Ángelus: «La Santa Navidad sea para todos una ocasión de fraternidad»

Palabras después del Ángelus.

RAQUEL ANILLO

(ZENIT).- Después del rezo del Ángelus el Santo Padre se ha dirigido a los peregrinos y fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, deseando que la Santa Navidad sea para todos una ocasión de fraternidad, de crecimiento en la fe y gestos de solidaridad con los necesitados.

Palabras del Papa después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Os saludo a todos vosotros, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de varios países.

En particular, saludo a la delegación de ciudadanos italianos que viven en territorios gravemente contaminados y que aspiran a una mejor calidad del medio ambiente y a una tutela justa de la salud.

Ángelus 22 diciembre 2019 (Foto: © Vatican Media)

Dentro de tres días será Navidad y dirijo mi pensamiento especialmente a las familias, a vuestras familias, que se reencuentran en estos días festivos: aquél que vive lejos de los padres parte y vuelve a casa; los hermanos intentan reunirse. Que la Santa Navidad sea para todos una ocasión de fraternidad, de crecimiento en la fe y de gestos de solidaridad hacia todos aquellos que están necesitados. Y que San José nos acompañe en este camino hacia la Navidad.

Os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta pronto.


Ángelus: «José confía totalmente en Dios»

Palabras del Papa antes de la oración.

(ZENIT).- A las 12 de la mañana de hoy, 22 de diciembre, el Santo Padre Francisco se asoma por la ventana del estudio del Palacio Apostólico del Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este cuarto y último domingo de Adviento, el Evangelio (cf. Mateo 1, 18-24) nos guía hacia la Navidad, a través de la experiencia de san José, una figura aparentemente de segundo plano, pero en cuya actitud está contenida toda la sabiduría cristiana. Él, junto con Juan Bautista y María, es uno de los personajes que la liturgia nos propone para el tiempo de Adviento; y de los tres es el más modesto. El que no predica, no habla, sino que trata de hacer la voluntad de Dios; y lo hace al estilo del Evangelio y de las Bienaventuranzas. Pensamos: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mateo 5, 3). Y José es pobre porque vive de lo esencial, trabaja, vive del trabajo; es la pobreza típica de quien es consciente de que depende en todo de Dios y pone en Él toda su confianza.

Ángelus, 22 Dic. 2019 (Foto: © Vatican Media)

La narración del Evangelio de hoy presenta una situación humanamente vergonzosa y conflictiva. José y María están comprometidos; todavía no viven juntos, pero ella está esperando un hijo por obra de Dios. José, ante esta sorpresa, naturalmente permanece perturbado pero, en lugar de reaccionar de manera impulsiva y punitiva – como era costumbre,  la ley lo protegía – busca una solución que respete la dignidad y la integridad de su amada María. El Evangelio lo dice así: «Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto» (v. 19). José sabía que si denunciaba a su prometida, la expondría a graves consecuencias, incluso a la muerte. Tenía plena confianza en María, a quien eligió como su esposa. No entiende, pero busca otra solución.

Esta circunstancia inexplicable le llevó a cuestionar su compromiso; por eso, con gran sufrimiento, decidió separarse de María sin crear escándalo. Pero el Ángel del Señor interviene para decirle que la solución que él propone no es la deseada por Dios. Por el contrario, el Señor le abrió un nuevo camino, un camino de unión, de amor y de felicidad, y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo» (v. 20).

En este punto, José confía totalmente en Dios, obedece las palabras del Ángel y se lleva a María con él. Fue precisamente esta confianza inquebrantable en Dios la que le permitió aceptar una situación humanamente difícil y, en cierto sentido, incomprensible. José entiende, en la fe, que el niño nacido en el seno de María no es su hijo, sino el Hijo de Dios, y él, José, será su guardián, asumiendo plenamente su paternidad terrenal. El ejemplo de este hombre gentil y sabio nos exhorta a levantar la vista, a mirar más allá. Se trata de recuperar la sorprendente lógica de Dios que, lejos de pequeños o grandes cálculos, está hecha de apertura hacia nuevos horizontes, hacia Cristo y Su Palabra.

Que la Virgen María y su casto esposo José nos ayuden a escuchar a Jesús que viene, y que pide ser acogido en nuestros planes y elecciones.


Audiencia General del 18.12.2019, Catequesis completa: El pesebre, “invitación a Jesús para que venga a nuestra vida”

Prepararse para la Navidad.     

(ZENIT).- “Cuando hacemos el belén en casa, es como si abriéramos la puerta y dijéramos: ‘Jesús, ¡entra!’, es hacer concreta esta cercanía, esta invitación a Jesús para que venga a nuestra vida. Porque si Él habita nuestra vida, la vida renace. Y si la vida renace es de verdad Navidad. ¡Feliz Navidad a todos!”.

Estas palabras fueron pronunciadas por el Santo Padre el 18 de diciembre de 2019, en la audiencia general celebrada en el Aula Pablo VI.

La catequesis del Santo Padre trató sobre la Navidad, “El belén, evangelio doméstico”, basándose en el pasaje del evangelio según san Mateo 2, 15-16.

«Celebrar la cercanía de Dios»

Audiencia General en el Aula Pablo VI, 18 Dic. 2019 (Foto: © Vatican Media)

El Papa Francisco recomendó “hacer el belén” como modo de prepararse para el Nacimiento de Jesús y remitió a su Carta Admirabile signum (Signo admirable) sobre el significado del pesebre. Para él, el pesebre es “como un Evangelio vivo”, porque lo lleva “a los lugares en los que uno vive” y recuerda algo esencial: “que Dios no permaneció invisible en el cielo, sino que vino a la Tierra, se hizo hombre, un niño”.

“Hacer el pesebre es celebrar la cercanía de Dios. Dios siempre estuvo cerca de su pueblo, pero cuando se encarnó y nació, estuvo muy cerca, muy cerca. Hacer el belén es celebrar la cercanía de Dios, es redescubrir que Dios es real, concreto, vivo y palpitante” y  “el Niño en el pesebre nos transmite su ternura”, describió Francisco.

Invitación a la contemplación

El belén, prosiguió, es también un “Evangelio doméstico”, pues “el pesebre que hacemos en casa, donde compartimos comida y afecto, nos recuerda que Jesús es el alimento, el pan de vida (cf. Jn 6,34). Es Él quien alimenta nuestro amor, es Él quien da a nuestras familias la fuerza para seguir adelante y perdonarnos”.

Asimismo, el pesebre nos invita “a la contemplación”, a considerar “la importancia de detenernos”: “Porque solo cuando sabemos recogernos podemos acoger lo que cuenta en la vida. Sólo si dejamos el estruendo del mundo fuera de nuestras casas nos abrimos a escuchar a Dios, que habla en silencio”, indicó el Papa.

El belén es también una “imagen artesanal de la paz” en un mundo como el actual “cuando cada día se fabrican en el mundo tantas armas y tantas imágenes violentas que entran por los ojos y el corazón”, apuntó.

No estamos solos

Por último, el Pontífice, destacó una enseñanza sobre el sentido mismo de la vida en el belén: “El pesebre nos recuerda que Jesús viene a nuestra vida concreta. Y esto es importante. Hacer un pequeño belén, en casa, siempre, porque es el recuerdo de Dios que vino entre nosotros, nació entre nosotros, nos acompaña en la vida, es hombre como nosotros, se hizo hombre como nosotros. En la vida diaria ya no estamos solos, Él vive con nosotros”.

Y agregó que todo esto, “no cambia mágicamente las cosas pero, si lo acogemos, todo puede cambiar”.

LARISSA I. LÓPEZ

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Dentro de una semana será Navidad. En estos días, mientras corremos para hacer los preparativos de la fiesta, podemos preguntarnos: «¿Cómo me preparo para el nacimiento del festejado? Un modo sencillo pero eficaz de prepararse es hacer el belén  Este año yo también he seguido este camino: fui a Greccio, donde San Francisco hizo el primer belén, con los lugareños. Y escribí una carta para recordar el significado de esta tradición, lo que significa el belén en el tiempo de Navidad.

En efecto, el pesebre «es como un Evangelio vivo» (Carta apostólica Admirabile signum), 1). Lleva el Evangelio a los lugares donde uno vive: a las casas, a las escuelas, a los lugares de trabajo y de reunión, a los hospitales y a las residencias de ancianos, a las cárceles y a las plazas. Y allí donde vivimos nos recuerda algo esencial: que Dios no permaneció invisible en el cielo, sino que vino a la Tierra, se hizo hombre, un niño. Hacer el pesebre es celebrar la cercanía de Dios. Dios siempre estuvo cerca de su pueblo, pero cuando se encarnó y nació, estuvo muy cerca, muy cerca. Hacer el belén es celebrar la cercanía de Dios, es redescubrir que Dios es real, concreto, vivo y palpitante. Dios no es un señor lejano ni un juez distante, sino Amor humilde, descendido hasta nosotros. El Niño en el pesebre nos transmite su ternura. Algunas figuritas representan al «Niño» con los brazos abiertos, para decirnos que Dios vino a abrazar nuestra humanidad. Entonces es bonito estar delante del pesebre y allí confiar nuestras vidas al Señor, hablarle de las personas y situaciones que nos importan, hacer con Él un balance del año que está llegando a su fin, compartir nuestras expectativas y preocupaciones.

Junto a Jesús vemos a la Virgen y a San José. Podemos imaginar los pensamientos y sentimientos que tuvieron cuando el Niño nació en la pobreza: alegría, pero también consternación. Y también podemos invitar a la Sagrada Familia a nuestra casa, donde hay alegrías y preocupaciones, donde cada día nos levantamos, comemos y dormimos cerca de nuestros seres queridos. El pesebre es un evangelio doméstico. La palabra pesebre significa literalmente «comedero», mientras que la ciudad del pesebre, Belén, significa «casa del pan». El pesebre que hacemos en casa, donde compartimos comida y afecto, nos recuerda que Jesús es el alimento, el pan de vida (cf. Jn 6,34). Es Él quien alimenta nuestro amor, es Él quien da a nuestras familias la fuerza para seguir adelante y perdonarnos.

El pesebre nos ofrece otra enseñanza de vida. En los ritmos de hoy, a veces frenéticos, es una invitación a la contemplación. Nos recuerda la importancia de detenernos. Porque sólo cuando sabemos recogernos podemos acoger lo que cuenta en la vida. Sólo si dejamos el estruendo del mundo fuera de nuestras casas nos abrimos a escuchar a Dios, que habla en silencio. El pesebre es actual, es la actualidad de cada familia. Ayer me dieron una foto de un belén especial, uno pequeño, llamado: «Dejemos descansar a mamá». Allí estaba la Virgen dormida y José con el Niño, que hacía que se durmiera. Cuántos de vosotros tienen que repartir la noche entre marido y mujer por el niño o la niña que llora, llora, llora, llora. «Dejemos que mamá descanse» es la ternura de una familia, de un matrimonio.

El pesebre es más actual que nunca, cuando cada día se fabrican en el mundo tantas armas y tantas imágenes violentas que entran por los ojos y el corazón. El pesebre es, en cambio, una imagen artesanal de la paz. Por eso es un evangelio vivo.

Queridos hermanos y hermanas, del pesebre podemos sacar también una enseñanza sobre el sentido mismo de la vida. Vemos escenas cotidianas: los pastores con las ovejas, los herreros que baten el yunque, los molineros que hacen pan; a veces se insertan paisajes y situaciones de nuestros territorios. Está bien, porque el pesebre nos recuerda que Jesús viene a nuestra vida concreta. Y esto es importante. Hacer un pequeño belén, en casa, siempre, porque es el recuerdo de Dios que vino entre nosotros, nació entre nosotros, nos acompaña en la vida, es hombre como nosotros, se hizo hombre como nosotros. En la vida diaria ya no estamos solos, Él vive con nosotros. No cambia mágicamente las cosas pero, si lo acogemos, todo puede cambiar. Os deseo, entonces, que hacer el pesebre sea la ocasión de invitar a Jesús a la vida. Cuando hacemos el belén en casa, es como si abriéramos la puerta y dijéramos: «Jesús, ¡entra!”, es hacer concreta esta cercanía, esta invitación a Jesús para que venga a nuestra vida. Porque si Él habita nuestra vida, la vida renace. Y  si la vida renace es de verdad Navidad. ¡Feliz Navidad a todos!

© Librería Editorial Vaticana


Navidad: “Hacer el belén” para preparar el Nacimiento de Jesús

Palabras del Papa en español.

(ZENIT).- “¿Cómo nos estamos preparando para el Nacimiento de Jesús? Un modo sencillo es ‘hacer el belén’”, dijo el Santo Padre.

El18 de diciembre de 2019, en la audiencia general, celebrada en el Aula Pablo VI, el Papa Francisco ha dedicado su catequesis a reflexionar en torno a la llegada de la Navidad, recordando su Carta Admirabile signum (Signo admirable), en torno a la tradición del pesebre.

Evangelio vivo y doméstico
Por un lado, para Francisco, el pesebre constituye un “Evangelio vivo” que recuerda que “Dios se ha hecho hombre” y “es bonito detenerse delante del nacimiento y confiar al Señor las personas, las situaciones, las preocupaciones que llevamos dentro”.

Por otro, constituye un “Evangelio doméstico”. En el “pesebre” es donde comen los animales y “Belén” significa “casa de pan”. Estas dos palabras “nos evocan que Jesús es el alimento fundamental para nuestra existencia; es el pan de vida”, explicó el Papa.

Imagen artesanal de la paz
Igualmente, el belén supone una “invitación a la contemplación”: “Ante una sociedad frenética, el belén nos hace dirigir nuestra mirada a Dios, que es pobre de cosas, pero rico de amor, y nos invita a invertir en lo importante, no en la cantidad de bienes, sino en la calidad de los afectos”, indicó el Pontífice.

Finalmente, el Obispo de Roma afirmó que el belén es una “imagen artesanal de la paz” ante la violencia e individualismo imperante: “En el pesebre todos convergen en Jesús, que es Príncipe de la paz. Y donde está Jesús hay armonía, y nos dice que no estamos solos, porque Él está con nosotros, dándonos una vida nueva”, concluyó.

El Papa Francisco cumple 83 años

En su séptimo año de pontificado.

(ZENIT).- El 17 de diciembre de 2019, el Santo Padre cumplió 83 años. Se trata del séptimo cumpleaños de Jorge Mario Bergoglio como Pontífice.

En este día, desde el mundo entero, llegan miles de correos electrónicos a la dirección puesta a disposición de los fieles para la ocasión, así como cartas de los niños. Igualmente, millones de personas emplean las redes sociales para enviar su felicitación al Obispo de Roma.

También es habitual que reciba los mensajes de personalidades y de líderes religiosos, así como del papa emérito, Benedicto XVI.

Abolición del secreto pontificio
Coincidiendo con su 83º aniversario, en su línea de transparencia ante la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia, Francisco ha abolido el secreto pontificio para los casos de violencia sexual y abuso de menores y ha introducido cambios en las “normas sobre los delitos más graves”.

La Santa Sede ha hecho públicos dos documentos en los que se describen dichas modificaciones: la instrucción Sobre la confidencialidad de las causas, y el rescripto con el que se incluyen algunas modificaciones a las “Normae de gravioribus delictis” (normas sobre los delitos más graves).

El año 2019 del Papa
El Papa Francisco comenzó el año viajando a Panamá para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. A lo largo de los meses ha realizado varios viajes apostólicos, acudiendo a países como Marruecos, Bulgaria, Macedonia del Norte, Rumanía, Mozambique, Madagascar, Mauricio, Tailandia y Japón.

Del mismo modo, en febrero, junto al Gran Imán de Al-Azhar, firmó el documento “Fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, que representa un paso relevante en el diálogo entre cristianos y musulmanes y un signo de paz y esperanza para el futuro de la humanidad.

Sínodo Amazónico y Carta sobre el pesebre
En el mes de octubre, tuvo lugar el Sínodo de la Amazonía, convocado por Francisco. Se trata de un gran proyecto eclesial, cívico y ecológico destinado a reflexionar sobre el tema “Amazonía: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral” y que tuvo como resultado un documento final, votado por 181 padres sinodales.

El 1 de diciembre, Francisco acudió a Greccio, en Italia, lugar donde san Francisco de Asís puso el primer pesebre. Allí firmó la Carta Admirabile signum (Signo admirable), sobre el significado del pesebre. En ella explica el significado de los diferentes elementos del pesebre y anima a que esta tradición sea “redescubierta y revitalizada”.

En este 83º cumpleaños del Papa Francisco conviene recordar que la petición de oraciones por él es constante en sus discursos: “Por favor, no os olvidéis rezar por mí”, repite el Obispo de Roma.

Biografía del Santo Padre
Jorge Mario Bergoglio nació en Buenos Aires, Argentina, en 1936, hijo de emigrantes italianos. El joven Jorge descubrió su vocación el 21 de septiembre de 1953, día en el que se celebra la memoria de san Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió cuando Jesús le invitó a seguirle.

Durante una confesión tuvo una profunda experiencia de la misericordia de Dios, algo que le condujo a tomar la decisión de ser sacerdote. En 1958 entró en el seminario y optó por realizar su noviciado en la Compañía de Jesús.

Ordenaciones y creación como cardenal
Recibió la ordenación sacerdotal el 13 de diciembre de 1969 con la imposición de manos del arzobispo de Córdoba, Mons. Ramón José Castellano.

En 1973 fue nombrado provincial de los jesuitas de Argentina. En 1992 recibió la ordenación episcopal y en 1998 fue nombrado arzobispo de Buenos Aires, primado de Argentina. En el consistorio del 21 de febrero de 2001, san Juan Pablo II lo creó cardenal.

Elección como Papa
El 13 de marzo de 2013, el ya Card. Jorge Mario Bergoglio, se convirtió en el primer Papa procedente del continente americano.

También fue el primer jesuita y pionero en elegir el nombre de Francisco, en honor al santo de Asís. Este tuvo como amigos a los pobres, los últimos, los enfermos, las criaturas de la Tierra, la Hermana Luna y el Hermano Sol y paz del corazón entre hombres y naciones,»amigos» que inspirarán las palabras y los gestos de su Pontificado, indica Vatican News.

LARISSA I. LÓPEZ

Papa Francisco (Foto: © Vatican Media)

Padre Fiorito: Discernimiento y profecía para «comunicar bien las gracias del Señor»

Discurso completo de Francisco.

(ZENIT).- El Santo Padre destacó que el sacerdote jesuita Miguel Ángel Fiorito (1916-2005), era un «farmacéutico de almas» que poseía «el carisma del discernimiento y de la profecía, en el sentido de comunicar bien las gracias del Señor que uno experimenta en su propia vida».

El pasado viernes, 13 de diciembre de 2019, el Papa Francisco presentó los 5 volúmenes de Escritos del jesuita Miguel Ángel Fiorito, padre espiritual del Pontífice, en la Casa General de la Compañía de Jesús.

Se trata de una obra editada por el padre jesuita José Luis Narvaja y publicada por Civiltà Cattolica.

El Papa Francisco repasó algunos momentos históricos de su trayectoria, expresando su gratitud y destacando las principales aportaciones y características que presentaba la figura de este formador de la Compañía de Jesús al que, como reza el título de sus escritos, considera «maestro del diálogo».

Discurso completo del Santo Padre

Presentación de los Escritos del Padre Fiorito, 13 Dic. 2019 (Foto: © Vatican Media)

Cuando el padre Spadaro me dio los cinco volúmenes con los Escritos del Maestro Fiorito – como familiarmente lo llamábamos los jesuitas de Argentina y Uruguay-, y habló de una posible presentación de esta edición de La Civiltà Cattolica, preparada por el padre José Luis Narvaja, me nació el deseo de hacerlo en persona. Así se lo expresé espontáneamente: “Y por qué no pensar en que la presentación la haga uno de sus discípulos?” “Quién puede ser”, me preguntó. “Yo”, le dije. Y acá estamos!

En su introducción, José Luis profundiza en la figura del padre Fiorito como «Maestro del diálogo». Me gustó ese título porque describe bien al Maestro con una paradoja, porque Fiorito hablaba poco, poniendo de relieve su gran capacidad de escucha -una escucha discernidora-, que es una de las columnas del diálogo.

Me remito, pues, a este estudio preliminar que trata todos los aspectos del diálogo tal como lo practicaba y enseñaba el padre Fiorito: el diálogo entre maestro y discípulos en el espíritu común de la Escuela, el diálogo con los autores y los textos, el diálogo con la historia y con Dios. Le tomo dos puntos que son los que me ayudaron a estructurar esta presentación, extendiendo algunas de las reflexiones que hago en el Prólogo, en el primer volumen.

Un punto es la expresión que usa Fiorito en su artículo sobre «La academia de Platón como Escuela ideal»: «Magister dixerit» («el Maestro diría…»[1]). Ante una nueva dificultad, no prevista como tal en lo que «el Maestro dijo», el buen discípulo, que se siente responsable del valor de la doctrina recibida, sabe ingeniárselas para defenderla y afirma: «el Maestro diría…»[2].

Al releer artículos pensaba qué diría el Maestro en una ocasión como esta. No tanto «qué diría» sino «cómo» lo diría. Aquí me inspiró otra cosa que destaca Narvaja y es que a Fiorito le gustaba considerarse un comentarista, en el sentido preciso de la palabra: uno que «comenta co-pensando (com-mentum); es decir, pensando junto con el (otro) autor[3]».

Lo mío quiere ser hoy, por tanto, un comentario: un pensar con Fiorito, con Narvaja, algunas cosas que me hicieron mucho bien y pueden ayudar a otro. Me muevo con libertad por los textos, ya que esa es la gracia que nos regala el trabajo realizado de editarlos todos juntos y con el aparato crítico adecuado.

Qué se preguntaría Fiorito acerca de una edición como esta de sus Escritos? Quizás en primer lugar, si valdría la pena ya que él no es un autor conocido, salvo quizás en un ámbito restringido de estudiosos de San Ignacio. Pero sí creo que estaría de acuerdo en que sus Escritos pueden interesar a los que acompañan espiritualmente y dan los Ejercicios, ya que se trata de gente siempre deseosa de encontrar quién los pueda ayudar de manera práctica a guiar a otros y dar los Ejercicios con más fruto.

Fiorito no hizo mucho por darse a conocer a sí mismo, pero como buen maestro, hizo conocer muchos buenos autores a sus discípulos. Más aún: nos hacía gustar lo mejor de los mejores, eligiendo textos selectos y comentándolos en el Boletín de Espiritualidad de la provincia jesuítica en Argentina que publicaba mensualmente. Era un hombre siempre a la pesca de los signos de los tiempos, atento a lo que el Espíritu dice a la Iglesia para bien de los hombres, en la voz de una gran variedad de autores, actuales y clásicos, y los textos que comentaba respondían a las inquietudes -no solo las del momento, sino también las más hondas- y despertaban propuestas nuevas, creativas. En este sentido, seguir dando a conocer a los que él daba a conocer, le parecería valioso.

Fue en un encuentro con los jesuitas de Myanmar y de Bangladesh que mencioné su nombre, creo que por primera vez. Uno de los jesuitas, un formador, me había preguntado qué modelo proponía para un jesuita joven y me vinieron dos imágenes, una de uno, no muy positiva, la otra en cambio sí y era de Fiorito. “Era un professore di filosofia, preside della Facoltà, ma amava la spiritualità. E insegnava a noi studenti la spiritualità di sant’Ignazio. È stato lui a insegnarci la via del discernimento[4]”. Recuerdo que dije que deseaba mencionarlo allí en Myanmar, porque creía que nunca se hubiera imaginado que su nombre pudiera ser citado en aquellas partes tan lejanas. Menos que menos -imagínense- en un acontecimiento como el de hoy!

Sin embargo, sí estará contento, estoy seguro, de que sus Escritos hayan sidos editados por uno de sus discípulos. Y de que sean presentados hoy por otro. El verdadero maestro en sentido evangélico se alegra de que sus discípulos lleguen a ser también ellos maestros y él mismo conserva siempre su condición de discípulo.

Como hace ver Narvaja, fue Fiorito quien nos transmitió ese «espíritu de escuela» en el que «‹la propiedad intelectual tiene sentido comunitario›, pues ‹ningún discípulo se siente tan dueño de la herencia de su maestro, que quiera excluir de ella a los demás. Al contrario, la quiere comunicar, multiplicando los poseedores felices del mismo tesoro espiritual. Más aún, quiere comunicar la misma comunicabilidad». Citaba aquí Fiorito la luminosa expresión de Agustín al respecto, en su «De doctrina Christiana (I 1): ‹Todo objeto que no disminuye cuando se da, mientras se tiene y no se da, no se tiene como debe ser tenido[5]›».

Presentar los Escritos en este recinto de la Curia General es para mí una manera de expresar el agradecimiento que tengo por todo lo que la Compañía de Jesús me ha dado y ha hecho por mí. En la persona del Maestro Fiorito están incluidos tantos jesuitas que fueron mis formadores, y aquí quiero hacer una mención especial a tantos hermanos coadjutores, Maestros con el ejemplo alegre de permanecer siendo simples servidores toda la vida.

Al mismo tiempo es un modo también de agradecer y de animar a tantos hombres y mujeres que, fieles al carisma del acompañamiento espiritual, guían, sostienen y alientan a sus hermanos en esta tarea que en la reciente Carta a los sacerdotes describí como el camino que conlleva “hacer la experiencia de saberse discípulos[6]”. No solo serlo -que ya es tanto- sino también saberlo (reflexionando a menudo sobre esta gracia para sacar provecho, como dice Ignacio en los Ejercicios), porque esta conciencia de que el Señor no enseña ni solo ni desde una cátedra lejana, sino que hace “Escuela” y enseña rodeado de discípulos que a su vez son maestros de otros, vuelve fecunda su Palabra y la multiplica.

Como digo en el Prólogo: “La edición de los Escritos del padre Miguel Ángel Fiorito es motivo de consolación para los que fuimos y somos sus discípulos y nos nutrimos de sus enseñanzas. Son escritos que harán un gran bien a toda la Iglesia”. Así lo creo.

Un poco de historia

Para los jesuitas argentinos, releer los textos de estos volúmenes es releer nuestra historia: incluyen setenta años de nuestra vida de familia y el orden cronológico en el que aparecen nos permite evocar su contexto. No solo el inmediato y particular, sino también el más amplio, el de la Iglesia universal, que Fiorito, siguiendo a Hugo Rahner llama “la metahistoria de una espiritualidad[7]”.

“Existe una metahistoria, que no se descubre a veces directamente en documentos, pero que se basa en la identidad de una inteligencia mística, y se debe a la acción continua de un mismo Espíritu Santo, invisiblemente presente en su Iglesia visible, y que es la razón última, pero trascendente, de esa homogeneidad espiritual” que se da entre cristianos diversos de distintas épocas. Fiorito hace suya la perspectiva desde la cual un santo, a quien canonicé recientemente, como John Henry Newman, contemplaba a la Iglesia: “Jamás pierde la Iglesia católica lo que una vez poseyó (…) En lugar de pasar de una fase de la vida a la otra, Ella lleva consigo su juventud y su madurez en su misma vejez. No ha cambiado la Iglesia sus posesiones, sino que las ha acumulado y, según la ocasión, extrae de su tesoro cosas nuevas o cosas viejas [8]”.

En esta dinámica extraigo aquí algunas fechas y publicaciones significativas a manera de ejemplo.

Conocí a Fiorito en el año 1961, al regreso de mi juniorado en Chile. Era profesor de Metafísica en el Colegio Máximo de San José, nuestra casa de formación en San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Desde entonces comencé a confiarle mis cosas, a dirigirme con él. Se encontraba en un proceso profundo que lo habría llevado a dejar de enseñar filosofía para dedicarse totalmente a escribir de espiritualidad y a dar Ejercicios. El volúmen II, en el año 1961-62, incluye un sólo artículo: «El Cristocentrismo del Principio y Fundamento de San Ignacio[9]. Uno solo, pero que para mí fue inspirador. Allí comencé a familiarizarme con algunos autores que me acompañan desde entonces: Guardini, Hugo Rahner, con su libro sobre la génesis histórica de la espiritualidad de san Ignacio[10], Fessard y su «Dialéctica de los Ejercicios».

Fiorito hacía notar, en aquel entonces, «la coincidencia de la imagen del Señor, sobre todo en San Pablo, tal cual la explica Guardini y la imagen del Señor, tal cual creemos nosotros encontrarla en los Ejercicios de san Ignacio[11]». Sostenía Fiorito que en el Principio y fundamento no se trataba solo de Cristocentrismo sino de una verdadera «Cristología en germen». Y mostraba cómo cuando Ignacio usa la expresión «Dios nuestro Señor», está hablando concretamente de Cristo, del Verbo hecho carne, Señor no solo de la historia, sino también de nuestra vida práctica.

Destaco también la figura de Hugo Rahner. No me resisto a transcribir algunos párrafos en que el Maestro, que era parco para hablar y doblemente parco para hablar de sí, cuenta su conversión a la espiritualidad. Lo cuento porque marcó toda una etapa de la vida de nuestra Provincia y marca lo que en mi pontificado tiene que ver con el discernimiento y el acompañamiento espiritual.

«Yo por mi parte -escribía Fiorito en 1956- confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos desde que hice mis primeros Ejercicios Espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizando en dos términos de una opción personal. (…) (Venía pensando, dice…) «Hasta que la lectura de un libro, venido a mis manos de la manera más vulgar y prosaica -como libro de lectura para aprender alemán- fue para mí, no digamos la revelación luminosa de una posibilidad de expresión, sino la expresión acabada de aquel ideal hacía tiempo intuido». Fiorito agrega que: «Lo que hubiera debido ser mi trabajo de muchos años, era la instantánea aceptación de los resultados de un trabajo ajeno».

Hugo Rahner hizo cuajar en el alma del maestro -y él luego en la de muchos otros- tres gracias: la del «magis ignaciano, que era la marca de la capacidad anímica de Ignacio y el margen sin límites de sus aspiraciones; la del discernimiento de espíritus, que le permitía al santo encauzar esa potencia, sin tanteos inútiles ni tropiezos. Y la de la charitas discreta, que así afloraba en el alma de Ignacio como contribución personal en la lucha que se venía trabando entre Cristo y Satanás; y cuya línea de combate no estaba fuera del santo, sino que pasaba por el medio de su misma alma, divida así en dos yo, que eran las dos únicas alternativas posibles para su opción fundamental[12]». De aquí sacará Fiorito no solo el contenido sino el estilo de sus «comentarios», como decíamos al comienzo.

Otra fecha: 1983. Fue el año de la Congregación General XXXIII en la que escuchamos las últimas homilías del Padre Arrupe. Fiorito escribió sobre la «Paternidad y discreción espiritual[13]». Tomo este artículo porque allí da una definición de lo que quiere significar cuando utiliza el término «espiritual». He usado el término al hablar de su conversión a «la espiritualidad» y me parece que retomar aquella definición ayuda puesto que al sentir esta palabra muchas veces en la actualidad se la interpreta de manera reductiva. Fiorito la tomaba de Orígenes para quien: «Hombre espiritual es aquel en que se juntan ‘teoría’ y ‘práctica’; cuidado del prójimo y carisma espiritual en bien del prójimo. Y entre estos carismas -hacía ver Fiorito- Orígenes recalca sobre todo el carisma que llama diakrisis, o sea, el don de discernir la variedad de espíritu(s)[14]…». Fiorito desarrolla en el artículo lo que es y lo que requiere la paternidad y la maternidad espiritual. Qué se necesita para serlo? se pregunta: «Tener dos carismas: el discernimiento de espíritus o discreción y el poder comunicarlo de palabra en la conversación espiritual[15]». No basta el discernimiento, las ideas justas y discretas hay que saberlas expresar; si no, no están al servicio de los demás[16]». Este es el carisma de la «profecía», entendida no como el conocimiento del futuro sino como la comunicación de una experiencia espiritual personal.

La última vez que lo vi fue poco antes de su muerte, que ocurrió el 9 de agosto del 2005. Recuerdo que era un domingo temprano y hacía poco que había sido su cumpleaños. Estaba internado en el Hospital Alemán. Desde hacía varios años que ya no hablaba. Solo miraba. Intensamente. Y lloraba. Con lágrimas mansas que comunicaban la intensidad con que vivía los encuentros con cada uno. Fiorito tenía el don de lágrimas, que es expresión de consolación espiritual[17].

Hablando de la mirada del Señor en la primera semana de Ejercicios Fiorito comentaba la importancia que les daba San Benito a las lágrimas y decía que: «Las lágrimas son un signo apenas perceptible de la dulzura de Dios que casi no se manifiesta en lo exterior, pero que no cesa de impregnar el corazón en el recogimiento[18]».

Me viene al corazón algo que puse en Gaudete et exsultate: «La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo» (GE 76).

Tenía, además, (esto como anécdota simpática) el don del bostezo. Cuando le estabas dando cuenta de conciencia a veces el Maestro comenzaba a bostezar. Lo hacía ostensiblemente, sin ocultarlo. Y no era que se aburriera, sino que le venía y él decía que a veces «te sacaba el mal espíritu». Expandiendo el alma contagiosamente, como hace el bostezo a nivel físico, tenía ese efecto a nivel espiritual.

Maestro del diálogo

Comento libremente algunas cosas que me sugiere el título de Maestro del diálogo. En la Compañía, el nombre de Maestro es un nombre especial, lo reservamos al Maestro de Novicios y al Instructor de Tercera Probación. El padre General lo había nombrado instructor de Tercera probación, y lo fue por muchos años. Nunca fue maestro de novicios pero como Provincial lo destiné a vivir en el noviciado; era hombre de consejo para el maestro y un referente para los novicios.

Ser maestro, ejercer el “munus docendi”, no consiste solo en transmitir el contenido de las enseñanzas del Señor, en su pureza e integridad, sino en que estas enseñanzas, inculcadas con el mismo Espíritu con que se reciben, “hagan discípulos”, transformen a los que las escuchan en seguidores de Jesús, en discípulos misioneros, libres, no prosélitos, apasionados por recibir, practicar y salir a anunciar las enseñanzas del único Maestro como él nos mandó: a los hombres y mujeres de todos los pueblos.

El verdadero maestro, en sentido evangélico, siempre es discípulo. El Señor en Lucas, hablando de los ciegos que quieren guiar a otros ciegos, como imagen de lo que sería un “anti-maestro”, dice: “El discípulo no está por encima de su maestro, sino que bien ejercitado, llegará a ser cómo su maestro” (Lc 6, 40).

Me gusta entender así este pasaje: no ponerse por encima del maestro no es solo no ponerse por encima de Jesús -nuestro único Maestro-, sino tampoco ponermos por encima de nuestros maestros humanos. Es de buen discípulo honrar a su maestro, incluso cuando como discípulos nos toca llevar más adelante alguna enseñanza, o más bien, precisamente allí, ya que el progreso en el conocimiento es posible porque el buen maestro sembró la semilla haciendo hincapié, con su estilo propio, en que es semilla viva, que crece y se supera. Y cuando discernimos bien lo que el Espíritu dice aplicando el evangelio en el momento y de la manera oportuna para salvación de alguien, somos “como el maestro”. El Señor aplica esta afirmación a ese tipo de enseñanza que no consiste solo en palabras sino en obras de misericordia. Fue en su lavatorio de los pies que el Maestro dijo que si, sabiendo estas cosas, obramos como Él, seremos como Él (Cfr. Jn 13, 14-15).

A propósito de la misericordia: Los escritos de Fiorito destilan misericordia espiritual – enseñanzas para el que no sabe, buenos consejos para el que los ha menester, corrección para el que yerra, consolación para el triste y ayudas para estar en paciencia en la desolación «sin hacer mudanza», como dice San Ignacio-, gracias todas que conforman y se sintetizan en esa gran obra de misericordia espiritual que es el discernimiento. El discernimiento nos sana de la enfermedad más triste y digna de compasió: la ceguera espiritual, que nos impide reconocer el tiempo de Dios, el tiempo de su visita.

Algunas características particulares del Maestro Fiorito

Una característica que sobresale en Fiorito la describiría con esta expresión: en el acompañamiento espiritual, cuando le contabas tus cosas, él «se tenía fuera». Te reflejaba lo que te pasaba y luego te daba libertad, no exhortaba ni hacía juicios. Te respetaba. Creía en la libertad.

Al decir que «se tenía fuera» no me refiero a que no se interesara o no se conmoviera con tus cosas, sino que se mantenía fuera, en primer lugar, para poder escuchar bien. Fiorito era maestro del diálogo antes que nada escuchando. El tenerse fuera del problema era su modo de dar espacio a la escucha, para que uno pudiera decir todo lo que tenía adentro, sin interrupciones, sin preguntas… Te dejaba hablar.

Escuchaba poniendo el corazón a disposición, para que el otro pudiera sentir, en la paz que el Maestro tenía, lo que inquietaba al suyo. De manera tal que a uno le daban ganas de “ir a conferir con Fiorito”, como decíamos, de “ir a contarle”, cada vez que uno sentía lucha espiritual en su interior, movimientos encontrados de espíritus con respecto a alguna decisión que debía afrontar. Sabíamos que le apasionaba escuchar de estas cosas, tanto o más de lo que al común de la gente le apasiona escuchar las últimas noticias. Ir a conferir con Fiorito era una frase habitual en el Máximo. La decíamos los superiores, nos la decíamos a nosotros mismos y se lo recomendábamos a los que estaban en formación.

El “tenerse fuera”, además de cuestión de escucha, era una actitud de señorío ante los conflictos, un modo de poner distancia para no quedar envuelto en ellos, cosa que sucede a menudo y hace que el que tendría que escuchar y ayudar, entre en cambio a formar parte del problema, tomando posición o mezclando sus sentimientos y perdiendo objetividad.

En este sentido, sin pretensiones teóricas, sino de manera práctica, Fiorito fue el gran «desideologizador» de la Provincia en una época muy ideologizada.

Desideologizó despertando la pasión por dialogar bien, con un mismo, con los otros y con el Señor. Y a “no dialogar” con la tentación, a no dialogar con el mal espíritu, con el Maligno.

La ideología siempre es un monólogo con una sola idea y Fiorito ayudaba a distinguir las voces del bien y del mal; de la propia voz y eso abría la mente porque abría el corazón a Dios y a los demás.

En el diálogo con los demás, una habilidad que tenía era la de «pescar» y hacer ver al otro la tentación del mal espíritu en una palabra o en un gesto, de esos que se cruzan en medio de un discurso muy razonable o aparentemente bien intencionado. Fiorito te preguntaba por «esa expresión que habías usado» (que generalmente denotaba desprecio por el otro…) y te decía: “Estás tentado!” y mostrando la evidencia, se reía con franqueza y sin escandalizarse. Encarecía la objetividad de la expresión que uno mismo había usado, sin juzgarte.

Se puede decir que el maestro cuidaba el diálogo comunitario cuidándolo en su conversación personal con cada uno. No era de intervenir mucho en público. En las reuniones comunitarias en que participabamá bien tomaba notas, escuchando en silencio. Y luego “respondía” -todos lo esperabamos- con el tema del siguiente “Boletín de Espiritualidad” o con alguna hojita de “Estudio, oración y acción”. De alguna manera esto se sabía y se transmitía y uno iba a leer en el Boletín “lo que opinaba el Maestro” de los temas que nos preocupaban o que estaban en boga, leyendo “entre líneas”.

Eso sí, no siempre el Boletín estaba necesariamente ligado a la coyuntura. Hay escritos, como el que analiza Narvaja a raíz del artículo de Fiorito sobe la Academia de Platón, que tienen actualidad hoy y permiten “leer” toda una época nuestra en esta clave de la relación entre maestro y discípulos en el espíritu de la misma Escuela.

Fiorito cuidaba que hubiera buen espíritu en la Provincia y en la comunidad. Si había buen espíritu, entonces no solo “dejaba andar”, sino que escribía sobre algo que “invitaba a más”. Abría horizontes.

En tercer lugar, este «tenerse fuera» se puede describir también mostrando cómo se logra: «manteniéndose uno mismo en paz», para que sea el Señor mismo el que «mueva» al otro, lo inquiete en el buen sentido, y también lo pacifique en el bien obrar.

Se trata de un mantenerse en paz activo, rechazando las propias tentaciones contra la paz para ayudar al otro a pacificar las suyas: las de la culpa y el reproche por el pasado, la de la ansiedad por el futuro (los futuribles) y la de la inquietud y distracción en el presente. Fiorito te pacificaba con su no apuro por lo coyuntural. Primero te pacificaba con su silencio, con su no asustarse por nada, con su escucha de largo aliento, hasta que uno decía lo que tenía en el fondo del alma y decidía lo que el buen espíritu le inspiraba. Entonces el Maestro te confirmaba, a veces con un simple «Está bien».

Ignacio aconseja al que da a otro los Ejercicios que «no se decante ni se incline a una parte ni a otra; mas estando en medio, como un peso, deje inmediate obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor» (EE 15). Aunque fuera de los Ejercicios es lícito «mover al otro» Fiorito privilegiaba la actitud de no inclinarse hacia una parte o a otra, para que «el mismo Criador y Señor se comunique a la persona, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante». Gracias a este «mantenerse fuera» era referente para todos sin sombra de parcialidad. Eso sí, en el momento oportuno, cuando el que estaba haciendo ejercicios con él lo necesitaba -ya fuera porque estaba bloqueado por alguna tentación o, por el contrario, porque estaba en buena disposición para hacer su elección, el Maestro intervenía con fuerza y decisión para decir lo suyo y luego, de nuevo «se tenía fuera», dejando que Dios obrara con el ejercitante.

En este sentido puedo decir que sabía poner los acentos. Algunos los grabó a fuego y los imprimió como un sello en la Provincia. Por ejemplo: que la lucha espiritual, el movimiento de espíritus, es buena señal; que proponer “algo más” mueve los espíritus, cuando la cosa está sospechosamente calma; que hay que buscar siempre la paz en el fondo del alma para poder discernir estos movimientos de espíritus sin que “el agua está revuelta”…. El “No dejarse achicar por las cosas grandes y sin embargo dejarse contener en lo pequeño, eso es de Dios”[19], con que se caracteriza a Ignacio, siempre estaba presente en sus reflexiones.

Una segunda característica: no exhortaba. Te escuchaba en silencio y luego, en vez de hablar, te daba una «hojita» que sacaba de su biblioteca. La biblioteca de Fiorito tenía esta peculiaridad: además de la parte común -digamos-, con estantes y libros, tenía otra parte que ocupaba toda una pared de casi seis metros por cuatro de alto, formada por pequeños cajones, en cada uno de los cuales ponía -clasificadas- sus «hojitas», fichas de estudio, oración y acción, cada una con un solo tema de los Ejercicios o de las Constituciones de la Compañía, por ejemplo, que él se levantaba a buscar, subiendo a veces peligrosamente una escalera, para entregar sin muchas palabras al ejercitante en respuesta a alguna inquietud que este le había planteado o que él mismo había discernido al escucharlo hablar de sus cosas.

Había algo allí en esos cajones, cada uno con su papelito… Era como si el consejo que uno necesitaba o el remedio para algún mal del alma, ya estuviera previsto desde siempre… Tenía algo de farmacia esa biblioteca. Y Fiorito algo de sabio farmacéutico del alma. Pero era más que eso, porque Fiorito no era un confesor. Confesaba, ciertamente, pero tenía otro carisma además de este común a todo sacerdote que es ser ministro de la misericordia del Señor. Es ese carisma del hombre espiritual del que hablaba al comienzo, citando a Origenes: el carisma del discernimiento y de la profecía, en el sentido de comunicar bien las gracias del Señor que uno experimenta en su propia vida. Porque de esos cajoncitos no solo salían remedios sino sobre todo cosas nuevas, cosas del Espíritu que estaban a la espera de la pregunta justa, del deseo fervoroso de alguno, que allí encontraba el tesoro de una formulación discreta para encauzarlo y ponerlo en práctica con fruto en el futuro.

Una tercera característica que recuerdo es que el Maestro Fiorito no era celoso. No era un hombre celoso: escribía y firmaba con otros, publicaba y destacaba el pensamiento de otros, limitando el suyo muchas veces a simples notas, que en realidad, como se puede ver mejor ahora, gracias a esta edición de sus Escritos, eran de suma importancia, ya que hacían ver lo esencial y lo actual de otro pensamiento.

El ejemplo mas acabado de la fecundidad de este modo de trabajar intelectualmente en Escuela, es, a mi juicio, la edición con notas y comentarios del «Memorial» de Fabro que Fiorito hizo junto con Jaime Amadeo. Un verdadero clásico. Sin rasgos de ideología ni de esa erudición que es solo para eruditos, sino una obra que nos pone en contacto con el alma de Fabro, con su limpidez y dulzura, con su capacidad de diálogo con todos, fruto de su discreción espiritual, y su maestría en dar los Ejercicios. El Maestro tenía mucho de la sensibilidad de Fabro, en tensión polar con una mente más bien fría y objetiva, como ingeniero que era.

La cuarta característica que me parece necesario comentar, en este intento de hacer presentar su figura, es que no hacía juicios. Solo a veces. Conmigo, dos veces, que yo recuerde. Y me quedó grabado el modo. El juicio él lo hacía de esta manera: “Fíjese – te decía- que esto que usted dice es igual a esto que dice la Biblia, a esta tentación que está en la Biblia. Y después dejaba que uno lo rezara y sacara sus conclusiones.

Destaco aquí que Fiorito tenía un olfato especial para «oler» el mal espíritu; sabía detectar su acción, reconocer sus tics, desenmascararlo por sus malos frutos, por el regusto de mal sabor y el rastro de desolación que deja a su paso. En este sentido, se puede decir que fue hombre de combate contra un solo enemigo: el mal espíritu, Satanás, el demonio, el tentador, el acusador, el enemigo de nuestra naturaleza humana. Entre la bandera de Cristo y la de Satanás, hizo su opción personal por nuestro Señor. En todo lo demás buscó discernir «el tanto… cuanto» y con cada persona fue padre amable, maestro paciente y adversario firme -cuando se dio el caso-, pero siempre respetuoso y leal. Nunca enemigo.

Por último, algo muy notable en él. Con los «cabeza dura», tenía mucha paciencia. Ante estos casos, que impacientaban a otros, solía recordar que Ignacio había sido muy paciente con Simón Rodríguez. Si uno era testarudo e insistía con lo propio te dejaba hacer tu proceso, te daba tiempo. Era un Maestro en esto de no apurar los tiempos, de esperar a que el otro se diera cuenta solo de las cosas. Respetaba los procesos.

Y ya que mencioné a Simón Rodríguez, puede venir bien recordar el caso. Simón Rodriguez siempre fue «desasosegado». No hizo el mes entero en soledad como los otros, tardó en hacer la profesión. Estaba destinado a ir a la India pero al final se quedó en Portugal, donde hizo todo lo posible por quedarse para siempre a pesar de que Ignacio, para bien suyo y de los jesuitas de allá, lo quería trasladar. Fiorito cuenta que Ribadeneyra, en un manuscrito inédito titulado Tratado de las persecuciones que ha sufrido la Compañía de Jesús, considera que »una de las más terribles y más peligrosas tormentas que ha padecido la Compañía, después que se fundó, viviendo aún nuestro Bienaventurado Padre Ignacio, fue una movida, no de los enemigos, sino de los propios hijos de ella, no de los vientos de fuera, sino de la turbación intrínseca del mismo mar, que fue de esta manera (…) Navegando, pues, la Compañía con tan prósperos vientos, el enemigo de todo bien la desasosegó, tentando al mismo P. Simón y desvaneciéndole con aquel fruto que Dios había obrado por él, y haciendo que quisiese para sí lo que era de su Bienaventurado. Padre Ignacio y de toda la Compañía, comenzó a mirar las cosas de Portugal, no como una obra de este cuerpo, sino hechura y obra suya y quererla él gobernar sin la obediencia y dependencia de su cabeza, pareciéndole que él (tenía) en los Reyes de Portugal tanto favor que él podría fácilmente hacerlo sin otros recursos a Roma; y como casi todos los religiosos de tal Compañía que vivían en aquel Reino eran hijos y súbditos suyos y él los había recibido y criado, no conocían otro Padre ni Superior, sino al Mtro. Simón, y le amaban y respetaban como si él fuera el principal fundador de la Compañía; para lo cual ayudaba también el ser él de su condición blando y amoroso y enemigo de apretar mucho a los otros: que son cosas eficaces para ganar los ánimos y voluntades de los súbditos, que conforme a la flaqueza humana, comúnmente desean que se condescienda con lo que ellos quieren, y ser llevados por amor[20]».

Ignacio tenía mucha paciencia. Y Fiorito lo imitaba. Hasta en estos relatos era capaz de ver lo bueno en Simón Rodríguez. Destacaba su franqueza para con Ignacio, cómo le decía las cosas de frente. Lo cierto es que a la larga, esta paciencia dió sus frutos, porque de hecho las «rebeldías» de Simón Rodríguez quedaron como anécdotas, no se consolidaron ni tomaron cuerpo más allá de él, y nos valieron cartas como la de San Ignacio a los de Coimbra. Esta gran paciencia es la virtud fundamental del verdadero Maestro, que apuesta a la acción del Espíritu Santo en el tiempo y no a la propia.

Conclusión
Como jesuita, al Maestro Miguel Ángel Fiorito le cabe la imagen del Salmo 1, la del árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto en su sazón. Como este árbol de la Escritura, Fiorito supo dejarse contener en el mínimo espacio de su pieza del el Colegio Máximo de San José, en San Miguel , Argentina, y allí echó raíces y dio frutos, como bien lo expresa su nombre, en los corazones de los que somos discípulos de la Escuela de los Ejercicios. Espero que ahora, gracias a esta bella edición de sus Escritos, que tienen la altura de un sueño grande, echará raíces y dará flores y frutos en la vida de tantas personas que se nutren de la misma gracia que él recibió y supo comunicar discretamente dando y comentando los Ejercicios Espirituales.

A. FIORITO, Escritos I (1952-1959), Roma, La Civiltà Cattolica, 2019, 188. (Citaré Escritosnº de Volúmen y nº de página).
J. L. NARVAJA, Introducción, Escritos I, 16.
Ibíd., 20-22.
FRANCESCO, «Esser nei crocevia della storia», Conversazioni con i gesuiti del Myanmar e del Bangladesh, La Civiltà Cattolica, 2017 IV, 525.
Escritos I, 18.
FRANCISCO, Carta a los sacerdotes en el 160 aniversario de la muerte del cura de Ars, 4 de agosto de 2019.
Escritos I, cit., 165-170.
H. NEWMAN santo, La mission de saint Benoit, Paris, 1909, 10.
Escritos II, 27-51.
Escritos I, 164.
Escritos I, 51 nota 88.
Escritos I, 163-164.
Escritos V, 176-189.
Escritos V,
Escritos V, 179.
Escritos V, 181.
«Llamo consolación cuando viene a inflamarse en amor de su Creador y Señor. Asimismo cuando lanza lágrimas que la mueven a amor de su Señor» (EE 316).
A. FIORITO, Buscar y hallar la voluntad de Dios, Bs. As., Paulinas, 2000, 209.
«Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimum, divinum est».
Escritos V, 157 nota 8.

© Librería Editorial Vaticana


50 años de la ordenación del Papa: Un sacerdocio marcado por la Misericordia

Palabras del Papa sobre este ministerio.

(ZENIT).- El 13 de diciembre de 1969, Jorge Mario Bergoglio, cuatro días antes de cumplir 33 años, fue ordenado sacerdote.

El ahora Papa Francisco recibió este sacramento el 13 de diciembre de 1969 con la imposición de manos del arzobispo de Córdoba, Mons. Ramón José Castellano.

El joven Jorge descubrió su vocación el 21 de septiembre de 1953, día en el que se celebra la memoria de san Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió cuando Jesús le invitó a seguirle. Durante una confesión tuvo una profunda experiencia de la misericordia de Dios, una alegría que le condujo a tomar la decisión de ser sacerdote, indica Vatican News.

Sacerdote, hombre de misericordia
La vida sacerdotal de Francisco está marcada por la Divina Misericordia. Para él, los sacerdotes sin hacer ruido dejan todo para dedicarse a la vida cotidiana de las comunidades, dando a los demás su propia vida, «se conmueven ante las ovejas, como Jesús, cuando veía a las personas cansadas y agotadas como ovejas sin pastor».

“Así, a imagen del buen Pastor, el sacerdote es hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Éste es un criterio pastoral que quisiera subrayar bien: la cercanía. La proximidad y el servicio, pero la proximidad, la cercanía… Quien sea que se encuentre herido en su vida, de cualquier modo, puede encontrar en él atención y escucha… ¡Se necesita curar las heridas, muchas heridas! Este es el tiempo de la misericordia (Discurso a los párrocos de Roma, 6 de marzo de 2014)”.

Eucaristía, sentido de la vida
Asimismo, el Papa también considera que el sacerdote es un hombre cuyo centro en su vida es Cristo, no él mismo. Es por ello, señala la misma fuente, que muestra su agradecimiento a los presbíteros por la celebración cotidiana de la Eucaristía: “En la celebración eucarística encontramos cada día nuestra identidad de pastores. Cada vez podemos hacer verdaderamente nuestras las palabras de Jesús: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros’”.

Y continúa, “este es el sentido de nuestra vida, son las palabras con las que, en cierto modo, podemos renovar cotidianamente las promesas de nuestra ordenación” (Homilía para el Jubileo de los sacerdotes, 3 junio 2016)”.

Misión en el confesionario
Por otra parte, el Santo Padre también resalta que los pastores de la Iglesia realizan una parte importante de su misión en el confesionario. “Que haya diferencias de estilo entre los confesores es normal, pero estas diferencias no pueden referirse a la esencia, es decir, a la sana doctrina moral y a la misericordia”, expresa sobre el sacramento de la Penitencia.

Igualmente, advierte que no es recomendable en el confesor ostente una actitud ni “rigorista” ni “laxista”: “El rigorista se lava las manos: en efecto, la clava a la ley entendida de modo frío y rígido”, mientras que el laxista, “se lava las manos: solo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no toma en serio el problema de esa conciencia, minimizando el pecado. La misericordia auténtica se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación (Discurso a los párrocos de Roma, 6 de marzo de 2014)”.

Hombres “de oración”
El Obispo de Roma también subraya la importancia de la oración en la vida de los pastores: “El sacerdote es en primer lugar hombre de oración. Es de la intimidad con Jesús que brota la caridad.  Es la unión con Dios que hace vencer las innumerables tentaciones del mal”.

En este sentido, añade, “el diablo existe, no es un mito es astuto, mentiroso, engañador. Francisco invita a mirar a María, a rezar el Rosario cada día, sobre todo en este periodo, para proteger a la Iglesia de los ataques del diablo que quiere traer división (Carta a los sacerdotes en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars)”.

Vida cotidiana y juicio final
El Pontífice considera que la espiritualidad del sacerdote se encarna también en la vida cotidiana, una “voz profética” frente a la opresión que maltrata a los pobres y débiles. La Iglesia, describe, “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, relegando la religión, como algunos quisieran, ‘a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional’ (Evangelii gaudium, 183), ya que el Reino de Dios inicia aquí en la tierra y es donde encontramos a Jesús.

En esta línea, remarca que el juicio final se centrará precisamente en lo que hemos hecho a Cristo en los pobres, en los enfermos, en los extranjeros, en los encarcelados (Mt 25) y que, como apuntaba san Juan Pablo II, seremos juzgados por el amor, pero este no puede existir sin justicia.

Los abusos
Francisco también se ha pronunciado con respecto a los abusos cometidos por sacerdotes, expresando su cercanía a las víctimas. No obstante, al mismo tiempo, recuerda a aquellos que han de soportar la carga de crímenes que no han perpetrado.

También aclara que “sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás”.

Se trata de pastores que “hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida” a los que les agradece por el “valiente y constante ejemplo” y exhorta a no desanimarse “el Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí (Carta a los sacerdotes en el 160 aniversario de la muerte del Cura de Ars)”.

Cansancio
El Santo Padre asegura que piensa mucho en el cansancio de los presbíteros: “Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajáis en medio del pueblo fiel de Dios que os fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo. Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre”.

Y agrega que el cansancio como resultado del estar en medio de la gente es bueno porque “es el cansancio del sacerdote con olor a oveja”, con la conciencia de que “solo el amor descansa (Homilía en la Misa Crismal, 2 de abril 2015)”.

Alegría y buen humor
Por otra parte, el Papa Francisco recuerda a los pastores que “el santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” y que se trata de una alegría que viene de la unión con Jesús y de la fraternidad.

En una entrevista concedida a TV2000 en 2016 declaró que “el sentido del humor es una gracia que pido todos los días» porque «te alivia, te hace ver lo temporal de la vida y tomar las cosas con un espíritu de alma redimida. Es una actitud humana, pero es la más cercana a la gracia de Dios”.

La homilía, “predicación positiva”
En lo referente a las homilías, indica el citado medio vaticano, el Papa ha insistido muchas veces en la importancia de que los sacerdotes la preparen bien. Asimismo, les invita a predicar homilías que no sean ni un espectáculo ni una lección de adoctrinamiento.

Esto supone, ser capaces de pronunciar «palabras que hagan arder los corazones» con un lenguaje positivo: no diciendo tanto lo que no debemos hacer sino proponiendo lo que podemos hacer mejor, pues, «una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad (Evangeli gaudium, 159)”, apunta.

Apoyo y oración
Por último, Vatican News resalta que el Obispo de Roma pide a los sacerdotes que estén siempre cerca de la gente, pero también exhorta a los fieles que apoyen a los sacerdotes: «Queridos fieles, acompañen a sus sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios (Homilía para la Misa Crismal, 28 de marzo de 2013)”.

Asimismo, Mons. De Donatis, vicario del Papa para la Diócesis de Roma, en la carta que escribió con motivo de este importante aniversario, recordó que la petición de oración es constante en los discursos del Pontífice: “‘Por favor, no os olvidéis rezar por mí’. Estas son las palabras finales de cada domingo, desde la ventana del Ángelus, de cada encuentro, de cada momento”.

LARISSA I. LÓPEZ

El sacerdote Jorge Mario Bergoglio (Foto: © Vatican Media)

España: Francisco aprueba el martirio de 27 dominicos asesinados en la Guerra Civil

Y las virtudes heroicas de Gregorio T. Suárez.

(ZENIT).- El Papa Francisco ha reconocido el martirio de los siervos de Dios Ángel Marina Álvarez y 19 compañeros de la Orden de Frailes Predicadores; de Juan Aguilar Donis y 4 compañeros, de la Orden de los Frailes Predicadores, y de Fructuoso Pérez Márquez, laico de la Tercera Orden de Santo Domingo; así como el de Isabel Sánchez Romero, religiosa de la Orden de Santo Domingo, todos ellos asesinados en la Guerra Civil española.

Igualmente, el Santo Padre aprobó las virtudes heroicas del siervo de Dios Gregorio Tomás Suárez Fernández, sacerdote de la Orden de San Agustín.

El 11 de diciembre de 2019, el Papa recibió en audiencia al cardenal Angelo Becciu, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. A lo largo de esta reunión se promulgaron, en total, 10 decretos.

Además de los citados, se reconoció el milagro de la venerable sierva de Dios María Luisa del Santísimo Sacramento, fundadora de las Hermanas Franciscanas Adoratrices de la Santa Cruz y las virtudes heroicas del venerable siervo de Dios Vincenzo Maria Morelli, de la Orden de los Clérigos Regulares Teatinos; del siervo de Dios Carlo Angelo Sonzini, sacerdote diocesano, fundador de la Congregación de las Hermanas Siervas de San José; y de Giulio Facibeni, sacerdote diocesano. Todos ellos son italianos.

Fructuoso Pérez Márquez, Mártir Español
(© Dipalme.Org)

Por otra parte, Francisco hizo lo propio con las virtudes heroicas del siervo de Dios Américo Monteiro de Aguiar, sacerdote diocesano portugués y de la sierva de Dios Mª de los Ángeles de Santa Teresa, religiosa brasileña del Instituto de las Hijas de María Religiosas de las Escuelas Pías.

Causa por martirio
Una causa de santidad introducida por motivo de martirio se centra en el momento de la muerte del siervo de Dios, pues se trata de demostrar que murió por odio a la fe.

Si la causa de beatificación se sigue por la vía de martirio, no se procede a la declaración de venerable. El reconocimiento del martirio abre el camino para la beatificación de ese siervo de Dios. Un milagro, posterior a la proclamación de beato, solo será necesario para la eventual canonización.

Venerable
El reconocimiento de las virtudes heroicas de una persona otorga el título de venerable. Esta condición ratifica que un fallecido vivió las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), las cardinales (fortaleza, prudencia, templanza y justicia) y todas las demás virtudes de manera heroica, es decir, extraordinaria.

Ser venerable consiste en el primer paso en el proceso oficial de la causa de los santos, antes de ser proclamado beato y santo. Los criterios por los que se consideraba “santa” a una persona son: su reputación entre la gente (“fama de santidad”); el ejemplo de su vida como modelo de virtud heroica; y su poder de obrar milagros, en especial aquellos producidos póstumamente sobre las tumbas o a través de las reliquias.

Decretos
A continuación se exponen los 10 nuevos Decretos autorizados por el Papa Francisco el 11 de diciembre y publicados hoy, 12 de diciembre, por la Oficina de Prensa de la Santa Sede:

– El milagro, atribuido a la intercesión de la Venerable Sierva de Dios María Luisa del Santísimo Sacramento (en el siglo: María Velotti), Fundadora de las Hermanas Franciscanas Adoratrices de la Santa Cruz; nacida el 16 de noviembre de 1826 en Soccavo (Italia) y fallecida el 3 de septiembre de 1886 en Casoria (Italia).

– El martirio de los Siervos de Dios Ángel Marina Álvarez y 19 compañeros de la Orden de Frailes Predicadores; asesinados, por odio a la fe, durante la Guerra Civil Española, en 1936 (España).

– El martirio de los Siervos de Dios Juan Aguilar Donis y 4 Compañeros, de la Orden de los Frailes Predicadores, y del Siervo de Dios Fructuoso Pérez Márquez, fiel laico de la Tercera Orden de Santo Domingo; asesinado, por odio a la fe, durante la Guerra Civil Española, en 1936 (España).

– El martirio de la Sierva de Dios Isabel Sánchez Romero (en religión: Ascensión de San José), monja profesa de la Orden de Santo Domingo; asesinada, por odio a la fe, durante la Guerra Civil española, el 17 de febrero de 1937 en Huéscar (España).

– Las virtudes heroicas del Venerable Siervo de Dios Vincenzo Maria Morelli, de la Orden de los Clérigos Regulares Teatinos, arzobispo de Otranto; nacido en Lecce (Italia) el 25 de abril de 1741 y fallecido en Sternatia (Italia) el 22 de agosto de 1812.

– Las virtudes heroicas del Siervo de Dios Carlo Angelo Sonzini, sacerdote diocesano, fundador de la Congregación de las Hermanas Siervas de San José; nacido el 24 de junio de 1878 en Malnate (Italia) y fallecido en Varese (Italia) el 5 de febrero de 1957.

– Las virtudes heroicas del Siervo de Dios Américo Monteiro de Aguiar, sacerdote diocesano; nacido en Salvador de Galegos (Portugal) el 23 de octubre de 1887 y fallecido el 16 de julio de 1956 en Oporto (Portugal).

– Las virtudes heroicas del Siervo de Dios Giulio Facibeni, sacerdote diocesano, nacido el 28 de julio de 1884 en Galeata (Italia) y fallecido el 2 de junio de 1958 en Florencia (Italia);

– Las virtudes heroicas del Siervo de Dios Gregorio Tomás Suárez Fernández, sacerdote profeso de la Orden de San Agustín; nacido el 30 de marzo de 1915 en La Cortina (España) y fallecido el 23 de abril de 1949 en Salamanca (España).

– Las virtudes heroicas de la Sierva de Dios María de los Ángeles de Santa Teresa (en el siglo Dináh Amorim), religiosa profesa del Instituto de las Hijas de María Religiosas de las Escuelas Pías; nacida el 8 de agosto de 1917 en Claudio (Brasil) y fallecida el 1 de septiembre de 1988 en Río de Janeiro (Brasil).

LARISSA I. LÓPEZ


Papa Francisco: La paz, «objeto de nuestra esperanza» que «da alas para avanzar»

Mensaje para la 53ª Jornada Mundial de la Paz.

(ZENIT).- Francisco describe que «la paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad», de manera que se trata de la virtud que «nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables”.

El 12 de diciembre de 2019, a las 11.30 horas, en la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha tenido lugar la conferencia de prensa de presentación del Mensaje del Santo Padre para la 53ª Jornada Mundial de la Paz, que se celebrará el 1 de enero de 2020.

Titulado “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”, está dividido en cinco puntos.

Camino de esperanza
El primero de ellos se denomina «La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas”. En él, Francisco resalta que la humanidad lleva consigo “los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles”.

Para él, “toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana” y “nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo”.

Verdadera fraternidad
Igualmente, al recordar su reciente viaje a Japón, el Papa expuso que “la paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; solo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana”.

“En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria”, continuó, por tanto, “no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear (…)”, y “debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca”.

La memoria, horizonte de esperanza
El segundo punto concibe la paz como “camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad” y en él el Obispo de Roma rememoró la historia de los Hibakusha, supervivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, que suponen la “conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días».

El mensaje define a la memoria, hoy, como “el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades”.

Por ello, el Santo Padre subraya que “abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios” y apela «a la conciencia moral y a la voluntad personal y política”.

“Artesanos de la paz”
«La paz brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades” y que “el mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación”, añade.

En esta línea, el Papa Francisco subraya que “el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa”, motivo por el que la Iglesia “participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas”.

Respeto y perdón
Por otro lado, en el tercer punto, llamado “la paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna”, Francisco habla de la necesidad de abandonar “el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos” e indica que solo el camino del respeto podrá “romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza”.

Además de practicar el respeto, el Papa invita “a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas», porque “aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz”.

Conversión ecológica
En el apartado número cuatro, “la paz, camino de conversión ecológica”, el Pontífice reitera el mensaje de la Laudato si’ en la que se afirma que es necesaria una “conversión ecológica”.

También describe que el reciente Sínodo sobre la Amazonía “nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas”, de manera que “este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común”.

Al mismo tiempo, continúa el texto, “necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor”.

En definitiva, esta conversión “debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida”.

La paz requiere paciencia y confianza
Finalmente, en el último punto, “se alcanza tanto cuanto se espera”, el Obispo de Roma apunta que “el camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera”.

“Se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz”, aclara, y en esto “podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable”.

Finalmente, Francisco remarca la importancia de “ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24)” y declara que “la cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial”.

LARISSA I. LÓPEZ

Mensaje del Santo Padre 
LA PAZ COMO CAMINO DE ESPERANZA:
DIÁLOGO, RECONCILIACIÓN
Y CONVERSIÓN ECOLÓGICA

Papa Francisco con una paloma (Foto: © Vatican Media)
  1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas

La paz, como objeto de nuestra esperanza, es un bien precioso, al que aspira toda la humanidad. Esperar en la paz es una actitud humana que contiene una tensión existencial, y de este modo cualquier situación difícil «se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino».[1] En este sentido, la esperanza es la virtud que nos pone en camino, nos da alas para avanzar, incluso cuando los obstáculos parecen insuperables.

Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles. Naciones enteras se afanan también por liberarse de las cadenas de la explotación y de la corrupción, que alimentan el odio y la violencia. Todavía hoy, a tantos hombres y mujeres, niños y ancianos se les niega la dignidad, la integridad física, la libertad, incluida la libertad religiosa, la solidaridad comunitaria, la esperanza en el futuro. Muchas víctimas inocentes cargan sobre sí el tormento de la humillación y la exclusión, del duelo y la injusticia, por no decir los traumas resultantes del ensañamiento sistemático contra su pueblo y sus seres queridos.

Las terribles pruebas de los conflictos civiles e internacionales, a menudo agravados por la violencia sin piedad, marcan durante mucho tiempo el cuerpo y el alma de la humanidad. En realidad, toda guerra se revela como un fratricidio que destruye el mismo proyecto de fraternidad, inscrito en la vocación de la familia humana.

Sabemos que la guerra a menudo comienza por la intolerancia a la diversidad del otro, lo que fomenta el deseo de posesión y la voluntad de dominio. Nace en el corazón del hombre por el egoísmo y la soberbia, por el odio que instiga a destruir, a encerrar al otro en una imagen negativa, a excluirlo y eliminarlo. La guerra se nutre de la perversión de las relaciones, de las ambiciones hegemónicas, de los abusos de poder, del miedo al otro y la diferencia vista como un obstáculo; y al mismo tiempo alimenta todo esto.

Es paradójico, como señalé durante el reciente viaje a Japón, que «nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo. La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana».[2]

Cualquier situación de amenaza alimenta la desconfianza y el repliegue en la propia condición. La desconfianza y el miedo aumentan la fragilidad de las relaciones y el riesgo de violencia, en un círculo vicioso que nunca puede conducir a una relación de paz. En este sentido, incluso la disuasión nuclear no puede crear más que una seguridad ilusoria.

Por lo tanto, no podemos pretender que se mantenga la estabilidad en el mundo a través del miedo a la aniquilación, en un equilibrio altamente inestable, suspendido al borde del abismo nuclear y encerrado dentro de los muros de la indiferencia, en el que se toman decisiones socioeconómicas, que abren el camino a los dramas del descarte del hombre y de la creación, en lugar de protegerse los unos a los otros.[3] Entonces, ¿cómo construir un camino de paz y reconocimiento mutuo? ¿Cómo romper la lógica morbosa de la amenaza y el miedo? ¿Cómo acabar con la dinámica de desconfianza que prevalece actualmente?

Debemos buscar una verdadera fraternidad, que esté basada sobre nuestro origen común en Dios y ejercida en el diálogo y la confianza recíproca. El deseo de paz está profundamente inscrito en el corazón del hombre y no debemos resignarnos a nada menos que esto.

  • La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad

Los Hibakusha, los sobrevivientes de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, se encuentran entre quienes mantienen hoy viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió en agosto de 1945 y el sufrimiento indescriptible que continúa hasta nuestros días. Su testimonio despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción: «No podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, esa memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno».[4]

Como ellos, muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no sólo para evitar cometer nuevamente los mismos errores o para que no se vuelvan a proponer los esquemas ilusorios del pasado, sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras.

La memoria es, aún más, el horizonte de la esperanza: muchas veces, en la oscuridad de guerras y conflictos, el recuerdo de un pequeño gesto de solidaridad recibido puede inspirar también opciones valientes e incluso heroicas, puede poner en marcha nuevas energías y reavivar una nueva esperanza tanto en los individuos como en las comunidades.

Abrir y trazar un camino de paz es un desafío muy complejo, en cuanto los intereses que están en juego en las relaciones entre personas, comunidades y naciones son múltiples y contradictorios. En primer lugar, es necesario apelar a la conciencia moral y a la voluntad personal y política. La paz, en efecto, brota de las profundidades del corazón humano y la voluntad política siempre necesita revitalización, para abrir nuevos procesos que reconcilien y unan a las personas y las comunidades.

El mundo no necesita palabras vacías, sino testigos convencidos, artesanos de la paz abiertos al diálogo sin exclusión ni manipulación. De hecho, no se puede realmente alcanzar la paz a menos que haya un diálogo convencido de hombres y mujeres que busquen la verdad más allá de las ideologías y de las opiniones diferentes. La paz «debe edificarse continuamente»,[5] un camino que hacemos juntos buscando siempre el bien común y comprometiéndonos a cumplir nuestra palabra y respetar las leyes. El conocimiento y la estima por los demás también pueden crecer en la escucha mutua, hasta el punto de reconocer en el enemigo el rostro de un hermano.

Por tanto, el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza. En un Estado de derecho, la democracia puede ser un paradigma significativo de este proceso, si se basa en la justicia y en el compromiso de salvaguardar los derechos de cada uno, especialmente si es débil o marginado, en la búsqueda continua de la verdad.[6] Es una construcción social y una tarea en progreso, en la que cada uno contribuye responsablemente a todos los niveles de la comunidad local, nacional y mundial.

Como resaltaba san Pablo VI: «La doble aspiración hacia la igualdad y la participación trata de promover un tipo de sociedad democrática. […] Esto indica la importancia de la educación para la vida en sociedad, donde, además de la información sobre los derechos de cada uno, sea recordado su necesario correlativo: el reconocimiento de los deberes de cada uno de cara a los demás; el sentido y la práctica del deber están mutuamente condicionados por el dominio de sí, la aceptación de las responsabilidades y de los límites puestos al ejercicio de la libertad de la persona individual o del grupo».[7]

Por el contrario, la brecha entre los miembros de una sociedad, el aumento de las desigualdades sociales y la negativa a utilizar las herramientas para el desarrollo humano integral ponen en peligro la búsqueda del bien común. En cambio, el trabajo paciente basado en el poder de la palabra y la verdad puede despertar en las personas la capacidad de compasión y solidaridad creativa.

En nuestra experiencia cristiana, recordamos constantemente a Cristo, quien dio su vida por nuestra reconciliación (cf. Rm 5,6-11). La Iglesia participa plenamente en la búsqueda de un orden justo, y continúa sirviendo al bien común y alimentando la esperanza de paz a través de la transmisión de los valores cristianos, la enseñanza moral y las obras sociales y educativas.

  • La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna

La Biblia, de una manera particular a través de la palabra de los profetas, llama a las conciencias y a los pueblos a la alianza de Dios con la humanidad. Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. Nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él. Sólo eligiendo el camino del respeto será posible romper la espiral de venganza y emprender el camino de la esperanza.

Nos guía el pasaje del Evangelio que muestra el siguiente diálogo entre Pedro y Jesús: «“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contesta: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”» (Mt 18,21-22). Este camino de reconciliación nos llama a encontrar en lo más profundo de nuestros corazones la fuerza del perdón y la capacidad de reconocernos como hermanos y hermanas. Aprender a vivir en el perdón aumenta nuestra capacidad de convertirnos en mujeres y hombres de paz.

Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo. Como escribió hace diez años Benedicto XVI en la Carta encíclica Caritas in veritate: «La victoria sobre el subdesarrollo requiere actuar no sólo en la mejora de las transacciones basadas en la compraventa, o en las transferencias de las estructuras asistenciales de carácter público, sino sobre todo en la apertura progresiva en el contexto mundial a formas de actividad económica caracterizada por ciertos márgenes de gratuidad y comunión» (n. 39).

  • La paz, camino de conversión ecológica

«Si una mala comprensión de nuestros propios principios a veces nos ha llevado a justificar el maltrato a la naturaleza o el dominio despótico del ser humano sobre lo creado o las guerras, la injusticia y la violencia, los creyentes podemos reconocer que de esa manera hemos sido infieles al tesoro de sabiduría que debíamos custodiar».[8]

Ante las consecuencias de nuestra hostilidad hacia los demás, la falta de respeto por la casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales —vistos como herramientas útiles únicamente para el beneficio inmediato, sin respeto por las comunidades locales, por el bien común y por la naturaleza—, necesitamos una conversión ecológica.

El reciente Sínodo sobre la Amazonia nos lleva a renovar la llamada a una relación pacífica entre las comunidades y la tierra, entre el presente y la memoria, entre las experiencias y las esperanzas.

Este camino de reconciliación es también escucha y contemplación del mundo que Dios nos dio para convertirlo en nuestra casa común. De hecho, los recursos naturales, las numerosas formas de vida y la tierra misma se nos confían para ser “cultivadas y preservadas” (cf. Gn 2,15) también para las generaciones futuras, con la participación responsable y activa de cada uno. Además, necesitamos un cambio en las convicciones y en la mirada, que nos abra más al encuentro con el otro y a la acogida del don de la creación, que refleja la belleza y la sabiduría de su Hacedor.

De aquí surgen, en particular, motivaciones profundas y una nueva forma de vivir en la casa común, de encontrarse unos con otros desde la propia diversidad, de celebrar y respetar la vida recibida y compartida, de preocuparse por las condiciones y modelos de sociedad que favorecen el florecimiento y la permanencia de la vida en el futuro, de incrementar el bien común de toda la familia humana.

Por lo tanto, la conversión ecológica a la que apelamos nos lleva a tener una nueva mirada sobre la vida, considerando la generosidad del Creador que nos dio la tierra y que nos recuerda la alegre sobriedad de compartir. Esta conversión debe entenderse de manera integral, como una transformación de las relaciones que tenemos con nuestros hermanos y hermanas, con los otros seres vivos, con la creación en su variedad tan rica, con el Creador que es el origen de toda vida. Para el cristiano, esta pide «dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea».[9]

  • Se alcanza tanto cuanto se espera[10]

El camino de la reconciliación requiere paciencia y confianza. La paz no se logra si no se la espera.

En primer lugar, se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz. En esto, podemos inspirarnos en el amor de Dios por cada uno de nosotros, un amor liberador, ilimitado, gratuito e incansable.

El miedo es a menudo una fuente de conflicto. Por lo tanto, es importante ir más allá de nuestros temores humanos, reconociéndonos hijos necesitados, ante Aquel que nos ama y nos espera, como el Padre del hijo pródigo (cf. Lc 15,11-24). La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza. Hace que cada encuentro sea una posibilidad y un don del generoso amor de Dios. Nos guía a ir más allá de los límites de nuestros estrechos horizontes, a aspirar siempre a vivir la fraternidad universal, como hijos del único Padre celestial.

Para los discípulos de Cristo, este camino está sostenido también por el sacramento de la Reconciliación, que el Señor nos dejó para la remisión de los pecados de los bautizados. Este sacramento de la Iglesia, que renueva a las personas y a las comunidades, nos llama a mantener la mirada en Jesús, que ha reconciliado «todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz» (Col 1,20); y nos pide que depongamos cualquier violencia en nuestros pensamientos, palabras y acciones, tanto hacia nuestro prójimo como hacia la creación.

La gracia de Dios Padre se da como amor sin condiciones. Habiendo recibido su perdón, en Cristo, podemos ponernos en camino para ofrecerlo a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Día tras día, el Espíritu Santo nos sugiere actitudes y palabras para que nos convirtamos en artesanos de la justicia y la paz.

Que el Dios de la paz nos bendiga y venga en nuestra ayuda.

Que María, Madre del Príncipe de la paz y Madre de todos los pueblos de la tierra, nos acompañe y nos sostenga en el camino de la reconciliación, paso a paso.

Y que cada persona que venga a este mundo pueda conocer una existencia de paz y desarrollar plenamente la promesa de amor y vida que lleva consigo.

Vaticano, 8 de diciembre de 2019

FRANCISCO

[1] Benedicto XVI, Carta enc. Spe salvi (30 noviembre 2007), 1.
[2] Discurso sobre las armas nucleares, Nagasaki, Parque del epicentro de la bomba atómica, 24 noviembre 2019.
[3] Cf. Homilía en Lampedusa, 8 julio 2013.
[4] Encuentro por la paz, Hiroshima, Memorial de la Paz, 24 noviembre 2019.
[5] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78.
[6] Cf. Benedicto XVI, Discurso a los dirigentes de las asociaciones cristianas de trabajadores italianos, 27 enero 2006.
[7] Carta. ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 24.
[8] Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 200.
[9] Ibíd., 217.
[10] Cf. S. Juan de la Cruz, Noche Oscura, II, 21, 8.

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Virgen de Guadalupe: María “se mestizó para ser Madre de todos”

Homilía del Santo Padre.

(ZENIT).-  La Virgen «se mestizó para ser Madre de todos, se mestizó con la humanidad. ¿Por qué? Porque ella mestizó a Dios. Y ese es el gran misterio: María Madre mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo”, dijo el Papa Francisco.

El jueves 12 de diciembre de 2019, aproximadamente a las 18 horas, el Santo Padre presidió en la basílica de San Pedro la Eucaristía en la Solemnidad de la Santísima Virgen María de Guadalupe.

Efectivamente, en su homilía Francisco señaló que “los textos bíblicos que hemos escuchado, y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que nos recuerda el Nican mopohua” le sugerían “tres adjetivos para ella: señora-mujer, madre y mestiza”.

Y subrayó que “los otros títulos —pensemos en las letanías lauretanas— son títulos de hijos enamorados que le cantan a la Madre, pero no tocan la esencialidad del ser de María: mujer y madre”.

LARISSA I. LÓPEZ

Homilía del Santo Padre

Misa en la Festividad de Nuestra Señora de Guadalupe, 12 Dic. 2019
(Foto: © Vatican Media)

La celebración de hoy, los textos bíblicos que hemos escuchado, y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que nos recuerda el Nican mopohua, me sugieren tres adjetivos para ella: señora-mujer, madre y mestiza.

María es mujer. Es mujer, es señora, como dice el Nican mopohua. Mujer con el señorío de mujer. Se presenta como mujer, y se presenta con un mensaje de otro, es decir, es mujer, señora y discípula. A San Ignacio le gustaba llamarla Nuestra Señora. Y así es de sencillo, no pretende otra cosa: es mujer, discípula.

La piedad cristiana a lo largo de los tiempos siempre buscó alabarla con nuevos títulos: eran títulos filiales, títulos del amor del pueblo de Dios, pero que no tocaban en nada ese ser mujer-discípula.

San Bernardo nos decía que cuando hablamos de María nunca es suficiente la alabanza, los títulos de alabanza, pero no tocaban para nada ese humilde discipulado de ella. Discípula.

Fiel a su Maestro, que es su Hijo, el único Redentor, jamás quiso para sí tomar algo de su Hijo. Jamás se presentó como co-redentora. No, discípula.

Y algún Santo Padre dice por ahí que es más digno el discipulado que la maternidad. Cuestiones de teólogos, pero discípula. Nunca robó para sí nada de su Hijo, lo sirvió porque es madre, da la vida en la plenitud de los tiempos, como escuchamos a ese Hijo nacido de mujer.

María es Madre nuestra, es Madre de nuestros pueblos, es Madre de todos nosotros, es Madre de la Iglesia, pero es figura de la Iglesia también. Y es madre de nuestro corazón, de nuestra alma. Algún Santo Padre dice que lo que se dice de María se puede decir, a su manera, de la Iglesia, y a su manera, del alma nuestra. Porque la Iglesia es femenina y nuestra alma tiene esa capacidad de recibir de Dios la gracia, y en cierto sentido los Padres la veían como femenina. No podemos pensar la Iglesia sin este principio mariano que se extiende.

Cuando buscamos el papel de la mujer en la Iglesia, podemos ir por la vía de la funcionalidad, porque la mujer tiene funciones que cumplir en la Iglesia. Pero eso nos deja a mitad de camino.

La mujer en la Iglesia va más allá, con ese principio mariano, que «maternaliza» a la Iglesia, y la transforma en la Santa Madre Iglesia.

María mujer, María madre, sin otro título esencial. Los otros títulos —pensemos en las letanías lauretanas— son títulos de hijos enamorados que le cantan a la Madre, pero no tocan la esencialidad del ser de María: mujer y madre.

Y tercer adjetivo que yo le diría mirándola, se nos quiso mestiza, se mestizó. Pero no sólo con el Juan Dieguito, con el pueblo. Se mestizó para ser Madre de todos, se mestizó con la humanidad. ¿Por qué? Porque ella mestizó a Dios. Y ese es el gran misterio: María Madre mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo.

Cuando nos vengan con historias de que había que declararla esto, o hacer este otro dogma o esto, no nos perdamos en tonteras: María es mujer, es Nuestra Señora, María es Madre de su Hijo y de la Santa Madre Iglesia jerárquica y María es mestiza, mujer de nuestros pueblos, pero que mestizó a Dios.

Que nos hable como le habló a Juan Diego desde estos tres títulos: con ternura, con calidez femenina y con la cercanía del mestizaje. Que así sea.

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