eucaristia

Hoja Parroquial de Santa María de Majadahonda. Eucaristía del 29.11.2020, Domingo I de Adviento

INTRODUCCIÓN
Adviento

Hablar de Adviento es hablar de espera, pero no de una espera cualquiera sino de una espera esperanzada. Por eso, la esperanza que se adquiere en este momento en el que vivimos es una esperanza activa, comunitaria y cósmica. Hemos escuchado estos últimos meses una canción convertida en himno, “Resistiré”; pero la esperanza es mucho más que resistir: se trata de disponer todo mi ser a acoger aquello que se espera. El pueblo de Israel esperaba de Dios los bienes terrenales más inmediatos. Siempre encontraba su seguridad en Dios y a él se dirigía para pedirle su intervención en la historia. En el Nuevo Testamento la esperanza tiene un nombre: Jesús de Nazaret. Él viene a decirnos que el Reino ya está aquí, que la salvación llama a la puerta, Jesús viene este nuevo Adviento a invertir nuestros valores, a enseñarnos a buscar dentro aquello que no podemos encontrar fuera.

José Fernando López de Haro
Párroco de Santa María de Majadahonda

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es «Nuestro redentor». Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia! Bajaste, y los montes se derritieron con tu presencia, jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él. Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus caminos. Estabas airado, y nosotros fracasamos; aparta nuestras culpas, y seremos salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

SALMO
Sal 79,2ac.3b.15-16.18-19
R/. 
Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve

Pastor de Israel, escucha,
tú que te sientas sobre querubines, resplandece.
Despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.

Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó,
y que tú hiciste vigorosa. R/.

Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti;
danos vida, para que invoquemos tu nombre. R/.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1,3-9

Hermanos:
La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros. En mi acción de gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús. Pues por él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho, no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué acusaros en el día de Jesucristo, Señor nuestro. Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro. ¡Y él es fiel!

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo, digo a todos: ¡Velad!»

COMENTARIO
“En manos del Alfarero”

Rescatando una obra
Con sumo cuidado, como si la acariciara con cariño, va limpiando la obra que tiene entre sus manos. Casi no se puede reconocer, pero es una importante obra de arte, un óleo magnífico, que con el paso del tiempo, mucha humedad y un gran descuido, ha perdido su belleza y su nitidez.

El humo, la cera, el polvo y muchos problemas vividos la han tenido en un rincón, inadvertida, despreciada y sin posibilidades de reconocimiento. Ahora la vista penetrante de un conocedor y las manos diestras de un artista, la hacen recobrar poco a poco su belleza.

“Sólo los verdaderos conocedores pueden reconocerla a través de tanta suciedad, sólo los verdaderos artistas pueden rescatar su belleza y sólo quien tiene un gran amor por ella le puede dedicar tantas horas, quizás más que cuando fue originalmente hecha”, me comenta uno de los ayudantes. Restaurar una obra requiere conocimiento, perseverancia y amor.

Un pueblo en el abandono.
Quizás así se sentía Isaías juntamente con su pueblo, Israel: como una obra abandonada, como un jarro en el olvido, como una porquería que todos desechan. Las palabras de la primera lectura son un triste lamento de quien se encuentra en el abandono y sin salida, pero por su propia culpa.

Si bien, hay un reclamo al alejamiento que siente de Dios, reconoce que es el pueblo quien se ha alejado de los mandamientos y quien ha endurecido el corazón hasta el punto de no temerlo, y en su mismo reclamo al Señor expresa todo el dolor de experimentarse en el abandono.

Toda esta situación es clara: al olvidarse de Dios se encuentra perdido. No son ajenos estos sentimientos a los sentimientos de nuestro pueblo: nos reconocemos perdidos en un mundo sin sentido, nos angustia la violencia y los crímenes arteros, nos descontrolan los programas que ofrecen felicidad pero que nos dejan vacíos.

Emprendemos nuevas campañas ilusionados en nuestras propias fuerzas o en las palabras bonitas de un nuevo líder, para después descubrirnos más vacíos y más llenos de dudas y angustia. ¿Estaremos de verdad perdidos?

Nuestra justicia, un trapo asqueroso
¿Son palabras del tiempo de Isaías? ¿Son palabras de nuestro tiempo? Nosotros hemos manejado la justicia a nuestro propio gusto, ponemos las reglas y después las quebrantamos, dejamos en el olvido a la persona y el nombre de Dios y, entonces, la justicia en lugar de dar vida se convierte de verdad en un trapo asqueroso.

Así es nuestra justicia que se vende por unos cuantos pesos y se transforma por intereses y componendas, así es nuestra justicia que deja en la inopia a los débiles y defiende a los poderosos. ¿Cuántas personas hay en las cárceles porque el dinero no les alcanzó para la defensa? ¿Cuántas personas corren libremente por la vida protegidos por su dinero, por sus influencias y su poder, aunque hayan cometido verdaderos delitos? Y así en muchas otras situaciones.

Por ejemplo, es injusto que no se pueda proclamar libremente el evangelio en los lugares públicos, en los medios de comunicación y hasta se tenga que pedir permiso para hacer celebraciones, pero que libremente se pueda manipular la verdad en esos mismos medios, que se presenten programas donde la violencia se vive hasta el hartazgo, donde se presentan a las personas como mercancía, donde se exalta la prepotencia y donde lo único que cuenta son los intereses económicos.

Se ha expulsado a Dios de nuestras vidas. Y si nos miramos cada uno de nosotros, nos descubriremos, como dice Isaías, “marchitos como las hojas, y nuestras culpas nos arrebatan como el viento”. Y la razón está en el interior de nuestro corazón: no invocamos el nombre de Dios, nos hemos alejado de sus mandamientos y así quedamos a merced de nuestras culpas. Si no tenemos la referencia de “Él, que nos ha creado”, toda nuestra vida pierde su sentido.

En manos del Alfarero
¿Está todo perdido? ¿No podemos hacer nada? Si bien, son duras las palabras de Isaías, es más reconfortante su experiencia de Dios. Parecería que es la primera vez que en todo el Antiguo Testamento se le llama a Dios literalmente Padre y lo hace con una ternura y con una seguridad que son capaces de levantar al más desanimado.

Es verdad que es difícil restaurar lo que se ha deformado, es cierto que quedarán huellas del dolor y las heridas, pero también es verdad que estamos en manos del mejor Alfarero, del que nos tiene más cariño, del que nunca desiste a pesar de nuestras obstinaciones, del que una y otra vez toma nuestra arcilla para restaurarnos y asemejarnos nuevamente a Él.

San Pablo insiste muchísimo en esta fidelidad de Dios que no cesa de buscarnos y que está a la puerta con cariño para rescatarnos. Nos envía a su Hijo para que pueda restaurar la imagen divina en cada uno de nosotros, para que podamos vivir con dignidad como verdaderas personas e hijos de Dios.

Tiempo de espera y esperanza
Adviento es el tiempo de la espera y de la esperanza. Si miramos solamente nuestras acciones y nuestras perspectivas, nos sentiremos perdidos, pero estamos en manos de nuestro Padre Dios que nos mira con mucho amor a pesar de nuestros pecados, que envía a su Hijo para salvarnos, que siempre es fiel.

¡No podemos vivir con pesimismo! El tiempo del adviento nos abre a la espera: ya está por venir nuevamente el Salvador; y nos abre también a la esperanza porque Él nos podrá restaurar como verdadera imagen de Dios.

Del trapo sucio e inmundo, Jesús rescata la imagen viva de la primera creación. Se hace carne de infante para rehacer en nosotros la imagen divina. Este es el primer domingo de Adviento: despertemos la esperanza y avivemos la espera: “Velen y estén preparados”.

Ya llega el Señor Jesús, el único Dueño de la casa, nuestro único Dueño.  Dispongámonos para este tiempo tan especial del Adviento, preparemos el corazón para recibir al Mesías. Desperecémonos de nuestras modorras, avivemos nuestra fe en el Dios que es Padre, que es fiel, que nos ama, nos toma en sus manos amorosas de Alfarero y nos restaura. Iniciemos el camino del Adviento, igual que Isaías gritemos: “Señor vuélvete por amor a tus siervos. Rasga los cielos y baja porque necesitamos tu presencia”.

Padre Dios, Padre Bueno, que con entrañable amor nos has formado, ven a rescatar a tus hijos que se pierden por los senderos de la injusticia y de la perversión. Envía a tu Hijo que, compartiendo nuestra vida, restaure en nosotros tu vida divina. Amén.

Monseñor Enrique Díaz Díaz

REFLEXIÓN SOBRE EL EVANGELIO DEL DÍA
(San Marcos 13,33-37 )
POR JOSÉ FERNANDO LÓPEZ DE HARO 
Párroco de Santa María

¡Hola, amigos… todos!

“Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento …”

El evangelio de hoy, como corresponde al inicio de este tiempo de Adviento, es una llamada a estar atentos, vigilar, velar. La reiteración revela su importancia. No obstante, aunque parezcan verbos semejantes, cada uno de ellos aporta su matiz. Con ellos se nos invita a ser oteadores de los acontecimientos, a tratar de percibir lo que asoma, a oler los aromas que despuntan

El vigía, el centinela, no se conforman con mirar lo inmediato, lo que hay ya próximo, sino que vigila y trata de divisar lo que se vislumbra en la lontananza, lo que hay más allá del horizonte. El tiempo de Adviento nos pide mirada amplia y profunda para descubrir no sólo lo que estamos viviendo, sino por qué lo estamos viviendo. Y, ¿qué nos quiere decir el Señor con todo ello? ¿Qué actitudes hemos de desarrollar? ¿Qué dinámicas nos pide que pongamos en marcha? Nuestro empeño en esta tarea nunca será vano. Escudriñar y discernir los signos de los tiempos será uno de los grandes servicios que podemos hacer a nuestros hermanos y hermanas. El Adviento es el tiempo que nos ayuda a reavivar nuestro ser de “centinela”.

La vida, después de la pandemia que estamos sufriendo, nos exige a los seguidores de Jesús dos objetivos. El primero, sugerir una dirección, algunas claves y directrices para reconstruir un mundo mejor que podría nacer de esta crisis de la humanidad. El segundo, sembrar esperanza en medio de tanto sufrimiento y desconcierto. Preciosas tareas para este Adviento.

Amigos, podemos orar en familia … “Pronto celebraremos el nacimiento de Jesús, Dios con nosotros. ¡Señor, ayúdanos a ´velar` para que nuestro corazón esté preparado para acogerte y para hacerte una fiesta! Enséñanos, también, a prestar atención a los demás, a ayudarles, a acogerles, a darles amistad. Porque todo lo que hacemos a los demás, también te hace feliz a ti.”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Valoración*