El Papa en la Conferencia sobre Nutrición de la FAO: »Los hambrientos piden dignidad, no limosna»

El Papa Francisco visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) , con ocasión de la segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición que tiene lugar en Roma del 19 al 21 de noviembre.

A su llegada, el Santo Padre fue recibido por el director general de la FAO José Graziano da Silva, por el director general Adjunto, Oleg Chestnov y por mons.Luigi Travaglino. Observador permanente de la Santa Sede ante ese organismo.

En el Salón de Plenos el Pontífice dirigió a los presentes el discurso que reproducimos a continuación:

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''Con sentido de respeto y aprecio, me presento hoy aquí, en la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición. Le agradezco, señor Presidente, la calurosa acogida y las palabras de bienvenida. Saludo cordialmente al Director General de la FAO, el Prof. José Graziano da Silva, y a la Directora General de la OMS, la Dra. Margaret Chan, y me alegra su decisión de reunir en esta Conferencia a representantes de Estados, instituciones internacionales, organizaciones de la sociedad civil, del mundo de la agricultura y del sector privado, con el fin de estudiar juntos las formas de intervención para asegurar la nutrición, así como los cambios necesarios que se han de aportar a las estrategias actuales. La total unidad de propósitos y de obras, pero sobre todo el espíritu de hermandad, pueden ser decisivos para soluciones adecuadas. La Iglesia, como ustedes saben, siempre trata de estar atenta y solícita respecto a todo lo que se refiere al bienestar espiritual y material de las personas, ante todo de los que viven marginados y son excluidos, para que se garanticen su seguridad y su dignidad.

Los destinos de cada nación están más que nunca enlazados entre sí, al igual que los miembros de una misma familia, que dependen los unos de los otros. Pero vivimos en una época en la que las relaciones entre las naciones están demasiado a menudo dañadas por la sospecha recíproca, que a veces se convierte en formas de agresión bélica y económica, socava la amistad entre hermanos y rechaza o descarta al que ya está excluido. Lo sabe bien quien carece del pan cotidiano y de un trabajo decente. Este es el cuadro del mundo, en el que se han de reconocer los límites de planteamientos basados en la soberanía de cada uno de los Estados, entendida como absoluta, y en los intereses nacionales, condicionados frecuentemente por reducidos grupos de poder. Lo explica bien la lectura de la agenda de trabajo de ustedes para elaborar nuevas normas y mayores compromisos para nutrir al mundo. En esta perspectiva, espero que, en la formulación de dichos compromisos, los Estados se inspiren en la convicción de que el derecho a la alimentación sólo quedará garantizado si nos preocupamos por su sujeto real, es decir, la persona que sufre los efectos del hambre y la desnutrición.

Hoy día se habla mucho de derechos, olvidando con frecuencia los deberes; tal vez nos hemos preocupado demasiado poco de los que pasan hambre. Duele constatar además que la lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la ''prioridad del mercado'' y por la ''preminencia de la ganancia'', que han reducido los alimentos a una mercancía cualquiera, sujeta a especulación, incluso financiera. Y mientras se habla de nuevos derechos, el hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna.

Estos criterios no pueden permanecer en el limbo de la teoría. Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. Cuando eso suceda, también las intervenciones humanitarias, las operaciones urgentes de ayuda o de desarrollo – el verdadero, el integral desarrollo – tendrán mayor impulso y darán los frutos deseados.

El interés por la producción, la disponibilidad de alimentos y el acceso a ellos, el cambio climático, el comercio agrícola, deben ciertamente inspirar las reglas y las medidas técnicas, pero la primera preocupación debe ser la persona misma, aquellos que carecen del alimento diario y han dejado de pensar en la vida, en las relaciones familiares y sociales, y luchan sólo por la supervivencia. El santo Papa Juan Pablo II, en la inauguración en esta sala de la Primera Conferencia sobre Nutrición, en 1992, puso en guardia a la comunidad internacional ante el riesgo de la ''paradoja de la abundancia'': hay comida para todos, pero no todos pueden comer, mientras que el derroche, el descarte, el consumo excesivo y el uso de alimentos para otros fines, están ante nuestros ojos. Esta es la paradoja. Por desgracia, esta ''paradoja'' sigue siendo actual. Hay pocos temas sobre los que se esgrimen tantos sofismas como los que se dicen sobre el hambre; pocos asuntos tan susceptibles de ser manipulados por los datos, las estadísticas, las exigencias de seguridad nacional, la corrupción o un reclamo lastimero a la crisis económica. Este es el primer reto que se ha de superar.

El segundo reto que se debe afrontar es la falta de solidaridad, una palabra que tenemos la sospecha que inconscientemente la queremos sacar del diccionario. Nuestras sociedades se caracterizan por un creciente individualismo y por la división; esto termina privando a los más débiles de una vida digna y provocando revueltas contra las instituciones. Cuando falta la solidaridad en un país, se resiente todo el mundo. En efecto, la solidaridad es la actitud que hace a las personas capaces de salir al encuentro del otro y fundar sus relaciones mutuas en ese sentimiento de hermandad que va más allá de las diferencias y los límites, e impulsa a buscar juntos el bien común.

Los seres humanos, en la medida en que toman conciencia de ser parte responsable del designio de la creación, se hacen capaces de respetarse recíprocamente, en lugar de combatir entre sí, dañando y empobreciendo el planeta. También a los Estados, concebidos como una comunidad de personas y de pueblos, se les pide que actúen de común acuerdo, que estén dispuestos a ayudarse unos a otros mediante los principios y normas que el derecho internacional pone a su disposición. Una fuente inagotable de inspiración es la ley natural, inscrita en el corazón humano, que habla un lenguaje que todos pueden entender: amor, justicia, paz, elementos inseparables entre sí. Como las personas, también los Estados y las instituciones internacionales están llamados a acoger y cultivar estos valores: amor, justicia, paz. Y hacerlo en un espíritu de diálogo y escucha recíproca. De este modo, el objetivo de nutrir a la familia humana se hace factible.

Cada mujer, hombre, niño, anciano, debe poder contar en todas partes con estas garantías. Y es deber de todo Estado, atento al bienestar de sus ciudadanos, suscribirlas sin reservas, y preocuparse de su aplicación. Esto requiere perseverancia y apoyo. La Iglesia Católica trata de ofrecer también en este campo su propia contribución, mediante una atención constante a la vida de los pobres, de los necesitados, en todas las partes del planeta; en esta misma línea se mueve la implicación activa de la Santa Sede en las organizaciones internacionales y con sus múltiples documentos y declaraciones. Se pretende de este modo contribuir a identificar y asumir los criterios que debe cumplir el desarrollo de un sistema internacional ecuánime. Son criterios que, en el plano ético, se basan en pilares como la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad; al mismo tiempo, en el campo jurídico, estos mismos criterios incluyen la relación entre el derecho a la alimentación y el derecho a la vida y a una existencia digna, el derecho a ser protegidos por la ley, no siempre cercana a la realidad de quien pasa hambre, y la obligación moral de compartir la riqueza económica del mundo.

Si se cree en el principio de la unidad de la familia humana, fundado en la paternidad de Dios Creador, y en la hermandad de los seres humanos, ninguna forma de presión política o económica que se sirva de la disponibilidad de alimentos puede ser aceptable. Presión política y económica, aquí pienso en nuestra hermana y madre tierra, en el planeta, si somos libres de presiones políticas y económicas para cuidarlo, para evitar que se autodestruya. Tenemos adelante Perú y Francia dos conferencias que nos desafían, cuidar el planeta. Recuerdo una frase que escuché de un anciano hace muchos años, Dios siempre perdona… las ofensas, los maltratos, Dios siempre perdona, los hombres perdonamos a veces, la tierra no perdona nunca. Cuidar a la hermana tierra, la madre tierra para que no responda con la destrucción. Pero, por encima de todo, ningún sistema de discriminación, de hecho o de derecho, vinculado a la capacidad de acceso al mercado de los alimentos, debe ser tomado como modelo de las actuaciones internacionales que se proponen eliminar el hambre.

Al compartir estas reflexiones con ustedes, pido al Todopoderoso, al Dios rico en misericordia, que bendiga a todos los que, con diferentes responsabilidades, se ponen al servicio de los que pasan hambre y saben atenderlos con gestos concretos de cercanía. Ruego también para que la comunidad internacional sepa escuchar el llamado de esta Conferencia y lo considere una expresión de la común conciencia de la humanidad: dar de comer a los hambrientos para salvar la vida en el planeta. Gracias''.

Después de su discurso, el Papa saludó al personal de la FAO agradeciéndoles su espíritu de solidaridad y su comprensión que va más allá de los documentos y su capacidad para ver ''los rostros apagados y las situaciones dramáticas de personas sometidas a la dura prueba del hambre y de la sed''. ''El agua -dijo- no es gratis como pensamos tantas veces. Será un gran problema que podría llevarnos a una guerra''. Y reiteró de nuevo que aquellos para quienes trabaja la FAO ''piden dignidad y no limosna. Esta es vuestra tarea: asegurar que cada uno de ellos tenga dignidad''.   

Monseñor Carlos Osoro: La alegría de una evangelización misionera

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¡Qué alegría vivir conociendo y dando a conocer a Jesucristo! Sintamos la alegría de vivir, conscientes siempre, como miembros vivos de la Iglesia que somos, de que sabemos por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe que solamente Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a todas las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida, el sentido de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Estas preguntas están en el corazón y en la vida de todos los hombres, en todas las latitudes de la tierra, unas veces conscientes en la vida de los hombres y otras no. Pero el no tener respuestas para las mismas, o pasar de hacernos tales preguntas, es síntoma de una grave enfermedad, como es “la falta de alegría”. Algo sucede en el corazón del hombre, pero de una manera especial lo experimentamos y constatamos en nuestra realidad histórica, pues esas preguntas a las cuales aludía están en el corazón de todo ser humano, están arraigadas y laten en lo más humano de todas las culturas. Es cierto que a veces unos ni se las hacen, otros no tienen respuesta, pero cuando no hay alegría en lo profundo del corazón del hombre, hay desesperanza, desilusión, miedos, cerrazón, exclusiones, no deseos de encuentro. Por eso, sabiendo esto y viendo cómo queda el ser humano cuando padece “la falta de alegría, ¡cómo no vamos los cristianos a salir a anunciar a quien cura, alienta, abre el corazón, nos abre a la vida, nos abre a los otros, a todos sin excepción! Jesucristo es la alegría, por ello, “la alegría de una evangelización misionera”.

Viendo la realidad de los hombres y mujeres que viven junto a nosotros, ¡cómo se hace más evidente en nuestra vida el mandato de Jesús!: “id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19-21).  Hemos de despertar y dejarnos sorprender por Jesucristo. Él nos introduce en la profundidad de la historia de los hombres de hoy, y de una manera clara nos invita a vivir y protagonizar un gran impulso misionero. Es una gracia que Él nos regala en esta hora y requiere de nosotros una respuesta: salir al encuentro de todas las personas, de las familias, de todos sin excepción, para comunicarles y compartir de primera mano ese don maravilloso del encuentro con Cristo. Ir al corazón de todos los hombres desde el centro, que es Jesucristo, supone habernos encontrado con Él, haberle dejado que conquiste nuestro corazón y provoque en nuestra vida la alegría del encuentro con Él, que llena nuestras vidas de sentido, de valentía, de renovación, de creatividad, de verdad, de amor y de esperanza. Los cristianos no nos podemos quedar en una espera pasiva a que vengan, el Señor nos urge a acudir en todas las direcciones para decir a todos los hombres que la última palabra, la primera y las del intermedio no las tiene más que Jesucristo. Ni la tiene el mal, ni la muerte. La tiene quien ha triunfado sobre todo, también de la muerte, Jesucristo. Por todo ello, la Iglesia tiene asumir el compromiso de multiplicar los discípulos misioneros.

            ¿Cómo desarrollar la dimensión misionera de la vida en Jesucristo? Haciendo que nuestras comunidades cristianas, que nuestras parroquias, sean una “comunidad de comunidades”, se conviertan en centros de irradiación de la vida de Cristo. Una irradiación que nos haga vivir desde el centro hacia todos los caminos donde están los hombres. Irradiación que se hace asumiendo dos dimensiones: la interioridad y la alteridad, es decir, desde un encuentro con el Señor tan fuerte que nos lleve a dar la vida por los otros, que nos impulse a salir y a darnos, no a dar, sino a darnos. Por ello, en nuestras comunidades tienen que ser habituales estas expresiones: abrir puertas, crear ámbitos de encuentro, salir a los lugares de donde no viene nadie, salir allí donde hay esclavitudes fruto de no conocer al Señor y regalar la vida a “algo” no a Él. Eliminar fatigas, desilusiones, acomodaciones que nos adormecen.

            Tenemos un imperativo en la Iglesia: hacer en estos momentos una reflexión teológica pastoral seria y profunda, realizada sobre la vida diaria de la Iglesia, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia. Hemos de quitar prejuicios y descubrir que la pastoral no solamente es un arte, ni un conjunto de exhortaciones, de experiencia y métodos. Hemos de ser valientes para hacer un discurso teológico sobre la acción evangelizadora de la Iglesia, que tiene una manifestación científica y práctica de la teología. San Juan Pablo II decía que toda acción pastoral debe ser una práctica que actualiza la praxis de Jesús a través de la acción de la Iglesia y de los cristianos. ¡Qué belleza adquiere contemplar a Jesús el Buen Pastor, para tener luz y ver, tener criterios para juzgar y normas fundantes para actuar! Que en nuestras comunidades tengamos los ojos y el corazón de Jesucristo, miradas de fe a todo y a todos, con el corazón que está ocupado por el Señor y totalmente impregnado de su amor. Todo ello nos dará unos principios que nos ayudarán a hacer proyectos evangelizadores, que alcanzan toda nuestra vida y buscan alcanzar las vidas de quienes nos encontremos en el camino.

Todos estamos llamados a vivir la alegría misionera de evangelizar: siendo hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo, y también hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia, en definitiva discípulos misioneros de Jesucristo, que son Luz del mundo. ¡Qué fuerza más maravillosa tiene vivir haciendo una síntesis, siendo “ciudadanos del mundo” y “ciudadanos del Pueblo de Dios”!

            Con gran afecto, os bendice:

                                               +Carlos, Arzobispo de Madrid

La Delegación de Juventud organiza ‘Una luz en la Noche’

En el año 2000 el Santo Padre Juan Pablo II llamó "Centinelas de la mañana" a los jóvenes del nuevo milenio, dándoles el encargo de despertar a toda la Iglesia a la evangelización: "¡Si sois lo que debéis ser, llevaréis el fuego a todo el mundo!".

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La Delegación de Juventud ha tomado en serio esa invitación y ha empezado a formar a jóvenes, preparándolos para que sean evangelizadores y susciten nuevos evangelizadores, es decir, "centinelas", con la visión de un mundo en el que todos conozcan a Jesús, porque hay una Iglesia en la que cada bautizado sea un evangelizador.

¡Cualquiera puede ser un centinela!

Un centinela es un cristiano que pertenece a su parroquia, grupo o movimiento, pero que desempeña la tarea de despertar el mandato misionero en todo bautizado. ¡Un centinela marca la diferencia en su propio ambiente, y se nota!

Este proyecto, de la Iglesia Católica, en España se está desarrollando a través de las Delegaciones de Juventud, con la colaboración de las otras comunidades eclesiales para la evangelización del mundo.

Una Luz en la Noche

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Desde 1999 los centinelas abren las iglesias de noche e invitan a otros jóvenes a tener un encuentro personal con Jesús. Este formato es fruto de años de experimentación y, a día de hoy, se ha difundido por todos los continentes. Una Luz en la Noche es una de las formas de primer anuncio a los jóvenes más difundidas en el mundo. En Madrid se hace desde el año 2013. Este curso 2014/2015 se realizará en la Iglesia de Nuestra Señora de Covadonga (c/ Francisco Silvela, 2).

Para participar, es necesario apuntarse previamente escribiendo a: deleju@archimadrid.es

Para los que no viven en Madrid, y quieres participar en esta iniciativa, en la web www.unalucenellanotte.net pueden encontrar la edición más cercana a su casa.

Las fechas de Una Luz en la Noche organizada por la Delegación de Juventud son las siguientes:

7 febrero 2015 
28 marzo 2015 
30 mayo 2015

Cada encuentro comienza a las 18,00 horas con la Acogida. A las 18,30 horas, Oración y formación. A las 19,30 horas, Talleres. A las 20,30 horas, Cena. A las 21.00 horas, Vigilia y envío. A las 22.00 horas, Evangelización. Y a las 24.00 horas, Bendición y testimonios.

Una llamada a la solidaridad y a la esperanza

Los Obispos de la Conferencia Episcopal Española, reunidos en Madrid en nuestra CIV Asamblea Plenaria, hemos iniciado el estudio del borrador del documento “Iglesia servidora de los pobres”, sobre la realidad social de nuestro país, que esperamos poder publicar lo antes posible. Por esto no queremos dejar pasar esta ocasión sin dirigir con humildad a nuestro pueblo un mensaje de aliento y cercanía en estos momentos en los que percibimos una compleja realidad social, que genera en no pocas personas inquietud e incluso desesperanza, especialmente en las más perjudicadas por la crisis económica. 

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Conocemos de primera mano el sufrimiento de numerosas personas en nuestra sociedad, y también las respuestas solidarias de miles y miles de voluntarios de nuestras diócesis, parroquias y comunidades, que sirven en muchas instituciones de la Iglesia, especialmente Cáritas, ayudando y atendiendo a los más débiles de la sociedad.

Son hombres y mujeres, ancianos y niños, jóvenes y adultos, con nombres y rostros concretos, víctimas de situaciones de pobreza real, de exclusión social, del drama de la inmigración, de precariedad laboral y de la plaga del desempleo, sobre todo juvenil, junto a otras carencias no sólo materiales, sino también afectivas y espirituales, a las que todavía no ha llegado -a pesar del inicio de la recuperación económica- el alivio necesario que aminore la cada vez más extensa franja de desigualdad, así como el aporte ético que neutralice o imposibilite los comportamientos perversos que agravan este sufrimiento. Para ellas nuestra mayor cercanía y solidaridad.

El devenir de la crisis económica y sus causas, las fallidas previsiones y insuficientes respuestas dadas, los errores cometidos en la gestión política y económica de sus consecuencias, hacen aún más acertadas las palabra del Papa Francisco que señala que “ya no podemos confiar en las fuerzas ciegas y en la mano invisible del mercado. El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo” (Evangelii Gaudium, 203).

Junto a eficaces políticas de concertación social y de desarrollo sostenible, necesitamos una verdadera regeneración moral a escala personal y social y con ella la recuperación de un mayor aprecio por el bien común, que sea verdadero soporte para la solidaridad con los más pobres y favorezca la auténtica cohesión social de la que tan necesitados estamos.

La regeneración moral nace de las virtudes morales y sociales, y para un cristiano viene a fortalecerse con la fe en Dios y la visión trascendente de la existencia, lo que conlleva un irrenunciable compromiso social en el amor al prójimo, verdadero distintivo de los discípulos de Cristo (cfr. Jn. 13. 34-35).

A todos nos es necesario recordar que “sin conducta moral, sin honradez, sin respeto a los demás, sin servicio al bien común, sin solidaridad con los necesitados nuestra sociedad se degrada. La calidad de una sociedad tiene que ver fundamentalmente con su calidad moral. Sin valores morales se apodera de nosotros el malestar al contemplar el presente y la pesadumbre al proyectar nuestro futuro. ¡Cuánto despiertan, vigorizan y rearman moralmente la conciencia, el reconocimiento y el respeto de Dios!” (Mons. Ricardo Blázquez. Discurso inaugural.17-11-2014).

 La vida democrática que, en paz y en libertad vive nuestro pueblo desde la Transición política, se verá así reforzada en el respeto de los derechos que nacen de la dignidad inalienable de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios. La ejemplaridad de los responsables políticos, sociales, económicos y eclesiales, constituirá siempre un elemento imprescindible para lograr una justa sociedad civil y una verdadera comunidad eclesial.

 También es necesario para ello el aprecio y fortalecimiento de la verdadera institución familiar, escuela de humanidad y núcleo de la sociedad, además de “Iglesia doméstica”. La unidad y amor de los esposos, la apertura a la vida y su defensa irrenunciable desde la concepción hasta su fin natural, la educación y amor de los hijos, el afecto y respeto a los ancianos, serán siempre una de las mayores garantías para una sociedad justa y la convivencia ciudadana en paz y libertad.

 A generar este clima social esperanzado, que contribuya al bien común integral de nuestra sociedad, quiere ayudar la Iglesia en la acción evangelizadora de sus pastores y fieles y en la de sus numerosas instituciones sociales, educativas y caritativas, que muestran a los demás el rostro de una Iglesia servidora de nuestro pueblo, especialmente de los más pobres y desvalidos.

 Para lograr esta labor samaritana, las sugerentes palabras del Apóstol S. Pablo nos son de especial ayuda en estos momentos: “Que la esperanza os tenga alegres, manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración: compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad… Alegraos con los que están alegres; llorad con los lloran… No os dejéis vencer por el mal, antes bien venced al mal con el bien” (Rom 12, 12-21).

A todos cuantos trabajan en esta noble misión les aseguramos nuestro apoyo y oración a Dios y les ponemos bajo la protección de la Virgen María. Ella “es la mujer orante y trabajadora en Nazaret, y también es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás «sin demora» (cfr. Lc 1,39). Esta dinámica de justicia y ternura, de contemplar y caminar hacia los demás, es lo que hace de ella un modelo eclesial para la evangelización. Le rogamos que con su oración maternal nos ayude para que la Iglesia llegue a ser una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo” (Francisco, Evangelii Gaudium, 288).

¡Todos estamos llamados a ser santos!

El pasado 19 de noviembre, puntual como cada miércoles, el Papa salió a la Plaza de San Pedro saludando a los fieles y peregrinos allí reunidos antes de dar comienzo a la Audiencia General. Francisco ha dedicado su catequesis a la vocación universal de ser santo, ¿en qué consiste, y cómo podemos llegar a serlo?

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''Hay que tener en cuenta que la santidad no es algo que nos proporcionamos a nosotros mismos, que obtenemos con nuestras cualidades y nuestras habilidades -ha dicho-. La santidad es un don, es el regalo que nos hace el Señor Jesús, cuando nos lleva con Él, nos cubre de Él y nos hace como Él… La santidad es el rostro más bello de la Iglesia: es descubrirse en comunión con Dios, en la plenitud de su vida y su amor… no es la prerrogativa de unos pocos: la santidad es un don que se ofrece a todos, sin excepción, por eso es el carácter distintivo de cada cristiano''.

''Para ser santo -ha explicado- no necesariamente hay que ser obispos, sacerdotes o religiosos … ¡Todos estamos llamados a ser santos!…es viviendo con amor y ofreciendo el testimonio personal cristiano en las ocupaciones diarias que estamos llamados a ser santos. Y cada uno en la condición y estado de vida en que se encuentra'' consagrados, casados, bautizados solteros, padres, abuelos, catequistas, profesores o voluntarios. ''Cualquier forma de vida lleva a la santidad si se vive en comunión con el Señor y al servicio de los hermanos''.

''Ahora – ha añadido Francisco- cada uno de nosotros puede hacer un examen de conciencia …y preguntarnos cómo hemos respondido a la llamada de Dios'', y ha destacado después que cuando el Señor nos llama a ser santos, no nos llama a algo pesado y triste… sino que se trata de una invitación a compartir su alegría. ''Si entendemos esto, todo cambia y adquiere un nuevo y hermoso significado empezando por las pequeñas cosas de cada día… Y cada paso hacia la santidad nos hará mejores personas, libres de egoísmo y de la cerrazón en nosotros mismos. Estaremos, en cambio, abiertos a los hermanos y a sus necesidades''. Antes de finalizar ha añadido que ''el camino de la santidad no se recorre en soledad, cada uno por su cuenta, sino juntos, en un único cuerpo que es la Iglesia, amada y santificada por el Señor Jesucristo'' y ha animado a todos a continuar por este camino.

La complementariedad, base del matrimonio y la familia

 
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 Ciudad del Vaticano (VIS).-''Complementariedad es una palabra preciosa, con múltiples significados. Puede referirse a diferentes situaciones en las que un elemento complementa a otro o suple una carencia. Sin embargo, la complementariedad es mucho más que eso'' -ha dicho el Papa esta mañana a los participantes del Coloquio Internacional Interreligioso sobre la Complementariedad entre el Hombre y la Mujer, promovido por la Congregación para la Doctrina de la Fe y en colaboración con los Pontificios Consejos: para la Familia, para el Dialogo Interreligioso y para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.

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Carta de Monseñor Carlos Osoro en sus primeros días como Arzobispo de Madrid

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En estos primeros días de estancia en Madrid, muchas preguntas me han realizado y muchas respuestas he dado. Pero de todas ellas, en mi valoración, después de responderlas, he llegado a la conclusión, que lo más importante que dije, es que en mi misión lo más  necesario, es que he vendido a ser “testigo” y hablar de Dios con palabras y obras, he venido a hablar de quien se nos ha mostrado y han visto los hombres, Jesucristo. Os lo digo con franqueza y con verdad, nada hay más necesario para esta humanidad que necesita una profunda renovación de la mente y del corazón de los hombres, de relaciones entre los hombres de fraternidad y de una profunda renovación cultural, que acoger a Dios en su vida y en su historia. Él, cambia el modo de pensar, de ser, de obrar y de vivir.

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El alfabeto espiritual y humano de los ministros de la Iglesia

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Ciudad del Vaticano, 12 noviembre 2014 (VIS).-¿Que se pide a los ministros de la Iglesia, es decir a los obispos, sacerdotes y diáconos para que su servicio sea auténtico y fecundo?. Esta fue la pregunta a la que el Papa Francisco respondió en la catequesis durante la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro.


San Pablo en sus cartas pastorales, además de los dones inherentes a la fe y la vida espiritual, enumera algunas cualidades humanas esenciales para esos ministerios: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón que constituyen ''el alfabeto, la gramática básica de cada ministerio… porque sin esta predisposición … para encontrarse con los hermanos, para dialogar y relacionarse con ellos con respeto y sinceridad, no se puede dar ni un servicio ni un testimonio alegre y creíble'', dijo Francisco.

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El Papa Francisco nombra Obispo de Segovia a Mons. D. César A. Franco Martínez

Mons. César Franco

La Nunciatura Apostólica en España comunica a la Conferencia Episcopal Española (CEE) que a las 12,00 horas de hoy, miércoles 12 de noviembre, la Santa Sede ha hecho público que el Papa Francisco ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la Diócesis de Segovia presentada por Mons. D. Ángel Rubio Castro, en conformidad con el canon 401, párrafo 1, del Código de Derecho Canónico.

A la vez que se hace pública la aceptación de la renuncia, se comunica que el Papa Francisco ha designado como Obispo de Segovia a Mons. D. César Augusto Franco Martínez, en la actualidad Obispo Auxiliar de Madrid.

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El Papa a los obispos amigos del Movimiento Focolari: Globalización de la solidaridad contra globalización de la indiferencia

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Ciudad del Vaticano, 7 noviembre 2014 (VIS).- "La Eucaristía, misterio de comunión" es el tema del Convenio ecuménico de los obispos amigos del Movimiento Focolari. Se trata de un evento anual que reúne a obispos procedentes no sólo de diversos países sino de diferentes iglesias y comunidades eclesiales y que el Papa Francisco ha definido como ''un resultado de lo que produce el amor por la palabra de Dios y la voluntad de conformar la existencia al Evangelio''. ''Estas actitudes suscitadas y acompañadas por la gracia del Espíritu Santo hacen brotar muchas iniciativas, florecer amistades duraderas, e intensos momentos de compartición y fraternidad'', añadió recibiendo esta mañana en audiencia a cuarenta participantes en ese encuentro.

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