eucaristia

Hoja Parroquial 1193, Majadahonda, Eucaristía del 1.12.2019: «I Domingo de Adviento »

ESTAD EN VELA
Mt 24,37-44
ATREVERNOS A ESPERAR

Adviento es tiempo de atrevemos a esperar, de volver a empezar y de volver a esperar. Es tiempo de mirar al futuro. La Iglesia, intérprete de la humanidad, sabe que el vacío del deseo crea espacios a la esperanza, y la conciencia de la necesidad de la redención abre las puertas al Mesías redentor.

Se espera lo que se desea. Se desea aquello que se necesita. Sin deseo, no hay esperanza, sin necesidad no hay deseo. ¿Esperamos al Señor, lo deseamos? Si no es así, la oración del deseo y de la esperanza pierde su verdad y su fuerza expresiva. No hay Adviento donde no hay deseo y necesidad de presencia y de salvación. Por eso, la materia prima en este tiempo de la espera y la esperanza, es la invocación sentida y sincera de una nueva venida del Señor en nuestra vida personal, en ese momento del caminar de nuestra experiencia eclesial.

Antonio Alcalde Fernández

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de ISAÍAS 2, 1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
En los días futuros estará firme el monte de la casa del Señor en la cumbre de las montañas, más elevado que las colinas. Hacia él confluirán todas las naciones, caminarán pueblos numerosos y dirán:
«Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.
Él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, la palabra del Señor de Jerusalén».
Juzgará entre las naciones, será árbitro de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de Jacob, venid; caminemos a la luz del Señor. 

SALMO
SALMO RESPONSORIAL (121, 1bc-2. 4-5. 6-7. 8-9 )
R: Vamos alegres a la casa del Señor.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor.»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Allá suben las tribus,
las tribus del Señor.
Según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

SEGUNDA LECVTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los ROMANOS 13, 11-14a

Hermanos:
Comportaos reconociendo el momento en que vivís, pues ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día está cerca: dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz.
Andemos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo. 

Aleluya, aleluya, aleluya.
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.
EVANGEIO
Lectura del santo evangelio según san MATEO 24, 37-44

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé.
En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del Hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre». 

COMENTARIO
CON LOS OJOS ABIERTOS
vivir despiertos …
Mateo 24, 37-44

Las primeras comunidades cristianas vivieron años muy difíciles. Perdidos en el vasto Imperio de Roma, en medio de conflictos y persecuciones, aquellos cristianos buscaban fuerza y aliento esperando la pronta venida de Jesús y recordando sus palabras: Vigilad. Vivid despiertos. Tened los ojos abiertos. Estad alerta.

¿Significan todavía algo para nosotros las llamadas de Jesús a vivir despiertos? ¿Qué es hoy para los cristianos poner nuestra esperanza en Dios viviendo con los ojos abiertos? ¿Dejaremos que se agote definitivamente en nuestro mundo secular la esperanza en una última justicia de Dios para esa inmensa mayoría de víctimas inocentes que sufren sin culpa alguna?

Precisamente, la manera más fácil de falsear la esperanza cristiana es esperar de Dios nuestra salvación eterna, mientras damos la espalda al sufrimiento que hay ahora mismo en el mundo. Un día tendremos que reconocer nuestra ceguera ante Cristo Juez: ¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, extranjero o desnudo, enfermo o en la cárcel, y no te asistimos? Este será nuestro dialogo final con él si vivimos con los ojos cerrados.

Hemos de despertar y abrir bien los ojos. Vivir vigilantes para mirar más allá de nuestros pequeños intereses y preocupaciones. La esperanza del cristiano no es una actitud ciega, pues no olvida nunca a los que sufren. La espiritualidad cristiana no consiste solo en una mirada hacia el interior, pues su corazón está atento a quienes viven abandonados a su suerte.

En las comunidades cristianas hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad.

Una esperanza en Dios, que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil «egoísmo alargado hacia el más allá»?

Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama «una Iglesia más pobre y de los pobres», nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar. Contribuye a edificar una Iglesia pobre y de los pobres.

Ed.  BUENAS NOTICIAS

FORMACIÓN
La Corona de ADVIENTO
UN SIGNO PARA VIVIR
MÁS COMPROMETIDAMENTE EL ADVIENTO

por HERMINIO OTERO

Origen de la corona de Adviento
Los antiguos pueblos europeos, sobre todo germanos, prendían velas durante el invierno para pedir al dios Sol que regresara con su luz y calor. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas: las velas, colocadas en forma de corona, servían para esperar a Cristo, celebrar su nacimiento y rogarle que infundiera su luz en sus almas.

 Ya en el siglo XVI, católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el Adviento. Entre nosotros también se ha extendido durante los últimos años la tradición de la Corona de Adviento: cuatro velas que se van encendiendo en la eucaristía de los domingos de Adviento –o en las familias, en casa, durante las comidas o en otro momento–, colocadas sobre una corona vegetal.

Los símbolos de la corona y de las velas
La corona –circular– recuerda que Dios no tiene principio ni fin y permanece para siempre. Y que nosotros debemos renovar permanentemente el amor a Dios, concretado siempre en el amor a los demás.

Las ramas verdes –de pino, abeto…– representan la esperanza y la vida. En la corona de Adviento nos recuerdan que Cristo está vivo entre nosotros y aluden al crecimiento espiritual que debemos cultivar durante el Adviento.

Las velas, con su luz, nos ayudan a ver más claro, a ser clarividentes, de modo que podamos ver lo que habitualmente nos vemos, reflexionar sobre ello y actuar en consecuencia.

Las cuatro velas representan cada domingo de Adviento. Por eso se van prendiendo semana a semana, en los cuatro domingos de Adviento.

Las velas pueden ser del mismo color –así sucede en la mayoría de las parroquias– o, también, tres velas moradas y una rosada que se enciende el tercer domingo de Adviento. El color morado representa el espíritu de vigilia, penitencia y sacrificio que debemos tener para preparamos adecuadamente para la llegada de Cristo. La vela rosada representa el gozo que sentimos ante la cercanía del nacimiento del Señor (Tercer domingo de Adviento o domingo de gaudete»).

En algunos lugares, en la noche de Navidad o el día siguiente se vuelven a encender las cuatro velas, a las que se añade una vela central, blanca, más grande, símbolo de la luz de Cristo presente entre nosotros y centro de todo cuanto existe.

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