Homilía del 9.8.2020, Domingo 19 del Tiempo ordinario (A): «Soy yo, no tengáis miedo »

Santo evangelio según san Mateo 14, 22-33
Mándame ir hacia ti andando sobre el agua

Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar.
Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida: -«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» Pedro le contestó: -«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Él le dijo: -«Ven.» Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -«Señor, sálvame.» En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: -«¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: -«Realmente eres Hijo de Dios.»

Soy yo, no tengáis miedo

El evangelio de hoy nos presenta tres escenas sucesivas: Jesús despidiendo a la multitud; Jesús orando en soledad; Jesús caminando sobre las aguas al encuentro de los discípulos.

La primera escena cierra el episodio de la multiplicación de los panes: tras haberse compadecido de la gente, curado a los enfermos y saciado a la multitud hambrienta, Jesús se ocupa de ellos hasta el final, y permanece con ellos para despedirlos. Así se muestra la verdadera solicitud del que se ha definido como el buen pastor de su rebaño. Todo un estilo pastoral que los cristianos, especialmente lo que tienen responsabilidades pastorales, debemos aprender e imitar.

En la segunda se retoma algo que quedó en suspenso a causa de la gente que lo buscaba. Jesús renunció a su retiro para atenderla, pero, una vez que la ha despedido, vuelve a la soledad, el silencio y la oración. Si la oración no puede ser una huida, una excusa para evitar los problemas acuciantes de los hombres, la dedicación a estos problemas tampoco puede excusarnos del trato personal con Dios en el silencio y la soledad. Compromiso y oración se reclaman mutuamente; no pueden subsistir de verdad el uno sin la otra. La oración sin compromiso con las necesidades de los demás está vacía; el compromiso sin oración en la soledad puede ser algo ciego, un altruismo tal vez encomiable, pero carente del sello distintivo de la fe cristiana. Precisamente es la fe en Jesús lo que vincula estas dos dimensiones, y lo que las une con la tercera escena.

La fe puede ser a veces producto del temor. Existe una cierta inclinación a pensar que Dios ha de manifestarse por medio de signos que, como el huracán o el terremoto, expresan su fuerza irresistible, su poder, ante el que el hombre no puede hacer otra cosa que temer y someterse. Pero el Dios Padre de Jesucristo se manifiesta más bien en la amabilidad tenue de la brisa, en la cercanía solícita de su propio Hijo. Esta forma de manifestación no quiere inducir al temor sino a la confianza: en medio de la tormenta, de la oscuridad de la noche y con el viento en contra Jesús va al encuentro de sus discípulos. Podemos entender que la barca zarandeada por el viento es una imagen de la Iglesia, que con frecuencia se mueve en medio de un ambiente hostil y contrario, en circunstancias amenazantes que parecen poner en peligro su supervivencia. Los discípulos son presa del miedo, sienten que pueden hundirse, y no tienen ojos para reconocer a Jesús que, confortado y fortalecido por la oración en soledad, es capaz de caminar sereno sobre las aguas embravecidas, por encima de peligros y turbulencias. La fe basada en el temor ve fantasmas inexistentes o percibe en los acontecimientos adversos amenazas y castigos por parte de Dios. Pero no es ese el modo de actuar de un Dios que en la solicitud de Jesucristo hacia las masas enfermas y hambrientas ha revelado su rostro paterno. No es, pues, una voz de amenaza lo que nos dirige Jesús, sino de ánimo y de confianza: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!»

En los tiempos que vivimos, de crisis de fe, de abandono masivo de la práctica religiosa, de hostilidad creciente hacia la Iglesia, podemos sentir también nosotros la tentación del temor y el pesimismo, incapaces de ver a Jesús caminando con señorío en medio de la tormenta. Es importante que sepamos retirarnos a la soledad para aprender a percibir la voz de Jesús que nos da ánimo y nos invita a disipar el temor. Ahora bien, lo que ha de sustituir al temor no es una arrogancia pretenciosa que ignora los peligros y confía sólo en las propias fuerzas. En la actitud de Pedro hay una curiosa mezcla de fe verdadera y de arrogancia. Por un lado, la petición que dirige a Jesús («Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua») tiene algo de desafío y desconfianza («si eres tú»), que recuerda la tentación que los sumos sacerdotes lanzaron a Jesús en la cruz: «si eres Hijo de Dios, baja de la cruz» (Mt 27, 40). A veces exigimos que Dios nos muestre sus credenciales haciendo cosas extraordinarias, o dándonos la capacidad de hacerlas nosotros. Pero hay también algo auténtico en la petición de Pedro: en tiempos de turbulencias y viento contrario no es de recibo esconderse y buscar refugio en la barca. También esta es una tentación que debe ser evitada. Cuando pintan bastos algunos cristianos prefieren esconderse, evitar el conflicto, cerrarse sobre sí, aceptando que la fe es sólo una «opción privada», y buscando en la Iglesia un lugar seguro frente a la intemperie. Pero Jesús camina sobre las aguas, en medio de la tormenta, en medio del mundo al que ha venido a salvar a pesar de la hostilidad que le muestra. Como Pedro, hay que estar dispuesto a arriesgar, a salir de la barca incluso cuando los peligros acechan. Pero hay que hacerlo con una fe confiada en Jesús, que nos salva de la arrogancia, nos tiende la mano e impide que nos hundamos, enseñándonos que es sólo en Él, y no en nuestras fuerzas, en quien debemos depositar toda nuestra confianza. Sólo así podremos caminar también sobre las aguas de la adversidad y alcanzar la paz que sólo Jesús nos puede dar. Esta tercera escena del Evangelio de hoy nos evoca estas otras palabras de Cristo: «Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33).

Estas son las tres llamadas que resuenan con claridad en el Evangelio de hoy: solicitud hasta el final hacia las gentes necesitadas, encuentro con Dios en la soledad de la oración y, por fin, lo que une indisolublemente el primero con la segunda, en medio del mundo, de sus tormentas y amenazas, la firme profesión de fe de los Apóstoles («los de la barca»): «Realmente eres Hijo de Dios».

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 2.8.2020, Domingo 18 del Tiempo ordinario (A): «Dadles vosotros de comer»

Santo evangelio según san Mateo 14, 13-21
Comieron todos hasta quedar satisfechos

Milagro de los panes y los peces ( Giovanni Lanfranco)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: -«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.» Jesús les replicó: -«No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.» Ellos le replicaron: -«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.» Les dijo: -«Traédmelos.» Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Dadles vosotros de comer

El episodio de la multiplicación de los panes prolonga de otra manera el anuncio del Reino de Dios que en las últimas semanas Jesús nos ha explicado por medio de las parábolas. Y es que la predicación no se realiza sólo con palabras, sino también con acciones y signos que las encarnan,  y que también hablan de manera elocuente de que el Reino de Dios se ha hecho ya presente.

La presencia del Reino de Dios no excluye las asechanzas del mal (recordemos la parábola del trigo y la cizaña), incluso sus victorias parciales. El arranque del evangelio de hoy se refiere a ello: Jesús se enteró de la muerte de Juan el Bautista y decidió apartarse. No se trata de una huida, sino de un retiro. De hecho, la muerte de un ser cercano pide retiro y soledad. Y Juan no era para Jesús un cualquiera: unidos en el ministerio profético, Juan le abrió el camino, incluso es posible que Jesús hubiera pertenecido a los círculos del Bautista. La muerte de Juan no podía serle indiferente a Jesús, que, además, veía en ella una profecía de la suya propia. El lugar tranquilo al que se retira Jesús es el desierto (un despoblado). El desierto, lugar de peligros y tentaciones, es también ocasión para experimentar a Dios sin interferencias.

Sin embargo, “la gente” busca a Jesús y él, que buscaba soledad y tranquilidad, no los rehúye, al contrario, los mira y siente compasión, va al encuentro y los cura. Jesús, como vemos, habla y actúa. Es la Palabra encarnada y, por eso mismo, no se limita a predicar, sino que traduce sus palabras en gestos y acciones que confirman la verdad de su predicación. Son acciones cuyo significado aquella gente entendía, pues veía en ellos el cumplimiento de antiguas promesas, que hablaban de curación: “Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Is 53, 5); pero también de abundancia de alimento: “Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde… Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos”. A través de esos signos entendían que se cumplía la promesa de una nueva y definitiva alianza, el advenimiento del Reino de Dios.

En estas acciones se descubre la actitud de un Jesús que no evita los problemas más concretos y perentorios de los que acuden a él. Jesús no predica y después despacha a la gente. No les dice, “yo ya os he alimentado espiritualmente, os he ilustrado en la cuestión religiosa; ahora, el pan material y ese tipo de problemas resolvedlos vosotros mismos, a mí no me incumben”. A Jesús le interesa el hombre entero, cuerpo y alma, y es por el hombre entero con sus problemas más concretos por el que siente compasión y trata de encontrar un remedio. Y lo hace, y esto es muy importante, implicando a sus discípulos. Igual que no dice que estos problemas no le incumben, tampoco dice que esos problemas, como el hambre de la multitud, que superan las normales fuerzas humanas, son sólo cosa suya, ya que sólo él tiene el poder de realizar milagros. Los milagros de Jesús no son cosa de magia. Por eso, ante estas necesidades más inmediatas y materiales, Jesús se dirige a sus discípulos y les lanza un desafío: “no los despachéis, dadles vosotros de comer”. Pero, ¿cómo? Se trata de una multitud y nuestras fuerzas y medios son demasiado escasos. Los discípulos han querido que la gente se buscara la vida por su cuenta, pero Jesús los llama a implicarse en un problema que supera sus posibilidades.

Realmente, ante los enormes problemas del mundo en el que vivimos, nosotros, discípulos de Jesús, podemos tener la tentación de pensar que, puesto que nuestras posibilidades son tan limitadas, nos basta con ocuparnos de la parte religiosa, de la oración y el testimonio, mientras que de lo demás es preciso que se ocupen otros, sean los propios interesados, sean los poderes del Estado. Pero, ante esos mismos problemas, Jesús sigue diciéndonos, hoy como ayer, “no os escabulléis, dadles vosotros de comer”. Un himno de la liturgia de las horas es una hermosa paráfrasis de estas palabras de Jesús: “Nos señalaste un trozo de viña y nos dijiste: venid y trabajad / Nos mostraste una mesa vacía y nos dijiste: llenadla de pan / Nos presentaste un campo de batalla y nos dijiste: construid la paz / Nos sacaste al desierto con el alba y nos dijiste: construid la ciudad”.

Pero, ¿cómo?, nos preguntamos de nuevo. Jesús, nuestro Maestro, no nos pide imposibles, sino que nos enseña hoy que para poder repartir primero hay que compartir: traerle y darle eso poco que tenemos, que es lo único que nos pide, y ponerlo a su disposición, él tiene la capacidad de multiplicarlo. Por eso Jesús no se limita a hacer un milagro “mágico”, sólo suyo, al margen de sus discípulos, sino que los llama y hace el milagro de implicarlos, de hacerlos participar en la compasión que siente hacia las gentes, de despertar en ellos la generosidad de entregarle lo poco que tenían (cinco panes y dos peces para los doce, que les garantizaba a ellos solos y a duras penas su propio sustento), para que Jesús se lo diera a los hambrientos. Cuando le damos a Jesús lo poco que tenemos, ese poco se convierte en mucho, hasta el punto de llegar para todos. El himno citado antes empieza precisamente con estas palabras: “Tu poder multiplica la eficacia del hombre, y crece cada día, entre tus manos, la obra de tus manos”. 

El milagro que Jesús ha realizado es el milagro de la fraternidad, que incluye la voluntad de responder a las necesidades concretas de nuestros hermanos. Y este milagro nos une a Jesús, nos hace compartir sus propios sentimientos (cf. Flp 2, 5), nos abre a las necesidades de los necesitados y nos convierte en colaboradores suyos en el ministerio de la compasión. Este milagro establece un vínculo que, como dice Pablo, nadie puede romper: unidos al amor de Cristo de esta manera, como miembros activos de su fraternidad, nada puede separarnos de él. Porque en esta fraternidad las tribulaciones, sufrimientos y necesidades se convierten en ocasiones para experimentar ese mismo amor de Cristo, que nos ve, se compadece, nos cura y nos da de comer, y nos llama a ver, compadecer, curar, compartir y dar de comer.

Entendemos que el pan multiplicado por Jesús en este milagro de la compasión, el compartir y la fraternidad sacia no sólo el hambre del cuerpo. El milagro no es sólo una multiplicación material, sino que establece nuevas relaciones con Dios y entre los hombres. Dios muestra aquí su rostro compasivo en la humanidad de Cristo que llega a la multitud por mano de sus discípulos. Este pan es también el pan de la Eucaristía, como lo muestran los gestos y acciones de Jesús al repartirlo: “alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos”. Vivimos en un mundo con muchas, demasiadas tribulaciones: se sigue matando a los profetas, como Juan el Bautista, y multitudes de nuestro mundo siguen padeciendo enfermedades, hambre, pobreza y el azote de la guerra, y siguen buscando a quién los cure y sacie. Son muchos los males que amenazan con separarnos del amor de Dios, de la fe en un Dios bueno y providente. Pero nosotros, discípulos de Jesús, sabemos que, en realidad, nada puede separarnos de su amor, y que esa seguridad nos fortalece para mirar a este mundo nuestro con los ojos de Cristo, sentir con él compasión y escuchar hoy, una vez más, su bondadoso mandato, «dadles vosotros de comer».

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 26.7.2020, Domingo 17 del Tiempo ordinario (A): «Lo que realmente vale»

Santo evangelio según san Mateo 13, 44-52
Vende todo lo que tiene y compra el campo

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: -«Sí.» Él les dijo: -«Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»

Lo que realmente vale

La vida humana es elegir, y elegir es renunciar. Los deseos humanos no están dirigidos por los sabios mecanismos de los instintos animales (o lo están en muy débil medida), y en esto estriba la riqueza, pero también el riesgo y el drama de la existencia. El ser humano debe establecer él mismo y libremente la escala de sus preferencias; y como sus necesidades y sus posibles deseos son tantos y tan distintos, a veces tan contradictorios, nuestras decisiones comportan siempre la renuncia a posibilidades atractivas y deseables. Si la libertad es la riqueza del hombre, su ejercicio tiene, hemos dicho, algo de dramático por las renuncias que comporta elegir; y de riesgo, porque nuestras elecciones y preferencias puede ser equivocadas, y contribuir no a nuestro bien, sino a nuestra ruina.

La dificultad de elegir adecuadamente depende además del hecho de que los posibles objetos de deseo venden su producto gritando bondades que no siempre tienen, y prometen formas diversas de felicidad vestidas de mil disfraces, como el placer, el bienestar, el éxito, el poder, la riqueza… Todas esas cosas responden a determinadas necesidades, pero muchas veces tratan de atraer nuestra atención hasta el punto de hacernos olvidar otras necesidades más hondas, más decisivas, aunque aparentemente menos urgentes.

Por todo esto, posiblemente el bien más preciado consiste en saber discernir entre el bien y el mal, y en la capacidad de elegir con tino entre las múltiples posibilidades que se nos ofrecen a diario. Este es el mensaje que brota meridianamente de la primera lectura: Salomón, aunque es rey, se considera un servidor de Dios en favor de su pueblo y, por tanto, en deuda con uno y con otro; por otro lado, se reconoce joven e inexperto. Salomón tenía todas las cartas para pedir a Dios precisamente la capacidad de elegir bien y de discernir entre el bien y el mal. Porque estos bienes no se pueden comprar en el mercado, y sólo hasta cierto punto se pueden adquirir con el estudio: son sobre todo dones y no cuestión de conquista, por eso es necesario pedirlos a Dios en la oración. Pero para recibirlos es necesario desearlos, hacer de ellos objeto de nuestra elección.

Jesús presenta hoy el Reino de Dios como un bien que el hombre puede elegir. Pero, ¿qué es el Reino de Dios, que Jesús ha comparado con semillas que crecen y dan fruto, y que ahora compara con tesoros escondidos y perlas de gran valor? El Reino de Dios no es una “cosa”, un objeto, tampoco un determinado sistema social, un “régimen” de tipo teocrático o laico que se limita a proclamar ciertos valores abstractos. El Reino de Dios hay que entenderlo de manera activa y dinámica: significa “Dios reina”. Dios, la fuente y origen de todo bien, Él es el bien máximo al que el hombre puede aspirar. Por ello, cuando Dios reina en la vida del hombre, éste adquiere la capacidad de discernir el bien y el mal, y la medida que otorga a cada cosa su justo valor. El Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús; es objeto de un anuncio, pero no de una propaganda que nos abruma con sus gritos y sus colores chillones. Jesús lo ha comparado con una semilla que da fruto si encuentra buena tierra, con una palabra respetuosa que busca entablar un diálogo: “No gritará, ni alzará la voz, ni voceará por las calles” (Is 42, 2). Hoy subraya su inmenso valor: es como un tesoro, pero se trata de un tesoro escondido que hay que buscar, por el que hay que esforzarse. Porque su valor es incalculable, es fuente de una alegría que llena al que lo encuentra; pero encontrarlo exige hacer una elección: para obtenerlo hay que estar dispuesto a venderlo todo y comprar el campo en el que se halla. El carácter dinámico e interactivo de la elección del Reino de Dios se refuerza en la segunda comparación: aquí el Reino de Dios se parece, no sólo a una perla de gran valor, sino, sobre todo, al comerciante que la encuentra. Efectivamente, ese enorme valor que descubrimos requiere una actitud activa, una toma de postura, una decisión por nuestra parte. Ser capaces de discernir lo que realmente vale en la vida y elegir en consecuencia, asumiendo las consiguientes renuncias es, al fin y al cabo, lo que decide y discierne la calidad de nuestra vida. A ello se refiere la tercera comparación: la red que, echada en el mar, recoge toda clase de peces, buenos y malos. Esto nos enseña una verdad muy importante: que el tesoro esté escondido, que la perla exija una trabajosa búsqueda, todo esto no significa que el Reino de Dios sea algo esotérico y exclusivo para iniciados o para unos pocos elegidos. El esoterismo, tan de moda en nuestros días, establece divisiones que separan a los hombres según categorías. Pero el mensaje del Reino de Dios se dirige a todos sin distinción. Está escondido, pero en un campo abierto a todos. De ahí la comparación con la red que recoge toda clase de peces. La red es la Palabra que Dios dirige a todos los hombres, sin hacer distinciones entre ellos. Lo que separa aquí a los buenos de los malos depende de nosotros mismos, de la actitud que adoptemos de aceptación o de rechazo de la Palabra.

La Palabra es Jesucristo. Él es el que porta en sí mismo el Reino de Dios, porque él es el hombre en el que Dios reina. Él es el tesoro escondido, porque esta Palabra salvadora se ha revestido de carne. La carne de Cristo vela y contiene al mismo tiempo ese tesoro por el que debemos estar dispuestos a venderlo todo para comprar el campo. Al tomar esta decisión, aunque comporte renuncias, no renunciamos a nosotros mismos, al revés, en Jesús, primogénito de muchos hermanos, nos descubrimos a nosotros mismos en nuestra verdad más profunda: descubrimos el tesoro de la imagen de Dios escondida en el campo que somos cada uno. La Palabra que nos anuncia el Reino de Dios es salvadora porque rescata lo mejor de nosotros mismos, la originalidad de cada uno; y, al hacerlo, no sólo no nos aísla, sino que, al revés, nos abre de un modo nuevo a los demás, en los que sabemos por fe que habita también, a su manera, la imagen de Dios.

La elección del Reino de Dios, la decisión de dejar a Dios reinar en nuestra vida aceptando en ella a Jesús, es la elección por un bien, el del amor a Dios y a los hermanos, gracias al cual todo nos sirve para el bien. Y es que “el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14, 17).

Jesús nos llama a tomar una decisión radical en favor un bien incomparablemente más valioso que todos los bienes a los que podemos aspirar en este mundo. Como el tesoro escondido en el campo, este bien no es inmediatamente evidente; pero el que lo encuentra comprende que merece la pena venderlo todo para adquirirlo. Y es que este bien, que es el mismo Jesucristo, hace que todos los demás (viejos y nuevos) adquieran su justo valor, de manera que hasta las renuncias inevitablemente inherentes a toda toma de decisión adquieran un sentido positivo, contribuyan a nuestro bien definitivo y último. ¿Es Jesús y su Evangelio el tesoro por el que estoy dispuesto a venderlo todo?

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

25 de julio
Santiago Apóstol

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4,33; 5,12.27-33; 12,2

En aquellos días, los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor y hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Los condujeron a presencia del Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó: «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»  Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Esta respuesta los exasperó, y decidieron acabar con ellos. Más tarde, el rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Sal 66

R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios
(4,7-15)

Este tesoro del ministerio lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan; en toda ocasión y por todas partes, llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte, por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: «Creí, por eso hablé», también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciban la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,20-28)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó: «¿Qué deseas?»  Ella contestó: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»  Pero Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?» Contestaron: «Lo somos.»  Él les dijo: «Mi cáliz lo beberéis; pero el puesto a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, es para aquellos para quienes lo tiene reservado mi Padre.»  Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contra los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos.» 

El trono y la cruz

A propósito de la solemnidad de Santiago Apóstol suele suscitarse en España la polémica de si debería ser fiesta nacional, de si la ofrenda al Apóstol deben realizarla (como es tradición) las autoridades civiles y políticas, o si, por el contrario, dado el carácter no confesional del Estado (que algunos interpretan de manera extrema como laicismo radical) deben separarse por completo esos ámbitos. Sin negar la oportunidad, incluso la necesidad de tales debates, es inevitable descubrir en ellos el resabio de la presencia de la fe cristiana en la sociedad como una forma de poder. Y, aunque los cristianos debemos aspirar a informar la sociedad de los valores cristianos, por considerarlos esenciales para el bien humano en su plenitud (que no otra cosa significa la salvación), Jesús no avala una forma de influencia basada en el poder (social, político, económico), sino que nos exhorta al humilde servicio.

La Palabra de Dios ilumina con claridad el itinerario de Santiago (y de los otros Apóstoles) que va de una inicial ambición de poder, censurada por Cristo, a una forma de servicio que le lleva precisamente a enfrentarse a esos poderes a los que aspiraba, y que llega a la entrega de la propia vida en testimonio del Evangelio. Esta Palabra nos dice que la tentación de extender el evangelio por la vía del poder es, en cierto modo, natural, por eso los Apóstoles la sienten también con fuerza, y los cristianos de todos los tiempos seguimos sintiéndola. Pero la amonestación por parte de Cristo y el testimonio de Pedro y Juan, y el posterior martirio de Santiago, nos enseñan que es posible convertirse, aprender, acoger y seguir el camino propuesto por Cristo, el camino del servicio, hasta la entrega de la propia vida como supremo testimonio cristiano. Y es que somos, como dice la segunda lectura, “vasijas de barro”, limitados y débiles, pero que, por la fe, portan un gran tesoro. Sí, a partir de esa debilidad, que se refleja en el Evangelio de hoy en la ambición de poder (fruto de una mala comprensión del mesianismo de Cristo), Jesús enseña a sus discípulos el extraño mesianismo de Cruz, al que nos preparamos por la vía del servicio, y que los apóstoles aprendieron muy bien. Del mismo modo, podríamos extender esa transformación de las vasijas de barro que somos, de nuestras inclinaciones más naturales, por la acción de la Palabra de Jesús, de su enseñanza: el deseo de placer se puede transformar en la voluntad de agradar a los demás en lo que es justo y honesto; y el deseo de tener y acumular, en la generosidad del compartir, especialmente con los más necesitados.

Ese valiente testimonio de Pedro y Juan, de palabra, ante el Sanedrín, y de Santiago con su sangre, nos indican, además, que hemos de vencer otra tentación posible: la de la excesiva prudencia para evitarnos problemas y persecuciones. Tal vez si Pedro y Juan hubieran sido más “prudentes”, menos osados, en su testimonio ante el Sanedrín, se hubiera podido evitar el martirio de Santiago, que tan escuetamente se narra en la primera lectura. Tal vez, pero es probable también que sin esa “imprudencia”, sin esa claridad en las palabras, sin ese valor de obedecer a Dios sin plegarse a las presiones de los poderes humanos, el evangelio no hubiera llegado a nosotros y se hubiera convertido en una secta marginal del judaísmo. “Creí y por eso hablé”, afirma Pablo, citando el salmo 115. El creyente de verdad no puede callar, aunque ello comporte riesgos. Pero en el seguimiento de Cristo comprendemos que hay derrotas que son victorias, muertes que son fuente de vida, que aunque nos aprieten, apuren, acosen o derriben, no somos aplastados, desesperados, abandonados o rematados, porque en nosotros actúa la muerte de Cristo, y así se manifiesta también en nuestras vasijas de barro la fuerza extraordinaria de Dios, en nuestros cuerpos mortales, la vida nueva del Resucitado.

Así, pues, si queremos celebrar de verdad al Apóstol Santiago, al margen que se celebre civilmente de una forma u otra, lo que tenemos que hacer es ponernos al servicio de nuestros hermanos y anunciar la alegría del Evangelio sin miedo, con claridad, sin excesos de prudencia, asumiendo los riesgos que, en ocasiones, esto comporta, dispuestos, como Santiago, a derramar nuestra sangre como supremo testimonio de la Verdad. 

José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 19.7.2020, Domingo 16 del Tiempo ordinario (A): «El misterio del mal y la paciencia de Dios»

Santo evangelio según san Mateo 13, 24-43
Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.” Los criados le preguntaron: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Pero él les respondió: “No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.”»

El misterio del mal y la paciencia de Dios

La parábola del sembrador respondía al desaliento de los discípulos por la aparente falta de frutos de la predicación del Evangelio. La parábola del trigo y la cizaña responde a una forma más dramática de desconcierto en los discípulos de Jesús y que, por tanto, todos nosotros podemos experimentar. Es el que procede del escándalo del mal en el mundo y en la Iglesia. No se trata sólo de que la Buena Noticia se extienda con gran dificultad, hasta el punto de que nos pueda parecer que la misión de la Iglesia es un esfuerzo estéril. Es que, además, con frecuencia, tenemos la sensación de que el mal es mucho más poderoso que el bien y se impone con mayor velocidad y eficacia. Y no se trata sólo del mal “en el mundo”, sino también en el campo de la Iglesia, en medio de aquellos que han acogido la buena semilla de Jesucristo. Esta es en verdad una gran causa de escándalo para creyentes y no creyentes, para miembros de la Iglesia y para los que se sienten fuera de ella. El mal (y hoy hablamos sólo del mal moral, el que depende exclusivamente de la voluntad del hombre), que parece dominar por todo el mundo en forma de injusticia, violencia, corrupción, pobreza, marginación, desigualdad y un etcétera que se podría prolongar casi indefinidamente, se hace presente también en la Iglesia: allí donde la semilla de la Palabra ha encontrado buena tierra y debería producir frutos sobreabundantes de vida nueva resulta que crecen también los amargos frutos del mal que Jesucristo ha venido a combatir.

El escándalo puede llegar hasta el punto de estar tentados de culpar al sembrador del crecimiento de la mala semilla. Es la clásica objeción que se ha esgrimido tantas veces contra Dios: si el Creador hizo todo de la nada y lo hizo bueno, y muy bueno (cf. Gen 1, 31), ¿cómo explicar la presencia del mal en el mundo? O Dios quiere eliminar el mal y no puede, y entonces no es todopoderoso, o puede y no quiere, y entonces no es bueno; en los dos casos parece que no se puede aceptar la existencia de Dios.

En la parábola de Jesús, pese a su aparente simplicidad, existen indicaciones muy profundas para entender la respuesta a estas graves objeciones. En primer lugar, Dios no ha creado un mundo totalmente acabado, sino sometido a la ley del crecimiento: ha sembrado buenas semillas que deben dar buenos frutos. Pero para que ese proceso llegue a buen puerto es necesaria nuestra colaboración. Dios nos ha confiado parte de esta tarea, y nos ha dado libertad y autonomía para realizarla responsablemente. Esto significa que, aunque es verdad que todo lo que Dios ha creado es bueno, esa bondad está llamada a crecer y perfeccionarse. Y esto, que se cumple en todo el mundo, es especialmente patente en el hombre. Precisamente porque ha recibido la semilla de la razón y la libertad, el hombre es responsable del mundo que Dios le ha confiado y, sobre todo, de sí mismo y de sus hermanos.

La semilla de la cizaña fue sembrada mientras “la gente dormía”. Vivir responsablemente es vivir en vela, con los ojos abiertos, sin abdicar de esa responsabilidad. Aquí dormir no significa simplemente descansar, sino desentenderse, vivir irresponsablemente, no asumir como se debe la propia libertad, abusar de ella. Es entonces cuando “el enemigo” aprovecha para sembrar la mala semilla. Es interesante subrayar que las buenas obras se siembran a plena luz, tienen un carácter sincero, abierto y sin tapujos, mientras que el mal se esconde, actúa a hurtadillas, tratando de cargar la responsabilidad sobre aquél que creó el bien y sembró la buena semilla. De ahí la pregunta de los criados, que bien podría ser un reflejo de las objeciones contra Dios de las que hablamos antes: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Cuando el señor responde que lo ha hecho “el enemigo”, podemos entender a ese enemigo de muy diversas formas: puede ser el diablo, pero también nosotros mismos cuando nos dejamos llevar de nuestros intereses egoístas y desoímos la Palabra de Dios, y nos negamos a realizar la tarea a la que Dios nos ha llamado. El denominador común de ese enemigo sembrador de cizaña es la libertad personal. Así que la cuestión es que existen actitudes, formas de vida, opciones vitales que se hacen libremente enemigas de Dios y de su obra y que siembran el mal en el mismo campo en el que Dios ha depositado la buena semilla.

La respuesta sobre el origen del mal (que aquí sólo mencionamos de pasada) abre otra cuestión, que es la principal en el Evangelio de hoy: qué hacer ante la presencia del mal. La propuesta de los criados es una tentación permanente que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia y que ha producido no pocos destrozos y sufrimientos: ir y arrancar la cizaña que ha empezado a despuntar junto con el trigo. No debemos entender la respuesta del dueño del campo como una llamada a la pasividad, como si ante la presencia del mal debiéramos simplemente no hacer nada, dejándolo campar por sus respetos, sin defendernos de él ni tratar de que triunfe la justicia. Son muchas las palabras de Jesús en el Evangelio las que nos hablan de una actitud comprometida con la causa del bien, de una resistencia activa ante las fuerzas del mal, empezando por el que encontramos en nosotros mismos. Pero cuando Jesús nos dice que no hay que arrancar la cizaña, para no arrancar al mismo tiempo el trigo, nos está diciendo que en la lucha contra el mal no podemos caer en la tentación de usar las mismas armas de aquello que combatimos. Es la tentación de pensar que el fin (bueno) justifica los medios (malos), que la causa de la verdad se puede defender con la imposición violenta, la de la justicia, con el engaño, la de la paz, con la injusticia. Cuántas veces a lo largo de la historia se ha querido implantar el bien, la justicia, la libertad o la igualdad al precio de pasar por encima de los derechos y hasta la sangre de los inocentes; cuántas veces se ha querido acabar con el mal a base de “cortar por lo sano” y haciendo pagar a justos por pecadores. También en la historia de  la Iglesia podemos encontrar por desgracia episodios de este tipo (tal vez menos de los que se dicen, pero siempre más de los que serían de desear). La tentación es tan fuerte, que hasta Jesús llegó a sentirla: “todo esto (todos los reinos del mundo) te daré, si te inclinas y me adoras” (Mt 4, 9; Lc 4, 7); es la tentación de servir al bien usando el mal, de extender el reino de la luz con los métodos del reino de las tinieblas. Es claro que cuando esto sucede no sólo no eliminamos el mal (la cizaña), sino que destruimos los frutos de la buena semilla. Y los que se pretenden justicieros de esa manera, se convierten, a sabiendas o no, en “enemigos” que, queriendo arrancar la cizaña, en realidad están arrancando el trigo y sembrando semillas de futuras cizañas.

Es necesario combatir el mal, pero sólo con las armas del bien, y esto requiere la fe, la esperanza y la paciencia a la que Jesús nos llama en el Evangelio de hoy: renunciar absolutamente a la injusticia, al engaño, a todo abuso de poder, a toda contravención de los derechos ajenos, a toda violencia injustificada. Para actuar así tenemos que soportar una cierta porción de mal, que es, por cierto, el corazón de la verdadera tolerancia, pero sólo de esa manera evitamos contagiarnos del mal que queremos combatir. Además, de este modo imitamos la paciencia de Dios con el tiempo de la historia, el tiempo en el que los hombres estamos llamados a cuidar y hacer crecer la buena semilla sembrada por Dios; e imitamos a Jesucristo, que echó las semillas del Reino sin imposiciones ni violencia, sin ceder a la tentación (en el fondo absurda, pero que nos acosa sin cesar) de ganar el mundo para Dios inclinándose ante el diablo. En él la paciencia de Dios se ha convertido en pasión, en padecimiento: el precio de la cruz, que Jesús asumió por no ceder a las insidias del diablo.

Que todo esto no tiene nada que ver con la pasividad que baja las manos ante los embates del mal se ve en la gran posibilidad que siempre tenemos frente a ese poder oscuro, de la que nos habla tan hermosamente la primera lectura: la posibilidad del perdón. La omnipotencia creadora de Dios no tiene nada que ver con la capacidad de destrucción, sino que se manifiesta en el perdón, la indulgencia, la paciencia. “El justo debe ser humano”: el Justo y fuente de toda justicia se ha hecho humano en Jesucristo, y en él, que ha cargado sobre sí los pecados del mundo, vemos cómo Dios, ante el pecado y el mal, nos da lugar al arrepentimiento, nos ofrece su perdón. También nosotros, discípulos de Jesús, debemos combatir el mal, no siendo prontos a condenar y arrancar, sino ofreciendo la fuerza divina y creadora del perdón. Dios cree en nosotros, cree que podemos cambiar; Dios no se cansa de esperar en nosotros, tiene la esperanza de nuestra conversión. ¿No deberíamos nosotros, que decimos creer y esperar en Dios, creer y esperar también en nuestros hermanos, también en nosotros mismos? Cuando lo hacemos, tal vez tengamos que soportar con paciencia una cierta dosis de cizaña, pero estaremos sembrando la buena semilla del trigo que Dios arrojó a nuestro mundo con la esperanza de encontrar buena tierra.

Si a veces nos cuesta entender el misterio del mal y la forma en que Dios reacciona ante él, podemos recordar que nuestras debilidades también afectan a nuestra mente y que siempre podemos pedir que el Espíritu venga en ayuda de esta debilidad nuestra; que él, que escudriña los corazones, nos dé la capacidad no sólo de entender, sino también de vivir conforme a la lógica de la paciencia y del perdón de Dios.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 12.7.2020, Domingo 15 del Tiempo ordinario (A): «La palabra, lluvia y semilla»

Santo evangelio según san Mateo 13, 1-23
Salió el sembrador a sembrar

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: -«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

La palabra, lluvia y semilla

La revelación que Dios realiza a los sencillos por medio de Jesucristo no discurre de modo llamativo y extraordinario: no consiste en tremendos acontecimientos cósmicos, ni se transmite mediante visiones y apariciones reservadas a unos pocos. Al contrario, las vías que nos comunican la sabiduría de Dios son también sencillas y están al alcance de todos. El medio más común y habitual de comunicación entre los hombres es la palabra, y Dios se nos manifiesta como Palabra, y una palabra encarnada, es decir, “traducida” al lenguaje humano, de manera que la podamos entender y acoger. Es Palabra de Dios, pero también es palabra humana, cercana y accesible: es el mismo Cristo Jesús. Suele decirse que el cristianismo es, junto con el judaísmo y el islam, una de las religiones del libro, pero es más exacto afirmar que la fe cristiana es la religión de la Palabra: una Palabra viva y eficaz (cf. Hb 4, 12), que, como la lluvia que empapa la tierra, la fecunda y produce vida, actúa y da frutos en quien la escucha y acepta.

Pero la fuerza y eficacia de la Palabra depende también de aquellos a los que se dirige. No es una palabra de ordeno y mando, ni se impone por la fuerza o las amenazas, sino que apela con respeto a nuestra libertad, invita y llama a establecer un diálogo. Así como la lluvia da frutos si encuentra una tierra bien dispuesta, la Palabra que Dios nos dirige necesita de una respuesta adecuada por parte del hombre.

Jesús compara a la Palabra (que es su propia persona y su misión, realizada en palabras y obras) con una semilla que se arroja a la tierra y encuentra distintas respuestas. Por ello, el objeto principal de la parábola son las distintas actitudes con las que se puede recibir esta semilla llamada a fructificar. Jesús divide a los hombres en cuatro grupos, dependiendo de su actitud ante la Palabra: el rechazo frontal, la acogida superficial que impide que la semilla eche raíces, la acogida sincera, pero que tiene que rivalizar con otras preocupaciones que acaban teniendo toda la prioridad, y, finalmente, la buena tierra, en la que la Palabra muestra toda su fecundidad. Si se tiene en cuenta que en aquel tiempo se consideraba el siete por ciento una buena cosecha, se entiende hasta qué punto Jesús, al hablar del treinta, el sesenta y el cien por cien, subraya la extraordinaria eficacia de esta semilla lanzada por Dios al mundo cuando encuentra aceptación sincera. Con esta parábola Jesucristo responde al desánimo de los discípulos, que tienen la sensación de que el anuncio del Reino de Dios no acaba de prender y avanza con demasiada lentitud. La parábola del sembrador, como otras parábolas agrícolas de Jesús, es una llamada a la esperanza y a la confianza. Pero también a la responsabilidad. Dios hace su parte sin escatimar nada, pero si el Reino de Dios parece no hacerse presente, al menos suficientemente, tenemos que examinarnos y comprobar hasta qué punto hacemos nuestra parte, si no será que con nuestras actitudes personales estamos haciendo estéril la rica semilla de la Palabra.

Es importante atender al escenario en el que Mateo sitúa esta y otras parábolas sobre el Reino de Dios. Jesús habla a la multitud que está de pie en la orilla, mientras él está sentado en la barca a una pequeña distancia; se dirige a todos sin distinción, sabiendo que posiblemente muchos de los que le oyen no están en disposición de acoger hasta el final sus palabras: oyen sin entender, miran si ver, porque no están dispuestos a la conversión. De hecho, esta falta de comprensión de las parábolas y, en consecuencia, de la cercanía del Reino de Dios, nos afecta a todos de un modo u otro. Es necesario que, acuciados por esa falta de comprensión, nos lancemos al agua, nos mojemos y nos acerquemos a Jesús para preguntarle por el sentido de sus palabras.

El evangelio de hoy puede leerse en su versión breve, que reproduce escuetamente la parábola del sembrador, o en su versión larga, que incluye la pregunta de los discípulos y la explicación detallada por parte de Jesús. De hecho, las dos versiones son procedentes. La más breve puede suscitar en nosotros el deseo de una comprensión en profundidad, y provocar el que salgamos de la multitud que se mantiene de pie a una cierta distancia, que nos mojemos para acerquemos a Jesús y, entrando en la barca en la que se sienta, le expongamos nuestras dudas. Es ese movimiento de acercarnos, mojarnos y preguntar lo que nos convierte en discípulos. Y la explicación de Jesús nos puede ayudar a comprender que no sólo existen cuatro grupos de personas que reaccionan de manera distinta ante la predicación de Jesús, sino que esas cuatro actitudes son como territorios que conviven de un modo u otro en cada uno de nosotros.

El borde del camino, el rechazo frontal de la Palabra, indica que, aunque nos consideremos creyentes, pueden existir en nosotros “territorios paganos”, sin evangelizar, impermeables al evangelio. En esos aspectos de nuestra vida, sencillamente, no estamos en camino, sino al margen del mismo. Pueden ser actitudes antievangélicas de odio, de rencor o resentimiento, de falta de perdón expresamente afirmada hacia ciertas personas o grupos, o bien costumbres y aficiones que contradicen abiertamente las exigencias de la fe y no se dejan interpelar por ella. Más frecuente es el terreno pedregoso, la superficialidad que impide que la Palabra eche raíces en nuestra vida. No es raro que la aceptación de la fe se haga por motivos demasiado coyunturales: la nacionalidad, el contexto cultural, la presión social. Si no se llega a asumir personalmente y en profundidad, la semilla se encontrará en terreno pedregoso, sin posibilidad de dar frutos. En estos casos la fe depende demasiado del estado de ánimo o del entorno social favorable o contrario. Falta constancia, perseverancia para profundizar y, en consecuencia, fidelidad.

En muchas personas sinceramente creyentes, incluso consagradas a Dios, es fácil encontrar el terreno en el que crecen las zarzas. Aunque aquí hay una acogida consciente y personal de la Palabra, dominan en la vida urgencias que impiden prestar atención a lo más importante. Pueden ser preocupaciones mundanas, como el éxito o la riqueza, que nos roban el corazón para lo esencial; pero también podemos ocuparnos de cosas muy buenas y santas, como la atención a los demás, el trabajo apostólico, el servicio de la Iglesia, pero que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha en profundidad de la Palabra. Uno de los peligros que acecha a los cristianos más comprometidos, sacerdotes y religiosos incluidos, es que hablen mucho de Dios y de Cristo, pero no tengan tiempo para hablar con Él y escucharlo.

La presencia de estos “territorios” más o menos cerrados a la Palabra no deben hacernos olvidar que Jesús afirma también la existencia en el mundo, en cada uno de nosotros, de tierra buena, en la que el sembrador siembra con la seguridad de una cosecha sobreabundante. Cuando contemplamos la obra de la Palabra de Dios en personas que han sabido ser buena tierra, como pueden ser los santos (y que cada cual elija los que sean de su devoción), no podemos dejar de admirar los frutos abundantes que han dado, y no sólo para sí, sino también para la vida del mundo. También hay en nosotros buena tierra. Por ello, Dios siembra esperanzado. La Palabra de Dios es eficaz y produce frutos. Una falsa humildad no debe descalifi­car o dejar de mirar esta realidad: Dios no siembra en balde. Él está en nuestra vida y nos urge, con suavidad, pero con insisten­cia.

El borde del camino, el pedregal, los abrojos, la buena tierra…, a través de nuestras actitudes, hábitos, aficiones, prejuicios, etc., en la complejidad de nuestra vida, somos un poco todo eso. No podemos, sin embargo, contentarnos con ello. No basta con cuidar con mimo la semilla que cae en buena tierra (aquello que ya hemos conseguido, donde podemos hacer algún progreso); hay que trabajar para que todo en nosotros se vaya transformando en tierra fecunda. Hay que desbrozar, roturar y abonar. Por medio de la oración, los sacramentos, el contacto vivo con Jesús, nuestro Maestro, que nos invita a acercarnos a él y subirnos a su barca, podemos ir convirtiendo en sementera los espacios de nuestra vida reacios a la Palabra. Los frutos que demos así no son un botín personal, “méritos” propios; los frutos evocan el don que se ofrece a los demás, que sirve para ayudar y alimentar a otros. Es verdad que ese trabajo puede comportar algunas renuncias y sufrimientos, pero, como dice San Pablo en su carta a los Romanos, esos sufrimientos “no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá”. Pero no hay que pensar, como a veces hacemos, en una especie de “premio” que, en el fondo, sería externo a nosotros mismos. El fruto principal de la Palabra de Dios en nosotros es la plena manifestación los hijos de Dios, en la que cada uno será plenamente sí mismo. Al hacernos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, nuestra vida se convierte en semilla y en palabra, en don y testimonio.  Si, como hemos dicho, el cristianismo es la religión de la Palabra, nosotros estamos llamados a ser en ella sus letras vivas.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 5.7.2020, Domingo 14 del Tiempo ordinario (A): «Para adquirir sabiduría»

Santo evangelio según san Mateo 11, 25-30
Soy manso y humilde de corazón

En aquel tiempo, exclamó Jesús: -«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Para adquirir sabiduría

El esfuerzo por alcanzar la verdad es, sin duda, uno de los más nobles de los que habitan el corazón del hombre. También es de los más arduos, porque la realidad en todas sus dimensiones se resiste a revelar sus secretos, y grandes dosis de observación, investigación y reflexión apenas sirven para arrancar unas pocas esquirlas de la verdad buscada. Pero el esfuerzo constante acaba por obtener su premio, y al cabo de muchos siglos de civilización se han ido acumulando conocimientos que han pasado a formar parte del acervo espiritual de la humanidad. Hoy en día tenemos por evidentes cosas que, sin que ya nos percatemos de ello, son el producto de largos siglos de esfuerzos de muchas generaciones. Especialmente los conocimientos técnicos y científicos son objeto de un proceso acumulativo gracias al cual el saber adquirido difícilmente puede llegar a olvidarse; y en este terreno ni siquiera hace falta que todos lo sepamos todo, es posible dividir socialmente el conocimiento para que, sabiendo, eso sí, a quién dirigirse, todos puedan disfrutar de sus ventajas.

Pero la aventura del saber requiere de condiciones definidas por parte de quien busca. Son distintos los pensadores que han puesto de relieve las condiciones morales de la indagación de la verdad. Ya Sócrates avisaba al respecto. Y en los últimos tiempos se ha vuelto a insistir en ello. Un filósofo cristiano del siglo XX, von Hildebrand, recuerda que “para cualquier evidencia ade­cuada son ya necesa­rios en diverso grado reverencia, sed auténtica de verdad, un paciente esfuerzo cognos­citivo y flexibilidad de espíri­tu”. Aquí, como en todo lo que afecta al ser humano, existen obstáculos que no sólo dependen de las limitaciones intrínsecas de nuestro intelecto, sino también de la ausencia de esas disposiciones morales: el orgullo, la cerrazón de espíritu, la voluntad de poder, la vanidad, etc., nos ciegan para la aprehensión de verdades elementales. Todos sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver; y tenemos la experiencia de que las conquistas del saber (por ejemplo, científico y técnico) no siempre redundan como es debido en beneficio de todos, sino que se convierten con facilidad en instrumentos de dominación, en motivos para la injusticia.

Pero todo esto se acentúa cuando se trata de aquellas verdades en las que el hombre decide la autenticidad de su existencia, las verdades relacionadas con el bien y la justicia, y con la fuente de todo bien y toda verdad, es decir, con Dios. Y esto es así porque, en primer lugar, esas verdades, a diferencia de las meramente teóricas y técnicas, no son “acumulativas”: no basta que se hayan descubierto en cierto momento para que se incorporen definitivamente al caudal de la cultura común; además, no basta “conocerlas” sólo teóricamente, es preciso asimilarlas, apropiárselas sometiendo a las exigencias que presentan no sólo la razón, sino también la voluntad y el corazón. Por eso, cada generación, cada cultura y cada persona individual debe descubrirlas y asumirlas. Aquí no cabe la “división social” del conocimiento.

Posiblemente es de estas cosas de las que habla hoy el Evangelio, en este breve y denso texto, que algunos han llamado “el Magníficat de Jesús”. Estas son las cosas que Dios ha querido revelar a la gente sencilla, mientras que se las ha ocultado a los sabios y entendidos. Y es que, efectivamente, las cosas de las que habla Jesús no son una mera instrucción moral o una nueva cosmovisión filosófica, sino una verdadera revelación, un don que Dios nos hace por medio de Jesucristo: las Bienaventuranzas, el amor universal, que incluye a los enemigos, y llega hasta el don de la propia vida, el perdón sin límites, la fidelidad, la confianza en Dios nuestro Padre, incluso en los momentos de adversidad, la difícil comprensión del mesianismo de Cristo, que lo llevó a la cruz. Todas estas son cosas que Dios ha revelado por medio de Cristo, y que requieren un corazón bien dispuesto, abierto, sencillo, como dice Jesús, esto es, curado de la hinchazón de la soberbia y la seguridad exclusiva en las propias fuerzas.

De hecho, “estas cosas”, aunque suenen tan bien, no son tan fáciles de entender. Muy posiblemente, eran muchos en tiempos de Jesús los que torcían el gesto cuando oían por primera vez hablar de ellas. También es muy posible que nosotros mismos lo torzamos cuando nos encontramos en situaciones que nos exigen llevar a la práctica estas verdades evangélicas, es decir, aceptar vitalmente “estas cosas”. Examinando nuestra actitud real, concreta y práctica respecto de ellas, podemos intuir si nos encontramos en el grupo de los sabios y entendidos, o en el de la gente sencilla.

Posiblemente oscilemos entre los dos grupos. Por un lado, todos tendemos a adquirir seguridad por la vía de la fuerza y el poder: los carros de Efraím, que serían los modernos carros de combate, los caballos y los arcos de los guerreros, son cosas que parecen ofrecernos más seguridad y mayor garantía de dominio que la humildad del rey manso que afirma su triunfo cabalgando en un modesto asno, y se encamina al trono de la cruz. ¿Será capaz un rey así de romper los arcos, dictar la paz y dominar el mundo entero? Estas cosas son las que permanecen escondidas a los sabios y entendidos. Pero ello quiere decir que tenemos que seguir trabajando para abandonar la autosuficiencia que nos dificulta aceptar esta revelación y adoptar en todo momento la actitud de confianza de los sencillos, abiertos sin condiciones a la enseñanza de Cristo, y que reciben la revelación de que precisamente es este extraño y modesto rey el que nos descubre la verdad que salva: la que da alivio a nuestras angustias, la que nos consuela y libera, la que nos da el descanso del alma, porque es sólo esta verdad la que nos rescata de la culpa, del pecado y de la muerte. El poder de carros, arcos y caballos estriba en su capacidad de provocar la muerte; el de estas cosas de que habla Jesús, por el contrario, está en su capacidad de vencer sobre la violencia y la muerte y dar vida. Y como los agobios y fatigas, procedentes de aquellos males fundamentales, nos afectan a todos, por eso mismo, por mucho que sean sólo los sencillos los capaces de entender estas verdades, Jesús dirige su llamada a todos, para ofrecerles su alivio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”; y ¿quién no lo está de un modo u otro?

Es verdad que Jesús, al llamarnos así, no nos engaña y nos avisa de que esta verdad es exigente: es también carga y yugo. Ya lo decía bellamente San Agustín: “amor meus, pondus meum”, mi amor y mi peso. Esto se ve ya en el amor humano: es lo más necesario para nuestra vida, sin él ésta se convierte en un peso insoportable, en un infierno; pero el amor tiene también su propio peso, su parte de yugo: en el matrimonio, en las relaciones de los hijos con los padres y de los padres con los hijos, en la verdadera amistad… existen momentos en los que hay que saber renunciar, asumir algún sacrificio, estar dispuesto a sufrir por la persona amada. Sin esto, el amor no persevera. También en el amor que Jesús nos ofrece y regala con su persona y que es, además, el acceso a la fuente de todo verdadero amor, hay un elemento de peso y de yugo, de cruz. Pero es un yugo llevadero, una carga ligera, porque es la que Jesús mismo ha cargado sobre sí para aliviar la nuestra, y porque es el peso y el yugo del amor, de nuestra salvación.

Aunque con otras palabras, San Pablo nos habla de lo mismo en su carta a los Romanos. Los sencillos a los que se les han revelado estas cosas son los que viven (tratan de vivir) en el Espíritu de Jesús, en la dinámica de su muerte y resurrección: los que mueren en su vida cotidiana a la carne (el poder y la violencia, el egoísmo, la mentira y la injusticia, con tal de adquirir seguridad) para ser vivificados por el Espíritu del amor, la generosidad, el perdón, la fe. El Espíritu de Dios es un Espíritu de vida y libertad, pero no para “hacer lo que me da la gana”; las “ganas” son con mucha frecuencia distintivo y expresión de la carne. El Espíritu del que nos habla Pablo, el que da el verdadero entendimiento de “estas cosas” que Jesús nos revela, es el que nos inspira para el bien, el Espíritu del amor. De nuevo fue San Agustín el que supo resumirlo admirablemente: “dilige et quod vis fac”, ama y haz lo que quieras.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 28.6.2020, Domingo 13 del Tiempo ordinario (A): «La medida del verdadero amor»

Santo evangelio según san Mateo 10, 37-42
El que no toma su cruz no es digno de mí,
el que os recibe a vosotros, me recibe a mí.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: ­–El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque sea sólo un vaso de agua a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no quedará sin recompensa.

La medida del verdadero amor

Cualquiera que haya tenido el más mínimo contacto con eso que se suelen llamar “sectas destructivas” (sea por relación directa, sea por medio de quienes han estado en sus redes) sabrá que una de las primeras cosas que tratan de hacer estas sectas es romper los lazos familiares del adepto. Esto se puede hacer de formas sutiles o brutales, pero el resultado en el mismo. Las formas sutiles consisten en decir que tu familia te limita, que para empezar una nueva vida hay que romper con los lazos del pasado, que sólo así podrás desarrollarte en todo tu potencial, que tú estás muy por encima de ellos… Y no se refieren sólo a los padres y hermanos, sino también al esposo o la esposa, y hasta los propios hijos. Romper todo tipo de lazos familiares significa dejar al individuo desarmado, inerme, con lo que resulta fácil manipularlo y ponerlo en situación de total dependencia. En cuanto a los métodos brutales, no es difícil imaginar que quien cae en las redes de estos grupos, es prácticamente obligado a aislarse de sus relaciones anteriores y a profesar una relación de casi adoración hacia el líder del grupo o hacia la ideología que lo sustenta.

¿No son las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy una variante de esta actitud sectaria? Porque parece que nos invita a poner en segundo plano nuestras relaciones familiares para centrarnos en exclusiva en su persona, como objeto de nuestro amor. Puede parecerlo, pero no es así. Jesús no dice que no debemos amar a nuestros familiares, padre, madre, hermanos, hijos, sino que el amor a Él debe estar en la cima de la jerarquía de nuestros amores. Y esto es así, sencillamente, porque también el amor familiar está afectado por el pecado y necesita ser redimido. Con mucha frecuencia las relaciones familiares están basadas en la violencia, la manipulación, el egoísmo, los celos. Aunque teóricamente se trata de la forma más incondicional y básica del amor (como el amor de la madre hacia sus hijos), con mucha frecuencia en la práctica no es así y las relaciones familiares se convierten en un infierno del que muchos aspiran sólo a liberarse. Por difícil que parezca, hasta la madre puede llegar a olvidarse de su niño de pecho y a no compadecerse del hijo de sus entrañas, como recuerda con dramatismo el profeta Isaías (49, 15).

La salvación que Jesús ha venido a traer a la tierra afecta también a las relaciones familiares, también este amor tan natural e inmediato necesita ser redimido. Y es Jesús el que nos da la medida de ese amor salvador: es el amor con el que Él mismo nos ha amado, dando su vida por nosotros en la cruz. Amar a Cristo más que al propio padre, madre, hermanos, hijos… es el mejor modo de llegar a amar a estos últimos de verdad e incondicionalmente. Porque en el amor a Cristo se purifica nuestra pobre capacidad de amar, tan afectada por el pecado, y en ese amor aprendemos la sabiduría de la cruz, adquirimos la fuerza y la gracia para vivir dando la vida por aquellos a los que amamos.

Pablo nos ayuda muy bien hoy a entender la naturaleza de este amor prioritario a Cristo: no se trata de algo meramente sentimental o psicológico. No es fácil mandar sobre los propios sentimientos, ni hay que forzar las cosas por la vía emocional, pues el amor cristiano no se reduce a una cuestión de emociones. El amor prioritario a Cristo significa una “incorporación” a su persona y, por tanto, a todo el misterio de su vida y de su muerte. No es una cuestión del mero sentimiento, ni tampoco un ejercicio de voluntarismo moral, sino del don que, por la fe, y en el bautismo, hemos recibido: muertos al pecado, nos convertimos en criaturas nuevas, que viven en la vida nueva de la resurrección. Esto que suena, tal vez, a sutileza teológica, tiene una traducción práctica en nuestra vida cotidiana: no nos guiamos sólo por intereses individuales, más o menos legítimos y más o menos egoístas, no dejamos que los sentimientos espontáneos guíen nuestro comportamiento, sino que el criterio de vida es para nosotros el amor con el que Cristo nos ha amado. Es un amor más fuerte que la muerte, pues en la resurrección la muerte ha sido vencida, y eso nos lleva a la disposición de dar la vida por los hermanos, por los nuestros y por los ajenos, por los cercanos y por los lejanos. Esto significa estar abiertos a las necesidades de los demás, tomar sobre nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, la carga de los más débiles, perdonar cuando nos ofenden, no devolver mal por mal, y un largo etcétera que se desgrana a lo largo de los Evangelios. Naturalmente, en esta vida encontramos muchos obstáculos para vivir así, pero precisamente los Evangelios nos hablan de un camino de seguimiento, de un proceso en el que Jesús, Señor y Maestro, nos guía y enseña a crecer en ese amor, cuya semilla ya hemos recibido en el amor que Dios por medio de Jesucristo ya nos ha regalado.

Realmente, podemos pensar que si muchos matrimonios y familias cristianas fracasan es porque no acabamos de tomarnos en serio lo que supone el bautismo y el modo de vida que lleva consigo. No se trata de ser perfecto, sino de iniciar un camino en la escuela del amor que Jesús, no de modo teórico, sino vivo y existencial, nos transmite y enseña. Es ahí dónde podemos experimentar cómo ese perder la vida (las negaciones de uno mismo que el amor a veces exige) es realmente encontrarla, pues es encontrar la vida nueva del Resucitado.

A diferencia de esos amores sectarios, de los que hablábamos al principio, el verdadero amor cristiano es inclusivo y difusivo. Cuando vivimos en Cristo, el bien que hemos recibido de Dios, alcanza a todos los que se encuentran con nosotros, incluso si ellos no lo saben. Porque en la acogida de los discípulos de Cristo se está acogiendo al mismo Cristo. Y esto habla, además, del gran don que hemos recibido con la fe, y del don que podemos hacer a los demás cuando vivimos o tratamos de vivir con coherencia, de nuestra gran responsabilidad. El cristiano no vive para sí, sino para Dios y para los hermanos. Se sabe un “cristóforo”, un portador de Cristo, de modo que con su modo de vida hace posible el encuentro con el mismo Cristo Jesús, pero si no es coherente puede convertirse en un obstáculo de ese mismo encuentro. Ser cristiano de verdad significa automáticamente ser un enviado, un misionero, un testigo de ese amor más grande y primero, que eleva y purifica todos nuestros amores, al ponerlos en contacto con la fuente de todo amor, que no es sino Dios, el Amor puro y perfecto.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 21.6.2020, Domingo 12 del Tiempo ordinario (A): «No tengáis miedo»

Santo evangelio según san Mateo 10, 26-33
No tengáis miedo a los que matan el cuerpo 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: –No tengáis miedo a los hombres porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

No tengáis miedo

El miedo es una de las sombras que se alzan continuamente sobre la vida del hombre: efectivamente, una vida dominada por el temor es una vida sombría, bajo amenaza, encogida e impedida de desplegarse en plenitud. Aunque el temor juega un papel positivo, en cuanto advertencia de un peligro real, que nos invita a reaccionar ante él y esquivarlo o superarlo, si ese peligro permanece escondido o se revela como insuperable, quedamos dominados por el temor, y eso es lo que ensombrece y limita nuestra vida. Es claro que los objetos del temor pueden ser muy variados: tememos la enfermedad y el dolor, la pobreza, el fracaso en nuestros proyectos, la inseguridad; nos inspiran también temor otros seres humanos que pueden ser la causa de todos esas desgracias. Pero si hay un temor fundamental en nuestra vida es, precisamente, el temor a su acabamiento, el temor a la muerte, que se nos antoja como la destrucción total de nuestro ser, que es la base de todos los otros bienes y males.

Es sabido que diversas teorías filosóficas, antiguas y modernas, consideran que es precisamente el temor a la muerte el origen de la religión: el deseo de vivir siempre y en plenitud habría producido (por medio del sentimiento, la imaginación o la razón, por un mecanismo psicológico inconsciente, o por voluntad de engaño de algunos) la idea de una vida más allá de la muerte. La pregunta, claro, es de dónde ha surgido en el ser humano ese extraño deseo que trasciende los límites de su existencia temporal, si es que, como sostienen estos críticos de la religión, no hay en él nada que vaya más allá de la pura existencia natural. Pero dejada a un lado esta cuestión teórica, lo cierto es que esa teoría no se aplica en ningún caso, al menos, a la religión cristiana y, por extensión, a la judía. Si el miedo a la muerte fuera el origen de la religión, ésta debería esforzarse en fomentar el sentimiento de temor lo más posible. Sin embargo, la frase que más veces se repite en la Biblia es “no temáis”, que aparece 365 veces, una por cada día del año. Si alguien pretende (o ha pretendido) fundar la fe cristiana sobre la base del temor, que sepa que está pervirtiendo su verdadero sentido.

Jesús nos exhorta hoy a no temer a los hombres, a esos hombres que se creen poderosos porque pueden matar el cuerpo, pero nada más. Este es el signo distintivo del poder humano: aunque, a fuer de ser justos, hemos de reconocer que el poder se puede usar para el bien, es verdad que lo que hace poderoso a un hombre (o grupo humano, o país, etc.) es su capacidad destructiva, con la que puede amenazar, amedrentar y someter a los demás. Cuando Jesús nos invita a ser valientes y a no temer a la muerte, está reconociendo, en primer lugar, su carácter natural. Incluso en un mundo sin pecado la muerte biológica seguiría existiendo, pero sin ese carácter trágico y temible que tiene ahora, pues sería simplemente el tránsito natural de la vida terrena a una forma de vida superior, en perfecta comunión con Dios. A esa muerte natural no tenemos que tenerle miedo.

Pero es verdad que existe otra muerte (implicada en la misma muerte biológica), que es de la que hoy nos habla Pablo: es la muerte fruto del pecado. Es la muerte radical, antinatural, no porque sea un castigo enviado por Dios, sino porque es la consecuencia del apartamiento voluntario de Dios, fuente de la vida. A esa muerte sí que tenemos que tenerle miedo, pues pervierte radicalmente el sentido de nuestra existencia (nuestra alma). Este es, creo, el significado de las palabras de Jesús, sobre temer al que puede destruir con el fuego cuerpo y alma. Es verdad que sólo el Dios que nos ha creado y nos ha dotado de un espíritu inmortal, puede destruirlo. Pero Dios, que es “creador” y no “destructor”, no destruye nada. Somos nosotros los que, cuando nos apartamos voluntariamente de Él por nuestros pecados, nos estamos alejando de la fuente de la vida, entrando en un proceso de autodestrucción, de muerte del alma, incluso aunque sigamos existiendo de un modo u otro.

El Dios que se ocupa de los pajarillos, y con mucho mayor motivo se preocupa por nosotros, nos ama con amor de madre (contar los pelos de la cabeza es una imagen de la madre que despioja a sus hijos), y no nos ha abandonado al dominio del pecado, dejándonos tirados en nuestro extravío. Dios se dirige a nosotros, sale a buscarnos, nos avisa, nos llama para que volvamos a Él. Ya la ley del Antiguo Testamento nos habla de ello: es como un faro orientador, una luz roja de aquellas actitudes y comportamientos que nos apartan de Dios y nos encaminan a la muerte. Pero el paso definitivo lo ha dado en Jesucristo, en el que nos ha encontrado, y en el que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida, de una vida plena, que empieza ya en este mundo: podemos vivir la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, y que consiste en el amor. Realmente no hay proporción entre la culpa y el don: a nuestro extravío ha respondido con la sobreabundancia de gracia, al pecado de Adán con la entrega total de Cristo. De este modo, Jesús ha destruido las causas del temor a la muerte: sabemos que en ella nos encontramos con Él; y, por tanto, no debemos temerla ni como acabamiento biológico, porque Cristo ha resucitado, ni como consecuencia del pecado, porque con su muerte y resurrección nos ha dado el perdón y ha destruido el poder del pecado sobre nosotros. Nada tienen que temer los que viven en Cristo Jesús.

La exhortación de Jesús a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es además una invitación a no ceder ante los chantajes que por medio de amenazas, incluso mortales, pretenden hacernos renunciar a la verdad, la justicia, la fe, pretenden, en una palabra, que vendamos nuestra alma por cualesquiera bienes efímeros. Jesús nos exhorta a una vida íntegra, auténtica, plena, aunque el precio sea renunciar a parte del tiempo que, según parece, teníamos asignado. El que la exhortación se abra con las palabras sobre lo cubierto que llega a descubrirse y sobre lo escondido que se acabará sabiendo, es una proclamación de que la verdad (esa verdad viva, que incluye a la justicia y la fe) acaba triunfando, y que no debemos, por tanto, hacer componendas por salvar la piel. Es una llamada a un testimonio que debe incluir la disposición al martirio.

El cristiano, afincado vitalmente en Cristo, liberado del temor a la muerte, está llamado a vivir con valor, con entereza, sin dejarse amedrentar por las presiones y las amenazas que el entorno social puede ejercer para oponerse al anuncio del Evangelio en su integridad. Si el poder humano, hemos dicho, se distingue por su capacidad de quitar la vida, el poder de Dios se manifiesta en nosotros en la disposición a dar la vida como testimonio de la verdad, de esa verdad que salva, que consiste en el amor y que, oculta (en su plenitud, pero con muchos atisbos de ella) durante siglos, se ha manifestado definitivamente en Cristo Jesús, en el que la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Viernes después del Corpus Christi
Sagrado Corazón de Jesús

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Deuteronomio 7, 6-11
El Señor se enamoró de vosotros y os eligió
SALMO
Salmo 102,1-2.3-4.6-7.8.10

R/. La misericordia del Señor dura siempre, para los que cumplen sus mandatos
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4, 7-16
En esto consiste el amor: en que él nos amó y nos envió a su Hijo.
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30
Soy manso y humilde de corazón

El corazón de Dios

Para los espíritus críticos el Dios que se revela en el Antiguo testamento resulta excesivamente pasional, con explosiones de ira y, por el otro lado, una increíble capacidad para la ternura. Se trataría, en todo caso, de antropomorfismos, meras metáforas que no se podrían atribuir, así, sin más, al verdadero Dios, transcendente e inmutable. Ese Dios lejano, podrá ser con nosotros, tal vez, benévolo, con un deje de condescendencia, pero sin verdaderas entrañas. Ahora bien, los cristianos no creemos simplemente en Dios (lo que, en los tiempos que corren, no es poco), sino en un Dios encarnado, que ha asumido plenamente y con todas sus consecuencias nuestra condición humana. De modo que, precisamente en Cristo, se hacen realidad humana esas presuntas metáforas. Así, la profecía de Ezequiel (36,26) que promete arrancar del pecho el corazón de piedra y dar un corazón de carne, se cumple en Jesús, el hombre verdadero dotado de un corazón, no angélico, sino de carne, un corazón capaz de compadecer. Sólo así, amándonos con un corazón de carne, puede Jesús sanar el amor humano, herido por el pecado, por el egoísmo, la envidia, la codicia, la rivalidad y el odio; y esto no sólo en las relaciones humanas más impersonales (como las sociales o las económicas), sino también en las más cercanas y entrañables (como las familiares), que son con frecuencia fuente de conflictos y sufrimientos que nos hieren en lo profundo.

Jesús ha acercado el amor incondicional de Dios, y nos ha hecho accesible, por medio de su corazón de carne, el corazón de Dios. No es un Dios lejano y terrible, ante el que debamos sentirnos temerosos e indignos, sino un Dios Padre que se preocupa por nosotros, y que suscita en nosotros confianza y amor. Esto es lo que podemos experimentar al acercarnos a Jesús con un espíritu sencillo: la revelación de una sabiduría que no es cuestión de erudición, sino la sabiduría del amor. El amor, es verdad, es exigente y a veces nos pesa: “amor meus pondus meum” (mi amor es mi peso), decía San Agustín. Pero es, también, lo que da sentido y orientación a nuestra vida. Por eso añadía: “eo feror, quocumque feror” (por él soy llevado adondequiera que me lleven), porque el ser humano tiende al objeto de su amor, por más que esfuerzos que le exija. Por eso dice Jesús que su yugo es llevadero y su carga es ligera. Y tanto más si consideramos que el peso del amor verdadero lo ha tomado Jesús sobre sí mismo al dar su vida por nosotros.

La sabiduría del amor que Jesús ha revelado es exigente, cierto, pero sobre todo nos da confianza, nos relaja, nos da alivio y respiro. En Cristo, en su corazón manso y humilde, encontramos el perfecto equilibrio entre la autoestima y la humildad: autoestima, porque somos amados sin condiciones, lo que significa que, en el fondo de nuestro ser, somos buenos y valiosos; pero también humildad, porque sabemos que no somos perfectos, que tenemos que reconocer con humildad nuestros límites, nuestros pecados. Pero esto último no es una humillación que nos destruye, sino la certeza de que podemos mejorar, de que hay en nosotros posibilidades no exploradas. Y nuestra gran posibilidad, si aprendemos de Jesús, es el amor: saber que cuando tratamos de amar, Dios mismo está obrando en nosotros y que Él permanece con nosotros.

José María Vegas

Sábado después del Sagrado Corazón de Jesús
El inmaculado Corazón de María

PRIMERA LECTURA
Lectura del profeta Isaías 61, 9-11
Me ha vestido con un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.
SALMO
Salmo 1Sam 2,1-8
R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-51
Conservaba todo esto en su corazón. 

La carne se hizo Verbo

Como a la sombra de la solemnidad del Corazón de Jesús, la Iglesia coloca el recuerdo (la memoria obligatoria) del Corazón inmaculado de María. Sí, realmente, es obligado recordar y contemplar el Corazón de María tras haber considerado el significado del Corazón de Jesús. Porque, si el Verbo se hizo carne, y recibió así un corazón de carne, María es la carne del Verbo, aquella de la que el Verbo del Eterno Padre tomó su carne mortal. Dice el Evangelio de Juan, y lo repetimos al rezar el Ángelus, “el Verbo se hizo carne”. Pero es que esa carne humana y mortal en la que se encarnó el Verbo eterno de Dios es una carne concreta, personal, con rostro y con nombre: la carne de María. Por eso, en ella, podemos también decir que la carne se hizo Verbo.

Por eso, también del Corazón de María tenemos los cristianos mucho que aprender. Del Corazón manso y humilde de Jesús recibimos la revelación de la sabiduría del amor. Del Corazón de María aprendemos a aceptar y asimilar esa sabiduría. Porque ese aprendizaje no es cosa fácil. No todo está claro desde el principio. No nos creamos tan listos: no todo lo entendemos de una vez y a la primera. La sabiduría del amor va al centro de nuestro ser, a sus estratos más profundos, y esto exige un proceso que no está exento de dificultades, de incertezas y de angustias. En nuestro caso, porque, además, existen determinadas resistencias y cerrazones. Somos con frecuencia como el hijo aquél que decía “Sí, voy”, pero después no iba (cf. Mt 21, 2-32): profesamos la fe con ortodoxia, pero no siempre nos lo creemos del todo, y, desde luego, muchas veces no actuamos en consecuencia. Para llegar a entender de verdad, de corazón y no sólo teóricamente, se requiere paciencia y perseverancia. Y en esto María es para nosotros maestra de vida cristiana. En ella no había resistencia alguna, su “fiat” es completo e incondicional. Pero también ella tiene que hacer ese proceso de fe en el que no todo está claro de entrada. También ella pierde de vista a Jesús, siente la angustia de una búsqueda que no da fruto inmediato (los tres días de búsqueda nos hablan, de hecho, de los tres días que van de la muerte a la resurrección), también ella escucha de Jesús cosas que no le resultan claras… Pero, en vez de hacer lo que solemos hacer nosotros, “interpretar” según nuestro leal saber y entender, tratando de domar la Palabra, María “conservaba todo en su corazón”, dejando con paciencia y confianza, con fe verdadera, que la Palabra madurara, que penetrara hasta esas profundidades del alma en las que sólo es posible una comprensión a su tiempo y completa. Así es el corazón humilde, el corazón abierto, el corazón que ama, el corazón de madre, el Corazón Inmaculado de María. Si hemos de imitar a Jesús, el manso y humilde de corazón, ¿no habremos de imitar también a aquella de la que ese corazón tomó su carne?

José María Vegas

Homilía del 14.6.2020. Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (A): «Pan para el camino de la vida, pan de vida eterna»

Santo evangelio según san Juan 6, 51-58
Mi carne es verdadera comida,
y mi sangre es verdadera bebida

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.»

Pan para el camino de la vida,
pan de vida eterna

El fin de la Pascua significó litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz y nos enfrentamos con las preocupaciones y las ocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) nos quiere decir que esto no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo marca Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, que se considera la tercera Pascua cristiana. Pascua significa “paso”: pasamos a la vida cotidiana “iluminados” por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

De este modo, la liturgia nos dice que la vida cotidiana no es el lugar que entierra nuestros ideales, sino el campo en el que se han de realizar. Los ideales no pueden ser sólo hermosas ideas con las que nos evadimos de la realidad, sino que son “sentidos”, universos de valor que deben adquirir carne en los acontecimientos que componen nuestra vida. La encarnación, como toda realización, supone un cierto empequeñecimiento (una “kénosis”), pero es también una concreción, que da densidad real a los puros ideales.

En nuestro caso, la encarnación del ideal cristiano, de todo el mensaje de la Pascua, es sencillamente el amor, realizado en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Vivir con sentido, ser conscientes, infundir valor a lo que hacemos, ser capaces de renunciar a ciertos caprichos dictados por nuestro egoísmo, estar por encima de nuestros humores y estados de ánimo para prestar atención a lo que realmente vale la pena y a los que realmente queremos…, todo eso realiza, aunque sea imperfectamente, el ideal del amor cristiano. Todo eso es posible, y todo eso es fruto del Espíritu.

La Pascua ha terminado. Hemos regresado a la cotidianidad de nuestra vida, a Galilea. Pero la liturgia no parece querer despedirse tan deprisa de ese tiempo luminoso. Van apareciendo los destellos de la luz Pascual. El primero, el domingo posterior a Pentecostés, fue la fiesta de la Santísima Trinidad. El segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos.

La fiesta del cuerpo y la sangre de Cristo y de su presencia real en la Eucaristía es la fiesta que nos habla de la presencia de lo extraordinario de Dios en lo ordinario, en la vida cotidiana. Todo el misterio de la encarnación, la vida, la pasión y muerte y la resurrección de Jesucristo se concentran en esas realidades tan cercanas y ordinarias, casi tan vulgares, como son el pan y el vino, símbolos de nuestra debilidad, que necesita ser remediada con el alimento cotidiano: el pan; y de nuestro deseo de plenitud, que a veces tratamos de anticipar en los momentos de fiesta: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Jesús, que prolonga su presencia en la Iglesia y en el mundo de tantas maneras (en la comunidad de los creyentes, en su Palabra, en los pastores, en sus pequeños hermanos que sufren), ha querido estar entre nosotros no sólo en espíritu, sino con una forma de presencia especialísima y real, con su cuerpo y su sangre, en el sacramento del pan y el vino, en la Eucaristía, en la que, por cierto, todas las otras están implicadas de manera directa. Así nos dice que su cercanía no se limita a ciertos momentos extraordinarios, desgajados de nuestra vida diaria, sino que nos acompaña y alimenta en  nuestro caminar. La Eucaristía es alimento para el camino de la vida.

El texto del Deuteronomio nos recuerda de qué camino se trata. No es un camino de rosas, sino, con frecuencia, un camino de aflicción, erizado de dificultades, peligros y carencias: un camino que nos pone a prueba. Pero es un camino en el que también podemos experimentar la providencia de Dios, los regalos que la vida nos hace, los bienes que nos dan fuerza y nos alimentan para seguir caminando. Ante las carencias y dificultades podemos tener la tentación (la tenemos con mucha frecuencia) de preocuparnos sólo por sobrevivir, de asegurarnos el maná material que nos garantiza no perecer, o no perecer enseguida: ir tirando mientras se pueda. Pero, si estamos en camino, tenemos que ser conscientes de que caminamos hacia alguna parte, de que el camino tiene una meta, un sentido. Por eso, debemos recibir con agradecimiento el maná que alimenta nuestro cuerpo (todos los bienes materiales), sin olvidar que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Porque no basta sobrevivir (mejor o peor, según la fortuna nos haya sido propicia o adversa), sino que hay que tratar de vivir bien, de alimentar nuestro espíritu con otro pan, de hacernos ricos de bienes superiores que también encontramos por el camino como regalos y como exigencias: la justicia, la generosidad desinteresada, la paz, la ayuda mutua, el perdón.

Jesús se presenta a sí mismo como el verdadero maná, como el pan vivo bajado del cielo: él es la Palabra que sale de la boca de Dios y que nos ayuda no sólo a sobrevivir mal que bien, sino a vivir de manera acorde con nuestra dignidad de imágenes de Dios e hijos suyos. No es que Jesús desprecie el maná material, el pan que alimenta nuestro cuerpo: no olvidemos que este discurso del pan de vida tiene lugar después de la multiplicación de los panes, con la que Jesús ha remediado el hambre física de sus discípulos. Pero nos recuerda que preocuparse sólo de esa supervivencia no es suficiente: por mucho que hayamos comido y bebido, por bien que nos haya ido en la vida, al final nos espera la muerte. Por eso es preciso esforzarse por el alimento que nos permite vencer a la muerte, alcanzar la vida plena, participar de la vida de Dios: habitar en Cristo, Palabra eterna del Padre, que él habite en nosotros, para, junto con él, vivir en el Padre.

Ahora bien, Jesús expresa todo esto de un modo que nos puede parecer excesivamente crudo: alimentar nuestro espíritu con el Pan que ha bajado del cielo implica comer su carne y beber su sangre. ¿Qué significa esto realmente? Ya los discípulos contemporáneos de Jesús (y los de la primera generación cristiana, y luego, de muchas formas, a lo largo de toda la historia) se preguntaban “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?” ¿Implica esto alguna forma de canibalismo? Ante la repugnancia que suscita esta posibilidad, surge enseguida la tentación de una interpretación meramente simbólica. El pan y el vino no serían realmente el cuerpo y la sangre de Cristo, sino sólo “signos” que nos lo recuerdan. Pero toda la tradición de la Iglesia ha ido en sentido contrario, y ha afirmado la presencia real del cuerpo y la sangre en las especies del pan y el vino. Son muchos los textos  bíblicos los que nos ayudan a entender este misterio, eso sí, con los ojos de la fe, como con tanta fuerza subraya Sto. Tomás de Aquino en su maravilloso himno eucarístico “Tantum ergo”: Et, si sensus déficit, ad firmandum cor sincerum sola fides súfficit / Præstet fides suppleméntum sénsuum deféctui (Aunque fallen los sentidos, solo la fe es suficiente para fortalecer el corazón en la verdad / Que la fe reemplace la incapacidad de los sentidos; o en traducción poética: “y aunque no entendemos baste fe si existe corazón sincero / dudan los sentidos y el entendimiento: que la fe lo supla con asentimiento”). Para esta comprensión nos fijamos en los textos que nos propone hoy la liturgia.

El discurso del pan de vida suple en el Evangelio de Juan al relato de la institución de la Eucaristía que encontramos en los Evangelios sinópticos (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15-20) y en la primera carta a los Corintios (11, 23-25). Pero el contexto de este discurso es tan pascual como en los otros Evangelios. Jesús dice que su carne es el pan que yo os daré, en futuro. Es claro que no se trata de una invitación a la antropofagia, sino de comer un pan y de beber un vino que son un cuerpo entregado y una sangre derramada. Jesús habla, pues, de su muerte y de su resurrección. La carne que hemos de comer y la sangre que hemos de beber son los de su cuerpo glorificado en el misterio pascual. En este misterio pascual participamos realmente por medio de una comida. Así se hace presente en nuestra vida cotidiana lo extraordinario de Dios, la salvación y la vida plena que nos ha dado en Jesucristo, su Palabra encarnada, en su carne y sangre entregadas por nosotros.

El camino de nuestra vida puede ser arduo y difícil, pero en él recibimos cotidianamente el sustento que nos hace descubrir en la dificultad el rostro de Cristo sufriente, y nos ayuda a vislumbrar en esas mismas condiciones (alegres o tristes, luminosas u oscuras) la luz del triunfo de Cristo, el cuidado providente de Dios Padre. Y esto nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino a vivir en una cierta plenitud, prenda de la plenitud futura: a vivir bien, a vivir en comunión con Cristo, y en comunión con los demás, convertidos en hermanos, pues, porque comemos todos del mismo pan, aunque somos muchos (distintos, a veces divergentes), formamos un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Jesús nos invita a acercarnos a Él y participar gratuitamente de su banquete, comer el pan y el vino que ha bendecido para nosotros, y que son su cuerpo y sangre entregados y transfigurados. De esta manera participamos realmente de su vida y de su misión, no sólo alimentamos nuestro espíritu para poder caminar, sino que nos cristificamos, capaces de entregarnos, nos transfiguramos, nos convertimos en alimento que da fuerza para caminar a muchos otros.

¿Cómo no aceptar este don que Dios nos hace gratuitamente?

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 7.6.2020. Domingo de la Santísima Trinidad (A): «Para comprender el misterio»

Santo evangelio según san Juan 3,16-18
Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque el que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Para comprender el misterio

Al pensar en el misterio de la Santísima Trinidad puede embargarnos la idea de que para entender algo al respecto se necesitan gruesos volúmenes de densa teología, accesible sólo para grandes especialistas. Y, sin embargo, las lecturas con las que hoy la Iglesia nos invita a meditar en este misterio se distinguen por su brevedad, por lo escueto y lacónico de su contenido. Puede ser un buen indicativo de que ante este misterio, que es el misterio mismo de Dios, hay que empezar por renunciar a “explicarlo”, es decir, a entrar en él para desentrañar sus “elementos” y ponerlos delante de nuestra mirada. No podemos “entrar” en el misterio de Dios, en primer lugar, porque Dios no se deja manejar y manipular por nosotros. Además, porque Dios no es “problema” que requiera una solución con la fuerza (en esto, más bien escasa) de nuestra razón, al estilo de los problemas matemáticos; menos aún es un acertijo o un enigma que puede desvelarse a base de imaginación o agudeza.

Pero nada de esto significa que tengamos que “cortarnos la cabeza” y aceptar sin crítica afirmaciones sin sentido, que sólo servirían para poner a prueba nuestra credulidad o nuestra docilidad… A pesar de lo dicho al principio, los gruesos volúmenes de teología para especialistas también son necesarios. Sólo que tampoco ellos son suficientes si no van precedidos de disposiciones personales que no son cosa exclusiva de especialistas, sino cuestión de fe y necesarias para todo creyente. De estas disposiciones habla hoy la Palabra de Dios, y a ellas nos invita.

La primera de todas es la apertura de espíritu: tenemos que abrirnos a la contemplación del misterio (y no a la explicación o la solución del problema). No podemos entrar en el misterio de Dios, pero es Dios mismo el que se adelanta a salir de sí, a revelarse, a decirse, a darse. Es el Señor el que “baja de la nube” y se queda con nosotros, como se quedó con Moisés; es Dios quien se manifiesta, y su mostrarse consiste en revelarse como misericordia y compasión, rico en clemencia y lealtad, dispuesto a caminar con nosotros, a pesar de la dureza de nuestra cerviz, a pesar de nuestros pecados y de que continuamente lo rechazamos.

Lo que nos dice Dios de sí mismo está admirablemente resumido en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” El misterio de la Trinidad, esto es, de la vida interna de Dios, es un misterio de amor, y de un amor extremo, difícil de comprender, porque es un amor hasta la muerte, pero que salva y da vida, y una vida plena, que es lo que significa la vida eterna. ¿Se puede “explicar” el amor, esto es, desentrañarlo y exponer sus “elementos”? Es evidente que nos encontramos en otra dimensión, que trasciende la pura objetividad teórica. Comprender un amor así, hasta el extremo, significa dejarse sorprender por él, acogerlo, asimilarlo, hacerlo propio, y esto es empezar a comprender el misterio de la Trinidad. Porque este misterio es el de un Dios amor que se entrega totalmente, sin reservas, con una pureza total. Pero si Dios “amó tanto al mundo” como para entregarle su propio Hijo (y es el Hijo que se entrega el que lo dice), es que esa entrega es la esencia misma de Dios, de modo que ya su vida interna consiste en ese entregarse mutuamente en amor puro. Esto es, comprendemos que la vida interna de Dios es relación, comunicación y, por eso, diferencia personal y, al mismo tiempo, perfecta unidad. Eso es el amor: unidad en la diferencia, relación que supera la diferencia pero sin anularla. Ahora bien, esta comprensión no significa que “descifremos” el misterio de Dios. Porque, repitámoslo de nuevo, nosotros no podemos entrar en él, pero Dios puede revelarnos quién es: y no sólo teóricamente, sino precisamente comunicándonos su amor, un amor extremo, hasta la muerte, haciéndonos partícipes de él, dándonos vida, salvándonos de perecer. Aunque no podamos encerrar esta comprensión de Dios en un concepto, ni siquiera en todo un sistema de filosofía, al menos evitamos identificar al Dios cristiano con el ser inmutable de Parménides o el Motor inmóvil, pensamiento de pensamiento de Aristóteles: conceptos de Dios que, aun reconociendo su valor teórico (como purificación de la idolatría), no nos sirven, ni nos consuelan, ni nos salvan, porque están encerrados en sí mismos, y son incapaces de salir de sí al encuentro del hombre con misericordia y compasión. En realidad, atisbar este misterio trinitario del Dios amor nos ayuda a comprender que ni siquiera el monoteísmo por sí mismo es suficiente para una adecuada imagen de Dios. Pues el monoteísmo sin más puede significar una especie de monarquismo teológico en el que Dios se comporta sólo como un legislador (incluso como un tirano) que establece relaciones verticales con los hombres, ante las que sólo cabe el sometimiento temeroso y servil.

Un Dios único pero habitado interiormente por relaciones personales de mutua entrega y amor es un Dios que tiende a expresarse, a revelarse, a darse personalmente, y, al hacerlo, no sólo no nos somete a la condición de siervos, sino que, al contrario, nos libera, nos pone a su nivel, pues ya en la encarnación se ha puesto Él al nuestro: “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Flp 2, 7), de modo que nos convierte en amigos: “no os llamo siervos…; os llamo amigos” (Jn 15, 15); y hermanos suyos: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Es evidente que estamos hablando de un modo de comprender que trasciende con mucho el plano intelectual. Por eso la preparación para la acogida del misterio tiene connotaciones propias, prácticas, existenciales, de las que nos advierte Pablo en su carta a los Corintios; en primer lugar, la alegría: el comunicarse y darse de Dios es una buena noticia que no debe generar temor; en segundo lugar, la voluntad de cambiar de vida, de enmendarse, de mejorar: el Dios que viene a visitarnos y que nos comunica su amor extremo nos invita a movernos en la línea de lo mejor, a dar lo mejor de nosotros mismos y, por tanto, a reconocer las porciones de mal que conviven con nosotros; se trata a veces de una batalla ardua, porque tenemos la experiencia de que el mal tiene raíces resistentes incluso a nuestra buena voluntad; pero no por eso hemos de caer en el desánimo. Al contrario, sabiendo que Dios no viene en plan punitivo o censor, sino a darnos vida, que no nos juzga (somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos, según nos abramos o cerremos a esta visita de Dios), tenemos motivos para animarnos, ensanchar el alma y respirar. Y todas estas actitudes no pueden no revertir en los demás: Pablo nos llama a la unanimidad y la paz; pero no en un sentido romántico o fácil: todos sabemos lo mucho que cuesta armonizar los ánimos y superar los conflictos. Pero es que Dios mismo nos ha mostrado el camino: el verdadero amor, el que compone la esencia y la vida de Dios, consiste en la disposición a dar la vida. Y nosotros, alcanzados por ese amor y esa vida, vivimos a imagen de la Trinidad cuando tratamos de reproducir en nuestra vida esa misma medida de amor.

Cuando acogemos esta revelación de Dios y participamos de este modo en la misma vida divina, que se sustancia en el mandamiento del amor, se nos iluminan todas esas expresiones que continuamente escuchamos y decimos en nuestra oración: “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, que “os bendiga Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”, o, como concluye hoy Pablo y empezamos nosotros la Eucaristía: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros”. Amén.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo