Homilía del 25.7.2021, Domingo 17 del Tiempo Ordinario (B), Solemnidad de Santiago Apostol: «El trono y la cruz»

Santo evangelio según san Mateo (20,20-28)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?» Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.» Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: «Lo somos.» Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.» Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.»

El trono y la cruz

A propósito de la solemnidad de Santiago Apóstol suele suscitarse en España la polémica de si debería ser fiesta nacional, de si la ofrenda al Apóstol deben realizarla (como es tradición) las autoridades civiles y políticas, o si, por el contrario, dado el carácter no confesional del Estado (que algunos interpretan de manera extrema como laicismo radical) deben separarse por completo esos ámbitos. Sin negar la oportunidad, incluso la necesidad de tales debates, es inevitable descubrir en ellos el resabio de la presencia de la fe cristiana en la sociedad como una forma de poder. Y, aunque los cristianos debemos aspirar a informar la sociedad de los valores cristianos, por considerarlos esenciales para el bien humano en su plenitud (que no otra cosa significa la salvación), Jesús no avala una forma de influencia basada en el poder (social, político, económico), sino que nos exhorta al humilde servicio.

La Palabra de Dios ilumina con claridad el itinerario de Santiago (y de los otros Apóstoles) que va de una inicial ambición de poder, censurada por Cristo, a una forma de servicio que le lleva precisamente a enfrentarse a esos poderes a los que aspiraba, y que llega a la entrega de la propia vida en testimonio del Evangelio. Esta Palabra nos dice que la tentación de extender el evangelio por la vía del poder es, en cierto modo, natural, por eso los Apóstoles la sienten también con fuerza, y los cristianos de todos los tiempos seguimos sintiéndola. Pero la amonestación por parte de Cristo y el testimonio de Pedro y Juan, y el posterior martirio de Santiago, nos enseñan que es posible convertirse, aprender, acoger y seguir el camino propuesto por Cristo, el camino del servicio, hasta la entrega de la propia vida como supremo testimonio cristiano. Y es que somos, como dice la segunda lectura, “vasijas de barro”, limitados y débiles, pero que, por la fe, portan un gran tesoro. Sí, a partir de esa debilidad, que se refleja en el Evangelio de hoy en la ambición de poder (fruto de una mala comprensión del mesianismo de Cristo), Jesús enseña a sus discípulos el extraño mesianismo de Cruz, al que nos preparamos por la vía del servicio, y que los apóstoles aprendieron muy bien. Del mismo modo, podríamos extender esa transformación de las vasijas de barro que somos, de nuestras inclinaciones más naturales, por la acción de la Palabra de Jesús, de su enseñanza: el deseo de placer se puede transformar en la voluntad de agradar a los demás en lo que es justo y honesto; y el deseo de tener y acumular, en la generosidad del compartir, especialmente con los más necesitados.

Ese valiente testimonio de Pedro y Juan, de palabra, ante el Sanedrín, y de Santiago con su sangre, nos indican, además, que hemos de vencer otra tentación posible: la de la excesiva prudencia para evitarnos problemas y persecuciones. Tal vez si Pedro y Juan hubieran sido más “prudentes”, menos osados, en su testimonio ante el Sanedrín, se hubiera podido evitar el martirio de Santiago, que tan escuetamente se narra en la primera lectura. Tal vez, pero es probable también que sin esa “imprudencia”, sin esa claridad en las palabras, sin ese valor de obedecer a Dios sin plegarse a las presiones de los poderes humanos, el evangelio no hubiera llegado a nosotros y se hubiera convertido en una secta marginal del judaísmo. “Creí y por eso hablé”, afirma Pablo, citando el salmo 115. El creyente de verdad no puede callar, aunque ello comporte riesgos. Pero en el seguimiento de Cristo comprendemos que hay derrotas que son victorias, muertes que son fuente de vida, que aunque nos aprieten, apuren, acosen o derriben, no somos aplastados, desesperados, abandonados o rematados, porque en nosotros actúa la muerte de Cristo, y así se manifiesta también en nuestras vasijas de barro la fuerza extraordinaria de Dios, en nuestros cuerpos mortales, la vida nueva del Resucitado.

Así, pues, si queremos celebrar de verdad al Apóstol Santiago, al margen que se celebre civilmente de una forma u otra, lo que tenemos que hacer es ponernos al servicio de nuestros hermanos y anunciar la alegría del Evangelio sin miedo, con claridad, sin excesos de prudencia, asumiendo los riesgos que, en ocasiones, esto comporta, dispuestos, como Santiago, a derramar nuestra sangre como supremo testimonio de la Verdad.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Valoración*