Francisco en la misa de Reyes: ‘Adoraron al Niño y vieron que su poder se llama misericordia’

Los Reyes reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- En la solemnidad de la Epifanía del Señor, el papa Francisco presidió la misa en la basílica de San Pedro. Con el Gloria in Excelsis Deo cantado por el coro de la Capilla Sixtina inició la liturgia solemne, seguida por el Kyrie, en la basílica repleta de fieles y con hermosos arreglos florales.

En esta misa festiva que recuerda la adoración de los Reyes Magos al Niño Jesús en el portal de Belén, el Santo Padre vestía paramentos color crema con ribetes verdes y dorados, y portaba el palio. En cambio los cardenales y obispos llevaban paramentos color crema y dorado.

En el lado izquierdo del dosel del Bernini estaba la imagen de María con flores blancas a sus pies y en el centro, delante del altar y de la tumba de san Pedro, una imagen con el Niño Jesús en la cuna, en cuya cabecera se encontraba la sagrada Biblia.

Después del evangelio de Mateo cantado en latín, el cual narra el viaje y encuentro de los Reyes Magos con el Niño Dios, se indicó también la fecha de la fiesta de Pascua y las otras festividades móviles.

Francisco en su homilía señaló que estos hombres venidos de Oriente “reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón”. Porque si la nostalgia de Dios tiene su raíz en el pasado, “va en busca del futuro empujado por su fe”.

Así, explicó Francisco, mientras los magos caminaban, Jerusalén dormía de la mano de un Herodes “bajo la anestesia de una conciencia cauterizada”, y que que “los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de un rey: el Palacio”. Y Herodes tuvo miedo.

“Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. Descubrir –explicó Francisco– que aquel a quien ellos buscaban no estaba en el palacio sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial”, lejos de los ídolos del poder, donde no lo esperamos.

Y descubrir “que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia”. Entretanto aseguró el Santo Padre los magos pudieron adorarlo porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, ante el extraño y desconocido Niño de Belén, descubrieron la Gloria de Dios”.

La oración universal de los fieles fue hecha en diversos idiomas: polaco, armenio, japonés, sueco y chino, significando la univesalidad del mensaje cristiano.  Le siguió la liturgia eucarística.

Sergio Mora 

Texto completo de la homilía del papa Francisco en la misa de Reyes


Francisco besa la imagen del Niño en la misa de Reyes 2016

 

«¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a adorarlo» (Mt 2,2). Con estas palabras, los magos, venidos de tierras lejanas, nos dan a conocer el motivo de su larga travesía: adorar al rey recién nacido.

Ver y adorar, dos acciones que se destacan en el relato evangélico: vimos una estrella y queremos adorar. Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos.

No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, «los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino» (cf. San Juan Crisóstomo).

Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad. Los magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste.

Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón. La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente.

La santa nostalgia de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la cual, semana a semana, implora diciendo: «Ven, Señor Jesús».

Precisamente esta nostalgia fue la que empujó al anciano Simeón a ir todos los días al templo, con la certeza de saber que su vida no terminaría sin poder acunar al Salvador. Fue esta nostalgia la que empujó al hijo pródigo a salir de una actitud de derrota y buscar los brazos de su padre.

Fue esta nostalgia la que el pastor sintió en su corazón cuando dejó a las noventa y nueve ovejas en busca de la que estaba perdida, y fue también la que experimentó María Magdalena la mañana del domingo para salir corriendo al sepulcro y encontrar a su Maestro resucitado.

La nostalgia de Dios nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometernos por ese cambio que anhelamos y necesitamos.

La nostalgia de Dios tiene su raíz en el pasado pero no se queda allí: va en busca del futuro. Al igual que los magos, el creyente «nostalgioso» busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera su Señor.

Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar.

Como actitud contrapuesta, en el palacio de Herodes ―que distaba muy pocos kilómetros de Belén―, no se habían percatado de lo que estaba sucediendo. Mientras los magos caminaban, Jerusalén dormía. Dormía de la mano de un Herodes quien lejos de estar en búsqueda también dormía. Dormía bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado.

Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre su riqueza sin lograr ver más allá.

Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida. Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en el crimen: «Necas parvulos corpore, quia te necat timor in corde» (San Quodvultdeus, Sermo 2 sobre el símbolo: PL, 40, 655).

Queremos adorar. Los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de un rey: el Palacio. Allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado: pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado.

Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza y esclavitud. Y fue precisamente ahí donde comenzó el camino más largo que tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos.

Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. Descubrir que lo que ellos buscaban no estaba en el palacio sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial.

Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido ―pero deseado― no humilla, no esclaviza, no encierra.

Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos.

Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia.

Qué lejos se encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén. Herodes no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen.

Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar.

Los magos sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén descubrieron la Gloria de Dios.

Comentario a la liturgia dominical, Misa de la Sagrada Familia

Ciclo A – Textos: Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15.19-23

Idea principal: Ese Niño que nace en Belén nace y tiene una familia humana, modelo para todas las familias.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, preguntémonos cómo vivía esta familia humana de Jesús. Unidos en la oración y en la obediencia a Dios: “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto…vuelve a la tierra de Israel”. Unidos en el amor mutuo: “se levantó, tomó al niño y a su madre, se fue a Egipto”. Unidos en el trabajo, dolor y las pruebas: “…porque Herodes va a buscar al niño para matarlo” (evangelio). Todo un programa para las familias de hoy.

En segundo lugar, preguntémonos cómo viven algunas de nuestras familias hoy. Unas, unidas en la oración, amor y dolor. Otras, no tanto, experimentando la separación, el divorcio, viviendo como si Dios no existiese y dejándose llevar por el silbido de las sirenas, dejando las ventanas de la afectividad de par en par a nuevos aires de liberación, o abriendo la puerta del corazón a piratas intrusos que lo único que pretenden es destrozar la barca matrimonial y familiar. Familias que viven por motivos de interés o de mera convivencia civilizada, y no en la fe, en la oración, en la certeza de saberse amados y bendecidos por Dios por un santo sacramento.

Finalmente, preguntémonos cómo deberían vivir nuestras familias, siguiendo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret. Dios en el centro. El amor como motivación y corona. El dolor como prueba para ejercitar las virtudes teologales y mirar para arriba. Los hijos, honrando a sus padres, no causándoles tristezas, obedeciéndoles (segunda lectura) y cuidándoles en la vejez (primera lectura). Los padres revestidos de respeto y amor entre ellos, y de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, perdón, amor para con sus hijos; y piedad y gratitud con Dios (segunda lectura).

Para reflexionar: Padres de familia, ¿se parecen a san José? Madres, ¿se parecen a María? Hijos, ¿se parecen al Niño Jesús? ¿Repasan juntos el cuarto mandamiento de la ley de Dios tan bien explicado en el Catecismo de la Iglesia católica en los números 2217-2218?

Para rezar:

Sagrada Familia de Nazaret;
enséñanos el recogimiento,
la interioridad;
danos la disposición de
escuchar las buenas inspiraciones y las palabras
de los verdaderos maestros.

Enséñanos la necesidad
del trabajo de reparación,
del estudio,
de la vida interior personal,
de la oración,
que sólo Dios ve en los secreto;
enséñanos lo que es la familia,
su comunión de amor,
su belleza simple y austera,
su carácter sagrado e inviolable. Amén

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org

P. Antonio Rivero, L.C.
Doctor en Teología Espiritual, profesor
y director espiritual en el centro de Noviciado
y Humanidades clásicas de la Legión de Cristo,
en Monterrey (México).
Imagen: 
Cuadro de la Sagrada Familia – Rafael Sanzio (Museo del Prado)

El Papa en Santa Marta: “El auténtico sacerdote es un mediador cercano a su pueblo”

En la homilía del viernes 9 de diciermbre en Santa Marta, el Santo Padre invita a los sacerdotes a preguntarse si son “mediadores” o “funcionarios”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Los sacerdotes son mediadores del amor de Dios, no intermediarios que piensan en el propio interés. Así lo ha subrayado el papa Francisco, en la homilía de este viernes de la misa celebrada en Santa Marta, que se ha centrado en las tentaciones que ponen en riesgo el servicio de los sacerdotes. De este modo, ha advertido sobre los “rígidos” que cargan sobre los fieles cosas que ellos no llevan. También ha señalado que la mundanidad que transforma al sacerdote en un funcionario, le lleva a ser “ridículo”.

Haciendo referencia a las palabras de Jesús en el Evangelio, el Santo Padre ha explicado que también hoy hay cristianos “insatisfechos” que “no consiguen entender qué ha enseñado el Señor”, “no consiguen entender el núcleo de la revelación del Evangelio”. Por eso ha hablado de los sacerdotes “insatisfechos” que “hacen mucho mal”. Viven insatisfechos buscando siempre nuevos proyectos “porque su corazón está lejos de la lógica de Jesús” y por eso “se quejan y viven tristes”.

Sin embargo, la lógica de Jesús debería dar “plena satisfacción” a un sacerdote, ha recordado el Papa. Jesús –ha subrayado– es el mediador entre Dios y nosotros. Y “nosotros tenemos que tomar este camino de mediadores”, “no otra figura que se parece mucho pero no es lo mismo: intermediarios”. Así ha explicado el Papa que “el intermediario hace su trabajo y toma la paga, nunca pierde”.

En esta línea, Francisco ha explicado que el mediador se pierde a sí mismo para unir las partes, de la vida, a sí mismo, el precio es ese: la propia vida, paga con la propia vida, el propio cansancio, el propio trabajo, muchas cosas. 

El auténtico sacerdote “es un mediador muy cercano a su pueblo”, el intermediario no sabe qué significa “ensuciarse las manos”. Por eso –ha precisado– el sacerdote que cambia de mediador a intermediario no es feliz, está triste. Y busca un poco de felicidad “en el hacerse ver, en el hacer sentir la autoridad”.

Al respecto, el Pontífice ha advertido que para hacerse importantes, los sacerdotes intermediarios toman el camino de la rigidez. Asimismo ha asegurado que un sacerdote mundano, rígido, “es un insatisfecho porque ha tomado el camino equivocado”.

En este punto, el Santo Padre ha contado una anécdota que a su vez le contó un anciano monseñor que trabaja en la curia, “un hombre bueno, enamorado de Jesús”. Este monseñor fue al Euroclero (tienda cerca del Vaticano donde se puede comprar ropa para sacerdotes) a comprar un par de camisas. Allí vio delante del espejo a un chico -de no más de 25 años- o joven sacerdote o que iba a ser ordenador, con un manto grande, largo, con terciopelo, la cadena de plata y se miraba. Después se puso también el “saturno” (sombrero sacerdotal), se lo puso y se miraba en el espejo. “Un rígido mundano”, ha indicado. De este modo, Francisco ha contado que el “sabio monseñor” consiguió superar el dolor, con una broma de sano sentido del humor y añadió: “Y después dicen que la Iglesia no permite el sacerdocio a las mujeres”. Así que –ha indicado– el trabajo que hace el sacerdote cuando se convierte en funcionario termina en el ridículo, siempre.

En esta línea, el Santo Padre ha propuesto a los sacerdotes que en el examen de conciencia consideren esto: “¿hoy he sido funcionario o mediador?”

También ha contado que una vez una persona le dijo que reconocía a los sacerdotes por la actitud con los niños: “si saben acariciar a un niño, sonreír a un niño, jugar con un niño”. Esto es interesante –ha precisado– porque significa que saben abajarse, acercarse a las pequeñas cosas.

Para finalizar la homilía, el Pontífice ha propuesto tres iconos de sacerdotes mediadores y no intermediarios. El primero es Policarpo que “no negocia su vocación y va valiente a la pira y cuando el fuego le rodea, los fieles que estaban allí, sintieron el olor del pan”. Así –ha explicado– termina un mediador: como un trozo de pan para sus fieles. En segundo lugar san Francisco Javier, que muere joven en la playa de la Isla Shangchuan, “mirando a China” donde quería ir  pero no podrá porque el Señor lo llama. El último icono propuesto por el Papa es el anciano san Pablo en las Tres Fuentes. Esa mañana –ha concluido el Pontífice– los soldados fueron donde él, lo arrestaron y él caminaba encorvado. “Sabía muy bien que esto sucedía por la traición de algunos dentro de la comunidad cristiana pero él luchó mucho, mucho, en su vida, que se ofrece al Señor como un sacrificio”, ha precisado.

Foto: El Papa Francisco en Santa Marta
(© Osservatore Romano)