta dentro del judaísmo.

Dios nace y se manifiesta: nace para manifestarse, para comunicarse, para hacerse accesible a todos. Esto tiene una importante consecuencia para la comprensión de nuestra fe, que no puede reducirse a una “opción privada”, a una íntima convicción que no debe manifestarse. Hoy, con frecuencia, en nombre de una tolerancia mal entendida, se nos invita a profesar la fe con tal de que no la manifestemos, de que la practiquemos en nuestro fuero interno, en el ámbito privado de nuestras asambleas litúrgicas, pero renunciando a tratar de que la fe impregne nuestro actuar, nuestro pensamiento y nuestra presencia pública. Es pedir un imposible. Jesús no vino al mundo a fundar un club privado, sino a decirnos que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos sus hijos y que todos somos hermanos.

Así pues, respetando sin ambages la libertad de todos y sin imponer nada a nadie, los cristianos no podemos dejar de proclamar el significado y la importancia para todos de lo que nuestra fe proclama, y de testimoniar, invitando a todos, a acercarse a conocer personalmente al hijo de Dios hecho hombre. Y es que la nuestra es una opción personal, pero no sólo una opción privada.

Un detalle importante de esta fiesta es el de la estrella. Los sabios de Oriente representan la sabiduría humana. No eran magos, sino sabios, posiblemente astrólogos, una especie de físicos y filósofos, indagadores de la naturaleza y buscadores de la verdad. Que estos sabios siguiendo la estrella buscaran al niño para adorarlo significa que entre la fe y la razón no hay contradicción alguna, que la ciencia y la revelación no son divergentes sino convergentes, pues por caminos distintos se encaminan a la verdad, el bien y la justicia, que, por vía natural o por vía revelada, tienen un mismo Autor.

La razón tiene sus limitaciones y en ciertos momentos necesita abrirse a la iluminación de la revelación. Así, el hombre puede admirar la grandeza y el poder de Dios al contemplar la naturaleza, pero no puede llegar por la sola razón al contenido revelado, que le dice que a ese Dios creador que busca en las estrellas lo puede encontrar en medio de los hombres. Por eso los Reyes Magos siguiendo la estrella se acercan mucho, pero no pueden llegar hasta el final. Tienen que preguntar a los representantes del pueblo sacerdotal, depositario de la revelación. Estos tuercen el gesto, pero consultan el depósito que se las ha confiado y hallan la respuesta. Es un texto de Isaías el que despeja el camino hasta el niño recién nacido. Pero causa admiración y perplejidad que mientras los sabios de Oriente se muestren tan abiertos (a la razón y a la fe), esos representantes del Pueblo elegido estén tan cerrados a lo que sus propias Escrituras les dicen. Vemos que ni la razón ni la revelación bastan por sí mismas. Hacen falta, además, disposiciones personales, es decir, un corazón bien dispuesto. Si no se da esto, la sola razón puede llevar a la soberbia y a la negación de Dios; y la actitud religiosa cerrada sobre sí misma puede convertirse en fanatismo, en la negación del hombre al que en nombre de una verdad mal entendida se está dispuesto a matar. 

Nuestros sabios de Oriente, bien dispuestos y abiertos a las evidencias de la razón y a las revelaciones de la Escritura, encuentran al niño y le ofrecen sus dones. Son toda una profesión de fe: oro (el niño es el rey celestial), incienso (es el Hijo de Dios), y mirra (su trono y su gloria serán la cruz).

Una afortunada tradición ha querido que los reyes magos sigan trayendo sus regalos a niños y mayores del mundo entero. Pero solemos darle a esta tradición un moralismo indebido: los regalos dependen de si hemos sido buenos, de si nos hemos portado bien. Como si fueran el premio a un mérito acumulado. Pero esto no es así. Los regalos se hacen porque se quiere a la persona agraciada, y con el regalo se le “dice” ese amor, se confirma su ser y se celebra que exista. Es importante que nos hagamos regalos unos a otros, como expresión de esos vínculos esenciales que están más allá de todo mérito.

Los magos confiesan y testimonian con sus regalos. Nosotros deberíamos tratar de regalar al mundo el testimonio de nuestra fe, sin miedo y sin vergüenza, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Es el mejor regalo que le podemos hacer, pues el mundo necesita a este niño que ha nacido en Belén. Regalar la luz que hemos visto en medio de la noche y que hemos recibido con nuestra fe. Sí, ese es el mejor regalo que podemos y debemos hacer en este mundo no ideal en el que Jesús ha nacido para todos: ser nosotros mismos estrellas que indican el camino que lleva a Belén a todos aquellos que buscan a Dios, y que, incluso sin saberlo, necesitan a Cristo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

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