Homilía del 31.5.2020. Domingo de la Solemnidad de Pentecostés (A), Fin del tiempo Pascual: «El fuego, el agua y el viento»

Santo evangelio según san Juan 20, 19-23
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: – «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: – «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: – «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

El fuego, el agua y el viento

En el domingo 7 de Pascua, cuando no se traslada al mismo la fiesta de la Ascensión, la lectura del Evangelio se toma del capítulo 17 de San Juan, la llamada “oración sacerdotal”. En ella, Jesús además de orar por los suyos, por los discípulos de entonces, y por todos los que creerán por medio de ellos, realiza una auténtica revelación de la vida de Dios, de la relación de perfecta unidad entre el Padre y el Hijo, que ahora se abre para todos los hombres por medio de Jesucristo, y que éste pide también para sus discípulos, como testimonio principal para que el mundo crea.

En esa densísima oración que antecede a la muerte y resurrección el protagonista principal es el Espíritu Santo, al que, sin embargo, Jesús no nombra en ningún momento. La relación de perfecta unidad en el amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo, el Amor en persona.

Cuando pensamos en Dios o nos dirigimos a Él en la oración, normalmente tenemos en mente una representación de Dios que se corresponde con el Dios Padre de Jesucristo. Jesús, Palabra encarnada de Dios, ocupa el centro de nuestra fe. Su encarnación lo ha hecho cercano y accesible: a él nos dirigimos preferentemente. En cambio, del Espíritu Santo se habla poco o nada. Y, con frecuencia, cuando se habla de Él, es para decir que es «el gran desconocido» de la Trinidad. Pero esa expresión es poco afortuna­da, pues se deja contagiar con una idea del protagonismo que más parece sacada de una revista del corazón que de una voluntad de comprensión en la fe. El protago­nis­mo del Espíritu Santo es de otro tipo: Él es como la luz, que no se ve, pero que nos hace ver, como la vibración imperceptible que hace posible la palabra. Más que el gran desconocido o el gran ausente de la fe, es el gran cono­cedor y presentador, el que da a conocer y hace presente al mismo Dios, a su Palabra, a su presencia viva y visible que es Jesucristo. No es posible ver la luz, pero por ella todo se ilumina y se hace visible. Él nunca habla de sí mismo, nunca se muestra con evidencia; y, sin embargo, su presencia «llena la tierra» (Dominum et Vivificantem 54). Escapa a las redes que le tienden nuestra mirada o nuestra razón intentando abarcarlo y, sin embargo, sus frutos son evidentes, palpables, vigorosos. El Espíritu se manifiesta en sus obras y en sus efectos: el mundo visto como creación de Dios, nuestro espíritu que se eleva torpemente hacia su creador son ya frutos del Espíritu, también lo es la fe, la capacidad de nuestros ojos de descubrir en Jesús al Cristo, de escuchar su Palabra, descubrir su presencia en el pan partido, en la certeza del perdón. Ahora entendemos que todas las presencias del Resucitado que hemos contemplado a lo largo de este tiempo pascual se han hecho visibles por la acción del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios hoy nos ilumina en la comprensión de qué y quién es este Espíritu de Dios y cómo actúa en nuestra vida de creyentes. Las tres lecturas de hoy nos dan tres palabras clave que nos ayudan en esta tarea: fuego, agua y viento.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, el día de Pentecostés presenta al Espíritu como fuego. El fuego quema y purifica, dilata y abre: “luz que penetra las almas, sana el corazón enfermo, infunde calor de vida en el hielo”. Así como el Espíritu Santo es personal y no anónimo (es una Persona y no una energía informe), su relación con los hombres no es tampoco impersonal, a bulto o en masa: se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo, da a cada uno un don peculiar: cada uno empezó a hablar en una lengua distinta. Las lenguas en que empezaron a hablar los apóstoles y los demás discípulos representaban prácticamente todas las lenguas conocidas de entonces, como da a entender la prolija lista de los lugares de procedencia de los reunidos en Jerusalén para la fiesta. El fuego del Espíritu nos abre al mundo entero, pero, lejos de forzar a todos a hablar en un lenguaje único, respeta la diversidad de lenguas y culturas, al tiempo que las une a todas con el lenguaje universal del amor. Es, pues, un Espíritu de apertura, compresión y armonía entre los diversos.

El Agua es también un distintivo del Espíritu: “Riega la tierra en sequía, lava las manchas”. Y como dice Pablo “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. El agua nos lava, nos renueva, sacia nuestra sed. Al limpiar nuestro corazón y nuestros ojos por medio del bautismo somos capaces de confesar que “Jesús es Señor”, que él es el Mesías, el salvador, el vencedor del pecado y de la muerte. Y esa sanación profunda nos libera del egoísmo y nos hace comprender que la diversidad de dones que cada uno recibe (los talentos naturales, las capacidades adquiridas, los carismas que recibimos por la fe) no son privilegios o motivos de exaltación propia, sino una invitación al servicio: mis riquezas personales deben enriquecer a los demás, igual que las riquezas ajenas me enriquecen a mí. Y es que el Espíritu Santo, el Espíritu del amor, es también un espíritu de servicio. Así se entiende mejor que la diversidad no lesione la unidad cuando es este Espíritu el que reina entre nosotros y nos inspira.

La palabra “espíritu” procede etimológicamente de la palabra “aliento” en casi todas las lenguas. Es el aire vital que hace posible la vida. El Espíritu Santo es también “soplo”, “viento”, “brisa en las horas de fuego”. Por eso, Jesús “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo”. El Espíritu nos inspira y nos impulsa hacia lo mejor de nosotros mismos, hacia lo que nos emparenta con Dios: es, como indica el Evangelio de hoy, un espíritu de paz: “Paz a vosotros”; un espíritu vivificador, que vence incluso el poder de la muerte: “les enseñó las manos y el costado”; un espíritu de alegría, que disipa las tristezas que oprimen nuestro corazón: “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”; “gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”; que nos da valor para testimoniar al Señor por el mundo entero: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”; un espíritu de perdón y reconciliación: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

Frente al espíritu personal (el mismo Espíritu Santo) de apertura, fe, servicio, paz, alegría, valor y perdón se alzan en nuestro mundo y nos tientan otros espíritu: el espíritu impersonal y anónimo que nos engulle en la masa, el espíritu de cerrazón y desconfianza, de dominio y manipulación, de violencia, de tristeza y temor, el espíritu de venganza… Estamos permanentemente en la encrucijada de esos espíritus: el fuego que purifica o el que destruye, el agua que nos limpia y sacia nuestra sed, o la que nos arrastra y ahoga; el viento que nos refresca e inspira, o el que nos avasalla y asola como un huracán. Pero aquí somos nosotros (y no la naturaleza amable e inclemente) los que tenemos que elegir según qué espíritu queremos vivir: según el espíritu mezquino de nuestro egoísmo y nuestros pequeños intereses, o el espíritu del amor, el Espíritu Santo que Jesús, hoy, ha exhalado sobre nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 24.5.2020. Domingo 7 de Pascua (A), La Ascensión del Señor: «Hasta los confines del mundo, hasta el fin de los tiempos»

Conclusión del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20
Se me ha dado pleno poder en el ciclo y en la tierra

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: -«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Hasta los confines del mundo,
hasta el fin de los tiempos

Lucas escribió sus cartas a Teófilo (el amigo de Dios), el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, con una fuerte voluntad pedagógica y, por eso mismo, con mentalidad sistemática. Lucas no abre un ciclo hasta que cierra el precedente. Así, tras el acontecimiento de la Resurrección, se abre un ciclo breve, pero de extraordinaria densidad, que se cierra precisamente con la Ascensión del Señor, que abre el siguiente ciclo, cuyo protagonismo lo tiene el Espíritu Santo y la actividad misionera de la Iglesia. Este ciclo que se cierra hoy es el de las intensísimas experiencias de encuentro con el Señor resucitado. Fue un tiempo en el que, pese a sus muchas dudas y reticencias, los discípulos comenzaron a comprender las Escrituras a la luz novedosa de las palabras de Jesús, que ahora empiezan a entender también de una manera nueva; es además el tiempo en que descubren el valor, el significado y la fuerza de la fracción del pan, que, posiblemente durante la última cena no consiguieron descifrar. Precisamente en la fracción del pan y en el recuerdo de las palabras de Jesús tuvieron las principales experiencias de presencia del Resucitado. Y, a su luz, también las multiplicaciones de los panes, las comidas de Jesús con los pecadores, el mismo lavatorio de los pies adquirieron para ellos un sentido nuevo, que antes les había estado vetado. Por fin, este es el periodo en el que, al hilo de estas experiencias, la comunidad, que se había dispersado tras la muerte de Jesús, presa del pánico por el espantoso final del Maestro, vuelve a reunirse, a recomponerse de una manera que ni los mismos discípulos pueden explicar de otra manera que por la convocatoria que el mismo Señor Resucitado les va haciendo.

La intensidad de este tiempo, la enorme fuerza de esta luz debieron ser tales, que los discípulos sentían la presencia inmediata, palpable del Maestro. Y, aunque el temor inicial debía frenar la capacidad de reconocerlo, la fuerza de la evidencia de la Resurrección acabó por disipar el temor y dio paso a la alegría y al valor para salir y testimoniar.

Realmente, no es posible concebir un periodo tan intenso y fundamental sin una especial acción del Espíritu Santo. Así lo entiende Juan, para el que las apariciones del Resucitado y la transmisión del Espíritu Santo son algo simultáneo (cf. Jn 20, 22). Pero Lucas, en su voluntad de sistematizar la historia de salvación y sus etapas, distingue el primer periodo postpascual del tiempo de la misión, aunque tampoco los concibe como compartimentos estancos. Por un lado, vemos que, pese a todo, algunas dudas e incomprensiones continúan (como lo muestra la pregunta que le dirigen a Jesús: “¿Es ahora cuando, por fin, vas a restaurar…?”). Y es que el fundamento no es el edificio entero. El tiempo que se va a abrir ahora, el tiempo de la misión y del Espíritu Santo, sigue siendo un tiempo de aprendizaje y profundización, en el que la Iglesia irá perfilando el contenido del mensaje recibido de Jesús, y también la organización de la comunidad. En este sentido, hay que tener cuidado con un cierto arcaísmo bastante de moda en algunos círculos eclesiales, que tiende a descalificar como inauténtico, discutible o prescindible todo desarrollo eclesial que no pueda encontrarse directamente en aquella primerísima comunidad postpascual. Curiosamente los defensores de este arcaísmo, que pone en cuarentena todo progreso eclesial, suelen considerarse a sí mismos “progresistas” (un término del que confieso desconocer su verdadero significado; a veces me parece que no tiene ninguno). Pero tenemos que creer que las promesas de Jesús de enviarnos a otro defensor que nos lo enseñará todo (cf. Jn 14, 16. 26), y de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, son verídicas y eficaces; y tenemos que creer también que la Iglesia, asentada en el firme fundamento apostólico de los que acompañaron a Jesús y fueron testigos de su resurrección, se desarrolla, a pesar de los pesares (y los pesares son muchos) bajo la guía del Espíritu Santo y la presencia de Jesús.

En esta clave podemos entender también la Ascensión del Señor. Es un movimiento ascensional, pero, como es fácil entender, no en sentido físico: Jesús no subió “a la nubes”, sino al Padre; tenemos que entender esta ascensión en sentido cualitativo: es una llamada a crecer, a no quedarnos parados, a aspirar a los bienes superiores que Jesús ha descubierto para nosotros. Y es que la Ascensión del Señor es la elevación de la humanidad de Jesús: en Él la humanidad entera tiene la ocasión de crecer, desarrollarse y aspirar a los valores y los bienes definitivos, los que realmente salvan al hombre, los que le acercan a Dios. Y lo que celebramos los cristianos hoy es que la aspiración a esos bienes superiores no es una quimera, una utopía inalcanzable, un sueño de adolescentes sin sentido de la realidad. Son posibles en Cristo; y esto significa que son posibles si no se reducen a una huera reivindicación de que otros nos otorguen el objeto de nuestro deseo, sino si nosotros mismos estamos dispuestos, como Jesús, a dar la vida por hacerlos realidad.

Así pues, Jesús nos invita a crecer y nos muestra el camino. Él mismo es realmente el camino, pues es siguiéndole a Él como el hombre puede hacer fructificar sus posibilidades mejores.

Entendemos ahora por qué este ascender de Jesús al Padre no es un alejamiento: Jesús no asciende para alejarse, para abandonarnos. Al contrario, al subir al Padre, Jesús está abriendo el camino, uniendo el cielo (Dios) con la tierra. Es el complemento necesario del abajamiento (cf. Flp 2, 7) de la encarnación, cuando trajo la divinidad al mundo. Ahora eleva la humanidad al cielo, esto es, al Padre. Porque Jesús, con su Ascensión, no ha renunciado a su encarnación, no ha abandonado la carne. Jesús, Palabra de Dios hecha hombre, muerto y resucitado, ha adquirido un compromiso permanente con la carne que somos: vuelve al Padre porque es Hijo, pero vuelve al Padre como hombre, abriendo así para todos el acceso a Dios.

Y es que este nuevo periodo tras la Ascensión es, además, un tiempo abierto que no conoce límites, ni geográficos (“Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines del mundo”), ni temporales (“estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos”). El periodo que abre la Ascensión y, sobre todo, Pentecostés llega hasta aquí, hasta el día de hoy y sigue adelante. En él seguimos experimentando la presencia del Señor en el Espíritu y por medio de la Palabra y la fracción del pan, que condensaron las experiencias postpascuales y congregaron a la comunidad, y que nosotros hemos recibido de aquella primera generación apostólica como depósito de la fe.

Para participar de ese movimiento de ascenso de Jesús, tenemos que imitarle en su movimiento de abajamiento. Para aspirar a los bienes superiores, tenemos que inclinarnos ante las necesidades de nuestros hermanos, como Jesús ha hecho con las nuestras, en actitud de servicio y de entrega. Y esto nos indica con claridad el cariz de la misión de la Iglesia que, tal como lo presenta Lucas, se inaugura ahora. No se trata de una conquista que se impone por la fuerza, como parecen sugerir los discípulos, al preguntar si es ahora, por fin, de una vez, cuando va a restaurar el reino de Israel. Pero tampoco se trata de una religiosidad desentendida de este mundo, que se dedica a mirar al cielo. Se trata de una vida de testigos, que, como indica la palabra griega, es una martirio, una disposición a dar la vida por la fe, por los hermanos.

Así pues, la promesa de Jesús no lo es sólo con “los suyos” (los discípulos de primera hora), sino que estos últimos son heraldos y testigos que no pueden quedarse para sí los admirables misterios que han conocido y experimentado en el periodo entre la Resurrección y la Ascensión: no pueden quedarse ahí, parados, mirando al cielo, sino que tienen que ponerse en camino. Crecer (ascender) significa también caminar, mirar hacia adelante, encarar el futuro, para testimoniar, compartir y transmitir a todos los hombres, a todos los pueblos, y a lo largo de toda la historia la buena noticia de que Dios está con nosotros, de que no nos ha arrojado a la existencia y luego nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que ha venido a visitarnos, se ha compadecido de nosotros, ha padecido por nosotros y ha vencido en su propia carne y por todos nosotros a nuestros grandes y mortales enemigos: el pecado y la misma muerte, y de esta manera nos ha abierto el camino que conduce al Padre.

Ese ir por todas partes, hasta los confines del mundo y hasta el final de la historia, es la tarea de los discípulos de Jesús, es, en realidad la tarea del mismo Cristo, que nos envía allí a donde quiere ir él mismo (cf. Lc 10, 1), y que al enviarnos sigue siendo guía y camino, y que está cada día “todos los días”, es decir, cada día, en su Palabra y su Pan partido, en los días buenos y en los malos, y está con nosotros hasta los confines del mundo, en todas partes; en síntesis, está con nosotros hasta el final, es decir, del todo y sin condiciones.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 17.5.2020, Domingo 6 de Pascua: «El amor y los mandamientos»

Santo evangelio según san Juan 14, 15-21
Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.»

El amor y los mandamientos

La realidad que sintetiza y resume todas las presencias del Señor resucitado, que el tiempo pascual ha ido poniendo ante los ojos de nuestra fe para que lo veamos, es el amor. El cristianismo es la religión del amor. Pero esto no significa que sea una “religión romántica”. El amor de que se habla aquí no es un vago sentimiento de simpatía y benevolencia que se disuelve en una humareda de buenas intenciones. El amor del que hoy nos habla Cristo es una respuesta (un amor responsable) al amor que él nos ha dado, el amor del Padre y que ha manifestado entregando su vida en la cruz y resucitando a una vida nueva. El amor cristiano, es decir, el amor gratuito de Dios en Cristo hacia nosotros y nuestro amor a Dios por Cristo como respuesta, es justamente un modo de vida nuevo que se encarna y hace concreto en actitudes y en acciones. Esto es lo que hay que entender cuando Jesús dice “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Es aquí donde se ve que el verdadero amor no se limita a los buenos sentimientos (aunque los incluya), sino que es un acto que brota del centro mismo de la persona y que, por eso, engloba, además de a los sentimientos, a la razón y a la voluntad, al ser humano en su integridad. En el amor del que habla hoy Jesús (si me amáis) hay un momento de escucha y acogida de su palabra (sus mandamientos) y, por tanto, de comprensión; y hay un momento de puesta en práctica (guardar, cumplir) que tiene que ver con la voluntad. Esto último nos habla de una obediencia que no tiene nada de ciego ni, por tanto, de irracional: la verdadera obediencia tiene que ver con la escucha (según su etimología latina, ob audire, escuchar lo que está frente a uno); y como aquí escuchamos la misma Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se trata también de un “ver”. Guardar los mandamientos de Jesús significa escuchar y ver, entender y decidir. Y es claro que el contenido de esos mandamientos y de ese nuevo modo de vida en obediencia a Jesucristo no puede ser distinto del mismo amor: “quien dice que permanece en Jesús, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6); y un amor universal, porque quien escucha la Palabra de Jesús y es capaz de verlo con la fe, lo descubre también en “sus pequeños hermanos” (cf. Mt, 25, 40).

Cuando tratamos de vivir así, recibimos un nuevo don, que se puede entender como consuelo, como testigo a nuestro favor y como defensor: el Paráclito (Defensor) o, como dice el mismo Jesús, “otro” Paráclito, ya que él es el primero. Es el Espíritu mismo de Jesús, el Amor en persona que une al  Padre y al Hijo.

Ahora entendemos que la presencia real de Cristo en su Iglesia y en sus sacramentos, la posibilidad de verlo y experimentar su persona, todo esto es obra del Espíritu. Por eso, ante la posible tristeza por la próxima marcha de Jesús (la Ascensión del Señor que celebraremos dentro de una semana), o la nostalgia de que nosotros no hemos podido ver con los ojos del cuerpo al Jesús histórico, tenemos el consuelo de que Jesús no nos ha dejado solos, no nos abandona, sino que gracias al Espíritu podemos tener acceso personal y directo a él. Este Espíritu lo hemos recibido de Jesús, lo conocemos y lo vemos gracias a la fe, y sus frutos son palpables: percibimos la Palabra como verdadera Palabra de Dios, en la Eucaristía sabemos que estamos en una relación real con Cristo y, a pesar de nuestras debilidades, comprendemos la verdad del mandamiento del amor: comprendemos que sólo el amor salva. Son cosas que sólo quien tiene fe puede ver y conocer. En la dinámica de la aceptación y el amor a Jesús se da una verdadera revelación que tiene un sello exquisitamente personal: “al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.

A partir de aquí podemos experimentar otros frutos reales del Espíritu, que reproducen la lógica de la muerte y la resurrección. Así, la primera persecución contra los discípulos, la que tiene lugar en Jerusalén contra los cristianos de origen helenista, se convierte en ocasión para la evangelización y para el crecimiento de la Iglesia. Lo que a los ojos humanos es una desgracia, se convierte, por obra del Espíritu, en la apertura de nuevos horizontes y la proyección misionera de la primera comunidad cristiana; y ese ensanchamiento no atenta contra la unidad de la Iglesia, sino que refuerza la comunión cuando los apóstoles (Pedro y Juan) confirman a los nuevos creyentes, que reciben también el Espíritu Santo.

Si glorificamos en nuestros corazones a Cristo Jesús, guardamos sus mandamientos y nos fiamos de su Espíritu, no tenemos nada que temer. Persecuciones y calumnias son ocasión para el testimonio, para dar razón de nuestra esperanza. Esto es algo enormemente actual en nuestros días. El testimonio de nuestra fe tiene lugar, como recuerda Pedro en la segunda lectura, en el respeto de la libertad ajena: “al que os lo pidiere”; y según los modos propios del evangelio: “con mansedumbre y respeto y en buena conciencia”. Son modulaciones del amor y, por tanto, modos de guardar los mandamientos de Jesús. Esto significa responder al mal con el bien, a las maldiciones con bendiciones, a las calumnias con buena conducta. Pedro motiva este modo de actuar con una verdad que parece de Perogrullo, pero que no lo es: “mejor es padecer haciendo el bien, que padecer haciendo el mal”. Y no lo es porque muchas veces nuestra disposición a hacer el bien está condicionada por la obtención de algún beneficio y, en consecuencia, a la evitación de cualquier perjuicio; mientras que, a veces, nos parece que el mal “compensa”, aunque conlleve además alguna desventaja colateral. Pedro nos invita a poner los ojos en Cristo, que pasó haciendo sólo el bien, tuvo que pagar por ello el alto precio de su propia vida, pero “como poseía el Espíritu” (el vínculo de Amor con el Padre), fue devuelto a la vida.

Amar a Cristo conlleva, pues, la firme voluntad de vivir conforme a su Palabra y según su ejemplo; y esto nos asegura la presencia del Espíritu que defiende, consuela y guía a la Iglesia, que nos defiende, consuela y guía a cada uno de nosotros, depositarios de esa revelación reservada a los que le aman y guardan sus mandamientos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 10.5.2020, Domingo 5 de Pascua: «Jesús, camino, verdad y vida»

Santo evangelio según san Juan 14, 1-12
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.» Tomás le dice: -«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: -«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.» Felipe le dice: -«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: -«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

Jesús, camino, verdad y vida

El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

Sin embargo, ese período de extraordinaria intensidad debió ir cediendo poco a poco a una estabilización, normalización e institucionalización. Y no es extraño que en esa nueva situación los discípulos, sobre todo los de primera hora, sintieran una cierta nostalgia: nostalgia de la presencia física del Maestro, tal como la experimentaron antes de su muerte y resurrección; y nostalgia de ese periodo postpascual de extraordinaria actividad del Espíritu e intensas experiencias de la presencia de Jesús resucitado en la comunidad.

La nostalgia puede convertirse en una mala consejera, que genera turbación, desconfianza y miedo al incierto futuro. Las cosas no son como eran, ¿cómo serán, entonces, en el futuro? Jesús nos exhorta a la confianza en Dios y en Él mismo, nos anima a no dejarnos vencer por el desconcierto o el temor a mirar hacia adelante, y a hacernos al camino que él ha abierto (va abriendo) para nosotros. Pero, nosotros, atenazados por el miedo, respondemos que no vemos el sentido y la meta, que no sabemos qué hacer, ni para dónde tirar. Afloran entonces las tentaciones de buscar falsas seguridades: la seguridad económica, la seguridad del éxito social que podemos intentar comprar, la seguridad que proporciona vivir encerrados en nosotros mismos, evitando el riesgo de la confrontación con el mundo, a veces hostil, al que Jesús, sin embargo, se empeña en enviarnos.

“No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” La objeción del siempre realista Tomás tiene muchos quilates, y nos debería hacer reflexionar, porque esa objeción nos refleja muy bien a todos de un modo u otro. Nos cuesta mucho entender el camino de Jesús, la lógica de sus acciones, el verdadero sentido de su vida y de su muerte. Y, aunque “en general” lo tengamos claro (Jesús es el Hijo de Dios que murió por nosotros y resucitando nos dio nueva vida, etc.), cuando se trata de ir nosotros por ese camino por el que nos invita a seguirle (“adonde yo voy, ya sabéis el camino”) nuestra comprensión se oscurece y asoma el desconcierto. Eso puede ser así en ciertos momentos de nuestra experiencia personal, en la que nos seguimos rigiendo tantas veces por la lógica del éxito mundano (según la mentalidad más primitiva de la retribución inmediata) y no por la extraña lógica de la Cruz, la elegida por Jesús, que significa no doblegarse de ningún modo ante las fuerzas del mal, ni siguiera para lograr algo pretendidamente bueno. Pero puede reflejar también la experiencia de la Iglesia, especialmente en momentos de crisis, como el que, al parecer, vivimos ahora, especialmente en el mundo occidental: podemos tener la sensación de encontrarnos en un callejón sin salida, en un proceso de lenta desaparición de la fe y de la misma comunidad eclesial, en esta cultura tan profundamente marcada por una experiencia secular de cristianismo, de la que, al parecer, ahora esa cultura quiere renegar.

Si decimos que no sabemos el camino, que no sabemos qué hacer, que no sabemos por dónde tirar, es que no sabemos ni conocemos a Cristo: porque él mismo es para nosotros camino: “quien dice que permanece en él, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6). Que Jesús es camino, verdad y vida significa que no es un mero referente teórico, ni sólo un hermoso ideal, sin incidencia en nuestra vida; es un camino verdadero, el camino que conduce a la verdad de nuestra vida, el camino que conduce a la vida plena, a la comunión con Dios, nuestro Padre. Pero hay que hacerse a ese camino, seguir por él a Jesús, aunque nos lleve a la Cruz, a esa realidad difícil y paradójica en la que la aparente derrota se convierte en victoria, la muerte, en vida.

Sin embargo, no terminan ahí las objeciones. Jesús insiste en que yendo por el camino que nos propone y que es él mismo estamos ya en contacto con el Padre, al que ya conocemos y hemos visto. Se percibe en estas palabras de Jesús una gran confianza en la eficacia de la enseñanza viva que ha transmitido a sus discípulos, a nosotros que creemos en él. Pero ahora es Felipe el que expresa lo “torpes que somos para entender” (cf. Lc 24, 25; Mc 4, 13). Y, sin embargo, en las palabras de Felipe (“muéstranos al Padre”) hay un gran fondo de razón. Queremos ver. Es cierto que por la fe en Jesucristo llegamos a ver y entender muchas cosas. Pero no deja de ser también verdad que en las condiciones de nuestro mundo “vemos como en un espejo, confusamente” (1 Cor 13, 12). Y hay que tener en cuenta que en tiempos de Pablo los espejos no eran el vidrio con metal azogado de ahora (que se inventó en el siglo XIII), sino superficies de bronce o cobre bruñido que permitían un reflejo muy deformado de la realidad. Especialmente cuando cunde el desconcierto y la inseguridad, el deseo de “ver” directamente se intensifica hasta la angustia. Pero la respuesta de Jesús, una vez más, es una llamada a una fe que es confianza. Hay realidades que no podemos ver, así, sin más, directamente. Si alguien le dice a su amigo que quiere “ver” su amistad, o a la persona amada que quiere “ver” su amor, o el que padece injusticia exige “ver” la justicia en sí… ¿qué se les puede responder? Las realidades más importantes y esenciales de nuestra vida no son directamente visibles, porque no son cosas, objetos a la mano de los que podemos disponer. La amistad, la justicia y el amor se pueden expresar en signos que los hacen patentes; pero para “ver” en esos signos la presencia de esas realidades hace falta también, por parte de quien mira, determinadas disposiciones: apertura, acogida, confianza.

Si lo dicho de esas dimensiones es verdad, tanto más lo ha de ser respecto de Dios. “A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único… lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). El “signo” que Dios nos ha dado para hacérsenos visible es su propio Hijo: mucho más que un mero símbolo, como una inerte señal de tráfico, es una presencia viva en relación directa con Dios: “ver” a Jesús como el Hijo de Dios significa descubrir en él la paternidad de Dios, ver en él al Padre. Jesús es el único camino que nos conduce al Padre, y él es la presencia visible del Dios que se ha revelado como Padre de Jesús y, en Jesús, de todos nosotros. Pero también para este “ver” hace falta la fe, en forma de confianza, a la que Jesús nos exhorta al principio del Evangelio. Y, al final, remata la exhortación apelando a las obras: si persisten las dudas o el desconcierto en nuestro corazón “al menos, creed a las obras”. ¿Qué obras son esas? La obra de Jesús por excelencia es su entrega en la Cruz por amor, y su resurrección, en la que el amor triunfa sobre la muerte. Es el triunfo del Espíritu, que es el vínculo entre el Hijo y el Padre, y la garantía de la presencia de Jesús en su Iglesia, en la comunidad de sus discípulos, y que, pese a la sensación de ausencia que en ocasiones nos embarga, es una presencia real, efectiva, operativa: también ahí hay que creer en las obras. Hoy no se habla todavía del Espíritu, pero es él el que va tomar el protagonismo en la recta final del tiempo pascual, y hoy, de manera indirecta (más claramente en la segunda lectura) se empieza a percibir ese protagonismo.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo patente de la confianza en las obras del Espíritu. La Iglesia crece, se hace una comunidad compleja e, inevitablemente, surgen los conflictos. Pero éstos pueden ser ocasión para un crecimiento no sólo cuantitativo, sino orgánico, cualitativo, para un desarrollo carismático que enriquece a la comunidad. De hecho, el ideal de la Iglesia no es permanecer románticamente en la situación del primer núcleo creyente (la nostalgia por las pequeñas comunidades, a veces pequeñas también en horizontes y perspectivas), sino hacerse también al camino, descubrir, bajo la inspiración del Espíritu, nuevas dimensiones, adecuadas a las personas y los grupos heterogéneos que se van incorporando: sacerdotes judíos ligados al templo, judíos helenistas, además de galileos, samaritanos y, finalmente, gentiles. La diversidad no rompe la comunión si los responsables de la comunidad junto con toda la asamblea están a la escucha de la Palabra y son capaces de responder a las nuevas situaciones en la docilidad al Espíritu. En este caso, nace el grupo de los diáconos, todos de origen griego, y que son también obra del Espíritu, que va estructurando la comunidad eclesial. Vemos aquí cómo la Iglesia tiene que reflejar y anticipar esa casa del Padre en la que hay muchas estancias, en la que hay lugar para todos.

También la segunda lectura habla de este camino dinámico en el que consiste la vida de la Iglesia. Aquí se presenta bajo la sugerente imagen de la construcción de un templo. Su origen y fundamento es el mismo misterio pascual al que se refieren las obras de las que habla el Evangelio: Jesús, piedra desechada (su muerte), pero escogida por Dios (en la resurrección); se trata de una llamada y un don por parte de Dios (“raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios”), pero también de una tarea abierta: entramos en la construcción del templo del Espíritu, que es un proceso tan amplio como la propia historia de la humanidad, como la diversidad de pueblos, culturas y épocas.

En síntesis, en estos tiempos de desconcierto e incerteza Jesús nos llama a la fe, a la confianza, a la apertura y, también, a la actitud activa que, dejando a un lado todo temor y nostalgia de tiempos pasados, se pone a la tarea de discernir el modo de responder a los problemas reales de nuestro tiempo para, en fidelidad al Espíritu, seguir construyendo el templo de Dios en el que los hombres y mujeres de hoy puedan encontrar su lugar y, mirando al Hijo, vean al Padre.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 3.5.2020, Domingo de la 4ª Semana de Pascua (A): «Jesús, puerta y pastor»

Santo evangelio según san Juan l0, 1-10
Yo soy la puerta de las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: -«Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -«Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mi son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.»

Jesús, puerta y pastor

El cuarto domingo de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Continuando con la visita por los lugares de encuentro con Jesús Resucitado, nos topamos ahora con esta forma de presencia: Jesús es el Buen Pastor que prolonga su pastoreo por medio de los pastores de la Iglesia. Es una forma de presencia íntimamente ligada a las otras dos: la comunidad creyente y la Eucaristía. La comunidad creyente de discípulos es una comunidad eucarística y el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo, memorial de su Pasión, hace que la comunidad que lo celebra y se reúne en torno a él se convierta en algo más que en un grupo social de tipo religioso: se convierte ella misma en cuerpo de Cristo y en templo de su Espíritu. La Eucaristía genera una comunidad ordenada e internamente estructurada. Toda la comunidad es cuerpo de Cristo, toda ella conforma el Cristo total, todos los fieles participan de Él. Pero el cuerpo es un organismo cuya unidad resulta de la diversidad de órganos y funciones. Y Jesús ha confiado la función de enseñar, guiar y santificar a los pastores, a los apóstoles y a sus sucesores, que hacen presente con su ministerio al único Pastor.

Puesto que estos pastores son hombres como los demás, el hecho de confiarles el ministerio pastoral habla de la confianza que Dios deposita en los hombres, a pesar de sus debilidades. Es esta debilidad la que hizo exclamar a San Agustín al principio de su extraordinario sermón sobre los pastores:

“Por nuestra parte, nosotros que nos encontramos en este ministerio, del que tendremos que rendir una peligrosa cuenta, y en el que nos puso el Señor según su dignación y no según nuestros méritos, hemos de distinguir claramente dos cosas completamente distintas: la primera, que somos cristianos, y, la segunda, que somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente.

Son muchos los cristianos que no son obispos y llegan a Dios quizás por un camino más fácil y moviéndose con tanta mayor agilidad, cuanto que llevan a la espalda un peso menor. Nosotros, en cambio, además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta a Dios del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Ahora bien, si Dios mismo se fía así de los hombres, y de hombres concretos de carne y hueso, ¿no habremos de hacer otro tanto los creyentes? Sabiendo, además, que al fiarnos de aquellos que han sido puestos por Dios al cuidado de su grey, en realidad nos fiamos del único Pastor y guardián de nuestras vidas, de modo que es a Él al que escuchamos y que es Él el que nos guía. Porque al hablar de “fiarnos” y de “confiar”, no estamos hablando de una confianza ciega o apoyada sólo en el prestigio de los que ocupan el cargo, sino de la confianza que brota de la fe y es iluminada por ella: en ese fiarnos de los hombres estamos viendo en fe la presencia de Cristo Resucitado. Es lo que dice Jesús en otro lugar al regreso de los discípulos de su primera misión: “Quien os escucha a vosotros, a mí me escucha; quien os rechaza a vosotros, a mí me rechaza” (Lc 10, 16). Y si esto es verdad de toda la Iglesia y de todos los creyentes, también lo ha de ser de aquellos a los que Jesús ha puesto al frente de su comunidad (cf. Mt 16, 19; Jn 20, 23).

Sin embargo, esta es una forma de presencia que suscita hoy muchas desconfianzas y rechazos. En realidad, ya para muchos la Iglesia misma representa una dificultad para creer: “creo en Dios, incluso en Cristo, pero no en la Iglesia”, se oye decir con frecuencia. Pero ya dijimos (en el segundo domingo de Pascua) que ser cristiano sin Iglesia (sin comunidad eucarística) es como ser cristiano sin Cristo. El rechazo al que aludimos ahora lo encontramos a veces dentro de la misma Iglesia. Se acepta, sí, la comunidad cristiana, pero se considera que el ideal evangélico se encarnaría mejor en una forma de comunidad desestructurada, sin funciones ni diversidad de carismas, sin ningún género de autoridad, sin jerarquía, en una palabra, sin pastores. Son a veces los mismos representantes del clero los que hablan o escriben así, en un ejercicio de la autoridad y el magisterio recibido por la imposición de manos extrañamente aplicado a deslegitimar la una y el otro.

Pero si hemos de aceptar a Cristo entero, y no arbitrariamente mutilado, tenemos que aprender a ver también al Resucitado a la luz del Buen pastor, que se prolonga en el ministerio de los pastores.

Es claro que las funciones de enseñanza, guía y santificación tienen que ser un reflejo fiel del único Pastor, y se han de realizar mirándolo a él. Jesús no es un líder cualquiera, que vive a costa de sus seguidores, que los explota y esquilma. Demasiadas veces los liderazgos humanos se parecen más a ese ladrón que no entra por la puerta sino que salta por otra parte, roba, mata y hace estrago. Jesús, al contrario, establece una relación personal, llama por el nombre, camina delante y sirve para que los que le han sido confiados tengan vida y la tengan en abundancia. Los pastores tienen que imitar en todo ese estilo de pastoreo. Como dice el papa Francisco, “tienen que oler a oveja”.

Ahora bien, la imagen del pastor y del rebaño hay que entenderla en sus justos términos: dependemos por entero de Jesús para tener la vida que sólo es accesible gracias a su resurrección; pero la Iglesia no es una masa de miembros carentes de identidad y voluntad propia, sino una comunidad de personas con rostro y nombre, que escuchan la voz que se les dirige personalmente y a la que responden de manera consciente y libre. Y, si bien en la comunidad existen diversos niveles de madurez en la fe, sea por edad, o por otros motivos (como una experiencia todavía breve de vida cristiana), es claro que todos hemos de estar en camino hacia esa madurez que brota de una experiencia personal de Cristo Resucitado, de manera que el “rebaño” sea, al mismo tiempo, una comunidad de adultos.

El verdadero pastor que se sabe representante del único Pastor, consciente de la propia debilidad, tiene que exorcizar los peligros inherentes a todo ejercicio de autoridad, saber que lo que le habilita para el ministerio es el amor a Cristo, y subrayar la actitud de servicio que da vida y llega a dar la propia vida por las ovejas (cf. Jn 20, 15-18). Y, en lo que respecta a los fieles (que somos todos, como recuerda Agustín), fiarnos de la presencia de Cristo en los pastores, porque él mismo se fía de ellos, hace que la obediencia propia del cristiano no sea servil, sino que esté basada en el principio de la libertad de los hijos de Dios: al someternos a los pastores nos sometemos sólo a Cristo Jesús. Y esto es así incluso cuando quien ejerce el ministerio no está personalmente a la altura de la dignidad que ha recibido por la imposición de manos, pues la eficacia de los sacramentos no depende de la santidad de quien los administra, sino de la acción del Espíritu Santo; aunque, por otro lado, como recuerda el Concilio Vaticano II, “Dios prefiere, por ley ordinaria, manifestar sus maravillas por medio de quienes, hechos más dóciles al impulso y guía del Espíritu Santo, por su íntima unión con Cristo y su santidad de vida, pueden decir con el Apóstol: Y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí (Gal 2, 20)” (PO 12).

El evangelio que hemos leído hoy es el arranque del discurso sobre el Buen Pastor que Juan recoge en su capítulo 10. Se encuentran en estos primeros versículos los motivos fundamentales de esta imagen (cf. Mc, 6, 34; Mt 10, 6; 18,12-14; Lc 15, 1-10). Hoy la atención se centra en Jesús, pero no como pastor del rebaño, sino como puerta del redil. En realidad, las dos imágenes son convergentes. Cuando se visita la cueva de los pastores cerca de Belén, se ve que dispone de un pequeño muro de piedra de media altura y que la puerta es un sencillo hueco en medio del mismo. El pastor principal dormía echado en ese hueco, y hacía así de puerta del redil, porque las ovejas, que conocían al pastor, no salían ni entraban mientras él estuviera allí.

Para entrar en este redil, en esta comunidad de discípulos, la única puerta de acceso es el mismo Cristo. Es una puerta abierta a todos, porque todos tienen cabida; como subrayan con insistencia las palabras de Pedro en la primera lectura, todos son llamados: “todo Israel esté cierto; la promesa vale para todos…”. Pero hay puerta porque no todo tiene cabida en la comunidad. La puerta, que es el mismo Cristo, indica que existen criterios de pertenencia, de modo que hay ideas, actitudes o comportamientos incompatibles con el Evangelio, y que entrar en el redil requiere una purificación en el baño del Bautismo, que es la participación en la muerte y resurrección de Cristo. La imagen de Jesús, puerta del redil, pone de relieve la función magisterial y de gobierno de los pastores, que han de discernir según el espíritu del Evangelio, lo que es y lo que no es acorde con él. Y la pertenencia eclesial exige someterse a ese juicio (criterio y discernimiento), en el que, de nuevo, en los avatares a veces dolorosos de la historia, es preciso descubrir en fe la guía providente del Espíritu de Jesús.

Así pues, el hecho de que la puerta esté abierta nos dice que todos son llamados por medio de “palabras que atraviesan el corazón”: no es un mensaje impersonal o anónimo, sino que toca las fibras más íntimas y sensibles de la realidad humana; y, por otro lado, la necesidad de pasar y ser purificados por esa puerta, que es Cristo muerto y resucitado (“sus heridas nos han curado”) indica que ha de haber una aceptación libre de ese mensaje anunciado: “los que aceptaron sus palabras se bautizaron”, dice el texto de los Hechos.

Al entrar en el redil de la Iglesia, como dice la segunda lectura, hemos vuelto al pastor y guardián de nuestras vidas. Es decir, fuera de Cristo andamos extraviados, exiliados de nosotros mismos. En Cristo nos encontramos, tenemos la posibilidad de ser plenamente lo que somos. Aceptar al Pastor y a los pastores que lo representan no es una enajenación de nuestra propia verdad, sino que, al contrario, todo encuentra sentido, incluso los posibles sufrimientos que podamos experimentar en nuestro empeño de hacer el bien: no son sino el reflejo de la pasión del Buen Pastor que ha dado la vida por su ovejas para que nosotros, muertos al pecado, vivamos para la justicia.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 26.4.2020, Domingo de la 3ª Semana de Pascua: «El camino a Emaús es de ida y vuelta»

Santo evangelio según san Lucas 24, 13-35
Lo reconocieron al partir el pan

Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén; iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Él les dijo: – «¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?» Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le replicó: – «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabes lo que ha pasado allí estos días?» Él les preguntó: – «¿Qué?» Ellos le contestaron: – «Lo de Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves: hace dos días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado: pues fueron muy de mañana al sepulcro, no encontraron su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron.» Entonces Jesús les dijo: – «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?» Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura. Ya cerca de la aldea donde iban, él hizo ademán de seguir adelante; pero ellos le apremiaron, diciendo: – «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.» Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció. Ellos comentaron: – «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: – «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.» Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

El camino a Emaús es de ida y vuelta

Si el primer lugar de encuentro con el Resucitado es la comunidad de discípulos, ésta se constituye como tal, no por iniciativa propia, sino convocada por el mismo Señor Resucitado, por medio de su Palabra y de la fracción del pan. La Eucaristía es la “fuente y la cima” de la vida y de la comunidad cristianas. Las experiencias que constituyeron el contexto de los encuentros con Cristo pascual fueron experiencias sobre todo eucarísticas. Es en ese contexto preciso en el que los discípulos vieron al que había muerto en la Cruz, pero ya no estaba en el sepulcro.

¿Qué significa aquí “ver”? ¿Por qué escribimos este verbo así, entre comillas?

El evangelio de los discípulos de Emaús lo explica de manera especialmente elocuente. Ahí se entiende bien qué vieron ellos, y qué significa para nosotros hoy ver a Cristo Resucitado.

Esos dos discípulos eran, tal vez, un matrimonio; otras versiones dicen que, puesto que se da el nombre de uno de ellos, Cleofás, el otro podía haber sido el evangelista Lucas, que, sin embargo, dejó la cuestión abierta. Ello nos da la oportunidad de poner el propio nombre junto al de Cleofás en este texto modélico para todo cristiano. En estos dos discípulos se refleja dramáticamente el trauma y la desilusión producida por la muerte de Jesús. Vuelven a la vida de siempre después de haber despertado de un sueño: “nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel”; un sueño que acabó convertido en una pesadilla: “los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran”.

El camino que están haciendo muestra que el grupo de los discípulos está en proceso de disgregación. Para un judío la cosa es clara: si Jesús acabó así, es que Dios no estaba con él, no era el Mesías; nos habíamos equivocado, nuestras esperanzas eran vanas. El terrible final de Jesús supone el final de la comunidad que se había congregado en torno a Él. Tras la muerte ha pasado tiempo (tres días) y las cosas siguen igual. Bueno, no del todo igual: es cierto que algunas mujeres les han sobresaltado, pues no han encontrado el cuerpo, y hablan de cosas raras, como apariciones de ángeles, pero los apóstoles han ido al sepulcro y han comprobado que el cuerpo no está, pero a él no lo han visto. Las mujeres representan aquí el amor que intuye algo a partir del signo negativo de la mera ausencia. Los que han ido a comprobar (la autoridad y la razón) no se conforman con eso: es verdad que el lugar de la muerte está vacío, pero eso no es suficiente para creer: “a él no lo han visto”.

Este “no ver” de los principales parece haber sido suficiente para este par de discípulos. En resumen, toda una descripción del fracaso que obliga a volver a lo de siempre, a Emaús.

Mientras iban caminando, ¿de qué hablarían? ¿De qué otra cosa más que de todo lo que había pasado esos días? Lo hacían con tristeza, ofuscados y desconcertados. Recordarían las palabras llenas de autoridad y novedad que habían escuchado de labios de Jesús, y los signos poderosos que le habían visto realizar, y que hablaban de que él, probablemente, era el Mesías. Y, sin duda, estos judíos piadosos recordarían todo esto a la luz de aquellas otras palabras, la Ley y los Profetas, escuchadas y meditadas tantas veces en la sinagoga. Al comentar todo esto, algunos de los textos recordados empezaron a brillar de un modo nuevo. Les hablaban de que lo sucedido a Jesús no era en realidad tan extraño: muchos textos proféticos lo habían anunciado, como los poemas del Siervo de Yahvé del profeta Isaías (cf. Is 42,1-7; 49,1-9; 50, 4-9; 52, 13-53,12): un Mesías sufriente y derrotado. Al ir recordando estos textos, poco a poco se les fueron abriendo las mentes, empezaron a entender que “era necesario que el Mesías padeciera”, se dijeron a sí mismos ¡qué torpes hemos sido para entender!, sintieron que les ardía el corazón…

El camino se les pasó volando. Al llegar no querían perder esa extraña sensación que les había acompañado por el camino, querían retenerla. En realidad, el mismo Señor, ese mismo que había desaparecido de la tumba, los había acompañado y les había explicado las Escrituras, pero ellos, ofuscados, no habían sido capaces de reconocerlo. El caso es que, embargados por esta extraña sensación, por esta misteriosa presencia, decidieron repetir el gesto que Jesús les había mandado hacer “en su memoria”, pues realmente lo que habían vivido en el camino era una memoria viva ¡y no muerta!, no era el recuerdo impotente de un difunto: bendijeron el pan y lo partieron: “entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado”.

¿Está claro? Mientras lo veían, no lo reconocieron, cuando lo reconocieron, dejaron de verlo. No se trata de ver con los ojos del cuerpo (como si los ciegos no pudieran tener la experiencia del resucitado), sino de “verlo” con los ojos de la fe, al escuchar y comprender las Escrituras, al partir el pan. A veces percibimos ciertos signos externos: suenan palabras, se realizan ciertos ritos, como bendecir el pan y el vino, pero estamos como ciegos para la presencia real del Maestro que nos habla y explica, del Señor que parte para nosotros el pan. En cambio, cuando descubrimos en todo eso la presencia de Cristo vivo (nos arden el corazón, se nos abren los ojos de la fe), lo que vemos físicamente no se distingue en nada de la realidad cotidiana, pero, eso sí, hemos descubierto en ella una dimensión nueva, superior, real: creer para ver.

Y ¿después? “En aquel mismo instante se pusieron de camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás”. Esa experiencia extraordinaria mientras iban de camino y al partir el pan les hizo realizar inmediatamente el camino de vuelta. De la disgregación, producto del fracaso, a la convocación, de la dimisión a la misión. La misión tiene primero un sentido interno. La experiencia del Resucitado lleva a dar testimonio de la propia experiencia en primer lugar a los demás discípulos. Así se recompone el grupo, se constituye la Iglesia. Igual que la presencia no reconocida de Jesús es la que ha explicado las Escrituras y partido el pan, así es él mismo el que convoca y reúne a las ovejas que se habían dispersado, cuando fue herido el pastor (cf. Mc 14, 27).

La experiencia eucarística se presenta aquí de manera dinámica, en camino, también en situación de crisis, de abandono. Jesús nos sale al encuentro y, si le damos conversación, nos explica las Escrituras; si le invitamos, nos invita él y parte para nosotros el pan. Tras la fracción del pan, el “ite missa est” nos envía, en primer lugar a nuestros hermanos como constructores de comunidad, como piedras vivas de la Iglesia; y, después, a todo el mundo, como testigos del Señor Resucitado. A veces nos embarga el miedo, pero tenemos que aprender a confiar en que ese testimonio no es sólo ni sobre todo cosa nuestra. Las en apariencia extrañas palabras que cierran la primera lectura (“esto es lo que estáis viendo y oyendo”) indican que, en el testimonio de la propia fe, los receptores del mismo pueden ver y entender, pues, como en el camino a Emaús, Jesús mismo actúa y habla.

La eucaristía es un enorme potencial que dejamos pasar por indolencia, indiferencia, superficialidad: escuchamos sin atención, mirando el reloj a ver cuándo acaba esto, los encargados de comentar la Palabra lo hacemos con frecuencia sin alma, de manera rutinaria y doctrinaria, no favorecemos que “arda el corazón”, sino que literalmente dormimos a las ovejas; en consecuencia, unos y otros asistimos a la fracción del pan sin el corazón caldeado, sin tomarnos en serio nuestro proceder, sin caer en la cuenta de que ahí se actualiza el precio de la sangre de Cristo con la que fuimos rescatados.

Los discípulos de Emaús nos ofrecen hoy una preciosa catequesis de lo que significa realmente la Eucaristía, sacramento para el camino de nuestra vida, que si a veces es un camino de huida y de disgregación, a la luz de la Palabra y de la fracción del pan se convierte en un camino de vuelta, de congregación, de testimonio y de misión.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 19.4.2020, Domingo 2 de Pascua (A): «Reunidos para ver al Señor»

Santo evangelio según san Juan 20, 19-31
A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: -«Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: -«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: -«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: -«Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: -«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: -«Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: -«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: -«¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: -«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Reunidos para ver al Señor

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

Esa nueva vida se expresa y se manifiesta dentro y fuera de la comunidad creyente. Dentro se expresa en la escucha de la Palabra (la enseñanza de los Apóstoles), en la fracción del Pan y en la oración común, en una fe compartida que lleva a compartir también los bienes para remediar las necesidades materiales. El cuadro ideal que nos pinta el texto de los Hechos de los Apóstoles se refleja igualmente en el Evangelio, que presenta a los discípulos reunidos en torno a la mesa eucarística y recibiendo del Resucitado el saludo de paz.

Pero también se manifiesta hacia fuera, en primer lugar, en que la presencia del Señor Resucitado abre la comunidad que se escondía con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Es fácil comprender que ser discípulo de un ejecutado a muerte por blasfemo y sedicioso era muy peligroso. Pero los peligros externos, que nos pueden inducir a encerrarnos temerosos en nosotros mismos, se disuelven ante la evidencia del triunfo de la vida sobre la muerte. Jesús, presente en medio de los discípulos, abre la puertas de la comunidad, les abre las mentes y los corazones, les da su Espíritu y los envía: la comunidad de los creyentes no vive para sí misma, la Iglesia existe para anunciar el Evangelio, pues la Buena Noticia de la Resurrección no sólo es buena para el pequeño círculo de los discípulos, sino para el mundo entero. Y los creyentes que han visto al Señor salen de su cerrazón y anuncian abiertamente y sin miedo, y hacen muchos signos y prodigios; no se trata necesariamente de hechos milagrosos, en el sentido de maravillosos y sorprendentes, sino de signos de la vida nueva: hacer el bien a los extraños, curar a los enfermos, atender a los pobres, servir a Cristo en los pequeños hermanos, transmitir el perdón  de los pecados en el ministerio de la reconciliación. Todas estas cosas, sin salirse del marco de la normalidad física, no dejan de ser sorprendentes, prodigiosas, pues expresan el milagro de un corazón nuevo, de una vida nueva.

Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que la inserción en la comunidad eclesial no es siempre tan fácil. Se exhiben con suma frecuencia los mil motivos por los que uno se excusa de esa pertenencia, muchos de ellos los sentimos cada uno de nosotros cotidianamente. Son motivos que nos invitan a tomar el camino de Tomás y ausentarnos de la reunión con los otros discípulos “el primer día de la semana”. También las dificultades son aquí internas y externas. Las internas tienen que ver, sobre todo, con las debilidades, defectos y pecados de los propios miembros de la comunidad. El cuadro que se nos dibuja en el texto de los Hechos es más un ideal que una realidad efectiva. Ya hemos visto que la comunidad tiene tendencia a cerrarse en sí misma, dentro de ella habitan el miedo, también la ambición, la tentación de la violencia, existen además conflictos entre distintos puntos de vista. De todos estos problemas nos informan abundantemente los Evangelios, y también el libro de los Hechos de los Apóstoles y las Cartas de Pablo. El que se inserta en la comunidad creyente experimenta con relativa facilidad una cierta decepción: soñó entrar en una comunidad regida por criterios exclusivamente evangélicos, y se encuentra con miserias humanas que hacen opaca la luz del Resucitado. La tentación del purismo empuja a salir del grupo de estos discípulos tan imperfectos, entonces igual que ahora. Aquí se revela una de las debilidades fundamentales de la vida interna de la Iglesia: la falta de fe. Tomás es, una vez más, representante de esta actitud. Así como la fe nos lleva a la comunidad, su debilidad la debilita. La fe es un tesoro que llevamos en vasijas de barro (cf. 2 Cor 4, 7) y, por eso, la comunidad cristiana se encuentra siempre en peligro de desintegración, de dispersión. Cada vez que un miembro la abandona, sufre el cuerpo de Cristo.

Pero los mismos textos nos dan la clave para superar estas dificultades. En primer lugar, el hecho mismo de que es en la comunidad en donde podemos ver al Señor; en segundo lugar, se nos avisa de cuáles son las condiciones para que el Señor se haga visible: la reunión eucarística, la escucha de la Palabra y la fracción del pan; un elemento muy importante para el fortalecimiento de la fe es el testimonio interno de la comunidad. En esto han insistido constantemente los textos evangélicos de esta primera semana de Pascua, y también el evangelio de hoy. No hay que dar la fe por descontada dentro de la comunidad, es fundamental que nos comuniquemos nuestras experiencias de fe, que nos enriquezcamos mutuamente, que nos fortalezcamos unos a otros. Así se construye la comunidad. Porque, igual que la descripción de la primera comunidad cristiana es un ideal, pero, precisamente por ello, también es una tarea, una responsabilidad, la fe es un proceso (lo atestigua el mismo camino catequético y mistagógico) y de este proceso es responsable toda la comunidad cristiana. Los discípulos que vieron al Señor aquel primer día de la semana se lo comunicaron a Tomás, invitándolo a reintegrarse en el grupo. Pese a sus reticencias, y poniendo duras condiciones, Tomás accedió a participar “a los ocho días”, de nuevo “el primer día de la semana”. Las condiciones de Tomás eran razonables: no quería creer en fantasmas, ni participar en alucinaciones colectivas. Si se trataba del mismo Jesús, muerto en la cruz, tenía que tener en su cuerpo las huellas de la Pasión. “Tocar las heridas” no es sólo un desafío propio de la incredulidad, sino una exigencia de la encarnación, que se expresa en el dramático realismo de la muerte. En la imperfecta comunidad de los discípulos vive el cuerpo de Cristo, pero este cuerpo está herido. Debilidades y pecados, defectos y conflictos nos hablan de este cuerpo herido de Cristo. Y hay que tocar esas heridas para poder alcanzar la sanación y esquivar la tentación de un falso misticismo que no mira a la realidad. Del mismo modo que, hacia fuera de la comunidad, tocar las heridas significa mirar cara a cara los sufrimientos de los seres humanos, los pequeños hermanos de Jesús en los que se prolonga su pasión. Tocar esas heridas abiertas y todavía sangrantes tiene mucho que ver con los prodigios que los apóstoles y discípulos hacían como testimonio de la fe en cumplimiento del envío encargado por Cristo.

Naturalmente, fuera de la comunidad no todo son parabienes y aplausos (como sugiere el libro de los Hechos: “eran bien vistos de todo el pueblo”); también ahí hay dificultades, como nos recuerda en un contrapunto de realismo la carta de Pedro, que tiene hoy para nosotros especial actualidad: existen persecuciones y oposiciones que nos pueden hacer sufrir en pruebas diversas. Pero esas dificultades se superan precisamente por la presencia en la comunidad del Señor resucitado al que vemos por la fe, más valiosa que el oro y, por eso, necesitada de ser purificada, aquilatada y fortalecida. Así es posible la paradoja de la alegría en medio de la prueba.

Estamos viviendo en el “primer día de la semana”. No nos reunimos en el Sábado, el día en el que Dios descansó de su obra creadora, sino en el primer día, el día en el que Dios creó la luz y la separó de las tinieblas (cf. Gn 1, 3-4). Este primer día es el día de la nueva creación: Dios ha vuelto a crear la luz, la de la resurrección, y la ha separado de la oscuridad de la muerte. Y, por eso, nosotros podemos ver a Jesús vivo y en medio de nosotros, y podemos escuchar la palabra que nos dice: “Paz a vosotros”, haciendo así posible el ideal de la comunidad creyente, reconciliada y que, sin miedo y abiertamente, da testimonio ante el mundo entero.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 12.4.2020, Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (A): «Ya amanece, aunque aún está oscuro »

Santo evangelio según san Juan 20, 1-9
Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Ya amanece, aunque aún está oscuro

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, el amor que sobrevive a la  muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.   

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve pone en práctica las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también  a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

VIGILIA PASCUAL (A)

PRIMERA LECTURA
Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno
Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22.
R. La misericordia del Señor llena la tierra.

SEGUNDA LECTURA
El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe
Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

Sal 15
R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

TERCERA LECTURA
Los israelitas en medio del mar a pie enjuto
Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1
Ex 15, 1-6.17-18
R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

CUARTA LECTURA
Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor
Lectura del profeta Isaías 54, 5-14

Sal 30
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

QUINTA LECTURA
Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua
Lectura del profeta Isaías 55, 1-11
Is 12, 2-6 R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

SEXTA LECTURA
Camina en la claridad del resplandor del Seór
Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4

Sal 18
R. Señor, tienes palabras de vida eterna

SÉPTIMA LECTURA
Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo
Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28

Sal 50
R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA
Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más
Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11

Sal 117 Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO
Ha resucitado y ya por delante de vosotros a Galilea
Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 1-10

En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: -«Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí. Ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis.» Mirad, os lo he anunciado.» Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: -«Alegraos.» Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: -«No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

¡Resucitó!

Nos reunimos de noche para celebrar el triunfo de la luz. La noche, la oscuridad que nos rodean simbolizan el dominio del mal. Al asistir y contemplar la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto de cerca el rostro del mal, hemos podido sentir su poder y hasta tener la sensación de que es más fuerte que el bien, y que la victoria es suya. ¿Cómo no sentir algo así cuando su víctima es el mismo Autor de la vida? Todos tenemos o hemos tenido alguna vez la amarga sensación de que el bien en todas sus formas (la honradez, la sinceridad, la justicia, la integridad, la fidelidad, la limpieza de corazón, la abnegación…) sucumben ante el poder de la mentira, la violencia, la corrupción, la insolencia, el cinismo… Es la sensación de la oscuridad, que no sólo ensombrece nuestros ojos, sino que nos embarga el alma. Sin embargo, cuanto más profunda y oscura es la noche, tanto mejor se puede ver la luz que brilla en la oscuridad. En el mal extremo que los resume a todos, en la muerte, podemos descubrir un destello de luz: Cristo ha muerto, pero no ha sido aplastado por la muerte, pues su muerte ha sido una entrega libre, por amor. Al extremo alejamiento, Dios ha respondido con el amor extremo. Y es este amor el que ilumina nuestra noche, la luz que, simbolizada en el fuego, ha abierto nuestra vigilia. Estamos en vigilia, esta noche no queremos dormir, porque queremos ver esta luz que convierte la noche en madrugada, queremos ver al que ha vencido a la muerte.

Queremos también escuchar la Palabra que Dios nos dirige. La luz de la Resurrección de Jesucristo es la respuesta definitiva de Dios a todas las súplicas y a todas las peticiones que los hombres le han dirigido a lo largo de toda la historia. Al escuchar esta noche la liturgia de la Palabra se ha desplegado ante nosotros la entera historia de salvación desde la creación del mundo. Se trata de la misma historia de la humanidad pero vista desde Dios. Un Dios que crea el mundo por amor y lo ha hecho todo bien, como canta el estribillo de la primera lectura. O, como dice el libro de la Sabiduría: «Porque Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.» (Sab 1, 13-14). Es el pecado como negación de Dios el que introduce la muerte como negación radical de la vida y del bien que adorna a toda la creación por designio divino. Pero ante el pecado del hombre no se detiene el poder creador de Dios; y, por eso, no reacciona con voluntad de destrucción y venganza, sino de recreación y perdón. Si el pecado es una esclavitud que nos disminuye y nos impide ser en plenitud, Dios nos ofrece la libertad, como al pueblo judío al sacarlo de Egipto; si el pecado nos lleva a la muerte, al separarnos de la fuente de la vida, Dios abre para nosotros la posibilidad de una vida nueva; si por el pecado nos escondemos de Dios, la historia de salvación es el camino que Dios ha recorrido para buscarnos y encontrarse de nuevo con nosotros, como el buen pastor que sale a buscar a la oveja perdida. Esta es la lectura que podemos hacer de la atormentada historia de la humanidad, y así nos enseña a leerla la Palabra de Dios.

No tenemos necesidad de escondernos, Dios ha salido a nuestro encuentro, podemos salir al espacio abierto para encontrarnos con él. Dios nos ha encontrado en Jesucristo y en él, muerto y resucitado, ha respondido definitivamente a todas nuestras preguntas, a todas nuestras angustias y miedos, a nuestros sufrimientos y enfermedades. Pero ha respondido en la muerte y en la resurrección. En la muerte de Jesús, es decir, no como nosotros, tal vez, hubiéramos deseado. Nos pareció el Viernes santo que Dios no respondía a las súplicas de Jesús, que permanecía indiferente y mudo ante la angustia, el sufrimiento, la muerte de su propio Hijo; y así nos parece a nosotros en tantos viernes santos que experimentamos en nuestra vida. Pero hoy, en esta noche, comprendemos que no es así: en la resurrección descubrimos que la respuesta de Dios, aunque no le ha ahorrado a Jesús el trance de la muerte, es mucho más radical y definitiva de lo que hubiéramos nunca podido imaginar. Porque, precisamente, al entrar en la muerte, la Palabra, que existía en el principio y por la que todo se hizo, ha destruido definitivamente el poder de la muerte, la insolencia del pecado.

Podemos escuchar la alegre noticia: «no temáis; buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado.» Podemos encontrarnos con el Maestro que ha salido a buscarnos, como a las santas mujeres, y escuchar que Él mismo nos dice: «Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

En medio de la noche, alegraos, en medio de la oscuridad, no tengáis miedo. La victoria de Cristo sobre la muerte no es algo que nos sea ajeno. Nos toca de cerca, por dentro, porque la muerte de Jesús es nuestra propia muerte; y la vida del Resucitado es un don que se nos regala por la fe y el Bautismo. Tras la liturgia de la luz, que todos hemos visto y recibido, y tras la liturgia de la Palabra que todos hemos escuchado, celebramos la liturgia del agua, en la que todos nos hemos bañado, limpiándonos de la semilla del pecado y regenerándonos a una vida nueva. Jesucristo es el agua pura que nos purifica de nuestras impurezas e idolatrías y nos da un corazón nuevo (Ez 36, 25-26);  el agua viva que apaga nuestra sed (cf. Jn 4, 10.14; 8, 37-38), la fuente bautismal por la que hemos sido sepultados en su muerte, muertos con él al pecado, para que, compartiendo su resurrección, podamos llevar una vida nueva (cf. Rm 6, 4.11).

Es cierto que experimentamos de muchas formas todavía el poder de la muerte, la debilidad del pecado. Pero podemos empezar ya desde ahora a vivir para Dios, en unión con Cristo Jesús. De modo parecido a las mujeres del Evangelio (María Magdalena y la otra María), que caminaban “de madrugada”, entre la luz y la oscuridad; también nosotros sentimos esa situación intermedia en que la noche empieza a ser vencida por la luz. Como a ellas, que movidas por el amor se dirigieron al lugar de los muertos, pero lo encontraron vacío, también a nosotros nos sale al encuentro el Resucitado y nos llama a la alegría, a no temer. A pesar de las sombras de muerte que aún nos amenazan, podemos encontrarnos con la luz, si vamos a su encuentro, si no nos escondemos, si, liberados de todo temor,  le permitimos que nos hable, nos corrija, nos limpie y purifique y nos renueve el corazón. Purificados por el fuego de la muerte y el agua del bautismo, y renovados cotidianamente por el sacramento del perdón, fortalecidos por la escucha de la Palabra y el pan de la Eucaristía, vivimos una vida nueva cuando hacemos del amor el eje de nuestra vida, cuando descubrimos en los demás a nuestros hermanos, cuando damos testimonio de lo que hemos visto y oído.

Rosa Ruiz
Misionera claretiana

Homilía del 5.4.2020, Domingo de Ramos (A): «La victoria de la Cruz»

EVANGELIO
Pasión de nuestro Señor Jesucristo
según san Mateo 27, 11-54
¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?

¿Eres el rey de los judíos?

C. En aquel tiempo, Jesús fue llevado ante Poncio Pilato, y el gobernador le preguntó: S. -«¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Jesús respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y, mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos, no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó: S. -«¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?» C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía soltar un preso, el que la gente quisiera. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, les dijo Pilato: S. -«¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?» C. Pues sabía que se lo hablan entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir: S. -«No te metas con ese justo, porque esta noche he sufrido mucho soñando con él.» C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente que pidieran el indulto de Barrabás y la muerte de Jesús. El gobernador preguntó: S. -«¿A cuál de los dos queréis que os suelte?» C. Ellos dijeron: S. -«A Barrabás.» C. Pilato les preguntó: S. -«¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» C. Contestaron todos: S. -«Que lo crucifiquen.» C. Pilato insistió: S. -«Pues, ¿qué mal ha hecho?» C. Pero ellos gritaban más fuerte: S. -«¡Que lo crucifiquen!» C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos en presencia e la multitud, diciendo: S. -«Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!» C. Y el pueblo entero contestó: S. -«¡Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!» C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

¡Salve, rey de los judíos!

C. Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él, diciendo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar. Crucificaron con él a dos bandidos  C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz. Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir: «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa, echándola a suertes, y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de su cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Éste es Jesús, el rey de los judíos,» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz

C. Los que pasaban lo injuriaban y decían, meneando la cabeza: S. -«Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también, diciendo: S. -«A otros ha salvado, y él no se puede salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz, y le creeremos. ¿No ha confiado en Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libre ahora. ¿No decía que era Hijo de Dios?» C. Hasta los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

Elí, Elí, lamá sabaktaní

C. Desde el mediodía hasta la media tarde, vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde, Jesús gritó:

+ -«Eli, Eli, lamá sabaktaní.» C. (Es decir: + -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?») C. Al oírlo, algunos de los que estaban por allí dijeron: S. -«A Elías llama éste.» C. Uno de ellos fue corriendo; en seguida, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio a beber. Los demás decían: S. -«Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo.» C. Jesús dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. Entonces, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se rajaron. Las tumbas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron. Después que él resucitó, salieron de las tumbas, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados: S. -«Realmente éste era Hijo de Dios.»

La victoria de la Cruz

El Domingo de Ramos, la puerta de entrada en la Semana Santa, reúne dos motivos en apariencia contradictorios: por un lado, la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén; por el otro, el fracaso de su trágica muerte en la cruz. El triunfo y la derrota. Mejor sería decir, el triunfo aparente, y la derrota real y sin paliativos. Podemos preguntarnos por qué la liturgia reúne estos dos motivos, que, pese a su cercanía temporal, no coinciden del todo. ¿Por qué anticipar al Domingo de Ramos lo que sucederá el Viernes Santo? ¿Para qué empañar este momento de gloria, aunque efímero, bajo la sombra del fracaso de la cruz? De hecho, hasta el enunciado de la solemnidad puede parecer engañoso: Domingo de Ramos, decimos, pero lo cierto es que la lectura de este episodio ocupa un lugar casi marginal en la celebración litúrgica, en la que todo el protagonismo se lo lleva la lectura dramatizada de la pasión.

La liturgia concentra en sí la experiencia cristiana de siglos, y está penetrada de una lógica profunda, que podemos ir descubriendo y comprendiendo precisamente en la pedagogía de la repetición cíclica. No se trata de una mera compresión teórica, sino vital: la liturgia nos va introduciendo en el misterio mismo de Cristo, ayudándonos a hacerlo parte de nuestra vida, a “entrar” literalmente en él, a hacernos coprotagonistas de esta historia en el mismo sentido en que lo fueron quienes acompañaban a Jesús en los relatos evangélicos, con sus mismas esperanzas, alegrías y tristezas, también con sus mismas tentaciones y confusiones.

¿Qué significa, pues, esta entrada triunfal en Jerusalén, desde el punto de vista de nuestra fe en Cristo? En ella podemos descubrir dos significados contrapuestos, uno muy comprensible y humano, pero que se acaba revelando falso; el segundo, muy difícil de asumir humanamente, pero que es el que conduce a la salvación, y que la liturgia y la Palabra hoy nos invitan a aceptar.

El primero es el deseo, tan humano, tan presente en todos nosotros, de que Cristo venza en su lucha contra las fuerzas del mal con un triunfo “de tejas abajo”, similar al de los vencedores de este mundo, al de las victorias bélicas, de las conquistas políticas, de los éxitos sociales o económicos. Se trata de un género de victoria que implica la derrota de los que se oponen a lo que Jesús predica y representa, que va conquistando terreno, relevancia, poder. Si la causa de Jesús es la causa de Dios, del Bien (del Amor, la Justicia, la Paz…), ¿cómo no desear ese triunfo real, como triunfan ciertas naciones, grupos, ideologías?

Pero la historia atestigua lo efímeras que son estas victorias: los imperios acaban cayendo y siendo sustituidos por otros, las ideologías envejecen rápidamente y se suceden sin solución de continuidad, las cosas que parecen más sólidas y estables (instituciones, ideas, sistemas culturales, etc.) acaban cediendo y sucumbiendo ante el inexorable desgaste del tiempo. Incluso la Iglesia, si la miramos como estructura puramente humana, conoce momentos de esplendor y de decadencia, de expansión y de retirada: también sus “victorias de tejas abajo” acaban resultando pasajeras. Nuestro tiempo está siendo generoso en ejemplos del carácter efímero de estos triunfos. Hemos visto por televisión caer imperios, y los que ahora parecen más fuertes ya sienten el aliento amenazador de otros emergentes, no sabemos si para bien o para mal. Muchos están convencidos de que la crisis de la fe y la pérdida de influencia y poder de la Iglesia en numerosos países es el principio de un fin sin vuelta atrás. Hay quien lo celebra con júbilo; otros (creyentes débiles) lo miran con temor y pesimismo; o con proyectos de “reconquista” de diverso signo (de restauración o revolucionarios, conservadores o progresistas, según la roma terminología al uso). Pero todo esto es, en definitiva, consecuencia de una mala comprensión de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, la que, casi seguro, animaba a los propios discípulos de Cristo, pues creían próxima su coronación como Rey. Una mala compresión en la que nosotros seguimos cayendo cuando buscamos sobre todo relevancia social y poder para conformar la sociedad según nuestros valores.

Pero el triunfo de Cristo, anticipado en su entrada triunfal en Jerusalén, la ciudad Santa, morada de Dios (cf. Sal 86), es de otro tipo, que poco tiene que ver con las victorias militares, políticas o sociales. Y esto es lo que explica que, tras el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén, al inicio de la celebración, sea el relato de la Pasión el que ocupe el lugar central, porque es éste el que revela la verdad de su victoria. Jesús no ha triunfado cuando ha entrado en la Jerusalén terrestre entre las aclamaciones de sus discípulos, sino justamente, fuera de los muros de la ciudad, en la derrota humana de su muerte en la cruz, el trono de este extraño rey, el altar de este sacerdote, que es al mismo tiempo víctima. Por eso no podemos leer el relato de la entrada en Jerusalén más que sobre el trasfondo de su pasión y muerte.

No se trata simplemente de un trágico destino: el fracaso, uno más, de lo que no pasó de ser un bello sueño. Si fuera así sólo (es decir, sólo “de tejas abajo”), ¿en qué sentido podríamos hablar de triunfo? ¿No sería esto una sarcástica burla? Pero es que la muerte de Jesús es también fruto de una elección. Desde el comienzo de su ministerio, cuando sintió la voz del tentador en el desierto, Jesús ha rechazado expresamente el camino de los triunfos mundanos. Esa tentación diabólica y, al tiempo, tan humana, de usar su poder y autoridad para sacar partido, sorprender, imponerse, someter a los que se le oponen, destruir a sus enemigos. ¿Por qué no? “Si eres Hijo de Dios… significa que puedes, usa tu poder”. Esa era la tentación que sintieron también sus discípulos en tantos momentos: la del poder o la violencia (cf. Mt 20, 28-21; Mc 9, 33-34; Lc 9, 51-55); la que sentimos nosotros cuando pensamos en planes de expansión de la Iglesia que no tienen el sello del espíritu evangélico. Así lo tentaron también los que le insultaban: “si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”. También nosotros deseamos a veces que, ya que es Hijo de Dios, baje de la cruz y les dé su merecido. ¿Pero a quién, y de qué manera?

Pero Jesús, porque es el Hijo de Dios, ha vencido esa tentación en todas sus formas: ha renunciado a vencer sobre sus enemigos, sean individuos, pueblos, grupos sociales o religiosos, porque ha querido vencer sobre la raíz que da lugar a todas las enemistades. No lucha contra judíos o romanos, sino contra lo que provoca que judíos y romanos sean enemigos (y aquí, que cada uno haga su lista). Como dice la carta a los Efesios: “nuestra lucha no es contra adversarios de carne y hueso, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra el Espíritu del Mal que está en las alturas” (Ef 6, 12).

Jesús lucha contra el pecado que anida en el corazón del hombre, y sólo puede hacerlo por medio del bien, la virtud y el amor, que le lleva a la entrega total de la propia vida. Por eso, su muerte, una derrota vista humanamente, se convierte en una victoria, precisamente porque él es el Hijo de Dios: por serlo ni se aprovecha de su poder, ni destruye a sus enemigos, ni baja de la cruz, sino que atraviesa libremente la cortina de la muerte, de esa muerte que no es un mero episodio biológico, sino fruto del pecado: la negación de la vida, del bien y la verdad, la justicia y el amor. Es la muerte en Cruz su verdadero triunfo, porque por ella ha penetrado en un santuario no fabricado por mano de hombre, y no con sangre de novillos, menos aún con la sangre de sus enemigos, sino con su propia sangre (cf. Hb 9, 11-14). La verdadera entrada triunfal de Jesús es la que ha hecho, por la puerta de la Cruz, en la Jerusalén celestial, “en la que ya no habrá muerte, ni llanto, ni gritos, ni fatigas, porque el viejo mundo ha pasado” (Ap 21, 4), ese viejo mundo hecho de guerras, desigualdades y enemistades, y victorias que son derrotas porque destruyen al semejante, en el que las víctimas se reivindican frecuentemente convirtiéndose en verdugos de nuevas víctimas.

Con su muerte en Cruz, Jesús ha abierto para nosotros un horizonte nuevo, para que podamos ver más allá de “tejas abajo”; es más, nos ha abierto el camino a ese santuario no construido por mano de hombre, nos ha dado acceso, en su misma persona, a la Jerusalén celestial. Dicho con otras palabras, nos ha dado la posibilidad de vivir ya en este viejo mundo según las leyes del nuevo (la ley del amor), de vencer al mal sólo a fuerza de bien, aunque eso conlleve a veces aparentes derrotas, incluso muertes, que son victorias, como considera la Iglesia el testimonio martirial.

La liturgia de hoy, por medio del contraste de los dos evangelios leídos, nos invita sabiamente a acoger con júbilo al Cristo que viene a nosotros, pero no como un rey poderoso que, al mando de sus ejércitos, infunde temor por su capacidad destructiva, sino como un rey humilde y pacífico, montado sobre un pollino. Nos invita a acoger y aceptar el camino que Jesús, Mesías e Hijo de David, ha elegido para su definitiva victoria: el camino del amor, del perdón, de la entrega de la propia vida, el camino de la Cruz. Nos invita, además, a no dejarnos seducir por victorias engañosas basadas en la fuerza o el éxito social, pero también a no dejarnos abatir por aparentes derrotas que parecen amenazar el futuro de la fe y de la Iglesia, pues “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros” (Rm 8, 31); nos invita, en suma, a hacer nuestros los mismos sentimientos de Cristo, que “no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, … hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 5-8); a “revestirnos de las armas de Dios, para poder resistir las asechanzas del diablo, para resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno” (Ef 6, 11. 13).

Y ¿qué otra cosa significa esto sino confesar, como el centurión romano, ante el Cristo muerto en la Cruz, que éste, realmente, es el Hijo de Dios? Y es que las aclamaciones de los discípulos que lo confiesan Hijo de David mientras entra en Jerusalén, maduran y adquieren su pleno sentido sólo en la confesión de este pagano que reconoce en Jesús Nazareno, muerto en la Cruz, al verdadero Hijo de Dios y Mesías.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 29.3.2020, Quinto Domingo de Cuaresma (A): «Renacer a la Vida nueva»

Santo evangelio según san Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45
Yo soy la resurrección y la vida:
el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: -«Señor, tu amigo está enfermo.» Jesús, al oírlo, dijo: -«Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba. Sólo entonces dice a sus discípulos: -«Vamos otra vez a Judea.» Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús;  -«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.» Jesús le dijo: -«Tu hermano resucitará.» Marta respondió: -«Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: -«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó: -«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: -«¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: -«Señor, ven a verlo.» Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: -«¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: -«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: -«Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: -«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: -«Lázaro, ven afuera.» El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Renacer a la Vida nueva

“Betania dista poco de Jerusalén unos quince estadios” se dice en la versión larga de este evangelio. Es decir, en el camino cuaresmal, “ya están pisando nuestros pies tus umbrales Jerusalén”. Y todo nos habla del misterio de muerte y vida que estamos a punto de contemplar. Por eso, tras la purificación del desierto y el agua (primer y tercer domingos de Cuaresma) y de la iluminación (segundo y cuarto domingos) se nos invita a mirar cara a cara la muerte. Es preciso confrontarse con ella porque es inútil tratar de esconderse. Por tanto, también y especialmente la experiencia religiosa tiene que mirar a esta realidad y tratar de encontrar una respuesta. En la muerte sentimos de manera especialmente intensa la lejanía de Dios, su silencio, y tenemos tal vez la impresión de su indiferencia hacia nuestro destino.

Es lo que parece transmitir el arranque extraño del evangelio que se nos propone este domingo. Una petición de ayuda, una súplica hecha con angustia y urgencia, y que aparentemente no obtiene respuesta. En efecto, con frecuencia tenemos la sensación de que Dios no nos escucha, de que permanece indiferente a nuestras súplicas, que obtienen el silencio persistente por toda respuesta. Dios, Jesús, no se dan prisa, parecen no preocuparse de llegar tarde.

Nuestra sensación de abandono y de falta de respuesta en tantas ocasiones hace que surja en nosotros a veces la tentación o la realidad del reproche contra Dios: “si hubieras estado aquí…”. Es un reproche que puede revestirse de muchas otras formas: ¿por qué Dios consiente el mal?, ¿qué hace contra la injusticia? Y así un largo etcétera. Ya recordamos la semana pasada que con razón dice Benedicto XVI en su encíclica “Spe salvi” (n. 42) que el ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal.

Y, en principio, la respuesta que Jesús da a Marta (“tu hermano resucitará en la resurrección del último día”) no resulta muy satisfactoria. Marta misma lo reconoce y, al hacerlo, parece decirle a Jesús que sí, que vale, pero que ella le pedía otra cosa, más inmediata. La respuesta religiosa que remanda la solución “a la otra vida” es también objeto de impugnación por parte de la crítica de la religión.

En suma, henos aquí confrontados por la muerte. Ya sabemos que la muerte es algo natural, pero, sin embargo, algo se alza en nosotros como protesta contra ella. El texto de hoy parece querer que miremos de cerca a la muerte, que no ocultemos su feo rostro, su mal olor, antes de darnos una respuesta.

Respecto del carácter natural de la muerte, es muy iluminador lo que, de nuevo, el papa Ratzinger dice en esa misma encíclica (nn. 10 y 11): hay en ella un elemento liberador pues, pensándolo bien, una “vida eterna” en las condiciones de vida en la tierra no es en absoluto deseable; de modo que “es cierto que la eliminación de la muerte [biológica], como también su aplazamiento casi ilimitado, pondría a la tierra y a la humanidad en una condición imposible y no comportaría beneficio alguno para el individuo mismo. Obviamente, hay una contradicción en nuestra actitud, que hace referencia a un contraste interior de nuestra propia existencia. Por un lado, no queremos morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva. Entonces, ¿qué es realmente lo que queremos? Esta paradoja de nuestra propia actitud suscita una pregunta más profunda: ¿qué es realmente la «vida»? Y ¿qué significa verdaderamente «eternidad»?” (Spes salvi 11).

Cuando pensamos reflexivamente en nuestra voluntad de vida y en nuestra oposición a la muerte, comprendemos que la vida eterna significa una vida en plenitud. Es en este sentido en el que hemos de entender la muerte como la negación del bien y la verdad, la justicia y el amor. Es en este sentido en el que la muerte es como la síntesis de todos los males.

Uniendo el sentido natural de la muerte con el sentido moral, podemos comprender que, por un lado, Dios no responda inmediatamente a nuestra petición: la muerte es un trance necesario. Pero que, por otra, precisamente en Jesucristo nos ha dado una respuesta definitiva e inesperada. ¿Cuál?

Volvamos de momento a la escena de la resurrección de Lázaro. En realidad, no se trata de una resurrección en sentido estricto, sino de una “vuelta a la vida”, de una “vivificación”, pues es claro que Lázaro volvió a morir. A propósito de esta situación dolorosa (un amigo, un hermano, alguien querido ha muerto), Jesús no nos ahorra la fealdad y la dureza de la muerte, su mal olor. Jesús la siente con sentimientos humanos, participa del duelo, siente el desgarro que todos sentimos, llora por el amigo. Y nos invita a mirar con realismo, a abrir la tumba. Al mandar con voz potente que la muerte suelte su presa, ¿cómo hemos de entender este gesto?

Por un lado, Jesús está anticipando su propia resurrección. Ante su muerte, ya cercana, nos muestra que, incluso sucumbiendo ante ella, tiene poder sobre ella. Jesús no evitó la muerte de Lázaro, como no evitó la suya propia. Y de esta manera nos da una respuesta mucho más radical y definitiva que simplemente atrasar un tiempo la muerte del amigo (del niño, de la víctima inocente, del ser querido, etc.). Jesús ha enfrentado la muerte humana muriendo, se ha hecho presente en ella y, de este modo, ha hecho de la muerte lugar de encuentro con Dios.

La cuaresma tiene su origen en la preparación inmediata de los catecúmenos al Bautismo. De ahí la llamada a la conversión, la meditación y los ritos de purificación e iluminación. Pero el bautismo es la inmersión en la muerte de Cristo para renacer a una vida nueva. De ahí que, inmediatamente antes de la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo (en la Vigilia Pascual tendrá lugar el bautismo de los catecúmenos) la liturgia y la Palabra nos pongan de frente a esta realidad. Por la muerte y la resurrección de Cristo, la muerte se ha convertido en el verdadero bautismo que nos abre y ofrece la posibilidad del renacimiento a una vida plena.

Pero, si la vivificación de Lázaro anticipa la resurrección de Cristo, pero no le evita participar de la muerte biológica, significa que Lázaro, que es aquí figura del bautizado, renacido por el agua y el fuego, participa ya en esta vida y en estas condiciones mortales de la vida del resucitado. Es decir, se nos dice aquí que, aunque con limitaciones, la vida eterna ya ha comenzado. Y esto es así, precisamente, porque Betania (el lugar en que vivimos y morimos) dista poco de Jerusalén: de la nueva Jerusalén. “que baja del cielo, morada de Dios con los hombres, y (en la que) ya no habrá muerte, ni llanto” (Ap 21, 2-4). Y distan poco porque Jesús, que ha bajado del cielo y ha puesto su morada entre nosotros, ha recorrido el camino que las une.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo