Homilía del 28.2.2021, Domingo 2 de Cuaresma (B) : «¿Qué será eso de resucitar de entre los muertos?»

Santo evangelio según san Marcos 9, 2-10
Éste es mi Hijo amado

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: – «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: – «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.» De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: – «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.» Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».


¿Qué será eso de resucitar de entre los muertos?

La palabra de Dios hoy nos invita a “subir”, a elevarnos a cimas aparentemente muy distintas: una de dolor, de un dolor imposible de soportar; y la otra, de luz, de una luz indescriptible que supera toda imaginación.

La primera, la cima a la que sube Abraham para ofrecer en sacrificio a su hijo Isaac, suele ser aducida como argumento a favor de la soberana libertad de Dios, incluso para contradecir las leyes morales (que, por otro lado, también proceden de Él). Es muy frecuente que, ante la cuestión de si la auténtica religión y las exigencias morales pueden estar en contradicción, se traiga a colación este texto. Gente de tanta categoría intelectual como Kierkegaard lo usa para hacer ver la fractura entre esos dos niveles de experiencia, lo que él llama “la suspensión teológica de la moral”. ¿Es este un argumento concluyente? ¿Se trata de una interpretación correcta? ¿Puede Dios realmente mandar actuar de modo inmoral? En realidad, si leemos el texto hasta el final, nos hemos de convencer de que lo que Dios manda de verdad a Abraham es que no sacrifique a su hijo Isaac y que lo rescate con el carnero. Y esta prohibición es congruente con todo el contexto del Antiguo Testamento, en el que siempre y de manera reiterada se prohíbe sacrificar a los propios hijos. Aunque los primogénitos (como todas las primicias, de animales y cosechas) debían ser consagrados al Señor, y esto significaba sacrificarlos, todos los textos veterotestamentarios son unánimes en que los primogénitos del hombre habían de ser rescatados siempre (cf. Ex 13, 13; 34, 19-20; Num 18, 15), y se condena como una “abominación imperdonable” (entre otras cosas, por idólatra) el “pasar a los propios hijos por el fuego” (cf. 2Rey 16, 3; 17, 17; 17, 31; 2Cr 28, 3).

¿Cómo se explica, entonces, el mandato inicial, “ofrécemelo en sacrificio”? Muy posiblemente las reiteradas prohibiciones sobre el sacrificio de los hijos hablan de una costumbre muy arraigada en aquellas culturas. De modo que Abraham, guiado por su conciencia profundamente religiosa, sintió como un deber ofrecer en sacrificio al hijo primogénito que había recibido en la vejez como un don inesperado. Actuaba en conciencia, guiado por su fe, a pesar del dolor inmenso que le suponía renunciar a su hijo, que era, además, también en aquella mentalidad, su única esperanza de futuro. Podemos decir que cuando Dios detiene la mano de Abraham se produce de hecho un enorme progreso positivo en la conciencia religiosa y moral de la humanidad: el Dios de Abraham no exige ni quiere sacrificios humanos; la consagración de los primogénitos habrá de entenderse de otra manera.  

Pero, además, nosotros hemos de leer estos textos del A.T. con la clave de interpretación que nos ofrece el Evangelio. Y entonces entendemos que Isaac no es sino figura de Jesús, el primogénito del Padre, que ofrece libremente su vida en rescate por todos. Y es esa muestra del amor inmenso de Dios, que no sólo no quita la vida, sino que nos da y comunica la suya por medio de su Hijo, y que genera confianza y seguridad frente a toda adversidad, como nos recuerda Pablo en la carta a los Romanos, lo que vemos preanunciado en la cima del Monte del país de Moria (que algunos identifican con la colina del Templo de Jerusalén).

La otra cima de que se nos habla hoy es, al parecer, muy distinta: la cima de un monte alto en que Jesús se muestra “transfigurado” a tres de sus discípulos, los más cercanos. Lo que sucede allí es una verdadera teofanía, una manifestación de Dios. Jesús aparece como aquel en quien se cumplen y llegan a perfección la Ley (Moisés) y los Profetas (Elías). Moisés y Elías, todo el Antiguo Testamento representado por ellos, conversan con Jesús porque, en realidad, aquellos hablaban sólo de Él; y, a su vez, en Jesús hablan la Ley y los Profetas de modo definitivo, con una Palabra, Cristo, que es preciso escuchar, porque en Él se manifiesta el mismo Dios. El rostro de Dios que Moisés no llegó a ver (cf. Ex 33,20), pese a hablar con Él como un amigo habla con su amigo (cf. Ex 33,11), se ha hecho visible en Cristo para aquellos que escuchan su voz.

Para los apóstoles presentes éste es un momento de luz: ven con claridad aquello que han vislumbrado con más o menos dificultad a lo largo de los años de convivencia con Jesús, lo que han llegado a confesar a pesar de las opiniones distintas que circulaban en torno al Maestro, y de la oposición creciente en torno a Él por parte de los notables y guías del pueblo.

Cuando uno ve con claridad, sobre todo si eso que ve es algo importante, fundamental para su vida, desearía mantener esa clarividencia para siempre, seguir en ese estado bienaventurado y no abandonarlo nunca más. A esto responden las palabras de Pedro, sin saber bien lo que decía. Y no sabía bien lo que decía, porque aquel regalo de luz y claridad no era una meta, esto es, una cima definitiva, sino sólo un alto en el camino. Un camino que había de conducir a otra montaña, a otra cima, aquella de la que el sacrificio de Isaac era sólo una imagen.

De hecho, el paralelismo entre el monte al que sube Abraham a sacrificar a su hijo y el monte de la transfiguración se comprende mirando al monte Gólgota. Pedro, Santiago y Juan reciben esta luz de la transfiguración no sólo para sí, sino para sostener a los demás discípulos en el momento de la prueba y de la oscuridad. No son “elegidos” por encima de los demás, sino en función de todos los otros discípulos y a su servicio. Y aunque la luz que han visto les ha iluminado, no por ello lo han entendido todo. De ahí que, bajando del monte, se pregunten que querría decir aquello de resucitar de entre los muertos.

De un modo u otro todos hemos recibido nuestra porción de luz. Tanto en la fe como en otros aspectos valiosos de la vida (como nuestras relaciones de amor y de amistad y nuestras convicciones más profundas) ha habido momentos en los que “hemos visto claro”. Son momentos de gran importancia, porque suponen un acopio de luz para los momentos de oscuridad, que también llegan inevitablemente. En la fe, en concreto, tenemos momentos de sequedad, en los que “no sentimos nada”, o dudas, o nos acosan tentaciones de abandonar por factores más o menos externos, como la hostilidad ambiental o ciertos aspectos negativos que podemos descubrir o experimentar dentro de la Iglesia. También experimentamos crisis en nuestras relaciones, o situaciones que ponen a prueba nuestras convicciones más íntimas.

En esos momentos, en que la cruz, de un modo u otro se hace presente, es importante “ser fieles a los momentos de luz”, recordarlos y fiarnos de ellos, para poder superar la dificultad, pasando por ella. Por otro lado, atravesar estos áridos desiertos, sostenidos sólo por la fe y la fidelidad, es útil, incluso imprescindible, para poder adquirir una mejor comprensión, que en aquellos momentos de luz no alcanzamos del todo. Pedro, Santiago y Juan se preguntaban qué sería aquello de “resucitar de entre los muertos”, porque la luz del Tabor todavía no les había comunicado la plenitud de la sabiduría. Esta se adquiere sólo pasando por la cruz, por la dificultad y la prueba, que la vida lleva consigo inevitablemente. Es ahí donde se aquilatan y autentifican la fe, el amor, las convicciones personales. Y es ahí donde esas convicciones dejan de ser un saber meramente teórico para convertirse en sabiduría, algo “saboreado”, probado en la propia carne, y se hace así carne nuestra, que nos permite vivir los buenos y los males momentos con coherencia y fidelidad, con sentido.

De hecho, nos cuesta entender “eso de resucitar de entre los muertos”, porque nos cuesta aceptar el misterio de la cruz. Vivimos con frecuencia acomodados en este mundo (que, por otro lado, también puede ser un mundo eclesiástico), mendigando rayos de luz, momentos de satisfacción, construyendo tiendas, como si esta fuera nuestra morada definitiva, absolutizando lo relativo y olvidados de lo fundamental. Las luces que recibimos a lo largo de la vida en los distintos ámbitos de la existencia y que son reflejos de la luz que procede de Dios, nos dan fuerza y orientación para seguir caminando y para que, cuando experimentemos lo caduco de nuestro ser, elevemos la mirada a lo que da verdadera consistencia a la vida, a lo que realmente nos salva, nos libera de la caducidad y nos resucita.

Sólo Jesucristo, “que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros”, nos salva, nos libera y nos resucita. En él encontramos la luz para caminar y la sabiduría de lo que realmente vale. Lo que realmente vale es el amor. La sabiduría del amor nos hace comprender que la luz que hemos recibido, igual que la que recibieron Pedro, Santiago y Juan, no se nos ha dado sólo para nosotros, para hacernos una tienda y quedarnos en ella disfrutando del paisaje, sino para que, bajando del monte Tabor, sepamos subir al Gólgota, para compartir la luz con los demás, para que con ella iluminemos a los que sufren y se encuentran en dificultad: con el testimonio de nuestra fe, y con la luz hecha carne de la compasión, la ayuda fraterna y la entrega personal, a imitación de Cristo, entregado por todos nosotros para nuestra justificación.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 21.2.2021, Domingo 1 de Cuaresma (B) : «Entre ángeles y alimañas»

Santo evangelio según san Marcos 1, 12-15
Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Entre ángeles y alimañas

El primer domingo de cuaresma aborda las tentaciones de Jesús. Frente al carácter más detallado con que Mateo y Lucas nos narran este episodio misterioso de la vida de Jesús, Marcos, con su peculiar austeridad, nos da una breve noticia del hecho, sin mayores precisiones.

Esto nos da pie para reflexionar sobre el hecho de la tentación como tal, al que Jesús se somete voluntariamente (“dejándose tentar por Satanás”).

Nos enfrentamos, en realidad, con el misterio del mal, pues la tentación incita al pecado. Se plantea la espinosa cuestión: ¿por qué permite Dios que seamos tentados? Es más, ¿por qué permite el mal? ¿Qué hace contra él?

La tentación, como la misma palabra indica, es una “tienta”, un “tanteo” que algo o alguien nos hace, ofreciéndonos motivos para que realicemos una determinada elección; es un sondeo, un ataque, una incitación, pero al mal. Puesto que es una incitación al mal, no se puede aceptar que ésta proceda de Dios: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y Él no tienta a nadie” (St. 1, 13).

La tentación es algo propio de la condición humana que, por la libertad que ha recibido de Dios, está llamada a perfeccionarse a través de sus decisiones. Esto significa que partimos de una imperfección, de una desarmonía o falta de unificación inicial de nuestras diversas dimensiones (sentidos, razón, voluntad, relaciones, etc.), que nosotros mismos debemos ir remediando eligiendo entre las posibilidades que vamos encontrando en el camino. Por eso leemos en el libro del Eclesiástico: “Dios hizo al hombre al principio y puso en sus manos su propio destino” (Si 15, 14). Las posibilidades que se nos ofrecen son muy variadas: existen bienes puramente materiales, instrumentales, otros, agradables, otros más exigentes, como los estéticos o los intelectuales, o, en un grado todavía superior, los morales y los religiosos. Todos son “bienes” y todos son necesarios. Pero entre ellos existe un orden de jerarquía en cuanto a su importancia. La tentación consiste en sentir la atracción de un bien de cierto nivel, pero a costa de la desatención o el sacrificio de otros más elevados. Cuando hacemos una “mala” elección (por ejemplo, elegimos algo agradable a costa de los derechos o las esperanzas de otra persona, o de nuestra salud o de nuestra dignidad), lo hacemos por un cierto bien, pero de manera que lesionamos un bien mayor. Es verdad que existe un elemento diabólico en la tentación: no simplemente la inclinación a bienes inferiores a costa de valores más altos, sino la afirmación mentirosa de que el mal es, en realidad, un bien, un derecho que uno tiene: “¡Ay de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo!” (Is 5, 20). Este engaño, mucho más frecuente de lo que parece (piénsese, por ejemplo, en el presunto “derecho” al aborto) tiene un componente diabólico, que difícilmente puede entenderse como una mera confusión humana.

De ahí que el mal sea ante todo una ausencia o un defecto de bien (como el frío es una ausencia de calor y la oscuridad una falta de luz). Esto no quita importancia y gravedad al mal: pues los bienes lesionados o destruidos por la búsqueda desordenada de otro menos digno (poder, riqueza, etc.) pueden ser enormes. Pensemos en el cáncer de la droga o de la pornografía infantil, en que unos miserables, por acumular dinero, destruyen miles de vidas humanas.

Es importante subrayar que la tentación no es el mal (moral, voluntario). Somos tentados por causa de nuestra condición humana (de nuestra propia libertad, real, pero limitada); pero no hay pecado mientras no haya un consentimiento de nuestra libertad.

Jesús, empujado por el Espíritu fue al desierto, al lugar de la experiencia de Dios y de la elección, pero también de la prueba. El pasar por ella forma parte de la realidad de su encarnación y de su misión salvadora: “Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba” (Hb 2, 18). “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado” (Hb 4, 15). Se dejó tentar porque aceptó la condición humana con todas sus consecuencias. Pero su voluntad eligió siempre a Dios, mostrando que el pecado (a diferencia de la tentación) no es algo inevitable; y dándonos la posibilidad de, en Él, hacer la misma elección.

Dios consiente la tentación porque acepta el riesgo de la libertad que incluye la posibilidad de un mal uso de la misma. Sólo a través del proceso de prueba y dificultad puede el hombre madurar, adquirir la sabiduría de la unificación interior, aprender a discernir el bien del mal de modo concreto (y no sólo teórico). La prueba del sufrimiento purifica y justifica al hombre. Así se manifiesta definitivamente en Cristo, el justo sufriente.

Dios consiente la tentación, pero, ¿qué hace contra el mal? ¿Por qué lo consiente? Si Dios y el mal son incompatibles, ¿cómo conciliar la existencia del mal con la existencia de Dios?

El mal es el resultado de un abuso del bien de la libertad humana; no es un destino inevitable y ciego, pues, en tal caso no habría responsabilidad ni pecado: en la idea misma de mal moral está implicada la conciencia de que “esto debería haber sido de otra manera”. La libertad humana, pese a su limitación, es inalienable: nadie puede querer por mí, nadie puede querer por otro, ni siquiera Dios, pues nadie puede “querer sin querer”. Si esto es así, ¿qué puede hacer Dios ante el mal cometido por nosotros voluntariamente? Dios podría evitarlo sólo de dos maneras: o destruir al hombre, o anular su voluntad (reduciéndolo a una marioneta). Pero Dios no hace ni lo uno ni lo otro. Esto supondría que Dios opone al mal humano, otro mal, provocado por Él mismo, lo que es absurdo. Aquí conviene recordar lo que con tanta fuerza leemos en la primera lectura: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes… Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Unos versículos más adelante, dice el texto del Génesis que Dios dijo en su corazón: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Gn 8, 21). Hay que entender estos textos en el sentido preciso de que Dios no realiza nunca el mal, nunca lo ha hecho (atribuirle el diluvio y cualquier otra desgracia es un antropomorfismo explicable, pero demasiado primitivo), y, es más, no puede hacerlo. Porque el mal es un defecto de bien, una especie de nada, de agujero en el ser. Y Dios es sólo creador, y al crear introduce bien en el mundo. El mal de ningún modo puede proceder de Dios, porque el mal consiste en alejarse de Él, la fuente del ser y de todo bien.

Intervenir para evitar el mal sería, no sólo una intromisión en nuestra libertad (de la que tan celosos somos para hacer “lo que nos da la gana”, pero de la que tan fácilmente nos desmarcamos, cuando se trata de asumir la propia responsabilidad), sino un acto “destructivo” incompatible con la realidad de Dios. Así pues, Dios no destruye nada, y responde al mal sólo con el bien. Por eso no destruye al gran tentador, Satanás, y a sus ángeles: porque son criaturas suyas y, aunque han usado mal su libertad rebelándose contra Dios, Él pese a todo las mantiene en el ser. Por eso Jesús eligió a Judas. Judas estaba llamado a ser apóstol, esa era su vocación, pero fue infiel y traicionó a Jesús (y no se arrepintió, que podía haberlo hecho). Es el misterio de la libertad que Dios respeta.

Se podría objetar que existe otra posibilidad: que Dios, cuando cometemos determinados pecados, nos envíe un castigo para escarmentarnos. Pero esta es una hipótesis imposible. En primer lugar, porque como ya se ha dicho, Dios no hace nunca el mal. Pero además, porque si existiera un nexo claro entre pecado y castigo divino (un castigo en este mundo, como una enfermedad, una desgracia, un terremoto, etc.), entonces todos nos abstendríamos de hacer el mal, sí, pero sólo por la cuenta que nos tiene, por temor al castigo, y no por amor del bien, no de manera realmente libre. Nos convertiríamos en algo parecido a las marionetas de antes. No seríamos malos, pero tampoco podríamos ser buenos, eligiendo el bien por amor del bien mismo. Sencillamente no seríamos humanos.

El castigo del pecado no es cosa de Dios: el ser humano se castiga a sí mismo cuando se aleja de Dios. A veces este castigo es evidente ya en este mundo; como solemos decir, “en el pecado está la penitencia”: el mal que cometemos puede volverse contra nosotros y frecuentemente lo hace. El drogadicto experimenta en su cuerpo, en su mente, en su espíritu, en sus relaciones, los estragos que produce la droga. Pero esto no siempre es así: muchos malvados se van de rositas y muchos justos sufren sin merecerlo. Por eso, mientras dura el tiempo de nuestra responsabilidad en este mundo, somos nosotros los que tenemos que esforzarnos por introducir justicia y bondad en el mundo. Para eso nos ha dado Dios la libertad responsable y la conciencia, y múltiples indicaciones de en qué consiste el bien, y que alcanzan su cima en el mismo Jesús. Y, después, cada uno habrá de dar cuentas de sus acciones. La vida hay que tomársela en serio.

Pero Dios hace todavía otra cosa ante el espectáculo del mal: no sólo se somete a la tentación, sino también a las consecuencias injustas del mal voluntario: con los que padecen com-padece; y se pone del lado de las víctimas, haciéndose él mismo víctima: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables” (1P 3, 18).

De esta manera, Jesús ilumina con su luz nuestra historia tormentosa y plagada de males. Podemos tener la tentación (otra tentación más, la del pesimismo) de pensar que en este mundo vivimos entre alimañas, y que hay sólo alimañas. A veces nos parece que sólo actúa Satanás, el tentador (no lo olvidemos, el tentador, pero el mal depende de nuestro acuerdo). Pero en este mundo nuestro que es el desierto en que Jesús se dejó tentar por Satanás viviendo entre alimañas, también estaban los “ángeles que le servían”. Hay que tener también ojos para esos ángeles servidores, y que no son sólo ángeles alados, sino también ángeles humanos, que viven haciendo el bien, sirviendo a Cristo en sus hermanos. Jesús está entre nosotros, compartiendo con nosotros nuestras limitaciones, nuestras tentaciones y, sin tener pecado, sufriendo sus consecuencias. Y nosotros podemos ser, en torno a Él, o alimañas que le acosan en búsqueda de su botín, sucumbiendo a la tentación del egoísmo y sirviendo al Tentador, o ángeles que hacen el bien y le sirven en sus (nuestros) hermanos.

De nuestra libertad depende de qué lado queremos estar. Y si nos encontramos con que a veces nuestra debilidad nos pone del lado de las alimañas, sepamos que Jesús hace todavía otra cosa más contra el mal: anunciarnos el perdón de Dios (esa es una de las expresiones de la cercanía del Reino) y darnos la posibilidad de la conversión, de volver al bando de los ángeles.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 14.2.2021, Domingo 6 del Tiempo Ordinario (B) : «Sintiendo lástima, lo tocó»

Santo evangelio según san Marcos 1, 40-45
La lepra se le quitó, y quedó limpio

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

 Sintiendo lástima, lo tocó

 La lepra es una enfermedad terrible. Aunque hoy se sabe cómo prevenirla y, en caso de contraerla, tiene cura, sus efectos devastadores sobre el cuerpo no pueden no producir horror, incluso en nuestros días, tanto más cuando se carecía de remedios eficaces contra ella. Las prescripciones del libro del Levítico parecen indicar que, en aquellos tiempos, bajo el término lepra se contemplaba un amplio espectro de enfermedades e infecciones de la piel. Por eso, se puede entender que se hace referencia, además de a la terrible lepra que devora la carne del enfermo, a otras afecciones más leves y temporales que podían llegar a curarse. En todo caso, la prudencia sanitaria aconsejaba alejar al enfermo del grupo social; y esta marginación recibía además una sanción religiosa: el enfermo era declarado impuro; la exclusión social venía aparejada a una suerte de excomunión de la comunidad de salvación, ya que, en la mentalidad antigua, la desgracia se vinculaba con alguna culpa, incluso si esta no era patente, ni siquiera para la conciencia del presunto culpable.

Realmente, la enfermedad conlleva siempre un elemento de marginación. Incluso de las más leves, como una gripe, decimos a veces que “nos han puesto fuera de circulación”. La enfermedad nos exilia de nuestra vida cotidiana, nos impide llevar una vida normal, nos convierte en seres débiles y dependientes, disminuye el caudal de nuestra siempre frágil libertad.

Aunque hoy día casi nadie considera ya las enfermedades como maldiciones ni castigos divinos, la situación de enfermedad en general nos sirve como signo y cifra de la postración humana en todas sus formas: el que está postrado por cualquier motivo, física o moralmente, por culpa propia, ajena o por mera y desgraciada casualidad, es alguien que, de un modo u otro, se encuentra al margen, en situación de dependencia, y que para sobrevivir necesita pedir, suplicar.

El leproso del evangelio de hoy expresa meridianamente esa situación. Marginado e impuro, postrado y de rodillas implora la sanación a quien piensa que puede otorgársela: “si quieres…”. Jesús, dice el evangelista lacónicamente, “sintió lástima”. Es la reacción debida ante la desgracia ajena. Dice el filósofo ruso Vladimir Soloviov que la lástima es el sentimiento básico y espontáneo que regula las relaciones del hombre con sus semejantes, y que este sentimiento primario no es ni puede ser la complacencia (es decir, el gozar junto con), pues el placer puede a veces ser moralmente malo, y además es fin y, por tanto, término del deseo; mientras que el dolor ajeno, independientemente de que sea producido o no por culpa del que padece, es siempre digno de lástima y mueve a la acción. Si, por ejemplo, una persona sufre a consecuencia de su mal comportamiento (por ejemplo, porque ha abusado del alcohol o de las drogas), el que ese comportamiento sea reprobable no quita que su situación de actual postración nos mueva a la compasión. Y ésta, por la mediación de la razón, se eleva a exigencia universal de justicia y benevolencia (no hacer mal y hacer el bien posible). Por eso, incluso si el leproso del evangelio sufría a causa de alguna culpa suya pasada (algo que nosotros no pensamos respecto de la lepra, pero que, como vemos, puede darse en otras situaciones), no por eso dejaba de ser digno de lástima. Y esa compasión no se queda en un sentimiento inactivo, sino que mueve la voluntad y lleva a actuar en socorro del sufriente. “Jesús, sintiendo lástima, lo tocó, diciendo ‘quiero’”.

Pero el gesto de Jesús no es sólo (aunque también) la ilustración de una reacción debida ante el sufrimiento ajeno. En la mentalidad judía que contextualiza su gesto (para eso hemos de leer la primera lectura), éste es de una osadía inusitada, que raya la profanación de normas tenidas por sagradas. Jesús no sólo siente lástima, habla y actúa curando, sino que “toca”. Antes de reintegrar en la sociedad, va al encuentro,  traspasa la frontera y, al tocar al impuro, él mismo debería quedar contaminado. Jesús no sólo cura la enfermedad sino que salva al hombre, reintegra en la comunidad de salvación, limpia lo que era impuro y declara que no hay forma de impureza (física, moral o espiritual) que nos aparte definitivamente de Dios si somos capaces de reconocerla y de suplicar.

Sorprende que Jesús, que acaba de trasgredir la ley de manera tan flagrante, acto seguido ordene al regenerado que cumpla las prescripciones de la ley, al tiempo que le prohíbe hablar con nadie del bien recibido. Por un lado, es claro que Jesús no quiere publicidad, no realiza estos signos salvadores para atraerse la admiración de los demás y asegurarse el éxito. Jesús no instrumentaliza el dolor ajeno, no cura para…, sino que cura porque: porque sintió lástima, porque el hombre aquel estaba en situación de postración. Pero, en segundo lugar, si manda que cumpla lo establecido en la ley, es porque esa era la forma concreta de reconocer que el bien recibido procedía de Dios (y, en consecuencia, de confesar que Jesús actuaba con el poder de Dios) y de agradecer. Si ante el dolor ajeno hay que compadecer (y actuar), ante el bien recibido es de ley mostrar agradecimiento.

Lo que el leproso curado hace, en cambio, no debe entenderse como una desobediencia (explicable, por otro lado), sino como el hecho real de que al hacer el bien no se debe buscar publicidad (que no sepa tu mano derecha…), entre otras cosas porque el bien habla por sí mismo. Ese leproso, ya limpio, era en sí mismo un testimonio vivo de la acción de Jesús, de la benevolencia de Dios para con él. Y proclama que el verdadero templo de Dios es la humanidad de Jesús de Nazaret.

Al contemplar al leproso suplicante y curado y a Jesús, sintiendo lástima y actuando, hemos de volver los ojos a nuestro mundo y a nosotros mismos. Porque también hoy existen formas de lepra (física, moral, espiritual, social, política, ideológica, racial…, se puede ampliar la lista infinitamente), que producen sufrimiento y marginación, que nos separan y alienan a unos de otros. ¿Quiénes son hoy los leprosos de nuestra sociedad? ¿A quiénes considero yo y trato como a leprosos? En segundo lugar, estas situaciones ponen a prueba nuestro corazón humano, nuestro corazón de carne. ¿Somos capaces de sentir lástima, de compadecer, o nos hemos vuelto insensibles a los sufrimientos de los demás? Y hemos de caer en la cuenta de que, tal vez, sintamos lástima de ciertas categorías de lepra, pero seamos insensibles a los sufrimientos de otros, a los que, según nuestros parámetros, hemos declarado “impuros”. Pero la compasión, ya lo vimos, no es suficiente. Ella llama a la acción (al querer, como dice Jesús: “quiero”). Y esta requiere con frecuencia estar dispuesto a “tocar”, a “mancharse las manos”. Imitar a Jesús en la audacia de su gesto significa atravesar fronteras y derribar barreras, superar el miedo al “otro”. Esa imitación significa, además, hacer el bien sin buscar recompensa ni reconocimiento, sino por amor del bien mismo, aún más, por amor de aquel que me necesita. Así, el bien realizado dará testimonio, él mismo, de la bondad de Dios, de quien procede todo bien.

Por fin, podemos mirar a la situación desde otra perspectiva, que también está implicada en el texto del Evangelio: yo mismo tengo mis propias lepras. Por eso, la Palabra hoy me invita también a tener el coraje de ponerme de rodillas ante Jesús y suplicarle, para que me toque y me cure. Hay que hacerlo con fe y confianza (el “si quieres” significa decirle: “sé que puedes”). Pero también hay que “ponerse a tiro”, acercarse a Él, allí donde es posible encontrarlo: su Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación, para que nos pueda tocar. Y para que, como el leproso, al sentir que nos ha limpiado, podamos vivir con un corazón agradecido que ya por sí mismo habla “con grandes ponderaciones” de lo que Él ha hecho con nosotros. 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 7.2.2021, Domingo 5 del Tiempo Ordinario (B) : «A todos y a cada uno»

Santo evangelio según san Marcos 1,29-39
Curó a muchos enfermos de diversos males

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.

El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? ¿De dónde sacaremos fuerzas para una tarea tan inmensa? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).

El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos, lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga o en la parroquia, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. Y el texto de Job nos recuerda que el servicio no es tarea fácil, sino que cansa, agota y, con frecuencia, desespera porque no se ven los frutos. Por eso es importante realizar ese servicio desde una fe fortalecida por la oración (no al activismo que puede llegar a alienarnos, a perder la conciencia de nosotros mismos y del sentido de lo que hacemos), que alimenta además la esperanza. Las dificultades de una vida de servicio nos vinculan con la Pasión de Cristo, pero la fe fortalecida por la esperanza nos recuerdan que la Resurrección ya está operando también en nosotros.

La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con los que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese «¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva a hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio. Así vamos combinando en nuestra vida concreta acción y contemplación, oración y testimonio. En la oración traemos a la presencia de Dios a la humanidad entera, es como si le dijéramos a Jesús: «todo el mundo te busca». En la acción, el testimonio y el servicio les “decimos” a todos y a cada uno dónde encontrar a Jesús.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 31.1.2021, Domingo 4 del Tiempo Ordinario (B) : «Asombrados de su doctrina»

Santo evangelio según san Marcos 1,21-28
Enseñaba con autoridad

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Asombrados de su doctrina

La admiración y el asombro que suscita la predicación de Jesús índica muy a las claras la índole de esa predicación y, sobre todo, la de quien predica. Jesús no es sólo un “predicador” que transmite una nueva filosofía de la vida o una elevada doctrina moral, ni siquiera una nueva religión. De hecho, el texto de hoy nos da a entender que no es sobre todo el contenido de su predicación, sino el modo de transmitirla lo que provoca el asombro de sus oyentes: no predica como los escribas, sino con autoridad (o con poder – ἐξουσίαν): no se limita a transmitir o comentar una palabra ajena, sino que por medio de sus palabras es Él mismo el que se revela y se da, y esa palabra tiene un poder benéfico, es eficaz, toca por dentro, cura, hace crecer (que es lo que significa etimológicamente “autoridad”, del latín “augere”, promover, aumentar, hacer progresar). Jesús es el cumplimiento de una antigua promesa, la que hoy leemos en la primera lectura: la promesa de un profeta al que se puede escuchar, que habla palabras de vida y no de muerte, un profeta que no suscita el terror sagrado, porque es uno sacado de entre nosotros, “de entre tus hermanos”. Pero Jesús, además, supera con creces esa promesa, porque no se limita a transmitir palabras verdaderas de parte de otro, sino que Él mismo es la Palabra encarnada, que porta en sí la Verdad de Dios. De ahí la autoridad que despierta la sorpresa de una novedad inaudita.

La autoridad de la palabra y persona de Jesús se manifiesta, además de en la novedad de la doctrina y en el modo de comunicarla, en su eficacia: Jesús cura o, como queda patente en el evangelio de hoy, somete a las fuerzas del mal.

A veces sentimos desaliento y desánimo ante la potencia y la omnipresencia de estas fuerzas, de los espíritus inmundos. Tenemos la impresión de que esos espíritus son más fuertes y eficaces que el espíritu del bien. Están por todas partes, no sólo en los “centros oficiales del mal”, sino que se sientan también en la Sinagoga, en la Iglesia, en los lugares santos. Esto significa que debemos evitar la frecuente tentación simplificadora de identificarlos con una causa única, que además solemos colocar fuera de nosotros, que siempre se encuentra en “los otros”. Unos hablan de “los mercados” o el “neoliberalismo”, otros del “marxismo” o del “ateísmo”, los de más allá de los masones o qué sé yo qué grupos, como queriendo así exorcizarlos de sí, del propio entorno, que estaría completamente exento de ese mal radical descubierto en los demás. Pero el evangelio de hoy nos dice que el espíritu inmundo lo tenía “un hombre”, uno cualquiera, en nada distinto de cada uno de nosotros. Y que se sentaba “precisamente” en la sinagoga. La raíz del mal anida en nuestro interior, está entre nosotros, incluso en los que se sientan o nos sentamos en el ámbito de lo sagrado. Todas esas otras expresiones del mal a que hemos aludido lo serán en una u otra medida, pero al final, si queremos combatirlo en su raíz, tenemos que mirarnos a nosotros mismos, y tratar de identificar qué espíritus inmundos nos habitan en concreto.

Los espíritus inmundos, que poseen tantos rostros y tantas formas de presencia, tienen en común que no escuchan la Palabra, sino que, al contrario, se encaran con ella, y la desafían a gritos. Aunque, al hacerlo, ya están reconociendo con temor la autoridad de Jesús. Nosotros, que sabemos por experiencia (propia y ajena) la enorme dificultad, la casi imposibilidad de vencer a esos espíritus inmundos en nosotros y en nuestro mundo, podemos hacer la experiencia de someternos a la Palabra de la Verdad que es Jesús, y sentir así el asombro de su autoridad y la admiración de su eficacia. Sólo esa Palabra cercana (es uno de nuestros hermanos) es capaz de desenmascarar, mandar, hacer callar y expulsar al espíritu inmundo. Jesús vence al mal, pero salva al que está poseído por él, destruye el pecado pero salva y libera al pecador. La Palabra, la persona de Jesús es el único exorcismo eficaz contra las fuerzas del mal, contra los espíritus inmundos, porque, allí donde suena y actúa, y donde es acogida, va abriendo espacios al Reino de Dios. Por eso no suscita terror, sino asombro y, sobre todo, confianza. La confianza es la dimensión central de la fe en Dios, en el Dios cercano que es Jesucristo.

Esta fe confiada hace reales posibilidades inéditas de vida nueva. Las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy son una buena ilustración a este respecto. Percibimos en ellas una exhortación a un género de vida que en nuestros días no goza de buena prensa. Son muchos los “espíritus inmundos” que gritan desafiantes contra él declarándolo imposible e inhumano. Lo más curioso (y triste) es que esos gritos se escuchan con frecuencia dentro de la misma Iglesia (aunque después de leer el evangelio de hoy no debe extrañarnos). Pablo, que en ningún momento rechaza o cuestiona el matrimonio, antes bien, lo ensalza como una vocación cristiana de extraordinario valor, signo sacramental del amor de Dios y de Cristo a su Iglesia, señala también el camino de la plena consagración a Dios, en una vida célibe, la que él mismo ha elegido para sí. Es un ideal realmente inaudito, que requiere una libre elección (cf. 1Cor 7, 25), y que, por muy imposible que le pueda parecer al espíritu del mundo, es una posibilidad abierta por el mismo Cristo, que vivió con un corazón indiviso, completamente entregado a las cosas del Padre. Para poder hacer propio ese género de vida (como también el encarnado en el matrimonio cristiano, indisoluble) es preciso abrirse a la eficacia y la autoridad de la Palabra que nos libra de nuestros espíritus inmundos, que nos habilita para lo que a nosotros mismos nos parece fuera de nuestro alcance, cada uno en su vocación: el casado en entrega fiel a su cónyuge y sus hijos, el llamado a la virginidad consagrada en un género de vida célibe, preocupado de los asuntos del Señor; unos y otros abiertos en fe a la admiración y el asombro ante esta Palabra nueva, cercana, eficaz, llena de autoridad y de vida.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 24.1.2021, Domingo 3 del Tiempo Ordinario (B) : «La cercanía del Reino y la llamada a la conversión »

Santo evangelio según san Marcos 1, 14-20
Convertíos y creed en el Evangelio

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

La cercanía del Reino y la llamada a la conversión

Tras el Bautismo y las tentaciones, que Marcos presenta de manera bien escueta, el evangelista introduce el inicio de la actividad pública de Jesús con una especie de sumario del contenido esencial de su mensaje (que se desplegará después en palabras y acciones) y la llamada de los primeros discípulos, con los que empieza a “reunir a las ovejas dispersas de la casa de Israel” (Mt 15, 24), a formar el nuevo pueblo de Dios.

Esta actividad comienza precisamente allí donde acaba la de Juan: “Cuando arrestaron a Juan”. Jesús toma el testigo de aquel del que, según algunos, había sido un tiempo discípulo. Y,  aparentemente, su mensaje no se distingue demasiado del de Juan: la cercanía del Reino y la llamada a la conversión. Pero, ya el hecho de que el evangelio señale una delimitación temporal, indica que, pese a la familiaridad entre Juan y Jesús, con este último empieza un tiempo nuevo; a pesar de la similitud del mensaje, el de Jesús conlleva novedades radicales. En realidad, ya Juan lo había expresado de diversas formas: avisando de que él no era el Mesías, resistiéndose a bautizar a Jesús, reconociéndolo como el que había de venir, remitiendo a Jesús a sus propios discípulos (como atestiguaba el evangelio de Juan la semana pasada).

La primera gran novedad es que el Reino de Dios y su cercanía ya no es un acontecimiento amenazante y que suscita temor (similar al anuncio de Jonás), sino un “evangelio”, una “buena noticia”. En segundo lugar, esta buena noticia no es una promesa futura (aunque ya inminente, como en el mensaje de Juan Bautista), sino que “el plazo se ha cumplido” y esta cercanía es ya una presencia. Y es que el Reino de Dios de que habla Jesús no es un determinado orden social o político, no es una “nueva era” que se nos echa encima inevitablemente por fantásticas combinaciones estelares, no es tampoco (sólo, ni sobre todo) la revelación de una nueva cosmovisión de tipo filosófico, metafísico, moral… El Reino de Dios es el aviso y la noticia, la buena noticia, de que Dios reina, de que está ya entre nosotros y es posible encontrarse con Él. Lo notable de esta noticia es que esa presencia y esa posibilidad de encuentro es incondicional, no está reservada a unos pocos privilegiados, no está ligada a una determinada pertenencia nacional, racial, social, moral… Se trata de una presencia humana, accesible a todos, incluso a los habitantes de Nínive, la gran ciudad, paradigma del mal y la enemistad con Israel. El Reino de Dios está cerca porque es el mismo Jesús el que lo porta en sí. La voz que escuchó a la orilla del Jordán en el momento del bautismo, “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” (Mc 1, 11) es la experiencia fundante de todo el ministerio de Jesús, y es esa paternidad de Dios la que Jesús transmite con su presencia cercana y humana. Gracias a Jesús, a su presencia en este mundo concreto, en el que no reinan condiciones ideales, al revés, en el que hay violencia, injusticia, pobreza, sufrimiento… en este mismo mundo, se ha hecho presente el Reino de Dios, no como una utopía fantástica, sino como una posibilidad real: es posible, ya en este mundo, en esta historia, ingresar en ese Reino y vivir de acuerdo con sus leyes, porque Jesús mismo lo encarna en su persona; y Él está en medio de nosotros.  

Puede objetarse que no es del todo cierto que la oferta se haga incondicionalmente. De hecho, al parecer, Jesús plantea condiciones, digamos, morales, similares de nuevo a las de Juan Bautista: “convertíos”. Sin embargo, también en esta llamada, idéntica si nos atenemos a las palabras, suena un eco nuevo. En el caso de Juan se trataba ante todo de una acusación, de una denuncia de nuestra condición pecadora (cf. Mt 3, 7-10; Lc 3, 7-14). En el caso de Jesús, sin negar esa dimensión, hay que entenderlo en un sentido positivo. Se trata, también aquí, de la buena noticia de que es posible vivir de otra manera, de que tenemos posibilidades más altas y mejores, de que no tenemos que resignarnos a una vida caduca y sin horizontes. Jesús nos abre la posibilidad de romper con lo que nos ata y esclaviza, y de desplegar lo mejor de nosotros mismos: ser, con y en Él, hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros. Convertirse es “creerse” que esa buena noticia es verdad, es real. Decíamos antes que Jesús aparece en un mundo en el que reinan condiciones no ideales, en que reinan el mal, la violencia, la injusticia. Creer que es posible “ya”, en este mismo mundo, ingresar en el Reino de Dios, significa creer que “yo”, cada uno de nosotros, si queremos, unidos a Cristo, podemos empezar a vivir según las leyes, no de ese reino de violencia e injusticia, sino de este otro Reino que Jesús nos anuncia y regala. Es verdad que ello no nos evita, en ocasiones, padecer la injusticia y la violencia, el sufrimiento en todas sus formas (Jesús mismo lo padece hasta el final), pero sí que nos evita el ser nosotros mismos autores de injusticia, violencia y toda otra forma de ese mal que, al parecer, tan fuerte e inevitable es en nuestro mundo. Creer en la buena noticia del Reino de Dios significa afirmar que por muy fuerte que parezca ese mal, no es algo inevitable y a lo que tengamos que plegarnos resignadamente. Tal vez no consigamos cambiar la faz del mundo entero (ni Jesús, al parecer, al menos humanamente, lo consiguió); pero lo que sí podemos es unirnos a Él y convertirnos en el germen, la semilla y el inicio de ese mundo nuevo, ya presente y operante en el viejo, en el que reinan la paz y la justicia, la fraternidad universal de los hijos de Dios. Desde aquí se entiende que el anuncio de la cercanía y la presencia del Reino de Dios y la llamada a la conversión, son el anuncio y la llamada a la libertad.  

Jesús nos llama e invita a unirnos a ese proyecto. Los primeros discípulos responden con una sorprendente generosidad e rapidez: “inmediatamente”. Dejaron las redes, es decir, se desenredaron de los lazos de ese mundo viejo y se pusieron en camino. En el mismo no dejarán de tener dificultades, oscuridades, conflictos entre ellos mismos, incluso caídas; pero, ya desenredados, su camino es un proceso de aprendizaje vital de la persona del Maestro y de las leyes del nuevo reino (en síntesis, la ley del amor), un proceso de renovación personal en el que, sin dejar de ser lo que eran (pescadores), desplegarán lo mejor de sí mismos y desarrollarán posibilidades más altas (pescadores de hombres).

Vivir como ciudadanos del Reino de Dios en medio de las condiciones de este mundo, eso es a lo que nos llama Jesús; y eso es lo que expresa, con esa extraordinaria profundidad que le caracteriza, la carta que Pablo nos ha enviado esta semana: porque el plazo se ha cumplido, sentimos el apremio de vivir ya según los valores definitivos del Reino de Dios, según la ley del amor; ello no significa negar los valores de este mundo (aunque sí el compromiso y la voluntad de romper con sus desvalores), sino situarlos a todos ellos en la perspectiva de aquellos otros. Es decir, no podemos vivir en este mundo como si esta fuera nuestra morada definitiva, sencillamente porque no lo es. Luego hemos de permitir que en estos afanes (la familia, el trabajo, las aficiones, la amistad, todas esas cosas que enriquecen nuestra vida; pero también nuestras enfermedades, tristezas y limitaciones, todo aquello que nos agobia de un modo otro) que, inevitablemente nos ocupan cada día, reine también Dios, también en todos ellos seamos y nos comportemos como cristianos, seguidores de Jesús, hijos de Dios, hermanos entre nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 17.1.2021, Domingo 2 del Tiempo Ordinario (B) : «Vieron dónde vivía»

Santo evangelio según san Juan 1, 35-42
Vieron dónde vivía y se quedaron con él

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: – «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: – «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: – «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: – «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: – «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Vieron dónde vivía

«Me preguntan sin cesar: “¿Dónde está tu Dios?”» Estas palabras del salmo 42 expresan muy bien un rasgo propio de nuestra cultura contemporánea. Parece que se ha perdido de vista a Dios, y las personas que todavía seguimos afirmando nuestra fe en Él nos encontramos continuamente cuestionadas: «¿Dónde está vuestro Dios?» Y no siempre sabemos bien qué contestar, en qué dirección indicar. Como en tiempos de Samuel, pudiera parecer que también en nuestro tiempo se ha hecho rara la Palabra del Señor (1 Sam 3, 1). Y los argumentos más o menos teóricos a favor de la existencia de Dios apenas mueven a nadie. Por mucha validez que esos argumentos puedan tener (que la tienen, y más de la que a veces se quiere reconocer), es verdad que por sí solos no sirven para fundar una experiencia religiosa. Y menos aún una experiencia religiosa cristiana. Porque esta es la cuestión decisiva sobre la que la Palabra de Dios llama hoy nuestra atención: convencernos de que Dios habita entre nosotros, de que se ha hecho cercano con la cercanía de la carne, y está pasando junto a nosotros. Ante la pregunta desafiante «¿Dónde está tu Dios?», Juan nos ofrece hoy una respuesta chocante y atrevida, pero que es la única definitivamente válida, la que los cristianos tenemos que dar: «Éste es el Cordero de Dios» mientras señalamos a Jesús que pasa. Dios no está sólo en el Cielo, sino que está también entre nosotros, caminando por nuestras calles y plazas. Y nosotros, que nos decimos creyentes, tenemos que aprender a reconocerlo mientras pasa.

Hoy Juan cumple su misión llevándola hasta el final, cuando remite a sus propios discípulos a Aquel que es mayor que él, y ante el que él tiene que ceder y hacerse pequeño. Las postreras palabras proféticas de Juan señalan a Jesús no sólo como el Mesías, sino como el “Cordero de Dios”, con lo que da ya a entender el sentido sacrificial y no triunfante de este mesianismo. Este detalle nos hace entender por qué es tan difícil escuchar las palabras de los profetas auténticos, que nunca nos regalan los oídos; pero también por qué es tan importante prestarles atención: sin ellos no nos sería posible (o, al menos, nos resultaría muy difícil) discernir la presencia del Señor, descubrir su Palabra. Estas mediaciones son imprescindibles y no siempre dependen de la calidad moral o de la santidad del mediador: el poco ejemplar Elí hace de mediador para Samuel, igual que el mayor de entre los nacidos de mujer, el irreprochable profeta Juan, hace de mediador para Andrés y el otro discípulo (que solemos identificar con el discípulo amado, aunque el texto nada diga al respecto). En el inicio del ministerio de Jesús, al comienzo de este tiempo litúrgico ordinario, Eli y Juan nos invitan a meditar sobre el papel mediador de los que nos han ayudado a creer, también sobre el necesario papel mediador de la Iglesia, que no podemos juzgar (aceptar o rechazar) sólo por la calidad moral de sus representantes, si bien esa calidad es ciertamente de gran ayuda.

Ahora bien, la mediación de profetas y sacerdotes no debe sustituir la experiencia propia. Andrés y el otro discípulo, tras escuchar a Juan, se van en pos del Maestro y le preguntan dónde vive; quieren establecer con él un contacto personal, entablar una relación de tú a tú. En el camino de la fe no podemos contentarnos con vivir de las rentas o de las migajas de la experiencia ajena. Esto es muy frecuente por desgracia: vivir parasitariamente de la fe y del compromiso de otros, que damos por supuestos, incluso por buenos, a los que acudimos de cuando en cuando, en momentos puntuales, cuando nos conviene y nos hace falta (ya se sabe, bautizos, bodas y funerales), pero sin buscar la experiencia propia, el encuentro personal, la relación directa con Aquél que ha venido a nuestro espacio y nuestro tiempo, que vive entre nosotros y es accesible a todos los que lo quieran encontrar. Como quisieron Andrés y el otro discípulo, que se fueron siguiendo a Jesús.

El Evangelio de hoy nos da a entender lo importante que es el ver y el mirar: Juan “se fijó” en Jesús, éste les dice a los discípulos “venid y veréis”, ellos fueron y “vieron”, Jesús se “quedó mirando” a Pedro. El ver, mirar, fijarse habla precisamente de una experiencia propia, directa, que cada uno tiene que hacer; el contacto es tan importante como los contenidos de la conversación, o más, pues la palabra requiere el “estar-con”, que es la esencia de la vida cristiana.

Y este mismo texto nos sugiere que es necesario y urgente tomar una decisión. La hora del encuentro, la hora décima, las cuatro de la tarde, nos habla de un día que todavía da de sí, pero que empieza a declinar: tenemos tiempo para seguir, interrogar, ir, ver y estar con el Maestro, pero no podemos dejar escapar la oportunidad, no podemos dejarlo “para más tarde”, pues después será ya “demasiado tarde”, se hará de noche. Jesús pasa, está en camino, no se detiene (más que si lo seguimos y le pedimos quedarnos con él). Mirando el texto evangélico a la luz de la primera lectura podemos entender que Jesús pasa llamando (es él quien llama), y que la pregunta de los discípulos (“¿dónde vives?”) tiene el mismo sentido que la respuesta de Samuel: “habla Señor, que tu siervo escucha”.

Esta apertura es fundamental en la relación con Dios: cuando vamos a donde vive Jesús, Él mismo empieza a vivir en nosotros: su Palabra se aloja en nosotros, nos hace templos de su presencia cercana, santuarios del Espíritu Santo. Pablo nos enseña hoy que esa cohabitación nuestra con Jesús y de Jesús y su Espíritu en nosotros no es compatible con cualquier forma de vida, con cualquier comportamiento. Es contradictorio vivir con Jesús, allí donde Él vive, como él, el Cordero de Dios que entrega su vida por amor, y, al mismo tiempo, vivir de manera egoísta, para sí, como “nos da la gana”, tal vez manipulando a los demás según nuestros antojos (que ese es el sentido de la fornicación). Si hemos visto dónde vive Jesús y nos hemos quedado con él, hemos de vivir como Jesús, para los demás, dando la vida; y ahí encontramos el sentido profundo, oblativo, auténtico y más hermoso también de la sexualidad vivida desde la fe en Cristo.

Por fin, cuando vamos a dónde está y vive Jesús y permanecemos con Él, y dejamos que habite en nosotros, nos convertimos nosotros mismos en profetas, mediadores y apóstoles que anuncian lo que han visto y oído, y llevan a los demás (a sus hermanos) a Jesús, para que también ellos puedan hacer la experiencia personal del encuentro con el Maestro, para que puedan ser objeto de la mirada de Jesús, de modo que él mismo les revele, como hoy a Pedro, su auténtica identidad y su vocación.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 10.1.2021, Domingo después de la Epifanía, El Bautismo del Señor: «Tú eres mi Hijo amado»

Santo evangelio según san Marcos 1,7-11
Tú eres mi Hijo amado, el predilecto

En aquel tiempo, proclamaba Juan: —«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: —«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Tú eres mi Hijo amado

La Epifanía, la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús, que empieza con su nacimiento y continúa con la adoración de los Magos de Oriente, se completa ahora con su aparición pública, “cuando llegó de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”. Marcos narra estos acontecimientos con gran concisión, y nos obliga a mirar a lo esencial de los mismos. Jesús no elige para el comienzo de su actividad pública el Templo de Jerusalén, sino el desierto; no se manifiesta ligándose a los actos de culto oficial, sino al profetismo, inesperadamente renacido en torno a Juan el Bautista. De esta manera, Jesús reivindica la experiencia religiosa originaria del Éxodo, y su expresión más genuina, el profetismo. Pero esta reivindicación carece de todo viso de nacionalismo, al contrario, es la elección de la “liminidad”: Jesús se sitúa en los márgenes, en la frontera y en los espacios abiertos, allí donde existe disposición para acoger la novedad de Dios. Algo que será difícil de encontrar en los centros de poder político y religioso, representados por los descreídos saduceos y por los fariseos, demasiado seguros de sí y de su propia justicia. Juan, el profeta de última hora, que habita en la marginalidad del desierto y llama a la conversión, representa exactamente todo lo contrario. Vive en la apertura y en la esperanza. Lejos de afirmarse a sí mismo, se define más bien como un “no-ser”: no es ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta. Toda su existencia es signo y función de Jesús, “el que viene detrás de mí, pero es mayor que yo, el que bautizará con Espíritu Santo”. Frente a la seguridad de los solemnes ritos oficiales, Juan práctica el sencillo rito de purificación con el agua, que expresa el reconocimiento de la propia imperfección y la disposición y la apertura a algo nuevo, mejor y definitivo.

Es en este contexto de apertura, conversión y marginalidad en el que hace Jesús su aparición pública. En contraste con el “no-ser” de Juan, Jesús es el que es, el que había de venir, el Mesías. Pero su manifestación no consiste en un acto de autoafirmación que dice de sí “yo soy”, sino, al contrario, en el sometimiento al rito de purificación bautismal por el agua. Jesús se muestra hermano de sus hermanos y, sin tener pecado, sufre las consecuencias del pecado, es más, toma sobre sí el pecado del mundo. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús afirma su plena identidad con nosotros; expresa que su encarnación no es una mera apariencia, o algo que no toque su ser en lo más profundo. Por eso, el Bautismo de Jesús forma unidad con la celebración de la Navidad y de la Epifanía, y las completa: es la revelación de Dios en la carne, en plena identidad y solidaridad con todos los seres humanos. La carne, en su concreción y en su debilidad, nos hermana a todos en una universalidad abierta que supera toda barrera nacional, ideológica o religiosa. Como recuerda Pedro en los Hechos, es precisamente en esta carne donde queda claro “que Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, y que si su palabra se ha enviado a los israelitas, la paz que esa palabra anuncia es para todos, puesto que Jesucristo es “el Señor de todos”.

Y es precisamente ahí mismo, en ese acto de humillación y solidaridad con su pueblo y con todos, en donde empieza a cumplirse la profecía de Juan: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y la voz del Padre revela su verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. No hay contradicción entre Dios y el hombre, pues el mismo hijo del hombre, Jesús, es el Hijo de Dios, y en la debilidad de la carne se manifiesta la salvación. Dios elige a Jesús, su predilecto, porque se ha hecho uno con nosotros, de modo que todos, que somos de su misma carne, podamos participar de la filiación y la predilección de Dios.

Al contemplar a Jesús, bautizado por Juan como hombre y revelado por la voz del Cielo como Hijo de Dios, comprendemos que en él se realiza la plena y definitiva alianza de Dios con la humanidad profetizada por Isaías: “te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Entendemos también cuál será su estilo mesiánico: no el poder, sino el servicio, no la imposición violenta, sino la restauración, la sanación, la liberación. Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para encontrar al que está perdido y sanar a los que están enfermos; no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, al contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su forma de implantar el derecho en la tierra.

El fácil entender que en el Bautismo de Jesús hay latente una profecía de su muerte y resurrección. Al tomar sobre sí el pecado del mundo, Jesús acepta también las consecuencias del pecado, ante todo, la muerte. El sumergirse en las aguas del Jordán es todo un símbolo de su entrega por amor hasta la muerte. Pero el poder del Espíritu que se manifiesta sobre Él al salir de esas aguas habla de su triunfo sobre la muerte: en la fragilidad de la carne es confirmado por Dios como Hijo.

Nosotros no hemos sido bautizados con el bautismo de agua de Juan, sino con el Bautismo del Espíritu Santo, por el que nos hemos sumergido en el misterio de la muerte y de la resurrección del Hijo de Dios, nacido en una carne como la nuestra. Esto significa que también nosotros tenemos que estar dispuestos a hacer la experiencia del desierto, a elegir el camino de la marginalidad y del servicio, a renunciar a la destrucción y la violencia, a ensayar la apertura de Dios, que no hace acepción de personas, a tratar de pasar por este mundo, como Jesús, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por cualquier forma de mal. Bautizados en el bautismo pascual de Jesús y ungidos con su Espíritu, también nosotros podemos escuchar la voz que baja del cielo: “(también) tú eres mi hijo amado, mi hija amada, el objeto de mi predilección”. Esta es nuestra más profunda y auténtica identidad, que sólo en comunión con Jesús de  Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, podemos descubrir.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 3.1.2021, Domingo 2.º después de Navidad (B): «Vino a los suyos»

Santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Vino a los suyos

Las fiestas navideñas, su sentido cristiano, tienen el peligro de contagiarse del sentido mundano que, inevitablemente, acompaña a estas celebraciones. Es algo parecido al descorche de una botella de champán: mucho ruido, posiblemente bastante espuma, y luego a bebérsela rápido antes de que se escape el gas, sin el que el champán pierde toda su gracia. Parecido porque puede quedarse en una breve y superficial explosión de alegría, que apenas deja más poso que la resaca de tanto brindis y tanta comida. No hay que moralizar demasiado al respecto, ni descalificar sombríamente este último sentido mundano, que también tiene su sitio. Pero tampoco debemos, a causa de este último, perdernos el sentido profundo y esencial de la navidad. Por eso, la liturgia vuelve una y otra vez a invitarnos a la contemplación del Misterio. Lo hace desde diversas perspectivas, tratando de que, poco a poco, sin prisas, vayamos captando todos los matices.

Primero vimos la luz y centramos toda la atención en el Niño, al que nuestra fe identifica como el Hijo de Dios, la Palabra de Dios encarnada. Y nos sorprendimos por la increíble cercanía a la que había venido a habitar el Dios por el que todo se hizo. Después, contemplamos a ese mismo niño junto a los que lo rodean más de cerca, sus padres terrenos, María y José, y comprendimos que este nacimiento toca (y transforma) todas las realidades en que vivimos nosotros. En el año nuevo nos fijamos en María, Madre de Dios. Y como sabemos que María no es un ser divino, sino humano, entendimos mejor la realidad fuerte de esta encarnación: el Hijo de Dios es realmente hombre como nosotros, puesto que ha nacido de una mujer. María aparece además como trono de la sabiduría, pues en su regazo se encuentra la Palabra que Dios nos dirige para iluminarnos.

Hoy, la liturgia nos invita a volver sobre el texto que ya leímos el día de Navidad (y también el día 31) para poder asimilarlo y que vaya calando en nuestra alma. Los nuevos matices que podemos descubrir en este denso texto nos los indican las dos primeras lecturas. Y esos indicadores señalan en dirección a nosotros. La sabiduría, leemos en la primera lectura, ha venido a habitar en medio de nosotros, convertidos en su pueblo. La Palabra que es la Sabiduría de Dios, si quiere habitar entre nosotros, es para hacernos sabios, para que sepamos por experiencia propia, quién es Dios para nosotros, quiénes somos nosotros para Él. Pablo dice lo mismo con otras palabras, cuando señala que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Tanto el sabio autor del libro del Eclesiástico, como Pablo, apóstol de los gentiles, nos están diciendo que Jesús ha nacido para nosotros, por nosotros. Es decir, subrayan con fuerza el acento salvífico de este Misterio.

La sabiduría que Dios nos transmite en Cristo y todos los bienes espirituales y celestiales con que nos enriquece se resumen en el don de la filiación divina: a quienes creen en él y le acogen en la fe les da un verdadero poder: el de ser hijos de Dios.

Es decir, el Hijo de Dios, su Palabra eterna, ha nacido en la debilidad de la carne para que nosotros nos hagamos poderosos, y convirtamos, en Él, en hijos de Dios. Y esto es algo enorme: no somos siervos o esclavos, que han de inclinarse ante este Dios forzados por el temor de ser destruidos o castigados; ni somos funcionarios de una ley moral más o menos rigurosa, por la que acumulamos méritos que después podemos exhibir orgullosos, exigiendo la paga correspondiente. Tampoco nos convertimos en “libertos”, es decir, gentes desinhibidas para hacer “lo que nos da la gana”, pues esas ganas, que no brotan de nuestro más auténtico yo, y que pueden ser inducidas manipuladoramente de tantas formas, nos hacen vivir una libertad ilusoria y, con frecuencia, nos hacen caer en nuevas esclavitudes… Adquirimos la dignidad de hijos. También la condición de hijo está en nuestro mundo sometida a la realidad del pecado: muchos son los hijos no reconocidos, maltratados, abandonados; o sometidos a una suerte de propiedad privada por parte de sus padres. Jesús con su nacimiento y su cercanía, nos da la oportunidad de ser hijos en sentido pleno: hijos de un Dios que es Padre, no en el sentido metafórico de ser el origen de todas las cosas. El Dios que conocemos por Jesucristo no es padre por ser creador, sino que al contrario: si ha llegado a crear el mundo es porque es ante todo Padre: Padre del Hijo por el que hizo todas las cosas. El llegar a ser hijo de Dios en el Hijo Jesucristo significa que Dios nos quiere y nos elige, nos reconoce, nos restituye toda la dignidad con la que fuimos creados como imágenes suyas, y nos da la libertad propia de los hijos, que, como recuerda Agustín, no consiste en la posibilidad de hacer el mal (esa es la libertad humana herida y enferma), sino la libertad para el bien, es decir, para el amor, para dar libremente la propia vida como nos enseña con su ejemplo el mismo Cristo: para que, como dice Pablo, seamos santos, esto es, irreprochables por el amor.

Así que hoy, en la repetida contemplación del Misterio, de la Palabra hecha carne, todo el acento se dirige a nosotros: pues por y para nosotros, por y para nuestro bien, ha nacido Cristo. Y porque su nacimiento, su presencia entre nosotros pide de nosotros una respuesta: que lo acojamos con fe y con amor, que escuchemos y pongamos por obra su Palabra, que no seamos tan necios como para rechazar estos dones, sino que nos hagamos sabios con la sabiduría que viene de arriba para convivir con nosotros y que es pura, pacífica, amable, llena de indulgencia y buenas obras (cf. St 3, 17). 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 27.12.2020, Domingo dentro de la Octava de Navidad, La Sagrada Familia(Jesús, María y José): «La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia»

Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia

Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre, inscrito en nuestra propia naturaleza: la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de las múltiples variaciones históricas y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución” familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal, abarca el entero universo del ser humano: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza en decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos.