Cardenal Osoro a los consagrados: «Os admiro por vuestra lealtad y abandono»

Testigos de la esperanza y la alegría es el lema con el que el jueves, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Niño Jesús en el Templo (la Candelaria), se celebró la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, establecida por el Papa san Juan Pablo II en 1997. El cardenal Carlos Osoro Sierra, arzobispo de Madrid, presidió una solemne concelebración de la Eucaristía en la catedral de Santa María la Real de la Almudena. En su homilía,  el purpurado agradecio la labor de los consagrados: «Os admiro por vuestra lealtad y abandono, marcados por vuestra singular generosidad, en una cultura donde no es fácil entregar la vida para siempre ni darla incondicionalmente».
Hermanos y hermanas:

Hoy es un día de alegría para toda la Iglesia. Celebrar la Jornada Mundial de la Vida Consagrada con este lema: Testigos de la esperanza y de la alegría, es todo un compromiso para quienes habéis recibido la llamada del Señor para hacerlo visible entre los hombres; con la única tarea y dedicación de infundir, con vuestro testimonio en medio de esta historia, la esperanza en un mundo que muy a menudo cae en situaciones de desesperanza, y hacer una confesión fuerte de Cristo con esa alegría de la salvación que Él nos regala para que la hagamos visible y creíble en el corazón de cada ser humano que encontremos en nuestra vida.

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El Papa presidió la misa por la Jornada de la Vida Consagrada

La Eucaristía se celebró en la basílica de San Pedro junto a consagrados religiosos y laicos

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- En la festividad de la Presentación del Señor, y en la XXI Jornada Mundial de la Vida Consagrada, el papa Francisco presidió en la basílica vaticana de San Pedro la santa misa.

El Santo Padre vistiendo paramentos blancos y portando el palio, celebró junto a sacerdotes de órdenes, congregaciones e institutos religiosos. El coro de la Capilla Sixtina acompañó la liturgia con sus cantos polifónicos y gregorianos.

En la misa participaron miembros de los Institutos de vida consagrada quienes vestían sus hábitos, de diversos colores y confecciones, pero también miembros de las Sociedades de vida apostólica, con sus vestidos diarios.

La ceremonia se abrió con la bendición de las velas, en el día de la Virgen de la Candelaria, y la procesión siguió con la celebracion eucarística.

Un ícono representando a la Vírgen María con el Niño estaba en el lado izquierdo del altar con un hermoso arreglo floral blanco.

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Homilia 05-02-2017

Ser luz, pero no iluminados

 

La imagen de la luz vuelve a centrar nuestra atención en la meditación de la Palabra de Dios. La luz que hemos contemplado en Navidad (cf. Is 9,2; Jn 1, 4.9) y que ha empezado a iluminarnos por medio de la Palabra y su acción benéfica y curativa (cf. Mt 4, 16) se nos transmite también a nosotros, los creyentes. Esa luz nos ha iluminado para ver un mundo nuevo, que Jesús proclama por medio de las Bienaventuranzas. Participar de la bienaventuranza del Reino de Dios, como veíamos la pasada semana, significa también contagiarse de la luz: si en Jesús, hijo de Dios, nos convertimos en hijos adoptivos, y si en el bienaventurado, por ser hijo, también nosotros lo somos, y hemos de actuar en consecuencia; del mismo modo, por ser Jesús la luz del mundo (cf. Jn 8, 12), nos convertimos en luz. Pero ¿qué significa exactamente esto? ¿Podemos decir que los cristianos somos unos “iluminados”?

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‘Una Iglesia sin mártires es una Iglesia sin Jesús’

Francisco recuerda en Santa Marta que “sin memoria no hay esperanza”, y que este paso insta a llamar a la memoria la historia del pueblo del Señor

(ZENIT – Ciudad del Vaticano) – La mayor fuerza de la Iglesia se ve principalmente en las pequeñas Iglesias perseguidas, más aún que en las grandes manifestaciones de fe. Lo dijo el lunes 30 el papa Francisco en la homilía de la misa celebrada por la mañana en Casa Santa Marta, precisando que en nuestros días hay más mártires que en los primeros siglos.

Explicando la carta a los Hebreos, Francisco recuerda que “sin memoria no hay esperanza”, y que este paso insta a llamar a la memoria la historia del pueblo del Señor. Justamente en el capítulo XI, que la liturgia nos presenta en estos días, se habla de la memoria. En primer lugar, una “memoria de la docilidad”, la memoria de la docilidad de tanta gente, comenzando con Abraham, obediente, que salió de su casa sin saber a dónde iba.

En particular se habla de otras dos memorias. El recuerdo de las grandes gestas del Señor forjadas por Gedeón, Barac, Sansón, David, “muchas gente que ha hecho grandes gestas en la historia de Israel”.

Y después está un tercer grupo del cual es necesario hacer memoria, la “memoria de los mártires”, de aquellos “que han sufrido y dado su vida como Cristo”, que “fueron torturados, lapidados, muertos por la espada.” La Iglesia es, de hecho, “este pueblo de Dios”, “pecador, pero dócil”,  que hace “grandes cosas y también da testimonio de Jesús hasta el martirio”.

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¿Quién es feliz?

El capítulo 5 del evangelio de Mateo abre con las Bienaventuranzas el gran discurso programático de Jesús que llega hasta el capítulo 7, y en el que expone las líneas maestras del Reino de Dios, cuya cercanía anuncia y que él mismo porta en sí. Una larga tradición eclesial ha querido ver en este “Sermón de la montaña” la proclamación de la Nueva Ley del Evangelio, en paralelo con la promulgación de la Ley que Dios dio a Israel por medio de Moisés en el Sinaí (cf. Ex 19). De hecho, no es difícil descubrir similitudes, aunque también saltan a la vista los contrastes. Jesús, como Moisés, sube a la montaña; es allí, en la cima, en la cercanía con Dios, como tiene lugar la revelación de la voluntad divina, que es ley para los creyentes. Jesús aparece como el nuevo Moisés, por medio del cual Dios nos comunica su voluntad. Pero enseguida destacan los contrastes. El monte de las bienaventuranzas no es una montaña imponente, casi inaccesible, sino una agradable colina cerca del lago de Genesaret. A diferencia de Moisés, que debía subir sólo, mientras el pueblo permanecía a distancia lleno de temor, con Jesús suben sus discípulos, que se acercan a él: no es el temor, sino la confianza lo que preside la proclamación de la nueva ley del Evangelio. En ella, aunque no se dé una ruptura, sino una profundización y un perfeccionamiento (cf. Mt 5, 17), se abre un nuevo mundo de valores, una nueva forma de relación del hombre consigo mismo, con los demás y con Dios.

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La vida cristiana no se entiende “sin memoria”

En la homilía de este viernes 27 en Santa Marta, el Santo Padre advierte sobre el pecado de la “pusilanimidad”, del “tener miedo de todo”

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- Dios nos libera del pecado que nos paraliza como cristianos. Así lo ha asegurado el papa Francisco en la homilía de este viernes en Santa Marta. El pecado, ha explicado, como es el de la “pusilanimidad”, el “tener miedo de todo”, que no nos hace tener memoria, esperanza, valentía y paciencia.

Tal y como ha señalado el Pontífice, la Carta a los Hebreos propuesta por la liturgia del día exhorta a vivir la vida cristiana con tres puntos de referencia: el pasado, el presente y el futuro. En primer lugar invita a hacer memoria, porque “la vida cristiana no empieza hoy: continúa hoy”. Hacer memoria –ha precisado– es recordar todo: las cosas buenas y las menos buenas, es poner mi historia delante de Dios, sin cubrirla ni esconderla. De ahí la invitación a hacer memoria “de los días del entusiasmo, de ir adelante en la fe, cuando se comenzó a vivir la fe, las pruebas sufridas…”. En esta misma línea, el Santo Padre ha asegurado que la vida cristiana no se entiende, tampoco la vida espiritual de cada día, “sin memoria”. Es más, “no solo no se entiende: no se puede vivir cristianamente sin memoria”. E invita a preguntarse, ¿pero cómo me ha salvado el Señor de estos problemas”. La memoria –ha asegurado el Papa– es una gracia: una gracia que hay que pedir. “Señor, que no me olvide de tu paso en mi vida, que no olvide los buenos momentos, también los feos; las alegría y las cruces”, ha rezado. Al mismo tiempo que ha subrayado que el cristiano es un hombre de memoria.

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Francisco: ‘La unidad de los cristianos más que un esfuerzo humano es un don gratuito de Dios’

El Papa preside las vísperas conclusivas de la 50 ° Semana de oración por la unidad de los cristianos

(ZENIT – Roma).- El santo padre Francisco presidió el miércoles 25 por la tarde la solemnidad de la conversión de san Pablo apóstol, en la conclusión de la 50° Semana de Oración para la Unidad de los Cristianos que tiene como lema: “El amor de Cristo nos empuja a la reconciliación”.

Vistiendo paramentros color crema con ribetes verdes y dorados, el Papa entró en la basílica de San Pablo Extramuros, junto a representantes de otras Iglesias y comunidades eclesiales presentes en Roma, y allí han rezado las segundas vísperas.

En la basílica de San Pablo, decorada con arreglos florales y muy iluminada, estaba el coro de la Capilla Sixtina, además de los Guardias suizos y del numerosos público presente.

Los diversos líderes religiosos intervinieron durante la celebración, leyendo en italiano pero también en griego, alemán y armenio, algunas intenciones o parte de las Escrituras.

En su homilía, el Santo Padre invitó a que en el camino ecuménico no apoyarse en programas, cálculos y ventajas, a no depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a buscar el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor.                            

Y subrayó como un paso importante, el hecho que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, lo que ha sido logrado con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico.

El Pontífice invitó al concluir, a “aprovechar todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados”.

Sergio Mora

Texto completo de la homilía de la 50° semana de la Unidad de los Cristianos


Cristo en la Iglesia de San Pablo, en Roma (ZENIT cc)

“El encuentro con Jesús en el camino de Damasco transformó radicalmente la vida de san Pablo. A partir de entonces, el significado de su existencia no consiste ya en confiar en sus propias fuerzas para observar escrupulosamente la Ley, sino en la adhesión total de sí mismo al amor gratuito e inmerecido de Dios, a Jesucristo crucificado y resucitado.

De esta manera, él advierte la irrupción de una nueva vida, la vida según el Espíritu, en la cual, por la fuerza del Señor Resucitado, experimenta el perdón, la confianza y el consuelo.

Pablo no puede tener esta novedad sólo para sí: la gracia lo empuja a proclamar la buena nueva del amor y de la reconciliación que Dios ofrece plenamente a la humanidad en Cristo. Para el Apóstol de los gentiles, la reconciliación del hombre con Dios, de la que se convirtió en embajador (cf. 2 Co 5,20), es un don que viene de Cristo.

Esto aparece claramente en el texto de la Segunda Carta a los Corintios, del que se toma este año el tema de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: «Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia» (cf. 2 Co 5,14-20).

«El amor de Cristo»: no se trata de nuestro amor por Cristo, sino del amor que Cristo tiene por nosotros. Del mismo modo, la reconciliación a la que somos urgidos no es simplemente una iniciativa nuestra, sino que es ante todo la reconciliación que Dios nos ofrece en Cristo.

Más que ser un esfuerzo humano de creyentes que buscan superar sus divisiones, es un don gratuito de Dios. Como resultado de este don, la persona perdonada y amada está llamada, a su vez, a anunciar el evangelio de la reconciliación con palabras y obras, a vivir y dar testimonio de una existencia reconciliada.

En esta perspectiva, podemos preguntarnos hoy: ¿Cómo anunciar el evangelio de la reconciliación después de siglos de divisiones? Es el mismo Pablo quien nos ayuda a encontrar el camino. Hace hincapié en que la reconciliación en Cristo no puede darse sin sacrificio. Jesús dio su vida, muriendo por todos. Del mismo modo, los embajadores de la reconciliación están llamados a dar la vida en su nombre, a no vivir para sí mismos, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (cf. 2 Co 5,14-15).

Como nos enseña Jesús, sólo cuando perdemos la vida por amor a él es cuando realmente la ganamos (cf. Lc 9,24). Es esta la revolución que Pablo vivió y es también la revolución cristiana de todos los tiempos: no vivir para nosotros mismos, para nuestros intereses y beneficios personales, sino a imagen de Cristo, por él y según él, con su amor y en su amor.

Para la Iglesia, para cada confesión cristiana, es una invitación a no apoyarse en programas, cálculos y ventajas, a no depender de las oportunidades y de las modas del momento, sino a buscar el camino con la mirada siempre puesta en la cruz del Señor; allí está nuestro único programa de vida.

Es también una invitación a salir de todo aislamiento, a superar la tentación de la autoreferencia, que impide captar lo que el Espíritu Santo lleva a cabo fuera de nuestro ámbito. Una auténtica reconciliación entre los cristianos podrá realizarse cuando sepamos reconocer los dones de los demás y seamos capaces, con humildad y docilidad, de aprender unos de otros, sin esperar que sean los demás los que aprendan antes de nosotros. Si vivimos este morir a nosotros mismos por Jesús, nuestro antiguo estilo de vida será relegado al pasado y, como le ocurrió a san Pablo, entramos en una nueva forma de existencia y de comunión.

Con Pablo podremos decir: «Lo antiguo ha desaparecido» (2 Co 5,17). Mirar hacia atrás es muy útil y necesario para purificar la memoria, pero detenerse en el pasado, persistiendo en recordar los males padecidos y cometidos, y juzgando sólo con parámetros humanos, puede paralizar e impedir que se viva el presente.

La Palabra de Dios nos anima a sacar fuerzas de la memoria para recordar el bien recibido del Señor; y también nos pide dejar atrás el pasado para seguir a Jesús en el presente y vivir una nueva vida en él.

Dejemos que Aquel que hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5) nos conduzca a un futuro nuevo, abierto a la esperanza que no defrauda, a un porvenir en el que las divisiones puedan superarse y los creyentes, renovados en el amor, estén plena y visiblemente unidos.

Este año, mientras caminamos por el camino de la unidad, recordamos especialmente el quinto centenario de la Reforma protestante. El hecho de que hoy católicos y luteranos puedan recordar juntos un evento que ha dividido a los cristianos, y lo hagan con esperanza, haciendo énfasis en Jesús y en su obra de reconciliación, es un hito importante, logrado con la ayuda de Dios y de la oración a través de cincuenta años de conocimiento recíproco y de diálogo ecuménico.

Mientras imploro a Dios el don de la reconciliación con él y entre nosotros, saludo cordial y fraternalmente a su eminencia el metropolita Gennadios, representante del Patriarcado Ecuménico, a su gracia David Moxon, representante personal en Roma del arzobispo de Canterbury, y a todos los representantes de las distintas Iglesias y comunidades eclesiales aquí presentes.

Me complace saludar particularmente a los miembros de la Comisión mixta para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, a quienes deseo un trabajo fructífero en la sesión plenaria que está teniendo lugar en estos días.

Saludo también a los estudiantes del Ecumenical Institute of Bossey, que están visitando Roma para profundizar en su conocimiento de la Iglesia Católica, y a los jóvenes ortodoxos y ortodoxos orientales que estudian en Roma, gracias a las becas del Comité de Cooperación Cultural con las Iglesias ortodoxas, que opera en el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los cristianos.

A los superiores y a todos los colaboradores de ese Dicasterio expreso mi estima y agradecimiento. Queridos hermanos y hermanas, nuestra oración por la unidad de los cristianos participa en la oración que Jesús dirigió al Padre antes de la pasión, «para que todos sean uno» (Jn 17,21).

No nos cansemos nunca de pedir a Dios este don. Con la esperanza paciente y confiada de que el Padre concederá a todos los creyentes el bien de la plena comunión visible, sigamos adelante en nuestro camino de reconciliación y de diálogo, animados por el testimonio heroico de tantos hermanos y hermanas que, tanto ayer como hoy, están unidos en el sufrimiento por el nombre Jesús. Aprovechemos todas las oportunidades que la Providencia nos ofrece para rezar juntos, anunciar juntos, amar y servir juntos, especialmente a los más pobres y abandonados”.

 

Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, para el perdón de los pecados

En la homilía del 23 de enero en Santa Marta el , el Santo Padre explica las tres etapas del sacerdocio de Jesús

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de este lunes 23 en Santa Marta, ha explicado las tres etapas del sacerdocio de Cristo. “Las grandes maravillas del sacerdocio de Cristo que se ha ofrecido sí mismo, una vez para siempre, por el perdón de los pecados, ahora intercede por nosotros delante del Padre y volverá a llevarnos a Él”. El Santo Padre también ha advertido que hay una “blasfemia imperdonable”: la que va contra del Espíritu Santo.

El Pontífice ha recordado que el sacerdocio de Cristo es la gran maravilla, la más grande maravilla que “nos hace cantar un canto nuevo al Señor”.

A continuación, ha explicado que el sacerdocio de Cristo se desarrolla en tres momentos. El primero es “la Redención”, mientras que los sacerdotes de la Antigua Alianza debían cada año ofrecer sacrificios, “Cristo se ofreció a sí mismo, una vez para siempre, para el perdón de los pecados”. Con esta maravilla, “nos ha llevado al Padre”, “ha recreado la armonía de la creación”, ha señalado.

La segunda maravilla –ha proseguido Francisco– es la que el Señor hace ahora, es decir, “rezar por nosotros”. Al respecto ha precisado que mientras que “nosotros rezamos aquí”, Él “reza por nosotros, por cada uno de nosotros”. Asimismo, el Pontífice ha señalado que muchas veces se pide a los sacerdotes que recen porque sabemos que la oración del sacerdote tiene una cierta fuerza, precisamente en el sacrificio de la misa.

Finalmente, la tercera maravilla será cuando Cristo vuelva, pero esta tercera vez no será en relación con el pecado, será para “hacer el Reino definitivo”, cuando nos lleve a todos con el Padre.

A continuación, ha reflexionado sobre la “imperdonable blasfemia”, la que va contra el Espíritu Santo. Para explicarlo, el Santo Padre ha hecho referencia a la gran unción sacerdotal de Jesús: la ha hecho el Espíritu en el seno de María y los sacerdotes en la ceremonia de ordenación, son ungidos con aceite.

También Jesús –ha señalado el Papa– como Sumo Sacerdote ha recibido esta unción.  ¿Y cuál es esta primera unción?, ha preguntado. “La carne de María con la obra del Espíritu Santo”, ha respondido el Papa. Al respecto, ha afirmado que el que blasfema sobre esto, blasfema sobre el fundamento del amor de Dios, que es la redención, la re-creación; blasfema sobre el sacerdocio de Cristo. Lo feo de la blasfemia contra el Espíritu Santo –ha añadido el Santo Padre– es no dejarse perdonar, porque reniega la unción sacerdotal de Jesús, que ha hecho el Espíritu Santo.

Para finalizar, el Pontífice ha asegurado que nos hará bien pensar durante la misa “que aquí en el altar se hace la memoria viva, porque Él estará presente allí, el primer sacerdocio de Jesús, cuando ofrece su vida por nosotros”. Está también la memoria viva del segundo sacerdocio, “porque Él rezará aquí”; pero también en esta misa “está ese tercer sacerdocio de Jesús, cuando Él vuelva y nuestra esperanza de la gloria”. Por esta razón, ha invitado a pedir la gracia al Señor que nuestro corazón no se cierre nunca a esta maravilla, a esta gran gratuidad.

El Papa en Santa Marta: «Dios no se acuerda de nuestros pecados»

En la homilía de este viernes 20, el Santo Padre recuerda que la ley del Señor no es una forma de actuar externa, entra en el corazón

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la homilía de la misa celebrada esta mañana en Santa Marta, ha invitado a vencer la mentalidad egoísta de los doctores de la ley que siempre condena. Haciendo referencia a la primera lectura del día, el Papa ha subrayado que la nueva alianza que hace Dios con nosotros en Jesucristo nos renueva el corazón y nos cambia la mentalidad. Dios renueva todo –ha asegurado el Papa– desde la raíz, no solamente en la apariencia.

El Pontífice ha indicado que la ley del Señor no es una forma de actuar externa, entra en el corazón y “nos cambia la mentalidad”. En la nueva alianza “hay un cambio de mentalidad, hay un cambio de corazón, un cambio de sentir, de forma de actuar”, “una forma diferente de ver las cosas”.

Siguiendo en esta línea, ha precisado que la nueva alianza “nos cambia el corazón” y “nos hace ver la ley del Señor con este nuevo corazón, con esta nueva mente”. El Santo Padre ha invitado a pensar en los doctores de la ley que perseguían a Jesús. Hacían “todo, todo lo que estaba prescrito en la ley” pero “su mentalidad estaba lejos de Dios”. Tal y como ha explicado el Papa era una mentalidad egoísta, centrada en sí mismos. Su corazón –ha lamentado– era un corazón que condenaba, siempre condenando. Mientras que “la nueva alianza nos cambia el corazón y nos cambia la mente. Hay un cambio de mentalidad”.

El Santo Padre ha recordado que “va adelante”, “nos asegura que perdonará las iniquidades” y “no se acordará más de nuestros pecados”. Bromeando, Francisco ha indicado que “es la debilidad de Dios” que cuando perdona, olvida.

Finalmente, el Pontífice ha reflexionado sobre “el cambio de pertenencia”. Nosotros –ha subrayado– pertenecemos a Dios, los otros dioses no existen, son estupideces. De este modo, ha invitado a pedir la Señor “ir adelante en esta alianza de ser fieles”.

Cambiar el corazón, cambiar la vida, no pecar más o no hacer recordar al Señor lo que ha olvidado con nuestros pecados de hoy, cambiar la pertenencia: “nunca pertenecer a la mundanidad, al espíritu del mundo, a las estupideces del mundo, solamente al Señor”.

Francisco en Santa Marta: la esperanza nos vuelve valientes y no una Iglesia estacionamiento

El Papa invita a la esperanza incluso cuando hay que luchar en la oscuridad

(ZENIT – Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco abordó en la homilía de la misa matutina que celebró el martes 17 en la Residencia Santa Marta, el tema de los cristianos que encuentran en la Iglesia un buen estacionamiento, cuando en cambio deben  ser valientes y estar anclados a la esperanza cristiana.

Partiendo de la Carta a los Hebreos, el Santo Padre señala que “la del cristiano es una vida valiente”, como los que se entrenan en un estadio para vencer. Aunque la lectura habla también de la pereza que es lo contrario del coraje: o sea “Vivir en la heladera” para que “todo se quede así”.

“Los cristianos perezosos, los cristianos que no tienen ganas de ir hacia adelante, que no luchan para que las cosas cambien por situaciones nuevas que nos harían bien a todos”. Para ellos “la Iglesia es un estacionamiento que les protege la vida y van hacia adelante con todas las aseguraciones posibles. Pero estos cristianos parados, me recuerdan una cosa de que niño nos decían los abuelos: ‘Cuidado con el agua estancada, la que no corre, porque es la primera que se corrompe”.

Es la esperanza lo que vuelve valientes a los cristianos, en cambio los cristianos perezosos no tienen esperanza, “están jubilados”, dijo el Papa. Y si bien es lindo irse en pensión después de muchos años de trabajo, “pasar la vida como jubilado es feo”.

La esperanza en cambio es el ancla a la cual atarse en los momentos difíciles: “Aquella esperanza que no desilusiona, que va más allá”. La esperanza “es luchar agarrado a la cuerda” en la “lucha de todos los días”, como una “virtud de horizontes, no de cierre”. Y en los momentos oscuros, “aférrate a la cuerda y soporta”.

Los cristianos estacionados se miran solo a sí mismos, porque son egoístas, asegura Francisco. Aunque reconoce que los cristianos valientes muchas veces se equivocan, añade que “todos nos equivocamos”. Y advirtió sobre el hecho de que “quien está quieto pareciera que no se equivoca”.

El Pontífice ha concluido la homilía invitando a preguntarnos. ¿Cómo soy yo? ¿Cómo es mi vida de fe?, es una vida de horizontes, de esperanza, de coraje, de avanzar, o una vida tibia que ni siquiera sabe soportar los momentos difíciles? El Papa invitó así a pedir al Señor que nos de la gracia de superar nuestros egoísmos, porque los cristianos parados son egoístas.