eucaristia

Hoja Parroquial 1188 Eucaristía del 27.10.2019, Domingo XXX del Tiempo Ordinario

TEN COMPASIÓN DE MÍ
Lc 18,9-14

PEDID Y SE OS DARÁ…

Cuentan que un humilde zapatero tenía la costumbre de hacer siempre sus oraciones en la mañana, al mediodía y en la tarde. Se servía de un libro de plegarias porque no se sentía capaz de dirigirse al Creador con sus pobres palabras.

Un día. se sintió muy mal porque, estando de viaje, olvidó su libro. Nuestro buen zapatero le dijo entonces a Dios: «Perdóname, Dios mío, porque necesito orar y no sé cómo. Ahora bien, ya que Tú eres un Padre de amor voy a recitar varias veces el alfabeto  desde la a hasta la z, y Tú que eres sabio y bueno podrás juntar las letras y sabrás qué es lo que yo te quiero decir». Cuenta la historia que ese día Dios reunió a sus ángeles en el cielo y les dijo conmovido que esa era la más sincera y la más bella de las oraciones que le habían hecho en mucho tiempo.

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del ECLESIÁSTICO 35,12-14.16-19a

El Señor es juez y para él no cuenta el prestigio de las personas.
Para él no hay acepción de personas en perjuicio del pobre,
sino que escucha la oración del oprimido.
No desdeña la súplica del huérfano,
ni a la viuda cuando se desahoga en su lamento.
Quien sirve de buena gana, es bien aceptado,
y su plegaria sube hasta las nubes.
La oración del humilde atraviesa las nubes,
y no se detiene hasta que alcanza su destino.
No desiste hasta que el Altísimo le atiende,
juzga a los justos y les hace justicia.
El Señor no tardará.

SALMO
SALMO RESPONSORIAL (33,2-3.17-18.19 y 23)
R: El afligido invocó al Señor y él lo escuchó.

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren.

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él.

SEGUNDA LECTURA
Segunda carta del apóstol san Pablo a TIMOTEO 4,6-8.16-18

Querido hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación, y el momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe.
Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia, que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con amor su manifestación.
En mi primera defensa, nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron, ¡No les será tenido en cuenta!.
Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que, através de mí, se proclamara plenamente el mensaje, y lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del león.
El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome a su reino celestial.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san LUCAS 18,9-14

En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola a algunos que se confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
–Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
«¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo»
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».
Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

COMENTARIO
CONTRA LA ILUSIÓN DE LA INOCENCIA
Yo no soy como los demás
Lc 18,9-14

La parábola de Jesús es conocida. Un fariseo y un recaudador de impuestos «suben al templo a orar». Los dos comienzan su plegaria con la misma invocación: «Oh Dios». Sin embargo, el contenido de su oración y, sobre todo, su manera de vivir ante ese Dios es muy diferente.

Desde el comienzo, Lucas nos ofrece su clave de lectura. Según él, Jesús pronunció esta parábola pensando en esas personas que, convencidas de ser «justas», dan por descontado que su vida agrada a Dios y se pasan los días condenando a los demás.

El fariseo ora «erguido». Se siente seguro ante Dios. Cumple todo lo que pide la ley mosaica y más. Todo lo hace bien. Le habla a Dios de sus «ayunos» y del pago de los «diezmos», pero no le dice nada de sus obras de caridad y de su compasión hacia los últimos. Le basta su vida religiosa.

Este hombre vive envuelto en la «ilusión de inocencia total»: «yo no soy como los demás». Desde su vida «santa» no puede evitar sentirse superior a quienes no pueden presentarse ante Dios con los mismos méritos.

El publicano, por su parte, entra en el templo, pero «se queda atrás». No merece estar en aquel lugar sagrado entre personas tan religiosas. «No se atreve a levantar los ojos al cielo» hacia ese Dios grande e insondable. «Se golpea el pecho», pues siente de verdad su pecado y mediocridad.

Examina su vida y no encuentra nada grato que ofrecer a Dios. Tampoco se atreve a prometerle nada para el futuro. Sabe que su vida no cambiará mucho. A lo único que se puede agarrar es a la misericordia de Dios: «Oh Dios, ten compasión de este pecador».

La conclusión de Jesús es revolucionaria. El publicano no ha podido presentar a Dios ningún mérito, pero ha hecho lo más importante: acogerse a su misericordia. Vuelve a casa trasformado, bendecido, «justificado» por Dios. El fariseo, por el contrario, ha decepcionado a Dios. Sale del templo como entró: sin conocer la mirada compasiva de Dios.

A veces, los cristianos pensamos que «no somos como los demás». La Iglesia es santa y el mundo vive en pecado. ¿Seguiremos alimentando nuestra ilusión de inocencia y la condena a los demás, olvidando la compasión de Dios hacia todos sus hijos e hijas?

Ed.  BUENAS NOTICIAS

FORMACIÓN
SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

¿Qué es lo que corresponde a la Solemnidad de Todos los Santos? Celebramos conjuntamente, en una única fiesta, a todos los santos que han sido reconocidos como tales por la Iglesia, a lo largo de los siglos. Más aún: la muchedumbre ingente, –imposible de conocer, ni siquiera de conjeturar su número– de los bienaventurados que han llegado a la meta, que han alcanzado el ideal de la humanidad previsto por Dios y gozan para siempre de Él y con Él en la vida eterna.

Unas palabras del Concilio

¿Cuál es la relación entre ellos y nosotros? Podemos releer con fruto, en el primero de los documentos del Concilio (Lumen gentium), que es sobre la Iglesia, los números 49 y 50. Allí se nos dice que se da una verdadera comunión entre ellos –la Iglesia celestial– y nosotros –la Iglesia peregrinante–. La unión entre unos y otros no se interrumpe con la muerte. Al contrario, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Ellos, habiendo llegado a la patria y estando en la presencia del Señor, no dejan de interceder en favor nuestro ante el Padre. Su fraterna solicitud por nosotros contribuye a remediar nuestra debilidad. Es muy conveniente que amemos a estos amigos con los que compartimos una misma suerte y les invoquemos para alcanzar de Dios sus beneficios. Son expresiones del Concilio.

Por otra parte, mirando su vida nos sentimos impulsados a buscar, también nosotros, la ciudad futura con mantenida esperanza. Ellos son para nosotros un signo del Reino de Dios hacia el cual somos atraídos. Realmente es una nube grande de testigos la que nos envuelve, como dice la Carta a los Hebreos (Hb 12,1).

Leyendo una buena biografía de algún santo, cuántas veces hemos admirado los planes de Dios, la obra realizada por él en el corazón de ese santo; y cuántas veces también nos ha servido su lectura como impulso interior para –como ellos– afrontar nuestra vida con decisión gozosa y con generosa entrega.

Javier García Ruiz de Medina, S.J.

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