eucaristia

Hoja Parroquial 1184 Eucaristía del 29.9.2019, Domingo XXVI del Tiempo Ordinario

HABÍA UN POBRE LLAMADO LÁZARO
Lc 16, 19-31

Los Lázaros de nuestro mundo se acercan en caravana a tocar a las puertas de los países ricos buscando nuestros trabajos sobrantes, aquellas migajas que caen de nuestras mesas. Nos hemos acostumbrado demasiado a saber que están, a mirarlos en los medios de comunicación sin verlos realmente. Nos dicen el número, pero no sus nombres, ni el tremendo sufrimiento que hay detrás. En el evangelio es al revés: mientras que el hombre rico no tiene nombre. Lázaro si. Necesitamos conocer las historias y los dolores de aquellos que viven en la escasez y en la precariedad, frente a sociedades saciadas y sobrealimentadas. Si no actúo, si no soy capaz de reconocer que esos rostros necesitados tienen que ver conmigo, se me pasara la oportunidad de ser agraciado por ellos. ¿Cómo habría acabado esta historia si el hombre opulento hubiese abierto su mesa a la riqueza inmensa que, sin saberlo, Lázaro le traía? El profeta Amos subraya la causa de nuestra ceguera: «No os doléis de los desastres de José». Crecemos en humanidad cuando nos dolemos de la situación de los otros y comprometemos nuestros dones y bienes en aliviarla.

Mariola López Villanueva, RSCJ

DIOS NOS HABLA

PRIMERA LECTURA
Lectura de la profecía de AMÓS 6,1.4-7

Esto dice el Señor omnipotente:
«¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Sión, confiados en la montaña de Samaría!
Se acuestan en lechos de marfil, se arrellanan en sus divanes, comen corderos del rebaño y terneros del establo; tartamudean como insensatos e inventan como David instrumentos musicales; beben el vino en elegantes copas, se ungen con el mejor de los aceites pero no se conmueven para nada por la ruina de la casa de José.
Por eso irán al destierro, a la cabeza de los deportados, y se acabará la orgía de los disolutos».

SALMO
SALMO RESPONSORIAL (145)
R: ¡Alaba, alma mía, al Señor!.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol  San Pablo a TIMOTEO 6,11-16

Hombre de Dios, busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos. Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo o, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor y poder eterno. Amén.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre
para enriqueceros con su pobreza.
Lectura del santo evangelio según
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san LUCAS 16, 19-31

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
«Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas».
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros».
Él dijo:
«Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento».
Abrahán le dice:
«Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen».
Pero él le dijo:
«No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán».
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto»».

COMENTARIO
NO IGNORAR AL QUE SUFRE
hacerse más sensible…
Lucas, 16,19-31

El contraste entre los dos protagonistas de la parábola es trágico. El rico se viste de púrpura y de lino. Toda su vida es lujo y ostentación. Sólo piensa en «banquetear espléndidamente cada día». Este rico no tiene nombre pues no tiene identidad. No es nadie. Su vida vacía de compasión es un fracaso. No se puede vivir sólo para banquetear.

Echado en el portal de su mansión yace un mendigo hambriento, cubierto de llagas. Nadie le ayuda. Sólo unos perros se le acercan a lamer sus heridas. No posee nada, pero tiene un nombre portador de esperanza. Se llama «Lázaro» o «Eliezer», que significa «Mi Dios es ayuda».

Su suerte cambia radicalmente en el momento de la muerte. El rico es enterrado, seguramente con toda solemnidad, pero es llevado al «Hades» o «reino de los muertos». También muere Lázaro. Nada se dice de rito funerario alguno, pero «los ángeles lo llevan al seno de Abrahán». Con imágenes populares de su tiempo, Jesús recuerda que Dios tiene la última palabra sobre ricos y pobres.

Al rico no se le juzga por explotador. No se dice que es un impío alejado de la Alianza. Simplemente, ha disfrutado de su riqueza ignorando al pobre. Lo tenía allí mismo, pero no lo ha visto. Estaba en el portal de su mansión, pero no se ha acercado a él. Lo ha excluido de su vida. Su pecado es la indiferencia.

Según los observadores, está creciendo en nuestra sociedad la apatía o falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Evitamos de mil formas el contacto directo con las personas que sufren. Poco a poco, nos vamos haciendo cada vez más incapaces para percibir su aflicción.

La presencia de un niño mendigo en nuestro camino nos molesta. El encuentro con un amigo, enfermo terminal, nos turba. No sabemos qué hacer ni qué decir. Es mejor tomar distancia. Volver cuanto antes a nuestras ocupaciones. No dejarnos afectar.

Si el sufrimiento se produce lejos es más fácil. Hemos aprendido a reducir el hambre, la miseria o la enfermedad a datos, números y estadísticas que nos informan de la realidad sin apenas tocar nuestro corazón. También sabemos contemplar sufrimientos horribles en el televisor, pero, través de la pantalla, el sufrimiento siempre es más irreal y menos terrible. Cuando el sufrimiento afecta a alguien más próximo a nosotros, no esforzamos de mil maneras por anestesiar nuestro corazón.

Quien sigue a Jesús se va haciendo más sensible al sufrimiento de quienes encuentra en su camino. Se acerca al necesitado y, si está en sus manos, trata de aliviar su situación.

Ed.  BUENAS NOTICIAS

FORMACIÓN

Queridos hermanos y hermanas:

El Papa Francisco, en su Mensaje para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (29 de septiembre de 2019), nos invita a reflexionar sobre la realidad de las personas migrantes y nos hace caer en la cuenta de que, cuando somos hospitalarios, nos enriquecemos y crecemos todos. Lejos de diluirse, nuestra identidad se reafirma en el encuentro con el otro, ya que pone en juego lo mejor de nosotros mismos y nos realiza plenamente como personas. «Por esta razón –nos dice el Papa–, la presencia de los migrantes y de los refugiados, como en general de las personas vulnerables, representa hoy en día una invitación a recuperar algunas dimensiones esenciales de nuestra existencia cristiana y de nuestra humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades».

«No se trata solo de migrantes» es una llamada a caer en la cuenta de que el temor al diferente condiciona negativamente nuestra forma de pensar y de actuar y es una invitación a ejercer la caridad que es «sobre todo la capacidad de dejarse conmover por quien llama a la puerta». Es la respuesta que cabe esperar de una comunidad cristiana con corazón misionero (cf. EG 45) que se atreve a preguntar a las personas que se han desplazado; «¿Qué puedo hacer por ti?» (Mc 10, 51). Se trata también de nuestra humanidad, la que llevó al samaritano de la parábola (Lc 10, 25-37) a acercarse a un extranjero «y pasar inmediatamente a la acción para aliviar, curar y salvar». En un mundo cada día más elitista y cruel con los excluidos, «no se trata solo de migrantes» nos recuerda que «el auténtico desarrollo es aquel que pretende incluir a todos los hombres y mujeres del mundo, promoviendo su crecimiento integral, y preocupándose también por las generaciones futuras». Por último, el Papa nos recuerda en su mensaje que se trata de contemplar la centralidad de la persona en su totalidad, de todas las personas. En cada actividad política, en cada programa, en cada acción pastoral, debemos poner siempre en el centro a la persona con todas sus dimensiones, incluida la espiritual.

En la Carta que os dirigía a primeros de julio formulaba algunas preguntas muy pertinentes para esta Jornada: ¿Estamos dispuestos a promover el ideal de la fraternidad universal? ¿Acogemos lo que la Palabra de Dios nos dice sobre la movilidad humana? ¿Qué nos dice la Doctrina Social de la Iglesia sobre la movilidad humana?

Os agradezco de todo corazón el trabajo que estáis realizando y os animo a celebrar esta Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado con la conciencia de que la realidad que se nos invita a contemplar en ella no es sólo para que la tengamos presente este día, sino para que la hagamos visible todos los días del año.

Con gran afecto y mi bendición,

+ Carlos Card. Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

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