Homilia

Homilía del 4.4.2021, Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B): «La Resurrección de Jesucristo: de la desaparición a las apariciones »

Santo evangelio según san Juan 20, 1-9
Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

La Resurrección de Jesucristo:
de la desaparición a las apariciones

El rasgo más sobresaliente de los relatos evangélicos leídos en la noche Pascual (Lc 24, 1-12) y en el Domingo de Resurrección (Jn 20, 1-9), es que Jesús no aparece en ellos por ningún lado: ni muerto, ni vivo. El primer testimonio de la Resurrección de Jesús no es una aparición, sino una desaparición: ha desaparecido el cadáver de Jesús.

Los discípulos, empezando por las mujeres que van al sepulcro a embalsamar el cadáver (tras la ejecución, víspera ya de sábado, no habían podido hacerlo), y siguiendo por los Apóstoles, Pedro y el discípulo amado, se encuentran que el lugar de la muerte está vacío, que la evidencia de la muerte, el cadáver, ha desaparecido. De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los indicios del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia, la desaparición de Jesús muerto, y los signos del caos de la muerte (las vendas y el sudario) recogidos y ordenados, es muy elocuente, dice muchas cosas, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”, tal como indica el Evangelio de Juan: “vio y creyó” (Jn 20,8)

La primera cosa que dice, es que no se trata de relatos fantásticos creados para sorprender, para suscitar credulidad, en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío, es decir, por los signos debilitados de la muerte, desposeídos de su presa, hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de Juan lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Y todo esto indica que el llegar a “ver” al Resucitado es un proceso de fe, de maduración en la fe. Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, el momento del entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de la inmadurez, requiere ir subiendo a Jerusalén, ir entendiendo que el camino mesiánico de Jesús, no es un camino de rosas (cf. Mt 16, 13-23); del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10).

Todo esto significa que de la Resurrección no hay pruebas, no se puede demostrar (sólo se puede demostrar históricamente que desapareció el cadáver, pero eso después cada cual lo interpreta a su manera: cf. Mt 28,15); pero sí hay testigos: el testimonio de aquellos que gracias a su fe son capaces de “ver” al Señor. Es la inversa del dicho: “ver para creer”, aquí se trata de lo contrario: creer para ver. Para ello hay que purificar la mirada, limpiarse de impurezas: por eso la noche pascual empieza por la liturgia del fuego y sigue con la del agua bautismal. Esos elementos bautismales que nos hacen nacer a una vida nueva: el Espíritu (fuego) y el agua son los que al purificarnos cumplen en nosotros la bienaventuranza de “los limpios de corazón, porque verán a Dios” (cf. Mt 5,8). El tiempo de Pascua es una gran Catequesis: los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, (todos nosotros) para el que se han (nos hemos) preparado durante el tiempo de Cuaresma, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando dónde podemos encontrarle y “verle”.

De momento, nos invita a meditar sobre la propia fe tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una más o menos hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.

El mensaje de la Pascua nos dice que es posible, pese a los muchos signos de muerte, “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo!

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

VIGILIA PASCUAL (B)

PRIMERA LECTURA
Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno
Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22.
R. La misericordia del Señor llena la tierra.

SEGUNDA LECTURA
El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe
Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

Sal 15
R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

TERCERA LECTURA
Los israelitas en medio del mar a pie enjuto
Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1

Ex 15, 1-6.17-18
R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

CUARTA LECTURA
Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor
Lectura del profeta Isaías 54, 5-14

Sal 30
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

QUINTA LECTURA
Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua
Lectura del profeta Isaías 55, 1-11

Is 12, 2-6
R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

SEXTA LECTURA
Camina en la claridad del resplandor del Seór
Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4

Sal 18
R. Señor, tienes palabras de vida eterna

SÉPTIMA LECTURA
Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo
Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28

Sal 50
R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA
Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más
Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11

Sal 117
Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO
Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado
Lectura del santo evangelio según san Marcos

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?” Al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.”

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose a ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, aspirar a los bienes de arriba, que no consisten sino en que nuestra vida esté con él, el Maestro que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el Señor que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: somos testigos de la resurrección, nosotros, “que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.

Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) al contemplar primero en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe: ver a Cristo Resucitado, y ver el mundo con ojos nuevos, ver a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios; y, además, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en Aquél que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

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