Francisco pone «deberes para hacer en casa» a los jóvenes y enfermos

En la primera audiencia general del año.

(ZENIT).- En vísperas de la Fiesta del Bautismo del Señor, que se celebrará el próximo domingo, 12 de enero, el Papa ha animado a los jóvenes, enfermos, ancianos y recién casados, esta mañana en la audiencia general, a averiguar cual es su fecha de Bautismo, como ya lo ha hecho en anteriores ocasiones.

Así, les ha invitado a «llevar siempre esa fecha en el corazón» para «agradecer al Señor la gracia» del Sacramento. Lo ha hecho este miércoles, 8 de enero de 2020, en el transcurso de la primera audiencia general del año, en el Aula Pablo VI.

«Redescubrir la gracia»

El Pontífice bendice a una anciana (Foto: © Vatican Media)

El Pontífice les ha animado a que «redescubran la gracia» que proviene del Sacramento y a «traducidla en los compromisos cotidianos de la vida».

«Y quisiera, –les ha indicado– que cada uno de nosotros supiera la fecha del Bautismo: sabemos la fecha de nuestro cumpleaños, la fecha de nuestro nacimiento; pero ¿cuántos de vosotros sabéis la fecha del bautismo? Pocos… como no se celebra, se olvida».

En este contexto, les ha puesto unos deberes para hacer en casa: «Preguntad a vuestros padres, a los abuelos, a los tíos, a los amigos»: «¿Cuándo fui bautizado? ¿Cuándo fui bautizada?». De este modo, les ha exhortado: «Llevad siempre esa fecha del Bautismo en vuestro corazón para agradecer al Señor la gracia del Bautismo».

ROSA DIE ALCOLEA


Catequesis completa 8.1.2020: «Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo»

Hechos de los Apóstoles.

(ZENIT – 8 enero 2020).- «Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo», ha anunciado el Pontífice en la primera audiencia general celebrada en el nuevo año.

De esta manera, ha relatado el Papa este miércoles, 8 de enero de 2020, el apóstol madura la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la «certeza de que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor será seguramente fecundo».

El Papa ha reanudado la catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, este miércoles, 8 de enero de 2020, para la que ha elegido el fragmento “Ninguna de vuestras vidas se perderá” (Hechos, 27, 22). La prueba del naufragio: entre la salvación de Dios y la hospitalidad de los malteses (Hechos 27, 15-21-24)

Francisco ha asegurado que «el amor a Dios siempre es fecundo y si te dejas tomar por el Señor y recibes los dones del Señor, podrás así darlos a los demás». En el marco del relato de San Pablo en la isla de Malta, el Santo Padre ha exhortado: «El amor a Dios va siempre más allá».

La audiencia general de hoy ha tenido lugar a las 9:10 horas en el Aula Pablo VI, donde el Papa ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.

A continuación, sigue la catequesis completa del Papa Francisco, traducida al español por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Catequesis del Santo Padre

Francisco saluda a una familia en la Audiencia General (Foto: © Vatican Media)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El libro de los Hechos de los Apóstoles, en su última parte, nos dice que el Evangelio continúa su camino no sólo por tierra sino también por mar, en una nave que lleva a Pablo, prisionero de Cesarea a Roma (cf. Hch 27,1-28,16), al corazón del Imperio, para que se cumpla la palabra del Resucitado: «Seréis mis testigos… hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8). Leed el libro de los Hechos de los Apóstoles y veréis como el Evangelio, con la fuerza del Espíritu Santo, llega a todos los pueblos, se vuelve universal. Tomadlo. Leedlo.

La navegación, desde el principio, halla condiciones desfavorables. El viaje se vuelve peligroso. Paolo aconseja no continuar la navegación, pero el centurión no le hace caso y se fía del piloto y del armador. El viaje prosigue y se desencadena un viento tan furioso que la tripulación pierde el control y deja que el barco vaya a la deriva.

Cuando la muerte ya parece cercana y la desesperación invade a todos interviene Pablo que tranquiliza a sus compañeros diciendo lo que hemos escuchado: «Esta noche se me ha presentado un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien doy culto… y me ha dicho: ‘No temas, Pablo; tienes que comparecer ante el César, y mira, Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo’». (Hechos 27:23-24). Incluso en la prueba, Pablo no deja de ser el custodio de la vida de los demás y el que alienta su esperanza.

Lucas nos muestra así que el proyecto que guía a Pablo a Roma pone a salvo no solamente al Apóstol, sino también a sus compañeros de viaje, y el naufragio, de una situación de desgracia, se convierte en una oportunidad providencial por el anuncio del Evangelio.

Al naufragio le sigue el desembarco en la isla de Malta, cuyos habitantes demuestran una cálida acogida. Los malteses son buenos, son humildes, son acogedores ya desde aquella época. Llueve y hace frío y encienden una hoguera para que los náufragos tengan, por lo menos,  calor y alivio. También aquí Pablo, como verdadero discípulo de Cristo, contribuye a alimentar el fuego con algunas ramas. Mientras lo hace es mordido por una víbora pero no sufre ningún daño. La gente, al verlo, dice “¡Pero este es un malhechor porque se salva de un naufragio y además le muerde una víbora!”. Esperaban el momento en que cayese muerto, pero no sufre daño alguno e incluso le toman por una deidad, en vez de por un malhechor. En realidad, ese beneficio proviene del Señor resucitado que le asiste, según la promesa hecha antes de subir al cielo y dirigida a los creyentes: «Agarrarán serpientes en sus  manos y, aunque beban veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». (Mc16.18). Dice la historia que desde aquel momento no hay víboras en Malta; esta es la bendición de Dios por la acogida de este pueblo tan bueno.

En efecto, la estancia en Malta se convierte para Pablo en la ocasión propicia para dar «carne» a la palabra que anuncia y ejercer así un ministerio de compasión en la curación de los enfermos. Y esta es una ley del Evangelio: cuando un creyente experimenta la salvación no la guarda para sí mismo, sino que la pone en circulación. «El bien siempre tiende a comunicarse. Toda experiencia auténtica de verdad y belleza busca por sí misma su expansión, y cualquier persona que viva una profunda liberación adquiere mayor sensibilidad a las necesidades de los demás» (Exhortación Evangelii gaudium, 9). Un cristiano «probado» puede ciertamente acercarse a los que sufren y hacer que su corazón se abra y sea sensible a la solidaridad con los demás.

Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la «convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos» y la «certeza de que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor será seguramente fecundo”. (ib., 279). El amor es siempre fecundo, el amor a Dios siempre es fecundo y si te dejas tomar por el Señor y recibes los dones del Señor, podrás así darlos a los demás. El amor a Dios va siempre más allá.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a vivir cada prueba sostenidos por la energía de la fe; y a ser sensibles con los numerosos náufragos de la historia que llegan a nuestras costas exhaustos, para que  también nosotros los recibamos con ese amor fraterno que proviene del encuentro con Jesús. Esto es lo que nos salva del frío de la indiferencia y de la inhumanidad.

© Librería Editorial Vaticano


Primera catequesis del año: «La vida de quien se da a Dios por amor será siempre fecunda»

Ciclo del Libro de los Hechos.

(ZENIT).- En la catequesis ofrecida hoy, el Pontífice ha indicado que «Pablo nos enseña a vivir las pruebas abrazándonos a Cristo, para madurar la convicción de que Dios actúa en cualquier circunstancia, también en medio de las dificultades; y la vida de quien se da a Dios por amor, será siempre fecunda».

Esta mañana, el Santo Padre ha retomado así la celebración de las audiencias generales, continuando su reflexión sobre los Hechos de los Apóstoles. Hoy, el Papa ha hablado de «La prueba del naufragio: entre la salvación de Dios y la hospitalidad de los malteses», de los Hechos de los Apóstoles 27, 15.21-24.

El Papa bendice a un niño, 8 Enero 2020 (© Vatican Media)

Este miércoles, 8 de enero de 2020, Francisco ha entrado a pie al Aula Pablo VI, en el Vaticano, pocos minutos después de las 9 horas, saludando cálidamente a peregrinos y visitantes procedentes de Italia y de otros países del mundo.

El Papa ha centrado hoy su reflexión en el libro bíblico, que narra, en su parte final, cómo el Evangelio siguió su camino no sólo por tierra sino también por mar: «Pablo iba prisionero en una embarcación que lo llevaba de Cesarea a Roma, cumpliéndose así la palabra del Resucitado: ‘Seréis mis testigos hasta los confines de la tierra’», ha relatado.

En un cierto momento, la navegación «se volvió difícil y peligrosa», ha narrado el Papa, Pablo aconsejó no seguir, pero el centurión no lo escuchó y la nave terminó a la deriva. Cuando la desesperación se apoderó de todos, el Apóstol intervino «asegurando que Dios le había revelado a través de un ángel que se presentaría ante el César y que no perdería a ninguno de sus compañeros de viaje». Así, ese viaje «pasó de ser una situación de desgracia y de muerte a una oportunidad para manifestar el poder salvador de Dios», ha destacado Francisco.

Después del naufragio, ha continuado, llegaron a la isla de Malta, donde fueron acogidos por sus habitantes y les encendieron una hoguera para que se calentaran. A Pablo, al echar leña al fuego, le mordió una víbora, pero no sufrió ningún daño. Este beneficio era una gracia del Señor Resucitado que lo asistió siguiendo su promesa dirigida a los creyentes: «cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño».


Ángelus 6.1.2020: Llamamiento del Papa al «diálogo» y «autocontrol» de los países

Palabras después del Ángelus.

(ZENIT).- En este primer domingo del año, Francisco renovó a todos sus «mejores deseos de serenidad y paz en el Señor». El Santo Padre rezó el Ángelus el día de la Epifanía, 6 de enero de 2020, en la plaza De San Pedro ante 50.000 fieles, según los datos de la policía vaticana.

El Papa, tras recitar la oración mariana, expresó: «En muchas partes del mundo se respira un terrible aire de tensión. La guerra sólo trae muerte y destrucción». Así, hizo un llamamiento «a todas las partes para que mantengan encendida la llama del diálogo y del autocontrol y para que eviten la sombra de la enemistad».

Rezo del Ángelus, 6 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

«Recemos en silencio para que el Señor nos conceda esta gracia», pidió el Pontífice a todos los presentes en la plaza. Y recordó el «compromiso que asumimos en el día de Año Nuevo», Jornada de la Paz: «La paz como esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica». «Con la gracia de Dios, podremos ponerlo en práctica», exhortó.

ROSA DIE ALCOLEA

Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

En muchas partes del mundo se respira un terrible aire de tensión. La guerra sólo trae muerte y destrucción. Hago un llamamiento a todas las partes para que mantengan encendida la llama del diálogo y del autocontrol y para que eviten la sombra de la enemistad. Recemos en silencio para que el Señor nos conceda esta gracia.

Os dirijo un saludo cordial a todos, peregrinos venidos de toda Italia y de otros países. Saludo a las familias, asociaciones y grupos parroquiales, en particular a los confirmantes de Mozzo y Almè – ¡tenéis una pancarta muy bonita! – en la diócesis de Bérgamo, y al grupo de la “Fraterna Domus”.

En este primer domingo del año renuevo a todos mis mejores deseos de serenidad y paz en el Señor. En los momentos felices y en los difíciles, confiémonos a Él, ¡que es nuestra esperanza! Recuerdo también el compromiso que asumimos en el día de Año Nuevo, Jornada de la Paz: «La paz como esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica». Con la gracia de Dios, podremos ponerlo en práctica.

Os deseo un buen domingo. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen almuerzo y hasta mañana para la solemnidad de la Epifanía.

© Librería Editorial Vaticano


Epifanía del Señor: «La adoración es un gesto de amor que cambia la vida»

Homilía del Papa Francisco.

(ZENIT).- «Queridos hermanos», planteó el Papa, «¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades?». Al adorar, aseguró, «nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino». Y, como los Magos, experimentaremos una ‘inmensa alegría’».

El Santo Padre celebró el 6 de enero de 2020, solemnidad de la Epifanía del Señor, la Santa Misa en la Basílica Vaticana, a las 10 horas.

«La adoración es un gesto de amor que cambia la vida», precisó el Pontífice en su reflexión. «Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él».

Así, el Santo Padre recordó la importancia de la «adoración» en la Iglesia: «Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos».

Publicamos a continuación la homilía del Papa que ha pronunciado después de la proclamación del Evangelio y del anuncio del día de Pascua, que este año se celebrará el 12 de abril.

ROSA DIE ALCOLEA

Homilía del Papa 

El Papa muestra el Evangelio, 6 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

En el Evangelio (Mt 2,1-12) hemos escuchado que los Magos comienzan manifestando sus intenciones: «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (v. 2). La adoración es la finalidad de su viaje, el objetivo de su camino. De hecho, cuando llegaron a Belén, «vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (v. 11). Si perdemos el sentido de la adoración, perdemos el sentido de movimiento de la vida cristiana, que es un camino hacia el Señor, no hacia nosotros. Es el riesgo del que nos advierte el Evangelio, presentando, junto a los Reyes Magos, unos personajes que no logran adorar.

En primer lugar, está el rey Herodes, que usa el verbo adorar, pero de manera engañosa. De hecho, le pide a los Reyes Magos que le informen sobre el lugar donde estaba el Niño «para ir — dice— yo también a adorarlo» (v. 8). En realidad, Herodes sólo se adoraba a sí mismo y, por lo tanto, quería deshacerse del Niño con mentiras. ¿Qué nos enseña esto? Que el hombre, cuando no adora a Dios, está orientado a adorar su yo. E incluso la vida cristiana, sin adorar al Señor, puede convertirse en una forma educada de alabarse a uno mismo y el talento que se tiene: cristianos que no saben adorar, que no saben rezar adorando. Es un riesgo grave: servirnos de Dios en lugar de servir a Dios. Cuántas veces hemos cambiado los intereses del Evangelio por los nuestros, cuántas veces hemos cubierto de religiosidad lo que era cómodo para nosotros, cuántas veces hemos confundido el poder según Dios, que es servir a los demás, con el poder según el mundo, que es servirse a sí mismo.

Además de Herodes, hay otras personas en el Evangelio que no logran adorar: son los jefes de los sacerdotes y los escribas del pueblo. Ellos indican a Herodes con extrema precisión dónde nacería el Mesías: en Belén de Judea (cf. v. 5). Conocen las profecías y las citan exactamente. Saben a dónde ir —grandes teólogos, grandes—, pero no van. También de esto podemos aprender una lección. En la vida cristiana no es suficiente saber: sin salir de uno mismo, sin encontrar, sin adorar, no se conoce a Dios. La teología y la eficiencia pastoral valen poco o nada si no se doblan las rodillas; si no se hace como los Magos, que no sólo fueron sabios organizadores de un viaje, sino que caminaron y adoraron. Cuando uno adora, se da cuenta de que la fe no se reduce a un conjunto de hermosas doctrinas, sino que es la relación con una Persona viva a quien amar. Conocemos el rostro de Jesús estando cara a cara con Él. Al adorar, descubrimos que la vida cristiana es una historia de amor con Dios, donde las buenas ideas no son suficientes, sino que se necesita ponerlo en primer lugar, como lo hace un enamorado con la persona que ama. Así debe ser la Iglesia, una adoradora enamorada de Jesús, su esposo.

Al inicio del año redescubrimos la adoración como una exigencia de fe. Si sabemos arrodillarnos ante Jesús, venceremos la tentación de ir cada uno por su camino. De hecho, adorar es hacer un éxodo de la esclavitud más grande, la de uno mismo. Adorar es poner al Señor en el centro para no estar más centrados en nosotros mismos. Es poner cada cosa en su lugar, dejando el primer puesto a Dios. Adorar es poner los planes de Dios antes que mi tiempo, que mis derechos, que mis espacios. Es aceptar la enseñanza de la Escritura: «Al Señor, tu Dios, adorarás» (Mt 4,10). Tu Dios: adorar es experimentar que, con Dios, nos pertenecemos recíprocamente. Es darle del “tú” en la intimidad, es presentarle la vida y permitirle entrar en nuestras vidas. Es hacer descender su consuelo al mundo. Adorar es descubrir que para rezar basta con decir: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28), y dejarnos llenar de su ternura.

Adorar es encontrarse con Jesús sin la lista de peticiones, pero con la única solicitud de estar con Él. Es descubrir que la alegría y la paz crecen con la alabanza y la acción de gracias. Cuando adoramos, permitimos que Jesús nos sane y nos cambie. Al adorar, le damos al Señor la oportunidad de transformarnos con su amor, de iluminar nuestra oscuridad, de darnos fuerza en la debilidad y valentía en las pruebas. Adorar es ir a lo esencial: es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente.

De hecho, al adorar uno aprende a rechazar lo que no debe ser adorado: el dios del dinero, el dios del consumo, el dios del placer, el dios del éxito, nuestro yo erigido en dios. Adorar es  hacerse pequeño en presencia del Altísimo, descubrir ante Él que la grandeza de la vida no consiste en tener, sino en amar. Adorar es redescubrirnos hermanos y hermanas frente al misterio del amor que supera toda distancia: es obtener el bien de la fuente, es encontrar en el Dios cercano la valentía para aproximarnos a los demás. Adorar es saber guardar silencio ante la Palabra divina, para aprender a decir palabras que no duelen, sino que consuelan.

La adoración es un gesto de amor que cambia la vida. Es actuar como los Magos: es traer oro al Señor, para decirle que nada es más precioso que Él; es ofrecerle incienso, para decirle que sólo con Él puede elevarse nuestra vida; es presentarle mirra, con la que se ungían los cuerpos heridos y destrozados, para pedirle a Jesús que socorra a nuestro prójimo que está marginado y sufriendo, porque allí está Él. Por lo general, sabemos cómo orar —le pedimos, le agradecemos al Señor—, pero la Iglesia debe ir aún más allá con la oración de adoración, debemos crecer en la adoración. Es una sabiduría que debemos aprender todos los días. Rezar adorando: la oración de adoración.

Queridos hermanos y hermanas, hoy cada uno de nosotros puede preguntarse: “¿Soy un adorador cristiano?”. Muchos cristianos que oran no saben adorar. Hagámonos esta pregunta. ¿Encontramos momentos para la adoración en nuestros días y creamos espacios para la adoración en nuestras comunidades? Depende de nosotros, como Iglesia, poner en práctica las palabras que rezamos hoy en el Salmo: «Señor, que todos los pueblos te adoren». Al adorar, nosotros también descubriremos, como los Magos, el significado de nuestro camino. Y, como los Magos, experimentaremos una «inmensa alegría» (Mt 2,10).

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Significado de la Navidad: «Responder a esta llamada: ser santos en el amor»

Palabras antes del Ángelus.

(ZENIT).- El significado de la Navidad, recordó el Papa, es que «si el Señor sigue viniendo entre nosotros, si sigue dándonos el don de su Palabra, es para que cada uno de nosotros pueda responder a esta llamada: ser santos en el amor».

El 6 de enero de 2020, solemnidad de la Epifanía del Señor y segundo domingo de navidad, el Papa Francisco se asomó a mediodía a la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para rezar el Ángelus con los 50.000 fieles –según la Gendarmería Vaticana– reunidos en la plaza de San Pedro para la habitual cita dominical.

La santidad, añadió, «es guardar el don que Dios nos ha dado. Simplemente esto: guardar la gratuidad». Y aclaró: «En esto consiste ser santo». Por tanto, «quien acepta la santidad en sí mismo como un don de gracia, no puede dejar de traducirla en acciones concretas en la vida cotidiana», explicó Francisco.

«Este don, esta gracia que Dios me ha dado, la traduzco en una acción concreta en la vida cotidiana, en el encuentro con los demás», matizó. «Esta caridad, esta misericordia hacia el prójimo, reflejo del amor de Dios, al mismo tiempo que purifica nuestro corazón y nos dispone al perdón», indicó el Papa.

ROSA DIE ALCOLEA

Palabras del Papa antes del Ángelus

Rezo del Ángelus, 6 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo de la Navidad, las lecturas bíblicas nos ayudan a alargar la mirada, para tomar una conciencia plena del significado del nacimiento de Jesús.

El comienzo del Evangelio de San Juan nos muestra una impactante novedad: el Verbo eterno, el Hijo de Dios, «se hizo carne» (v. 14). No sólo vino a vivir entre la gente, sino que se convirtió en uno del pueblo, ¡uno de nosotros! Después de este acontecimiento, para dirigir nuestras vidas, ya no tenemos sólo una ley, una institución, sino una Persona, una Persona divina, Jesús, que guía nuestras vidas, nos hace ir por el camino porque Él lo hizo antes.

San Pablo bendice a Dios por su plan de amor realizado en Jesucristo (cf. Efesios 1, 3-6; 15-18). En este plan, cada uno de nosotros encuentra su vocación fundamental. ¿Y cuál es? Esto es lo que dice Pablo: estamos predestinados a ser hijos de Dios por medio de Jesucristo. El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos a nosotros, hombres, hijos de Dios. Por eso el Hijo eterno se hizo carne: para introducirnos en su relación filial con el Padre.

Así pues, hermanos y hermanas, mientras continuamos contemplando el admirable signo de la Natividad, la liturgia de hoy nos dice que el Evangelio de Cristo no es una fábula, ni un mito, ni un cuento moralizante, no. El Evangelio de Cristo es la plena revelación del plan de Dios, el plan de Dios para el hombre y el mundo. Es un mensaje a la vez sencillo y grandioso, que nos lleva a preguntarnos: ¿qué plan concreto tiene el Señor para mí, actualizando aún hoy su nacimiento entre nosotros?

Es el apóstol Pablo quien nos sugiere la respuesta: «[Dios] nos ha elegido […] para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor» (v. 4). Este es el significado de la Navidad. Si el Señor sigue viniendo entre nosotros, si sigue dándonos el don de su Palabra, es para que cada uno de nosotros pueda responder a esta llamada: ser santos en el amor. La santidad pertenece a Dios, es comunión con Él, transparencia de su infinita bondad. La santidad es guardar el don que Dios nos ha dado. Simplemente esto: guardar la gratuidad. En esto consiste ser santo. Por tanto, quien acepta la santidad en sí mismo como un don de gracia, no puede dejar de traducirla en acciones concretas en la vida cotidiana.

Este don, esta gracia que Dios me ha dado, la traduzco en una acción concreta en la vida cotidiana, en el encuentro con los demás. Esta caridad, esta misericordia hacia el prójimo, reflejo del amor de Dios, al mismo tiempo que purifica nuestro corazón y nos dispone al perdón, haciéndonos “inmaculados” día tras día. Pero inmaculados no en el sentido de que yo elimino una mancha: inmaculados en el sentido de que Dios entra en nosotros, el don, la gratuidad de Dios entra en nosotros y nosotros lo guardamos y lo damos a los demás.

Que la Virgen María nos ayude a acoger con alegría y gratitud el diseño divino de amor realizado en Jesucristo.

© Librería Editorial Vaticano


Santa Marta: Discernir qué espíritu se mueve “en mi corazón” cada día

Meditación del Papa en la Misa.

(ZENIT).- El Papa Francisco recomienda preguntarse todos los días: “¿qué ha pasado hoy en mi corazón? ¿Qué tenía ganas de hacer, de pensar? ¿Cuál espíritu se ha movido en mi corazón? El Espíritu de Dios, el don de Dios, el Espíritu Santo que me lleva siempre al encuentro con el Señor o el espíritu del mundo que me aleja suave, lentamente del Señor (…)”.

El Santo Padre ha reanudado hoy, 7 de enero de 2020, las Misas matutinas en la Casa de Santa Marta.

En su homilía ha reflexionado en torno al pasaje de la primera carta de san Juan Apóstol, primera lectura de la liturgia del día. En ella, el evangelista retoma el consejo de Jesús a sus discípulos: “Permanezcan en Dios”, indica Vatican News.

Permanecer en Dios

Misa en Santa Marta, 7 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

Para Francisco, uno puede “estar en las ciudades más pecaminosas, en las sociedades más ateas, pero si el corazón permanece en Dios”, se puede traer la salvación. En esta línea, remite al episodio narrado en los Hechos de los Apóstoles, cuando llegan a una ciudad y se encuentran con cristianos bautizados por Juan.

Allí les preguntaron: “¿Han recibido el Espíritu Santo?”, pero ellos ni siquiera sabían que existía. “Cuántos cristianos, aún hoy identifican al Espíritu Santo solo con la paloma” y no saben que “es lo que te hace permanecer en el Señor, es la garantía, la fuerza para permanecer en el Señor”, indicó el Papa.

El espíritu del mundo

Así, el Pontífice se refirió al espíritu del mundo, que es contrario al Espíritu Santo: “Jesús, en la Última Cena, no pide al Padre que saque a los discípulos del mundo”, porque la vida cristiana está en el mundo, “sino que los proteja del espíritu del mundo, que es lo contrario”.

Esto es, remarcó, “aún peor que cometer un pecado. Es una atmósfera que te hace inconsciente, te lleva a un punto en el que no sabes reconocer el bien del mal”.

Pedir el don del Espíritu Santo
De este modo, para permanecer en Dios, “debemos pedir este don” del Espíritu Santo, que es la garantía. Por esto “sabemos que permanecemos en el Señor”, explicó el Obispo de Roma.

Y ante la pregunta sobre cómo podemos saber si tenemos el Espíritu Santo o el espíritu del mundo, el Papa Francisco apunta que san Pablo presenta un consejo: “No entristezcan al Espíritu Santo. Cuando vamos hacia el espíritu del mundo, entristecemos al Espíritu Santo y lo ignoramos, lo dejamos de lado y nuestra vida va por otro camino”.

Olvidar el pecado

El espíritu del mundo, describe el Santo Padre, es olvidar, porque “el pecado no te aleja de Dios si te das cuenta y pides perdón, pero el espíritu del mundo te hace olvidar lo que es el pecado”, todo se puede hacer.

Igualmente, comentó que en estos días un sacerdote le mostró una película de cristianos celebrando el Año Nuevo en una ciudad turística, en un país cristiano. “Festejaban el primer día del año con una terrible mundanidad, derrochando dinero y tantas cosas. El espíritu del mundo. ‘¿Esto es pecado?’- ‘No querido: esta es corrupción, peor que el pecado’”, relató Francisco.

Y continuó: “El Espíritu Santo te lleva a Dios, y si pecas, el Espíritu Santo te protege y te ayuda a levantarte, pero el espíritu del mundo te lleva a la corrupción, hasta el punto de que no sabes lo que es bueno y lo que es malo: todo es lo mismo, todo es igual”.

Poner a prueba el espíritu

Francisco enfatizó que el espíritu mundano lleva a la inconsciencia “de no distinguir el pecado”. De nuevo, preguntó cómo saber, si “estoy en el camino de la mundanidad, del espíritu del mundo, o estoy siguiendo al Espíritu de Dios?”.

Y contestó con otro consejo, en esta ocasión del apóstol san Juan: “Amados, no crean a todo espíritu (es decir, a todo sentimiento, a toda inspiración, a toda idea), sino prueben los espíritus para ver si son de Dios (o del mundo)”.

Después, añadió: “Pero, ¿qué es esto de poner a la prueba al Espíritu? Es simplemente esto: cuando sientes algo, tienes ganas de hacer algo, o tienes una idea, un juicio de algo, pregúntate: ¿esto que siento es del Espíritu de Dios o del espíritu del mundo?”.

Saber qué pasa en el corazón

El Papa subrayó que muchos cristianos, “viven sin saber lo que pasa en sus corazones” y, por ello, san Pablo y san Juan dicen: “No crean a todo espíritu”, a lo que sienten, e invita a probar el propio espíritu.

Y así, agregó, “sabremos lo que pasa en nuestros corazones”, pues “muchos cristianos tienen el corazón como un camino y no saben quién viene y va, van y vienen, porque no saben cómo examinar lo que sucede en su interior”.

Finalmente, de acuerdo al citado medio vaticano, el Pontífice pidió la gracia “de permanecer en el Señor, y roguemos al Espíritu Santo que nos haga permanecer en el Señor y nos dé la gracia de distinguir los espíritus, es decir, lo que se mueve en nuestro interior”. “Que nuestro corazón no sea un camino”, concluye, que sea el punto de encuentro entre nosotros y Dios.

LARISSA I. LÓPEZ


Ángelus 5.1.2020: «El Verbo eterno, se hizo carne»

Palabras del Papa antes del Ángelus.

(ZENIT).- A las 12 de la mañana de hoy, 5 de enero de 2020, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Vaticano Apostólico para rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.

Palabras del Papa antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este segundo domingo del tiempo de Navidad, las lecturas de la Biblia nos ayudan a ampliar la mirada, para tener una plena conciencia del significado del nacimiento de Jesús. El libro de la Sirácide  celebra la venida de la Sabiduría divina en medio del pueblo (cf. cap. 24); no está todavía encarnada, sino que está personificada, y en cierto momento dice de sí misma: «El que me creó me hizo  plantar mi tienda…y me dijo: «Pon tu morada en Jacob y toma como herencia a Israel». (24,8).

El Evangelio, con el Prólogo de San Juan, nos muestra que la Palabra, el Verbo eterno y el Creador, es el Hijo unigénito de Dios (cf. 1:1-18). No es una criatura, sino una Persona divina; pues de él se dice: «El Verbo era con Dios y el Verbo era Dios» (v. 1). Ahora, la novedad lo que resulta chocante es que precisamente este Verbo eterno «se hizo carne» (v. 14). No sólo vino a habitar entre la gente, sino que se hizo uno de ellos. Después de este evento, con el fin de orientar nuestra vida ya no tenemos sólo una ley, una institución, sino una Persona divina que ha asumido nuestra propia naturaleza y es en todas las cosas como nosotros, excepto en el pecado.

Ángelus, 5 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

Estos dos grandes himnos, a la Sabiduría Divina – en Sirácide – y al Verbo Encarnado – en el Evangelio – hoy se completan  igualmente este solemne Evangelio de San Pablo, que bendice a Dios por su plan de amor realizado en Jesucristo (cf. Ef 1,3-6.15-18). En este plan cada uno encontramos nuestra propia vocación fundamental: estamos predestinados a ser hijos de Dios a través de la obra de Jesucristo. Por eso el Hijo Eterno se hizo carne: para introducirnos en su relación filial con el Padre.

Así pues, hermanos y hermanas, mientras continuamos contemplando el admirable signo del Pesebre, la liturgia de hoy nos dice que el Evangelio de Cristo no es una fábula, o un mito, un cuento edificante, no, es la plena revelación del plan de Dios sobre el hombre y sobre el mundo. Es un mensaje a la vez simple y grandioso, lo que nos lleva a preguntarnos: ¿qué proyecto concreto  ha puesto el Señor en mí, todavía actualizando su nacimiento entre nosotros? Es el apóstol Pablo quien sugiere la respuesta: «[Dios] nos ha elegido […] para que seamos santos e inmaculados ante él en la caridad» (v. 4). Este es el significado de la Navidad.

Si el Señor sigue viniendo entre nosotros, si continúa dándonos el don de su Palabra, es para que cada uno de nosotros pueda responder a esta llamada: llegar a ser santos en el amor. La santidad pertenece a Dios, es comunión con Él, transparencia de su bondad infinita. La santidad es custodiar el don que Dios nos ha dado, solo esto, custodiar la gratuidad, esto es ser santos y el que acoge en sí esto como don de gracia no puede dejar de traducirlo en acción concreta en lo cotidiano, en el encuentro con los demás. Lo que Dios me ha dado lo traduzco en acciones concretas en lo cotidiano, en el encuentro con los demás, en la caridad, en la misericordia. Es esta caridad, esta misericordia hacia el prójimo, reflejo del amor de Dios, al mismo tiempo purifica nuestros corazones y nos dispone al perdón, haciéndonos «inmaculados» día tras día, pero inmaculados no en el sentido que yo me quito una mancha, inmaculado en el sentido de que Dios entra en nosotros y nosotros custodiamos la gratuidad con la que entra en Él y se la damos a los demás.

Que la Virgen María nos ayude a acoger con alegría y gratitud el proyecto divino de amor realizado en Jesucristo.

RAQUEL ANILLO


Francisco a los enfermos: La Iglesia desea ser “la ‘posada’ del Buen Samaritano”

Mensaje de la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo.

(ZENIT).- “La Iglesia desea ser cada vez más —y lo mejor que pueda— la “posada” del Buen Samaritano que es Cristo (cf. Lc 10,34), es decir, la casa en la que podéis encontrar su gracia, que se expresa en la familiaridad, en la acogida y en el consuelo”, dice el Papa Francisco a los enfermos.

Con motivo de la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebra el 11 de febrero, memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María de Lourdes, la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha publicado hoy, 3 de enero de 2020, el Mensaje del Santo Padre para la ocasión.

“Curar al cuidar”
En primer lugar, el Papa indica que en la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, “Jesús dirige una invitación a los enfermos y a los oprimidos, a los pobres que saben que dependen completamente de Dios y que, heridos por el peso de la prueba, necesitan ser curados”. El Pontífice explica también que Jesús nutre estos sentimientos porque “él mismo se hizo débil, vivió la experiencia humana del sufrimiento y recibió a su vez consuelo del Padre” y “solo quien vive en primera persona esta experiencia sabrá ser consuelo para otros”.

Asimismo, alude las formas graves de sufrimiento (enfermedades incurables y crónicas, patologías psíquicas, las que necesitan rehabilitación o cuidados paliativos, las diversas discapacidades, las enfermedades de la infancia y de la vejez…) y resalta cómo en estas circunstancias a veces existe falta de “humanidad” y “resulta necesario personalizar el modo de acercarse al enfermo, añadiendo al curar el cuidar, para una recuperación humana integral”.

En este sentido, recuerda que en la enfermedad está comprometida no solo la integridad física de la persona, “sino también sus dimensiones relacionales, intelectiva, afectiva y espiritual”. Por  eso, “además de los tratamientos espera recibir apoyo, solicitud, atención… en definitiva, amor”.

Acudir a Jesús
Después, el Obispo de Roma describe la importancia de acudir a Jesús, para encontrar “la fuerza para afrontar las inquietudes y las preguntas que surgen en vosotros, en esta ‘noche’ del cuerpo y del espíritu”.

También agrega que la Iglesia pretende ser una casa donde “podréis encontrar personas que, curadas por la misericordia de Dios en su fragilidad, sabrán ayudaros a llevar la cruz haciendo de las propias heridas claraboyas a través de las cuales se pueda mirar el horizonte más allá de la enfermedad, y recibir luz y aire puro para vuestra vida”.

Defender la dignidad de la vida
En su mensaje, el Papa Francisco se refiere, asimismo, al rol de los agentes sanitarios, invitándoles a que, en cada acción con los pacientes, el sustantivo “persona” siempre esté “antes del adjetivo ‘enferma’”, de manera que su trabajo “tenga constantemente presente la dignidad y la vida de la persona, sin ceder a actos que lleven a la eutanasia, al suicidio asistido o a poner fin a la vida, ni siquiera cuando el estado de la enfermedad sea irreversible”.

“En cualquier caso, vuestra profesionalidad, animada por la caridad cristiana, será el mejor servicio al verdadero derecho humano, el derecho a la vida. Aunque a veces no podáis curar al enfermo, sí que podéis siempre cuidar de él con gestos y procedimientos que le den alivio y consuelo”, remarca.

Acceso a los cuidados para todos
Finalmente, el Santo Padre dirige un pensamiento a los hermanos y hermanas en todo el mundo que, debido a la pobreza, no tienen acceso a los tratamientos que necesitan, realizando un llamado a las instituciones sanitarias y a los Gobiernos de todos los países: “a fin de que no desatiendan la justicia social, considerando solamente el aspecto económico. Deseo que, aunando los principios de solidaridad y subsidiariedad, se coopere para que todos tengan acceso a los cuidados adecuados para la salvaguardia y la recuperación de la salud”.

Además, agradece la labor de los voluntarios “que se ponen al servicio de los enfermos, que suplen en muchos casos carencias estructurales y reflejan, con gestos de ternura y de cercanía, la imagen de Cristo Buen Samaritano”.

LARISSA I. LÓPEZ

Mensaje completo del Papa Francisco

Papa Francisco saluda a un enfermo (Foto: © Vatican Media)

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados,
y yo os aliviaré» (Mt 11,28)

Queridos hermanos y hermanas:

1. Las palabras que pronuncia Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28) indican el camino misterioso de la gracia que se revela a los sencillos y que ofrece alivio a quienes están cansados y fatigados. Estas palabras expresan la solidaridad del Hijo del hombre, Jesucristo, ante una humanidad afligida y que sufre. ¡Cuántas personas padecen en el cuerpo y en el espíritu! Jesús dice a todos que acudan a Él, «venid a mí», y les promete alivio y consuelo. «Cuando Jesús dice esto, tiene ante sus ojos a las personas que encuentra todos los días por los caminos de Galilea: mucha gente sencilla, pobres, enfermos, pecadores, marginados… del peso de la ley del sistema social opresivo… Esta gente lo ha seguido siempre para escuchar su palabra, ¡una palabra que daba esperanza!» (Ángelus, 6 julio 2014).

En la XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, Jesús dirige una invitación a los enfermos y a los oprimidos, a los pobres que saben que dependen completamente de Dios y que, heridos por el peso de la prueba, necesitan ser curados. Jesucristo, a quien siente angustia por su propia situación de fragilidad, dolor y debilidad, no impone leyes, sino que ofrece su misericordia, es decir, su persona salvadora. Jesús mira la humanidad herida. Tiene ojos que ven, que se dan cuenta, porque miran profundamente, no corren indiferentes, sino que se detienen y abrazan a todo el hombre, a cada hombre en su condición de salud, sin descartar a nadie, e invita a cada uno a entrar en su vida para experimentar la ternura.

2. ¿Por qué Jesucristo nutre estos sentimientos? Porque él mismo se hizo débil, vivió la experiencia humana del sufrimiento y recibió a su vez consuelo del Padre. Efectivamente, sólo quien vive en primera persona esta experiencia sabrá ser consuelo para otros. Las formas graves de sufrimiento son varias: enfermedades incurables y crónicas, patologías psíquicas, las que necesitan rehabilitación o cuidados paliativos, las diversas discapacidades, las enfermedades de la infancia y de la vejez… En estas circunstancias, a veces se percibe una carencia de humanidad y, por eso, resulta necesario personalizar el modo de acercarse al enfermo, añadiendo al curar el cuidar, para una recuperación humana integral. Durante la enfermedad, la persona siente que está comprometida no sólo su integridad física, sino también sus dimensiones relacionales, intelectiva, afectiva y espiritual; por eso, además de los tratamientos espera recibir apoyo, solicitud, atención… en definitiva, amor. Por otra parte, junto al enfermo hay una familia que sufre, y a su vez pide consuelo y cercanía.

3. Queridos hermanos y hermanas enfermos: A causa de la enfermedad, estáis de modo particular entre quienes, “cansados y agobiados”, atraen la mirada y el corazón de Jesús. De ahí viene la luz para vuestros momentos de oscuridad, la esperanza para vuestro desconsuelo. Jesús os invita a acudir a Él: «Venid». En Él, efectivamente, encontraréis la fuerza para afrontar las inquietudes y las preguntas que surgen en vosotros, en esta “noche” del cuerpo y del espíritu. Sí, Cristo no nos ha dado recetas, sino que con su pasión, muerte y resurrección nos libera de la opresión del mal.

En esta condición, ciertamente, necesitáis un lugar para restableceros. La Iglesia desea ser cada vez más —y lo mejor que pueda— la “posada” del Buen Samaritano que es Cristo (cf. Lc 10,34), es decir, la casa en la que podéis encontrar su gracia, que se expresa en la familiaridad, en la acogida y en el consuelo. En esta casa, podréis encontrar personas que, curadas por la misericordia de Dios en su fragilidad, sabrán ayudaros a llevar la cruz haciendo de las propias heridas claraboyas a través de las cuales se pueda mirar el horizonte más allá de la enfermedad, y recibir luz y aire puro para vuestra vida.

En esta tarea de procurar alivio a los hermanos enfermos se sitúa el servicio de los agentes sanitarios, médicos, enfermeros, personal sanitario y administrativo, auxiliares y voluntarios que actúan con competencia haciendo sentir la presencia de Cristo, que ofrece consuelo y se hace cargo de la persona enferma curando sus heridas. Sin embargo, ellos son también hombres y mujeres con sus fragilidades y sus enfermedades. Para ellos valen especialmente estas palabras: «Una vez recibido el alivio y el consuelo de Cristo, estamos llamados a su vez a convertirnos en descanso y consuelo para los hermanos, con actitud mansa y humilde, a imitación del Maestro» (Ángelus, 6 julio 2014).

4. Queridos agentes sanitarios: Cada intervención de diagnóstico, preventiva, terapéutica, de investigación, cada tratamiento o rehabilitación se dirige a la persona enferma, donde el sustantivo “persona” siempre está antes del adjetivo “enferma”. Por lo tanto, que vuestra acción tenga constantemente presente la dignidad y la vida de la persona, sin ceder a actos que lleven a la eutanasia, al suicidio asistido o a poner fin a la vida, ni siquiera cuando el estado de la enfermedad sea irreversible.

En la experiencia del límite y del posible fracaso de la ciencia médica frente a casos clínicos cada vez más problemáticos y a diagnósticos infaustos, estáis llamados a abriros a la dimensión trascendente, que puede daros el sentido pleno de vuestra profesión. Recordemos que la vida es sagrada y pertenece a Dios, por lo tanto, es inviolable y no se puede disponer de ella (cf. Instr. Donum vitae, 5; Carta enc. Evangelium vitae, 29-53). La vida debe ser acogida, tutelada, respetada y servida desde que surge hasta que termina: lo requieren simultáneamente tanto la razón como la fe en Dios, autor de la vida. En ciertos casos, la objeción de conciencia es para vosotros una elección necesaria para ser coherentes con este “sí” a la vida y a la persona. En cualquier caso, vuestra profesionalidad, animada por la caridad cristiana, será el mejor servicio al verdadero derecho humano, el derecho a la vida. Aunque a veces no podáis curar al enfermo, sí que podéis siempre cuidar de él con gestos y procedimientos que le den alivio y consuelo.

Lamentablemente, en algunos contextos de guerra y de conflicto violento, el personal sanitario y los centros que se ocupan de dar acogida y asistencia a los enfermos están en el punto de mira. En algunas zonas, el poder político también pretende manipular la asistencia médica a su favor, limitando la justa autonomía de la profesión sanitaria. En realidad, atacar a aquellos que se dedican al servicio de los miembros del cuerpo social que sufren no beneficia a nadie.

5. En esta XXVIII Jornada Mundial del Enfermo, pienso en los numerosos hermanos y hermanas que, en todo el mundo, no tienen la posibilidad de acceder a los tratamientos, porque viven en la pobreza. Me dirijo, por lo tanto, a las instituciones sanitarias y a los Gobiernos de todos los países del mundo, a fin de que no desatiendan la justicia social, considerando solamente el aspecto económico. Deseo que, aunando los principios de solidaridad y subsidiariedad, se coopere para que todos tengan acceso a los cuidados adecuados para la salvaguardia y la recuperación de la salud. Agradezco de corazón a los voluntarios que se ponen al servicio de los enfermos, que suplen en muchos casos carencias estructurales y reflejan, con gestos de ternura y de cercanía, la imagen de Cristo Buen Samaritano.

Encomiendo a la Virgen María, Salud de los enfermos, a todas las personas que están llevando el peso de la enfermedad, así como a sus familias y a los agentes sanitarios. A todos, con afecto, les aseguro mi cercanía en la oración y les imparto de corazón la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de enero de 2020,
Memoria del Santísimo Nombre de Jesús
FRANCISCO

 © Librería Editorial Vaticano


Ángelus 1.1.2020: «Construir juntos un mundo de paz»

Llamado del Papa en la 53ª Jornada Mundial de la Paz.

(ZENIT).- «Para todos, creyentes y no creyentes, porque todos somos hermanos, no quiero dejar de esperar un mundo de paz que podamos construir juntos día tras día»: tal es el deseo de paz expresado por el Papa Francisco después de la oración del Ángelus este miércoles 1 de enero de 2020, 53ª Jornada Mundial de la Paz.

El Papa recordó el tema de su mensaje para este día: «Paz, un camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica».

El Papa expresó sus deseos: «A todos ustedes aquí en la plaza de San Pedro y conectados a través de los medios, les extiendo mis mejores deseos de paz y bien para el Año Nuevo».

Agradeció al Presidente italiano: «Agradezco al presidente de la República Italiana, el honorable Sergio Mattarella, por el pensamiento que me dirigió en su mensaje de fin de año, y le devuelvo el favor invocando la bendición de Dios en su alta misión».

Ángelus 1 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

Aludió a la iniciativa de la comunidad de San Egidio para promover la paz: «Doy una calurosa bienvenida a los participantes al evento: ‘Paz en todos los países’. Este evento está organizado por la Comunidad de San Egidio en Roma y en muchas ciudades de todo el mundo. Ellos tienen también una escuela para la paz. ¡Seguid adelante! Saludo a los peregrinos de los Estados Unidos de América, Nueva Zelanda y España; jóvenes italianos, albaneses y malteses con las Hermanas de la Caridad; amigos y voluntarios de la ‘Fraterna Domus’».

El Papa también elogió otras iniciativas en todo el mundo: “Envío mis saludos y mi aliento a todas las iniciativas por la paz que las Iglesias, asociaciones y movimientos eclesiales han promovido en este día de la paz: reuniones de oración y fraternidad acompañada de solidaridad con los más pobres. Recuerdo especialmente la marcha que tuvo lugar ayer por la tarde en Rávena».

Alentó especialmente a los voluntarios en las regiones de conflicto: “Mis pensamientos también están con los muchos voluntarios que, en lugares donde la paz y la justicia están amenazadas, eligen con valentía estar presentes de forma no violenta y desarmada; así como al personal militar que participa en misiones de mantenimiento de la paz en muchas zonas de conflicto. ¡Muchas gracias a ellos!».

“Para todos, creyentes y no creyentes, porque todos somos hermanos, no quiero dejar de tener la esperanza de construir  juntos un mundo de paz día tras día. Y no os olvidéis rezar por mí. Buen almuerzo y hasta la vista», concluyó el Papa.

ANITA BOURDIN