Homilia

Homilía del 23.12.2018, IV Domingo de Adviento (C): “¿Quién soy yo?” y la de la Misa de Vigilia: “El centro del mundo”

Santo evangelio según san Lucas 1, 39-45
Hoy nos ha nacido un Salvador

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito. – «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. »

¿Quién soy yo?

 Al contemplar el espectáculo de nuestro mundo hay motivos para pensar que los telares en los que se hilan las grandes tramas de la historia están muy lejos de nuestra vida cotidiana. Personajes poderosos se encuentran para tomar decisiones que, después, habrán de afectar a nuestra vida de múltiples formas; decisiones en las que nosotros no tenemos arte ni parte. Grandes centros de poder (político, económico, social…) son testigos de los movimientos que deciden el curso de la historia. Es así, para bien y para mal, y tal vez no pueda ser de otra manera. Pero se entiende que se susciten protestas que piden otra forma de decidir las cuestiones que nos afectan a todos. ¿Es ello posible?

Al menos parece que a Dios sí se le ha ocurrido un camino alternativo. El gran acontecimiento del encuentro pleno y definitivo entre Dios y los hombres discurre por derroteros completamente distintos. Los personajes y los lugares que forman parte de esta otra trama son insignificantes, si los juzgamos con los criterios de los grandes sucesos históricos. “¿Quién soy yo?” pregunta Isabel, expresando la conciencia de su propia pequeñez. La pregunta suena a unos pocos kilómetros de una aldea, Belén, la más pequeña entre las aldeas de Judá, dice el profeta Miqueas. Al venir a la humanidad para encontrarse con ella en su propio territorio (en la carne, en el tiempo, en el espacio), Dios no se dirige a los grandes de este mundo, ni busca la puerta de entrada en los centros de poder de las principales urbes (Roma, Atenas, Jerusalén) desde las que, al parecer, puede tener una influencia mayor y más eficaz. Al elegir gentes insignificantes, lugares desprovistos de poder, Dios expresa que no quiere realizar una visita protocolaria, “oficial”, una “cumbre” de esas en las que se habla mucho y se buscan compromisos de papel que suelen acabar siendo papel mojado. Para Dios cada ser humano es un “gran personaje”, el más importante del mundo, así como cada pequeño rincón perdido de la tierra es para Él el centro del mundo. Dios quiere realizar con cada uno de nosotros un encuentro verdadero, en profundidad, y quiere llegar hasta el último lugar en el que  habita el ser humano.

Por todo esto, los encuentros preparatorios, que preceden siempre a las cumbres, tienen también lugar ahora, pero suceden de otra manera, con otro tono, en otra atmósfera. Dios no viene a nosotros a entablar conversaciones mediante un tira y afloja de intereses contrapuestos. Quiere, eso sí, establecer una relación verdaderamente humana, y por eso ha de someterse a las condiciones de nuestra humanidad de carne, que habita en el espacio y el tiempo. Todo el Antiguo Testamento habla prácticamente sólo de estos encuentros preparatorios, no siempre culminados con éxito. Pero ahora, ante la inminencia de la venida, éstos alcanzan el máximo de intensidad. El que nos narra hoy el Evangelio de Lucas nos da algunas claves fundamentales. Se trata, en primer lugar, de un encuentro entre dos mujeres. En un mundo en el que la mujer ocupa un lugar totalmente secundario y subordinado, Dios les concede el máximo protagonismo. Se trata además, de dos mujeres embarazadas, en las que, de modo diverso, pero siempre extraordinario, está sucediendo el milagro de la vida que florece. Y María e Isabel no se dedican a quejarse por lo mal que están las cosas, a criticar a los invasores romanos o a las corruptas autoridades políticas y religiosas judías. Motivos tenían de sobra para maldecir por los muchos males que afectaban de modo directo o indirecto a sus difíciles vidas. Pero no, estas mujeres generadoras de vida realizan un encuentro de bendición: un halo divino las rodea. Y es que Dios no viene en tono amenazante, ni quiere echarnos en cara nuestros pecados. Es decir, no viene en plan reivindicativo. Su visita es salvífica, recreadora, positiva. El diálogo de Isabel con María, carente de toda queja, crítica o amargura, refleja toda esta positividad, expresada en bendiciones mutuas: la de Isabel a María, llena de entusiasmo y alegría; y la que la misma Isabel recibe de María, sin palabras, por la mera presencia del Verbo de Dios en su seno.

Si Isabel y María se encuentran en Aim Karem, en la montaña de Judá, es porque María ha ido al encuentro, ha salido de sí, sin ahorrar esfuerzos, para compartir con Isabel los dones de Dios que ambas han recibido. Aquí se ve la cooperación humana en la obra de la salvación: para que el Verbo de Dios pueda salir de sí hacia los hombres, “para hacer su voluntad”, la voluntad del Padre, hace falta que María (en plena sintonía: “hágase en mí según tu voluntad”) salga de sí y vaya al encuentro de los que la necesitan El protagonismo no lo tienen los intereses contrapuestos, con los correspondientes regateos para llegar a algún acuerdo de mínimos, sino la generosidad pura del que se sabe rico en medio de su pobreza y decide compartir lo que tiene. Y éste es también el espíritu con el que Dios viene a plantar su tienda entre nosotros: para hacernos partícipes de su propia vida y a compartir la nuestra, sin ahorrar esfuerzos y sacrificios. Esa es la voluntad de Dios, que Jesús ha venido a realizar a un alto precio, como expresa con fuerza la carta a los Hebreos.

Las condiciones del encuentro de Dios con los hombres, que se van realizando en estos otros encuentros, insignificantes para la gran historia de la humanidad, pero fundamentales para una mirada de fe (que eso son, por cierto, la palabras de Isabel: una confesión de fe), nos abren también los ojos para comprender las consecuencias de aquel: Dios, al someterse a nuestra condición humana, se hace dependiente de nosotros, necesita de nuestra cooperación. Estamos a la espera del nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, todavía no lo vemos, pero podemos ya percibir su presencia como hijo de María. Dios, en la humildad de la carne, se deja llevar de un lugar a otro. Llevado así, en el seno de la doncella de Nazaret, en dependencia de sus andanzas, empieza ya a derramar sus bendiciones.

Al contemplar esta escena luminosa del encuentro entre Isabel y María, comprendemos el modo concreto en que podemos preparar nosotros el próximo nacimiento de Cristo. De nada sirve que nos quejemos de lo mal que está el mundo, y menos aún de que el espíritu comercial haya secuestrado el verdadero espíritu de la Navidad. Esta queja, que de tan repetida ya cansa, acaba sonando a mala excusa. Ninguna actividad comercial puede secuestrar el sentido profundo de la Navidad si nosotros los creyentes lo vivimos en la condiciones y con las consecuencias que hoy subraya para nosotros la Palabra de Dios. En primer lugar tenemos que propiciar encuentros positivos, encuentros en que dominen las bendiciones y evitemos las maldiciones; encuentros guiados no por intereses particulares (sean mezquinos o legítimos), sino por la generosidad, la capacidad de sacrificarnos por los demás, por la voluntad de compartir los dones que hemos recibido. Finalmente, la Navidad se hará real en nuestro tiempo, en cada rincón del mundo, si alguien, en apariencia insignificante, pero no para Dios, deja que la Palabra habite en él, y se hace portador de ella y, por medio de sus actos y de sus palabras, deja que esa Palabra sea fuente de bendición para otros. Esa Palabra será a veces sólo una semilla, un embrión, como Jesús en el seno de María, pero su acción será ya eficaz y fuente de bendición, suscitará el espíritu profético que anima a Isabel en su bendición y a María en su canto del Magníficat, y hará posible, en algún momento de futura madurez, un encuentro pleno con aquel que ha venido a hacer la voluntad del Altísimo, a cumplir las promesas de Dios y a ser nuestra paz.

José María Vegas, cmf

Solemnidad de la Natividad
del Señor

Misa de la Vigilia

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

Salmo responsorial: 95
Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

El centro del mundo

¿Dónde está el centro del mundo? Muy posiblemente, cuando vemos o escuchamos las noticias, o simplemente pensamos en los acontecimientos de nuestro mundo, nos embarga la sensación de que nos encontramos muy lejos de ese centro, de los lugares importantes en los que se decide el curso de la historia. En esos centros (Washington o Nueva York, Moscú, tal vez Madrid, o, a escala menor, la capital de provincia) viven gentes importantes, las que tienen el poder, las que salen en las noticias y deciden el rumbo de la historia, el destino del mundo y de la gente. Nosotros, en cambio, nos sentimos en la periferia, en lugares marginales, porque nosotros mismos somos, en cierto sentido, personas insignificantes (nada va a cambiar con o sin nosotros), o, al menos, escasamente significativas. Poco importa que vivamos geográficamente en alguno de esos centros. Pertenecemos a esa masa de personas que participan de las grandes decisiones de los poderosos sólo como sujetos pasivos, a veces, incluso, como víctimas, que sufren las consecuencias de aquellas decisiones.

Pero hoy hemos escuchado otras “noticias”, y hemos podido descubrir otro punto de vista. La mirada de Dios se ha dirigido desde uno de esos grandes centros, el más importante en la antigüedad, Roma, a algunos de los innumerables lugares periféricos en los que habitan personas anónimas, insignificantes, las que no deciden, pero padecen las decisiones de los importantes. Al desplazarse de eso modo, Dios nos ha querido decir que la verdadera historia, la que realmente importa, discurre por cauces muy distintos de los que deciden los poderosos desde sus centros de poder.

El evangelista Lucas ha partido de Roma, sin nombrarla, y ha mencionado que Augusto, el primer César que se declaró a sí mismo dios, tomó una decisión (hacer el censo del mundo entero), dirigida posiblemente a medir y afirmar su propio poder, sin reparar en los trastornos y sufrimientos que había de acarrear a muchísimos, especialmente a los más pobres. Pero esa orden “al mundo entero” da ocasión para que Lucas nos haga caer en la cuenta de que la mirada de Dios está pendiente de otros lugares, de otras gentes. Precisamente de lugares periféricos, desconocidos, como Nazaret y Belén; de personas insignificantes a los ojos de este mundo, como José y María. Y es ahí donde descubrimos una centralidad para la que los poderes de este mundo son ciegos. Ahí se están fraguando las decisiones de Dios. Mientras que las del César y de los poderosos de este mundo de todos los tiempos son decisiones que con suma frecuencia provocan sufrimiento, oprimen a muchos, son injustas o violentas, sirven a intereses no siempre limpios, estas otras, las que proceden de Dios, aunque mucho menos ruidosas, generan vida, alegría, traen salvación y justificación.

María y José deben someterse a los mandatos del César y, pese a su difícil situación (María esta embarazada), deben ponerse en camino. Es claro que son pobres entre los pobres, pues si hubieran tenido dinero en cantidad, habrían encontrado lugar en la posada. Pero es en esas personas pobres, marginales, víctimas de los poderes de este mundo, y no en el César Augusto, en las que se está decidiendo el destino de la humanidad. En ellos está el centro del mundo a los ojos de Dios, y ellos son para Él los verdaderamente importantes y significativos.

María y José caminan por la oscuridad del mundo, pero no se pierden, han visto una gran luz y la llevan consigo.

Y ellos se convierten en signo de esperanza para todos los pobres y marginales de este mundo, para los que no cuentan, para los que sufren las consecuencias de las decisiones de los poderosos, para todas las víctimas de la historia.

También encarnan esa pobreza y marginalidad los pastores. Viven al raso, a la intemperie, fuera de la ciudad. Y su marginalidad se refuerza por la mala fama que tenían en aquel tiempo. Pero están despiertos, en vela, y, por eso, son capaces de ver a Ángeles que les anuncian buenas noticias. El centro del mundo está allí donde los cielos se abren y se comunica una gran alegría, el cumplimiento de las promesas, el nacimiento del Salvador del mundo. Y lo notable es que estos pastores creen en el signo de todas esas grandes y transcendentales noticias: simplemente un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Los acontecimientos grandes y decisivos se deciden con frecuencia en los pequeños detalles, y pueden captarlos sólo aquellos que tienen la capacidad de ver lo grande en lo pequeño, de creer que la vida y la salvación florecen en la marginalidad, que es centralidad a los ojos de Dios.

Nosotros, hoy, seguimos caminando en la oscuridad. Y es así porque “no había para ellos sitio en la posada”, es decir, porque no se acoge el mensaje de amor y salvación que Dios nos dirige en los pequeños signos (el niño en pañales, el agua del bautismo, el pan y el vino de la Eucaristía, la palabra escuchada y acogida…), porque muchos ni siquiera saben aún que en Belén ha nacido el salvador.

Pero si nosotros nos consideramos del grupo de los pastores que creen en los signos que nos envía Dios, y hemos venido a adorar al Niño, entonces podemos y debemos convertirnos además en ángeles que anuncian a todos una gran alegría; podemos y debemos realizar signos (las obras del amor) que hacen visible la gracia de Dios; podemos y debemos ser luminarias, reflejos de esa gran luz que ilumina la oscuridad, para que muchos, que continúan caminando en tinieblas, vean la estrella que les dirige a Jesús, nacido en Belén, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

José María Vegas, cmf.

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