Homilía del 22.11.2020, Domingo 34 del Tiempo Ordinario (A), Jesucristo, Rey del Universo: «El juicio final»

Santo evangelio según san Mateo 25, 31-46
Se sentará en el trono de su gloria
y separará a unos de otros

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.” Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mi, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

El juicio final

En fuerte contraste con otras parábolas suyas, que se distinguen por su extrema sencillez, aquí Jesús realiza un alarde de imaginación y nos dibuja un cuadro magnífico y solemne. La misma idea del juicio final evoca sentimientos tremendistas, nos hace imaginar escenarios terribles. Basta pensar en la fuerza y el dramatismo expresados en el célebre juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Por eso hay quienes creen que el Juicio final está pensado para asustar al ser humano con ese género de representaciones que contrastan mucho con sus (nuestras) preocupaciones cotidianas, mucho más modestas. Estas preocupaciones habituales e inevitables las resumía muy bien el filósofo Epicuro en lo que él llamaba “el grito de la carne”: “no tener hambre, no tener sed, no pasar frío”, o, si se quiere, en un lenguaje más actual, “un bienestar razonable”.

¿Se corresponde realmente el juicio de Dios con esas ideas tremendas, terribles y alejadas de la cotidianidad pedestre de nuestra vida?

En realidad, el juicio de Dios es “final” no, sobre todo, porque esté al final cronológico de la historia (sea ésta la historia universal, sea la pequeña historia que es la biografía de cada uno), sino porque trata de las dimensiones últimas, definitivas, pero realmente presentes, si bien no siempre de modo totalmente consciente, en la vida de cada día.  

Hay que empezar diciendo que el juicio de Dios es, como todo juicio, un discernimiento y, por tanto, un proceso. En él, en la “fase de instrucción” o recogida de rastros y pruebas, Dios ha salido en busca del hombre, de modo parecido a cómo un pastor va en busca de su rebaño disperso, como de forma tan expresiva y bella describe el profeta Ezequiel en la primera lectura. Va Dios a la busca del que se ha perdido, de los “perdidos”. Esa pérdida (de sí) era ya toda una sentencia: el hombre se condena a sí mismo a muerte cuando se aleja de la fuente de la vida, de Aquel que se la ha regalado. Y si esa es la sentencia que el hombre dicta contra sí mismo (la que los seres humanos dictan además unos contra otros, de manera directa o indirecta, mediante la violencia y el odio, o mediante la indiferencia y el olvido egoísta), Dios ya ha juzgado de manera definitiva (un verdadero juicio final) sin apelación posible: su sentencia ha sido la misericordia y el perdón. Pero, como la otra sentencia, la de muerte, ya se ha hecho presente por el juicio (o la falta de él) del ser humano (Adán), y todos la padecemos en un sentido o en otro, y, desde luego, unos mucho más que otros, resulta que Dios ha tomado esa sentencia sobre sí, y la ha padecido en Jesucristo. Y así, venciendo la muerte desde dentro, ha abierto a todos las puertas del perdón y de la vida, de la resurrección. Ese juicio de Dios es lo que con tanta concisión y fuerza nos transmite hoy la primera carta de Pablo a los Corintios.

Pero si todo esto es así, ¿a qué viene –podríamos preguntar– esa parábola grandiosa del juicio final? Más allá de la grandiosidad del escenario (requerido, sin embargo, por la seriedad de lo representado en él), reparemos en su contenido, en lo que Jesús nos quiere decir. Lo primero que nos dice es que ese juicio final también es un proceso que está sucediendo todos los días (también en fase de instrucción): no es algo que esté en un lejano y brumoso futuro escatológico, sino precisamente en esa cotidianidad a la que nos referíamos al principio. En segundo lugar, se nos dice que, si el Juicio de Dios es el perdón y la misericordia, y esa sentencia ya ha sido dictada de una vez y para siempre en la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos: en la medida en que acogemos esa capacidad de compadecer (= padecer con) de Dios con nosotros y la proyectamos sobre los demás, precisamente sobre los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?). Es decir, ese “grito de la carne” del que hablaba Epicuro, ese es el contenido del juicio que está en curso cada día, y en el que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Pero si ese grito brota de modo espontáneo de la carne de cada uno referido a sí, aquí se nos habla de acoger el grito de aquellos que pasan hambre y sed, o están desnudos o solos o enfermos… Escuchar y responder. Sabemos lo que es padecer esas necesidades, pues todos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos carne; por tanto, podemos comprender los padecimientos ajenos, y participar en ellos, antes que nada no provocándolos (evitar ser causa del hambre o la sed, o del sufrimiento de nadie) y, en segundo lugar, tratando de remediarlos en la medida de nuestras posibilidades. Nadie puede decir que esos problemas no le conciernen, que no tiene que ver con ellos. Si no tenemos que ver con los sufrimientos de nuestros semejantes, ¿con quién tenemos nosotros que ver? Si nos desentendemos de los demás de este modo, ¿no estamos dictando sentencia contra ellos, abandonándolos en su situación de necesidad, y contra nosotros mismos, rechazando la compasión y la misericordia que Dios nos ofrece? El juicio es discernimiento, y lo que separa o discierne a los seres humanos unos de otros no es, ante todo, ni el sexo, ni la raza, la nacionalidad, el nivel económico ni el de instrucción, ni siquiera, la confesión religiosa, sino la capacidad de compadecer, que es la que hace presente en la cotidianidad pedestre de nuestra vida y de sus preocupaciones más elementales lo que de definitivo, “final”, no pasajero ni mortal hay en la vida humana.

La sorpresa de los juzgados para la vida o para la condenación (“¿Cuándo, Señor no te atendimos?”) nos ayuda a comprender que en nuestra vida, aún sin ser del todo conscientes de ello, está continuamente presente el mismo Dios: el rostro de Cristo es el de nuestros semejantes, y de modo especial el de los que pasan necesidad. Realmente, el primer y principal sacramento de Dios en la tierra, su forma más universal y directa de presencia real, es el hombre, cada ser humano concreto, especialmente en sus sufrimientos. Ese “no saber” (que estaban atendiendo o desatendiendo a Cristo) tiene un significado muy concreto, que vale incluso para los que “saben”, para los creyentes que reconocen en los demás, sobre todo en los pobres, el rostro de Cristo. Y es que al compadecer, ayudar, visitar, consolar… no lo hacemos “para” salvarnos; como si fuera posible “comprar” la salvación a base de buenas obras; como si éstas fueran una técnica religiosa “para ir al cielo”. Cuando respondemos con misericordia (que incluye la justicia y es su forma suprema) a las necesidades ajenas, lo hacemos “porque” la salvación ya está operando en nosotros de un modo u otro; y la prueba de ello es nuestra capacidad de salir del círculo egoísta de nuestras necesidades y abrirnos a las necesidades de los demás. Esto es, lo hacemos por amor a ellos, simplemente porque lo necesitan. Pero, ¿no es el amor la presencia de lo absoluto, definitivo y final, del mismo Dios, en nuestro mundo pasajero y mudable? Sí. Ese es el juicio de Dios y ese ha de ser el contenido del Juicio final, como dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. O, como más lacónicamente aún dice San Pablo: “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 15.11.2020, Domingo 33 del Tiempo Ordinario (A): «Una esperanza activa»

Santo evangelio según san Mateo 25, 14-30
Has sido fiel en lo poco, pasa al banquete de tu Señor

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.” Su señor le dijo: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.” Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo.” El señor le respondió: “Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabias que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.”

 Una esperanza activa

Nos acercamos paso a paso al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre eso que llamamos el fin del mundo. Algunos han considerado que esta doctrina cristiana del fin del mundo era una forma algo tétrica de asustar a la gente. Pero ahora resulta que, en estos tiempos de crisis ecológica y agotamiento de los recursos, estamos casi palpando los límites del mundo y sintiendo la inquietud de que, si seguimos por este camino, la vida (al menos la humana) sobre la tierra se hará inviable. Y, ante esta perspectiva amenazante, nos sentimos llamados a actuar de manera responsable: usar con medida los recursos de la tierra, para que duren y alcancen para todos, también a las futuras generaciones. Pues bien, a esta responsabilidad fundamental es a lo que nos llama hoy Jesús con la parábola de los talentos. Y no sólo respecto de los recursos de la tierra, sino, en general, y también respecto de los recursos de que disponemos personalmente cada uno. Porque el fin de mundo no es sólo un acontecimiento cósmico posible más o menos remoto, sino que tiene también un dimensión estrictamente personal: es la certeza de que la vida humana, la de cada uno de nosotros, es limitada y de que llegará el momento en que habremos de hacer las cuentas con lo que hemos hecho en y con ella. Así, esta parábola completa la que meditamos en el domingo 32 sobre las diez vírgenes: porque nuestro presente no está cerrado sobre sí mismo, estamos a la espera de un acontecimiento futuro que se anuncia con tonos festivos (la venida del esposo, la celebración de una fiesta), pero que también es una llamada a la responsabilidad, a un rendimiento de cuentas. Lo que significa que la espera no es, no debe ser, una actitud pasiva y ociosa. Si la parábola de las vírgenes nos avisaba de que la espera ha de ser prudente (hay que hacer provisión de aceite), ahora se subraya ante todo la necesidad de que no sea ociosa, sino activa y, por tanto, productiva.

No hay nada de tétrico en todo esto. La responsabilidad es parte de nuestra vida, porque es parte de nuestra libertad. Nuestras acciones son nuestras, de cada uno, y por eso cada uno se convierte en responsable de lo que hace. La vida es un don a nuestra disposición, pero, como es vida, es también dinamismo, actividad, tarea, tendencia a crecer, capacidad de dar frutos, de producir, de multiplicarse. Como en la tierra con el problema ecológico, nuestros recursos vitales (capacidades naturales, habilidades adquiridas, relaciones, medios materiales y de cualquier otro tipo, etc.) son limitados, como es limitado el plazo temporal de nuestra responsabilidad. Por eso, hemos de discernir con cuidado qué hacer con todo ello. La vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma. Hay que saber invertir los talentos recibidos para que nuestra vida sea fecunda. Lo contrario de esa inversión es dilapidarlos hasta llegar a la ruina, o esconderlos llevando una vida egoísta y estéril.

Jesús, en su parábola, elige bien la comparación: la toma del ámbito económico, porque ahí la cosa es más patente, pero también es claro que la inversión de la que habla es de otro tipo. Nuestra vida da réditos y frutos y se hace fecunda en la medida en que nos esforzamos por hacer el bien. Hay aspectos de la vida (producir arte, o ciencia y conocimiento, o grandes intereses económicos) que no están en manos de todos, no todos han recibido talentos para ello, pero cada uno, con lo que ha recibido, poco o mucho, puede esforzarse en hacer el bien, en multiplicar la alegría y no la tristeza, en vivir con justicia, en acoger al que sufre, ayudar al necesitado, ser fiel a la palabra dada, y así un largo etcétera. Porque estas cosas dependen estrictamente de nuestra voluntad. En este sentido, nadie ha recibido muchos o pocos talentos, sino que cada uno tiene los suyos, y se le pide que los haga fructificar en la medida de sus posibilidades. La responsabilidad es un hecho absoluto, pero proporcional. Por eso a cada uno se le piden frutos acordes con los talentos recibidos. La fidelidad no es cuestión de tallas ni de tamaños. El que es fiel, lo es en lo pequeño y en lo grande. Y la fidelidad en las pequeñas cosas de cada día es el mejor entrenamiento para garantizar la fidelidad cuando lleguen, si es que llegan, los momentos difíciles y las grandes pruebas.

El elogio de la mujer hacendosa de la primera lectura no es necesario leerlo en clave sólo femenina, sino que es el elogio de la persona responsable, que se toma la vida en serio y multiplica el bien en torno a sí, mejorando el mundo en el que le ha tocado vivir.

Además, como no sabemos el día ni la hora de nuestro particular fin del mundo, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura, no hemos de perder el tiempo. Nunca es demasiado pronto para empezar a hacer el bien, y nunca es demasiado tarde para ponerse a ello. El momento presente en que nos encontramos, ese es el talento que hemos de invertir y hacer fructificar. No estamos hablando de una ética obsesiva del trabajo. Ya hemos dicho que el símil económico hay que tomarlo como comparación, como parábola. En la vida hay tiempos para trabajar y descansar, para velar y para dormir, como los hay para llorar y para reír (cf. Eclesiastés 3, 1-8); pero siempre es “tiempo propicio, día de salvación” (cf. 2Cor 6, 2); porque en todo tiempo hemos de evitar el mal y tratar de hacer el bien, de modo que “despiertos o dormidos, vivamos con él” (1 Tes 5, 10).

Y ¿qué pasa con el que devolvió el talento sin producir frutos? ¿Es que eso no es suficiente? ¿No se nos presenta aquí una imagen algo rigorista de la responsabilidad cristiana ante Dios? En realidad, no. El que entregó el talento, después de haberlo tenido escondido sin producir frutos, es como el que devuelve una vida que él mismo ha convertido en estéril. Que ha de entregarla es claro, pues, al margen incluso de que seamos o no creyentes, no vamos a vivir siempre. La vida que hemos recibido (de Dios, si somos creyentes, del azar o la necesidad, si no lo somos) acabaremos por devolverla tarde o temprano. La vida del siervo holgazán es la parábola o el icono del que ha vivido irresponsablemente. Es un fenómeno frecuente, en realidad una tentación permanente y, según creo yo, el corazón mismo del pecado: tomo la vida y la libertad (mucha o poca) que comporta, pero yo no respondo ante nadie. Hago lo que quiero, soy ley para mí mismo, pero que a mí nadie venga a pedirme cuenta de mis actos. Para enterrar en un agujero el propio talento hay que tomarse algunas precauciones. Por ejemplo, no transgredir aquellas convenciones sociales (como las leyes) por las que la sociedad me podría multar o castigarme con la cárcel. Además, como esas convenciones se van estirando bastante en muchos aspectos (por ejemplo, en cuestiones de ética sexual y bioética; aunque todo hay que decirlo, en otras nos estamos poniendo de un moralista cargante, como en el sermoneo laico de lo políticamente correcto), la posibilidad de disponer de la propia libertad de manera irresponsable se amplía notablemente. El único problema es que una vida así, que tal vez no hace nada malo, pero tampoco nada bueno, se hace estéril y al final no tiene nada que ofrecer. El que vive así, si ha tenido suerte, puede ser que se lo haya pasado muy bien, pero su vida, aunque tal vez sea envidiada por muchos, no será admirada por nadie, porque nada ha producido.

¿Qué significa que el señor era un hombre exigente, que segaba donde no sembraba y recogía donde no había esparcido? Tal vez haya que entenderlo en el sentido ya indicado de la seriedad de la vida, que por sí misma es dinamismo, crecimiento y también riesgo. “Enterrar” los propios talentos, las propias posibilidades es una especie de traición al don de la vida. La imagen del señor exigente y duro puede servirnos además de antídoto de esa otra imagen edulcorada de Dios que se va extendiendo cada vez más, y que lo ve como un abuelete bonachón que todo lo perdona sin exigirnos nada, que cierra los ojos ante el mal, y se olvida de exigirnos que vivamos con responsabilidad. Es verdad que Dios lo perdona todo, pero también lo es que si nosotros no respondemos (si no somos responsables) a ese perdón ofrecido, por ejemplo, con un sincero arrepentimiento, la gracia del perdón no obra su efecto. La bondad de Dios incluye su carácter exigente: si Dios quiere nuestro bien, significa que quiere que seamos buenos, que vivamos bien, que seamos responsables, adultos, que se toman la vida en serio, y no que nos comportemos como niños caprichosos. Recordemos que Jesús es el Hijo de Dios, no su “nieto”, y que nos llama a caminar por el camino empinado y a entrar por la puerta estrecha (cf. Mt 7 13-14).

En resumen, la parábola de los talentos es una llamada, en primer lugar, a la acción de gracias: hemos recibido talentos, ni muchos ni pocos, sino precisamente los nuestros. Hemos de reconocerlos con agradecimiento y sin envidia. Nuestra fe no sólo no prohíbe un sano nivel de autoestima, sino que nos lo exige, al considerar positivamente los dones que Dios nos ha dado. En segundo lugar, nos llama a la responsabilidad: esos dones son realidades vivas, semillas llamadas a dar fruto. Nuestra libertad ha de ponerse manos a la obra para que, en la medida de nuestras posibilidades, el mundo se haga mejor gracias a nuestra aportación (que, por otro lado, nadie puede hacer por nosotros). Por fin, nos llama también a la esperanza: contra todas las posibles evidencias, hacer el bien (ser justos, decir la verdad, sacrificarse por los demás, etc.) no es ni inútil ni cosa de ingenuos, sino una inversión a largo plazo que dará frutos a su tiempo.

Cuando tratamos de vivir así, nos abrimos a esas dimensiones ultimas (escatológicas), a los valores que no pasan, a la eternidad de Dios que se ha hecho presente en la historia humana por la encarnación de Jesús, y, de este modo, anticipamos sin miedo el “fin del mundo”, justamente aquello que en el mundo es definitivo y no pasa nunca, y que se sustancia en el amor.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 8.11.2020, Domingo 32 del Tiempo Ordinario (A): «¡Salid a recibir al esposo!»

Santo evangelio según san Mateo 25, 1-13
¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: –«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Que llega el esposo, salid a recibirlo! Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas: “Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.” Pero las sensatas contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo: “Señor, señor, ábrenos.” Pero él respondió: “Os lo aseguro: no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

¡Salid a recibir al esposo!

La parábola de las diez vírgenes nos sorprende por su dureza. Primero, por la negativa de las vírgenes prudentes (es decir, de las “buenas”) a compartir su aceite con las pobres necias. En segundo lugar, por la total exclusión de estas últimas del banquete de bodas por un simple retraso. ¿Es que Jesús nos está llamando a la insolidaridad, dándonos a entender que la salvación, a fin de cuentas, es algo exclusivo de cada uno, de modo que cada uno debe preocuparse sólo de la suya? ¿Está tratando de meternos miedo, ya que un simple descuido, un pequeño retraso puede dejarnos fuera del Reino de Dios? ¿No supone esto un contraste demasiado fuerte con otras parábolas y dichos de Jesús, en los que subraya ante todo la misericordia y el perdón? 

No debemos leer las parábolas de un modo demasiado directo, al pie de la letra. Para entenderlas es preciso atender al contexto en que Jesús las pronuncia y, por tanto, a la intención con que las cuenta. La parábola de las diez vírgenes está dentro del discurso escatológico del Evangelio de Mateo. No conviene que olvidemos que estamos enfilando el fin del año litúrgico y que en estas últimas semanas la liturgia y la Palabra de Dios nos invitan a reflexionar sobre la dimensión de ultimidad. Jesús mismo, que está a punto de enfrentarse con su pasión y muerte, vive en carne propia lo que de definitivo y último hay en la vida humana. No se trata, pues, ni de invitar al individualismo espiritual, ni de fomentar una religión del temor. Jesús nos llama a tomarnos en serio la vida, la fe, nuestra relación con Dios y, en consecuencia, el sentido último de nuestra existencia. Nos está llamando a vigilar, a vivir en vela o, dicho con otras palabras, a vivir de manera consciente. Es también una llamada a la sabiduría de la vida, que sabe calibrar y discernir adecuadamente los diversos géneros de bienes presentes en nuestra vida. Esta forma de vida consciente, vigilante, no niega las preocupaciones cotidianas. De hecho, también las vírgenes prudentes fueron vencidas por el cansancio y se quedaron dormidas. Esto es, también ellas sabían atender a las necesidades más perentorias e inmediatas. Pero lo hacían con su lámpara y su provisión de aceite preparadas. ¿De qué se trata aquí?

Jesús está hablando de la luz que ilumina en las tinieblas. Vivir de manera consciente y ser sabio y no necio significa vivir en la luz, incluso cuando es de noche. Y esa luz es, ante todo, la fe. En el rito del bautismo el neófito recibe la candela que representa la luz de Cristo. Es un don, pero también es responsabilidad de cada uno mantener viva esa llama para que siga brillando. De poco sirve tener la lámpara, si no la alimentamos con la oración, con la escucha de la Palabra, con la participación en los sacramentos. En este caso nuestra fe está muerta, como una lámpara sin aceite, que no ilumina la propia vida, que no es capaz de descubrir en ella la presencia del esposo, de Jesucristo, que viene a nosotros de muchas maneras. 

Cuando sucede esto, cuando somos “necios”, es decir, inconscientes de la presencia de Dios en nuestras vidas, lo más frecuente es que nos entreguemos a los bienes pasajeros de este mundo como si fueran definitivos. Vivimos como narcotizados por las preocupaciones cotidianas, como si fuesen las únicas realmente importantes. Esta forma de vida puede consistir en una elección explícita y exclusiva de esos bienes reales y necesarios, pero efímeros. En su caso extremo es una vida “de pecado”, cuando por nuestros intereses más o menos inmediatos estamos dispuestos a sacrificarlo todo: la verdad, la justicia, la compasión, la propia conciencia, pues consideramos que aquellos intereses (el bienestar, la riqueza, el éxito social, el disfrute de la vida) son los únicos bienes reales y contables. Esa vida despreocupada de lo más importante nos abotaga y nos conduce a la ruina, como advierte el mismo Jesús en otro momento: “Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso como un lazo” (Lc 21, 34). En este caso, peor que las vírgenes necias, no sólo dormimos, sino que carecemos no sólo de aceite, sino incluso de lámpara: no esperamos nada ni a nadie, vivimos encerrados en nosotros mismos. Pero puede suceder que haya en nosotros una vaga conciencia de que “algo” debe haber, de que “alguien” ha de venir. Tenemos una fe mortecina, más o menos formal, tenemos, en una palabra, lámpara; pero no le prestamos la menor atención, nunca elevamos la mente y el corazón a Dios, ni abrimos nuestros oídos a su Palabra, para adquirir así esa sabiduría que se deja encontrar por quien la busca, y se da a conocer a quien la desea, porque se ha hecho cercana en la humanidad de Cristo; ni nos inclinamos nunca ante Él para pedir y obtener el perdón, ni acogemos su invitación para sentarnos a su mesa y comer su pan y beber su vino, y entrar así en comunión con los bienes definitivos de su cuerpo entregado y su sangre derramada. Nuestra lámpara no ilumina, porque no queremos hacernos con el aceite que alimenta su llama.

La luz de la fe ilumina la oscuridad. Y la oscuridad suprema, la oscuridad de la muerte, iluminada por la fe en Cristo, muerto y resucitado, enciende en nosotros la luz de la esperanza. La esperanza es otra dimensión esencial de esa sabiduría superior que Cristo ha hecho cercana y accesible. Es sabio el que, sabiendo que ha de morir, se esfuerza por los bienes que perduran, por los tesoros que ni la polilla ni la herrumbre corroen, ni los ladrones pueden robar (cf. Mt 6, 19). El aceite que alimenta la luz de esta lámpara es la perseverancia, la constancia, la fidelidad. El Señor viene de muchas maneras, pero la definitiva, la que representa el “fin del mundo” para cada uno de nosotros, es la propia muerte. Es de sabios ser conscientes de esto, sabiendo que el presente no está cerrado sobre sí mismo, sino abierto a un futuro que trasciende el tiempo, porque en la muerte humana, que ha sido visitada y asumida por el Hijo de Dios, vamos al encuentro de Cristo. El llanto inevitable que produce la muerte no ha de ser un llanto de desesperación, sino que encuentra su consuelo en la victoria de Cristo. 

Por fin, la luz de la fe y de la esperanza, adecuadamente alimentada, no puede no encender el fuego del amor. Vivir en vela y de manera consciente significa abrir los ojos y descubrir de una manera nueva a los demás y sus necesidades. Los bienes relativos y efímeros de este mundo adquieren un sentido definitivo y transcendente cuando hacemos de ellos medios y expresión de nuestra apertura y preocupación por las necesidades de aquellos en los que, en fe, descubrimos a nuestros hermanos. Si lo que distingue una forma de vida “necia”, sin aceite, es el “comamos y bebamos que mañana moriremos” (cf. 1 Cor, 15, 32), la vida sabia es la que da de comer al hambriento y de beber al sediento (cf. Mt 25, 31-46). Una vez más, tener lámpara y carecer de aceite significa ser un creyente desvaído, que deja la fe en el desván de una mera referencia mental, y vive una vida egoísta, preocupada sólo de sí, de los propios intereses. En este mundo, en el que nos hartamos de escuchar que “todo es relativo”, descubrimos que hay dimensiones definitivas y eternas, que no dependen del carácter efímero del espacio y el tiempo, sino que tienen vocación de eternidad. La fe y la esperanza las iluminan, y su mejor expresión es el amor que Cristo nos ha enseñado. Jesús, pues, no sólo no nos llama a no compartir, sino al contrario: la luz de la fe no puede no compartirse si realmente ilumina (no puede ocultarse ni ponerla bajo el celemín –cf. Mt 5, 15), pero tiene que alimentarse adecuadamente, y eso sí que es responsabilidad de cada uno. Y el compartir se realiza por antonomasia en la caridad, pero ¿cómo podremos hacerlo si vivimos neciamente, descuidados de Dios y de nuestros prójimos? 

Jesús nos narra esta parábola sobre los últimos tiempos en el contexto de sus últimos días, en Jerusalén, en vísperas de su pasión. Se trata para él de una experiencia bien concreta: él es el esposo, que ha llegado, y los suyos duermen, no lo reconocen, lo rechazan… Viven en la oscuridad y, aunque tienen lámparas, pues son formalmente religiosos, incluso muy religiosos, sus lámparas están apagadas, no están preparados para la venida del maestro, carecen del aceite necesario para encenderlas, de la sabiduría que es capaz de discernir los signos de la presencia entre ellos del Hijo de Dios. 

A nosotros puede sucedernos lo mismo. Hemos recibido el don de la fe, pero hemos de preocuparnos de que ésta se convierta en una verdadera sabiduría de la vida, en una esperanza activa, en una ardiente caridad. Eso significa vivir en vela, conscientemente, preparados para la venida del Señor que, aun sin saber ni el día ni la hora, ha de suceder sin duda, tal vez del modo más imprevisto. ¿Tengo la lámpara preparada? ¿Me estoy haciendo con la provisión de aceite que la hará arder?

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 1.11.2020, Solemnidad de todos los santos: «Todos los santos, todos los difuntos»

Santo evangelio según san Mateo (5,1-12)
Estad alegres y contentos,
porque vuestra recompensa será grande en el cielo

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Todos los santos, todos los difuntos

Desde tiempos inmemoriales la Iglesia sitúa juntas, una detrás de otra, estas dos fiestas: la solemnidad de todos los santos y la conmemoración de todos los fieles difuntos. Una intuición que viene de lejos ve un vínculo fuerte y profundo entre estas dos celebraciones o, si se quiere, entre estos dos grupos objeto de nuestra atención, de nuestra reflexión. A primera vista, lo que unos y otros tienen en común es, precisamente, que no los podemos ver, es decir, que están ausentes de nuestra vida. Al celebrar su memoria lo que hacemos ¿no es justamente hacerles presentes con el recuerdo? En realidad, hacemos mucho más que eso. Lo que hacemos es recordar (=dejar que resuene en nuestro corazón) que esa ausencia no lo es del todo, que ellos siguen presentes en nuestra vida mucho más de lo que nos parece. Pero vayamos por partes.

Los “santos” ¿quiénes son realmente? A veces nos parecen personajes de leyenda, gentes de otra galaxia, si no física, sí moral o religiosa, pues las hagiografías tienden a resaltar lo extraordinario y sobrehumano de su vida. Y, sin embargo, si la Iglesia declara “santos” a algunos lo hace, más bien, en sentido contrario. Es verdad que al declarar santo a alguien se reconocen sus méritos. En este sentido, todas las instituciones, las naciones, los partidos, las ideologías… tienen “sus santos”, esto es, personas sobresalientes en los correspondientes ámbitos de actividad o en la particular escala de valores de que se trate. Pero, en nuestro caso, no es eso lo más importante. Cuando la Iglesia declara santo a alguien, primero lo “beatifica”, luego lo “canoniza”. “¡Vaya!, podríamos pensar, la burocracia hasta en el cielo”. Pero esos dos pasos tienen sentido. Ser “beato” significa ser feliz, bienaventurado. La Iglesia afirma con la beatificación que la persona en cuestión goza ya de la bienaventuranza, de la plenitud de la comunión con Dios. Atendiendo al Evangelio del día de hoy, caemos en la cuenta de que esa beatitud, es decir, felicidad, no es un “premio” que reciben “después” los que han sido “buenos”… Esto es una caricatura de la vida cristiana. Jesús, que anuncia que el Reino de Dios se ha acercado (precisamente, por medio de Él), nos está diciendo que se puede ser ya feliz en esta vida, incluso en medio de dificultades y estrecheces. Y es que las bienaventuranzas, que muchos consideran un autorretrato del mismo Jesús, hablan de la felicidad que por medio de Él pueden experimentar los que tradicionalmente se han sentido desgraciados, porque en Jesús, que comparte todas las limitaciones y los sufrimientos humanos, podemos experimentar la preferencia que Dios tiene por ellos. Esto es, ya somos (o podemos ser), en cierto sentido, beatos.

Y la canonización es una afirmación sobre esa persona pero dirigida a nosotros. Canon significa regla, medida, modelo. El santo “canonizado” se nos propone como un modelo de vida digno de ser imitado, como una forma válida y segura de seguimiento de Cristo.

En síntesis, los santos lo son por relación a Jesucristo, el único Santo. Y, además, el que sean declarados santos significa que el ideal de vida que representa Cristo no es un imposible, algo que está bien, tal vez, para contemplarlo, pero que es de imposible aplicación en la vida cotidiana. Los santos, gentes como nosotros, nos enseñan que se puede vivir coherentemente (y ser feliz, beato) según ese ideal.

Como sabemos hay muchos santos canonizados. Niños, jóvenes y viejos, mujeres y varones, laicos, sacerdotes, religiosas, obispos, casados, pobres y ricos, humildes trabajadores y reyes… Unos se dedicaron a la oración, otros a atender a los pobres, otros a anunciar el evangelio, otros a cuidar de su familia, otros a la investigación y a la ciencia, otros a labrar la tierra… De esta manera se nos dice que los caminos de santidad son muchos, que están abiertos a todos, que cada uno puede tratar de caminar en el seguimiento de Cristo como mejor la convenga, y elegir los modelos que más le gusten. Eso que decimos a veces, “no es santo de mi devoción”, es plenamente verdad: no estamos obligados a imitar a todos, cada cual debe ver qué santo y que forma de espiritualidad, de las muchas que propone la Iglesia, le cuadra mejor.

Vemos que esto de la santidad, más que un club exclusivo para elegidos, es una sociedad muy democrática, abierta a todos. Y más si consideramos que lo dicho sobre los santos canonizados, esto es, propuestos como modelos, no lo es todo. Si hay modelos es que ha habido y hay quienes los han imitado. Aquí entran “todos los santos”, la multitud de aquellos que no han sido canonizados pero han alcanzado, por alguno de los muchos caminos indicados, la meta: “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua”. La Iglesia insiste hoy, si es que nos hemos dejado llevar por la idea “legendaria” de la santidad, en que ésta es para todos, y no sólo para personas hechas de una pasta especial. Y la razón, por fin, es muy sencilla. Ser santo no es una conquista fruto de un esfuerzo ascético sobrehumano, sino un don, es vivir en Cristo, y Él vive entre nosotros. Es el don de ser hijos de Dios: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!”; es ser hijos en el Hijo, Jesucristo, es el don de vivir en Él ese mundo nuevo que porta en sí, que es el reinado de Dios, que son las bienaventuranzas, el secreto de la felicidad verdadera. En una palabra, que, si nos sentimos hijos de Dios (en el Hijo, Jesucristo), ya somos santos, aunque tengamos defectos.

Ahora entran en escena los difuntos. Pocos de nosotros habremos conocido a un santo canonizado. Yo, por ejemplo, he conocido a san Juan Pablo II, mi padre conoció, porque era amigo de la familia y solía ir a su casa, a san Pedro Poveda, mártir y fundador de la Institución Teresiana, y conozco a gentes que han conocido y convivido con la madre Teresa de Calcuta, con algún beato mártir claretiano de Barbastro, etc. Pero con los santos anónimos de aquella muchedumbre inmensa seguro que, de un modo u otro, sí que nos hemos encontrado, aunque puede ser que no nos hayamos dado cuenta del todo. De lo que no tenemos ninguna duda es de que personas de nuestro entorno, queridas por nosotros, que han sido parte esencial de nuestra vida, ya no están con nosotros. Todos llevamos en nuestra vida las heridas de la muerte, todos estamos referidos a esos ámbitos de relación que han quedado mutilados y vacíos por la muerte, y que nadie puede ocupar, porque hay personas que son insustituibles. Y esas “amputaciones” afectivas nos hablan de esa certeza absoluta que tan pocas veces consideramos, pero que gravita sobre todos nosotros como una nubecilla gris: todos tenemos que morir. Cada cual reacciona ante esta certeza a su manera (y esto no depende sólo de que se sea o no creyente, tiene también un fuerte factor psicológico): con temor, resignación, confianza, indiferencia… Pero ese recordatorio perenne y algo subconsciente nos invita a pensar en que la vida humana es un misterio en el que se entremezclan dimensiones paradójicas, inevitables e imprescindibles, pero entre las que a veces tenemos que elegir, y entre las que necesariamente tenemos que establecer un orden de prioridad: lo caduco y lo permanente, lo relativo y lo absoluto, lo que lleva a la muerte y lo que da vida. Es así. Hay cosas tan ligadas al tiempo que no pueden no compartir esencialmente su carácter efímero y relativo: por ejemplo, pasarlo bien siempre está ligado a un lugar y un tiempo; mientras que otras, pese a estar afectadas por la caducidad temporal, aspiran a estar por encima de las condiciones del espacio y el tiempo: el amor o la justicia tienen vocación de eternidad. Uno puede, efectivamente, entregarse a lo caduco de la vida, apurar sus posibilidades, vivir sólo para sí, acumular cosas, puede, incluso, en el caso extremo, estar dispuesto a despojar a los demás (de sus bienes, incluso de su vida) para asegurarse una vida mejor que, sin embargo, no dejará de ser efímera y acabará consumida por la voracidad del tiempo. O puede, por el contrario, tratar de dar vida aun a costa de perder algo; puede uno no servirse de los demás, sino servirlos, y servir en ellos a aquellos valores superiores por los que merece la pena entregar la propia vida. Lo decía hermosamente el filósofo E. Mounier: “la persona no alcanza su madurez hasta el momento en que pone su vida al servicio de valores que valen más que la vida”.

Estos valores que existen, y a los que muchos (sabiéndolo o no, creyentes y no creyentes) sirven con corazón sincero, son signos de una vida superior a la que todos estamos llamados. Esa llamada se ha hecho patente en Cristo que, aceptando nuestra misma muerte se ha solidarizado con nosotros, y al resucitar le ha quitado su poder, haciendo de la muerte lugar de encuentro con Dios.

Al celebrar esta memoria de los fieles difuntos afirmamos que nuestros vínculos con ellos no están muertos, que podemos mantenerlos y, en cierto modo, sentirlos. Nuestra solidaridad con ellos y nuestra responsabilidad hacia ellos se expresa de modo especial en esta conmemoración,  en la que oramos por aquellos difuntos que están en un estado intermedio de purificación por sus pecados, el purgatorio. No podemos saber exactamente de qué se trata. Pero sí que podemos tener la certeza de que, en primer lugar, esa purificación empieza ya en esta vida, en la medida en que tratamos de superar el egoísmo en nosotros y, en segundo lugar, que la misma muerte es purificadora. Podemos entender la muerte como un fuego purificador, que consume todo lo que en nuestra vida se haya construido con materiales efímeros (madera, heno o paja), mientras que atraviesa incólume las llamas todo lo que hemos construido con materiales imperecederos, como el oro, la plata o las piedras preciosas. Ese fuego purificador es el mismo Jesucristo, que se ha hecho presente en la vida humana y, en consecuencia, también en su muerte. Y es que realmente la opción de vida del hombre se hace definitiva con la muerte, por la que comparece ante el Juez de todos (cf. 1 Cor 3, 12-15; Spes Salvi 45-46).

Tras la muerte ya no “hay tiempo”, al menos tal como lo entendemos en esta vida, pero creemos que sí hay purificación. Por eso tiene sentido orar por aquellos que han muerto y, tal vez, están en ese período. Esa oración es una forma real y eficaz de comunicación con nuestros difuntos. Y, además, como creemos que el proceso de purificación se realiza en Cristo (participando de su muerte) y que los que han alcanzado la meta están también en Cristo (que es la verdad, la luz y la vida), nosotros que estamos en camino (y Cristo mismo es camino), podemos sentir o saber que nuestros difuntos están cerca de nosotros, pues están en Cristo, que vive en medio de nosotros.

Aquella intuición que “viene de lejos” a la que aludíamos al principio, ahora está claro de dónde viene: de la primera generación cristiana, de su experiencia de la muerte y resurrección de Cristo, y es una intuición que, como vemos, sigue operando entre nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

2 de noviembre
Conmemoración de todos los fieles difuntos

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Job 19,1.23-27a

Sé que está vivo mi Redentor
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3,20-21

El Señor Jesucristo transformará nuestro cuerpo humilde
EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 15,33-39;16,1-6

Dando un fuerte grito, expiró

Homilía del 25.10.2020, Domingo 30 del Tiempo Ordinario (A): «El mandamiento principal y el segundo que se le asemeja»

Santo evangelio según san Mateo 22,34-40
Amarás al Señor, tu Dios,
y a tu prójimo como a ti mismo

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: -«Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» Él le dijo: -«“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.” Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

El mandamiento principal y el segundo que se le asemeja

Jesús había hecho callar a los saduceos, que le habían tendido una trampa (una trampa saducea): le plantearon la cuestión de la resurrección, pero con sorna, describiendo una situación en verdad ridícula (la de los siete hermanos que estuvieron casados sucesivamente con una misma mujer). Jesús les hizo callar, haciéndoles comprender lo ridículo que es creer que el Dios vivo sea un Dios de muertos. Los fariseos se alegraron de aquella victoria de Jesús, que confirmaba su propia posición, pero lejos de unirse a Él, decidieron tenderle otra trampa, una trampa farisea, es decir, una intrincada cuestión legal. La maraña de los 613 preceptos de la Ley (248 positivos y 365 negativos) planteaba frecuentes conflictos y problemas de interpretación sobre la prioridad de unos sobre otros, por lo que era un terreno ideal para tratar de pillar al joven Maestro de Nazaret en un renuncio que diera ocasión para acusarlo.

Jesús, como siempre, dice mucho con pocas palabras. Lo primero que le dijo a aquel experto en la ley es que la respuesta ya la tenía él, si es que de verdad estaba abierto a la Palabra de Dios, de la que tanto creía saber. De hecho, saltándose la prolija casuística de escribas y fariseos, Jesús se limita a citar dos textos del Antiguo Testamento: Deuteronomio 6, 5 para el amor a Dios, y Levítico 19, 18 para el amor al prójimo. Es decir, resuelve una cuestión que se antojaba irresoluble con extrema sencillez y apelando a la única fuente de autoridad reconocida por los fariseos. En segundo lugar, Jesús nos recuerda que “lo principal”, lo más importante, es aquello a lo que debemos entregar nuestro corazón, a lo que debemos amar más que a otras cosas. Pero, al decir esto, no está proclamando románticamente, como se hace a veces, que lo importante es amar, no importa a qué, a quién y cómo. Al contrario, al recoger el guante de aquel experto en la ley, Jesús concuerda con él en que hay un orden de importancias, hay cosas principales a las que hay que dar prioridad. Pero se desmarca de la actitud legalista, y va al fondo del corazón humano, allí donde habitan sus verdades existenciales, y nos dice que tenemos que jerarquizar adecuadamente nuestros amores. Esto significa que no cualquier amor es bueno, ni todo es igualmente digno de amor; pues es claro que todo el mundo ama algo y vive de ese amor suyo. Pero todos sabemos que no es bueno el amor egoísta a sí mismo, o el amor excluyente a los propios, o el amor apasionado a ciertos placeres o aficiones (qué sé yo, a beber sin medida, o al propio equipo de fútbol). En la respuesta de Jesús está supuesto lo que San Juan, el apóstol del amor,  nos recuerda con claridad: “No améis el mundo, ni las cosas de este mundo”(1 Jn 2, 15).Para entender rectamente el mandamiento del amor es preciso no olvidar esta parte, como frecuentemente se hace. Para que en nosotros exista un recto “ordo amoris”, como decía San Agustín, es decir, un adecuado orden del corazón, es preciso saber dominarse a sí mismo, evitando que las inclinaciones de nuestra naturaleza se apoderen de nosotros y guíen nuestra conducta. San Juan, claro, no nos dice que no amemos a la creación, ni menos aún al prójimo, sino que aquí por “mundo” entiende “la concupiscencia de la carne (la sensualidad sin medida), la concupiscencia de los ojos (la avidez, la codicia) y la soberbia de la vida (la vanidad y la ambición)” (cf. 1 Jn 2, 16).

Jesús, en fin, nos dice con claridad qué debemos amar y con qué medida: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a nosotros mismos. El amor a Dios, fuente de todo ser y de todo bien, tiene que ser un amor de entrega total, de plena unión con su voluntad, de completa actitud filial. Un amor así sólo puede orientarse a Dios, pues si se dirigiera a cualquier otra cosa (ideología, nación, partido, líder, afición, interés…) se convertiría inmediatamente en idolatría que nos reduciría a esclavos dependientes de algún falso dios. Sólo la perfecta entrega al único Dios garantiza nuestra libertad, porque a Él le debemos el ser y la dignidad, de Él venimos y a Él nos dirigimos. Como los tesalonicenses, que, al acoger la Palabra abandonaron los ídolos y se volvieron al Dios vivo y verdadero para servirlo, alcanzando así la libertad auténtica.

El amor al prójimo, por su parte, tiene como justa medida el amor que debemos profesarnos a nosotros mismos. Los demás son iguales a nosotros, por lo que el verdadero amor al prójimo no es de sometimiento servil, sino de respeto y apertura solidaria a sus necesidades, que son básicamente las mismas que las nuestras. Si al tratar de atender a nuestras necesidades nos cerramos a las de los demás, caemos en el egoísmo, y de ahí fácilmente derivamos al “uso” y abuso de los otros como meros medios para la satisfacción de nuestros intereses, es decir, caemos en la injusticia, la manipulación y la violencia. Pero sabiéndonos iguales en dignidad, el amor al prójimo se funda en el sentimiento de justicia, que se expresa en la versión negativa de la regla de oro: “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan” (Tob 4, 15); y en el sentimiento de compasión ante las necesidades ajenas, que se vierte en la fórmula positiva de la misma regla: “haced a los demás lo que queráis que os hagan a vosotros” (Mt 7, 12). Este es el recto orden de prioridades que nos enseña Jesús, para que, desde este mandamiento principal y del segundo, que se le asemeja, podamos amar todas las demás cosas en su justa medida, y abstenernos de amar aquellas cosas que nos apartan de nuestra verdad y nuestra salvación.

Ahora bien, si Jesús, para expresar cuál es mandamiento más importante, se ha remitido a dos textos del Antiguo Testamento, ¿en dónde está su novedad? ¿En qué sentido se puede decir que el mandamiento del amor es un mandamiento “nuevo” (Jn 13, 34)? En realidad se trata de una novedad largamente preparada: todo el Antiguo Testamento está lleno de motivos que la anticipan y anuncian. Basta que releamos la primera lectura de hoy. Pero, por otro lado, la novedad principal está en que esas citas las hace precisamente Jesús, que da a los dos preceptos del amor a Dios y al prójimo una profundidad y sentido nuevos. Él no ha venido a abolir la Ley ni los Profetas, sino a darles cumplimiento, a perfeccionarlos, a llevarlos hasta el final. Y esto es lo que hace en su respuesta. Y es que al hablar de Dios y del prójimo, Jesús nos está introduciendo en una comprensión completamente nueva de uno y el otro. El Dios del que habla es su Padre, su Abbá, que en Jesús se hace Padre de todos, buenos y malos, justos e injustos (cf. Mt 5, 45). Y de ahí la semejanza del segundo mandamiento con el primero: si Dios es Padre de todos, todos los seres humanos, hechos a semejanza de Dios, son hermanos entre sí. Jesús reinterpreta el mandamiento del amor al prójimo, que era antes de Él un amor limitado al más próximo, al familiar, al miembro del clan, todo lo más, de la comunidad israelita, y lo extiende a todos los hombres y mujeres sin excepción, todos hijos de Dios, todos llamados a la filiación en Cristo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 18.10.2020, Domingo 29 del Tiempo Ordinario (A): «A Dios y al César»

Santo evangelio según san Mateo 22, 15-21
Pagad al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: -«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es licito pagar impuesto al César o no?» Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.» Le presentaron un denario. Él les preguntó: -«¿De quién son esta cara y esta inscripción?» Le respondieron: -«Del César.» Entonces les replicó: -«Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»

A Dios y al César

Si los fariseos y los herodianos se han aliado para pillar a Jesús, puede pensarse que la situación de éste es desesperada y sin salida. De hecho, la alianza de los dos grupos no puede ser más antinatural: los fariseos, partidarios del sistema teocrático judío, no podían aceptar ninguna forma de colaboración con el poder pagano de los romanos. Los herodianos, por el contrario, eran colaboracionistas sin escrúpulos, que trataban de sacar ventajas de la ocupación. La actitud hacia el impuesto al César indicaba bien a las claras la posición de cada uno. La trampa era perfecta: si Jesús aceptaba el pago del impuesto, era un enemigo de Dios, un blasfemo, un renegado que no aceptaba el único reinado de Yahvé. Si rechazaba al impuesto podía ser acusado de sedición y rebeldía contra el poder establecido. En los dos casos había causa contra él, que es lo que, en el fondo, interesaba a unos y otros: encontrar un motivo para acusarlo y quitarlo de en medio.

Las dos posiciones, más allá de las peculiaridades culturales de la época, expresan tendencias universales, presentes de un modo y otro en todo tiempo. La tendencia teocrática quiere someter todo el orbe de la actividad humana al poder religioso, negando todo espacio de autonomía para el hombre, la que el mismo Dios le ha dado en el acto de la creación. El fundamentalismo es una religión excesiva, asfixiante, que se niega a reconocer la madurez del hombre y el ejercicio de su libertad responsable. La otra tendencia diviniza idolátricamente realidades humanas, demasiado humanas: el poder político, la riqueza económica, el éxito social. A esos ídolos han de sacrificarse todas las demás realidades, incluidas las más sagradas, como la fe, la propia conciencia, la justicia, la caridad.

Que estos dos extremos viciosos se unan contra Jesús da que pensar. Por una lado, no es infrecuente que formas del mal entre sí contradictorias unan sus fuerzas para lograr sus turbios objetivos: carentes de escrúpulos, para ellas el fin justifica los medios. Pero, por el otro, no es que la verdad se encuentre en un mediocre término medio, hecho de compromisos. Al contrario, Jesús no se inclina ante el poder, pero tampoco gusta de imposiciones en nombre de Dios. En su respuesta, sencillamente genial, no sólo sale del aprieto en que querían ponerle, sino que, además, nos muestra meridianamente qué significa la libertad del Hijo de Dios, una libertad que, por ser también hijo del hombre, quiere compartir con nosotros. Jesús no necesita negar al hombre para afirmar a Dios, ni negar a Dios para afirmar la libertad del hombre, sino que su afirmación de Dios es la perfecta confirmación de la libertad responsable del hombre y de su ámbito de autonomía.

¿Qué significa esta respuesta: “dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”? Significa, en primer lugar, la distinción de las esferas religiosa y secular. Es una novedad absoluta en la historia de la humanidad. Existen áreas en las que el hombre debe decidir por sí mismo,  resolviendo con autonomía sus problemas. Jesús llama a la responsabilidad y, al mismo tiempo, exige que no tratemos de manipular a Dios, haciendo de Él la justificación indebida de aquello que nos corresponde resolver por nosotros mismos (como el modo de organizar la política, la economía, la investigación de la naturaleza, etc.). Dios no es ni debe ser el talismán mágico de nuestros problemas. Bajo la teocracia se encuentra también con frecuencia la voluntad de dominio de algunos, que se sirven de Dios y apelan a su autoridad para oprimir al hombre. Jesús desdiviniza así el poder político (y todo otro poder humano), que podrá exigir el impuesto, pero nada más: no puede exigir la conciencia de los hombres.

Ahora bien, ¿no existe en esta distinción de esferas el peligro de espiritualizar en exceso la dimensión religiosa, hasta el punto de recluirla en la sacristía y ponerla de espaldas a los problemas reales del hombre? ¿Está acaso diciéndonos Jesús que “no nos metamos en política”, que permanezcamos mudos ante la injusticia, y nos limitemos a darle a Dios el culto debido en la oración?

Desde luego que no. La pregunta sobre el impuesto lleva a la pregunta sobre la cara y la inscripción de la moneda; eso es “lo del César”. Pero queda en el aire la cuestión de qué es “lo de Dios”. ¿Dónde está el rostro y la inscripción que hay que darle a Dios? Cualquier judío medianamente instruido y conocedor de la Biblia sabía la respuesta: la imagen de Dios es el hombre, el rostro del hombre, y no hay verdadero culto a Dios si no hay respeto al ser humano y servicio al necesitado. De manera implícita e inteligente (a buen entendedor…) Jesús nos está diciendo que el sacramento de Dios en la tierra es el hombre concreto. Es en él en el que Dios ha depositado su imagen y ha hecho resplandecer su semejanza. Por tanto, el ser humano singular y concreto no puede ser sacrificado en el altar del poder político, económico, ni de ningún otro tipo. Todas esas esferas de actividad, teniendo sus ámbitos respectivos de autonomía, han de estar al servicio del hombre, deben realizarse en el respeto de la dignidad humana, no pueden convertir al ser humano en mero medio e instrumento de sus fines, porque sólo el hombre está investido de la dignidad de fin en sí, y eso es lo que hace inadmisible que fines cualesquiera justifiquen medios que lesionen aquella dignidad. Este verdadero humanismo de raíz teológica es el punto de intersección entre la experiencia religiosa y todas las demás esferas de actividad humana. La religión, las iglesias, los curas o los ayatolás no tienen que arrogarse competencias que no les pertenecen, ni meterse a dirigentes de la política, la economía, etc. No tienen derecho, en una palabra, a oprimir al hombre en nombre de Dios. Pero quien cree en el Hijo de Dios hecho hombre, y, en consecuencia, descubre el rostro de Dios en cada ser humano real, no puede consentir que se pisotee la imagen de Dios en nombre de cualesquiera ideologías, formas de poder, sistemas económicos o logros científicos. Ahí la Iglesia y los cristianos deben alzar su voz en defensa de aquello que debemos a Dios. Nuestra fe en el Dios creador y Padre de Nuestro Señor Jesucristo no nos permite permanecer en la indiferencia ante los múltiples atentados contra la dignidad y el valor de la vida humana.

Hoy como ayer, fuerzas contradictorias se alían en contra del hijo del hombre. Fundamentalismos religiosos pretenden determinar hasta los mínimos detalles la vida humana, destruyendo su libertad y amenazándolo de muerte (y matándolo) si no se somete. Y, en el otro extremo, sistemas políticos y económicos, políticas demográficas, programas de investigación científica, etc., utilizan al hombre, su vida y su dignidad, como moneda de cambio para los más variados fines. Hoy como ayer, Cristo, sus discípulos, su Iglesia tienen que alzar la voz para que, respetando la debida autonomía de las realidades de este mundo (dándole al César lo que es suyo, su moneda, pero nada más), no dejemos de darle a Dios lo que le pertenece sólo a Él: su imagen que habita en el interior de cada uno. Reconocer y aceptar a Jesús como el Cristo, Hijo de Dios e hijo del Hombre, es el mejor camino para encontrar ese equilibrio que no está hecho de medias tintas o componendas, sino de la radicalidad del mandamiento del amor a Dios y a los hermanos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 11.10.2020, Domingo 28 del Tiempo Ordinario (A): «¡Venid a la fiesta!»

Santo evangelio según san Mateo 22,1-14
A todos los que encontréis, convidadlos a la boda

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: “Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda.” Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: “Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.»

¡Venid a la fiesta!

Existen diversas formas, que podríamos llamar «cenizas», de presentar el cristianismo, que afean su rostro y espantan a los que se acercan a él, mirándolo desde ese prisma. Una de esas formas es la que considera la fe cristiana sobre todo como un sistema moral muy riguroso, que se dedica ante todo a prohibir unos comportamientos y otros, nos exilia de las alegrías de la vida y nos impone pesadas cargas, eso sí, para «después», en la otra vida, disfrutar sin término y sin medida. En esta forma moralizante y sombría de presentar la fe domina la idea de pecado, que hace como de embajadora primera del posterior mensaje de salvación. Esta caricatura de cristianismo es la que tienen en mente muchos de sus detractores, pero también la que, por desgracia, a veces, ofrecemos los mismos creyentes, empezando por los que predicamos la Palabra de Dios.

Jesús, que nos ha presentado en las semanas anteriores el Reino de los Cielos como una viña hermosa y fecunda, en la que hay que trabajar, pero que está llamada a dar frutos que nos endulzan la vida, va hoy más allá, como tratando de desmentir esas imágenes sombrías del Reino que ha venido a traer, y resaltando con mucha fuerza su carácter festivo y alegre. El Reino de los Cielos se parece a una fiesta, a un banquete de bodas.

La fiesta tiene un profundo significado antropológico. El hombre no es sólo un trabajador, un «funcionario» del deber, alguien sometido a las fuerzas de la necesidad natural o moral. Eso, que es en parte verdad, no agota todo su ser. El ser humano aspira a la ligereza de la libertad respecto de los mecanismos de la necesidad, y busca experimentar esa dimensión precisamente en la fiesta. En ella se abre un espacio de libertad para expresar la alegría de vivir, sea por la vida nueva de un nacimiento, sea por el recuerdo del propio o del cercano (el cumpleaños), sea para alegrarse de cualquier éxito, o de la presencia de Dios en su propia vida, y así un largo etc. Pero, tal vez, la cima de todas las fiestas se encuentre en la que se organiza con motivo de una boda. En ella se experimentan todas las alegrías de una historia nueva fundada en el amor mutuo y la libre decisión de compartir toda la vida, sin los lastres que preceden a otras alegrías no menos profundas (como los dolores de parto en el nacimiento de un niño), con la esperanza de una existencia feliz y fecunda. Que la experiencia se encargue después de rebajar esas expectativas no consigue disminuir, sin embargo, la sensación de felicidad plena que se experimenta en el banquete de bodas. Jesús compara el Reino de los Cielos con esta alegría desbordante, con esta fiesta sin parangón. Y para reforzar todo lo dicho, habla incluso de la boda del hijo del Rey. Si a todos nos agrada que nos inviten a una boda, sobre todo si se trata de la boda de personas a las que queremos, qué no sentiríamos si recibiéramos la invitación a la boda de alguien de la importancia y significación del hijo de un rey. Jesús no ha ahorrado esfuerzos de imaginación para subrayar la extraordinaria positividad del mensaje que porta consigo, al que llama a participar, en primer lugar, a los representantes del pueblo elegido, el pueblo que tiene como Rey al mismo Dios y cuyo hijo ha sido enviado a cumplir en medio de ellos las antiguas promesas, que sostienen la esperanza de este pueblo y son el soporte de su verdadera identidad. Y, por medio de ellos, a todos los demás, pues la boda del hijo del rey es algo que afecta a todos, en lo que todos deben participar.

Jesús nos está diciendo que Dios no quiere amargarnos la vida, no quiere que estemos tristes ni que lo pasemos mal. Todo lo contrario, Dios quiere preparar para nosotros un festín de manjares suculentos, de vinos de solera, quiere aniquilar la muerte, enjugar las lágrimas de todos los rostros. Y lo quiere hacer precisamente por medio de Jesús, su Hijo, en quien se ha dado realmente un desposorio de Dios con la humanidad entera.

Es verdad que en ocasiones, incluso con mucha frecuencia, en la vida existen sombras, penas y tristezas, o, como decimos a veces, pintan bastos. Y es que no todo depende de nuestra voluntad, y no es nada raro que, por diversas circunstancias (naturales o humanas) la realidad se oponga a nuestros deseos. Pablo nos enseña a este respecto que, cuando estamos unidos a Cristo, aunque no está dicho que todo vaya a irnos siempre a pedir de boca, es posible sobrellevar todas esas situaciones, porque nos hacemos libres de las circunstancias externas y, aunque eso no siempre sea del todo posible, sí que aprendemos a ser solidarios en las desgracias y las necesidades, compartiendo unos con otros las alegrías y las penas, la abundancia y la necesidad. Y aquí, en la voluntad de compartir, se cumple esa curiosa ecuación por la que las alegrías se multiplican y las penas se dividen.

La fe, la participación en el Reino, que Jesús nos presenta hoy como la invitación a una gran fiesta, no es sin embargo, un seguro de vida, ni nos garantiza salud, trabajo y éxito social. Pero nos da luz y fuerzas para vivir y encontrar sentido también en los momentos de dificultad.

Para entender del todo el sentido de la parábola de Jesús es importante atender a quién se la está contando: a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. Se trata, como en las parábolas de la viña, de una llamada imperiosa y de última hora a responder al Dios que está cumpliendo en Jesús sus promesas, y por medio, una vez más de una imagen que sus interlocutores conocían muy bien. Jesús parece estar dirigiéndoles una llamada final, a la desesperada. De ahí que ponga de relieve con tanto énfasis la positividad y el enorme valor de lo que se están perdiendo por su actitud de rechazo a su mensaje.

Si el banquete de boda es algo tan positivo, un tiempo de celebración, gozo y alegría, no puede dejar de sorprender la reacción de indiferencia, desprecio, incluso violencia que encuentra en los primeros invitados. ¿Será verdad que Dios responde a esas actitudes perversas destruyendo a los que lo rechazan? ¿Cómo entender las palabras de la parábola: «El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad». Muy probablemente este texto refleje simplemente la época de la última redacción del Evangelio, en la que ya se había producido la destrucción de Jerusalén (el año 70 d.C.)

La respuesta de Dios al pecado humano no es, en realidad, destructiva, sino creativa, constructiva. El poder de Dios se muestra en su capacidad de sacar bien del mal, vida resucitada de la muerte que produce el pecado. Así, el rechazo de las autoridades de Israel (que por ser pueblo sacerdotal debía hacer de «maestro de ceremonias» de este desposorio salvífico de Dios con la humanidad entera) no frustra el proyecto de Dios, que abre la invitación al banquete de bodas a todas las gentes sin excepción y sin condiciones: «a sala del banquete se llenó de invitados, bueno y malos». Y todos somos en parte buenos y en parte malos.

Pero aceptar la invitación y entrar en el banquete no nos deja como estábamos: algo en nosotros debe cambiar o, si como sucede de hecho, seguimos sintiendo nuestra debilidad y el acoso del pecado, hemos de entrar en una dinámica de conversión y vida nueva. Se trata de participar en el banquete de Cristo Jesús, en el banquete eucarístico, en el que él nos da su propio cuerpo y sangre, que es lo mismo que decir que se nos da del todo. Para ello nos vestimos con un traje de fiesta. En eso consiste el bautismo, que no es otra cosa que revestirse de Cristo, convertirnos en criaturas nuevas, entrar en una dinámica de vida en la que tratamos de reproducir en nosotros los sentimientos de Cristo (cf. Flp 2, 5), porque como afirma Juan «quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él» (1Jn 2,6). Y esto significa que no somos sólo invitados a la fiesta, sino también como los servidores que cursan a otros la invitación, que con nuestras actitudes y, si es el caso, con palabras, con nuestro modo de vida, les decimos a los que nos encontramos por los caminos de la vida: «Dios ha preparado para todos un festín de manjares enjundiosos, de vinos generosos. ¡Venid a la fiesta!»

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 4.10.2020, Domingo 27 de T.O.(A): «La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia»

Santo evangelio según san Mateo 21,33-43
Arrendará la viña a otros labradores

Parábola de los Viñadores asesinos. Abel Grimmer. Colecciñón privada.
(Alfa y Omega. Foto Pinbterest)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.” Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.» Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

La viña del Señor es el nuevo Israel, la Iglesia

En los dos últimos domingos Jesús ha usado la imagen de la viña para explicar el Reino de los cielos y las diferentes actitudes hacia el mismo. Era una imagen bien conocida por los interlocutores de Jesús, familiarizados con el texto de Isaías: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel”. El mimo con el que el Señor ha cuidado de su viña contrasta con la amarga respuesta que ha encontrado por parte del pueblo. Muchos son los que piensan que un rasgo característico de los judíos es el orgullo y la soberbia de considerarse el pueblo elegido por Dios, lo que le haría sentirse por encima de los otros pueblos. El antisemitismo que tantas veces ha manchado la historia es con frecuencia la triste reacción ante esto. Pero, si consideramos las cosas con detenimiento, caeremos en la cuenta de que probablemente no hay un pueblo más crítico consigo mismo que el judío. Así lo atestigua la Biblia, en la que se subraya constantemente la infidelidad del pueblo. En un libro escrito por y para judíos, sorprende que los autores bíblicos sean tan hipercríticos con su propio pueblo (algo inaudito en otras tradiciones nacionales). Y es que el centro del mensaje bíblico no es la conciencia de pueblo elegido sino la elección por parte de Dios. Y aunque parezcan dos caras de la misma moneda, es la iniciativa gratuita de Dios, sin méritos previos, lo que se subraya en la Biblia. Esto debería exorcizar toda soberbia. Que esto no haya sido así siempre es otra cuestión, pero, como decimos, la misma tradición bíblica, que es la conciencia viva de Israel, critica con fuerza su infidelidad. Es este sentido marcadamente autocritico una de las lecciones que deberíamos aprender e imitar del Antiguo Testamento, y no derivar de él ideologías primitivas y criminales como el antisemitismo.

Jesús en el Evangelio de hoy retoma la imagen de la viña para criticar a los principales del pueblo. En su parábola, Jesús reproduce en apretada síntesis la historia toda de Israel: el amor, la fidelidad y el cuidado de Dios hacia el pueblo elegido, y la contumaz infidelidad de este último. Dios es con su llamada el que ha creado a este pueblo, lo ha liberado, le ha confiado una tarea, le ha propuesto una alianza de amor; pese a las continuas infidelidades, no ha dejado de enviarle emisarios, los profetas, que han hablado en nombre de Dios, han exhortado a renovar la alianza, a cumplir la ley de Moisés en su espíritu, y no sólo mecánicamente en su letra. En las llamadas y denuncias proféticas resuena con más fuerza el amor y la misericordia que la amenaza de castigos; pero, aunque con honrosas excepciones, una y otra vez, el pueblo, sus dirigentes, sus sacerdotes, han desoído esas llamadas, se han revuelto contra estos intérpretes inspirados de la Palabra viva de Dios que resuena en los acontecimientos, los han despreciado, perseguido, incluso matado. Cuando Jesús llega al cénit de su narración: «Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”», ya no está hablando de sucesos del pasado, sino del presente: Él es el hijo enviado por el dueño de la viña como último recurso y como extrema expresión del amor de Dios hacia su viña. Y la reacción de los labradores en la parábola no es sino una profecía de la que iban a tener contra Él esos sacerdotes y ancianos, y que albergaban ya en su corazón.

Con su denuncia, Jesús les está dirigiendo una última y definitiva llamada a ser fieles y a cumplir con su misión de pueblo elegido. Porque la elección no es un privilegio que pone a Israel por encima y aparte de los otros pueblos, sino, al contrario, un servicio sacerdotal, que lo hace mediador entre Dios y la humanidad entera. Igual que una viña no da frutos para sí misma, sino para los demás, a los que ofrece sus dulces racimos de uva y el vino que alegra el corazón del hombre (cf. Sal 105, 15), así los frutos que Dios espera de Israel son frutos de santidad, justicia y salvación que deben ser ofrecidos a toda la humanidad, a todos los hombres sin excepción.

El fracaso de Israel, que rechaza a Jesús como Mesías, y conduce al fracaso humano de Jesús, entregado a la muerte en Cruz, pone de manifiesto el poder y la providencia de Dios, que no manipula la historia, pero sabe sacar bien del mal, vida nueva de la muerte. Así, la infidelidad de Israel es ocasión para la definitiva apertura universal de la revelación bíblica y de la salvación, de la que, repetimos, Israel no era dueño exclusivo, sino sólo su mediador. Aquí debemos enmarcar la profecía de Jesús sobre ese otro “pueblo que produzca sus frutos”. Ese nuevo pueblo de Dios, fundado sobre la piedra desechada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular, es la Iglesia, somos nosotros. Este nuevo pueblo es el depositario de una nueva y definitiva alianza, que no pasará ya nunca, precisamente porque su fundamento es el mismo Cristo, el Hijo de Dios, la presencia del mismo Dios entre nosotros.

Ahora bien, del mismo modo que la conciencia israelita de ser el pueblo elegido no debía ser motivo de soberbia y de desprecio hacia las otras naciones, la conciencia de que somos el nuevo pueblo de Dios, y de que el vínculo que nos une con Dios no será revocado jamás, tampoco nos consiente a los creyentes mirar a los demás por encima del hombro. Pues se trata también aquí de una vocación sacerdotal, de mediación y de servicio. Hemos sido llamados a la viña del Señor no para holgar, sintiéndonos protegidos de las intemperies del mundo, sino precisamente para trabajar en ella, y para producir frutos de buenas obras, de santidad, de paz, de fraternidad y de justicia, y para ofrecer esos frutos a toda la humanidad, invitando sin amenazas ni coacciones a quien quiera a unirse en este trabajo, uniéndose a Cristo, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15 1-6). Esto quiere decir que ser cristiano consiste en asumir una actitud fundamental de servicio y apertura. Jesús, de hecho, no hizo otra cosa durante su vida que establecer vínculos y atravesar fronteras. Nosotros no podemos dedicarnos a levantar murallas de segregación moral o religiosa. La obligación de dar y ofrecer frutos incluye la apertura a todo lo bueno que encontramos en el mundo, incluso fuera de los límites de la Iglesia. En este “salir al encuentro” está insistiendo continuamente el Papa Francisco, y es la gran lección que nos da hoy Pablo: “hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta”. Tenemos también la misión de rescatar y salvar todo lo que de bueno y valioso hay en este mundo creado por Dios.

En esta tarea que Jesucristo nos confía tenemos que tener una conciencia lúcida de nuestra debilidad, de la posibilidad de ser infieles. Aquí tenemos que recuperar la autocrítica que descubríamos en el Antiguo Testamento. Pero con el agravante de que, sabiendo que la alianza que constituye a la Iglesia es la definitiva, si nosotros no respondemos con fidelidad a la llamada de Dios, ¿dónde quedará la esperanza de la humanidad? ¿Quién salará la sal desvirtuada? (cf. Mt 5, 13). Lo que Jesús les dice hoy a los sumos sacerdotes y a los ancianos, nos lo dice también a nosotros. Nos invita a examinarnos de los peligros entrañados en la responsabilidad que hemos recibido: pretender hacernos los dueños de la viña, hacer de ella un coto cerrado, ser incapaces de reconocer a los criados que Dios nos envía para recoger los frutos a su tiempo, los profetas de nuestro tiempo por medio de los cuales Dios nos está hablando hoy.

No debemos olvidar que la dimensión profética es parte del ministerio pastoral de la Iglesia. Escuchar la voz de Dios significa también escuchar y obedecer a sus pastores. Aquí hay que tener cuidado con esa mentalidad tan extendida que pretende reducir el ministerio pastoral a una mera función institucional, que tiene que ver más con el poder que con el servicio. El rechazo de los pastores (en nombre de un equívoco autoproclamado profetismo) puede acabar siendo el rechazo del único Pastor, que pastorea a su pueblo por medio de aquellos. Naturalmente, también puede suceder que los pastores sean infieles. El impresionante sermón de San Agustín sobre los pastores, que advierte precisamente a estos últimos (y a sí mismo) de su grave responsabilidad, nos lo recuerda con gran viveza. Por eso, es preciso saber discernir y aceptar la presencia de otros profetas, también verdaderos enviados de Dios, personas carismáticas que, sin un estatus especial, saben leer los signos de los tiempos, denuncian males, abren nuevos caminos de vida cristiana y producen frutos de vida evangélica. El Espíritu habla también por ellos. No hay que buscar sólo gentes extraordinarias. En nuestro entorno inmediato podemos encontrar personas normales, que nos recuerdan con sencillez en qué consiste vivir según el evangelio, y a las que tal vez rechazamos (tachándolas de exageradas, o de chifladas, o de beatas, o de tantas otras cosas) porque su ejemplo nos resulta molesto. Cada uno de nosotros participará de la vocación profética en la medida en que trate de vivir según el evangelio.

Una última reflexión. Si hemos dicho que la Iglesia es el pueblo de la nueva y definitiva alianza, ¿significa esto que la última profecía de Jesús en el Evangelio de hoy (“se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”) no va con nosotros? Creemos que la Iglesia está fundada sobre la piedra angular que es Cristo, y sobre el fundamento de los apóstoles, por lo que “el poder del abismo no la hará perecer” (Mt 16, 18). Pero podemos entender también esa profecía en otro sentido. Es un hecho que en los pueblos considerados tradicionalmente cristianos se está produciendo una apostasía creciente y masiva. La cultura occidental, como tendencia general, está rechazando a Cristo, alejándose de él explícitamente, y también en muchas de sus opciones fundamentales de valor (pensemos en el aborto, la eutanasia, la ideología de género, etc.), por más que sea una cultura profundamente permeada por la fe cristiana (de ahí la idea de persona, los derechos humanos, etc.). A la cultura occidental le está pasando lo que les pasó a los judíos del tiempo de Jesús. Aunque la Iglesia, según la promesa de Cristo, nunca va a dejar de serlo, lo cierto es que el nuevo pueblo de Dios se está desplazando a las periferias de la humanidad, donde encuentra gentes mejor dispuestas, y que están tomando el relevo de la evangelización (mientras Occidente decae y se barbariza).

El Evangelio de hoy es una dramática llamada de atención a estos pueblos tradicionalmente cristianos, a los creyentes que los habitan, a salir de la modorra, a reaccionar y tratar de responder con fidelidad a la llamada de Dios, para poder volver a dar frutos de santidad para la vida del mundo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 27.9.2020, Domingo 26 del Tiempo ordinario (A): «Noes y síes a la llamada de Dios»

Santo evangelio según san Mateo 21, 28-32
Recapacitó y fue

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: -«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.” Él le contestó: “No quiero.” Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor.” Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?» Contestaron: -«El primero.» Jesús les dijo: -«Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.»

Noes y síes a la llamada de Dios

La creencia bíblica más tradicional, de fuerte arraigo popular, consideraba que el pecado implicaba una responsabilidad colectiva, y que la culpa pasaba de padres a hijos. Ése es el sentido de un refrán que Ezequiel cita al principio de este capítulo 18: “los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera”. El profeta se opone a esta mentalidad e insiste en la responsabilidad personal del hombre, tanto en la justicia como en el pecado, en sus consecuencias de vida y de muerte. Pero no siempre es tan fácil identificar con claridad a los justos y a los pecadores, pues con frecuencia las apariencias engañan. Jesús nos da hoy una preciosa lección a este respecto: no juzgar por las apariencias que no permiten ver el corazón. Es una lección que, además, es toda una invitación a examinarnos en profundidad. Se sirve, una vez más, de la imagen de la viña. Ya sabemos que trabajar en ella no es una cuestión salarial, sino una gracia, un regalo que Dios nos hace: estar y trabajar en la viña es estar junto al Hijo y participar de su filiación. Como no somos esclavos o meros siervos asalariados, sino hijos, la libertad tiene que ser un signo distintivo de nuestro trabajo en la viña: Dios no nos manda despóticamente, sino que apela a nuestra libre disposición para cooperar en su campo. Y, como ya hemos dicho, las respuestas a esta llamada pueden ser muy distintas y también engañosas.

Hay quienes se manifiestan dispuestos a trabajar en la viña, y afirman aceptar al Señor, pero lo hacen sólo de boquilla. Estos pueden ser los que practican externamente, pero en sus actitudes personales, en su escala vital de valores, en sus intereses reales viven de espaldas a lo que confiesan. Jesús se está dirigiendo a los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, los “justos oficiales” de aquel tiempo, los que tenían la misión de enseñar y guiar al pueblo de Dios, pero que eran impermeables a la Palabra, incapaces de entenderla y acogerla, pues estaban rechazando al que la encarnaba en su propia persona. A nosotros, creyentes y practicantes de nuestro tiempo, especialmente a los evangelizadores activos (sacerdotes, religiosos, catequistas, educadores, etc.), esta palabra nos tiene que interpelar: ¿hasta qué punto escuchamos y acogemos lo que anunciamos y predicamos, de modo que la fe dirija realmente nuestro modo de vida? Si decimos “sí” a la llamada de Dios, pero no llevamos a la práctica ese sí en nuestras acciones y en nuestras actitudes prácticas, no somos sólo incoherentes, sino que podemos además contribuir al desprestigio y el abandono de la viña por parte de muchos otros.

Se puede aplicar también la actitud del hijo que dice “sí” pero luego no va a la viña en otro sentido, hoy muy actual: son los que se dicen creyentes pero no practicantes. Le dirigen a Dios un “sí” pálido y desvaído, pero sin concederle ni tiempo ni atención, sin disposición alguna a ir a trabajar a la viña, aunque de ciento en viento se pasan por ella para comerse algunos racimos, que otros, por cierto, han cuidado y hecho crecer.

En la otra orilla encontramos a aquellos que están oficialmente alejados, pecadores más o menos reconocidos, pero que están interiormente bien dispuestos a la conversión: pueden ser personas víctimas de sus circunstancias, pero en búsqueda sincera, que tal vez necesiten para cambiar de vida y acercarse de corazón a Dios, a vivir de una manera nueva, a trabajar en la viña, sólo un empujón de la gracia, a veces en forma de una mano amiga y un corazón comprensivo que no se apresura a juzgarlos. La historia es generosa en ejemplos de este último grupo, algunos de los cuales iluminan con fuerza el santoral de la Iglesia: Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Francisco de Asís…

En unos casos y otros Jesús nos advierte de que existen profundidades del corazón que no alcanza una mirada superficial. Y así como hay justicias aparentes, que esconden dureza de corazón y soberbia, hay también pecadores dispuestos a la conversión y al cambio de vida. El pecado no es ni un estado definitivo, ni un destino, la conversión es posible. Y esta llamada a la conversión alcanza a todos: si nos sentimos justos ante Dios, debemos examinar si no estaremos desoyendo por autocomplacencia u orgullo alguna llamada suya; si nos sentimos pecadores y “perdidos”, tenemos que saber que Dios nos está buscando, que no desespera de nosotros, que abre para nosotros caminos para una vida nueva.

Con la parábola de los dos hijos, Jesús no está diciendo que todos los justos sean unos hipócritas, ni que la prostitución y la usura sean buenas. Está llamándonos a escuchar su Palabra de corazón y a acordar nuestro corazón con nuestro comportamiento. Porque la figura de los dos hijos no agota todo el arco de posibles respuestas: existen también los que dicen que no y, en efecto, no van a la viña. El misterio de la libertad humana se afirma aquí en todo su dramatismo, aunque, evidentemente, no es a nosotros a quienes toca juzgar. Y, por fin, están los que dicen que sí y van; estos son los mejores, y esta es la disposición perfecta, la que brota de un amor verdadero a la voluntad del Padre: un amor que escucha de corazón y lo encarna poniéndolo inmediatamente por obra.

Pero, cabe preguntarse: ¿existe esta respuesta perfecta? Sí: es la perfección que encontramos en Cristo: “He aquí que vengo a hacer tu voluntad” (Hb 10, 7); en María: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38); y sólo por Él, con Él y en Él, y con el ejemplo y la intercesión de su Madre, es posible que nosotros la alcancemos también: Jesús, obediente a la voluntad del Padre, se despojó de su rango, se hizo siervo y esclavo de todos, y su trabajo en la viña de Dios, que es el mundo, llegó hasta el extremo de entregar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz. Y, nosotros, que pecamos con alguno de los modos encarnados por los hijos de la parábola, o con una mezcla de los dos, estamos llamados a asemejarnos a Cristo y a alcanzar su misma perfección. Pero eso no lo podemos hacer por nuestras propias fuerzas, sino sólo, como nos indica hoy el Apóstol Pablo, haciendo propios los mismos sentimientos de Cristo, unidos a Él, en su seguimiento.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 20.9.2020, Domingo 25 del Tiempo ordinario (A): «Id a trabajar a mi viña»

Santo evangelio según san Mateo 20, 1-16
¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: – «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: “Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.” Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?” Le respondieron: “Nadie nos ha contratado.” Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña.” Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros.” Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.” El replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Id a trabajar a mi viña

No es raro encontrarse con reacciones adversas a esta paradójica y provocativa parábola de Jesús. Son reacciones del tipo: “esas cosas podrían pasar en tiempos de Jesús, pero no en los nuestros…” La cuestión y la sal de la parábola está en que “esas cosas” tampoco podían pasar en esos tiempos, y, precisamente por eso, Jesús cuenta la parábola y describe la reacción iracunda de los trabajadores de primera hora: para llamar la atención. Para llamar la atención, ¿sobre qué? Jesús no trata de explicarnos un nuevo (y extraño) sistema de relaciones laborales y salariales, ni tampoco pretende defender o justificar la arbitrariedad patronal. La cuestión que plantea no tiene vigencia en determinados tiempos, pasados o futuros, sino sólo y exclusivamente en un lugar: en la viña del Señor, en el Reino de Dios. Y es que con esta parábola Jesús está tratando de explicarnos en qué consiste ese Reino, de ahí sus primeras palabras: “El Reino de los cielos se parece…”

Cualquier judío del tiempo de Jesús entendía al escuchar el término “viña”, que no se trataba aquí de un campo de trabajo cualquiera. La viña era un símbolo del pueblo de Dios y, en concreto, del amor entrañable y del cuidado del Señor sobre él, y también de las expectativas frustradas sobre que ese amor y ese cuidado dieran buenos frutos (cf. Is 5, 1-7). Así que, al hablarnos del trabajo en la viña, Jesús nos está explicando qué significa estar y trabajar en el campo del Reino de Dios.

Ser enviado a la viña y permanecer y trabajar en ella es, ante todo, una invitación y una gracia, un regalo para el que no valen méritos previos. Por eso, la invitación se cursa a todos los que están dispuestos a ir, independientemente de la hora del día, es decir, de la edad, la nacionalidad, la condición social y moral o las convicciones religiosas. Cualquier etapa de la vida, cualquier origen social, cualquier decurso biográfico son buenos para ir a trabajar a esa viña. La viña, el Reino de Dios, es el ámbito en el que es posible encontrar a Dios, descubrir su rostro paterno y misericordioso, su voluntad salvífica: “Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras esté cerca; que el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al Señor, y él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón”. Ese ámbito, claro está, más que un lugar es la relación con una persona concreta, portadora del Reino de Dios: Jesucristo.

Ahora bien, la imagen misma de la viña nos da la idea de que estar en ella no es un estado de ociosidad, sino de actividad, de trabajo. La viña que era el pueblo de Israel le dio a Dios y a sus colaboradores (Moisés, los profetas, etc.) mucho que hacer, mucho trabajo y muchos padecimientos. Y no menos trabajo le da a Jesús hacer cercano este reinado de Dios: “mi Padre trabaja siempre y yo también trabajo” (Jn 5, 17). La gracia de estar con Jesús y de seguirle conlleva la participación en su trabajo y en su misión, significa hacer propia su causa, querer lo que él quiere, esforzarse porque la semilla caiga en buena tierra y dé buenos frutos, uvas y no agrazones (cf. Is 5, 2). Jesús en el evangelio de hoy desmiente, una vez más, esa falsa idea que imagina a los creyentes como gentes en búsqueda de refugios imposibles frente a las tareas y las responsabilidades de la vida. No es pasividad a lo que llama la fe, sino, por el contrario, a salir de la propia tierra, a ponerse en camino, a arremangarse y trabajar.

Y es justamente a este trabajo al que se aplica una “lógica salarial” que no es la propia de las normales relaciones laborales de los otros tajos humanos, sino otra más alta que nuestros planes y nuestros caminos, del mismo modo que el cielo es más alto que la tierra. El salario es el mismo Cristo. Por eso, aquí no se trata de méritos, ni de derechos laborales, ni es posible un más o un menos, pues Cristo se entrega a todos, entero y sin reservas, a aquellos que han aceptado en circunstancias y horas dispares acoger el don y la misión de trabajar en su viña.

A no ser que entremos a trabajar en esa viña como mercenarios, que sólo buscan su provecho individual. Y, entonces, sí, entonces es posible comparar, exhibir méritos, antigüedad, horas de trabajo y productividad. Jesús se dirige aquí a los judíos (escribas y fariseos) que hacían de la ley un instrumento de su provecho personal y de sus privilegios. Ellos “eran” más ante Dios, puesto que cumplían más y mejor, y podían mirar por encima del hombro a los gentiles, excluidos de la elección, y a los otros judíos, ignorantes de la ley. Usaban a Dios, su ley, su viña al servicio de sus intereses personales. Pero hemos de aplicarnos la advertencia implicada en esta parábola también a nosotros, los cristianos, que podemos caer en peligros semejantes: sea porque somos “cristianos viejos”, de “los de toda la vida”; sea porque nos consideramos la élite, por nuestros conocimientos o la intensidad de nuestro compromiso… En vez de servir, nos servimos: por los más diversos motivos, podemos tratar de hacer de la viña del Señor el instrumento de nuestros intereses, de nuestro orgullo, de nuestra forma de medrar, de “ser alguien”, de conseguir mayor salario que otros, recién llegados, trabajadores de última hora y que, a nuestro entender, no han hecho tantos méritos como nosotros. Sin caer en la cuenta de que el salario, el denario igual para todos, es el mismo Señor, la participación en su vida, en su misión, en su bondad generosa y rica en perdón para con todos.

Pablo nos da hoy un magnífico ejemplo de lo que significa ser trabajador de esta viña. Él nos enseña que lo importante, lo que llena su corazón, es la viña misma, la causa de Jesús, que Él sea glorificado y conocido, sin importar el precio que tiene que pagar él, obrero del Evangelio, en trabajos, sufrimientos, en vida y en muerte. Hasta el punto de que Pablo no sólo no mira el esfuerzo realizado, “aguantando el peso del día y el bochorno”, y que merece ya el justo premio, sino que, por el bien de la viña, está dispuesto a prolongar indefinidamente la jornada de trabajo, difiriendo la consecución del salario. Y es que Pablo ha comprendido esos planes que no son nuestros planes, esos caminos que no son nuestros caminos, esa bondad característica del dueño de la viña que está por encima de toda lógica mercantil: mirando la porción de viña en la que le ha tocado trabajar, y a los creyentes que se le han confiado, recién llegados a la fe y trabajadores de última hora, lo que él quiere es que puedan también ellos recibir el salario íntegro al que él mismo aspira: llevar una vida digna del Evangelio de Cristo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo