Japón: “Una Iglesia martirial puede hablar con mayor libertad”, el Papa a los obispos

470 aniversario de la llegada de Francisco Javier.

(ZENIT).- Se cumplen 470 años de la llegada de san Francisco Javier al Japón, quien marcó el comienzo de la difusión del cristianismo en esta tierra. “Hoy, el Señor me regala la oportunidad de estar entre ustedes como peregrino misionero tras los pasos de grandes testigos de la fe” ha dicho el Papa a los obispos japoneses en un acogedor encuentro al llegar a Tokio.

Tras su visita de tres días a Tailandia, El Santo Padre comienza hoy, sábado 23 de noviembre de 2019, la segunda etapa de su 32º viaje internacional a Asia. El domingo 24 iré a Hiroshima y Nagasaki y los dos días posteriores permanecerá en Tokio, desde donde volverá a Roma el martes, 26 de noviembre, tras llevar a cabo algunas celebraciones.

El Papa se ha mostrado “muy contento” con los 29 prelados “por el don de visitar Japón”y “por la bienvenida que le han brindado”, ha expresado. “La siembra confiada, el testimonio de los mártires y la paciente expectativa de los frutos que el Señor regala a su tiempo, caracterizaron la modalidad apostólica con la que han sabido acompañar la cultura japonesa”, les ha dicho.

Mártires y “cristianos ocultos”

Encuentro del Papa con los obispos de Japón (Foto: © Vatican Media)

En memoria del misionero jesuita Francisco Javier, el Papa ha querido unirse a ellos “para dar gracias al Señor por todos aquellos que, a lo largo de los siglos, se dedicaron a sembrar el Evangelio y a servir al pueblo japonés con gran unción y amor; esta entrega le dio un rostro muy particular a la Iglesia nipona”.

Así, ha nombrado a los mártires san Pablo Miki y sus compañeros, y al beato Justo Takayama Ukon, y a los los “cristianos ocultos”, de la región de Nagasaki. “Esta entrega para mantener viva la fe a través de la persecución ayudó a la pequeña comunidad cristiana a crecer, consolidarse y dar fruto”, ha asegurado Francisco. “Ustedes son una Iglesia viva” ha apreciado. “El ADN de vuestras comunidades está marcado por este testimonio, antídoto contra toda desesperanza, que nos señala el camino hacia donde poner la mirada”.

“Proteger toda vida”

El Papa ha hecho referencia al lema de su visita apostólica a Japón: “Proteger toda vida” y ha recordado que el obispo “es aquel a quien el Señor llamó de en medio de su pueblo, para devolverlo como pastor capaz de proteger toda vida, lo que determina en cierta medida el escenario a donde debemos apuntar”.

A pesar de que la Iglesia en Japón “es pequeña y los católicos son una minoría”, esto “no debe restarle valor a vuestro compromiso con una evangelización”, ha exhortado a los obispos, “que, en vuestra situación particular, la palabra más fuerte y clara que pueden brindar es la de un testimonio humilde, cotidiano y de diálogo con otras tradiciones religiosas”.

Proteger toda vida y anunciar el Evangelio “no son dos cosas separadas ni contrapuestas: se reclaman y necesitan”, ha explicado. “Ambas significan estar atentos y velar ante todo aquello que hoy pueda estar impidiendo, en estas tierras, el desarrollo integral de las personas confiadas a la luz del Evangelio de Jesús”.

ROSA DIE ALCOLEA

Discurso del Papa a los obispos

Queridos hermanos Obispos:

Primero de todo tengo que excusarme y pedir disculpas porque entré sin saludar a nadie. ¡Qué mal educados que somos los argentinos! Disculpen por eso. Es un gusto estar aquí entre ustedes. Y, los japoneses, tienen fama de ser metódicos y trabajadores, y la prueba es esta: ¡El Papa baja del avión y lo hacen trabajar enseguida! Muchas gracias.

Y estoy contento por el don de visitar Japón y por la bienvenida que me han brindado. Agradezco especialmente al Arzobispo Takami por sus palabras en nombre de toda la comunidad católica de este país. Estando aquí con ustedes, en este primer encuentro oficial, quiero saludar a cada una y a todas vuestras comunidades, laicos, catequistas, sacerdotes, religiosos, personas consagradas, seminaristas. Y también quiero extender el abrazo y mis oraciones a todos los japoneses en este período marcado por la entronización del nuevo Emperador y el inicio de la era Reiwa.

No sé si sabrán, pero desde joven sentía simpatía y cariño por estas tierras. Han pasado muchos años de aquel impulso misionero cuya realización se hizo esperar. Hoy, el Señor me regala la oportunidad de estar entre ustedes como peregrino misionero tras los pasos de grandes testigos de la fe. Se cumplen 470 años de la llegada de san Francisco Javier al Japón, quien marcó el comienzo de la difusión del cristianismo en esta tierra. En su memoria, quiero unirme a ustedes para dar gracias al Señor por todos aquellos que, a lo largo de los siglos, se dedicaron a sembrar el Evangelio y a servir al pueblo japonés con gran unción y amor; esta entrega le dio un rostro muy particular a la Iglesia nipona. Pienso en los mártires san Pablo Miki y sus compañeros y en el beato Justo Takayama Ukon, que en medio de tantas pruebas dio testimonio hasta su muerte. Esta entrega para mantener viva la fe a través de la persecución ayudó a la pequeña comunidad cristiana a crecer, consolidarse y dar fruto. También pensemos en los “cristianos ocultos”, de la región de Nagasaki, que mantuvieron la fe por generaciones a través del bautismo, la oración y la catequesis; auténticas Iglesias domésticas que resplandecían en esta tierra, quizás sin saberlo, como espejo de la familia de Nazaret.

El camino del Señor nos muestra cómo su presencia se “juega” en la vida cotidiana del pueblo fiel, que busca la manera de seguir haciendo presente su memoria; una presencia silenciosa, memoria viva que recuerda que donde dos o más estén reunidos en su Nombre ahí estará Él, con la fuerza y la ternura de su Espíritu (cf. Mt 18,20). El ADN de vuestras comunidades está marcado por este testimonio, antídoto contra toda desesperanza, que nos señala el camino hacia donde poner la mirada. Ustedes son una Iglesia viva, que se ha mantenido pronunciando el Nombre del Señor y contemplando cómo Él los guiaba en medio de la persecución.

La siembra confiada, el testimonio de los mártires y la paciente expectativa de los frutos que el Señor regala a su tiempo, caracterizaron la modalidad apostólica con la que han sabido acompañar la cultura japonesa. Como resultado, forjaron a lo largo de estos años un rostro eclesial muy apreciado, en general, por la sociedad nipona, gracias a sus numerosas aportaciones al bien común. Este importante capítulo de la historia del país y de la Iglesia universal, ha sido ahora reconocido con la designación de las iglesias y pueblos de Nagasaki y Amakusa como lugares de Patrimonio Cultural Mundial; pero, sobre todo, como memoria viva del alma de vuestras comunidades, esperanza fecunda de toda evangelización.

Este viaje apostólico está marcado por el lema «proteger toda vida», que bien puede simbolizar nuestro ministerio episcopal. El obispo es aquel a quien el Señor llamó de en medio de su pueblo, para devolverlo como pastor capaz de proteger toda vida, lo que determina en cierta medida el escenario a donde debemos apuntar.

La misión en estas tierras estuvo marcada por una fuerte búsqueda de inculturación y diálogo, que permitió el desarrollo de nuevas modalidades independientes a las desarrolladas en Europa. Sabemos que, desde el inicio, se usaron escritos, el teatro, la música y todo tipo de medios, en su gran mayoría en idioma japonés. Este hecho demuestra el amor que los primeros misioneros sentían por estas tierras. Proteger toda vida significa, en primer lugar, tener esa mirada contemplativa capaz de amar la vida de todo el pueblo que les fue confiado, para reconocer en él ante todo un don del Señor. «Porque sólo lo que se ama puede ser salvado. Sólo lo que se abraza puede ser transformado» (XXXIV Jornada Mundial de la Juventud, Panamá, Vigilia de oración, 26 enero 2019). Principio de encarnación capaz de ayudar a posicionarnos ante toda vida como un don gratuito, por sobre otras consideraciones, válidas pero secundarias. Proteger toda vida y anunciar el Evangelio no son dos cosas separadas ni contrapuestas: se reclaman, se necesitan. Ambas significan estar atentos velar ante todo aquello que hoy pueda estar impidiendo, en estas tierras, el desarrollo integral de las personas confiadas a la luz del Evangelio de Jesús.

Sabemos que la Iglesia en Japón es pequeña y los católicos son una minoría, pero esto no debe restarle valor a vuestro compromiso con una evangelización que, en vuestra situación particular, la palabra más fuerte y clara que puedan brindar es la de un testimonio humilde, cotidiano y de diálogo con otras tradiciones religiosas. La hospitalidad y el cuidado que muestran a los numerosos trabajadores extranjeros, que representan más de la mitad de los católicos de Japón, no sólo sirve como testimonio del Evangelio en medio de la sociedad japonesa, sino que también certifica la universalidad de la Iglesia, demostrando que nuestra unión con Cristo es más fuerte que cualquier otro vínculo o identidad, y es capaz de llegar y alcanzar a todas las realidades.

Una Iglesia martirial puede hablar con mayor libertad, especialmente al abordar cuestiones urgentes de paz y justicia en nuestro mundo. Mañana visitaré Nagasaki e Hiroshima donde rezaré por las víctimas del bombardeo catastrófico de estas dos ciudades, y me haré eco de vuestros propios llamados proféticos al desarme nuclear. Deseo encontrar a aquellos que aún sufren las heridas de este trágico episodio de la historia humana, así como a las víctimas del “triple desastre”. Su sufrimiento continuado es un recordatorio elocuente a nuestro deber humano y cristiano de ayudar a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, y de ofrecer a todos el mensaje evangélico de esperanza, curación y reconciliación. Recordemos que el mal no hace acepción de personas y no pregunta sobre pertenencias; simplemente irrumpe con su vehemencia destructora, como ha sucedido recientemente con el devastador tifón que ha provocado tantas víctimas y daños materiales. Encomendemos a la misericordia del Señor a los que han muerto, a sus familiares, y a todos los que han perdido sus casas y bienes materiales. Que no tengamos miedo a desarrollar siempre, aquí y en todo el mundo, una misión capaz de levantar la voz y defender toda vida como un don preciado del Señor.

Los animo, pues, en sus esfuerzos para garantizar que la comunidad católica en Japón ofrezca un testimonio claro del Evangelio en medio de toda la sociedad. El apreciado apostolado educativo de la Iglesia representa un gran recurso para la evangelización, y demuestra el compromiso con las más amplias corrientes intelectuales y culturales; la calidad de su contribución dependerá naturalmente del fomento de su identidad y misión.

Somos conscientes de que existen diversos flagelos que atentan contra la vida de algunas personas de vuestras comunidades, que están marcadas, por diversas razones, por la soledad, la desesperación y el aislamiento. El aumento del número de suicidios en vuestras ciudades, así como el “bulismo” (ijime), y diversas formas de auto exigencia, están creando nuevos tipos de alienación y desorientación espiritual. ¡Cómo afecta esto especialmente a los jóvenes! Los invito a que les presten especial atención a ellos y a sus necesidades, busquen priorizar espacios donde la cultura de la eficacia, el rendimiento y el éxito se vea visitada por la cultura de un amor gratuito y desinteresado capaz de brindar a todos, y no sólo a los que “llegaron”, posibilidades de una vida feliz y lograda. Con su celo, ideas y energías, así como con una buena formación y bien acompañados, vuestros jóvenes pueden ser una fuente importante de esperanza para sus contemporáneos, y dar un testimonio vital de la caridad cristiana. Una búsqueda creativa, inculturada e ingeniosa del kerigma puede tener mucho eco en tantas vidas anhelantes de compasión.

Sé que la mies es mucha y los obreros son pocos. Los estimulo a buscar, desarrollar y fomentar una misión capaz de involucrar a las familias y a promover una formación capaz de alcanzar a las personas allí donde se encuentren, asumiendo siempre la realidad: el punto de partida para todo apostolado nace del lugar donde las personas están en sus rutinas y quehaceres, no en lugares artificiales. Allí, tenemos que llegar al alma de las ciudades, de los trabajos, de las universidades para acompañar con el Evangelio de la compasión y la misericordia a los fieles que nos fueron confiados.

Nuevamente gracias por la oportunidad que me regalan de poder visitar y celebrar con vuestras Iglesias locales. Pedro quiere confirmarlos en la fe, pero Pedro también viene a tocar y a dejarse renovar en las huellas de tantos mártires testigos de la fe; recen para que el Señor me regale esta gracia.

Y pido al Señor que los bendiga y, en ustedes, bendiga a vuestras comunidades. Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticano


Obispos tailandeses y asiáticos: Mirar “el mañana con la certeza de que no vamos solos”

Encuentro con el Papa.

(ZENIT).- Consciente de los interrogantes que los prelados asiáticos deben afrontar en sus comunidades, el Papa Francisco exhortó a mirar “el mañana con la certeza de que no vamos solos, de que no caminamos solos, de que no vamos solos, Él nos espera ahí invitándonos a reconocerlo principalmente en el partir el pan”.

En la mañana de hoy, 22 de noviembre de 2019, a las 11, hora local (las 5 h. en Roma), el Santo Padre se reunió en el santuario del beato Nicolas Bunkherd Kitbamrung con los obispos de la Conferencia Episcopal de Tailandia (CBCT) y de la Federación de las Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC).

Santuario de Nicolas Bunkherd Kitbamrung

Nicolas Bunkherd Kitbamrung es el primer sacerdote mártir tailandés, evangelizador de este país. El santuario que lleva su nombre fue terminado de construir en 2003, en el distrito de Sam Phran, Bangkok, cerca del lugar donde nació y frente a la parroquia de san Pedro.

El edificio presenta una arquitectura moderna y en él se encuentran las reliquias de Kitbamrung, beatificado el 5 de marzo del año 2000, así como un museo que conmemora la vida heroica de este beato y su contribución a la comunidad cristiana tailandesa.

La CBCT y la FABC

La Conferencia Episcopal de Tailandia (CBCT) fue fundada en 1965 y está compuesta por los obispos de las dos archidiócesis y las 9 diócesis de Tailandia. Su actual presidente es el arzobispo de Bangkok, el cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij.

La CBCT forma parte de la mencionada Federación de las Conferencias Episcopales Asiáticas (FABC), una asociación que, efectivamente, reúne a los ordinarios de los episcopados de Asia meridional, sur oriental, oriental y central.

Con sede en Hong- Kong, fue fundada en 1972 con la aprobación de la Santa Sede “para promover la solidaridad y la corresponsabilidad de sus miembros” en su obra al servicio de la Iglesia y de la sociedad en sus respectivos países, en total 19.

50 aniversario de la FABC

Antes de que el Papa Francisco pronunciara su discurso, el presidente del episcopado tailandés dirigió unas palabras de agradecimiento al Pontífice en las que ha señalado que la Federación de las Conferencias Episcopales de Asia celebrará su cincuentavo aniversario con una Asamblea General, en Bangkok.

Después de la alocución del Obispo de Roma, tuvo lugar el besamanos de los obispos y la foto de grupo. El Papa se desplazó finalmente a la sala de conferencias cercana, en la que tendría lugar el encuentro con los miembros de la Compañía de Jesús.

Palabras del Papa Francisco

Francisco se refirió en su discurso al testimonio del beato Nicolás Bunkerd Kitbamrung, que dedicó su vida a la evangelización y fue martirizado. Y pidió que este encuentro “impulse en nosotros un gran celo por la evangelización en todas las Iglesias locales de Asia y podamos ser, cada vez más, discípulos misioneros del Señor”.

También aludió a la próxima Asamblea General de la citada federación de episcopados asiáticos en el cincuentenario de su fundación, “una buena ocasión para volver a visitar estos ‘santuarios’ donde se custodian las raíces misioneras que marcaron estas tierras y dejarse impulsar por el Espíritu Santo desde las huellas del primer amor (…)”.

La memoria de los misioneros

Por otra parte, el Papa Francisco resaltó el carácter multicultural y multirreligioso de Asia que a la vez es probado por la pobreza y la explotación, por problemas como las drogas, el tráfico de personas, los migrantes y refugiados, las malas condiciones laborales y la explotación y la desigualdad económica y social.

Ante ello, el Pontífice propuso la memoria de los primeros misioneros “que nos precedieron con coraje, con alegría y con una resistencia única, permitirá medir y evaluar nuestro presente y nuestra misión desde una perspectiva mucho más amplia y transformadora”.

El Espíritu Santo “primerea”

Así, para el Obispo de Roma, observando el “camino misionero en estas tierras”, una de las primeras enseñanzas nace de la confianza de que el Espíritu Santo “primerea”, llega antes que el misionero: “El impulso del Espíritu Santo sostuvo y motivó a los Apóstoles y a tantos misioneros a no descartar ninguna tierra, pueblo, cultura o situación” y “ellos eran audaces, valientes, porque sabían principalmente que el Evangelio es un don para ser derramado en todos y para todos”, explicó.

Además, remarcó que no basta con difundir el Evangelio, sino que “una Iglesia misionera sabe que su mejor palabra es dejarse transformar por la Palabra que da Vida, haciendo del servicio su nota definitiva. No somos nosotros quienes disponemos de la misión, y menos nuestras estrategias”.

El Espíritu es el verdadero protagonista que “nos impulsa y nos envía continuamente a compartir este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7); transformados por el Espíritu para transformar cada rincón donde nos toque estar”, continuó.

El pastor es parte del pueblo

Por otra parte, el Papa Francisco recordó que el pastor es una persona que, “ama entrañablemente a su pueblo, conoce su idiosincrasia, sus debilidades y fortalezas” y que forma parte de dicho pueblo, “no somos los patrones”.

Y pidió no perder de vista la evangelización realizada por los laicos, “no clericalicemos la misión y mucho menos clericalicemos a los laicos”, aclaró.

Los sacerdotes

El Pontífice llamó a los obispos a tener siempre abiertos “la puerta y el corazón” a los sacerdotes: “Estén cerca de ellos, escúchenlos, busquen acompañarlos en todas las situaciones que ellos enfrenten, especialmente cuando los vean desanimados o apáticos”, expresó.

Y agregó que lo hicieran creando un clima de confianza, “para un diálogo sincero, un diálogo abierto, buscando y pidiendo la gracia de tener la misma paciencia que el Señor tiene con cada uno de nosotros, ¡que es tanta, qué es tanta!”.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso del Santo Padre

Agradezco a Su Eminencia, el Cardenal Francis Xavier Kriengsak Kovithavanij, sus amables palabras de introducción y bienvenida. Estoy feliz de poder estar con ustedes y compartir, aunque sea de manera breve, las alegrías y esperanzas, sus iniciativas y sueños, y también los desafíos que enfrentan como pastores del santo pueblo fiel de Dios. Gracias por vuestra fraternal bienvenida.

Nuestro encuentro de hoy tiene lugar en el Santuario del Beato Nicolás Bunkerd Kitbamrung, que dedicó su vida a la evangelización y la catequesis, formando discípulos del Señor, principalmente aquí en Tailandia, también en parte de Vietnam y a lo largo de la frontera con Laos, y coronó su testimonio de Cristo con el martirio. Pongamos este encuentro bajo su mirada para que su ejemplo impulse en nosotros un gran celo por la evangelización en todas las Iglesias locales de Asia y podamos ser, cada vez más, discípulos misioneros del Señor; así su Buena Noticia pueda ser derramada como bálsamo y perfume en este bello y gran continente.

Sé que está planificando para el 2020 la Asamblea General de la Federación de Conferencias de los Obispos de Asia, en el cincuentenario de su fundación. Una buena ocasión para volver a visitar estos “santuarios” donde se custodian las raíces misioneras que marcaron estas tierras y dejarse impulsar por el Espíritu Santo desde las huellas del primer amor, lo cual permitirá abrirse con coraje, con parresia a un futuro que deben gestar, crear, a fin de que tanto la Iglesia como la sociedad en Asia se beneficien de un impulso evangélico compartido y renovado. Enamorados de Cristo, capaces de enamorar y compartir ese mismo amor.

Ustedes viven en medio de un continente multicultural y multirreligioso, de gran belleza y ,prosperidad, pero probado al mismo tiempo por una pobreza y explotación extendida a varios niveles. Los rápidos avances tecnológicos pueden abrir inmensas posibilidades que faciliten la vida, pero pueden dar lugar a un creciente consumismo y materialismo, especialmente entre los jóvenes. Ustedes cargan sobre sus hombros las preocupaciones de sus pueblos, al ver el flagelo de las drogas y el tráfico de personas, la necesidad de atender un gran número de migrantes y refugiados, las malas condiciones de trabajo, la explotación laboral experimentada por muchos, así como la desigualdad económica y social que existe entre los ricos y pobres.

Encuentro con los obispos tailandeses y asiáticos, 22 Nov. 2019 (Foto: © Vatican Media)

En medio de estas tensiones está el pastor luchando e intercediendo con su pueblo y por su pueblo; por eso creo que la memoria de los primeros misioneros que nos precedieron con coraje, con alegría y con una resistencia única, permitirá medir y evaluar nuestro presente y nuestra misión desde una perspectiva mucho más amplia, mucho más transformadora. Esta memoria nos libra, en primer lugar, de creer que los tiempos pasados fueron siempre más favorables o mejores para el anuncio, y nos ayuda a no refugiarnos en pensamientos y discusiones estériles que terminan por centrarnos y encerrarnos en nosotros mismos, paralizando todo tipo de acción. «Aprendamos de los santos que nos han precedido y enfrentaron las dificultades propias de su época» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 263), y permitamos ser despojados de todo aquello que se nos “pegó” durante el camino, y que vuelve más pesado todo el andar. Somos conscientes de que hay estructuras y mentalidades eclesiales que pueden llegar a condicionar negativamente un dinamismo evangelizador; igualmente las buenas estructuras sirven cuando hay una vida que las anima, las sostiene y las juzga; porque en definitiva sin vida nueva y auténtico espíritu evangélico, sin “fidelidad de la Iglesia a la propia vocación”, cualquier estructura nueva se corrompe en poco tiempo (cf. ibíd., 26), y puede dificultar a nuestro corazón el importante ministerio de la oración e y la intercesión. Esto nos puede ayudar, a veces, a movernos ante los entusiasmos indiscretos de metodologías con éxito aparente pero con poca vida.

Mirando el camino misionero en estas tierras, una de las primeras enseñanzas recibidas nace de la confianza en saber que es precisamente el Espíritu Santo el primero en adelantarse y convocar: El Espíritu Santo “primerea” a la Iglesia invitándola a alcanzar todos esos puntos nodales, donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas, alcanzar con la Palabra de Jesús los núcleos más profundos del alma de nuestras ciudades y culturas (cf. ibíd., 74). No olvidemos que el Espíritu Santo llega antes que el misionero y permanece con él. El impulso del Espíritu Santo sostuvo y motivó a los Apóstoles y a tantos misioneros a no descartar ninguna tierra, pueblo, cultura o situación. No buscaron un terreno con “garantías de éxito”; al contrario, su “garantía” residía en la certeza que ninguna persona y cultura estaba de antemano incapacitada para recibir la semilla de vida, de felicidad y especialmente de la amistad que el Señor le quiere regalar. No esperaron que una cultura fuera afín o sintonizara fácilmente con el Evangelio; por el contrario, se zambulleron en esas realidades nuevas, convencidos de la belleza de la que eran portadores. Toda vida vale a los ojos del Maestro. Ellos eran audaces, valientes, porque sabían principalmente que el Evangelio es un don para ser derramado en todos y para todos: derramado a toda la gente, a los doctores de la ley, pecadores, publicanos, prostitutas, todos los pecadores de ayer como los de hoy. Me gusta señalar que la misión, antes que las actividades para realizar o proyectos para implementar, requiere una mirada y un olfato a cultivar; requiere una preocupación paternal y maternal porque la oveja se pierde cuando el pastor la da por perdida, nunca antes. Hace tres meses me visitó un misionero francés, que trabaja desde hace casi cuarenta años en el norte de Tailandia, entre las tribus, y vino con un grupo de unas 20/25 personas. Todos padres y madres de familia, jóvenes, 25 años, no más, a los cuales él había bautizado, primera generación, y ahora bautizaba a sus hijos. Uno puede pensar: perdiste la vida con 50 personas, con 100 personas. Esa fue su semilla, y Dios lo consuela haciéndole bautizar a los hijos de quien el bautizo por primera vez. Simplemente esos tribales del norte de Tailandia los vivió como riqueza para evangelizar. No dio por perdida esa oveja, la asumió.

Uno de los puntos más hermosos de la evangelización es hacernos cargo de que la misión confiada a la Iglesia no reside sólo en la proclamación del Evangelio, sino también en aprender a creerle al Evangelio. Cuantos hay que proclaman, proclamamos, a veces, en momentos de tentación, el Evangelio y no le creemos al Evangelio. Aprender a creerle al Evangelio, a dejarse tomar y transformar por él. Consiste en vivir y en caminar a la luz de la Palabra que tenemos que proclamar. Nos hará bien recordar al gran Pablo VI: «Evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma. Comunidad de creyentes, comunidad de esperanza vivida y comunicada, comunidad de amor fraterno, tiene necesidad de escuchar sin cesar lo que debe creer, las razones para esperar, el mandamiento nuevo del amor» (Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 15). Así la Iglesia entra en la dinámica discipular de conversión-anuncio, purificada por su Señor, se transforma en testigo por vocación. Una Iglesia en camino, sin miedo a bajar a la calle y confrontarse con la vida misma de las personas que le fueron confiadas, es capaz de abrirse humildemente al Señor y con el Señor vivir el asombro, el estupor, de la aventura misionera, sin esa necesidad consciente o inconsciente de querer aparecer ella en primer lugar, ocupando o pretendiendo vaya a saber qué lugar de preeminencia. ¡Cuánto debemos aprender de ustedes, que en tantos de vuestros países o regiones son minorías, y a veces minorías ignoradas, obstaculizadas o perseguidas, y no por eso se dejan llevar o contaminar por el síndrome de inferioridad o la queja de no sentirse reconocidos! Van adelante, anuncian, siembran, rezan y esperan. Y no pierden la alegría.

Hermanos: «Unidos a Jesús, busquemos lo que Él busca, amemos lo que Él ama» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 267), y no tengamos miedo de hacer de sus prioridades nuestras prioridades. Ustedes saben muy bien lo que es una Iglesia pequeña en personas y en recursos, pero ardiente y con ganas de ser instrumento vivo del compromiso del Señor con todas las personas de vuestros pueblos y ciudades (cf. Conc. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). Vuestro compromiso por llevar adelante esa fecundidad evangélica anunciando el kerygma con obras y con palabras en los diferentes ámbitos donde los cristianos se encuentran, es un testimonio contundente.

Una Iglesia misionera sabe que su mejor palabra es dejarse transformar por la Palabra que da Vida, haciendo del servicio su nota definitiva. No somos nosotros quienes disponemos de la misión, y menos nuestras estrategias. Es el Espíritu el verdadero protagonista que a nosotros, pecadores perdonados, nos impulsa y nos envía continuamente a compartir este tesoro en vasijas de barro (cf. 2 Co 4,7); transformados por el Espíritu para transformar cada rincón donde nos toque estar. El martirio de la entrega cotidiana y tantas veces silenciosa dará los frutos que vuestros pueblos necesitan.

Esta realidad nos impulsa a desarrollar una espiritualidad muy particular. El pastor es una persona que, en primer lugar, ama entrañablemente a su pueblo, conoce su idiosincrasia, conoce sus debilidades y fortalezas. La misión es ciertamente amor por Jesucristo, pero al mismo tiempo es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo ese amor que nos devuelve la dignidad y nos sostiene, y precisamente allí mismo, si no somos ciegos, empezamos a percibir que esa mirada de Jesús se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 268).

Recordemos que nosotros también somos parte de este pueblo; no somos los patrones, somos parte del pueblo; fuimos elegidos como servidores, no como dueños o amos y esto significa que debemos acompañar a quienes servimos con paciencia, y con amabilidad, escuchándolos, respetando su dignidad, impulsando y valorando siempre sus iniciativas apostólicas. No perdamos de vista que muchas de vuestras tierras fueron evangelizadas por laicos. No clericalicemos la misión, por favor. Y mucho menos clericalicemos los laicos. Ellos laicos tuvieron la posibilidad de hablar el dialecto de su gente, ejercicio simple y directo de inculturación no teórica ni ideológica, sino fruto del ardor por compartir a Cristo. El santo Pueblo fiel de Dios posee la unción del Santo que estamos llamados a reconocer, a valorar y expandir. No perdamos esta gracia de ver a Dios actuando en medio de su pueblo, como lo hizo antes, lo hace ahora y lo seguirá haciendo. Me viene una imagen, que no estaba en el programa pero…: el pequeño Samuel que se despertaba de noche. Dios respetó al viejo sacerdote, débil de carácter, le dejaba hacer, pero no le habló. Le habló a un muchacho, a uno del pueblo.

De manera particular los invito a que tengan siempre abierta la puerta para sus sacerdotes. La puerta y el corazón. No olvidemos que el prójimo más prójimo del obispo es el sacerdote. Estén cerca de ellos, escúchenlos, busquen acompañarlos en todas las situaciones que ellos enfrenten, especialmente cuando los vean desanimados o apáticos, que es la peor de las tentaciones del demonio. La apatía, el desánimo. y esto háganlo no como jueces sino como padres, no como gerentes que se sirven de ellos, sino como auténticos hermanos mayores. Creen un clima donde exista la confianza para un diálogo sincero, un diálogo y abierto, buscando y pidiendo la gracia de tener la misma paciencia que el Señor tiene con cada uno de nosotros, ¡y que es tanta, que es tanta!

Queridos hermanos: Sé que son múltiples los interrogantes que deben enfrentar en el seno de sus comunidades, tanto a diario como pensando en el porvenir. Nunca perdamos de vista que en ese futuro, tantas veces incierto como cuestionador, es precisamente el Señor mismo quien viene con la fuerza de la Resurrección transformando cada llaga, cada herida, en fuente de vida. Miremos el mañana con la certeza de que no estamos solos, de que no caminamos solos, de que no vamos solos, Él nos espera ahí invitándonos a reconocerlo principalmente en el partir el pan.

Supliquemos la intercesión del beato Nicolás y de tantos santos misioneros, para que nuestros pueblos sean renovados con esa misma unción.

Puesto que están hoy aquí numerosos Obispos de Asia, aprovecho la ocasión para extender esta la bendición y mi cariño a todas vuestras comunidades y, de modo especial, a los enfermos y a todos aquellos que estén pasando por momentos de dificultad. Que el Señor los bendiga, cuide y los acompañe siempre. Y a ustedes, que los lleve de su mano; y ustedes déjense llevar de la mano del Señor, no busquen otras manos.

Y, por favor, no se olviden de rezar y hacer rezar por mí, porque todo lo que les dije a ustedes me lo tengo que decir a mí mismo también.

Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticana


Tailandia: El Papa llama a una vida consagrada “capaz de sorprenderse todos los días”

Encuentro con sacerdotes y religiosos.

(ZENIT).- El Papa Francisco ha enseñado a la comunidad de consagrados y consagradas, sacerdotes, seminaristas y catequistas tailandeses que “Una vida consagrada que no sea capaz de sorprenderse todos los días, de alegrarse o de llorar, pero sorprenderse, es una vida consagrada a mitad del camino”.

En este tercer día del Pontífice en el país asiático –segundo día de celebraciones–, viernes, 22 de noviembre de 2019, el Papa se ha encontrado con todos ellos a las 10 hora local (4 horas en Roma) en la parroquia de san Pedro, en el santuario del Beato Nicolas Bunkerd Kitbamrung, dentro de la aldea católica Wat Roman en Tha Kham.

En esta contexto, el segundo papa en visitar Tailandia, después de Juan Pablo II, les ha alentado a “Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos”.

“Por favor, no cedan a la tentación de pensar que son pocos”, les ha pedido el Santo Padre, “piensen más bien que son pequeños, pequeños instrumentos en las manos creadoras del Señor, y Él irá escribiendo con sus vidas las mejores páginas de la historia de salvación en estas tierras”.

Inculturar el Evangelio
“No tengamos miedo de querer inculturar el Evangelio cada vez más”, les ha dicho. “Es necesario buscar esas nuevas formas para transmitir la Palabra, capaz de movilizar y despertar el deseo de conocer al Señor”.

La fecundidad apostólica “requiere” y “se sostiene” gracias a “cultivar la intimidad de la oración”, ha asegurado el Papa en su discurso, pronunciado en español. “Una intimidad como la de esos abuelos, que rezan continuamente el rosario”. Ha improvisado: “Si a ustedes les falta la oración, cualquier trabajo que hacen no tiene sentido. No tiene fuerza, no tiene valor, la oración es el centro de todo”.

Gran aplauso

A su llegada, Francisco ha hecho un recorrido en el papamóvil entre los fieles, y al entrar en la iglesia de san Pedro, el párroco le ha recibido en la entrada para entrar juntos por la nave central entre un gran aplauso de los seminaristas y consagrados.

Junto al altar, un sacerdote, una religiosa, un seminarista y un catequista han ofrecido flores que el Papa ha depositado a los pies de san Pedro. Después, ha rezado delante del Santísimo durante unos minutos en silencia, y se ha dirigido al podio. Tras el breve saludo de bienvenida de Mons. Jose Pradhan Sridarunsil, salesiano, obispo de Surat Thani y responsable de los religiosos, de un canto y del testimonio de una religiosa, el Papa ha pronunciado un discurso.

Horizonte nuevo y sorprendente
Consciente de la minoría católica en Tailandia, donde solo 0,55% de la población es católica y cuenta con 12 diócesis y 436 parroquias, el Santo Padre ha dicho a los sacerdotes y los religiosos: “El Señor no nos llamó para enviarnos al mundo a imponer obligaciones a las personas, o cargas más pesadas de las que ya tienen, y son muchas, sino a compartir una alegría, un horizonte bello, nuevo y sorprendente”.

“Preparando este encuentro pude leer, con cierto dolor –les ha indicado– que para muchos la fe cristiana es una fe extranjera, es la religión de los extranjeros”. Esta realidad “nos impulsa a buscar la manera de animarnos a decir la fe ‘en dialecto’, a la manera que una madre le canta canciones de cuna a su niño. Con esa confianza darle rostro y ‘carne’ tailandesa, que es mucho más que realizar traducciones”.

Signo de la misericordia viva
“Quiero impulsar y darles coraje a tantos de ustedes que, a diario, gastan su vida sirviendo a Jesús en sus hermanos”, ha valorado, “a tantos de ustedes que logran ver belleza donde otros tan sólo ven desprecio, abandono o un objeto sexual a ser utilizado. Así, ustedes son signo concreto de la misericordia viva y operante del Señor”.

Así, les ha invitado a “salir de sí mismo y, en ese mismo movimiento de salida, fuimos encontrados. En el rostro de las personas que encontramos por la calle podemos descubrir la belleza de tratar al otro como a un hermano”.

“Ya no es el huérfano, el abandonado, el marginado o el despreciado”, ha continuado. “Ahora tiene rostro de hermano, de ‘hermano redimido por Jesucristo’. ¡Eso es ser cristianos!”.

Ancianos
El Santo Padre dirigió un pensamiento especial hacia los “consagrados ancianos que nos engendraron en el amor y la amistad con Jesucristo”, especialmente recordando a los que no pudieron estar presentes en este encuentro.

“Demos gracias por ellos y por los ancianos de nuestras comunidades que hoy no pudieron estar acá. Díganles a los ancianos que no pudieron estar acá que el Papa les envía una bendición agradecida, y también les pide su bendición”.

ROSA DIE ALCOLEA

Discurso completo del Papa Francisco

Un grupo de religiosas y sacerdotes reciben al Papa en Tailandia (Foto: © Vatican News)

Queridos hermanos y hermanas: Buenos días.

Gracias a Mons. Joseph (Pradhan Sridarunsil) por sus palabras de bienvenida en nombre de todos ustedes. Estoy contento de poder verlos, escucharlos, participar de su alegría y palpar cómo el Espíritu realiza su obra en medio nuestro. Gracias a todos ustedes catequistas, sacerdotes, consagrados y consagradas, seminaristas, por este tiempo que me regalan.

Gracias también a Benedetta, por compartirnos su vida y testimonio. A medida que la escuchaba me venía un sentimiento de acción de gracias por la vida de tantos misioneros y misioneras que fueron marcando su vida y dejando su huella. Benedetta, nos hablaste de las Hijas de la Caridad. Quiero que mis primeras palabras con ustedes sean una acción de gracias a todos estos consagrados que con el silencioso martirio de la fidelidad y entrega cotidiana se volvieron fecundos. No sé si llegaron a poder contemplar o saborear el fruto de la entrega, pero sin duda fueron vidas capaces de engendrar. Fueron promesa de esperanza. Por esto, al inicio de nuestro encuentro quiero invitarlos a tener especialmente presente a todos los catequistas, consagrados ancianos que nos engendraron en el amor y la amistad con Jesucristo. Demos gracias por ellos y por los ancianos de nuestras comunidades que hoy no pudieron estar acá. Díganles a los ancianos que no pudieron estar acá que el Papa les envía una bendición agradecida, y también les pide su bendición.

Creo que la historia vocacional de cada uno de nosotros está marcada por esas presencias que ayudaron a descubrir y discernir el fuego del Espíritu. Es tan lindo e importante saber agradecer. «El agradecimiento siempre es un “arma poderosa”. Sólo si somos capaces de contemplar y agradecer concretamente todos los gestos de amor, generosidad, solidaridad y confianza, así como de perdón, paciencia, aguante y compasión con los que fuimos tratados, sólo así dejaremos al Espíritu regalarnos ese aire fresco capaz de renovar (y no emparchar) nuestra vida y misión» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019).

Pensemos en ellos, demos gracias y sobre sus hombros sintámonos también nosotros llamados a ser hombres y mujeres que ayudan a engendrar la vida nueva que el Señor nos regala. Llamados a la fecundidad apostólica, llamados a ser aguerridos luchadores de las cosas que el Señor ama y por las que dio su vida; pidamos la gracia de que nuestros sentimientos y nuestras miradas puedan palpitar al ritmo de su corazón y, me animaría a decirles, hasta llagarse por el mismo amor; tener esa pasión por Jesús y pasión por su Reino.

En este sentido, podemos preguntarnos: ¿Cómo cultivar la fecundidad apostólica? Es una linda pregunta que nos podemos hacer todos y cada uno responderla desde su corazón. Para mí no es fácil comunicarme con ustedes a través de un aparato. No es fácil, pero ustedes tienen buena voluntad.

Benedetta, tú nos hablaste de cómo el Señor te atrajo por medio de la belleza. Fue la belleza de una imagen de la Virgen que con su mirada particular entró en tu corazón y suscitó el deseo de conocerla más: ¿Quién es esta mujer? No fueron las palabras, ideas abstractas o fríos silogismos. Todo comenzó por una mirada bella que te cautivó. Cuánta sabiduría esconden tus palabras. Despertar a la belleza, al asombro, al estupor, capaz de abrir nuevos horizontes y sembrar cuestionamientos. Una vida consagrada que no sea capaz de estar abierta a la sorpresa es una vida que quedó a mitad de camino. Esto lo quiero repetir, no está en el texto escrito. Una vida consagrada que no sea capaz de sorprenderse todos los días, de alegrarse o de llorar, pero sorprenderse, es una vida consagrada a mitad del camino.

El Señor no nos llamó para enviarnos al mundo a imponer obligaciones a las personas, o cargas más pesadas de las que ya tienen, y son muchas, sino a compartir una alegría, un horizonte bello, nuevo y sorprendente. Me gusta mucho esa expresión de Benedicto XVI, que considero paradigmática y hasta profética en estos tiempos: la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 14). «Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas» (ibíd., 167).

Esto nos impulsa a no tener miedo de buscar esos nuevos símbolos e imágenes, esa música particular que ayude a los tailandeses a despertar al asombro que el Señor nos quiere regalar. No tengamos miedo de querer inculturar el Evangelio cada vez más. Es necesario buscar esas nuevas formas para transmitir la Palabra, capaz de movilizar y despertar el deseo de conocer al Señor: ¿Quién es este hombre? ¿Quiénes son estas personas que siguen a un crucificado?

Preparando este encuentro pude leer, con cierto dolor, que para muchos la fe cristiana es una fe extranjera, es la religión de los extranjeros. Esta realidad nos impulsa a buscar la manera de animarnos a decir la fe “en dialecto”, a la manera que una madre le canta canciones de cuna a su niño. Con esa confianza darle rostro y “carne” tailandesa, que es mucho más que realizar traducciones. Es dejar que el Evangelio se desvista de ropajes buenos pero extranjeros, para sonar con la música que a ustedes les es propia en esta tierra y hacer vibrar el alma de nuestros hermanos con la misma belleza que encendió nuestro corazón. Los invito a que le recemos a la Virgen, la primera que cautivó con la belleza de su mirada a Benedetta, y le digamos con confianza de hijos: «Consíguenos ahora un nuevo ardor de resucitados para llevar a todos el Evangelio de la vida que vence a la muerte. Danos la santa audacia de buscar nuevos caminos para que llegue a todos el don de la belleza que no se apaga» (ibíd., 288).

La mirada de María nos impulsa a mirar en su misma dirección, hacia esa otra mirada, para hacer todo lo que Él nos diga (cf. Jn 2,1-12). Ojos que cautivan porque son capaces de ir más allá de las apariencias, y alcanzar y celebrar la belleza más auténtica que vive en cada persona. Una mirada que, como nos enseña el Evangelio, rompe todos los determinismos, fatalismos y estándares. Donde muchos veían solamente un pecador, un blasfemo, un recaudador de impuestos, una persona de mala vida, hasta un traicionero, Jesús fue capaz de ver apóstoles. Y esa es la belleza que su mirada nos invita a anunciar, una mirada que transforma y permite acontecer lo mejor de los demás.

Pensando en el comienzo de la vocación de tantos de ustedes, cuántos en su juventud participaron en las actividades de jóvenes que querían vivir el Evangelio y salían a visitar a los más necesitados, ignorados y hasta despreciados de la ciudad, huérfanos y ancianos. Seguro que muchos fueron ahí visitados por el Señor, haciéndoles descubrir el llamado a donarlo todo. Se trata de salir de sí mismo y, en ese mismo movimiento de salida, fuimos encontrados. En el rostro de las personas que encontramos por la calle podemos descubrir la belleza de tratar al otro como a un hermano. Ya no es el huérfano, el abandonado, el marginado o el despreciado. Ahora tiene rostro de hermano, de «hermano redimido por Jesucristo. ¡Eso es ser cristianos! ¿O acaso puede entenderse la santidad al margen de este reconocimiento vivo de la dignidad de todo ser humano?» (Exhort. ap. Gaudete et exultate, 98). Quiero impulsar y darles coraje a tantos de ustedes que, a diario, gastan su vida sirviendo a Jesús en sus hermanos, como bien señalaba el obispo al presentarlos —se le veía orgulloso—; a tantos de ustedes que logran ver belleza donde otros tan sólo ven desprecio, abandono o un objeto sexual a ser utilizado. Así, ustedes son signo concreto de la misericordia viva y operante del Señor. Signo de la unción del Santo en estas tierras.

Tal unción requiere de la oración. La fecundidad apostólica requiere y se sostiene gracias a cultivar la intimidad de la oración. Una intimidad como la de esos abuelos, que rezan continuamente el rosario. Cuántos de nosotros hemos recibido la fe de nuestros abuelos, y los hemos visto así, entre las tareas del hogar, con el rosario en la mano, consagrando toda su jornada. La contemplación en la acción, dejando que Dios sea parte de todas las pequeñas cosas del día. Es vital que hoy la Iglesia anuncie el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras y sin miedo (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 23), como personas que cada mañana, en ese cara a cara con el Señor, vuelven a ser enviadas. Sin la oración, toda nuestra vida y misión pierde sentido, pierde fuerza y fervor.

Si a ustedes les falta la oración, cualquier trabajo que hacen no tiene sentido. No tiene fuerza, no tiene valor, la oración es el centro de todo.

Decía san Pablo VI que uno de los peores enemigos de la evangelización era la falta de fervor (cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 80), lean ese número 80 de la Evangelii nuntiandi. Y el fervor para el religioso, religiosa, sacerdote, catequista, se alimenta en ese doble encuentro: en el rostro del Señor y en el de los hermanos. También nosotros tenemos necesidad de ese espacio donde volver a la fuente para beber del agua que da vida. Inmersos en miles de ocupaciones, busquemos siempre el espacio para recordar, en la oración, que el Señor ya ha salvado al mundo y que estamos invitados con Él a hacer tangible esta salvación.

Nuevamente, gracias por vuestra vida, gracias por vuestro testimonio y entrega generosa. Les pido que, por favor, no cedan a la tentación de pensar que son pocos, piensen más bien piensen que son pequeños, pequeños instrumentos en las manos creadoras del Señor, y Él irá escribiendo con sus vidas las mejores páginas de la historia de salvación en estas tierras.

No se olviden de rezar y hacer rezar por mí.

Gracias.

© Librería Editorial Vaticano


Tailandia: “Miembros de la familia humana”, constructores de una cultura de “valores compartidos”

Francisco a los líderes religiosos.

(ZENIT).- “Todos somos miembros de la familia humana y cada uno, desde el lugar que ocupa, está invitado a ser actor y gestor directo en la construcción de una cultura basada en valores compartidos, que conduzcan a la unidad, al respeto mutuo y a la convivencia armoniosa”, indicó el Papa Francisco.

En la mañana del 22 de noviembre de 2019, en torno a las 15:20, hora local (las 9:20 en Roma), el Santo Padre ha llegado a la Universidad de Chulalongkorn para el encuentro con los líderes cristianos y de otras religiones.

Universidad de Chulalongkorn

La Universidad de Chulalongkorn, es el ateneo más antiguo de Tailandia y también el más prestigioso. De hecho, por tradición, en ella se gradúan los miembros de la familia real y de la nobleza del país.

Situada en el centro de Bangkok, la universidad fue fundada como tal oficialmente en 1917 por el rey Rama VI, que la intituló a la memoria de su padre, Rama V, soberano que se dedicó bastante al desarrollo de Tailandia y muy amado entre la población por haber abolido la esclavitud.

A día cuenta con 19 facultades, entre las que se encuentran la de Medicina, Derecho y Economía, así como una Escuela de especialización dedicada al estudio de los recursos agrícolas. La universidad aloja también un gran auditorio, que tiene espacio para más de 1.500 personas.

Encuentro interreligioso

En este auditorio de la Universidad Chulalongkorn, el Papa Francisco fue acogido por el cardenal arzobispo de Bangkok, el presidente de la Universidad, el presidente del Consejo de la Universidad y por dos estudiantes que le ofrecieron unas flores.

Una vez en el palco, el Santo Padre saludó personalmente a los 18 líderes religiosos presentes. En concreto, se trata de representantes del Budismo, el Islamismo, el Brahmin-Hinduismo y Sikkhism y de diferentes denominaciones cristianas, así como los líderes de la Iglesia Ortodoxa en Tailandia

En esta nación la religión más extendida es el budismo Theravada, que profesa el 94% de la población. Existe una minoría musulmana en el sur (5%) y una comunidad cristiana de un millón de personas, de los cuales unos 300.000 son católicos.

Saludos y regalos

Después, el presidente de la universidad, Dr.Bundit Eur-arporn, dedicó unas palabras de bienvenida al Pontífice y le ofreció un regalo en nombre de toda la comunidad académica. Una estudiante y una profesora, también hicieron entrega de un presente al Santo Padre.

El presidente de la Comisión para el Ecumenismo y el Diálogo Interreligioso, el obispo Joseph Chusak Sirisut, por su parte, también dirigió un saludo al Papa.

Cantos
Antes de la alocución del Obispo de Roma, un grupo de jóvenes, miembros de la comunidad universitaria, personas de las distintas religiones de Tailandia, han dedicado un canto al Pontífice que contenía un mensaje de paz entre las religiones y las culturas.

Igualmente, tras las palabras de Francisco, de nuevo, el coro ha interpretado un himno tomado de un grupo del Movimiento de los Focolares en los Estados Unidos, que precisamente habla sobre el encuentro y la fraternidad entre los diferentes credos.

Al final del encuentro, se realizó una foto de grupo y el Santo Padre saludó nuevamente a los 18 líderes religiosos presentes en el acto.

Palabras de Francisco

En su discurso, el Papa Francisco recordó que en 1897, el rey Chulalongkorn, de quien toma nombra la universidad, visitó Roma y tuvo una audiencia con el Papa León XIII. Esta fue la primera vez que un jefe de Estado no cristiano visitaba el Vaticano, un hito que “nos cuestiona y nos anima a asumir un protagonismo tenaz en el camino del diálogo y del entendimiento mutuo”.

Esto, subrayó el Pontífice, “habría que hacerlo en un espíritu de compromiso fraterno que ayude a poner fin a tantas esclavitudes que persisten en nuestros días, pienso especialmente en el flagelo del tráfico y de la trata de personas”.

Resolución de conflictos

Para él, el reconocimiento y la valoración mutua, así como la cooperación entre religiones es “aún más apremiante para la humanidad actual”, ante la globalización económica financiera y los avances, que conviven con conflictos migratorios, refugiados, hambrunas y guerras y con “la degradación y destrucción de nuestra casa común”.

De este modo, hoy “es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio”, ofreciendo “un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación”, apuntó el Papa.

Y agregó que “estos tiempos nos exigen construir bases sólidas, ancladas en el respeto y reconocimiento de la dignidad de las personas, en la promoción de un humanismo integral capaz de reconocer y reclamar la defensa de nuestra casa común; en una administración responsable, que conserve la belleza y la exuberancia de la naturaleza como un derecho fundamental para la existencia”.

Los marginados y los ancianos

Por otro lado, el Obispo de Roma se refirió al hecho de que todas las religiones están llamados a “prestar atención” a los los marginados, los oprimidos, los pueblos indígenas y las minorías religiosas y a “a no tener miedo de generar instancias” en las que “unirnos y trabajar mancomunadamente”.

Asimismo, resaltó el valor y cuidado a los ancianos propio de la cultura tailandesa, animándoles a hacer conocer a los más jóvenes “el bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, a encontrarse con sus raíces haciendo memoria, a encontrarse con sus ancianos, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar”.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso completo del Santo Padre

Encuentro con los líderes religiosos, Bangkok, 22 Nov. 2019 (Foto: © Vatican Media)

Señor Cardenal,
Hermanos en el episcopado,
Distinguidos Representantes de las diferentes confesiones religiosas,
Representantes de la Comunidad Universitaria,
Queridos amigos:

Gracias por vuestra cordial bienvenida. Agradezco al Obispo Sirisut y al Dr. Bundit Eua-arporn sus amables palabras. Agradezco también la invitación a visitar esta famosa Universidad, a los estudiantes, a los docentes y personal que dan vida a esta casa de estudios, así como la oportunidad que me brindan de encontrarme con representantes de las diferentes Comunidades cristianas, y con los líderes de otras religiones que nos honran con su presencia. Les manifiesto mi agradecimiento por vuestra presencia aquí, y mi especial estima y reconocimiento por la valiosa herencia cultural y las tradiciones espirituales de las que son hijos y testigos.

Hace ciento veintidós años, en 1897, el rey Chulalongkorn, de quien toma el nombre esta primera universidad, visitó Roma y tuvo una audiencia con el Papa León XIII: era la primera vez que un Jefe de Estado no cristiano fue recibido en el Vaticano. El recuerdo de ese importante encuentro, así como el reinado llevado adelante por él, caracterizado entre tantas virtudes por la abolición de la esclavitud, nos cuestiona y nos anima a asumir un protagonismo tenaz en el camino del diálogo y del entendimiento mutuo. Y esto habría que hacerlo en un espíritu de compromiso fraterno que ayude a poner fin a tantas esclavitudes que persisten en nuestros días, pienso especialmente en el flagelo del tráfico y de la trata de personas.

La necesidad de reconocimiento y valoración mutua, así como la cooperación entre las religiones, es aún más apremiante para la humanidad actual; el mundo de hoy se enfrenta a problemáticas complejas, como la globalización económico-financiera y sus graves consecuencias en el desarrollo de las sociedades locales; los rápidos avances —promotores aparentemente de un mundo mejor— conviven con la trágica persistencia de conflictos civiles: sean conflictos migratorios, refugiados, hambrunas y conflictos bélicos; y conviven también con la degradación y destrucción de nuestra casa común. Todas estas situaciones nos alertan y recuerdan que ninguna región ni sector de nuestra familia humana puede pensarse o construirse ajena o inmune a las demás. Son todas situaciones que, a su vez, nos exigen aventurarnos a tejer nuevas formas de construir la historia presente sin necesidad de denigrar o denostar a nadie. Se acabaron las épocas donde la lógica de la insularidad podía predominar en la concepción del tiempo y del espacio, e imponerse como mecanismo válido para la resolución de conflictos. Hoy es tiempo de atreverse a imaginar la lógica del encuentro y del diálogo mutuo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento recíproco como método y criterio. Y, de este modo, ofrecer un nuevo paradigma para la resolución de conflictos, contribuir al entendimiento entre las personas y salvaguardar la creación. Creo que, en este campo, las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a las propias notas esenciales y dones particulares, tenemos mucho para aportar y ofrecer; todo lo que hagamos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y un servicio a la paz. Sólo así les proporcionaremos las herramientas necesarias para que sean ellos los principales protagonistas en la forma de generar estilos de vida sustentables e inclusivos.

Estos tiempos nos exigen construir bases sólidas, ancladas en el respeto y reconocimiento de la dignidad de las personas, en la promoción de un humanismo integral capaz de reconocer y reclamar la defensa de nuestra casa común; en una administración responsable, que conserve la belleza y la exuberancia de la naturaleza como un derecho fundamental para la existencia. Las grandes tradiciones religiosas de nuestro mundo dan testimonio de un patrimonio espiritual, trascendente y ampliamente compartido, que puede ofrecer sólidos aportes en este sentido, si somos capaces de aventurarnos a no tener miedo de encontrarnos.

Todos nosotros estamos llamados, no sólo a prestar atención a la voz de los pobres en nuestro entorno: los marginados, los oprimidos, los pueblos indígenas y las minorías religiosas, sino también a no tener miedo de generar instancias, como ya tímidamente se vienen desarrollando, donde poder unirnos y trabajar mancomunadamente. A su vez, se nos pide abrazar el imperativo de defender la dignidad humana y respetar los derechos de conciencia y libertad religiosa, y crear espacios donde ofrecer un poco de aire fresco en la certeza de que «no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan» (Carta enc. Laudato si’, 205).

Aquí en Tailandia, país de gran belleza natural, quisiera subrayar una nota distintiva que considero crucial, y en cierta medida parte de las riquezas a “exportar” y compartir con otras regiones de nuestra familia humana. Ustedes valoran y cuidan a sus ancianos —es una gran riqueza—, los respetan y les dan un lugar reverencial, que les garantizan a ustedes las raíces necesarias, para que vuestro pueblo no se marchite detrás de determinados slogans que terminan por vaciar e hipotecar el alma de las nuevas generaciones. Junto a la tendencia creciente de desacreditar los valores y las culturas locales, por imposición de un modelo único, también «vemos una tendencia a “homogeneizar” a los jóvenes, a disolver las diferencias propias de su lugar de origen, a convertirlos en seres manipulables hechos en serie. Así se produce una destrucción cultural, que es tan grave como la desaparición de especies» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 186). Continúen haciéndoles conocer a los más jóvenes el bagaje cultural de la sociedad en la que viven. Ayudar a los jóvenes a descubrir la riqueza viva del pasado, a encontrarse con sus raíces haciendo memoria, a encontrarse con sus ancianos, es un verdadero acto de amor hacia ellos, en vista de su crecimiento y de las decisiones que deberán tomar (cf. ibíd., 187).

Toda esta perspectiva implica necesariamente el papel de instituciones educativas como esta Universidad. La investigación, el conocimiento, ayudan a abrir nuevos caminos para reducir la desigualdad entre las personas, fortalecer la justicia social, defender la dignidad humana, buscar las formas de resolución pacífica de conflictos y preservar los recursos que dan vida a nuestra tierra. Mi agradecimiento se dirige, de modo particular, a los educadores y académicos de este país que trabajan para proporcionar a las generaciones presentes y futuras las habilidades y, sobre todo, la sabiduría de raíz ancestral, que les permitirá participar en la promoción del bien común de la sociedad.

Queridos hermanos: Todos somos miembros de la familia humana y cada uno, desde el lugar que ocupa, está invitado a ser actor y gestor directo en la construcción de una cultura basada en valores compartidos, que conduzcan a la unidad, al respeto mutuo, a la convivencia armoniosa.

Una vez más, les agradezco su invitación y su atención. Ofrezco mi oración y mis mejores deseos por sus esfuerzo, que están orientados a servir el desarrollo de Tailandia en prosperidad y paz. Sobre ustedes aquí presentes, sobre sus familias y sobre aquellos a quienes sirven, invoco la bendición divina. Y les pido que, por favor, lo hagan por mí.

Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticana


Jóvenes vietnamitas: “Honradez, responsabilidad y optimismo”, rasgos para dar testimonio

Mensaje por la Jornada de la Juventud.

(ZENIT).- El Papa Francisco ha propuesto tres características para dar testimonio en este tiempo: “honradez, responsabilidad y optimismo”, que “van acompañadas del discernimiento”.

El 20 de noviembre de 2019, la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha difundido un video mensaje del Santo Padre dirigido a los jóvenes de Vietnam que están celebrando la Jornada de la Juventud.

Esta jornada ha sido organizada por las diferentes diócesis septentrionales del país y bajo el tema “Vete a tu casa, a los tuyos”, un versículo del Evangelio según San Marcos.

Mensaje del Papa a los jóvenes vietnamitas (Foto: © Vatican Media)

“Vete a casa”
En su mensaje, Francisco, reflexionó sobre la palabra “casa”, que en la cultura vietnamita, como en otras asiáticas, “envuelve todo lo más querido para el corazón de una persona humana, incluye no sólo la familia, el parentesco, sino también la tierra natal y el país. Donde quiera que vayas, llevas siempre contigo tu ‘casa’”.

Además, para el Papa, de esta “casa” fluye la cultura de este país, “que expresa las tradiciones familiares, promueve el amor al prójimo, nutre la virtud de honrar a los padres y custodia un respeto extraordinario por los ancianos”. De manera que “Vete a tu casa” significa “un camino que os hace regresar a vuestra originalidad y profundizar vuestro patrimonio tradicional y cultural”.

La Iglesia, “vuestra casa”
Por otro lado, señaló que, como bautizados, son “herederos de otra ‘casa’ más grande”, la Iglesia, “vuestra casa”. “Habéis tenido la suerte de nacer del seno de una Iglesia heroica, rica en testigos luminosos. Pienso en los santos Mártires vietnamitas. Pienso en vuestros abuelos y padres que han sufrido la guerra, perdiendo casi todo excepto la fe, que os han transmitido como el legado más precioso”, compartió.

Se trata de una casa a la que “podéis volver siempre para sacar fuerza e inspiración para vuestra fe; aquí podréis formar siempre vuestra conciencia en la dignidad; aquí cada uno de vosotros podrá encontrar el camino de la vida según la llamada de Dios”.

El Pontífice pidió no olvidar que la Iglesia vietnamita nació “de misioneros generosos y entusiastas”, modelos de primeros cristianos que los deben guiar y ser “fuente de entusiasmo misionero”.

Dar testimonio
Por todo ello, el Obispo de Roma subrayó la importancia de no pensar de “’casa’ como algo cerrado y limitado”, sino como “un andar misionero” para contar “lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti (Mc 5,19)”. Y les recordó que siguen siendo una minoría en su pueblo y que “ahora os toca a vosotros construir una Iglesia-casa joven y alegre, llena de vida y de fraternidad” a través de su testimonio.

Con respecto a la cuestión de dar testimonio en la actualidad, explicó que en una sociedad mundial “guiada por el materialismo es difícil ser fiel a la propia identidad y a la propia fe religiosa sin la capacidad de discernimiento, y esto sucede en todas las ciudades y países del mundo”.

Y añadió que “puede ser que la honradez a menudo cause desventajas. Puede ser que el sentido de responsabilidad acarree dificultades y requiera sacrificios. Puede ser que el optimismo parezca extraño ante las realidades corruptas de esta sociedad mundial”.

“Antorchas en el mundo”
No obstante, el Santo Padre también apuntó que “estos mismos valores son por los que vuestra sociedad, y también vuestra Iglesia, necesitan de vosotros. ‘En medio de la cual brilláis como antorchas en el mundo’ (Fil 2, 15)”, animándoles a no tener miedo a que “resplandezca vuestra hermosa identidad católica”.

Y les exhortó: “¡Amad vuestra casa! Vuestra casa familiar y vuestra casa, que es la patria. ¡Amad al pueblo vietnamita, amad a vuestro país! Sed  verdaderos vietnamitas, con amor por la patria”.

Por último, Papa Francisco confió “al Señor al Padre misericordioso, a los treinta y nueve emigrantes vietnamitas que murieron en Inglaterra el mes pasado”, resaltando que “ha sido doloroso” e invitando a rezar por ellos.

LARISSA I. LÓPEZ


Células Parroquiales: El encuentro con Cristo, “senda principal de evangelización”

Discurso del Santo Padre.

(ZENIT).- El Papa Francisco destacó que es necesario recuperar “la necesidad del encuentro para llegar a las personas”, pues, si hemos encontrado a Cristo, “es determinante que compartamos esta experiencia también con los demás; esta es la senda principal de la evangelización”.

El 18 de noviembre de 2019, el Santo Padre  se reunió en audiencia con los miembros del Servicio de las Células Parroquiales de Evangelización, que celebran el 30° aniversario de su fundación.

Células Parroquiales de Evangelización
El Sistema de Células Parroquiales de Evangelización (SCPE) es un organismo internacional al servicio de la promoción, desarrollo y difusión de este sistema parroquial de evangelización en distintos países del mundo.

Su misión es atender a cualquier parroquia que quiera poner en marcha esta metodología de Nueva Evangelización en sus comunidades.

Llamada a dar fruto

Miembros del servicio de las Células Parroquiales de Evangelización
(Foto: © Vatican Media)

Haciendo referencia a los más de treinta años al servicio de la evangelización de estas células parroquiales, Francisco recordó en su discurso que “Jesús dejó a sus discípulos una enseñanza exigente cuando les dijo: ‘Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca’ (Jn 15,16). Ir, dar fruto y permanecer”.

Y esta es “la llamada a la que no se puede escapar cuando se encuentra al Señor y se es conquistado por su Evangelio”. Jesús “no les dijo a sus discípulos que  verían los frutos de su trabajo. Sólo les aseguró que los frutos permanecerían. Esta promesa también es válida para nosotros. Es humano pensar que después de tanto trabajo se quiera ver el fruto de nuestro compromiso; sin embargo, el Evangelio nos empuja en una dirección diferente”, describió.

Después, en esta línea, el Pontífice habló sobre la fecundidad de las Células Parroquiales de Evangelización, que se manifiesta en la multiplicación de las mismas, ahora presentes en muchas partes del mundo.

Reavivar la vida parroquial

También los animó a no cansarse nunca de seguir los caminos que el resucitado pone en sus vidas: ”¡Cuando se es discípulo misionero, nunca puede decaer el entusiasmo! Qué en la fatiga os sostenga, la oración dirigida al Espíritu Santo, que es el Consolador; en la debilidad, sentid la fuerza de la comunidad, que nunca permite ser abandonado a su suerte”, apuntó.

Asimismo, les incitó a reavivar la vida de las comunidades a través de las actividades parroquiales, algo que será posible “en la medida en que se conviertan, sobre todo, en lugares para escuchar la Palabra de Dios y celebrar el misterio de su muerte y resurrección. Sólo  partiendo de ello  se puede pensar que la obra evangelizadora se vuelva eficaz y fecunda, capaz de dar fruto”.

Dar testimonio

Por último, el Obispo de Roma recordó que siempre, al encontrarse con una persona, entra en juego “una historia verdadera que puede cambiar la vida de una persona. Y esto no es hacer proselitismo, es dar testimonio”, como cuando Jesús vio a Pedro, Andrés, Santiago y Juan y transformó sus vidas.

Esto mismo, indica el Papa, ocurre ahora: “cuando el encuentro es fruto del amor cristiano, cambia la vida porque llega al corazón de las personas y las afecta profundamente. ¡Qué vuestro anuncio se convierta en un testimonio de misericordia, que evidencia que toda atención prestada a uno de los más pequeños se presta al mismo Jesús, que se identifica con ellos”.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso completo del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Me alegro de que hayáis decidido volver a Roma para celebrar el trigésimo aniversario de vuestra historia. Agradezco a Don Piergiorgio Perini la incansable obra de evangelización que ha realizado en estos decenios. Ahora puede admirar algunos frutos que el Señor le ha concedido con su gracia. ¡Y doy las gracias por el testimonio de estos 65 años de sacerdocio y 90 de edad! Le he pedido la receta ¿qué hace para estar así?

El Señor Jesús dejó a sus discípulos una enseñanza exigente cuando les dijo: “Os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca” (Jn 15,16). Ir, dar fruto y permanecer. Esta es la llamada a la que no se puede escapar cuando se encuentra al Señor y se es conquistado por su Evangelio. Ciertamente, Jesús no les dijo a sus discípulos que  verían los frutos de su trabajo. Sólo les aseguró que los frutos permanecerían. Esta promesa también es válida para nosotros. Es humano pensar que después de tanto trabajo se quiera ver el fruto de nuestro compromiso; sin embargo, el Evangelio nos empuja en una dirección diferente.

Jesús no hizo ningún descuento a sus discípulos cuando habló de la radicalidad con la que debemos seguirle. Les dijo: “Cuando hayáis hecho todo lo que os fue mandado, decid: “Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos  hacer”. (Lc 17,10). Sin embargo, si nuestro esfuerzo para proclamar el Evangelio es total y estamos siempre listos, entonces la perspectiva cambia. Otra parábola nos lo recuerda, cuando Jesús dice: “Dichosos los siervos que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguró que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, los servirá” (Lc 12,37). ¡Vemos de cerca tantas veces lo grande e infinito que es el amor de Dios por nosotros! Si somos fieles y vigilantes, Él también nos concede, entonces,  ver los frutos de nuestro trabajo.

Vuestra historia como Células Parroquiales de Evangelización se puede insertar fácilmente en este contexto. La fecundidad de vuestro compromiso se refleja en la multiplicación de las Células que ahora están presentes en muchas partes del mundo. No os canséis nunca de seguir los caminos que el Espíritu del Resucitado pone ante vosotros. Qué no os frene ningún miedo de lo nuevo y que vuestro paso no aminore por las dificultades que son inevitables en el camino de la evangelización. ¡Cuando se es discípulo misionero, nunca puede decaer el entusiasmo! Qué en la fatiga os sostenga, la oración dirigida al Espíritu Santo, que es el Consolador; en la debilidad, sentid la fuerza de la comunidad, que nunca permite ser abandonado a su suerte.

Nuestras parroquias están invadidas por muchas iniciativas que, sin embargo, a menudo no repercuten en profundidad en la vida de las personas. También a vosotros se os confía la tarea de reavivar, sobre todo en este período, la vida de nuestras comunidades parroquiales. Esto será posible en la medida en que se conviertan, sobre todo, en lugares para escuchar la Palabra de Dios y celebrar el misterio de su muerte y resurrección. Sólo  partiendo de ello  se puede pensar que la obra evangelizadora se vuelva eficaz y fecunda, capaz de dar fruto. Desafortunadamente, por muchas razones, muchos se han alejado de nuestras parroquias. Es urgente, por lo tanto, que recuperemos la necesidad del encuentro para llegar a las personas allí donde viven y trabajan. Si hemos encontrado a Cristo en nuestras vidas no podemos guardarlo sólo para nosotros mismos. Es determinante que compartamos esta experiencia también con los demás; esta es la senda principal de la evangelización.

No lo olvidéis: cada vez que encontráis a alguien,  hay en juego una historia verdadera que puede cambiar la vida de una persona. Y esto no es hacer proselitismo, es dar testimonio.Ha sido siempre así. Cuando Jesús, pasando a la orilla del lago, vio a Pedro, Andrés, Santiago y Juan trabajando fijó su mirada en ellos y transformó sus vidas (cf. Lc 5,1-11). Lo mismo se repite en nuestros días, cuando el encuentro es fruto del amor cristiano, cambia la vida porque llega al corazón de las personas y las afecta profundamente. ¡Qué vuestro anuncio se convierta en un testimonio de misericordia, que evidencia que toda atención prestada a uno de los más pequeños se presta al mismo Jesús, que se identifica con ellos! (cf. Mt 25, 40).

Os acompaño con mi bendición y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí.Gracias.

© Librería Editorial Vaticana