Homilia

El Centro del Mundo

Homilia
25/12/2016

 

¿Dónde está el centro del mundo? Muy posiblemente, cuando vemos o escuchamos las noticias, o simplemente pensamos en los acontecimientos de nuestro mundo, nos embarga la sensación de que nos encontramos muy lejos de ese centro, de los lugares importantes en los que se decide el curso de la historia. En esos centros (Washington o Nueva York, Moscú, tal vez Madrid, o, a escala menor, la capital de provincia) viven gentes importantes, las que tienen el poder, las que salen en las noticias y deciden el rumbo de la historia, el destino del mundo y de la gente. Nosotros, en cambio, nos sentimos en la periferia, en lugares marginales, porque nosotros mismos somos, en cierto sentido, personas insignificantes (nada va a cambiar con o sin nosotros), o, al menos, escasamente significativas. Poco importa que vivamos geográficamente en alguno de esos centros. Pertenecemos a esa masa de personas que participan de las grandes decisiones de los poderosos sólo como sujetos pasivos, a veces, incluso, como víctimas, que sufren las consecuencias de aquellas decisiones.

Pero hoy hemos escuchado otras “noticias”, y hemos podido descubrir otro punto de vista. La mirada de Dios se ha dirigido desde uno de esos grandes centros, el más importante en la antigüedad, Roma, a algunos de los innumerables lugares periféricos en los que habitan personas anónimas, insignificantes, las que no deciden, pero padecen las decisiones de los importantes. Al desplazarse de eso modo, Dios nos ha querido decir que la verdadera historia, la que realmente importa, discurre por cauces muy distintos de los que deciden los poderosos desde sus centros de poder.

El evangelista Lucas ha partido de Roma, sin nombrarla, y ha mencionado que Augusto, el primer César que se declaró divino, tomó una decisión (hacer el censo del mundo entero), dirigida posiblemente a medir y afirmar su propio poder, sin reparar en los trastornos y sufrimientos que había de acarrear a muchísimos, especialmente a los más pobres. Pero esa orden “al mundo entero” da ocasión para que Lucas nos haga caer en la cuenta de que la mirada de Dios está pendiente de otros lugares, de otras gentes. Precisamente de lugares periféricos, desconocidos, como Nazaret y Belén; de personas insignificantes a los ojos de este mundo, como José y María. Y es ahí donde descubrimos una centralidad para la que los poderes de este mundo son ciegos. Ahí se están fraguando las decisiones de Dios. Mientras que las del César y de los poderosos de este mundo de todos los tiempos son decisiones que, aunque tal vez no siempre, con frecuencia provocan sufrimiento, oprimen a muchos, son injustas o violentas, sirven a intereses particulares y no siempre limpios, estas otras, las que proceden de Dios, aunque mucho menos ruidosas, generan vida, alegría, traen salvación y justificación.

María y José deben someterse a los mandatos del César y, pese a su difícil situación (María esta embarazada), deben ponerse en camino. Es claro que son pobres entre los pobres, pues si hubieran tenido dinero en cantidad, habrían encontrado lugar en la posada. Pero es en esas personas pobres, marginales, víctimas de los poderes de este mundo, y no en el César Augusto, en las que se está decidiendo el destino de la humanidad. En ellos está el centro del mundo a los ojos de Dios, y ellos son para Él los verdaderamente importantes y significativos.

María y José caminan por la oscuridad del mundo, pero no se pierden, ven una gran luz, la llevan ellos consigo.

Y ellos se convierten en signo de esperanza para todos los pobres y marginales de este mundo, para los que no cuentan, para los que sufren las consecuencias de las decisiones de los poderosos, para todas las víctimas de la historia.

Encarnan esa pobreza y marginalidad los pastores. Viven al raso, a la intemperie, fuera de la ciudad. Y su marginalidad se refuerza por la mala fama que tenían en aquel tiempo. Pero están despiertos, en vela, y, por eso, son capaces de ver a Ángeles que les anuncian buenas noticias. El centro del mundo está allí donde los cielos se abren y se comunica una gran alegría, el cumplimiento de las promesas, el nacimiento del Salvador del mundo. Y lo notable es que estos pastores creen en el signo de todas esas grandes y transcendentales noticias: simplemente un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Los acontecimientos grandes y decisivos se deciden con frecuencia en los pequeños detalles, y pueden captarlos sólo aquellos que tienen la capacidad de ver lo grande en lo pequeño, de creer que la vida y la salvación florecen en la marginalidad, que es centralidad a los ojos de Dios.

Nosotros, hoy, seguimos caminando en la oscuridad. Y es así porque “no había para ellos sitio en la posada”, es decir, porque se acoge el mensaje de amor y salvación que Dios nos dirige en los pequeños signos (el niño en pañales, el agua del bautismo, el pan y el vino de la Eucaristía, la palabra escuchada y acogida…); muchos ni siquiera saben aún que en Belén ha nacido el salvador.

Pero si nosotros nos consideramos del grupo de los pastores que creen en los signos que nos envía Dios, y hemos venido a adorar al Niño, entonces podemos y debemos convertirnos en ángeles que anuncian a todos una gran alegría; podemos y debemos realizar signos (las obras del amor) que hacen visible la gracia de Dios; podemos y debemos ser luminarias, reflejos de esa gran luz que ilumina la oscuridad, para que muchos, que continúan caminando en tinieblas, vean la estrella que les dirige a Jesús, nacido en Belén, envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

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