Homilía del domingo 12 del Tiempo ordinario (A): No tengáis miedo

El miedo es una de las sombras que se alzan continuamente sobre la vida del hombre: efectivamente, una vida dominada por el temor es una vida sombría, bajo amenaza, encogida e impedida de desplegarse en plenitud. Aunque el temor juega un papel positivo, en cuanto advertencia de un peligro real, que nos invita a reaccionar ante él y esquivarlo o superarlo, si ese peligro permanece escondido o se revela como insuperable, quedamos dominados por el temor, y eso es lo que ensombrece y limita nuestra vida. Es claro que los objetos del temor pueden ser muy variados: tememos la enfermedad y el dolor, la pobreza, el fracaso en nuestros proyectos, la inseguridad; nos inspiran también temor otros seres humanos que pueden ser la causa de todos esas desgracias. Pero si hay un temor fundamental en nuestra vida es, precisamente, el temor a su acabamiento, el temor a la muerte, que se nos antoja como la destrucción total de nuestro ser, que es la base de todos los otros bienes y males.

Es sabido que diversas teorías filosóficas, antiguas y modernas, consideran que es precisamente el temor a la muerte el origen de la religión: el deseo de vivir siempre y en plenitud habría producido (por medio del sentimiento, la imaginación o la razón, por un mecanismo psicológico inconsciente, o por voluntad de engaño de algunos) la idea de una vida más allá de la muerte. La pregunta, claro, es de dónde ha surgido en el ser humano ese extraño deseo que trasciende los límites de su existencia temporal, si es que, como sostienen estos críticos de la religión, no hay en él nada que vaya más allá de la pura existencia natural. Pero dejada a un lado esta cuestión teórica, lo cierto es que esa teoría no se aplica en ningún caso, al menos, a la religión cristiana y, por extensión, a la judía. Si el miedo a la muerte fuera el origen de la religión, ésta debería esforzarse en fomentar el sentimiento de temor lo más posible. Sin embargo, la frase que más veces se repite en la Biblia es “no temáis”, que aparece 365 veces, una por cada día del año. Si alguien pretende (o ha pretendido) fundar la fe cristiana sobre la base del temor, que sepa que está pervirtiendo su verdadero sentido.

Jesús nos exhorta hoy a no temer a los hombres, a esos hombres que se creen poderosos porque pueden matar el cuerpo, pero nada más. Este es el signo distintivo del poder humano: aunque, a fuer de ser justos, hemos de reconocer que el poder se puede usar para el bien, es verdad que lo que hace poderoso a un hombre (o grupo humano, o país, etc.) es su capacidad destructiva, con la que puede amenazar, amedrentar y someter a los demás. Cuando Jesús nos invita a ser valientes y a no temer a la muerte, está reconociendo, en primer lugar, su carácter natural. Incluso en un mundo sin pecado la muerte biológica seguiría existiendo, pero sin ese carácter trágico y temible que tiene ahora, pues sería simplemente el tránsito natural de la vida terrena a una forma de vida superior, en perfecta comunión con Dios. A esa muerte natural no tenemos que tenerle miedo.

Pero es verdad que existe otra muerte (implicada en la misma muerte biológica), que es de la que hoy nos habla Pablo: es la muerte fruto del pecado. Es la muerte radical, antinatural, no porque sea un castigo enviado por Dios, sino porque es la consecuencia del apartamiento voluntario de Dios, fuente de la vida. A esa muerte sí que tenemos que tenerle miedo, pues pervierte radicalmente el sentido de nuestra existencia (nuestra alma). Este es, creo, el significado de las palabras de Jesús, sobre temer al que puede destruir con el fuego cuerpo y alma. Es verdad que sólo el Dios que nos ha creado y nos ha dotado de un espíritu inmortal, puede destruirlo. Pero Dios, que es “creador” y no “destructor”, no destruye nada. Somos nosotros los que, cuando nos apartamos voluntariamente de Él por nuestros pecados, nos estamos alejando de la fuente de la vida, entrando en un proceso de autodestrucción, de muerte del alma, incluso aunque sigamos existiendo de un modo u otro.

El Dios que se ocupa de los pajarillos, y con mucho mayor motivo se preocupa por nosotros, nos ama con amor de madre (contar los pelos de la cabeza es una imagen de la madre que despioja a sus hijos), y no nos ha abandonado al dominio del pecado, dejándonos tirados en nuestro extravío. Dios se dirige a nosotros, sale a buscarnos, nos avisa, nos llama para que volvamos a Él. Ya la ley del Antiguo Testamento nos habla de ello: es como un faro orientador, una luz roja de aquellas actitudes y comportamientos que nos apartan de Dios y nos encaminan a la muerte. Pero el paso definitivo lo ha dado en Jesucristo, en el que nos ha encontrado, y en el que nos ha concedido gratuitamente el don de la vida, de una vida plena, que empieza ya en este mundo: podemos vivir la vida de Dios, que nos ha traído Jesucristo, y que consiste en el amor. Realmente no hay proporción entre la culpa y el don: a nuestro extravío ha respondido con la sobreabundancia de gracia, al pecado de Adán con la entrega total de Cristo. De este modo, Jesús ha destruido las causas del temor a la muerte: sabemos que en ella nos encontramos con Él; y, por tanto, no debemos temerla ni como acabamiento biológico, porque Cristo ha resucitado, ni como consecuencia del pecado, porque con su muerte y resurrección nos ha dado el perdón y ha destruido el poder del pecado sobre nosotros. Nada tienen que temer los que viven en Cristo Jesús.

La exhortación de Jesús a no temer a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma, es además una invitación a no ceder ante los chantajes que por medio de amenazas, incluso mortales, pretenden hacernos renunciar a la verdad, la justicia, la fe, pretenden, en una palabra, que vendamos nuestra alma por cualesquiera bienes efímeros. Jesús nos exhorta a una vida íntegra, auténtica, plena, aunque el precio sea renunciar a parte del tiempo que, según parece, teníamos asignado. El que la exhortación se abra con las palabras sobre lo cubierto que llega a descubrirse y sobre lo escondido que se acabará sabiendo, es una proclamación de que la verdad (esa verdad viva, que incluye a la justicia y la fe) acaba triunfando, y que no debemos, por tanto, hacer componendas con lo que realmente vale por salvar la piel. Es una llamada a un testimonio que debe incluir la disposición al martirio.

El cristiano, afincado vitalmente en Cristo, liberado del temor a la muerte, está llamado a vivir con valor, con entereza, sin dejarse amedrentar por las presiones y las amenazas que el entorno social puede ejercer para oponerse al anuncio del Evangelio en su integridad. Si el poder humano, hemos dicho, se distingue por su capacidad de quitar la vida, el poder de Dios se manifiesta en nosotros en la disposición a dar la vida como testimonio de la verdad, de esa verdad que salva, que consiste en el amor y que, oculta durante siglos, se ha manifestado definitivamente en Cristo Jesús, en el que la benevolencia y el don de Dios se han desbordado sobre todos.

José M.ª Vegas cmf

Pan para el camino de la vida, pan de vida eterna

Homilía del domingo 18 de junio de 2017

El fin de la Pascua significó litúrgicamente el retorno a la vida cotidiana. Abandonamos el oasis de luz y nos enfrentamos con las preocupaciones y las ocupaciones de todos los días. La vida cotidiana es con frecuencia algo gris y puede convertirse con facilidad en la tumba de los grandes ideales. Así también en la vida cristiana: la luz de la pascua se apaga ante la presión de la realidad chata y estrecha. Pero el retorno litúrgico a la vida cotidiana (a Galilea) nos quiere decir que esto no tiene por qué ser así. De hecho, el paso a la cotidianidad lo marca Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo, que se considera la tercera Pascua cristiana. Pascua significa “paso”: pasamos a la vida cotidiana “iluminados” por el Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Espíritu de Jesús, que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

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Para comprender el misterio

Homilía del 11 de junio de 2017

Al pensar en el misterio de la Santísima Trinidad puede embargarnos la idea de que para entender algo al respecto se necesitan gruesos volúmenes de densa teología, accesible sólo para grandes especialistas. Y, sin embargo, las lecturas con las que hoy la Iglesia nos invita a meditar en este misterio se distinguen por su brevedad, por lo escueto y lacónico de su contenido. Puede ser un buen indicativo de que ante este misterio, que es el misterio mismo de Dios, hay que empezar por renunciar a “explicarlo”, es decir, a entrar en él para desentrañar sus “elementos” y ponerlos delante de nuestra mirada. No podemos “entrar” en el misterio de Dios, en primer lugar, porque Dios no se deja manejar y manipular por nosotros. Además, porque Dios no es “problema” que requiera una solución con la fuerza (en esto, más bien escasa) de nuestra razón, al estilo de los problemas matemáticos; menos aún es un acertijo o un enigma que puede desvelarse a base de imaginación o agudeza.

Pero nada de esto significa que tengamos que “cortarnos la cabeza” y aceptar sin crítica afirmaciones sin sentido, que sólo servirían para poner a prueba nuestra credulidad o nuestra docilidad… A pesar de lo dicho al principio, los gruesos volúmenes de teología para especialistas también son necesarios. Sólo que tampoco ellos son suficientes si no van precedidos de disposiciones personales que no son cosa exclusiva de especialistas, sino cuestión de fe y necesarias para todo creyente. De estas disposiciones habla hoy la Palabra de Dios, y a ellas nos invita.

La primera de todas es la apertura de espíritu: tenemos que abrirnos a la contemplación del misterio (y no a la explicación o la solución del problema). No podemos entrar en el misterio de Dios, pero es Dios mismo el que se adelanta a salir de sí, a revelarse, a decirse, a darse. Es el Señor el que “baja de la nube” y se queda con nosotros, como se quedó con Moisés; es Dios quien se manifiesta, y su mostrarse consiste en revelarse como misericordia y compasión, rico en clemencia y lealtad, dispuesto a caminar con nosotros, a pesar de la dureza de nuestra cerviz, a pesar de nuestros pecados y de que continuamente lo rechazamos.

Lo que nos dice Dios de sí mismo está admirablemente resumido en las palabras de Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.” El misterio de la Trinidad, esto es, de la vida interna de Dios, es un misterio de amor, y de un amor extremo, difícil de comprender, porque es un amor hasta la muerte, pero que salva y da vida, y una vida plena, que es lo que significa la vida eterna. ¿Se puede “explicar” el amor, esto es, desentrañarlo y exponer sus “elementos”? Es evidente que nos encontramos en otra dimensión, que trasciende la pura objetividad teórica. Comprender un amor así, hasta el extremo, significa dejarse sorprender por él, acogerlo, asimilarlo, hacerlo propio, y esto es empezar a comprender el misterio de la Trinidad. Porque este misterio es el de un Dios amor que se entrega totalmente, sin reservas, con una pureza total. Pero si Dios “amó tanto al mundo” como para entregarle su propio Hijo (y es el Hijo que se entrega el que lo dice), es que esa entrega es la esencia misma de Dios, de modo que ya su vida interna consiste en ese entregarse mutuamente en amor puro. Esto es, comprendemos que la vida interna de Dios es relación, comunicación y, por eso, diferencia personal y, al mismo tiempo, perfecta unidad. Eso es el amor: unidad en la diferencia, relación que supera la diferencia pero sin anularla. Ahora bien, esta comprensión no significa que “descifremos” el misterio de Dios. Porque, repitámoslo de nuevo, nosotros no podemos entrar en él, pero Dios puede revelarnos quién es: y no sólo teóricamente, sino precisamente comunicándonos su amor, un amor extremo, hasta la muerte, haciéndonos partícipes de él, dándonos vida, salvándonos de perecer. Aunque no podamos encerrar esta comprensión de Dios en un concepto, ni siquiera en todo un sistema de filosofía, al menos evitamos identificar al Dios cristiano con el ser inmutable de Parménides o el Motor inmóvil, pensamiento de pensamiento de Aristóteles: conceptos de Dios que, aun reconociendo su valor teórico (como purificación de la idolatría), no nos sirven, ni nos consuelan, ni nos salvan, porque están encerrados en sí mismos, y son incapaces de salir de sí al encuentro del hombre con misericordia y compasión. En realidad, atisbar este misterio trinitario del Dios amor nos ayuda a comprender que ni siquiera el monoteísmo por sí mismo es suficiente para una adecuada imagen de Dios. Pues el monoteísmo sin más puede significar una especie de monarquismo teológico en el que Dios se comporta sólo como un legislador (incluso como un tirano) que establece relaciones verticales con los hombres, ante las que sólo cabe el sometimiento temeroso y servil.

Un Dios único pero habitado interiormente por relaciones personales de mutua entrega y amor es un Dios que tiende a expresarse, a revelarse, a darse personalmente, y, al hacerlo, no sólo no nos somete a la condición de siervos, sino que, al contrario, nos libera, nos pone a su nivel, pues ya en la encarnación se ha puesto Él al nuestro: “se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo” (Flp 2, 7), de modo que nos convierte en amigos: “no os llamo siervos…; os llamo amigos” (Jn 15, 15); y hermanos suyos: “vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Es evidente que estamos hablando de un modo de comprender que trasciende con mucho el plano intelectual. Por eso la preparación para la acogida del misterio tiene connotaciones propias, prácticas, existenciales, de las que nos advierte Pablo en su carta a los Corintios; en primer lugar, la alegría: el comunicarse y darse de Dios es una buena noticia que no debe generar temor; en segundo lugar, la voluntad de cambiar de vida, de enmendarse, de mejorar: el Dios que viene a visitarnos y que nos comunica su amor extremo nos invita a movernos en la línea de lo mejor, a dar lo mejor de nosotros mismos y, por tanto, a reconocer las porciones de mal que conviven con nosotros; se trata a veces de una batalla ardua, porque tenemos la experiencia de que el mal tiene raíces resistentes incluso a nuestra buena voluntad; pero no por eso hemos de caer en el desánimo. Al contrario, sabiendo que Dios no viene en plan punitivo o censor, sino a darnos vida, que no nos juzga (somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos, según nos abramos o cerremos a esta visita de Dios), tenemos motivos para animarnos, ensanchar el alma y respirar. Y todas estas actitudes no pueden no revertir en los demás: Pablo nos llama a la unanimidad y la paz; pero no en un sentido romántico o fácil: todos sabemos lo mucho que cuesta armonizar los ánimos y superar los conflictos. Pero es que Dios mismo nos ha mostrado el camino: el verdadero amor, el que compone la esencia y la vida de Dios, consiste en la disposición a dar la vida. Y nosotros, alcanzados por ese amor y esa vida, vivimos a imagen de la Trinidad cuando tratamos de reproducir en nuestra vida esa misma medida de amor.

Cuando acogemos esta revelación de Dios y participamos de este modo en la misma vida divina, que se sustancia en el mandamiento del amor, se nos iluminan todas esas expresiones que continuamente escuchamos y decimos en nuestra oración: “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, que “os bendiga Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”, o, como concluye hoy Pablo y empezamos nosotros la Eucaristía: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con todos vosotros”. Amén.

José M.ª Vegas cmf

El fuego, el agua y el viento (Homilía del 4.6.2017)

En el domingo 7 de Pascua, cuando no se traslada al mismo la fiesta de la Ascensión, la lectura del Evangelio se toma del capítulo 17 de San Juan, la llamada “oración sacerdotal”. En ella, Jesús además de orar por los suyos, por los discípulos de entonces, y por todos los que creerán por medio de ellos, realiza una auténtica revelación de la vida de Dios, de la relación de perfecta unidad entre el Padre y el Hijo, que ahora se abre para todos los hombres por medio de Jesucristo, y que éste pide también para sus discípulos, como testimonio principal para que el mundo crea.

En esa densísima oración que antecede a la muerte y resurrección el protagonista principal es el Espíritu Santo, al que, sin embargo, Jesús no nombra en ningún momento. La relación de perfecta unidad en el amor entre el Padre y el Hijo es el Espíritu Santo, el Amor en persona.

Cuando pensamos en Dios o nos dirigimos a Él en la oración, normalmente tenemos en mente una representación de Dios que se corresponde con el Dios Padre de Jesucristo. Jesús, Palabra encarnada de Dios, ocupa el centro de nuestra fe. Su encarnación lo ha hecho cercano y accesible: a él nos dirigimos preferentemente. En cambio, del Espíritu Santo se habla poco o nada. Y, con frecuencia, cuando se habla de Él, es para decir que es «el gran desconocido» de la Trinidad. Pero esa expresión es poco afortuna­da, pues se deja contagiar con una idea del protagonismo que más parece sacada de una revista del corazón que de una voluntad de comprensión en la fe. El protago­nis­mo del Espíritu Santo es de otro tipo: Él es como la luz, que no se ve, pero que nos hace ver, como la vibración imperceptible que hace posible la palabra. Más que el gran desconocido o el gran ausente de la fe, es el gran cono­cedor y presentador, el que da a conocer y hace presente al mismo Dios, a su Palabra, a su presencia viva y visible que es Jesucristo. No es posible ver la luz, pero por ella todo se ilumina y se hace visible. Él nunca habla de sí mismo, nunca se muestra con evidencia; y, sin embargo, su presencia «llena la tierra» (Dominum et Vivificantem 54). Escapa a las redes que le tienden nuestra mirada o nuestra razón intentando abarcarlo y, sin embargo, sus frutos son evidentes, palpables, vigorosos. El Espíritu se manifiesta en sus obras y en sus efectos: el mundo visto como creación de Dios, nuestro espíritu que se eleva torpemente hacia su creador son ya frutos del Espíritu, también lo es la fe, la capacidad de nuestros ojos de descubrir en Jesús al Cristo, de escuchar su Palabra, descubrir su presencia en el pan partido, en la certeza del perdón. Ahora entendemos que todas las presencias del Resucitado que hemos contemplado a lo largo de este tiempo pascual se han hecho visibles por la acción del Espíritu Santo.

La Palabra de Dios hoy nos ilumina en la comprensión de qué y quién es este Espíritu de Dios y cómo actúa en nuestra vida de creyentes. Las tres lecturas de hoy nos dan tres palabras clave que nos ayudan en esta tarea: fuego, agua y viento.

En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, el día de Pentecostés presenta al Espíritu como fuego. El fuego quema y purifica, dilata y abre: “luz que penetra las almas, sana el corazón enfermo, infunde calor de vida en el hielo”. Así como el Espíritu Santo es personal y no anónimo (es una Persona y no una energía informe), su relación con los hombres no es tampoco impersonal, a bulto o en masa: se posa de manera personalizada en cada uno de los reunidos en el Cenáculo, da a cada uno un don peculiar: cada uno empezó a hablar en una lengua distinta. Las lenguas en que empezaron a hablar los apóstoles y los demás discípulos representaban prácticamente todas las lenguas conocidas de entonces, como da a entender la prolija lista de los lugares de procedencia de los reunidos en Jerusalén para la fiesta. El fuego del Espíritu nos abre al mundo entero, pero, lejos de forzar a todos a hablar en un lenguaje único, respeta la diversidad de lenguas y culturas, al tiempo que las une a todas con el lenguaje universal del amor. Es, pues, un Espíritu de apertura, compresión y armonía entre los diversos.

El Agua es también un distintivo del Espíritu: “Riega la tierra en sequía, lava las manchas”. Y como dice Pablo “hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo, y todos hemos bebido de un solo Espíritu”. El agua nos lava, nos renueva, sacia nuestra sed. Al limpiar nuestro corazón y nuestros ojos por medio del bautismo somos capaces de confesar que “Jesús es Señor”, que él es el Mesías, el salvador, el vencedor del pecado y de la muerte. Y esa sanación profunda nos libera del egoísmo y nos hace comprender que la diversidad de dones que cada uno recibe (los talentos naturales, las capacidades adquiridas, los carismas que recibimos por la fe) no son privilegios o motivos de exaltación propia, sino una invitación al servicio: mis riquezas personales deben enriquecer a los demás, igual que las riquezas ajenas me enriquecen a mí. Y es que el Espíritu Santo, el Espíritu del amor, es también un espíritu de servicio. Así se entiende mejor que la diversidad no lesione la unidad cuando es este Espíritu el que reina entre nosotros y nos inspira.

La palabra “espíritu” procede etimológicamente de la palabra “aliento” en casi todas las lenguas. Es el aire vital que hace posible la vida. El Espíritu Santo es también “soplo”, “viento”, “brisa en las horas de fuego”. Por eso, Jesús “exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo”. El Espíritu nos inspira y nos impulsa hacia lo mejor de nosotros mismos, hacia lo que nos emparenta con Dios: es, como indica el Evangelio de hoy, un espíritu de paz: “Paz a vosotros”; un espíritu vivificador, que vence incluso el poder de la muerte: “les enseñó las manos y el costado”; un espíritu de alegría, que disipa las tristezas que oprimen nuestro corazón: “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”; “gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”; que nos da valor para testimoniar al Señor por el mundo entero: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”; un espíritu de perdón y reconciliación: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

Frente al espíritu personal (el mismo Espíritu Santo) de apertura, fe, servicio, paz, alegría, valor y perdón se alzan en nuestro mundo y nos tientan otros espíritu: el espíritu impersonal y anónimo que nos engulle en la masa, el espíritu de cerrazón y desconfianza, de dominio y manipulación, de violencia, de tristeza y temor, el espíritu de venganza… Estamos permanentemente en la encrucijada de esos espíritus: el fuego que purifica o el que destruye, el agua que nos limpia y sacia nuestra sed, o la que nos arrastra y ahoga; el viento que nos refresca e inspira, o el que nos avasalla y asola como un huracán. Pero aquí somos nosotros (y no la naturaleza amable e inclemente) los que tenemos que elegir según qué espíritu queremos vivir: según el espíritu mezquino de nuestro egoísmo y nuestros pequeños intereses, o el espíritu del amor, el Espíritu Santo que Jesús, hoy, ha exhalado sobre nosotros.

José María Vegas, cmf
Imagen: Pentecostés 

 

 

Hasta los confines del mundo, hasta el fin de los tiempos

Homilía 28.5.2017. Lucas escribió sus cartas a Teófilo (el amigo de Dios), el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, con una fuerte voluntad pedagógica y, por eso mismo, con mentalidad sistemática. Lucas no abre un ciclo hasta que cierra el precedente. Así, tras el acontecimiento de la Resurrección, se abre un ciclo breve, pero de extraordinaria densidad, que se cierra precisamente con la Ascensión del Señor, que abre el siguiente ciclo, cuyo protagonismo lo tiene el Espíritu Santo y la actividad misionera de la Iglesia. Este ciclo que se cierra hoy es el de las intensísimas experiencias de encuentro con el Señor resucitado. Fue un tiempo en el que, pese a sus muchas dudas y reticencias, los discípulos comenzaron a comprender las Escrituras a la luz novedosa de las palabras de Jesús, que ahora empiezan a entender también de una manera nueva; es además el tiempo en que descubren el valor, el significado y la fuerza de la fracción del pan, que, posiblemente durante la última cena no consiguieron descifrar. Precisamente en la fracción del pan y en el recuerdo de las palabras de Jesús tuvieron las principales experiencias de presencia del Resucitado. Y, a su luz, también las multiplicaciones de los panes, las comidas de Jesús con los pecadores, el mismo lavatorio de los pies adquirieron para ellos un sentido nuevo, que antes les había estado vetado. Por fin, este es el periodo en el que, al hilo de estas experiencias, la comunidad, que se había dispersado tras la muerte de Jesús, presa del pánico por el espantoso final del Maestro, vuelve a reunirse, a recomponerse de una manera que ni los mismos discípulos pueden explicar de otra manera que por la convocatoria que el mismo Señor Resucitado les va haciendo.

La intensidad de este tiempo, la enorme fuerza de esta luz debieron ser tales, que los discípulos sentían la presencia inmediata, palpable del Maestro. Y, aunque el temor inicial debía frenar la capacidad de reconocerlo, la fuerza de la evidencia de la Resurrección acabó por disipar el temor y dio paso a la alegría y al valor para salir y testimoniar.

Realmente, no es posible concebir un periodo tan intenso y fundamental sin una especial acción del Espíritu Santo. Así lo entiende Juan, para el que las apariciones del Resucitado y la transmisión del Espíritu Santo son algo simultáneo (cf. Jn 20, 22). Pero Lucas, en su voluntad de sistematizar la historia de salvación y sus etapas, distingue el primer periodo postpascual del tiempo de la misión, aunque tampoco los concibe como compartimentos estancos. Por un lado, vemos que, pese a todo, algunas dudas e incomprensiones continúan (como lo muestra la pregunta que le dirigen a Jesús: “¿Es ahora cuando, por fin, vas a restaurar…?”). Y es que el fundamento no es el edificio entero. El tiempo que se va a abrir ahora, el tiempo de la misión y del Espíritu Santo, sigue siendo un tiempo de aprendizaje y profundización, en el que la Iglesia irá perfilando el contenido del mensaje recibido de Jesús, y también la organización de la comunidad. En este sentido, hay que tener cuidado con un cierto arcaísmo bastante de moda en ciertos círculos eclesiales, que tiende a descalificar como inauténtico, discutible o prescindible todo desarrollo eclesial que no pueda encontrarse directamente en aquella primerísima comunidad postpascual. Curiosamente los defensores de este arcaísmo, que pone en cuarentena todo progreso eclesial, suelen considerarse a sí mismos “progresistas” (un término del que confieso desconocer su verdadero significado; a veces me parece que no tiene ninguno). Pero tenemos que creer que las promesas de Jesús de enviarnos a otro defensor que nos lo enseñará todo (cf. Jn 14, 16. 26), y de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, son verídicas y eficaces; y tenemos que creer también que la Iglesia, asentada en el firme fundamento apostólico de los que acompañaron a Jesús y fueron testigos de su resurrección, se desarrolla, a pesar de los pesares (y los pesares son muchos) bajo la guía del Espíritu Santo y la presencia de Jesús.

En esta clave podemos entender también la Ascensión del Señor. Es un movimiento ascensional, pero, como es fácil entender, no en sentido físico: Jesús no subió “a la nubes”, sino al Padre; tenemos que entender esta ascensión en sentido cualitativo: es una llamada a crecer, a no quedarnos parados, a aspirar a los bienes superiores que Jesús ha descubierto para nosotros. Y es que la Ascensión del Señor es la elevación de la humanidad de Jesús: en Él la humanidad entera tiene la ocasión de crecer, desarrollarse y aspirar a los valores y los bienes definitivos, los que realmente salvan al hombre, los que le acercan a Dios. Y lo que celebramos los cristianos hoy es que la aspiración a esos bienes superiores no es una quimera, una utopía inalcanzable, un sueño de adolescentes sin sentido de la realidad. Son posibles en Cristo; y esto significa que son posibles si no se reducen a una huera reivindicación de que otros nos otorguen el objeto de nuestro deseo, sino si nosotros mismos estamos dispuestos, como Jesús, a dar la vida por hacerlos realidad.

Así pues, Jesús nos invita a crecer y nos muestra el camino. Él mismo es realmente el camino, pues es siguiéndole a Él como el hombre puede hacer fructificar sus posibilidades mejores.

Entendemos ahora por qué este ascender de Jesús al Padre no es un alejamiento: Jesús no asciende para alejarse, para abandonarnos. Al contrario, al subir al Padre, Jesús está abriendo el camino, uniendo el cielo (Dios) con la tierra. Es el complemento necesario del abajamiento (cf. Flp 2, 7) de la encarnación, cuando trajo la divinidad al mundo. Ahora eleva la humanidad al cielo, esto es, al Padre. Porque Jesús, con su Ascensión, no ha renunciado a su encarnación, no ha abandonado la carne. Jesús, Palabra de Dios hecha hombre, muerto y resucitado, ha adquirido un compromiso permanente con la carne que somos: vuelve al Padre porque es Hijo, pero vuelve al Padre como hombre, abriendo así para todos el acceso a Dios.

Y es que este nuevo periodo tras la Ascensión es, además, un tiempo abierto que no conoce límites, ni geográficos (“Jerusalén, Judea, Samaria y hasta los confines del mundo”), ni temporales (“estoy con vosotros hasta el fin de los tiempos”). El periodo que abre la Ascensión y, sobre todo, Pentecostés llega hasta aquí, hasta el día de hoy y sigue adelante. En él seguimos experimentando la presencia del Señor en el Espíritu y por medio de la Palabra y la fracción del pan, que condensaron las experiencias postpascuales y congregaron a la comunidad, y que nosotros hemos recibido de aquella primera generación apostólica como depósito de la fe.

Para participar de ese movimiento de ascenso de Jesús, tenemos que imitarle en su movimiento de abajamiento. Para aspirar a los bienes superiores, tenemos que inclinarnos ante las necesidades de nuestros hermanos, como Jesús ha hecho con las nuestras, en actitud de servicio y de entrega. Y esto nos indica con claridad el cariz de la misión de la Iglesia que, tal como lo presenta Lucas, se inaugura ahora. No se trata de una conquista que se impone por la fuerza, como parecen sugerir los discípulos, al preguntar si es ahora, por fin, de una vez, cuando va a restaurar el reino de Israel. Pero tampoco se trata de una religiosidad desentendida de este mundo, que se dedica a mirar al cielo. Se trata de una vida de testigos, que, como indica la palabra griega, es una martirio, una disposición a dar la vida por la fe, por los hermanos.

Así pues, la promesa de Jesús no lo es sólo con “los suyos” (los discípulos de primera hora), sino que estos últimos son heraldos y testigos que no pueden quedarse para sí los admirables misterios que han conocido y experimentado en el periodo entre la Resurrección y la Ascensión: no pueden quedarse ahí, parados, mirando al cielo, sino que tienen que ponerse en camino. Crecer (ascender) significa también caminar, mirar hacia adelante, encarar el futuro, para testimoniar, compartir y transmitir a todos los hombres, a todos los pueblos, y a lo largo de toda la historia la buena noticia de que Dios está con nosotros, de que no nos ha arrojado a la existencia y luego nos ha abandonado a nuestra suerte, sino que ha venido a visitarnos, se ha compadecido de nosotros, ha padecido por nosotros y ha vencido en su propia carne y por todos nosotros a nuestros grandes y mortales enemigos: el pecado y la misma muerte, y de esta manera nos ha abierto el camino que conduce al Padre.

Ese ir por todas partes, hasta los confines del mundo y hasta el final de la historia, es la tarea de los discípulos de Jesús, es, en realidad la tarea del mismo Cristo, que nos envía allí a donde quiere ir él mismo (cf. Lc 10, 1), y que al enviarnos sigue siendo guía y camino, y que está cada día “todos los días”, es decir, cada día, en su Palabra y su Pan partido, en los días buenos y en los malos, y está con nosotros hasta los confines del mundo, en todas partes; en síntesis, está con nosotros hasta el final, es decir, del todo y sin condiciones.

José M.ª Vegas cmf

El amor y los mandamientos

Homilia
21/05/2017

 

La realidad que sintetiza y resume todas las presencias del Señor resucitado, que el tiempo pascual ha ido poniendo ante los ojos de nuestra fe para que lo veamos, es el amor. El cristianismo es la religión del amor. Pero esto no significa que sea una “religión romántica”. El amor de que se habla aquí no es un vago sentimiento de simpatía y benevolencia que se disuelve en una humareda de buenas intenciones. El amor del que hoy nos habla Cristo es una respuesta (un amor responsable) al amor que él nos ha dado, el amor del Padre y que ha manifestado entregando su vida en la cruz y resucitando a una vida nueva. El amor cristiano, es decir, el amor gratuito de Dios en Cristo hacia nosotros y nuestro amor a Dios por Cristo como respuesta, es justamente un modo de vida nuevo que se encarna y hace concreto en actitudes y en acciones. Esto es lo que hay que entender cuando Jesús dice “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Es aquí donde se ve que el verdadero amor no se limita a los buenos sentimientos (aunque los incluya), sino que es un acto que brota del centro mismo de la persona y que, por eso, engloba, además de a los sentimientos, a la razón y a la voluntad, al ser humano en su integridad. En el amor del que habla hoy Jesús (si me amáis) hay un momento de escucha y acogida de su palabra (sus mandamientos) y, por tanto, de comprensión; y hay un momento de puesta en práctica (guardar, cumplir) que tiene que ver con la voluntad. Esto último nos habla de una obediencia que no tiene nada de ciego ni, por tanto, de irracional: la verdadera obediencia tiene que ver con la escucha (según su etimología latina, ob audire, escuchar lo que está frente a uno); y como aquí escuchamos la misma Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se trata también de un “ver”. Guardar los mandamientos de Jesús significa escuchar y ver, entender y decidir. Y es claro que el contenido de esos mandamientos y de ese nuevo modo de vida en obediencia a Jesucristo no puede ser distinto del mismo amor: “quien dice que permanece en Jesús, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6); y un amor universal, porque quien escucha la Palabra de Jesús y es capaz de verlo con la fe, lo descubre también en “sus pequeños hermanos” (cf. Mt, 25, 40).

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Jesus, camino, verdad y vida

Homilia 
14/05/2017

 

El tono luminoso de los primeros domingos de Pascua cede en este domingo de modo sorprendente a una atmósfera algo apesadumbrada, incluso triste. El Evangelio recoge palabras de los discursos de despedida de Jesús antes de la Pasión, que en el contexto de la Pascua se entienden como preparación para la Ascensión, es decir, para la desaparición física de la presencia de Jesús entre sus discípulos. En realidad, la desaparición física de Jesús tiene lugar con su muerte en la Cruz. Pero no cabe duda de que después de la muerte hubo un período especialísimo, en el que se multiplicaron las experiencias de presencia del Resucitado, experiencias de gran intensidad en las que los discípulos, en situaciones y circunstancias distintas, tuvieron la evidencia de que Jesús estaba vivo, había Resucitado. Fueron experiencias fundacionales, que tuvieron la virtualidad de reunir de nuevo a los que se habían dispersado tras la muerte, y en las que la partición del pan y la actualización de las palabras de Jesús tuvieron un protagonismo principal.

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Homilia Reunidos para ver al Señor

Homilia
23/04/2017

 

Reunidos para  ver al Señor

 

Si el tiempo de Cuaresma es un camino catequético para los catecúmenos que se preparan al Bautismo, el tiempo de Pascua es el momento de la catequesis mistagógica, de profundización de la catequesis bautismal: después de habernos sumergido en la muerte de Cristo, representada en las aguas bautismales, la luz de la Resurrección nos va iluminando los lugares de encuentro con el Señor. Y el primer lugar que ilumina esa luz es la propia comunidad de los discípulos. El Bautismo supone necesariamente la pertenencia a la comunidad creyente, la inserción en la Iglesia. Ser “creyente por libre”, sin comunidad ni comunión con los otros discípulos de Jesús, es una contradicción, prácticamente un imposible. Ser creyente en Cristo al margen de la comunidad que me anuncia y proclama la Palabra, que me ha bautizado y que parte el Pan de la Eucaristía, es lo mismo que ser cristiano sin Cristo. Y los que pretenden ser cristianos al margen de la Iglesia, en realidad viven también de ella (pues de ella toman la fe que dicen, pese a todo, profesar), pero a modo de parásitos, sin construirla ni mantenerla.

Es lo que, tal vez, intentó Tomás, que, quién sabe por qué motivos (por una desilusión profunda tras la muerte de Jesús, o por hartazgo de la compañía de los otros diez, que tras la muerte de Jesús se le hacía insoportable, o por cualesquiera otros motivos), se apartó del grupo y, en consecuencia, no pudo ver al Señor resucitado aquél “primer día de la semana” en que los demás discípulos estaban reunidos.

La primera lectura concluye diciendo que “Día tras día el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando”. Pertenecer a la Iglesia y agregarse al grupo (que el Señor nos agregue) no puede entenderse simplemente como un acto jurídico o una mera pertenencia social: aquí estamos hablando de algo mucho más radical, de un acto salvífico que sólo puede suceder por la acción gratuita de Dios. Se trata de un nuevo nacimiento: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo”, nos escribe Pedro hoy. Eso es el Bautismo: una nueva vida, la nueva vida que Jesús resucitado nos comunica con su presencia.

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Homilia Ya amanece aunque esta oscuro

Homilia
16/04/2017

Ya amanece, aunque está oscuro

 

Durante la vigilia pascual millones de cristianos, muchos de nosotros, hemos permanecido en vela. Las gentes son capaces de velar durante horas y días con tal de ser testigos de un acontecimiento extraordinario: un eclipse de sol o de luna, una aurora boreal… Tanto más, nosotros, hemos querido permanecer en vela para poder ser testigos del acontecimiento más extraordinario y decisivo de la historia de la humanidad y del Cosmos entero: la muerte que parece reinar sin oposición ha sido definitivamente vencida. Jesús, el Autor de la vida, que parecía haber sucumbido a ese poder enorme, ha salido de la tumba vencedor del pecado y de la muerte. Y su victoria no es una victoria para sí, sino para todos los seres humanos, y para la creación entera, que gime y sufre con dolores de parto, y espera ser liberada de la corrupción, para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21-22), pues no en vano la salvación del hombre es también la salvación del mundo del hombre.

En esta noche en vela hemos visto la luz, la Palabra nos ha mostrado el grandioso cuadro de la historia de la salvación, el caminar de Dios en busca del hombre, hemos renovado nuestro renacimiento en las aguas del bautismo, hemos podido gustar el banquete del pan de vida y del vino de salvación que son el cuerpo y la sangre entregados por nuestro Salvador para inaugurar así los tiempos nuevos, la presencia, en este mundo viejo y herido de muerte, del nuevo mundo, del Reino de Dios, del primer día de la semana, día de la nueva creación. Sabiendo todo esto, muchos no hemos podido, no hemos querido dormir, sino permanecer en vela. Pero, ¿cómo es que lo hemos sabido? ¿Quién nos ha dado el aviso que nos ha hecho permanecer en vela?

Nuestra mente y nuestros corazones se vuelven agradecidos a aquellos primeros discípulos que vivieron aquella noche y la anterior bajo el peso insoportable de la muerte del Maestro, sin saber lo que había de acontecer en aquel amanecer del primer día de la semana. Aún así, tampoco ellos podían dormir, sentían que debían permanecer en vela, ir de madrugada al sepulcro. De entre todos ellos, destacan las mujeres, María Magdalena y la otra María, señalaba anoche el evangelista Mateo; Juan, hoy, se fija sólo en la primera.

María Magdalena va al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, pero ya está amaneciendo. El poder de la muerte parece aún dominar, pero, en realidad, aunque no lo percibamos, la luz de la resurrección ya ilumina la noche. La lámpara que guía a María en la noche de su tristeza es el amor: el amor por el Maestro, el amor que sobrevive a la  muerte. Todos tenemos la experiencia de que, al morir un ser querido, el amor nos impulsa a estar cerca de él, aunque esté muerto, como queriendo retener su presencia entre nosotros. María, por puro amor, quiere estar cerca de Jesús; ella y las otras mujeres quieren ocuparse del cadáver de Cristo, sin saber cómo, pues el sepulcro está cerrado a cal y canto.   

La muerte es cerrazón y oscuridad, es descomposición y caos. Pero María, y después el discípulo amado y Pedro, se encuentran el sepulcro vacío, abierto, con luz, y en orden (las vendas, el sudario doblado en un lugar aparte). Lo primero en la experiencia de la resurrección no es la aparición (de ángeles, del mismo Cristo), sino la ausencia: no está el cadáver, y los signos de muerte, oscuridad, cerrazón y caos se han desvanecido. Y este “ver” la ausencia es suficiente para empezar a creer.

De esta manera paradójica e indirecta los evangelios van indicando que los signos del poder de la muerte, tan poderosa que ni el Hijo de Dios ha podido superarla, empiezan a palidecer.

El hecho de que no “vean” al Señor Resucitado, sino sólo la ausencia de Jesús muerto, y los signos de la muerte recogidos y ordenados, nos ilustra sobre qué significa “ver” y “creer”. Lo primero que dice es que no se trata de relatos fantásticos, creados para sorprender, para suscitar credulidad, y en los que se despliega un alarde de imaginación y de recursos narrativos maravillosos. Al contrario, destacan por su austeridad y sencillez, casi por su “normalidad”. Se narra escuetamente una desaparición.

El segundo elemento, continuamente presente en todos los relatos de la Resurrección, es la dificultad que tuvieron los discípulos para creer en la Resurrección. No fue cosa de un momento, sino un proceso largo y difícil de maduración en la fe. Empezando por la experiencia del sepulcro vacío hasta “ver” al Señor, hubieron de hacer todo un camino. El evangelio de hoy lo dice bien: “Y es que hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Jesús tenía que resucitar de entre los muertos” (Jn 20, 9).

Así cómo el proceso de seguimiento de Jesús, desde el primer encuentro en Galilea, momento de entusiasmo (“querían hacerle rey”) pero también de inmadurez, requiere ir entendiendo que el mesianismo de Jesús no es un camino de rosas, requiere subir a Jerusalén; del mismo modo para “ver” al resucitado hay que hacer el camino inverso: de Jerusalén a Galilea, el lugar del primer amor, la recuperación de la inocencia tras la experiencia terrible de la frustración de la muerte, del fracaso y el abandono: “No temáis, id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán” (Jn 20, 17; Mt 28, 10).

En nuestro descreído mundo y en nuestro descreído modo de vida el orden habitual es: ver – saber – creer. Se suele decir: “yo sólo creo lo que veo”. Aunque, precisamente en lo que se ve con los ojos del cuerpo no es necesario creer. Esa afirmación significa que, en realidad, no se cree en nada. Es un saber dirigido al dominio, al poder, que busca garantías, y sólo desde ahí puede abrirse débilmente al amor (una forma verdadera pero inferior de amor, dominada por el deseo, el “amor concupiscentiae” de que hablaban los teólogos medievales). Sólo se acepta lo que está sometido al control del propio poder. Así, en relación a Jesús, cualquiera puede saber ciertas cosas: “Conocéis lo que sucedió en Judea…”, dice Pedro, poniendo ante los ojos de sus oyentes información controlable que llega hasta la muerte de Cristo. Ese saber de hechos relativos a Jesús es accesible a todos, pero no presupone ni el amor ni la fe.

El evangelio de hoy nos enseña una lógica completamente distinta. El que está poseído por la lógica del poder (del sometimiento) no puede entenderla, por lo que aquí son inútiles las demostraciones. Aquí se parte de un “no saber”: las mujeres no sabían cómo acceder el sepulcro (Mc 16, 3); María Magdalena no sabe a dónde se han llevado al Señor (Jn 20, 2); los discípulos no sabían que él tenía que resucitar de entre los muertos (Jn 20, 9). Pero es un no-saber que, pese al desconcierto y la desolación, está iluminado por el amor, por el deseo de estar junto al ser amado. Mientras que una mirada desamorada permanece aquí ciega, es el amor el que habilita para “ver”: en los signos de muerte (el sepulcro vacío, las vendas enrolladas, el sudario doblado), signos de vida, y, a partir de esos indicios, creer. El amor va más allá de los datos, ve en profundidad, es capaz de intuir. Y sólo a partir de este creer guiado por el amor es posible, ahora sí, ver al Señor Resucitado. Pero de esto no se habla todavía en el evangelio del día de Pascua. Hoy se subrayan sólo las condiciones (el amor y la fe) de esta experiencia.

Esto explica el orden de esta forma de “ver”: primero María Magdalena, después el discípulo “al que amaba Jesús”, por fin, Pedro, al que aquel discípulo cede el acceso al sepulcro. El orden del amor no siempre coincide con el orden jerárquico: el amor (y su sabiduría) es un don abierto a todos sin distinciones, que no depende de cargos ni de títulos. Pero también, y esto es muy importante, el verdadero amor, aunque corra más, acepta ese orden jerárquico como una exigencia suya y, por eso, Juan cede ante Pedro. Y es que la fe y el encuentro con el resucitado no son asuntos meramente privados y subjetivos, sino que están vinculados a una comunidad: la comunidad de los discípulos. A veces se dice que Jesús no quería fundar una Iglesia (es sorprendente lo mucho que saben algunos, que saben hasta lo que no quería Jesús). Pero parece indudable que Jesús quería a sus discípulos, quería a su comunidad, quería que se mantuviera unida y, al mismo tiempo, abierta: porque la comunidad de discípulos es necesariamente una comunidad de testigos.

No es posible “demostrar” la resurrección de Cristo, porque sólo puede aceptarla quien está bien dispuesto. Pero sí es posible testimoniarla: no pruebas, sino testigos, esta es la vía para transmitir esta Buena Noticia, que no debe permanecer encerrada en el círculo de los que han hecho esta experiencia. El Resucitado se muestra y se aparece no a todos, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Estos son, somos los que amamos a Cristo, los que lo buscamos entre los muertos, pero nos lo encontramos vivo: en su Palabra y en su Eucaristía, en la que comemos y bebemos con Él. Y, si por el Bautismo y la Eucaristía hemos resucitado con él, tenemos que buscar “los bienes de allá arriba”; y esos bienes son los que están contenidos en el amor, que así como ha guiado nuestra búsqueda, tiene que guiar toda nuestra vida: amar a Cristo, y por él amar a todos. Es en las obras del amor en las que subrayamos el “vere” del surrexit! No se trata de un slogan o de un deseo piadoso. Ante el anuncio del “¡Resucitó!” los cristianos gritamos “¡Realmente ha resucitado!”

Eso es el modo de mostrar que Cristo vive: en el testimonio de una vida basada en el amor. Los que pretenden que sólo creen en lo que ven, no pueden aceptar “demostraciones”, pero tal vez puedan ser movidos por el testimonio de la fe encarnada en las buenas obras.

El amor que cree y ve pone en práctica las peticiones del Padre nuestro: “venga tu Reino”, “hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. El amor hace descender el cielo a la tierra y propicia las apariciones del Resucitado, que se visibiliza en el testimonio de los creyentes, que es como una anticipación de la Parusía: “cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también nosotros apareceremos, juntamente con él, en gloria” (cf. Col 3, 4).

Tras la catequesis cuaresmal, el tiempo de Pascua es tiempo de mistagógica (de profundización): los que han recibido el Bautismo como una inmersión en la muerte de Cristo, van y vamos ahora siendo iluminados sobre el proceso de la fe que nos permite ver a Jesús. La liturgia, la palabra de Dios, Jesús que camina con nosotros y nos acompaña en nuestras alegrías y nuestras penas, nos va explicando paso a paso, domingo a domingo, dónde podemos encontrarlo y “verlo”.

Pero hoy se subraya ante todo la luz misma que nos hace ver, también a nosotros, y que, también  a nosotros, hoy, nos convierte en testigos.

¡Resucito!

Homilia 15/04/2017
Vigilia de Pascua

 

¡Resucitó!

 

Nos reunimos de noche para celebrar el triunfo de la luz. La noche, la oscuridad que nos rodean simbolizan el dominio del mal. Al asistir y contemplar la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo, hemos visto de cerca el rostro del mal, hemos podido sentir su poder y hasta tener la sensación de que es más fuerte que el bien, y que la victoria es suya. ¿Cómo no sentir algo así cuando su víctima es el mismo Autor de la vida? Todos tenemos o hemos tenido alguna vez la amarga sensación de que el bien en todas sus formas (la honradez, la sinceridad, la justicia, la integridad, la fidelidad, la limpieza de corazón, la abnegación…) sucumben ante el poder de la mentira, la violencia, la corrupción, la insolencia, el cinismo… Es la sensación de la oscuridad, que no sólo ensombrece nuestros ojos, sino que nos embarga el alma. Sin embargo, cuanto más profunda y oscura es la noche, tanto mejor se puede ver la luz que brilla en la oscuridad. En el mal extremo que los resume a todos, en la muerte, podemos descubrir un destello de luz: Cristo ha muerto, pero no ha sido aplastado por la muerte, pues su muerte ha sido una entrega libre, por amor. Al extremo alejamiento, Dios ha respondido con el amor extremo. Y es este amor el que ilumina nuestra noche, la luz que, simbolizada en el fuego, ha abierto nuestra vigilia. Estamos en vigilia, esta noche no queremos dormir, porque queremos ver esta luz que convierte la noche en madrugada, queremos ver al que ha vencido a la muerte.

Queremos también escuchar la Palabra que Dios nos dirige. La luz de la Resurrección de Jesucristo es la respuesta definitiva de Dios a todas las súplicas y a todas las peticiones que los hombres le han dirigido a lo largo de toda la historia. Al escuchar esta noche la liturgia de la Palabra se ha desplegado ante nosotros la entera historia de salvación desde la creación del mundo. Se trata de la misma historia de la humanidad pero vista desde Dios. Un Dios que crea el mundo por amor y lo ha hecho todo bien, como canta el estribillo de la primera lectura. O, como dice el libro de la Sabiduría: «Porque Dios no ha hecho la muerte ni se complace en la perdición de los vivientes. Él ha creado todas las cosas para que subsistan; las criaturas del mundo son saludables, no hay en ellas ningún veneno mortal y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.» (Sab 1, 13-14). Es el pecado como negación de Dios el que introduce la muerte como negación radical de la vida y del bien que adorna a toda la creación por designio divino. Pero ante el pecado del hombre no se detiene el poder creador de Dios; y, por eso, no reacciona con voluntad de destrucción y venganza, sino de recreación y perdón. Si el pecado es una esclavitud que nos disminuye y nos impide ser en plenitud, Dios nos ofrece la libertad, como al pueblo judío al sacarlo de Egipto; si el pecado nos lleva a la muerte, al separarnos de la fuente de la vida, Dios abre para nosotros la posibilidad de una vida nueva; si por el pecado nos escondemos de Dios, la historia de salvación es el camino que Dios ha recorrido para buscarnos y encontrarse de nuevo con nosotros, como el buen pastor que sale a buscar a la oveja perdida. Esta es la lectura que podemos hacer de la atormentada historia de la humanidad, y así nos enseña a leerla la Palabra de Dios.

No tenemos necesidad de escondernos, Dios ha salido a nuestro encuentro, podemos salir al espacio abierto para encontrarnos con él. Dios nos ha encontrado en Jesucristo y en él, muerto y resucitado, ha respondido definitivamente a todas nuestras preguntas, a todas nuestras angustias y miedos, a nuestros sufrimientos y enfermedades. Pero ha respondido en la muerte y en la resurrección. En la muerte de Jesús, es decir, no como nosotros, tal vez, hubiéramos deseado. Nos pareció el Viernes santo que Dios no respondía a las súplicas de Jesús, que permanecía indiferente y mudo ante la angustia, el sufrimiento, la muerte de su propio Hijo; y así nos parece a nosotros en tantos viernes santos que experimentamos en nuestra vida. Pero hoy, en esta noche, comprendemos que no es así: en la resurrección descubrimos que la respuesta de Dios, aunque no le ha ahorrado a Jesús el trance de la muerte, es mucho más radical y definitiva de lo que hubiéramos nunca podido imaginar. Porque, precisamente, al entrar en la muerte, la Palabra, que existía en el principio y por la que todo se hizo, ha destruido definitivamente el poder de la muerte, la insolencia del pecado.

Podemos escuchar la alegre noticia: «no temáis; buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado.» Podemos encontrarnos con el Maestro que ha salido a buscarnos, como a las santas mujeres, y escuchar que Él mismo nos dice: «Alegraos. No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán.»

En medio de la noche, alegraos, en medio de la oscuridad, no tengáis miedo. La victoria de Cristo sobre la muerte no es algo que nos sea ajeno. Nos toca de cerca, por dentro, porque la muerte de Jesús es nuestra propia muerte; y la vida del Resucitado es un don que se nos regala por la fe y el Bautismo. Tras la liturgia de la luz, que todos hemos visto y recibido, y tras la liturgia de la Palabra que todos hemos escuchado, celebramos la liturgia del agua, en la que todos nos hemos bañado, limpiándonos de la semilla del pecado y regenerándonos a una vida nueva. Jesucristo es el agua pura que nos purifica de nuestras impurezas e idolatrías y nos da un corazón nuevo (Ez 36, 25-26);  el agua viva que apaga nuestra sed (cf. Jn 4, 10.14; 8, 37-38), la fuente bautismal por la que hemos sido sepultados en su muerte, muertos con él al pecado, para que, compartiendo su resurrección, podamos llevar una vida nueva (cf. Rm 6, 4.11).

Es cierto que experimentamos de muchas formas todavía el poder de la muerte, la debilidad del pecado. Pero podemos empezar ya desde ahora a vivir para Dios, en unión con Cristo Jesús. De modo parecido a las mujeres del Evangelio (María Magdalena y la otra María), que caminaban “de madrugada”, entre la luz y la oscuridad; también nosotros sentimos esa situación intermedia en que la noche empieza a ser vencida por la luz. Como a ellas, que movidas por el amor se dirigieron al lugar de los muertos, pero lo encontraron vacío, también a nosotros nos sale al encuentro el Resucitado y nos llama a la alegría, a no temer. A pesar de las sombras de muerte que aún nos amenazan, podemos encontrarnos con la luz, si vamos a su encuentro, si no nos escondemos, si, liberados de todo temor,  le permitimos que nos hable, nos corrija, nos limpie y purifique y nos renueve el corazón. Purificados por el fuego de la muerte y el agua del bautismo, y renovados cotidianamente por el sacramento del perdón, fortalecidos por la escucha de la Palabra y el pan de la Eucaristía, vivimos una vida nueva cuando hacemos del amor el eje de nuestra vida, cuando descubrimos en los demás a nuestros hermanos, cuando damos testimonio de lo que hemos visto y oído.