Papa: «Como Pedro y Pablo, experimentemos nuestra liberación con Cristo»

En su homilía en el marco de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, el Papa Francisco recordó que estos dos «gigantes de la fe», fueron liberados de las cadenas de sus vidas tras haberse encontrado con Cristo. Francisco invitó a seguir el ejemplo de estos apóstoles «siendo colaboradores de esta liberación, rompiendo cadenas en nuestras ciudades, nuestras sociedades, nuestro mundo», porque «solo una Iglesia libre es una Iglesia creíble».

Ciudad del Vaticano, 29 de junio 2021.- El martes 29 de junio el Papa Francisco celebró la santa misa en la Basílica Vaticana con ocasión de la Solemnidad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, mártires y patronos de Roma.
En su homilía el Santo Padre invitó a «observar de cerca» a estos dos testigos de la fe, quienes pusieron al centro de sus historias, «no sus capacidades, sino el encuentro con Cristo que cambió sus vidas experimentando un amor que los sanó y los liberó».

«Pedro y Pablo son libres sólo porque fueron liberados», dijo Francisco deteniéndose en este punto central:

“Pedro, el pescador de Galilea, fue liberado ante todo del sentimiento de inadecuación y de la amargura del fracaso, y esto ocurrió gracias al amor incondicional de Jesús. Aunque era un pescador experto, varias veces experimentó, en plena noche, el amargo sabor de la derrota por no haber pescado nada y, ante las redes vacías, tuvo la tentación de abandonarlo todo. A pesar de ser fuerte e impetuoso, a menudo se dejó llevar por el miedo. Sin embargo, Jesús lo amó gratuitamente y apostó por él”

Pedro y Pablo fueron liberados por Jesús
En este sentido, el Papa destacó que pese a las debilidades de Pedro, el Hijo de Dios no lo abandona, más bien, «lo anima a no rendirse, a echar de nuevo las redes al mar, a caminar sobre las aguas, a mirar con valentía su propia debilidad, a seguirlo en el camino de la cruz. De este modo lo liberó del miedo, y lo llamó precisamente a él para que confirmara a sus hermanos en la fe».

Como hemos escuchado en el Evangelio -añadió Francisco- a él le dio las llaves para abrir las puertas que conducen al encuentro con el Señor y el poder de atar y desatar: atar los hermanos a Cristo y desatar los nudos y las cadenas de sus vidas.

Para el Pontífice, todo esto fue posible porque ―como nos dice la primera lectura de hoy― Pedro fue el primero en ser liberado: «Es una nueva historia de apertura, de liberación, de cadenas rotas, de salida del cautiverio que encierra. Pedro tuvo la experiencia de la Pascua: el Señor lo liberó».

Asimismo, Francisco recordó que también el apóstol Pablo experimentó la liberación de Cristo:

“Fue liberado de la esclavitud más opresiva, la de su ego. Y de Saulo, el nombre del primer rey de Israel, pasó a ser Pablo, que significa ‘pequeño’. Fue librado del celo religioso que lo había hecho encarnizado defensor de las tradiciones que había recibido. Así, Pablo comprendió que «Dios eligió lo débil del mundo para confundir a los fuertes» (1 Co 1,27), que todo lo podemos en aquel que nos fortalece, que nada puede separarnos de su amor (cf. Rm 8,35-39). Por eso, al final de su vida ―como nos dice la segunda lectura― el apóstol pudo decir: «el Señor me asistió» y «me seguirá librando de toda obra mala». Pablo tuvo la experiencia de la Pascua: el Señor lo liberó”

En este contexto, el Santo Padre señaló que la Iglesia mira «a estos dos gigantes de la fe y ve a dos Apóstoles que liberaron la fuerza del Evangelio en el mundo, sólo porque antes fueron liberados por su encuentro con Cristo».

Seamos colaboradores de esta liberación en el mundo
Igualmente, Francisco recordó que nosotros, tocados por el Señor, también somos liberados, algo que resulta fundamental porque sólo una Iglesia libre es una Iglesia creíble.

“Como Pedro, estamos llamados a liberarnos de la sensación de derrota ante nuestra pesca, a veces infructuosa; a liberarnos del miedo que nos inmoviliza y nos hace temerosos, encerrándonos en nuestras seguridades y quitándonos la valentía de la profecía. Como Pablo, estamos llamados a ser libres de las hipocresías de la exterioridad, a ser libres de la tentación de imponernos con la fuerza del mundo en lugar de hacerlo con la debilidad que da cabida a Dios, libres de una observancia religiosa que nos vuelve rígidos e inflexibles, libres de vínculos ambiguos con el poder y del miedo a ser incomprendidos y atacados”.

En su alocución, el Papa invitó a preguntarnos cuánta necesidad de liberación tienen nuestras ciudades, nuestras sociedades, nuestro mundo, y en consecuencia, exhortó a convertirnos en colaboradores de esta liberación, «pero sólo -puntualizó- si antes nos dejamos liberar por la novedad de Jesús y caminamos en la libertad del Espíritu Santo».

Saludo a la Delegación del Patriarcado Ecuménico
Haciendo alusión a los hermanos arzobispos que reciben el palio, Francisco hizo hincapié en que «este signo de unidad con Pedro recuerda la misión del pastor que da su vida por el rebaño. Dando su vida, el pastor, liberado de sí mismo, se convierte en instrumento de liberación para sus hermanos».

Antes de concluir, el Santo Padre saludó a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, presente en la santa misa y enviada para esta ocasión por Su Santidad Bartolomé I: «Vuestra grata presencia es un precioso signo de unidad en el camino de liberación de las distancias que dividen escandalosamente a los creyentes en Cristo», concluyó Francisco, rezando por toda por la Iglesia, «por todos nosotros para que, liberados por Cristo, seamos apóstoles de liberación en el mundo entero».

Sofía Lobos (Vatican News)

El Papa en el Corpus Christi: “Ensanchemos nuestro corazón”

El Papa preside la Santa Misa del Corpus Christi y se detiene en tres imágenes del Evangelio para explicar como debemos prepararnos para la Pascua del Señor: “Convirtámonos en una Iglesia con el cántaro en la mano, que despierta la sed y lleva el agua, abramos de par en par el corazón para ser la habitación amplia donde todos puedan entrar y encontrar al Señor, desgastemos nuestra vida en la compasión y la solidaridad, para que el mundo vea por medio nuestro la grandeza del amor de Dios”.

Ciudad del Vaticano, 6 de juniio 2021.- En la tarde del domingo 6 de junio, el Pontífice ha presidido la Santa Misa del Corpus Christi Jesús desde el altar de la Catedra en la Basílica Vaticana, deteniéndose, durante su homilía, en explicar de que manera podemos nosotros hoy preparar la Pascua del Señor – al igual que los discípulos prepararon el lugar donde iban a celebrar la cena Pascual – y entender cuales son lugares de nuestra vida en los que el Señor pide que lo recibamos. Sus respuestas se han detenido en tres imágenes del Evangelio:

La primera imagen: el hombre que lleva un cántaro de agua
Jesús dice a los suyos que adonde los conduzca un hombre con un cántaro de agua, allí se podrá celebrar la cena de Pascua. “Ese hombre, totalmente anónimo, se convierte en guía para los discípulos que buscan el lugar que después será llamado el Cenáculo. Y el cántaro de agua es el signo para reconocerlo. Un signo que nos lleva a pensar en la humanidad sedienta, siempre en busca de un manantial de agua que la sacie y la regenere” ha dicho el Papa Francisco. Pero – dice – esta “señal” simbólica se refiere a que, para saciar esta sed, el agua de las cosas mundanas no sirve “porque se trata de una sed más profunda, que sólo Dios puede satisfacer”.

Por tanto, el Papa explica que para celebrar la Eucaristía “es preciso reconocer, antes que nada, nuestra sed de Dios: sentirnos necesitados de Él, desear su presencia y su amor, ser conscientes de que no podemos salir adelante solos” y pone de relieve e drama actual en el que encontramos a menudo que la sed ha desaparecido: “Se han extinguido las preguntas sobre Dios, se ha desvanecido el deseo de Él, son cada vez más escasos los buscadores de Dios. Dios no atrae más porque no sentimos ya nuestra sed profunda”. Por ende, la invitación de Francisco es que como Iglesia no puede ser suficiente el grupito de asiduos que se reúnen para celebrar la Eucaristía; “debemos ir a la ciudad, encontrar a la gente, aprender a reconocer y a despertar la sed de Dios y el deseo del Evangelio”.

La segunda imagen: la habitación amplia en el piso superior
Es allí donde Jesús y los suyos celebrarán la cena pascual y esta habitación se encuentra en la casa de una persona que los aloja. Se trata – dice el Papa – de “una habitación amplia para un pequeño pedazo de Pan”. Dios se hace pequeño como un pedazo de pan y justamente por eso es necesario un corazón grande para poder reconocerlo, adorarlo y acogerlo: “La presencia de Dios es tan humilde, escondida, en ocasiones invisible, que para ser reconocida necesita de un corazón preparado, despierto y acogedor” explica el Santo Padre. De hecho, dice: “Si nuestro corazón no tiene una habitación amplia, se parece a un depósito donde conservamos con añoranza las cosas pasadas; si se asemeja a un desván donde hemos dejado desde hace tiempo nuestro entusiasmo y nuestros sueños; si se parece a una sala angosta y oscura porque vivimos sólo de nosotros mismos, de nuestros problemas y de nuestras amarguras, entonces será imposible reconocer esta silenciosa y humilde presencia de Dios”.

Por tanto, destaca la invitación del Papa a “ensanchar el corazón”, a “salir de la pequeña habitación de nuestro yo y entrar en el gran espacio del estupor y la adoración”. Además, invita también a la Iglesia a ser una sala amplia: “No un círculo pequeño y cerrado, sino una comunidad con los brazos abiertos de par en par, acogedora con todos”. “La Iglesia de los perfectos y de los puros – dice – es una habitación en la que no hay lugar para nadie; la Iglesia de las puertas abiertas, que festeja en torno a Cristo es, en cambio, una sala grande donde todos pueden entrar”.

La tercera imagen: Jesús que parte el pan
Es el gesto eucarístico por excelencia, el gesto que identifica nuestra fe, el lugar de nuestro encuentro con el Señor que se ofrece para hacernos renacer a una vida nueva. Se trata de un gesto “sorprendente” dice el Papa, pues hasta ese momento se inmolaban corderos y se ofrecían en sacrificio a Dios, “ahora es Jesús el que se hace cordero y se inmola para darnos la vida”. Es más, el Papa explica “que es el Señor, que no quebranta a nadie, sino que se parte a sí mismo; es el Señor, que no exige sacrificios, sino que se sacrifica él mismo, es el Señor, que no pide nada, sino que entrega todo”. Al final de su homilía, el Papa recuerda que, para celebrar y vivir la Eucaristía, también nosotros estamos llamados a vivir este amor: “Porque no puedes partir el Pan del domingo si tu corazón está cerrado a los hermanos. No puedes comer de este Pan si no compartes los sufrimientos del que está pasando necesidad”.

El Papa en la Misa de Pentecostés: ¡Es el tiempo del Paráclito!

El Paráclito, nuestro Consolador y Abogado, dice a la Iglesia que hoy es el tiempo de la consolación, del gozoso anuncio del Evangelio, de llevar la alegría del Resucitado. Es el tiempo para derramar amor sobre el mundo; y es el tiempo de la misericordia. Homilía del Papa en la Solemnidad de Pentecostés.

Ciudad del Vaticano, 23 de mayo 2021.- “Es el tiempo del Paráclito, el tiempo de la libertad de corazón en el Paráclito”: lo afirmó el Sucesor de Pedro hoy, 23 de mayo de 2021, al celebrar la Santa Misa en la Solemnidad de Pentecostés, en el Altar de la Confesión de la Basílica Vaticana. El Sumo Pontífice comenzó su homilía con la promesa de Jesús a sus discípulos citada en el Evangelio de San Juan, capítulo 15, versículo 26.

Es el tiempo, dijo el Santo Padre sí, del Paráclito, del Espíritu Santo “el don definitivo, el don de los dones” prometido por Jesús:
“Paráclito. Acojamos hoy esta palabra, que no es fácil de traducir porque encierra varios significados. Paráclito quiere decir esencialmente dos cosas: Consolador y Abogado.”

El Paráclito, nuestro Consolador y Abogado
“El Paráclito es el Consolador”, explicó Francisco. Todos nosotros, especialmente en los momentos difíciles como el que estamos atravesando debido a la pandemia, – dijo – buscamos consolaciones. Pero frecuentemente recurrimos sólo a las consolaciones terrenas, que desaparecen pronto, son consolaciones del momento. Jesús, en cambio, “nos ofrece hoy la consolación del cielo, el Espíritu, la ‘fuente del mayor consuelo'».

La diferencia con las consolaciones de este mundo, es que estas últimas son como los analgésicos: “dan un alivio momentáneo, pero no curan el mal profundo que llevamos dentro”; “evaden, distraen, pero no curan de raíz”; “calman superficialmente, en el ámbito de los sentidos y difícilmente en del corazón”. Esto porque “sólo quien nos hace sentir amados tal y como somos da paz al corazón”. El Espíritu Santo, “ternura misma de Dios, que no nos deja solos”, añadió, actúa así: «entra hasta el fondo del alma», pues como Espíritu obra en nuestro espíritu. Visita lo más íntimo del corazón como «dulce huésped del alma».

“Hermana, hermano, si adviertes la oscuridad de la soledad, si llevas dentro un peso que sofoca la esperanza, si tienes en el corazón una herida que quema, si no encuentras una salida, ábrete al Espíritu Santo.”

Tal como escribía san Buenaventura, recordó el Pontífice, el Espíritu «lleva mayor consolación donde hay mayor tribulación, no como hace el mundo que en la prosperidad consuela y adula, y en la adversidad se burla y condena». “Eso hace el mundo”, señaló. Lo hace, sobre todo, el espíritu enemigo, es decir, “el diablo”, que “primero nos halaga y nos hace sentir invencibles”, haciendo “crecer la vanidad” y después “juega con nosotros”, echándonos por tierra y haciéndonos sentir “inadecuados”.

Mientras el maligno “hace todo lo posible para que caigamos”, subrayó, el Espíritu del Resucitado “quiere realzarnos”. Por eso el Papa invitó a mirar a los Apóstoles, que en aquella mañana estaban solos y perdidos, tenían las puertas cerradas por el miedo, vivían en el temor y ante sus ojos estaban todas sus debilidades y fracasos, sus pecados, puesto que “habían renegado a Jesucristo”. Sucede que “los años pasados con Jesús no los habían cambiado, seguían siendo los mismos”, explicó. Y así, tras haber recibido el Espíritu “todo cambió”: los problemas y los defectos siguieron siendo los mismos, pero, sin embargo, ya no los temían porque tampoco temían a quienes les querían hacer daño. Se sentían consolados interiormente y querían difundir la consolación de Dios.

“Los que antes estaban atemorizados, ahora sólo temen no dar testimonio del amor recibido.”
Por ese motivo, nosotros, discípulos de Jesús, también estamos llamados a dar testimonio del Espíritu Santo, a ser “paráclitos”, consoladores. Él nos pide que “demos forma a su consolación”: no con grandes discursos, – afirmó Francisco – sino haciéndonos próximos. No con palabras de circunstancia, sino con la oración y la cercanía. Recordemos – pidió el Santo Padre – que la cercanía, la compasión y la ternura son el estilo de Dios, siempre.

“El Paráclito dice a la Iglesia que hoy es el tiempo de la consolación. Es el tiempo del gozoso anuncio del Evangelio más que de la lucha contra el paganismo. Es el tiempo de llevar la alegría del Resucitado, no de lamentarnos por el drama de la secularización. Es el tiempo para derramar amor sobre el mundo, sin amoldarse a la mundanidad. Es el tiempo de testimoniar la misericordia más que de inculcar reglas y normas. ¡Es el tiempo del Paráclito! Es el tiempo de la libertad del corazón, en el Paráclito.”

“El Paráclito, además, es el Abogado”, «nuestro» abogado, siguió explicando el Papa. En el contexto histórico de Jesús, – dilucidó – el abogado no desarrollaba sus funciones como hoy, más que hablar en lugar del imputado, normalmente estaba junto a él y le sugería al oído los argumentos para defenderse. Y el Paráclito, “Espíritu de la Verdad” que no nos reemplaza, sino que nos defiende de las falsedades del mal inspirándonos pensamientos y sentimientos, lo hace así. Y lo hace, subrayó el Santo Padre, “con delicadeza, sin forzarnos”: se propone, pero no se impone.

“El espíritu de la falsedad, el maligno, por el contrario, trata de obligarnos, quiere hacernos creer que siempre estamos obligados a ceder a las sugestiones malignas y a las pulsiones de los vicios.”

El Papa propuso, entonces, “acoger” tres sugerencias típicas del Paráclito, que son “antídotos básicos contra sendas tentaciones, hoy muy extendidas”. El primer consejo del Espíritu Santo, es “vive el presente”, no el pasado o el futuro, pues, el Paráclito afirma “la primacía del hoy contra la tentación de paralizarnos por las amarguras y las nostalgias del pasado, como también de concentrarnos en las incertidumbres del mañana y dejarnos obsesionar por los temores del porvenir”. Tal como nos recuerda el Espíritu, “no hay otro tiempo mejor para nosotros” que “la gracia del presente”:
“Ahora, justo donde nos encontramos, es el momento único e irrepetible para hacer el bien, para hacer de la vida un don. ¡Vivamos el presente!”

El Paráclito también aconseja “buscar el todo”, no la parte, continuó diciendo el Papa. Esto porque “el Espíritu no plasma individuos cerrados, sino que nos constituye como Iglesia en la multiforme variedad de carismas, en una unidad que no es nunca uniformidad”. Él “afirma la primacía del conjunto”: es en el conjunto, en la comunidad, donde el Espíritu prefiere actuar y llevar la novedad. De ahí que el Papa invitase una vez más a mirar a los apóstoles, muy distintos entre sí: estaba Mateo, publicano que había colaborado con los romanos, y Simón, llamado el Zelota, que se oponía a ellos. “Había ideas políticas opuestas, visiones del mundo muy diferentes. Pero cuando recibieron el Espíritu aprendieron a no dar la primacía a sus puntos de vista humanos, sino al todo de Dios”. Por eso si “hoy” escuchamos al Espíritu, aseguró el Pontífice, “no nos centraremos en conservadores y progresistas, tradicionalistas e innovadores, derecha e izquierda”, pues “si estos son los criterios, quiere decir que en la Iglesia se olvida el Espíritu”.

“El Paráclito impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver como partes del mismo cuerpo, hermanos y hermanas entre nosotros. ¡Busquemos el todo! El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, y por eso la convierte en ideologías. Hay que decir “no” a las ideologías y “sí” al todo.”

Finalmente, el tercer “gran consejo” del Paráclito es “Pon a Dios antes que tu yo”. Se trata, puntualizó Francisco, del “paso decisivo” de la vida espiritual, “que no es una serie de méritos y de obras nuestras, sino humilde acogida de Dios”. El Paráclito, dijo aún el Papa, “afirma el primado de la gracia”, y, por lo tanto, “sólo si nos vaciamos de nosotros mismos dejamos espacio al Señor; sólo si nos abandonamos en Él nos encontramos a nosotros mismos; sólo como pobres en el espíritu seremos ricos de Espíritu Santo”. Es una cosa que «vale también para la Iglesia”, añadió, recordando, una vez más, que “no salvamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos con nuestras propias fuerzas”. Si ponemos en primer lugar nuestros proyectos, nuestras estructuras y nuestros planes de reforma – advirtió – caeremos en el pragmatismo, en el eficientismo, en el horizontalismo, y no daremos fruto. Los “ismos” – advirtió aún el Obispo de Roma – son ideologías que dividen, que separan.

“La Iglesia no es una organización humana ―es humana, pero no es ‘sólo’ una organización humana―, la Iglesia es el templo del Espíritu Santo. Jesús ha traído el fuego del Espíritu a la tierra y la Iglesia se reforma con la unción, con la gratuidad de la unción de la gracia, con la fuerza de la oración, con la alegría de la misión, con la belleza cautivadora de la pobreza. ¡Pongamos a Dios en el primer lugar!”

Oración al Paráclito
Así, el Sucesor del Apóstol Pedro concluyó la homilía con una oración, para que cada discípulo del Señor, – sugiere quien escribe – guarde en su corazón:
“Espíritu Santo, Espíritu Paráclito, consuela nuestros corazones. Haznos misioneros de tu consolación, paráclitos de misericordia para el mundo. Abogado nuestro, dulce consejero del alma, haznos testigos del hoy de Dios, profetas de unidad para la Iglesia y la humanidad, apóstoles fundados sobre tu gracia, que todo lo crea y todo lo renueva. Amén.”

Griselda Mutual

Homilía del Papa: No dejen de mirar a lo alto y cuiden la fe

Francisco pidió esta mañana a los fieles birmanos residentes en Roma, que participaron en la Misa que celebró por la paz en Myanmar, que mientras su amado país está marcado por la violencia, el conflicto y la represión, no dejen la oración porque “es la única arma que tenemos para cuidar el amor y la esperanza en medio de tantas armas que siembran muerte”.

Ciudad del Vaticano, 16 de mayo 2021.- La mañana de este VII domingo del Tiempo Pascual el Papa Francisco presidió en el Altar de la Cátedra de la Basílica de San Pedro la santa misa por la paz en Myanmar en la que participaron los fieles residentes en Roma, entre los cuales algunos budistas en signo de solidaridad. En su homilía, el Santo Padre comenzó recordando que en sus últimas horas de su vida, Jesús reza. Y siguiendo su modelo de oración propuso pensar en el verbo “cuidar” que usa Jesús cuando ruega al Padre por los suyos.

Cuidar la fe
El Papa invitó a los fieles birmanos, mientras su amado Myanmar está marcado por la violencia, el conflicto y la represión, que cuiden la fe “para no sucumbir al dolor ni dejarnos caer en la resignación de quien ya no ve una salida”.
Levantar la mirada al cielo como Jesús

También aludió a esa actitud de Jesús que rezaba levantando los ojos al cielo en las horas finales de su vida, cuando aumentaba su angustia por la pasión que se acercaba. Y afirmó textualmente:
“Custodiar la fe es mantener la mirada en alto, hacia el cielo, mientras sobre la tierra se combate y se derrama sangre inocente. Es no ceder a la lógica del odio y de la venganza, sino permanecer con la mirada puesta en ese Dios de amor que nos llama a ser hermanos entre nosotros”

Tener confianza en Dios a través de la oración

Santa Misa por los fieles de Myanmar residentes en Roma

Francisco explicó que “la oración nos abre a la confianza en Dios, incluso en los momentos difíciles”, y “nos sostiene en la batalla cotidiana” sin ser “una fuga” o “un modo de escapar de los problemas”. Al contrario, dijo el Papa, “es la única arma que tenemos para cuidar el amor y la esperanza en medio de tantas armas que siembran muerte”.

“No es fácil alzar la mirada cuando estamos en medio del dolor, pero la fe nos ayuda a vencer la tentación de replegarnos en nosotros mismos”.

Además, el Obispo de Roma reafirmó que no es el caso de “tener miedo, porque también esto es oración. En ciertos momentos, es una oración que Dios acoge más que otras porque nace de un corazón herido, y el Señor escucha siempre el grito de su pueblo y enjuga sus lágrimas”.

La división es una enfermedad mortal
Destacó asimismo otro aspecto del cuidar, cuando se refirió al hecho de “cuidar la unidad”, como Jesús cuando reza al Padre para que guarde a los suyos en la unidad, para que todos sean uno, una sola familia donde reinan el amor y la fraternidad”. Él conocía el corazón de sus discípulos; a veces los había visto discutir sobre quién debía ser el más grande, quién debía mandar.

“Esta es una enfermedad mortal: la división. La experimentamos en nuestro corazón, porque frecuentemente estamos divididos dentro de nosotros mismos”.

De pequeños a grandes conflictos
Después de recordar que experimentamos la división en las familias, en las comunidades, entre los pueblos e incluso en la Iglesia, el Obispo de Roma afirmó que “son muchos los pecados contra la unidad: las envidias, los celos, la búsqueda de intereses personales en vez del bien de todos, los juicios contra los otros”. Se trata de pequeños conflictos que se reflejan después en los grandes conflictos, como el que vive en estos días Myanmar.

“Cuando los intereses de parte, la sed de ventajas y de poder se imponen, estallan siempre enfrentamientos y divisiones. La última recomendación que Jesús hace antes de su Pascua es la unidad. Porque la división viene del diablo que es el que divide”.

El Papa afirmó también en su homilía que estamos llamados a cuidar la unidad, tomando en serio esta apremiante súplica de Jesús al Padre y dijo a los fieles birmanos que “tengan el valor de vivir vínculos de amistad, de amor, de fraternidad”.

“Sé que algunas situaciones políticas y sociales son más grandes que ustedes, pero el compromiso por la paz y la fraternidad nace siempre de la base. Cada uno, en lo pequeño, puede hacer su parte. Cada uno, en lo pequeño, puede comprometerse a ser constructor de fraternidad, a ser sembrador de fraternidad, a trabajar en la reconstrucción de lo que se ha roto, en vez de alimentar la violencia”.

Promover el diálogo
Francisco dijo que también como Iglesia estamos llamados a ello, por lo que manifestó la necesidad de promover el diálogo, el respeto por el otro, la custodia del hermano, la comunión.

Y, finalmente, se refirió al hecho de “cuidar la verdad”, puesto que Jesús pide al Padre que consagre en la verdad a sus discípulos, que son enviados por el mundo a continuar su misión.

«Cuidar la verdad significa ser profetas en todas las situaciones de la vida, es decir, estar consagrados al Evangelio y ser testigos aun cuando haya que pagar el precio de ir contracorriente. A veces, nosotros cristianos buscamos un acuerdo, sin embargo, el Evangelio nos pide estar en la verdad y para la verdad, dando la vida por los demás. Y donde hay guerra, violencia y odio, ser fieles al Evangelio y constructores de paz significa comprometerse, también a través de las decisiones sociales y políticas, arriesgando la vida».

El Señor no necesita gente tibia
El Santo Padre insistió en que el Señor “nos quiere consagrados a la verdad y a la belleza del Evangelio, para que podamos testimoniar la alegría del Reino de Dios también en la noche oscura del dolor y cuando el mal parece más fuerte”.

“Hoy quiero llevar al altar del Señor el sufrimiento de su pueblo y rezar con ustedes para que Dios convierta los corazones de todos a la paz. Que la oración de Jesús nos ayude a cuidar la fe también en los momentos difíciles, a ser constructores de unidad, a arriesgar la vida por la verdad del Evangelio”.

“Y no pierdan la esperanza. Jesús – concluyó el Papa – todavía hoy ruega al Padre e intercede por todos nosotros, para que nos cuide del maligno y nos libere del poder del mal”.

Cabe destacar asimismo que un sacerdote birmano manifestó, en nombre de sus compatriotas en Roma y en Myanmar, el inmenso agradecimiento al Santo Padre quien en estos últimos meses se refirió en diversas oportunidades a la situación de su país, instando a deponer las armas, utilizar el diálogo y construir la paz. Sin olvidar el viaje apostólico que Francisco realizó en 2017 a esta nación bajo el lema de «Amor y paz», y cuyos habitantes guardan en su corazón.

Vatican News

Misa del Papa: «Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos»

“Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, su perdón, su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás?», es la cuestión que planteó el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada con ocasión de la Fiesta de la Divina Misericordia, correspondiente al II Domingo de Pascua. El Santo Padre profundizó sobre cómo los discípulos de Jesús «cambian de vida» al encontrarse con Jesús resucitado, quien «los misericordia» ofreciéndoles tres dones: la paz, su Espíritu y sus llagas.

Ciudad del Vaticano, 11 de abril 2021.- En el II Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia, el Papa Francisco presidió la Santa Misa, a las 10:30 (hora local de Roma) en la iglesia «Santo Spirito in Sassia». 

La celebración de esta fiesta tiene su origen en las revelaciones privadas de Santa Faustina Kowalska, religiosa polaca que recibió mensajes de Jesús sobre su Divina Misericordia en el pueblo de Plock, Polonia.

Tres dones de la Resurrección
Profundizando sobre el Evangelio del día que relata cómo Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces y «consuela con paciencia sus corazones desanimados», el Pontífice explicó que ellos, cambian de vida «reanimados por Jesús». En este contexto- continuó Francisco- se lleva a cabo el signo de la misericordia: «Jesús los vuelve a levantar con la misericordia. Y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos».

El Papa utiliza el término «misericordiado» haciendo referencia a la gracia que colma el espíritu de una persona al recibir el perdón de Dios. Por tanto, para el Santo Padre, los discípulos son misericordiados, ante todo, por medio de tres dones: «Primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas».

“En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón”

En este punto, Francisco subrayó que para Dios «ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido» y recordó que Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.

En segundo lugar -aseveró el Pontífice en su homilía- Jesús «misericordia» a sus amigos dándoles el Espíritu Santo que otorga para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23).

“Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón”

Al respecto, Francisco hizo hincapié en la importancia de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia: «No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia».

Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el Santo Padre indicó el tercer don con el que Jesús «misericordia» a los discípulos: «ofrecerles sus llagas».

“Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia”

Un solo corazón y una sola alma
De esta manera, habiendo sido «misericordiados» por el Señor, los discípulos se volvieron misericordiosos: «Ahora comparten todo -dijo el Papa- ya que los Hechos de los Apóstoles relatan que nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32).

«No es comunismo, es cristianismo en estado puro», añadió Francisco, destacando que este hecho es sorprendente si pensamos que esos mismos hombres, poco tiempo antes, «habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos» (cf. Mc 10,37; Lc 22,24) y ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32).

¿Yo soy misericordioso con los demás?
Ante la pregunta ¿cómo cambiaron tanto?, el Pontífice puntualizó que vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas: «Descubrieron que tenían en común la misión, el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural».

Al finalizar su alocución, el Papa invitó a los fieles a preguntarse: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, su perdón, su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con su Cuerpo, ¿qué hago para dar de comer al pobre? No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril».

«Pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia», concluyó.

El Papa en la Vigilia Pascual: “Jesús no es un personaje obsoleto»

Durante la Vigilia Pascual 2021 en la noche del Sábado Santo, el Papa Francisco invita a ir a Galilea en nuestro interior para experimentar el asombro que produce el amor infinito del Señor, para aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino y para aprender a encontrar a Cristo resucitado en los rostros de nuestros hermanos.

Ciudad del Vaticano, 3 de abril 2021.- En la noche del 3 de abril, Sábado Santo, el Santo Padre ha presidido la Vigilia Pascual en una Basílica de San Pedro prácticamente vacía debido a las medidas de contención de coronavirus. En su homilía, Francisco ha reflexionado sobre el Evangelio del día según Marcos, que relata cuando las mujeres pensaron que iban a encontrar el cuerpo para ungirlo, en cambio, encontraron una tumba vacía. Francisco asegura que “habían ido a llorar a un muerto, pero en su lugar escucharon un anuncio de vida”.

Las mujeres – dice el Evangelio – “estaban desconcertadas”, y el Papa explica que este desconcierto “es miedo mezclado con alegría”. “Es la maravilla de escuchar esas palabras: ¡No se asusten! Aquel al que buscan, Jesús, el de Nazaret, el crucificado, resucitó” y después es invitación: “Él irá delante de ustedes a Galilea y allí lo verán””. Francisco nos invita hoy a ir a Galilea, explicando que significa hacer este “viaje” interior.

Siempre es posible reiniciar nuestra vida

“Ir a Galilea significa, ante todo, empezar de nuevo”. El Pontífice explica en su homilía que para los discípulos “fue regresar al lugar donde el Señor los buscó por primera vez y los llamó a seguirlo” y desde aquel momento, habiendo dejado las redes, siguieron a Jesús. Sin embargo – dice el Papa – “muchas veces malinterpretaron sus palabras y ante la cruz huyeron, dejándolo solo”. A pesar de este fracaso, Francisco subraya que “el Señor resucitado se presenta como Aquel que, una vez más, los precede en Galilea, va delante de ellos, los llama y los invita a seguirlo, sin cansarse nunca”.

Es por ello que en esta Galilea “experimentamos el asombro que produce el amor infinito del Señor, que traza senderos nuevos dentro de los caminos de nuestras derrotas” y este es el primer anuncio de Pascua que ofrece el Papa hoy: “siempre es posible volver a empezar, porque existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos”.

Jesús no es un personaje obsoleto
Ir a Galilea, en segundo lugar, significa “recorrer nuevos caminos”. El Papa explica que muchos viven la “fe de los recuerdos”, como si Jesús fuera un personaje del pasado, un amigo de la juventud ya lejano, un hecho ocurrido hace mucho tiempo, cuando de niño asistía al catecismo “que ya no me conmueve, que ya no me interpela”. En cambio, ir a Galilea significa “aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino”, “debe reavivar cada día el comienzo del viaje, el asombro del primer encuentro” y “debe confiar, sin la presunción de saberlo ya todo, sino con la humildad de quien se deja sorprender por los caminos de Dios”.

Por tanto, el segundo anuncio de Pascua del Papa Francisco es que “la fe no es un repertorio del pasado, Jesús no es un personaje obsoleto, Él está vivo, aquí y ahora”. De hecho – recuerda el Papa – “camina contigo cada día, en la situación que te toca vivir, en la prueba que estás atravesando, en los sueños que llevas dentro. Aunque todo te parezca perdido, Él te sorprenderá”.

Jesús visita todas las situaciones de nuestra vida
Por ultimo, el Papa explica que ir a Galilea significa “ir a los confines” porque Galilea “es el lugar más lejano, desde donde Jesús comenzó su misión”. “En Galilea aprendemos que podemos encontrar a Cristo resucitado en los rostros de nuestros hermanos, en el entusiasmo de los que sueñan y en la resignación de los que están desanimados, en las sonrisas de los que se alegran y en las lágrimas de los que sufren, sobre todo en los pobres y en los marginados”. “Con Él – subraya – la vida cambiará”.

Tras esta invitación, el Papa expresa su tercer anuncio de Pascua: “Jesús, el Resucitado, nos ama sin límites y visita todas las situaciones de nuestra vida. Nos invita a acercarnos a quienes están junto a nosotros cada día, para redescubrir la gracia de la cotidianidad”.

Mireia Bonilla

El Papa en la Misa Crismal: la hora del anuncio, de la persecución y de la cruz van juntas

Este Jueves Santo, el Papa Francisco celebra la Misa Crismal en la Basílica de San Pedro. “Esto es lo que quiero compartir hoy con ustedes, queridos sacerdotes: que la hora del anuncio gozoso y la hora de la persecución y de la Cruz van juntas”.

Ciudad del vaticano, 1 de abril 2021.-Durante la homilía de la Misa Crismal el Papa enfatizó que “el anuncio de la Buena Noticia está ligado misteriosamente a la persecución y a la Cruz”. Seguidamente cita el texto de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, en la contemplación del Nacimiento y afirma: “nos hace mirar y considerar lo que hacen san José y nuestra Señora: «como es el caminar y trabajar, para que el Señor sea nacido en suma pobreza, y al cabo de tantos trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y todo esto por mí. Después —agrega Ignacio—, reflexionando, sacar algún provecho espiritual» (Ejercicios Espirituales, 116).

A continuación, el Obispo de Roma plantea: ¿Qué reflexión podemos hacer para sacar provecho para nuestra vida sacerdotal al contemplar esta temprana presencia de la Cruz —de la incomprensión, del rechazo, de la persecución— en el inicio y en el centro mismo de la predicación evangélica? El Papa propone, entonces, dos reflexiones.

La cruz presente en la vida del Señor
Francisco afirma en primer lugar: “nos causa estupor comprobar que la Cruz está presente en la vida del Señor al inicio de su ministerio e incluso desde antes de su nacimiento”.

El Papa describe los diversos momentos en la vida de Jesús en los que está presente la cruz: “Está presente ya en la primera turbación de María ante el anuncio del Ángel; está presente en el insomnio de José, al sentirse obligado a abandonar a su prometida esposa; está presente en la persecución de Herodes y en las penurias que padece la Sagrada Familia, iguales a las de tantas familias que deben exiliarse de su patria”.

El Papa subraya que “la Cruz no es un suceso a posteriori, ocasional, producto de una coyuntura en la vida del Señor. Es verdad que todos los crucificadores de la historia hacen aparecer la Cruz como si fuera un daño colateral, pero no es así: la Cruz no depende de las circunstancias”.

Jesús no huye de la cruz, al contrario, “la abrazó en toda su integridad”. Y plantea el siguiente cuestionamiento: ¿Por qué Jesús abrazó la pasión entera, abrazó la traición y el abandono de sus amigos ya desde la última cena, aceptó la detención ilegal, el juicio sumario, la sentencia desmedida, la maldad innecesaria de las bofetadas y los escupitajos gratuitos…?” Y añade: “Pero cuando fue su hora, Él abrazó la Cruz entera. ¡Porque en la Cruz no hay ambigüedad! La Cruz no se negocia”.

El veneno del maligno insiste: sálvate a ti mismo
El Papa constata: “Es verdad que hay algo de la Cruz que es parte integral de nuestra condición humana, del límite y de la fragilidad. Pero también es verdad que hay algo, que sucede en la Cruz, que no es inherente a nuestra fragilidad, sino que es la mordedura de la serpiente, la cual, al ver al crucificado inerme, lo muerde, y pretende envenenar y desmentir toda su obra”.

Francisco continúa y dice: la mordedura de la serpiente “busca escandalizar, inmovilizar y volver estéril e insignificante todo servicio y sacrificio de amor por los demás. Es el veneno del maligno que sigue insistiendo: sálvate a ti mismo”.

Y en esta mordedura, insiste el Papa,  cruel y dolorosa, que pretende ser mortal, aparece finalmente el triunfo de Dios. San Máximo el Confesor nos hizo ver que con Jesús crucificado las cosas se invirtieron: al morder la Carne del Señor, el demonio no lo envenenó —sólo encontró en Él mansedumbre infinita y obediencia a la voluntad del Padre— sino que, por el contrario, junto con el anzuelo de la Cruz se tragó la Carne del Señor, que fue veneno para él y pasó a ser para nosotros el antídoto que neutraliza el poder del Maligno.[1]

Pidamos la gracia de sacar provecho de esta reflexión
El Papa se dirige a los sacerdotes y les invita a pedir la gracia de sacar provecho de esta enseñanza: “hay cruz en el anuncio del Evangelio, es verdad, pero es una Cruz que salva. Pacificada con la Sangre de Jesús, es una Cruz con la fuerza de la victoria de Cristo que vence el mal, que nos libra del Maligno. Abrazarla con Jesús y como Él, “desde antes” de salir a predicar, nos permite discernir y rechazar el veneno del escándalo con que el demonio nos querrá envenenar cuando inesperadamente sobrevenga una cruz en nuestra vida”.

“Pero nosotros no somos de los que retroceden (hypostoles)” (Hb 10,39)
«Pero nosotros no somos de los que retroceden (hypostoles)» (Hb 10,39) es el consejo que nos da el autor de la Carta a los Hebreos. Nosotros no nos escandalizamos, porque no se escandalizó Jesús al ver que su alegre anuncio de salvación a los pobres no resonaba puro, sino en medio de los gritos y amenazas de los que no querían oír su Palabra, afirma Francisco.

Seguidamente el Papa enumera algunos momentos de la vida de Cristo que podrían causar escándalo en la gente de su tiempo o en nosotros y concluye: “Y no nos escandalizamos porque el anuncio del Evangelio no recibe su eficacia de nuestras palabras elocuentes, sino de la fuerza de la Cruz (cf. 1 Co 1,17)”.

El Señor siempre responde a nuestras peticiones, pero a su modo divino
Quiero terminar con un recuerdo, dice el Papa Francisco:

Me gustaría concluir, dijo el Papa Francisco,  con un recuerdo. Una vez, en un momento muy oscuro de mi vida, le pedí al Señor una gracia, para que me librara de una situación dura y difícil. Un momento oscuro. Fui a predicar los Ejercicios Espirituales a unas monjas y el último día, como era costumbre entonces, se confesaron. Vino una monja muy mayor, con ojos claros, muy luminosos. Era una mujer de Dios. Entonces sentí el deseo de pedirle por mí y le dije: «Monja, como penitencia reza por mí, porque necesito una gracia. Pídelo al Señor. Y si se lo pides al Señor, seguro que me lo dará». Guardó silencio, esperó un buen rato, como si rezara, y luego me miró y dijo: «Ciertamente el Señor te dará la gracia, pero no te equivoques: te la dará a su manera divina». Esto me hizo mucho bien: sentir que el Señor siempre nos da lo que pedimos, pero lo hace a su manera divina. Este camino implica la cruz. No por masoquismo, sino por amor, por amor hasta el  final²

[1] Cf. Centuria 1, 8-13.
[2] Cf. Homilía en la Misa en Santa Marta, 29 mayo 2013.

El Papa en el Domingo de Ramos: pidamos la gracia del estupor

Volver a comenzar desde el asombro, mirando al Crucificado: es a lo que anima el Papa Francisco en su homilía de la Misa en el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada del Señor Jesús a Jerusalén. Dejarse sorprender por Jesús, dice el Santo Padre, «para volver a vivir», porque la grandeza de la vida no está en el tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados por Dios.

28 de marzo 2021.- En este día “pidamos la gracia del estupor”. Fue la exhortación del Papa Francisco en su homilía en la Misa de la Conmemoración del ingreso del Señor Jesús a Jerusalén, en el Domingo de Ramos. La liturgia de hoy, comenzó diciendo el Papa, “suscita cada año en nosotros un sentimiento de asombro”, pues “pasamos de la alegría que supone acoger a Jesús que entra en Jerusalén, al dolor de verlo condenado a muerte”. Se trata de un sentimiento “que nos acompañará toda la Semana Santa”. 

Es necesario pasar de la admiración al asombro
Recordando el ingreso de Jesús a Jerusalén, en un humilde burrito, mientras en cambio la gente esperaba con solemnidad para la Pascua “al libertador poderoso” y celebrar la victoria sobre los romanos “con la espada”, Francisco planteó un interrogante: “¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar ‘crucifícalo’?” Y explicó: 

En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. 

El Papa señaló que también hoy hay muchos que admiran a Jesús, pero que, sin embargo “sus vidas no cambian”. Esto porque “admirar a Jesús no es suficiente”, sino que es necesario “seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro”. Lo que más sorprende del Señor y de su Pascua, afirma el Sumo Pontífice, es “el hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación”.

Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. […] Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. 

Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento
El Señor se humillópor nosotros, “para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal”, explicó Francisco. Subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento, probando nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentando en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas las redimió y las transformó: 

Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas. 

Levantemos nuestra mirada a la Cruz
La vida cristiana, aseguró el Papa, “sin asombro, es monótona”, pues, si la fe «pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda”: no siente la maravilla de la gracia, ni experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, y no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación, y no tiene otra vía que refugiarse en legalismos, clericalismos y todas esas cosas que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo. De ahí la invitación del Santo Padre a que, en esta Semana Santa, “levantemos nuestra mirada hacia la cruz para recibir la gracia del estupor”.

San Francisco de Asís, mirando al Crucificado, se asombraba de que sus frailes no llorasen. Y nosotros, ¿somos capaces todavía de dejarnos conmover por el amor de Dios? ¿Por qué hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él? Tal vez porque nuestra fe ha sido corroída por la costumbre. Tal vez porque permanecemos encerrados en nuestros remordimientos y nos dejamos paralizar por nuestras frustraciones. Tal vez porque hemos perdido la confianza en todo y nos creemos incluso fracasados. Pero detrás de todos estos “tal vez” está el hecho de que no nos hemos abierto al don del Espíritu, que es Aquel que nos da la gracia del estupor. 

Abrirse al don del Espíritu que nos da la gracia del estupor y “volver a comenzar desde el asombro», es, pues, la exhortación del Santo Padre: mirar al Crucificado y decirle “Señor, ¡cuánto me amas! ¡qué valioso soy para Ti!”. Dejarse sorprender por Jesús “para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados». «La grandeza de la vida está precisamente en la belleza del amor».

En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo. Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está en los últimos, en los rechazados, en aquellos que nuestra cultura farisea condena. 

Ante la cruz no hay lugar a malas interpretaciones
El Sumo Pontífice concluyó su homilía refiriéndose a la escena “más hermosa” del estupor que el Evangelio de hoy nos muestra: la del centurión que, al ver expirar a Jesús exclama: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!”. El centurión, dijo el Papa, se dejó asombrar por el amor: vio morir a Jesús “amando” y eso lo asombró. Sufría, estaba agotado, pero seguía amando. 

Esto es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso el momento de la muerte. En este amor gratuito y sin precedentes, el centurión, un pagano, encuentra a Dios. ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios! Su frase ratifica la Pasión. 

Muchos otros antes del centurión, habían reconocido a Jesús como Hijo de Dios. Pero, sin embargo, “Cristo mismo los había mandado callar, porque existía el riesgo de quedarse en la admiración mundana, en la idea de un Dios que había que adorar y temer en cuanto potente y terrible”. Ahora, ante la cruz “no hay lugar a malas interpretaciones”, pues “Dios se ha revelado y reina sólo con la fuerza desarmada y desarmante del amor”. De ahí la exhortación final del Sumo Pontífice que, haciendo presente que Dios “continúa sorprendiendo nuestra mente y nuestro corazón”, anima a que dejemos que «el estupor nos invada”: 

“Miremos al Crucificado y digámosle también nosotros: “Realmente eres el Hijo de Dios. Tú eres mi Dios”.”

El Papa: La Iglesia no está llamada a condenar sino a llevar la salvación de Cristo

En la misa presidida en la Basílica de San Pedro por el 500 aniversario de la evangelización de Filipinas, Francisco agradeció a los católicos del país asiático la alegría con la que llevan su fe a todo el mundo y a las comunidades cristianas.

Ciudad del Vaticano, 14 de marzo 2021.-No detener la labor de evangelización y llevar siempre la alegría del Evangelio a los demás. Fue la invitación del Papa en su homilía de la misa celebrada esta mañana en la Basílica de San Pedro, con ocasión del 500 aniversario de la evangelización en Filipinas.

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). Francisco parte de las palabras que Jesús dirige a Nicodemo en el Evangelio de San Juan, donde está el corazón del Evangelio, para explicar “el fundamento de nuestra alegría” y precisa que “el contenido del Evangelio no es una idea o una doctrina, sino que es Jesús, el Hijo que el Padre nos ha dado para que tengamos vida”.

“El fundamento de nuestra alegría no es una bella teoría sobre cómo ser feliz, sino que es experimentar el ser acompañados y amados en el camino de la vida”, explica el Papa, deteniéndose a continuación en estos dos aspectos: «amó tanto» y «dio».

En primer lugar, Dios amó tanto, precisa el Papa y recuerda que “siempre nos ha mirado con amor y por amor vino en medio de nosotros en la carne de su Hijo”.

En Él vino a buscarnos en los lugares donde estábamos perdidos; en Él vino a levantarnos de nuestras caídas; en Él lloró nuestras lágrimas y curó nuestras heridas; en Él bendijo nuestras vidas para siempre.

En Jesús, aclara el Papa, «Dios ha pronunciado la palabra definitiva sobre nuestras vidas: tú no estás perdido, eres amado». Puede ocurrir que «la escucha del Evangelio y la práctica de nuestra fe» ya no nos haga captar la grandeza de este amor, y quizás «nos deslizamos hacia una religiosidad seria, triste y cerrada». Esta es la señal, continúa Francisco, «de que debemos detenernos y escuchar de nuevo el anuncio de la buena noticia».

Dios te ama tanto que te da toda su vida. No es un Dios que nos mira indiferente desde lo alto, sino un Padre enamorado que se implica en nuestra historia; no es un Dios que se complace de la muerte del pecador, sino un Padre que se preocupa de que nadie se pierda; no es un Dios que condena, sino un Padre que nos salva con el abrazo bendiciente de su amor.

Refiriéndose a la segunda palabra, Dios «dio» a su Hijo, Francisco subraya que «precisamente porque nos ama tanto, Dios se entrega y nos ofrece su vida». “La fuerza del amor es precisamente ésta: rompe la coraza del egoísmo, quiebra los márgenes de la seguridad humana sobredimensionada, derriba los muros y supera los miedos, para convertirse en don”.

“Quien ama es así, recuerda el Papa, prefiere arriesgarse en el donarse antes que atrofiarse reservándose para sí mismo. Por eso Dios sale de sí mismo: porque ‘ha amado tanto’. Su amor es tan grande que no puede evitar donarse a nosotros”. “En Jesús, levantado en la cruz, Él mismo vino a curarnos del veneno que da la muerte, se hizo pecado para salvarnos del pecado. Dios no nos ama con palabras: nos da a su Hijo para que todo el que lo mire y crea en Él se salve”.

Es hermoso encontrar personas que se aman, que se quieren y comparten su vida; de ellas se puede decir como de Dios: se aman tanto que dan la vida, agrega el Papa y exclama: ¡Esta es la fuente de la alegría! Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo. Y recuerda el reciente viaje en Iraq: “un pueblo martirizado ha exultado de alegría; gracias a Dios, a su misericordia”.

A veces, continúa el Papa, «buscamos la alegría donde no la hay», en «ilusiones que se desvanecen», en «sueños de grandeza de nuestro yo», «en la aparente seguridad de las cosas materiales», o «en el culto a nuestra propia imagen».

Pero la experiencia de la vida nos enseña que la verdadera alegría es sentirse amados gratuitamente, sentirnos acompañados, tener a alguien que comparta nuestros sueños y que, cuando naufragamos, venga a rescatarnos y a llevarnos a puerto seguro.

A continuación, recordando el 500 aniversario de la llegada del anuncio cristiano a Filipinas, cuando «recibieron la alegría del Evangelio», Francisco afirma: «esta alegría se ve en su pueblo, se ve en sus ojos, en sus rostros, en sus cantos y en sus oraciones».

“Quiero darles las gracias por la alegría que aportan al mundo entero y a las comunidades cristianas. Pienso en tantas bellas experiencias en las familias romanas -pero es lo mismo en todo el mundo- donde su presencia discreta y trabajadora se ha convertido también en un testimonio de fe”

Lo hacen, continúa, «al estilo de María y José», porque «a Dios le gusta llevar la alegría de la fe con un servicio humilde y escondido, valiente y perseverante». “No detengan”, concluye el Pontífice, dirigiéndose a los fieles filipinos, «la obra de evangelización, que no es proselitismo». El anuncio cristiano que han recibido «hay que llevarlo siempre a los demás», ocupándose «de los que están heridos y viven en los márgenes». Como el Dios que se entrega, también la Iglesia «no es enviada a juzgar, sino a acoger; no a imponer, sino a sembrar; no a condenar, sino a llevar a Cristo que es la salvación».

“No tengan miedo de anunciar el Evangelio, de servir y de amar. Y con su alegría podrán conseguir que se diga también de la Iglesia: «¡ha amado tanto al mundo!» Una Iglesia que ama al mundo sin juzgarlo y que se entrega por el mundo es hermosa y atractiva. Que así sea, en Filipinas y en cada lugar de la tierra.”

El Papa en el miércoles de Cenizas: volvamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo

El miércoles de Cenizas señala el inicio del camino de nuestro reencuentro con Dios. Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la Cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La Cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Volvamos “hoy” al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. En la homilía del Papa de este día, los pasos para ese reencuentro.

17 de febrero 2021.- “En la vida tendremos siempre cosas que hacer y tendremos excusas para dar, pero, hermanos y hermanas, hoy es tiempo de regresar a Dios”: lo afirma el Papa Francisco en su homilía en el Miércoles de Cenizas, cuando iniciamos el camino de la Cuaresma que se abre con las palabras del profeta Joel: «Vuélvanse a mí de todo corazón» (Jl 2,12).

En la Basílica de San Pedro, presidiendo la celebración de la Santa Misa con la imposición de las Cenizas, el Santo Padre indicó que el viaje de la cuaresma es un “éxodo de la esclavitud a la libertad”.

La confesión: el primer paso en el camino de regreso al Padre
“¿Cómo proceder en el camino hacia Dios?” preguntó. Es la parábola del hijo pródigo la que guía el inicio del camino a la casa del Padre en la homilía de Francisco, pues, mirando a este hijo, “comprendemos que también para nosotros es tiempo de volver al Padre”.  Allí vemos que es “el perdón del Padre” el que “vuelve a ponernos en pie”. El primer paso de nuestro regreso es “el perdón de Dios, la confesión”.

Volver con gratitud a Jesús y presentarle nuestras heridas
Luego debemos hacer como “aquel leproso sanado” que volvió a Jesús para agradecerle: «todos tenemos enfermedades espirituales, solos no podemos curarlas – recuerda el Santo Padre -; todos tenemos vicios arraigados, solos no podemos extirparlos; todos tenemos miedos que nos paralizan, solos no podemos vencerlos». Es necesario “presentarle nuestras heridas y decirle: ‘Jesús, estoy aquí ante Ti, con mi pecado, con mis miserias. Tú eres el médico, Tú puedes liberarme. Sana mi corazón’”.

El Espíritu Santo hace arder las cenizas del lamento y resignación

Pero también, enseña el Papa, “estamos llamados a volver al Espíritu Santo”: la ceniza sobre la cabeza “nos recuerda” que somos polvo y al polvo volveremos. Pero el Espíritu, Dador de vida, es “el Fuego que hace resurgir nuestras cenizas”. Redescubramos – es la exhortación del Santo Padre – el fuego de la alabanza, que hace arder las cenizas del lamento y la resignación.

Dejarnos tomar de la mano por Aquel que se abajó por nosotros
Porque nuestro camino no se basa en “nuestras fuerzas”, y porque Jesús nos lo dijo claro en el Evangelio: «lo que nos hace justos no es la justicia que practicamos ante los hombres, sino la relación sincera con el Padre”, el comienzo del regreso a Dios “es reconocernos necesitados de Él, necesitados de misericordia”. Pero no estamos solos, porque nuestro viaje a Dios es posible sólo porque “antes se produjo su viaje de ida hacia nosotros”. Nuestro viaje, entonces, consiste, “en dejarnos tomar de la mano”. Es el camino de la humildad.

La Cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás
“Hoy bajamos la cabeza para recibir las cenizas. Cuando acabe la Cuaresma nos inclinaremos aún más para lavar los pies de los hermanos. La cuaresma es un abajamiento humilde en nuestro interior y hacia los demás. Es entender que la salvación no es una escalada hacia la gloria, sino un abajamiento por amor. Es hacerse pequeños”.

Para no perder la dirección en este camino, “pongámonos ante la cruz de Jesús”, ante “la cátedra silenciosa de Dios”, anima el Papa Francisco. Pues “mirando cada día sus llagas”, reconoceremos “nuestro vacío, nuestras faltas, las heridas del pecado, los golpes que nos han hecho daño”. Ante esa Cruz, vemos «que Dios no nos señala con el dedo»: abre sus brazos de par en par.

Sus llagas están abiertas por nosotros y en esas heridas hemos sido sanados. Besémoslas y entenderemos que justamente ahí, en los vacíos más dolorosos de la vida, Dios nos espera con su misericordia infinita. Porque allí, donde somos más vulnerables, donde más nos avergonzamos, Él viene a nuestro encuentro.

“Y ahora que Él vino a nuestro encuentro, nos invita a regresar a Él, para volver a encontrar la alegría de ser amados.”