Homilia

Homilía del 26.7.2020, Domingo 17 del Tiempo ordinario (A): «Lo que realmente vale»

Santo evangelio según san Mateo 13, 44-52
Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: -«Sí.» Él les dijo: -«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Lo que realmente vale

La vida humana es elegir, y elegir es renunciar. Los deseos humanos no están dirigidos por los sabios mecanismos de los instintos animales (o lo están en muy débil medida), y en esto estriba la riqueza, pero también el riesgo y el drama de la existencia. El ser humano debe establecer él mismo y libremente la escala de sus preferencias; y como sus necesidades y sus posibles deseos son tantos y tan distintos, a veces tan contradictorios, nuestras decisiones comportan siempre la renuncia a posibilidades atractivas y deseables. Si la libertad es la riqueza del hombre, su ejercicio tiene, hemos dicho, algo de dramático por las renuncias que comporta elegir; y de riesgo, porque nuestras elecciones y preferencias puede ser equivocadas, y contribuir no a nuestro bien, sino a nuestra ruina.

La dificultad de elegir adecuadamente depende además del hecho de que los posibles objetos de deseo venden su producto gritando bondades que no siempre tienen, y prometen formas diversas de felicidad vestidas de mil disfraces, como el placer, el bienestar, el éxito, el poder, la riqueza… Todas esas cosas responden a determinadas necesidades, pero muchas veces tratan de atraer nuestra atención hasta el punto de hacernos olvidar otras necesidades más hondas, más decisivas, aunque aparentemente menos urgentes.

Por todo esto, posiblemente el bien más preciado consiste en saber discernir entre el bien y el mal, y en la capacidad de elegir con tino entre las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a diario. Este es el mensaje que brota meridianamente de la primera lectura: Salomón, aunque es rey, se considera un servidor de Dios en favor de su pueblo y, por tanto, en deuda con uno y con otro; por otro lado, se reconoce joven e inexperto. Salomón tenía todas las cartas para pedir a Dios precisamente la capacidad de elegir bien y de discernir entre el bien y el mal. Porque estos bienes no se pueden comprar en el mercado, y sólo hasta cierto punto se pueden adquirir con el estudio: son sobre todo dones y no cuestión de conquista, por eso es necesario pedirlos a Dios en la oración. Pero para recibirlos es necesario desearlos, hacer de ellos objeto de nuestra elección.

Jesús presenta hoy el Reino de Dios como un bien que el hombre puede elegir. Pero, ¿qué es el Reino de Dios, que Jesús ha comparado con semillas que crecen y dan fruto, y que ahora compara con tesoros escondidos y perlas de gran valor? El Reino de Dios no es una “cosa”, un objeto, tampoco un determinado sistema social, un “régimen” de tipo teocrático o laico que se limita a proclamar ciertos valores abstractos. El Reino de Dios hay que entenderlo de manera activa y dinámica: significa “Dios reina”. Dios, la fuente y origen de todo bien, Él es el bien máximo al que el hombre puede aspirar. Por ello, cuando Dios reina en la vida del hombre, éste adquiere la capacidad de discernir el bien y el mal, y la medida que otorga a cada cosa su justo valor. El Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús; es objeto de un anuncio, pero no de una propaganda que nos abruma con sus gritos y sus colores chillones. Jesús lo ha comparado con una semilla que da fruto si encuentra buena tierra, con una palabra respetuosa que busca entablar un diálogo: “No gritará, ni alzará la voz, ni voceará por las calles” (Is 42, 2). Hoy subraya su inmenso valor: es como un tesoro, pero se trata de un tesoro escondido que hay que buscar, por el que hay que esforzarse. Porque su valor es incalculable, es fuente de una alegría que llena al que lo encuentra; pero encontrarlo exige hacer una elección: para obtenerlo hay que estar dispuesto a venderlo todo y comprar el campo en el que se halla. El carácter dinámico e interactivo de la elección del Reino de Dios se refuerza en la segunda comparación: aquí el Reino de Dios se parece, no sólo a una perla de gran valor, sino, sobre todo, al comerciante que la encuentra. Efectivamente, ese enorme valor que descubrimos requiere una actitud activa, una toma de postura, una decisión por nuestra parte. Ser capaces de discernir lo que realmente vale en la vida y elegir en consecuencia, asumiendo las consiguientes renuncias es, al fin y al cabo, lo que decide y discierne la calidad de nuestra vida. A ello se refiere la tercera comparación: la red que, echada en el mar, recoge toda clase de peces, buenos y malos. Esto nos enseña una verdad muy importante: que el tesoro esté escondido, que la perla exija una trabajosa búsqueda, todo esto no significa que el Reino de Dios sea algo esotérico y exclusivo para iniciados o para unos pocos elegidos. El esoterismo, tan de moda en nuestros días, establece divisiones que separan a los hombres según categorías. Pero el mensaje del Reino de Dios se dirige a todos sin distinción. Está escondido, pero en un campo abierto a todos. De ahí la comparación con la red que recoge toda clase de peces. La red es la Palabra que Dios dirige a todos los hombres, sin hacer distinciones entre ellos. Lo que separa aquí a los buenos de los malos depende de nosotros mismos, de la actitud que adoptemos de aceptación o de rechazo de la Palabra.

La Palabra es Jesucristo. Él es el que porta en sí mismo el Reino de Dios, porque él es el hombre en el que Dios reina. Él es el tesoro escondido, porque esta Palabra salvadora se ha revestido de carne. La carne de Cristo vela y contiene al mismo tiempo ese tesoro por el que debemos estar dispuestos a venderlo todo para comprar el campo. Al tomar esta decisión, aunque comporte renuncias, no renunciamos a nosotros mismos, al revés, en Jesús, primogénito de muchos hermanos, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra verdad más profunda: descubrimos el tesoro de la imagen de Dios escondida en el campo que somos cada uno. La Palabra que nos anuncia el Reino de Dios es salvadora porque rescata lo mejor de nosotros mismos, la originalidad de cada uno; y, al hacerlo, no sólo no nos aísla, sino que, al revés, nos abre de un modo nuevo a los demás, en los que sabemos por fe que habita también, a su manera, la imagen de Dios.

La elección del Reino de Dios, la decisión de dejar a Dios reinar en nuestra vida aceptando en ella a Jesús, es la elección por un bien, el del amor a Dios y a los hermanos, gracias al cual todo nos sirve para el bien. Y es que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14, 17).

Jesús nos llama a tomar una decisión radical en favor un bien incomparablemente más valioso que todos los bienes a los que podemos aspirar en este mundo. Como el tesoro escondido en el campo, este bien no es inmediatamente evidente; pero el que lo encuentra comprende que merece la pena venderlo todo para adquirirlo. Y es que este bien, que es el mismo Jesucristo, hace que todos los demás (viejos y nuevos) adquieran su justo valor, de manera que hasta las renuncias inevitablemente inherentes a toda toma de decisión adquieran un sentido positivo, contribuyan a nuestro bien definitivo y último. ¿Es Jesús y su Evangelio el tesoro por el que estoy dispuesto a venderlo todo?

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

25 de julio
Santiago Apóstol

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,33; 5,12.27-33; 12,2

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»  Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Sal 66

R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios
(4,7-15)

Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,20-28)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»  Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»  Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: «Lo somos.»  Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»  Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.» 

El trono y la cruz

A propósito de la solemnidad de Santiago Apóstol suele suscitarse en España la polémica de si debería ser fiesta nacional, de si la ofrenda al Apóstol deben realizarla (como es tradición) las autoridades civiles y políticas, o si, por el contrario, dado el carácter no confesional del Estado (que algunos interpretan de manera extrema como laicismo radical) deben separarse por completo esos ámbitos. Sin negar la oportunidad, incluso la necesidad de tales debates, es inevitable descubrir en ellos el resabio de la presencia de la fe cristiana en la sociedad como una forma de poder. Y, aunque los cristianos debemos aspirar a informar la sociedad de los valores cristianos, por considerarlos esenciales para el bien humano en su plenitud (que no otra cosa significa la salvación), Jesús no avala una forma de influencia basada en el poder (social, político, económico), sino que nos exhorta al humilde servicio.

La Palabra de Dios ilumina con claridad el itinerario de Santiago (y de los otros Apóstoles) que va de una inicial ambición de poder, censurada por Cristo, a una forma de servicio que le lleva precisamente a enfrentarse a esos poderes a los que aspiraba, y que llega a la entrega de la propia vida en testimonio del Evangelio. Esta Palabra nos dice que la tentación de extender el evangelio por la vía del poder es, en cierto modo, natural, por eso los Apóstoles la sienten también con fuerza, y los cristianos de todos los tiempos seguimos sintiéndola. Pero la amonestación por parte de Cristo y el testimonio de Pedro y Juan, y el posterior martirio de Santiago, nos enseñan que es posible convertirse, aprender, acoger y seguir el camino propuesto por Cristo, el camino del servicio, hasta la entrega de la propia vida como supremo testimonio cristiano. Y es que somos, como dice la segunda lectura, “vasijas de barro”, limitados y débiles, pero que, por la fe, portan un gran tesoro. Sí, a partir de esa debilidad, que se refleja en el Evangelio de hoy en la ambición de poder (fruto de una mala comprensión del mesianismo de Cristo), Jesús enseña a sus discípulos el extraño mesianismo de Cruz, al que nos preparamos por la vía del servicio, y que los apóstoles aprendieron muy bien. Del mismo modo, podríamos extender esa transformación de las vasijas de barro que somos, de nuestras inclinaciones más naturales, por la acción de la Palabra de Jesús, de su enseñanza: el deseo de placer se puede transformar en la voluntad de agradar a los demás en lo que es justo y honesto; y el deseo de tener y acumular, en la generosidad del compartir, especialmente con los más necesitados.

Ese valiente testimonio de Pedro y Juan, de palabra, ante el Sanedrín, y de Santiago con su sangre, nos indican, además, que hemos de vencer otra tentación posible: la de la excesiva prudencia para evitarnos problemas y persecuciones. Tal vez si Pedro y Juan hubieran sido más “prudentes”, menos osados, en su testimonio ante el Sanedrín, se hubiera podido evitar el martirio de Santiago, que tan escuetamente se narra en la primera lectura. Tal vez, pero es probable también que sin esa “imprudencia”, sin esa claridad en las palabras, sin ese valor de obedecer a Dios sin plegarse a las presiones de los poderes humanos, el evangelio no hubiera llegado a nosotros y se hubiera convertido en una secta marginal del judaísmo. “Creí y por eso hablé”, afirma Pablo, citando el salmo 115. El creyente de verdad no puede callar, aunque ello comporte riesgos. Pero en el seguimiento de Cristo comprendemos que hay derrotas que son victorias, muertes que son fuente de vida, que aunque nos aprieten, apuren, acosen o derriben, no somos aplastados, desesperados, abandonados o rematados, porque en nosotros actúa la muerte de Cristo, y así se manifiesta también en nuestras vasijas de barro la fuerza extraordinaria de Dios, en nuestros cuerpos mortales, la vida nueva del Resucitado.

Así, pues, si queremos celebrar de verdad al Apóstol Santiago, al margen que se celebre civilmente de una forma u otra, lo que tenemos que hacer es ponernos al servicio de nuestros hermanos y anunciar la alegría del Evangelio sin miedo, con claridad, sin excesos de prudencia, asumiendo los riesgos que, en ocasiones, esto comporta, dispuestos, como Santiago, a derramar nuestra sangre como supremo testimonio de la Verdad. 

José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

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