La vida cristiana no se entiende “sin memoria”

En la homilía de este viernes 27 en Santa Marta, el Santo Padre advierte sobre el pecado de la “pusilanimidad”, del “tener miedo de todo”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Dios nos libera del pecado que nos paraliza como cristianos. Así lo ha asegurado el papa Francisco en la homilía de este viernes en Santa Marta. El pecado, ha explicado, como es el de la “pusilanimidad”, el “tener miedo de todo”, que no nos hace tener memoria, esperanza, valentía y paciencia.

Tal y como ha señalado el Pontífice, la Carta a los Hebreos propuesta por la liturgia del día exhorta a vivir la vida cristiana con tres puntos de referencia: el pasado, el presente y el futuro. En primer lugar invita a hacer memoria, porque “la vida cristiana no empieza hoy: continúa hoy”. Hacer memoria –ha precisado– es recordar todo: las cosas buenas y las menos buenas, es poner mi historia delante de Dios, sin cubrirla ni esconderla. De ahí la invitación a hacer memoria “de los días del entusiasmo, de ir adelante en la fe, cuando se comenzó a vivir la fe, las pruebas sufridas…”. En esta misma línea, el Santo Padre ha asegurado que la vida cristiana no se entiende, tampoco la vida espiritual de cada día, “sin memoria”. Es más, “no solo no se entiende: no se puede vivir cristianamente sin memoria”. E invita a preguntarse, ¿pero cómo me ha salvado el Señor de estos problemas”. La memoria –ha asegurado el Papa– es una gracia: una gracia que hay que pedir. “Señor, que no me olvide de tu paso en mi vida, que no olvide los buenos momentos, también los feos; las alegría y las cruces”, ha rezado. Al mismo tiempo que ha subrayado que el cristiano es un hombre de memoria.

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Francisco: ‘La unidad de los cristianos más que un esfuerzo humano es un don gratuito de Dios’

El Papa preside las vísperas conclusivas de la 50 ° Semana de oración por la unidad de los cristianos

(ZENIT – Roma).- El santo padre Francisco presidió el miércoles 25 por la tarde la solemnidad de la conversión de san Pablo apóstol, en la conclusión de la 50° Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que tiene como lema: “El amor de Cristo nos empuja a la reconciliación”.

Vistiendo paramentros color crema con ribetes verdes y dorados, el Papa entró en la basílica de San Pablo Extramuros, junto a representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma, y allí han rezado las segundas vísperas.

En la basílica de San Pablo, decorada con arreglos florales y muy iluminada, estaba el coro de la Capilla Sixtina, además de los Guardias suizos y del numerosos público presente.

Los diversos líderes religiosos intervinieron durante la celebración, leyendo en italiano pero también en griego, alemán y armenio, algunas intenciones o parte de las Escrituras.

En su homilía, el Santo Padre invitó a que en el camino ecuménico no apoyarse en programas, cálculos y ventajas, a no depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a buscar el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor.                            

Y subrayó como un paso importante, el hecho que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, lo que ha sido logrado con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico.

El Pontífice invitó al concluir, a “aprovechar todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados”.

Sergio Mora

Texto completo de la homilía de la 50° semana de la Unidad de los Cristianos


Cristo en la Iglesia de San Pablo, en Roma (ZENIT cc)

“El encuentro con Jesús en el camino de Damasco transformó radicalmente la vida de san Pablo. A partir de entonces, el significado de su existencia no consiste ya en confiar en sus propias fuerzas para observar escrupulosamente la Ley, sino en la adhesión total de sí mismo al amor gratuito e inmerecido de Dios, a Jesucristo crucificado y resucitado.

De esta manera, él advierte la irrupción de una nueva vida, la vida según el Espíritu, en la cual, por la fuerza del Señor Resucitado, experimenta el perdón, la confianza y el consuelo.

Pablo no puede tener esta novedad sólo para sí: la gracia lo empuja a proclamar la buena nueva del amor y de la reconciliación que Dios ofrece plenamente a la humanidad en Cristo. Para el Apóstol de los gentiles, la reconciliación del hombre con Dios, de la que se convirtió en embajador (cf. 2 Co 5,20), es un don que viene de Cristo.

Esto aparece claramente en el texto de la Segunda Carta a los Corintios, del que se toma este año el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia» (cf. 2 Co 5,14-20).

«El amor de Cristo»: no se trata de nuestro amor por Cristo, sino del amor que Cristo tiene por nosotros. Del mismo modo, la reconciliación a la que somos urgidos no es simplemente una iniciativa nuestra, sino que es ante todo la reconciliación que Dios nos ofrece en Cristo.

Más que ser un esfuerzo humano de creyentes que buscan superar sus divisiones, es un don gratuito de Dios. Como resultado de este don, la persona perdonada y amada está llamada, a su vez, a anunciar el evangelio de la reconciliación con palabras y obras, a vivir y dar testimonio de una existencia reconciliada.

En esta perspectiva, podemos preguntarnos hoy: ¿Cómo anunciar el evangelio de la reconciliación después de siglos de divisiones? Es el mismo Pablo quien nos ayuda a encontrar el camino. Hace hincapié en que la reconciliación en Cristo no puede darse sin sacrificio. Jesús dio su vida, muriendo por todos. Del mismo modo, los embajadores de la reconciliación están llamados a dar la vida en su nombre, a no vivir para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (cf. 2 Co 5,14-15).

Como nos enseña Jesús, sólo cuando perdemos la vida por amor a él es cuando realmente la ganamos (cf. Lc 9,24). Es esta la revolución que Pablo vivió y es también la revolución cristiana de todos los tiempos: no vivir para nosotros mismos, para nuestros intereses y beneficios personales, sino a imagen de Cristo, por él y según él, con su amor y en su amor.

Para la Iglesia, para cada confesión cristiana, es una invitación a no apoyarse en programas, cálculos y ventajas, a no depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a buscar el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor; allí está nuestro único programa de vida.

Es también una invitación a salir de todo aislamiento, a superar la tentación de la autoreferencia, que impide captar lo que el Espíritu Santo lleva a cabo fuera de nuestro ámbito. Una auténtica reconciliación entre los cristianos podrá realizarse cuando sepamos reconocer los dones de los demás y seamos capaces, con humildad y docilidad, de aprender unos de otros, sin esperar que sean los demás los que aprendan antes de nosotros. Si vivimos este morir a nosotros mismos por Jesús, nuestro antiguo estilo de vida será relegado al pasado y, como le ocurrió a san Pablo, entramos en una nueva forma de existencia y de comunión.

Con Pablo podremos decir: «Lo antiguo ha desaparecido» (2 Co 5,17). Mirar hacia atrás es muy útil y necesario para purificar la memoria, pero detenerse en el pasado, persistiendo en recordar los males padecidos y cometidos, y juzgando sólo con parámetros humanos, puede paralizar e impedir que se viva el presente.

La Palabra de Dios nos anima a sacar fuerzas de la memoria para recordar el bien recibido del Señor; y también nos pide dejar atrás el pasado para seguir a Jesús en el presente y vivir una nueva vida en él.

Dejemos que Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5) nos conduzca a un futuro nuevo, abierto a la esperanza que no defrauda, a un porvenir en el que las divisiones puedan superarse y los creyentes, renovados en el amor, estén plena y visiblemente unidos.

Este año, mientras caminamos por el camino de la unidad, recordamos especialmente el quinto centenario de la Reforma protestante. El hecho de que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, haciendo énfasis en Jesús y en su obra de reconciliación, es un hito importante, logrado con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico.

Mientras imploro a Dios el don de la reconciliación con él y entre nosotros, saludo cordial y fraternalmente a su eminencia el metropolita Gennadios, representante del Patriarcado Ecuménico, a su gracia David Moxon, representante personal en Roma del arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes de las distintas Iglesias y comunidades eclesiales aquí presentes.

Me complace saludar particularmente a los miembros de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, a quienes deseo un trabajo fructífero en la sesión plenaria que está teniendo lugar en estos días.

Saludo también a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey, que están visitando Roma para profundizar en su conocimiento de la Iglesia Católica, y a los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian en Roma, gracias a las becas del Comité de Cooperación Cultural con las Iglesias ortodoxas, que opera en el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los cristianos.

A los superiores y a todos los colaboradores de ese Dicasterio expreso mi estima y agradecimiento. Queridos hermanos y hermanas, nuestra oración por la unidad de los cristianos participa en la oración que Jesús dirigió al Padre antes de la pasión, «para que todos sean uno» (Jn 17,21).

No nos cansemos nunca de pedir a Dios este don. Con la esperanza paciente y confiada de que el Padre concederá a todos los creyentes el bien de la plena comunión visible, sigamos adelante en nuestro camino de reconciliación y de diálogo, animados por el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas que, tanto ayer como hoy, están unidos en el sufrimiento por el nombre Jesús. Aprovechemos todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados”.

 

Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, para el perdón de los pecados

En la homilía del 23 de enero en Santa Marta el , el Santo Padre explica las tres etapas del sacerdocio de Jesús

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de este lunes 23 en Santa Marta, ha explicado las tres etapas del sacerdocio de Cristo. “Las grandes maravillas del sacerdocio de Cristo que se ha ofrecido sí mismo, una vez para siempre, por el perdón de los pecados, ahora intercede por nosotros delante del Padre y volverá a llevarnos a Él”. El Santo Padre también ha advertido que hay una “blasfemia imperdonable”: la que va contra del Espíritu Santo.

El Pontífice ha recordado que el sacerdocio de Cristo es la gran maravilla, la más grande maravilla que “nos hace cantar un canto nuevo al Señor”.

A continuación, ha explicado que el sacerdocio de Cristo se desarrolla en tres momentos. El primero es “la Redención”, mientras que los sacerdotes de la Antigua Alianza debían cada año ofrecer sacrificios, “Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, para el perdón de los pecados”. Con esta maravilla, “nos ha llevado al Padre”, “ha recreado la armonía de la creación”, ha señalado.

La segunda maravilla –ha proseguido Francisco– es la que el Señor hace ahora, es decir, “rezar por nosotros”. Al respecto ha precisado que mientras que “nosotros rezamos aquí”, Él “reza por nosotros, por cada uno de nosotros”. Asimismo, el Pontífice ha señalado que muchas veces se pide a los sacerdotes que recen porque sabemos que la oración del sacerdote tiene una cierta fuerza, precisamente en el sacrificio de la misa.

Finalmente, la tercera maravilla será cuando Cristo vuelva, pero esta tercera vez no será en relación con el pecado, será para “hacer el Reino definitivo”, cuando nos lleve a todos con el Padre.

A continuación, ha reflexionado sobre la “imperdonable blasfemia”, la que va contra el Espíritu Santo. Para explicarlo, el Santo Padre ha hecho referencia a la gran unción sacerdotal de Jesús: la ha hecho el Espíritu en el seno de María y los sacerdotes en la ceremonia de ordenación, son ungidos con aceite.

También Jesús –ha señalado el Papa– como Sumo Sacerdote ha recibido esta unción.  ¿Y cuál es esta primera unción?, ha preguntado. “La carne de María con la obra del Espíritu Santo”, ha respondido el Papa. Al respecto, ha afirmado que el que blasfema sobre esto, blasfema sobre el fundamento del amor de Dios, que es la redención, la re-creación; blasfema sobre el sacerdocio de Cristo. Lo feo de la blasfemia contra el Espíritu Santo –ha añadido el Santo Padre– es no dejarse perdonar, porque reniega la unción sacerdotal de Jesús, que ha hecho el Espíritu Santo.

Para finalizar, el Pontífice ha asegurado que nos hará bien pensar durante la misa “que aquí en el altar se hace la memoria viva, porque Él estará presente allí, el primer sacerdocio de Jesús, cuando ofrece su vida por nosotros”. Está también la memoria viva del segundo sacerdocio, “porque Él rezará aquí”; pero también en esta misa “está ese tercer sacerdocio de Jesús, cuando Él vuelva y nuestra esperanza de la gloria”. Por esta razón, ha invitado a pedir la gracia al Señor que nuestro corazón no se cierre nunca a esta maravilla, a esta gran gratuidad.

El Papa en Santa Marta: «Dios no se acuerda de nuestros pecados»

En la homilía de este viernes 20, el Santo Padre recuerda que la ley del Señor no es una forma de actuar externa, entra en el corazón

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de la misa celebrada esta mañana en Santa Marta, ha invitado a vencer la mentalidad egoísta de los doctores de la ley que siempre condena. Haciendo referencia a la primera lectura del día, el Papa ha subrayado que la nueva alianza que hace Dios con nosotros en Jesucristo nos renueva el corazón y nos cambia la mentalidad. Dios renueva todo –ha asegurado el Papa– desde la raíz, no solamente en la apariencia.

El Pontífice ha indicado que la ley del Señor no es una forma de actuar externa, entra en el corazón y “nos cambia la mentalidad”. En la nueva alianza “hay un cambio de mentalidad, hay un cambio de corazón, un cambio de sentir, de forma de actuar”, “una forma diferente de ver las cosas”.

Siguiendo en esta línea, ha precisado que la nueva alianza “nos cambia el corazón” y “nos hace ver la ley del Señor con este nuevo corazón, con esta nueva mente”. El Santo Padre ha invitado a pensar en los doctores de la ley que perseguían a Jesús. Hacían “todo, todo lo que estaba prescrito en la ley” pero “su mentalidad estaba lejos de Dios”. Tal y como ha explicado el Papa era una mentalidad egoísta, centrada en sí mismos. Su corazón –ha lamentado– era un corazón que condenaba, siempre condenando. Mientras que “la nueva alianza nos cambia el corazón y nos cambia la mente. Hay un cambio de mentalidad”.

El Santo Padre ha recordado que “va adelante”, “nos asegura que perdonará las iniquidades” y “no se acordará más de nuestros pecados”. Bromeando, Francisco ha indicado que “es la debilidad de Dios” que cuando perdona, olvida.

Finalmente, el Pontífice ha reflexionado sobre “el cambio de pertenencia”. Nosotros –ha subrayado– pertenecemos a Dios, los otros dioses no existen, son estupideces. De este modo, ha invitado a pedir la Señor “ir adelante en esta alianza de ser fieles”.

Cambiar el corazón, cambiar la vida, no pecar más o no hacer recordar al Señor lo que ha olvidado con nuestros pecados de hoy, cambiar la pertenencia: “nunca pertenecer a la mundanidad, al espíritu del mundo, a las estupideces del mundo, solamente al Señor”.

Francisco en Santa Marta: la esperanza nos vuelve valientes y no una Iglesia estacionamiento

El Papa invita a la esperanza incluso cuando hay que luchar en la oscuridad

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco abordó en la homilía de la misa matutina que celebró el martes 17 en la Residencia Santa Marta, el tema de los cristianos que encuentran en la Iglesia un buen estacionamiento, cuando en cambio deben  ser valientes y estar anclados a la esperanza cristiana.

Partiendo de la Carta a los Hebreos, el Santo Padre señala que “la del cristiano es una vida valiente”, como los que se entrenan en un estadio para vencer. Aunque la lectura habla también de la pereza que es lo contrario del coraje: o sea “Vivir en la heladera” para que “todo se quede así”.

“Los cristianos perezosos, los cristianos que no tienen ganas de ir hacia adelante, que no luchan para que las cosas cambien por situaciones nuevas que nos harían bien a todos”. Para ellos “la Iglesia es un estacionamiento que les protege la vida y van hacia adelante con todas las aseguraciones posibles. Pero estos cristianos parados, me recuerdan una cosa de que niño nos decían los abuelos: ‘Cuidado con el agua estancada, la que no corre, porque es la primera que se corrompe”.

Es la esperanza lo que vuelve valientes a los cristianos, en cambio los cristianos perezosos no tienen esperanza, “están jubilados”, dijo el Papa. Y si bien es lindo irse en pensión después de muchos años de trabajo, “pasar la vida como jubilado es feo”.

La esperanza en cambio es el ancla a la cual atarse en los momentos difíciles: “Aquella esperanza que no desilusiona, que va más allá”. La esperanza “es luchar agarrado a la cuerda” en la “lucha de todos los días”, como una “virtud de horizontes, no de cierre”. Y en los momentos oscuros, “aférrate a la cuerda y soporta”.

Los cristianos estacionados se miran solo a sí mismos, porque son egoístas, asegura Francisco. Aunque reconoce que los cristianos valientes muchas veces se equivocan, añade que “todos nos equivocamos”. Y advirtió sobre el hecho de que “quien está quieto pareciera que no se equivoca”.

El Pontífice ha concluido la homilía invitando a preguntarnos. ¿Cómo soy yo? ¿Cómo es mi vida de fe?, es una vida de horizontes, de esperanza, de coraje, de avanzar, o una vida tibia que ni siquiera sabe soportar los momentos difíciles? El Papa invitó así a pedir al Señor que nos de la gracia de superar nuestros egoísmos, porque los cristianos parados son egoístas.

La Iglesia de Madrid celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

La Iglesia celebró este domingo, 15 de enero, la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, centrada este año en Menores migrantes, vulnerables y sin voz.

El cardenal arzobispo de Madrid presidió una Misa a las 10:30 horas en la parroquia Crucifixión del Señor que fue retransmitida por La 2 de TVE.

En esta jornada, además, la Delegación de Pastoral del Trabajo celebró el 8º encuentro-convivencia entre trabajadores inmigrantes y autóctonos, con testimonio de padres y educadores de menores sobre esta situación. El encuentro se desarrolló en la parroquia San Pablo de Vallecas, de 17:00 a 20:00 horas. Después de escuchar los testimonios, se reflexionó sobre cómo viven los menores migrantes en Madrid.

Homilía del cardenal Osoro en la Eucaristía del Migrante y del Refugiado

Queridos hermanos:

Como acabamos de escuchar: que «la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros» (1 Cor 1, 1-3). Asumamos la tarea de llevar la gracia y la paz a todos los hombres: hoy especialmente traemos al altar la realidad de los migrantes y refugiados. No son un problema sino una riqueza para la sociedad y un tesoro precioso para la Iglesia que peregrina en Madrid. En este día, la Iglesia desea que pongamos nuestra mirada en los migrantes menores de edad, vulnerables y sin voz. Así nos lo pedía el Papa Francisco, sucesor de Pedro, en su mensaje en la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado. ¡Qué densidad, fuerza y atracción para nuestro corazón tienen las palabras que juntos hemos repetido en el salmo!: «El Señor se inclinó y escuchó mi grito […] me puso en la boca un cántico nuevo […] me abriste el oído […] entonces yo digo: aquí estoy […] llevo tu ley en mis entrañas» (cfr. Sal 39). Sí Señor. Aquí estamos, llevamos en las entrañas de nuestro ser, escritas en nuestro ADN (ya que Tú nos has dado tu vida por el Bautismo), las palabras que pronunció Jesús: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado» (Mc 9, 37). Son nuestras y las queremos hacer vida en nuestra vida.

Son estas palabras las que nos hacen mirar a nuestro mundo para ver cómo durante más de diez años, con mayor o menor intensidad, han llegado niños a los países de Europa en cuyos rostros se palpa la vulnerabilidad. En este último año, hemos recibido información y datos muy duros: más de 10.000 niños refugiados desaparecidos. Son menores inmaduros, necesitados de que se vele por su interés, extranjeros que no gozan de los derechos plenos, niños sin acompañamiento de su familia o de un adulto responsable. Por su condición de emigrantes menores vulnerables y sin voz, llegan escapando de la violencia o por razones económicas, procedentes a veces de familias desestructuradas, rotas por la guerra o la persecución. Otras veces son menores que eran chicos de la calle y que, si no son bien acogidos, seguirán siéndolo en el país al que acceden.

Las palabras de profeta Isaías que hemos escuchado, al ver la realidad de estos niños, nos invitan a hacerlas verdad: «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» ( cfr. Is 49, 3.5-6). Y el Evangelio que hemos proclamado nos habla con claridad de lo que es determinante en el camino de nuestra vida: «Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” […] Y Juan dio testimonio diciendo […] “Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”». Ser luz de los pueblos y ser testigo de Cristo significa que, ante realidades de la vida humana que se extienden por todos los continentes, y muy especialmente la de los niños que se encuentran desprotegidos por ser menores, extranjeros e indefensos, forzados a vivir lejos de su familia o separados de su afecto, hemos de poner los medios para eliminar esa carrera que lleva al tráfico de niños, su explotación y al abuso de menores. Pongámonos manos a la obra: defendamos el derecho a un ambiente familiar sano y seguro, defendamos la familia en la que se pueda crecer con la guía y el ejemplo de un padre y una madre, donde puedan tener educación adecuada y crecer como personas que protagonicen su futuro. Llamo a la comunidad cristiana, a la Iglesia, a alzar la voz, porque somos los adultos la luz, testigos de la Luz que es Cristo. Tenemos que proclamar infatigablemente que las personas son más importantes que las cosas. Por ello, ofrezcamos y pidamos para los emigrantes menores de edad, vulnerables y sin voz:

  1. Ofrezcamos lo que somos como Luz: protección. La Iglesia con todas sus instituciones y comunidades. Invitamos a los organismos civiles a que pongamos tiempo y recursos para proteger a los niños de todas las formas de abuso. A la Iglesia se nos pide unidad en la oración y comunión en la fraternidad. Muchas comunidades religiosas y parroquiales, asociaciones cristianas y laicos comprometidos trabajan ya eficazmente en este campo, pero hemos de aumentar nuestro empeño. No nos importe ser subsidiarios de acciones que tendrían que llevar a cabo las autoridades civiles: lo importante es salvar personas y ofrecer recursos que construyan. Dios se da cuenta mucho antes que los hombres de la dignidad de quien creó a su imagen y semejanza. ¡Ánimo y adelante!
  1. Ofrezcamos lo que somos como Luz: integración. Ofrezcamos recursos, no pongamos obstáculos para la acogida, asistencia e inclusión; propongamos programas de integración social o programas de vuelta a su país asistida y segura. Eliminemos toda forma de captación organizada por redes ilegales, o captaciones para crímenes organizados. La Iglesia ha de ser la voz de estos menores, llenos de sueños y de historias desgarradoras. Sus vidas son voz que interpela y nos pregunta: ¿me dejáis un lugar donde vivir y crecer? Miradme a la cara; soy una persona que llegó a tu casa, hazme un sitio
  1. Ofrezcamos lo que somos como Luz: soluciones estables. Afrontemos el tema de los niños emigrantes desde la raíz: son las guerras, la violación de los derechos humanos entre los que se encuentra el derecho a confesar una fe religiosa y poderlo expresar, la corrupción, la pobreza, los desequilibrios y desastres ambientales. No en último lugar se encuentra la crisis antropológica, el no saber o querer saber la verdad acerca del ser humano. Todo ello convierte a los niños en los primeros en sufrir todas las crisis. Los datos que doy son ofrecidos por UNICEF: 1,8 millones de niños víctimas de explotación sexual; 300.000 víctimas de violencia en la guerra; 168 millones sometidos al trabajo infantil. Escuchemos su voz y demos soluciones estables. Todos los países, todos los pueblos, estamos llamados a afrontar las causas que provocan los desplazamientos forzosos y evitar sus terribles consecuencias para la infancia.

 

Dentro de un momento os presentaré al Señor y diré: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Responderemos todos: «Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Haz esta sanación en todos nosotros y en todos los hombres, Señor. Reconocerte así es reconocer que Tú estás presente en los más pequeños y vulnerables. Hagamos un mundo como el que Dios mismo diseñó y su Hijo Jesucristo nos ha revelado. Es diferente al que tenemos, pero es posible con tu ayuda. En ello tenemos un reto y una esperanza. Amén.

Imagen: El Cardenal Osoro celebra una Eucaristía
(Foto de archivo. Archimadrid)

El Papa en Santa Marta: «para seguir a Jesús es necesario moverse»

En la homilía del viernes 13, el Santo Padre invita a preguntarse “¿Yo corro el riesgo o siempre sigo a Jesús según las reglas de la compañía de seguros?”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de este viernes en la misa celebrada en Santa Marta, ha explicado que la gente puede seguir a Jesús o por interés o por una palabra de consuelo. Haciendo referencia al Evangelio del día, ha indicado que aunque si la pureza de intención es siempre “total”, perfecta, es importante seguir a Jesús, caminar detrás de Él. En esta línea, el Santo Padre ha explicado que la gente estaba atraída por su autoridad, por las “cosas que decía y cómo las decía, se hacía entender”, también “sanaba y mucha gente iba detrás del Él para hacerse entender”. Al mismo tiempo ha observado que Jesús reprochó algunas veces a la gente que lo seguía porque estaba más interesada en una conveniencia que en la Palabra de Dios.

Por otro lado, ha reconocido que el problema más grande eran los que se quedaban “parados”. Los que miraban, estaban sentados, no seguían. “Miraban desde el balcón. No iban caminando en la propia vida: ¡’balconeaban’ la vida! Precisamente allí: ¡no se arriesgaban nunca!”, se ha lamentado el Papa. Solamente “juzgaban”. Eran los puros y no se mezclaba, ha observado. Y cuántas veces también nosotros –ha reconocido el Santo Padre– cuando vemos la piedad de la gente sencilla nos viene a la cabeza ese clericalismo que hace tanto mal a la Iglesia.

Estos, ha proseguido, eran un grupo de parados: esos que estaban allí, en el balcón, miraban y juzgaban. Pero “hay más parados en la vida”. A este punto, Francisco ha hecho referencia a ese hombre que “desde hace 38 años estaba cerca de la piscina: parado, amargado de la vida, sin esperanza” y “digería la propia amargura: también ese es otro parado, que no seguía a Jesús y no tenía esperanza”.

Sin embargo, la gente que seguía a Jesús “corría el riesgo” para encontrarlo, “para encontrar lo que quería”. Y los hombres de la lectura de hoy corrieron el riesgo cuando hicieron el agujero en el techo. “Han arriesgado, pero quería ir donde Jesús”, ha reconocido. De la mismo forma la mujer enferma desde hacía 18 años que quería tocar el borde del manto de Jesús: “corrió el riesgo de sentir vergüenza”. También ha invitado a pensar en la Cananea. Las mujeres  –ha reconocido el Papa– arriesgan más que los hombres. “¡Eso es verdad: son más buenas! Y esto debemos reconocerlo!”, ha señalado.

Prosiguiendo la homilía, el Pontífice ha asegurado que seguir a Jesús “no es fácil pero es bonito” y “siempre se arriesga”. Y se encuentra lo que realmente cuenta: “tus pecados son perdonados”. Porque –ha subrayado– detrás de esa gracia que pedimos están las ganas de ser sanados en el alma, de ser perdonados. “Todos nosotros sabemos que somos pecadores. Y por eso seguimos a Jesús, para encontrarlo. Y arriesgamos”, ha precisado.

El Papa ha invitado a preguntarse: “¿Yo corro el riesgo o siempre sigo a Jesús según las reglas de la compañía de seguros?”. Así, ha advertido de que “preocupados por no hacer una cosa u otra, no se sigue a Jesús, sino que se permanece sentados, como estos que juzgaban”.

La fe es, ha explicado el Papa, “encomendarse a Jesús, fiarse de Jesús”.Y de nuevo ha invitado a preguntarse “¿Me fío de Jesús? ¿Encomiendo mi vida a Jesús? ¿Estoy en camino detrás de Jesús, incluso si hago el ridículo alguna vez?  ¿O estoy sentado mirando lo que hacen los demás, mirando la vida, o estoy sentado con el alma ‘sentada’ – digamos así – con el alma cerrada por la amargura, la falta de esperanza?”.

El Papa en Santa Marta: “Nuestra vida es un hoy”

En la homilía de este jueves, el Santo Padre invita a “no endurecer al corazón”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- La homilía del papa Francisco de la misa de Santa Marta se ha centrado en dos palabras “hoy” y “corazón”. El hoy del que habla el Espíritu Santo en el pasaje de la Carta a los Hebreos de la liturgia del día, es “nuestra vida”, un hoy “lleno de días” pero después del cual no habrá un replay, un mañana”, “un hoy en el cual nosotros hemos recibido el amor de Dios”. Un hoy –ha explicado el Papa– en el cual podemos renovar nuestra alianza con la fidelidad de Dios. Pero hay un solo hoy en nuestra vida, y la tentación es decir “sí, lo haré mañana”, ha advertido.

Jesús lo explica en la parábola de las diez vírgenes: las cinco que no habían llevado con ellas el aceite junto a las lámparas, lo van a comprar después pero cuando llegan encuentran la puerta cerrada. El Santo Padre ha hecho también referencia también a la parábola del que llama a la puerta diciendo al Señor: “he comido contigo, he estado contigo…”. “No te conozco: has llegado tarde…”.

Esto lo digo –ha proseguido Francisco– no para asustaros, sino simplemente para decir que nuestra vida es un hoy: hoy o nunca. El Papa ha asegurado que él piensa esto, “el mañana será el mañana eterno, sin atardecer, con el Señor, para siempre. Si yo soy fiel a este hoy”. Y el Papa ha hecho la pregunta que hace el Espíritu Santo: “¿cómo vivo yo, este hoy?”

La segunda palabra sobre la que ha reflexionado es “corazón”. Con el corazón “encontramos al Señor” y muchas veces Jesús regaña diciendo: “lentos de corazón”, lentos en el entender. Así, la invitación es no endurecer el corazón y preguntarse si no está “sin fe” o “seducido por el pecado”.

En esta misma línea, el Santo Padre ha contado que le conmueve cuando una persona anciana –muchas veces sacerdote o religiosa– le piden que rece por su perseverancia final.

De este modo, el Santo Padre exhorta a preguntarse sobre “nuestro hoy” y “nuestro corazón”. El hoy está “lleno de días” pero “no se repetirá”. Los días se repiten hasta que el Señor dice “basta”.

Pero –ha señalado Francisco– el hoy no se repite, la vida es esta. “Y corazón abierto al Señor, no cerrado, no duro, no endurecido, no sin fe, no perverso, no seducido por los pecados”.

Finalmente el Santo Padre ha recordado que el Señor se encontró a muchos de estos que tenían el corazón cerrado: los doctores de la ley, toda la gente que le perseguía, lo ponían a prueba para condenarlo y al final lo consiguieron.

Al concluir la homilía, Francisco ha invitado a hacerse varias preguntas: ¿Cómo es mi hoy? ¿Mi atardecer puede ser hoy mismo, este día o muchos días después? ¿Cómo va mi hoy, en la presencia del Señor? ¿Y mi corazón cómo es? ¿Está abierto? ¿Está firme en la fe? ¿Se deja conducir del amor del Señor?

Comentario a la liturgia dominical, domingo II del tiempo ordinario

Ciclo A Textos: Isaías 49, 3.5-6; 1 Co 1, 1-3; Juan 1, 29-34.

Idea principal: Ese Dios que vino al mundo es Siervo.

Resumen del mensaje: Ese Hijo de Dios, Jesús, después de su vida oculta en Belén y Nazaret, sale feliz a su vida pública a los treinta años con su carnet de identidad: es Siervo. Su huella dactilar está bien clara y legible: “Vine para servir, no para ser servido”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús es siervo para servir primero a su Padre celestial, glorificándole  y cumpliendo incansablemente la misión de ser luz y poder reunir a su pueblo y traer de vuelta a Dios a los supervivientes (primera lectura). Este siervo experimentará cansancio, es verdad, pero nunca será en vano. Y aunque los resultados de su servicio no corresponden a las expectativas y esfuerzos, él se encuentra en paz, porque trabajó para dar gloria a su Padre y la recompensa le vendrá de Él.

En segundo lugar, Jesús es siervo para servir también a la humanidad, a cada hombre y mujer. Para cumplir su misión de siervo se reviste de entrañas de Cordero que se dejará inmolar y sacrificar para quitarnos el pecado (evangelio) y darnos el Espíritu de santidad. Este título de Cordero incluye los siguientes rasgos: Cordero vencedor, Cordero expiatorio, Cordero pascual liberador. A Jesús en la cruz, igual que al cordero pascual, no le quebrarán ningún hueso. ¿Cómo quita Jesús el pecado de la humanidad? Asumiendo la condición humana de siervo y ofreciéndose desde la cruz, en ofrenda voluntad y servicio de amor. Desde la cruz nos da el Espíritu Santo que purifica y perdona todos nuestros pecados.

Finalmente, todo seguidor de Cristo tiene que vivir esta dimensión de siervo en todas partes y con todos: con Dios, en la familia, en el trabajo, en las comunidades. Servir a Dios con una vida santa (segunda lectura). Servir a la familia con una vida de entrega, sacrificio y ejemplo para los hijos. Servir en el trabajo con una vida honesta. Servir en las comunidades mediante la disponibilidad desinteresada en los diversos apostolados que surjan.

Para reflexionar: ¿Tengo manos, corazón y pies de servidor o de mandador? ¿Domino o sirvo? ¿Sirvo con amor o a regañadientes?

Para rezar:

Nos has mostrado con tu ejemplo, Señor,
que es posible vivir para los demás.
Tu vida es un espejo fiel donde mirarnos
para descubrir cuánto nos falta cambiar
y cuánto todavía podemos dar a los demás.
Tú saliste a recorrer los caminos
para ir al encuentro del necesitado
y el excluido.
Tú acogiste a los despreciados
y a los que todos marginaban
y dejaban a un costado.
Tú atendiste las necesidades del pueblo,
sanaste sus enfermedades,
les enseñaste a compartir el pan,
y vivir unidos.
Tú ofreciste tu vida
hasta el final, hasta entregarla por amor
y pura donación, para que todos vivamos más y mejor,
y podamos alcanzar la vida verdadera.
Señor del servicio, muéstranos el camino
que lleva a darlo todo por los demás.
Ayúdanos a tener tus mismos sentimientos, preocupaciones y opciones.
Haz que atendamos las necesidades, sufrimientos y esperanzas de nuestro pueblo. Haznos cercanos y hermanos de todos.
Enséñanos a vivir pensando primero en el otro, enséñanos a vivir
como verdaderos servidores, dispuestos, generosos, alegres y fraternos
con todos, Señor, con todos.

Antonio Rivero, L.C.
Doctor en Teología Espiritual,
profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades
y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México).

El Papa en Santa Marta: La autoridad de Jesús viene por su servicio, cercanía y coherencia

En la homilía de este martes10 de enero, el Papa ha reflexionado sobre tres características que diferencian la autoridad de Jesús de la de los doctores de la Ley

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Jesús tenía autoridad porque servía a la gente, estaba cerca de las personas y era coherente, al contrario que los doctores de la Ley que se sentían príncipes. Así lo ha indicado el papa Francisco en su homilía de este martes en la misa celebrada esta mañana en Santa Marta. Frente a estas características de Jesús, ha precisado, los doctores de la ley enseñaban con autoridad clericalista, separados de la gente, no vivían lo que predicaban.

La autoridad de Jesús y la de los fariseos son los dos puntos sobre los que se ha centrado la homilía del Papa. Una es una autoridad real, la otra formal. En el Evangelio del día –ha explicado Francisco– se habla del estupor de la gente porque Jesús enseñaba “como uno que tiene autoridad” y no como los escribas. Así, ha recordado que “eran las autoridades del pueblo” pero lo que enseñaban no entraba en el corazón, mientras que Jesús tenía una autoridad real. No era “un seductor”, enseñaba la Ley “hasta el último punto” enseñaba la Verdad pero con autoridad.

De este modo, durante su homilía, el Papa ha reflexionado sobre tres características que diferencian la autoridad de Jesús de la de los doctores de la Ley. Tal y como ha observado el Papa, mientras que Jesús “enseñaba con humildad” y dice a sus discípulos que “el más grande sea como el que sirve: se haga el más pequeño”, los fariseos se sentían príncipes.

Jesús –ha explicado el Pontífice– servía a la gente, explicaba las cosas para que la gente entendiera bien, estaba al servicio de la gente. Tenía una actitud de servidor, y esto daba autoridad. Pero la mentalidad de los doctores de la Ley, ha advertido Francisco, era “nosotros somos los maestros, los príncipes, y nosotros os enseñamos a vosotros”. No era servicio sino “nosotros mandamos, vosotros obedecéis”. Y Jesús –ha subrayado el Papa– nunca se ha hecho pasar por príncipe, siempre era servidor de todos y esto es lo que le daba autoridad.

La segunda característica es la cercanía. Así, Francisco ha precisado que ese estar cerca de la gente lo que da autoridad. “Jesús no tenía alergia a la gente: tocar a los leprosos, a los enfermos, no le hacía estremecerse”. Mientras que los fariseos despreciaban a la pobre gente y ellos paseaban por las plazas, bien vestidos. Estos doctores, ha asegurado el Papa, enseñaban con autoridad clericalista.

Y un tercer punto que diferencia la autoridad de los escribas de la de Jesús es la coherencia. Jesús –ha subrayado el Papa– vivía lo que predicaba: había como una unidad, una armonía entre lo que pensaba, sentía, hacía. Mientras que quien se siente príncipe tiene “una actitud clericalista”, es decir, hipócrita, dice una cosa y hace otra.

En esta línea, el Santo Padre ha recordado que Jesús, que es humilde, que está al servicio, que es cercano, que no desprecia a la gente y que es coherente, tiene autoridad. “Y esta es la autoridad que siente el pueblo de Dios”, ha añadido.

Para concluir el Santo Padre ha recordado la parábola del Buen Samaritano. Delante de un hombre dejado medio muerto en el camino por los asaltantes, pasa el sacerdote y se va quizá porque hay sangre y cree que si lo toca, se convierte en impuro. Pasa el levita y –ha observado el Papa– creo que pensó que si se mezclaba tendría que ir después al tribunal a declarar y tenía muchas cosas que hacer. Y también él se va. Y finalmente el samaritano, un pecador, es el que tiene compasión. Pero, ha añadido Francisco, hay otro personaje, el posadero. Este hombre no se sorprende ni del asalto ni del comportamiento del sacerdote o el levita, sino por el del samaritano. Podía pensar, “este está loco”, “no es judío, es un pecador”. Así, el Papa vuelve al estupor de la gente del Evangelio de hoy frente a la autoridad de Jesús: “una autoridad humilde, de servicio”, “una autoridad cercana a la gente” y “coherente”.