Ángelus 1.1.2020: «La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes»

Palabras del Papa antes del Ángelus.

(ZENIT).- Al final de la Santa Misa celebrada en la Basílica Vaticana por la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios y en el día que se celebra 53ª Jornada Mundial de la Paz, el Papa Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles y los peregrinos se reunieron en la plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Santo Padre al introducir la oración mariana:

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días y buen año!

Ayer concluimos el año 2019 dando gracias a Dios por el don del tiempo y todos sus beneficios. Hoy comenzamos el año 2020 con la misma actitud de gratitud y de alabanza. No hay que dar por sentado que nuestro planeta haya comenzado un nuevo giro alrededor del sol y que nosotros los seres humanos sigamos habitándolo. No hay que darlo por sentado tampoco, al contrario, es siempre un «milagro» del cuál sorprenderse y agradecer.

Ángelus, 1 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

El primer día del año la liturgia celebra a la Santa Madre de Dios, María, la Virgen de Nazaret que dio a luz a Jesús, el Salvador. Ese niño es la bendición de Dios para todos hombre y mujer, para la gran familia humana y para el mundo entero. Jesús no eliminó el mal del mundo pero lo derrotó en su raíz. Su salvación no es mágica, sino «paciente», es decir, que implica la paciencia del amor, que asume la iniquidad y le quita su poder. La paciencia del amor, el amor nos hace ser pacientes. Pero tantas veces perdemos esta paciencia, incluso yo, pido disculpas por el equivocado gesto de ayer. Por esta razón, al contemplar el pesebre vemos, con los ojos de la fe, el mundo renovado, liberado del dominio del mal y bajo el señorío real de Cristo, el Niño acostado en el pesebre.

Por eso hoy la Madre de Dios nos bendice mostrándonos al Hijo. Ella lo toma en sus brazos y nos lo muestra y así nos bendice. Bendice a toda la Iglesia, bendice al mundo entero. Jesús, como cantaron los ángeles en Belén, es la «alegría para todo el mundo», es la gloria de Dios y la paz para los hombres (cf. Lc 2,14). Por esta razón el Santo Papa Pablo VI quiso dedicar el primer día del año a la paz, es la Jornada de la Paz: a la oración, a la toma de conciencia y a la responsabilidad por la paz. Para el año 2020 el mensaje es este: la paz es un camino de esperanza, un camino en el que se avanza a través del diálogo la reconciliación y la conversión ecológica.

Por lo tanto, fijemos nuestra mirada en la Madre y en el Hijo que nos muestra. A principios de año, ¡dejémonos bendecir! Dejémonos bendecir por la Virgen y su Hijo.

Jesús es la bendición para aquellos que están oprimidos por el yugo de la esclavitud, moral y material. Él, libera con amor. A aquellos que han perdido su autoestima al permanecer prisioneros de giros viciosos, Jesús les dice: el Padre te ama, no te abandona, espera con paciencia inquebrantable tu regreso (cf. Lc 15,20). A quien es víctima de la injusticia y la explotación y no ve ninguna salida, Jesús le abre la puerta de la fraternidad donde puede encontrar rostros, corazones y manos acogedores, donde puede compartir la amargura y la desesperación y recuperar un poco de dignidad. A los que están gravemente enfermos y se sienten abandonados y desanimados, Jesús se acerca, toca con ternura sus heridas, vierte el aceite de consuelo y transforma la debilidad en fuerza de bien para desatar los nudos más enredados. A los que están encarcelados y son tentados a encerrarse en si mismos, Jesús le vuelve a abrir un horizonte de esperanza, comenzando con un pequeño destello de luz.

Queridos hermanos y hermanas, bajemos de los pedestales de nuestro orgullo, todos tenemos la tentación del orgullo, y pidamos la bendición de la Santa Madre de Dios, la humilde, la humilde Madre de Dios. Ella nos muestra a Jesús: dejémonos bendecir, abramos nuestros corazones a su bondad. Así, el año que comienza será un camino de esperanza y de paz, no a través de palabras, sino a través de los gestos… cotidianos, de diálogo, de reconciliación y de cuidado de la creación.

RAQUEL ANILLO


Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios

La ternura materna de María alcanza a todos los hombres.

(ZENIT).- El 31 de diciembre a las 17 horas, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco presidió las primeras Vísperas de la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, seguidas de la exposición del Santísimo, del himno tradicional Te Deum, al final del año civil, y de la Bendición Eucarística. Al término de la celebración, el Papa Francisco visitó el pesebre situado en la plaza de San Pedro.

RAQUEL ANILLO

Homilía del Santo Padre
durante la celebración de las Vísperas.

«Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo» (Gal 4, 4).

El Hijo enviado por el Padre acampó en Belén de Efratá, «tan pequeño para estar entre las aldeas de Judá» (Mi 5:1); vivió en Nazaret, una ciudad nunca mencionada en las Escrituras a menos que para decir: «¿Puede algo bueno salir de Nazaret?» (Jn 1, 46), y murió descartado de la gran ciudad, de Jerusalén, crucificada fuera de sus muros. La decisión de Dios es clara: para revelar su amor Él escoge la pequeña ciudad y la ciudad despreciada, y cuando llegua a Jerusalén se une al pueblo de los pecadores y de los descartados. Ninguno de los habitantes de la ciudad se da cuenta de que el Hijo de Dios hecho hombre está caminando por sus propias calles, probablemente ni siquiera sus discípulos, el que sólo comprenderán plenamente con la Resurrección el Misterio presente en Jesús.

Las palabras y los signos de salvación que realiza en la ciudad despiertan asombro y entusiasmo. momentáneos, pero no son recibidos en su pleno significado: pronto ya no serán recordados, cuando el gobernador romano preguntará: «¿Quieren a Jesús o a Barrabás libre?» Fuera de la ciudad Jesús será crucificado, en lo alto del Gólgota, para ser condenado por la mirada de todos los habitantes y burlado por sus comentarios sarcásticos. Pero desde allí, desde la cruz, el nuevo árbol de la vida, el poder de Dios atraerá a todos hacia él . Y también la Madre de Dios, que bajo la cruz es la Dolorosa, está a punto de extender a todos los hombres su maternidad. La Madre de Dios es la Madre de la Iglesia, y su ternura materna alcanza a todos los hombres.

Dios levantó su tienda en la ciudad, y nunca se apartó de ella. Su presencia en la ciudad incluso en esta nuestra ciudad de Roma, «no debe ser fabricada, sino descubierta, desvelada» (Esort. ap. Evangelii gaudium, 71). Somos nosotros los que debemos pedir a Dios la gracia de unos ojos nuevos, capaces de «una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubre a Dios habitando en sus casas, en sus calles, en sus plazas» (ibíd., 71). Los profetas, en la Escritura, advierten contra la  tentación de ligarla presencia de Dios sólo al templo (Jer 7:4): Él habita en medio de su pueblo, camina con él y vive su vida. Su fidelidad es concreta, es la proximidad a la existencia cotidiana… de sus hijos. De hecho, cuando Dios quiere hacer nuevas todas las cosas a través de Su Hijo, Él no comienza desde el templo, sino del vientre de una pequeña y pobre mujer de su pueblo. Es extraordinaria esta elección de Dios! No cambia la historia a través de los poderosos hombres de las instituciones civiles y religiosas, sino de las mujeres de la periferia del imperio, como María, y de sus vientres estériles, como el de Isabel.

Pienso en las muchas personas valientes, creyentes y no creyentes, que he conocido a lo largo de los años y que  representan el «corazón palpitante» de Roma. Verdaderamente Dios nunca ha dejado de cambiar la historia y el rostro de nuestra ciudad a través de la gente de los pequeños y los pobres que la habitan: Él los elige, los inspira, los motiva a la acción, los hace solidarios, los anima a activar redes, a crear vínculos virtuosos, a construir puentes y no muros. Es precisamente a través de estos mil riachuelos de agua viva del Espíritu que la Palabra de Dios fecunda la ciudad y de estéril la convierte en una «gozosa madre de hijos» (Sal 113, 9).

¿Y qué le pide el Señor a la Iglesia de Roma? Él nos confía su Palabra y nos insta a que nos arrojemos en la refriega, para implicarnos en el encuentro y la relación con los habitantes de la ciudad para que «su mensaje corra rápido». Estamos llamados a encontrarnos con los demás y a escuchar su existencia, de su grito de ayuda. ¡Escuchar ya es un acto de amor! Tener tiempo para los demás, para dialogar, para reconocer con una mirada contemplativa la presencia y la acción de Dios en sus vidas, dar testimonio de la nueva vida del Evangelio con hechos más que con palabras es realmente un servicio de amor. que cambia la realidad. Al hacerlo, de hecho, en la ciudad y también en la Iglesia circula un aire nuevo, el deseo para volver a ponerse en camino, para superar la vieja lógica de la oposición y las vallas, para colaborar juntos, construyendo una ciudad más justa y fraterna.

Visperas María Madre de Dios (Foto: © Vatican Media)

No debemos tener miedo o sentirnos inadecuados para una misión tan importante. Recordémoslo: Dios no nos elige por nuestra «habilidad», sino precisamente porque somos y  nos sentimos pequeños. Le agradecemos por su Gracia que nos ha apoyado este año y con alegría elevemos el canto de alabanza.

 © Librería Editorial Vaticano


Fin de año en serenidad y paz: Los deseos del Papa

Aprender a «comunicarse» en familia.

(ZENIT).- El Papa Francisco desea que todos terminen el año en «serenidad» y «paz» y «aprendiendo» a «comunicarse» en familia.

En este domingo, 29 de diciembre de 2019, Domingo de la Sagrada Familia para los católicos, el Papa Francisco expresó estos deseos, después de la oración del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, en presencia de decenas de miles de personas.

«Les deseo a todos un buen domingo y un fin de año pacífico», dijo el Papa en italiano. Terminemos el año en paz y con la familia, comunicándonos unos con otros».

Saludo del Papa, 29 Diciembre 2019 (Foto: © Vatican Media)

Esta será la intención de oración del Papa Francisco para enero de 2020 y el tema: «Oremos para que los discípulos de Jesús, los creyentes y las personas de buena voluntad juntos, promuevan la paz y la justicia en el mundo».

El Papa no dejó de agradecer los deseos y las oraciones: “Os agradezco nuevamente vuestros buenos deseos y vuestras oraciones. Seguid rezando por mí. ¡Buen almuerzo y adiós!».

ANITA BOURDIN


Ángelus: «La Sagrada Familia, don de Dios»

Palabras del Papa antes del Ángelus.

(ZENIT).- María, José y Jesús, la Sagrada Familia de Nazaret, representa una respuesta coral a la voluntad del Padre: los tres miembros de esta singular familia se ayudan mutuamente a descubrir y realizar el proyecto de Dios. Dijo el Papa Francisco, este domingo, 29 de diciembre de 2019, Domingo de la Sagrada Familia. El Papa Francisco expresó estos deseos, en italiano, antes de la oración del Ángelus, en la Plaza de San Pedro, en presencia de decenas de miles de personas.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Verdaderamente hoy es una hermosa jornada. Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret. El término «sagrada» coloca a esta familia en el ámbito de la santidad, que es un don de Dios pero, al mismo tiempo, es una adhesión libre y responsable para unirse al proyecto de Dios. Así fue para la familia de Nazaret: estaba totalmente disponible a la voluntad de Dios.

Ángelus, 29 Diciembre de 2019 (Foto: © Vatican Media)

Cómo no asombrarse de la docilidad de María a la acción del Espíritu Santo que le pide que se convierta en la madre del Mesías?  por que María, como toda joven de su tiempo, estaba a punto de realizar su proyecto de vida en una profunda comunión con su esposo José. Pero cuando se da cuenta de que Dios la llama a una misión particular, no duda en proclamarse su «sierva» (cf. Lc 1,38). Jesús exaltará la grandeza en ella no tanto por su papel de madre, sino por su obediencia a Dios, Jesús dijo: «¡Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen!» como María (Lc 11:28). Y cuando no comprende plenamente los acontecimientos que la implican, María en silencio medita, reflexiona y adora la iniciativa divina. Su presencia al pie de la cruz consagra esta disponibilidad total.

En lo que respecta a José, el Evangelio no nos deja ni una sola palabra: no habla, sino que actúa obedeciendo. En el hombre del silencio, en el hombre de la obediencia. La página del Evangelio de hoy (cf. Mt 2,13-15.19-23) nos recuerda tres veces esta obediencia del justo José, refiriéndose a la huida a Egipto y el regreso a la tierra de Israel. Bajo la guía de Dios, representado por el Ángel, José aleja a su familia de las amenazas de Herodes y la salva. De esta manera, la Sagrada Familia se solidariza con todas las familias del mundo que se ven obligadas a exiliarse, se solidariza con todos aquellos que se ven obligados a dejar su tierra por la represión, la violencia y la guerra.

Finalmente, la tercera persona de esta familia, Jesús. Él es la voluntad del Padre: en Él, dice San Pablo, no hubo un «sí» y un «no» sino sólo «sí» (véase 2Cor 1,19). Y esto se manifestó en muchos momentos de su vida terrenal. Por ejemplo, el episodio en el templo cuando, a los angustiados padres que lo buscaban, respondió: «¿No saben que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» (Lc 2,49); su constante repetir: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado» (Jn 4,34); su oración en el Huerto de los Olivos: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad» (Mt 26, 42). Todos estos acontecimientos son la realización perfecta de las mismas palabras de Cristo, que dice: «No has querido ni sacrificio ni ofrenda […]. Entonces dije: «He aquí que vengo […] a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Eb 10.5-7; Sal 40.7-9).

Ángelus, Navidad 2019 (Foto: © Vatican Media)

María, José y Jesús, la Sagrada Familia de Nazaret, representa una respuesta coral a la voluntad del Padre: los tres miembros de esta singular familia se ayudan mutuamente a descubrir y realizar el proyecto de Dios. Ellos rezaban, trabajaban, se comunicaban y yo me pregunto: Tú en tu familia, ¿sabes comunicarte?, ¿o eres como aquellos chicos, que en la mesa cada uno con su móvil está chateando? la comida parece como un silencio, como si estuvieran en mis, pero no se comunican entre ellos. Debemos retomar la comunicación, los padres, los hijos con los abuelos, pero comunicarse, con los hermanos entre sí. Este es un deber que hay que hacer hoy, hoy precisamente en la Jornada de la Sagrada Familia. Que la Sagrada Familia sea el modelo de nuestras familias, para que los padres y los hijos se sostengan mutuamente en la adhesión al Evangelio, fundamento de la santidad de la familia.

Confiemos a María «Reina de la Familia», todas las familias del mundo, especialmente las que están probadas por el sufrimiento o el malestar… e invocamos sobre ellos su protección maternal.

RAQUEL ANILLO

España: El Papa nombra arzobispo de Toledo a Mons. Francisco Cerro Chaves

Y acepta la renuncia de Braulio Rodríguez.

(ZENIT – 27 dic. 2019).- El Santo Padre, tras aceptar la renuncia presentada por Mons. Braulio Rodríguez Plaza al gobierno pastoral de la Archidiócesis de Toledo (España), ha nombrado a Mons. Francisco Cerro Chaves como arzobispo metropolitano, transfiriéndolo de la Diócesis de Coria-Cáceres.

La Oficina de Prensa Vaticana ha informado del nuevo nombramiento la mañana del 27 de diciembre de 2019, en un comunicado.

Mons. Braulio Rodríguez, informa la Conferencia Episcopal Española, seguirá al frente de la diócesis de Toledo como administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor. El obispo madrileño presentó la renuncia al Papa Francisco al cumplir los 75 años.

Mons. Francisco Cerro Chaves

Mons. Francisco Cerro, nombrado Arzobispo de Toledo
(Foto: © Archidiócesis de Toledo)

Mons. Francisco Cerro Chaves nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres, diócesis de Coria-Cáceres. En el mismo lugar siguió sus estudios de Filosofía. En el Seminario de Toledo siguió los estudios de Teología donde obtuvo el Bachillerato. En la Pontificia Universidad Gregoriana obtuvo la licenciatura y sucesivamente el doctorado en Teología Espiritual en 1997.

Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981, incardinado en Toledo. Ha sido vicario parroquial de San Nicolás, Toledo (1981), asistente de la juventud (1982-1989), colaborador de la parroquia de Santa Teresa, Toledo (1986-1987) y director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales (1986-1989). En 1989 se trasladó a Valladolid, como director del Centro de Formación y Espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús y capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa (1989-2007). Fue incardinado en Valladolid en 1992.

El 21 de junio de 2007 fue nombrado obispo de Coria-Cáceres y consagrado el 12 de septiembre del mismo año. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Comisión Episcopal para las Misiones y la Cooperación entre las Iglesias y de la Comisión del Clero desde el 2017. Anteriormente fue miembro de la Comisión Episcopal de Vida Consagrada (2007-2017) y de la Comisión de Apostolado de los Laicos (2008-2011).

Mons. Braulio Rodríguez, arzobispo de Toledo desde 2009

Mons. Braulio Rodríguez Plaza (Foto: © Conferencia Episcopal Española)

Nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Ordenado sacerdote en Madrid, el 3 de abril de 1972.

Ha sido obispo de Osma-Soria (1987-1995), de Salamanca (1995-2002) y arzobispo de Valladolid (2002-2009). Tomó posesión de la diócesis de Toledo el 21 de junio de 2009. El 16 de abril de 2009 el papa Benedicto XVI lo nombra arzobispo de Toledo. Toma posesión el 21 de junio de 2009.

En la Conferencia Episcopal Española es actualmente presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1987-96 y desde 2005), Doctrina de la Fe (1987-90) y Apostolado Seglar (1990-99), presidiendo la Subcomisión de Familia y Vida (1996-99), la Comisión de Apostolado Seglar (1999-2005) y la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (2011-2017). Vice-Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (1995).


Fiesta de san Esteban, protomártir: «La violencia es derrotada por el amor»

Palabras del Papa antes del Ángelus.

(ZENIT).- El Papa ha indicado que desde la perspectiva de la fe, la celebración de la fiesta del protomártir san Esteban «se pone en sintonía con el verdadero significado de la Navidad».

En esta festividad, «la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida: él, en la hora del testimonio supremo, contempla los cielos abiertos y dona a sus perseguidores su perdón».

A las 12 horas, este 26 de diciembre de 2019, fiesta de san Esteban, diácono y primer mártir, el Santo Padre se ha asomado a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los fieles y con los peregrinos en la plaza de san Pedro.

Ángelus, Navidad 2019 (Foto: © Vatican Media)

«Para nosotros, los cristianos, el Cielo ya no está lejos, separado de la Tierra», ha anunciado Francisco. «En Jesús, el Cielo ha descendido a la Tierra y gracias a él, con la fuerza del Espíritu Santo, nosotros podemos asumir todo lo que es humano y orientarlo hacia el Cielo, de tal modo que el primer testimonio sea precisamente nuestro modo de ser humanos, un estilo de vida plasmado según Jesús, manso y humilde».

ROSA DIE ALCOLEA

Palabras del Papa Francisco 

Querido hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy celebramos la fiesta de san Esteban, primer mártir. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de él (cfr cap. 6-7) y en las páginas de la liturgia de la Palabra de hoy nos lo presenta en los momentos finales de su vida, cuando es capturado y lapidado (cfr 6,12; 7,54-60).

En el clima gozoso de la Navidad, esta memoria del primer cristiano asesinado por la fe puede parecer fuera de lugar. Sin embargo, precisamente desde la perspectiva de la fe, la celebración de hoy se pone en sintonía con el verdadero significado de la Navidad. En el martirio de Esteban, de hecho, la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida: él, en la hora del testimonio supremo, contempla los cielos abiertos y dona a sus perseguidores su perdón.

Este joven servidor del Evangelio, lleno de Espíritu Santo, supo narrar a Jesús con las palabras, y sobre todo con su vida. Mirándolo a él, vemos realizarse la promesa de Jesús a sus discípulos: «Cuando los entreguen por causa mía, el Espíritu del Padre les dará la fuerza y las palabras para dar testimonio» (cfr Mt 10,19-20). Así había prometido Jesús. En la escuela de san Esteban, que se asemejó a su maestro tanto en la vida como en la muerte, también nosotros fijamos nuestra mirada en Jesús, testigo fiel del Padre. Aprendemos que la gloria del Cielo, aquella que dura para la vida eterna, no está hecha de riquezas y poder, sino de amor y de entrega de sí mismo.

Tenemos necesidad de tener la mirada fija en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, para poder dar razones de la esperanza que se nos ha donado a través de los desafíos y las pruebas que debemos afrontar cotidianamente. Para nosotros, los cristianos, el Cielo ya no está lejos, separado de la Tierra. En Jesús, el Cielo ha descendido a la Tierra y gracias a él, con la fuerza del Espíritu Santo, nosotros podemos asumir todo lo que es humano y orientarlo hacia el Cielo, de tal modo que el primer testimonio sea precisamente nuestro modo de ser humanos, un estilo de vida plasmado según Jesús, manso y humilde. Humilde y noble, no violento.

Esteban era diácono, uno de los primeros siete diáconos de la Iglesia, (cfr At 6,1-6). Él nos enseña a anunciar a Cristo a través de gestos de fraternidad y de caridad evangélica. Su testimonio, que culmina en el martirio, es una fuente de inspiración para la renovación de nuestras comunidades cristianas. Estas están llamadas a ser cada vez más misioneras decididas, todas orientadas a la evangelización, decididas a alcanzar a los hombres y mujeres de las periferias existenciales y geográficas, donde hay sed de esperanza y de salvación. Comunidades que no siguen la lógica mundana, que no ponen al centro a sí mismas, su propia imagen, sino únicamente la gloria de Dios y el bien de la gente, especialmente de los más pequeños y los pobres.

La fiesta del protomártir Esteban nos llama a recordar a todos los mártires de ayer y de hoy, hoy hay muchos, a sentirnos en comunión con ellos. Y a pedir a ellos la gracia de vivir y morir con el nombre de Jesús en el corazón y en sus labios. Que María, Madre del Redentor, nos ayude a vivir este tiempo de Navidad fijando la mirada en Jesús, para hacernos cada día más semejantes a Él.

© Librería Editorial Vaticano


«Jesús, nuestra paz, ha nacido»

Felicitación navideña.

(ZENIT – 25 diciembre 2019).- «Todos estamos llamados a dar esperanza al mundo, anunciando por palabra y especialmente por el testimonio de nuestra vida que Jesús, nuestra paz, nació», invitó al Papa Francisco en este día de Navidad, 25 de diciembre de 2019. .

El Papa dio su bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo entero), este mediodía, desde la Logia de la basílica de San Pedro. Estaba rodeado por los cardenales Renato Raffaele Martino, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz y el Consejo Pontificio para la Pastoral de los Migrantes, y Konrad Krajewski, Capellán Pontificio.


RAQUEL ANILLO/ AK

Palabras del Papa después de la bendición

Urbi Et Orbi (Foto: © Vatican Media)

Queridos hermanos y hermanas:

Renuevo mi felicitación de Navidad a todos vosotros, presentes en esta plaza, provenientes de varias partes del mundo; también a todos los que, desde diferentes países, nos siguen a través de la radio, la televisión y otros medios de comunicación Os agradezco vuestra presencia en este día de alegría.

Todos estamos llamados a dar esperanza al mundo, anunciando con palabras y sobre todo con el testimonio de nuestra vida que nació Jesús, nuestra paz.

Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Os deseo un buen almuerzo de Navidad! Hasta pronto.


Mensaje del Papa en Navidad: «Que el Emmanuel sea luz para toda la humanidad herida»

Bendición «Urbi et Orbi».

(ZENIT).-  «Sí, hay oscuridad en los corazones humanos, pero mayor es la luz de Cristo», dijo el Papa Francisco durante su mensaje navideño este 25 de diciembre de 2019.

Al mediodía, según la tradición, el Papa dio su bendición Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo) desde la Logia central de la basílica de San Pedro.

Haciendo un recorrido por  los conflictos del mundo, el Papa mencionó particularmente el Medio Oriente, Siria, Líbano, Tierra Santa, Irak, Yemen, el Continente americano, Venezuela, Ucrania, los pueblos del África: la República Democrática del Congo, Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria.

Finalmente abogó por los migrantes: «Es la injusticia la que los obliga a cruzar desiertos y mares, transformados en cementerios», denunció. Es la injusticia lo que los obliga a sufrir abusos indescriptibles, esclavitud de todo tipo y tortura en campos de detención inhumanos. Es la injusticia lo que los hace retroceder de lugares donde podrían tener la esperanza de una vida digna y les hace encontrar muros de indiferencia».

«Que Emmanuel sea luz para toda la humanidad herida. Que aligere nuestro corazón a menudo endurecido y egoista y nos haga instrumentos de su amor”, dijo el Papa.

RAQUEL ANILLO/AK

Mensaje del Papa Francisco

Urbi Et Orbi (Foto: © Vatican Media)

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1)

Queridos hermanos y hermanas: ¡Feliz Navidad! En el seno de la madre Iglesia, esta noche ha nacido nuevamente el Hijo de Dios hecho hombre. Su nombre es Jesús, que significa Dios salva. El Padre, Amor eterno e infinito, lo envió al mundo no para condenarlo, sino para salvarlo (cf. Jn 3,17). El Padre lo dio, con inmensa misericordia. Lo entregó para todos. Lo dio para siempre. Y Él nació, como pequeña llama encendida en la oscuridad y en el frío de la noche.

Aquel Niño, nacido de la Virgen María, es la Palabra de Dios hecha carne. La Palabra que orientó el corazón y los pasos de Abrahán hacia la tierra prometida, y sigue atrayendo a quienes confían en las promesas de Dios. La Palabra que guió a los hebreos en el camino de la esclavitud a la libertad, y continúa llamando a los esclavos de todos los tiempos, también hoy, a salir de sus prisiones. Es Palabra, más luminosa que el sol, encarnada en un pequeño hijo del hombre, Jesús, luz del mundo.

Por esto el profeta exclama: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Sí, hay tinieblas en los corazones humanos, pero más grande es la luz de Cristo. Hay tinieblas en las relaciones personales, familiares, sociales, pero más grande es la luz de Cristo. Hay tinieblas en los conflictos económicos, geopolíticos y ecológicos, pero más grande es la luz de Cristo.

Que Cristo sea luz para tantos niños que sufren la guerra y los conflictos en Oriente Medio y en diversos países del mundo. Que sea consuelo para el amado pueblo sirio, que todavía no ve el final de las hostilidades que han desgarrado el país en este decenio. Que remueva las conciencias de los hombres de buena voluntad. Que inspire a los gobernantes y a la comunidad internacional para encontrar soluciones que garanticen la seguridad y la convivencia pacífica de los pueblos de la región
y ponga fin a sus indecibles sufrimientos. Que sea apoyo para el pueblo libanés, de este modo pueda salir de la crisis actual y descubra nuevamente su vocación de ser un mensaje de libertad y de armoniosa coexistencia para todos.

Que el Señor Jesús sea luz para la Tierra Santa donde Él nació, Salvador del mundo, y donde continúa la espera de tantos que, incluso en la fatiga, pero sin desesperarse, aguardan días de paz, de seguridad y de prosperidad. Que sea consolación para Irak, atravesado por tensiones sociales, y para Yemen, probado por una grave crisis humanitaria. Pienso en los niños de Yemen.

Que el pequeño Niño de Belén sea esperanza para todo el continente americano, donde diversas naciones están pasando un período de agitaciones sociales y políticas. Que reanime al querido pueblo venezolano, probado largamente por tensiones políticas y sociales, y no le haga faltar el auxilio que necesita. Que bendiga los esfuerzos de cuantos se están prodigando para favorecer la justicia y la reconciliación, y se desvelan para superar las diversas crisis y las numerosas formas de pobreza que ofenden la dignidad de cada persona.

Que el Redentor del mundo sea luz para la querida Ucrania, que aspira a soluciones concretas para alcanzar una paz duradera.

Que el Señor recién nacido sea luz para los pueblos de África, donde perduran situaciones sociales y políticas que a menudo obligan a las personas a emigrar, privándolas de una casa y de una familia. Que haya paz para la población que vive en las regiones orientales de la República Democrática del Congo, martirizada por conflictos persistentes. Que sea consuelo para cuantos son perseguidos a causa de su fe, especialmente los misioneros y los fieles secuestrados, y para cuantos caen víctimas de ataques por parte de grupos extremistas, sobre todo en Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria.

Que el Hijo de Dios, que bajó del cielo a la tierra, sea defensa y apoyo para cuantos, a causa de estas y otras injusticias, deben emigrar con la esperanza de una vida segura. La injusticia los obliga a atravesar desiertos y mares, transformados en cementerios. La injusticia los fuerza a sufrir abusos indecibles, esclavitudes de todo tipo y torturas en campos de detención inhumanos. La injusticia les niega lugares donde podrían tener la esperanza de una vida digna y les hace encontrar muros de indiferencia.

Que el Emmanuel sea luz para toda la humanidad herida. Que ablande nuestro corazón, a menudo endurecido y egoísta, y nos haga instrumentos de su amor. Que, a través de nuestros pobres rostros, regale su sonrisa a los niños de todo el mundo, especialmente a los abandonados y a los que han sufrido a causa de la violencia. Que, a través de nuestros brazos débiles, vista a los pobres que no tienen con qué cubrirse, dé el pan a los hambrientos, cure a los enfermos. Que, por nuestra frágil compañía, esté cerca de las personas ancianas y solas, de los migrantes y de los marginados. Que, en este día de fiesta, conceda su ternura a todos, e ilumine las tinieblas de este mundo.

© Librería Editorial Vaticano


Misa de Navidad: «Se ha manifestado la gracia de Dios»

Homilía del Papa Francisco.

(ZENIT).- A las 21:30 horas, en la Basílica Vaticana, el Santo Padre Francisco ha celebrado la Santa Misa de la Noche en la Solemnidad del Nacimiento del Señor, el 24 de diciembre de 2019.

En la Celebración Eucarística, después de la proclamación del Santo Evangelio, el Papa ha pronunciado la homilía, que ofrecemos a continuación.

RAQUEL ANILLO

Homilía del Papa Francisco

«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). Esta profecía de la primera lectura se realizó en el Evangelio. De hecho, mientras los pastores velaban de noche en sus campos, «la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). En la noche de la tierra apareció una luz del cielo. ¿Qué significa esta luz surgida en la oscuridad? Nos lo sugiere el apóstol Pablo, que nos dijo: «Se ha manifestado la gracia de Dios». La gracia de Dios, «que trae la salvación para todos los hombres» (Tt 2,11), ha envuelto al mundo esta noche.

El Papa Francisco celebra la Misa de Nochebuena (Foto: Vatican Media)

Pero, ¿qué es esta gracia? Es el amor divino, el amor que transforma la vida, renueva la historia, libera del mal, infunde paz y alegría. En esta noche, el amor de Dios se ha mostrado a nosotros: es Jesús. En Jesús, el Altísimo se hizo pequeño para ser amado por nosotros. En Jesús, Dios se hizo Niño, para dejarse abrazar por nosotros. Pero, podemos todavía preguntarnos, ¿por qué san Pablo llama “gracia” a la venida de Dios al mundo? Para decirnos que es completamente gratuita. Mientras que aquí en la tierra todo parece responder a la lógica de dar para tener, Dios llega gratis. Su amor no es negociable: no hemos hecho nada para merecerlo y nunca podremos recompensarlo.

Se ha manifestado la gracia de Dios. En esta noche nos damos cuenta de que, aunque no estábamos a la altura, Él se hizo pequeñez para nosotros; mientras andábamos ocupados en nuestros asuntos, Él vino entre nosotros. La Navidad nos recuerda que Dios sigue amando a cada hombre, incluso al peor. A mí, a ti, a cada uno de nosotros, Él nos dice hoy: “Te amo y siempre te amaré, eres precioso a mis ojos”. Dios no te ama porque piensas correctamente y te comportas bien; Él te ama y basta. Su amor es incondicional, no depende de ti. Puede que tengas ideas equivocadas, que hayas hecho de las tuyas; sin embargo, el Señor no deja de amarte. ¿Cuántas veces pensamos que Dios es bueno si nosotros somos buenos, y que nos castiga si somos malos? Pero no es así. Aun en nuestros pecados continúa amándonos. Su amor no cambia, no es quisquilloso; es fiel, es paciente. Este es el regalo que encontramos en Navidad: descubrimos con asombro que el Señor es toda la gratuidad posible, toda la ternura posible. Su gloria no nos deslumbra, su presencia no nos asusta. Nació pobre de todo, para conquistarnos con la riqueza de su amor.

Se ha manifestado la gracia de Dios. Gracia es sinónimo de belleza. En esta noche, redescubrimos en la belleza del amor de Dios, también nuestra belleza, porque somos los amados de Dios. En el bien y en el mal, en la salud y en la enfermedad, felices o tristes, a sus ojos nos vemos hermosos: no por lo que hacemos sino por lo que somos. Hay en nosotros una belleza indeleble, intangible; una belleza irreprimible que es el núcleo de nuestro ser. Dios nos lo recuerda hoy, tomando con amor nuestra humanidad y haciéndola suya, “desposándose con ella” para siempre.

De hecho, la «gran alegría» anunciada a los pastores esta noche es «para todo el pueblo». En aquellos pastores, que ciertamente no eran santos, también estamos nosotros, con nuestras flaquezas y debilidades. Así como los llamó a ellos, Dios también nos llama a nosotros, porque nos ama. Y, en las noches de la vida, a nosotros como a ellos nos dice: «No temáis» (Lc 2,10). ¡Ánimo, no hay que perder la confianza, no hay que perder la esperanza, no hay que pensar que amar es tiempo
perdido! En esta noche, el amor venció al miedo, apareció una nueva esperanza, la luz amable de Dios venció la oscuridad de la arrogancia humana. ¡Humanidad, Dios te ama, se hizo hombre por ti, ya no estás sola!

Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué hacer ante esta gracia? Una sola cosa: acoger el don. Antes de ir en busca de Dios, dejémonos buscar por Él. No partamos de nuestras capacidades, sino de su gracia, porque Él es Jesús, el Salvador. Pongamos nuestra mirada en el Niño y dejémonos envolver por su ternura. Ya no tendremos más excusas para no dejarnos amar por Él: Lo que sale mal en la vida, lo que no funciona en la Iglesia, lo que no va bien en el mundo ya no será una justificación. Pasará a un segundo plano, porque frente al amor excesivo de Jesús, que es todo mansedumbre y cercanía, no hay excusas. La pregunta que surge en Navidad es: “¿Me dejo amar por Dios? ¿Me abandono a su amor que viene a salvarme?”.

Un regalo así, tan grande, merece mucha gratitud. Acoger la gracia es saber agradecer. Pero nuestras vidas a menudo transcurren lejos de la gratitud. Hoy es el día adecuado para acercarse al sagrario, al belén, al pesebre, para agradecer. Acojamos el don que es Jesús, para luego transformarnos en don como Jesús. Convertirse en don es dar sentido a la vida y es la mejor manera de cambiar el mundo: cambiamos nosotros, cambia la Iglesia, cambia la historia cuando comenzamos a no querer cambiar a los otros, sino a nosotros mismos, haciendo de nuestra vida un don.

Jesús nos lo manifiesta esta noche. No cambió la historia constriñendo a alguien o a fuerza de palabras, sino con el don de su vida. No esperó a que fuéramos buenos para amarnos, sino que se dio a nosotros gratuitamente. Tampoco nosotros podemos esperar que el prójimo cambie para hacerle el bien, que la Iglesia sea perfecta para amarla, que los demás nos tengan consideración para servirlos. Empecemos nosotros. Así es como se acoge el don de la gracia. Y la santidad no es sino custodiar esta gratuidad.

Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y le puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos.

Querido hermano, querida hermana: Si tus manos te parecen vacías, si ves tu corazón pobre en amor, esta noche es para ti. Se ha manifestado la gracia de Dios para resplandecer en tu vida. Acógela y brillará en ti la luz de la Navidad.

© Librería Editorial Vaticano


Discurso a la Curia Romana: El Papa llama a «un cambio en la mentalidad pastoral»

Y para «despertar las conciencias adormecidas en la indiferencia».

(ZENIT).- «Ya no estamos en la cristiandad … Ya no somos los únicos hoy en producir cultura, ni los primeros ni los más escuchados», subraya el Papa Francisco frente a sus colaboradores en el Vaticano: «Necesitamos un cambio de mentalidad pastoral «.

En su tradicional discurso navideño a la Curia romana el 21 de diciembre de 2019, el Papa Francisco explicó las razones profundas de la reforma comprometida, en un mundo donde la fe a menudo es «negada, burlada, marginada y ridiculizada». Para servir mejor a la humanidad, dijo, no se trata de «pasar a una pastoral relativista», sino de «dejarse cuestionar por los desafíos de la actualidad y comprenderlos».

Citando al cardenal Newman, el Papa enfatizó que «el desarrollo y el crecimiento son la característica de la vida terrenal y humana». «El cambio es una conversión», agregó, «es decir, una transformación interna». La vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación … es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita salir para permanecer, cambiar para ser fiel».

El Papa se centró en la misión particular de ciertos dicasterios: la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el Dicasterio de la Comunicación y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Hablando de esto último, una vez más hizo un llamamiento a los migrantes forzados «que en este momento representan un grito en el desierto de nuestra humanidad»: la Iglesia «está llamada a despertar a las conciencias dormidas en la indiferencia ante las realidades del mar Mediterráneo convertido, para muchos, para demasiados, en un cementerio”.

RAQUEL ANILLO/ AK

Discurso del papa Francisco

Discurso en la Curia Romana, Navidad 2019 (Foto: © Vatican Media)

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Queridos hermanos y hermanas:

Os doy la cordial bienvenida a todos vosotros. Agradezco al Cardenal Angelo Sodano las palabras que me ha dirigido, y sobre todo deseo expresarle mi gratitud, también en nombre de los miembros del Colegio Cardenalicio, por el valioso y oportuno servicio que ha realizado como Decano, durante tantos años, con disponibilidad, dedicación, eficiencia y gran capacidad organizativa y de coordinación. Con esa forma de actuar “rassa nostrana”, como diría Nino Costa [escritor piamontés]. Muchas gracias, Eminencia. Ahora les corresponde a los Cardenales Obispos elegir un nuevo Decano. Espero que elijan a alguien que se ocupe a tiempo pleno de ese cargo tan importante. Gracias.

A vosotros aquí presentes, a vuestros colaboradores, a todas las personas que prestan servicio en la Curia, como también a los Representantes Pontificios y a cuantos colaboran con ellos, os deseo una santa y alegre Navidad. Y a estos saludos añado mi agradecimiento por la dedicación cotidiana que ofrecéis al servicio de la Iglesia. Muchas gracias.

También este año el Señor nos ofrece la ocasión de encontrarnos para este gesto de comunión, que refuerza nuestra fraternidad y está enraizado en la contemplación del amor de Dios que se revela en la Navidad. En efecto, «el nacimiento de Cristo —ha escrito un místico de nuestro tiempo— es el testimonio más fuerte y elocuente de cuánto Dios ha amado al hombre. Lo ha amado con un amor personal. Es por eso que ha tomado un cuerpo humano al que se ha unido y lo ha hecho así para siempre. El nacimiento de Cristo es en sí mismo una “alianza de amor” estipulada para siempre entre Dios y el hombre»[1]. Y san Clemente de Alejandría afirma: «Por esta razón, el Hijo en persona vino a la tierra, se revistió de humanidad y sufrió voluntariamente la condición humana. Quiso someterse a las condiciones de debilidad de aquellos a quienes amaba, porque quería ponernos a nosotros a la altura de su propia grandeza»[2].

Considerando tanta bondad y tanto amor, el intercambio de saludos navideños es además una ocasión para acoger nuevamente su mandamiento: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35). Aquí, de hecho, Jesús no nos pide que lo amemos a Él como respuesta a su amor por nosotros; más bien nos pide que nos amemos unos a otros con su mismo amor. Nos pide, en otras palabras, que seamos semejantes a Él, porque Él se ha hecho semejante a nosotros. Que la Navidad, por tanto —como exhortaba el santo Cardenal Newman—, «nos encuentre cada vez más parecidos a quien, en este tiempo, se ha hecho niño por amor a nosotros; que cada nueva Navidad nos encuentre más sencillos, más humildes, más santos, más caritativos, más resignados, más alegres, más llenos de Dios»[3]. Y añade: «Este es el tiempo de la inocencia, de la pureza, de la ternura, de la alegría, de la paz»[4].

El nombre de Newman también nos recuerda una afirmación suya muy conocida, casi un aforismo, que se encuentra en su obra El desarrollo de la doctrina cristiana, que histórica y espiritualmente se coloca en la encrucijada de su ingreso en la Iglesia Católica. Dice así: «Aquí sobre la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones»[5]. No se trata obviamente de buscar el cambio por el cambio, o de seguir las modas, sino de tener la convicción de que el desarrollo y el crecimiento son la característica de la vida terrena y humana, mientras, desde la perspectiva del creyente, en el centro de todo está la estabilidad de Dios[6].

Para Newman el cambio era conversión, es decir, una transformación interior[7]. La vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación. La historia bíblica es todo un camino, marcado por inicios y nuevos comienzos; como para Abrahán; como para cuantos, dos mil años atrás, en Galilea, se pusieron en camino para seguir a Jesús: «Sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,11). Desde entonces, la historia del pueblo de Dios —la historia de la Iglesia— está marcada siempre por partidas, desplazamientos, cambios. El camino, obviamente, no es puramente geográfico, sino sobre todo simbólico: es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel[8].

Todo esto tiene una particular importancia en nuestro tiempo, porque no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia. A menudo sucede que se vive el cambio limitándose a usar un nuevo vestuario, y después en realidad se queda como era antes. Recuerdo la expresión enigmática, que se lee en una famosa novela italiana: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie” (en Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa).

La actitud sana es, más bien, la de dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlos con las virtudes del discernimiento, de la parresia y de la hypomoné. El cambio, en este caso, asumiría otro aspecto: de elemento de contorno, de contexto o de pretexto, de paisaje externo… se volvería cada vez más humano, y también más cristiano. Sería siempre un cambio externo, pero realizado a partir del centro mismo del hombre, es decir, una conversión antropológica[9].

Nosotros debemos iniciar procesos y no ocupar espacios: «Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo. El tiempo da inicio a los procesos, el espacio los cristaliza. Dios se encuentra en el tiempo, en los procesos en curso. No es necesario privilegiar los espacios de poder respecto a los tiempos, incluso largos, de los procesos. Nosotros debemos iniciar procesos, más que ocupar espacios. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la historia. Esto hace privilegiar las acciones que generan dinámicas nuevas. Y reclama paciencia, espera»[10]. Por esto, urge que leamos los signos de los tiempos con los ojos de la fe, para que la dirección de este cambio «despierte nuevas y viejas preguntas con las cuales es justo y necesario confrontarse»[11].

Afrontando hoy el tema del cambio que se funda principalmente en la fidelidad al depositum fidei y a la Tradición, deseo volver sobre la actuación de la reforma de la Curia romana, reiterando que dicha reforma no ha tenido nunca la presunción de hacer como si antes no hubiese existido; al contrario, se ha apuntado a valorizar todo lo bueno que se ha hecho en la compleja historia de la Curia. Es preciso valorizar la historia para construir un futuro que tenga bases sólidas, que tenga raíces y por ello pueda ser fecundo. Apelar a la memoria no quiere decir anclarse en la autoconservación, sino señalar la vida y la vitalidad de un recorrido en continuo desarrollo. La memoria no es estática, es dinámica. Por su naturaleza, implica movimiento. Y la tradición no es estática, es dinámica, como dijo ese gran hombre [G. Mahler]: la tradición es la garantía del futuro y no la custodia de las cenizas.

Queridos hermanos y hermanas: En nuestros anteriores encuentros natalicios, os hablé de los criterios que han inspirado este trabajo de reforma. Alenté también algunas actuaciones que ya se han realizado, sea definitivamente, sea ad experimentum[12]En el año 2017, evidencié algunas novedades de la organización curial, como, por ejemplo, la Tercera Sección de la Secretaría de Estado, que lo está haciendo muy bien; o las relaciones entre la Curia romana y las Iglesias particulares, recordando también la antigua praxis de las Visitas ad limina Apostolorum; o la estructura de algunos Dicasterios, particularmente el de las Iglesias Orientales y otros para el diálogo ecuménico o para el interreligioso, en modo particular con el Judaísmo.

En el encuentro de hoy, quisiera detenerme en algunos de los otros Dicasterios partiendo desde el núcleo de la reforma, es decir de la primera y más importante tarea de la Iglesia: la evangelización. San Pablo VI afirmó: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar»[13]Evangelii nuntiandi, que sigue siendo el documento pastoral más importante después del Concilio y que es actual. En realidad, el objetivo actual de la reforma es que «las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 27). Y entonces, inspirándose precisamente en este magisterio de los Sucesores de Pedro desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, se consideró proponer para la nueva Constitución Apostólica que se está preparando sobre la reforma de la Curia romana el título de Praedicate evangelium. Es decir, una actitud misionera.

Por eso, mi pensamiento se dirige hoy a algunos de los Dicasterios de la Curia romana que explícitamente se refieren a esta cuestión en su denominación: la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para la Evangelización de los pueblos; pienso también en el Dicasterio para la Comunicación y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Cuando estas dos primeras Congregaciones citadas fueron instituidas, estábamos en una época donde era más sencillo distinguir entre dos vertientes bastante bien definidas: un mundo cristiano por un lado y un mundo todavía por evangelizar por el otro. Ahora esta situación ya no existe. No se puede decir que las poblaciones que no han recibido el anuncio del Evangelio viven sólo en los continentes no occidentales, sino que se encuentran en todas partes, especialmente en las enormes conglomeraciones urbanas, que requieren una pastoral específica. En las grandes ciudades necesitamos otros “mapas”, otros paradigmas que nos ayuden a reposicionar nuestros modos de pensar y nuestras actitudes. Hermanos y hermanas: No estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados[14]. Por tanto, necesitamos un cambio de mentalidad pastoral, que no quiere decir pasar a una pastoral relativista. No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe —especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente— ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común; de hecho, frecuentemente es incluso negada, burlada, marginada y ridiculizada. Esto fue evidenciado por Benedicto XVI cuando, al convocar el Año de la Fe (2012), escribió: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas»[15]. Y por eso fue instituido en el año 2010 el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, para «promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo»[16]. A veces he hablado de esto con algunos de vosotros. Pienso en cinco países que han llenado el mundo de misioneros —os dije los que son—, y hoy no tienen recursos vocacionales para seguir adelante. Este es el mundo actual.

La percepción de que el cambio de época pone serios interrogantes a la identidad de nuestra fe no ha llegado, por cierto, improvisamente[17]. En tal cuadro se insertará también la expresión “nueva evangelización” adoptada por san Juan Pablo II, quien en la Encíclica Redemptoris missio escribió: «Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de Cristo» (n. 30). Es necesaria una nueva evangelización, o reevangelización (cf. n. 33).

Todo esto comporta necesariamente cambios y puntos de atención distintos tanto en los mencionados Dicasterios, como en la Curia en general[18].

Quisiera reservar también algunas consideraciones al Dicasterio para la Comunicación, creado recientemente. Estamos en la perspectiva del cambio de época, en cuanto «amplias franjas de la humanidad están inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 86).

Por lo tanto, al Dicasterio para la Comunicación se le ha confiado el encargo de reunir en una nueva institución a los nueve organismos que, anteriormente, se ocuparon, de diversas maneras y con diferentes tareas, de la comunicación: el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, la Sala de Prensa de la Santa Sede, la Tipografía Vaticana, la Librería Editrice VaticanaL’Osservatore Romano, la Radio Vaticana, el Centro Televisivo Vaticano, el Servicio de Internet Vaticano y el Servicio Fotográfico. Sin embargo, esta unificación, en línea con lo que se ha dicho, no proyectaba una simple agrupación “coordinativa”, sino una armonización de los diferentes componentes para proponer una mejor oferta de servicios y también para tener una línea editorial coherente.

La nueva cultura, marcada por factores de convergencia y multimedialidad, necesita una respuesta adecuada por parte de la Sede Apostólica en el área de la comunicación. Hoy, con respecto a los servicios diversificados, prevalece la forma multimedia, y esto también indica la manera de concebirlos, pensarlos e implementarlos. Todo esto implica, junto con el cambio cultural, una conversión institucional y personal para pasar de un trabajo de departamentos cerrados ―que en el mejor de los casos ofrecía una cierta coordinación― a un trabajo intrínsecamente conectado, en sinergia.

Queridos hermanos y hermanas: Mucho de lo dicho hasta ahora también es válido, en principio, para el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. También este se instituyó recientemente para responder a los cambios surgidos a nivel global, reuniendo cuatro Pontificios Consejos anteriores: Justicia y paz, Cor Unum, Pastoral para Migrantes y Operadores de la Salud. La coherencia de las tareas encomendadas a este Dicasterio se recuerda brevemente en el exordio del Motu Proprio Humanam progressionem que lo estableció: «En todo su ser y obrar, la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio. Este desarrollo se lleva a cabo mediante el cuidado de los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación». Se lleva a cabo en el servicio a los más débiles y marginados, especialmente a los migrantes forzados, que en este momento representan un grito en el desierto de nuestra humanidad. Por lo tanto, la Iglesia está llamada a recordar a todos que no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias, sino de personas humanas, hermanos y hermanas que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada. Está llamada a testimoniar que para Dios nadie es “extranjero” o “excluido”. Está llamada a despertar las conciencias adormecidas en la indiferencia ante la realidad del mar Mediterráneo, que se ha convertido para muchos, demasiados, en un cementerio.

Me gustaría recordar la importancia del carácter de integralidad del desarrollo. San Pablo VI afirmó que «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (Carta enc. Populorum progressio, 14). En otras palabras, arraigada en su tradición de fe y remitiéndose en las últimas décadas a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, la Iglesia siempre ha afirmado la grandeza de la vocación de todos los seres humanos, que Dios creó a su imagen y semejanza para que formaran una única familia; y al mismo tiempo ha procurado abrazar lo humano en todas sus dimensiones.

Es precisamente esta exigencia de integralidad la que vuelve a proponernos hoy la humanidad que nos reúne como hijos de un único Padre. «En todo su ser y obrar, la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio» (M.P. Humanam progressionem). El Evangelio lleva siempre a la Iglesia a la lógica de la encarnación, a Cristo que ha asumido nuestra historia, la historia de cada uno de nosotros. Esto es lo que nos recuerda la Navidad. Entonces, la humanidad es la clave distintiva para leer la reforma. La humanidad llama, interroga y provoca, es decir, llama a salir y no temer al cambio.

No olvidemos que el Niño recostado en el pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que «son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros» (Carta ap. Admirabile signum, 1 diciembre 2019, 6).

Queridos hermanos y hermanas: Se trata, por lo tanto, de grandes desafíos y equilibrios necesarios, a menudo difíciles de lograr, por el simple hecho de que, en la tensión entre un pasado glorioso y un futuro creativo y en movimiento, se encuentra el presente en el que hay personas que irremediablemente necesitan tiempo para madurar; hay circunstancias históricas que se deben manejar en la cotidianidad, puesto que durante la reforma el mundo y los eventos no se detienen; hay cuestiones jurídicas e institucionales que se deben resolver gradualmente, sin fórmulas mágicas ni atajos.

Por último, está la dimensión del tiempo y el error humano, con los que no es posible, ni correcto, no lidiar porque forman parte de la historia de cada uno. No tenerlos en cuenta significa hacer las cosas prescindiendo de la historia de los hombres. Vinculada a este difícil proceso histórico, siempre está la tentación de replegarse en el pasado —incluso utilizando nuevas formulaciones—, porque es más tranquilizador, conocido y, seguramente, menos conflictivo. Sin embargo, también esto forma parte del proceso y el riesgo de iniciar cambios significativos[19].

Aquí es necesario alertar contra la tentación de asumir la actitud de la rigidez. La rigidez que proviene del miedo al cambio y termina diseminando con límites y obstáculos el terreno del bien común, convirtiéndolo en un campo minado de incomunicabilidad y odio. Recordemos siempre que detrás de toda rigidez hay un desequilibrio. La rigidez y el desequilibrio se alimentan entre sí, en un círculo vicioso. Y, en este momento, esta tentación de rigidez es muy actual.

Queridos hermanos y hermanas: La Curia romana no es un cuerpo desconectado de la realidad —aun cuando el riesgo siempre esté presente—, sino que debe ser entendida y vivida en el hoy del camino recorrido por todos los hombres y las mujeres, en la lógica del cambio de época. La Curia romana no es un edificio o un armario lleno de trajes que ponerse para justificar un cambio. La Curia romana es un cuerpo vivo, y lo es tanto más cuanto más vive la integralidad del Evangelio.

El Cardenal Martini, en la última entrevista concedida pocos días antes de su muerte, pronunció palabras que nos deben hacer pensar: «La Iglesia se ha quedado doscientos años atrás. ¿Por qué no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valentía? Sin embargo, el cimiento de la Iglesia es la fe. La fe, la confianza, la valentía. […] Sólo el amor vence el cansancio»[20].

La Navidad es la fiesta del amor de Dios por nosotros. El amor divino que inspira, dirige y corrige la transformación, y derrota el miedo humano de dejar “lo seguro” para lanzarse hacia el “misterio”.

¡Feliz Navidad para todos!

Como preparación para la Navidad, hemos escuchado las predicaciones sobre la Santa Madre de Dios. Dirijamos a ella antes de la bendición.

[Ave María y bendición]

Ahora me gustaría daros un regalo, un recuerdo: dos libros. El primero es el “documento”, digámoslo así, que deseaba realizar para el mes misionero extraordinario [octubre 2019], y lo hice como entrevista: Sin Él no podemos hacer nada. Me inspiró una frase, no sé de quién, que decía que cuando el misionero llega a un lugar ya está esperándolo el Espíritu Santo. Esta es la inspiración de este documento. Y el segundo es un retiro para sacerdotes realizado hace poco tiempo por D. Luigi Maria Epicoco; un retiro para sacerdotes: Alguien a quien mirar. Los doy de corazón para que sirvan a toda la comunidad. Gracias.

© Librería editorial  del Vaticano

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[1] Matta El Meskin, L’umanità di Dio, Qiqajon-Bose, Magnano 2015, 170-171.
[2] Quis dives salvetur 37, 1-6.
[3] Sermón “La encarnación, misterio de gracia”, en Parochial and Plain Sermons V, 7.
[4] Ibíd. V, 97-98.
[5] Meditazioni e preghiere, G. Velocci, Milán 2002, 75.
[6] En una oración suya, Newman afirmaba: «No hay nada estable fuera de ti, Dios mío. Tú eres el centro y la vida de todos los que, siendo mudables, confían en ti como en un Padre, y vuelven a ti los ojos, contentos de ponerse en tus manos. Sé, Dios mío, que debe operarse en mí un cambio, si quiero llegar a contemplar tu rostro» (ibíd., 112).
[7] Newman lo describe así: «En el momento de la conversión, yo mismo no me daba cuenta del cambio intelectual y moral que había tenido lugar en mi mente… tenía la impresión de entrar en el puerto después de una travesía agitada; por eso mi felicidad, desde entonces y hasta hoy, ha permanecido inalterable» (Apologia pro vita sua, A. Bosi, ed. Turín 1988, 360; cf. J. Honoré, Gli aforismi di Newman, LEV, Ciudad del Vaticano 2010, 167).
[8] Cf. J. M. Bergoglio, Mensaje de cuaresma a los sacerdotes y consagrados, 21 febrero 2007.
[9] Cf. Const. ap. Veritatis gaudium (27 diciembre 2017), 3: «Se trata, en definitiva, de cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso: El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos».
[10] Entrevista concedida al P. Antonio Spadaro: La Civiltà Cattolica,19 septiembre 2013, p. 468.
[11] Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, 29 junio 2019.
[12] Cf. Discurso a la Curia, 22 diciembre 2016.
[13] Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 14. San Juan Pablo II escribió que «la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia» (Carta enc. Redemptoris missio, 7 diciembre 1990, 2).
[14] Cf. Discurso a los participantes en el Congreso Internacional de la Pastoral de las Grandes Ciudades, Sala del Consistorio, 27 noviembre 2014.
[15] Carta ap. M.P. Porta fidei, 2.
[16] Benedicto XVI, Homilía, 28 junio 2010; cf. Carta ap. M.P. Ubicumque et semper, 17 octubre 2010.
[17] El cambio de época fue también advertido en Francia por el Card. Suhard (piénsese en su carta pastoral Essor ou déclin de l’Église, 1947) y por el entonces Arzobispo de Milán, G.B. Montini. También él se preguntaba si Italia fuese todavía una nación católica (cf. Prolusione alla VIII Settimana nazionale di aggiornamento pastorale, 22 septiembre 1958, en Discorsi e Scritti milanesi 1954-1963, vol. II, Brescia-Roma 1997, 2328).
[18] San Pablo VI, hace aproximadamente cincuenta años, presentando a los fieles el nuevo Misal Romano, evocó la ecuación entre la ley de la oración (lex orandi) y la ley de la fe (lex credendi), y describió el Misal como “demostración de fidelidad y vitalidad”. Concluyendo su reflexión afirmó: «No decimos por tanto “nueva Misa”, sino más bien “nueva época” de la vida de la Iglesia» (Audiencia general, 19 noviembre 1969). Es cuanto, análogamente, se podría decir también en nuestro caso: no una nueva Curia romana, sino más bien una nueva época.
[19] Evangelii gaudium enuncia la regla de «privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad» (n. 223).
[20] Entrevista a Georg Sporschill, S.J., y a Federica Radice Fossati Confalonieri: “Corriere della Sera”, 1 septiembre 2012.