Homilía del día 18.2.2018, Domingo 1 de Cuaresma (B): «Entre ángeles y alimañas»

El primer domingo de cuaresma aborda las tentaciones de Jesús. Frente al carácter más detallado con que Mateo y Lucas nos narran este episodio misterioso de la vida de Jesús, Marcos, con su peculiar austeridad, nos da una breve noticia del hecho, sin mayores precisiones.

Esto nos da pie para reflexionar sobre el hecho  de la tentación como tal, al que Jesús se somete voluntariamente (“dejándose tentar por Satanás”).

Nos enfrentamos, en realidad, con el misterio del mal, pues la tentación incita al pecado. Se plantea la espinosa cuestión: ¿por qué permite Dios que seamos tentados? Es más, ¿por qué permite el mal? ¿Qué hace contra él?

La tentación, como la misma palabra indica, es una “tienta”, un “tanteo” que algo o alguien nos hace, ofreciéndonos motivos para que realicemos una determinada elección; es un sondeo, un ataque, una incitación, pero al mal. Puesto que es una incitación al mal, no se puede aceptar que ésta proceda de Dios: “Cuando alguien se ve tentado, no diga que Dios lo tienta; Dios no conoce la tentación al mal y Él no tienta a nadie” (St. 1, 13).

La tentación es algo propio de la condición humana que, por la libertad que ha recibido de Dios, está llamada a perfeccionarse a través de sus decisiones. Esto significa que partimos de una imperfección, de una desarmonía o falta de unificación inicial de sus diversas dimensiones (sentidos, razón, voluntad, relaciones, etc.), que él mismo debe ir remediando eligiendo entre las posibilidades que va encontrando en su camino. Por eso leemos en el libro del Eclesiástico: “Dios hizo al hombre al principio y puso en sus manos su propio destino” (Si 15, 14). Las posibilidades que se nos ofrecen son muy variadas: existen bienes puramente materiales, instrumentales, otros, agradables, otros más exigentes, como los estéticos o los intelectuales, o, en un grado todavía superior, los morales y los religiosos. Todos son “bienes” y todos son necesarios. Pero entre ellos existe un orden de jerarquía en cuanto a su importancia. La tentación consiste en sentir la atracción de un bien de cierto nivel, pero a costa de la desatención o el sacrificio de otros más elevados. Cuando hacemos una “mala” elección (por ejemplo, elegimos algo agradable a costa de los derechos o las esperanzas de otra persona, o de nuestra salud o de nuestra dignidad), lo hacemos por un cierto bien, pero de manera que lesionamos un bien mayor.

De ahí que el mal sea ante todo una ausencia o un defecto de bien (como el frío es una ausencia de calor y la oscuridad una falta de luz). Esto no quita importancia y gravedad al mal: pues los bienes lesionados o destruidos por la búsqueda desordenada de otro menos digno (poder, riqueza, etc.) pueden ser enormes. Pensemos en el cáncer de la droga o de la pornografía infantil, en que unos miserables, por acumular dinero, destruyen miles de vidas humanas.

Es importante subrayar que la tentación no es el mal (moral, voluntario). Somos tentados por causa de nuestra condición humana (de nuestra propia libertad, real, pero limitada); pero no hay pecado mientras no haya un consentimiento de nuestra libertad.

Jesús, empujado por el Espíritu fue al desierto, al lugar de la experiencia de Dios y de la elección, pero también de la prueba. El pasar por ella forma parte de la realidad de su encarnación y de su misión salvadora: “Precisamente porque él mismo fue sometido al sufrimiento y a la prueba, puede socorrer ahora a los que están bajo la prueba” (Hb 2, 18). “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que las ha experimentado todas, excepto el pecado” (Hb 4, 15). Se dejó tentar porque aceptó la condición humana con todas sus consecuencias. Pero su voluntad eligió siempre a Dios, mostrando que el pecado (a diferencia de la tentación) no es algo inevitable; y dándonos la posibilidad de, en Él, hacer la misma elección.

Dios consiente la tentación porque acepta el riesgo de la libertad que incluye la posibilidad de un mal uso de la misma. Sólo a través del proceso de prueba y dificultad puede el hombre madurar, adquirir la sabiduría de la unificación interior, aprender a discernir el bien del mal de modo concreto (y no sólo teórico). La prueba del sufrimiento purifica y justifica al hombre. Así se manifiesta definitivamente en Cristo, el justo sufriente.

Dios consiente la tentación, pero, ¿qué hace contra el mal? ¿Por qué lo consiente? Si Dios y el mal son incompatibles, ¿cómo conciliar la existencia del mal con la existencia de Dios?

El mal es el resultado de un abuso del bien de la libertad humana; no es un destino inevitable y ciego, pues, en tal caso no habría responsabilidad ni pecado: en la idea misma de mal moral está implicada la conciencia de que “esto debería haber sido de otra manera”. La libertad humana, pese a su limitación, es inalienable: nadie puede querer por mí, nadie puede querer por otro, ni siquiera Dios, pues nadie puede “querer sin querer”. Si esto es así, ¿qué puede hacer Dios ante el mal cometido por nosotros voluntariamente? Dios podría evitarlo sólo de dos maneras: o destruir al hombre, o anular su voluntad (reduciéndolo a una marioneta). Pero Dios no hace ni lo uno ni lo otro. Aquí conviene recordar lo que con tanta fuerza leemos en la primera lectura: “Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes… Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.” Unos versículos más adelante, dice el texto del Génesis que Dios dijo en su corazón: “Nunca más volveré a maldecir el suelo por causa del hombre, porque las trazas del corazón humano son malas desde su niñez, ni volveré a herir a todo ser viviente, como lo he hecho” (Gn 8, 21). Hay que entender estos textos en el sentido preciso de que Dios no realiza nunca el mal, nunca lo ha hecho (atribuirle el diluvio y cualquier otra desgracia es un antropomorfismo explicable, pero demasiado primitivo), y, es más, no puede hacerlo. Porque el mal es un defecto de bien, una especie de nada, de agujero en el ser. Y Dios es sólo creador, y al crear introduce bien en el mundo. El mal de ningún modo puede proceder de Dios, porque el mal consiste en alejarse de Él, la fuente del ser y de todo bien.

Intervenir para evitar el mal sería, no sólo una intromisión en nuestra libertad (de la que tan celosos somos para hacer “lo que nos da la gana”, pero de la que tan fácilmente nos desmarcamos, cuando se trata de asumir la propia responsabilidad), sino un acto “destructivo” incompatible con la realidad de Dios. Así pues, Dios no destruye nada, y responde al mal sólo con el bien. Por eso no destruye al gran tentador, Satanás, y a sus ángeles: porque son criaturas suyas y, aunque han usado mal su libertad rebelándose contra Dios, Él pese a todo las mantiene en el ser. Por eso Jesús eligió a Judas. Judas estaba llamado a ser apóstol, esa era su vocación, pero fue infiel y traicionó a Jesús (y no se arrepintió, que podía haberlo hecho). Es el misterio de la libertad que Dios respeta.

Se podría objetar que existe otra posibilidad: que Dios, cuando cometemos determinados pecados, nos envíe un castigo para escarmentarnos. Pero esta es una hipótesis imposible. En primer lugar, porque como ya se ha dicho, Dios no hace nunca el mal. Pero además, porque si existiera un nexo claro entre pecado y castigo divino (un castigo en este mundo, como una enfermedad, una desgracia, un terremoto, etc.), entonces todos nos abstendríamos de hacer el mal, sí, pero sólo por la cuenta que nos tiene, por temor al castigo, y no por amor del bien, no de manera realmente libre. Nos convertiríamos en algo parecido a las marionetas de antes. No seríamos malos, pero tampoco podríamos ser buenos, eligiendo el bien por amor del bien mismo. Sencillamente no seríamos humanos.

El castigo del pecado no es cosa de Dios: el ser humano se castiga a sí mismo cuando se aleja de Dios. A veces este castigo es evidente ya en este mundo; como solemos decir, “en el pecado está la penitencia”: el mal que cometemos puede volverse contra nosotros y frecuentemente lo hace. El drogadicto experimenta en su cuerpo, en su mente, en su espíritu, en sus relaciones, los estragos que produce la droga. Pero esto no siempre es así: muchos malvados se van de rositas y muchos justos sufren sin merecerlo. Por eso, mientras dura el tiempo de nuestra responsabilidad en este mundo, somos nosotros los que tenemos que esforzarnos por introducir justicia y bondad en el mundo. Para eso nos ha dado Dios la libertad responsable y la conciencia, y múltiples indicaciones de en qué consiste el bien, y que alcanzan su cima en el mismo Jesús. Y, después, cada uno habrá de dar cuentas de sus acciones. La vida hay que tomársela en serio.

Pero Dios hace todavía otra cosa ante el espectáculo del mal: no sólo se somete a la tentación, sino también a las consecuencias injustas del mal voluntario: con los que padecen com-padece; y se pone del lado de las víctimas, haciéndose él mismo víctima: “Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables” (1P 3, 18).

De esta manera, Jesús ilumina con su luz nuestra historia tormentosa y plagada de males. Podemos tener la tentación (otra tentación más, la del pesimismo) de pensar que en este mundo vivimos entre  alimañas, y que hay sólo alimañas. A veces nos parece que sólo actúa Satanás, el tentador (no lo olvidemos, el tentador, pero el mal depende de nuestro acuerdo). Pero en este mundo nuestro que es el desierto en que Jesús se dejó tentar por Satanás viviendo entre alimañas, también estaban los “ángeles que le servían”. Hay que tener también ojos para esos ángeles servidores, y que no son sólo ángeles alados, sino también ángeles humanos, que viven haciendo el bien, sirviendo a Cristo en sus hermanos. Jesús está entre nosotros, compartiendo con nosotros nuestras limitaciones, nuestras tentaciones y, sin tener pecado, sufriendo sus consecuencias. Y nosotros podemos ser, en torno a Él, o alimañas que le acosan en búsqueda de su botín, sucumbiendo a la tentación del egoísmo y sirviendo al Tentador, o ángeles que hacen el bien y le sirven en sus (nuestros) hermanos.

De nuestra libertad depende de qué lado queremos estar. Y si nos encontramos con que a veces nuestra debilidad nos pone del lado de las alimañas, sepamos que Jesús hace todavía otra cosa más contra el mal: anunciarnos el perdón de Dios (esa es una de las expresiones de la cercanía del Reino) y darnos la posibilidad de la conversión, de volver al bando de los ángeles.

José María Vegas, cmf.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Génesis 9, 8-15
El pacto de Dios con Noé salvado del diluvio
Dios dijo a Noé y a sus hijos: – «Yo hago un pacto con vosotros y con vuestros descendientes, con todos los animales que os acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca y ahora viven en la tierra. Hago un pacto con vosotros: el diluvio no volverá a destruir la vida, ni habrá otro diluvio que devaste la tierra.» Y Dios añadió: – «Ésta es la señal del pacto que hago con vosotros y con todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de mi pacto con la tierra. Cuando traiga nubes sobre la tierra, aparecerá en las nubes el arco, y recordaré mi pacto con vosotros y con todos los animales, y el diluvio no volverá a destruir los vivientes.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 24, 4bc-5ab. 6-7bc. 8-9
R. Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas,
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas.
Acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno, es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes. 

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta de1 apóstol san Pedro 3, 18-22
Actualmente os salva el bautismo
Queridos hermanos: Cristo murió por los pecados una vez para siempre: el inocente por los culpables, para conduciros a Dios. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Con este Espíritu, fue a proclamar su mensaje a los espíritus encarcelados que en un tiempo habían sido rebeldes, cuando la paciencia de Dios aguardaba en tiempos de Noé, mientras se construía el arca, en la que unos pocos -ocho personas se salvaron cruzando las aguas. Aquello fue un símbolo del bautismo que actualmente os salva: que no consiste en limpiar una suciedad corporal, sino en impetrar de Dios una conciencia pura, por la resurrección de Jesucristo, que llegó al cielo, se le sometieron ángeles, autoridades y poderes, y está a la derecha de Dios.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 12-15
Se dejaba tentar por Satanás, y los ángeles le servían
En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: -«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.»

Homilía del 11.2.2018, domingo 6 de Tiempo Ordinario (B): «Sintiendo lástima, lo tocó»

La lepra es una enfermedad terrible. Hoy sabemos que no es muy contagiosa y que tiene cura. Pero sus efectos devastadores sobre el cuerpo no pueden no producir horror, incluso en nuestros días, tanto más cuando se carecía de remedios eficaces contra ella. Las prescripciones del libro del Levítico parecen indicar que, en aquellos tiempos, bajo el término lepra se contemplaba un amplio espectro de enfermedades e infecciones de la piel. Por eso, se puede entender que se hace referencia, además de a la terrible lepra que devora la carne del enfermo, a otras afecciones más leves y temporales que podían llegar a curarse. En todo caso, la prudencia sanitaria aconsejaba alejar al enfermo del grupo social; y esta marginación recibía además una sanción religiosa: el enfermo era declarado impuro; la exclusión social venía aparejada a una suerte de excomunión de la comunidad de salvación, ya que, en la mentalidad antigua, la desgracia se vinculaba con alguna culpa, incluso si esta no era patente, ni siquiera para la conciencia del presunto culpable.

Realmente, la enfermedad conlleva siempre un elemento de marginación. Incluso de las más leves, como una gripe, decimos a veces que “nos han puesto fuera de circulación”. La enfermedad nos exilia de nuestra vida cotidiana, nos impide llevar una vida normal, nos convierte en seres débiles y dependientes, disminuye el caudal de nuestra siempre frágil libertad.

Aunque hoy día casi nadie considera ya las enfermedades como maldiciones ni castigos divinos, la situación de enfermedad en general nos sirve como signo y cifra de la postración humana en todas sus formas: el que está postrado por cualquier motivo, física o moralmente, por culpa propia, ajena o por mera y desgraciada casualidad, es alguien que, de un modo u otro, se encuentra al margen, en situación de dependencia, y que para sobrevivir necesita pedir, suplicar.

El leproso del evangelio de hoy expresa meridianamente esa situación. Marginado e impuro, postrado y de rodillas implora la sanación a quien piensa que puede otorgársela: “si quieres…”. Jesús, dice el evangelista lacónicamente, “sintió lástima”. Es la reacción debida ante la desgracia ajena. Dice el filósofo ruso Vladimir Soloviov que la lástima es el sentimiento básico y espontáneo que regula las relaciones del hombre con sus semejantes, y que este sentimiento primario no es ni puede ser la complacencia (es decir, el gozar junto con), pues el placer puede a veces ser moralmente malo, y además es fin y, por tanto, término del deseo; mientras que el dolor ajeno, independientemente de que sea producido o no por culpa del que padece, es siempre digno de lástima y mueve a la acción. Si, por ejemplo, una persona sufre a consecuencia de su mal comportamiento (por ejemplo, porque ha abusado del alcohol o de las drogas), el que ese comportamiento sea reprobable no quita que su situación de actual postración nos mueva a la compasión. Y ésta, por la mediación de la razón, se eleva a exigencia universal de justicia y benevolencia (no hacer mal y hacer el bien posible). Por eso, incluso si el leproso del evangelio sufría a causa de alguna culpa suya pasada (algo que nosotros no pensamos respecto de la lepra, pero que, como vemos, puede darse en otras situaciones), no por eso dejaba de ser digno de lástima. Y esa compasión no se queda en un sentimiento inactivo, sino que mueve la voluntad y lleva a actuar en socorro del sufriente. “Jesús, sintiendo lástima, lo tocó, diciendo ‘quiero’”.

Pero el gesto de Jesús no es sólo (aunque también) la ilustración de una reacción debida ante el sufrimiento ajeno. En la mentalidad judía que contextualiza su gesto (para eso hemos de leer la primera lectura), éste es de una osadía inusitada, que raya la profanación de normas tenidas por sagradas. Jesús no sólo habla y cura, sino que “toca”. Antes de reintegrar en la sociedad, va al encuentro,  traspasa la frontera y, al tocar al impuro, él mismo debería quedar contaminado. Jesús no sólo cura la enfermedad sino que salva al hombre, reintegra en la comunidad de salvación, limpia lo que era impuro y declara que no hay forma de impureza (física, moral o espiritual) que nos aparte definitivamente de Dios si somos capaces de reconocerla y de suplicar.

Sorprende que Jesús, que acaba de trasgredir la ley de manera tan flagrante, acto seguido ordene al regenerado que cumpla las prescripciones de la ley, al tiempo que le prohíbe hablar con nadie del bien recibido. Por un lado, es claro que Jesús no quiere publicidad, no realiza estos signos salvadores para atraerse la admiración de los demás y asegurarse el éxito. Jesús no instrumentaliza el dolor ajeno, no cura para…, sino que cura porque: porque sintió lástima, porque el hombre aquel estaba en situación de postración. Pero, en segundo lugar, si manda que cumpla lo establecido en la ley, es porque esa era la forma concreta de reconocer que el bien recibido procedía de Dios (y, en consecuencia, de confesar que Jesús actuaba con el poder de Dios) y de agradecer. Si ante el dolor ajeno hay que compadecer (y actuar), ante el bien recibido es de ley mostrar agradecimiento.

Lo que el leproso curado hace, en cambio, no debe entenderse como una desobediencia (explicable, por otro lado), sino como el hecho real de que al hacer el bien no se debe buscar publicidad (que no sepa tu mano derecha…), entre otras cosas porque el bien habla por sí mismo. Ese leproso, ya limpio, era en sí mismo un testimonio vivo de la acción de Jesús, de la benevolencia de Dios para con él.

Al contemplar al leproso suplicante y curado y a Jesús, sintiendo lástima y actuando, hemos de volver los ojos a nuestro mundo y a nosotros mismos. Porque también hoy existen formas de lepra (física, moral, espiritual, social, política, ideológica, racial…, se puede ampliar la lista infinitamente), que producen sufrimiento y marginación, que nos separan y alienan a unos de otros. ¿Quiénes son hoy los leprosos de nuestra sociedad? ¿A quiénes considero yo y trato como a leprosos? En segundo lugar, estas situaciones ponen a prueba nuestro corazón humano, nuestro corazón de carne. ¿Somos capaces de sentir lástima, de compadecer, o nos hemos vuelto insensibles a los sufrimientos de los demás? Y hemos de caer en la cuenta de que, tal vez, sintamos lástima de ciertas categorías de lepra, pero seamos insensibles a los sufrimientos de otros, a los que, según nuestros parámetros, hemos declarado “impuros”. Pero la compasión, ya lo vimos, no es suficiente. Ella llama a la acción (al querer, como dice Jesús: “quiero”). Y esta requiere con frecuencia estar dispuesto a “tocar”, a “mancharse las manos”. Imitar a Jesús en la audacia de su gesto significa atravesar fronteras y derribar barreras, superar el miedo al “otro”. Esa imitación significa, además, hacer el bien sin buscar recompensa ni reconocimiento, sino por amor del bien mismo, aún más, por amor de aquel que me necesita. Así, el bien realizado dará testimonio, él mismo, de la bondad de Dios, de quien procede todo bien.

Por fin, podemos mirar a la situación desde otra perspectiva, que también está implicada en el texto del Evangelio: yo mismo tengo mis propias lepras. Por eso, la Palabra hoy me invita también a tener el coraje de ponerme de rodillas ante Jesús y suplicarle, para que me toque y me cure. Hay que hacerlo con fe y confianza (el “si quieres” significa decirle: “sé que puedes”). Pero también hay que “ponerse a tiro”, acercarse a Él, allí donde es posible encontrarlo: su Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación, para que nos pueda tocar. Y para que, como el leproso, al sentir que nos ha limpiado, podamos vivir con un corazón agradecido que ya por sí mismo habla “con grandes ponderaciones” de lo que Él ha hecho con nosotros.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Levítico 13, 1-2.44-46
El leproso tendrá su morada fuera del campamento
El Señor dijo a Moisés y a Aarón: «Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 31,1-2.5.11
R. Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.

Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito.
y en cuyo espíritu no hay engaño.

Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado.

Alegraos, justos, y gozad con el Señor;
aclamadlo, los de corazón sincero

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 31–11,1
Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo
Cuando comáis o bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No deis motivo de escándalo a los judíos, ni a los griegos, ni a la Iglesia de Dios, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven. Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 40-45
La lepra se le quitó, y quedó limpio
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme.» Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio.» La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.» Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo, se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

Homilía del día 4.2.2018, domingo 5 del Tiempo Ordinario (C): «A todos y a cada uno»

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.

El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? ¿De dónde sacaremos fuerzas para una tarea tan inmensa? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).

El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos, lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga o en la parroquia, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. Y el texto de Job nos recuerda que el servicio no es tarea fácil, sino que cansa, agota y, con frecuencia, desespera porque no se ven los frutos. Por eso es importante realizar ese servicio desde una fe fortalecida por la oración (no al activismo que puede llegar a alienarnos, a perder la conciencia de nosotros mismos y del sentido de lo que hacemos), que alimenta además la esperanza. Las dificultades de una vida de servicio nos vinculan con la Pasión de Cristo, pero la fe fortalecida por la esperanza nos recuerdan que la Resurrección ya está operando también en nosotros.

La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con los que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese «¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva a hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio. Así vamos combinando en nuestra vida concreta acción y contemplación, oración y testimonio. En la oración traemos a la presencia de Dios a la humanidad entera, es como si le dijéramos a Jesús: «todo el mundo te busca». En la acción, el testimonio y el servicio les “decimos” a todos y a cada uno dónde encontrar a Jesús.

José María Vegas, cmf

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Mis días se consumen sin esperanza
Lectura del libro de Job 7, 1-4. 6-7
Habló Job, diciendo: – «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero; como el esclavo, suspira por la sombra, como el jornalero, aguarda el salario. Mí herencia son meses baldíos, me asignan noches de fatiga; al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se alarga la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba. Mis días corren más que la lanzadera, y se consumen sin esperanza. Recuerda que mi vida es un soplo, y que mis ojos no verán más la dicha.»

SALMO RESPONSORIAL
R. Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.
Sal 146, 1-2. 3-4. 5-6 
Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.
El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel.

Él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.
Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

SEGUNDA LECTURA
¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23
Hermanos: El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio! Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio. Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio. Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles. Me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes.

EVANGELIO
Curó a muchos enfermos de diversos males
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,29-39
En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar. Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: – «Todo el mundo te busca.» Él les respondió: – «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.» Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Homilía del 28.1.2018, Domingo 4 del Tiempo Ordinario (B): «Asombrados de su doctrina»

La admiración y el asombro que suscita la predicación de Jesús índica muy a las claras la índole de esa predicación y, sobre todo, la de quien predica. Jesús no es sólo un “predicador” que transmite una nueva filosofía de la vida o una elevada doctrina moral, ni siquiera una nueva religión. De hecho, el texto de hoy nos da a entender que no es sobre todo el contenido de su predicación, sino el modo de transmitirla lo que provoca el asombro de sus oyentes: no predica como los escribas, sino con autoridad. Con autoridad significa que enseña desde sí mismo: no se limita a transmitir o comentar una palabra ajena, sino que por medio de sus palabras es Él mismo el que se revela y se da. Jesús es el cumplimiento de una antigua promesa, la que hoy leemos en la primera lectura: la promesa de un  profeta al que se puede escuchar, que habla palabras de vida y no de muerte, un profeta que no suscita el terror sagrado porque es uno sacado de entre nosotros, “de entre tus hermanos”. Pero Jesús, además, supera con creces esa promesa, porque no se limita a transmitir palabras verdaderas de parte de otro, sino que Él mismo es la Palabra encarnada, que porta en sí la Verdad de Dios. De ahí la autoridad que despierta la sorpresa de una novedad inaudita.

La autoridad de la palabra y persona de Jesús se manifiesta, además de en la novedad de la doctrina y en el modo de comunicarla, en su eficacia: Jesús cura o, como queda patente en el evangelio de hoy, somete a las fuerzas del mal.

A veces sentimos desaliento y desánimo ante la potencia y la omnipresencia de estas fuerzas, de los espíritus inmundos. Tenemos la impresión de que esos espíritus son más fuertes y eficaces que el espíritu del bien. Están por todas partes, no sólo en los “centros oficiales del mal”, sino que se sientan también en la Sinagoga, en la Iglesia, en los lugares santos. Esto significa que debemos evitar la frecuente tentación simplificadora de identificarlos con una causa única, que además solemos colocar fuera de nosotros, que siempre se encuentra en “los otros”. Unos hablan de “los mercados” o el “neoliberalismo”, otros del “marxismo” o del “ateísmo”, los de más allá de los masones o qué sé yo qué grupos, como queriendo así exorcizarlos de sí, del propio entorno, que estaría completamente exente de ese mal radical descubierto en otros. Pero el evangelio de hoy nos dice que el espíritu inmundo lo tenía “un hombre”, uno cualquiera, en nada distinto de cada uno de nosotros. Y que se sentaba “precisamente” en la sinagoga. La raíz del mal anida en nuestro interior, está entre nosotros, incluso en los que se sientan o nos sentamos en el ámbito de lo sagrado. Todas esas otras expresiones del mal a que hemos aludido lo serán en una u otra medida, pero al final, si queremos combatirlo en su raíz, tenemos que mirarnos a nosotros mismos, y tratar de identificar qué espíritus inmundos nos habitan en concreto.

Los espíritus inmundos, que poseen tantos rostros y tantas formas de presencia, tienen en común que no escuchan la Palabra, sino que, al contrario, se encaran con ella, y la desafían a gritos. Aunque, al hacerlo, ya están reconociendo con temor la autoridad de Jesús. Nosotros, que sabemos por experiencia (propia y ajena) la enorme dificultad, la casi imposibilidad de vencer a esos espíritus inmundos en nosotros y en nuestro mundo, podemos hacer la experiencia de someternos a la Palabra de la Verdad que es Jesús, y sentir así el asombro de su autoridad y la admiración de su eficacia. Sólo esa Palabra cercana (es uno de nuestros hermanos) es capaz de desenmascarar, mandar, hacer callar y expulsar al espíritu inmundo. Jesús vence al mal, pero salva al que está poseído por él, destruye el pecado pero salva y libera al pecador. La Palabra, la persona de Jesús es el único exorcismo eficaz contra las fuerzas del mal, contra los espíritus inmundos, porque, allí donde suena y actúa, y donde es acogida, va abriendo espacios al Reino de Dios. Por eso no suscita terror, sino asombro y, sobre todo, confianza. La confianza es la dimensión central de la fe en Dios, en el Dios cercano que es Jesucristo.

Esta fe confiada hace reales posibilidades inéditas de vida nueva. Las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy son una buena ilustración a este respecto. Percibimos en ellas una exhortación a un género de vida que en nuestros días no goza de buena prensa. Son muchos los “espíritus inmundos” que gritan desafiantes contra él declarándolo imposible e inhumano. Lo más curioso (y triste) es que esos gritos se escuchan con frecuencia dentro de la misma Iglesia (aunque después de leer el evangelio de hoy no debe extrañarnos). Pablo, que en ningún momento rechaza o cuestiona el matrimonio, antes bien, lo ensalza como una vocación cristiana de extraordinario valor, signo sacramental del amor de Dios y de Cristo a su Iglesia, señala también el camino de la plena consagración a Dios, en una vida célibe, la que él mismo ha elegido para sí. Es un ideal realmente inaudito, que requiere una libre elección (cf. 1Cor 7, 25), y que, por muy imposible que le pueda parecer al espíritu del mundo, es una posibilidad abierta por el mismo Cristo, que vivió con un corazón indiviso, completamente entregado a las cosas del Padre. Para poder hacer propio ese género de vida (como también el encarnado en el matrimonio cristiano, indisoluble) es preciso abrirse a la eficacia y la autoridad de la Palabra que nos libra de nuestros espíritus inmundos, que nos habilita para lo que a nosotros mismos nos parece fuera de nuestro alcance, cada uno en su vocación: el casado en entrega fiel a su cónyuge y sus hijos, el llamado a la virginidad consagrada en un género de vida célibe, preocupado de los asuntos del Señor; unos y otros abiertos en fe a la admiración y el asombro ante esta Palabra nueva, cercana, eficaz, llena de autoridad y de vida.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Suscitaré un profeta y pondré mis palabras en su boca
Lectura del libro del Deuteronomio 18, 15-20
Moisés habló al pueblo, diciendo: «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis. Es lo que pediste al Señor, tu Dios, en el Horeb, el día de la asamblea: “No quiero volver a escuchar la voz del Señor, mi Dios, ni quiero ver más ese terrible incendio; no quiero morir.” El Señor me respondió: “Tienen razón; suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, yo le pediré cuentas. Y el profeta que tenga la arrogancia de decir en mi nombre lo que yo no le haya mandado, o hable en nombre de dioses extranjeros, ese profeta morirá.”»

SALMO RESPONSORIAL
R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»
Sal 94, 1 2. 6-7. 8-9
Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras».

 SEGUNDA LECTURA
La soltera se preocupa de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos
Lectura de la Primera carta de san Pablo a los Corintios 7, 32-35
Hermanos: Quiero que os ahorréis preocupaciones: el soltero se preocupa de los asuntos del Señor, buscando contentar al Señor; en cambio, el casado se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer, y anda dividido. Lo mismo, la mujer sin marido y la soltera se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de los asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.
Os digo todo esto para vuestro bien, no para poneros una trampa, sino para induciros a una cosa noble y al trato con el Señor sin preocupaciones.

 EVANGELIO
Enseñaba con autoridad
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,21-28
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.» Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.» Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.

 

Homilía del día 21.1.2018, Domingo 3 del Tiempo Ordinario (B): «La cercanía del Reino y la llamada a la conversión»

Tras el Bautismo y las tentaciones, que Marcos presenta de manera bien escueta, el evangelista introduce el inicio de la actividad pública de Jesús con una especie de sumario del contenido esencial de su mensaje (que se desplegará después en palabras y acciones) y la llamada de los primeros discípulos, con los que empieza a “reunir a las ovejas dispersas de la casa de Israel”, a formar el nuevo pueblo de Dios.

Esta actividad comienza precisamente allí donde acaba la de Juan: “Cuando arrestaron a Juan”. Jesús toma el testigo de aquel del que, según algunos, había sido un tiempo discípulo. Y,  aparentemente, su mensaje no se distingue demasiado del de Juan: la cercanía del Reino y la llamada a la conversión. Pero, ya el hecho de que el evangelio señale una delimitación temporal, indica que, pese a la familiaridad entre Juan y Jesús, con este último empieza un tiempo nuevo; a pesar de la similitud del mensaje, el de Jesús conlleva novedades radicales. En realidad, ya Juan lo había expresado de diversas formas: avisando de que él no era el Mesías, resistiéndose a bautizar a Jesús, reconociéndolo como el que había de venir, remitiendo a Jesús a sus propios discípulos (como atestiguaba el evangelio de Juan la semana pasada).

La primera gran novedad es que el Reino de Dios y su cercanía ya no es un acontecimiento amenazante y que suscita temor (similar al anuncio de Jonás), sino un “evangelio”, una “buena noticia”. En segundo lugar, esta buena noticia no es una promesa futura (aunque ya inminente, como en el mensaje de Juan Bautista), sino que “el plazo se ha cumplido” y esta cercanía es ya una presencia. Y es que el Reino de Dios de que habla Jesús no es un determinado orden social o político, no es una “nueva era” que se nos echa encima inevitablemente por fantásticas combinaciones estelares, no es tampoco (sólo, ni sobre todo) la revelación de una nueva cosmovisión de tipo filosófico, metafísico, moral… El Reino de Dios es el aviso y la noticia, la buena noticia, de que Dios reina, de que está ya entre nosotros y es posible encontrarse con Él. Lo notable de esta noticia es que esa presencia y esa posibilidad de encuentro es incondicional, no está reservada a unos pocos privilegiados, no está ligada a una determinada pertenencia nacional, racial, social, moral… Se trata de una presencia humana, accesible a todos, incluso a los habitantes de Nínive, la gran ciudad, paradigma del mal y la enemistad con Israel. El Reino de Dios está cerca porque es el mismo Jesús el que lo porta en sí. La voz que escuchó a la orilla del Jordán en el momento del bautismo, “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco” (Mc 1, 11) es la experiencia fundante de todo el ministerio de Jesús, y es esa paternidad de Dios la que Jesús transmite con su presencia cercana y humana. Gracias a Jesús, a su presencia en este mundo concreto, en el que no reinan condiciones ideales, al revés, en el que hay violencia, injusticia, pobreza, sufrimiento… en este mismo mundo, se ha hecho presente el Reino de Dios, no como una utopía fantástica, sino como una posibilidad real: es posible, ya en este mundo, en esta historia, ingresar en ese Reino y vivir de acuerdo con sus leyes, porque Jesús mismo lo encarna en su persona; y Él está en medio de nosotros.

Puede objetarse que no es del todo cierto que la oferta se haga incondicionalmente. De hecho, al parecer, Jesús plantea condiciones, digamos, morales, similares de nuevo a las de Juan Bautista: “convertíos”. Sin embargo, también en esta llamada, idéntica si nos atenemos a las palabras, suena un eco nuevo. En el caso de Juan se trataba ante todo de una acusación, de una denuncia de nuestra condición pecadora (cf. Mt 3, 7-10; Lc 3, 7-14). En el caso de Jesús, sin negar esa dimensión, hay que entenderlo en un sentido positivo. Se trata, también aquí, de la buena noticia de que es posible vivir de otra manera, de que tenemos posibilidades más altas y mejores, de que no tenemos que resignarnos a una vida caduca y sin horizontes. Jesús nos abre la posibilidad de romper con lo que nos ata y esclaviza, y de desplegar lo mejor de nosotros mismos: ser, con y en Él, hijos del mismo Padre y hermanos entre nosotros. Convertirse es “creerse” que esa buena noticia es verdad, es real. Decíamos antes que Jesús aparece en un mundo en el que reinan condiciones no ideales, en que reinan el mal, la violencia, la injusticia. Creer que es posible “ya”, en este mismo mundo, ingresar en el Reino de Dios, significa creer que “yo”, cada uno de nosotros, si queremos, unidos a Cristo, podemos empezar a vivir según las leyes, no de ese reino de violencia e injusticia, sino de este otro Reino que Jesús nos anuncia y regala. Es verdad que ello no nos evita, en ocasiones, padecer la injusticia y la violencia, el sufrimiento en todas sus formas (Jesús mismo lo padece hasta el final), pero sí que nos evita el ser nosotros mismos autores de injusticia, violencia y toda otra forma de ese mal que, al parecer, tan fuerte e inevitable es en nuestro mundo. Creer en la buena noticia del Reino de Dios significa afirmar que por muy fuerte que parezca ese mal, no es algo inevitable y a lo que tengamos que plegarnos resignadamente. Tal vez no consigamos cambiar la faz del mundo entero (ni Jesús, al parecer, al menos humanamente, lo consiguió); pero lo que sí podemos es unirnos a Él y convertirnos en el germen, la semilla y el inicio de ese mundo nuevo, ya presente y operante en el viejo, en el que reinan la paz y la justicia, la fraternidad universal de los hijos de Dios. Desde aquí se entiende que el anuncio de la cercanía y la presencia del Reino de Dios y la llamada a la conversión, son el anuncio y la llamada a la libertad.

Jesús nos llama e invita a unirnos a ese proyecto. Los primeros discípulos responden con una sorprendente generosidad e rapidez: “inmediatamente”. Dejaron las redes, es decir, se desenredaron de los lazos de ese mundo viejo y se pusieron en camino. En el mismo no dejarán de tener dificultades, oscuridades, conflictos entre ellos mismos, incluso caídas; pero, ya desenredados, su camino es un proceso de aprendizaje vital de la persona del Maestro y de las leyes del nuevo reino (en síntesis, la ley del amor), un proceso de renovación personal en el que, sin dejar de ser lo que eran (pescadores), desplegarán lo mejor de sí mismos y desarrollarán posibilidades más altas (pescadores de hombres).

Vivir como ciudadanos del Reino de Dios en medio de las condiciones de este mundo, eso es a lo que nos llama Jesús; y eso es lo que expresa, con esa extraordinaria profundidad que le caracteriza, la carta que Pablo nos ha enviado esta semana: porque el plazo se ha cumplido, sentimos el apremio de vivir ya según los valores definitivos del Reino de Dios, según la ley del amor; ello no significa negar los valores de este mundo (aunque sí el compromiso y la voluntad de romper con sus desvalores), sino situarlos a todos ellos en la perspectiva de aquellos otros. Es decir, no podemos vivir en este mundo como si esta fuera nuestra morada definitiva, sencillamente porque no lo es. Luego hemos de permitir que en estos afanes (la familia, el trabajo, las aficiones, la amistad, todas esas que enriquecen nuestra vida; pero también nuestras enfermedades, tristezas y limitaciones, todo aquello que nos agobia de un modo otro) que, inevitablemente nos ocupan cada día, reine también Dios, también en todos ellos seamos y nos comportemos como cristianos, seguidores de Jesús, hijos de Dios, hermanos entre nosotros.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Los ninivitas se convirtieron de su mala vida
Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-5. 10
En aquellos días, vino la palabra del Señor sobre Jonás: – «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y predícale el mensaje que te digo.» Se levantó Jonás y fue a Nínive, como mandó el Señor. Nínive era una gran ciudad, tres días hacían falta para recorrerla. Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, proclamando: – «¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!» Creyeron en Dios los ninivitas; proclamaron el ayuno y se vistieron de saco, grandes y pequeños. Y vio Dios sus obras, su conversión de la mala vida; se compadeció y se arrepintió Dios de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

SALMO RESPONSORIAL
R. Señor, enséñame tus caminos.
Sal 24, 4-5ab. 6-7bc. 8-9

Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.

SEGUNDA LECTURA
La representación de este mundo se termina
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 7, 29-31
Digo esto, hermanos: que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

EVANGELIO
Convertíos y creed en el Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 14-20
Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: – «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: – «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Homilía del día 14.1.2018, Domingo 2 del Tiempo Ordinario (B): «Vieron dónde vivía»

«Me preguntan sin cesar: “¿Dónde está tu Dios?”» Estas palabras del salmo 42 expresan muy bien un rasgo propio de nuestra cultura contemporánea. Parece que se ha perdido de vista a Dios, y las personas que todavía seguimos afirmando nuestra fe en Él nos encontramos continuamente cuestionadas: «¿Dónde está vuestro Dios?» Y no siempre sabemos bien qué contestar, en qué dirección indicar. Como en tiempos de Samuel, pudiera parecer que también en nuestro tiempo se ha hecho rara la Palabra del Señor (1 Sam 3, 1). Y los argumentos más o menos teóricos a favor de la existencia de Dios apenas mueven a nadie. Por mucha validez que esos argumentos puedan tener (que la tienen, y más de la que a veces se quiere reconocer), es verdad que por sí solos no sirven para fundar una experiencia religiosa. Y menos aún una experiencia religiosa cristiana. Porque esta es la cuestión decisiva sobre la que la Palabra de Dios llama hoy nuestra atención: convencernos de que Dios habita entre nosotros, de que se ha hecho cercano con la cercanía de la carne, y está pasando junto a nosotros. Ante la pregunta desafiante «¿Dónde está tu Dios?», Juan nos ofrece hoy una respuesta chocante y atrevida, pero que es la única definitivamente válida, la que los cristianos tenemos que dar: «Éste es el Cordero de Dios» mientras señalamos a Jesús que pasa. Dios no está sólo en el Cielo, sino que está también entre nosotros, caminando por nuestras calles y plazas. Y nosotros, que nos decimos creyentes, tenemos que aprender a reconocerlo mientras pasa.

Hoy Juan cumple su misión llevándola hasta el final, cuando remite a sus propios discípulos a Aquel que es mayor que él, y ante el que él tiene que ceder y hacerse pequeño. Las postreras palabras proféticas de Juan señalan a Jesús no sólo como el Mesías, sino como el “Cordero de Dios”, con lo que da ya a entender el sentido sacrificial y no triunfante de este mesianismo. Este detalle nos hace entender por qué es tan difícil escuchar las palabras de los profetas auténticos, que nunca nos regalan los oídos; pero también por qué es tan importante prestarles atención: sin ellos no nos sería posible (o, al menos, nos resultaría muy difícil) discernir la presencia del Señor, descubrir su Palabra. Estas mediaciones son imprescindibles y no siempre dependen de la calidad moral o de la santidad del mediador: el poco ejemplar Elí hace de mediador para Samuel, igual que el mayor de entre los nacidos de mujer, el irreprochable profeta Juan, hace de mediador para Andrés y el otro discípulo (que solemos identificar con el discípulo amado, aunque el texto nada diga al respecto). En el inicio del ministerio de Jesús, al comienzo de este tiempo litúrgico ordinario, Eli y Juan nos invitan a meditar sobre el papel mediador de los que nos han ayudado a creer, también sobre el necesario papel mediador de la Iglesia, que no podemos juzgar (aceptar o rechazar) sólo por la calidad moral de sus representantes, si bien esa calidad es ciertamente de gran ayuda.

Ahora bien, la mediación de profetas y sacerdotes no debe sustituir la experiencia propia. Andrés y el otro discípulo, tras escuchar a Juan, se van en pos del Maestro y le preguntan dónde vive; quieren establecer con él un contacto personal, entablar una relación de tú a tú. En el camino de la fe no podemos contentarnos con vivir de las rentas o de las migajas de la experiencia ajena. Esto es muy frecuente por desgracia: vivir parasitariamente de la fe y del compromiso de otros, que damos por supuestos, incluso por buenos, a los que acudimos de cuando en cuando, en momentos puntuales, cuando nos conviene y nos hace falta (ya se sabe, bautizos, bodas y funerales), pero sin buscar la experiencia propia, el encuentro personal, la relación directa con Aquél que ha venido a nuestro espacio y nuestro tiempo, que vive entre nosotros y es accesible a todos los que lo quieran encontrar. Como quisieron Andrés y el otro discípulo, que se fueron siguiendo a Jesús.

El Evangelio de hoy nos da a entender lo importante que es el ver y el mirar: Juan “se fijó” en Jesús, éste les dice a los discípulos “venid y veréis”, ellos fueron y “vieron”, Jesús se “quedó mirando” a Pedro. El ver, mirar, fijarse habla precisamente de una experiencia propia, directa, que cada uno tiene que hacer; el contacto es tan importante como los contenidos de la conversación, o más, pues la palabra requiere el “estar-con”, que es la esencia de la vida cristiana.

Y este mismo texto nos sugiere que es necesario y urgente tomar una decisión. La hora del encuentro, la hora décima, las cuatro de la tarde, nos habla de un día que todavía da de sí, pero que empieza a declinar: tenemos tiempo para seguir, interrogar, ir, ver y estar con el Maestro, pero no podemos dejar escapar la oportunidad, no podemos dejarlo “para más tarde”, pues después será ya “demasiado tarde”, se hará de noche. Jesús pasa, está en camino, no se detiene (más que si lo seguimos y le pedimos quedarnos con él). Mirando el texto evangélico a la luz de la primera lectura podemos entender que Jesús pasa llamando (es él quien llama), y que la pregunta de los discípulos (“¿dónde vives?”) tiene el mismo sentido que la respuesta de Samuel: “habla Señor, que tu siervo escucha”.

Esta apertura es fundamental en la relación con Dios: cuando vamos a donde vive Jesús, Él mismo empieza a vivir en nosotros: su Palabra se aloja en nosotros, nos hace templos de su presencia cercana, santuarios del Espíritu Santo. Pablo nos enseña hoy que esa cohabitación nuestra con Jesús y de Jesús y su Espíritu en nosotros no es compatible con cualquier forma de vida, con cualquier comportamiento. Es contradictorio vivir con Jesús, allí donde Él vive, como él, el Cordero de Dios que entrega su vida por amor, y, al mismo tiempo, vivir de manera egoísta, para sí, como “nos da la gana”, tal vez manipulando a los demás según nuestros antojos (que ese es el sentido de la fornicación). Si hemos visto dónde vive Jesús y nos hemos quedado con él, hemos de vivir como Jesús, para los demás, dando la vida; y ahí encontramos el sentido profundo, oblativo, auténtico y más hermoso también de la sexualidad vivida desde la fe en Cristo.

Por fin, cuando vamos a dónde está y vive Jesús y permanecemos con Él, y dejamos que habite en nosotros, nos convertimos nosotros mismos en profetas, mediadores y apóstoles que anuncian lo que han visto y oído, y llevan a los demás (a sus hermanos) a Jesús, para que también ellos puedan hacer la experiencia personal del encuentro con el Maestro, para que puedan ser objeto de la mirada de Jesús, de modo que él mismo les revele, como hoy a Pedro, su auténtica identidad y su vocación.

José María Vegas, cmf.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Habla, Señor, que tu siervo te escucha
Lectura del primer libro de Samuel 3, 3b-10. 19
En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: – «Aquí estoy.» Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: – «No te he llamado; vuelve a acostarte.» Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: – «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.» Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: – «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: – «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha.”» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: – «¡Samuel, Samuel!» Él respondió:
– «Habla, que tu siervo te escucha.» Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 39, 2 y 4ab. 7. 8-9. 10
R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Yo esperaba con ansia al Señor;
él se inclinó y escuchó mi grito.
Me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios.
Entonces yo digo: «Aquí estoy».

–Como está escrito en mi libro–
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas.

He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes.

SEGUNDA LECTURA
Vuestros cuerpos son miembros de Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 6, l3c-15a. 17-20
Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo. Dios, con su poder, resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? El  que se une al Señor es un espíritu con él. Huid de la fornicación. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca en su propio cuerpo. ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? El habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. No os poseéis en propiedad, porque os han comprado pagando un precio por vosotros. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!

EVANGELIO
Vieron dónde vivía y se quedaron con él
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 35-42
En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Éste es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: – «¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: – «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?» Él les dijo: – «Venid y lo veréis.» Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: – «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo).» Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: – «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).»

Homilía del 7.1.2018, Domingo después de la Epifanía: «Tú eres mi Hijo amado». Además la homilía del 6.1.2018, Epifanía del Señor

Domingo después de la Epifanía
El Bautismo del Señor

Tú eres mi Hijo amado

La Epifanía, la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús, que empieza con su nacimiento y continúa con la adoración de los Magos de Oriente, se completa ahora con su aparición pública, “cuando llegó de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”. Marcos narra estos acontecimientos con gran concisión, y nos obliga a mirar a lo esencial de los mismos. Jesús no elige para el comienzo de su actividad pública el Templo de Jerusalén, sino el desierto; no se manifiesta ligándose a los actos de culto oficial, sino al profetismo, inesperadamente renacido en torno a Juan el Bautista. De esta manera, Jesús reivindica la experiencia religiosa originaria del Éxodo, y su expresión más genuina, el profetismo. Pero esta reivindicación carece de todo viso de nacionalismo, al contrario, es la elección de la “liminidad”: Jesús se sitúa en los márgenes, en la frontera y en los espacios abiertos, allí donde existe disposición para acoger la novedad de Dios. Algo que será difícil de encontrar en los centros de poder político y religioso, representados por los descreídos saduceos y por los fariseos, demasiado seguros de sí y de su propia justicia. Juan, el profeta de última hora, que habita en la marginalidad del desierto y llama a la conversión, representa exactamente todo lo contrario. Vive en la apertura y en la esperanza. Lejos de afirmarse a sí mismo, se define más bien como un “no-ser”: no es ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta. Toda su existencia es signo y función de Jesús, “el que viene detrás de mí, pero es mayor que yo, el que bautizará con Espíritu Santo”. Frente a la seguridad de los solemnes ritos oficiales, Juan práctica el sencillo rito de purificación con el agua, que expresa el reconocimiento de la propia imperfección y la disposición y la apertura a algo nuevo, mejor y definitivo.

Es en este contexto de apertura, conversión y marginalidad en el que hace Jesús su aparición pública. En contraste con el “no-ser” de Juan, Jesús es el que es, el que había de venir, el Mesías. Pero su manifestación no consiste en un acto de autoafirmación que dice de sí “yo soy”, sino, al contrario, en el sometimiento al rito de purificación bautismal por el agua. Jesús se muestra hermano de sus hermanos y, sin tener pecado, sufre las consecuencias del pecado, es más, toma sobre sí el pecado del mundo. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús afirma su plena identidad con nosotros; expresa que su encarnación no es una mera apariencia, o algo que no toque su ser en lo más profundo. Por eso, el Bautismo de Jesús forma unidad con la celebración de la Navidad y de la Epifanía, y las completa: es la revelación de Dios en la carne, en plena identidad y solidaridad con todos los seres humanos. La carne, en su concreción y en su debilidad, nos hermana a todos en una universalidad abierta que supera toda barrera nacional, ideológica o religiosa. Como recuerda Pedro en los Hechos, es precisamente en esta carne donde queda claro “que Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, y que si su palabra se ha enviado a los israelitas, la paz que esa palabra anuncia es para todos, puesto que Jesucristo es “el Señor de todos”.

Y es precisamente ahí mismo, en ese acto de humillación y solidaridad con su pueblo y con todos, en donde empieza a cumplirse la profecía de Juan: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y la voz del Padre revela su verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. No hay contradicción entre Dios y el hombre, pues el mismo hijo del hombre, Jesús, es el Hijo de Dios, y en la debilidad de la carne se manifiesta la salvación. Dios elige a Jesús, su predilecto, porque se ha hecho uno con nosotros, de modo que todos, que somos de su misma carne, podamos participar de la filiación y la predilección de Dios.

Al contemplar a Jesús, bautizado por Juan como hombre y revelado por la voz del Cielo como Hijo de Dios, comprendemos que en él se realiza la plena y definitiva alianza de Dios con la humanidad profetizada por Isaías: “te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Entendemos también cuál será su estilo mesiánico: no el poder, sino el servicio, no la imposición violenta, sino la restauración, la sanación, la liberación. Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para “encontrar al que está perdido” y “sanar a los que están enfermos”; no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, al contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su forma de implantar el derecho en la tierra.

El fácil entender que en el Bautismo de Jesús hay latente una profecía de su muerte y resurrección. Al tomar sobre sí el pecado del mundo, Jesús acepta también las consecuencias del pecado, ante todo, la muerte. El sumergirse en las aguas del Jordán es todo un símbolo de su entrega por amor hasta la muerte. Pero el poder del Espíritu que se manifiesta sobre Él al salir de esas aguas habla de su triunfo sobre la muerte: en la fragilidad de la carne es confirmado por Dios como Hijo.

Nosotros no hemos sido bautizados con el bautismo de agua de Juan, sino con el Bautismo del Espíritu Santo, por el que nos hemos sumergido en el misterio de la muerte y de la resurrección del Hijo de Dios, nacido en una carne como la nuestra. Esto significa que también nosotros tenemos que estar dispuestos a hacer la experiencia del desierto, a elegir el camino de la marginalidad y del servicio, a renunciar a la destrucción y la violencia, a ensayar la apertura de Dios, que no hace acepción de personas, a tratar de pasar por este mundo, como Jesús, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por cualquier forma de mal. Bautizados en el bautismo pascual de Jesús y ungidos con su Espíritu, también nosotros podemos escuchar la voz que baja del cielo: “(también) tú eres mi hijo amado, mi hija amada, el objeto de mi predilección”. Esta es nuestra más profunda y auténtica identidad, que sólo en comunión con Jesús de  Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, podemos descubrir.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Mirad a mi siervo, a quien prefiero
Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7
Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

SALMO RESPONSORIAL
R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Sal 28, 1 a y 2. 3ac-4. 3b y 9 b- 10

SEGUNDA LECTURA
Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

EVANGELIO
Tú eres mi Hijo amado, el predilecto
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,7-11
En aquel tiempo, proclamaba Juan: —«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: —«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

La Epifanía del Señor

Sigue la estrella

El misterio de la Navidad es tan grande y tan profundo, que no basta un día para entrar a fondo en él y descubrir todas sus dimensiones. A la noche y el día de Navidad, en que contemplamos la luz del niño Dios nacido en Belén, le siguen otras fiestas que van completando un cuadro armonioso. La fiesta de la Sagrada Familia nos habla de un contexto de relaciones humanas, del que la verdadera humanidad de Jesús tenía necesidad para desarrollarse y crecer. Las fiestas de San Esteban y de los santos inocentes, para evitar un exceso de sentimentalismo, nos recuerdan que Jesús nace en un mundo violento e injusto y que Él mismo y otros por su causa habrán de sufrir las consecuencias de esa situación “no ideal” del mundo en la que tiene lugar la encarnación.

El misterio se va completando con esta fiesta de la Epifanía o Manifestación de Cristo a los gentiles, nuestra popular fiesta de los Reyes Magos. Es una fiesta que enlaza directamente con la del domingo siguiente: el Bautismo del Señor, otro momento de manifestación, pues es el momento del comienzo del ministerio público de Cristo; y con la Bodas de Caná, que Juan presenta como el comienzo de los “signos” que Jesús realiza para anunciar que Dios está ya cumpliendo sus promesas. De hecho, la liturgia oriental reúne en una sola fiesta (aquí en Rusia es el día 7 de enero) la Navidad, y la Epifanía.

Mateo dice, con el episodio de los sabios de Oriente, que ya desde su nacimiento Jesús tiene una significación universal, sin distinción de razas, culturas y nacionalidades. Que Dios se haga hombre (ser humano) es algo que tiene que importarle a todo el mundo. No puede ser algo exclusivo de un grupo, un pueblo, incluso una confesión religiosa. Ya, antes de Cristo, y pese al tono fuertemente nacionalista de la religión judía, se dieron cuenta de ello los Profetas. Isaías hoy los representa a todos. Es algo que se deriva naturalmente de su monoteísmo: si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, significa que es el Dios de todos los hombres sin distinción; luego la revelación que Israel ha recibido es para todo el mundo. Israel descubre así su vocación sacerdotal, de mediador entre Dios y la humanidad. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, Pablo es el gran batallador por la comprensión universalista de la fe cristiana, que impide que ésta se reduzca a una insignificante secta dentro del judaísmo.

Dios nace y se manifiesta: nace para manifestarse, para comunicarse, para hacerse accesible a todos. Esto tiene una importante consecuencia para la comprensión de nuestra fe, que no puede reducirse a una “opción privada”, a una íntima convicción que no debe manifestarse. Hoy, con frecuencia, en nombre de una tolerancia mal entendida, se nos invita a profesar la fe con tal de que no la manifestemos, de que la practiquemos en nuestro fuero interno, en el ámbito privado de nuestras asambleas litúrgicas, pero renunciando a tratar de que la fe impregne nuestro actuar, nuestro pensamiento y nuestra presencia pública. Es pedir un imposible. Jesús no vino al mundo a fundar un club privado, sino a decirnos que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos sus hijos y que todos somos hermanos.

Así pues, respetando sin ambages la libertad de todos y sin imponer nada a nadie, los cristianos no podemos dejar de proclamar el significado y la importancia para todos de lo que nuestra fe proclama, y de testimoniar, invitando a todos, a acercarse a conocer personalmente al hijo de Dios hecho hombre. Y es que la nuestra es una opción personal, pero no sólo una opción privada.

Un detalle importante de esta fiesta es el de la estrella. Los sabios de Oriente representan la sabiduría humana. No eran magos, sino sabios, posiblemente astrólogos, una especie de físicos y filósofos, indagadores de la naturaleza y buscadores de la verdad. Que estos sabios siguiendo la estrella buscaran al niño para adorarlo significa que entre la fe y la razón no hay contradicción alguna, que la ciencia y la revelación no son divergentes sino convergentes, pues por caminos distintos se encaminan a la verdad, el bien y la justicia, que, por vía natural o por vía revelada, tienen un mismo Autor.

La razón tiene sus limitaciones y en ciertos momentos necesita abrirse a la iluminación de la revelación. Así, el hombre puede admirar la grandeza y el poder de Dios al contemplar la naturaleza, pero no puede llegar por la sola razón al contenido revelado, que le dice que a ese Dios creador que busca en las estrellas lo puede encontrar en medio de los hombres. Por eso los Reyes Magos siguiendo la estrella se acercan mucho, pero no pueden llegar hasta el final. Tienen que preguntar a los representantes del pueblo sacerdotal, depositario de la revelación. Estos tuercen el gesto, pero consultan el depósito que se las ha confiado y hallan la respuesta. Es un texto de Isaías el que despeja el camino hasta el niño recién nacido. Pero causa admiración y perplejidad que mientras los sabios de Oriente se muestren tan abiertos (a la razón y a la fe), esos representantes del Pueblo elegido estén tan cerrados a lo que sus propias Escrituras les dicen. Vemos que ni la razón ni la revelación bastan por sí mismas. Hacen falta, además, disposiciones personales, es decir, un corazón bien dispuesto. Si no se da esto, la sola razón puede llevar a la soberbia y a la negación de Dios; y la actitud religiosa cerrada sobre sí misma puede convertirse en fanatismo, en la negación del hombre al que en nombre de una verdad mal entendida se está dispuesto a matar.

Nuestros sabios de Oriente, bien dispuestos y abiertos a las evidencias de la razón y a las revelaciones de la Escritura, encuentran al niño y le ofrecen sus dones. Son toda una profesión de fe: oro (el niño es el rey celestial), incienso (es el Hijo de Dios), y mirra (su trono y su gloria serán la cruz).

Una afortunada tradición ha querido que los reyes magos sigan trayendo sus regalos a niños y mayores del mundo entero. Pero solemos darle a esta tradición un moralismo indebido: los regalos dependen de si hemos sido buenos, de si nos hemos portado bien. Como si fueran el premio a un mérito acumulado. Pero esto no es así. Los regalos se hacen porque se quiere a la persona agraciada, y con el regalo se le “dice” ese amor, se confirma su ser y se celebra que exista. Es importante que nos hagamos regalos unos a otros, como expresión de esos vínculos esenciales que están más allá de todo mérito.

Los magos confiesan y testimonian con sus regalos. Nosotros deberíamos tratar de regalar al mundo el testimonio de nuestra fe, sin miedo y sin vergüenza, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Es el mejor regalo que le podemos hacer, pues el mundo necesita a este niño que ha nacido en Belén. Regalar la luz que hemos visto en medio de la noche y que hemos recibido con nuestra fe. Sí, ese es el mejor regalo que podemos y debemos hacer en este mundo no ideal en el que Jesús ha nacido para todos: ser nosotros mismos estrellas que indican el camino que lleva a Belén a todos aquellos que buscan a Dios, y que, incluso sin saberlo, necesitan a Cristo.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
La gloria del Señor amanece sobre ti
Lectura del profeta Isaías 60, 1-6
¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

SALMO RESPONSORIAL
R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra
Salmo 71

SEGUNDA LECTURA
Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3, 2-6
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

EVANGELIO
Venimos de Oriente a adorar al Rey
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,1-12
Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.»» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Homilía del 31.1.2017: Octava de Navidad: «La Sagrada Familia y su carácter sagrado». Además la del 1.1.2018: Santa María Madre de Dios

Domingo dentro de la Octava de Navidad
La Sagrada Familia: Jesús, María y José

La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia

Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre (esa propuesta respetuosa dirigida a nuestra libertad de la que hablamos antes, pero que además está inscrita en nuestra propia naturaleza): la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de las múltiples variaciones históricas y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución” familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal, abarca el entero universo del ser humano: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza en decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El que teme al Señor, honra a sus padres
Lectura del libro del Eclesiástico 3,2-6.12-14
Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5
R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

SEGUNDA LECTURA
La vida de familia vivida en el Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,12-21
Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y celebrad la Acción de Gracias: la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

EVANGELIO
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría
Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

01 de Enero
Santa María Madre de Dios

La plenitud de los tiempos

Al estrenar una nueva “porción” de tiempo, un nuevo año, es casi inevitable preguntarse por esta cotidiana y misteriosa dimensión de nuestra vida. Tal vez nadie hizo nunca esta pregunta de manera más inteligente y profunda que San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé” (San Agustín, Confesiones, XI, 14. Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio.) El tiempo es ese eterno fluir en cuyo seno suceden y se suceden todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia, pero que nos parece que seguiría fluyendo aun en el caso de que nada sucediera. El ser humano se las ha ingeniado para racionalizar y, en cierto modo, dominar esta misteriosa dimensión y situarse en ella dividiéndola, clasificándola y asignándole números. Es verdad que para ello se ha apoyado en los ciclos naturales que se repiten de manera constante: el día y la noche, el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Pero la historia humana, a diferencia de los ciclos naturales, añade novedad a ese eterno fluir temporal, y hace que la rueda del tiempo se distienda como una línea abierta. Y, sin embargo, aquel “eterno retorno” se refleja en cierto modo también en nuestra historia: los problemas, los conflictos, las limitaciones, los sufrimientos, las injusticias… el mal, en suma, con sus múltiples rostros, forman parte de la herencia que cada año que termina le pasa al siguiente. Pero el corazón humano no se resigna, y no cesa por ello de esperar que el año nuevo, la porción de tiempo que estrenamos al asignarle una nueva cifra, sea mejor, más propicio, esté menos gravado por la maldición el mal, y venga, en suma, cargado de mayores bienes, de bendiciones.

La hermosa bendición del libro de los Números, que la Iglesia lee en los umbrales de cada nuevo año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos más o menos escondidos en el corazón del hombre: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Y es que la Iglesia, haciéndose eco de los deseos y las esperanzas en un mundo mejor, celebra cada 1 de enero la jornada mundial de la paz. La paz, bien entendida, es el fruto que sintetiza todos los bienes a los que aspira permanentemente el corazón humano y que son como las condiciones necesarias de aquella: la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como afirmó Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris.

Ahora bien, la Iglesia y todos los cristianos celebramos esta jornada apoyados no sólo en buenos deseos, que pueden revelarse, por lo demás, deseos hueros, sino en una realidad firme, concreta, encarnada: la bendición de Dios se ha hecho tiempo, historia humana, carne por medio del nacimiento del Hijo de Dios. Por él, la bendición del libro de los Números no es sólo un buen deseo (“que el Señor te bendiga…”), sino un acontecimiento histórico: el Señor nos ha bendecido, ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, nos ha concedido su favor, se ha fijado en nosotros, nos ha dado la paz, “él es nuestra paz” (Ef 2, 14). El tiempo, ese eterno fluir, en apariencia indiferente, ha conocido su plenitud cuando ha sido visitado por el Dios eterno, por el Señor y creador del tiempo y de la historia, nacido de una mujer. La jornada mundial de la paz se celebra bajo la protección y el patrocinio de “una mujer”, María, Madre de Dios. En ese título, “Madre de Dios”, la Iglesia confiesa quién es ese que ha nacido de ella: el Hijo, el Verbo eterno de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Mesías y salvador, que eso significa el nombre que le pusieron, según la ley, a los ocho días: Jesús, “Dios salva”.

Con el título de Madre de Dios la Iglesia expresó (en el Concilio de Éfeso, año 431) su fe en que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Por medio de María, madre de Dios, se nos ha abierto la posibilidad de ser libres, de ser hijos en el Hijo, de que el Espíritu clame en nosotros “¡Abba! ¡Padre!”. Y si somos hijos de Dios, quiere decir que somos hermanos, y si todos estamos llamadas a ser hermanos, significa que podemos y debemos vivir en la paz de la fraternidad.

Pero, seamos sinceros, ese mismo corazón nuestro que anhela la bendición de la paz, sabe, en el fondo, que en el nuevo año todo seguirá en nuestro mundo más o menos igual… Si Dios nos ha bendecido con el nacimiento de Jesús, ¿por qué no tenemos paz (verdad, justicia, amor y libertad)? Tal vez porque al don de la bendición hay que responder de forma adecuada, y eso es lo que probablemente nos falte. Esto es lo que nos enseñan los pastores: ir al portal y adorar al niño; y, sobre todo, María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Vivimos demasiado agobiados, demasiado deprisa, pensando que todo depende de nosotros. Pero el don de la paz, que es fruto de una bendición, la que se ha producido con el nacimiento de Jesús, es ante todo un don que nos pide correr a Belén, y allí pararnos, contemplar, adorar, acoger en silencio la Palabra, meditarla y conservarla en nuestro corazón. Si dedicáramos más tiempo a la adoración y a la contemplación, esas actividades tan “inútiles”, empezaríamos por pacificarnos a nosotros mismos, a convertirnos desde dentro en agentes de esa paz que no se consigue ni sólo con pactos, ni con imposiciones, ni con puro voluntarismo. Es verdad que hay que trabajar por la paz. Pero para ello hay que acoger primero la bendición del Señor, acoger al Señor del tiempo, a la Palabra encarnada, y dejar que eche raíces en nuestro corazón.

Pero ahora, en el umbral del nuevo año, contemplando al niño en brazos de María, madre de Dios, dejemos simplemente que la bendición de Dios descienda sobre nosotros como un rocío benéfico: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.”

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El Señor te bendiga y te conceda la paz
Lectura del libro de los Números 6,22-27
El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo Sal 66
R/. El Señor tenga piedad y nos bendiga

SEGUNDA LECTURA
Nacido de una mujer
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4,4-7
Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

EVANGELIO
María conservaba todas estas cosas en el corazón
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,16-21
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Homilía del día 24.12.2017, Domingo 4 de Adviento (B): «Encuentros y bendiciones». Además, Homilías de la Misa del Gallo y Navidad

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer: “tierra, trágame”, pensamos en esas ocasiones. Y es precisamente ese temor y el deseo de esconderse y huir lo que ha impedido que ese encuentro, buscado por Dios por largo tiempo, haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha designado lugares sagrados y construido templos, ofreciéndole así a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios). Esa corriente crítica, encarnada sobre todo por los profetas, se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia. Esa promesa se cumple en Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, huidas, desencuentros y encontronazos.

¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro luminoso de María con Isabel, que en vez de quejarse de lo mal que estaba el mundo, se alegran y bendicen y cantan a Dios porque perciben su presencia en sus cuerpos embarazados, en los que florece la vida; y, por fin, el encuentro que hoy nos presenta el Evangelio, el del ángel con María. Se trata de un encuentro del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras de Gabriel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, en plenitud, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase.

Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos y abiertos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.

José María Vegas, cmf
Imagen:  La Anunciación de Fra Angelico

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor
Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16
Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mí presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

SEGUNDA LECTURA
El misterio, mantenido en secreto durante siglos, ahora se ha manifestado
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27
Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIO
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel: – «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: -«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Solemnidad de la Natividad del Señor
Misa de la Vigilia

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

Salmo responsorial: 95 Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

 SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14
Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

 EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14
En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

Homilía: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande»

 No es casualidad que empecemos a celebrar la gran fiesta de la Navidad la noche anterior, ahora, en medio de la oscuridad. Lo que estamos celebrando tiene mucho que ver con la oscuridad que nos rodea. La oscuridad es un símbolo del mal, de los poderes oscuros que tratan de dominar nuestro mundo y de dominarnos a nosotros. En la profundidad de la noche, tenemos la sensación de que la oscuridad tiene un poder ilimitado, invencible: nos rodea por todas partes, y parece no darnos respiro ni ofrecernos salida. Ante el poder del mal, cuando sentimos la fuerza de la oscuridad, nos sentimos débiles e impotentes. Somos como ese pueblo que caminaba en tinieblas, es decir, sin rumbo y sin sentido.

El mal del que hablamos tiene muchos rostros, muchos nombres. Porque es poderoso, podemos identificarlo en los poderes inicuos de nuestro mundo. No porque todo ejercicio de la autoridad sea en sí perverso, pero sí porque las fuerzas del mal tratan de hacerse con esos poderes que deberían servir a los seres humanos, para someterlos y reducirlos a esclavitud, convirtiéndolos en meros peones de intereses bastardos. Es lo que nos narra Lucas, cuando sitúa el acontecimiento del nacimiento de Cristo en un contexto histórico bien concreto, recordándonos que no se trata aquí de un fenómeno cósmico o mítico, sino de una historia real que nos toca de cerca a todos. El decreto de Augusto de realizar un censo universal es un típico gesto de un poder omnímodo, que hace de los seres humanos meros objetos de posesión de reyes y gobernantes (cf. 2 Sam 24, 1-10). Y así parece funcionar el mundo: los poderosos lo manejan a su antojo, provocando guerras, conflictos, sufrimientos sin cuento. José y María, embarazada y a punto de dar a luz, que tienen que marchar de su hogar a Belén por el capricho de un monarca lejano, son como la expresión de las víctimas inocentes de esas fuerzas oscuras, que conforman la noche de nuestra historia, y que fuerzan al Hijo de Dios a nacer en la pobreza de un pesebre, en los márgenes de una vida humana digna. Ya desde su nacimiento se hace Jesús solidario con todas las víctimas del mundo.

Pero no tenemos que buscar las causas del mal sólo en poderes ajenos y lejanos, como si nosotros fuéramos sólo víctimas del mal. La noche que nos rodea es también responsabilidad nuestra. Cuando Pablo nos anuncia hoy la aparición de la gracia de Dios, nos recuerda también que hay en nosotros impiedad y deseos mundanos, que también nosotros contribuimos a nuestra manera en la propagación de la oscuridad y la noche. Elegimos a veces valores y formas de vida que nos cierran en nosotros mismos, en nuestros egoísmos individuales y grupales, y nos impiden ver la luz del sol, la presencia de Dios en nuestra vida, y, en consecuencia, mirar con el corazón abierto a nuestros semejantes. También en esas actitudes se esconden las semillas de las guerras y los desencuentros. La vida que deriva de ahí es sombría: vivimos en sombras de muerte, sin dicha y sin esperanza.

Pero el mensaje de hoy viene precisamente a disipar la oscuridad, a restablecer la esperanza. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. El poder de la oscuridad es más aparente que real. Nos puede amedrentar y paralizar, pero basta que en la noche brille una pequeña luz, para que ese poder sea vencido: con ese pequeño foco de luz, como el faro que brilla en la costa, en medio de la tormenta y de la noche más oscura es posible encontrar orientación y sentido, es posible ponerse en camino y hacerlo con un rumbo definido. Pues bien, la luz que brilla hoy en la oscuridad de nuestro mundo no es pequeña, sino grande, aunque parezca brillar de una manera tenue, sin hacer mucho ruido, sin deslumbrar cegando nuestros ojos.

En medio de la noche, brilla la luz, la vida florece, y la mujer de José, junto con el que parece ir a la deriva, zarandeados los dos por el poder de las tinieblas, da a luz un niño en el que se cumplen antiguas profecías: pues “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23). No son en realidad los poderes oscuros de este mundo los que realmente dirigen la historia, aunque así nos lo parezca (y aunque así sea en parte), sino la Providencia de Dios, que sabe moverse entre los hilos invisibles de los acontecimientos humanos para hacerse presente y regalarnos, respetuosamente, sin hacer mucho ruido, su designio de amor, para que en medio de la oscuridad aparezca la luz, una gran luz, aunque a nuestros ojos humanos está atenuada por la opacidad de la carne.

Para ver esta luz es preciso tener un corazón bien dispuesto. Y si nuestro corazón no está del todo dispuesto, es posible, con la ayuda de Dios, disponerlo. Los primeros en ver la luz son los pastores. No gozaban de buena fama los pastores en aquel tiempo. No eran considerados ejemplo de una vida precisamente “honrada y religiosa”. Esto nos debe dar el consuelo de que Jesús ha nacido para todos, para los pecadores, y todos lo somos de un modo u otro (todos habitamos de una forma u otra en la oscuridad). Pero los pastores son también los que viven en espacios abiertos, los que están en vela, los pecadores dispuestos a cambiar de vida: son los que, porque están abiertos y en vela, son capaces de ver en la oscuridad de la noche destellos de luz, signos de la presencia de la luz y que les llevan a la luz: de noche los ángeles vuelan como mensajeros de esperanza y de buenas noticias, y los pastores escuchan esa voz y acuden a ver la luz.

Es de notar que sigue siendo de noche, pero muchos indicios nos hablan de un próximo amanecer: guiados por esos indicios luminosos nos ponemos en camino, no nos resignamos al mal ni renunciamos a los sueños (que no son quimeras, sino deseos bien fundados) de un mundo mejor. Su punto de partida es el niño nacido en Belén: en la noche brilla la luz, en este mundo, pese a todo, habita Dios, y es posible encontrarlo, pues habita en carne mortal. Pero también nosotros tenemos que hacer nuestra parte: como los pastores, acoger el mensaje de los ángeles, acudir a ver y adorar al Niño, lo que significa también renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para tratar de llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, anticipando en esperanza la alegría de la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Ya ha aparecido en carne mortal, revestido de nuestra debilidad, y por eso padeció y se entregó por nosotros, rescatándonos de la oscuridad, de toda maldad.

Si hacemos nuestra parte, como los pastores, nos convertiremos nosotros mismos por medio de nuestras buenas obras, en ángeles que anuncian en la noche a los hombres (a todos, aunque tal vez sólo nos escuchen los de buena voluntad) que no hay que seguir temiendo, que se ha producido una buena noticia, una gran alegría para todos: que Dios ha nacido en la debilidad de una carne mortal y quiere encontrarse con nosotros.

José María Vegas, cmf.

Solemnidad de la Natividad del Señor
25.12.2017

Adoration-of-the-Shepherds-Murillo

PRIMERA LECTURA
Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios
Lectura del libro de Isaías 52, 7-10
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

SEGUNDA LECTURA
Dios nos ha hablado por el Hijo
Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6
En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»?
Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

 EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Homilía: «Habitó entre nosotros»

 Estamos celebrando el nacimiento de Jesús, la encarnación del Hijo de Dios, la venida del Dios-con-nosotros (Emmanuel). Pero es importante que nos preguntemos y tratemos de entender quién es este Dios que ha nacido en carne mortal.

Juan, el águila de Patmos, que comienza su evangelio mirando al sol, a la luz indefectible que es Dios, nos recuerda que este Dios en el que creemos y que ha nacido en Belén no es “un dios cualquiera”, de los muchos que pululan por ahí, pretendiendo un título (el de Dios) que no les corresponde. El Dios al que contemplamos anoche es el creador de todas las cosas, de todo sin excepción: de modo que sólo hay un Dios y por tanto, en lo que respecta a la creación, somos libres, debemos mantenernos en pie y no debemos inclinarnos ante nada de lo que habita este mundo: en él nada es divino, todo es criatura del único Dios que está por encima de todo, y sólo ante Él hemos de postrarnos en actitud de adoración.  Dios, que todo lo ha creado con su Palabra poderosa, está, pues, por encima de todas las cosas, y el universo entero e inmenso no es capaz de contenerlo. No hay ni ideas, ni conceptos, ni sistemas religiosos que puedan expresar adecuadamente lo que es Dios y dónde podemos encontrarlo. Mirando al sol con ojos de águila, Juan nos indica que tenemos que aceptar esta limitación nuestra, y debemos renunciar a todo intento de poseer y manipular a Dios.

Pero esto no significa que debamos resignarnos a la pura ignorancia, ni que Dios se niegue a comunicarse con nosotros. No quiere decir que Dios nos ha creado arrojándonos al mundo y, después, desentendiéndose de nosotros. Juan mismo nos lo está diciendo: el Dios eterno que todo lo ha hecho, lo ha hecho por medio de su Palabra. Y si esta Palabra estaba junto a Dios desde el principio y era Dios, es que Dios mismo es comunicación, relación. Lo es dentro de sí: Dios es interna comunicación y perfecta comunión en la distinción de las personas: la perfecta unión en la diferencia en que consiste el Dios trinitario, aunque nuestra mente no alcanza a entender el misterio, nos permite comprender que Dios es Amor; no sólo que Dios ama (que también), sino que Él es en su esencia íntima Amor. Y esa comunicación interna quiere comunicarse fuera de Él: ya la creación es el primer acto de comunicación y expresión, de revelación. Pero, además, el Dios Palabra, se nos dice, quiere establecer con nosotros un diálogo. ¿Cómo? ¿Cómo se comunicará el Dios, al que el universo inmenso no puede contener, con nosotros, que habitamos una minúscula mota de ese universo inabarcable? Y ¿cómo podrá hacerlo sin infundirnos temor, a causa de su enorme grandeza y poder?

Recordemos, ante todo, que el poder de Dios es un poder benéfico, dador de ser y de vida, que crea el universo y lo sostiene con su palabra poderosa. En esto se distingue del poder humano, que se mide, normalmente, por su capacidad de destrucción. Dios viene con su poder, pero no amenazando, asustando, amedrentando. Por eso, antes de su aparición definitiva, ha preparado el encuentro hablándonos de “muchas maneras”, ya por medio de la misma creación (que proclama la gloria de Dios: cf. Sal 18A) y, sobre todo, por medio de los profetas. No por casualidad, entre el misterio inefable del Dios creador y Palabra, y el misterio de su encarnación, aparece Juan Bautista, el último y el más grande de los profetas, que no sólo anuncia la venida de Cristo, sino que lo señala ya presente entre los hombres. Así, poco a poco, disipando las causas de temor, Dios ha venido finalmente a visitarnos en persona. Y no podía hacerlo de otro modo que haciéndose Él mismo pequeño, abajándose, poniéndose a nuestra altura: la Palabra, esa misma Palabra poderosa por la que todo se hizo y que todo lo sostiene, se ha hecho carne, y habita entre nosotros.

Al hacerse carne, se ha hecho visible y cercano, podemos verlo y tocarlo. Pero se ha hecho también débil y vulnerable: se arriesga a que al verlo lo despreciemos o lo ignoremos, y que, al poderlo tocar, lo hagamos para golpearlo, incluso matarlo. En ese “hacerse carne” Juan ya nos está avisando sobre su muerte en la cruz. Y es que, al asumir el riesgo de la encarnación, renunciando a imponerse con fuerza y poder, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha aceptado la posibilidad de que no lo conozcamos y no seamos capaces de acogerlo.

Sólo hay un modo de conocerlo y acogerlo: la fe y, en consecuencia, el amor. Cuando damos el paso de la fe y aceptamos el riesgo del amor (renunciando al poder destructivo del mal), al acogerlo nos hacemos semejantes a Él, y Él nos hace partícipes de su poder, de ese poder inmenso, por el que todo se hizo, pero que es un poder benéfico: el poder de ser hijos de Dios, de nacer de nuevo, no de sangre ni de carne, sino de un amor superior y Fontal, del mismo Dios. Es verdad que es este un poder paradójico que nos lleva a participar de su mismo destino: el de dar la vida por nuestros hermanos. A veces, como tantos cristianos hoy, en la verdadera cruz del martirio; la mayoría de las veces en el testimonio del amor vivido día a día, con frecuencia en medio de fuertes oposiciones.

Pero con este poder alcanzamos la libertad: no nos sometemos a la ley mosaica, sino a la gracia y la verdad de Jesucristo. En este consiste ser hijos en el Hijo: ser libres de los falsos dioses, tener la fuerza y la dignidad de no inclinarnos ante ningún poder de este mundo. De esta manera, nos hacemos también, como Juan el Bautista, profetas que hablan de muchas maneras pero transmitiendo un único mensaje: que Jesús es el Mesías, el que existía desde toda la eternidad. Y de esta manera, preparando y abriendo el camino a Jesús para muchos, realizamos en nosotros la profecía de Isaías: nos convertimos verdaderamente en mensajeros que anuncian la paz, que traen la Buena Nueva, que pregonan la victoria salvífica de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

José María Vegas, cmf.

Homilía del día 17.12.2017, Domingo 3 de Adviento (B) “Gaudete”: «¿Lo conocemos?»

El camino del Adviento continúa el ciclo profético, pero con un aumento evidente de intensidad en la espera. Ello prueba una vez más que la esperanza verdadera poco tiene que ver con la pura pasividad, y que, por el contrario, es una fuerza que nos pone en pie, en tensión activa hacia el futuro. De hecho, Juan, el profeta de los nuevos tiempos, la voz, pero no la Palabra, el testigo fiel de la luz, que no pretende ser él la luz, ni un protagonismo que sabe que no le corresponde, ya no habla sólo de la cercanía del Mesías, sino de su presencia, si bien se trata todavía de una presencia escondida: “entre vosotros hay uno que no conocéis.”

Podríamos pensar que esto de que “no lo conocemos” no va con nosotros. Se puede aplicar a los fariseos y las gentes de aquel tiempo que  no lo conocían aún, mientras que nosotros, incluso al margen de que seamos muy o poco creyentes, muy o poco practicantes, “ya sabemos de qué va esto”, ya sabemos quién tenía que venir, ya lo hemos conocido.

Si pensamos así, nos equivocamos de parte a parte y nos parecemos a esos fariseos y sus enviados, que interrogaban a Juan, pero pensaban que ellos sí que sabían quién había de ser el Mesías, cómo debía ser y actuar y, por eso, increpaban a Juan, por hacer lo que, según ellos, no le correspondía. Esa manía de enmendarle la plana a Dios y negarnos a estar abiertos a sus sorpresas (sabiendo además que nosotros no podemos abarcarlo con nuestros pobres pensamientos y conceptos) es una constante de la historia de la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre. Es curioso que esta especie de soberbia teológica nos iguala a creyentes y no creyentes. Unos, porque pensamos que ya lo tenemos claro, sea por la instrucción religiosa que tenemos, sea por la experiencia acumulada de años. Otros, porque se elaboran una cierta idea de Dios, con frecuencia con materiales de desecho, tomados de las peores expresiones de la religión, o de ciertos reduccionismos propios del conocimiento científico, para declarar después que Dios no existe. Algo, por cierto, de una extrema arrogancia, pues para afirmar con seguridad, no sólo que Dios, sino que cualquier cosa no existe hay que declarar la contradicción del concepto (algo que, desde luego, respecto de Dios no es posible), o pretender saberlo absolutamente todo.

Pero Juan nos avisa hoy, a todos nosotros, que el que ha de venir ya está en medio de nosotros y que no lo conocemos. Es una llamada a abrir los ojos, a despertar y a estar en vela.

Pero no debemos entender este aviso de Juan sobre todo como una amenaza o un reproche. El tono de este domingo de Adviento es la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”, exulta el profeta Isaías; “Estad siempre alegres”, nos exhorta Pablo. Estamos en el Domingo Gaudete, que sigue y completa el tono de consolación del domingo pasado. Ciertamente, el que ha sido consolado tiene motivos para estar alegre. Y si el consuelo era fruto de una esperanza más o menos inminente, ahora la alegría lo es porque, si bien aún invisible, el objeto de la esperanza ya se ha hecho presente. Así es siempre. Aquello que nos ha mantenido vivos, despiertos, en vilo, la promesa que nos ha permitido superar la dificultad, el dolor, ya está ahí, pero todavía no la vemos. La presentimos, y eso alegra nuestro corazón. Es una alegría teñida de esperanza, abierta al futuro inmediato, henchida de presentimientos. ¿No recuerda el sentimiento intensísimo de la infancia en la tarde anterior y en la madrugada de los Reyes Magos? Tras la noche, y ya al amanecer, tras esa puerta cerrada esperaba un mundo mágico, pero aún invisible para nuestros ojos. Y, sin embargo, la emoción de esa espera era tan intensa, si no más, que la alegría de aquellos regalos llenos de una magia especial, del encanto del misterio de sus donadores. Cuando uno espera encontrarse largo tiempo con una persona a la que quiere, produce una sensación del todo especial el encontrarse ya en la ciudad del encuentro, saber que esa persona está ahí, ya cerca, en algún sitio, aunque todavía no puedes verla.

Sí, realmente, la alegría que brota de la esperanza activa es un rasgo distintivo de la vida cristiana. Es una alegría que nos pone en tensión y en movimiento, que nos abre al futuro y nos prepara para sorpresas que no se pueden programar. Tomamos nota de nuestra ignorancia, acogiendo lo que nos dice Juan, y preparamos nuestro corazón para un nuevo encuentro con el que está en camino y viene a nuestro encuentro. Eso de un “nuevo” encuentro debemos entenderlo en sentido literal. No se trata de “un encuentro más”, “otro”, “uno de tantos”, como tantas navidades o años nuevos que después envejecen rápidamente (no hay ni que esperar doce meses). Aquí se trata de un nuevo encuentro, porque es un encuentro inédito, Jesús quiere revelarnos nuevos aspectos que no conocíamos, profundidades que nos estaban vetadas, dones para los que éramos todavía ciegos, también exigencias para las que todavía no estábamos preparados. Es esta novedad verdadera la que hace tan urgente que nos preparemos bien, que no dejemos que la rutina nos haga insensibles “al que está ya cerca, en medio de nosotros, pero todavía no hemos reconocido del todo”.

Pero la alegría que se nos anuncia hoy no nos impide seguir viendo los aspectos sombríos de nuestro mundo y, si es necesario, denunciarlos. Desde luego, la condena no ha de ser el tono principal del mensaje cristiano, pero en nombre del bien y de la luz no podemos dejar de señalar, a veces con energía, proféticamente (como voz que grita en el desierto) los males que impiden al hombre vivir de acuerdo con su dignidad y a Dios ser la fuente inagotable de la misma. La alegría cristiana no es ingenua, inconsciente, alienada. Si hablamos de una alegría que brota de la esperanza y de una presencia que todavía no conocemos, estamos reconociendo que estamos en camino y que no todo es “como debe ser”. Si aspiramos a la luz es porque hay todavía oscuridad. No olvidemos que esta alegría ha seguido a un consuelo. Y necesitamos el consuelo porque experimentamos el mal de múltiples formas, en nosotros mismos y en los demás.

En el pre-sentimiento alegre y esperanzado de una presencia real, que nos llama a un encuentro renovado, a un conocimiento nuevo, a una mayor profundidad, a un amor más auténtico, los cristianos tenemos que ser hoy también como Juan el Bautista, testigos de la luz, que dicen al que quiera oírlo que Jesús ya está entre nosotros, aunque no le (re)conozcamos, y que quiere encontrarse contigo.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Desbordo de gozo con el Señor
Lectura del libro de Isaías 61,1-2a.10-11
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas. Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos.

SALMO RESPONSORIAL (Lc 1,46-48.49-50.53-54)
Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones.

Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

A los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia.

SEGUNDA LECTURA
Que vuestro espíritu, alma y cuerpo sea custodiado hasta la venida del Señor
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 5,16-24
Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto de vosotros. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, sea custodiado sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

EVANGELIO
En medio de vosotros hay uno que no conocéis
Lectura del santo evangelio según san Juan 1, 6-8. 19-28
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: – «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: – «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: – «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: – «No lo soy.»
– «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: – «No.» Y le dijeron: – «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: – «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: – «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: – «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.