Una nueva mirada a la confesión, sacramento de la alegría

Al centro del perdón está Dios que nos abraza, no la lista de pecados y nuestra humillación.

La confesión es un «sacramento de la alegría», incluso una «fiesta», en el cielo y en la tierra. El martes 14 de septiembre, en el estadio de Kosice, fue como si el Papa Francisco mirara a los ojos de cada uno de los jóvenes que habían venido a recibirle para invitarlos a vivir el sacramento de la penitencia de una manera nueva. Y lo que el Sucesor de Pedro les dijo fue un consuelo no solo para los presentes, sino para todos los que siguieron el encuentro por televisión o por la web, o incluso simplemente leyeron el discurso papal. Lo que ha cambiado no es el sacramento, poco recurrido hoy en día. Lo que Francisco propuso fue una visión completamente diferente de la confesión en comparación con la experiencia vivida por tantos cristianos y bajo cierto legado dejado por la historia.

En primer lugar, el Papa advirtió que en el sacramento está «el remedio» para los momentos de la vida en que «estamos decaídos». Y a Petra, una joven que le preguntó cómo podían sus contemporáneos «superar los obstáculos en el camino hacia la misericordia de Dios», le respondió con otra interrogación: «Si te pregunto: ¿en qué piensas cuando te confiesas? Estoy casi seguro de la respuesta: en los pecados. Pero, ¿son los pecados realmente el centro de la confesión? ¿Quiere Dios que te acerques a Él pensando en ti, en tus pecados, o en Él?».

El camino cristiano, había dicho Francisco dos días antes en Budapest, comienza con un paso atrás, con apartarse del centro de la vida para dejar espacio a Dios. Este mismo criterio, esta misma perspectiva aplicada a la confesión puede provocar una pequeña-gran revolución copernicana en la vida de cada uno: en el centro del sacramento de la penitencia ya no estoy yo, humillado con una lista de pecados -quizá siempre los mismos- que hay que contar con dificultad al sacerdote. En el centro está el encuentro con Dios que acoge, abraza, perdona y levanta.

«No se acude a la confesión -explicó el Papa a los jóvenes- como personas castigadas que tienen que humillarse, sino como niños que corren a recibir el abrazo del Padre. Y el Padre nos levanta en cada situación, perdona cada pecado. Escuchen bien esto: ¡Dios siempre perdona! ¿Han comprendido? Dios perdona siempre «. No se va a un juez para ajustar cuentas, sino «a Jesús que me ama y me sana».

Francisco aconsejó a los sacerdotes «sentirse» en el lugar de Dios: «Que se sientan en el lugar de Dios Padre que siempre perdona y abraza y acoge. Demos a Dios el primer lugar en la confesión. Si Dios, si Él es el protagonista, todo se vuelve hermoso y confesar se convierte en el Sacramento de la alegría. Sí, de la alegría: no del miedo y del juicio, sino de la alegría».

La nueva mirada al sacramento de la penitencia que propone el Papa nos pide, por tanto, que no permanezcamos presos de la vergüenza por nuestros pecados -vergüenza que «es algo bueno»-, sino que la superemos porque «Dios nunca se avergüenza de ti. Él te ama justo ahí, donde te avergüenzas de ti mismo. Y te ama siempre”. A los que todavía no pueden perdonarse creyendo que ni siquiera Dios puede hacerlo «porque siempre caeré en los mismos pecados», Francisco les dice: «Dios ¿cuándo se ofende? ¿cuándo vas a pedirle perdón? No, nunca. Dios sufre cuando pensamos que no puede perdonarnos, porque es como decirle: ‘Eres débil en el amor’… En cambio, Dios se alegra de perdonarnos, cada vez. Cuando nos levanta cree en nosotros como la primera vez, no se desanima. Somos nosotros los que nos desanimamos, no Él. No ve pecadores a los que etiquetar, sino hijos a los que amar. No ve personas equivocadas, sino hijos amados, tal vez heridos, y entonces tiene aún más compasión y ternura. Y cada vez que nos confesamos -no lo olviden nunca- hay fiesta en el Cielo. ¡Que sea lo mismo en la tierra!”.

De la vergüenza a la fiesta, de la humillación a la alegría. No es el Papa Francisco, sino el Evangelio, donde leemos acerca de aquel padre que espera ansioso a su hijo pecador, mirando continuamente el horizonte, e incluso antes de que tenga tiempo de humillarse, detallando todas sus faltas, lo abraza, lo levanta y hace fiesta con él y por él.

Andrea Tornielli
Imagen: Confesiones en la Plaza de San Pedro
(Foto de archivo)

Parolin en Madrid: la cultura del encuentro para ir mas allá de la emergencia

El Cardenal Secretario de Estado Pietro Parolin inaugura el II Encuentro Internacional de católicos con responsabilidades políticas, que se está celebrando en Madrid este fin de semana. Recordando el reto de la pandemia, el cardenal ha pedido que las decisiones se orienten al bien común y miren siempre a la persona.

Está claro que la pandemia, «los contagios, las víctimas, los tratamientos y las vacunas no son problemas locales», sino que conciernen «al mundo entero y a las relaciones entre los pueblos». Por tanto, la acción diplomática es «necesaria para pedir a las instituciones locales o a los parlamentos y gobiernos nacionales que establezcan estrategias y protocolos comunes, y para motivar la creación de acuerdos entre Estados». Así lo ha manifestado el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, al inaugurar hoy, sábado 4 de septiembre, los trabajos del II Encuentro Internacional de Católicos con Responsabilidades Políticas, que se celebra en Madrid, del viernes 3 al domingo 5.

Promovido por la archidiócesis de la capital española y la Academia Latinoamericana de Líderes Católicos, con la colaboración de la Fundación Konrad Adenauer, el evento fue una oportunidad para reflexionar sobre el tema «Una cultura del encuentro en la vida política al servicio de nuestros pueblos».

El cardenal Parolin señaló en su discurso -dedicado específicamente a la «Cultura del encuentro y la amistad social en un mundo en crisis»- que la situación actual ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cómo podemos trabajar para contribuir a la construcción del bien común. Un objetivo, pero quizás sería mejor decir «un deber para quienes tienen responsabilidades, que ciertamente no es nuevo» y que hoy se sintetiza en la necesidad de «salir de una crisis profunda y difícil de interpretar, que requiere sobre todo el fortalecimiento de los equilibrios sociales, de las economías, de la estructura de los países y de la capacidad de los gobiernos». El cardenal subrayó la necesidad de «una dimensión antropológica bien fundada en la acción política y en la acción de los políticos, que ponga a la persona en el centro, una idea exacta de la justicia que se reconozca como reguladora social», y una estrategia coherente de acción que, «desde la comunidad política local o nacional, sea capaz de actuar hasta la dimensión internacional». Esto significa considerar «la cultura del encuentro y la amistad social en su verdadero sentido y acción, no como meras declaraciones, sino como principios fundamentales, criterios orientadores e instrumentos de acción». Esta combinación, dijo el Secretario de Estado, permite al político basar su servicio «no en la oposición, sino orientarse hacia el bien común y utilizar el método del diálogo, el encuentro y la reconciliación».

No hay que olvidar, añadió el cardenal, que «en la vida de un país, en las relaciones interpersonales que se desarrollan en su seno, esta configuración puede convertirse en una reacción incontrolada cuando las visiones de conjunto y los objetivos comunes se ven fragmentados por actitudes y acciones sin justicia». La cuestión, por tanto, es cómo prevenir los conflictos a todos los niveles, «oposiciones continuas, relaciones cada vez más débiles, hasta realidades extremas como la pobreza, la guerra, la violación de los derechos fundamentales, la exclusión y la marginación».

En los últimos tiempos, estas situaciones «han alterado significativamente la vida social, hasta el punto de relativizar o incluso eliminar principios, normas y estructuras que constituyen puntos de referencia para la gobernanza y el funcionamiento de nuestros Estados, además de influir en la actuación de la propia comunidad internacional». Ante estas dinámicas, que «condicionan los proyectos y las respuestas a la crisis», conviene «promover la convivencia ordenada entre los seres humanos, para que nadie quede solo o abandonado». Aunque, admitió Parolin, esta búsqueda no está exenta de dificultades, «dado el surgimiento de continuas tensiones o intentos de dividir el tejido social en función de su patrimonio, sus posibilidades o su utilidad».

Ciertamente, señaló el cardenal, «al observar la dimensión global o, más técnicamente, interdependiente que caracteriza a la vida contemporánea», queda claro hasta qué punto «implica una pluralidad de participantes cuya imagen abigarrada ya no se limita a las configuraciones tradicionales», sino que concierne a todos. Por ello, el político debe saber «orientar su atención hacia las llamadas decisiones globales que, ante la crisis actual, se presentan como un medio para garantizar la estabilidad del orden social», aunque «la voluntad y el comportamiento de los individuos o de los grupos tiendan a menudo a limitar su alcance».

Las respuestas a la crisis, en otras palabras, «se configuran a una escala más amplia y con una visión a medio y largo plazo, y no se reducen a decisiones dictadas por la necesidad o impuestas por mecanismos cuya validez y efectos se basan en la resolución de emergencias y no en la continuidad». Si las medidas adoptadas o los programas elaborados por los gobiernos y los legisladores no son «el resultado de una política buena, eficaz y compartida, siguen siendo parciales o en gran medida exclusivos». No se trata simplemente de «reorientar los recursos de gasto hacia programas de desarrollo» que, de forma orgánica y continua, «puedan garantizar la plena realización de las personas y los pueblos, su crecimiento y el cumplimiento de las aspiraciones que surgen de su dignidad y forman parte de su identidad». La lucha contra la pobreza, «la superación de las pandemias, la construcción de instituciones dinámicas son retos que no necesitan respuestas, sino que hay que gobernar, porque afectan a la familia humana en su conjunto y a su futuro».

Esto requiere que el ejercicio de la autoridad «no coincida con una visión personal, partidista o nacional», sino «con un sistema organizado de personas e ideas compartidas y posibles», capaz de «asegurar el bien común global, la erradicación del hambre y la miseria, y la defensa cierta de los derechos humanos elementales», en una dimensión que trasciende las fronteras, «no sólo del territorio sino sobre todo del corazón».

Quienes se enfrentan a diario con la vida de las sociedades y con «el funcionamiento de las instituciones y los conflictos sociales», y por tanto están llamados «a responder a retos cada vez más variados y complejos», deben ser conscientes de que «la amistad social y la cultura del encuentro pueden construir un camino capaz de superar la concepción funcional» que actualmente parece «animar todos los aspectos de la realidad social, con seres humanos tratados a menudo como objetos». Al mismo tiempo, la amistad y el encuentro son «un estilo de gobierno, una llamada a la responsabilidad en los distintos niveles y funciones de gobierno». Un «itinerario interesante y factible, que pide al cristiano que se enfrente constantemente a su conciencia y no sólo a sus capacidades».

En esencia, precisamente en esta fase histórica que busca exorcizar «el dolor, la incertidumbre, el miedo y la conciencia de los propios límites que ha despertado la pandemia», ha llegado el momento de «repensar nuestros estilos de vida, nuestras relaciones, la organización de nuestras sociedades y sobre todo el sentido de nuestra existencia».

Osservatore Romano
Imagen: Discurso del cardenal Parolin en Madrid

Ley y gracia para judíos y cristianos

Comentario, publicado por el periódico L’Osservatore Romano, del arzobispo de La Plata, monseñor Víctor Manuel Fernández, sobre el cumplimiento de la Ley según las tradiciones judía y cristiana.

Cuando San Pablo habla de la justificación por la fe, en realidad está recogiendo convicciones profundas de ciertas tradiciones judías. Porque si se afirmara que la propia justificación se obtiene mediante el cumplimiento de la Ley por el propio esfuerzo, sin ayuda divina, se estaría cayendo en la peor clase de idolatría, que consiste en adorar a uno mismo, a los propios poderes y a las propias obras, en lugar de adorar al único Dios.

Es imprescindible recordar que algunos textos del Antiguo Testamento y muchos textos judíos extrabíblicos ya mostraban una religiosidad de confianza en el amor de Dios e invitaban a un cumplimiento de la ley activado en el fondo del corazón por la acción divina (cf. Jer 31, 3.33-34; Ez 11, 19-20; 36, 25-27; Os 11, 1-9, etc.) (1). La «emuná», actitud de profunda confianza en Yahvé, que activa el auténtico cumplimiento de la Ley, «está en el corazón mismo de la exigencia de toda la Torá» (2).

Un eco reciente de esta antigua convicción judía, que renuncia a la autosuficiencia ante Dios, se encuentra en la siguiente frase del rabino Israel Baal Shem Tov (principios del siglo XIX): «Temo mucho más mis buenas acciones que me producen placer que las malas que me producen horror» (3).

Las tradiciones judías también reconocen que para cumplir la Ley en su totalidad se requiere un cambio de corazón. Los cristianos y los judíos no decimos que lo que cuenta es el cumplimiento exterior de ciertas costumbres sin el impulso interior de Dios. En realidad, la teología judía coincide con la doctrina cristiana en este punto, sobre todo si partimos de la lectura de Jeremías y Ezequiel, donde aparece la necesidad de purificación y transformación del corazón.

¿Cómo no ver en Romanos 2: 28-29 una continuación y profundización de Jeremías 4: 4; 9: 24-25)? Judíos y cristianos reconocen que la ley externa no puede cambiarnos por sí sola sin la obra purificadora y transformadora de Dios (Ez 36,25-27), que ya ha empezado a hacerse presente por nosotros en su Mesías (Gal 2,20-21).
Por otra parte, recordemos que, según la profundísima interpretación de San Agustín y Santo Tomás sobre la teología paulina de la nueva ley, la esterilidad de una ley externa sin ayuda divina no es sólo una característica de la Ley judía, sino también de los preceptos que el mismo Jesús nos dejó: «incluso la carta del Evangelio mataría si no tuviera la gracia interior de la fe, que cura» (4).

Notas:

(1) El texto de Hab 2, 4, que expresa esta actitud fundamental, es de hecho citado por San Pablo cuando habla de la justificación por la fe en Gal 3, 11 y en Rom 1, 17.

(2) Véase C. Kessler, Le plus grand commandement de la Loi (cit) 97. Hay que decir aquí que las afirmaciones de Pablo sobre la «transitoriedad» de la Ley deben situarse en el contexto de la «doctrina rabínica de los eones», según la cual al final de los tiempos el instinto del mal será erradicado de los corazones humanos y la ley externa ya no será necesaria. Pablo creía realmente que vivía en los últimos tiempos y esperaba el inminente regreso del Mesías: «Pablo era un fariseo convencido de que vivía en un tiempo mesiánico»: H.J. Schoeps, Pau1. The theology of the Apostle in the light of Jewish religious history, Filadelfia, 1961, p. 113. Por eso, en 1 Timoteo, cuando la expectativa de una venida inminente había disminuido, la ley adquirió mayor importancia (cf. 8-9).

(3) Citado por E. Wiesel, Celebración jasídica, Salamanca, 2003, p. 58; Celebrazione hassidica, Milán, 1987.

(4) Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, cuestión 106, artículo 2.

Víctor Manuel Fernández

Hollerich: «Occidente ha dado a Afganistán sueños pero no ayuda»

El presidente de la Comece interviene sobre la grave crisis del país de Asia central, para recordar a la comunidad internacional su deber de ayudar a un pueblo abandonado. «Hay que hacer todo lo posible para salvaguardar la vida de estas personas».

Ciudad del Vaticano, 27 de agosto 2021.- Occidente es culpable de haber dado sueños y esperanzas al pueblo afgano, que ahora han desaparecido. Las palabras del cardenal Jean-Claude Hollerich, arzobispo de Luxemburgo y presidente de Comece, la Comisión de las Conferencias Episcopales de la Unión Europea, son dramáticas y tristes. El purpurado estigmatiza la geopolítica adoptada en Afganistán por Estados Unidos y critica la actitud de la política europea, que tiende a exportar valores que luego no aplica y que ahora impide la posibilidad de corredores humanitarios para los refugiados afganos.

Eminencia, ¿cómo ven los obispos europeos la actitud cerrada de muchos países de Europa hacia la apertura de corredores humanitarios para las personas que huyen de Afganistán?
Duele ver la actitud de estos, digamos, hombres y mujeres de la política, porque hay un drama humano y es culpa nuestra, es culpa de la política de Occidente, que primero dio la esperanza a muchas mujeres, pero también a muchos jóvenes: la esperanza de tener un mundo mejor, con educación y libertad, y si das estos sueños también debes hacer algo para ayudar a realizarlos después, es normal.

Europa siempre habla de altos valores, un poco como un maestro del mundo, pero cuando se necesita, cuando es necesario vivir estos valores, entonces no estamos ahí y esto dará una imagen terrible de Europa a la gente que pasa necesidad.

Según la Comece, ¿cuáles fueron los factores determinantes de la debacle internacional en Afganistán, que vuelve a estar en manos de los talibanes?
Tendría que ir a ver lo que han dicho los analistas políticos, pero creo que antes había un compromiso, que era un compromiso sobre una presencia en Afganistán, pero no con todas las fuerzas posibles, para preparar al ejército afgano, para que este pudiera hacerse cargo de la situación, pero está claro que no funcionó. Quizás no se tomaron las medidas necesarias contra la corrupción en ese país, quizás no se conocían realmente todos los vínculos políticos, pero la política, en Afganistán, era también una política geoestratégica y creo que ahora Estados Unidos quiere dirigir todos sus esfuerzos hacia Asia. Creo que tal vez, a veces, esta geopolítica debe ser implementada, en general, sin embargo, se debe hacer todo lo posible para dialogar con los pueblos, para entender lo que quieren, se deben buscar y encontrar compromisos para salvaguardar las vidas humanas, las vidas de las personas que viven en estos países.

¿Es correcto, oportuno, abrir un diálogo con los talibanes en este momento?
Es difícil responder correctamente, se necesitaría mucha información, que no tengo. Pero, en general, creo que Dios actúa en cada hombre, que hay algo bueno en cada hombre, por lo que siempre se puede, digamos, atreverse a dialogar. Pero esto es más bien una actitud cristiana, católica, de ver que el Espíritu Santo está actuando en todo el mundo.

Francesca Sabatinelli (Vatican News)
Imagen: El cardenal Hollerich declara que hay que hacer todo lo posible para ayudar al pueblo afgano

El reto de los abusos sexuales. Lo hecho por el Papa desde la reunión de febrero 2019

En febrero de 2019, Francisco invitó a los presidentes de todas las conferencias episcopales al Vaticano para una Cumbre sobre la Protección de los Menores en la Iglesia para abordar el tema de los abusos sexuales por parte de miembros del clero. Una reunión similar, centrada en Europa Central y Oriental, tendrá lugar en Varsovia del 19 al 22 de septiembre. En este artículo, el padre Federico Lombardi sitúa este encuentro en el contexto del camino de la Iglesia hasta ahora.

En el mundo actual, la Iglesia se enfrenta a grandes desafíos. El más fundamental es el de la fe y el anuncio de Dios y de Jesucristo en el mundo actual, con sus enormes transformaciones culturales y antropológicas. Pero también hay desafíos específicos, que tienen un efecto muy profundo en la vida de la Iglesia y en su misión de evangelización. Uno de los más críticos de las últimas décadas, porque ha herido la credibilidad de la Iglesia y, por tanto, su autoridad y su capacidad de anunciar el Evangelio de forma creíble, es el de los abusos sexuales a menores por parte de miembros del clero. Ha arrojado una sombra de incoherencia y falta de sinceridad sobre la institución de la Iglesia, sobre la comunidad eclesial en su conjunto. Esto es muy grave.

Con el tiempo y la experiencia, empezando por los abusos sexuales a menores -que son los más graves-, hemos aprendido a ampliar la perspectiva en diferentes aspectos, de manera que hoy se habla con más frecuencia de abusos contra personas «vulnerables» y sabemos que deben ser vistos como abusos no sólo de sexo, sino también de poder y de conciencia, como ha insistido muchas veces el Papa Francisco. Además, es necesario recordar que el problema de los abusos, en sus diversas dimensiones, es un problema general de la sociedad humana, en los países en los que vivimos y en los diferentes continentes, y no es un problema exclusivo de la Iglesia católica. Por el contrario, cualquiera que lo estudie de forma objetiva y exhaustiva verá que hay regiones, lugares e instituciones muy diferentes en las que la cuestión está dramáticamente extendida.

Al mismo tiempo, es correcto que abordemos específicamente el problema de la Iglesia, debido -como ya se ha dicho- a su credibilidad y coherencia. La Iglesia siempre ha insistido en su enseñanza sobre el comportamiento sexual y el respeto a la persona. Por eso, aunque veamos que no es un problema exclusivo de la Iglesia, debemos tomarlo absolutamente en serio y comprender que tiene una gravedad terrible en el contexto de la vida de la Iglesia y del anuncio del Evangelio del Señor.

En particular, es un ámbito en el que está en juego la profundidad y la verdad de la relación con las personas, cuya dignidad debe respetarse profundamente. Como cristianos y católicos nos enorgullecemos de reconocer la dignidad de la persona como algo fundamental, porque la persona es la imagen de Dios. Ahora bien, el hecho de abusar, de faltar al respeto, de tratar a los demás como objetos, de no estar atentos a su sufrimiento, es un signo de fracaso en un punto fundamental de nuestra fe y de nuestra visión del mundo.

En la muy reciente reforma del derecho canónico hay un aspecto que puede parecer puramente formal, pero que es muy significativo desde este punto de vista. Los delitos de maltrato se incluyen en el ámbito de los delitos «contra la vida, la dignidad y la libertad de la persona». No son «cosas vergonzosas» o «indignas del clero», pero se subraya que en la perspectiva de la Iglesia la dignidad de la persona debe situarse en el centro y debe ser respetada porque y como imagen de Dios. Esto es absolutamente fundamental. Convertirnos para tomar mucho más en serio la escucha y el respeto a cada persona, incluso a las pequeñas o débiles, es uno de los puntos importantes del camino de conversión y purificación de la Iglesia en nuestro tiempo para ser creíble.

La Convención de 2019: responsabilidad, rendición de cuentas, transparencia
Sin tener que rehacer toda la historia de los dramáticos acontecimientos y posiciones de la Iglesia sobre los abusos sexuales, podemos, para simplificar, referirnos a la «Cumbre» de febrero de 2019. Fue convocada por el Papa como un momento global, en el que toda la Iglesia, a través de los representantes de todas las Conferencias Episcopales, de las congregaciones religiosas masculinas y femeninas, se reuniera para un momento de toma de conciencia y de compromiso, con el fin de continuar más eficazmente el camino de la renovación.

La organización de esa conferencia (cuyas actas se han publicado en el volumen Conciencia y purificación por LEV) giró en torno a tres puntos principales.

En primer lugar, ya a finales de marzo de 2019, se promulgaron las nuevas leyes y directrices relativas al Vaticano y la Santa Sede, ampliando el enfoque, además del abuso de menores, a las «personas vulnerables». Luego, el 9 de mayo de 2019, se promulgó una nueva ley de gran importancia para toda la Iglesia, el Motu proprio Vos estis lux mundi – «Vosotros sois la luz del mundo»-, en el que el Papa ordenó que en todas las diócesis se crearan oficinas para recibir denuncias e iniciar procedimientos para responder a los abusos. No sólo eso, sino que también estableció la obligación para todos los sacerdotes y religiosos de denunciar los abusos de los que tuvieran conocimiento, e invitó a los miembros laicos de la Iglesia a denunciar también. Ahora, todos los sacerdotes y monjas están obligados en conciencia a denunciar cualquier caso de abuso de menores del que tengan conocimiento, y no sólo los que se producen contra menores, que son los más graves, sino también los que se producen contra otras personas vulnerables u otros abusos cometidos con violencia. Y los laicos también están invitados a hacerlo, y tienen que saber el lugar preciso donde pueden presentar la queja. Este es un paso muy decisivo. Por supuesto que hay que comprobar si se aplica en su totalidad, pero ya es ley para toda la Iglesia. Es un paso absolutamente fundamental dado por el Papa, probablemente el más importante en este campo desde hace casi veinte años. No sólo eso, sino que la misma ley establece el procedimiento para denunciar a los más altos superiores -superiores generales de órdenes religiosas, obispos, cardenales…- no sólo por abusos, sino también por casos de «encubrimiento». Así, las cuestiones de responsabilidad y rendición de cuentas se han abordado radicalmente.

Además, en diciembre de 2019 se suprimió el «secreto pontificio» sobre los actos relacionados con asuntos de abusos sexuales, lo que permite cooperar también con las autoridades civiles, de forma más clara y suelta que antes. Así pues, más «transparencia». Luego, en julio de 2020, se concluyó y publicó el famoso Vademécum, que había sido muy solicitado y señalado por el propio Papa como uno de los primeros objetivos del encuentro de 2019. La Congregación para la Doctrina de la Fe lo elaboró: un documento bonito, muy rico, que no dice nada nuevo, pero que ordena y explica claramente, para uso de cada obispo y de cada responsable, todos los puntos que deben conocer y lo que deben hacer en las diferentes situaciones. Una herramienta que era realmente necesaria. Cuando salió no se habló mucho de ello, pero era uno de los puntos esenciales en las peticiones para la reunión de 2019, y se ha hecho.

Más recientemente aún, en Pentecostés de 2021, se publicó el nuevo Libro VI del Código de Derecho Canónico, que contiene un poco todo el derecho penal de la Iglesia, reformulado y organizado de tal manera que las nuevas normas, que a lo largo de los años se habían establecido en el campo de los abusos como en otros campos, se recogen ahora en el Código de Derecho Canónico de manera ordenada, mientras que antes habían permanecido «dispersas» en toda una serie de intervenciones y documentos.

Ahora -insistimos- se puede decir que estas cosas son exactamente las principales que se esperaban del Papa y de la Santa Sede tras el Encuentro de 2019. Y se han hecho.

Se puede añadir que, en este mismo periodo, en noviembre de 2020, también se publicó el voluminoso «Informe McCarrick», después de que por voluntad del Papa se estudiara con detalle toda la historia del gravísimo escándalo que ha sacudido a la Iglesia en Estados Unidos y a toda la Iglesia: cómo fue posible que un autor de abusos llegara a las alturas de las responsabilidades eclesiásticas, como arzobispo de Washington y cardenal. Esta publicación también puede considerarse como un paso doloroso, pero muy valiente, en la dirección de la transparencia y la voluntad de rendir cuentas de los delitos y responsabilidades incluso en los niveles más altos de la Iglesia.

Así pues, nos enfrentamos a un problema enorme, difícil y doloroso en relación con la credibilidad de la Iglesia. Sin embargo, no es en absoluto cierto que no se haya hecho nada o que se esté haciendo poco o nada. Se puede y se debe decir claramente que la Iglesia universal ha afrontado y afronta este problema, ha dado los pasos necesarios y ha establecido normas, procedimientos y reglas para tratarlo correctamente.

El camino a seguir: de las normas a la práctica
Esto, por supuesto, no significa que todo esté hecho, porque, como sabemos, una cosa es establecer las normas, el marco, y otra muy distinta cambiar la realidad poniéndolas en práctica. La próxima Conferencia de las Iglesias de Europa Central y Oriental, que se celebrará en Varsovia en septiembre, sobre la protección de los menores y las personas vulnerables, va exactamente en este sentido. De hecho, en cada área geográfica y eclesial, que tiene aspectos y problemas comunes desde el punto de vista histórico y cultural, es necesario reflexionar sobre dónde estamos y cuáles son las formas concretas de traducir efectivamente las directrices de la Iglesia universal en la realidad. Esto se ha hecho en otras regiones: por ejemplo, hubo una gran conferencia en América Latina, en México, hace un año. Después, la pandemia interrumpió muchos programas y provocó retrasos. Pero en varios continentes y regiones se está haciendo -o ya se ha hecho- lo mismo que en Europa Central y Oriental. Se trata, pues, de un paso fundamental en un camino común de la Iglesia universal que atañe, con su especificidad, a esta zona geográfica, cultural y eclesial.

En conclusión. Se ha hecho mucho, a nivel de normas generales y también a nivel de experiencias concretas. En algunas partes más, en otras menos. Reunirse es necesario para hacer circular los conocimientos y comprender las formas concretas y eficaces de abordar los problemas. Estamos en el camino y seguiremos en el camino, pero en un camino que en el fondo está suficientemente claro, en el que es necesario avanzar con rapidez y sin incertidumbres, para curar el sufrimiento, para hacer justicia, para evitar los abusos, para restaurar la confianza y la credibilidad de la comunidad eclesial en su interior y en su misión por el bien del mundo.

P. Federico Lombardi S.J.
Imagen: P. Lombardi moderador del Encuentro para la Protección de Menores del 21-24 febrero

Tokio. A partir del 24 de agosto siguen los Juegos Paralímpicos.

Reflexión de L’Osservatore Romano, sobre los juegos Olímpicos y los Paralímpicos, que comienzan el 24 de agosto. Una reflexión sobre los reflejos de la fraternidad desde los cinco círculos, algunos gestos que hablan de compartir más allá de la rivalidad y los resultados.

Ciudad del Vaticano, 9 de agosto 2021.- Para ser justos, los Juegos Olímpicos de Tokio no terminaron el domingo 8 de agosto. Hay una pausa «técnica» de dos semanas (un poco como el primer y segundo tiempo de un partido de fútbol) y el martes 24 de agosto se reanudan los Juegos Paralímpicos. Ese mismo sufijo griego -para- deja claro que «es lo mismo», modulado de forma diferente. Pero desde luego no son unas olimpiadas «hipo», con competiciones y atletas de segunda división. Al contrario… lo mejor está por llegar.

Por ello, los Juegos de Tokio terminarán realmente el domingo 5 de septiembre con el fin de los Juegos Paralímpicos. Para dar paso a Pekín, que acogerá los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno a partir del 4 de febrero de 2022.

El maratón: una carrera simbólica
La «primera parte» de los Juegos culminó ayer con el maratón: la carrera simbólica, metáfora apremiante de la vida de cada uno. Pero también es una señal «provocadora»: siempre son los atletas del llamado «tercer mundo» los primeros en cruzar la línea de meta, dando un vuelco a las escalas económicas y a las clasificaciones del PIB. El keniano Eliud Kipchoge volvió a ganar el maratón olímpico con un tiempo de 2h08’38»: exactamente la duración de la oración de la madre Janet que, como con cada victoria de su hijo, fue a misa en la iglesia de su pueblo de Kapsisiwa «para dar las gracias a Dios».

En la carrera del cansancio, los africanos ganan, incluso cuando llevan la camiseta del país que los acogió. Y en la pista olímpica de Tokio el sábado hubo otra… «ceremonia de bienvenida», completada con un «certificado» deportivo. El campeón mundial keniano Timothy Cheruiyot perdió la carrera de 1.500 metros ante el noruego Jakob Ingebrigsten e, inmediatamente después de la meta, el Keniano «bautizó» como el africano de turno al noruego, colocándole personalmente en la muñeca el brazalete con los colores de Kenia. En resumen, le dio la bienvenida: en la carrera, el fuerte Sur del mundo abre sus brazos e «incluye» al Norte.

Las Olimpiadas
Las Olimpiadas son historias de mujeres y hombres que hoy no pueden detener «la tercera guerra mundial en pedazos», pero sugieren la posibilidad de una humanidad más fraternal. El Papa Francisco dijo a su equipo, Athletica Vaticana, el 29 de mayo que «todo lo que concierne al hombre está en el corazón de la Iglesia». Y por eso es muy significativo que, con la colaboración del Consejo Pontificio de la Cultura, el Comité Olímpico Internacional haya añadido la palabra latina Communiter (‘Juntos’) al lema olímpico. E inmediatamente dos atletas -el qatarí Mutaz Ezza Barshim y el italiano Gianmarco Tamberi- optaron por compartir la medalla de oro en salto de altura, desplazando a los que quieren un ganador a la fuerza. Se puede cambiar la cultura de ganar a toda costa y ganar juntos. Communiter, en efecto.

Hoy, L’Osservatore Romano ha publicado un «primer plano» con algunas historias olímpicas y, en primer lugar, un perfil del equipo de refugiados. Y en Tokio, Saamiya Yusuf Omar también podría haber estado allí. En los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, Saamiya Yusuf, de 17 años, corrió por su país natal, Somalia, y quedó última en los 200 metros. Saamiya esperaba repetir su experiencia olímpica en Londres 2012, pero murió frente a las costas de Lampedusa en el naufragio del barco en el que había invertido su sueño de joven. Incluso en Londres, probablemente habría quedado en último lugar. O quizás el penúltimo. Pero la primera en la selección de los que saben esperar contra toda esperanza.

Giampaolo Mattei (Vatican News)
Imagen: Tokio 2021 (Foto: AFP)

La fraternidad es la medalla más hermosa

Tokio se prepara para vivir los Juegos Olímpicos marcados por la pandemia. El magisterio del Papa Francisco sobre el deporte como forma de fortalecer la concordia entre los pueblos.

Hay quienes ya lo han descrito como «las Olimpiadas tristes». En Tokio, para evitar el contagio del Covid19, no habrá espectadores en las gradas de los estadios, no se permitirán los abrazos entre los atletas y los ganadores olímpicos tendrán que ponerse las medallas al cuello para evitar cualquier posible contacto. Un año después del aplazamiento de los Juegos Olímpicos a causa de la pandemia, Japón se prepara para vivir el evento deportivo por excelencia con sentimientos encontrados: alegría y tristeza, orgullo y preocupación. Sin embargo, en estas Olimpiadas, que se celebran por primera vez bajo estrictas medidas contra el contagio, podrá tal vez surgir con mayor claridad el significado (y el valor) de un evento que, ya desde su símbolo -los cinco aros entrelazados-, trae consigo el espíritu de fraternidad y armonía entre los pueblos. Es un mensaje ciertamente muy necesario hoy, cuando estamos «todos en el mismo barco» y nos enfrentamos, entre otras muchas dificultades, a un inesperado cambio de época de consecuencias aún imprevisibles.

El Papa Francisco ha subrayado en varias ocasiones el potencial educativo del deporte para los jóvenes, la importancia de «ponerse en juego» y del juego limpio, así como -y también lo hizo durante sus días en el Hospital Gemelli- el valor de la derrota, porque la grandeza de una persona se ve más cuando cae que cuando triunfa, en el deporte como en la vida. A principios de año, en una larga entrevista concedida a la Gazzetta dello Sport, el Papa señaló: «La victoria contiene una emoción incluso difícil de describir, pero la derrota también tiene algo de maravilloso (…) De ciertas derrotas nacen hermosas victorias, porque una vez identificado el error, se enciende la sed de redención. Yo diría que los que ganan no saben lo que pierden». En una época marcada por fracturas y polarizaciones de todo tipo, para el Papa el deporte puede ser, por tanto, como recordó a los atletas de las Olimpiadas Especiales, «uno de esos lenguajes universales que supera las diferencias culturales y sociales, religiosas y físicas, y consigue unir a las personas, haciéndolas partícipes de un mismo juego y protagonistas juntas de victorias y derrotas».

Ciertamente, como en los recientes campeonatos europeos de fútbol y en la Copa América, existe la conciencia de que los atletas que se alternarán en la pista, en el campo o en la plataforma, no escatimarán energías para ganar. Este espíritu de competición también se ha visto reforzado por la prolongada espera de los últimos Juegos Olímpicos, en Río de Janeiro en 2016. Por otra parte, si Francisco ha expresado a menudo su aprecio por la dimensión amateur y comunitaria del deporte y su función social, sabe bien que la actividad deportiva, especialmente a nivel profesional, vive en la comparación y la superación del límite, en primer lugar, con uno mismo, incluso antes que con los demás. «Mostrar qué objetivos se pueden alcanzar con el esfuerzo de la formación, que implica un gran compromiso y también la renuncia. «Todo esto -dijo el Papa a los nadadores italianos en junio de 2018- constituye una lección de vida, especialmente para vuestros compañeros». Es la esperanza de que estos Juegos Olímpicos de Tokio sean capaces de combinar la tensión competitiva y el espíritu de unidad. Superar los límites y compartir las debilidades. Hoy, más que nunca, el reto no es sólo ganar la medalla de oro -el sueño y la meta de todo atleta olímpico- sino también ganar, todos juntos, la medalla de la fraternidad humana.

Alessandro Gisotti
Vatican News

Carta semanal del cardenal arzobispo de Madrid: «Educar: una reflexión con alumnos, padres y educadores»

He de deciros que ha sido una tarde inolvidable. He pasado cinco horas en un lugar en el que se fraguan vidas: un colegio. He podido estar con alumnos, educadores y padres, y ver que la pasión por hacer crecer al otro mueve sus vidas. ¡Qué responsabilidad y qué tarea más apasionante es la de educar! Cuando surge la pregunta de qué es educar, hay respuestas diversas. Yo pienso en los encuentros de Jesucristo con los apóstoles y con la gente. Junto a Él aprendí algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy grande: educar es un acto de amor. Sí, educar es dar vida y abrir la vida de los educandos a todas las dimensiones que tiene el ser humano.

Este amor despierta en los educadores y en los padres la decisión de ponerse en camino, conscientes de que hay que tener paciencia y capacidad de escucha, de que hay que saber acompañar a quien está a nuestro lado para que saque lo mejor de sí mismo. Quien se ha dedicado a esta tarea en la vida o en algunos momentos de su vida sabe, por experiencia propia, que la educación es exigente, pues nos pide poner todo lo que somos y todos los recursos que tenemos a nuestro alcance a favor de ese encuentro que es el acto educativo. No se puede educar sin que en el educador se den competencia, cualificación y una dosis muy grande de humanidad.

Quisiera deciros a todos, profesores y padres, que la coherencia de nuestra vida es fundamental en este camino. Podemos saber muchas cosas, podemos tener muchas teorías, pero, si no perciben nuestra coherencia, si no ven testigos cualificados, no haremos crecer a quienes tenemos que educar. Aparte de en la educación directa, podemos apoyarnos en el deporte, en el trabajo… Siempre llevan a más y ayudan a encontrarse con uno mismo. En mis años de sacerdote en Cantabria, cuando inicié un proyecto para sacar de la droga a muchos jóvenes, descubrí que la combinación de educación, deporte y trabajo era fundamental para eliminar dependencias.

Decía al iniciar esta reflexión que uno no puede educar sin amor, ¡qué importante es acariciar los corazones! Porque uno educa cuando va introduciendo a quien educa en la vida y le va dando herramientas para que haga ese camino. Hay que hacerlo con persuasión, no de cualquier modo. Ello requiere dar testimonio con inmensa amabilidad, que motive el corazón y la cabeza al mismo tiempo. Educar es despertar en los que educamos todo lo que hay en ellos de bueno y noble e iniciar unos procesos que desemboquen en descartar toda clase de discriminaciones o violencias. Esto sí que cambia el mundo y nuestras relaciones.

¡Qué importancia tenéis los padres en esta tarea! Vuestra es la responsabilidad de educar a vuestros hijos. Tenéis el derecho a dar a vuestros hijos la educación que consideráis mejor para ellos. Afirmad el derecho de educar a los hijos conforme a vuestras convicciones morales y religiosas. En la tarde que he pasado en un colegio, en mi encuentro con los padres, me he dado cuenta de la importancia que tiene el no vivir aislándolos a ellos de la tarea y de la responsabilidad educativa. Tiene que existir confianza entre los padres y los educadores. Quizá hoy se han multiplicado los expertos o los cualificados, que nunca podrán ocupar el papel de los padres en los aspectos más fundamentales e íntimos de la educación. Con fuerza hay que decir que en el desarrollo de la personalidad de los niños y jóvenes, de su vida afectiva, de sus deberes y derechos, los padres no solo han de escuchar o aprender, sino han de tener su voz. No podemos excluirlos de las vidas de sus hijos.

En la conversación mantenida vimos que la familia no puede inhibirse de la educación de sus hijos. La familia debe sostener, acompañar y guiar. ¿Esto debe hacerse como siempre? Las circunstancias, las situaciones, la escuela misma, han cambiado y es tiempo de buscar y encontrar nuevos recursos y también, por qué no, nuevos métodos. ¿Cómo no darnos cuenta de que en las vidas de los niños y jóvenes entra hoy mucha más gente a través de las pantallas? ¿Cómo no saber en manos de quién los ponemos en el tiempo libre? ¿Cuánto tiempo pasáis lo padres hablando con vuestros hijos con sencillez y cercanía en sus distintos momentos vitales? Es muy importante que en este trabajo generemos procesos con el amor que tenéis a vuestros hijos, que es mucho, para que maduren en libertad, en crecimiento en todas las dimensiones de sus vidas; no les cerréis ninguna. Ofrecedles medios para que se defiendan con inteligencia en todas las circunstancias en las que estén.

Después de esta vivencia con educadores, padres y alumnos, propongo tres tareas:

  1. Asumamos el compromiso de educar en la unidad de la persona. No llenemos la cabeza solo de conceptos. Hay que estar pendiente de la mente, del corazón y de las manos. Es necesario que haya armonía entre sentir y hacer; entre pensar y hacer, y entre sentir y pensar.
  2. Asumamos el compromiso de una mayor implicación de las familias. La responsabilidad con los hijos ya comienza en el vientre materno y sigue en el momento de nacer. Hay que conseguir una mayor participación de las familias en cualquier proyecto educativo.
  3. Asumamos la responsabilidad de formar a los artesanos, a los educadores. Con su saber, paciencia y dedicación van transmitiendo un modo de ser que se transforma en riqueza. ¿O acaso no es riqueza que el ser humano desarrolle todas sus capacidades y potencialidades?

Con gran afecto, os bendice,
+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Opinión: «El escándalo de los abusos y la reforma en la Iglesia» (Andrea Tornielli)

Las notables indicaciones contenidas en la carta con la que el Papa Francisco rechazó la renuncia ofrecida por el Cardenal Marx.

“La reforma en la Iglesia la han hecho hombres y mujeres que no tuvieron miedo de entrar en crisis y dejarse reformar a sí mismos por el Señor. Es el único camino, de lo contrario no seremos más que ‘ideólogos de reformas’ que no ponen en juego la propia carne”. Este es un pasaje de la carta con la que el Papa rechazó la oferta de dimisión del cardenal Reinhard Marx de la conducción de la diócesis de Múnich y Frisinga. Es un texto papal lleno de notables indicaciones, que van mucho más allá del caso particular para centrarse de nuevo en lo esencial, indicando la mirada y la actitud cristiana ante la realidad. Esa mirada y esa actitud se olvidan a menudo cuando -incluso en la comunidad eclesial- se corre el riesgo de atribuir un valor salvífico a las estructuras, al poder de la institución, a las normas legislativas cada vez más detalladas y estrictas, a las best practices empresariales, a la lógica de la representación política trasplantada en los caminos sinodales, a las estrategias de marketing aplicadas a la misión, al narcisismo comunicativo de los efectos especiales.

Afirmar, como hace el Obispo de Roma, que ante el escándalo de los abusos «no nos salvarán las encuestas ni el poder de las instituciones. No nos salvará el prestigio de nuestra Iglesia que tiende a disimular sus pecados; no nos salvará ni el poder del dinero ni la opinión de los medios (tantas veces somos demasiado dependientes de ellos)», significa una vez más indicar el único camino cristiano. Porque, escribió el Papa a Marx, «nos salvará abrir la puerta al Único que puede hacerlo y confesar nuestra desnudez: ‘he pecado’, ‘hemos pecado’…». Es en el camino de la debilidad donde la Iglesia vuelve a encontrar la fuerza, cuando no confía en sí misma ni se siente protagonista, sino que pide perdón e invoca la salvación del Único que puede darla.

El Papa emérito Benedicto XVI, en sus notas preparadas para la cumbre de febrero de 2019 para la protección de los menores y publicadas dos meses después, preguntándose cuáles eran las respuestas adecuadas a la lacra de los abusos había escrito: «El antídoto contra el mal que nos amenaza últimamente a nosotros y al mundo entero solo puede consistir en el hecho de que nos abandonemos» al amor de Dios. «Si reflexionamos sobre lo que hay que hacer, está claro que no necesitamos otra Iglesia inventada por nosotros». Hoy en día «la Iglesia es vista en gran medida solo como una especie de aparato político» y «la crisis provocada por muchos casos de abusos a manos de sacerdotes nos empuja a considerar a la Iglesia incluso como algo malo que debemos tomar definitivamente en nuestras manos y formar de una manera nueva. Pero una Iglesia hecha por nosotros no puede representar ninguna esperanza».

En 2010, en medio de la tormenta provocada por el escándalo de los abusos en Irlanda, el Papa Ratzinger había señalado el camino penitencial como el único viable, diciendo que estaba convencido de que el mayor ataque a la Iglesia no provenía de enemigos externos, sino de su interior. Hoy su sucesor, Francisco, con una consonancia de miradas y acentos, nos recuerda que la reforma, en la Ecclesia semper reformanda, no se realiza con estrategias políticas, sino con hombres y mujeres que se dejan “reformar por el Señor”.

Andrea Tornielli
Imagen: Francisco reflexiona sobre la crisis de los abusos:
«Nos salvará abrir la puerta al Único que puede hacerlo y confesar nuestra desnudez:
‘he pecado’, ‘hemos pecado’…». (Vatican Media)

El asombro, la adoración y el sínodo

Las palabras del Papa en la misa de la fiesta del Corpus Christi indican la fuente de todo auténtico camino eclesial.

«Si faltan el asombro y la adoración, no hay camino que nos lleve al Señor. Tampoco habrá sínodo, nada…». Es una frase añadida espontáneamente a la homilía de la misa de la fiesta del Corpus Christi que dice mucho sobre el modo en que el Papa ve el «proceso» que se pondrá en marcha para el próximo sínodo y los caminos sinodales ya en curso. Y dice todo sobre la fuente de cada auténtico camino eclesial. Porque, como expresó Francisco en la misma homilía, «es necesario salir de la pequeña habitación de nuestro yo y entrar en el gran espacio del estupor y la adoración. Y esto nos hace mucha falta. Esto nos falta en muchos movimientos que nosotros hacemos para encontrarnos, reunirnos, pensar juntos la pastoral”.

En un artículo publicado en La Civiltà Cattolica el pasado mes de septiembre, el Papa Francisco había dejado entrever el juicio al que había llegado sobre un determinado modo de tratar la vieja cuestión de los «viri probati» y la propuesta de ordenar a los hombres casados que surgió en el Sínodo sobre la Amazonia: «Hubo una discusión… una rica discusión… una discusión bien fundamentada, pero no un discernimiento, que es otra cosa que llegar a un buen y justificado consenso o a mayorías relativas. Debemos entender que el Sínodo es más que un Parlamento; y en este caso concreto no podía escapar a esta dinámica. En este tema ha sido un Parlamento rico, productivo e incluso necesario; pero no más que eso».

Sin el asombro (que se produce por gracia y ciertamente no por imposición), y sin la adoración (que también es una consecuencia de la gracia y que tampoco se puede dar por supuesta), la Iglesia se mundaniza y acaba asumiendo categorías políticas e ideológicas. Y así, el protagonista ya no es Aquel sin el cual no podemos hacer nada, sino las estrategias, las tácticas, los fuegos artificiales de la comunicación de marketing, los grupos de presión y las asociaciones con sus respectivas agendas, quizás de signo contrario pero unidos por la ausencia de comunión. Es una distorsión en cierto modo más grave que muchas otras «heridas» y pecados, porque deja vacía y seca desde dentro la dinámica de la vida eclesial, poniendo en primer plano no la escucha del Espíritu Santo sino nuestros proyectos, la eficacia de nuestras estructuras y nuestros planes de reforma. Este es un riesgo del que el Sucesor de Pedro lleva tiempo advirtiendo, como lo hizo recientemente también en la homilía de Pentecostés, cuando recordó que “el Paráclito afirma la primacía del conjunto. Es en el conjunto, en la comunidad, donde el Espíritu prefiere actuar y llevar la novedad… Hoy, si escuchamos al Espíritu, no nos centraremos en conservadores y progresistas, tradicionalistas e innovadores, derecha e izquierda. Si estos son los criterios, quiere decir que en la Iglesia se olvida el Espíritu. El Paráclito impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver como partes del mismo cuerpo, hermanos y hermanas entre nosotros. ¡Busquemos el todo! El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, y por eso la convierte en ideologías”.

Si faltan el asombro y la adoración, si faltan la escucha del Espíritu y la primacía del conjunto, no habrá sínodo, dijo el Obispo de Roma el domingo pasado. Como mucho, habrá un buen Parlamento.

Andrea Tornielli
Imagen:
«El Paráclito impulsa a la unidad, a la concordia y a la armonía de las diversidades». (Papa Francisco)