Misa del Papa: «Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos»

“Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, su perdón, su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás?», es la cuestión que planteó el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada con ocasión de la Fiesta de la Divina Misericordia, correspondiente al II Domingo de Pascua. El Santo Padre profundizó sobre cómo los discípulos de Jesús «cambian de vida» al encontrarse con Jesús resucitado, quien «los misericordia» ofreciéndoles tres dones: la paz, su Espíritu y sus llagas.

Ciudad del Vaticano, 11 de abril 2021.- En el II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia, el Papa Francisco presidió la Santa Misa, a las 10:30 (hora local de Roma) en la iglesia «Santo Spirito in Sassia». 

La celebración de esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

Tres dones de la Resurrección
Profundizando sobre el Evangelio del día que relata cómo Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces y «consuela con paciencia sus corazones desanimados», el Pontífice explicó que ellos, cambian de vida «reanimados por Jesús». En este contexto- continuó Francisco- se lleva a cabo el signo de la misericordia: «Jesús los vuelve a levantar con la misericordia. Y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos».

El Papa utiliza el término «misericordiado» haciendo referencia a la gracia que colma el espíritu de una persona al recibir el perdón de Dios. Por tanto, para el Santo Padre, los discípulos son misericordiados, ante todo, por medio de tres dones: «Primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas».

“En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón”

En este punto, Francisco subrayó que para Dios «ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido» y recordó que Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar -aseveró el Pontífice en su homilía- Jesús «misericordia» a sus amigos dándoles el Espíritu Santo que otorga para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23).

“Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón”

Al respecto, Francisco hizo hincapié en la importancia de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia: «No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia».

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el Santo Padre indicó el tercer don con el que Jesús «misericordia» a los discípulos: «ofrecerles sus llagas».

“Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia”

Un solo corazón y una sola alma
De esta manera, habiendo sido «misericordiados» por el Señor, los discípulos se volvieron misericordiosos: «Ahora comparten todo -dijo el Papa- ya que los Hechos de los Apóstoles relatan que nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32).

«No es comunismo, es cristianismo en estado puro», añadió Francisco, destacando que este hecho es sorprendente si pensamos que esos mismos hombres, poco tiempo antes, «habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos» (cf. Mc 10,37; Lc 22,24) y ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

¿Yo soy misericordioso con los demás?
Ante la pregunta ¿cómo cambiaron tanto?, el Pontífice puntualizó que vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas: «Descubrieron que tenían en común la misión, el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural».

Al finalizar su alocución, el Papa invitó a los fieles a preguntarse: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, su perdón, su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con su Cuerpo, ¿qué hago para dar de comer al pobre? No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril».

«Pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia», concluyó.

El Papa en la Vigilia Pascual: “Jesús no es un personaje obsoleto»

Durante la Vigilia Pascual 2021 en la noche del Sábado Santo, el Papa Francisco invita a ir a Galilea en nuestro interior para experimentar el asombro que produce el amor infinito del Señor, para aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino y para aprender a encontrar a Cristo resucitado en los rostros de nuestros hermanos.

Ciudad del Vaticano, 3 de abril 2021.- En la noche del 3 de abril, Sábado Santo, el Santo Padre ha presidido la Vigilia Pascual en una Basílica de San Pedro prácticamente vacía debido a las medidas de contención de coronavirus. En su homilía, Francisco ha reflexionado sobre el Evangelio del día según Marcos, que relata cuando las mujeres pensaron que iban a encontrar el cuerpo para ungirlo, en cambio, encontraron una tumba vacía. Francisco asegura que “habían ido a llorar a un muerto, pero en su lugar escucharon un anuncio de vida”.

Las mujeres – dice el Evangelio – “estaban desconcertadas”, y el Papa explica que este desconcierto “es miedo mezclado con alegría”. “Es la maravilla de escuchar esas palabras: ¡No se asusten! Aquel al que buscan, Jesús, el de Nazaret, el crucificado, resucitó” y después es invitación: “Él irá delante de ustedes a Galilea y allí lo verán””. Francisco nos invita hoy a ir a Galilea, explicando que significa hacer este “viaje” interior.

Siempre es posible reiniciar nuestra vida

“Ir a Galilea significa, ante todo, empezar de nuevo”. El Pontífice explica en su homilía que para los discípulos “fue regresar al lugar donde el Señor los buscó por primera vez y los llamó a seguirlo” y desde aquel momento, habiendo dejado las redes, siguieron a Jesús. Sin embargo – dice el Papa – “muchas veces malinterpretaron sus palabras y ante la cruz huyeron, dejándolo solo”. A pesar de este fracaso, Francisco subraya que “el Señor resucitado se presenta como Aquel que, una vez más, los precede en Galilea, va delante de ellos, los llama y los invita a seguirlo, sin cansarse nunca”.

Es por ello que en esta Galilea “experimentamos el asombro que produce el amor infinito del Señor, que traza senderos nuevos dentro de los caminos de nuestras derrotas” y este es el primer anuncio de Pascua que ofrece el Papa hoy: “siempre es posible volver a empezar, porque existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos”.

Jesús no es un personaje obsoleto
Ir a Galilea, en segundo lugar, significa “recorrer nuevos caminos”. El Papa explica que muchos viven la “fe de los recuerdos”, como si Jesús fuera un personaje del pasado, un amigo de la juventud ya lejano, un hecho ocurrido hace mucho tiempo, cuando de niño asistía al catecismo “que ya no me conmueve, que ya no me interpela”. En cambio, ir a Galilea significa “aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino”, “debe reavivar cada día el comienzo del viaje, el asombro del primer encuentro” y “debe confiar, sin la presunción de saberlo ya todo, sino con la humildad de quien se deja sorprender por los caminos de Dios”.

Por tanto, el segundo anuncio de Pascua del Papa Francisco es que “la fe no es un repertorio del pasado, Jesús no es un personaje obsoleto, Él está vivo, aquí y ahora”. De hecho – recuerda el Papa – “camina contigo cada día, en la situación que te toca vivir, en la prueba que estás atravesando, en los sueños que llevas dentro. Aunque todo te parezca perdido, Él te sorprenderá”.

Jesús visita todas las situaciones de nuestra vida
Por ultimo, el Papa explica que ir a Galilea significa “ir a los confines” porque Galilea “es el lugar más lejano, desde donde Jesús comenzó su misión”. “En Galilea aprendemos que podemos encontrar a Cristo resucitado en los rostros de nuestros hermanos, en el entusiasmo de los que sueñan y en la resignación de los que están desanimados, en las sonrisas de los que se alegran y en las lágrimas de los que sufren, sobre todo en los pobres y en los marginados”. “Con Él – subraya – la vida cambiará”.

Tras esta invitación, el Papa expresa su tercer anuncio de Pascua: “Jesús, el Resucitado, nos ama sin límites y visita todas las situaciones de nuestra vida. Nos invita a acercarnos a quienes están junto a nosotros cada día, para redescubrir la gracia de la cotidianidad”.

Mireia Bonilla

El Papa en la Misa Crismal: la hora del anuncio, de la persecución y de la cruz van juntas

Este Jueves Santo, el Papa Francisco celebra la Misa Crismal en la Basílica de San Pedro. “Esto es lo que quiero compartir hoy con ustedes, queridos sacerdotes: que la hora del anuncio gozoso y la hora de la persecución y de la Cruz van juntas”.

Ciudad del vaticano, 1 de abril 2021.-Durante la homilía de la Misa Crismal el Papa enfatizó que “el anuncio de la Buena Noticia está ligado misteriosamente a la persecución y a la Cruz”. Seguidamente cita el texto de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, en la contemplación del Nacimiento y afirma: “nos hace mirar y considerar lo que hacen san José y nuestra Señora: «como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí. Después —agrega Ignacio—, reflexionando, sacar algún provecho espiritual» (Ejercicios Espirituales, 116).

A continuación, el Obispo de Roma plantea: ¿Qué reflexión podemos hacer para sacar provecho para nuestra vida sacerdotal al contemplar esta temprana presencia de la Cruz —de la incomprensión, del rechazo, de la persecución— en el inicio y en el centro mismo de la predicación evangélica? El Papa propone, entonces, dos reflexiones.

La cruz presente en la vida del Señor
Francisco afirma en primer lugar: “nos causa estupor comprobar que la Cruz está presente en la vida del Señor al inicio de su ministerio e incluso desde antes de su nacimiento”.

El Papa describe los diversos momentos en la vida de Jesús en los que está presente la cruz: “Está presente ya en la primera turbación de María ante el anuncio del Ángel; está presente en el insomnio de José, al sentirse obligado a abandonar a su prometida esposa; está presente en la persecución de Herodes y en las penurias que padece la Sagrada Familia, iguales a las de tantas familias que deben exiliarse de su patria”.

El Papa subraya que “la Cruz no es un suceso a posteriori, ocasional, producto de una coyuntura en la vida del Señor. Es verdad que todos los crucificadores de la historia hacen aparecer la Cruz como si fuera un daño colateral, pero no es así: la Cruz no depende de las circunstancias”.

Jesús no huye de la cruz, al contrario, “la abrazó en toda su integridad”. Y plantea el siguiente cuestionamiento: ¿Por qué Jesús abrazó la pasión entera, abrazó la traición y el abandono de sus amigos ya desde la última cena, aceptó la detención ilegal, el juicio sumario, la sentencia desmedida, la maldad innecesaria de las bofetadas y los escupitajos gratuitos…?” Y añade: “Pero cuando fue su hora, Él abrazó la Cruz entera. ¡Porque en la Cruz no hay ambigüedad! La Cruz no se negocia”.

El veneno del maligno insiste: sálvate a ti mismo
El Papa constata: “Es verdad que hay algo de la Cruz que es parte integral de nuestra condición humana, del límite y de la fragilidad. Pero también es verdad que hay algo, que sucede en la Cruz, que no es inherente a nuestra fragilidad, sino que es la mordedura de la serpiente, la cual, al ver al crucificado inerme, lo muerde, y pretende envenenar y desmentir toda su obra”.

Francisco continúa y dice: la mordedura de la serpiente “busca escandalizar, inmovilizar y volver estéril e insignificante todo servicio y sacrificio de amor por los demás. Es el veneno del maligno que sigue insistiendo: sálvate a ti mismo”.

Y en esta mordedura, insiste el Papa,  cruel y dolorosa, que pretende ser mortal, aparece finalmente el triunfo de Dios. San Máximo el Confesor nos hizo ver que con Jesús crucificado las cosas se invirtieron: al morder la Carne del Señor, el demonio no lo envenenó —sólo encontró en Él mansedumbre infinita y obediencia a la voluntad del Padre— sino que, por el contrario, junto con el anzuelo de la Cruz se tragó la Carne del Señor, que fue veneno para él y pasó a ser para nosotros el antídoto que neutraliza el poder del Maligno.[1]

Pidamos la gracia de sacar provecho de esta reflexión
El Papa se dirige a los sacerdotes y les invita a pedir la gracia de sacar provecho de esta enseñanza: “hay cruz en el anuncio del Evangelio, es verdad, pero es una Cruz que salva. Pacificada con la Sangre de Jesús, es una Cruz con la fuerza de la victoria de Cristo que vence el mal, que nos libra del Maligno. Abrazarla con Jesús y como Él, “desde antes” de salir a predicar, nos permite discernir y rechazar el veneno del escándalo con que el demonio nos querrá envenenar cuando inesperadamente sobrevenga una cruz en nuestra vida”.

“Pero nosotros no somos de los que retroceden (hypostoles)” (Hb 10,39)
«Pero nosotros no somos de los que retroceden (hypostoles)» (Hb 10,39) es el consejo que nos da el autor de la Carta a los Hebreos. Nosotros no nos escandalizamos, porque no se escandalizó Jesús al ver que su alegre anuncio de salvación a los pobres no resonaba puro, sino en medio de los gritos y amenazas de los que no querían oír su Palabra, afirma Francisco.

Seguidamente el Papa enumera algunos momentos de la vida de Cristo que podrían causar escándalo en la gente de su tiempo o en nosotros y concluye: “Y no nos escandalizamos porque el anuncio del Evangelio no recibe su eficacia de nuestras palabras elocuentes, sino de la fuerza de la Cruz (cf. 1 Co 1,17)”.

El Señor siempre responde a nuestras peticiones, pero a su modo divino
Quiero terminar con un recuerdo, dice el Papa Francisco:

Me gustaría concluir, dijo el Papa Francisco,  con un recuerdo. Una vez, en un momento muy oscuro de mi vida, le pedí al Señor una gracia, para que me librara de una situación dura y difícil. Un momento oscuro. Fui a predicar los Ejercicios Espirituales a unas monjas y el último día, como era costumbre entonces, se confesaron. Vino una monja muy mayor, con ojos claros, muy luminosos. Era una mujer de Dios. Entonces sentí el deseo de pedirle por mí y le dije: «Monja, como penitencia reza por mí, porque necesito una gracia. Pídelo al Señor. Y si se lo pides al Señor, seguro que me lo dará». Guardó silencio, esperó un buen rato, como si rezara, y luego me miró y dijo: «Ciertamente el Señor te dará la gracia, pero no te equivoques: te la dará a su manera divina». Esto me hizo mucho bien: sentir que el Señor siempre nos da lo que pedimos, pero lo hace a su manera divina. Este camino implica la cruz. No por masoquismo, sino por amor, por amor hasta el  final²

[1] Cf. Centuria 1, 8-13.
[2] Cf. Homilía en la Misa en Santa Marta, 29 mayo 2013.

El Papa en el Domingo de Ramos: pidamos la gracia del estupor

Volver a comenzar desde el asombro, mirando al Crucificado: es a lo que anima el Papa Francisco en su homilía de la Misa en el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada del Señor Jesús a Jerusalén. Dejarse sorprender por Jesús, dice el Santo Padre, «para volver a vivir», porque la grandeza de la vida no está en el tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados por Dios.

28 de marzo 2021.- En este día “pidamos la gracia del estupor”. Fue la exhortación del Papa Francisco en su homilía en la Misa de la Conmemoración del ingreso del Señor Jesús a Jerusalén, en el Domingo de Ramos. La liturgia de hoy, comenzó diciendo el Papa, “suscita cada año en nosotros un sentimiento de asombro”, pues “pasamos de la alegría que supone acoger a Jesús que entra en Jerusalén, al dolor de verlo condenado a muerte”. Se trata de un sentimiento “que nos acompañará toda la Semana Santa”. 

Es necesario pasar de la admiración al asombro
Recordando el ingreso de Jesús a Jerusalén, en un humilde burrito, mientras en cambio la gente esperaba con solemnidad para la Pascua “al libertador poderoso” y celebrar la victoria sobre los romanos “con la espada”, Francisco planteó un interrogante: “¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar ‘crucifícalo’?” Y explicó: 

En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. 

El Papa señaló que también hoy hay muchos que admiran a Jesús, pero que, sin embargo “sus vidas no cambian”. Esto porque “admirar a Jesús no es suficiente”, sino que es necesario “seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro”. Lo que más sorprende del Señor y de su Pascua, afirma el Sumo Pontífice, es “el hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación”.

Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. […] Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. 

Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento
El Señor se humillópor nosotros, “para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal”, explicó Francisco. Subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento, probando nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentando en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas las redimió y las transformó: 

Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas. 

Levantemos nuestra mirada a la Cruz
La vida cristiana, aseguró el Papa, “sin asombro, es monótona”, pues, si la fe «pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda”: no siente la maravilla de la gracia, ni experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, y no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación, y no tiene otra vía que refugiarse en legalismos, clericalismos y todas esas cosas que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo. De ahí la invitación del Santo Padre a que, en esta Semana Santa, “levantemos nuestra mirada hacia la cruz para recibir la gracia del estupor”.

San Francisco de Asís, mirando al Crucificado, se asombraba de que sus frailes no llorasen. Y nosotros, ¿somos capaces todavía de dejarnos conmover por el amor de Dios? ¿Por qué hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él? Tal vez porque nuestra fe ha sido corroída por la costumbre. Tal vez porque permanecemos encerrados en nuestros remordimientos y nos dejamos paralizar por nuestras frustraciones. Tal vez porque hemos perdido la confianza en todo y nos creemos incluso fracasados. Pero detrás de todos estos “tal vez” está el hecho de que no nos hemos abierto al don del Espíritu, que es Aquel que nos da la gracia del estupor. 

Abrirse al don del Espíritu que nos da la gracia del estupor y “volver a comenzar desde el asombro», es, pues, la exhortación del Santo Padre: mirar al Crucificado y decirle “Señor, ¡cuánto me amas! ¡qué valioso soy para Ti!”. Dejarse sorprender por Jesús “para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados». «La grandeza de la vida está precisamente en la belleza del amor».

En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo. Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está en los últimos, en los rechazados, en aquellos que nuestra cultura farisea condena. 

Ante la cruz no hay lugar a malas interpretaciones
El Sumo Pontífice concluyó su homilía refiriéndose a la escena “más hermosa” del estupor que el Evangelio de hoy nos muestra: la del centurión que, al ver expirar a Jesús exclama: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!”. El centurión, dijo el Papa, se dejó asombrar por el amor: vio morir a Jesús “amando” y eso lo asombró. Sufría, estaba agotado, pero seguía amando. 

Esto es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso el momento de la muerte. En este amor gratuito y sin precedentes, el centurión, un pagano, encuentra a Dios. ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios! Su frase ratifica la Pasión. 

Muchos otros antes del centurión, habían reconocido a Jesús como Hijo de Dios. Pero, sin embargo, “Cristo mismo los había mandado callar, porque existía el riesgo de quedarse en la admiración mundana, en la idea de un Dios que había que adorar y temer en cuanto potente y terrible”. Ahora, ante la cruz “no hay lugar a malas interpretaciones”, pues “Dios se ha revelado y reina sólo con la fuerza desarmada y desarmante del amor”. De ahí la exhortación final del Sumo Pontífice que, haciendo presente que Dios “continúa sorprendiendo nuestra mente y nuestro corazón”, anima a que dejemos que «el estupor nos invada”: 

“Miremos al Crucificado y digámosle también nosotros: “Realmente eres el Hijo de Dios. Tú eres mi Dios”.”

El Papa: La Iglesia no está llamada a condenar sino a llevar la salvación de Cristo

En la misa presidida en la Basílica de San Pedro por el 500 aniversario de la evangelización de Filipinas, Francisco agradeció a los católicos del país asiático la alegría con la que llevan su fe a todo el mundo y a las comunidades cristianas.

Ciudad del Vaticano, 14 de marzo 2021.-No detener la labor de evangelización y llevar siempre la alegría del Evangelio a los demás. Fue la invitación del Papa en su homilía de la misa celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, con ocasión del 500 aniversario de la evangelización en Filipinas.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Francisco parte de las palabras que Jesús dirige a Nicodemo en el Evangelio de San Juan, donde está el corazón del Evangelio, para explicar “el fundamento de nuestra alegría” y precisa que “el contenido del Evangelio no es una idea o una doctrina, sino que es Jesús, el Hijo que el Padre nos ha dado para que tengamos vida”.

“El fundamento de nuestra alegría no es una bella teoría sobre cómo ser feliz, sino que es experimentar el ser acompañados y amados en el camino de la vida”, explica el Papa, deteniéndose a continuación en estos dos aspectos: «amó tanto» y «dio».

En primer lugar, Dios amó tanto, precisa el Papa y recuerda que “siempre nos ha mirado con amor y por amor vino en medio de nosotros en la carne de su Hijo”.

En Él vino a buscarnos en los lugares donde estábamos perdidos; en Él vino a levantarnos de nuestras caídas; en Él lloró nuestras lágrimas y curó nuestras heridas; en Él bendijo nuestras vidas para siempre.

En Jesús, aclara el Papa, «Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre nuestras vidas: tú no estás perdido, eres amado». Puede ocurrir que «la escucha del Evangelio y la práctica de nuestra fe» ya no nos haga captar la grandeza de este amor, y quizás «nos deslizamos hacia una religiosidad seria, triste y cerrada». Esta es la señal, continúa Francisco, «de que debemos detenernos y escuchar de nuevo el anuncio de la buena noticia».

Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un Dios que nos mira indiferente desde lo alto, sino un Padre enamorado que se implica en nuestra historia; no es un Dios que se complace de la muerte del pecador, sino un Padre que se preocupa de que nadie se pierda; no es un Dios que condena, sino un Padre que nos salva con el abrazo bendiciente de su amor.

Refiriéndose a la segunda palabra, Dios «dio» a su Hijo, Francisco subraya que «precisamente porque nos ama tanto, Dios se entrega y nos ofrece su vida». “La fuerza del amor es precisamente ésta: rompe la coraza del egoísmo, quiebra los márgenes de la seguridad humana sobredimensionada, derriba los muros y supera los miedos, para convertirse en don”.

“Quien ama es así, recuerda el Papa, prefiere arriesgarse en el donarse antes que atrofiarse reservándose para sí mismo. Por eso Dios sale de sí mismo: porque ‘ha amado tanto’. Su amor es tan grande que no puede evitar donarse a nosotros”. “En Jesús, levantado en la cruz, Él mismo vino a curarnos del veneno que da la muerte, se hizo pecado para salvarnos del pecado. Dios no nos ama con palabras: nos da a su Hijo para que todo el que lo mire y crea en Él se salve”.

Es hermoso encontrar personas que se aman, que se quieren y comparten su vida; de ellas se puede decir como de Dios: se aman tanto que dan la vida, agrega el Papa y exclama: ¡Esta es la fuente de la alegría! Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo. Y recuerda el reciente viaje en Iraq: “un pueblo martirizado ha exultado de alegría; gracias a Dios, a su misericordia”.

A veces, continúa el Papa, «buscamos la alegría donde no la hay», en «ilusiones que se desvanecen», en «sueños de grandeza de nuestro yo», «en la aparente seguridad de las cosas materiales», o «en el culto a nuestra propia imagen».

Pero la experiencia de la vida nos enseña que la verdadera alegría es sentirse amados gratuitamente, sentirnos acompañados, tener a alguien que comparta nuestros sueños y que, cuando naufragamos, venga a rescatarnos y a llevarnos a puerto seguro.

A continuación, recordando el 500 aniversario de la llegada del anuncio cristiano a Filipinas, cuando «recibieron la alegría del Evangelio», Francisco afirma: «esta alegría se ve en su pueblo, se ve en sus ojos, en sus rostros, en sus cantos y en sus oraciones».

“Quiero darles las gracias por la alegría que aportan al mundo entero y a las comunidades cristianas. Pienso en tantas bellas experiencias en las familias romanas -pero es lo mismo en todo el mundo- donde su presencia discreta y trabajadora se ha convertido también en un testimonio de fe”

Lo hacen, continúa, «al estilo de María y José», porque «a Dios le gusta llevar la alegría de la fe con un servicio humilde y escondido, valiente y perseverante». “No detengan”, concluye el Pontífice, dirigiéndose a los fieles filipinos, «la obra de evangelización, que no es proselitismo». El anuncio cristiano que han recibido «hay que llevarlo siempre a los demás», ocupándose «de los que están heridos y viven en los márgenes». Como el Dios que se entrega, también la Iglesia «no es enviada a juzgar, sino a acoger; no a imponer, sino a sembrar; no a condenar, sino a llevar a Cristo que es la salvación».

“No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de servir y de amar. Y con su alegría podrán conseguir que se diga también de la Iglesia: «¡ha amado tanto al mundo!» Una Iglesia que ama al mundo sin juzgarlo y que se entrega por el mundo es hermosa y atractiva. Que así sea, en Filipinas y en cada lugar de la tierra.”

El Papa en el miércoles de Cenizas: volvamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

El miércoles de Cenizas señala el inicio del camino de nuestro reencuentro con Dios. Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la Cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La Cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Volvamos “hoy” al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En la homilía del Papa de este día, los pasos para ese reencuentro.

17 de febrero 2021.- “En la vida tendremos siempre cosas que hacer y tendremos excusas para dar, pero, hermanos y hermanas, hoy es tiempo de regresar a Dios”: lo afirma el Papa Francisco en su homilía en el Miércoles de Cenizas, cuando iniciamos el camino de la Cuaresma que se abre con las palabras del profeta Joel: «Vuélvanse a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

En la Basílica de San Pedro, presidiendo la celebración de la Santa Misa con la imposición de las Cenizas, el Santo Padre indicó que el viaje de la cuaresma es un “éxodo de la esclavitud a la libertad”.

La confesión: el primer paso en el camino de regreso al Padre
“¿Cómo proceder en el camino hacia Dios?” preguntó. Es la parábola del hijo pródigo la que guía el inicio del camino a la casa del Padre en la homilía de Francisco, pues, mirando a este hijo, “comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre”.  Allí vemos que es “el perdón del Padre” el que “vuelve a ponernos en pie”. El primer paso de nuestro regreso es “el perdón de Dios, la confesión”.

Volver con gratitud a Jesús y presentarle nuestras heridas
Luego debemos hacer como “aquel leproso sanado” que volvió a Jesús para agradecerle: «todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas – recuerda el Santo Padre -; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos». Es necesario “presentarle nuestras heridas y decirle: ‘Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón’”.

El Espíritu Santo hace arder las cenizas del lamento y resignación

Pero también, enseña el Papa, “estamos llamados a volver al Espíritu Santo”: la ceniza sobre la cabeza “nos recuerda” que somos polvo y al polvo volveremos. Pero el Espíritu, Dador de vida, es “el Fuego que hace resurgir nuestras cenizas”. Redescubramos – es la exhortación del Santo Padre – el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Dejarnos tomar de la mano por Aquel que se abajó por nosotros
Porque nuestro camino no se basa en “nuestras fuerzas”, y porque Jesús nos lo dijo claro en el Evangelio: «lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre”, el comienzo del regreso a Dios “es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia”. Pero no estamos solos, porque nuestro viaje a Dios es posible sólo porque “antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros”. Nuestro viaje, entonces, consiste, “en dejarnos tomar de la mano”. Es el camino de la humildad.

La Cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás
“Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la Cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños”.

Para no perder la dirección en este camino, “pongámonos ante la cruz de Jesús”, ante “la cátedra silenciosa de Dios”, anima el Papa Francisco. Pues “mirando cada día sus llagas”, reconoceremos “nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño”. Ante esa Cruz, vemos «que Dios no nos señala con el dedo»: abre sus brazos de par en par.

Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados. Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro.

“Y ahora que Él vino a nuestro encuentro, nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados.”

Papa Francisco: “la tristeza interior es un gusano que nos come por dentro”

En la fiesta de la Presentación del Señor y día en el que se celebra la XXV Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el Papa preside la Santa Misa con los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de la Sociedad de Vida Apostólica.

Ciudad del Vaticano, 2 de febrero 2021.-La paciencia. Es esta la palabra entorno a la que el Papa Francisco ha guiado su homilía de hoy, durante la Santa Misa dedicada a la hodierna XXV Jornada Mundial de la Vida Consagrada. El Papa ha puesto de ejemplo la paciencia de Simeón para demostrar a los miembros de los Institutos de Vida Consagrada y de la Sociedad de Vida Apostólica que hay tres “lugares” en los que la paciencia toma forma concreta.

La paciencia de Simeón
“Observemos atentamente la paciencia de Simeón – dice el Papa – quien durante toda su vida esperó y ejerció la paciencia del corazón”. Francisco asegura que Simeón tomó la paciencia “en la oración”, “pues aprendió que Dios no viene en acontecimientos extraordinarios, sino que realiza su obra en la aparente monotonía de nuestros días, en el ritmo a veces fatigoso de las actividades, en lo pequeño e insignificante que realizamos con tesón y humildad, tratando de hacer su voluntad”. Además – añade – “caminando con paciencia, Simeón no se dejó desgastar por el paso del tiempo. Era un hombre ya cargado de años, y sin embargo la llama de su corazón seguía ardiendo; en su larga vida habrá sido a veces herido y decepcionado; sin embargo, no perdió la esperanza. Con paciencia, conservó la promesa, sin dejarse consumir por la amargura del tiempo pasado o por esa resignada melancolía que surge cuando se llega al ocaso de la vida”.

La paciencia conduce a la conversión

El Papa preside la Santa Misa en la XXV Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Pero – pregunta el Papa – “¿De dónde aprendió Simeón esta paciencia?”, “la recibió de la oración y de la vida de su pueblo, que en el Señor había reconocido siempre al «Dios misericordioso y compasivo, que es lento para enojarse y rico en amor y fidelidad»”, “el Padre – prosigue – que incluso ante el rechazo y la infidelidad no se cansa y concede una y otra vez la posibilidad de la conversión”. Por tanto, para el Papa Francisco, la paciencia de Simeón es “reflejo de la paciencia de Dios” y con su paciencia “nos conduce a la conversión y nos enseña la resiliencia”.

¿Qué es la paciencia según Francisco?
¿Qué es la paciencia? El Papa Francisco ha respondido a esta pregunta: “No es una mera tolerancia de las dificultades o una resistencia fatalista a la adversidad. La paciencia no es un signo de debilidad: es la fortaleza de espíritu que nos hace capaces de “llevar el peso” de soportar los problemas personales y comunitarios, nos hace acoger la diversidad de los demás, nos hace perseverar en el bien incluso cuando todo parece inútil, nos mantiene en movimiento aun cuando el tedio y la pereza nos asaltan”.  

Los tres “lugares” en los que la paciencia toma forma concreta
El Pontífice, después de poner el ejemplo de Simeón, ha explicado a los miembros de los institutos de la Vida Consagrada las tres ocasiones en las que deben tener paciencia: en la vida personal, en la vida comunitaria y ante el mundo, pues tal y como ha asegurado, “la paciencia nos ayuda a mirarnos a nosotros mismos, a nuestras comunidades y al mundo con misericordia. Son retos para nuestra vida consagrada: no podemos quedarnos en la nostalgia del pasado ni limitarnos a repetir lo mismo de siempre. Necesitamos la paciencia valiente de caminar, de explorar nuevos caminos, de buscar lo que el Espíritu Santo nos sugiere”.

En nuestra vida personal
“A veces, el entusiasmo de nuestro trabajo no se corresponde con los resultados que esperábamos, nuestra siembra no parece producir el fruto adecuado, el fervor de la oración se debilita y ya no somos inmunes a la sequedad espiritual” ha dicho el Pontífice. Con estas palabras, ha querido recordar que aunque en la vida de consagrados puede ocurrir que la esperanza se desgaste por las expectativas defraudadas, se debe ser “paciente con nosotros mismos” y “esperar con confianza los tiempos y los modos de Dios: Él es fiel a sus promesas”.

“Recordar esto – ha dicho – nos permite replantear nuestros caminos y revigorizar nuestros sueños, sin ceder a la tristeza interior y al desencanto”, pues, “la tristeza interior en nosotros los consagrados es como un gusano que nos come desde adentro, huyan de la tristeza interior”.

En la vida comunitaria
En cuanto a las relaciones humanas, especialmente cuando se trata de compartir un proyecto de vida y una actividad apostólica, Francisco asegura que “no siempre son pacíficas”: “A veces surgen conflictos y no podemos exigir una solución inmediata, ni debemos apresurarnos a juzgar a la persona o a la situación: hay que saber guardar las distancias, intentar no perder la paz, esperar el mejor momento para aclarar con caridad y verdad”. Además – dice – “no se deben confundir por las tempestades, pues nunca podremos hacer un buen discernimiento en la vida si nuestro corazón esta agitado”. En nuestras comunidades – continúa – “necesitamos paciencia mutua, es decir, soportar y llevar sobre nuestros hombros la vida del hermano o de la hermana, incluso sus debilidades y defectos”. Un consejo del Papa para nunca olvidar esto es que “el Señor no nos llama a ser solistas, sino a formar parte de un coro, que a veces desafina, pero que siempre debe intentar cantar unido”.

La paciencia ante el mundo
Por último, el Papa habla de la paciencia ante el mundo y vuelve a poner de ejemplo a Simeón y Ana, quienes cultivaron en sus corazones la esperanza anunciada por los profetas, aunque tardó en hacerse realidad y creció lentamente en medio de las infidelidades y las ruinas del mundo. “Necesitamos esta paciencia para no quedarnos prisioneros de la queja: “el mundo ya no nos escucha”, “no tenemos más vocaciones”, “vivimos tiempos difíciles”… A veces sucede que oponemos a la paciencia con la que Dios trabaja el terreno de la historia y de nuestros corazones la impaciencia de quienes juzgan todo de modo inmediato, y así – concluye – perdemos la virtud más bella: la esperanza. Tantos consagrados y consagradas que pierden la esperanza por la paciencia”.

Dos consejos del Papa a los consagrados 
Al final de la Eucaristía, el Papa Francisco dió dos consejos a los consagrados y consagradas: morderse la lengua y tener sentido de humor: «Huyan de los chismes, aquello que asesina a la vida comunitaria son los chismes, no hablen de los demás. Hay una medicina que está muy cerca de casa: morderse la lengua» ha dicho Francisco. Y luego, el otro consejo que les recomienda en la vida de comunidad: «no pierdan el sentido del humor, esto nos ayuda tanto, es el anti-chisme, saber reírse de sí mismos, de las situaciones, también de los demás un poco, pero no perder el sentido del humor. Esto que les recomiendo no es un consejo muy clerical, pero es muy humano».

Mireia Bonilla

Homilía del Papa Francisco en las Vísperas de la Solemnidad de la Conversión de San Pablo 2021

La Basílica de San Pablo Extramuros, en Roma, acogió la celebración de las Segundas Vísperas de la Solemnidad de la conversión de San Pablo Apóstol. Debido a los dolores ocasionados por la ciática, el Papa Francisco no pudo presidir la ceremonia, pero, en su lugar, el Cardenal Kurt Koch, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, leyó la homilía preparada por el Pontífice.

Texto completo de la homilía del Papa Francisco

«Permanezcan en mi amor» (Jn 15,9). Jesús relaciona esta petición con la imagen de la vid y los sarmientos, la última que nos ofrece en los Evangelios. El Señor mismo es la vid, la vid «verdadera» (v. 1), que no traiciona las expectativas, sino que permanece fiel en el amor y nunca falla, a pesar de nuestros pecados y nuestras divisiones.

En esta vid que es Él, todos los bautizados estamos injertados como sarmientos: lo que significa que sólo podemos crecer y dar fruto cuando estamos unidos a Jesús. Esta tarde nos fijamos en esta unidad indispensable, que tiene múltiples niveles. Pensando en el árbol de la vid, podríamos imaginar la unidad formada por tres círculos concéntricos, como los de un tronco.

El Cardenal Koch accede a la Basílica de San Pablo Extramuros.
(Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa)

El primer círculo, el más interno, es permanecer en Jesús. Aquí es donde comienza el camino de cada persona hacia la unidad. En la acelerada y compleja realidad actual, es fácil perder el hilo, atraídos por mil cosas.

Muchos se sienten fragmentados por dentro, incapaces de encontrar un punto fijo, un orden estable en las circunstancias variables de la vida. Jesús nos muestra el secreto de la estabilidad al permanecer en Él.

En el texto que hemos escuchado repite este concepto siete veces (cf. vv. 4-7.9-10). Porque sabe que “sin Él no podemos hacer nada” (cf. v. 5). También nos mostró cómo hacerlo, dándonos un ejemplo: cada día se retiraba a lugares desiertos para rezar.

Necesitamos la oración como el agua para vivir. La oración personal, estar con Jesús, la adoración, es lo esencial para permanecer en Él. Es el modo de poner en el corazón del Señor todo lo que habita en nuestro corazón, esperanzas y temores, alegrías y penas. Pero, sobre todo, centrados en Jesús en la oración, experimentamos su amor.

Y de este modo nuestra existencia toma vida, como el sarmiento toma savia del tronco. Esta es la primera unidad, nuestra integridad personal, obra de la gracia que recibimos al permanecer en Jesús.

El segundo círculo es el de la unidad con los cristianos. Somos sarmientos de la misma vid, somos vasos comunicantes: el bien y el mal que cada uno hace se derrama sobre los demás.

En la vida espiritual existe una especie de “ley de la dinámica”: en la medida en que permanecemos en Dios nos acercamos a los demás, y en la medida en que nos acercamos a los demás permanecemos en Dios.

Significa que si oramos a Dios en espíritu y en verdad surge la necesidad de amar a los demás y, por otra parte, que «si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros» (1 Jn 4,12).

La oración sólo puede conducir al amor, de lo contrario es un ritualismo fatuo. De hecho, no es posible encontrarse con Jesús sin su Cuerpo, formado por muchos miembros, tantos como son los bautizados.

Si nuestra adoración es auténtica, creceremos en el amor por todos los que siguen a Jesús, independientemente de la comunión cristiana a la que pertenezcan, porque, aunque no sean “de los nuestros”, son suyos.

Sin embargo, constatamos que amar a nuestros hermanos no es fácil, porque enseguida aparecen sus defectos y faltas, y nos vienen a la mente las heridas del pasado.

Aquí nos ayuda la acción del Padre que, como un agricultor experto (cf. Jn 15,1), sabe bien lo que tiene que hacer: «Todo sarmiento que no da fruto lo corta, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto aún» (Jn 15,2).

El Padre corta y poda. ¿Por qué? Porque para amar hay que despojarse de todo lo que nos desvía del camino y nos encorva sobre nosotros mismos, impidiéndonos dar fruto. Pidamos, pues, al Padre que nos quite los prejuicios sobre los demás y los apegos mundanos que dificultan la plena unidad con todos sus hijos.

Así, purificados en el amor, sabremos poner en segundo lugar las trabas terrenales y los obstáculos del pasado que hoy nos distraen del Evangelio.

El tercer círculo de la unidad, el más amplio, es toda la humanidad. Aquí podemos reflexionar sobre la acción del Espíritu Santo. En la vid que es Cristo, Él es la savia que llega a todas partes. Pero el Espíritu sopla donde quiere y por todos los lugares que quiere para conducirnos de nuevo a la unidad.

Nos lleva a amar no sólo a los que nos quieren y piensan como nosotros, sino a todos, como Jesús nos enseñó. Nos hace capaces de perdonar a nuestros enemigos y los males que nos han hecho. Nos insta a ser activos y creativos en el amor.

Nos recuerda que nuestro prójimo no es sólo el que comparte nuestros valores e ideas, sino que estamos llamados a ser prójimos de todos, buenos samaritanos de la humanidad vulnerable, pobre y sufriente —tan sufriente hoy en día— que yace en las calles del mundo y que Dios quiere levantar con compasión.

Que el Espíritu Santo, autor de la gracia, nos ayude a vivir en la gratuidad, a amar incluso a los que no nos corresponden, porque es en el amor puro y desinteresado donde el Evangelio da sus frutos. Por los frutos reconocemos el árbol: por el amor gratuito reconocemos si pertenecemos a la vid de Jesús.

El Espíritu Santo nos enseña así la concreción del amor hacia todos los hermanos y las hermanas con los que compartimos la misma humanidad, esa humanidad que Cristo unió a sí de manera inseparable, diciéndonos que lo encontraremos siempre en los más pobres y necesitados (cf. Mt 25,31-45).

Al servirles juntos, nos redescubriremos como hermanos y creceremos en la unidad. El Espíritu, que renueva la faz de la tierra, también nos exhorta a cuidar la casa común, a tomar decisiones audaces sobre la forma de vivir y consumir, porque lo contrario de dar fruto es la explotación y es indigno desperdiciar los preciosos recursos de los que tantos carecen.

El mismo Espíritu, autor del camino ecuménico, nos ha llevado esta tarde a rezar juntos. Y mientras experimentamos la unidad que proviene de dirigirse a Dios con una sola voz, deseo agradecer a todos los que durante esta Semana han rezado y seguirán rezando por la unidad de los cristianos.

Saludo fraternalmente a los representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales aquí reunidas: a los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian en Roma con la ayuda del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos; a los profesores y a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey, que deberían haber venido a Roma, como en años anteriores, pero que no han podido a causa de la pandemia y nos siguen a través de los medios de comunicación.

Queridos hermanos y hermanas: Permanezcamos unidos en Cristo. Que el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones, nos haga sentir hijos del Padre, hermanos y hermanas entre nosotros, hermanos y hermanas en la única familia humana. Que la Santísima Trinidad, comunión de amor, nos haga crecer en la unidad.

Redacción ACI Prensa

Concluye la semana de oración por la unidad cristiana: «Sin Jesús no podemos hacer nada»

«Si nuestra adoración es auténtica, creceremos en el amor por todos los que siguen a Jesús, independientemente de la comunión cristiana a la que pertenezcan». Son las palabras del Papa Francisco en la homilía con motivo del cierre de la semana de oración por la unidad de los cristianos. La ceremonia tuvo lugar en la basílica papal de San Pablo Extramuros y fue presidida por el cardenal Kurt Koch, quien sustituyó al Santo Padre, ausente por problemas de ciática.

25 de enero 2021.- En la tarde del 25 de enero, se celebraron las vísperas de la Conversión de San Pablo y la conclusión de la Semana de oración por la unidad de los cristianos en la Basílica papal dedicada al Apóstol de los Gentiles, (San Pablo Extramuros).

El Papa Francisco no pudo presidir la ceremonia debido a molestias causadas por la ciática y fue sustituído por el cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, quien fue el encargado de leer la homilía del Santo Padre.

El Cardenal Kurt Koch, fue el encargado de sustituir al Papa
en la celebración de la Oración por la unidad de los cristianos

Partiendo de la premisa de Jesús a sus discípulos «Permanezcan en mi amor» (Jn 15,9), el Papa reflexiona sobre «esta unidad indispensable que tiene múltiples niveles», e invita a imaginar la unidad como un tronco formado por tres círculos concéntricos.

«El primer círculo, el más interno, es permanecer en Jesús. Aquí es donde comienza el camino de cada persona hacia la unidad», explica Francisco, advirtiendo que en la acelerada y compleja realidad actual, «es fácil perder el hilo», atraídos por mil cosas.

“Muchos se sienten fragmentados por dentro, incapaces de encontrar un punto fijo, un orden estable en las circunstancias variables de la vida. Jesús nos muestra el secreto de la estabilidad al permanecer en Él, porque sabe que «sin Él no podemos hacer nada (cf. v. 5)»”

En este sentido, el Sucesor de Pedro puntualiza que la primera unidad que estamos llamados a consolidar, es decir la de nuestra integridad personal, «es obra de la gracia que recibimos al permanecer en Jesús», y para ello es fundamental poner en práctica la oración personal, la cual necesitamos «como agua para vivir».

“Orar, es estar con Jesús, la adoración, es lo esencial para permanecer en Él. Es el modo de poner en el corazón del Señor todo lo que habita en nuestro corazón, esperanzas y temores, alegrías y penas. Pero, sobre todo, centrados en Jesús en la oración, experimentamos su amor. Y de este modo nuestra existencia toma vida, como el sarmiento toma savia del tronco”

La unidad con los cristianos

En cuanto al segundo círculo, el Pontífice destaca que se trata de la unidad con los cristianos y profundiza sobre una especie de «ley dinámica» que existe en la vida espiritual: «En la medida en que permanecemos en Dios nos acercamos a los demás, y en la medida en que nos acercamos a los demás permanecemos en Dios».

Para el Papa, esto significa que si oramos a Dios en espíritu y en verdad surge la necesidad de amar a los demás y, por otra parte, que «si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros» (1 Jn 4,12).

“La oración sólo puede conducir al amor, de lo contrario es un ritualismo fatuo. De hecho, no es posible encontrarse con Jesús sin su Cuerpo, formado por muchos miembros, tantos como son los bautizados. Si nuestra adoración es auténtica, creceremos en el amor por todos los que siguen a Jesús, independientemente de la comunión cristiana a la que pertenezcan, porque, aunque no sean «de los nuestros», son suyos”

En este contexto, el Santo Padre subraya que en la vida diaria, muchas veces «constatamos que amar a nuestros hermanos no es fácil, porque enseguida aparecen sus defectos y faltas, y nos vienen a la mente las heridas del pasado».

Es por ello que resulta fundamental dejar que fluya la acción del Espíritu que «sopla donde quiere y por todos los lugares que quiere para conducirnos de nuevo a la unidad» y nos lleva «a amar no sólo a los que nos quieren y piensan como nosotros, sino a todos, como Jesús nos enseñó».

La unidad con la humanidad

Finalmente, Francisco hace hincapié en el tercer círculo de la unidad, «el más amplio», que comprende a toda la humanidad.

Y aquí es cuando la acción del Espíritu «nos recuerda que nuestro prójimo no es sólo el que comparte nuestros valores e ideas, sino que estamos llamados a ser prójimos de todos, buenos samaritanos de la humanidad vulnerable, pobre y sufriente —tan sufriente hoy en día— que yace en las calles del mundo y que Dios quiere levantar con compasión».

El Santo Padre insiste, una vez más, en la importancia de orar, para que el Espíritu Santo, autor de la gracia, «nos ayude a vivir en la gratuidad, a amar incluso a los que no nos corresponden, porque es en el amor puro y desinteresado donde el Evangelio da sus frutos», precisamente el mismo Espíritu, «autor del camino ecuménico, que nos ha llevado esta tarde a rezar juntos».

Hijos del Padre: hermanos y hermanas entre nosotros

La homilía concluye con el saludo fraternal del Papa a los representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales reunidas para la ocasión:

«A los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian en Roma con la ayuda del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos; a los profesores y a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey, que deberían haber venido a Roma, como en años anteriores, pero que no han podido a causa de la pandemia y nos siguen a través de los medios de comunicación».

«Queridos hermanos y hermanas: Permanezcamos unidos en Cristo. Que el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones, nos haga sentir hijos del Padre, hermanos y hermanas entre nosotros, hermanos y hermanas en la única familia humana», concluye Francisco.

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Misa del Papa: «Levantar la vista, ponerse en camino y ver», claves para adorar a Dios

En la Solemnidad de la Epifanía del Señor, el Papa presidió la Misa en la Basílica de San Pedro. En su homilía, el Pontífice invitó a los fieles a seguir la «escuela de adoración» de los magos llegados de Oriente a Belén para adorar al Hijo de Dios recién nacido. Y para ello Francisco ofreció tres claves que pueden ayudarnos en «nuestro viaje» hacia el crecimiento espiritual: «Levantar la vista, ponerse en camino y ver más allá de las apariencias».

El 6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor, el Papa Francisco presidió la Santa Misa a las 10 de la mañana, hora local de Roma, en la Basílica de San Pedro. 

En su homilía, el Pontífice reflexionó sobre el pasaje del Evangelio según san Mateo que narra el encuentro de los tres magos de Oriente que llegaron a Belén para adorar al Hijo de Dios, recién nacido: «Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11).

En este sentido, el Santo Padre señaló que adorar al Señor «no es fácil», ya que «no es un hecho inmediato»:

“Exige una cierta madurez espiritual, y es el punto de llegada de un camino interior, a veces largo. La actitud de adorar a Dios no es espontánea en nosotros. Sí, el ser humano necesita adorar, pero corre el riesgo de equivocar el objetivo. En efecto, si no adora a Dios adorará a los ídolos, y en vez de creyente se volverá idólatra”

Asimismo, el Papa recordó que precisamente por esto resulta fundamental «que en nuestra época dediquemos más tiempo a la adoración», tanto individual como comunitariamente, «aprendiendo a contemplar al Señor cada vez mejor».

«Hoy, por lo tanto, pongámonos en la escuela de los magos, para aprender de ellos algunas enseñanzas útiles: como ellos, queremos ponernos de rodillas y adorar al Señor», añadió el Obispo de Roma.

Levantar la vista
Profundizando sobre la liturgia hodierna, Francisco destacó tres expresiones que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que significa ser adoradores del Señor: “levantar la vista”, “ponerse en camino” y “ver”. 

“La primera expresión, levantar la vista, nos la ofrece el profeta Isaías. A la comunidad de Jerusalén, que acababa de volver del exilio y estaba abatida a causa de tantas dificultades, el profeta les dirige este fuerte llamado: «Levanta la vista en torno, mira» (60,4). Es una invitación a dejar de lado el cansancio y las quejas, a salir de las limitaciones de una perspectiva estrecha, a liberarse de la dictadura del propio yo, siempre inclinado a replegarse sobre sí mismo y sus propias preocupaciones. Para adorar al Señor es necesario ante todo «levantar la vista», es decir, no dejarse atrapar por los fantasmas interiores que apagan la esperanza, y no hacer de los problemas y las dificultades el centro de nuestra existencia. Eso no significa que neguemos la realidad, fingiendo o creyendo que todo está bien. Se trata más bien de mirar de un modo nuevo los problemas y las angustias, sabiendo que el Señor conoce nuestras situaciones difíciles, escucha atentamente nuestras súplicas y no es indiferente a las lágrimas que derramamos”

Ponerse en camino
En cuanto a la segunda expresión que nos puede ayudar, «ponerse en camino», el Papa puntualizó que antes de poder adorar al Niño nacido en Belén, los magos tuvieron que hacer un largo viaje siguiendo la estrella en el firmamento. «Un viaje que implica siempre una transformación, un cambio», dijo.

“No se llega a adorar al Señor sin pasar antes a través de la maduración interior que nos da el ponernos en camino. Llegamos a ser adoradores del Señor mediante un camino gradual. La experiencia nos enseña, por ejemplo, que una persona con cincuenta años vive la adoración con un espíritu distinto respecto a cuando tenía treinta. Quien se deja modelar por la gracia, normalmente, con el pasar del tiempo, mejora. Como los magos, también nosotros debemos dejarnos instruir por el camino de la vida, marcado por las inevitables dificultades del viaje. No permitamos que los cansancios, las caídas y los fracasos nos empujen hacia el desaliento. Por el contrario, reconociéndolos con humildad, nos deben servir para avanzar hacia el Señor Jesús”

Ver más allá de las apariencias
Finalmente, la tercera expresión, «ver»: El evangelista escribe «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11).

En este contexto, el Papa explicó que la adoración «era el homenaje reservado a los soberanos, a los grandes dignatarios. Los magos, en efecto, adoraron a Aquel que sabían que era el rey de los judíos» (cf. Mt 2,2).

Pero, de hecho, ¿qué fue lo que vieron?

«Vieron a un niño pobre con su madre -continuó explicando el Santo Padre- y sin embargo estos sabios, llegados desde países lejanos, supieron trascender aquella escena tan humilde y corriente, reconociendo en aquel Niño la presencia de un soberano».

Igualmente, el Pontífice hizo hincapié en que los magos fueron capaces de «ver» más allá de la apariencia: «Arrodillándose ante el Niño nacido en Belén, expresaron una adoración que era sobre todo interior: abrir los cofres que llevaban como regalo fue signo del ofrecimiento de sus corazones».

Trascender lo visible para poder adorar a Dios
«Para adorar al Señor es necesario ver más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso», manifestó Francisco.

Finalmente, el Santo Padre subrayó que este modo de “ver” que trasciende lo visible, «hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz».

«Que el Señor Jesús nos haga verdaderos adoradores suyos, capaces de manifestar con la vida su designio de amor, que abraza a toda la humanidad», concluyó el Papa.

Sofía Lobos (Ciudad del Vaticano)