Papa Francisco al ‘Marianum’: La mujer, “esencial para la Iglesia y el mundo”

Discurso del Santo Padre.

(zenit – 26 oct. 2020).- El Papa Francisco recibió en audiencia a los profesores y estudiantes de la Pontificia Facultad de Teología Marianum de Roma, en el Aula Pablo VI el pasado sábado, 24 de octubre de 2020, con motivo del 70º aniversario de su fundación.

“El papel de la mujer: esencial para la historia de la salvación, no puede por menos que ser esencial para la Iglesia y el mundo. ¡Pero cuántas mujeres no reciben la dignidad que se les debe! La mujer, que trajo a Dios al mundo, debe poder llevar sus dones a la historia. Se necesitan su ingenio y su estilo”, dijo el Santo Padre en su discurso.

La Virgen, escuela de fe y vida

El Papa planteó si la Mariología sirve hoy al mundo y respondió que, obviamente, “la respuesta es sí”, pues, “ir a la escuela de María es ir a una escuela de fe y de vida”. Ella, “maestra porque discípula, enseña bien el alfabeto de la vida humana y cristiana”.

Destacando la relevancia que el Concilio Vaticano II ha dado a la Mariología y el espacio dedicado a ella en la Lumen GentiumFrancisco describió que “los tiempos que vivimos son tiempos de María”.

Así, apuntó a la necesidad de redescubrir a la Virgen desde la perspectiva de este Concilio que “sacó de nuevo a la luz la belleza de la Iglesia volviendo a las fuentes y limpiando el polvo que se había depositado sobre ella a lo largo de los siglos”.

En este sentido, se refirió a dos elementos destacados por la Escritura, Nuestra Señora “es madre y mujer” y, añadió, “también la Iglesia es madre y mujer”.

Madre y mujer

Para el Pontífice, la Iglesia “necesita redescubrir su corazón materno”: “necesitamos la maternidad, la que genera y regenera la vida con ternura, porque solo el don, el cuidado y el compartir mantienen unida a la familia humana. Pensemos en el mundo sin madres: no tiene porvenir”.

Por otro lado, con respecto al hecho de que María era también mujerel Sucesor de Pedro considera que “así como la madre hace de la Iglesia una familia, la mujer hace de nosotros un pueblo. No es casualidad que la piedad popular se incline con naturaleza por Nuestra Señora”.

De este modo, “es importante que la Mariología la siga atentamente la promueva, a veces la purifique, prestando siempre atención a los ‘signos de los tiempos marianos’ que atraviesan nuestra época”.

La Mariología, agregó, “está llamada a buscar espacios más dignos para las mujeres en la Iglesia, partiendo de la dignidad bautismal común”.

El Marianum, institución fraterna

Para el Obispo de Roma el Marianum está llamado a “ser una institución fraterna, no solo por el bello ambiente familiar” que les distingue, sino también por la “apertura de nuevas posibilidades de colaboración con otras instituciones, que contribuirán a ampliar los horizontes e ir al paso de los tiempos”.

“A veces”, continúa, “hay miedo de abrirse, pero cuando uno se arriesga para dar vida y generar fruto, no se equivoca, porque hace lo mismo que las madres. Y María es una madre que enseña el arte de encontrarse y de caminar juntos”.

GABRIEL SALES TRIGUERO

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

Os saludo y os felicito por el 70 aniversario de la fundación de vuestra Facultad de Teología. Gracias, padre canciller, por sus amables palabras. El Marianum, desde su nacimiento, fue confiado al cuidado de los Siervos de María. Deseo, pues, que cada uno de vosotros viva su servicio siguiendo el ejemplo de María, “la esclava del Señor” (Lc 1, 38). Un estilo mariano, un estilo que será de gran beneficio para la teología, para la Iglesia y para vosotros.

Podríamos preguntarnos: ¿la Mariología, hoy, sirve a la Iglesia y al mundo? Obviamente, la respuesta es sí. Ir a la escuela de María es ir a una escuela de fe y de vida. Ella, maestra porque discípula, enseña bien el alfabeto de la vida humana y cristiana. Pero también hay otro aspecto, vinculado a la actualidad. Vivimos en el tiempo del Concilio Vaticano II.

Ningún otro concilio en la historia ha dado a la Mariología tanto espacio como el que le ha dedicado el Capítulo VIII de Lumen Gentium, que concluye y en cierto sentido compendia toda la Constitución dogmática sobre la Iglesia. Esto nos dice que los tiempos que vivimos son tiempos de María. Pero necesitamos redescubrir a Nuestra Señora desde la perspectiva del Concilio.

Así como el Concilio sacó de nuevo a la luz la belleza de la Iglesia volviendo a las fuentes y limpiando el polvo que se había depositado sobre ella a lo largo de los siglos, así las maravillas de María se pueden redescubrir mejor yendo al corazón de su misterio. Allí surgen dos elementos, bien destacados por la Escritura: ella es madre y mujer. También la Iglesia es madre y mujer.

Audiencia con la Pontificia Facultad de Teología Marianum, 24 Oct. 2020
(Foto: © Vatican Media)

Madre. Reconocida por Isabel como “madre del Señor” (v. 43), la Theotokos es también la madre de todos nosotros. En efecto, al discípulo Juan, y en él a cada uno de nosotros, el Señor en la cruz dijo: “¡He aquí a tu madre!” (Jn 19:27). Jesús, en aquella hora salvífica, nos estaba dando su vida y su Espíritu; y no dejó que su obra se cumpliera sin darnos a la Virgen, porque quiere que caminemos en la vida con una madre, más aún, con la mejor de las madres (cf. Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 285).

San Francisco de Asís la amaba precisamente porque era madre. Se ha escrito de él que “amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad” (San Buenaventura, Legenda major, 9, 3: FF 1165). Nuestra Señora hizo hermano nuestro a Dios, como madre puede hacer más fraternales a la Iglesia y al mundo.

La Iglesia necesita redescubrir su corazón materno, que late por la unidad; pero lo necesita también nuestra Tierra para que vuelva a ser la casa de todos sus hijos. La Virgen lo desea, “quiere parir un mundo nuevo, donde todos seamos hermanos, donde haya lugar para cada descartado de nuestras sociedades” (Carta. enc. Fratelli tutti, 278). Necesitamos la maternidad, la que genera y regenera la vida con ternura, porque sólo el don, el cuidado y el compartir mantienen unida a la familia humana. Pensemos en el mundo sin madres: no tiene porvenir.

Las ganancias y los beneficios, por sí solos, no tienen futuro; por el contrario, a veces aumentan las desigualdades y las injusticias. Las madres, en cambio, hacen que cada hijo se sienta como en casa y dan esperanza.

El Marianum está, pues, llamado a ser una institución fraterna, no sólo por el bello ambiente familiar que os distingue, sino también por la apertura de nuevas posibilidades de colaboración con otras instituciones, que contribuirán a ampliar los horizontes e ir al paso de los tiempos. A veces hay miedo de abrirse, pensando que se pierde la propia especificidad, pero cuando uno se arriesga para dar vida y generar el futuro no se equivoca, porque hace lo mismo que las madres.

Y María es una madre que enseña el arte de encontrarse y de caminar juntos. Es hermoso entonces que, como en una gran familia, en el Marianum, confluyan tradiciones teológicas y espirituales diferentes que contribuyan también al diálogo ecuménico e interreligioso.

Nuestra Señora – este es el otro elemento esencial – es mujer. Quizás el dato mariológico más antiguo del Nuevo Testamento dice que el Salvador “nació de mujer” (Gálatas 4:4). En el Evangelio, además, María es la mujer, la nueva Eva, que desde Caná hasta el Calvario interviene para nuestra salvación (cf. Jn 2,4; 19,26). Finalmente, es la mujer vestida de sol que cuida de la descendencia de Jesús (cf. Apocalipsis 12:17).

Así como la madre hace de la Iglesia una familia, la mujer hace de nosotros un pueblo. No es casualidad que la piedad popular se incline con naturaleza por Nuestra Señora. Es importante que la mariología la siga atentamente, la promueva, a veces la purifique, prestando siempre atención a los “signos de los tiempos marianos” que atraviesan nuestra época.

Entre ellos, está precisamente el papel de la mujer: esencial para la historia de la salvación, no puede por menos que ser esencial para la Iglesia y el mundo. ¡Pero cuántas mujeres no reciben la dignidad que se les debe! La mujer, que trajo a Dios al mundo, debe poder llevar sus dones a la historia. Se necesitan su ingenio y su estilo. Lo necesita la teología, para que no sea abstracta y conceptual, sino delicada, narrativa, vital.

La Mariología, en particular, puede contribuir a llevar a la cultura, también a través del arte y la poesía, la belleza que humaniza e infunde esperanza. Y está llamada a buscar espacios más dignos para las mujeres en la Iglesia, partiendo de la dignidad bautismal común. Porque la Iglesia, como dije, es mujer. Como María, es madre: como María.

El Padre Rupnik hizo un cuadro, que parece un cuadro de Nuestra Señora, y no es de Nuestra Señora. Parece que la Virgen está en primer plano, y en cambio el mensaje es: la Virgen no está en primer plano. Ella recibe a Jesús, y con sus manos, como si fueran peldaños, hace que baje. Es la Synkatabasis de Cristo a través de Nuestra Señora: esa condescendencia… Y Cristo se presenta como un niño, pero señor, con la Ley en su mano.

Pero también como hijo de mujer, débil, aferrado al manto de Nuestra Señora. Esta obra del padre Rupnik es un mensaje. ¿Y qué es María con nosotros? La que, para cada uno de nosotros, hace bajar a Cristo, Cristo el Dios pleno, el Cristo hombre que se hizo débil por nosotros. Cristo hombre que se hizo débil por nosotros. Veamos a la Virgen así: la que trae a Cristo, la que hace pasar a Cristo, la que dio a luz a Cristo, y que siempre permanece mujer. Es tan simple… Y pidamos que Nuestra Señora nos bendiga.

Ahora os daré la bendición a todos vosotros, pidiendo que siempre podamos tener en nosotros ese espíritu de hijos y de hermanos. Hijos de María, hijos de la Iglesia, hermanos entre nosotros.

© Librería Editora Vaticana

Papa Francisco: Dante, clave para interpretar el “viaje” de cada persona

7º centenario del poeta.

(zenit – 13 oct. 2020).- Con motivo del Año de Dante, el Papa Francisco recibió en audiencia en el Palacio Apostólico Vaticano a una delegación de la archidiócesis italiana de Rávena-Cervia, el pasado sábado, 10 de octubre de 2020.

Este año marca el séptimo centenario de la muerte del gran poeta y autor de la Divina Comedia.

Durante su discurso, el Santo Padre señaló que, para Dante, el exilio “fue tan significativo que se convirtió en una clave para interpretar no solo su vida, sino el ‘viaje’ de cada hombre y mujer en la historia y más allá de la historia”.

Francisco invita a que las celebraciones del séptimo centenario de la muerte del poeta estimulen “a retomar su Comedia para que, conscientes de nuestra condición de exiliados, nos llame a ese camino de conversión ‘del desorden a la sabiduría, del pecado a la santidad, de la miseria a la felicidad, de la contemplación aterradora del infierno a la contemplación beatífica del paraíso’ (San Pablo VI, Carta Apostólica m.p. Altissimi cantus, 7 de diciembre de 1965)”.

Para el Pontífice, Dante, en efecto, “nos invita una vez más a redescubrir el sentido perdido u ofuscado de nuestro viaje humano”.

Así, aprovechando la resonancia de este artista que supera los siglos, “también nosotros -como nos invitaba san Pablo VI- podremos enriquecernos con la experiencia de Dante para atravesar las numerosas selvas oscuras aún dispersas en nuestra tierra y realizar felizmente nuestra peregrinación en la historia, para alcanzar la meta soñada y deseada por todo hombre”, expresó.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso del Santo Padre

¡Queridos hermanos y hermanas!

Os doy la bienvenida y os agradezco que hayáis venido a compartir conmigo la alegría y el esfuerzo de abrir las celebraciones del VII centenario de la muerte de Dante Alighieri. Doy las gracias en particular al arzobispo Ghizzoni por sus palabras de presentación.

Rávena, para Dante, es la ciudad del “último refugio” [1] -la primera había sido Verona-; de hecho, en vuestra ciudad el poeta pasó sus últimos años y completó su obra: según la tradición, allí se compusieron los cantos finales del Paraíso.

Así, en Rávena concluyó su viaje terrenal; y puso fin al exilio que tanto marcó su existencia y también inspiró su escritura. El poeta Mario Luzi ha resaltado el valor de la turbación y del descubrimiento superior que la experiencia del exilio reservó a Dante. Esto nos hace pensar inmediatamente en la Biblia, en el exilio del pueblo de Israel a Babilonia, que constituye, por así decirlo, una de las “matrices” de la revelación bíblica. De manera análoga para Dante, el exilio fue tan significativo que se convirtió en una clave para interpretar no sólo su vida, sino el “viaje” de cada hombre y mujer en la historia y más allá de la historia.

La muerte de Dante en Rávena tuvo lugar – como escribe Boccaccio – “el día en que la Iglesia celebra la exaltación de la Santa Cruz” [2]. El pensamiento va a aquella cruz de oro que el Poeta vio ciertamente en la pequeña cúpula azul noche, salpicada de novecientas estrellas, del Mausoleo de Gala Placidia; o a aquella geminada y “resplandeciente” Cristo- por usar la imagen del Paraíso – (cf. XIV, 104), de la semicúpula del ábside de San Apolinar in Classe.

Diócesis de Ravenna-Cervia por el Año de Dante (Foto: (C) Vatican Media)

En 1965, con ocasión del séptimo centenario del nacimiento de Dante, san Pablo VI obsequió a Rávena con una cruz de oro para su tumba, que había permanecido hasta entonces -como dijo- “desprovista de tal signo de religión y esperanza” (Discurso al Sacro Colegio y a la Prelatura romana, 23 de enero de 1966). Esa misma cruz, con motivo de este centenario, volverá a brillar en el lugar que conserva los restos mortales del Poeta. Que sea una invitación a la esperanza, esa esperanza de la que Dante es profeta (cf. Mensaje en el 750 aniversario del nacimiento de Dante Alighieri, 4 de mayo de 2015).

El deseo es, pues, que las celebraciones del séptimo centenario de la muerte del Poeta sumo nos estimulen a retomar su Comedia para que, conscientes de nuestra condición de exiliados, nos llame a ese camino de conversión “del desorden a la sabiduría, del pecado a la santidad, de la miseria a la felicidad, de la contemplación aterradora del infierno a la contemplación beatífica del paraíso” (San Pablo VI, Carta Apostólica m.p. Altissimi cantus, 7 de diciembre de 1965). Dante, en efecto, nos invita una vez más a redescubrir el sentido perdido u ofuscado de nuestro viaje humano.

Puede parecer, a veces, que estos siete siglos hayan cavado una distancia insalvable entre nosotros, hombres y mujeres de la era postmoderna y secularizada, y él, representante extraordinario de una edad de oro de la civilización europea. Y, sin embargo, algo nos dice que no es así. Los adolescentes, por ejemplo -incluso los de hoy- si tienen la oportunidad de acercarse a la poesía de Dante de una manera que les sea accesible, inevitablemente encuentran, por un lado, toda la distancia entre el autor y su mundo; y no obstante, por otro, sienten una resonancia sorprendente. Esto sucede especialmente allí donde la alegoría deja espacio al símbolo, donde el ser humano aparece más evidente y desnudo, donde la pasión civil vibra más intensamente, donde la fascinación de la verdad, la belleza y la bondad, en último término, la fascinación de Dios hace sentir su poderosa atracción.

Así, aprovechando esta resonancia que supera los siglos, también nosotros -como nos invitaba san Pablo VI- podremos enriquecernos con la experiencia de Dante para atravesar las numerosas selvas oscuras aún dispersas en nuestra tierra y realizar felizmente nuestra peregrinación en la historia, para alcanzar la meta soñada y deseada por todo hombre: “el amor que mueve el sol y las demás estrellas” (Par. XXXIII, 145) (cf. Mensaje con motivo del 750º aniversario del nacimiento de Dante Alighieri, 4 de mayo de 2015).

Gracias de nuevo por esta visita, y los mejores deseos para las celebraciones del centenario. Con la ayuda de Dios, el año que viene me propongo ofrecer una reflexión más amplia al respecto. Bendigo de corazón a cada uno de vosotros, a vuestros colaboradores y a toda la comunidad de Ravena. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

1] Véase C. Ricci, L’ultimo rifugio di Dante Alighieri, Hoepli, Milán 1891.
2) Trattatello in laude di Dante, Garzanti 1995 p. XIV.


OCTUBRE 13, 2020 12:32PAPA FRANCISCO

Congreso para Ancianos: Los mayores, “presente” y “mañana” de la Iglesia

Discurso del Papa Francisco.

(ZENIT).- El Papa Francisco considera que los mayores “son también el presente y el mañana de la Iglesia”, que, junto con los jóvenes, “profetiza y sueña” e insiste en la relevancia de que estas dos generaciones se comuniquen entre ellos.

En la mañana de hoy, 31 de enero de 2020, el Santo Padre recibió en audiencia a los participantes del I Congreso Internacional de Pastoral para los Ancianos cuyo tema es “La Riqueza de los Años”.

Este encuentro fue organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, y se ha celebrado del 29 al 31 de enero en el Centro de Congresos “Augustinianum” de Roma.

“La riqueza de los años”

I Congreso de Pastoral para Ancianos, 31 Enero 2020 (Foto: © Vatican Media)

Para Francisco, la “riqueza de los años” es la de “cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia”, “el tesoro precioso que toma forma en el camino de la vida de cada hombre y mujer, sin importar sus orígenes, procedencia, condiciones económicas o sociales”, pues “la vida es un regalo, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás. Siempre, siempre es así”.

El Papa destacó cómo en el siglo XXI, “la vejez se ha convertido en una de las características de la humanidad” y cómo a ella le corresponden hoy “diferentes estaciones de la vida: para muchos es la edad en la que cesa el esfuerzo productivo, las fuerzas disminuyen y aparecen los signos de la enfermedad, de la necesidad de ayuda y del  aislamiento social; pero para muchos es el comienzo de un largo período de bienestar psicofísico y de liberación de las obligaciones laborales”.

En ambas situaciones y ante la desorientación e incluso “la indiferencia y el rechazo” social, el Pontífice indicó que es necesario definir la manera de vivir estos años y que ha acogido con gran interés este primer congreso centrado en la pastoral para mayores: “Necesitamos cambiar nuestros hábitos pastorales para responder a la presencia de tantas personas mayores en las familias y en las comunidades”.

Mirar al futuro

Al mismo tiempo, el Obispo de Roma recordó que en la Biblia, “la longevidad es una bendición” porque “nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra dependencia mutua, a nuestros lazos familiares y comunitarios, y sobre todo a nuestra filiación divina” y que el anciano, “incluso cuando es débil, puede convertirse en un instrumento de la historia de la salvación”.

También apuntó que, “consciente de este papel irremplazable de los ancianos”, la Iglesia “se convierte en un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo” que “nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia las personas mayores, a aprender a mirar el futuro junto con ellos”.

Revolución de la ternura

“La profecía de los ancianos se cumple cuando la luz del Evangelio entra plenamente en sus vidas; cuando, como Simeón y Ana, toman a Jesús en sus brazos y anuncian la revolución de la ternura, la Buena Nueva de Aquel que vino al mundo para traer la luz del Padre”, señaló el Santo Padre.

Por este motivo, demandó: “No os canséis de proclamar el Evangelio a los abuelos y a los ancianos” yendo a ellos “con una sonrisa en vuestro rostro y el Evangelio en vuestras manos”.

Francisco también aludió al hecho de que en las sociedades secularizadas de muchos países la mayoría de los padres no cuentan con la formación cristiana y la fe que los abuelos pueden transmitir a sus nietos, de manera que estos “son el eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe”. Es preciso, por tanto, “incluirlos en nuestros horizontes pastorales” considerándolos “como uno de los componentes vitales de nuestras comunidades”.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso completo del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas,

Os doy mi cordial bienvenida a vosotros, participantes en el primer Congreso internacional de pastoral de los ancianos – «La Riqueza de los Años» – organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida; y agradezco al cardenal Farrell sus amables palabras.

La «riqueza de los años» es la riqueza de las personas, de cada persona que tiene a sus espaldas muchos años de vida, experiencia e historia. Es el tesoro precioso que toma forma en el camino de la vida de cada hombre y mujer, sin importar sus orígenes, procedencia, condiciones económicas o sociales. Porque la vida es un regalo, y cuando es larga es un privilegio, para uno mismo y para los demás. Siempre, siempre es así.

En el siglo XXI, la vejez se ha convertido en una de las características de la humanidad. En unas pocas décadas, la pirámide demográfica – que una vez descansaba sobre un gran número de niños y jóvenes y tenía  pocos ancianos en la cumbre – se ha invertido. Si hace tiempo los ancianos hubieran poblar un pequeño estado, hoy pueden poblar un continente entero. En este sentido, la ingente presencia de los ancianos es una novedad en todos los entornos sociales y geográficos del mundo. Además, a la vejez corresponden hoy diferentes estaciones de la vida: para muchos es la edad en la que cesa el esfuerzo productivo, las fuerzas disminuyen y aparecen los signos de la enfermedad, de la necesidad de ayuda y del  aislamiento social; pero para muchos es el comienzo de un largo período de bienestar psicofísico y de liberación de las obligaciones laborales.

En ambas situaciones, ¿cómo vivir estos años? ¿Qué sentido dar a esta fase de la vida, que para muchos puede ser larga? La desorientación social y, en muchos casos, la indiferencia y el rechazo que nuestras sociedades muestran hacia las personas mayores, llaman no sólo a la Iglesia, sino a todo el mundo, a una reflexión seria para aprender a captar y apreciar el valor de la vejez. En efecto, mientras que, por un lado, los Estados deben hacer frente a la nueva situación demográfica en el plano económico, por otro, la sociedad civil necesita valores y significados para la tercera y la cuarta edad. Y aquí, sobre todo, se coloca la contribución de la comunidad eclesial.

Por eso he acogido con interés la iniciativa de esta conferencia, que ha centrado la atención en la pastoral de los ancianos e iniciado una reflexión sobre las implicaciones que se derivan de una presencia sustancial de los abuelos en nuestras parroquias y sociedades. Os  pido que no se quede en una iniciativa aislada, sino que marque el inicio de un camino de profundización y discernimiento pastoral. Necesitamos cambiar nuestros hábitos pastorales para responder a la presencia de tantas personas mayores en las familias y en las comunidades.

En la Biblia, la longevidad es una bendición. Nos enfrenta a nuestra fragilidad, a nuestra dependencia mutua, a nuestros lazos familiares y comunitarios, y sobre todo a nuestra filiación divina. Concediendo la vejez, Dios Padre nos da tiempo para profundizar nuestro conocimiento de Él, nuestra intimidad con Él, para entrar más y más en su corazón y entregarnos a Él. Este es el momento de prepararnos para entregar nuestro espíritu en sus manos, definitivamente, con la confianza de los niños. Pero también es un tiempo de renovada fecundidad. «En la vejez volverán a dar fruto», dice el salmista (Sal 91, 15). En efecto,  el plan de salvación de Dios también se lleva a cabo en la pobreza de los cuerpos débiles, estériles e impotentes. Del vientre estéril de Sara y del cuerpo centenario de Abraham nació el Pueblo Elegido (cf. Rom 4:18-20). De Isabel y el viejo Zacarías nació Juan Bautista. El anciano, incluso cuando es débil, puede convertirse en un instrumento de la historia de la salvación.

Consciente de este papel irremplazable de los ancianos, la Iglesia se convierte en un lugar donde las generaciones están llamadas a compartir el plan de amor de Dios, en una relación de intercambio mutuo de los dones del Espíritu Santo. Este intercambio intergeneracional nos obliga a cambiar nuestra mirada hacia las personas mayores, a aprender a mirar el futuro junto con ellos.

Cuando pensamos en los ancianos y hablamos de ellos, sobre todo en la dimensión pastoral, debemos aprender a cambiar un poco los tempos de los verbos. No sólo hay un pasado, como si para los ancianos sólo hubiera una vida detrás de ellos y un archivo enmohecido. No. El Señor puede y quiere escribir con ellos también nuevas páginas, páginas de santidad, de servicio, de oración… Hoy quisiera deciros que los ancianos son también el presente y el mañana de la Iglesia. Sí, ¡son también el futuro de una Iglesia que, junto con los jóvenes, profetiza y sueña! Por eso es tan importante que los ancianos y los jóvenes hablen entre ellos, es muy importante.

La profecía de los ancianos se cumple cuando la luz del Evangelio entra plenamente en sus vidas; cuando, como Simeón y Ana, toman a Jesús en sus brazos y anuncian la revolución de la ternura, la Buena Nueva de Aquel que vino al mundo para traer la luz del Padre. Por eso os pido que no os canséis de proclamar el Evangelio a los abuelos y a los ancianos. Id a ellos con una sonrisa en vuestro rostro y el Evangelio en vuestras manos. Salid a las calles de vuestras parroquias y buscad a los ancianos que viven solos. La vejez no es una enfermedad, es un privilegio. La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla.

Dios tiene un pueblo numeroso de abuelos en todo el mundo. Hoy en día, en las sociedades secularizadas de muchos países, las generaciones actuales de padres no tienen, en su mayoría, la formación cristiana y la fe viva que los abuelos pueden transmitir a sus nietos. Son el eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe. Debemos acostumbrarnos a incluirlos en nuestros horizontes pastorales y a considerarlos, de forma no episódica, como uno de los componentes vitales de nuestras comunidades. No sólo son personas a las que estamos llamados a ayudar y proteger para custodiar sus vidas, sino que pueden ser actores de una pastoral evangelizadora, testigos privilegiados del amor fiel de Dios.

Por esto doy las gracias a todos los que dedicáis vuestras energías pastorales a los abuelos y a los ancianos. Sé muy bien que vuestro compromiso y vuestra reflexión nacen de la amistad concreta con tantos ancianos. Espero que lo que hoy es la sensibilidad de unos pocos se convierta en el patrimonio de cada comunidad eclesial. No tengáis miedo, tomad iniciativas, ayudad a vuestros obispos y a vuestras diócesis a promover el servicio pastoral a los ancianos y con los ancianos. No os desaniméis, ¡adelante! El Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida continuará acompañándoos en este trabajo.

Yo también os acompaño con mi oración y mi bendición. Y vosotros por favor, no os olvidéis de rezar por mí ¡Gracias!

© Librería Editorial Vaticano


Discurso a la Curia Romana: El Papa llama a «un cambio en la mentalidad pastoral»

Y para «despertar las conciencias adormecidas en la indiferencia».

(ZENIT).- «Ya no estamos en la cristiandad … Ya no somos los únicos hoy en producir cultura, ni los primeros ni los más escuchados», subraya el Papa Francisco frente a sus colaboradores en el Vaticano: «Necesitamos un cambio de mentalidad pastoral «.

En su tradicional discurso navideño a la Curia romana el 21 de diciembre de 2019, el Papa Francisco explicó las razones profundas de la reforma comprometida, en un mundo donde la fe a menudo es «negada, burlada, marginada y ridiculizada». Para servir mejor a la humanidad, dijo, no se trata de «pasar a una pastoral relativista», sino de «dejarse cuestionar por los desafíos de la actualidad y comprenderlos».

Citando al cardenal Newman, el Papa enfatizó que «el desarrollo y el crecimiento son la característica de la vida terrenal y humana». «El cambio es una conversión», agregó, «es decir, una transformación interna». La vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación … es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita salir para permanecer, cambiar para ser fiel».

El Papa se centró en la misión particular de ciertos dicasterios: la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, el Dicasterio de la Comunicación y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Hablando de esto último, una vez más hizo un llamamiento a los migrantes forzados «que en este momento representan un grito en el desierto de nuestra humanidad»: la Iglesia «está llamada a despertar a las conciencias dormidas en la indiferencia ante las realidades del mar Mediterráneo convertido, para muchos, para demasiados, en un cementerio”.

RAQUEL ANILLO/ AK

Discurso del papa Francisco

Discurso en la Curia Romana, Navidad 2019 (Foto: © Vatican Media)

«Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Queridos hermanos y hermanas:

Os doy la cordial bienvenida a todos vosotros. Agradezco al Cardenal Angelo Sodano las palabras que me ha dirigido, y sobre todo deseo expresarle mi gratitud, también en nombre de los miembros del Colegio Cardenalicio, por el valioso y oportuno servicio que ha realizado como Decano, durante tantos años, con disponibilidad, dedicación, eficiencia y gran capacidad organizativa y de coordinación. Con esa forma de actuar “rassa nostrana”, como diría Nino Costa [escritor piamontés]. Muchas gracias, Eminencia. Ahora les corresponde a los Cardenales Obispos elegir un nuevo Decano. Espero que elijan a alguien que se ocupe a tiempo pleno de ese cargo tan importante. Gracias.

A vosotros aquí presentes, a vuestros colaboradores, a todas las personas que prestan servicio en la Curia, como también a los Representantes Pontificios y a cuantos colaboran con ellos, os deseo una santa y alegre Navidad. Y a estos saludos añado mi agradecimiento por la dedicación cotidiana que ofrecéis al servicio de la Iglesia. Muchas gracias.

También este año el Señor nos ofrece la ocasión de encontrarnos para este gesto de comunión, que refuerza nuestra fraternidad y está enraizado en la contemplación del amor de Dios que se revela en la Navidad. En efecto, «el nacimiento de Cristo —ha escrito un místico de nuestro tiempo— es el testimonio más fuerte y elocuente de cuánto Dios ha amado al hombre. Lo ha amado con un amor personal. Es por eso que ha tomado un cuerpo humano al que se ha unido y lo ha hecho así para siempre. El nacimiento de Cristo es en sí mismo una “alianza de amor” estipulada para siempre entre Dios y el hombre»[1]. Y san Clemente de Alejandría afirma: «Por esta razón, el Hijo en persona vino a la tierra, se revistió de humanidad y sufrió voluntariamente la condición humana. Quiso someterse a las condiciones de debilidad de aquellos a quienes amaba, porque quería ponernos a nosotros a la altura de su propia grandeza»[2].

Considerando tanta bondad y tanto amor, el intercambio de saludos navideños es además una ocasión para acoger nuevamente su mandamiento: «Como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,34-35). Aquí, de hecho, Jesús no nos pide que lo amemos a Él como respuesta a su amor por nosotros; más bien nos pide que nos amemos unos a otros con su mismo amor. Nos pide, en otras palabras, que seamos semejantes a Él, porque Él se ha hecho semejante a nosotros. Que la Navidad, por tanto —como exhortaba el santo Cardenal Newman—, «nos encuentre cada vez más parecidos a quien, en este tiempo, se ha hecho niño por amor a nosotros; que cada nueva Navidad nos encuentre más sencillos, más humildes, más santos, más caritativos, más resignados, más alegres, más llenos de Dios»[3]. Y añade: «Este es el tiempo de la inocencia, de la pureza, de la ternura, de la alegría, de la paz»[4].

El nombre de Newman también nos recuerda una afirmación suya muy conocida, casi un aforismo, que se encuentra en su obra El desarrollo de la doctrina cristiana, que histórica y espiritualmente se coloca en la encrucijada de su ingreso en la Iglesia Católica. Dice así: «Aquí sobre la tierra vivir es cambiar, y la perfección es el resultado de muchas transformaciones»[5]. No se trata obviamente de buscar el cambio por el cambio, o de seguir las modas, sino de tener la convicción de que el desarrollo y el crecimiento son la característica de la vida terrena y humana, mientras, desde la perspectiva del creyente, en el centro de todo está la estabilidad de Dios[6].

Para Newman el cambio era conversión, es decir, una transformación interior[7]. La vida cristiana, en realidad, es un camino, una peregrinación. La historia bíblica es todo un camino, marcado por inicios y nuevos comienzos; como para Abrahán; como para cuantos, dos mil años atrás, en Galilea, se pusieron en camino para seguir a Jesús: «Sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron» (Lc 5,11). Desde entonces, la historia del pueblo de Dios —la historia de la Iglesia— está marcada siempre por partidas, desplazamientos, cambios. El camino, obviamente, no es puramente geográfico, sino sobre todo simbólico: es una invitación a descubrir el movimiento del corazón que, paradójicamente, necesita partir para poder permanecer, cambiar para poder ser fiel[8].

Todo esto tiene una particular importancia en nuestro tiempo, porque no estamos viviendo simplemente una época de cambios, sino un cambio de época. Por tanto, estamos en uno de esos momentos en que los cambios no son más lineales, sino de profunda transformación; constituyen elecciones que transforman velozmente el modo de vivir, de interactuar, de comunicar y elaborar el pensamiento, de relacionarse entre las generaciones humanas, y de comprender y vivir la fe y la ciencia. A menudo sucede que se vive el cambio limitándose a usar un nuevo vestuario, y después en realidad se queda como era antes. Recuerdo la expresión enigmática, que se lee en una famosa novela italiana: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie” (en Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa).

La actitud sana es, más bien, la de dejarse interrogar por los desafíos del tiempo presente y comprenderlos con las virtudes del discernimiento, de la parresia y de la hypomoné. El cambio, en este caso, asumiría otro aspecto: de elemento de contorno, de contexto o de pretexto, de paisaje externo… se volvería cada vez más humano, y también más cristiano. Sería siempre un cambio externo, pero realizado a partir del centro mismo del hombre, es decir, una conversión antropológica[9].

Nosotros debemos iniciar procesos y no ocupar espacios: «Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo. El tiempo da inicio a los procesos, el espacio los cristaliza. Dios se encuentra en el tiempo, en los procesos en curso. No es necesario privilegiar los espacios de poder respecto a los tiempos, incluso largos, de los procesos. Nosotros debemos iniciar procesos, más que ocupar espacios. Dios se manifiesta en el tiempo y está presente en los procesos de la historia. Esto hace privilegiar las acciones que generan dinámicas nuevas. Y reclama paciencia, espera»[10]. Por esto, urge que leamos los signos de los tiempos con los ojos de la fe, para que la dirección de este cambio «despierte nuevas y viejas preguntas con las cuales es justo y necesario confrontarse»[11].

Afrontando hoy el tema del cambio que se funda principalmente en la fidelidad al depositum fidei y a la Tradición, deseo volver sobre la actuación de la reforma de la Curia romana, reiterando que dicha reforma no ha tenido nunca la presunción de hacer como si antes no hubiese existido; al contrario, se ha apuntado a valorizar todo lo bueno que se ha hecho en la compleja historia de la Curia. Es preciso valorizar la historia para construir un futuro que tenga bases sólidas, que tenga raíces y por ello pueda ser fecundo. Apelar a la memoria no quiere decir anclarse en la autoconservación, sino señalar la vida y la vitalidad de un recorrido en continuo desarrollo. La memoria no es estática, es dinámica. Por su naturaleza, implica movimiento. Y la tradición no es estática, es dinámica, como dijo ese gran hombre [G. Mahler]: la tradición es la garantía del futuro y no la custodia de las cenizas.

Queridos hermanos y hermanas: En nuestros anteriores encuentros natalicios, os hablé de los criterios que han inspirado este trabajo de reforma. Alenté también algunas actuaciones que ya se han realizado, sea definitivamente, sea ad experimentum[12]En el año 2017, evidencié algunas novedades de la organización curial, como, por ejemplo, la Tercera Sección de la Secretaría de Estado, que lo está haciendo muy bien; o las relaciones entre la Curia romana y las Iglesias particulares, recordando también la antigua praxis de las Visitas ad limina Apostolorum; o la estructura de algunos Dicasterios, particularmente el de las Iglesias Orientales y otros para el diálogo ecuménico o para el interreligioso, en modo particular con el Judaísmo.

En el encuentro de hoy, quisiera detenerme en algunos de los otros Dicasterios partiendo desde el núcleo de la reforma, es decir de la primera y más importante tarea de la Iglesia: la evangelización. San Pablo VI afirmó: «Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar»[13]Evangelii nuntiandi, que sigue siendo el documento pastoral más importante después del Concilio y que es actual. En realidad, el objetivo actual de la reforma es que «las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación. La reforma de estructuras que exige la conversión pastoral sólo puede entenderse en este sentido: procurar que todas ellas se vuelvan más misioneras» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 27). Y entonces, inspirándose precisamente en este magisterio de los Sucesores de Pedro desde el Concilio Vaticano II hasta hoy, se consideró proponer para la nueva Constitución Apostólica que se está preparando sobre la reforma de la Curia romana el título de Praedicate evangelium. Es decir, una actitud misionera.

Por eso, mi pensamiento se dirige hoy a algunos de los Dicasterios de la Curia romana que explícitamente se refieren a esta cuestión en su denominación: la Congregación para la Doctrina de la Fe, la Congregación para la Evangelización de los pueblos; pienso también en el Dicasterio para la Comunicación y el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

Cuando estas dos primeras Congregaciones citadas fueron instituidas, estábamos en una época donde era más sencillo distinguir entre dos vertientes bastante bien definidas: un mundo cristiano por un lado y un mundo todavía por evangelizar por el otro. Ahora esta situación ya no existe. No se puede decir que las poblaciones que no han recibido el anuncio del Evangelio viven sólo en los continentes no occidentales, sino que se encuentran en todas partes, especialmente en las enormes conglomeraciones urbanas, que requieren una pastoral específica. En las grandes ciudades necesitamos otros “mapas”, otros paradigmas que nos ayuden a reposicionar nuestros modos de pensar y nuestras actitudes. Hermanos y hermanas: No estamos más en la cristiandad. Hoy no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados[14]. Por tanto, necesitamos un cambio de mentalidad pastoral, que no quiere decir pasar a una pastoral relativista. No estamos ya en un régimen de cristianismo porque la fe —especialmente en Europa, pero incluso en gran parte de Occidente— ya no constituye un presupuesto obvio de la vida común; de hecho, frecuentemente es incluso negada, burlada, marginada y ridiculizada. Esto fue evidenciado por Benedicto XVI cuando, al convocar el Año de la Fe (2012), escribió: «Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas»[15]. Y por eso fue instituido en el año 2010 el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, para «promover una renovada evangelización en los países donde ya resonó el primer anuncio de la fe y están presentes Iglesias de antigua fundación, pero que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de “eclipse del sentido de Dios”, que constituyen un desafío a encontrar medios adecuados para volver a proponer la perenne verdad del Evangelio de Cristo»[16]. A veces he hablado de esto con algunos de vosotros. Pienso en cinco países que han llenado el mundo de misioneros —os dije los que son—, y hoy no tienen recursos vocacionales para seguir adelante. Este es el mundo actual.

La percepción de que el cambio de época pone serios interrogantes a la identidad de nuestra fe no ha llegado, por cierto, improvisamente[17]. En tal cuadro se insertará también la expresión “nueva evangelización” adoptada por san Juan Pablo II, quien en la Encíclica Redemptoris missio escribió: «Hoy la Iglesia debe afrontar otros desafíos, proyectándose hacia nuevas fronteras, tanto en la primera misión ad gentes, como en la nueva evangelización de pueblos que han recibido ya el anuncio de Cristo» (n. 30). Es necesaria una nueva evangelización, o reevangelización (cf. n. 33).

Todo esto comporta necesariamente cambios y puntos de atención distintos tanto en los mencionados Dicasterios, como en la Curia en general[18].

Quisiera reservar también algunas consideraciones al Dicasterio para la Comunicación, creado recientemente. Estamos en la perspectiva del cambio de época, en cuanto «amplias franjas de la humanidad están inmersas en él de manera ordinaria y continua. Ya no se trata solamente de “usar” instrumentos de comunicación, sino de vivir en una cultura ampliamente digitalizada, que afecta de modo muy profundo la noción de tiempo y de espacio, la percepción de uno mismo, de los demás y del mundo, el modo de comunicar, de aprender, de informarse, de entrar en relación con los demás. Una manera de acercarse a la realidad que suele privilegiar la imagen respecto a la escucha y a la lectura incide en el modo de aprender y en el desarrollo del sentido crítico» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 86).

Por lo tanto, al Dicasterio para la Comunicación se le ha confiado el encargo de reunir en una nueva institución a los nueve organismos que, anteriormente, se ocuparon, de diversas maneras y con diferentes tareas, de la comunicación: el Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, la Sala de Prensa de la Santa Sede, la Tipografía Vaticana, la Librería Editrice VaticanaL’Osservatore Romano, la Radio Vaticana, el Centro Televisivo Vaticano, el Servicio de Internet Vaticano y el Servicio Fotográfico. Sin embargo, esta unificación, en línea con lo que se ha dicho, no proyectaba una simple agrupación “coordinativa”, sino una armonización de los diferentes componentes para proponer una mejor oferta de servicios y también para tener una línea editorial coherente.

La nueva cultura, marcada por factores de convergencia y multimedialidad, necesita una respuesta adecuada por parte de la Sede Apostólica en el área de la comunicación. Hoy, con respecto a los servicios diversificados, prevalece la forma multimedia, y esto también indica la manera de concebirlos, pensarlos e implementarlos. Todo esto implica, junto con el cambio cultural, una conversión institucional y personal para pasar de un trabajo de departamentos cerrados ―que en el mejor de los casos ofrecía una cierta coordinación― a un trabajo intrínsecamente conectado, en sinergia.

Queridos hermanos y hermanas: Mucho de lo dicho hasta ahora también es válido, en principio, para el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. También este se instituyó recientemente para responder a los cambios surgidos a nivel global, reuniendo cuatro Pontificios Consejos anteriores: Justicia y paz, Cor Unum, Pastoral para Migrantes y Operadores de la Salud. La coherencia de las tareas encomendadas a este Dicasterio se recuerda brevemente en el exordio del Motu Proprio Humanam progressionem que lo estableció: «En todo su ser y obrar, la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio. Este desarrollo se lleva a cabo mediante el cuidado de los inconmensurables bienes de la justicia, la paz y la protección de la creación». Se lleva a cabo en el servicio a los más débiles y marginados, especialmente a los migrantes forzados, que en este momento representan un grito en el desierto de nuestra humanidad. Por lo tanto, la Iglesia está llamada a recordar a todos que no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias, sino de personas humanas, hermanos y hermanas que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada. Está llamada a testimoniar que para Dios nadie es “extranjero” o “excluido”. Está llamada a despertar las conciencias adormecidas en la indiferencia ante la realidad del mar Mediterráneo, que se ha convertido para muchos, demasiados, en un cementerio.

Me gustaría recordar la importancia del carácter de integralidad del desarrollo. San Pablo VI afirmó que «el desarrollo no se reduce al simple crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre» (Carta enc. Populorum progressio, 14). En otras palabras, arraigada en su tradición de fe y remitiéndose en las últimas décadas a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, la Iglesia siempre ha afirmado la grandeza de la vocación de todos los seres humanos, que Dios creó a su imagen y semejanza para que formaran una única familia; y al mismo tiempo ha procurado abrazar lo humano en todas sus dimensiones.

Es precisamente esta exigencia de integralidad la que vuelve a proponernos hoy la humanidad que nos reúne como hijos de un único Padre. «En todo su ser y obrar, la Iglesia está llamada a promover el desarrollo integral del hombre a la luz del Evangelio» (M.P. Humanam progressionem). El Evangelio lleva siempre a la Iglesia a la lógica de la encarnación, a Cristo que ha asumido nuestra historia, la historia de cada uno de nosotros. Esto es lo que nos recuerda la Navidad. Entonces, la humanidad es la clave distintiva para leer la reforma. La humanidad llama, interroga y provoca, es decir, llama a salir y no temer al cambio.

No olvidemos que el Niño recostado en el pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que «son los privilegiados de este misterio y, a menudo, aquellos que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros» (Carta ap. Admirabile signum, 1 diciembre 2019, 6).

Queridos hermanos y hermanas: Se trata, por lo tanto, de grandes desafíos y equilibrios necesarios, a menudo difíciles de lograr, por el simple hecho de que, en la tensión entre un pasado glorioso y un futuro creativo y en movimiento, se encuentra el presente en el que hay personas que irremediablemente necesitan tiempo para madurar; hay circunstancias históricas que se deben manejar en la cotidianidad, puesto que durante la reforma el mundo y los eventos no se detienen; hay cuestiones jurídicas e institucionales que se deben resolver gradualmente, sin fórmulas mágicas ni atajos.

Por último, está la dimensión del tiempo y el error humano, con los que no es posible, ni correcto, no lidiar porque forman parte de la historia de cada uno. No tenerlos en cuenta significa hacer las cosas prescindiendo de la historia de los hombres. Vinculada a este difícil proceso histórico, siempre está la tentación de replegarse en el pasado —incluso utilizando nuevas formulaciones—, porque es más tranquilizador, conocido y, seguramente, menos conflictivo. Sin embargo, también esto forma parte del proceso y el riesgo de iniciar cambios significativos[19].

Aquí es necesario alertar contra la tentación de asumir la actitud de la rigidez. La rigidez que proviene del miedo al cambio y termina diseminando con límites y obstáculos el terreno del bien común, convirtiéndolo en un campo minado de incomunicabilidad y odio. Recordemos siempre que detrás de toda rigidez hay un desequilibrio. La rigidez y el desequilibrio se alimentan entre sí, en un círculo vicioso. Y, en este momento, esta tentación de rigidez es muy actual.

Queridos hermanos y hermanas: La Curia romana no es un cuerpo desconectado de la realidad —aun cuando el riesgo siempre esté presente—, sino que debe ser entendida y vivida en el hoy del camino recorrido por todos los hombres y las mujeres, en la lógica del cambio de época. La Curia romana no es un edificio o un armario lleno de trajes que ponerse para justificar un cambio. La Curia romana es un cuerpo vivo, y lo es tanto más cuanto más vive la integralidad del Evangelio.

El Cardenal Martini, en la última entrevista concedida pocos días antes de su muerte, pronunció palabras que nos deben hacer pensar: «La Iglesia se ha quedado doscientos años atrás. ¿Por qué no se sacude? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valentía? Sin embargo, el cimiento de la Iglesia es la fe. La fe, la confianza, la valentía. […] Sólo el amor vence el cansancio»[20].

La Navidad es la fiesta del amor de Dios por nosotros. El amor divino que inspira, dirige y corrige la transformación, y derrota el miedo humano de dejar “lo seguro” para lanzarse hacia el “misterio”.

¡Feliz Navidad para todos!

Como preparación para la Navidad, hemos escuchado las predicaciones sobre la Santa Madre de Dios. Dirijamos a ella antes de la bendición.

[Ave María y bendición]

Ahora me gustaría daros un regalo, un recuerdo: dos libros. El primero es el “documento”, digámoslo así, que deseaba realizar para el mes misionero extraordinario [octubre 2019], y lo hice como entrevista: Sin Él no podemos hacer nada. Me inspiró una frase, no sé de quién, que decía que cuando el misionero llega a un lugar ya está esperándolo el Espíritu Santo. Esta es la inspiración de este documento. Y el segundo es un retiro para sacerdotes realizado hace poco tiempo por D. Luigi Maria Epicoco; un retiro para sacerdotes: Alguien a quien mirar. Los doy de corazón para que sirvan a toda la comunidad. Gracias.

© Librería editorial  del Vaticano

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[1] Matta El Meskin, L’umanità di Dio, Qiqajon-Bose, Magnano 2015, 170-171.
[2] Quis dives salvetur 37, 1-6.
[3] Sermón “La encarnación, misterio de gracia”, en Parochial and Plain Sermons V, 7.
[4] Ibíd. V, 97-98.
[5] Meditazioni e preghiere, G. Velocci, Milán 2002, 75.
[6] En una oración suya, Newman afirmaba: «No hay nada estable fuera de ti, Dios mío. Tú eres el centro y la vida de todos los que, siendo mudables, confían en ti como en un Padre, y vuelven a ti los ojos, contentos de ponerse en tus manos. Sé, Dios mío, que debe operarse en mí un cambio, si quiero llegar a contemplar tu rostro» (ibíd., 112).
[7] Newman lo describe así: «En el momento de la conversión, yo mismo no me daba cuenta del cambio intelectual y moral que había tenido lugar en mi mente… tenía la impresión de entrar en el puerto después de una travesía agitada; por eso mi felicidad, desde entonces y hasta hoy, ha permanecido inalterable» (Apologia pro vita sua, A. Bosi, ed. Turín 1988, 360; cf. J. Honoré, Gli aforismi di Newman, LEV, Ciudad del Vaticano 2010, 167).
[8] Cf. J. M. Bergoglio, Mensaje de cuaresma a los sacerdotes y consagrados, 21 febrero 2007.
[9] Cf. Const. ap. Veritatis gaudium (27 diciembre 2017), 3: «Se trata, en definitiva, de cambiar el modelo de desarrollo global y redefinir el progreso: El problema es que no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos».
[10] Entrevista concedida al P. Antonio Spadaro: La Civiltà Cattolica,19 septiembre 2013, p. 468.
[11] Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Alemania, 29 junio 2019.
[12] Cf. Discurso a la Curia, 22 diciembre 2016.
[13] Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), 14. San Juan Pablo II escribió que «la evangelización misionera es que ésta constituye el primer servicio que la Iglesia puede prestar a cada hombre y a la humanidad entera en el mundo actual, el cual está conociendo grandes conquistas, pero parece haber perdido el sentido de las realidades últimas y de la misma existencia» (Carta enc. Redemptoris missio, 7 diciembre 1990, 2).
[14] Cf. Discurso a los participantes en el Congreso Internacional de la Pastoral de las Grandes Ciudades, Sala del Consistorio, 27 noviembre 2014.
[15] Carta ap. M.P. Porta fidei, 2.
[16] Benedicto XVI, Homilía, 28 junio 2010; cf. Carta ap. M.P. Ubicumque et semper, 17 octubre 2010.
[17] El cambio de época fue también advertido en Francia por el Card. Suhard (piénsese en su carta pastoral Essor ou déclin de l’Église, 1947) y por el entonces Arzobispo de Milán, G.B. Montini. También él se preguntaba si Italia fuese todavía una nación católica (cf. Prolusione alla VIII Settimana nazionale di aggiornamento pastorale, 22 septiembre 1958, en Discorsi e Scritti milanesi 1954-1963, vol. II, Brescia-Roma 1997, 2328).
[18] San Pablo VI, hace aproximadamente cincuenta años, presentando a los fieles el nuevo Misal Romano, evocó la ecuación entre la ley de la oración (lex orandi) y la ley de la fe (lex credendi), y describió el Misal como “demostración de fidelidad y vitalidad”. Concluyendo su reflexión afirmó: «No decimos por tanto “nueva Misa”, sino más bien “nueva época” de la vida de la Iglesia» (Audiencia general, 19 noviembre 1969). Es cuanto, análogamente, se podría decir también en nuestro caso: no una nueva Curia romana, sino más bien una nueva época.
[19] Evangelii gaudium enuncia la regla de «privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad» (n. 223).
[20] Entrevista a Georg Sporschill, S.J., y a Federica Radice Fossati Confalonieri: “Corriere della Sera”, 1 septiembre 2012.


Padre Fiorito: Discernimiento y profecía para «comunicar bien las gracias del Señor»

Discurso completo de Francisco.

(ZENIT).- El Santo Padre destacó que el sacerdote jesuita Miguel Ángel Fiorito (1916-2005), era un «farmacéutico de almas» que poseía «el carisma del discernimiento y de la profecía, en el sentido de comunicar bien las gracias del Señor que uno experimenta en su propia vida».

El pasado viernes, 13 de diciembre de 2019, el Papa Francisco presentó los 5 volúmenes de Escritos del jesuita Miguel Ángel Fiorito, padre espiritual del Pontífice, en la Casa General de la Compañía de Jesús.

Se trata de una obra editada por el padre jesuita José Luis Narvaja y publicada por Civiltà Cattolica.

El Papa Francisco repasó algunos momentos históricos de su trayectoria, expresando su gratitud y destacando las principales aportaciones y características que presentaba la figura de este formador de la Compañía de Jesús al que, como reza el título de sus escritos, considera «maestro del diálogo».

Discurso completo del Santo Padre

Presentación de los Escritos del Padre Fiorito, 13 Dic. 2019 (Foto: © Vatican Media)

Cuando el padre Spadaro me dio los cinco volúmenes con los Escritos del Maestro Fiorito – como familiarmente lo llamábamos los jesuitas de Argentina y Uruguay-, y habló de una posible presentación de esta edición de La Civiltà Cattolica, preparada por el padre José Luis Narvaja, me nació el deseo de hacerlo en persona. Así se lo expresé espontáneamente: “Y por qué no pensar en que la presentación la haga uno de sus discípulos?” “Quién puede ser”, me preguntó. “Yo”, le dije. Y acá estamos!

En su introducción, José Luis profundiza en la figura del padre Fiorito como «Maestro del diálogo». Me gustó ese título porque describe bien al Maestro con una paradoja, porque Fiorito hablaba poco, poniendo de relieve su gran capacidad de escucha -una escucha discernidora-, que es una de las columnas del diálogo.

Me remito, pues, a este estudio preliminar que trata todos los aspectos del diálogo tal como lo practicaba y enseñaba el padre Fiorito: el diálogo entre maestro y discípulos en el espíritu común de la Escuela, el diálogo con los autores y los textos, el diálogo con la historia y con Dios. Le tomo dos puntos que son los que me ayudaron a estructurar esta presentación, extendiendo algunas de las reflexiones que hago en el Prólogo, en el primer volumen.

Un punto es la expresión que usa Fiorito en su artículo sobre «La academia de Platón como Escuela ideal»: «Magister dixerit» («el Maestro diría…»[1]). Ante una nueva dificultad, no prevista como tal en lo que «el Maestro dijo», el buen discípulo, que se siente responsable del valor de la doctrina recibida, sabe ingeniárselas para defenderla y afirma: «el Maestro diría…»[2].

Al releer artículos pensaba qué diría el Maestro en una ocasión como esta. No tanto «qué diría» sino «cómo» lo diría. Aquí me inspiró otra cosa que destaca Narvaja y es que a Fiorito le gustaba considerarse un comentarista, en el sentido preciso de la palabra: uno que «comenta co-pensando (com-mentum); es decir, pensando junto con el (otro) autor[3]».

Lo mío quiere ser hoy, por tanto, un comentario: un pensar con Fiorito, con Narvaja, algunas cosas que me hicieron mucho bien y pueden ayudar a otro. Me muevo con libertad por los textos, ya que esa es la gracia que nos regala el trabajo realizado de editarlos todos juntos y con el aparato crítico adecuado.

Qué se preguntaría Fiorito acerca de una edición como esta de sus Escritos? Quizás en primer lugar, si valdría la pena ya que él no es un autor conocido, salvo quizás en un ámbito restringido de estudiosos de San Ignacio. Pero sí creo que estaría de acuerdo en que sus Escritos pueden interesar a los que acompañan espiritualmente y dan los Ejercicios, ya que se trata de gente siempre deseosa de encontrar quién los pueda ayudar de manera práctica a guiar a otros y dar los Ejercicios con más fruto.

Fiorito no hizo mucho por darse a conocer a sí mismo, pero como buen maestro, hizo conocer muchos buenos autores a sus discípulos. Más aún: nos hacía gustar lo mejor de los mejores, eligiendo textos selectos y comentándolos en el Boletín de Espiritualidad de la provincia jesuítica en Argentina que publicaba mensualmente. Era un hombre siempre a la pesca de los signos de los tiempos, atento a lo que el Espíritu dice a la Iglesia para bien de los hombres, en la voz de una gran variedad de autores, actuales y clásicos, y los textos que comentaba respondían a las inquietudes -no solo las del momento, sino también las más hondas- y despertaban propuestas nuevas, creativas. En este sentido, seguir dando a conocer a los que él daba a conocer, le parecería valioso.

Fue en un encuentro con los jesuitas de Myanmar y de Bangladesh que mencioné su nombre, creo que por primera vez. Uno de los jesuitas, un formador, me había preguntado qué modelo proponía para un jesuita joven y me vinieron dos imágenes, una de uno, no muy positiva, la otra en cambio sí y era de Fiorito. “Era un professore di filosofia, preside della Facoltà, ma amava la spiritualità. E insegnava a noi studenti la spiritualità di sant’Ignazio. È stato lui a insegnarci la via del discernimento[4]”. Recuerdo que dije que deseaba mencionarlo allí en Myanmar, porque creía que nunca se hubiera imaginado que su nombre pudiera ser citado en aquellas partes tan lejanas. Menos que menos -imagínense- en un acontecimiento como el de hoy!

Sin embargo, sí estará contento, estoy seguro, de que sus Escritos hayan sidos editados por uno de sus discípulos. Y de que sean presentados hoy por otro. El verdadero maestro en sentido evangélico se alegra de que sus discípulos lleguen a ser también ellos maestros y él mismo conserva siempre su condición de discípulo.

Como hace ver Narvaja, fue Fiorito quien nos transmitió ese «espíritu de escuela» en el que «‹la propiedad intelectual tiene sentido comunitario›, pues ‹ningún discípulo se siente tan dueño de la herencia de su maestro, que quiera excluir de ella a los demás. Al contrario, la quiere comunicar, multiplicando los poseedores felices del mismo tesoro espiritual. Más aún, quiere comunicar la misma comunicabilidad». Citaba aquí Fiorito la luminosa expresión de Agustín al respecto, en su «De doctrina Christiana (I 1): ‹Todo objeto que no disminuye cuando se da, mientras se tiene y no se da, no se tiene como debe ser tenido[5]›».

Presentar los Escritos en este recinto de la Curia General es para mí una manera de expresar el agradecimiento que tengo por todo lo que la Compañía de Jesús me ha dado y ha hecho por mí. En la persona del Maestro Fiorito están incluidos tantos jesuitas que fueron mis formadores, y aquí quiero hacer una mención especial a tantos hermanos coadjutores, Maestros con el ejemplo alegre de permanecer siendo simples servidores toda la vida.

Al mismo tiempo es un modo también de agradecer y de animar a tantos hombres y mujeres que, fieles al carisma del acompañamiento espiritual, guían, sostienen y alientan a sus hermanos en esta tarea que en la reciente Carta a los sacerdotes describí como el camino que conlleva “hacer la experiencia de saberse discípulos[6]”. No solo serlo -que ya es tanto- sino también saberlo (reflexionando a menudo sobre esta gracia para sacar provecho, como dice Ignacio en los Ejercicios), porque esta conciencia de que el Señor no enseña ni solo ni desde una cátedra lejana, sino que hace “Escuela” y enseña rodeado de discípulos que a su vez son maestros de otros, vuelve fecunda su Palabra y la multiplica.

Como digo en el Prólogo: “La edición de los Escritos del padre Miguel Ángel Fiorito es motivo de consolación para los que fuimos y somos sus discípulos y nos nutrimos de sus enseñanzas. Son escritos que harán un gran bien a toda la Iglesia”. Así lo creo.

Un poco de historia

Para los jesuitas argentinos, releer los textos de estos volúmenes es releer nuestra historia: incluyen setenta años de nuestra vida de familia y el orden cronológico en el que aparecen nos permite evocar su contexto. No solo el inmediato y particular, sino también el más amplio, el de la Iglesia universal, que Fiorito, siguiendo a Hugo Rahner llama “la metahistoria de una espiritualidad[7]”.

“Existe una metahistoria, que no se descubre a veces directamente en documentos, pero que se basa en la identidad de una inteligencia mística, y se debe a la acción continua de un mismo Espíritu Santo, invisiblemente presente en su Iglesia visible, y que es la razón última, pero trascendente, de esa homogeneidad espiritual” que se da entre cristianos diversos de distintas épocas. Fiorito hace suya la perspectiva desde la cual un santo, a quien canonicé recientemente, como John Henry Newman, contemplaba a la Iglesia: “Jamás pierde la Iglesia católica lo que una vez poseyó (…) En lugar de pasar de una fase de la vida a la otra, Ella lleva consigo su juventud y su madurez en su misma vejez. No ha cambiado la Iglesia sus posesiones, sino que las ha acumulado y, según la ocasión, extrae de su tesoro cosas nuevas o cosas viejas [8]”.

En esta dinámica extraigo aquí algunas fechas y publicaciones significativas a manera de ejemplo.

Conocí a Fiorito en el año 1961, al regreso de mi juniorado en Chile. Era profesor de Metafísica en el Colegio Máximo de San José, nuestra casa de formación en San Miguel, en la provincia de Buenos Aires. Desde entonces comencé a confiarle mis cosas, a dirigirme con él. Se encontraba en un proceso profundo que lo habría llevado a dejar de enseñar filosofía para dedicarse totalmente a escribir de espiritualidad y a dar Ejercicios. El volúmen II, en el año 1961-62, incluye un sólo artículo: «El Cristocentrismo del Principio y Fundamento de San Ignacio[9]. Uno solo, pero que para mí fue inspirador. Allí comencé a familiarizarme con algunos autores que me acompañan desde entonces: Guardini, Hugo Rahner, con su libro sobre la génesis histórica de la espiritualidad de san Ignacio[10], Fessard y su «Dialéctica de los Ejercicios».

Fiorito hacía notar, en aquel entonces, «la coincidencia de la imagen del Señor, sobre todo en San Pablo, tal cual la explica Guardini y la imagen del Señor, tal cual creemos nosotros encontrarla en los Ejercicios de san Ignacio[11]». Sostenía Fiorito que en el Principio y fundamento no se trataba solo de Cristocentrismo sino de una verdadera «Cristología en germen». Y mostraba cómo cuando Ignacio usa la expresión «Dios nuestro Señor», está hablando concretamente de Cristo, del Verbo hecho carne, Señor no solo de la historia, sino también de nuestra vida práctica.

Destaco también la figura de Hugo Rahner. No me resisto a transcribir algunos párrafos en que el Maestro, que era parco para hablar y doblemente parco para hablar de sí, cuenta su conversión a la espiritualidad. Lo cuento porque marcó toda una etapa de la vida de nuestra Provincia y marca lo que en mi pontificado tiene que ver con el discernimiento y el acompañamiento espiritual.

«Yo por mi parte -escribía Fiorito en 1956- confieso que hace tiempo vengo pensando en la espiritualidad ignaciana. Por lo menos desde que hice mis primeros Ejercicios Espirituales en serio sintiendo en mí un vaivén de espíritus contrarios, que poco a poco se iban personalizando en dos términos de una opción personal. (…) (Venía pensando, dice…) «Hasta que la lectura de un libro, venido a mis manos de la manera más vulgar y prosaica -como libro de lectura para aprender alemán- fue para mí, no digamos la revelación luminosa de una posibilidad de expresión, sino la expresión acabada de aquel ideal hacía tiempo intuido». Fiorito agrega que: «Lo que hubiera debido ser mi trabajo de muchos años, era la instantánea aceptación de los resultados de un trabajo ajeno».

Hugo Rahner hizo cuajar en el alma del maestro -y él luego en la de muchos otros- tres gracias: la del «magis ignaciano, que era la marca de la capacidad anímica de Ignacio y el margen sin límites de sus aspiraciones; la del discernimiento de espíritus, que le permitía al santo encauzar esa potencia, sin tanteos inútiles ni tropiezos. Y la de la charitas discreta, que así afloraba en el alma de Ignacio como contribución personal en la lucha que se venía trabando entre Cristo y Satanás; y cuya línea de combate no estaba fuera del santo, sino que pasaba por el medio de su misma alma, divida así en dos yo, que eran las dos únicas alternativas posibles para su opción fundamental[12]». De aquí sacará Fiorito no solo el contenido sino el estilo de sus «comentarios», como decíamos al comienzo.

Otra fecha: 1983. Fue el año de la Congregación General XXXIII en la que escuchamos las últimas homilías del Padre Arrupe. Fiorito escribió sobre la «Paternidad y discreción espiritual[13]». Tomo este artículo porque allí da una definición de lo que quiere significar cuando utiliza el término «espiritual». He usado el término al hablar de su conversión a «la espiritualidad» y me parece que retomar aquella definición ayuda puesto que al sentir esta palabra muchas veces en la actualidad se la interpreta de manera reductiva. Fiorito la tomaba de Orígenes para quien: «Hombre espiritual es aquel en que se juntan ‘teoría’ y ‘práctica’; cuidado del prójimo y carisma espiritual en bien del prójimo. Y entre estos carismas -hacía ver Fiorito- Orígenes recalca sobre todo el carisma que llama diakrisis, o sea, el don de discernir la variedad de espíritu(s)[14]…». Fiorito desarrolla en el artículo lo que es y lo que requiere la paternidad y la maternidad espiritual. Qué se necesita para serlo? se pregunta: «Tener dos carismas: el discernimiento de espíritus o discreción y el poder comunicarlo de palabra en la conversación espiritual[15]». No basta el discernimiento, las ideas justas y discretas hay que saberlas expresar; si no, no están al servicio de los demás[16]». Este es el carisma de la «profecía», entendida no como el conocimiento del futuro sino como la comunicación de una experiencia espiritual personal.

La última vez que lo vi fue poco antes de su muerte, que ocurrió el 9 de agosto del 2005. Recuerdo que era un domingo temprano y hacía poco que había sido su cumpleaños. Estaba internado en el Hospital Alemán. Desde hacía varios años que ya no hablaba. Solo miraba. Intensamente. Y lloraba. Con lágrimas mansas que comunicaban la intensidad con que vivía los encuentros con cada uno. Fiorito tenía el don de lágrimas, que es expresión de consolación espiritual[17].

Hablando de la mirada del Señor en la primera semana de Ejercicios Fiorito comentaba la importancia que les daba San Benito a las lágrimas y decía que: «Las lágrimas son un signo apenas perceptible de la dulzura de Dios que casi no se manifiesta en lo exterior, pero que no cesa de impregnar el corazón en el recogimiento[18]».

Me viene al corazón algo que puse en Gaudete et exsultate: «La persona que ve las cosas como son realmente, se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo» (GE 76).

Tenía, además, (esto como anécdota simpática) el don del bostezo. Cuando le estabas dando cuenta de conciencia a veces el Maestro comenzaba a bostezar. Lo hacía ostensiblemente, sin ocultarlo. Y no era que se aburriera, sino que le venía y él decía que a veces «te sacaba el mal espíritu». Expandiendo el alma contagiosamente, como hace el bostezo a nivel físico, tenía ese efecto a nivel espiritual.

Maestro del diálogo

Comento libremente algunas cosas que me sugiere el título de Maestro del diálogo. En la Compañía, el nombre de Maestro es un nombre especial, lo reservamos al Maestro de Novicios y al Instructor de Tercera Probación. El padre General lo había nombrado instructor de Tercera probación, y lo fue por muchos años. Nunca fue maestro de novicios pero como Provincial lo destiné a vivir en el noviciado; era hombre de consejo para el maestro y un referente para los novicios.

Ser maestro, ejercer el “munus docendi”, no consiste solo en transmitir el contenido de las enseñanzas del Señor, en su pureza e integridad, sino en que estas enseñanzas, inculcadas con el mismo Espíritu con que se reciben, “hagan discípulos”, transformen a los que las escuchan en seguidores de Jesús, en discípulos misioneros, libres, no prosélitos, apasionados por recibir, practicar y salir a anunciar las enseñanzas del único Maestro como él nos mandó: a los hombres y mujeres de todos los pueblos.

El verdadero maestro, en sentido evangélico, siempre es discípulo. El Señor en Lucas, hablando de los ciegos que quieren guiar a otros ciegos, como imagen de lo que sería un “anti-maestro”, dice: “El discípulo no está por encima de su maestro, sino que bien ejercitado, llegará a ser cómo su maestro” (Lc 6, 40).

Me gusta entender así este pasaje: no ponerse por encima del maestro no es solo no ponerse por encima de Jesús -nuestro único Maestro-, sino tampoco ponermos por encima de nuestros maestros humanos. Es de buen discípulo honrar a su maestro, incluso cuando como discípulos nos toca llevar más adelante alguna enseñanza, o más bien, precisamente allí, ya que el progreso en el conocimiento es posible porque el buen maestro sembró la semilla haciendo hincapié, con su estilo propio, en que es semilla viva, que crece y se supera. Y cuando discernimos bien lo que el Espíritu dice aplicando el evangelio en el momento y de la manera oportuna para salvación de alguien, somos “como el maestro”. El Señor aplica esta afirmación a ese tipo de enseñanza que no consiste solo en palabras sino en obras de misericordia. Fue en su lavatorio de los pies que el Maestro dijo que si, sabiendo estas cosas, obramos como Él, seremos como Él (Cfr. Jn 13, 14-15).

A propósito de la misericordia: Los escritos de Fiorito destilan misericordia espiritual – enseñanzas para el que no sabe, buenos consejos para el que los ha menester, corrección para el que yerra, consolación para el triste y ayudas para estar en paciencia en la desolación «sin hacer mudanza», como dice San Ignacio-, gracias todas que conforman y se sintetizan en esa gran obra de misericordia espiritual que es el discernimiento. El discernimiento nos sana de la enfermedad más triste y digna de compasió: la ceguera espiritual, que nos impide reconocer el tiempo de Dios, el tiempo de su visita.

Algunas características particulares del Maestro Fiorito

Una característica que sobresale en Fiorito la describiría con esta expresión: en el acompañamiento espiritual, cuando le contabas tus cosas, él «se tenía fuera». Te reflejaba lo que te pasaba y luego te daba libertad, no exhortaba ni hacía juicios. Te respetaba. Creía en la libertad.

Al decir que «se tenía fuera» no me refiero a que no se interesara o no se conmoviera con tus cosas, sino que se mantenía fuera, en primer lugar, para poder escuchar bien. Fiorito era maestro del diálogo antes que nada escuchando. El tenerse fuera del problema era su modo de dar espacio a la escucha, para que uno pudiera decir todo lo que tenía adentro, sin interrupciones, sin preguntas… Te dejaba hablar.

Escuchaba poniendo el corazón a disposición, para que el otro pudiera sentir, en la paz que el Maestro tenía, lo que inquietaba al suyo. De manera tal que a uno le daban ganas de “ir a conferir con Fiorito”, como decíamos, de “ir a contarle”, cada vez que uno sentía lucha espiritual en su interior, movimientos encontrados de espíritus con respecto a alguna decisión que debía afrontar. Sabíamos que le apasionaba escuchar de estas cosas, tanto o más de lo que al común de la gente le apasiona escuchar las últimas noticias. Ir a conferir con Fiorito era una frase habitual en el Máximo. La decíamos los superiores, nos la decíamos a nosotros mismos y se lo recomendábamos a los que estaban en formación.

El “tenerse fuera”, además de cuestión de escucha, era una actitud de señorío ante los conflictos, un modo de poner distancia para no quedar envuelto en ellos, cosa que sucede a menudo y hace que el que tendría que escuchar y ayudar, entre en cambio a formar parte del problema, tomando posición o mezclando sus sentimientos y perdiendo objetividad.

En este sentido, sin pretensiones teóricas, sino de manera práctica, Fiorito fue el gran «desideologizador» de la Provincia en una época muy ideologizada.

Desideologizó despertando la pasión por dialogar bien, con un mismo, con los otros y con el Señor. Y a “no dialogar” con la tentación, a no dialogar con el mal espíritu, con el Maligno.

La ideología siempre es un monólogo con una sola idea y Fiorito ayudaba a distinguir las voces del bien y del mal; de la propia voz y eso abría la mente porque abría el corazón a Dios y a los demás.

En el diálogo con los demás, una habilidad que tenía era la de «pescar» y hacer ver al otro la tentación del mal espíritu en una palabra o en un gesto, de esos que se cruzan en medio de un discurso muy razonable o aparentemente bien intencionado. Fiorito te preguntaba por «esa expresión que habías usado» (que generalmente denotaba desprecio por el otro…) y te decía: “Estás tentado!” y mostrando la evidencia, se reía con franqueza y sin escandalizarse. Encarecía la objetividad de la expresión que uno mismo había usado, sin juzgarte.

Se puede decir que el maestro cuidaba el diálogo comunitario cuidándolo en su conversación personal con cada uno. No era de intervenir mucho en público. En las reuniones comunitarias en que participabamá bien tomaba notas, escuchando en silencio. Y luego “respondía” -todos lo esperabamos- con el tema del siguiente “Boletín de Espiritualidad” o con alguna hojita de “Estudio, oración y acción”. De alguna manera esto se sabía y se transmitía y uno iba a leer en el Boletín “lo que opinaba el Maestro” de los temas que nos preocupaban o que estaban en boga, leyendo “entre líneas”.

Eso sí, no siempre el Boletín estaba necesariamente ligado a la coyuntura. Hay escritos, como el que analiza Narvaja a raíz del artículo de Fiorito sobe la Academia de Platón, que tienen actualidad hoy y permiten “leer” toda una época nuestra en esta clave de la relación entre maestro y discípulos en el espíritu de la misma Escuela.

Fiorito cuidaba que hubiera buen espíritu en la Provincia y en la comunidad. Si había buen espíritu, entonces no solo “dejaba andar”, sino que escribía sobre algo que “invitaba a más”. Abría horizontes.

En tercer lugar, este «tenerse fuera» se puede describir también mostrando cómo se logra: «manteniéndose uno mismo en paz», para que sea el Señor mismo el que «mueva» al otro, lo inquiete en el buen sentido, y también lo pacifique en el bien obrar.

Se trata de un mantenerse en paz activo, rechazando las propias tentaciones contra la paz para ayudar al otro a pacificar las suyas: las de la culpa y el reproche por el pasado, la de la ansiedad por el futuro (los futuribles) y la de la inquietud y distracción en el presente. Fiorito te pacificaba con su no apuro por lo coyuntural. Primero te pacificaba con su silencio, con su no asustarse por nada, con su escucha de largo aliento, hasta que uno decía lo que tenía en el fondo del alma y decidía lo que el buen espíritu le inspiraba. Entonces el Maestro te confirmaba, a veces con un simple «Está bien».

Ignacio aconseja al que da a otro los Ejercicios que «no se decante ni se incline a una parte ni a otra; mas estando en medio, como un peso, deje inmediate obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor» (EE 15). Aunque fuera de los Ejercicios es lícito «mover al otro» Fiorito privilegiaba la actitud de no inclinarse hacia una parte o a otra, para que «el mismo Criador y Señor se comunique a la persona, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndola por la vía que mejor podrá servirle adelante». Gracias a este «mantenerse fuera» era referente para todos sin sombra de parcialidad. Eso sí, en el momento oportuno, cuando el que estaba haciendo ejercicios con él lo necesitaba -ya fuera porque estaba bloqueado por alguna tentación o, por el contrario, porque estaba en buena disposición para hacer su elección, el Maestro intervenía con fuerza y decisión para decir lo suyo y luego, de nuevo «se tenía fuera», dejando que Dios obrara con el ejercitante.

En este sentido puedo decir que sabía poner los acentos. Algunos los grabó a fuego y los imprimió como un sello en la Provincia. Por ejemplo: que la lucha espiritual, el movimiento de espíritus, es buena señal; que proponer “algo más” mueve los espíritus, cuando la cosa está sospechosamente calma; que hay que buscar siempre la paz en el fondo del alma para poder discernir estos movimientos de espíritus sin que “el agua está revuelta”…. El “No dejarse achicar por las cosas grandes y sin embargo dejarse contener en lo pequeño, eso es de Dios”[19], con que se caracteriza a Ignacio, siempre estaba presente en sus reflexiones.

Una segunda característica: no exhortaba. Te escuchaba en silencio y luego, en vez de hablar, te daba una «hojita» que sacaba de su biblioteca. La biblioteca de Fiorito tenía esta peculiaridad: además de la parte común -digamos-, con estantes y libros, tenía otra parte que ocupaba toda una pared de casi seis metros por cuatro de alto, formada por pequeños cajones, en cada uno de los cuales ponía -clasificadas- sus «hojitas», fichas de estudio, oración y acción, cada una con un solo tema de los Ejercicios o de las Constituciones de la Compañía, por ejemplo, que él se levantaba a buscar, subiendo a veces peligrosamente una escalera, para entregar sin muchas palabras al ejercitante en respuesta a alguna inquietud que este le había planteado o que él mismo había discernido al escucharlo hablar de sus cosas.

Había algo allí en esos cajones, cada uno con su papelito… Era como si el consejo que uno necesitaba o el remedio para algún mal del alma, ya estuviera previsto desde siempre… Tenía algo de farmacia esa biblioteca. Y Fiorito algo de sabio farmacéutico del alma. Pero era más que eso, porque Fiorito no era un confesor. Confesaba, ciertamente, pero tenía otro carisma además de este común a todo sacerdote que es ser ministro de la misericordia del Señor. Es ese carisma del hombre espiritual del que hablaba al comienzo, citando a Origenes: el carisma del discernimiento y de la profecía, en el sentido de comunicar bien las gracias del Señor que uno experimenta en su propia vida. Porque de esos cajoncitos no solo salían remedios sino sobre todo cosas nuevas, cosas del Espíritu que estaban a la espera de la pregunta justa, del deseo fervoroso de alguno, que allí encontraba el tesoro de una formulación discreta para encauzarlo y ponerlo en práctica con fruto en el futuro.

Una tercera característica que recuerdo es que el Maestro Fiorito no era celoso. No era un hombre celoso: escribía y firmaba con otros, publicaba y destacaba el pensamiento de otros, limitando el suyo muchas veces a simples notas, que en realidad, como se puede ver mejor ahora, gracias a esta edición de sus Escritos, eran de suma importancia, ya que hacían ver lo esencial y lo actual de otro pensamiento.

El ejemplo mas acabado de la fecundidad de este modo de trabajar intelectualmente en Escuela, es, a mi juicio, la edición con notas y comentarios del «Memorial» de Fabro que Fiorito hizo junto con Jaime Amadeo. Un verdadero clásico. Sin rasgos de ideología ni de esa erudición que es solo para eruditos, sino una obra que nos pone en contacto con el alma de Fabro, con su limpidez y dulzura, con su capacidad de diálogo con todos, fruto de su discreción espiritual, y su maestría en dar los Ejercicios. El Maestro tenía mucho de la sensibilidad de Fabro, en tensión polar con una mente más bien fría y objetiva, como ingeniero que era.

La cuarta característica que me parece necesario comentar, en este intento de hacer presentar su figura, es que no hacía juicios. Solo a veces. Conmigo, dos veces, que yo recuerde. Y me quedó grabado el modo. El juicio él lo hacía de esta manera: “Fíjese – te decía- que esto que usted dice es igual a esto que dice la Biblia, a esta tentación que está en la Biblia. Y después dejaba que uno lo rezara y sacara sus conclusiones.

Destaco aquí que Fiorito tenía un olfato especial para «oler» el mal espíritu; sabía detectar su acción, reconocer sus tics, desenmascararlo por sus malos frutos, por el regusto de mal sabor y el rastro de desolación que deja a su paso. En este sentido, se puede decir que fue hombre de combate contra un solo enemigo: el mal espíritu, Satanás, el demonio, el tentador, el acusador, el enemigo de nuestra naturaleza humana. Entre la bandera de Cristo y la de Satanás, hizo su opción personal por nuestro Señor. En todo lo demás buscó discernir «el tanto… cuanto» y con cada persona fue padre amable, maestro paciente y adversario firme -cuando se dio el caso-, pero siempre respetuoso y leal. Nunca enemigo.

Por último, algo muy notable en él. Con los «cabeza dura», tenía mucha paciencia. Ante estos casos, que impacientaban a otros, solía recordar que Ignacio había sido muy paciente con Simón Rodríguez. Si uno era testarudo e insistía con lo propio te dejaba hacer tu proceso, te daba tiempo. Era un Maestro en esto de no apurar los tiempos, de esperar a que el otro se diera cuenta solo de las cosas. Respetaba los procesos.

Y ya que mencioné a Simón Rodríguez, puede venir bien recordar el caso. Simón Rodriguez siempre fue «desasosegado». No hizo el mes entero en soledad como los otros, tardó en hacer la profesión. Estaba destinado a ir a la India pero al final se quedó en Portugal, donde hizo todo lo posible por quedarse para siempre a pesar de que Ignacio, para bien suyo y de los jesuitas de allá, lo quería trasladar. Fiorito cuenta que Ribadeneyra, en un manuscrito inédito titulado Tratado de las persecuciones que ha sufrido la Compañía de Jesús, considera que »una de las más terribles y más peligrosas tormentas que ha padecido la Compañía, después que se fundó, viviendo aún nuestro Bienaventurado Padre Ignacio, fue una movida, no de los enemigos, sino de los propios hijos de ella, no de los vientos de fuera, sino de la turbación intrínseca del mismo mar, que fue de esta manera (…) Navegando, pues, la Compañía con tan prósperos vientos, el enemigo de todo bien la desasosegó, tentando al mismo P. Simón y desvaneciéndole con aquel fruto que Dios había obrado por él, y haciendo que quisiese para sí lo que era de su Bienaventurado. Padre Ignacio y de toda la Compañía, comenzó a mirar las cosas de Portugal, no como una obra de este cuerpo, sino hechura y obra suya y quererla él gobernar sin la obediencia y dependencia de su cabeza, pareciéndole que él (tenía) en los Reyes de Portugal tanto favor que él podría fácilmente hacerlo sin otros recursos a Roma; y como casi todos los religiosos de tal Compañía que vivían en aquel Reino eran hijos y súbditos suyos y él los había recibido y criado, no conocían otro Padre ni Superior, sino al Mtro. Simón, y le amaban y respetaban como si él fuera el principal fundador de la Compañía; para lo cual ayudaba también el ser él de su condición blando y amoroso y enemigo de apretar mucho a los otros: que son cosas eficaces para ganar los ánimos y voluntades de los súbditos, que conforme a la flaqueza humana, comúnmente desean que se condescienda con lo que ellos quieren, y ser llevados por amor[20]».

Ignacio tenía mucha paciencia. Y Fiorito lo imitaba. Hasta en estos relatos era capaz de ver lo bueno en Simón Rodríguez. Destacaba su franqueza para con Ignacio, cómo le decía las cosas de frente. Lo cierto es que a la larga, esta paciencia dió sus frutos, porque de hecho las «rebeldías» de Simón Rodríguez quedaron como anécdotas, no se consolidaron ni tomaron cuerpo más allá de él, y nos valieron cartas como la de San Ignacio a los de Coimbra. Esta gran paciencia es la virtud fundamental del verdadero Maestro, que apuesta a la acción del Espíritu Santo en el tiempo y no a la propia.

Conclusión
Como jesuita, al Maestro Miguel Ángel Fiorito le cabe la imagen del Salmo 1, la del árbol plantado al borde de la acequia, que da fruto en su sazón. Como este árbol de la Escritura, Fiorito supo dejarse contener en el mínimo espacio de su pieza del el Colegio Máximo de San José, en San Miguel , Argentina, y allí echó raíces y dio frutos, como bien lo expresa su nombre, en los corazones de los que somos discípulos de la Escuela de los Ejercicios. Espero que ahora, gracias a esta bella edición de sus Escritos, que tienen la altura de un sueño grande, echará raíces y dará flores y frutos en la vida de tantas personas que se nutren de la misma gracia que él recibió y supo comunicar discretamente dando y comentando los Ejercicios Espirituales.

A. FIORITO, Escritos I (1952-1959), Roma, La Civiltà Cattolica, 2019, 188. (Citaré Escritosnº de Volúmen y nº de página).
J. L. NARVAJA, Introducción, Escritos I, 16.
Ibíd., 20-22.
FRANCESCO, «Esser nei crocevia della storia», Conversazioni con i gesuiti del Myanmar e del Bangladesh, La Civiltà Cattolica, 2017 IV, 525.
Escritos I, 18.
FRANCISCO, Carta a los sacerdotes en el 160 aniversario de la muerte del cura de Ars, 4 de agosto de 2019.
Escritos I, cit., 165-170.
H. NEWMAN santo, La mission de saint Benoit, Paris, 1909, 10.
Escritos II, 27-51.
Escritos I, 164.
Escritos I, 51 nota 88.
Escritos I, 163-164.
Escritos V, 176-189.
Escritos V,
Escritos V, 179.
Escritos V, 181.
«Llamo consolación cuando viene a inflamarse en amor de su Creador y Señor. Asimismo cuando lanza lágrimas que la mueven a amor de su Señor» (EE 316).
A. FIORITO, Buscar y hallar la voluntad de Dios, Bs. As., Paulinas, 2000, 209.
«Non coerceri a maximo, contineri tamen a minimum, divinum est».
Escritos V, 157 nota 8.

© Librería Editorial Vaticana


Papa Francisco: El belén, “una manera auténtica de comunicar el Evangelio”

A los donantes del árbol y belén vaticanos.

(ZENIT).-  El Papa Francisco recordó su reciente visita a Greccio y su Carta sobre el belén, resaltando que esta es una tradición que se debe transmitir de unas generaciones a otras, como “una manera auténtica de comunicar el Evangelio, en un mundo que a veces parece tener miedo de recordar lo que realmente es la Navidad, y borra los signos cristianos para conservar sólo los de un imaginario banal, comercial”.

El 5 de diciembre de 2019, el Santo Padre Francisco recibió en audiencia a las delegaciones de las regiones italianas del Trentino y del Véneto que han regalado el árbol de Navidad y el belén de la plaza de San Pedro.

Audiencia con los donantes del Árbol de Navidad y del Belén, 5 Dic 2019
(Foto: © Vatican Media)

En el día en el que se inauguran ambas donaciones y, “unidos por el recuerdo común de la tormenta del otoño pasado que devastó muchas zonas de las tres provincias vénetas”, Francisco quiso “renovar mi aliento” a estas poblaciones: “Son acontecimientos que nos asustan, son señales de alerta que nos envía la creación, y que nos piden que tomemos decisiones efectivas de inmediato para salvaguardar nuestra casa común”, indicó.

Después, el Papa dio las gracias por los regalos que le han ofrecido y destacó que le agrada saber que para sustituir a las plantas removidas se replantearán 40 abetos en los bosques perjudicados por la citada tormenta.

Igualmente, señaló que el abeto rojo “representa un signo de esperanza, especialmente de vuestros bosques, para que se limpien lo antes posible y comenzar así el trabajo de reforestación”.

Por otro lado, con respecto a los belenes, el de la plaza de San Pedro y el del aula Pablo VI, el Obispo de Roma indicó que ayudarán a contemplar la natividad del Señor.

LARISSA I. LÓPEZ

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Me alegra recibiros el día en que se presentan el belén y el árbol de Navidad, en la Plaza de San Pedro, unidos por el recuerdo común de la tormenta del otoño pasado que devastó muchas zonas de las tres provincias vénetas. Os saludo a todos, empezando por mis hermanos obispos, a quienes agradezco sus palabras. Expreso mi profunda gratitud a las autoridades civiles, que han sostenido el regalo de estos dos símbolos religiosos navideños. Expresan el afecto de los pueblos de las provincias de Trento, Vicenza y Treviso, en particular de algunas localidades situadas en los territorios de las diócesis de Trento, Padua y Vittorio Véneto.

El encuentro de hoy me brinda la oportunidad de renovar mi aliento a vuestras poblaciones, que el año pasado sufrieron una catástrofe natural devastadora, que destruyó bosques enteros. Son acontecimientos que nos asustan, son señales de alerta que nos envía la creación, y que nos piden que tomemos decisiones efectivas de inmediato para salvaguardar nuestra casa común.

Esta noche se encenderán las luces que adornan el árbol. Permanecerá junto al pesebre hasta el final de las fiestas navideñas, y ambos serán admirados por  numerosos peregrinos de todo el mundo. Gracias, queridos amigos, por estos dones, y también por los árboles más pequeños destinados a otros lugares del Vaticano. Me ha gustado mucho saber que para sustituir las plantas removidas, se replantarán 40 abetos que reintegrarán los bosques gravemente perjudicados por la tormenta de 2018. El abeto rojo que habéis regalado representa un signo de esperanza, especialmente de vuestros bosques, para que se limpien lo antes posible y comenzar así el trabajo de reforestación.

El belén, hecho casi en su totalidad de madera y compuesto de elementos arquitectónicos característicos de la tradición de Trento, ayudará a los visitantes a saborear la riqueza espiritual de la natividad del Señor. Los troncos de madera, procedentes de las zonas afectadas por las tormentas, que sirven de telón de fondo al paisaje, subrayan la precariedad en la que se encontraba la Sagrada Familia esa noche en Belén. El belén artístico de Conegliano, situado en el Aula Pablo VI, nos ayudará también a contemplar la humilde gruta donde nació el Salvador.

Como sabéis, hace unos días estuve en Greccio para visitar el lugar donde San Francisco hizo el primer belén. Desde allí publiqué una Carta sobre el belén que es un signo simple y hermoso de nuestra fe y no debe perderse , al contrario, es bello que se transmita de padres a hijos, de abuelos a nietos. Es una manera auténtica de comunicar el Evangelio, en un mundo que a veces parece tener miedo de recordar lo que realmente es la Navidad, y borra los signos cristianos para conservar sólo los de un imaginario banal, comercial.

Queridos amigos, os deseo de todo corazón así como a vuestros conciudadanos y a todos los habitantes de vuestras regiones, que paséis la natividad del Señor con serenidad y fraternidad. ¡Qué la Virgen María, que acogió al Hijo de Dios en la debilidad de la naturaleza humana, nos ayude a contemplarlo en el rostro de los que sufren, y que nos sostenga en nuestro compromiso de ser solidarios con las personas más débiles y frágiles! Os bendigo de corazón y los pido por favor que recéis por mí. ¡Gracias!

© Librería Editorial Vaticana


Tailandia y Japón: Discursos del Papa Francisco

Para leerlos online.

(ZENIT – 27 nov. 2019).- Los lectores de zenit tienen la posibilidad de leer todos los discursos y homilías que el Papa Francisco pronunció durante su reciente viaje apostólico a Asia, que tuvo lugar del 19 al 26 de noviembre de 2019 y en el que visitó Tailandia y Japón.

Así, a continuación se ofrecen todos los enlaces a ellos para poderlos leer online en la página de zenit, seleccionando el que se desee.

Tailandia

Discurso a las autoridades y el Cuerpo Diplomático de Japón (Foto: © Vatican Media)

Japón


Francisco exhorta a los jóvenes de Japón: “¡Sean testigos de que la amistad social es posible!”

Encuentro en la Catedral de Tokio.

(ZENIT).- “Escuchen esto: Ustedes van a ser felices, ustedes van ser fecundos, si mantienen la capacidad de celebrar la vida con los demás”, ha recomendado el Papa Francisco a los jóvenes de Japón, reunidos hoy en la Catedral de Santa María Inmaculada, en Tokio, para escucharlo.

En su tercera jornada en Japón, dedicada a Tokio, Francisco ha dirigido un duro e intenso discurso a los jóvenes, con palabras improvisadas y provocaciones a la risa y la alegría. El encuentro ha tenido lugar a las 11:45 hora local (3:45 horas en Roma) en la Catedral de Santa María Inmaculada, en Tokio.

Cultura del encuentro

“¡Sean testigos de que la amistad social es posible!”, les ha exhortado el Pontífice, quien ha expresado la esperanza en un “futuro basado en la cultura del encuentro, la aceptación, la fraternidad y el respeto a la dignidad de cada persona, especialmente hacia los más necesitados de amor y comprensión”. Dado el alto porcentaje de bullying que se da en Japón, Francisco ha añadido: “Sin necesidad de agredir o despreciar, sino aprendiendo a reconocer la riqueza de los demás”.

Una joven japonesa regala unas flores al Papa (Foto: © Vatican Media)

“No es tan importante focalizarse y cuestionarse para qué vivo, sino para quién vivo. Las cosas son importantes pero las personas son imprescindibles”, ha indicado. “Sin ellas nos deshumanizamos, perdemos rostro, nombre, y nos volvemos un objeto más, quizás el mejor de todos, pero objetos al fin”.

“Es habitual ver que una persona, una comunidad o incluso una sociedad entera pueden estar altamente desarrolladas en su exterior, pero con una vida interior pobre y encogida, con el alma y la vitalidad apagada”, ha dicho el Papa Francisco a los jóvenes japoneses.

“Parecen muñequitos, ya terminados, que no tienen nada dentro. Todo les aburre, hay jóvenes que no sueñan. Es terrible un joven que no sueña, un joven que no hace espacio en su corazón para que entre Dios”, ha alertado.

Soledad, la mayor pobreza

“La soledad y la sensación de no ser amado es la pobreza más terrible”, ha parafraseado el Papa de la Madre Teresa de Calcuta. “¡Cuánta gente en todo el mundo es materialmente rica, pero vive esclava de una soledad sin igual!”.

Conocedor de este gran problema social en el gigante asiático, el Papa ha recordado la soledad que experimentan “tantas personas, jóvenes y adultas, de nuestras sociedades prósperas, pero a menudo tan anónimas”. Y ha invitado a los chicos a preguntarse: “¿Cuál sería para mí el mayor grado de pobreza mayor?”.

“Dediquen tiempo para su familia y amigos, pero también para Dios, orando y meditando. Cada uno en su propia creencia”, les ha pedido Francisco. “Si no donamos y ‘ganamos tiempo’ entre las personas, lo perderemos en muchas cosas que, al final del día, nos dejarán vacíos y aturdidos”.

ROSA DIE ALCOLEA

Discurso completo del Papa Francisco

Queridos jóvenes:

Gracias por venir, gracias por estar aquí. Ver y escuchar vuestra energía y entusiasmo me da alegría y me da esperanza. Les estoy agradecido por esto. También agradezco a Leonardo, Miki y Masako sus palabras de testimonio. Se necesita gran coraje y valentía para compartir lo que se lleva en el corazón como ustedes lo hicieron. Estoy seguro de que sus voces fueron eco de muchos de sus compañeros aquí presentes. ¡Gracias! Sé que en medio de ustedes hay jóvenes de otras nacionalidades, algunos de ellos buscan refugio. Aprendamos a construir juntos la sociedad que queremos para mañana.

Cuando los miro, puedo ver la diversidad cultural y religiosa de los jóvenes que viven en el Japón hoy, y también algo de la belleza que vuestra generación ofrece al futuro. La amistad entre ustedes, su presencia aquí recuerda a todos que el futuro no es monocromático, sino que es posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar. Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos. No nos hicieron a máquina, todos en serie. Cada uno viene del amor de sus padres y de su familia, por eso somos todos distintos, cada uno trae una historia para compartir. (Cuando yo digo algo que no está traducido, lo va a traducir él, ¿de acuerdo?) Necesitamos crecer en fraternidad, en preocupación por los demás, en respeto por las diferentes experiencias y puntos de vista. Este encuentro es una fiesta porque estamos diciendo que la cultura del encuentro es posible, que no es una utopía, y que ustedes, los jóvenes, tienen esa sensibilidad especial para llevarla adelante.

Me impresionaron las preguntas que hicieron, porque reflejan vuestras experiencias concretas, y también vuestras esperanzas y vuestros sueños para el futuro.

Gracias, Leonardo, por compartir la experiencia de bullying y discriminación que sufriste. Cada vez más los jóvenes encuentran el valor de hablar sobre experiencias como la tuya. En mi edad, cuando yo era joven, nunca se hablaba de cosas como las que dijo Leonardo. Lo más cruel del bullying, del acoso escolar, es que hiere nuestro espíritu y nuestra autoestima en el momento en que más necesitamos fortaleza para aceptarnos a nosotros mismos y poder encarar nuevos retos en la vida. En ocasiones, las víctimas de bullying incluso se culpan a sí mismas por haber sido blanco “fácil”. Pueden sentirse fracasados, débiles y sin valor, y llegar a situaciones altamente dramáticas: “Si tan solo yo fuera diferente…”. Sin embargo, paradójicamente, son los acosadores los que hacen el bullying, los verdaderamente débiles, porque piensan que pueden afirmar su propia identidad lastimando a los demás. Algunas veces atacan a cualquiera que consideran diferente, que representa algo que los amenaza. En el fondo, los acosadores, los que hacen el bullying tienen miedo, son miedosos que se cubren en la apariencia de fortaleza. Y en esto —presten atención—, cuando ustedes sientan, vean que alguno tiene necesidad de herir a otro, de hacer el bullying a otro, de acosarlo, ese es el débil, el acosado no es el débil, es el que acosa al débil porque necesita hacerse el grandecito, el fuerte para sentirse persona. Yo le dije a Leonardo recién: “Cuándo te digan que sos obeso, decíle, es peor ser flaco como vos”. Debemos unirnos todos contra esta cultura del “bulismo”, todos juntos contra esta cultura del “bulismo”, y aprender a decir: ¡Basta! Es una  epidemia donde la mejor medicina la pueden poner entre ustedes mismos. No alcanza con que las Instituciones educativas o los adultos usen todos los recursos que están a su alcance para prevenir esta tragedia, sino que es necesario que entre ustedes, entre amigos, entre compañeros, puedan unirse para decir: ¡No! No al “bulismo”, no a la agresión al otro. Eso está mal. No hay mayor arma para defenderse de estas acciones que la de poder “levantarse” entre compañeros y amigos, y decir: Esto que estás haciendo, el “bulismo”, es grave.

El que hace “bulismo” es un miedoso, y el miedo siempre es enemigo del bien, por eso es enemigo del amor y de la paz. Las grandes religiones, todas las religiones que cada una de nosotros practica, enseñan tolerancia, enseñan armonía, enseñan misericordia; las religiones no enseñan miedo, división o conflicto. Para nosotros los cristianos, escuchamos a Jesús que constantemente les decía a sus seguidores que no tuvieran miedo. ¿Por qué? Porque si estamos con Dios y amamos con Dios y a nuestros hermanos ese amor expulsa el temor (cf. 1 Jn 4,18). Para muchos de nosotros, como bien nos lo recordaste Leonardo, mirar la vida de Jesús nos permite encontrar consuelo, porque Jesús mismo sabía lo que significaba ser despreciado y rechazado, incluso hasta el punto de ser crucificado. También sabía lo que era ser un extraño, un migrante, uno “diferente”. En cierto sentido —y acá estoy hablando a los cristianos y a los que no son cristianos, véanlo como modelo religioso—, Jesús fue el más “marginado”, un marginado lleno de Vida para dar. Leonardo, podemos siempre mirar todo lo que nos falta, pero también podemos descubrir la vida que somos capaces de dar y donar. El mundo te necesita, nunca te olvides de eso; el Señor te necesita, tiene necesidad de ti para que puedas darle el coraje a tantos que hoy piden una mano que los ayude a levantarse. Les quiero decir una cosa a todos, que les va a servir en la vida: mirar con desprecio, menosprecio a una persona es mirarla de arriba hacia abajo, es decir, yo soy superior y vos sos inferior,  pero hay una sola manera que es lícita y que es justa de mirar a una persona de arriba hacia abajo, para ayudar a levantarla. Si alguno de nosotros, y me incluyo, mira a una persona de arriba hacia abajo con desprecio, es poca cosa; pero si alguno de nosotros mira a una persona de arriba hacia abajo para tenderle la mano y ayudarla a levantarse, ese hombre o esa mujer es un grande. Así que cuando miren a uno de arriba hacia abajo pregúntense: ¿Dónde está mi mano, está escondida o está ayudándolo a levantarse?; y van a ser felices. ¿De acuerdo? ¿De acuerdo o no?. Están todos mudos.

Y esto implica aprender a desarrollar una cualidad muy importante, pero devaluada: la capacidad de aprender a donar tiempo para los demás, a escucharlos, a compartir con ellos, comprenderlos; y sólo así vamos a abrir nuestras historias y nuestras heridas a un amor que nos va a transformar y comenzar a cambiar el mundo que nos rodea. Si no donamos, si no perdemos tiempo, ganamos tiempo” entre las personas, lo perderemos en muchas cosas que, al final del día, nos dejarán vacíos y aturdidos —en mi tierra natal dirían nos llenan de cosas hasta que nos empachan—. Así que, por favor, dediquen tiempo para su familia, dediquen tiempo a los amigos, y también para Dios, orando y meditando, cada uno según su propia creencia. Y, si les resulta difícil, rezar; no se rindan. Un sabio guía espiritual dijo una vez: la oración se trata principalmente de estar simplemente allí. Estate quieto, hacé espacio para que entre Dios, déjate mirar y Él te va a llenar de su paz.

Y esto es exactamente lo que Miki nos decía; preguntó cómo pueden los jóvenes hacer espacio para Dios en una sociedad frenética, enfocada en ser solamente competitiva y productiva. Es habitual ver que una persona, una comunidad o incluso una sociedad entera pueden estar altamente desarrolladas en su exterior, pero con una vida dentro pobre y encogida, con el alma y la vitalidad apagada, parecen muñequitos ya terminados que no tienen nada dentro. Todo les aburre, hay jóvenes que no sueñan, es terrible un joven que no sueña, un joven que no hace espacio para soñar, para que entre Dios, para que entren las ilusiones y sea fecundo en la vida. Hay hombres o mujeres que se olvidaron de reír, que no juegan, que no conocen el sentido de la admiración y la sorpresa. Hombres y mujeres que viven como zombis, su corazón dejó de latir. ¿Por qué? Por la incapacidad de celebrar la vida con los demás. Escuchen esto, ustedes van a ser felices, ustedes van a ser fecundos si mantienen la capacidad de celebrar la vida con los demás. ¡Cuánta gente en todo el mundo es materialmente rica, pero vive esclava de una soledad sin igual! Pienso aquí en la soledad que experimentan tantas personas, jóvenes y adultas, de nuestras sociedades prósperas, pero a menudo tan anónimas.

La Madre Teresa, que trabajaba entre los más pobres de los pobres, dijo una vez algo que es  profético, algo que es rico: «La soledad y la sensación de no ser amado es la pobreza más terrible». Quizás nos hace bien preguntarnos: Para mí, ¿cuál es la pobreza más terrible, cuál sería para mí el grado de pobreza mayor? Y si somos honestos nos vamos a dar cuenta que la pobreza más grande que podemos tener es la soledad y la sensación de no ser amado. ¿Entienden? Está demasiado aburrido el discurso o puedo seguir. ¿Está aburrido? [Jóvenes responden: No] Falta poco.

Combatir esta pobreza espiritual es una tarea a la que todos estamos llamados, y ustedes, los jóvenes tienen un papel especial que desempeñar, porque exige un cambio importante en nuestras prioridades, en nuestras opciones. Implica reconocer que lo más importante no radica en todas las cosas que tengo o puedo conquistar, sino a quién tengo para compartirlas. No es tan importante focalizarse y cuestionarse para qué vivo, sino para quién vivo. Aprendan a hacerse esa pregunta: No, para qué vivo; sino para quién vivo, con quién comparto la vida. Las cosas son importantes pero las personas son imprescindibles; sin ellas nos deshumanizamos, perdemos rostro, perdemos nombre, y nos volvemos un objeto más, quizás el mejor de todos, pero objetos, y no somos objetos, somos personas.

El libro del Eclesiástico dice: «Un  amigo fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra encontró un tesoro» (6,14) . Por eso, es siempre importante preguntarse: «¿Para quién soy yo? Ciertamente para Dios, Pero Él quiso que seas también para los demás, y puso en ti muchas cualidades, inclinaciones, dones y carismas que no son para ti, sino para otros» (Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 286), para compartir con otros, no sólo vivir la vida sino compartir la vida. Compartir la vida.

Y esto es algo hermoso que ustedes pueden ofrecer a nuestro mundo. Los jóvenes tienen que dar algo al mundo. ¡Sean testigos de que la amistad social, la amistad entre ustedes, es posible! Esperanza en un futuro basado en la cultura del encuentro, la aceptación, la fraternidad y el respeto a la dignidad de cada persona, especialmente hacia los más necesitados de amor y comprensión. Sin necesidad de agredir o despreciar, sino aprendiendo a reconocer la riqueza de los demás.

Un pensamiento que nos puede ayudar, para mantenernos vivos físicamente, tenemos que respirar, es una acción que realizamos sin darnos cuenta, todos respiramos automáticamente. Para mantenernos vivos en el sentido pleno y amplio de la palabra, necesitamos también aprender a respirar espiritualmente, a través de la oración, la meditación, en un movimiento interno, mediante el cual podemos escuchar a Dios, que nos habla en lo profundo de nuestro corazón. Y también necesitamos de un movimiento externo, por el que nos acercamos a los demás con actos de amor, con actos de servicio. Este doble movimiento nos permite crecer y descubrir no sólo que Dios nos ha amado, sino que nos confió a cada uno una misión, una vocación única y que la descubriremos en la medida en la que nos demos a los demás, a personas concretas.

Masako nos habló sobre estas cosas desde su propia experiencia como estudiante y maestra. Preguntó cómo se puede ayudar a los jóvenes a que se den cuenta de la propia bondad y valor. Una vez más, les quisiera decir que, para crecer, para descubrir nuestra propia identidad, la propia bondad y la propia belleza interior, no podemos mirarnos en el espejo. Se han inventado muchas cosas, pero gracias a Dios todavía no existen selfies del alma. Para ser felices, necesitamos pedirle ayuda a los demás, que la foto la saque otro, es decir, salir de nosotros mismos, ir hacia los demás, especialmente hacia los más necesitados (cf. ibíd., 171). Les quiero decir una cosa, no se miren demasiado a ustedes mismos, no se miren demasiado en el espejo de ustedes mismos, porque corren el riesgo de que de tanto mirarse se rompa el espejo. Y ya termino, ¡era hora! De modo particular, les pido que extiendan los brazos de la amistad y reciban a quienes vienen, a menudo después de un gran sufrimiento, a buscar refugio en su país. Con nosotros está aquí presente un pequeño grupo de refugiados; vuestra acogida testimoniará que para muchos pueden ser extraños, pero para ustedes pueden ser considerados hermanos y hermanas.

Un maestro sabio dijo una vez que la clave para crecer en sabiduría no era tanto encontrar las respuestas correctas, sino descubrir las preguntas correctas. Cada uno de ustedes piense:¿Yo sé responder a las cosas? ¿Y yo sé responder bien a las cosas, hacer las respuestas correctas. Si alguno dice que sí, te felicito, pero hacete la otra pregunta: “¿Yo sé hacer las preguntas correctas? Yo tengo el corazón inquieto que me lleva a preguntar continuamente a la vida, a mí mismo, a los demás, a Dios?”. Con las respuestas correctas ustedes pasan el examen, pero sin las preguntas correctas no pasan la vida. No todos ustedes son maestros como Masako, pero espero que puedan hacerse muy buenas preguntas, cuestionarse y ayudar a otros a hacerse buenas y cuestionadoras preguntas sobre el significado de la vida, de cómo podemos dar forma a un futuro mejor para quienes vendrán después de nosotros.

Queridos jóvenes: Gracias por vuestra amistosa atención, y gracias por la paciencia, por todo este tiempo que me regalaron y poder compartir un poco de vuestras vidas. No tapen los sueños, no aturdan sus sueños, den espacio a los sueños y anímense a mirar grandes horizontes, y anímense a mirar lo que les espera si se animan a construirlos juntos. Japón los necesita, el mundo los necesita despiertos, no dormidos, los necesita generosos, alegres y entusiastas, capaces de construir una casa para todos. Yo les prometo que voy a rezar por ustedes, para que crezcan en sabiduría espiritual, para que sepan hacer las preguntas correctas, para que se olviden del espejo y sepan mirar los ojos de los demás.

A todos ustedes, y a sus familias y amigos les hago llegar mis mejores deseos, mi bendición, y les pido que se acuerden también de mandarme buenos deseos y mandarme bendiciones.

Muchas gracias.

© Librería Editorial Vaticano


Francisco: Alzar la voz por la “libertad religiosa” y contra la manipulación de las religiones

Homenaje a los Mártires en Nagasaki.

(ZENIT).- Con respecto a las personas que hoy en día sufren martirio por su fe, el Papa Francisco ha pedido: “levantemos la voz para que la libertad religiosa sea garantizada para todos y en todos los rincones del planeta” y “contra toda manipulación de las religiones”.

El 24 de noviembre de 2019, en torno a las 10:45, hora local (las 2:45 en Roma), el Santo Padre se ha dirigido al cerro Nishizaka, donde se encuentra el monumento a san Pablo Miki y otros 25 mártires para presidir un homenaje a los mismos.

San Pablo Miki y compañeros mártires

Homenaje a los Santos Mártires de Nagasaki, 24 Nov. 2019 (Foto: © Vatican Media)

San Pablo Miki nació en Kyoto 1556 en una familia acomodada y es bautizado. Asistió a un colegio de la Compañía de Jesús y a los 22 años se hizo novicio, convirtiéndose así en el primer religioso católico japonés.

Experto de la religiosidad oriental, se le encargó la predicación. El cristianismo había llegado a Japón en 1549, con san Francisco Javier y Pablo Miki vivió años fecundos hasta que, a finales de 1500, el shogun Toyotomi Hideyoshi inició una persecución contra los cristianos, ordenando la expulsión de los sacerdotes.

Crucifixión

En diciembre de 1596 Pablo Miki, junto con algunos misioneros extranjeros y otros cristianos japoneses, fueron detenidos en Osaka y obligados a recorrer a pie el camino hacia Nagasaki. Este lugar fue escogido para su ejecución debido a la significativa presencia cristiana en esa ciudad.

El viaje, 800 km, duró un mes, y el 5 de febrero de 1597 Pablo Miki y sus compañeros fueron crucificados en el cerro Nishizaka. Antes de expirar, Pablo exhortó a todos a seguir la fe de Cristo y perdonar a sus camaradas.

Monumento a los Mártires
La muerte de Pablo y sus compañeros marcó, de hecho, el inicio de un largo periodo de dos siglos de dura persecución antricristiana en Japón.

Todos ellos fueron beatificados en 1627 y canonizados en 1862. Cien años después, sobre ese mismo lugar, en 1962, se erigió un monumento de ladrillo rojo que presenta, engastadas formando una cruz, las estatuas de bronce de tamaño natural de los 26 mártires.

Santuario y Museo de los Mártires

El papa Juan Pablo II visitó como peregrino este Monumento de los Mártires de Nagasaki el 26 de febrero de 1981. Posteriormente, este lugar, que tiene vistas a la catedral de Oura, también dedicada a los mártires, fue designado como monumento santuario nacional japonés.

Detrás del monumento se encuentra el Museo de los Mártires, que custodia la historia del cristianismo en Nagasaki a través de una colección de objetos cotidianos, como, por ejemplo, una carta de san Francisco Javier.

Homenaje a los mártires
A su llegada, Francisco fue acogido por el director del Museo de los Mártires, por un sacerdote y por un hermano de la Compañía de Jesús. Después de un canto inicial, una familia entregó unas flores al Papa, que este depositó delante del memorial.

El Obispo de Roma encendió una vela ofrecida al mismo por un descendiente de los cristianos perseguidos para después iniciar un momento de oración en silencio frente al Monumento de los Mártires y se han incensado las reliquias.

A continuación, el Papa Francisco pronunció un saludo y rezó el Ángelus con los presentes.

Regalo del Papa

El Santo Padre ofreció como regalo una lámpara de pie fabricada especialmente para esta visita del Obispo de Roma a Japón. Fundida en latón plateado, mide 120 cm de altura. Consta de una base con tres bandas, con el símbolo “PAX” en relieve.

También tiene un tallo cilíndrico con un nudo que lleva una medalla con el escudo de armas del Papa Francisco. En la parte superior, hay un escudo de cera con tres velas que sostienen la lámpara.

Palabras de Francisco
En sus palabras, el Papa Francisco ha señalado que esperaba “con ansias” este momento y que acudía “como peregrino a rezar, a confirmar, y también a ser confirmado por la fe de estos hermanos, que con su testimonio y entrega nos señalan el camino”.

De este modo, se refirió a las muertes de Pablo Miki y los 25 mártires en 1597, “que consagraron este campo con su sufrimiento y su muerte”. No obstante, para el Pontífice, este lugar “más que de muerte, nos habla del triunfo de la vida” porque, como consideraba Juan Pablo II esta colina es un “Monte de las Bienaventuranzas, donde podemos tocar el testimonio de hombres invadidos por el Espíritu Santo, libres del egoísmo, de la comodidad y del orgullo (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 65)”.

Discipulado misionero
“Su testimonio nos confirma en la fe y ayuda a renovar nuestra entrega y nuestro compromiso, para vivir el discipulado misionero que sabe trabajar por una cultura, capaz de proteger y defender siempre toda vida, a través de ese ‘martirio’ del servicio cotidiano y silencioso de todos, especialmente hacia los más necesitados”, subrayó Francisco.

Asimismo, remarcó que en este lugar también nos unimos a los cristianos que hoy viven el martirio por causa de la fe: “Mártires del siglo XXI que nos interpelan con su testimonio a que tomemos, valientemente, el camino de las bienaventuranzas. Recemos por ellos y con ellos (…).

LARISSA I. LÓPEZ

Saludo del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas: Buenos días.

Esperaba con ansias este momento. Vengo como peregrino a rezar, a confirmar, y también a ser confirmado por la fe de estos hermanos, que con su testimonio y entrega nos señalan el camino. Les agradezco la bienvenida.

Este santuario evoca las imágenes y los nombres de los cristianos que fueron martirizados hace muchos años, comenzando con Pablo Miki y sus compañeros, el 5 de febrero de 1597, y la multitud de otros mártires que consagraron este campo con su sufrimiento y su muerte.

Sin embargo, este santuario, más que de muerte, nos habla del triunfo de la vida. San Juan Pablo II vio este lugar no sólo como el monte de los mártires, sino como un verdadero Monte de las Bienaventuranzas, donde podemos tocar el testimonio de hombres invadidos por el Espíritu Santo, libres del egoísmo, de la comodidad y del orgullo (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 65). Porque aquí la luz del Evangelio brilló en el amor que triunfó sobre la persecución y la espada.

Este lugar es ante todo un monumento que anuncia la Pascua, pues proclama que la última palabra —a pesar de todas las pruebas contrarias— no pertenece a la muerte sino a la vida. No estamos llamados a la muerte sino a una Vida en plenitud; ellos lo anunciaron. Sí, aquí está la oscuridad de la muerte y el martirio, pero también se anuncia la luz de la resurrección, donde la sangre de los mártires se convierte en semilla de la vida nueva que Jesucristo, a todos, nos quiere regalar. Su testimonio nos confirma en la fe y ayuda a renovar nuestra entrega y compromiso, para vivir el discipulado misionero que sabe trabajar por una cultura, capaz de proteger y defender siempre toda vida, a través de ese “martirio” del servicio cotidiano y silencioso de todos, especialmente hacia los más necesitados.

Vengo hasta este monumento dedicado a los mártires para encontrarme con estos santos hombres y mujeres, y quiero hacerlo con la pequeñez de aquel joven jesuita que venía de “los confines de la tierra”, y encontró una profunda fuente de inspiración y renovación en la historia de los primeros mártires japoneses. ¡No olvidemos el amor de su entrega! Que no sea una gloriosa reliquia de gestas pasadas, bien guardada y honrada en un museo, sino memoria y fuego vivo del alma de todo apostolado en esta tierra, capaz de renovar y encender siempre el celo evangelizador. Que la Iglesia en el Japón de nuestro tiempo, con todas sus dificultades y promesas, se sienta llamada a escuchar cada día el mensaje proclamado por san Pablo Miki desde su cruz, y compartir con todos los hombres y mujeres la alegría y la belleza del Evangelio, Camino, Verdad y Vida (cf. Jn 14,6); que podamos cada día liberarnos de todo aquello que nos pesa e impide caminar con humildad, libertad, parresia y caridad.

Hermanos: En este lugar también nos unimos a los cristianos que en diversas partes del mundo hoy sufren y viven el martirio a causa de la fe. Mártires del siglo XXI nos interpelan con su testimonio a que tomemos, valientemente, el camino de las bienaventuranzas. Recemos por ellos y con ellos, y levantemos la voz para que la libertad religiosa sea garantizada para todos y en todos los rincones del planeta, y levantemos también la voz contra toda manipulación de las religiones, «por políticas integristas y de división y por los sistemas de ganancia insaciables y las tendencias ideológicas odiosas, que manipulan las acciones y los destinos de los hombres» (Documento sobre la fraternidad humana, Abu Dabi, 4 febrero 2019).

Pidamos a Nuestra Señora, Reina de los Mártires, a san Pablo Miki y a todos sus compañeros que a lo largo de la historia anunciaron con sus vidas las maravillas del Señor, que intercedan por vuestra tierra y por la Iglesia toda, para que su entrega despierte y mantenga viva la alegría por la misión.

Angelus Dómini nuntiávit Mariae…


Nagasaki: Francisco pide una respuesta “colectiva y concertada” a la amenaza de las armas nucleares

Mensaje desde el epicentro de la bomba atómica.

(ZENIT).- “Nuestra respuesta a la amenaza de las armas nucleares debe ser colectiva y concertada, basada en la construcción ardua pero constante de una confianza mutua que rompa la dinámica de desconfianza actualmente prevaleciente”, ha reiterado el Papa Francisco desde Nagasaki, frente al lugar donde cayó la bomba atómica en 1945, que mató a 40.000 personas.

En medio de una intensa lluvia, el Papa Francisco ha llegado este segundo día en Japón, domingo, 24 de noviembre de 2019, a Nagasaki, “testigo de las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales de un ataque nuclear”, según ha descrito el Santo Padre.

A las 10:15 hora local (2:15 horas en Roma), el Papa ha sido recibido en el Parque del Epicentro de la Bomba Atómica, por el gobernador y el alcalde de Nagasaki, y dos víctimas de la bomba atómica de 1945 en este mismo lugar, han ofrecido al Santo Padre unas flores, que él a su vez ha colocado al pie del monumento. Minutos después, el Papa ha encendido una vela y ha rezado unos minutos en silencio delante del epicentro de la bomba atómica, que tuvo un impacto de 500 metros por debajo del suelo.

Simbólica foto del niño

Junto al podio donde el Papa ofreció el mensaje, se podía ver la simbólica foto del niño japonés que esperaba en la cola para el crematorio llevando en su espalda a hermano pequeño muerto a causa de la explosión en Nagasaki.

“Un mundo en paz, libre de armas nucleares, es la aspiración de millones de hombres y mujeres en todas partes”, ha subrayado Francisco, quien ha cuestionado en numerosas ocasiones este tema desde el Vaticano y viajes papales. “Convertir este ideal en realidad requiere la participación de todos: las personas, las comunidades religiosas, la sociedad civil, los Estados que poseen armas nucleares y aquellos que no las poseen, los sectores militares y privados, y las organizaciones internacionales”.

Miedo a la mutua destrucción

La paz y la estabilidad internacional “son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total”, ha anunciado; “sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana”.

El Pontífice ha calificado de “atentado continuo que clama al cielo” el hecho de en el mundo de hoy, en el que millones de niños y familias viven en condiciones infrahumanas, el dinero se gaste en la fabricación, modernización, mantenimiento y venta de armas, cada vez más destructivas.

Líderes a la altura

Con el convencimiento de que un mundo sin armas nucleares es “posible y necesario”, el Papa ha pedido  a los líderes políticos “que no se olviden de que las mismas no nos defienden de las amenazas a la seguridad nacional e internacional de nuestro tiempo”.

Por todo esto, ha recordado, resulta “crucial” crear herramientas “que aseguren la confianza y el desarrollo mutuo”, y “contar con líderes que estén a la altura de las circunstancias”. Tarea que –ha insistido– a su vez, “nos involucra y reclama a todos”.

El acto ha terminado con un canto final entonado por todos los presentes, mientras el Papa ha saludado a la mujer y al hijo del fotógrafo Joe O’Donnell, autor de la imagen simbólica de la explicación atómica en Nagasaki. Después el Santo Padre se ha trasladado al lugar de homenaje a san Pablo Miki, asesinado allí,  y 25 compañeros mártires, en el monte Nishizaka.

Instrumentos efectivos de paz

“Uno de los anhelos más profundos del corazón humano es el deseo de paz y estabilidad”, ha asegurado Francisco. A pesar de que no todos los presentes en el acto eran católicos –ha comentado–, ha invitado a unirse con él a la oración por la paz atribuida a San Francisco de Asís “Señor, haz de mí un instrumento de tu paz”.

En este contexto, ha anunciado: “En este lugar de memoria, que nos sobrecoge y no puede dejarnos indiferentes, es aún más significativo confiar en Dios, para que nos enseñe a ser instrumentos efectivos de paz y a trabajar también para no cometer los mismos errores del pasado”.

ROSA DIE ALCOLEA

Mensaje sobre Armas Nucleares
que el Papa ha leído en el Parque del Epicentro
de la Bomba Atómica, en Nagasaki

Mensaje del Papa sobre las armas nucleares en Nagasaki (Foto: © Vatican Media)

Queridos hermanos y hermanas:

Este lugar nos hace más conscientes del dolor y del horror que los seres humanos somos capaces de infringirnos. La cruz bombardeada y la estatua de Nuestra Señora, recientemente descubiertas en la Catedral de Nagasaki, nos recuerdan una vez más el indescriptible horror sufrido en su propia carne por las víctimas y sus familias.

Uno de los anhelos más profundos del corazón humano es el deseo de paz y estabilidad. La posesión de armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva no son la respuesta más acertada a este deseo; es más, parecen continuamente ponerlo a prueba. Nuestro mundo vive la perversa dicotomía de querer defender y garantizar la estabilidad y la paz en base a una falsa seguridad sustentada por una mentalidad de miedo y desconfianza, que termina por envenenar las relaciones entre pueblos e impedir todo posible diálogo.

La paz y la estabilidad internacional son incompatibles con todo intento de fundarse sobre el miedo a la mutua destrucción o sobre una amenaza de aniquilación total; sólo es posible desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de un futuro plasmado por la interdependencia y la corresponsabilidad entre toda la familia humana de hoy y de mañana.

Aquí, en esta ciudad, que es testigo de las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales de un ataque nuclear, serán siempre pocos todos los intentos de alzar nuestra voz contra la carrera armamentista. Esta desperdicia recursos valiosos que podrían, en cambio, utilizarse en beneficio del desarrollo integral de los pueblos y para la protección del ambiente natural. En el mundo de hoy, en el que millones de niños y familias viven en condiciones infrahumanas, el dinero que se gasta y las fortunas que se ganan en la fabricación, modernización, mantenimiento y venta de armas, cada vez más destructivas, son un atentado continuo que clama al cielo.

Un mundo en paz, libre de armas nucleares, es la aspiración de millones de hombres y mujeres en todas partes. Convertir este ideal en realidad requiere la participación de todos: las personas, las comunidades religiosas, la sociedad civil, los Estados que poseen armas nucleares y aquellos que no las poseen, los sectores militares y privados, y las organizaciones internacionales. Nuestra respuesta a la amenaza de las armas nucleares debe ser colectiva y concertada, basada en la construcción ardua pero constante de una confianza mutua que rompa la dinámica de desconfianza actualmente prevaleciente. En 1963, el Papa san Juan XXIII en la Encíclica Pacem in terris, solicitando también la prohibición de las armas atómicas (cf. n. 112), afirmó que «una paz internacional verdadera y constante no puede apoyarse en el equilibrio de las fuerzas militares, sino únicamente en la confianza recíproca» (n. 113).

Es necesario romper la dinámica de desconfianza que prevale actualmente, y que hace correr el riesgo de conducir al desmantelamiento de la arquitectura internacional de control de las armas. Estamos presenciando una erosión del multilateralismo, aún más grave ante el desarrollo de las nuevas tecnologías de armas; este enfoque parece bastante incongruente en el contexto actual marcado por la interconexión, y constituye una situación que reclama una urgente atención por parte de todos los líderes, así como dedicación.

La Iglesia Católica, por su parte, está irrevocablemente comprometida con la decisión de promover la paz entre los pueblos y las naciones. Es un deber al que se siente obligada ante Dios y ante todos los hombres y mujeres de esta tierra. Nunca podemos cansarnos de trabajar e insistir con celeridad en apoyo a los principales instrumentos jurídicos internacionales de desarme y no proliferación nuclear, incluido el Tratado sobre la prohibición de armas nucleares. En julio pasado, los obispos de Japón lanzaron un llamado para la abolición de las armas nucleares, y cada agosto la Iglesia nipona celebra un encuentro de oración de diez días por la paz. Que la oración, la búsqueda infatigable en la promoción de acuerdos, la insistencia en el diálogo, sean las “armas” en las que pongamos nuestra confianza y también la fuente de inspiración de los esfuerzos para construir un mundo de justicia y solidaridad que brinde garantías reales para la paz.

Con el convencimiento de que un mundo sin armas nucleares es posible y necesario, pido a los líderes políticos que no se olviden de que las mismas no nos defienden de las amenazas a la seguridad nacional e internacional de nuestro tiempo. Es necesario considerar el impacto catastrófico de un uso desde el punto de vista humanitario y ambiental, renunciando al fortalecimiento de un clima de miedo, desconfianza y hostilidad, impulsado por doctrinas nucleares. El estado actual de nuestro planeta reclama, por su parte, una reflexión seria sobre cómo todos esos recursos podrían ser utilizados, con referencia a la compleja y difícil implementación de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, y alcanzar así objetivos como el desarrollo humano integral. Así lo sugirió ya, en 1964, el Papa san Pablo VI, cuando propuso ayudar a los más desheredados a través de un Fondo Mundial, alimentado con una parte de los gastos militares (cf. Discurso a los periodistas, Bombay, 4 diciembre 1964; Carta enc. Populorum progressio, 26 marzo 1967, 51).

Por todo esto, resulta crucial crear herramientas que aseguren la confianza y el desarrollo mutuo, y contar con líderes que estén a la altura de las circunstancias. Tarea que, a su vez, nos involucra y reclama a todos. Nadie puede ser indiferente ante el dolor sufriente de millones de hombres y mujeres que hoy siguen golpeando a nuestras conciencias; nadie puede ser sordo ante el grito del hermano que desde su herida llama; nadie puede ser ciego ante las ruinas de una cultura incapaz de dialogar.

Les pido unirnos en oraciones cada día por la conversión de las conciencias y por el triunfo de una cultura de la vida, de la reconciliación y de la fraternidad. Una fraternidad que sepa reconocer y garantizar las diferencias en la búsqueda de un destino común.

Sé que algunos de los aquí presentes no son católicos, pero estoy seguro de que todos podemos hacer nuestra la oración por la paz atribuida a san Francisco de Asís:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:
donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga yo perdón;
donde haya duda, ponga yo fe;
donde haya desesperación, ponga yo esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo luz;
donde haya tristeza, ponga yo alegría.

En este lugar de memoria, que nos sobrecoge y no puede dejarnos indiferentes, es aún más significativo confiar en Dios, para que nos enseñe a ser instrumentos efectivos de paz y a trabajar también para no cometer los mismos errores del pasado.

Que ustedes y sus familias, y toda la nación, puedan experimentar las bendiciones de la prosperidad y la armonía social.