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Diamantes de sangre española

La pureza de la sangre de sor Inés, la misionera burgalesa de 77 años asesinada el domingo en la República Centroafricana, fue la causante de su asesinato. Los buscadores de diamantes desangran a los más inocentes para extender su sangre sobre la grava y así «tener fortuna» para encontrar las preciadas piedras.

No ha sido una acusación de brujería. Al menos la muerte de Blanca Nieves, la misionera burgalesa con nombre de cuento y rebautizada como sor Inés al ingresar, en su tierna adolescencia, en la congregación francesa de las Hijas de Jesús de Massac. Su cuerpo fue encontrado el domingo, escondido en el bosque cercano al centro donde enseñaba costura a 15 jóvenes centroafricanas. Degollada, pero sin rastro de sangre. Con 77 años y 23 en la misión de un país en guerra y lleno de leyendas populares, la hipótesis inicial de su muerte fue que los antibalaka, guerrilla justiciera «que lleva estos últimos meses limpiando los pueblos de brujos» podrían haberla matado por el estigma de la magia. Pero el obispo de Bangassou, monseñor Juan José Aguirre, pasado el shock inicial y analizada la situación, explica a Alfa y Omega el verdadero motivo del asesinato despiadado de la mujer buena e incansable.

Sor Inés, Blanca Nieves Sancho (tercera por la izquierda),
en la aldea de Nola (República Centroafricana).
(Foto: ABC)

Nola, la aldea hogar de sor Inés, está en el sur del país, cerca de la frontera con Camerún. Lugar de minas de diamantes y jóvenes sedientos de dinero y repletos de supersticiones. «La extracción de las piedras preciosas de los ríos comienza por una compraventa de un montón de grava. Primero alguien va al río, saca la tierra, la expone allí cerca, y luego hay quien la compra», explica monseñor Aguirre. Es el momento de la búsqueda el que conlleva la muerte de los inocentes: «En esa zona del país se piensa que la sangre de la gente pura, sin malicia y con salud, como era sor Inés, no está contaminada. Y esa sangre da fortuna». Por eso es habitual que desaparezcan niños cada dos por tres, «como no se cansan de denunciar los sacerdotes», y por eso degollaron a la monja. «Para distribuir su sangre sobre la grava comprada y que aparezcan los preciados diamantes». En otras zonas del país desangran gallos o pagan a gente que creen que da suerte para que observe el trabajo de extracción. Sor Inés no tuvo esa oportunidad. La desangraron por la tarde, mientras regresaba casa después de ir a Misa y comer con un grupo de feligresas. Había quedado después con una familia, pero nunca llegó a la cita. Un vecino preocupado tras ver la puerta de su choza abierta y las cosas revueltas, alertó a las autoridades. Los vecinos organizaron patrullas para buscarla. Y la encontraron entre la maleza. Y la enterraron pocos días después. Había mucha gente despidiéndola.

Luchar contra la superstición es tarea prioritaria para la Iglesia en Centroáfrica. Monseñor Aguirre encoge la voz cuando explica cómo las acusaciones de brujería está acabando con la vida de cientos de ancianos, enfermos de alzhéimer o sencillamente solos y frágiles. «El adivinador del pueblo tiene una revelación interior que dice al vecino que va a verle que su enfermedad es culpa de la anciana viuda y con hijos muertos que está teniendo sus primeros episodios de demencia senil». Y ahí llega el linchamiento público y, en muchos casos, la muerte, como ocurre desde hace meses a manos de los antibalaka, «que están haciendo, como dicen ellos, limpieza social, abriendo en canal o quemando vivos a los acusados de brujería». Solo en Bangassou hay cuatro casas para recoger a estos brujos, y que vivan sus últimos años de la manera más digna posible, protegidos bajo el paraguas de la Iglesia. La Conferencia Episcopal Centroafricana está investigando la raíz de estas supersticiones para atajar el problema. No fue el caso de sor Inés. El más brujo y el más puro tienen el mismo terrible destino en este pequeño país en guerra.

Cristina Sánchez Aguilar

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