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El Sínodo que sellará el fin al eurocentrismo en la Iglesia

«Lo mismo que, en los primeros siglos, se hizo el esfuerzo de expresar el evangelio desde las categorías culturales de la civilización griega y latina, ha llegado el momento» de «superar la monocultura europea» y aplicar esa metodología «también a otros pueblos, de modo que puedan expresar desde sus propias categorías culturales el Evangelio, tal como lo entienden y como lo viven». Más allá de la posible ordenación de hombres casados en zonas recónditas, el responsable de la redacción del documento de trabajo para el Sínodo del Amazonas, el jesuita Miguel Yáñez, vaticina que esta cumbre traerá importantes cambios que afectarán a la forma de presencia de la Iglesia en África o Asia.

Los trabajos del Sínodo de octubre se centrarán en la Amazonía, pero sus repercusiones con toda probabilidad tendrán importantes repercusiones en toda la Iglesia. Es la marca característica de los sínodos del pontificado de Francisco: el Papa ha fomentado –no solo permitido– un diálogo franco y abierto, precedido de amplios procesos de consulta, inéditos hasta ahora en la Iglesia. De esta forma se han suscitado cuestiones cuyas implicaciones han ido siempre bastante más lejos del tema inicialmente propuesto. Ocurrió con los sínodos dedicados a la familia (2014 y 2015), que abrieron un debate de profundo calado sobre el discernimiento y la conciencia moral de la persona frente a la norma externa, con la comunión a los divorciados en nuevas uniones como tema estelar. Más recientemente, el Sínodo de los jóvenes (octubre de 2018) puso con fuerza sobre la mesa el deseo de una Iglesia menos clericalizada y más participativa, hasta el punto de que ha derivado en diversas propuestas para la transformación de la propia institución del Sínodo. La petición es que deje de ser un órgano representativo del episcopado, para convertirse en asamblea representativa de la Iglesia en su totalidad, laicos incluidos.

¿Qué grandes debates traerá el Sínodo de la Amazonía? «La Iglesia todavía tiene que tomar conciencia de que la ecología, el cuidado de la casa común, es parte integral de su tarea evangelizadora», del mismo modo que «la [exhortación programática de Francisco] Evangelii gaudium subrayó que el kerigma tiene unos contenidos sociales que no podemos descuidar». Así lo ve el jesuita argentino Miguel Yáñez, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, encargado de la redacción del instrumentum laboris que, elaborado a partir de las respuestas en las consultas a las Iglesias y comunidades locales, será la base de los trabajos del Sínodo.

Presentación del instumentum laboris del Sínodo de los obispos sobre la Amazonía,
en el Vaticano. A la derecha, el jesuita Miguel Yánez.
(Foto: Vatican News)

La otra gran cuestión es «la inculturación», afirma Yáñez en conversación con Alfa y Omega, apenas unas horas después de la presentación el lunes en rueda de prensa del documento. «La Iglesia está formada por muchos pueblos y la tarea de inculturar el Evangelio tiene que continuar», prosigue. «Nos hemos habituado demasiado a una monocultura, la europea, en la cual se transmite el Evangelio, y nos quedamos tan tranquilos, sin preocuparnos de si estamos penetrando o no en las demás culturas».

El debate, dice este jesuita, «hace tiempo» que está en el aire. «Lo mismo que en los primeros siglos se hizo el esfuerzo de expresar el Evangelio desde las categorías culturales de la civilización griega y latina, ha llegado el momento de aplicar esto a otros pueblos, de modo que puedan expresar desde sus propias categorías culturales el Evangelio, tal como lo entienden y como lo viven».

Un Sínodo que se propone configurar «una Iglesia de rostro amazónico» abrirá de este modo las puertas también a nuevas formas de presencia eclesial en África o en Asia. Esto incluye la incorporación de nuevas formas de expresión en la liturgia, que debe ser capaz de recoger mejor «la cosmovisión indígena», según dijo en la presentación del documento de trabajo el cardenal Lorenzo Baldisseri, secretario general del Sínodo de los obispos.

Una Iglesia más «profética»
La primera evangelización de América Latina, afirma el documento, «fue un don de la Providencia», a pesar de que se produjo en un contexto de «colonización militar, política y cultural», origen de «abusos» diversos que «produjeron heridas en las comunidades y opacaron el mensaje de la Buena Nueva». Hoy, sin embargo, «la Iglesia tiene la oportunidad de diferenciarse de las nuevas potencias colonizadoras, escuchando a los pueblos amazónicos para poder ejercer con transparencia su rol profético».

Estas afirmaciones, matiza Yáñez, no pretenden lanzar «un juicio histórico descontextualizado», sino subrayar la necesidad de un estilo de misión más «comprometido y profético». Según recoge el documento de trabajo, el Amazonas «se ha convertido en un espacio de enfrentamientos y de exterminio de pueblos, culturas y generaciones». Su bioma se encuentra seriamente amenazado por el aumento de las temperaturas o una deforestación que alcanza ya entre el 15 y el 20 % de la superficie de sus bosques, acercándose a una situación «irreversible».

Tanta o mayor preocupación genera la «criminalización y asesinato de líderes y defensores del territorio». «Hoy en día, cuestionar el poder en la defensa del territorio y de los derechos humanos es arriesgar la vida, abriendo un camino de cruz y martirio», se lee en el punto 145 del documento. «El número de mártires en la Amazonía es alarmante (Ej. solo en Brasil entre 2003 y 2017 se registraron 1.119 indígenas asesinados por defender sus territorios). La Iglesia no puede ser indiferente, por el contrario ha de apoyar a la protección de las/los defensores de derechos humanos, y hacer memoria de sus mártires, entre ellas mujeres líderes como la hermana Dorothy Stang», norteamericana asesinada en Brasil en 2005.

El compromiso por una Iglesia más «profética», asegura Miguel Yáñez, es una de las peticiones más claras que han emergido del proceso de consultas. Pero esta actitud –reconoce– supone enemistarse con poderosas corporaciones empresariales y con algunos gobiernos. Las relaciones han sido particularmente tensas con Brasil desde la llegada al poder el pasado 1 de enero del populista Jair Bolsonaro, que ha acusado a la Iglesia de entrometerse en los «asuntos internos» de su país y ha llegado a amenazar con celebrar un sínodo paralelo.

«Es inevitable», dice el responsable de la redacción del instrumentum laboris. «Cuando la Iglesia se pone de parte de los más pobres y vulnerables, eso afecta a intereses económicos y se generan conflictos, pero eso no puede ser un motivo para no actuar. Todo lo contrario: debemos ser fieles al Evangelio, no a otro tipo de intereses políticos o económicos».

Trabajo en red
En el aspecto más operativo, la colosal dimensión de estos retos impone nuevas formas de trabajo en red. El Amazonas abarca partes de varios estados (Brasil, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y Guyana Francesa), en un área de 7,8 millones de kilómetros cuadrados (unas 16 veces España). La mayor parte del territorio (5,3 millones de kilómetros cuadrados) está cubierta por bosques tropicales, pero la población amazónica (entre el 70 y el 80 %) vive hoy en ciudades, a menudo hacinada en suburbios, tras verse obligada a abandonar su hábitat tradicional debido a la depredación de los recursos naturales. Los jóvenes y los niños, especialmente, son presa fácil de amenazas como «las redes de mafias, el tráfico de drogas y de seres humanos» o «la prostitución», denuncia el instrumentum laboris.

Las Iglesias de todos estos territorios constituyeron en 2014 la Red Eclesial Pan-amazónica, la REPAM. El modelo ha creado escuela. En los últimos años se han puesto en marcha la Red Eclesial Mesoamericana y la Red Eclesial de la Cuenca del Congo (REBAC), conjugando la defensa de los derechos humanos y la ecología. Hay también una red similar en proceso de constitución en Asia.

Pero ni siquiera es suficiente con esta colaboración intraeclesial. «Los problemas son tan grandes y complejos que, como Iglesia católica, no podemos encontrar solos las soluciones», afirma Miguel Yáñez. «Tenemos que trabajar con otros actores», como la ONG o los organismos internacionales. «Igual que hacemos a nivel de diálogo ecuménico o interreligioso, necesitamos encontrarnos y trabajar juntos con personas y organizaciones con los que compartimos objetivos».

Ricardo Benjumea

Un indígena durante el encuentro del Papa Francisco en Puerto Maldonado (Perú),
el 18 de enero de 2018. (Foto: AFP Photo/Ernesto Benavides)

Se buscan sacerdotes indígenas, ¿también casados?

El Sínodo de la Amazonas planteará la posibilidad de ordenar sacerdotes a hombres casados. Así aparece en el punto 129 del instrumento de trabajo presentado este lunes en el Vaticano. «Afirmando que el celibato es un don para la Iglesia, se pide que, para las zonas más remotas de la región, se estudie la posibilidad de la ordenación sacerdotal para personas ancianas, preferentemente indígenas, respetadas y aceptadas por su comunidad, aunque tengan ya una familia constituida y estable».

El subsecretario del Sínodo, Fabio Babene, enfatizó que se trataría de una respuesta a una problemática muy concreta. «De las consultas, emerge de forma muy profunda el sufrimiento de los pueblos más remotos por la falta de sacerdotes que celebren la Eucaristía. El instrumentum laboris acoge ese sufrimiento recordando el principio de que la Eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía», argumentó. Dicho lo cual, recordó las palabras del Papa a su regreso de Panamá, cuando, citando a Pablo VI, afirmó que preferiría «dar la vida antes que cambiar la ley del celibato». Y dejó claro que no pretende ir más allá de plantear alguna excepción para «los sitios más remotos», como puede ser el Amazonas o algunas «islas del Pacífico».

La discusión, según Baldisseri, no afecta a la comprensión del sacerdocio católico. «No es una cuestión doctrinal, sino disciplinar», dijo, y recordó que la figura del cura casado existe ya en las Iglesias orientales.

Este debate se abrió durante el Concilio, pero «la Iglesia juzgó entonces que no era el momento de dar el paso», explica a Alfa y Omega el jesuita Miguel Yáñez, responsable de la redacción del documento. Y subraya que nunca hasta ahora se había formulado la cuestión de forma tan «explícita», si bien toca ahora «al Sínodo y al Papa discernir».

Hay argumentos tanto «a favor como en contra», «no tenemos que idealizar esta posibilidad como la solución a todos los problemas», añade. Se trataría en todo caso de dar respuesta a situaciones particulares de lugares donde «el sacerdote va una vez al año, o incluso cada dos o tres años».

En todo caso –reconoce– situaciones de comunidades desatendidas por un ministro ordenado las hay en muy diversos lugares del planeta, también en zonas despobladas de Europa occidental. La cuestión, explica, va más allá y tiene que ver con «el problema de la inculturación». Se necesitan «pastores que sean del lugar, indígenas». En palabras del instrumentum laboris, el reto es pasar de una «Iglesia que visita» a una «Iglesia que permanece», firmemente asentada en las comunidades locales.

Previamente, en el punto 127, el documento plantea un debate estrechamente relacionado con el anterior pero esta vez sí de tipo «doctrinal», admite Yáñez. Se trata de repensar si la jurisdicción del sacerdote debe seguir incluyendo siempre las tres funciones o munus tradicionales (santificar, enseñar o gobernar). «Es decir –explica el jesuita–, que alguien pueda ejercer el ministerio de santificación sin ejercer la potestad de gobierno», asumiendo solo una parte de las tareas (la predicación y la celebración de sacramentos) que la Iglesia asigna al presbítero.

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