Homilía del 31.1.2021, Domingo 4 del Tiempo Ordinario (B) : «Asombrados de su doctrina»

Santo evangelio según san Marcos 1,21-28
Enseñaba con autoridad

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

Asombrados de su doctrina

La admiración y el asombro que suscita la predicación de Jesús índica muy a las claras la índole de esa predicación y, sobre todo, la de quien predica. Jesús no es sólo un “predicador” que transmite una nueva filosofía de la vida o una elevada doctrina moral, ni siquiera una nueva religión. De hecho, el texto de hoy nos da a entender que no es sobre todo el contenido de su predicación, sino el modo de transmitirla lo que provoca el asombro de sus oyentes: no predica como los escribas, sino con autoridad (o con poder – ἐξουσίαν): no se limita a transmitir o comentar una palabra ajena, sino que por medio de sus palabras es Él mismo el que se revela y se da, y esa palabra tiene un poder benéfico, es eficaz, toca por dentro, cura, hace crecer (que es lo que significa etimológicamente “autoridad”, del latín “augere”, promover, aumentar, hacer progresar). Jesús es el cumplimiento de una antigua promesa, la que hoy leemos en la primera lectura: la promesa de un profeta al que se puede escuchar, que habla palabras de vida y no de muerte, un profeta que no suscita el terror sagrado, porque es uno sacado de entre nosotros, “de entre tus hermanos”. Pero Jesús, además, supera con creces esa promesa, porque no se limita a transmitir palabras verdaderas de parte de otro, sino que Él mismo es la Palabra encarnada, que porta en sí la Verdad de Dios. De ahí la autoridad que despierta la sorpresa de una novedad inaudita.

La autoridad de la palabra y persona de Jesús se manifiesta, además de en la novedad de la doctrina y en el modo de comunicarla, en su eficacia: Jesús cura o, como queda patente en el evangelio de hoy, somete a las fuerzas del mal.

A veces sentimos desaliento y desánimo ante la potencia y la omnipresencia de estas fuerzas, de los espíritus inmundos. Tenemos la impresión de que esos espíritus son más fuertes y eficaces que el espíritu del bien. Están por todas partes, no sólo en los “centros oficiales del mal”, sino que se sientan también en la Sinagoga, en la Iglesia, en los lugares santos. Esto significa que debemos evitar la frecuente tentación simplificadora de identificarlos con una causa única, que además solemos colocar fuera de nosotros, que siempre se encuentra en “los otros”. Unos hablan de “los mercados” o el “neoliberalismo”, otros del “marxismo” o del “ateísmo”, los de más allá de los masones o qué sé yo qué grupos, como queriendo así exorcizarlos de sí, del propio entorno, que estaría completamente exento de ese mal radical descubierto en los demás. Pero el evangelio de hoy nos dice que el espíritu inmundo lo tenía “un hombre”, uno cualquiera, en nada distinto de cada uno de nosotros. Y que se sentaba “precisamente” en la sinagoga. La raíz del mal anida en nuestro interior, está entre nosotros, incluso en los que se sientan o nos sentamos en el ámbito de lo sagrado. Todas esas otras expresiones del mal a que hemos aludido lo serán en una u otra medida, pero al final, si queremos combatirlo en su raíz, tenemos que mirarnos a nosotros mismos, y tratar de identificar qué espíritus inmundos nos habitan en concreto.

Los espíritus inmundos, que poseen tantos rostros y tantas formas de presencia, tienen en común que no escuchan la Palabra, sino que, al contrario, se encaran con ella, y la desafían a gritos. Aunque, al hacerlo, ya están reconociendo con temor la autoridad de Jesús. Nosotros, que sabemos por experiencia (propia y ajena) la enorme dificultad, la casi imposibilidad de vencer a esos espíritus inmundos en nosotros y en nuestro mundo, podemos hacer la experiencia de someternos a la Palabra de la Verdad que es Jesús, y sentir así el asombro de su autoridad y la admiración de su eficacia. Sólo esa Palabra cercana (es uno de nuestros hermanos) es capaz de desenmascarar, mandar, hacer callar y expulsar al espíritu inmundo. Jesús vence al mal, pero salva al que está poseído por él, destruye el pecado pero salva y libera al pecador. La Palabra, la persona de Jesús es el único exorcismo eficaz contra las fuerzas del mal, contra los espíritus inmundos, porque, allí donde suena y actúa, y donde es acogida, va abriendo espacios al Reino de Dios. Por eso no suscita terror, sino asombro y, sobre todo, confianza. La confianza es la dimensión central de la fe en Dios, en el Dios cercano que es Jesucristo.

Esta fe confiada hace reales posibilidades inéditas de vida nueva. Las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy son una buena ilustración a este respecto. Percibimos en ellas una exhortación a un género de vida que en nuestros días no goza de buena prensa. Son muchos los “espíritus inmundos” que gritan desafiantes contra él declarándolo imposible e inhumano. Lo más curioso (y triste) es que esos gritos se escuchan con frecuencia dentro de la misma Iglesia (aunque después de leer el evangelio de hoy no debe extrañarnos). Pablo, que en ningún momento rechaza o cuestiona el matrimonio, antes bien, lo ensalza como una vocación cristiana de extraordinario valor, signo sacramental del amor de Dios y de Cristo a su Iglesia, señala también el camino de la plena consagración a Dios, en una vida célibe, la que él mismo ha elegido para sí. Es un ideal realmente inaudito, que requiere una libre elección (cf. 1Cor 7, 25), y que, por muy imposible que le pueda parecer al espíritu del mundo, es una posibilidad abierta por el mismo Cristo, que vivió con un corazón indiviso, completamente entregado a las cosas del Padre. Para poder hacer propio ese género de vida (como también el encarnado en el matrimonio cristiano, indisoluble) es preciso abrirse a la eficacia y la autoridad de la Palabra que nos libra de nuestros espíritus inmundos, que nos habilita para lo que a nosotros mismos nos parece fuera de nuestro alcance, cada uno en su vocación: el casado en entrega fiel a su cónyuge y sus hijos, el llamado a la virginidad consagrada en un género de vida célibe, preocupado de los asuntos del Señor; unos y otros abiertos en fe a la admiración y el asombro ante esta Palabra nueva, cercana, eficaz, llena de autoridad y de vida.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 24.1.2021, Domingo 3 del Tiempo Ordinario (B) : «La cercanía del Reino y la llamada a la conversión »

Santo evangelio según san Marcos 1, 14-20
Convertíos y creed en el Evangelio

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

La cercanía del Reino y la llamada a la conversión

Tras el Bautismo y las tentaciones, que Marcos presenta de manera bien escueta, el evangelista introduce el inicio de la actividad pública de Jesús con una especie de sumario del contenido esencial de su mensaje (que se desplegará después en palabras y acciones) y la llamada de los primeros discípulos, con los que empieza a “reunir a las ovejas dispersas de la casa de Israel” (Mt 15, 24), a formar el nuevo pueblo de Dios.

Esta actividad comienza precisamente allí donde acaba la de Juan: “Cuando arrestaron a Juan”. Jesús toma el testigo de aquel del que, según algunos, había sido un tiempo discípulo. Y,  aparentemente, su mensaje no se distingue demasiado del de Juan: la cercanía del Reino y la llamada a la conversión. Pero, ya el hecho de que el evangelio señale una delimitación temporal, indica que, pese a la familiaridad entre Juan y Jesús, con este último empieza un tiempo nuevo; a pesar de la similitud del mensaje, el de Jesús conlleva novedades radicales. En realidad, ya Juan lo había expresado de diversas formas: avisando de que él no era el Mesías, resistiéndose a bautizar a Jesús, reconociéndolo como el que había de venir, remitiendo a Jesús a sus propios discípulos (como atestiguaba el evangelio de Juan la semana pasada).

La primera gran novedad es que el Reino de Dios y su cercanía ya no es un acontecimiento amenazante y que suscita temor (similar al anuncio de Jonás), sino un “evangelio”, una “buena noticia”. En segundo lugar, esta buena noticia no es una promesa futura (aunque ya inminente, como en el mensaje de Juan Bautista), sino que “el plazo se ha cumplido” y esta cercanía es ya una presencia. Y es que el Reino de Dios de que habla Jesús no es un determinado orden social o político, no es una “nueva era” que se nos echa encima inevitablemente por fantásticas combinaciones estelares, no es tampoco (sólo, ni sobre todo) la revelación de una nueva cosmovisión de tipo filosófico, metafísico, moral… El Reino de Dios es el aviso y la noticia, la buena noticia, de que Dios reina, de que está ya entre nosotros y es posible encontrarse con Él. Lo notable de esta noticia es que esa presencia y esa posibilidad de encuentro es incondicional, no está reservada a unos pocos privilegiados, no está ligada a una determinada pertenencia nacional, racial, social, moral… Se trata de una presencia humana, accesible a todos, incluso a los habitantes de Nínive, la gran ciudad, paradigma del mal y la enemistad con Israel. El Reino de Dios está cerca porque es el mismo Jesús el que lo porta en sí. La voz que escuchó a la orilla del Jordán en el momento del bautismo, “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” (Mc 1, 11) es la experiencia fundante de todo el ministerio de Jesús, y es esa paternidad de Dios la que Jesús transmite con su presencia cercana y humana. Gracias a Jesús, a su presencia en este mundo concreto, en el que no reinan condiciones ideales, al revés, en el que hay violencia, injusticia, pobreza, sufrimiento… en este mismo mundo, se ha hecho presente el Reino de Dios, no como una utopía fantástica, sino como una posibilidad real: es posible, ya en este mundo, en esta historia, ingresar en ese Reino y vivir de acuerdo con sus leyes, porque Jesús mismo lo encarna en su persona; y Él está en medio de nosotros.  

Puede objetarse que no es del todo cierto que la oferta se haga incondicionalmente. De hecho, al parecer, Jesús plantea condiciones, digamos, morales, similares de nuevo a las de Juan Bautista: “convertíos”. Sin embargo, también en esta llamada, idéntica si nos atenemos a las palabras, suena un eco nuevo. En el caso de Juan se trataba ante todo de una acusación, de una denuncia de nuestra condición pecadora (cf. Mt 3, 7-10; Lc 3, 7-14). En el caso de Jesús, sin negar esa dimensión, hay que entenderlo en un sentido positivo. Se trata, también aquí, de la buena noticia de que es posible vivir de otra manera, de que tenemos posibilidades más altas y mejores, de que no tenemos que resignarnos a una vida caduca y sin horizontes. Jesús nos abre la posibilidad de romper con lo que nos ata y esclaviza, y de desplegar lo mejor de nosotros mismos: ser, con y en Él, hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros. Convertirse es “creerse” que esa buena noticia es verdad, es real. Decíamos antes que Jesús aparece en un mundo en el que reinan condiciones no ideales, en que reinan el mal, la violencia, la injusticia. Creer que es posible “ya”, en este mismo mundo, ingresar en el Reino de Dios, significa creer que “yo”, cada uno de nosotros, si queremos, unidos a Cristo, podemos empezar a vivir según las leyes, no de ese reino de violencia e injusticia, sino de este otro Reino que Jesús nos anuncia y regala. Es verdad que ello no nos evita, en ocasiones, padecer la injusticia y la violencia, el sufrimiento en todas sus formas (Jesús mismo lo padece hasta el final), pero sí que nos evita el ser nosotros mismos autores de injusticia, violencia y toda otra forma de ese mal que, al parecer, tan fuerte e inevitable es en nuestro mundo. Creer en la buena noticia del Reino de Dios significa afirmar que por muy fuerte que parezca ese mal, no es algo inevitable y a lo que tengamos que plegarnos resignadamente. Tal vez no consigamos cambiar la faz del mundo entero (ni Jesús, al parecer, al menos humanamente, lo consiguió); pero lo que sí podemos es unirnos a Él y convertirnos en el germen, la semilla y el inicio de ese mundo nuevo, ya presente y operante en el viejo, en el que reinan la paz y la justicia, la fraternidad universal de los hijos de Dios. Desde aquí se entiende que el anuncio de la cercanía y la presencia del Reino de Dios y la llamada a la conversión, son el anuncio y la llamada a la libertad.  

Jesús nos llama e invita a unirnos a ese proyecto. Los primeros discípulos responden con una sorprendente generosidad e rapidez: “inmediatamente”. Dejaron las redes, es decir, se desenredaron de los lazos de ese mundo viejo y se pusieron en camino. En el mismo no dejarán de tener dificultades, oscuridades, conflictos entre ellos mismos, incluso caídas; pero, ya desenredados, su camino es un proceso de aprendizaje vital de la persona del Maestro y de las leyes del nuevo reino (en síntesis, la ley del amor), un proceso de renovación personal en el que, sin dejar de ser lo que eran (pescadores), desplegarán lo mejor de sí mismos y desarrollarán posibilidades más altas (pescadores de hombres).

Vivir como ciudadanos del Reino de Dios en medio de las condiciones de este mundo, eso es a lo que nos llama Jesús; y eso es lo que expresa, con esa extraordinaria profundidad que le caracteriza, la carta que Pablo nos ha enviado esta semana: porque el plazo se ha cumplido, sentimos el apremio de vivir ya según los valores definitivos del Reino de Dios, según la ley del amor; ello no significa negar los valores de este mundo (aunque sí el compromiso y la voluntad de romper con sus desvalores), sino situarlos a todos ellos en la perspectiva de aquellos otros. Es decir, no podemos vivir en este mundo como si esta fuera nuestra morada definitiva, sencillamente porque no lo es. Luego hemos de permitir que en estos afanes (la familia, el trabajo, las aficiones, la amistad, todas esas cosas que enriquecen nuestra vida; pero también nuestras enfermedades, tristezas y limitaciones, todo aquello que nos agobia de un modo otro) que, inevitablemente nos ocupan cada día, reine también Dios, también en todos ellos seamos y nos comportemos como cristianos, seguidores de Jesús, hijos de Dios, hermanos entre nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 17.1.2021, Domingo 2 del Tiempo Ordinario (B) : «Vieron dónde vivía»

Santo evangelio según san Juan 1, 35-42
Vieron dónde vivía y se quedaron con él

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: – «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: – «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: – «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: – «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: – «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Vieron dónde vivía

«Me preguntan sin cesar: “¿Dónde está tu Dios?”» Estas palabras del salmo 42 expresan muy bien un rasgo propio de nuestra cultura contemporánea. Parece que se ha perdido de vista a Dios, y las personas que todavía seguimos afirmando nuestra fe en Él nos encontramos continuamente cuestionadas: «¿Dónde está vuestro Dios?» Y no siempre sabemos bien qué contestar, en qué dirección indicar. Como en tiempos de Samuel, pudiera parecer que también en nuestro tiempo se ha hecho rara la Palabra del Señor (1 Sam 3, 1). Y los argumentos más o menos teóricos a favor de la existencia de Dios apenas mueven a nadie. Por mucha validez que esos argumentos puedan tener (que la tienen, y más de la que a veces se quiere reconocer), es verdad que por sí solos no sirven para fundar una experiencia religiosa. Y menos aún una experiencia religiosa cristiana. Porque esta es la cuestión decisiva sobre la que la Palabra de Dios llama hoy nuestra atención: convencernos de que Dios habita entre nosotros, de que se ha hecho cercano con la cercanía de la carne, y está pasando junto a nosotros. Ante la pregunta desafiante «¿Dónde está tu Dios?», Juan nos ofrece hoy una respuesta chocante y atrevida, pero que es la única definitivamente válida, la que los cristianos tenemos que dar: «Éste es el Cordero de Dios» mientras señalamos a Jesús que pasa. Dios no está sólo en el Cielo, sino que está también entre nosotros, caminando por nuestras calles y plazas. Y nosotros, que nos decimos creyentes, tenemos que aprender a reconocerlo mientras pasa.

Hoy Juan cumple su misión llevándola hasta el final, cuando remite a sus propios discípulos a Aquel que es mayor que él, y ante el que él tiene que ceder y hacerse pequeño. Las postreras palabras proféticas de Juan señalan a Jesús no sólo como el Mesías, sino como el “Cordero de Dios”, con lo que da ya a entender el sentido sacrificial y no triunfante de este mesianismo. Este detalle nos hace entender por qué es tan difícil escuchar las palabras de los profetas auténticos, que nunca nos regalan los oídos; pero también por qué es tan importante prestarles atención: sin ellos no nos sería posible (o, al menos, nos resultaría muy difícil) discernir la presencia del Señor, descubrir su Palabra. Estas mediaciones son imprescindibles y no siempre dependen de la calidad moral o de la santidad del mediador: el poco ejemplar Elí hace de mediador para Samuel, igual que el mayor de entre los nacidos de mujer, el irreprochable profeta Juan, hace de mediador para Andrés y el otro discípulo (que solemos identificar con el discípulo amado, aunque el texto nada diga al respecto). En el inicio del ministerio de Jesús, al comienzo de este tiempo litúrgico ordinario, Eli y Juan nos invitan a meditar sobre el papel mediador de los que nos han ayudado a creer, también sobre el necesario papel mediador de la Iglesia, que no podemos juzgar (aceptar o rechazar) sólo por la calidad moral de sus representantes, si bien esa calidad es ciertamente de gran ayuda.

Ahora bien, la mediación de profetas y sacerdotes no debe sustituir la experiencia propia. Andrés y el otro discípulo, tras escuchar a Juan, se van en pos del Maestro y le preguntan dónde vive; quieren establecer con él un contacto personal, entablar una relación de tú a tú. En el camino de la fe no podemos contentarnos con vivir de las rentas o de las migajas de la experiencia ajena. Esto es muy frecuente por desgracia: vivir parasitariamente de la fe y del compromiso de otros, que damos por supuestos, incluso por buenos, a los que acudimos de cuando en cuando, en momentos puntuales, cuando nos conviene y nos hace falta (ya se sabe, bautizos, bodas y funerales), pero sin buscar la experiencia propia, el encuentro personal, la relación directa con Aquél que ha venido a nuestro espacio y nuestro tiempo, que vive entre nosotros y es accesible a todos los que lo quieran encontrar. Como quisieron Andrés y el otro discípulo, que se fueron siguiendo a Jesús.

El Evangelio de hoy nos da a entender lo importante que es el ver y el mirar: Juan “se fijó” en Jesús, éste les dice a los discípulos “venid y veréis”, ellos fueron y “vieron”, Jesús se “quedó mirando” a Pedro. El ver, mirar, fijarse habla precisamente de una experiencia propia, directa, que cada uno tiene que hacer; el contacto es tan importante como los contenidos de la conversación, o más, pues la palabra requiere el “estar-con”, que es la esencia de la vida cristiana.

Y este mismo texto nos sugiere que es necesario y urgente tomar una decisión. La hora del encuentro, la hora décima, las cuatro de la tarde, nos habla de un día que todavía da de sí, pero que empieza a declinar: tenemos tiempo para seguir, interrogar, ir, ver y estar con el Maestro, pero no podemos dejar escapar la oportunidad, no podemos dejarlo “para más tarde”, pues después será ya “demasiado tarde”, se hará de noche. Jesús pasa, está en camino, no se detiene (más que si lo seguimos y le pedimos quedarnos con él). Mirando el texto evangélico a la luz de la primera lectura podemos entender que Jesús pasa llamando (es él quien llama), y que la pregunta de los discípulos (“¿dónde vives?”) tiene el mismo sentido que la respuesta de Samuel: “habla Señor, que tu siervo escucha”.

Esta apertura es fundamental en la relación con Dios: cuando vamos a donde vive Jesús, Él mismo empieza a vivir en nosotros: su Palabra se aloja en nosotros, nos hace templos de su presencia cercana, santuarios del Espíritu Santo. Pablo nos enseña hoy que esa cohabitación nuestra con Jesús y de Jesús y su Espíritu en nosotros no es compatible con cualquier forma de vida, con cualquier comportamiento. Es contradictorio vivir con Jesús, allí donde Él vive, como él, el Cordero de Dios que entrega su vida por amor, y, al mismo tiempo, vivir de manera egoísta, para sí, como “nos da la gana”, tal vez manipulando a los demás según nuestros antojos (que ese es el sentido de la fornicación). Si hemos visto dónde vive Jesús y nos hemos quedado con él, hemos de vivir como Jesús, para los demás, dando la vida; y ahí encontramos el sentido profundo, oblativo, auténtico y más hermoso también de la sexualidad vivida desde la fe en Cristo.

Por fin, cuando vamos a dónde está y vive Jesús y permanecemos con Él, y dejamos que habite en nosotros, nos convertimos nosotros mismos en profetas, mediadores y apóstoles que anuncian lo que han visto y oído, y llevan a los demás (a sus hermanos) a Jesús, para que también ellos puedan hacer la experiencia personal del encuentro con el Maestro, para que puedan ser objeto de la mirada de Jesús, de modo que él mismo les revele, como hoy a Pedro, su auténtica identidad y su vocación.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 10.1.2021, Domingo después de la Epifanía, El Bautismo del Señor: «Tú eres mi Hijo amado»

Santo evangelio según san Marcos 1,7-11
Tú eres mi Hijo amado, el predilecto

En aquel tiempo, proclamaba Juan: —«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: —«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Tú eres mi Hijo amado

La Epifanía, la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús, que empieza con su nacimiento y continúa con la adoración de los Magos de Oriente, se completa ahora con su aparición pública, “cuando llegó de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”. Marcos narra estos acontecimientos con gran concisión, y nos obliga a mirar a lo esencial de los mismos. Jesús no elige para el comienzo de su actividad pública el Templo de Jerusalén, sino el desierto; no se manifiesta ligándose a los actos de culto oficial, sino al profetismo, inesperadamente renacido en torno a Juan el Bautista. De esta manera, Jesús reivindica la experiencia religiosa originaria del Éxodo, y su expresión más genuina, el profetismo. Pero esta reivindicación carece de todo viso de nacionalismo, al contrario, es la elección de la “liminidad”: Jesús se sitúa en los márgenes, en la frontera y en los espacios abiertos, allí donde existe disposición para acoger la novedad de Dios. Algo que será difícil de encontrar en los centros de poder político y religioso, representados por los descreídos saduceos y por los fariseos, demasiado seguros de sí y de su propia justicia. Juan, el profeta de última hora, que habita en la marginalidad del desierto y llama a la conversión, representa exactamente todo lo contrario. Vive en la apertura y en la esperanza. Lejos de afirmarse a sí mismo, se define más bien como un “no-ser”: no es ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta. Toda su existencia es signo y función de Jesús, “el que viene detrás de mí, pero es mayor que yo, el que bautizará con Espíritu Santo”. Frente a la seguridad de los solemnes ritos oficiales, Juan práctica el sencillo rito de purificación con el agua, que expresa el reconocimiento de la propia imperfección y la disposición y la apertura a algo nuevo, mejor y definitivo.

Es en este contexto de apertura, conversión y marginalidad en el que hace Jesús su aparición pública. En contraste con el “no-ser” de Juan, Jesús es el que es, el que había de venir, el Mesías. Pero su manifestación no consiste en un acto de autoafirmación que dice de sí “yo soy”, sino, al contrario, en el sometimiento al rito de purificación bautismal por el agua. Jesús se muestra hermano de sus hermanos y, sin tener pecado, sufre las consecuencias del pecado, es más, toma sobre sí el pecado del mundo. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús afirma su plena identidad con nosotros; expresa que su encarnación no es una mera apariencia, o algo que no toque su ser en lo más profundo. Por eso, el Bautismo de Jesús forma unidad con la celebración de la Navidad y de la Epifanía, y las completa: es la revelación de Dios en la carne, en plena identidad y solidaridad con todos los seres humanos. La carne, en su concreción y en su debilidad, nos hermana a todos en una universalidad abierta que supera toda barrera nacional, ideológica o religiosa. Como recuerda Pedro en los Hechos, es precisamente en esta carne donde queda claro “que Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, y que si su palabra se ha enviado a los israelitas, la paz que esa palabra anuncia es para todos, puesto que Jesucristo es “el Señor de todos”.

Y es precisamente ahí mismo, en ese acto de humillación y solidaridad con su pueblo y con todos, en donde empieza a cumplirse la profecía de Juan: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y la voz del Padre revela su verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. No hay contradicción entre Dios y el hombre, pues el mismo hijo del hombre, Jesús, es el Hijo de Dios, y en la debilidad de la carne se manifiesta la salvación. Dios elige a Jesús, su predilecto, porque se ha hecho uno con nosotros, de modo que todos, que somos de su misma carne, podamos participar de la filiación y la predilección de Dios.

Al contemplar a Jesús, bautizado por Juan como hombre y revelado por la voz del Cielo como Hijo de Dios, comprendemos que en él se realiza la plena y definitiva alianza de Dios con la humanidad profetizada por Isaías: “te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Entendemos también cuál será su estilo mesiánico: no el poder, sino el servicio, no la imposición violenta, sino la restauración, la sanación, la liberación. Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para encontrar al que está perdido y sanar a los que están enfermos; no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, al contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su forma de implantar el derecho en la tierra.

El fácil entender que en el Bautismo de Jesús hay latente una profecía de su muerte y resurrección. Al tomar sobre sí el pecado del mundo, Jesús acepta también las consecuencias del pecado, ante todo, la muerte. El sumergirse en las aguas del Jordán es todo un símbolo de su entrega por amor hasta la muerte. Pero el poder del Espíritu que se manifiesta sobre Él al salir de esas aguas habla de su triunfo sobre la muerte: en la fragilidad de la carne es confirmado por Dios como Hijo.

Nosotros no hemos sido bautizados con el bautismo de agua de Juan, sino con el Bautismo del Espíritu Santo, por el que nos hemos sumergido en el misterio de la muerte y de la resurrección del Hijo de Dios, nacido en una carne como la nuestra. Esto significa que también nosotros tenemos que estar dispuestos a hacer la experiencia del desierto, a elegir el camino de la marginalidad y del servicio, a renunciar a la destrucción y la violencia, a ensayar la apertura de Dios, que no hace acepción de personas, a tratar de pasar por este mundo, como Jesús, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por cualquier forma de mal. Bautizados en el bautismo pascual de Jesús y ungidos con su Espíritu, también nosotros podemos escuchar la voz que baja del cielo: “(también) tú eres mi hijo amado, mi hija amada, el objeto de mi predilección”. Esta es nuestra más profunda y auténtica identidad, que sólo en comunión con Jesús de  Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, podemos descubrir.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 3.1.2021, Domingo 2.º después de Navidad (B): «Vino a los suyos»

Santo Evangelio según san Juan 1, 1-18
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Vino a los suyos

Las fiestas navideñas, su sentido cristiano, tienen el peligro de contagiarse del sentido mundano que, inevitablemente, acompaña a estas celebraciones. Es algo parecido al descorche de una botella de champán: mucho ruido, posiblemente bastante espuma, y luego a bebérsela rápido antes de que se escape el gas, sin el que el champán pierde toda su gracia. Parecido porque puede quedarse en una breve y superficial explosión de alegría, que apenas deja más poso que la resaca de tanto brindis y tanta comida. No hay que moralizar demasiado al respecto, ni descalificar sombríamente este último sentido mundano, que también tiene su sitio. Pero tampoco debemos, a causa de este último, perdernos el sentido profundo y esencial de la navidad. Por eso, la liturgia vuelve una y otra vez a invitarnos a la contemplación del Misterio. Lo hace desde diversas perspectivas, tratando de que, poco a poco, sin prisas, vayamos captando todos los matices.

Primero vimos la luz y centramos toda la atención en el Niño, al que nuestra fe identifica como el Hijo de Dios, la Palabra de Dios encarnada. Y nos sorprendimos por la increíble cercanía a la que había venido a habitar el Dios por el que todo se hizo. Después, contemplamos a ese mismo niño junto a los que lo rodean más de cerca, sus padres terrenos, María y José, y comprendimos que este nacimiento toca (y transforma) todas las realidades en que vivimos nosotros. En el año nuevo nos fijamos en María, Madre de Dios. Y como sabemos que María no es un ser divino, sino humano, entendimos mejor la realidad fuerte de esta encarnación: el Hijo de Dios es realmente hombre como nosotros, puesto que ha nacido de una mujer. María aparece además como trono de la sabiduría, pues en su regazo se encuentra la Palabra que Dios nos dirige para iluminarnos.

Hoy, la liturgia nos invita a volver sobre el texto que ya leímos el día de Navidad (y también el día 31) para poder asimilarlo y que vaya calando en nuestra alma. Los nuevos matices que podemos descubrir en este denso texto nos los indican las dos primeras lecturas. Y esos indicadores señalan en dirección a nosotros. La sabiduría, leemos en la primera lectura, ha venido a habitar en medio de nosotros, convertidos en su pueblo. La Palabra que es la Sabiduría de Dios, si quiere habitar entre nosotros, es para hacernos sabios, para que sepamos por experiencia propia, quién es Dios para nosotros, quiénes somos nosotros para Él. Pablo dice lo mismo con otras palabras, cuando señala que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Tanto el sabio autor del libro del Eclesiástico, como Pablo, apóstol de los gentiles, nos están diciendo que Jesús ha nacido para nosotros, por nosotros. Es decir, subrayan con fuerza el acento salvífico de este Misterio.

La sabiduría que Dios nos transmite en Cristo y todos los bienes espirituales y celestiales con que nos enriquece se resumen en el don de la filiación divina: a quienes creen en él y le acogen en la fe les da un verdadero poder: el de ser hijos de Dios.

Es decir, el Hijo de Dios, su Palabra eterna, ha nacido en la debilidad de la carne para que nosotros nos hagamos poderosos, y convirtamos, en Él, en hijos de Dios. Y esto es algo enorme: no somos siervos o esclavos, que han de inclinarse ante este Dios forzados por el temor de ser destruidos o castigados; ni somos funcionarios de una ley moral más o menos rigurosa, por la que acumulamos méritos que después podemos exhibir orgullosos, exigiendo la paga correspondiente. Tampoco nos convertimos en “libertos”, es decir, gentes desinhibidas para hacer “lo que nos da la gana”, pues esas ganas, que no brotan de nuestro más auténtico yo, y que pueden ser inducidas manipuladoramente de tantas formas, nos hacen vivir una libertad ilusoria y, con frecuencia, nos hacen caer en nuevas esclavitudes… Adquirimos la dignidad de hijos. También la condición de hijo está en nuestro mundo sometida a la realidad del pecado: muchos son los hijos no reconocidos, maltratados, abandonados; o sometidos a una suerte de propiedad privada por parte de sus padres. Jesús con su nacimiento y su cercanía, nos da la oportunidad de ser hijos en sentido pleno: hijos de un Dios que es Padre, no en el sentido metafórico de ser el origen de todas las cosas. El Dios que conocemos por Jesucristo no es padre por ser creador, sino que al contrario: si ha llegado a crear el mundo es porque es ante todo Padre: Padre del Hijo por el que hizo todas las cosas. El llegar a ser hijo de Dios en el Hijo Jesucristo significa que Dios nos quiere y nos elige, nos reconoce, nos restituye toda la dignidad con la que fuimos creados como imágenes suyas, y nos da la libertad propia de los hijos, que, como recuerda Agustín, no consiste en la posibilidad de hacer el mal (esa es la libertad humana herida y enferma), sino la libertad para el bien, es decir, para el amor, para dar libremente la propia vida como nos enseña con su ejemplo el mismo Cristo: para que, como dice Pablo, seamos santos, esto es, irreprochables por el amor.

Así que hoy, en la repetida contemplación del Misterio, de la Palabra hecha carne, todo el acento se dirige a nosotros: pues por y para nosotros, por y para nuestro bien, ha nacido Cristo. Y porque su nacimiento, su presencia entre nosotros pide de nosotros una respuesta: que lo acojamos con fe y con amor, que escuchemos y pongamos por obra su Palabra, que no seamos tan necios como para rechazar estos dones, sino que nos hagamos sabios con la sabiduría que viene de arriba para convivir con nosotros y que es pura, pacífica, amable, llena de indulgencia y buenas obras (cf. St 3, 17). 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 27.12.2020, Domingo dentro de la Octava de Navidad, La Sagrada Familia(Jesús, María y José): «La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia»

Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia

Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre, inscrito en nuestra propia naturaleza: la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de las múltiples variaciones históricas y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución” familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal, abarca el entero universo del ser humano: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza en decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos.

Homilía del 20.12.2020, Domingo 4 de Adviento (B),: «Encuentros y bendiciones»

Santo evangelio según san Lucas 1,26-38
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel: – «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: – «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Encuentros y bendiciones

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer: “tierra, trágame”, pensamos en esas ocasiones. Y es precisamente ese temor y el deseo de esconderse y huir lo que ha impedido que ese encuentro, buscado por Dios por largo tiempo, haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha designado lugares sagrados y construido templos, ofreciéndole así a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios). Esa corriente crítica, encarnada sobre todo por los profetas, se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia. Esa promesa se cumple en Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, huidas, desencuentros y encontronazos.

¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro luminoso de María con Isabel, que en vez de quejarse de lo mal que estaba el mundo, se alegran y bendicen y cantan a Dios porque perciben su presencia en sus cuerpos embarazados, en los que florece la vida; y, por fin, el encuentro que hoy nos presenta el Evangelio, el del ángel con María. Se trata de un encuentro del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras de Gabriel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, en plenitud, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase.

Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos y abiertos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 24.12.2020, Natividad del Señor. Misa de la Vigilia: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande»

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

SALMO RESPONSORIAL: 95
Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.
SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande

No es casualidad que empecemos a celebrar la gran fiesta de la Navidad la noche anterior, ahora, en medio de la oscuridad. Lo que estamos celebrando tiene mucho que ver con la oscuridad que nos rodea. La oscuridad es un símbolo del mal, de los poderes oscuros que tratan de dominar nuestro mundo y de dominarnos a nosotros. En la profundidad de la noche, tenemos la sensación de que la oscuridad tiene un poder ilimitado, invencible: nos rodea por todas partes, y parece no darnos respiro ni ofrecernos salida. Ante el poder del mal, cuando sentimos la fuerza de la oscuridad, nos sentimos débiles e impotentes. Somos como ese pueblo que caminaba en tinieblas, es decir, sin rumbo y sin sentido.

El mal del que hablamos tiene muchos rostros, muchos nombres. Porque es poderoso, podemos identificarlo en los poderes inicuos de nuestro mundo. No porque todo ejercicio de la autoridad sea en sí perverso, pero sí porque las fuerzas del mal tratan de hacerse con esos poderes que deberían servir a los seres humanos, para someterlos y reducirlos a esclavitud, convirtiéndolos en meros peones de intereses bastardos. Es lo que nos narra Lucas, cuando sitúa el acontecimiento del nacimiento de Cristo en un contexto histórico bien concreto, recordándonos que no se trata aquí de un fenómeno cósmico o mítico, sino de una historia real que nos toca de cerca a todos. El decreto de Augusto de realizar un censo universal es un típico gesto de un poder omnímodo, que hace de los seres humanos meros objetos de posesión de reyes y gobernantes (cf. 2 Sam 24, 1-10). Y así parece funcionar el mundo: los poderosos lo manejan a su antojo, provocando guerras, conflictos, sufrimientos sin cuento. José y María, embarazada y a punto de dar a luz, que tienen que marchar de su hogar a Belén por el capricho de un monarca lejano, son como la expresión de las víctimas inocentes de esas fuerzas oscuras, que conforman la noche de nuestra historia, y que fuerzan al Hijo de Dios a nacer en la pobreza de un pesebre, en los márgenes de una vida humana digna. Ya desde su nacimiento se hace Jesús solidario con todas las víctimas del mundo.

Pero no tenemos que buscar las causas del mal sólo en poderes ajenos y lejanos, como si nosotros fuéramos sólo víctimas del mal. La noche que nos rodea es también responsabilidad nuestra. Cuando Pablo nos anuncia hoy la aparición de la gracia de Dios, nos recuerda también que hay en nosotros impiedad y deseos mundanos, que también nosotros contribuimos a nuestra manera en la propagación de la oscuridad y la noche. Elegimos a veces valores y formas de vida que nos cierran en nosotros mismos, en nuestros egoísmos individuales y grupales, y nos impiden ver la luz del sol, la presencia de Dios en nuestra vida, y, en consecuencia, mirar con el corazón abierto a nuestros semejantes. También en esas actitudes se esconden las semillas de las guerras y los desencuentros. La vida que deriva de ahí es sombría: vivimos en sombras de muerte, sin dicha y sin esperanza.

Pero el mensaje de hoy viene precisamente a disipar la oscuridad, a restablecer la esperanza. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. El poder de la oscuridad es más aparente que real. Nos puede amedrentar y paralizar, pero basta que en la noche brille una pequeña luz, para que ese poder sea vencido: con ese pequeño foco de luz, como el faro que brilla en la costa, en medio de la tormenta y de la noche más oscura es posible encontrar orientación y sentido, es posible ponerse en camino y hacerlo con un rumbo definido. Pues bien, la luz que brilla hoy en la oscuridad de nuestro mundo no es pequeña, sino grande, aunque parezca brillar de una manera tenue, sin hacer mucho ruido, sin deslumbrar cegando nuestros ojos.

En medio de la noche, brilla la luz, la vida florece, y la mujer de José, junto con el que parece ir a la deriva, zarandeados los dos por el poder de las tinieblas, da a luz un niño en el que se cumplen antiguas profecías: pues “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23). No son en realidad los poderes oscuros de este mundo los que realmente dirigen la historia, aunque así nos lo parezca (y aunque así sea en parte), sino la Providencia de Dios, que sabe moverse entre los hilos invisibles de los acontecimientos humanos para hacerse presente y regalarnos, respetuosamente, sin hacer mucho ruido, su designio de amor, para que en medio de la oscuridad aparezca la luz, una gran luz, aunque a nuestros ojos humanos está atenuada por la opacidad de la carne.

Para ver esta luz es preciso tener un corazón bien dispuesto. Y si nuestro corazón no está del todo dispuesto, es posible, con la ayuda de Dios, disponerlo. Los primeros en ver la luz son los pastores. No gozaban de buena fama los pastores en aquel tiempo. No eran considerados ejemplo de una vida precisamente “honrada y religiosa”. Esto nos debe dar el consuelo de que Jesús ha nacido para todos, para los pecadores, y todos lo somos de un modo u otro (todos habitamos de una forma u otra en la oscuridad). Pero los pastores son también los que viven en espacios abiertos, los que están en vela, los pecadores dispuestos a cambiar de vida: son los que, porque están abiertos y en vela, son capaces de ver en la oscuridad de la noche destellos de luz, signos de la presencia de la luz y que les llevan a la luz: de noche los ángeles vuelan como mensajeros de esperanza y de buenas noticias, y los pastores escuchan esa voz y acuden a ver la luz.

Es de notar que sigue siendo de noche, pero muchos indicios nos hablan de un próximo amanecer: guiados por esos indicios luminosos nos ponemos en camino, no nos resignamos al mal ni renunciamos a los sueños (que no son quimeras, sino deseos bien fundados) de un mundo mejor. Su punto de partida es el niño nacido en Belén: en la noche brilla la luz, en este mundo, pese a todo, habita Dios, y es posible encontrarlo, pues habita en carne mortal. Pero también nosotros tenemos que hacer nuestra parte: como los pastores, acoger el mensaje de los ángeles, acudir a ver y adorar al Niño, lo que significa también renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para tratar de llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, anticipando en esperanza la alegría de la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Ya ha aparecido en carne mortal, revestido de nuestra debilidad, y por eso padeció y se entregó por nosotros, rescatándonos de la oscuridad, de toda maldad.

Si hacemos nuestra parte, como los pastores, nos convertiremos nosotros mismos por medio de nuestras buenas obras, en ángeles que anuncian en la noche a los hombres (a todos, aunque tal vez sólo nos escuchen los de buena voluntad) que no hay que seguir temiendo, que se ha producido una buena noticia, una gran alegría para todos: que Dios ha nacido en la debilidad de una carne mortal y quiere encontrarse con nosotros.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 25.12.2020, Solemnidad de la Natividad del Señor: «Habitó entre nosotros»

PRIMERA LECTURA
Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios
Lectura del libro de Isaías 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

SALMO
Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios
SEGUNDA LECTURA
Dios nos ha hablado por el Hijo
Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»?

Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Habitó entre nosotros

Estamos celebrando el nacimiento de Jesús, la encarnación del Hijo de Dios, la venida del Dios-con-nosotros (Emmanuel). Pero es importante que nos preguntemos y tratemos de entender quién es este Dios que ha nacido en carne mortal.  

Juan, el águila de Patmos, que comienza su evangelio mirando al sol, a la luz indefectible que es Dios, nos recuerda que este Dios en el que creemos y que ha nacido en Belén no es “un dios cualquiera”, de los muchos que pululan por ahí, pretendiendo un título (el de Dios) que no les corresponde. El Dios al que contemplamos anoche es el creador de todas las cosas, de todo sin excepción: de modo que sólo hay un Dios y por tanto, en lo que respecta a la creación, somos libres, podemos mantenernos en pie y no debemos inclinarnos ante nada de lo que habita este mundo: en él nada es divino, todo es criatura del único Dios que está por encima de todo, y sólo ante Él hemos de postrarnos en actitud de adoración.  Dios, que todo lo ha creado con su Palabra poderosa, está, pues, por encima de todas las cosas, y el universo entero e inmenso no es capaz de contenerlo. No hay ni ideas, ni conceptos, ni sistemas religiosos que puedan expresar adecuadamente lo que es Dios y dónde podemos encontrarlo. Mirando al sol con ojos de águila, Juan nos indica que tenemos que aceptar esta limitación nuestra, y debemos renunciar a todo intento de poseer y manipular a Dios.

Pero esto no significa que debamos resignarnos a la pura ignorancia, ni que Dios se niegue a comunicarse con nosotros. No quiere decir que Dios nos ha creado arrojándonos al mundo y, después, desentendiéndose de nosotros. Juan mismo nos lo está diciendo: el Dios eterno que todo lo ha hecho, lo ha hecho por medio de su Palabra. Y si esta Palabra estaba junto a Dios desde el principio y era Dios, es que Dios mismo es comunicación, relación. Lo es dentro de sí: Dios es interna comunicación y perfecta comunión en la distinción de las personas: la perfecta unión en la diferencia en que consiste el Dios trinitario, aunque nuestra mente no alcanza a entender el misterio, nos permite comprender que Dios es Amor; no sólo que Dios ama (que también), sino que Él es en su esencia íntima Amor. Y esa comunicación interna quiere comunicarse fuera de Él: ya la creación es el primer acto de comunicación y expresión, de revelación. Pero, además, el Dios Palabra, se nos dice, quiere establecer con nosotros un diálogo. ¿Cómo? ¿Cómo se comunicará el Dios, al que el universo inmenso no puede contener, con nosotros, que habitamos una minúscula mota de ese universo inabarcable? Y ¿cómo podrá hacerlo sin infundirnos temor, a causa de su enorme grandeza y poder?

Recordemos, ante todo, que el poder de Dios es un poder benéfico, dador de ser y de vida, que crea el universo y lo sostiene con su palabra poderosa. En esto se distingue del poder humano, que se mide, normalmente, por su capacidad de destrucción. Dios viene con su poder, pero no amenazando, asustando, amedrentando. Por eso, antes de su aparición definitiva, ha preparado el encuentro hablándonos de “muchas maneras”, ya por medio de la misma creación (que proclama la gloria de Dios: cf. Sal 18A) y, sobre todo, por medio de los profetas. No por casualidad, entre el misterio inefable del Dios creador y Palabra, y el misterio de su encarnación, aparece Juan Bautista, el último y el más grande de los profetas, que no sólo anuncia la venida de Cristo, sino que lo señala ya presente entre los hombres. Así, poco a poco, disipando las causas de temor, Dios ha venido finalmente a visitarnos en persona. Y no podía hacerlo de otro modo que haciéndose Él mismo pequeño, abajándose, poniéndose a nuestra altura: la Palabra, esa misma Palabra poderosa por la que todo se hizo y que todo lo sostiene, se ha hecho carne, y habita entre nosotros.

Al hacerse carne, se ha hecho visible y cercano, podemos verlo y tocarlo. Pero se ha hecho también débil y vulnerable: se arriesga a que al verlo lo despreciemos o lo ignoremos, y que, al poderlo tocar, lo hagamos para golpearlo, incluso matarlo. En ese “hacerse carne” Juan ya nos está avisando sobre su muerte en la cruz. Y es que, al asumir el riesgo de la encarnación, renunciando a imponerse con fuerza y poder, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha aceptado la posibilidad de que no lo conozcamos y no seamos capaces de acogerlo.

Sólo hay un modo de conocerlo y acogerlo: la fe y, en consecuencia, el amor. Cuando damos el paso de la fe y aceptamos el riesgo del amor (renunciando al poder destructivo del mal), al acogerlo nos hacemos semejantes a Él, y Él nos hace partícipes de su poder, de ese poder inmenso, por el que todo se hizo, pero que es un poder benéfico: el poder de ser hijos de Dios, de nacer de nuevo, no de sangre ni de carne, sino de un amor superior y Fontal, del mismo Dios. Es verdad que es este un poder paradójico que nos lleva a participar de su mismo destino: el de dar la vida por nuestros hermanos. A veces, como tantos cristianos hoy, en la verdadera cruz del martirio; la mayoría de las veces en el testimonio del amor vivido día a día, con frecuencia en medio de fuertes oposiciones.

Pero con este poder alcanzamos la libertad: no nos sometemos a la ley mosaica, sino a la gracia y la verdad de Jesucristo. En este consiste ser hijos en el Hijo: ser libres de los falsos dioses, tener la fuerza y la dignidad de no inclinarnos ante ningún poder de este mundo. De esta manera, nos hacemos también, como Juan el Bautista, profetas que hablan de muchas maneras pero transmitiendo un único mensaje: que Jesús es el Mesías, el que existía desde toda la eternidad. Y de esta manera, preparando y abriendo el camino a Jesús para muchos, realizamos en nosotros la profecía de Isaías: nos convertimos verdaderamente en mensajeros que anuncian la paz, que traen la Buena Nueva, que pregonan la victoria salvífica de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 13.12.2020, Domingo 3 de Adviento (B), “Gaudete” : «¿Lo conocemos?»

Santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28
En medio de vosotros hay uno que no conocéis

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: – «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.»

– «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.

¿Lo conocemos?

El camino del Adviento continúa el ciclo profético, pero con un aumento evidente de intensidad en la espera. Ello prueba una vez más que la esperanza verdadera poco tiene que ver con la pura pasividad, y que, por el contrario, es una fuerza que nos pone en pie, en tensión activa hacia el futuro. De hecho, Juan, el profeta de los nuevos tiempos, la voz, pero no la Palabra, el testigo fiel de la luz, que no pretende ser él la luz, ni un protagonismo que sabe que no le corresponde, ya no habla sólo de la cercanía del Mesías, sino de su presencia, si bien se trata todavía de una presencia escondida: “entre vosotros hay uno que no conocéis.” 

Podríamos pensar que esto de que “no lo conocemos” no va con nosotros. Se puede aplicar a los fariseos y las gentes de aquel tiempo que  no lo conocían aún, mientras que nosotros, incluso al margen de que seamos muy o poco creyentes, muy o poco practicantes, “ya sabemos de qué va esto”, ya sabemos quién tenía que venir, ya lo hemos conocido.

Si pensamos así, nos equivocamos de parte a parte y nos parecemos a esos fariseos y sus enviados, que interrogaban a Juan, pero pensaban que ellos sí que sabían quién había de ser el Mesías, cómo debía ser y actuar y, por eso, increpaban a Juan, por hacer lo que, según ellos, no le correspondía. Esa manía de enmendarle la plana a Dios y negarnos a estar abiertos a sus sorpresas (sabiendo además que nosotros no podemos abarcarlo con nuestros pobres pensamientos y conceptos) es una constante de la historia de la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre. Es curioso que esta especie de soberbia teológica nos iguala a creyentes y no creyentes. Unos, porque pensamos que ya lo tenemos claro, sea por la instrucción religiosa que tenemos, sea por la experiencia acumulada de años. Otros, porque se elaboran una cierta idea de Dios, con frecuencia con materiales de desecho, tomados de las peores expresiones de la religión, o de ciertos reduccionismos propios del conocimiento científico, para declarar después que Dios no existe. Algo, por cierto, de una extrema arrogancia, pues para afirmar con seguridad, no sólo que Dios, sino que cualquier cosa no existe hay que declarar la contradicción del concepto (algo que, desde luego, respecto de Dios no es posible), o pretender saberlo absolutamente todo.

Pero Juan nos avisa hoy, a todos nosotros, que el que ha de venir ya está en medio de nosotros y que no lo conocemos. Es una llamada a abrir los ojos, a despertar y a estar en vela.

Pero no debemos entender este aviso de Juan sobre todo como una amenaza o un reproche. El tono de este domingo de Adviento es la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”, exulta el profeta Isaías; “Estad siempre alegres”, nos exhorta Pablo. Estamos en el Domingo Gaudete, que sigue y completa el tono de consolación del domingo pasado. Ciertamente, el que ha sido consolado tiene motivos para estar alegre. Y si el consuelo era fruto de una esperanza más o menos inminente, ahora la alegría lo es porque, si bien aún invisible, el objeto de la esperanza ya se ha hecho presente. Así es siempre. Aquello que nos ha mantenido vivos, despiertos, en vilo, la promesa que nos ha permitido superar la dificultad, el dolor, ya está ahí, pero todavía no la vemos. La presentimos, y eso alegra nuestro corazón. Es una alegría teñida de esperanza, abierta al futuro inmediato, henchida de presentimientos. ¿No recuerda el sentimiento intensísimo de la infancia en la tarde anterior y en la madrugada de los Reyes Magos? Tras la noche, y ya al amanecer, tras esa puerta cerrada esperaba un mundo mágico, pero aún invisible para nuestros ojos. Y, sin embargo, la emoción de esa espera era tan intensa, si no más, que la alegría de aquellos regalos llenos de una magia especial, del encanto del misterio de sus donadores. Cuando uno espera encontrarse largo tiempo con una persona a la que quiere, produce una sensación del todo especial el encontrarse ya en la ciudad del encuentro, saber que esa persona está ahí, ya cerca, en algún sitio, aunque todavía no puedes verla.

Sí, realmente, la alegría que brota de la esperanza activa es un rasgo distintivo de la vida cristiana. Es una alegría que nos pone en tensión y en movimiento, que nos abre al futuro y nos prepara para sorpresas que no se pueden programar. Tomamos nota de nuestra ignorancia, acogiendo lo que nos dice Juan, y preparamos nuestro corazón para un nuevo encuentro con el que está en camino y viene a nuestro encuentro. Eso de un “nuevo” encuentro debemos entenderlo en sentido literal. No se trata de “un encuentro más”, “otro”, “uno de tantos”, como tantas navidades o años nuevos que después envejecen rápidamente (no hay ni que esperar doce meses). Aquí se trata de un nuevo encuentro, porque es un encuentro inédito, Jesús quiere revelarnos nuevos aspectos que no conocíamos, profundidades que nos estaban vetadas, dones para los que éramos todavía ciegos, también exigencias para las que todavía no estábamos preparados. Es esta novedad verdadera la que hace tan urgente que nos preparemos bien, que no dejemos que la rutina nos haga insensibles “al que está ya cerca, en medio de nosotros, pero todavía no hemos reconocido del todo”.

Pero la alegría que se nos anuncia hoy no nos impide seguir viendo los aspectos sombríos de nuestro mundo y, si es necesario, denunciarlos. Desde luego, la condena no ha de ser el tono principal del mensaje cristiano, pero en nombre del bien y de la luz no podemos dejar de señalar, a veces con energía, proféticamente (como voz que grita en el desierto) los males que impiden al hombre vivir de acuerdo con su dignidad y a Dios ser la fuente inagotable de la misma. La alegría cristiana no es ingenua, inconsciente, alienada. Si hablamos de una alegría que brota de la esperanza y de una presencia que todavía no conocemos, estamos reconociendo que estamos en camino y que no todo es “como debe ser”. Si aspiramos a la luz es porque hay todavía oscuridad. No olvidemos que esta alegría ha seguido a un consuelo. Y necesitamos el consuelo porque experimentamos el mal de múltiples formas, en nosotros mismos y en los demás.

En el pre-sentimiento alegre y esperanzado de una presencia real, que nos llama a un encuentro renovado, a un conocimiento nuevo, a una mayor profundidad, a un amor más auténtico, los cristianos tenemos que ser hoy también como Juan el Bautista, testigos de la luz, que dicen al que quiera oírlo que Jesús ya está entre nosotros, aunque no le (re)conozcamos, y que quiere encontrarse contigo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo


 

 

Homilía del 6.12.2020, Domingo 2 de Adviento (B): «Preparad el camino del Señor»

Santo evangelio según san Marcos 1,1-8
Allanad los senderos del Señor

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: – «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

Preparad el camino del Señor

Marcos abre su Evangelio directamente con una confesión de fe: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Y esta confesión no es el mero enunciado de una verdad teológica, sino que lleva consigo connotaciones extraordinariamente positivas y alegres: es un “Evangelio”, una Buena Noticia. La inmediata alusión a la profecía de Isaías y al nuevo profeta, Juan, y su actividad en el desierto, habla de que esta alegre nueva es el cumplimiento definitivo y pleno de las antiguas promesas de Dios. El Dios Padre de Jesucristo, es un Dios que cumple sus promesas. Pero, ¡cuánto nos cuesta creerlo! Incluso los creyentes estamos tocados por la enfermedad del escepticismo, sobre todo en lo que se refiere a la historia y al mundo en el que vivimos. Nos es relativamente fácil creer en el Dios que está allá arriba, en el cielo, pero no en el que se acerca, se encarna, se implica en nuestra historia y cumple su Palabra. La carta de Pedro da testimonio de esa incredulidad que tantas veces nos aflige: “El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos” (2P 3, 9). Hay, incluso, quienes miran a esta supuesta tardanza con desprecio, como recuerda Pedro pocas línea antes: “Vendrán hombres llenos de sarcasmo que… dirán en son de burla: ¿Dónde queda la Promesa de su venida?… Todo sigue como al principio de la creación” (2P 3, 4).

Adviento es el tiempo que nos invita a refrescar nuestra esperanza, a sacudirnos el escepticismo, a no vivir de espaldas a las promesas de Dios, a curarnos la ceguera a los signos de su venida. ¿Qué signos son esos? Estamos hablando, no lo olvidemos, de una “buena noticia”. Por lo tanto, se trata de signos de vida, y de vida nueva. Estos signos hay que buscarlos y encontrarlos en un mundo cargado de motivos de muerte, un mundo viejo y caduco, que se encamina por sí mismo a su propio final. Las expresiones apocalípticas de la carta de Pedro sobre la desintegración del mundo hay que entenderlas en este sentido: no es que Dios se disponga a destruir nada, sino que lo caduco de este mundo tiende a su propio fin. Pero de entre sus ruinas florece  la esperanza de un cielo nuevo y una tierra, y a ellos mira la vida piadosa que debemos conducir: esperamos que el cielo venga a la tierra y la haga nueva por medio de la justicia, esperamos la visita de Dios, portador y fuente de toda justicia.

Pero nuestra esperanza no es la de los espectadores que, sentados, se limitan a contemplar y a esperar el “final feliz”, sino la de actores que preparan, anticipan y hacen posible esa venida. Nos lo recuerda de nuevo Pedro: “Esperad y apresurad la venida del Señor”. La obra de la justicia también es tarea nuestra: ir trabajando en este mundo viejo para hacerlo nuevo, allanar calzadas, alzar valles y abajar colinas, abrir caminos por lo que pueda transitar el Señor. Y esto hemos de hacerlo, en primer lugar, en nosotros mismos, pues también nosotros somos partícipes del mundo viejo llamado a renovarse. Tenemos que abrir en nosotros mismos espacios de justicia, y el primer paso al que nos llama y en el que nos ayuda Juan el Bautista, el profeta del cumplimiento inminente, es el de reconocer nuestra propia injusticia, convertirnos, confesar nuestros pecados y purificarnos por dentro, es decir, hacer nuestra parte removiendo obstáculos, preparando el camino del que viene a hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), del que nos bautizará con Espíritu Santo y fuego.

San Juan Bautista predicando en el desierto
(Pier Francesco MOLA, c. 1650-1655)

Ante el viejo mundo, en el que no habita la justicia, la actitud correcta no es limitarse a denunciar (aunque también haya que hacerlo), ni sobre todo a lamentarse, indignarse o amenazar; hay que ponerse manos a la obra, corregir, construir y renovar, empezando por uno mismo. De esta manera, no sólo aprendemos a descubrir los signos de la venida, del cumplimiento de las promesas, sino que nos vamos convirtiendo nosotros mismos en signos de esa esperanza que se cumple, nos vamos transformando en profetas, como Juan.

La dimensión profética es consustancial a la vocación cristiana. Significa vivir en la encrucijada entre el mundo viejo y el nuevo. Y ello conlleva con frecuencia vivir en el desierto: el lugar no transitado por las modas y los poderes. La soledad del desierto es el precio de la autenticidad, pero es también el comienzo del mundo nuevo, el lugar que atraviesa el camino por el que viene el Señor. Sí, decididamente, tenemos que aprender a vivir como profetas, como precursores, como Juan: vivir con sencillez y, aun sin descuidar nuestras necesidades básicas (comer, beber y vestirse, como Juan), no hacer de ellas ni la meta principal, ni el sentido de nuestra vida. Ese sentido consiste para nosotros en ser signos, que indican la cercanía del Salvador, y preparan su venida. Y, sabiendo que se trata de una nueva realmente buena, no podemos ser profetas de catástrofes, sino de consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén”; profetas que anuncian no amenazas, sino perdón: “está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”; que no subrayan tanto el final del mundo viejo, cuanto el principio del nuevo, reconciliado, reunido en torno al buen pastor que viene a congregarnos y que se ocupa de nosotros: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 29.11.2020, Domingo 1 de Adviento (B): «La espera y la esperanza»

Santo evangelio según san Marcos 13,33-37
Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo, digo a todos: ¡Velad!»

La espera y la esperanza

En el corazón el hombre, de todo hombre, habita un anhelo de bien, de felicidad, de plenitud, en definitiva, de salvación. Este anhelo puede revestirse de los más diversos ropajes, de las ideas y representaciones más dispares, pero, en el fondo, todos deseamos que nos vaya bien, que nuestra vida no se malogre; y esto incluye, naturalmente, que tal suerte abrace también “a los nuestros” (cuyos límites, si bien se piensa, se ensanchan hasta incluir a la humanidad entera). Es una sed de amar y ser amado bajo la que late el secreto deseo de Dios. Podemos racionalizar este deseo de mil formas: confiando en una futura realización fruto del progreso de la humanidad, esa idea tan activa y potente de la época moderna, como indefinida y confusa; o bien, negándolo, diciéndonos (cómo hacen los “postmodernos”) que es una utopía irrealizable y resignándonos a ello.

La fe cristiana (ya desde sus raíces veterotestamentarias) nos dice que ese deseo no es una utopía huera y sin esperanza. Pero nos recuerda también que no es algo que el hombre pueda construir con sus propias y solas fuerzas. La tentación de crear torres de Babel es permanente en la historia humana. Sabemos bien cómo suelen terminar: puesto que una tarea imprescindible para alcanzar la plenitud del bien (el bienestar y la justicia) es la eliminación del mal en todas sus formas, los intentos de realizar la utopía suelen empezar por la tarea de destruir el mal y lo que se consideran sus causas, lo que suele terminar en algún régimen de terror que se dedica sobre todo a destruir a los malvados (a los que la utopía de turno así califica).

Lo que la fe cristiana nos dice es que ese anhelo que habita en el corazón del hombre, y que lo sostiene en la dificultad y le hace esperar la superación del mal que le atenaza, es un don de lo alto, un don de Dios, igual que la vida, la libertad y la dignidad humana. ¿Supone esto, acaso, una invitación a la pasividad, a “esperar sentados”? No, en modo alguno. La esperanza cristiana es una espera activa, que prohíbe toda pasividad. Jesús lo expresa hoy con una plasticidad insuperable: estar a la espera significa velar; y velar significa realizar con responsabilidad la tarea que se nos ha confiado. Decía Ortega que la vida es quehacer, pues la vida nos da mucho que hacer. Y es verdad. Se nos ha entregado un espacio de responsabilidad y, lo queramos o no, tenemos cosas que hacer. Para vivir con responsabilidad y hacer las cosas que tenemos que hacer, no de cualquier manera, sino “bien”, como se deben hacer, hay que vivir conscientemente, con los ojos abiertos, con el corazón despierto. De esa manera, emerge a nuestra conciencia la tensión de la esperanza que se activa por ese anhelo originario de bien que nos habita por dentro inevitablemente, pero a veces de manera inconsciente, a veces aturdida por el aluvión de las preocupaciones cotidianas, como árboles que nos impiden ver el bosque. La esperanza activa y consciente nos abre los ojos para descubrir que nuestro anhelo de bien y plenitud tiene sentido y, por eso, tienen sentido nuestros esfuerzos y quehaceres cotidianos, que no se limitan a maniobras de distracción para una supervivencia efímera y condenada a la nada.

La Navidad es el rostro concreto de la esperanza cristiana, la respuesta que la fe cristiana ofrece a ese anhelo latente del corazón humano. Pero hemos de tener cuidado. Celebramos litúrgicamente la Navidad, le ponemos fecha, podemos programarla gracias al calendario. Mas lo que la Navidad significa y representa no es posible programarlo a fecha fija. No es posible programar, por ejemplo, la adquisición de la virtud, ni el acontecimiento del amor. Nos haría sonreír con incredulidad que alguien nos dijera que, dadas sus ocupaciones, ha planeado enamorarse justo dentro de un año y medio, y que calcula que en tres años de ejercicios continuados habrá alcanzado la virtud de la paciencia (y, ya puestos, en uno más, la de la prudencia). Las dimensiones más importantes de la vida no son el cumplimiento voluntarioso y previsible de un plan, sino un acontecimiento que se hace presente en la vida como un don. Y, sin embargo, no es un don totalmente inesperado: es, por el contrario, aquello que hemos esperado largo tiempo, por lo que nos hemos esforzado poniendo las condiciones para que ese acontecimiento tenga lugar alguna vez, sin que, sin embargo, podamos forzar su advenimiento.

El Señor viene a nuestra vida. La Navidad no es sólo el recuerdo de un hecho histórico sucedido de una vez y para siempre, no es, sobre todo, una efeméride en el calendario. La encarnación del Hijo de Dios en la historia de la humanidad hace unos 2020 años es un acontecimiento que debe suceder de nuevo en la vida de cada uno de nosotros. Cada cual tiene su historia. Aquí no caben esquemas fijos ni fórmulas preconcebidas. Pero sí cabe permanecer en vela, abrir los ojos, purificar el corazón, esforzarse por el bien, elevar al Señor una plegaria, en definitiva, vivir en esa activa esperanza en que una conciencia despierta convierte el anhelo humano de plenitud y felicidad.

Que nadie piense que ese acontecimiento está vetado para uno mismo: Dios adquiere rostro humano para todos, y llama a la puerta de cada uno. Y que nadie crea que para él eso ya ha sucedido (pues tiene ya fe y la practica): el que cree haber abierto ya la puerta ha de saber que ese acontecimiento nunca está concluido del todo, y debe realizarse siempre de nuevo a un nivel de mayor profundidad. Pues así como nadie le es a Dios extraño, tampoco puede creer nadie que ya lo conoce o posee suficientemente.

La verdadera esperanza consciente y activa nos libra de la desesperación y de la presunción. La palabra que Jesús nos dirige hoy es una llamada esencial, que apunta al centro del corazón humano, de todo hombre: “Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!”; es decir, no os encerréis en esquemas estrechos y rígidos; no os dejéis amodorrar por la rutina; no seáis prisioneros de vuestras seguridades (ni siquiera de vuestras pretendidas virtudes y buenas obras); no le pongáis puertas al campo, ni queráis encerrar al sol en aerosoles; abríos a dimensiones nuevas, abrid los ojos y el corazón, levantad la cabeza, el horizonte es más grande que vuestra mirada y la medida de vuestros sueños mayor que el recorrido de vuestras piernas.

Que nuestras limitaciones (que tan claramente experimentamos) no nos hagan desesperar de nuestras posibilidades, infinitamente mayores que aquellas, gracias sencillamente a la fuente inagotable de nuestro origen: “Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano”.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo