Homilía del 9.5.2021, Domingo 6 de Pascua (B): «¿Se puede mandar el amor?»

Santo evangelio según san Juan 15,9-17
Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

¿Se puede mandar el amor?

 Vivir en el “primer día de la semana”, en el día de la nueva creación, significa ser capaz de ver al Señor resucitado con los ojos de la fe e insertarse en Él como los sarmientos en la vid, que con la savia de la vida nueva nos renueva por dentro. Sólo así podemos dar fruto, hacer fecunda nuestra vida. Al escuchar hoy la Palabra entendemos que ese fruto es el amor. Quien vive en Cristo no puede permanecer en el odio, en el rencor o la desconfianza, en la indiferencia hacia los demás o encerrado en sus prejuicios culturales, nacionales, ni siquiera en los religiosos.

Ahora bien, aquí surge fácilmente una objeción. ¿Es que se puede mandar el amor? ¿Puede el amor ser un “mandamiento”? Si entendemos el “mandamiento” como una ley moral y el amor como un peculiar modo de sentir, la objeción tiene sentido. No pocos la han alzado, por ejemplo, el filósofo Kant.

En realidad, el mandamiento del amor es mucho más que una “norma” moral, incluso si se la considera la más importante; lo mismo que el amor mismo es mucho más que un peculiar modo de sentir, parecido, por ejemplo, al sentimiento de simpatía.

San Juan nos dice hoy en su primera carta que “el amor es de Dios” y que “Dios es amor”. Jesús, por su parte, en el evangelio, nos revela que si hemos de amarnos unos a otros (“éste es mi mandamiento”) es precisamente porque el Padre le ha amado y Él nos ha trasmitido ese mismo amor y, por eso, así como Él permanece en el Padre, nosotros hemos de permanecer en Él. Es decir, el amor no es una simple exigencia moral, aunque más elevada, sino que es la misma vida de Dios, la vida interna de la Trinidad que relaciona al Padre con el Hijo y que es el mismo Espíritu Santo. Así pues, siendo la vida de Dios, no puede ser una “obligación” que pesa sobre nuestros débiles hombros: ¿quién puede estar obligado a elevarse por sus propias fuerzas hasta la vida de Dios? El amor sólo puede ser un don. Si se habla aquí de “mandamiento” hemos de entenderlo en el sentido de aquello que Dios nos ha mandado, es decir, de Aquél que nos ha enviado: el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado, sino en que Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo (1 Jn 4, 10).

Es Él quien nos ha dado a conocer al Padre y su voluntad salvífica, quien nos ha mostrado el amor “más grande”, que consiste en dar la vida por sus amigos. Para hacernos partícipes de la vida misma de Dios, Cristo ha pagado el alto precio de la muerte en la cruz, como víctima de propiciación por nuestros pecados, es decir, por nuestra incapacidad de amar, de incluir, de romper fronteras y establecer vínculos… La cruz es la llave de entrada en esa vida de Dios que se ha hecho presente y accesible, y en la que podemos insertarnos al ver al Resucitado, al encontrarnos con Él allí donde se lo puede ver, al permanecer en Él como los sarmientos en la vid.

Todo el misterio de la salvación, de la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo se resume así en una propuesta de amistad y en una invitación a la alegría. Somos los amigos de Jesús si aceptamos la amistad que Él nos brinda; he aquí una alegría que trasciende las pequeñas alegrías de la vida, tantas veces empañadas por tristezas de todo tipo, porque en la amistad que Jesús nos ofrece tocamos la fuente de la vida y del amor, que es el mismo Dios.

Alegría y amistad son, por fin, la fuente de la verdadera libertad. No somos siervos de leyes abstractas que pesan sobre nosotros, por muy libres que nos queramos sentir haciendo lo que “nos da la gana”; pues, seamos sinceros, las “ganas” también tienen sus leyes que nos atan y nos esclavizan: sean las de nuestra fisiología, sean las de la manipulación propagandística. Pero nosotros no somos esclavos de un destino ciego marcados por nuestros instintos, o por la ironía de la historia: somos amigos del Hijo de Dios e hijos en el Hijo. Esto potencia y multiplica, en medio de nuestras muchas limitaciones, nuestras posibilidades de acción. Gracias a la libertad del amor podemos no someternos a los prejuicios ambientales, alzar la voz arriesgando en favor de la verdad y la justicia, perdonar a los que nos ofenden, y también tener la humildad de reconocer los propios pecados y pedir perdón por ellos; podemos, en definitiva, usar nuestra vida y sus posibilidades para dar con la libertad de la generosidad, y no para quitar. El amor es, más que un sentimiento, un modo de vida, fruto del don que hemos recibido de Cristo, y que se traduce en obras: guardar los mandamientos (como el mismo Cristo ha guardado los mandamientos de su Padre) es aceptar al que Dios nos ha enviado, permanecer en Él, tratar de vivir como Él vivió y de amar como Él amó: ofreciendo amistad y dando la vida.

Un modo de vida así es una aventura abierta, que depara sorpresas y abre horizontes inesperados. Los circuncisos que estaban con Pedro en casa del pagano Cornelio se extrañaron de que el don del Espíritu Santo se derramara sobre los gentiles. Ese es el género de sorpresas que depara el verdadero amor: apertura de fronteras, ampliación de horizontes, superación de barreras, la instauración de nuevos lazos de fraternidad entre aquellos que por razones nacionales, culturales o religiosas estaban separados o enemistados.

La Palabra de Dios nos invita hoy a examinarnos sobre los frutos del amor en nuestra vida. ¿A quién podríamos brindar nuestra amistad? ¿Qué “paganos” –según nuestros propios parámetros– pueden sorprendernos hablando en lenguas que nos descubren la novedad de Dios? ¿Qué porciones de mi vida –tiempo, conocimientos, comprensión, paciencia, capacidad de perdón, tal vez dinero– puedo dar todavía, aunque eso me implique alguna renuncia, una pequeña cruz?

La alegría colmada que nos promete Jesús no es la de una vida saciada por acumulación de bienes o de sensaciones (eso que se llama “vivir a tope”, y que nos acaba dejando vacíos, en cuanto nos topamos con nuestros propios límites). Ese género de felicidad es inestable y problemático, y en una gran parte no depende de nosotros: ahí no somos realmente libres. Jesús habla en cambio de esa plenitud de alegría que crece a medida que damos y que nos damos. Y eso sí que está en nuestras manos, independientemente de que tengamos mucho o poco. Porque de nosotros depende vivir con generosidad. Y la dignidad y la libertad que Jesús nos ha regalado al hacernos partícipes de la vida de Dios, que es el amor, constituyen la posibilidad más alta a la que el ser humano puede aspirar: ser amigos de Cristo, y llegar a ser en Él hijos de Dios.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 2.5.2021, Domingo 5 de Pascua (B): «La vid, los sarmientos y los frutos»

Santo Evangelio según san Juan 15,1-8
El que permanece en mí y yo en él,
ése da fruto abundante

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

La vid, los sarmientos y los frutos

Los catecúmenos, que han recibido el bautismo en la noche Pascual y han iniciado el proceso de profundización (catequesis mistagógica) para aprender a reconocer al Señor Resucitado, muy posiblemente empiezan a experimentar las dificultades cotidianas de la vida cristiana. En primer lugar, la misma comunidad, lugar de presencia del Resucitado, dista mucho de ser una comunidad ideal. Como vemos en la primera lectura, existen en ella, además de otros conflictos, desconfianzas y recelos (en este caso, sobre la autenticidad de la conversión de Pablo) que tienen que ser resueltos por la mediación de algún hombre bueno (Bernabé). Además, la fuerza comunicada por el sacramento del bautismo no evita el que sigan experimentando debilidades, inclinaciones al mal, pecados. Nos lo recuerda Juan en su primera carta al hablarnos de la “conciencia que nos condena”. Por fin, están las dificultades externas, las incomprensiones, las amenazas, la hostilidad que a veces experimentan los creyentes. De nuevo, en el texto de los Hechos se habla de ello, a propósito de Pablo, y de los que se propusieron suprimirlo. Y las dificultades de los recién bautizados son, a fin de cuentas, las dificultades que todos los creyentes experimentamos de un modo u otro.

Dicho en lenguaje actual: es la hora de pasar de las palabras y los sentimientos a los hechos; o, como nos recuerda Juan en su primera carta: no hemos de amar de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Y es ahí, precisamente, donde experimentamos dificultades y resistencias, en nosotros mismos, en nuestro entorno creyente, en la sociedad que nos rodea.

El Evangelio de hoy responde muy bien a todo esto. La fe es un proceso de crecimiento. El que se ha bautizado (cada uno de nosotros) y ha realizado un cierto camino de profundización cristiana, no por eso ha llegado ya hasta el final. En la fe no es posible “licenciarse”, considerar que “ya nos lo sabemos”. Porque la fe es, ante todo, una relación viva con Dios por medio de Jesucristo, o, por usar la imagen que hoy nos propone Jesús, un injerto, esto es, una inserción, gracias a la cual la savia que da vida a la vid pasa también a nosotros, los sarmientos, y nos vivifica. No es sólo un saber y una aceptación teórica (aunque también), sino una forma de vida que deriva de esa inserción en Cristo. Y, como toda vida, es un proceso de crecimiento no exento de dificultades, que necesita volver a escuchar en niveles siempre nuevos la llamada del Maestro, que requiere de nuevas conversiones y, por tanto, de purificaciones sucesivas que hacen esa inserción viva en la persona de Cristo más fuerte y estable. En la vida humana y también en la vida cristiana es fundamental la perseverancia. Hoy la necesidad de esta actitud se ve con claridad meridiana. Dios no actúa en nosotros si nosotros no le dejamos. Pero, si le dejamos, actúa y, por medio de Cristo (es decir, humanamente, en diálogo y en proceso, pero no sin dificultad y a veces con algo de sufrimiento), nos va purificando y permitiendo que demos lo mejor de nosotros mismos. No se trata de un proceso de “alienación” (“alio” = otro: hacerse “otro”), sino, por el contrario, de crecimiento y desarrollo pleno de las propias posibilidades, para llegar a ser plenamente lo que somos. Cristo es la posibilidad que Dios nos da de llegar a ser plenamente nosotros mismos.

Sólo así, mediante esa inserción viva y perseverante en la relación con Jesús, es posible que las dificultades y límites de la comunidad (que puede ser la propia familia, iglesia doméstica, o la parroquia, o algún grupo al que pertenezco, o la Iglesia como tal), así como las hostilidades que a veces la rodean, no me hagan perder la paz. Es curioso cómo la primera lectura, después de hablar de las desconfianzas internas y de las amenazas externas, afirme que la “Iglesia gozaba de paz”. La paz de que goza la Iglesia no es ni mera armonía psicológica interna, ni tampoco adaptación al medio social: es el don que recibe de Jesús, que, al hacerse presente en medio de sus discípulos (de modo señalado en la Eucaristía, aunque no sólo en ella), les comunica la paz: “paz a vosotros”.

Sólo así, unidos como sarmientos a la vid, es posible que el hecho de que nos condene nuestra conciencia en algún aspecto de nuestra vida, es decir, que sintamos nuestra debilidad y nuestro pecado, no impida que podamos “tranquilizar nuestra conciencia”, porque vivimos en la confianza en Aquel que es más grande que nuestra conciencia, que nos ha manifestado su misericordia, que nos hace comprender que estamos en camino, que nos acompaña en nuestro proceso de purificación y nos da la paciencia de la esperanza.

Sólo así, por fin, podremos entender que las contrariedades de la vida tienen sentido, son parte de esa purificación que nos va haciendo crecer en la fe y en la inserción en Cristo, y que nos permite “dar fruto”, como los sarmientos unidos a la vid. Porque, una vez más, como nos ha recordado Juan, es hora de pasar de las palabras a los hechos: la verdadera fe no puede no expresarse en las obras del amor y comunicarse de esa manera. Porque poco a poco los catecúmenos ya bautizados, esto es, todos nosotros tenemos que ir entendiendo que la fe que hemos recibido no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que dar fruto abundante para la vida del mundo. Es importante subrayar que ha de ser abundante  y no sólo un poco de fruto para mi personal uso y consumo: tiene que ser abundante de modo que pueda ser ofrecido como alimento para que el mundo tenga vida, pues es por ese “mundo entero” por el que Cristo se entregó a la muerte y resucitó a la vida nueva, y es ese “todo el mundo” al que tenemos que mirar desde la luz que hemos recibido con el don de la fe en Jesús, el Señor, el Cristo, la Vid que nos transmite la savia que hace nuestra vida fecunda también para los demás.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 25.4.2021, Domingo 4 de Pascua (B): «Un solo rebaño, un solo Pastor»

Santo evangelio según san Juan 10,11-18
El buen pastor da la vida por las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

 Un solo rebaño, un solo Pastor

La comunidad eucarística que, como veíamos la semana pasada (y la anterior), es el lugar de la aparición del Resucitado y del encuentro con él, es además una comunidad estructurada: en ella hay distintos servicios, distintas vocaciones que cooperan al bien del cuerpo común y de su misión en el mundo (el testimonio). Por eso, si la misma comunidad es “lugar teológico”, ámbito de la experiencia del Resucitado, también los servicios y ministerios que surgen en ella deben ser entendidos en este sentido sacramental, esto es, como una expresión y reflejo de la presencia de Cristo. De entre estos diversos ministerios hay uno que tiene un carácter axial, en torno al cual se disciernen y estructuran los demás, de manera que la pluriformidad de vocaciones y carismas no lesione la comunión: es el ministerio de los pastores, los Apóstoles, que prolongan su acción por medio del ministerio sacerdotal (obispos, presbíteros y diáconos), que deben cuidar del bien del rebaño de Cristo, guiar y enseñar al nuevo pueblo de Dios y presidir sus asambleas litúrgicas.

Ese es un punto que suscita especial dificultad en nuestros días. Existe una fuerte tendencia a desconfiar de toda autoridad, a ver en ella sólo una pura estructura de poder, que hay que tolerar de algún modo, pero que se mira con recelo, como una especie de mal necesario. Y esto se proyecta también sobre la Iglesia, estableciendo distinciones como la que habla de “iglesia institucional” e “iglesia de base”; distinciones, hay que decir enseguida, que carecen de todo apoyo en la Revelación, tanto en la Biblia como en la tradición de la Iglesia. Se aplican aquí a la comunidad cristiana esquemas propios de la sociedad civil y política, pretendiendo que, como en éstas, lo legal y lo socialmente conveniente, la verdad o el bien pueden aceptarse sólo si gozan del consenso de la mayoría (que suele ser, en el caso de la sociedad civil, un estado de opinión inducido por medio de técnicas sutiles de comunicación y, con frecuencia, de propaganda y manipulación), olvidando que la verdad de la fe y de sus consecuencias prácticas son ante todo el resultado de una revelación de Dios, es decir, de un don que Dios nos ha hecho en Jesucristo y que nosotros no podemos modificar a nuestro antojo o al son de las opiniones dominantes del momento.

Jesucristo ha elegido pastores, los Apóstoles y sus sucesores y les ha dado una autoridad especial dentro de la comunidad (cf. Lc 10, 16), para garantizar la fidelidad a ese depósito de la fe que nos pone en contacto vivo con Él mismo, con el Jesús histórico, con la comunidad que le acompañó por los caminos de Galilea y dio el primer testimonio de la resurrección.

La catequesis mistagógica, que nos va enseñando los lugares de presencia del Señor resucitado, nos dice hoy que también en los Pastores y en su ministerio se hace presente el único Pastor. Las dificultades que esta forma de presencia suscita en numerosos creyentes (incluso en no pocos que participan de ese mismo ministerio, o de creyentes cultivados teológicamente y activos en la Iglesia) se pueden resolver sólo si tratamos de mirar a los Pastores no desde determinado prisma ideológico, que ve ahí sólo estructuras de poder, sino desde la fe. Es la misma fe que se exigía para creer en la resurrección al ver el sepulcro vacío, o la que se suscitaba al tocar las heridas del Resucitado. Los posibles defectos y pecados de los Pastores, hombres entre los hombres, también vulnerables y, por tanto, heridos, no deben ser una excusa para no aceptar en fe esta forma de, digamos, aparición del Resucitado (íntimamente vinculada y dependiente de la comunidad de creyentes, y de la comunidad eucarística); o, como hacemos a veces, para “seleccionar” entre ellos y aceptar sólo a los que son, por ejemplo, “de mi línea”. Estos criterios de selección son la mejor manera de convertir a la Iglesia en un partido o en una secta y no, como debe ser, en una comunidad pluriforme de discípulos reunida por iniciativa del Maestro y en torno a Él.

Es esta fe la que nos ayuda a entender que, así como lo que da valor a la comunidad de discípulos es la presencia de Jesús en medio de ellos, y esa misma presencia es la que confiere al pan y al vino que comparten su calidad de cuerpo y sangre de Cristo, así lo que nos mueve a aceptar el ministerio de los pastores es el único Pastor, Jesucristo, que pastorea a su pueblo por medio de ellos. No es una cuestión de poder, sino de servicio. Aquí no podemos no recordar las palabras del mismo Jesús, advirtiendo contra las tentaciones del poder y del “querer ser más que los otros”: “el que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos” (Mt 20,26). Mirando así las cosas, entendemos que ser Pastor (Apóstol, obispo) es ante todo una carga y una responsabilidad por la que los que han recibido este ministerio deberán dar cuenta a Dios. Con razón decía san Agustín en su discurso sobre los pastores: “somos cristianos y somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente. Además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Que hay un solo Pastor significa, al fin y al cabo, que sometiéndonos a los Pastores nos sometemos a Cristo, y esa es nuestra libertad: libertad para aceptarlos en fe, sin caer en actitudes serviles hacia ellos; libertad también para expresar con valor las propias opiniones, incluso críticas, pero en actitud de obediencia. Para madurar en la fe es importante superar esa desconfianza crónica hacia la Iglesia en sus Pastores (eso que se llama con tan poca fortuna y menos caridad “Iglesia institucional”) y adoptar una actitud de fe y de aceptación. Y significa, para los mismos Pastores, que si ellos pueden exigir obediencia es, no en virtud de su propio poder o autoridad, sino sólo en el nombre de Cristo, como hoy dice Pedro en la primera lectura: lo que hacen o dicen ha de ser sólo y siempre en el nombre de Jesucristo Nazareno, el que fue crucificado, y el único nombre que se nos ha dado que puede salvarnos. Y la salvación no es otra cosa que el ser hijos de Dios en el Hijo. Cristo fue crucificado precisamente para esto: para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos partícipes en su propia filiación. Y si esto es así, y si los Pastores han de reproducir en sí mismos el ministerio de Cristo Pastor, significa que lo que ellos tienen que hacer es, como el buen Pastor, dar la vida por sus ovejas. Dar la vida es hablar, trabajar, exhortar, amonestar, escuchar, corregir, y estar dispuestos al testimonio supremo si las circunstancias lo exigen. Cumpliendo el deber ser de su vocación de pastores, deberíamos poder exclamar también al mirarlos a ellos (y en ellos al único Pastor), “mirad qué amor nos ha tenido el Padre”.

Si vemos así, con fe, esta forma de presencia del Resucitado, entendemos que se trata de un servicio en el que todos podemos participar de un modo u otro. En primer lugar, porque todos tenemos nuestro propio nivel de responsabilidad en la Iglesia: como padres o madres, en los otros múltiples ministerios y vocaciones de la Iglesia, dando ejemplo, transmitiendo la fe, de muy diversas formas también cada uno de nosotros tiene su pequeño rebaño, que se nos ha confiado y del que respondemos. Y, en segundo lugar, porque todos nosotros estamos llamados y podemos, si queremos, servir a los demás con la disposición de dar la vida por ellos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 18.4.2021, Domingo 3 de Pascua (B): «La comunidad eucarística: comunidad de testigos»

Santo evangelio según san Lucas 24,35-48
Así estaba escrito: el Mesías padecerá
y resucitará de entre los muertos al tercer día

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

La comunidad eucarística: comunidad de testigos

La catequesis pos bautismal de este domingo profundiza y detalla lo que ya inició el domingo pasado. Se decía allí que el lugar propio para hacer la experiencia del Resucitado (para verlo y tocarlo) era la comunidad de sus discípulos, la que se reúne “el primer día de la semana”, el día de la Resurrección. Hoy entendemos ya con toda claridad que esta comunidad es una comunidad eucarística, reunida en torno a la Palabra y al alimento compartido.

El primer detalle que resalta en el Evangelio de hoy es que los discípulos se reunieron no por propia iniciativa, sino convocados por experiencias distintas, pero con rasgos comunes, que para ellos mismos fueron totalmente inesperadas y no siempre bien comprendidas, en las que se mezclaban la sorpresa (estaban “atónitos”), el temor y la alegría… Experiencias difíciles de definir. Eran experiencias producidas en situación de dispersión: como la de los discípulos de Emaús (hoy leemos el texto que sigue a ese episodio, cuando los dos discípulos vuelven a Jerusalén); experiencias que, sin embargo, los hicieron reunirse de nuevo. En esas asambleas lo primero que hacían era darse un testimonio mutuo, poner en común sus experiencias personales, distintas y convergentes, que provocaban el reencuentro y rehacían la comunidad en trance de desaparecer a causa de la muerte ignominiosa del Maestro.

La reunión que comparte experiencias vitales del Señor Resucitado (es decir, que comparte la Palabra) se convierte en comunidad eucarística en la que el Señor mismo explica las escrituras y las hace por fin comprensibles; y en las que, también junto al Maestro, comen juntos, comparten el pan y el vino, la presencia del Señor resucitado, en el que son visibles las señales de la Pasión (“mirad mis manos y mis pies”).

Una comprensión adecuada de lo que la Palabra y la celebración quieren trasmitirnos hoy nos ayudaría mucho a participar en la Eucaristía dominical “de otra manera”, si es que en nosotros se mantienen los viejos esquemas, en virtud de los cuales acudimos a ella como a cumplir una obligación, de modo más o menos mecánico, o simplemente, hemos dejado de ir, porque “no nos dice nada” o lo hacemos de ciento en viento.

No se trata de “ir a misa”, de cumplir un precepto bajo la presión de normas externas o de amenazas de pecados y castigos que hoy, seamos sinceros, no mueven a casi nadie. Desde luego, si volvemos nuestros ojos a aquellos primeros discípulos, a la mezcla de emociones (sorpresa, miedo, incomprensión, alegría…) que se agolpaban en ellos y les hacían encontrarse apresuradamente, contarse unos a otros lo que les había pasado, lo que habían sentido al asomarse a un sepulcro vacío, o en el jardín contiguo, en medio del llanto, de camino, al partir el pan…; si los miramos y tratamos de entrar en esa experiencia, que los textos precisamente quieren transmitirnos, en la que quieren incluirnos como personajes vivos de la misma; si nos acercamos a ellos de esta manera, entenderemos que aquí no hay obligación, ni ley, ni amenaza que valga: que aquí se nos ofrecen posibilidades de vida inéditas, se nos regala una presencia real, aunque misteriosa, “que nos dice mucho” (¡habla con nosotros!), se nos comunica una gracia capaz de transformar nuestras vidas, de introducirnos en un mundo nuevo.

Los catecúmenos que, tras hacer el camino de profundización catequética, habían recibido el bautismo la noche Pascual iniciaban el proceso de mistagógica, en el que descubrían llenos de emoción que aquello que habían aprendido al escuchar los relatos evangélicos se realizaba ahora también en ellos, que, como los primeros discípulos, también a ellos se les abría la comprensión de las Escrituras, también ellos experimentaban la presencia del Señor resucitado al comer el pan y beber el vino y participar en esa reunión en la que, antes del bautismo, no les había sido dado participar plenamente.

Y esa es la experiencia que podemos y debemos realizar nosotros. Nos reunimos para compartir, llevando ante el altar la ofrenda de la vida de toda la semana (nuestros trabajos, esfuerzos, alegrías y sufrimientos, todo lo que nos ha pasado mientras íbamos de camino, por el camino de la vida), abiertos a escuchar lo que el Señor presente en la comunidad de los discípulos tenga a bien decirnos, deseosos de que nos dé un trozo de pan y un trago de vino (qué bueno sería que siempre se comulgara bajo las dos especies, como hacen los ortodoxos y casi todos los católicos aquí en Rusia, también en otros países), para poder seguir el camino de la vida, convertido así en envío y misión, en testimonio… Que el cura de turno sea un pelma, que predique largo y mal, o que la comunidad diste mucho de ser ideal… todo eso tiene su importancia, pero no demasiada, porque es el Señor Jesús el que nos convoca, el que nos muestra sus manos y sus pies (sus heridas, que bien pueden ser el cura pelma o la comunidad llena de defectos), el que nos explica las Escrituras, el que parte para nosotros el pan…

Se me dirá que todo eso es muy bonito, pero que luego, lo que sentimos al “ir a misa” dista mucho de ser así… Lo concedo. Pero, ¿quién ha dicho que todo esto sucede de manera automática, casi mágica? De hecho, las mismas lecturas de hoy nos avisan de esas dificultades. Esos mismos discípulos de primera hora, que hicieron esas experiencias tan conmovedoras (que los llevaron a dar la vida por ellas), no lo entendieron todo desde el principio: si se les abrió el entendimiento, es que hasta entonces lo habían tenido cerrado; tampoco vieron desde el primer momento: o no lo reconocían, o creían ver un fantasma… Para ver, entender y participar de esta experiencia del Resucitado hay que perseverar… No se puede profundizar si se acerca uno con una actitud superficial, pasivamente, sólo por “sentimiento de deber”, sin un corazón abierto. Pero menos aún si, sencillamente, no vamos. Recordemos que lo que se nos está comunicando en estos tiempos de Cuaresma y Pascua es un itinerario, un camino, un proceso. La repetición perseverante en la participación es esencial para que nuestros ojos y oídos, nuestros corazones, tantas veces cerrados, se vayan abriendo poco a poco, hasta ver, entender y sentir. No hay nada de ideal en todo esto. De hecho, Juan, en su carta, nos dice hoy que el Cristo que se nos manifiesta en estas reuniones dominicales es nuestro abogado, en caso de que pequemos. Aunque nuestra intención es romper con el pecado y cumplir los mandamientos del Señor, sabemos que no siempre resulta: estamos en proceso y la reconciliación y el perdón (el perdonar y el pedir perdón) es parte esencial de este mismo camino.

Sólo así nos vamos convirtiendo en verdaderos discípulos que dan testimonio ante el mundo: el testimonio interno que los discípulos se daban unos a otros, se convierte en un testimonio que la comunidad y cada uno de los creyentes dan ante el mundo, sin miedo y sin complejos; pero también sin dureza. Es así como Pedro da testimonio ante el pueblo: les dice la verdad (“lo matasteis”), pero lo hace con indulgencia (“lo hicisteis por ignorancia”). Porque también aquí el perdón juega un papel esencial: Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar, no a acusar, sino a anunciar “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Y nosotros, que nos reunimos con perseverancia, hemos ido entendiendo las Escrituras, hemos comido con Él y, de esta manera, lo hemos visto; nosotros, nos dice Jesús, somos testigos de esto.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 11.4.2021, Domingo 2 de Pascua (B): «Sus heridas nos han curado»

Santo evangelio según san Juan 20,19-31
A los ocho días, llegó Jesús

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.» Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.» A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros.» Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.» Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.» Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

 Sus heridas nos han curado

La fe en la Resurrección de la carne no es una mera variante de la creencia en la inmortalidad del alma, aunque, sutilezas metafísicas aparte, no se trate de posiciones contradictorias o incompatibles. Queremos decir que la fe en la Resurrección de la carne no es la simple creencia en que la vida “continua después de la muerte”. No se trata sólo de un “continuar”, de una mera prolongación de esta vida terrena, por lo menos “del alma”, esto es, de una parte de nuestro ser. Digamos que esta creencia, expresada de modos muy diversos (de los más ingenuos a los más sutiles) en las diversas cosmovisiones filosóficas y religiosas, y apoyada en diversidad de argumentos (para los que los adversarios de la misma encuentran argumentos de peso en sentido contrario), no puede evitar nuestra impotencia total ante la muerte, ni despejar el interrogante sobre cómo nos será posible a nosotros, tan débiles, superar al trance de la muerte y salir airosos del mismo. Este interrogante es el que explica que no pocos tuerzan el gesto con escepticismo ante esta vieja y venerable creencia.

La Resurrección de la carne habla, en primer lugar, de la Resurrección en la carne de Jesucristo. Jesucristo, la Palabra de Dios que se hizo carne, asumió sobre sí la debilidad de la carne y, en consecuencia, sucumbió al poder de la muerte. Porque “la carne” no es algo contingente o marginal de nuestra condición humana, sino que es, precisamente, nuestra condición humana. Vivimos en la carne: los grandes valores del espíritu humano, causa de nuestro orgullo, se dan revestidos de esta condición, que es lo mismo que decir que se dan en la debilidad, en la condición mortal. Pero, en Jesucristo, Hijo de Dios, su Padre manifestó la fuerza del amor creador y recreador, restableciendo la vida y restituyendo a Jesús, hombre, a la vida en la carne.

En segundo lugar, la Resurrección de la carne no habla sólo de una prolongación de “esta” vida sino de una transformación de la misma: es una vida nueva. En la muerte y resurrección la vida resurge transformada. No se trata sólo de “volver de la muerte” para “seguir viviendo” esta vida mortal, sino de “vivir de otra manera”, de una forma misteriosamente transformada, en la que la carne, que sigue siéndolo, supera su condición mortal, y se reviste de la fuerza del Espíritu. Esa transformación se nos manifiesta en la humanidad de Jesús, de modo que los discípulos, al verle, con frecuencia, no lo reconocían, y cuando lo reconocían no por eso lo veían siempre físicamente (cf. Lc 24, 31). Y por su presencia resucitada entre los discípulos, Cristo se hace una posibilidad de vida nueva también para ellos.

De esa posibilidad de vida nueva, de esa transformación, nos habla hoy el texto de los Hechos de los Apóstoles: “sentían y pensaban lo mismo, lo tenían todo en común”. La comunidad en el mismo espíritu que se expresa en la comunidad de bienes, fruto de una generosidad libre, sin imposiciones, es la comunidad de los que aman a Dios amando a los que han nacido de Él, o, dicho de otra forma, de los que participan en el mismo Espíritu, el Espíritu del amor que Cristo da a sus discípulos.

La comunidad de los discípulos del Resucitado es una comunidad construida sobre el amor. Pero este amor debe ser rectamente entendido: no se tata de una mera unanimidad sentimental. Los sentimientos son pasajeros y las comunidades emocionales suelen ser efímeras; además no tardan en aparecer en ellas sentimientos negativos, causa de conflictos y divisiones. Tampoco es, sobre todo, una comunidad de intereses o de ideas. Aunque, al tratarse de una comunidad humana, esas dimensiones (sentimientos, ideas, incluso intereses) no pueden no darse de un modo u otro, pronto se verá que en esta comunidad existen sentimientos encontrados, conflictos de intereses y también discrepancias ideológicas. No es ahí, pues, donde reside su fuerza ni su unidad. Si así fuera, la comunidad sería un grupo cerrado y a la defensiva. Como esas dimensiones (ideas e intereses), decimos, están presentes, la tentación de la cerrazón o la sensación de miedo aparecen periódicamente, y amenazan siempre a esta comunidad. De hecho, así lo dice el Evangelio de hoy en sus primeras líneas. Pero ese grupo “con las puertas cerradas por miedo a los judíos” está ya viviendo, aun sin saberlo, en “aquel día, el primero de la semana”, el día de la nueva creación, el día del triunfo de la vida, el día en que la vida se ha transformado y se ha hecho posible vivir de otra manera. No son sentimientos, ideas o intereses, sino la presencia del Resucitado la que convoca y une, la que recrea el grupo y crea la comunidad que siente y piensa lo mismo y, por eso, lo pone todo en común: vive según un amor que va más allá de los sentimientos y las ideas y pasa a los hechos; como dice Juan en su carta, “cumple los mandamientos”. Y ya sabemos que para Juan “los mandamientos” son “el mandamiento del Señor”, el mandamiento del amor que, antes que un esfuerzo moral, es un don que ha recibido del mismo Dios, en Cristo, en su muerte y Resurrección, de las que participamos en el agua del Bautismo y en la Sangre de la Eucaristía. Es precisamente en la Eucaristía (la reunión de los renacidos por el agua del Bautismo), donde los discípulos (tan distintos por otros motivos) piensan y sienten lo mismo, al escuchar la Palabra, al partir (y compartir) el pan y “ver” así al Señor.

La transformación de la vida en que consiste la Resurrección se percibe inmediatamente: la comunidad pasa del temor a la alegría, de la cerrazón a la apertura; no se guarda para sí la experiencia del Resucitado sino que, enviada por Él, sale y da testimonio “con mucho valor”.

El segundo Domingo de Pascua repite cada año el texto del Evangelio de Juan en el que Tomás juega un papel central. Se nos dice que “el lugar” propio para “ver” al Señor es la comunidad de los discípulos, que se reúne el primer día de la semana en torno a la celebración eucarística. Tomás no pudo ver al Señor porque no estaba en la comunidad. Ante el testimonio de los otros, reaccionó con escepticismo. Sólo cuando se reintegró a la comunidad de pensamiento, sentimiento y bienes (la comunidad eucarística) Tomás vio y tocó al Señor.

El escepticismo de Tomás juega un papel importante en todo lo que estamos diciendo. ¿No provoca un cierto escepticismo este cuadro tan “ideal”, tan “bonito”, de la comunidad que piensa y siente lo mismo, que comparte los bienes, en la que nadie pasa necesidad? La comunidad que se forma y vive de la vida nueva del Resucitado no es una comunidad ideal. Del mismo modo que la humanidad resucitada de Cristo es una humanidad herida en la que se pueden ver las huellas de la pasión, la comunidad que nace de ella no puede cerrar sus ojos a las heridas de Cristo. Por un lado, están las heridas del Cristo que sufre en la humanidad (en sus “pequeños hermanos”) de tantas formas y que hay que saber tocar (Jesús con frecuencia curaba “tocando”, en el contacto vivo). Esta es una parte esencial de la misión de la Iglesia: anunciar a todos la buena noticia de la Resurrección del Señor, pero también hacerlo tocando las heridas de la humanidad sufriente, que la Resurrección debe sanar. Además, están las heridas del cuerpo de Cristo que es la Iglesia, la comunidad de los discípulos. No cabe aquí idealización alguna. La fuerza y el fundamento de esa comunidad es Cristo, muerto y resucitado y que se nos manifiesta vivo, pero herido. Esto es, Jesús no está simplemente vivo “como si nada hubiera pasado”, no ha vuelto de la muerte a la vida anterior, sino que ha atravesado la muerte con todo su dramatismo, con todo su horror, para salir de ella triunfante y transfigurado. Por ello, para vivir la vida nueva de la Resurrección hay que volver continuamente a la memoria de la muerte, hay que tocar las heridas. Esto significa que hay que mirar de cara a los problemas, reconocer los conflictos, admitir las debilidades, confesar los propios pecados, perdonarnos mutuamente… Sólo así será posible construir la comunidad de un amor que es don, pero también exige nuestro esfuerzo por “cumplir los mandamientos”, y pasar de los sentimientos a los hechos, de los buenos deseos a tocar las heridas que el amor verdadero provoca y que vemos en las manos y el costado de Cristo.

No en vano, una parte esencial del envío que Jesús nos confía hoy al darnos su Espíritu habla del perdón. Si hemos de ser testigos y trasmisores del perdón de Dios, no podemos no ser personas que piden perdón y que perdonan. No sólo la capacidad de perdonar, también la de tener la humildad de pedir perdón, reconociendo nuestras culpas y debilidades, es parte esencial de ese testimonio valiente de la presencia del Resucitado entre nosotros, parte de esa fe que no se evade, sino que toca las heridas y pone el dedo en la llaga, en las llagas de Cristo, las que nos han curado (cf. Is 53, 5, 1P 2, 24).   

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 4.4.2021, Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor (B): «La Resurrección de Jesucristo: de la desaparición a las apariciones »

Santo evangelio según san Juan 20, 1-9
Él había de resucitar de entre los muertos

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: – «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.» Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

La Resurrección de Jesucristo:
de la desaparición a las apariciones

El rasgo más sobresaliente de los relatos evangélicos leídos en la noche Pascual (Lc 24, 1-12) y en el Domingo de Resurrección (Jn 20, 1-9), es que Jesús no aparece en ellos por ningún lado: ni muerto, ni vivo. El primer testimonio de la Resurrección de Jesús no es una aparición, sino una desaparición: ha desaparecido el cadáver de Jesús.

Los discípulos, empezando por las mujeres que van al sepulcro a embalsamar el cadáver (tras la ejecución, víspera ya de sábado, no habían podido hacerlo), y siguiendo por los Apóstoles, Pedro y el discípulo amado, se encuentran que el lugar de la muerte está vacío, que la evidencia de la muerte, el cadáver, ha desaparecido. De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los indicios del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia, la desaparición de Jesús muerto, y los signos del caos de la muerte (las vendas y el sudario) recogidos y ordenados, es muy elocuente, dice muchas cosas, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”, tal como indica el Evangelio de Juan: “vio y creyó” (Jn 20,8)

La primera cosa que dice, es que no se trata de relatos fantásticos creados para sorprender, para suscitar credulidad, en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío, es decir, por los signos debilitados de la muerte, desposeídos de su presa, hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de Juan lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, según la cual Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20,9).

Y todo esto indica que el llegar a “ver” al Resucitado es un proceso de fe, de maduración en la fe. Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, el momento del entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de la inmadurez, requiere ir subiendo a Jerusalén, ir entendiendo que el camino mesiánico de Jesús, no es un camino de rosas (cf. Mt 16, 13-23); del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Mt 28, 10).

Todo esto significa que de la Resurrección no hay pruebas, no se puede demostrar (sólo se puede demostrar históricamente que desapareció el cadáver, pero eso después cada cual lo interpreta a su manera: cf. Mt 28,15); pero sí hay testigos: el testimonio de aquellos que gracias a su fe son capaces de “ver” al Señor. Es la inversa del dicho: “ver para creer”, aquí se trata de lo contrario: creer para ver. Para ello hay que purificar la mirada, limpiarse de impurezas: por eso la noche pascual empieza por la liturgia del fuego y sigue con la del agua bautismal. Esos elementos bautismales que nos hacen nacer a una vida nueva: el Espíritu (fuego) y el agua son los que al purificarnos cumplen en nosotros la bienaventuranza de “los limpios de corazón, porque verán a Dios” (cf. Mt 5,8). El tiempo de Pascua es una gran Catequesis: los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, (todos nosotros) para el que se han (nos hemos) preparado durante el tiempo de Cuaresma, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando dónde podemos encontrarle y “verle”.

De momento, nos invita a meditar sobre la propia fe tal vez muerta, o latente, o adormecida, o inmadura, en todo caso siempre necesitada de nuevos impulsos. Desilusiones, experiencias vitales, incomprensiones, han podido debilitar nuestra fe, o nos han llevado a alejarnos de Jerusalén, olvidarnos de Galilea. Puede ser que nos parezca que la fe fue una más o menos hermosa ilusión de juventud, pero que los acontecimientos de la vida nos han enseñado que eso en lo que esperábamos ha sido frustrado por el chato realismo de la vida.

El mensaje de la Pascua nos dice que es posible, pese a los muchos signos de muerte, “comprender las Escrituras” (pero hay que escucharlas, Jesús nos las explica), “partir el pan” (pero hay que compartirlo allí donde Jesús lo parte para nosotros), “ver” a Jesús y creer en Él, que camina con nosotros a pesar de que nuestros ojos ofuscados no sean capaces de reconocerle. Y eso es posible ¡porque está vivo!

No hay pruebas, pero hay testigos. Tú puedes ser unos de ellos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

VIGILIA PASCUAL (B)

PRIMERA LECTURA
Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno
Lectura del libro del Génesis 1, 1. 26-31a

Sal 32, 4-5. 6-7. 12-13. 20 y 22.
R. La misericordia del Señor llena la tierra.

SEGUNDA LECTURA
El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe
Lectura del libro del Génesis 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18

Sal 15
R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

TERCERA LECTURA
Los israelitas en medio del mar a pie enjuto
Lectura del libro del Éxodo 14, 15-15, 1

Ex 15, 1-6.17-18
R. Cantaré al Señor, sublime es su victoria

CUARTA LECTURA
Con misericordia eterna te quiere el Señor, tu redentor
Lectura del profeta Isaías 54, 5-14

Sal 30
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado

QUINTA LECTURA
Venid a mí, y viviréis; sellaré con vosotros alianza perpetua
Lectura del profeta Isaías 55, 1-11

Is 12, 2-6
R. Sacaréis aguas con goza de las fuentes de la salvación

SEXTA LECTURA
Camina en la claridad del resplandor del Seór
Lectura del profeta Baruc 3, 9-15.32 – 4,4

Sal 18
R. Señor, tienes palabras de vida eterna

SÉPTIMA LECTURA
Derramaré sobre vosotros un agua pura, y os daré un corazón nuevo
Lectura del profeta Ezequiel 36, 16-17a. 18-28

Sal 50
R. Oh Dios, crea en mí un corazón puro

EPÍSTOLA
Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más
Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 3-11

Sal 117
Aleluya, aleluya, aleluya

EVANGELIO
Jesús Nazareno, el crucificado, ha resucitado
Lectura del santo evangelio según san Marcos

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra a la entrada del sepulcro?” Al mirar vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo.”

La resurrección de Jesucristo: la otra cara de la historia

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Al leer la Pasión (el Domingo de Ramos y el Viernes Santo) comprendimos que es posible leer la historia (la de la Pasión, la de la humanidad y la nuestra propia) “de otra manera”, positiva y esperanzada. En medio del dolor, la injusticia y la muerte fuimos capaces de encontrar ciertas claves que nos abrieron los ojos para la esperanza.

La noche de Pascua y su prolongación en la celebración del domingo es una confirmación, es más, una proclamación que pone de manifiesto con toda su fuerza lo que empezamos a vislumbrar entonces. En medio de la noche celebramos la liturgia de la luz: las tinieblas empiezan a ser disipadas. Aunque es de noche, permanecemos en vela para ver esta luz, esta aurora. A esta luz la Palabra despliega ante nuestra mirada atónita toda la historia de salvación. Como una gran sinfonía se nos anuncia que, al hilo de la historia tormentosa y tantas veces malvada de la humanidad, Dios no ha estado durmiendo, sino que no ha dejado de actuar a favor de los hombres: “Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 117). Contemplamos, pues, las grandes obras de Dios a favor de la vida, de la libertad, de la dignidad, a favor de los pobres y desvalidos, de las víctimas, a favor de todos sin distinción, pues llama a todos a la reconciliación, la restauración y el perdón.

Estas grandes obras de Dios han culminado definitivamente en su Hijo Jesucristo, su Palabra encarnada, que ha librado el combate decisivo contra el mal y su gran expresión y consecuencia que es la muerte. Enfrentándose a ella, entrando en ella, en apariencia derrotado por ella, Jesús la ha vencido por dentro, al sembrar la semilla del bien y del amor en el corazón mismo de lo que parece ser la victoria del mal: la semilla de la libertad (Jesús entrega libremente su vida), de la dignidad (Jesús no se somete ni pacta con las fuerzas del mal), de la Verdad (por cuyo testimonio entrega su vida), del Bien, pues no opone al mal que le aplasta un mal mayor, sino, por el contrario, un bien más poderoso: el del perdón ofrecido a todos y la reconciliación con Dios, abierta como sus brazos en la cruz y su costado traspasado por la lanza.

En esta noche, en este día Jesús realmente muerto, y en verdad vuelto a la vida, nos está diciendo que merece la pena perder a veces humanamente para ganar bienes no perecederos: merece la pena mantener la fidelidad (aunque a veces nos parece que con ello renunciamos a la felicidad inmediata), tratar de vivir en la verdad, renunciar a la venganza, saber pedir perdón con humildad y perdonar con generosidad… Y así un largo etcétera que la Palabra de Dios nos enseña y la vida misma, iluminada por esa Palabra, nos va mostrando.

La Resurrección de Cristo nos dice que es posible no sólo leer la historia en otra clave (positiva), sino vivir “de otra manera” haciéndonos protagonistas vivos y activos de esa “otra historia”, historia de salvación, historia de derrotas aparentes que se convierten en victorias. Para ello es preciso conectarse con el Autor de la salvación, aspirar a los bienes de arriba, que no consisten sino en que nuestra vida esté con él, el Maestro que nos enseña a vivir de esa otra manera, no sólo para sí (y, tal vez, para el pequeño círculo), el Señor que transforma la muerte en vida. Ese es el sentido del Bautismo, que la liturgia de la noche pascual, en su tercera parte (tras el fuego y la Palabra), en la liturgia del agua, nos invita a renovar. Estamos bautizados en Cristo, esto es, estamos conectados a la fuente de esa vida nueva, de esa posibilidad más alta. De cuando en cuando, y la noche pascual es un momento especialmente privilegiado, necesitamos renovar de manera explícita nuestro bautismo, para recordar que estamos en camino y que este camino tiene todavía recorrido por delante. Pero el bautismo no es un rito mágico, sino el sello de una pertenencia y de una amistad que hay que renovar en el día a día, tratando de vivir de esa “otra manera”, aprendiendo a hacerlo en la escucha cotidiana de la Palabra y alimentando nuestra vida con la comunión en el misterio pascual que renueva la Eucaristía. Cuando al saludarnos con el grito de júbilo “¡Cristo ha resucitado!” respondemos “¡Verdaderamente ha resucitado!”, ese verdaderamente quiere subrayar que no se trata de una conmemoración sólo litúrgica o simbólica: somos testigos de la resurrección, nosotros, “que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”, cada vez que participamos en la Eucaristía.

Renovamos las promesas bautismales (a veces, siendo testigos del bautismo de los catecúmenos en este noche pascual) al contemplar primero en la noche, en la que ya vislumbramos la luz de la aurora, el sepulcro vacío. El lugar de la muerte ha soltado su presa. No hay que buscar entre los muertos al que vive. Jesús no es un personaje histórico admirable, que ha dejado su huella en la historia y luego, como todos los personajes de la historia, se ha ido, engullido por la voracidad del tiempo. Los que velan y lo buscan, como las mujeres en la noche pascual, reciben señales que dicen que Jesús vive y va a nuestro encuentro.

En la noche las mujeres, presas de la sorpresa y del miedo, no dijeron nada, según suena en esta noche el evangelio de Marcos (que insiste siempre en la dificultad para creer incluso de los propios discípulos; que nadie, pues, se extrañe si siente resistencia ante la noticia). Pero al romper el primer día de la semana, al hacerse la luz, aun incluso sin haber llegado a la plena comprensión (así se nos relata la situación de María Magdalena), el mensaje recibido se convierte en testimonio que llama a los demás discípulos a ir también a ver el lugar en el que Jesús ya no está, para que viendo esa ausencia se abra la luz de la fe: vio y creyó.

Ser cristiano es ver con los ojos de la fe: ver a Cristo Resucitado, y ver el mundo con ojos nuevos, ver a los demás y a nosotros mismos con los ojos de Dios; y, además, comunicar lo que hemos visto y creído, en primer lugar, a los otros discípulos: este testimonio mutuo es uno de los fundamentos de la Iglesia; ser cristiano es entrar a formar parte de esta historia “otra”, que transcurre en medio de la historia humana, en la que a veces aparecemos como derrotados y perdedores, aunque, en realidad, salimos victoriosos en Aquél que, muerto y resucitado, ha vencido al mundo y vive hoy y reina por los siglos de los siglos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 28.3.2021, Domingo de Ramos (B): «Realmente este hombre era Hijo de Dios»

Santa Evangelio
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 15,1-39 (la versión larga es Mc 14, 1 – 15, 39)

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, Y. atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: S. – «¿Eres tú el rey de los judíos?» C. Él respondió: + -«Tú lo dices.» C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. – «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.» C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó: S. – «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó: S. – «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?» C. Ellos gritaron de nuevo: S. – «¡Crucifícalo!» C. Pilato les dijo: S. – «Pues ¿qué mal ha hecho?» C. Ellos gritaron más fuerte: S. – «¡Crucifícalo!» C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado

C. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio -al pretorio- y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: S. -«¡Salve, rey de los judíos!» C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él.
Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Llevaron a Jesús al Gólgota y lo crucificaron C. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar C. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: S. -«¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.» C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo: S. – «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»

C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. C. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente: + – «Eloí, Eloí, lama sabaktaní.» C. Que significa: + – «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían: S. – «Mira, está llamando a Elías.» C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo: S. – «Dejad, a ver si viene Ellas a bajarlo.» C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: S. – «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Realmente este hombre era Hijo de Dios

El domingo de Ramos, pórtico de la Semana Santa, nos presenta un cuadro unitario de lo que vamos a contemplar, meditar y actualizar en estos días. En una misma celebración asistimos a la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y a su prendimiento, proceso y muerte en Cruz. ¿A qué se debe que la lectura de la Pasión del Señor se duplique durante la Semana Santa, y se lea el Domingo (en versión de uno de los sinópticos, este año B, Marcos), si se va a leer de nuevo (en la versión de Juan) el día propiamente de Pasión, el Viernes Santo? Litúrgicamente tiene pleno sentido que la Pasión del Señor se lea en Domingo, el día en que los cristianos se reúnen a orar juntos. De otro modo, la Pasión no sería proclamada nunca en Domingo y en el contexto de la celebración eucarística, que es, precisamente, la memoria de esa Pasión (pues el Viernes no se celebra la eucaristía). Pero, además, de este modo nos preparamos a entrar en profundidad en los misterios que, paso a paso, vamos a celebrar en los días siguientes.

La Palabra de Dios la podemos leer hoy desde dos prismas distintos y contrapuestos, cada uno de los cuales tiene su verdad, pero que conviene situar en la justa perspectiva.

Un prisma, el que primero salta a la vista, pone de relieve el drama que se desarrolla ante nosotros (y que la liturgia trata de subrayar mediante la lectura inicial de la entrada en Jerusalén, la procesión que la representa, la lectura dramatizada de la Pasión, etc.). Ante nuestros ojos se despliega el cuadro paradójico de un pueblo que acoge a Jesús con entusiasmo como el enviado de Dios, y en pocos días cambia de parecer y pide a gritos su muerte. Aunque no está dicho que fueran los mismos los que gritaran una cosa y la otra: posiblemente, en la entrada triunfal fueran los discípulos que lo acompañaban desde Galilea, mientras que los que pidieron su muerte eran gentes de Jerusalén o venidas a la fiesta, manipuladas por las autoridades del pueblo. El mal presenta con frecuencia este rostro estúpido de la masa que se mueve por inercia, semiinconsciente de la manipulación que la dirige. Pero tras el rumor y el estruendo de los gritos, percibimos otras manifestaciones del mal, todo un muestrario del mismo: la debilidad y cobardía de los discípulos, que alcanza su cénit en la traición de Judas, acompañada del detalle del beso, gesto de gran familiaridad que, en el contexto de la traición, resulta de un cinismo repugnante; la cobardía de Pedro, que le lleva a negar y renegar de Jesús; el acoso plagado de mentiras e hipocresía en el proceso del Sanedrín, en el que es claro que poco importa la verdad y la justicia, y de lo que se trata es de condenar a cualquier precio al que resulta a todas luces inocente; esa hipocresía se revela en toda su crudeza cuando ante Pilatos se cambia la acusación, de religiosa (blasfemia), en política (sedición), ya que las cuitas teológicas poco podían interesarle al procurador romano; el cual, convencido de la ausencia de culpabilidad del reo, incluso en las materias que a él podían interesarle (sedición, alteración del orden público, amenaza para la pax romana), cede a la injusticia (agravada por la liberación de un reo confeso de asesinato) por cálculo político o por miedo a altercados que, quien sabe, podían dar al traste con su carrera política. En definitiva, podemos contemplar toda la escena con el estupor y la impotencia de ver al inocente ultrajado, humillado, torturado y entregado a la muerte.

Esa lectura podemos trasladarla a nuestro mundo con extrema facilidad. En ocasiones nos embarga la sensación de que este mundo está definitivamente perdido, de que el mal que reina en él es más fuerte que cualquier retoño de bien y de justicia y de que los malvados se salen con la suya, por lo que sentimos la tentación de pensar que, al final, el mal compensa. Esta sensación desalentadora cada cual puede experimentarla desde el peculiar prisma que compone su escala prioritaria de valores. Habrá quien subraye sobre todo las dimensiones relativas a la ética personal, familiar, sexual, etc., y considere que asistimos a una progresiva degradación de las costumbres y a la disolución de valores básicos como el respeto a la vida, la familia, la responsabilidad, el respeto, etc. Otros, en cambio, subrayarán más las dimensiones sociales, políticas, ecológicas del mal: las relaciones injustas y desequilibradas entre ricos y pobres, poderosos y débiles… Todas esas perspectivas son, por lo demás, conciliables, porque el mal, desgraciadamente, tiene muchos rostros, además de mucho poder. Estupidez, debilidad y temor, manipulación, traición, hipocresía, mentira, cinismo, violencia gratuita, humillación del débil, crueldad, injusticia… son todas realidades que componen una red que abarca al mundo entero y que se concentran dramáticamente en la Pasión de Cristo.

Y, sin embargo, el realismo de esta perspectiva es aparente si nos quedamos sólo en ella. Lo mismo que si realizamos una lectura puramente negativa del mundo en el que vivimos. Porque, volviendo de nuevo al relato de la Pasión, si miramos con más detalle, yendo a lo profundo de esa trama de acontecimientos marcados por el sello del mal, no podremos dejar de percibir la luz que emana de todos ellos. Ya la entrada de Jesús en Jerusalén, acogido como el que “viene en nombre del Señor” es la expresión de una fe y de una esperanza que no se han de ver defraudadas, a pesar de todas las apariencias contrarias. Es posible que algunos de los que acogieron a Jesús con entusiasmo cayeran días después presas de la manipulación y pidieran a gritos su crucifixión. Pero no está dicho que todos los que le acogieron cambiaron de bando; muchos sentirían la derrota de Jesús como su propia derrota, la de sus esperanzas. En el prendimiento, el proceso ante el Sanedrín y Pilato, en medio de los ultrajes y las humillaciones, en la misma Cruz, resalta la dignidad de Cristo y su confianza en su Padre hasta el final. El mismo Jesús es la luz que ilumina la oscuridad del momento, la bondad insobornable ante los embates del mal, la libertad soberana que se despoja de su rango por amor y toma la condición de esclavo, y elige así el bando de la víctima inocente en vez del de los verdugos. En ello mismo está diciendo Jesús al abatido una palabra de aliento: nos está diciendo de parte de quién está Dios y qué es lo que salva al hombre al final y a la postre. Esa misma luz que emana de Cristo nos permite ver el amor arrojado que, pese a todo, mueve al débil Pedro a asumir riesgos y, literalmente, meterse en la boca del lobo en su desesperado intento por seguir cerca del maestro; las negaciones de Pedro son producto del temor, pero no de la indiferencia, como lo muestran sus lágrimas. Vemos también a esa misma luz la compasión de un hombre cualquiera “que pasaba por allí”, Simón de Cirene y la de las santas mujeres que miran desde lejos y siguen esperando contra toda esperanza cuando José de Arimatea (otro destello de luz, proveniente esta vez del Sanedrín que condenó a Jesús) hace rodar la piedra del sepulcro. Y es también esa luz la que ilumina la conciencia del centurión en una confesión, “verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”, que es la revelación final a la que tiende todo el evangelio de Marcos desde su primera línea (“Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”), y que significativamente se pone en boca de un pagano, capaz de reconocer lo que los “propios” han sido incapaces de ver: al morir Cristo el velo del templo se rasga, queda atrás la antigua alianza, y se establece una nueva, sellada con la Sangre del Cordero inmaculado, abierta a todas las gentes sin distinción. Es esa luz de Cristo, que alcanza a iluminar en torno a sí a muchos de los protagonistas de esta historia, la que da el verdadero sentido de los acontecimientos y la que alimenta nuestra esperanza: Jesucristo se ha entregado libremente y por amor hasta la muerte y una muerte de Cruz.

Vemos pues en este relato la luz y los destellos de un bien que sigue en pie, con dignidad, sin ceder a las acometidas del mal ni sucumbir a sus seducciones, a pesar de su aparente derrota. Y lo que vemos en este relato podemos y debemos verlo también cuando hacemos la lectura de nuestro mundo. No podemos dejar que la evidencia del mal nos ciegue para esa otra evidencia, a veces casi imperceptible pero perseverante, tenaz, insobornable del bien y de la luz. Nuestra historia (la historia del mundo, las historias más locales que la componen, nuestra situación contemporánea, nuestras personales biografías) encierran en sí, al mismo tiempo, la realidad del pecado y de la gracia: son la historia del mal (la violencia, la injusticia, la traición, el sufrimiento…), pero también son historia de salvación: de entrega generosa, de fidelidad, de honestidad… No podemos cerrar los ojos ante la realidad del mal; pero no debemos sucumbir al pesimismo de pensar que ese mal es la perspectiva única y además la victoriosa (sintiendo así, de paso, la tentación de entregarnos a sus seducciones). En esta misma historia, en sus múltiples niveles, existe la otra posibilidad, la que procede de la luz de Cristo, de su entrega por amor, de su fidelidad insobornable. En nuestras manos está decidir de qué parte queremos estar, a cuál de estas historias queremos pertenecer. Porque, aunque las dos se entrecruzan en nosotros inevitablemente (también nosotros colaboramos con el mal de un modo u otro), podemos tomar la decisión de ponernos del lado de Cristo, reconociendo el mal que hay en nosotros y aceptando la luz que nos purifica y nos va haciendo miembros activos de esa otra historia de salvación.

Hoy, junto con el centurión (que apalabra y representa a todos los “iluminados” de esta historia), al contemplar la Pasión de Cristo y esa otra pasión que se desarrolla a diario en nuestra atormentada historia, somos invitados a confesar con esperanza: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”. Y, por eso, Dios lo levantó y lo seguirá levantando “sobre todo”, también sobre toda forma de mal. La derrota a la que asistimos hoy es el germen de una victoria definitiva, la de Cristo, y, en Él, la de todos nosotros. 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 21.3.2021, Domingo 5 de Cuaresma (B) : «Quisiéramos ver a Jesús»

Santo evangelio según san Juan 12,20-33
Si el grano de trigo cae en tierra y muere,
da mucho fruto

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban: “Señor, quisiéramos ver a Jesús.” Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Entonces vino una voz del cielo: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.” La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo: “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.” Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

 Quisiéramos ver a Jesús

La fama de Jesús, al parecer, ha trascendido fronteras. No sólo las gentes de Galilea y Judea, y también las de la mestiza Samaria y las de los territorios circundantes a Palestina, sino incluso gentes extranjeras que han venido de lejos, “unos griegos”, han oído hablar de Jesús y expresan su deseo de verle. Se anuncia así el universalismo del mensaje de Cristo.

Llama la atención, en primer lugar, la burocracia que provoca la petición: en vez de dirigirse directamente a Jesús, tienen que utilizar una red de intermediarios. Tal vez su condición de extranjeros los llevó a dirigirse a Felipe. El Evangelio especifica que “era de Betsaida”, una ciudad de frontera. El nombre de Felipe es también el de uno de los diáconos elegidos para el grupo de origen helenista y que evangeliza al funcionario etíope en el camino desértico de Gaza, y también en Samaria. Es, pues, un nombre que, por su origen griego, habla de apertura a lo distinto; de ahí, tal vez, que fuera por medio de este Felipe Apóstol como aquellos griegos trataron de cumplir su deseo. Del intermediario Felipe la petición se pasa a uno del círculo más cercano, Andrés, y, por fin, los dos se la hacen llegar a Jesús.

Un segundo detalle de la petición es el modo de expresarla: “quisiéramos…” Suena a “nos gustaría…” Jesús era un hombre que llamaba la atención: su modo de hablar, el contenido novedoso de su doctrina, los signos maravillosos que acompañaban al mensaje. Es normal que los visitantes y los peregrinos oyeran hablar de Él y eso suscitara el deseo de verlo, escucharlo, encontrarse con él, sea por mera curiosidad, o por la posibilidad de ver hechos extraordinarios, tal vez por el deseo de escuchar una nueva doctrina (eran, al fin y al cabo, griegos) o por un motivo más profundo. El Evangelio no nos informa de ello.

Llama también la atención la extraña respuesta de Jesús, que parece que se sale por la tangente. Pero, en realidad, lo que dice tiene pleno sentido. Ver a Jesús no es ver a un predicador, a un profeta, a un milagrero, al fundador de una filosofía nueva. El que quiera ver todo eso deberá dirigirse a otros lugares, a otros maestros. Si se quiere ver a Jesús hay que mirar a la Cruz. No hay otro modo de concertar una entrevista: el dónde (el Gólgota) viene marcado por el cuándo: ha llegado la hora. Es la hora de la glorificación, que es el modo en que Juan expresa, al mismo tiempo, la muerte (la derrota, el sufrimiento, la ignominia) y la resurrección (el triunfo de la vida, del perdón y la reconciliación).

Jesús se refiere con fuerza a lo inevitable de esa cita: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo. Es así: la predicación, las parábolas, los encuentros, los signos extraordinarios, todo lo que Jesús ha hecho y realizado, y que parece que debería llevar a la victoria del reconocimiento, la aceptación y la fundación del Nuevo Pueblo de Dios, en el que la ley estará escrita en los corazones y no en tablas de piedra… exige por el contrario un final en apariencia trágico, de derrota y muerte. Pero sólo así es posible que todo lo anterior, palabras, encuentros y milagros den fruto. La voz del cielo, que suena por nosotros, dice que, pese a la aparente derrota de Jesús en la cruz, Dios está con Él.

Para “ver” a Jesús de manera fecunda, salvadora, hay que ir más allá de la curiosidad, del deseo de ver milagros, o de escuchar doctrinas nuevas, o de descubrir nuevos valores morales y religiosos… Todo eso es insuficiente. Porque palabras y hechos, doctrina y milagros van, en este caso, indisolublemente ligados a la persona misma de Jesús: es Él mismo el centro del mensaje, pues es Él la encarnación de la Palabra, la expresión hecha carne y sangre del amor de Dios para con los hombres. Por eso, sería contradictorio que se quedara todo en mera doctrina (por muy sublime que sea) y en gestos maravillosos (por muy milagrosos que se nos antojen): lo que Jesús anuncia y encarna es un amor más fuerte que la muerte, que sólo dará fruto si pasa por el crisol de la muerte, esa realidad al parecer definitiva que encarna el triunfo del mal y del pecado.

En Cristo la muerte en Cruz, por amor y libremente asumida, se convierte en una glorificación, en la prueba y la manifestación del triunfo del amor sobre el pecado y su fruto, la muerte.

Si queréis ver a Jesús mirad, pues, al Crucificado. Ya no hay tiempo para otras citas. Ha llegado su hora.

¿Qué sentido tiene todo esto para nuestra vida personal y para nuestra vida cristiana? En la vida de todo hombre, de un modo u otro, se hace presente la cruz. No es que haya que buscarla. Siempre se hace presente. Y son esos momentos los que ponen a prueba la autenticidad de unas convicciones y de unos valores, es decir, la fecundidad de una vida. Si uno, por ejemplo, se dedica a las cosas de la Iglesia (a la catequesis, al apostolado y la predicación o a las obras de solidaridad y ayuda a los necesitados), todo eso, que, en sí mismo está muy bien, puede quedar sin fruto, si a la hora de la verdad, uno no acepta la Cruz (que puede tener mil rostros: falta de éxito o reconocimiento, a veces conflictos con los más cercanos, con la misma Iglesia). Porque sólo ahí, en la Cruz aceptada, se identifica uno de verdad y hasta el final con Cristo. De otro modo, todo lo realizado, con estar muy bien, puede quedarse en una prédica moral o una actividad altruista, pero sin llegar a ese momento cumbre en el que el amor se hace carne y sangre y pide, de un modo u otro, dar la vida; o, por decirlo de otro modo, uno puede trabajar por el Reino, dar su tiempo y sus capacidades, y, al mismo tiempo, estar salvaguardando para sí la propia vida (exigiendo, por ejemplo, reconocimiento, éxito o estatus), en vez de darla.

Algo similar sucede en las otras vocaciones cristianas. El matrimonio, por ejemplo. El proyecto de vida en común basado en un amor humano elevado a sacramento y, por tanto, signo y realidad del Amor de Dios, de la presencia de Cristo, no es un camino de rosas. Las crisis, el cansancio, las limitaciones de uno y otra, con frecuencia las ofensas, los disgustos que dan los hijos… son formas variadas en que la Cruz se hace presente y nos pone a prueba. La fidelidad, la perseverancia, los elementos tal vez grises de un amor verdadero tienen también un componente de Cruz, que, si no se aceptan, pueden dar al traste con una relación humanamente muy bien cimentada. La fidelidad “hasta la muerte” no es sólo una referencia cronológica (“hasta que la muerte nos separe”), sino la voluntad y la confianza de establecer un vínculo más fuerte que la muerte: en Cristo, realmente, ni la muerte nos separa, porque en la muerte en Cruz (en el amor hasta dar la vida), la vida entregada se hace fecunda y da fruto. Es ahí, precisamente, donde la ley se nos graba en el corazón.

Además de las cruces personales, están las otras, las presencias vivas de los que viven en el sufrimiento y del lado de los cuales se ha puesto Jesús, haciéndose uno de ellos. También en esa dirección hay que mirar para verlo, aceptarlo y servirle.

No es pues sólo cosa de doctrina o de trabajo, sino también de seguimiento, de “estar allí donde está Él”. Ya sabemos dónde.

Aquellos griegos que querían ver a Jesús probablemente fueron testigos de los acontecimientos que se desencadenaron inmediatamente después: estamos en la quinta semana de Cuaresma, al borde ya de la Semana Santa. Este domingo habla siempre de muerte y de vida: de cómo la muerte se transforma en vida, de cómo la vida vence a la muerte. Jesús, elevado sobre la tierra se hizo bien visible y accesible para todos. Griegos y judíos, buenos y malos, lejanos y cercanos… todos pueden verle, a todos atrae hacia sí.

Si en alguna ocasión alguien (pongamos, “unos griegos”) nos dicen que quisieran ver a Jesús (conocerlo, saber de Él, descubrirlo entre nosotros, en la Iglesia), podemos hablarles de sus palabras y obras (de la doctrina cristiana, de los sacramentos y las obras de caridad), pero no deberemos omitir ese momento clave, el de la hora decisiva, el de la Cruz, como el lugar de la plenitud de un amor hasta la muerte, que derriba fronteras, atrae a todos y da frutos de vida nueva.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 14.3.2021, Cuarto Domingo de Cuaresma (B) : «A la luz por la cruz»

Santo evangelio según san Juan 3,14-21
Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.»

A la luz por la cruz

La primera lectura que abre el mensaje de la Palabra no parece tener una relación clara con el evangelio. Podría entenderse en el sentido del refrán: “después de la tempestad, viene la calma”; es decir, tras el castigo del exilio, viene la reconciliación y la vuelta a casa; o, mirando ya directamente al Evangelio, después de la noche llega la luz: a través de la Cruz (a la que el Hijo del hombre tiene que ser elevado, como la serpiente en el desierto), se vislumbra ya la luz de la resurrección.

La luz es, de hecho, el tema central del cuarto domingo de Cuaresma (en el ciclo A, que es el que marca la pauta, se lee el texto del Ciego de Nacimiento). Y de la luz habla Jesús en su conversación con Nicodemo.

Nicodemo, es bueno recordarlo, fue a ver a Jesús “de noche” (v. 2). Nicodemo es un discípulo “nocturno”, que rehúye la luz. Es un discípulo “en secreto, por miedo a los judíos” (Jn 19, 38-39), de esos que “no lo confesaban, para no ser excluidos de la Sinagoga” (Jn 12, 42).

La noche es aquí una situación vital, no un tiempo del día. La noche sirve para esconderse, como sucede con los que obran perversamente, que detestan la luz, porque los denuncia y pone al descubierto sus malas obras. Pero también puede servir sencillamente para no arriesgar, para vivir una vida tranquila, para sí, sin complicaciones. En la noche de la que se habla aquí viven también buenas personas, como Nicodemo, que mira a Jesús con simpatía, como alguien que viene de Dios, que se acerca a Él (aunque de noche), lo reconoce como maestro y admira sus obras extraordinarias. Sin embargo, no da el paso de la fe, de la confesión, del seguimiento. Eso exige salir a luz, arriesgar, adoptar un modo de vida que te la complica, te pide arriesgar tu estatus social (que, en este caso, es religioso, en el nuestro puede ser otro, social, político, laboral…), tu prestigio, el buen nombre que te has labrado; o, quien sabe, tal vez romper con algún otro aspecto inconfesable de la propia vida.  

De hecho, la obra buena de la que Jesús habla y que nos acerca a la luz es, ante todo, la confesión de Jesús como Mesías, y, en consecuencia, la adopción de su modo de vida. Y entonces, inevitablemente, aparece en el horizonte la cruz. La cruz, tal como se plantea en el evangelio de hoy, en relación con el creyente temeroso  y apocado, nocturno, con Nicodemo, es, efectivamente, la capacidad de arriesgar las seguridades (sociales, convencionales, incluso religiosas) que son propias de las “buenas personas”, pero que prefieren creer para sí, de noche, sin confesar públicamente, sin molestar al entorno hostil, en una palabra, sin aceptar la cruz de Jesús.

El evangelio de hoy, en que encaminamos la recta final de la Cuaresma, nos interroga por la calidad de nuestra confesión de fe. Puede ser que seamos, también nosotros, creyentes nocturnos, que prefieren la oscuridad a la luz, aunque nuestras obras no sean perversas. La perversidad de que habla Jesús, recordémoslo una vez más, es ante todo la ausencia de confesión y testimonio, la falta de valor para salir a la luz.

La tentación de la noche es permanente, propia de todo tiempo. También en épocas oficialmente religiosas, incluso cristianas, era difícil dar la cara y confesar hasta la aceptación de la cruz. La época de Jesús era hiperreligiosa. También lo era, y en sentido cristiano, la de Francisco de Asís o la de Teresa de Jesús. Y, sin embargo, para ellos, tomarse su fe en serio y salir a la luz supuso riesgos, renuncias e incomprensiones. Hoy en día, en nuestro entorno, también hay dificultades específicas. No vivimos tiempos de persecución violenta (aunque no debemos olvidar, que hay quienes sí que la padecen, en India o Nigeria, por ejemplo, por el mero hecho de ser cristianos, en otros lugares, más o menos oficialmente cristianos, por defender causas justas). Pero hoy en el mundo occidental, cada vez con más claridad, ser cristiano se está convirtiendo en una postura políticamente incorrecta, mal vista, objeto de una tolerancia desganada y desdeñosa, ya que choca con muchos de los estándares dominantes en múltiples campos (desde luego en materia sexual, matrimonial, bioética, pero también en otros). Por eso, también nosotros sentimos la tentación de vivir una fe “a lo Nicodemo”, en la noche, sin luz ni taquígrafos, en nuestro fuero interno (con esa idea tan peregrina de que la fe es “una opción personal”, como si lo personal fuera lo meramente privado, y no tuviera relevancia pública), sin tocar temas problemáticos (y, eso sí, sacando pecho en los que se atraen el aplauso de lo políticamente correcto), sin molestar mucho al entorno, en el fondo sin dar testimonio explícito a la luz del día, en una palabra, sin Cruz.

Pero en la Cruz está Cristo. De eso nos habla hoy la Palabra: un cristianismo sin confesión, sin luz y sin cruz es, al final, un cristianismo sin Cristo, moralina para espíritus delicados.

Se nos llama hoy, pues, a salir a la luz confesando. No es una luz que Dios nos envíe para condenarnos, juzgarnos o ponernos en evidencia: “Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo”; estamos hechos para la luz; y esa luz (de la fe confesada) nos da vida, nos regenera, nos da fuerzas para realizar “obras según Dios”.

¿Qué obras son esas?

La Cruz de la que nos habla Jesús y que nos hace ya vislumbrar la luz es la manifestación de un amor inmenso del Padre (“tanto amó Dios al mundo…”), que nos entrega a su Hijo para que nadie perezca, para que tengamos vida en abundancia, una vida plena, que eso significa vida eterna, y que, como con tanta fuerza dice hoy san Pablo, está ya operando entre nosotros (fijémonos en que usa tiempos en presente y en pretérito perfecto, que hablan de presencia y realización ya ahora).

Volvamos brevemente a la primera lectura. Si ese vínculo entre la situación de penuria (tempestad, exilio, etc.) con el “happy end” resulta problemática en relación con la compresión del Evangelio, es porque no se trata de algo automático, como el refrán citado puede dar a entender. No se trata de una “nueva era” (New Age) que adviene por combinaciones de estrellas. El Dios que “tanto amó al mundo hasta entregar a su Hijo” es un Dios dialogal, que no fuerza nuestra libertad. Nos llama a tomar postura, a ir a verle a plena luz, a hacer la buena obra de confesar a Jesús: “la obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado” (Jn 6, 29). Eso puede llamarse, por ejemplo, participar en la Eucaristía los domingos, defender sin avergonzarnos valores cristianos, no tener miedo de confesar que lo somos. Si no lo hacemos así, estaremos, no sólo permaneciendo en la oscuridad, sino también ocultándoles la luz a otros: podemos plantearnos el testimonio que estamos dando a los propios hijos: nuestra fe escondida en el fuero interno puede convertirse en ellos en total ausencia de fe, de luz y de esperanza; podemos estar ocultando a “las edades (generaciones) futuras la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús”, de la que Pablo nos habla hoy con vehemencia.

Es evidente que la fe debe llevar a las buenas obras de ayuda y solidaridad. Eso es una constante de la verdadera fe. Pero, puesto que esas obras gozan de buena prensa en nuestros días (es uno de los rasgos positivos del tiempo en que vivimos), y puesto que lo que está en crisis es la raíz explícitamente religiosa que hace posible esas obras, tal vez Dios nos esté llamando, en estos tiempos aciagos para la fe, a la buena obra de una confesión explícita, que, sin miedo a las consecuencias, abandone la noche y salga a la luz.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 7.3.2021, Domingo 3 de Cuaresma (B) : «Defender a Dios para defender al hombre»

Santo evangelio según san Juan 2,13-25
Destruid este templo, y en tres días lo levantaré

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.» Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.» Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús. Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 Defender a Dios para defender al hombre

 El Evangelio de hoy comienza con un gesto sorprendente de Jesús. Algunos se pueden escandalizar de que el Mesías del amor y la mansedumbre se deje llevar de repente por un arrebato de ira y de violencia. Otros, en cambio, celebran el gesto y lo interpretan como un claro alegato a favor del uso legítimo de la violencia, incluso en defensa de valores religiosos. Sin embargo, ni el texto ni el contexto permiten interpretar este episodio en términos de ira, menos aún de violencia. No se trata de dirimir aquí el espinoso problema del uso legítimo de la violencia: la doctrina de la Iglesia al respecto, pese a todas las dificultades específicas que hoy entraña la cuestión, es clara y sigue siendo válida (cf Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2307-2317). Pero no parece admisible que aquí se trate de una explosión de cólera, en la que Jesús no pudo controlarse; ni tampoco puede hablarse de un acto de violencia en sentido estricto. Se trata más bien de un acto de purificación del templo, cargado de simbolismo y de connotaciones para el mismo Jesús y para sus seguidores.

El gesto de Jesús no es tampoco un alegato contra el comercio o las actividades financieras como tales. El que se vendieran animales para la celebración de la Pascua, y el que hubiera cambistas de moneda en un momento de gran afluencia de fieles de todas las partes del mundo, no puede considerarse algo anómalo. El problema estaba en que vendedores y cambistas habían invadido poco a poco el espacio del Templo, es decir, habían ocupado el lugar reservado exclusivamente para Dios. Y al quitarle a Dios su lugar propio, hacían esas actividades no sólo estériles (al perder su sentido religioso), sino verdaderas profanaciones sacrílegas, que en eso consiste poner cualquier cosa, incluido a uno mismo, en el lugar de Dios.

Con su gesto purificador, Jesús restablece el sentido verdadero de lo religioso, el templo como lugar de encuentro con Dios, y la pureza de la Ley que ese templo y aquellos ritos, deformados por la idolatría del dinero, representaban. Al defender el lugar sagrado, la posibilidad de encontrarse con Dios en la casa de oración, al defender, en suma, la santidad de Dios, Jesús está purificando al mismo tiempo la causa del hombre, que es la imagen de Dios.

El texto del Éxodo, en que Dios da al pueblo las diez Palabras, que expresan su santidad y su voluntad de salvación para con el hombre, arrojan mucha luz sobre el pasaje evangélico. Dios se presenta como un salvador y liberador incondicional: transmite su ley al pueblo, no como condición de la liberación, sino después de haberlo liberado. Los primeros mandamientos proclaman la unicidad, santidad y celo de Dios. Nada ni nadie puede ponerse en el lugar de Dios, ni usar su nombre para fines cualesquiera, antes bien, el hombre debe reconocer e inclinarse ante este Dios que lo bendice y lo salva. Tras esos primeros tres mandamientos, expresados con detalle y solemnidad, se desgranan con rapidez lacónica las consecuencias de la fe y el verdadero culto: si el hombre reconoce a Dios, habrá de reconocer necesariamente al hombre y, en primer lugar, a los que mejor representan al Dios creador para él: sus propios padres. Después, como consecuencia necesaria de haber desterrado la idolatría (la divinización de lo mundano, la absolutización de lo relativo) y de haber reconocido al único Dios, quedan desterradas también la violencia homicida, la infidelidad, el robo, la mentira, la codicia y la envidia… En suma, todo lo que envilece al hombre y empaña la obra de Dios. Vemos que defender la causa de Dios es el mejor modo de defender la causa del hombre. Por el contrario, cuando cosas relativas (el dinero o el poder, la libertad, el bienestar y el placer, el saber, cosas necesarias y, por eso, en principio, buenas si están donde deben estar) ocupan el lugar de Dios, se desatan fuerzas diabólicas que desafían a Dios y producen aquello que la santidad de Dios había prohibido y exorcizado: la codicia, la opresión, la mentira, la muerte, la falsedad, la soberbia… Y el hombre, así encumbrado, acaba destruyéndose a sí mismo.

Es verdad que el ser humano ha cometido y sigue cometiendo esas acciones abominables no sólo como expresión de su debilidad y su propia maldad, sino incluso, con demasiada frecuencia, en el nombre de Dios (o de otros valores divinizados, que han querido ocupar su lugar). En todos estos casos, se tergiversa la imagen de Dios, se abusa de su santo nombre y, por mucho que se pretenda lo contrario, no se le tributa el culto debido. Pero es precisamente por esto por lo que el gesto de purificación de Jesús, incluso a riesgo de entenderse mal (como un arrebato de ira), es imprescindible. Es preciso rescatar el espacio propio de Dios, gracias al cual el hombre se descubre a sí mismo en su dignidad, descubre en los demás la imagen de Dios y la exigencia de respeto y de benevolencia.

Comprendemos, a la luz de los mandamientos, que hay una profunda lógica en ese acto de purificación que trasciende con mucho el episodio de los cambistas y los vendedores de palomas. La purificación siempre es un proceso doloroso, difícil. En primer lugar, porque parte de una situación de impureza que no siempre estamos dispuestos a reconocer, y exige renuncias para las que no siempre estamos preparados. La necesidad nos purifica del apego a lo superfluo (tal vez aquí podríamos ver una oportunidad positiva de las crisis); la enfermedad nos purifica de la autosuficiencia, y así sucesivamente. En segundo lugar, porque los medios purificadores nunca son livianos. Basta pensar en la lejía o el fuego. La misma agua, que parece más inocente, cuando purifica de verdad, no es tampoco inane. De hecho, el agua del Bautismo es una participación en la muerte de Cristo. Y es de esto mismo es de lo que habla Jesús cuando, increpado por sus adversarios, justifica su acción: el verdadero templo (del que el de Jerusalén es sólo figura provisional), el lugar de la plena comunicación con Dios, en el que se puede orar en espíritu y verdad, es su cuerpo, la persona misma de Cristo Jesús. Y es ese templo-cuerpo el que ha de ser purificado con la purificación de la muerte.

El Cristo crucificado, escándalo para los espíritus delicados, necedad para los entregados a los ídolos de este mundo, es la fuente de una sabiduría que nos purifica definitivamente de todos los falsos dioses y restituye nuestra dignidad. Porque el templo que ha de ser purificado es también el templo que somos cada uno de nosotros (cf. 1Cor 3, 16) y que, si lo miramos bien y sinceramente, también se ha ido llenando de animales y cambistas que le roban el espacio a Dios. No seremos unos canallas, vale; incluso podemos decir que somos “buenas personas”. Pero, ¿estamos seguros de no haberle robado a Dios, poco o mucho, el espacio que le pertenece sólo a Él? Porque, repitámoslo, nosotros mismos somos templos de Dios, en los que habita, o quiere habitar el Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús.

Si vivimos como olvidados de Dios, los cambistas de un género u otro irán invadiendo el terreno del lugar sagrado. Y al hacerlo, iremos perdiendo sensibilidad no sólo para Dios, sino también para el bien debido a los hombres, igualmente templos e imágenes de Dios; abriremos espacios en los que intereses mezquinos, egoísmos pequeños o grandes, iras y fobias enquistadas, dosis más o menos grandes de odio, etc. (cada cuál que se examine) se irán adueñando de la escena.

Si todo esto es así, no sería malo que nos dejásemos sacudir por el látigo de Jesús, por el agua bautismal de la purificación, por el fuego del Espíritu, por el sacramento de la reconciliación. Puede ser que pasar por ese trago desbarate un poco nuestros enquistados esquemas, pero será un ejercicio saludable de renovación y de profundización que nos ayudará a entrar en la lógica de esa sabiduría de la cruz, de una muerte por amor que nos limpia de todos nuestros pecados, nos enseña que el sentido de la vida y el verdadero culto a Dios está en la entrega generosa de la propia vida, y nos va preparando a la plena participación (litúrgica dentro de unas semanas, existencial a lo largo de nuestra vida cristiana, definitiva tras la purificación de la muerte) en la vida de la Resurrección que Jesús nos ha prometido y ha conquistado ya para todos los que creen en Él y se dejan purificar por Él.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo