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Crónica del 22º viaje apostólico internacional del Papa. segunda y última etapa: Perú

El pueblo sale a las calles de Lima a recibir al Papa con júbilo

(ZENIT – 18 enero 2018).- Al llegar a la Nunciatura Apostólica, a las 18:15 horas (00:15 h. en Roma) el Santo Padre ha pronunciado unas palabras a los fieles que aguardaban a su llegada: “¡Gracias por estar aquí! ¡Gracias de corazón! Ahora quisiera darles a ustedes y a sus familias la bendición”, han rezado juntos un “Ave María” y el Papa les ha bendecido antes de entrar en la Nunciatura.

El Papa Francisco llegó al aeropuerto Jorge Chávez de Lima, Perú, alrededor de las 16 horas (23 h. en Roma), el 18 de enero de 2018, donde comienza la segunda etapa de su 22º viaje apostólico.

El presidente de Perú, Pedro Pablo Kuczynski, se encontró con el Santo Padre en el asfalto, donde la Iglesia y los líderes cívicos se unieron a las ceremonias de bienvenida. El Alcalde de Lima, Luis Castañeda, le entregó las llaves de la ciudad al Papa Francisco y tras intercambiar unas palabras, el Sumo Pontífice abordó el ‘papamóvil’ y ya recorre la avenida Brasil.

El Santo Padre estará en Perú hasta el lunes, 21 de enero de 2018, y se dirigirá a líderes religiosos y políticos. También se espera que se acerque de manera especial a los pueblos indígenas de la nación.

Mañana, 19 de enero, el Papa viajará a Puerto Maldonado, a las 8:30 horas en avión desde Lima.

A las 10:30 horas (16:30 h. en Roma), Francisco se encontrará con los pueblos de la Amazonia en el  Coliseo Regional Madre de Dios, y pronunciará un discurso. Más tarde, se encontrará con la población en el Instituto Jorge Basadre, visitará el Hogar Principito y almorzará con los representantes de los pueblos  de la Amazonia en el Centro Pastoral Apaktone.

A las 14:35 horas (20:35 h. en Roma), el Santo Padre regresará a Lima, a las 16:45 horas (22:45 h. en Roma) se reunirá con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático en el Patio de Honor del Palacio de Gobierno., y después realizará la visita de cortesía al Presidente en el Salón de los Embajadores del Palacio de Gobierno. Terminará la jornada con un encuentro privado con los miembros de la Compañía de Jesús en la iglesia de San Pedro.

Con Jim Fair
Imagen: Papa Francisco y Presidente Pedro Pablo Kuczynski
(Vatican Media)

 

“El Papa Francisco se preocupa por nuestra patria”

Entrevista a Mons. Salvador Piñeiro, presidente del Episcopado peruano
Mons. Salvador Piñeiro (© Jose Antonio Varela)

(ZENIT – 18 enero 2018).- A un día de la llegada del papa Francisco al Perú, en una visita que lo llevará por la costa y selva del país, conversamos con monseñor Salvador Piñeiro, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana. En medio de los preparativos, que para él incluyen atender como se debe a los obispos enfermos durante su encuentro con el papa, el también arzobispo de Ayacucho nos habló de sus expectativas de la visita, y el contexto en que llega el santo padre a un país que él mismo ha llamado “reserva de santos”.

 ¿Qué es lo primero que le dirá a Francisco cuando lo reciba?
Mi saludo de gratitud, porque ha cumplido el compromiso de poner en la agenda la visita al Perú. Cuando en mayo último los obispos del Perú le dijimos que esperábamos su visita, inmediatamente nos contestó. Se ve su gran cariño y la cordialidad que tiene con el Perú.

¿Cómo se ha preparado el país para esta visita?
Quiero agradecer al gobierno peruano, por la solicitud con que nos ha ayudado en muchos temas que desbordan la logística, las comunicaciones, entre otros. También quiero felicitar a las iglesias particulares que han elaborado sus temas catequéticos, momentos de oración, vigilias en los templos. La comunidad católica agradece el don del primado petrino, pues el papa viene a confirmarnos en la fe y también muestra su gran preocupación por los temas difíciles de la patria.

¿Cómo eligió los lugares a visitar?
Él no viene de turista, va a la selva donde hay tanta marginación, el problema de la trata de personas, la deforestación, la minería ilegal. Va a Trujillo, que fue asolado en una zona con ocho huaycos (desbordes del río con lodo y piedras ndr), y viene a traernos una palabra de esperanza, de consuelo. Así también a esta Lima, que nos desborda y que ha crecido muchísimo.

El papa habla del Perú como una reserva de santos…

Es una satisfacción que en nuestra historia tengamos varios santos, pero son de la primera hora, del mil seiscientos… En cambio, también es una llamada para que no vivamos de las rentas, pues vivimos del ayer. También hoy día tienen que haber santos.

Se ve que la gente lo llama a Francisco “El Papa de la gente”… ¿Es propio este reconocimiento?
Es un papa tan cercano, que no complica, no quiere terciopelos, no quiere esos homenajes del momento… Él quiere que escuchemos la palabra de Jesús, y que se conviertan nuestros corazones. Y hay dos temas que trabaja muchísimo, sin duda fruto de Aparecida, como es ser discípulos y misioneros. Es decir, escuchar al Señor, vivir su evangelio y ser testigos, mensajeros de paz, de amor, y preocuparnos por los demás. Por eso, el mensaje del papa nos invita a la unión familiar, a la emoción social, a no vivir con ese corazón asfixiado por lo material; sino abierto a la generosidad, a la solidaridad, al servicio…

Este año va ser el Sínodo de los Jóvenes con el tema de la vocación, ¿cual considera usted que son los mayores desafíos en ello para la Iglesia del Perú?
Es una preocupación grande de los obispos, que nuestros seminarios no reciban las visitas suficientes de los jóvenes que aspiran al sacerdocio. Por otro lado, tenemos que mirar el rostro de Cristo en los jóvenes, en los adolescentes que no tienen familia, que la sociedad los margina y cómo se lucra con sus sentimientos, con su vida.

Otro acontecimiento en este año es el Encuentro Mundial de las Familias… ¿Según Usted, dónde debe estar el énfasis en el trabajo con las familias, y en la preparación al matrimonio?
Pienso que no podemos olvidar una preparación remota al matrimonio, pues nos contentamos con unas charlas o un cursillo previo a la ceremonia nupcial. Hay que organizar la catequesis juvenil, los grupos parroquiales, para que los jóvenes se preparen a lo que exige la fidelidad, el amor, y no improvisemos familias. Tenemos que apostar más también por una sólida formación de los jóvenes en la catequesis escolar, en la presencia universitaria… Yo soy un hombre de esperanza, y hay que trabajar para que haya más vida cristiana en los jóvenes. 

Algunos se sorprendieron de que el papa haya enviado un comisario para el Sodalicio de Vida Cristiana, justo antes de llegar al Perú…
Deben tener argumentos serios, cuando el santo padre ha enviado un comisario. Es un carisma que ha dado muchos frutos a la iglesia, pero al haber indicios muy razonables de desorden, de falta de formación, la Santa Sede se toma su tiempo y no improvisa. Nos da tranquilidad la intervención del santo padre, quien tiene así un gesto que nos recuerda su preocupación por el Perú, para que encontremos caminos de reconciliación y de paz.

Finalmente, ¿Cuál es su llamado para que la gente en el Perú aproveche la visita del papa?
Queremos que el lema de los obispos del Perú “Unidos por la Esperanza”, sea una oportunidad para que nos reconciliemos, para que busquemos entendimiento. Y para que haya una atmósfera fraterna y podamos decirle al papa que hay cosas que nos dividen en el Perú, como son las geografías, las ideologías, las economías… Pero tenemos una fe en Jesucristo, tenemos un gran amor a María y que él sienta que lo queremos mucho porque es el Pedro de hoy.

José Antonio Varela Vidal

Francisco aprovecha cada ocasión para rezar

Oración en la Capilla Militar del Aeropuerto de Lima
Capilla Militar en el Aeropuerto de Lima. (TV PERU)

(ZENIT – 19 enero 2018).- El Papa Francisco se ha detenido a rezar en la Capilla de la base aérea al llegar al Aeropuerto de Lima, antes de encontrarse con las autoridades civiles y diplomáticas en el Palacio de Gobierno.

En la tarde del segundo día en Perú, viernes, 19 de enero de 2018, el Papa regresa a primera hora de la tarde a la capital, donde hablará a las autoridades políticas y se reunirá en privado con el presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Francisco ha donado a la Capilla Militar del Aeropuerto de Lima una escultura de madera de María Auxiliadora.

“Virgen de los tiempos difíciles”
Esta escultura de la Santísima Virgen con su largo cabello suelto sobre una túnica roja y el manto azul que sostiene con su brazo izquierdo a Jesús Niño y con la mano derecha sosteniendo un cetro, representa a María Auxiliadora, o la “Virgen de los tiempos difíciles”.

La iconografía particular de esta imagen mariana se refiere, sin embargo, al gran cuadro del altar principal de la basílica de Turín que lleva su nombre, creado en 1868 por el pintor Tommaso Lorenzone encargado directamente por San Giovanni Bosco, fundador no solo de las Hijas de María Auxiliadora, sino también el principal propagador de la devoción a María Auxiliadora.

“La corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”

Discurso del Papa a las autoridades peruanas
El Papa en el Palacio de Gobierno de Lima (© Vatican Media)

(ZENIT – 19 enero 2018).- La “corrupción” y la “degradación ambiental” han marcado el discurso del Papa Francisco a las autoridades civiles y diplomáticas que ha ofrecido en la tarde del viernes, 19 de enero de 2018, en el Palacio de Gobierno, en Lima.

Introducido por el Presidente Pedro Pablo Kuczynski, el Papa ha explicado a las autoridades políticas del país que «Unidos para defender la esperanza» implica mayor cultura de la transparencia entre entidades públicas, sector privado y sociedad civil. “Nadie puede resultar ajeno a este proceso; la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”, ha asegurado.

Por otro lado, el Papa ha expresado admiración y respeto por la biodiversidad y la riquísima pluralidad cultural del país, el “entusiasmo y dinamismo de los jóvenes” y el “rostro de santidad” de la tierra peruana.

Degradación del medio ambiente
Con numerosas referencias a la Encíclica ‘Laudato Si´’ Francisco ha llamado a las autoridades a que “unidos para defender la esperanza” impulsen y desarrollen una ecología integral como alternativa a «un modelo de desarrollo ya caduco pero que sigue provocando degradación humana, social y ambiental».

En este sentido, Francisco ha denunciado al ataque a la naturaleza: “La pérdida de selvas y bosques implica no sólo la pérdida de especies, que incluso podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, sino una pérdida de relaciones vitales que terminan alterando todo el ecosistema”.

“La degradación del medio ambiente, lamentablemente, no se puede separar de la degradación moral de nuestras comunidades. No podemos pensarlas como dos instancias distintas”, han sido sus palabras.

Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco

Señor Presidente,
miembros del Gobierno y del Cuerpo Diplomático,
distinguidas autoridades,
representantes de la sociedad civil,
señoras y señores, amigos todos:

Al llegar a esta histórica casa doy gracias a Dios por la oportunidad que me ha concedido de pisar suelo peruano. Quisiera que mis palabras fueran de saludo y gratitud para cada uno de los hijos e hijas de este pueblo que supo mantener y enriquecer su sabiduría ancestral a lo largo del tiempo y es, sin lugar a dudas, uno de sus principales patrimonios que tienen.

Gracias señor Pedro Pablo Kuczynski, Presidente de la Nación, por la invitación a visitar el país y por las palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos.

Vengo a Perú bajo el lema «unidos por la esperanza». Permítanme decirles que mirar esta tierra es de por sí un motivo de esperanza.

Parte de vuestro territorio está compuesto por la Amazonia, que he visitado esta mañana y que constituye en su globalidad el mayor bosque tropical y el sistema fluvial más extenso del planeta. Este «pulmón» como se lo ha querido llamar, es una de las zonas de gran biodiversidad en el mundo pues alberga las más variadas especies.

Poseen ustedes una riquísima pluralidad cultural cada vez más interactuante que constituye el alma de este pueblo. Alma marcada por valores ancestrales como son la hospitalidad, el aprecio por el otro, el respeto y gratitud con la madre tierra y la creatividad para los nuevos emprendimientos como, asimismo, la responsabilidad comunitaria por el desarrollo de todos que se conjuga en la solidaridad, mostrada tantas veces ante las diversas catástrofes vividas.

En este contexto, quisiera señalar a los jóvenes, ellos son el presente más vital que posee esta sociedad; con su dinamismo y entusiasmo prometen e invitan a soñar un futuro esperanzador que nace del encuentro entre la cumbre de la sabiduría ancestral y los ojos nuevos que brinda la juventud.

Y me alegra también un hecho histórico: saber que la esperanza en esta tierra tiene rostro de santidad. Perú engendró santos que han abierto caminos de fe para todo el continente americano; y por nombrar tan sólo a uno, como Martín de Porres, hijo de dos culturas, mostró la fuerza y la riqueza que nace en las personas cuando se concentran en el amor. Y podría continuar largamente esta lista material e inmaterial de motivos para la esperanza. Perú es tierra de esperanza que invita y desafía a la unidad de todo su pueblo. Este pueblo tiene la responsabilidad de mantenerse unido precisamente para defender, entre otras cosas, todos estos motivos de esperanza.

Sobre esta esperanza apunta una sombra, se cierne una amenaza. «Nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma y nada garantiza que vaya a utilizarlo bien, sobre todo si se considera el modo como lo está haciendo».[1] Esto se manifiesta con claridad en la manera en la que estamos despojando a la tierra de los recursos naturales sin los cuales no es posible ninguna forma de vida. La pérdida de selvas y bosques implica no sólo la pérdida de especies, que incluso podrían significar en el futuro recursos sumamente importantes, sino una pérdida de relaciones vitales que terminan alterando todo el ecosistema.[2]

En este contexto, «unidos para defender la esperanza» significa impulsar y desarrollar una ecología integral como alternativa a «un modelo de desarrollo ya caduco pero que sigue provocando degradación humana, social y ambiental».[3] Y esto exige escuchar, reconocer y respetar a las personas y a los pueblos locales como interlocutores válidos. Ellos mantienen un vínculo directo con la tierra, conocen sus tiempos y procesos y saben, por tanto, los efectos catastróficos que, en nombre del desarrollo, están provocando muchos proyectos. Entonces se altera todo el entramado vital que constituye la nación. La degradación del medio ambiente, lamentablemente, no se puede separar de la degradación moral de nuestras comunidades. No podemos pensarlas como dos instancias distintas.

A modo de ejemplo, la minería informal se ha vuelto un peligro que destruye la vida de personas; los bosques y ríos son devastados con toda la riqueza que ellos poseen. Todo este proceso de degradación conlleva y promueve organizaciones por fuera de las estructuras legales que degradan a tantos hermanos nuestros sometiéndolos a la trata —nueva forma de esclavitud—, al trabajo informal, a la delincuencia… y a otros males que afectan gravemente su dignidad y, a la vez, la dignidad de esta nación.

Trabajar unidos para defender la esperanza exige estar muy atentos a esa otra forma —muchas veces sutil— de degradación ambiental que contamina progresivamente todo el entramado vital: la corrupción. Cuánto mal le hace a nuestros pueblos latinoamericanos y a las democracias de este bendito continente ese «virus» social, un fenómeno que lo infecta todo, siendo los pobres y la madre tierra los más perjudicados. Lo que se haga para luchar contra este flagelo social merece la mayor de las ponderaciones y ayudas… y esta lucha nos compete a todos. «Unidos para defender la esperanza», implica mayor cultura de la transparencia entre entidades públicas, sector privado y sociedad civil. Nadie puede resultar ajeno a este proceso; la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos.

A quienes ocupan algún cargo de responsabilidad, sea en el área que sea, los animo y exhorto a empeñarse en este sentido para brindarle, a su pueblo y a su tierra, la seguridad que nace de sentir que Perú es un espacio de esperanza y oportunidad… pero para todos y no para unos pocos (aplausos); para que todo peruano, toda peruana pueda sentir que este país es suyo, no de otro, en el que puede establecer relaciones de fraternidad y equidad con su prójimo y ayudar al otro cuando lo necesita; una tierra en la que pueda hacer realidad su propio futuro. Y así forjar un Perú que tenga espacio para «todas las sangres» [4], en el que pueda realizarse «la promesa de la vida peruana». (Aplauso) [5]

Quiero renovar junto a ustedes el compromiso de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación, en este empeño mancomunado de seguir trabajando para que Perú siga siendo una tierra de esperanza.

Que santa Rosa de Lima interceda por cada uno de ustedes y por esta bendita Nación.

Nuevamente gracias.

© Librería Editorial Vaticano

El Papa viaja a Puerto Maldonado, donde conocerá a los indígenas amazónicos

Segundo día del Papa en Perú
El Papa Francisco sale de la Nunciatura Apostólica de Lima para viajar a Puerto Maldonado. (VIA TV PERU)

(ZENIT – 19 enero 2018).- Comienza la segunda jornada del Papa Francisco en Perú, este viernes, 19 de enero de 2018. Perú es el 9º país de América Latina que visita.

Francisco es el primer pontífice de origen latino americano que visita Perú. San Juan Pablo II visitó el país en 1985, que estuvo en Lima, Arequipa, Cusco, Ayacucho, Piura, Trujillo e Iquitos, así como la Provincia Constitucional del Callao; y en 1988, participó en Congreso Eucarístico y Mariano de los países bolivarianos, en momentos en los que el Perú sufría los embates del terrorismo.

Está previsto que el Santo Padre llegue al Aeropuerto Internacional Padre José Aldámiz de Puerto Maldonado a las 10:15 horas (16:15 h. en Roma)95. El aeropuerto lleva el nombre de un misionero dominico pionero de la aviación en Madre de Dios.

“Capital de la biodiversidad”
A su llegada a Puerto Maldonado, capital del departamento de Madre de Dios, el Obispo de Roma se encontrará con los pueblos de la amazonia en el Coliseo Regional ‘Madre de Dios’ a las 10:30 horas.

El Papa ha querido visitar esta “capital de la biodiversidad”, para conocer la Iglesia en la Amazonía y encontrarse con los pueblos indígenas amazónicos, “escuchar sus reclamos, sus luchas, sus sufrimientos y sus sueños”, señala el Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado.

“Francisco viene a celebrar y recordar –indica el Vicariato– que la Iglesia está presente en nuestra tierra, que la labor misionera, desempeñada desde hace más de 100 años, junto a los pueblos indígenas amazónicos, ha generado en la zona espacios de acercamiento intercultural, de aprendizaje mutuo y de convivencia fraterna”.

Hogar “El Principito”
Después del encuentro con los pueblos amazónicos, y como parte del mismo acto, se encontrará con católicos, peregrinos, visitantes, hombres y mujeres de buena voluntad, que quieran verle y saludarle en la explanada del Instituto de Educación Superior Tecnológico Público Jorge Basadre, justo al costado del mismo Coliseo.

En torno a las 12:15 horas, el Santo Padre visitará la obra social del Hogar de acogida de niños y niñas “El Principito” y luego almorzará con los representantes de los pueblos de la amazonia en el Centro Pastoral “Apaktone”.

Desde allí se trasladará al Aeropuerto Internacional Padre José Aldámiz, para regresar a Lima, donde ofrecerá un discurso a las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático del país en el Patio de Honor del Palacio de Gobierno y se reunirá con el Presidente en el Salón de los Embajadores del Palacio de Gobierno.

Puerto Maldonado
El Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado tiene una extensión de 149.552 km2 y una población estimada de 348.411 habitantes. Aunque se llama Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, incluye, además del departamento de Madre de Dios, la provincia de La Convención y el distrito de Camanti (departamento del Cusco), la provincia de Purús, el distrito del Sepahua y parte del distrito de Raimondi (departamento de Ucayali).

Según el II Censo de Comunidades Indígenas de la Amazonía Peruana, realizado en el año 2007, la población indígena amazónica de Perú es de 332.975, de ellos, se estima, viven en el territorio del Vicariato Apostólico unos 29.000 habitantes. Recordemos que la población total estimada del Vicariato Apostólico es de 348.411 habitantes.

El actual obispo del Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado es Mons. David Martínez de Aguirre Guinea. Español de Vitoria, nacido en 1970. Fue consagrado obispo en 2014 y en junio de 2015 sucede a Mons. Francisco González, también dominico, como obispo titular del Vicariato.

Rosa Die Alcolea

Pueblos amazónicos de Perú: “La Iglesia no es ajena a vuestras vidas”

Discurso del Papa a los indígenas de la selva 
El Papa Francisco con los pueblos de la Amazonía (© Vatican Media)

(ZENIT – 19 enero 2018).- “He deseado mucho este momento, quise empezar por aquí mi visita a Perú” dijo el Papa Francisco a los cerca de 4.000 representantes de los diferentes pueblos amazónicos de Perú, en el encuentro celebrado en el Coliseo Madre de Dios, en Puerto Maldonado, a las 10:30 horas.

Así, Francisco ha saludado a todos los pueblos amazónicos: Harakbut, Esse-ejas, Matsiguenkas, Yines, Shipibos, Asháninkas, Yaneshas, Kakintes, Nahuas, Yaminahuas, Juni Kuin, Madijá, Manchineris, Kukamas, Kandozi, Quichuas, Huitotos, Shawis, Achuar, Boras, Awajún, Wampís, entre otros.

“Permítanme decir: ¡Alabado seas Señor por esta obra maravillosa de tus pueblos amazónicos y por toda la biodiversidad que estas tierras envuelven!”, les ha dicho.

“Cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo. La Iglesia no es ajena a vuestra problemática y a vuestras vidas, no quiere ser extraña a vuestra forma de vida y organización”, han sido las palabras del Papa.

En el Coliseo, después de los cánticos y danzas de bienvenida a cargo de los ancianos Arambut, el Vicario Apostólico de Puerto Maldonado, Mons. David Martínez de Aguirre Guinea, ha dirigido su discurso de bienvenida al Papa Francisco.

“Le pedimos que nos defienda”
Asimismo, han ofrecido unas palabras al Santo Padre Héctor Sueyo y Yésica Patiachi del Pueblo Harakbut, y le han pedido que les defienda: “Los foráneos nos ven débiles e insisten en quitarnos nuestro territorio de distintas formas. Si logran quitarnos nuestras tierras, podemos desaparecer”, han denunciado los indígenas de la Amazonía.

También ha saludado al Papa la indígena awajún María Luzmila Bermeo, procedente de Condorcanqui, de la Amazonia peruana, quien le ha confesado: “Me preocupa que perdamos la oportunidad de aprender valores cristianos necesarios para criar bien a los hijos, el respeto a la familia, el orden, la obediencia a los padres. Los mismos awajun también hemos perdido muchos valores y ahora está peor, los jóvenes están aprendiendo vicios y malas costumbres que afectan a nuestra comunidad”.

Además, 4 representantes de los pueblos amazónicos han leído al Papa algunos fragmentos de su Encíclica ‘Laudato Si´’ sobre el cuidado de la Casa Común.

Finalmente, han puesto al Papa una corona de flores en la cabeza y dos collares rojos artesanales, y le han regalado un gran pergamino grande de colores en el que está dibujado el rostro de Francisco, una estola hecha a mano, y un trozo de madera de árbol grabado, entre otros dones.

RD/Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco 

Queridos hermanos y hermanas:

Junto a ustedes me brota el canto de san Francisco: «Alabado seas, mi Señor». Sí, alabado seas por la oportunidad que nos regalas con este encuentro. Gracias Mons. David Martínez de Aguirre Guinea, señor Héctor, señora Yésica y señora María Luzmila por sus palabras de bienvenida y por sus testimonios. En ustedes quiero agradecer y saludar a todos los habitantes de la Amazonia.

Veo que han venido de los diferentes pueblos originarios de la Amazonia: Harakbut, Esse-ejas, Matsiguenkas, Yines, Shipibos, Asháninkas, Yaneshas, Kakintes, Nahuas, Yaminahuas, Juni Kuin, Madijá, Manchineris, Kukamas, Kandozi, Quichuas, Huitotos, Shawis, Achuar, Boras, Awajún, Wampís, entre otros. También veo que nos acompañan pueblos procedentes del Ande que se han venido a la selva y se han hecho amazónicos. He deseado mucho este encuentro. Gracias por vuestra presencia y por ayudarme a ver más de cerca, en vuestros rostros, el reflejo de esta tierra. Un rostro plural, de una variedad infinita y de una enorme riqueza biológica, cultural, espiritual. Quienes no habitamos estas tierras necesitamos de vuestra sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir, el tesoro que encierra esta región, y se hacen eco las palabras del Señor a Moisés: «Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa» (Ex 3,5).

Permítanme una vez más decir: ¡Alabado seas Señor por esta obra maravillosa de tus pueblos amazónicos y por toda la biodiversidad que estas tierras envuelven!

Este canto de alabanza se entrecorta cuando escuchamos y vemos las hondas heridas que llevan consigo la Amazonia y sus pueblos. Y he querido venir a visitarlos y escucharlos, para estar juntos en el corazón de la Iglesia, unirnos a sus desafíos y con ustedes reafirmar una opción sincera por la defensa de la vida, defensa de la tierra y defensa de las culturas.

Probablemente los pueblos originarios amazónicos nunca hayan estado tan amenazados en sus territorios como lo están ahora. La Amazonia es tierra disputada desde varios frentes: por una parte, el neo-extractivismo y la fuerte presión por grandes intereses económicos que dirigen su avidez sobre petróleo, gas, madera, oro, monocultivos agroindustriales. Por otra parte, la amenaza contra sus territorios también viene por la perversión de ciertas políticas que promueven la «conservación» de la naturaleza sin tener en cuenta al ser humano y, en concreto, a ustedes hermanos amazónicos que habitan en ellas. Sabemos de movimientos que, en nombre de la conservación de la selva, acaparan grandes extensiones de bosques y negocian con ellas generando situaciones de opresión a los pueblos originarios para quienes, de este modo, el territorio y los recursos naturales que hay en ellos se vuelven inaccesibles. Esta problemática provoca asfixia a sus pueblos y migración de las nuevas generaciones ante la falta de alternativas locales. Hemos de romper con el paradigma histórico que considera la Amazonia como una despensa inagotable de los Estados sin tener en cuenta a sus habitantes.

Considero imprescindible realizar esfuerzos para generar espacios institucionales de respeto, reconocimiento y diálogo con los pueblos nativos; asumiendo y rescatando la cultura, lengua, tradiciones, derechos y espiritualidad que les son propias. Un diálogo intercultural en el cual ustedes sean los «principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios». [1] El reconocimiento y el diálogo será el mejor camino para transformar las históricas relaciones marcadas por la exclusión y la discriminación.

Como contraparte, es justo reconocer que existen iniciativas esperanzadoras que surgen de vuestras bases y organizaciones, y propician que sean los propios pueblos originarios y comunidades los guardianes de los bosques, y que los recursos que genera la conservación de los mismos revierta en beneficio de sus familias, en la mejora de sus condiciones de vida, en la salud y educación de sus comunidades. Este «buen hacer» va en sintonía con las prácticas del «buen vivir» que descubrimos en la sabiduría de nuestros pueblos. Y permítanme decirles que si, para algunos, ustedes son considerados un obstáculo o un «estorbo», en verdad, con sus vidas son un grito a la conciencia de un estilo de vida que no logra dimensionar los costes del mismo. Ustedes son memoria viva de la misión que Dios nos ha encomendado a todos: cuidar la Casa Común.

La defensa de la tierra no tiene otra finalidad que no sea la defensa de la vida. Sabemos del sufrimiento que algunos de ustedes padecen por los derrames de hidrocarburos que amenazan seriamente la vida de sus familias y contaminan su medio natural.

Paralelamente, existe otra devastación de la vida que viene acarreada con esta contaminación ambiental propiciada por la minería ilegal. Me refiero a la trata de personas: la mano de obra esclava o el abuso sexual. La violencia contra las adolescentes y contra las mujeres es un clamor que llega al cielo. «Siempre me angustió la situación de los que son objeto de las diversas formas de trata de personas. Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9). ¿Dónde está tu hermano esclavo? […] No nos hagamos los distraídos. Hay mucha complicidad. ¡La pregunta es para todos!». [2]

Cómo no recordar a santo Toribio cuando constataba con gran pesar en el tercer Concilio Limense «que no solamente en tiempos pasados se les hayan hecho a estos pobres tantos agravios y fuerzas con tanto exceso, sino también hoy muchos procuran hacer lo mismo…» (Ses. III, c.3). Por desgracia, después de cinco siglos estas palabras siguen siendo actuales. Las palabras proféticas de aquellos hombres de fe —como nos lo han recordado Héctor y Yésica—, son el grito de esta gente, que muchas veces está silenciada o se les quita la palabra. Esa profecía debe permanecer en nuestra Iglesia, que nunca dejará de clamar por los descartados y por los que sufren.

De esta preocupación surge la opción primordial por la vida de los más indefensos. Estoy pensando en los pueblos a quienes se refiere como «Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario» (PIAV). Sabemos que son los más vulnerables de entre los vulnerables. El rezago de épocas pasadas les obligó a aislarse hasta de sus propias etnias, emprendieron una historia de cautiverio en los lugares más inaccesibles del bosque para poder vivir en libertad. Sigan defendiendo a estos hermanos más vulnerables. Su presencia nos recuerda que no podemos disponer de los bienes comunes al ritmo de la avidez del consumo. Es necesario que existan límites que nos ayuden a preservarnos de todo intento de destrucción masiva del hábitat que nos constituye.

El reconocimiento de estos pueblos —que nunca pueden ser considerados una minoría, sino auténticos interlocutores— así como de todos los pueblos originarios nos recuerda que no somos los poseedores absolutos de la creación. Urge asumir el aporte esencial que le brindan a la sociedad toda, no hacer de sus culturas una idealización de un estado natural ni tampoco una especie de museo de un estilo de vida de antaño. Su cosmovisión, su sabiduría, tienen mucho que enseñarnos a quienes no pertenecemos a su cultura. Todos los esfuerzos que hagamos por mejorar la vida de los pueblos amazónicos serán siempre pocos. [3]

La cultura de nuestros pueblos es un signo de vida. La Amazonia, además de ser una reserva de la biodiversidad, es también una reserva cultural que debe preservarse ante los nuevos colonialismos. La familia es y ha sido siempre la institución social que más ha contribuido a mantener vivas nuestras culturas. En momentos de crisis pasadas, ante los diferentes imperialismos, la familia de los pueblos originarios ha sido la mejor defensa de la vida. Se nos pide un especial cuidado para no dejarnos atrapar por colonialismos ideológicos disfrazados de progreso que poco a poco ingresan dilapidando identidades culturales y estableciendo un pensamiento uniforme, único… y débil. Escuchen a los ancianos. Ellos tienen una sabiduría que les pone en contacto con lo trascendente y les hace descubrir lo esencial de la vida. No nos olvidemos que «la desaparición de una cultura puede ser tanto o más grave que la desaparición de una especie animal o vegetal».[4] Y la única manera de que las culturas no se pierdan es porque se mantienen en dinamismo, en constante movimiento. ¡Qué importante es lo que nos decían Yésica y Héctor: «queremos que nuestros hijos estudien, pero no queremos que la escuela borre nuestras tradiciones, nuestras lenguas, no queremos olvidarnos de nuestra sabiduría ancestral»!

La educación nos ayuda a tender puentes y a generar una cultura del encuentro. La escuela y la educación de los pueblos originarios debe ser una prioridad y compromiso del Estado; compromiso integrador e inculturado que asuma, respete e integre como un bien de toda la nación su sabiduría ancestral, nos lo señalaba María Luzmila.

Pido a mis hermanos obispos que, como se viene haciendo incluso en los lugares más alejados de la selva, sigan impulsando espacios de educación intercultural y bilingüe en las escuelas y en los institutos pedagógicos y universidades. [5] Felicito las iniciativas que desde la Iglesia Amazónica peruana se llevan a cabo para la promoción de los pueblos originarios: escuelas, residencias de estudiantes, centros de investigación y promoción como el Centro Cultural José Pío Aza, el CAAAP y CETA, novedosos e importantes espacios universitarios interculturales como NOPOKI, dirigidos expresamente a la formación de los jóvenes de las diferentes etnias de nuestra Amazonia.

Felicito también a todos aquellos jóvenes de los pueblos originarios que se esfuerzan por hacer, desde el propio punto de vista, una nueva antropología y trabajan por releer la historia de sus pueblos desde su perspectiva. También felicito a aquellos que, por medio de la pintura, la literatura, la artesanía, la música, muestran al mundo su cosmovisión y su riqueza cultural. Muchos han escrito y hablado sobre ustedes. Está bien, que ahora sean ustedes mismos quienes se autodefinan y nos muestren su identidad. Necesitamos escucharles.

¡Cuántos misioneros y misioneras se han comprometido con sus pueblos y han defendido sus culturas! Lo han hecho inspirados en el Evangelio. Cristo también se encarnó en una cultura, la hebrea, y a partir de ella, se nos regaló como novedad a todos los pueblos de manera que cada uno, desde su propia identidad, se sienta autoafirmado en Él. No sucumban a los intentos que hay por desarraigar la fe católica de sus pueblos. [6] Cada cultura y cada cosmovisión que recibe el Evangelio enriquece a la Iglesia con la visión de una nueva faceta del rostro de Cristo. La Iglesia no es ajena a vuestra problemática y a sus vidas, no quiere ser extraña a vuestra forma de vida y organización. Necesitamos que los pueblos originarios moldeen culturalmente las Iglesias locales amazónicas. Ayuden a sus obispos, misioneros y misioneras, para que se hagan uno con ustedes, y de esta manera dialogando entre todos, puedan plasmar una Iglesia con rostro amazónico y una Iglesia con rostro indígena. Con este espíritu convoqué un Sínodo para la Amazonia para el año 2019.

Confío en la capacidad de resiliencia de los pueblos y su capacidad de reacción ante los difíciles momentos que les toca vivir. Así lo han demostrado en los diferentes embates de la historia, con sus aportes, con su visión diferenciada de las relaciones humanas, con el medio ambiente y con la vivencia de la fe.

Rezo por ustedes, por su tierra bendecida por Dios, y les pido, por favor, no se olviden de rezar por mí.

Muchas gracias.

Tinkunakama (Quechua: Hasta un próximo encuentro).

[1] Carta enc. Laudato si’, 146.
[2] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 211.
[3] Son preocupantes las noticias que llegan sobre el avance de algunas enfermedades. Asusta el silencio porque mata. Con el silencio no generamos acciones encaminadas a la prevención, sobre todo de adolescentes y jóvenes, ni tratamos a los enfermos, condenándolos a la exclusión más cruel. Pedimos a los Estados que se implementen políticas de salud intercultural que tengan en cuenta la realidad y cosmovisión de los pueblos, promoviendo profesionales de su propia etnia que sepan enfrentar la enfermedad desde su propia cosmovisión. Y como lo he expresado en Laudato si’, una vez más es necesario alzar la voz a la presión que organismos internacionales hacen sobre ciertos países para que promuevan políticas de reproducción esterilizantes. Estas se ceban de una manera más incisiva en las poblaciones aborígenes. Sabemos que se sigue promoviendo en ellas la esterilización de las mujeres, en ocasiones con desconocimiento de ellas mismas.
[4] Carta enc. Laudato si’, 145.
[5] Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 530.
[6] Cf. ibíd., 531.

© Librería Editorial Vaticano

“No usen esta tierra como un simple objeto descartable, cuídenla”

Palabras del Papa a la población en Puerto Maldonado

(ZENIT – 19 enero 2018).- El Santo Padre ha hablado a la población en Puerto Maldonado de la cultura del descarte: “Enamórense de esta tierra Madre de Dios, comprométanse y cuídenla. No la usen como un simple objeto descartable, sino como un verdadero tesoro para disfrutar, hacer crecer y transmitirlo a sus hijos”.

En su segundo día del viaje apostólico a Perú, esta mañana, 19 de enero de 2018, a las 11:30 horas, el Papa se ha encontrado con habitantes de la Amazonía del Perú, el Sur Andino, también hermanos y hermanas amazónicas de Bolivia y Brasil.

“Estamos aquí para recibir su bendición”, ha confiado el Obispo de Puerto Maldonado a Francisco. “Confírmenos en la fe. Nos haga renovar la esperanza de que juntos podemos salir de nuestra pobreza sin avanzar hacia el suicidio colectivo. Muéstrenos caminos de fraternidad”, así recibía Mons. David Martínez de Aguirre Guinea al Papa Francisco en el Instituto Jorge Basadre donde se ha encontrado con la población de Puerto Maldonado y la Amazonía peruana.

“Falsos dioses”

“Los falsos dioses, los ídolos de la avaricia, del dinero, del poder lo corrompen todo. Corrompen la persona y las instituciones, también destruyen el bosque”, ha advertido Francisco.

Asimismo, el Pontífice ha reflexionado sobre la trata de personas: “Nos hemos acostumbrado a utilizar el término «trata de personas», pero en realidad deberíamos hablar de esclavitud: “esclavitud para el trabajo, esclavitud sexual, esclavitud para el lucro”.

En este sentido, ha denunciado la situación de tantas mujeres: “Duele constatar cómo en esta tierra, que está bajo el amparo de la Madre de Dios, tantas mujeres son tan desvaloradas, menospreciadas y expuestas a un sinfín de violencias”.

Así, Francisco les ha dado un mensaje de esperanza: “Ustedes tienen en María, no sólo un testimonio a quien mirar, sino a una Madre y donde hay madre no está ese mal terrible de sentir que no le pertenecemos a nadie”.

RD/ Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Veo que han venido no sólo de los rincones de esta Amazonia peruana, sino también de los Andes y de otros países vecinos. ¡Qué linda imagen de la Iglesia que no conoce fronteras y en la que todos los pueblos pueden encontrar un lugar! Cuánto necesitamos de estos momentos donde poder encontrarnos y, más allá de la procedencia, animarnos a generar una cultura del encuentro que nos renueva en la esperanza.

Gracias Mons. David, por sus palabras de bienvenida. Gracias Arturo y Margarita por compartir con todos nosotros sus vivencias. Nos decían: «Nos visita en esta tierra tan olvidada, herida y marginada… pero no somos la tierra de nadie». Gracias por decirlo: no somos tierra de nadie. Y es algo que hay que decirlo con fuerza: no son tierra de nadie. Esta tierra tiene nombres, tiene rostros: los tiene a ustedes.

Esta región está llamada con ese bellísimo nombre: Madre de Dios. No puedo dejar de hacer mención a María, joven muchacha que vivía en una aldea lejana, perdida, considerada también por tantos como «tierra de nadie». Allí recibió el saludo y la invitación más grande que una persona pueda experimentar: ser la Madre de Dios; hay alegrías que sólo las pueden escuchar los pequeños.[1]

Ustedes tienen en María, no sólo un testimonio a quien mirar, sino a una Madre y donde hay madre no está ese mal terrible de sentir que no le pertenecemos a nadie, ese sentimiento que nace cuando comienza a desaparecer la certeza de que pertenecemos a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Queridos hermanos, lo primero que me gustaría transmitirles —y lo quiero hacer con fuerza— es: ¡esta no es una tierra huérfana, es la tierra de la Madre! Y, si hay madre, hay hijos, hay familia, hay comunidad. Y donde hay madre, familia y comunidad, no podrán desaparecer los problemas, pero seguro que se encuentra la fuerza para enfrentarlos de una manera diferente.

Es doloroso constatar cómo hay algunos que quieren apagar esta certeza y volver a Madre de Dios una tierra anónima, sin hijos, una tierra infecunda. Un lugar fácil de comercializar y explotar. Por eso nos hace bien repetir en nuestras casas, comunidades, en lo hondo del corazón de cada uno: ¡Esta no es una tierra huérfana! ¡Tiene Madre! Esta buena noticia se va transmitiendo de generación en generación gracias al esfuerzo de tantos que comparten este regalo de sabernos hijos de Dios y nos ayuda a reconocer al otro como hermano.

En varias ocasiones me he referido a la cultura del descarte. Una cultura que no se conforma solamente con excluir, sino que avanzó silenciando, ignorando y desechando todo lo que no le sirve a sus intereses; pareciera que el consumismo alienante de algunos no logra dimensionar el sufrimiento asfixiante de otros. Es una cultura anónima, sin lazos, sin rostros. Una cultura sin madre que lo único que quiere es consumir. La tierra es tratada dentro de esta lógica. Los bosques, ríos y quebradas son usados, utilizados hasta el último recurso y luego dejados baldíos e inservibles. Las personas son también tratadas con esta lógica: son usadas hasta el cansancio y después dejadas como «inservibles».

Pensando en estas cosas permítanme detenerme en un tema doloroso. Nos hemos acostumbrado a utilizar el término «trata de personas», pero en realidad deberíamos hablar de esclavitud: esclavitud para el trabajo, esclavitud sexual, esclavitud para el lucro. Duele constatar cómo en esta tierra, que está bajo el amparo de la Madre de Dios, tantas mujeres son tan desvaloradas, menospreciadas y expuestas a un sinfín de violencias. No se puede «naturalizar» la violencia hacia las mujeres, sosteniendo una cultura machista que no asume el rol protagónico de la mujer dentro de nuestras comunidades. No nos es lícito mirar para otro lado y dejar que tantas mujeres, especialmente adolescentes sean «pisoteadas» en su dignidad.

Varias personas han emigrado hacia la Amazonia buscando techo, tierra y trabajo. Vinieron buscando un futuro mejor para sí mismas y para sus familias. Abandonaron sus vidas humildes, pobres pero dignas. Muchas de ellas, por la promesa de que determinados trabajos pondrían fin a situaciones precarias, se basaron en el brillo prometedor de la extracción del oro. Pero el oro se puede convertir en un falso dios que exige sacrificios humanos.

Los falsos dioses, los ídolos de la avaricia, del dinero, del poder lo corrompen todo. Corrompen la persona y las instituciones, también destruyen el bosque. Jesús decía que hay demonios que, para expulsarlos, exigen mucha oración. Este es uno de ellos. Los animo a que se sigan organizando en movimientos y comunidades de todo tipo para ayudar a superar estas situaciones; y también a que, desde la fe, se organicen como comunidades eclesiales de vida en torno a la persona de Jesús. Desde la oración sincera y el encuentro esperanzado con Cristo podremos lograr la conversión que nos haga descubrir la vida verdadera. Jesús nos prometió vida verdadera, vida auténtica, eterna. No ficticia, como las falsas promesas deslumbrantes que, prometiendo vida, nos llevan a la muerte.

La salvación no es genérica, ni abstracta. Nuestro Padre mira personas concretas, con rostros e historias. Todas las comunidades cristianas han de ser reflejo de esta mirada, de esta presencia que crea lazos, genera familia y comunidad. Es una manera de hacer visible el Reino de los Cielos, comunidades donde cada uno se sienta parte, se sienta llamado por su nombre e impulsado a ser artífice de vida para los demás.

Tengo esperanza en ustedes, en el corazón de tantas personas que quieren una vida bendecida. Han venido a buscarla aquí, a una de las explosiones de vida más exuberante del planeta. Amen esta tierra, siéntanla suya. Huélanla, escúchenla, maravíllense de ella. Enamórense de esta tierra Madre de Dios, comprométanse y cuídenla. No la usen como un simple objeto descartable, sino como un verdadero tesoro para disfrutar, hacer crecer y transmitirlo a sus hijos.

A María, Madre de Dios y Madre Nuestra nos encomendamos, nos ponemos bajo su protección. Y por favor, no dejen de rezar por mí.

Dios te salve, María…

[1] «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra

© Librería Editorial Vaticano

El Papa ha almorzado con 9 indígenas en Puerto Maldonado

Y con Mons. David Martínez de Aguirre Guinea, Vicario Apostólico
Almuerzo con indígenas de la Amazonía peruana en Puerto Maldonado (© Vatican Media)

(ZENIT – 19 enero 2018).- El Papa Francisco ha almorzado en el Centro Pastoral ‘Apaktone’, en Puerto Maldonado, con 9 indígenas de la Amazonía peruana y con Mons. David Martínez de Aguirre Guinea, Vicario Apostólico de Puerto Maldonado, hoy, viernes, 19 de enero de 2018.

Los indígenas amazónicos que se han sentado en la mesa con Francisco han sido: Roger Aparicio Piñarreal, de etnia Matsiguenka, de La Convención; Norma Sánchez Chapay, de la etnia Asháninka, de Purús; Zaqueo Mochi Urrea, de la etnia Asháninka, de La Convención; Saúl Escobar Rodríguez, de la etnia Shipibo, de Ucayali; Maeriaba Martín Koti, de la etnia Matsiguenka, de La Convención; María Luzmila Bermeo, de la etnia Awajun, de Jaén; Nicasio Roque Moreira, de la etnia Awajun, de Jaén; Yésica Patiachi, de la etnia Harakbut, de Madre de Dios; y Héctor Sueyo, de la etnia Harakbut, de Madre de Dios.

El Papa ha regalado al Centro Pastoral ‘Apaktone’ de Puerto Maldonado un bajorrelieve de la huída a Egipto, tallado en la raíz de nogal por el artista copto Kirilos Ghaly, representa un episodio narrado en el Evangelio de Mateo (2: 13-23), comúnmente conocido como la “Huida a Egipto”.

Rosa Die Alcolea

Hogar ‘El Principito’: “Busquen sus raíces y abran los ojos a lo novedoso”

Discurso del Papa a los niños acogidos en el Hogar
El Papa Francisco en el Hogar El Principito, Perú (© Vatican Media)

(ZENIT – 19 enero 2018).- “Los necesitamos auténticos, jóvenes orgullosos de pertenecer a los pueblos amazónicos y que aportan a la humanidad una alternativa de vida verdadera”, así se dirigió el Papa Francisco a los niños del Hogar de acogida ‘El Principito’, en Puerto Maldonado, a quienes llamó “estrellitas que iluminan en la noche”.

“El mundo los necesita a ustedes, jóvenes de los pueblos originarios, y los necesita tal y como son”, les alentó el Papa. “¡No se conformen con ser el vagón de cola de la sociedad, enganchados y dejándose llevar! Los necesitamos como motor, empujando”.

Asimismo, Francisco animó a los niños amazónicos: “Escuchen a sus abuelos, valoren sus tradiciones, no frenen su curiosidad. Busquen sus raíces y, a la vez, abran los ojos a lo novedoso, sí… y hagan su propia síntesis. Devuélvannos al mundo lo que aprenden porque el mundo los necesita originales, como realmente son, no como imitaciones”.

Esta mañana, 19 de enero de 2018, a las 12:15 horas (18:15 h. en Roma), daban la bienvenida al Papa Francisco unos cientos de personas entre los niños invitados, jóvenes y operadores de la asociación que gestiona la instalación de recepción.

El Hogar ‘El Principito’ acoge a niños y adolescentes abandonados. La Fundación ‘APRONIA’, que dirige el Hogar, es un conjunto de servicios dedicados a la infancia y a la adolescencia con una acogida las 24 horas, todos los días del año. El hogar ofrece alrededor de 30 puestos para niños y jóvenes, desde los 4 años de edad Los jóvenes se quedan hasta que pueden empezar una vida independiente.

Después de que los niños interpretaran unas canciones al Santo Padre, el Director del Hogar ‘El Principito’ saludó al Papa y a continuación, un grupo de chicos bailaron una coreografía realizada, y la joven Dirsey, criada en este Hogar ofreció su testimonio, y el Papa les ofreció unas palabras.

“¡Qué testimonio tan bueno el de ustedes jóvenes que han transitado por este camino, que ayer se llenaron de amor en esta casa y hoy han podido formar su propio futuro!”, expresó el Pontífice. “Quiero darles las gracias por su testimonio. Gracias por ser luz de esperanza para todos nosotros”.

El Papa se mostró alegre por ver que estos niños y niñas tienen un hogar donde son acogidos, donde con cariño y amistad los ayudan a descubrir que Dios les tiende las manos y les pone sueños en el corazón.

RD/ Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco 

Queridos hermanos y hermanas,
queridos niños y niñas:

Muchas gracias por este bonito recibimiento y por las palabras de bienvenida. Verlos bailar me llena de alegría.

No podía marcharme de Puerto Maldonado sin venir a visitarlos. Han querido reunirse de diferentes albergues en este lindo Hogar El Principito. Gracias por los esfuerzos que han realizado para poder estar hoy aquí.

Acabamos de celebrar la Navidad. Se nos enterneció el corazón con la imagen del Niño Jesús. Él es nuestro tesoro, y ustedes niños son su reflejo, y también son nuestro tesoro, el de todos nosotros, el tesoro más preciado que tenemos que cuidar. Perdonen las veces que los mayores no lo hacemos o que no les damos la importancia que se merecen. Sus miradas, sus vidas siempre exigen un mayor compromiso y trabajo para no volvernos ciegos o indiferentes ante tantos otros niños que sufren y pasan necesidad. Ustedes, sin lugar a dudas, son el tesoro más preciado que debemos cuidar.

Queridos niños del Hogar ‘El Principito’ y jóvenes de los otros hogares de acogida. Sé que algunos de ustedes a veces están tristes por la noche. Sé que echan de menos al papá o la mamá que no está, y sé también que hay heridas que duelen mucho. Dirsey, vos fuiste valiente y nos lo compartiste. Y me decías «que mi mensaje sea una luz de esperanza». Pero déjame decirte algo: tu vida, tus palabras y la de ustedes son una luz de esperanza. Quiero darles las gracias por su testimonio. Gracias por ser luz de esperanza para todos nosotros.

Me alegra ver que tienen un hogar donde son acogidos, donde con cariño y amistad los ayudan a descubrir que Dios les tiende las manos y les pone sueños en el corazón.

¡Qué testimonio tan bueno el de ustedes jóvenes que han transitado por este camino, que ayer se llenaron de amor en esta casa y hoy han podido formar su propio futuro! Ustedes son para todos nosotros la señal de las inmensas potencialidades que tiene cada persona. Para estos niños y niñas son el mejor ejemplo a seguir, la esperanza de que ellos también podrán. Todos necesitamos modelos a seguir; los niños necesitan mirar para adelante y encontrar modelos positivos: «Quiero ser como él o como ella», sienten y dicen. Todo lo que ustedes jóvenes puedan hacer, como venir a estar con ellos, a jugar, a pasar el tiempo es importante. Sean para ellos, como decía el Principito, las estrellitas que iluminan en la noche.[1]

Algunos de ustedes, jóvenes que nos acompañan, proceden de las comunidades nativas. Con tristeza ven la destrucción de los bosques. Sus abuelos les enseñaron a descubrirlos, en ellos encontraban sus alimentos y la medicina que los sanaba. Hoy son devastados por el vértigo de un progreso mal entendido. Los ríos que acogieron sus juegos y les regalaron comida hoy están enlodados, contaminados, muertos. Jóvenes, no se conformen con lo que está pasando. No renuncien al legado de sus abuelos, no renuncien a su vida ni a sus sueños. Me gustaría estimularlos a que estudien; prepárense, aprovechen la oportunidad que tienen para formarse. El mundo los necesita a ustedes, jóvenes de los pueblos originarios, y los necesita tal y como son. ¡No se conformen con ser el vagón de cola de la sociedad, enganchados y dejándose llevar! Los necesitamos como motor, empujando. Escuchen a sus abuelos, valoren sus tradiciones, no frenen su curiosidad. Busquen sus raíces y, a la vez, abran los ojos a lo novedoso, sí… y hagan su propia síntesis. Devuélvannos al mundo lo que aprenden porque el mundo los necesita originales, como realmente son, no como imitaciones. Los necesitamos auténticos, jóvenes orgullosos de pertenecer a los pueblos amazónicos y que aportan a la humanidad una alternativa de vida verdadera. Amigos, nuestras sociedades tantas veces, necesitan corregir el rumbo y ustedes, los jóvenes de los pueblos originarios —estoy seguro—, pueden ayudar muchísimo con este reto, sobre todo enseñándonos un estilo de vida que se base en el cuidado y no en la destrucción de todo aquello que se oponga a nuestra avaricia.

Quiero agradecer al padre Xavier, a los religiosos y religiosas, misioneras laicas que hacen una labor fabulosa y a todos los benefactores que conforman esta familia. A los voluntarios que regalan su tiempo gratuito que es como bálsamo refrescante en las heridas. También agradecer a quienes fortalecen a estos jóvenes en sus identidades amazónicas y los ayudan a forjar un futuro mejor para sus comunidades y para todo el planeta.

Niños, pidamos a Dios que nos dé la bendición.

Que el Señor tenga piedad y los bendiga, ilumine su rostro sobre ustedes, que el Señor tenga piedad y misericordia y los colme con toda clase de favores, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén (cf. Nm 6,24-26; Sal 66; Bendición del Tiempo Ordinario).

Les pido un favor, que recen por mí y gracias por ser las estrellitas que iluminan en la noche.

[1] Cf. Antoine de Saint-Exupéry, XXIV; XXVI.

© Librería Editorial Vaticano

Trujillo, ciudad de la eterna primavera, espera la llegada de Francisco

Tercer día del Papa en el país
Catedral de Trujillo, Perú. (Wikimedia Commons)

(ZENIT – 20 enero 2018).- La ciudad de Trujillo espera con ilusión la llegada del Papa Francisco, miles de fieles aguardan al Santo Padre en las calles próximas al aeropuerto Carlos Martínez de Pinillo, en el norte del país.

Según lo previsto, el avión del Papa Francisco aterrizará en el aeropuerto Carlos Martínez de Pinillo este sábado 20 de enero de 2018, a las 9 horas, y en el mismo aeropuerto será recibido por las autoridades de la región.

Los peruanos le darán la bienvenida en el aeropuerto, 60 parejas bailarán para él “la marinera”, típico de la costa norteña del país.

Los católicos del norte de Perú se han congregado en Trujillo para ver al Santo Padre, –comunica TV PERU– muchos grupos de peregrinos llevan un visibles distintivos típicos de sus ciudades o pueblos.

Playa de Huanchaco
En la explanada papal de Huanchaco se celebrará la Eucaristía, acompañado por las sagradas imágenes de la Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco, la Virgen Candelaria del Socorro de Huanchaco, la Virgen de las Mercedes de Paita (Piura), la Santísima Cruz de Chalpón de Motupe y el Divino Niño del Milagro de Eten (Lambayeque). 

Más adelante –indican los organizadores– el Pontífice se dirigirá al histórico “Colegio Seminario San Carlos y San Marcelo”, donde será recibido por alumnos seminaristas. Finalmente, el Papa realizará una gran celebración Mariana presidida por la Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco, en la Plaza de Armas de Trujillo para luego partir hacia el aeropuerto de Huanchaco, desde donde retornará a la ciudad de Lima.

Eterna primavera
Trujillo, ciudad de la eterna primavera y de la Marinera, además de centro de comercio y capital del departamento de La Libertad que según cifras del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) a junio de 2016, es la segunda región más poblada del Perú (cerca de 1 millón 900 mil habitantes) después de Lima.

Ubicada en la costa norte del Perú, a una latitud media de 34 msnm, en la margen derecha del río Moche y en el valle del mismo nombre. Se extiende sobre una superficie aproximada de 50 Km.

La ciudad fue duramente golpeada por el fenómeno el Niño durante los primeros meses de este año en los que siete huaicos afectaron la ciudad; sin embargo, es un pueblo que pese a las adversidades se viene levantando a través de la fe y el amor por su tierra.

El Santo Padre visita Trujillo con el fin de “darle esperanza a todo el norte del país por los últimos acontecimientos que devastaron dicha zona”, señala la plataforma organizadora ‘Papa Francisco en Perú’.

Misa en Trujillo: “Los peruanos no tienen derecho a dejarse robar la esperanza”

Homilía del Papa en la explanada de Huanchaco
Mensaje de esperanza de Francisco en playa de Huanchaco (© Vatican Media)

 

(ZENIT – 20 enero 2018).- “Los peruanos, en este momento de la historia, no tienen derecho a dejarse robar la esperanza”, ha señalado el Papa Francisco en la Misa de Trujillo. “No hay otra salida mejor que la del Evangelio: se llama Jesucristo”.

El Papa argentino, ha reflexionado en la homilía a partir del pasaje del Evangelio de las vírgenes prudentes, en la Misa celebrada en la explanada de Huanchaco, el sábado 20 de enero de 2018, en Trujillo, ciudad costera del norte de Perú.

“En Jesús, tenemos la fuerza del Espíritu para no naturalizar lo que nos hace daño, lo que nos seca el espíritu y lo que es peor, nos roba la esperanza”. El «sicariato», la falta de oportunidades educativas y laborales, o la falta de techo seguro para tantas familias “pueden estar azotando estas costas”; ha advertido el Papa Francisco.

El Pontífice ha invitado a llenar siempre las vidas de Evangelio: “Quiero estimularlos a que sean una comunidad que se deje ungir por su Señor con el aceite del Espíritu. Él lo transforma todo, lo renueva todo, lo conforta todo”.

Así, Francisco ha asegurado que en Jesús, “tenemos el Espíritu que nos mantiene unidos para sostenernos unos a otros”  y en Jesús, “Dios nos hace comunidad creyente que sabe sostenerse; comunidad que espera y por lo tanto lucha para revertir y transformar las múltiples adversidades”.

RD

Homilía del Papa Francisco

Estas tierras tienen sabor a Evangelio. Todo el entorno que nos rodea, con este inmenso mar de fondo, (aplauso) nos ayuda a comprender mejor la vivencia que los apóstoles tuvieron con Jesús; y hoy, también nosotros, estamos invitados a vivirla. Me alegra saber que han venido desde distintos lugares del norte peruano para celebrar esta alegría del Evangelio.

Los discípulos de ayer, como tantos de ustedes hoy, se ganaban la vida con la pesca. Salían en barcas, como algunos de ustedes siguen saliendo en los «caballitos de totora», y tanto ellos como ustedes con el mismo fin: ganarse el pan de cada día. En eso se juegan muchos de nuestros cansancios cotidianos: poder sacar adelante a nuestras familias y darles lo que las ayudará a construir un futuro mejor.

Esta «laguna con peces dorados», como la han querido llamar, ha sido fuente de vida y bendición para muchas generaciones. Supo nutrir los sueños y las esperanzas a lo largo del tiempo.

Ustedes, al igual que los apóstoles, conocen la bravura de la naturaleza y han experimentado sus golpes. Así como ellos enfrentaron la tempestad sobre el mar, a ustedes les tocó enfrentar el duro golpe del «Niño costero», cuyas consecuencias dolorosas todavía están presentes en tantas familias, especialmente aquellas que todavía no pudieron reconstruir sus hogares. También por esto quise estar y rezar aquí con ustedes (aplauso).

A esta eucaristía traemos también ese momento tan difícil que cuestiona y pone muchas veces en duda nuestra fe. Queremos unirnos a Jesús. Él conoce el dolor y las pruebas; Él atravesó todos los dolores para poder acompañarnos en los nuestros. Jesús en la cruz quiere estar cerca de cada situación dolorosa para darnos su mano y ayudar a levantarnos. Porque Él entró en nuestra historia, quiso compartir nuestro camino y tocar nuestras heridas. No tenemos un Dios ajeno a lo que sentimos y sufrimos, al contrario, en medio del dolor nos entrega su mano.

Estos sacudones cuestionan y ponen en juego el valor de nuestro espíritu y de nuestras actitudes más elementales. Entonces nos damos cuenta de lo importante que es no estar solos sino unidos, estar llenos de esa unión que es fruto del Espíritu Santo.

¿Qué les pasó a las muchachas del Evangelio que hemos escuchado? De repente, sienten un grito que las despierta y las pone en movimiento. Algunas se dieron cuenta que no tenían el aceite necesario para iluminar el camino en la oscuridad, otras en cambio, llenaron sus lámparas y pudieron encontrar e iluminar el camino que las llevaba hacia el esposo. En el momento indicado cada una mostró de qué había llenado su vida.

Lo mismo nos pasa a nosotros. En determinadas circunstancias nos damos cuenta con qué hemos llenado nuestra vida. ¡Qué importante es llenar nuestras vidas con ese aceite que permite encender nuestras lámparas en las múltiples situaciones de oscuridad y encontrar los caminos para salir adelante!

Sé que, en el momento de oscuridad, cuando sintieron el golpe del Niño, estas tierras supieron ponerse en movimiento y estas tierras tenían el aceite para ir corriendo y ayudarse como verdaderos hermanos. Estaba el aceite de la solidaridad, de la generosidad que los puso en movimiento y fueron al encuentro del Señor con innumerables gestos concretos de ayuda. En medio de la oscuridad junto a tantos otros fueron cirios vivos que iluminaron el camino con manos abiertas y disponibles para paliar el dolor y compartir lo que tenían desde su pobreza.

En la lectura del Evangelio, podemos observar cómo las muchachas que no tenían aceite se fueron al pueblo a comprarlo. En el momento crucial de su vida, se dieron cuenta de que sus lámparas estaban vacías, de que les faltaba lo esencial para encontrar el camino de la auténtica alegría. Estaban solas y así quedaron fuera de la fiesta. Hay cosas, como bien saben, que no se improvisan y mucho menos se compran. El alma de una comunidad se mide en cómo logra unirse para enfrentar los momentos difíciles, de adversidad, para mantener viva la esperanza. Con esa actitud dan el mayor testimonio evangélico:

El Señor nos dice: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13,35). Porque la fe nos abre a tener un amor concreto, de obras, de manos tendidas, de compasión; que sabe construir y reconstruir la esperanza cuando parece que todo se pierde. Así nos volvemos partícipes de la acción divina, esa que nos describe el apóstol Juan cuando nos muestra a Dios que enjuga las lágrimas de sus hijos. Y esta tarea divina Dios la hace con la misma ternura que una madre busca secar las lágrimas de sus hijos. Qué linda pregunta la que nos hará el Señor: ¿cuántas lágrimas has secado hoy?

Otras tormentas pueden estar azotando estas costas y, en la vida de los hijos de estas tierras, tienen efectos devastadores. Tormentas que también nos cuestionan como comunidad y ponen en juego el valor de nuestro espíritu. Se llaman violencia organizada como el «sicariato» y la inseguridad que esto genera; la falta de oportunidades educativas y laborales, especialmente en los más jóvenes, que les impide construir un futuro con dignidad; o la falta de techo seguro para tantas familias forzadas a vivir en zonas de alta inestabilidad y sin accesos seguros; así como tantas otras situaciones que ustedes conocen y sufren, que como los peores huaicos destruyen la confianza mutua tan necesaria para construir una red de contención y esperanza. Huaicos que afectan el alma y nos preguntan por el aceite que tenemos para hacerles frente.

Muchas veces nos interrogamos sobre cómo enfrentar estas tormentas, o cómo ayudar a nuestros hijos a salir adelante frente a estas situaciones. Quiero decirles: no hay otra salida mejor que la del Evangelio: se llama Jesucristo. Llenen siempre sus vidas de Evangelio. Quiero estimularlos a que sean una comunidad que se deje ungir por su Señor con el aceite del Espíritu. Él lo transforma todo, lo renueva todo, lo conforta todo. En Jesús, tenemos la fuerza del Espíritu para no naturalizar lo que nos hace daño, lo que nos seca el espíritu y lo que es peor, nos roba la esperanza. Los peruanos, en este momento de la historia no tienen derecho a dejarse robar la esperanza.

En Jesús, tenemos el Espíritu que nos mantiene unidos para sostenernos unos a otros y hacerle frente a aquello que quiere llevarse lo mejor de nuestras familias. En Jesús, Dios nos hace comunidad creyente que sabe sostenerse; comunidad que espera y por lo tanto lucha para revertir y transformar las múltiples adversidades; comunidad amante porque no permite que nos crucemos de brazos. Con Jesús, el alma de este pueblo de Trujillo podrá seguir llamándose «la ciudad de la eterna primavera», porque con Él todo es una oportunidad para la esperanza. (Aplauso)

Sé del amor que esta tierra tiene a la Virgen, y sé cómo la devoción a María los sostiene siempre llevándolos a Jesús. Pidámosle a ella que nos ponga bajo su manto y que nos lleve siempre a su Hijo; pero digámoselo cantando con esa hermosa marinera: «Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor».

¿Se animan a cantarla? La cantamos juntos. ¿Quién empieza a cantar? Virgencita de la puerta… ¿El coro tampoco? Pues entonces se lo decimos, no lo cantamos.

«Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor». Otra vez: «Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor».

© Librería Editorial Vaticano

Trujillo: El Papa se reunirá con damnificados del Niño Costero

200.000 fieles participaron en la Misa
El Papa Francisco en Trujillo (© Vatican Media)

(ZENIT – 20 enero 2018).- “Con Jesús, el alma de este pueblo de Trujillo podrá seguir llamándose «la ciudad de la eterna primavera», porque con Él todo es una oportunidad para la esperanza” es el mensaje que Francisco ha dado al pueblo costero, en Trujillo.

El Niño Costero es un fenómeno de tormentas e inundaciones que sufren estas costas del norte de Perú. En febrero de 2017 murieron más de 50 personas en estas costas a causa del viento y la lluvia.

El Papa Francisco se reunirá en Trujillo con algunos damnificados del Niño Costero tras la celebración de la Misa en la explanada de Huanchaco, a las 10 horas, ante 200.000 fieles, aunque en sus calles miles más, informa Greg Burke, Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

El Pontífice va a pasar con el papamóvil por el barrio de Buenos Aires, en Trujillo, para saludar de cerca a tantos fieles del norte del país que han querido estar allí para acompañarle. En el camino, 60 caballos de raza peruana de paso se alinean en el desfile. Después, el Papa Francisco viajará en automóvil al Arzobispado de Trujillo para visitar la Catedral.

Comunidades del norte

Al comienza de la celebración, el Papa ha saludado a todas las comunidades presentes, con sus imágenes, y las ha nombrado una a una: la Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco, a la Santísima Cruz de Chalpón de Chiclayo, el Señor Cautivo de Ayabaca, la Virgen de las Mercedes de Paita, reliquias de los mártires de Chimbote, Divino Niño del milagro de Eten, la Virgen Dolorosa de Cajamarca, San Jorge de Cajamarca, la Virgen de la Asunción de Cutervo, la Inmaculada Concepción de Chota, Nuestra Señora de la Alta gracia de Huamachuco, San Francisco de Asís de Huamachuco, Santo Toribio de Chamabamba-Huamachuco, la Virgen Asunta de Chachapoyas, San pedro de Chimbote, San Pedro de Huari, la Virgen del Socoro de Huanchaco y al Apóstol Santiago de Chuco.

“Unidos en la Esperanza”
Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, Arzobispo de Trujillo, ha agradecido al Papa Francisco su visita a la Diócesis del norte de Perú: “Le ruego que grabe en su corazón el vivo agradecimiento de todos los que hoy estamos aquí”.

Especialmente, ante los terribles momentos vividos a causa del Niño Costero, el prelado ha mostrado su gratitud “por su cercanía, por su preocupación”.

“Queremos ser fieles al lema con el que lo hemos recibido: Unidos en la Esperanza, lo que supone crear diariamente motivos concretos de esperanza, y así aprender a ser “una Iglesia pobre para los pobres”, le ha confesado al Santo Padre.

Visita a la Catedral
A las 12:40 hora local (18:40 horas en Roma), está previsto que el Santo Padre Francisco llegue al Arzobispado de Trujillo y, después del almuerzo en privado, haga una breve visita a la Catedral de Santa María, donde lo esperan unos 300 fieles, indica la Santa Sede.

A su llegada, el Papa será recibido por el Capítulo de la Catedral, se acercará al Altar para entregar unas flores a los pies de la Virgen y finalmente saldrá de la entrada principal para ir al papamóvil del Colegio Seminario SS. Carlos y Marcelo para encontrarse con los religiosos/as, sacerdotes, consagrados/as y seminaristas.

Rosa Die Alcolea

Virgen de la Puerta de Otuzco: “Madre de Misericordia y Esperanza”

Discurso del Papa en la celebración mariana en Trujillo 
Coronación de la Virgen de la Puerta de Otuzco (© Vatican Media)

(ZENIT – 20 enero 2018).- El Papa Francisco ha coronado a la Virgen de la Puerta de Otuzco como «Madre de Misericordia y de la Esperanza», ante miles de peregrinos congregados en la Plaza de Armas de Trujillo, frente a la hermosa Catedral.

“Ella nos sigue defendiendo e indicando la Puerta que nos abre el camino a la vida auténtica, a la Vida que no se marchita”, ha proclamado el Santo Padre en Trujillo, ciudad costera del norte de Perú.

El Arzobispo de Trujillo, Mons. Héctor Miguel Cabrejos Vidarte, y dos jóvenes han acompañado al Papa en el altar para la oración mariana, a las 16:05 horas (22:05 h. en Roma). La Plaza de Armas de Trujillo, es famosa por ser escenario de la lucha por la libertad e independencia de Perú, y donde cada año manifiestan el amor a Jesucristo en la Solemnidad del Corpus Christi.

Francisco, consciente de la gran devoción del pueblo peruano a la Virgen de la Puerta, ha señalado que “Ella nos lleva a su Hijo y así nos invita a promover e irradiar una ‘cultura de la misericordia’, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás”.

Madres y abuelas
El Pontífice ha rendido un homenaje a las madres y abuelas de este país: “El amor a María nos tiene que ayudar a generar actitudes de reconocimiento y gratitud frente a la mujer, frente a nuestras madres y abuelas que son un bastión en las vidas de nuestras ciudades”.

Y ha añadido que estas “Casi siempre silenciosas llevan la vida adelante. Es el silencio y la fuerza de la esperanza. Gracias por su testimonio”.

“Feminicidio”
El Papa no ha querido dejar de denunciar las situaciones de violencia y los numerosos casos de “feminicidio”, que quedan silenciados detrás de tantas paredes. Francisco ha invitado a luchar contra esta fuente de sufrimiento pidiendo que se promueva una legislación y una “cultura de repudio” a toda forma de violencia.

Después de la oración mariana, el Santo Padre ha puesto un rosario ante los pies de la Virgen y rinde homenaje a la Virgen de la Puerta mientras se cantaban las letanías a la Madre de Dios y los niños llevaban flores y velas.

Al término de la celebración, después de impartir la bendición apostólica, el Papa se ha trasladado al aeropuerto Carlos Martínez de Pinillos, desde donde tomará un avión a Lima, para descansar en la Nunciatura Apostólica.

RD/ Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

Agradezco a Mons. Héctor Miguel sus palabras de bienvenida en nombre de todo el Pueblo de Dios que peregrina en estas tierras.

En esta hermosa e histórica plaza de Trujillo que ha sabido impulsar sueños de libertad para todos los peruanos nos congregamos hoy para encontrarnos con la «Mamita de Otuzco» (Aplauso) Sé de los muchos kilómetros que tantos de ustedes han realizado para estar hoy aquí, reunidos bajo la mirada de la Madre. Esta plaza se transforma así en un santuario a cielo abierto en el que todos queremos dejarnos mirar por la Madre, por su maternal y tierna mirada. Madre que conoce el corazón de los norteños peruanos y de tantos otros lugares; ha visto sus lágrimas, sus risas, sus anhelos. En esta plaza se quiere atesorar la memoria de un Pueblo que sabe que María es Madre y no abandona a sus hijos.

La casa se viste de fiesta de manera especial. Nos acompañan las imágenes venidas desde distintos rincones de esta región. Junto a la querida Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco, saludo y doy la bienvenida a la Santísima Cruz de Chalpón de Chiclayo, al Señor Cautivo de Ayabaca, la Virgen de las Mercedes de Paita, el Divino Niño del Milagro de Eten, la Virgen Dolorosa de Cajamarca, la Virgen de la Asunción de Cutervo, la Inmaculada Concepción de Chota, Nuestra Señora de Alta Gracia de Huamachuco, Santo Toribio de Mogrovejo de Tayabamba —Huamachuco—, la Virgen Asunta de Chachapoyas, la Virgen de la Asunción de Usquil, la Virgen del Socorro de Huanchoco, y las reliquias de los Mártires Conventuales de Chimbote (Aplausos).

Cada comunidad, cada rinconcito de este suelo viene acompañado por el rostro de un santo, el amor a Jesucristo y a su Madre. Y contemplar que donde haya una comunidad, donde haya vida y corazones latiendo y ansiosos por encontrar motivos para la esperanza, para el canto, para el baile, para una vida digna… allí está el Señor, allí encontramos a su Madre y también el ejemplo de tantos santos que nos ayudan a permanecer alegres en la esperanza.

Con ustedes doy gracias por la delicadeza de nuestro Dios. Él busca la forma de acercarse a cada uno de la manera que pueda recibirlo y así nacen las más distintas advocaciones. Expresan el deseo de nuestro Dios por querer estar cerca de cada corazón porque el idioma del amor de Dios siempre se pronuncia en dialecto, no tiene otra forma de hacerlo, y además resulta esperanzador ver cómo la Madre asume los rasgos de los hijos, la vestimenta, el dialecto de los suyos para hacerlos parte de su bendición. María siempre será una Madre mestiza, porque en su corazón encuentran lugar todas las sangres, porque el amor busca todos los medios para amar y ser amado. Todas estas imágenes nos recuerdan la ternura con que Dios quiere estar cerca de cada poblado, de cada familia, de vos, de mí, de todos.

Sé del amor que le tienen a la Inmaculada Virgen de la Puerta de Otuzco que hoy junto a ustedes, quiero declarar: Virgen de la Puerta, «Madre de Misericordia y de la Esperanza». (Aplauso)

Virgencita que, en los siglos pasados, demostró su amor por los hijos de esta tierra, cuando colocada sobre una puerta los defendió y los protegió de las amenazas que los afligían, suscitando así el amor de todos los peruanos hasta nuestros días.

Ella nos sigue defendiendo e indicando la Puerta que nos abre el camino a la vida auténtica, a la Vida que no se marchita. Ella es la que sabe acompañar a cada uno de sus hijos para que vuelvan a casa. Nos acompaña y lleva hasta la Puerta que da Vida porque Jesús no quiere que nadie se quede afuera, a la intemperie. Así acompaña «la nostalgia que muchos sienten de volver a la casa del Padre, que está esperando su regreso» [1] y muchas veces no saben cómo volver. Decía san Bernardo: «Tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de borrascas y de tempestades: mira la Estrella e invoca a María». [2] Ella nos indica el camino a casa, ella nos lleva a Jesús que es la Puerta de la Misericordia. (…) Nos lleva a Jesús.

En el 2015 tuvimos la alegría de celebrar el Jubileo de la Misericordia. Un año en el que invitaba a todos los fieles a pasar por la Puerta de la Misericordia, «a través de la cual cualquiera que entrará podrá experimentar el amor de Dios que consuela, que perdona y ofrece esperanza». [3]

Y quiero repetir junto a ustedes el mismo deseo que tenía entonces: «¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios!» [4]. Cómo deseo que esta tierra que tiene a la Madre de la Misericordia y la Esperanza pueda multiplicar y llevar la bondad y la ternura de Dios a cada rincón. Porque, queridos hermanos, no hay mayor medicina para curar tantas heridas que un corazón que sepa de misericordia, que un corazón que sepa tener compasión ante el dolor y la desgracia, ante el error y las ganas de levantarse de muchos y que no saben cómo hacerlo.

La compasión es activa porque «hemos aprendido que Dios se inclina hacia nosotros (cf. Os 11,4) para que también nosotros podamos imitarlo inclinándonos hacia los hermanos». [5] Inclinándonos especialmente ante aquellos más sufren. Como María, estar atentos a aquellos que no tienen el vino de la alegría, así sucedió en las bodas de Caná.

Mirando a María, no quisiera finalizar sin invitarlos a que pensemos en todas las madres y abuelas de esta Nación; son verdadera fuerza motora de la vida y de las familias del Perú. ¡Qué sería Perú sin las madres y las abuelas, qué sería nuestra vida sin ellas! (Aplausos) El amor a María nos tiene que ayudar a generar actitudes de reconocimiento y gratitud frente a la mujer, frente a nuestras madres y abuelas que son un bastión en las vidas de nuestras ciudades. Casi siempre silenciosas llevan la vida adelante. Es el silencio y la fuerza de la esperanza. Gracias por su testimonio.

Reconocer y agradecer, pero mirando a las madres y a las abuelas, quiero invitarlos a luchar contra una plaga que afecta a nuestro continente americano: los numerosos casos de feminicidio. Y son muchas las situaciones de violencia que quedan silenciadas detrás de tantas paredes. Los invito a luchar contra esta fuente de sufrimiento pidiendo que se promueva una legislación y una cultura de repudio a toda forma de violencia.

Hermanos, la Virgen de la Puerta, Madre de la Misericordia y de la Esperanza, nos muestra el camino y nos señala la mejor defensa contra el mal de la indiferencia y la insensibilidad. Ella nos lleva a su Hijo y así nos invita a promover e irradiar una «cultura de la misericordia, basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos». [6]

Que la Virgen les conceda esta gracia.

[1] Carta ap. Misericordia et misera al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia (20 noviembre 2016), 16.
[2] Hom. II super «Missus est», 17: PL 183, 70-71.
[3] Bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), 3.
[4] Ibíd., 5.
[5] Carta ap. Misericordia et misera al concluir el Jubileo extraordinario de la misericordia (20 noviembre 2016), 16.
[6] Ibíd., 20.

© Librería Editorial Vaticano

Trujillo: “El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después”

Discurso del Papa a religiosos y consagrados
El Papa ha hablado a los religiosos en Trujillo (© Vatican Media)

(ZENIT – 20 enero 2018).- “Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir…no para sacar “tajada” para nosotros mismos”.

Relajado, sentado en una mesa y con ganas de bromear, el Papa Francisco ha hablado de una manera cercana y sincera a los sacerdotes, religiosos, consagrados y seminaristas en el Colegio Seminario SS. Carlos y Marcelo, en Trujillo, Perú.

“Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado”, ha anunciado el Santo Padre.

Así, les ha exhortado a que “rían en comunidad, y no de la comunidad o de los otros”. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se ha olvidado de sonreír, ha observado.

“¡Sé que han realizado un esfuerzo para estar acá, gracias!”, Francisco ha expresado gratitud a todos los religiosos y consagrados presentes en Trujillo. “Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y por la misión que nos regaló es importante”.

El Papa ha hecho mención especial a Santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano, a quien ha recordado “misionando, no sentado detrás de un escritorio”.

“Me da pena ver a un cura, religioso o seminarista “marchito” si ven que no pueden hablen con tiempo, antes de que se marchiten”, ha vuelto a decir el Papa, así como en su encuentro con los religiosos y consagrados en Bangladesh.

“Nosotros, consagrados, no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer”, ha sido otro de los consejos que el Papa ha dado a la comunidad religiosa de Perú.

RD

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas:

¡Buenas tardes!

[Gran aplauso] Como es costumbre que el aplauso viene al final, quiere decir que ya terminé, así que me voy. [gritan: ¡No!]

Agradezco las palabras que Mons. José Antonio Eguren Anselmi, Arzobispo de Piura, me ha dirigido en nombre de todos los que están aquí.

Encontrarme con ustedes, conocerlos, escucharlos y manifestar el amor por el Señor y la misión que nos regaló es importante. ¡Sé que hicieron un gran esfuerzo para estar acá, gracias!

Nos recibe este Colegio Seminario, uno de los primeros fundados en América Latina para la formación de tantas generaciones de evangelizadores. Estar aquí y con ustedes es sentir que estamos en una de esas «cunas» que gestaron a tantos misioneros. Y no olvido que esta tierra vio morir, misionando – no sentado detrás de un escritorio-, a santo Toribio de Mogrovejo, patrono del episcopado latinoamericano. Y todo esto nos lleva a mirar hacia nuestras raíces, a lo que nos sostiene a lo largo del tiempo, nos sostiene a lo largo de la historia para crecer hacia arriba y dar fruto. Las raíces. Sin raíces no hay flores, no hay frutos. Decía un poeta que “todo lo que el árbol tiene de florido le viene de lo que tiene de soterrado”, las raíces. Nuestras vocaciones tendrán siempre esa doble dimensión: raíces en la tierra y corazón en el cielo. No se olviden esto. Cuando falta alguna de estas dos, algo comienza a andar mal y nuestra vida poco a poco se marchita (cf. Lc 13,6-9), como un árbol que no tiene raíces, marchita. Y les digo que da mucha pena ver algún obispo, algún cura, alguna monja, “marchito”. Y mucha más pena me da cuando veo seminaristas marchitos. Esto es muy serio. La Iglesia es buena, la Iglesia es madre y si ustedes ven que no pueden, por favor, hablen antes de tiempo, antes de que sea tarde, antes que se den cuenta que no tienen raíces ya y que se están marchitando; todavía ahí hay tiempo para salvar, porque Jesús vino para eso, a salvar, y si nos llamó es para salvar.

Me gusta subrayar que nuestra fe, nuestra vocación es memoriosa, esa dimensión deuteronómica de la vida. Memoriosa porque sabe reconocer que ni la vida, ni la fe, ni la Iglesia comenzó con el nacimiento de ninguno de nosotros: la memoria mira al pasado para encontrar la savia que ha irrigado durante siglos el corazón de los discípulos, y así reconoce el paso de Dios por la vida de su pueblo. Memoria de la promesa que hizo a nuestros padres y que, cuando sigue viva en medio nuestro, es causa de nuestra alegría y nos hace cantar: «el Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres» (Sal 125,3).

Me gustaría compartir con ustedes algunas virtudes, o algunas dimensiones, si quieren, de este ser memoriosos. Cuando yo digo “quiero que un obispo, un cura, una monja, un seminarista sea memorioso”, ¿qué quiero decir?. Y es lo que me gustaría compartir ahora.

  1. Una dimensión es la alegre conciencia de sí. No hay que ser un inconsciente de sí mismo, no. Saber qué es lo que le está pasando, pero alegre conciencia de sí.

El Evangelio que hemos escuchado (cf. Gv 1,35-42) lo leemos habitualmente en clave vocacional y así nos detenemos en el encuentro de los discípulos con Jesús. Pero me gustaría, antes, mirar a Juan el Bautista. Él estaba con dos de sus discípulos y al ver pasar a Jesús les dice: «Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,36); al oír esto ¿qué pasó? dejaron a Juan y y se fueron con el otro (cf. v. 37). Es algo sorprendente, habían estado con Juan, sabían que era un hombre bueno, más aún, el mayor de los nacidos de mujer, como Jesús lo define (cf. Mt 11,11), pero él no era el que tenía que venir. También Juan esperaba a otro más grande que él. Juan tenía claro que no era el Mesías sino simplemente quien lo anunciaba. Juan era el hombre memorioso de la promesa y de su propia historia. Era famoso, tenía fama, todos venían a hacerse bautizar por él, lo escuchaban con respeto. La gente creía que era el Mesías, pero él era memorioso de su propia historia y no se dejó engañar por el incienso de la vanidad.

Juan manifiesta la conciencia del discípulo que sabe que no es ni será nunca el Mesías, sino sólo un invitado a señalar el paso del Señor por la vida de su gente. A mí me impresiona cómo Dios permita que esto llegue hasta las últimas consecuencias: muere degollado en un calabozo, así de sencillo. Nosotros consagrados no estamos llamados a suplantar al Señor, ni con nuestras obras, ni con nuestras misiones, ni con el sinfín de actividades que tenemos para hacer. Yo cuando digo consagrados involucro a todos: obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, religiosos y religiosas y seminaristas. Simplemente se nos pide trabajar con el Señor, codo a codo, pero sin olvidarnos nunca de que no ocupamos su lugar. Y esto no nos hace «aflojar» en la tarea evangelizadora, por el contrario, nos empuja, nos exige trabajar recordando que somos discípulos del único Maestro. El discípulo sabe que secunda y siempre secundará al Maestro. Y esa es la fuente de nuestra alegría, la alegre conciencia de sí mismo.

¡Nos hace bien saber que no somos el Mesías! Nos libra de creernos demasiado importantes, demasiado ocupados —es típica de algunas regiones escuchar: «No, a esa parroquia no vayas porque el padre siempre está muy ocupado»—. Juan el Bautista sabía que su misión era señalar el camino, iniciar procesos, abrir espacios, anunciar que Otro era el portador del Espíritu de Dios. Ser memoriosos nos libra de la tentación de los mesianismos, de creerme yo el Mesías.

Esta tentación se combate de muchos modos, pero también con la risa. De un religioso a quien yo quise mucho – era jesuita, un jesuita holandés que murió el año pasado- se decía que tenía tal sentido del humor que era capaz de reírse de todo lo que pasaba, de sí mismo y hasta de su propia sombra. Conciencia alegre. Aprender a reírse de uno mismo nos da la capacidad espiritual de estar delante del Señor con los propios límites, errores y pecados, pero también aciertos, y con la alegría de saber que Él está a nuestro lado. Un lindo test espiritual es preguntarnos por la capacidad que tenemos de reírnos de nosotros mismos. De los demás es fácil reírse ¿no es cierto?, sacarle el cuero, reírse pero de nosotros mismos no es fácil. La risa nos salva del neopelagianismo «autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y, se sienten superiores a otros».[1] Reíte. Rían en comunidad y no de la comunidad o de los otros. Cuidémonos de esa gente tan pero tan importante que, en la vida, se han olvidado de sonreir. “Sí, padre, pero usted no tiene un remedio, algo para…” Mira tengo dos “pastillas” que ayudan mucho: una, hablá con Jesús, con la Virgen, la oración, rezá y pedí la gracia de la alegría, de la alegría sobre la situación real; la segunda pastilla la podés hacer varias veces por día si la necesitás, sino una sola basta, miráte al espejo, miráte al espejo: “Y ¿ese soy yo?, ¿esa soy yo? Ja ja ja….”. Y eso te hace reír. Y esto no es narcisismo, al contrario, es lo contrario, el espejo, acá, sirve como cura.

Primero era entonces la alegre, la alegre conciencia de sí.

  1. Lo segundo es la hora del llamado, hacernos cargo de la hora del llamado.

Juan el Evangelista recoge en su Evangelio incluso hasta la hora de aquel momento que cambió su vida. Sí, cuando el Señor a una persona le hace crecer la conciencia de que es un llamado…, se acuerda cuándo empezó todo esto: «Eran las cuatro de la tarde» (v. 39). El encuentro con Jesús cambia la vida, establece un antes y un después. Hace bien recordar siempre esa hora, ese día clave para cada uno de nosotros en el que nos dimos cuenta, en serio, de que “esto que yo sentía” no eran ganas o atracciones sino que el Señor esperaba algo más. Y acá uno se puede acordar: ese día me di cuenta. La memoria de esa hora en la que fuimos tocados por su mirada.

Las veces que nos olvidamos de esta hora, nos olvidamos de nuestros orígenes, de nuestras raíces; y al perder estas coordenadas fundamentales dejamos de lado lo más valioso que un consagrado puede tener: la mirada del Señor: “No padre, yo lo miro al Señor en el sagrario”- Está bien, eso está bien pero sentáte un rato y dejáte mirar y recordá las veces que te miró y te está mirando. Dejáte mirar por él. Es de lo más valioso que un consagrado tiene: la mirada del Señor. Quizá no estás contento con ese lugar donde te encontró el Señor, quizá no se adecua a una situación ideal o que te «hubiese gustado más». Pero fue ahí donde te encontró y te curó las heridas, ahí. Cada uno de nosotros conoce el dónde y el cuándo: quizás un tiempo de situaciones complejas, sí; con situaciones dolorosas, sí; pero ahí te encontró el Dios de la Vida para hacerte testigo de su Vida, para hacerte parte de su misión y ser, con Él, ser caricia de Dios para tantos. Nos hace bien recordar que nuestras vocaciones son una llamada de amor para amar, para servir. No para sacar tajada para nosotros mismos. ¡Si el Señor se enamoró de ustedes y los eligió, no fue por ser más numerosos que los demás, pues son el pueblo más pequeño, sino por puro amor! (cf. Dt 7,7-8). Así le dice el Deuteronomio al pueblo de Israel. No te la creas, no sos el pueblo más importante, sos de lo peorcito, pero se enamoró de ese, y bueno, qué quieren, tiene mal gusto el Señor, pero se enamoró de ese… Amor de entrañas, amor de misericordia que mueve nuestras entrañas para ir a servir a otros al estilo de Jesucristo. No al estilo de los fariseos, de los saduceos, de los doctores de la ley, de los zelotes, no, no, esos buscaban su gloria.

Quisiera detenerme en un aspecto que considero importante. Muchos, a la hora de ingresar al seminario o a la casa de formación, o noviciados fuimos formados con la fe de nuestras familias y vecinos. Ahí, aprendimos a rezar, de la mamá, de la abuela, de la tía… y después fue la catequista la que nos preparó… Y así fue como dimos nuestros primeros pasos, apoyados no pocas veces en las manifestaciones de piedad y espiritualidad popular, que en Perú han adquirido las más exquisitas formas y arraigo en el pueblo fiel y sencillo. Vuestro pueblo ha demostrado un enorme cariño a Jesucristo, a la Virgen, y a sus santos y beatos en tantas devociones que no me animo a nombrarlas por miedo a dejar alguna de lado. En esos santuarios, «muchos peregrinos toman decisiones que marcan sus vidas. Esas paredes contienen muchas historias de conversión, de perdón y de dones recibidos, que millones podrían contar».[2] Inclusive muchas de vuestras vocaciones pueden estar grabadas en esas paredes. Los exhorto, por favor, a no olvidar, y mucho menos despreciar, la fe fiel y sencilla de vuestro pueblo. Sepan acoger, acompañar y estimular el encuentro con el Señor. No se vuelvan profesionales de lo sagrado olvidándose de su pueblo, de donde los sacó el Señor, de detrás del rebaño – como dice el Señor a su elegido [David] en la Biblia -. No pierdan la memoria y el respeto por quien les enseñó a rezar.

A mí me ha pasado que – en reuniones con maestros y maestras de novicias o rectores de seminarios, padres espirituales de seminario- sale la pregunta: “¿Cómo le enseñamos a rezar a los que entran?”. Entonces, les dan algunos manuales para aprender a meditar – a mí me lo dieron cuando entré-: “o esto haga acá”, o “aquello no”, o “primero tenés que hacer esto”, “después este otro tal paso”… Y en general, los hombres y mujeres más sensatos que tienen este cargo de maestros de novicios o de padres espirituales o rectores de seminarios optan: “Seguí rezando como te enseñaron en casa”. Y después, poco a poco, los van haciendo avanzar en otro tipo de oración. Pero, “seguí rezando como te enseñó tu madre, como te enseñó tu abuela”, que por otro lado es el consejo que San Pablo le da a Timoteo: “La fe de tu madre y de tu abuela, esa es la que tenés vos, seguí por estas”. No desprecien la oración casera porque es la más fuerte. Recordar la hora del llamado, hacer memoria alegre del paso de Jesucristo por nuestra vida, nos ayudará a decir esa hermosa oración de san Francisco Solano, gran predicador y amigo de los pobres, «Mi buen Jesús, mi Redentor y mi amigo. ¿Qué tengo yo que tú no me hayas dado? ¿Qué sé yo que tú no me hayas enseñado?».

De esta forma, el religioso, sacerdote, consagrada, consagrado, seminarista es una persona memoriosa, alegre y agradecida: trinomio para configurar y tener como «armas» frente a todo «disfraz» vocacional. La conciencia agradecida agranda el corazón y nos estimula al servicio. Sin agradecimiento podemos ser buenos ejecutores de lo sagrado, pero nos faltará la unción del Espíritu para volvernos servidores de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres. El Pueblo de Dios tiene olfato y sabe distinguir entre el funcionario de lo sagrado y el servidor agradecido. Sabe reconocer entre el memorioso y el olvidadizo. El Pueblo de Dios es aguantador, pero reconoce a quien lo sirve y lo cura con el óleo de la alegría y de la gratitud. En eso déjense aconsejar por el Pueblo de Dios. A veces en las parroquias sucede que cuando el cura se desvía un poquito y se olvida de su pueblo – estoy hablando de historias reales, ¿no?- cuántas veces la vieja de la sacristía – como la llaman, “la vieja de la sacristía”- le dice: “Padrecito, cuánto hace que no va a ver a su mamá. Vaya, vaya a ver a su mamá que nosotros por una semana nos arreglamos con el Rosario”.

  1. Tercer, la alegría contagiosa. La alegría es contagiosa cuando es verdadera. Andrés era uno de los discípulos de Juan el Bautista que había seguido a Jesús ese día. Después de haber estado con Él y haber visto dónde vivía, volvió a casa de su hermano Simón Pedro y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Ahí no más fue contagiado. Esta es la noticia más grande que podía darle, y lo condujo a Jesús. La fe en Jesús se contagia. Y si hay un cura, un obispo, una monja, un seminarista, un consagrado que no contagia es un aséptico, es de laboratorio, que salga y se ensucie las manos un poquito y ahí va a empezar a contagiar el amor de Jesús. La fe en Jesús se contagia, no puede confinarse ni encerrarse; y aquí se encuentra la fecundidad del testimonio: los discípulos recién llamados atraen a su vez a otros mediante su testimonio de fe, del mismo modo que en el pasaje evangélico Jesús nos llama por medio de otros. La misión brota espontánea del encuentro con Cristo. Andrés comienza su apostolado por los más cercanos, por su hermano Simón, casi como algo natural, irradiando alegría. Esta es la mejor señal de que hemos «descubierto» al Mesías. La alegría contagiosa es una constante en el corazón de los apóstoles, y la vemos en la fuerza con que Andrés confía a su hermano: «¡Lo hemos encontrado!». Pues «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría».[3] Y ésta es contagiosa.

Esta alegría nos abre a los demás, es alegría no para guardarla, sino para transmitirla. En el mundo fragmentado que nos toca vivir, que nos empuja a aislarnos, somos desafiados a ser artífices y profetas de comunidad. Ustedes saben, nadie se salva solo. Y en esto me gustaría ser claro. La fragmentación o el aislamiento no es algo que se da «fuera» como si solamente fuese un problema del «mundo». Hermanos, las divisiones, guerras, aislamientos los vivimos también dentro de nuestras comunidades, dentro de nuestros presbiterios, dentro de nuestras Conferencias episcopales ¡y cuánto mal nos hacen! Jesús nos envía a ser portadores de comunión, de unidad, pero tantas veces parece que lo hacemos desunidos y, lo que es peor, muchas veces poniéndonos zancadillas unos a otros, ¿o me equivoco? [responden: ¡No!]. Agachemos la cabeza y cada cual ponga dentro del propio sayo lo que le toca. Se nos pide ser artífices de comunión y de unidad; que no es lo mismo que pensar todos igual, hacer todos lo mismo. Significa valorar los aportes, las diferencias, el regalo de los carismas dentro de la Iglesia sabiendo que cada uno, desde su cualidad, aporta lo propio pero necesita de los demás. Sólo el Señor tiene la plenitud de los dones, sólo Él es el Mesías. Y quiso repartir sus dones de tal forma que todos podamos dar lo nuestro enriqueciéndonos con lo de los demás. Hay que cuidarse de la tentación del «hijo único» que quiere todo para sí, porque no tiene con quién compartir. Malcriado el muchacho. A aquellos que tengan que ocupar misiones en el servicio de la autoridad les pido, por favor, no se vuelvan autorreferenciales; traten de cuidar a sus hermanos, procuren que estén bien; porque el bien se contagia. No caigamos en la trampa de una autoridad que se vuelva autoritarismo por olvidarse que, ante todo, es una misión de servicio. Los que tienen esa misión de ser autoridad piénsenlo mucho, en los ejércitos hay bastantes sargentos no hace falta que se nos metan en nuestra comunidad.

Quisiera antes de terminar: ser memorioso y las raíces. Considero importante que en nuestras comunidades, en nuestros presbiterios se mantenga viva la memoria y se dé el diálogo entre los más jóvenes y los más ancianos. Los más ancianos son memoriosos y nos dan la memoria. Tenemos que ir a recibirla, no los dejemos solos. Ellos [los ancianos], por ahí, no quieren hablar, alguno se siente un poquito abandonado… Hagámoslo hablar, sobre todo los jóvenes. Los que están en cargos de formación de los jóvenes, mándelos hablar con los curas viejos, con las monjas viejas, con los obispos viejos – dicen que las monjas no envejecen porque son eternas – mándelos a hablar. Los ancianos necesitan que les vuelvan a brillar los ojos y que vean que en la Iglesia, en el presbiterio, en la Conferencia episcopal, en el convento, hay jóvenes que llevan adelante el cuerpo de la Iglesia. Que los oigan hablar, que les pregunten los jóvenes a ellos, y a ellos ahí les van a empezar a brillar los ojos y van a empezar a soñar. Hagan soñar a los viejos. La profecía de Joel, 3,1. Hagan soñar a los viejos. Y si los jóvenes hacen soñar a los viejos les aseguro que los viejos harán profetizar a los jóvenes. Ir a las raíces. Yo quisiera en esto – ya estoy terminando – citar un Santo Padre, pero no se me ocurre ninguno, pero voy a citar a un Nuncio apostólico. Me decía él, hablando de esto, un antiguo refrán africano que aprendió cuando él estuvo allí – porque los Nuncios apostólicos primero pasan por África y ahí aprenden muchas cosas- , y el refrán era: “Los jóvenes caminan rápido – y lo tienen que hacer- pero son los viejos los que conocen el camino” ¿Está bien?

Queridos hermanos, nuevamente gracias y que esta memoria deuteronómica nos haga más alegres y agradecidos para ser servidores de unidad en medio de nuestro pueblo. Déjense mirar por el Señor, vayan a buscar al Señor, ahí, en la memoria. Mírense al espejo de vez en cuando. Y que el Señor los bendiga, que la Virgen Santa los cuide. Y de vez en cuando –como dicen en el campo- échenme un rezo. Gracias.

[1] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 94.
[2] Cf. V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Documento de Aparecida (29 junio 2007), 260.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 1.

© Librería Editorial Vaticano

Trujillo: Trinidad, la anciana ciega que captó la atención del Papa Francisco

El Papa saludó a la mujer de 99 años
El Papa ha saludado a una anciana ciega en Trujillo (© Vatican Media)

(ZENIT – 20 enero 2018).- Como el ciego de Jericó, esta mujer logró captar la atención del Papa Francisco de una manera muy especial.

A su paso por las calles de Trujillo, en la tarde del sábado 20 de enero de 2018, entre la agitación de los peregrinos y los gritos de alegría, el Santo Padre se acercó a Trinidad, anciana ciega de 99 años que aguardaba detrás de la valla a la presencia del Papa, y le acarició el rostro con las dos manos mientras la saludaba.

La señora estaba acompañada por un familiar que llevaba una pancarta en la que se podía leer: “Me llamo Trinidad, cumplo 99 años, no veo, quiero tocar tu manito”.

Misa en Lima: “El Señor te invita a caminar con Él en tu ciudad”

Homilía del Papa en la última celebración en Perú 
El Papa preside la Misa en Lima ante 1.300.000 fieles (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018).- “El Reino de los cielos está entre ustedes” es el mensaje de esperanza que Francisco ha querido dejar a los peruanos en la última celebración de este viaje apostólico.

“Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, tu ciudad” –ha invitado el Papa Francisco–. “Jesús invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días”.

La homilía del Santo Padre en la última celebración de la Eucaristía de este viaje a Chile y a Perú, el domingo, 21 de enero de 2018, en la base aérea de “Las Palmas”, en Lima, ha sido breve y concisa.

El Santo Padre ha indicado que el Reino de los cielos “está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan”.

“Conviértanse”

“¡Alégrate, el Señor está contigo!” El Pontífice ha destacado que el Señor viene a tu encuentro “en medio de los caminos polvorientos de la historia”.

El Señor ha llegado hasta Lima –ha anunciado Francisco– hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado “antídoto contra la globalización de la indiferencia”. Porque “ante ese Amor, no se puede permanecer indiferentes”.

“Conviértanse –ha exhortado el Papa a los fieles peruanos– el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación”.

RD/ Rosa Die Alcolea

Homilía del Papa Francisco

«Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícales el mensaje que te digo» (Jon 3,2). Con estas palabras, el Señor se dirigía a Jonás poniéndolo en movimiento hacia esa gran ciudad que estaba a punto de ser destruida por sus muchos males. También vemos a Jesús en el Evangelio de camino hacia Galilea para predicar su buena noticia (cf. Mc 1,14). Ambas lecturas nos revelan a Dios en movimiento de cara a las ciudades de ayer y de hoy. El Señor se pone en camino: va a Nínive, a Galilea… a Lima, a Trujillo, a Puerto Maldonado… aquí viene el Señor. Se pone en movimiento para entrar en nuestra historia personal y concreta. Lo hemos celebrado hace poco: es el Emmanuel, el Dios que quiere estar siempre con nosotros. Sí, aquí en Lima, o en donde estés viviendo, en la vida cotidiana del trabajo rutinario, en la educación esperanzadora de los hijos, entre tus anhelos y desvelos; en la intimidad del hogar y en el ruido ensordecedor de nuestras calles. Es allí, en medio de los caminos polvorientos de la historia, donde el Señor viene a tu encuentro.

Algunas veces nos puede pasar lo mismo que a Jonás. Nuestras ciudades, con las situaciones de dolor e injusticia que a diario se repiten, nos pueden generar la tentación de huir, de escondernos, de zafar. Y razones, ni a Jonás ni a nosotros nos faltan. Mirando la ciudad podríamos comenzar a constatar que existen «ciudadanos que consiguen los medios adecuados para el desarrollo de la vida personal y familiar —y eso nos alegra—, el problema está en que son muchísimos los “no ciudadanos”, “los ciudadanos a medias” o los “sobrantes urbanos”»1 que están al borde de nuestros caminos, que van a vivir a las márgenes de nuestras ciudades sin condiciones necesarias para llevar una vida digna y duele constatar que muchas veces entre estos «sobrantes humanos» se encuentran rostros de tantos niños y adolescentes. Se encuentra el rostro del futuro.

Y al ver estas cosas en nuestras ciudades, en nuestros barrios —que podrían ser un espacio de encuentro y solidaridad, de alegría— se termina provocando lo que podemos llamar el síndrome de Jonás: un espacio de huida y desconfianza (cf. Jon 1,3). Un espacio para la indiferencia, que nos transforma en anónimos y sordos ante los demás, nos convierte en seres impersonales de corazón cauterizado y, con esta actitud, lastimamos el alma del pueblo, de este pueblo noble. Como nos lo señalaba Benedicto XVI, «la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. […] Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana».2

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se dirigió a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. A diferencia de Jonás, Jesús, frente a un acontecimiento doloroso e injusto como fue el arresto de Juan, entra en la ciudad, entra en Galilea y comienza desde ese pequeño pueblo a sembrar lo que sería el inicio de la mayor esperanza: El Reino de Dios está cerca, Dios está entre nosotros. Y el Evangelio mismo nos muestra la alegría y el efecto en cadena que esto produce: comenzó con Simón y Andrés, después Santiago y Juan (cf. Mc 1,14-20) y, desde esos días, pasando por santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Martín de Porres, san Juan Macías, san Francisco Solano, ha llegado hasta nosotros anunciado por esa nube de testigos que han creído en Él. Ha llegado hasta Lima, hasta nosotros para comprometerse nuevamente como un renovado antídoto contra la globalización de la indiferencia. Porque ante este Amor, no se puede permanecer indiferentes.

Jesús invitó a sus discípulos a vivir hoy lo que tiene sabor a eternidad: el amor a Dios y al prójimo; y lo hace de la única manera que lo puede hacer, a la manera divina: suscitando la ternura y el amor de misericordia, suscitando la compasión y abriendo sus ojos para que aprendan a mirar la realidad a la manera divina. Los invita a generar nuevos lazos, nuevas alianzas portadoras de eternidad.

Jesús camina la ciudad con sus discípulos y comienza a ver, a escuchar, a prestar atención a aquellos que habían sucumbido bajo el manto de la indiferencia, lapidados por el grave pecado de la corrupción. Comienza a develar muchas situaciones que asfixiaban la esperanza de su pueblo suscitando una nueva esperanza. Llama a sus discípulos y los invita a ir con Él, los invita a caminar la ciudad, pero les cambia el ritmo, les enseña a mirar lo que hasta ahora pasaban por alto, les señala nuevas urgencias. Conviértanse, les dice, el Reino de los Cielos es encontrar en Jesús a Dios que se mezcla vitalmente con su pueblo, se implica e implica a otros a no tener miedo de hacer de esta historia, una historia de salvación (cf. Mc 1,15.21 y ss.).

Jesús sigue caminando por nuestras calles, sigue al igual que ayer golpeando puertas, golpeando corazones para volver a encender la esperanza y los anhelos: que la degradación sea superada por la fraternidad, la injusticia vencida por la solidaridad y la violencia callada con las armas de la paz. Jesús sigue invitando y quiere ungirnos con su Espíritu para que también nosotros salgamos a ungir con esa unción, capaz de sanar la esperanza herida y renovar nuestra mirada.

Jesús sigue caminando y despierta la esperanza que nos libra de conexiones vacías y de análisis impersonales e invita a involucrarnos como fermento allí donde estemos, donde nos toque vivir, en ese rinconcito de todos los días. El Reino de los cielos está entre ustedes —nos dice— está allí donde nos animemos a tener un poco de ternura y compasión, donde no tengamos miedo a generar espacios para que los ciegos vean, los paralíticos caminen, los leprosos sean purificados y los sordos oigan (cf. Lc 7,22) y así todos aquellos que dábamos por perdidos gocen de la Resurrección. Dios no se cansa ni se cansará de caminar para llegar a sus hijos. A cada uno. ¿Cómo encenderemos la esperanza si faltan profetas? ¿Cómo encararemos el futuro si nos falta unidad? ¿Cómo llegará Jesús a tantos rincones, si faltan audaces y valientes testigos?

Hoy el Señor te invita a caminar con Él la ciudad, te invita a caminar con Él tu ciudad. Te invita a que seas su discípulo misionero, y así te vuelvas parte de ese gran susurro que quiere seguir resonando en los distintos rincones de nuestra vida: ¡Alégrate, el Señor está contigo!

1 Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74.
2 Carta enc. Spe salvi, 38.

© Librería Editorial Vaticano

Ángelus: El corazón no se puede «photoshopear»

Palabras de Francisco en la Plaza de Armas, Lima 
Ángelus en la Plaza de Armas, Lima (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018).- “No te maquilles el corazón”, ha aconsejado el Papa a los jóvenes peruanos.

“Cuando Jesús nos mira, no piensa en lo perfectos que somos, sino en todo el amor que tenemos en el corazón para brindar y servir a los demás”, ha indicado Francisco. “¿Cuánto amor tengo yo en mi corazón?”, ha preguntado el Santo Padre.

Francisco ha rezado el Ángelus con miles de jóvenes en una abarrotada Plaza de Armas, en la capital de Perú, este domingo, 21 de enero de 2018.

El corazón no se puede «photoshopear»
“Sé que es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente –ha explicado el Pontífice– pero eso sólo sirve para las fotos, no podemos hacerle «photoshop» a los demás, a la realidad, ni a nosotros”.

Así, el Papa ha hecho reflexionar a los jóvenes peruanos: “Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede «photoshopear», porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?”.

El Papa ha animado a los jóvenes: “Hay momentos donde pueden sentir que se quedan sin poder realizar el deseo de sus vidas, de sus sueños. Todos hemos pasado situaciones así. Queridos amigos, en esos momentos donde parece que se apaga la fe no se olviden que Jesús está a su lado. ¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza!”.

RD/Rosa Die Alcolea

Palabras del Papa Francisco

Queridos jóvenes: Me alegra poder reunirme con ustedes. Estos encuentros para mí son muy importantes y más en este año en el cual nos preparamos para el Sínodo sobre los jóvenes. Sus rostros, sus búsquedas, sus vidas, son importantes para la Iglesia y debemos darle la importancia que se merecen y tener la valentía que tuvieron muchos jóvenes de esta tierra que no se asustaron de amar y jugar su vida por Jesús.

¡Queridos amigos, cuántos ejemplos tienen ustedes! Pienso en san Martín de Porres. Nada le impidió a ese joven cumplir sus sueños, nada le impidió gastar su vida por los demás, nada le impidió amar y lo hizo porque había experimentado que el Señor lo había amado primero. Así como era: mulato, y teniendo que enfrentar muchas privaciones. A los ojos humanos, o de sus amigos, parecía que tenía todo para «perder» pero él supo hacer algo que sería el secreto de su vida: confiar. Confiar en el Señor que lo amaba, ¿ y saben por qué? Porque el Señor había confiado primero en él; como confía en cada uno de ustedes y no se cansará nunca de confiar. A cada uno de nosotros el Señor nos confía algo, y la respuesta es confiar en Él. Cada uno de ustedes piense ahora en su corazón: qué me confió el Señor? ¿Qué me confió el Señor? Cada uno piense… ¿Qué tengo en mi corazón que me confió el Señor?

Me podrán decir: pero hay veces que se vuelve muy difícil. Los entiendo. En esos momentos pueden venir pensamientos negativos, sentir que hay muchas situaciones que se nos vienen encima y pareciera que nos vamos quedando «fuera del mundial»; pareciera que nos van ganando. Pero no es así, aun en los momentos en que ya se nos viene la descalificación seguir confiando.

Hay momentos donde pueden sentir que se quedan sin poder realizar el deseo de sus vidas, de sus sueños. Todos pasamos por situaciones así. En esos momentos donde parece que se apaga la fe no se olviden que Jesús está a su lado. ¡No se den por vencidos, no pierdan la esperanza! No se olviden de los santos que desde el cielo nos acompañan; acudan a ellos, recen y no se cansen de pedir su intercesión. Esos santos de ayer pero también de hoy: esta tierra tiene muchos, porque es una tierra «ensantada». Perú es una tierra “ensantada”. Busquen la ayuda y el consejo de personas que ustedes saben que son buenas para aconsejar porque sus rostros muestran alegría y paz. Déjense acompañar por ellas y así andar el camino de la vida.

Pero hay algo más: Jesús quiere verlos en movimiento. A vos te quiere ver llevar adelante tus ideales, y que te animes a seguir sus instrucciones. Él los llevará por el camino de las bienaventuranzas, un camino nada fácil pero apasionante, es un camino que no se puede recorrer sólo, hay que recorrerlo en equipo, donde cada uno puede colaborar con lo mejor de sí. Jesús cuenta contigo como lo hizo hace mucho tiempo con santa Rosa de Lima, santo Toribio, san Juan Macías, san Francisco Solano y tantos otros. Y hoy te pregunta a vos si, al igual que ellos: ¿estás dispuesto, estás dispuesta a seguirlo? [Responden: “Si”] ¿Hoy, mañana, vas a estar dispuesto o dispuesta a seguirlo? [Responden: “Si”] ¿Y dentro de una semana? [responden: “También”] No estés tan seguro, no estés tan segura. Mirá, si querés estar dispuesto a seguirlo, pedíle a Él que te prepare el corazón para estar dispuesto a seguirlo, ¿está claro?

Queridos amigos, el Señor los mira con esperanza, nunca se desanima de nosotros. A veces a nosotros nos pasa que nos desanimamos de un amigo, de una amiga porque nos parecía bueno y después vimos que no era tanto, y bueno, nos desanimamos y lo dejamos de lado. Jesús nunca se desanima, nunca. “Padre, pero si usted supiera las cosas que yo hago…, yo digo una cosa pero hago otra, mi vida no es del todo limpia…”. Así y todo Jesús no se desanima de vos. Y ahora, hagamos un poco de silencio. Cada uno mire en su corazón cómo es la propia vida, la mira en el corazón y vas a encontrar que por momentos hay cosas buenas, que por momentos hay cosas que no son tan buenas, y así y todo, Jesús no se desanima de vos. Y desde tu corazón decíle: “Gracias, Jesús, gracias porque viniste para acompañarme aun cuando estaba en las malas, gracias Jesús”. Se lo decimos todos: “Gracias, Jesús “Gracias, Jesús” (Repiten)

Es muy lindo ver las fotos arregladas digitalmente, pero eso sólo sirve para las fotos, no podemos hacerle «photoshop» a los demás, a la realidad, ni a nosotros. Los filtros de colores y la alta definición sólo andan bien en los videos, pero nunca podemos aplicárselos a los amigos. Hay fotos que son muy lindas, pero están todas trucadas, y déjenme decirles que el corazón no se puede «photoshopear», porque ahí es donde se juega el amor verdadero, ahí se juega la felicidad y ahí mostrás lo que sos: ¿cómo es tu corazón?.

Jesús no quiere que te «maquillen» el corazón; Él te ama así como eres y tiene un sueño para realizar con cada uno de ustedes. No se olviden: Él no se desanima de nosotros. Y si ustedes se desaniman los invito a agarrar la Biblia y acordarse y leer ahí los amigos que Jesús eligió, que Dios eligió:

Moisés era tartamudo; Abrahán, un anciano; Jeremías, era muy joven; Zaqueo, un petizo; los discípulos, cuando Jesús les decía que tenían que rezar, se dormían; la Magdalena, una pecadora pública; Pablo, un perseguidor de cristianos; y Pedro, lo negó, después lo hizo Papa, pero lo negó… y así podríamos seguir esa lista. Jesús te quiere como sos, así como quiso como eran a estos sus amigos, con sus defectos, con ganas de corregirse, pero así como sos, así te ama el Señor. No te maquilles, no te maquilles el corazón, pero mostrate delante de Jesús como sos para que Él te pueda ayudar a progresar en la vida.

Cuando Jesús nos mira, no piensa en lo perfecto somos, sino en todo el amor que tenemos en el corazón para brindar y para seguirlo a Él. Para Él eso es lo importante, eso lo más grande, ¿cuánto amor tengo yo en mi corazón? Y esa pregunta quiero que la hagamos también a nuestra Madre: “Madre, querida Virgen María, mirá el amor que tengo en el corazón, ¿es poco?, ¿es mucho?, no sé si es amor”.

Y tengan por seguro que Ella los acompañará en todos los momentos de su vida, en todas las encrucijadas de sus caminos, especialmente cuando tengan que tomar decisiones importantes. ¡No se desanimen, no se desanimen, vayan adelante, todos juntos! ¡Porque la vida vale la pena vivirla con la frente alta! Que Dios los bendiga.

Estamos en la Plaza Mayor de Lima, un lugar chiquito en una ciudad relativamente chiquita del mundo, pero el mundo es mucho más grande y está lleno de ciudades y de pueblos, y está lleno de problemas, y está lleno de guerras. Y hoy me llegan noticias muy preocupantes desde la República Democrática del Congo. Pensemos en el Congo. En estos momentos, desde esta plaza y con todos estos jóvenes, pido a las autoridades, a los responsables y a todos en ese amado país que pongan su máximo empeño y esfuerzo a fin de evitar toda forma de violencia y buscar soluciones en favor del bien común. Todos juntos, en silencio, rezamos por esta intención, por nuestros hermanos de la República Democrática del Congo.

Angelus 

Santo Toribio, el misionero que “quiso llegar a la otra orilla”

Palabras del Papa a los Obispos de Perú 
Francisco habla a sus hermanos, los obispos peruanos (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018)-. El Papa Francisco ha reflexionado con sus hermanos, los obispos de Perú, sobre “Santo Toribio, el hombre que quiso llegar a la otra orilla”.

Francisco se ha encontrado con 60 prelados peruanos en el Palacio Arzobispal de Lima, el domingo, 21 de enero de 2018, a las 10:20 horas (16:20 horas en Roma).

“Detrás de santo Toribio hay una gran multitud de personas, que es el pueblo fiel que sigue a su pastor en la tarea de la evangelización”, Francisco ha mostrado al patrón del Episcopado Hispanoamericano como el «nuevo Moisés», tal y como lo representan.

En primer lugar, Francisco ha explicado que el santo español quiso llegar a la otra orilla “en busca de los lejanos y dispersos”. Y para ello, “tuvo que dejar la comodidad del obispado y recorrer el territorio confiado, en continuas visitas pastorales, tratando de llegar y estar allí donde se lo necesitaba”.

Así, Santo Toribio, Arzobispo de Lima, llegó a la otra orilla “no sólo geográfica sino cultural”. Fue así como promovió por muchos medios una evangelización en la lengua nativa, ha indicado el Santo Padre.

Del mismo modo, el misionero “quiso llegar a la otra orilla” de la caridad, de la formación de sus sacerdotes, y de la unidad. “Promovió de manera admirable y profética la formación e integración de espacios de comunión y participación entre los distintos integrantes del Pueblo de Dios”, ha subrayado Francisco.

Por último, a santo Toribio le llegó el momento de cruzar hacia la orilla definitiva, y no lo hizo solo, lo hizo junto a su pueblo, ha señalado el Papa.

Cercanía a los hermanos de la Selva
Al comenzar el acto, han saludado al Santo Padre el Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, y Mons. Salvador Piñeiro, Arzobispo de Ayacucho, y Presidente de la Conferencia Episcopal Peruana. Este último ha agradecido al Papa su “cercanía con los hermanos de la Selva” y la convocatoria de un Sínodo especial para la Amazonia.

Después del discurso del Papa ha habido tiempo para que los obispos hicieran preguntas, para estar juntos e intercambiar impresiones.

Los obispos del Vicariato apostólico de Puerto Maldonado han aprovechado para hacerse una foto con el Papa, y uno de los obispos ha preguntado a Francisco por su experiencia en Puerto Maldonado, en su encuentro con los indígenas de la Amazonía, y el Santo Padre ha destacado que quiso comenzar con ellos su visita a Perú.

RD/Rosa Die Alcolea

Discurso del Papa Francisco

Queridos hermanos en el episcopado:

Gracias por las palabras que me han dirigido el señor Cardenal Arzobispo de Lima, y el Señor Presidente de la Conferencia Episcopal en nombre de todos los presentes. Deseaba estar aquí con ustedes. Mantengo un vivo recuerdo de su visita ad limina del año pasado.

Los días transcurridos entre ustedes han sido muy intensos y gratificantes. Pude escuchar y vivir las distintas realidades que conforman estas tierras y compartir de cerca la fe del santo Pueblo fiel de Dios, que nos hace tanto bien. Gracias por la oportunidad de poder «tocar» la fe del Pueblo, que Dios les ha confiado.

El lema de este viaje nos habla de unidad y de esperanza. Es un programa arduo, pero a la vez provocador, que nos evoca las proezas de santo Toribio de Mogrovejo, Arzobispo de esta Sede y patrono del episcopado latinoamericano, un ejemplo de «constructor de unidad eclesial», como lo definió mi predecesor san Juan Pablo II en su primer Viaje Apostólico a esta tierra.[1]

Es significativo que este santo Obispo sea representado en sus retratos como un «nuevo Moisés». Como saben, se custodia en el Vaticano un cuadro en el que aparece santo Toribio atravesando un río caudaloso, cuyas aguas se abren a su paso como si se tratase del mar Rojo, para que pudiera llegar a la otra orilla donde lo espera un numeroso grupo de nativos. Detrás de santo Toribio hay una gran multitud de personas, que es el pueblo fiel que sigue a su pastor en la tarea de la evangelización.[2] Esta hermosa imagen me «da pie» para centrar en ella mi reflexión con ustedes. Santo Toribio, el hombre que quiso llegar a la otra orilla.

Lo vemos desde el momento en que asume el mandato de venir a estas tierras con la misión de ser padre y pastor. Dejó terreno seguro para adentrarse en un universo totalmente nuevo, desconocido y desafiante. Fue hacia una tierra prometida guiado por la fe como «garantía de los bienes que se esperan» (Hb 11,1). Su fe y su confianza en el Señor lo impulsó, e impulsará a lo largo de toda su vida a llegar a la otra orilla, donde Él lo esperaba en medio de una multitud.

  1. Quiso llegar a la otra orilla en busca de los lejanos y dispersos. Para eso tuvo que dejar la comodidad del obispado y recorrer el territorio confiado, en continuas visitas pastorales, tratando de llegar y estar allí donde se lo necesitaba, y ¡cuánto se lo necesitaba! Iba al encuentro de todos por caminos que, al decir de su secretario, eran más para las cabras que para las personas. Tenía que enfrentar los más diversos climas y geografías, «de 22 años de episcopado, 18 los pasó fuera de su ciudad recorriendo por tres veces su territorio».[3] Sabía que esta era la única forma de pastorear: estar cerca proporcionando los auxilios divinos, exhortación que también realizaba continuamente a sus presbíteros. Pero no lo hacía de palabra sino con su testimonio, estando él mismo en la primera línea de la evangelización. Hoy le llamaríamos un Obispo «callejero». Un obispo con suelas gastadas por andar, por recorrer, por salir al encuentro para «anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie».[4] ¡Cómo sabía esto santo Toribio! Sin miedo y sin asco se adentró en nuestro continente para anunciar la buena nueva.
  2. Quiso llegar a la otra orilla no sólo geográfica sino cultural. Fue así como promovió por muchos medios una evangelización en la lengua nativa. Con el tercer Concilio Limense, procuró que los catecismos fueran realizados y traducidos en quechua y aymara. Impulsó al clero a que estudiara y conociera el idioma de los suyos para poder administrarles los sacramentos de forma comprensible. Visitando y viviendo con su Pueblo se dio cuenta de que no alcanzaba llegar tan sólo físicamente, sino que era necesario aprender a hablar el lenguaje de los otros, sólo así, llegaría el Evangelio a ser entendido y penetrar en el corazón. ¡Cuánto urge esta visión para nosotros, pastores del siglo XXI!, que nos toca aprender un lenguaje totalmente nuevo como es el digital, por citar un ejemplo. Conocer el lenguaje actual de nuestros jóvenes, de nuestras familias, de los niños… Como bien supo verlo santo Toribio, no alcanza solamente llegar a un lugar y ocupar un territorio, es necesario poder despertar procesos en la vida de las personas para que la fe arraigue y sea significativa. Y para eso tenemos que hablar su lengua. Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y de nuestros pueblos.[5] La evangelización de la cultura nos pide entrar en el corazón de la cultura misma para que ésta sea iluminada desde adentro por el Evangelio.
  3. Quiso llegar a la otra orilla de la caridad. Para nuestro patrono la evangelización no podía darse lejos de la caridad. Porque sabía que la forma más sublime de la evangelización era plasmar en la propia vida la entrega de Jesucristo por amor a cada uno de los hombres. Los hijos de Dios y los hijos del demonio se manifiestan en esto: el que no practica la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano (cf. 1 Jn 3,10). En sus visitas pudo constatar los abusos y los excesos que sufrían las poblaciones originarias, y así no le tembló el pulso, en 1585, cuando excomulgó al corregidor de Cajatambo, enfrentándose a todo un sistema de corrupción y tejido de intereses que «arrastraba la enemistad de muchos», incluyendo al Virrey.[6] Así nos muestra al pastor que sabe que el bien espiritual no puede nunca separarse del justo bien material y tanto más cuando se pone en riesgo la integridad y la dignidad de las personas. Profecía episcopal que no tiene miedo a denunciar los abusos y excesos que se cometen frente a su pueblo. Y de este modo logra recordar al interno de la sociedad y de sus comunidades que la caridad siempre va acompañada de la justicia y Xno hay auténtica evangelización que no anuncie y denuncie toda falta contra la vida de nuestros hermanos, especialmente de los más vulnerables.
  4. Quiso llegar a la otra orilla en la formación de sus sacerdotes. Fundó el primer seminario postconciliar en esta zona del mundo, impulsando de esta manera la formación del clero nativo. Entendió que no bastaba llegar a todos lados y hablar la misma lengua, era necesario que la Iglesia pudiera engendrar a sus propios pastores locales y así se convirtiera en madre fecunda. Para ello defendió la ordenación de los mestizos —cuando estaba muy discutida la misma— buscando alentar y estimular a que el clero, si se tenía que diferenciar en algo, era por la santidad de sus pastores y no por la procedencia racial.[7] Y esta formación no se limitaba solamente al estudio en el seminario, sino que proseguía en las continuas visitas que les realizaba. Allí podía ver de primera mano el «estado de sus curas», preocupándose por ellos. Cuenta la leyenda que en las vísperas de Navidad su hermana le regaló una camisa para que la estrenara en las fiestas. Ese día fue a visitar a un cura y al ver la situación en que vivía, se sacó su camisa y se la entregó.[8] Es el pastor que conoce a sus sacerdotes. Busca alcanzarlos, acompañarlos, estimularlos, amonestarlos —le recordó a sus curas que eran pastores y no comerciantes y por lo tanto, habrían de cuidar y defender a los indios como a hijos—.[9] Pero no lo hace desde «el escritorio», y así puede conocer a sus ovejas y ellas reconocen en su voz, la voz del Buen Pastor.
  5. Quiso llegar a la otra orilla, la de la unidad. Promovió de manera admirable y profética la formación e integración de espacios de comunión y participación entre los distintos integrantes del Pueblo de Dios. Así lo señaló san Juan Pablo II cuando, en estas tierras, hablándole a los obispos decía: «El tercer Concilio Limense es el resultado de ese esfuerzo, presidido, alentado y dirigido por santo Toribio, y que fructificó en un precioso tesoro de unidad en la fe, de normas pastorales y organizativas a la vez que en válidas inspiraciones para la deseada integración latinoamericana».[10] Bien sabemos, que esta unidad y consenso fue precedida de grandes tensiones y conflictos. No podemos negar las tensiones, las diferencias visibles; es imposible una vida sin conflictos. Estos nos exigen, si somos hombres y cristianos, mirarlos de frente, asumirlo. Pero asumirlo en unidad, en diálogo honesto y sincero, mirándonos a la cara y cuidándonos de caer en tentación, o de ignorar lo que pasó o quedar prisioneros y sin horizontes que ayuden a encontrar caminos que sean de unidad y de vida. Resulta inspirador, en nuestro camino de Conferencia Episcopal, recordar que la unidad siempre prevalecerá sobre el conflicto.[11] Queridos hermanos, trabajen para la unidad, no se queden presos de divisiones que parcializan y reducen la vocación a la que hemos sido llamados: ser sacramento de comunión. No se olviden que lo que atraía de la Iglesia primitiva era ver cómo se amaban. Esa era, es y será la mejor evangelización.
  6. A santo Toribio le llegó el momento de cruzar hacia la orilla definitiva, hacia esa tierra que lo esperaba y que iba degustando en su continuo dejar la orilla. Este nuevo partir, no lo hacía solo. Al igual que el cuadro que les comentaba al inicio, iba al encuentro de los santos seguido de una gran muchedumbre a sus espaldas. Es el pastor que ha sabido cargar «su valija» con rostros y nombres. Ellos eran su pasaporte al cielo. Y fue tan así que no quisiera dejar de lado el acorde final, el momento en que el pastor entregaba su alma a Dios. Lo hizo en un caserío junto a su pueblo y un aborigen le tocaba la chirimía para que el alma de su pastor se sintiera en paz. Ojalá, hermanos, que cuando tengamos que emprender el último viaje podamos vivir estas cosas. Pidamos al Señor que nos lo conceda.[12]

Recemos juntos, y recen por mí.

[1] Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.
[2] Cf. Milagro de santo Toribio, Pinacoteca vaticana.
[3] Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebración Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007).
[4] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23.
[5] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 74.
[6] Cf. Ernesto Rojas Ingunza, El Perú de los Santos, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, Lima (2016), 57.
[7] Cf. José Antonio Benito Rodríguez, Santo Toribio de Mogrovejo, en: Kathy Perales Ysla (coord.), Cinco Santos del Perú. Vida, obra y tiempo, 178.
[8] Cf. ibíd., 180.
[9] Cf. Juan Villegas, Fiel y evangelizador. Santo Toribio de Mogrovejo, patrono de los obispos de América Latina, Montevideo (1984), 22.
[10] Juan Pablo II, Discurso al episcopado peruano (2 febrero 1985), 3.
[11] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226-230.
[12] Cf. Jorge Mario Bergoglio, Homilía en la celebración Eucarística, Aparecida (16 mayo 2007).

© Librería Editorial Vaticano

Santos peruanos: “Ayúdanos a ser Iglesia en salida, acercándonos a todos”

Oración del Papa Francisco a los santos peruanos
El Papa ora antes las reliquias de los santos peruanos (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018).- El primer Papa americano ha rezado ante las reliquias de los santos peruanos en la Catedral de San Juan Apóstol y Evangelista, en Lima.

A las 10:30 horas, tras visitar el Santuario del Señor de los Milagros en Lima, el Santo Padre ha querido permanecer un momento orando antes los restos de los santos del país: Santa Rosa de Lima, san Martín de Porres, santo Toribio de Mogrovejo, san Francisco Solano y san Juan Macías.

Cerca de 2.500 fieles estaban presentes en el templo catedralicio– informa la Santa Sede– entre los que había sacerdotes, religiosos, seminaristas, miembros de movimientos eclesiales y agentes de pastoral.

El Cardenal Juan Luis Cipriani Thorne ha acompañado al Pontífice en su visita, y también los sacerdotes del Capítulo de la Catedral Metropolitana.

El Papa Francisco ha rezado una oración delante de las reliquias de estos santos peruanos y ha depositado unas flores ante las urnas de los santos.

Oración del Papa Francisco

Dios y Padre nuestro,
que por medio de Jesucristo
has instituido tu Iglesia
sobre la roca de los Apóstoles,
para que guiada por el Espíritu Santo
sea en el mundo signo e instrumento
de tu amor y misericordia,
te damos gracias por los dones
que has obrado en nuestra Iglesia en Lima.

Te agradecemos de manera especial
la santidad florecida en nuestra tierra.
Nuestra Iglesia arquidiocesana,
fecundada por el trabajo apostólico
de santo Toribio de Mogrovejo;
engrandecida por la oración,
penitencia y caridad de santa Rosa de Lima
y san Martín de Porres;
adornada por el celo misionero
de san Francisco Solano
y el servicio humilde de san Juan Macías;
bendecida por el testimonio de vida cristiana
de otros hermanos fieles al Evangelio,
agradece tu acción en nuestra historia
y te suplica ser fiel a la herencia recibida.

Ayúdanos a ser Iglesia en salida,
acercándonos a todos,
en especial a los menos favorecidos;
enséñanos a ser discípulos misioneros
de Jesucristo, el Señor de los Milagros,
viviendo el amor, buscando la unidad
y practicando la misericordia
para que, protegidos por la intercesión
de Nuestra Señora de la Evangelización,
vivamos y anunciemos al mundo
el gozo del Evangelio.

Vida contemplativa: “Queridas hermanas, la Iglesia las necesita”

Homilía del Papa en el Santuario del Señor de los Milagros 
El Papa saluda a las carmelitas del Santuario del Señor de los Milagros (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018).- “La vida de clausura no encierra ni encoge el corazón sino que lo ensancha ¡Ay! de la monja que tiene el corazón encogido”, ha dicho el Papa Francisco.

Homilía del Papa Francisco a las religiosas carmelitas de vida contemplativa en el Santuario del Señor de los Milagros, el domingo 21 de enero de 2018, en Lima, el último día del Pontífice en Perú.

“El amor ensancha el corazón” –les ha dicho el Papa– y por tanto con el Señor vamos adelante, porque “él nos hace capaz de sentir de un modo nuevo el dolor, el sufrimiento, la frustración, la desventura de tantos hermanos que son víctimas en esta «cultura del descarte» de nuestro tiempo”.

“Un camino privilegiado que tienen ustedes para renovar esta certeza es la vida de oración, oración comunitaria y personal”, les ha asegurado al Papa.

“Si alguna está media flojita y se le apagó el fueguito del amor, ¡pídalo!, ¡pídalo!. Es un regalo de Dios amor poder amar”, señalado el Santo Padre.

Oración misionera
“La oración es el núcleo de vuestra vida consagrada, vuestra vida contemplativa, y es el modo de cultivar la experiencia de amor que sostiene nuestra fe, y como bien nos decía la Madre Soledad, es una oración siempre misionera”, ha indicado Francisco.

RD

Homilía del Papa Francisco

Queridas hermanas de los diversos monasterios de vida contemplativa:

¡Qué bueno es estar aquí, en este Santuario del Señor de los Milagros, tan frecuentado por los peruanos, para pedirle su gracia y para que nos muestre su cercanía y su misericordia! Él, que es «faro que guía, que nos ilumina con su amor divino». Al verlas a ustedes aquí, me viene un mal pensamiento: que aprovecharon para salir del convento un rato y dar un paseíto. Gracias, Madre Soledad, por sus palabras de bienvenida, y a todas ustedes que desde el silencio del claustro caminan siempre a mi lado. Y también – me lo van a permitir porque me toca el corazón – desde aquí mandar un saludo a mis cuatro Carmelos de Buenos Aires. También a ellas las quiero poner ante el Señor de los Milagros, porque ellas me acompañaron en mi ministerio en aquella diócesis, y quiero que estén aquí para que el Señor las bendiga. No se ponen celosas, ¿no? [Responden: “No”]

Escuchamos las palabras de san Pablo, recordándonos que hemos recibido el espíritu de adopción filial que nos hace hijos de Dios (cf. Rm 8,15-16). Esas pocas palabras condensan la riqueza de toda vocación cristiana: el gozo de sabernos hijos. Esta es la experiencia que sustenta nuestras vidas, la cual quiere ser siempre una respuesta agradecida a ese amor. ¡Qué importante es renovar día a día este gozo! Sobre todo en los momentos en que el gozo parece que se fue o el alma está nublada o hay cosas que no se entienden; ahí volverlo a pedir y renovar: “Soy hija, soy hija de Dios”.

Un camino privilegiado que tienen ustedes para renovar esta certeza es la vida de oración, oración comunitaria y personal. La oración es el núcleo de vuestra vida consagrada, vuestra vida contemplativa, y es el modo de cultivar la experiencia de amor que sostiene nuestra fe, y como bien nos decía la Madre Soledad, es una oración siempre misionera. No es una oración que rebota en los muros del convento y vuelve para atrás, no, es una oración que va y sale, y sale…

La oración misionera es la que logra unirse a los hermanos en las variadas circunstancias en que se encuentran y rezar para que no les falte el amor y la esperanza. Así lo decía santa Teresita del Niño Jesús: «Entendí que sólo el amor es el que impulsa a obrar a los miembros de la Iglesia y que, si faltase el amor, ni los apóstoles anunciarían ya el Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. Reconocí claramente y me convencí de que el amor encierra en sí todas las vocaciones, que el amor lo es todo, que abarca todos los tiempos y lugares, en una palabra, que el amor es eterno… En el corazón de la Iglesia, que es mi madre, yo seré el amor» [1]. Ojalá que cada una de ustedes pueda decir esto. Si alguna está media flojita y se le apagó el fueguito del amor, ¡pídalo!, ¡pídalo!. Es un regalo de Dios amor poder amar.

¡Ser el amor! Es saber estar al lado del sufrimiento de tantos hermanos y decir con el salmista: «En el peligro grité al Señor, y me escuchó, poniéndome a salvo» (Sal 117,5). Así vuestra vida en clausura logra tener un alcance misionero y universal y «un papel fundamental en la vida de la Iglesia. Rezan e interceden por muchos hermanos y hermanas presos, emigrantes, refugiados y perseguidos; por tantas familias heridas, por las personas en paro, por los pobres, por los enfermos, por las víctimas de dependencias, por no citar más que algunas situaciones que son cada día más urgentes. Ustedes son como aquellos amigos que llevaron al paralítico ante el Señor, para que lo sanara (cf. Mc 2,1-12). No tenían vergüenza, eran “sin vergüenza”, pero bien dicho. No tuvieron vergüenza de hacer un agujero en el techo y bajar al paralítico. Sean “sin vergüenza”, no tengan vergüenza de hacer con la oración que la miseria de los hombres se acerque al poder de Dios. Esa es la oración vuestra. Por la oración, día y noche, acercan al Señor la vida de muchos hermanos y hermanas que por diversas situaciones no pueden alcanzarlo para experimentar su misericordia sanadora, mientras que Él los espera para llenarlos de gracias. Por vuestra oración ustedes curan las llagas de tantos hermanos» [2].

Por eso mismo podemos afirmar que la vida de clausura no encierra ni encoge el corazón sino que lo ensancha ¡Ay! de la monja que tiene el corazón encogido. Por favor, busquen remedio. No se puede ser monja contemplativa con el corazón encogido. Que vuelva a respirar, que vuelva a ser un corazón grande. Además, las monjas encogidas son monjas que han perdido la fecundidad y no son madres; se quejan de todo, no sé, amargadas, siempre están buscando un “tiquismiquis” para quejarse. La santa Madre [Teresa di Gesù] decía: «!Ay! de la monja que dice: “hiciéronme sin razón, me hicieron una injusticia”. En el convento no hay lugar para las “coleccionistas de injusticias”, sino hay lugar para aquellas que abren el corazón y saben llevar la cruz, la cruz fecunda, la cruz del amor, la cruz que da vida.

El amor ensancha el corazón, y por tanto con el Señor vamos adelante, porque él nos hace capaz de sentir de un modo nuevo el dolor, el sufrimiento, la frustración, la desventura de tantos hermanos que son víctimas en esta «cultura del descarte» de nuestro tiempo. Que la intercesión por los necesitados sea la característica de vuestra plegaria. Con los brazos en alto como Moisés, con el corazón así hendido, pidiendo… Y cuando sea posible ayúdenlos, no sólo con la oración, sino también con el servicio concreto. Cuántos conventos de ustedes, sin faltar la clausura, respetando el silencio, en algunos momentos de locutorio pueden hacer tanto bien.

La oración de súplica que se hace en sus monasterios sintoniza con el Corazón de Jesús que implora al Padre para que todos seamos uno, así el mundo creerá (cf. Jn 17,21). ¡Cuánto necesitamos de la unidad en la Iglesia! Que todos sean uno. ¡Cuánto necesitamos que los bautizados sean uno, que los consagrados sean uno, que los sacerdotes sean uno, que los obispos sean uno! ¡Hoy y siempre! Unidos en la fe. Unidos por la esperanza. Unidos por la caridad. En esa unidad que brota de la comunión con Cristo que nos une al Padre en el Espíritu y, en la Eucaristía, nos une unos con otros en ese gran misterio que es la Iglesia. Les pido, por favor, que recen mucho por la unidad de esta amada Iglesia peruana porque está tentada de desunión. A ustedes le encomiendo la unidad, la unidad de la Iglesia, la unidad de los agentes pastorales, de los consagrados, del clero y de los obispos. El demonio es mentiroso y, además, es chismoso, le encanta andar llevando de un lado para otro, busca dividir, quiere que en la comunidad unas hablen mal de las otras. Esto lo dije muchas veces, así que me repito: ¿saben lo que es la monja chismosa? Es terrorista, peor que los de Ayacucho hace años, peor, porque el chisme es como una bomba, entonces va y “suif, suiff suiff” como el demonio, tira la bomba, destruye y se va tranquila. Monjas terroristas no, sin chismes. Ya saben que el mejor remedio para no chismeares morderse la lengua. La enfermera va a tener trabajo porque se les va a inflamar la lengua, pero no tiraron la bomba. O sea, que no haya chismes en el convento, porque eso lo inspira el demonio, porque es chismoso por naturaleza y es mentiroso. Y acuérdense de los terroristas de Ayacucho cuando tengan ganas de pasar un chisme.

Esfuércense en la vida fraterna, haciendo que cada monasterio sea un faro que pueda iluminar en medio de la desunión y la división. Ayuden a profetizar que esto es posible. Que todo aquel que se acerque a ustedes pueda pregustar la bienaventuranza de la caridad fraterna, tan propia de la vida consagrada y tan necesitada en el mundo de hoy y en nuestras comunidades.

Cuando se vive la vocación en fidelidad, la vida se hace anuncio del amor de Dios. Les pido que no dejen de dar ese testimonio. En esta Iglesia de Nazarenas Carmelitas Descalzas, me permito recordar las palabras de la Maestra de vida espiritual, santa Teresa de Jesús: «Si pierden la guía, que es el buen Jesús, nunca acertarán el camino». Siempre detrás de Él. “Ay, padre, pero a veces Jesús termina en el Calvario”. Pues andá vos ahí también, que ahí también te espera, porque te quiere. «Porque el mismo Señor dice que es camino; también dice el Señor que es luz, y que no puede nadie ir al Padre sino por Él»  [3].

Queridas hermanas, sepan una cosa: ¡la Iglesia no las tolera a ustedes, las necesita! La Iglesia las necesita. Con su vida fiel sean faros e indiquen a Aquel que es camino, verdad y vida, al único Señor que ofrece plenitud a nuestra existencia y da vida en abundancia [4].

Recen por la Iglesia, recen por los pastores, por los consagrados, por las familias, por los que sufren, por los que hacen daño y destruyen tanta gente, por los que explotan a sus hermanos. Y por favor, siguiendo con la lista de pecadores no se olviden, de rezar por mí. Gracias.

[1] Manuscritos autobiográficos, Lisieux (1957), 227-229.
[2] Const. ap. Vultum Dei quaerere, sobre la vida contemplativa femenina (29 junio 2016), 16.
[3] Libro de las Moradas, VI, cap. 7, n. 6.
[4] Cf. Const. ap. Vultum Dei quaerere, sobre la vida contemplativa femenina (29 junio 2016), 6.

© Librería Editorial Vaticano

Francisco se despide de Perú: “Cuiden la esperanza, permanezcan unidos”

1.300.000 personas en la Misa de Lima
El Papa bendice a los fieles peruanos (© Vatican Media)

(ZENIT – 21 enero 2018).- “Les invito a no tener miedo a ser los santos del siglo XXI. Tienen tantos motivos para esperar… lo he visto, lo he tocado en estos días. Por favor, cuiden la esperanza. Que no se la roben. Permanezcan unidos, los llevo en el corazón”, han sido las palabras de Francisco al despedirse de los peruanos.

El Papa ha celebrado la Eucaristía por última vez en su 22º viaje apostólico, el domingo, 21 de enero de 2018. La Misa ha tenido lugar a las 16:15 hora local (22:15 h. en Roma) en la base aérea Las Palmas, en Lima, capital de Perú.

La imagen del Señor de los Milagros ha presidido el altar. Esta antigua pintura de Cristo crucificado resistió al terremoto del año 600 y todos los posteriores, ha recibido la devoción y los pedidos de tantos devotos a lo largo de los años, es por ello que se llama el Señor de los Milagros.

1.300.000 personas

Más de 1 millón y 300.00 mil personas han participado en la última celebración eucarística presidida por el Papa Francisco en la base aérea de Las Palmas, en Lima, ha informado el Vaticano.

Una celebración solemne, con música clásica interpretada por una gran orquesta formada por músicos de todas las edades. Varias familias con hijos han llevado las ofrendas al altar para el Santo Padre, y diferentes fieles del país han proclamado las lecturas del Evangelio y el salmo.

“Chicos, no se desarraiguen”
El Papa ha insistido en que Perú es “tierra de esperanza” por los jóvenes, “los cuales no son el futuro, son el presente de Perú, a ellos les pido que descubran en la sabiduría de sus abuelos, de sus ancianos, el ADN que guió a sus grandes santos”, y les ha pedido a los chicos y chicas que “no se desarraiguen”.

“Les invito a no tener miedo a ser los santos del siglo XXI. Tienen tantos motivos para esperar… lo he visto, lo he tocado en estos días. Por favor, cuiden la esperanza. Que no se la roben. Permanezcan unidos. Les llevo en el corazón”.

Al final de la celebración, el Papa agradeció sus palabras al Card. Cipriani, y dio gracias por la acogida en Perú a los Obispos de Puerto Maldonado y de Trujillo, al Presidente de la Conferencia Episcopal, a sus hermanos, los obispos, y a todos los presentes.

Asimismo, el Papa agradeció a los organizadores, a todos los anónimos que “han hecho posible este viaje”, al Presidente Pedro Padre Kuczynski, a las autoridades civiles, y a los miles de voluntarios.

De modo especial, el Santo Padre ha agradecido su trabajo a los arquitectos que han diseñado los 3 altares lugares donde ha celebrado la Santa Misa. “¡Que Dios les conserve el buen gusto!”, ha manifestado Francisco.

“Una sociedad más honesta”

El Cardenal Juan Luis Cipriani, Arzobispo de Lima, le ha dedicado unas palabras al Pontífice al final de la celebración, especialmente haber visitado Puerto Maldonado y Trujillo, y le ha prometido sus oraciones, junto a la Virgen María, nuestra Madre.

El prelado peruano ha destacado que Francisco nos anima a construir “una sociedad más honesta y transparente, donde la corrupción no impida la atención a todos, especialmente a los más pobres, un santo pueblo de Dios que reclama su dignidad con esperanza y paz”.

Así, le ha regalado al Papa un mosaico de los santos peruanos. El Arzobispo de Lima ha comentado que “Son millones los que le han seguido por los medios de comunicación, a los que le agradecemos mucho por haber llegado a todos los hogares de los peruanos”.

Rosa Die Alcolea

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