eucaristia

Hoja Parroquial 1160. Eucaristía del 14.4.2019, Domingo de Ramos

BENDITO EL REY QUE VIENE
Lc 19,28-40

COMENTARIO
¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?
reavivar nuestra compasión…
Lucas 22,14-23, 56

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un «Dios crucificado» constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El «Dios crucificado» no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este «Dios crucificado» no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el «Dios crucificado». Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el «Dios crucificado» y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

Ed.  BUENAS NOTICIAS

DIOS NOS HABLA

Lectura del santo evangelio según san LUCAS 19,28-40

En aquel tiempo, Jesús caminaba delante de sus discípulos, subiendo hacia Jerusalén. Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, mandó a dos discípulos, diciéndoles:
–Id a la aldea de enfrente; al entrar, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: «¿Por qué lo desatáis?», le diréis así: «El Señor lo necesita».
Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Mientras desataban el pollino, los dueños les dijeron:
–¿Por qué desatáis el pollino?
Ellos dijeron:
–El Señor lo necesita.
Se lo llevaron a Jesús y, después de poner sus mantos sobre el pollino, ayudaron a Jesús a montar sobre el.
Mientras él iba avanzando, extendían sus mantos por el camino. Y, cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto, diciendo:
–¡Bendito el rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas.
Algunos fariseos de entre la gente le dijeron:
–Maestro reprende a tus discípulos.
Y respondiendo, dijo:
–Os digo que, si éstos callan, gritarán las piedras.

Lectura del libro del profeta ISAÍAS 50,4-7

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído,   para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba;   no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,  por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

SALMO RESPONSORIAL  (21,8-9.17-18a.19-20.23-24)
R: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere».
Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores: me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.
Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel».

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los FILIPENSES 2,6-11

Hermanos:
Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
según san LUCAS 22,14-23,56

A  JESÚS CRUCIFICADO

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

TEMA DE FORMACIÓN
LA SEMANA SANTA,
LA MÁS GRANDE PARA LOS CRISTIANOS

El Ciclo Pascual comprende dos etapas importantes en la liturgia. La primera es el tiempo de Cuaresma. Comienza el Miércoles de Ceniza y termina antes de la misa vespertina de la Cena del Señor el Jueves Santo. Este tiempo abarca cinco domingos al que se añade el Domingo de Ramos, que es el pórtico de las celebraciones de la Semana Grande de los cristianos.

La segunda etapa es la del Tiempo Pascual, que comprende el Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y Sábado de Gloria) al que le siguen los demás domingos pascuales y termina el Domingo de Pentecostés. Esta segunda etapa consta de siete domingos con la añadidura «de Pascua».

Popularmente la conocemos con la denominación de Semana Santa. Es el nombre que damos los seguidores de Jesús de Nazaret a los días que preceden a la fiesta de Pascua. En ellos conmemoramos los últimos acontecimientos de la vida del Señor.

El domingo de Ramos nos sitúa en la entrada triunfal que le ofrecieron en Jerusalén. Jesús se presenta como había sido anunciado por los profetas. Aparece como un Rey humilde que adopta la figura del Siervo. La muchedumbre lo aclamaba con una explosión de vitalidad y alegría, ¿Qué nos queda de todo esto? Quizás el elemento folclórico de la bendición del ramo o de la palma que compramos o que nos entregan y que, cada vez menos, se colocan en las ventanas y balcones de las casas; los crucifijos o las tumbas, como símbolo de nuestro seguimiento y como signo esperanzador de que la Vida surgirá precisamente del tronco cortado y seco, sin olvidar que ese mismo día leemos el relato de la Pasión, que nos sitúa en la figura del Cristo sufriente al que acompañaremos a lo largo de la semana. Los tres primeros días, lunes, martes y miércoles, nos colocan también bajo la perspectiva de este Cristo sufriente.

El Jueves Santo celebramos la Cena del Señor, su agonía en Getsemaní, el prendimiento, el abandono de los Doce que habían sido elegidos por Él y al final del día nos reunimos en tomo al Monumento para orar y adorar al Señor que será juzgado sin juicio y crucificado.

El Viernes Santo es un día vacío de celebraciones en el que los cristinos pidieron revivir de alguna forma el acontecimiento de la Pasión y reflexionar sobre el misterio de la cruz que solamente podemos comprenderlo a la luz de la resurrección de Jesús porque es la victoria del amor y la esperanza en la Resurrección. El color rojo del martirio que empleamos en la liturgia nos habla de una vida entregada por amor para salvamos a todos. No hay eucaristía, pero podemos participar del sacramento, reservado desde el día anterior.

El camino de la cruz lo recorremos simbólicamente con el Vía Crucis (según una tradición muy antigua algunos añaden la estación de la resurrección) o con la procesión de los pasos por nuestras calles toda un libro abierto y una catequesis plástica que nos permite participar activamente en la Pasión del Señor. Es una jornada que nos desconcierta viendo «maldito al que cuelga de un madero» al que «pasó haciendo el bien» por todas partes. El silencio es la mejor postura que podemos adoptar. María de Nazaret espera que le acompañemos en su soledad.

El Sábado Santo rompe nuestros esquemas. La tumba vacía y Cristo vivo encontrándose, restaurando, recuperando y reuniendo a la comunidad que le había abandonado los días precedentes. La noche no es el final del camino. Jesús-Luz brilla con luz propia. Su encuentro y su Paso (Pascua) ilumina la vida del creyente para que el sinsentido tenga salida hacia delante. Los primeros cristianos necesitaron tiempo para asimilar que Dios resucitara a Jesús. Pentecostés se celebró a partir del S. VI dando a entender que Cristo no abandona a los suyos ya que la fuerza de su Espíritu les acompaña en todo momento y circunstancia. Esta fiesta la celebramos en primavera, un tiempo lleno de luz y cargado de naturaleza que se abre a la vida con toda su fuerza y vitalidad juvenil. Esta fiesta nos invita a continuar la obra de Jesús, un Jesús que no está muerto, sino vivo y que sigue siendo molesto a muchas ciudadanos de nuestro mundo.

Miguel Ángel Alcalde

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