Homilía del 1 de julio de 2018, Domingo 13 del Tiempo Ordinario (B): «No está muerta, está dormida»

Jesús, que nos invita una y otra vez a pasar a la otra orilla, a no quedarnos paralizados, a ponernos en camino, él mismo ha pasado a la otra orilla: de la orilla de Dios, plenitud de ser y de vida, a la orilla de nuestro mundo, en el que se encuentra con todos (la mucha gente a su alrededor), y con cada uno en persona, con sus problemas, penalidades y tristezas: con Jairo, angustiado por su hija, que está en las últimas.

He aquí una situación típica en la que cualquiera de nosotros podría reconocerse con facilidad: un familiar cercano enfermo y en grave peligro de muerte, y encima joven, un niño o una niña, con toda esa vida que debería tener por delante, amenazada de un prematuro final. La impotencia ante la muerte es una situación típica para acudir a Dios, pedirle la curación; y, en un caso como el del evangelio, casi exigírsela; porque, si para nosotros, los seres humanos, la muerte es siempre percibida como una injusticia que no debería suceder, tanto más si se trata de alguien que apenas ha podido estrenar su propia vida.

Jesús acoge y responde a la angustiada petición de Jairo, el hombre importante que, ante la enfermedad de su hija, nada puede hacer, más que suplicar. Sin embargo, este fragmento parece que está más hecho para suscitar interrogantes que para suspirar aliviados por su final feliz. En primer lugar, Jesús responde, pero no inmediatamente. Entre la petición de Jairo y la llegada a la casa se interpone el encuentro con la mujer hemorroísa, que le hace perder un tiempo precioso en un asunto que, al fin y al cabo, no parecía tan urgente, hasta el punto de que, entretanto, la niña enferma muere. Algo que también descubrimos, y muy enfáticamente, en el caso de la muerte de su amigo Lázaro (cf. Jn 11, 6) ¿No podía haber acudido Jesús inmediatamente y ahorrar así, en los dos casos, el amargo trance de la muerte? Con frecuencia podemos tener la impresión de que Dios está distraído y no atiende a nuestras súplicas angustiadas.

Pero hay más. Si Jesús tiene la capacidad de apiadarse y de salvarnos de la enfermedad y la muerte, ¿por qué lo hace sólo en unos pocos casos, mientras que parece ignorar olímpicamente muchísimos otros? En tiempos de Jesús las gentes, jóvenes y viejas, enfermaban y morían, como sucedía antes y ha sucedido después, y no parece que la actividad principal de Jesús haya sido dedicarse a salvar de los lazos de la muerte. Es muy posible que todos nosotros hayamos rezado en alguna ocasión con angustia, pidiendo por la vida o la salud de un ser querido o cercano, sin que, aparentemente, hayamos obtenido respuesta. La oración de petición por la vida amenazada de nuestros seres queridos es su forma más dramática, precisamente porque percibimos la muerte como el mal irremediable. Por fin, un último interrogante que, a una mirada puramente racional, suscita este milagro de Jesús es el de su carácter provisional: la hija de Jairo, igual que el hijo de la viuda de Naín (cf. Lc 7, 11-17) y su amigo Lázaro no fueron, estrictamente hablando, resucitados, sino devueltos a esta vida mortal, por lo que después de un tiempo, volvieron a morir.

Para entender el sentido de este milagro de Jesús, debemos tratar de descubrir, más allá del favor personal que recibió Jairo, el significado que tiene para todos nosotros, para nuestra comprensión de nuestra fe en Cristo y del modo de actuar de Dios en favor nuestro. Porque los milagros de Jesús hay que entenderlos, no, sobre todo, como favores personales que hace a unos, mientras se los deniega a otros (¿por qué a él sí y a mí no?, cabría siempre protestar), sino como signos salvíficos que nos dan a comprender quién es Jesús como Mesías y Salvador de todos. Si al calmar la tempestad, Jesús se ha mostrado como Señor sobre las fuerzas de la naturaleza (cf. Mc 4, 35-40); y en el encuentro con la hemorroísa, muestra su poder sobre la enfermedad (pero también sobre el pecado, pues esa enfermedad hacía a esa mujer impura), ahora se manifiesta como Señor de la vida y de la muerte, que tiene poder precisamente sobre lo que para nosotros se presenta con el cariz de lo irremediable.

Jesús manifiesta este poder en el caso de la hija de Jairo, que acaba de morir; en el del hijo de la viuda de Naín, que ya se dirige a la tumba; y en el de su amigo Lázaro, del que, tras varios días en el sepulcro, la muerte ya se ha enseñoreado, pues ya huele. Jesús se muestra en todos estos casos como el Dios amigo y creador de la vida, que ni ha hecho la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes, como hermosamente nos recuerda el libro de la Sabiduría.

Ahora bien, si, por un lado, creemos y sentimos que hemos sido creados para la vida y no para la muerte, y que la muerte es fruto del mal y del pecado, una especie de no deber ser contra el que nos rebelamos y protestamos con razón, sabemos también que la muerte es una parte natural de la vida, que es ley de vida. Nos sentimos hechos para la vida, nos las ingeniamos de mil modos para vencerle la partida a la muerte, siquiera temporalmente, prolongando el tiempo de nuestra existencia, o procurando dejar de nosotros alguna “memoria” en forma de obras o descendencia… Pero, al mismo tiempo, comprendemos que una vida sin fin en las condiciones de este mundo concreto sería una carga insoportable, difícil de aceptar, además de que haría inviable la supervivencia de todos sobre la tierra. Por eso, a veces percibimos la muerte como una liberación y un alivio de las penas de este mundo: una forma de descansar en paz.

En este relato de la vuelta a la vida de la hija de Jairo debemos entender la acción de Jesús como un anticipo de su propia muerte y resurrección. Al pasar a nuestra orilla asumiendo la vida humana, su condición carnal, vulnerable y limitada, Jesús ha asumido también su mortalidad. La asume en su condición natural (biológica, inevitable); pero también carga sobre sí lo que tiene de consecuencia del pecado: su carácter injusto, fruto de la violencia, la mentira, los intereses bastardos, dispuestos a pasar incluso por encima de la vida inocente. En el primer sentido, Jesús ni se ahorra a sí mismo, ni nos ahorra a nosotros el tránsito necesario de la muerte. Ya vimos que, incluso aquellos a los que Jesús devolvió a la vida, tuvieron que volver a pasar por ella. Pero es en el segundo sentido: la muerte como negación radical de la vida, del Dios creador de la misma, del bien y la posibilidad de una vida plena, en el que Jesús actúa a favor de todos. Por su muerte y resurrección le ha arrebatado a esa muerte, que entró en el mundo por la envidia del diablo, su poder sobre nosotros. Es aquí donde hemos de escuchar las palabras de Jesús en todo su significado: “no está muerta, está dormida”. La muerte no es para el cristiano una destrucción, ni una disolución en la nada, sino un tránsito, una dormición: cerrar los ojos a este mundo para pasar por el fuego y el crisol de Cristo, en el que se consume todo lo inauténtico y efímero (la paja), y queda lo verdadero, auténtico y permanente (el oro) (cf. 1 Cor 3, 12-15). Nuestros seres queridos, los que murieron antes de tiempo y los que vivieron una larga vida, todos los que han muerto, para Dios no están muertos, sólo dormidos.

A algunos esto les da risa, lo consideran expresión de una ingenua esperanza, y nos exhortan a la pura resignación: no es posible pasar a la otra orilla. Pero la fe en Cristo, esa fe que salva a la mujer hemorroísa de la enfermedad y la impureza, y a la que se exhorta a Jairo para salvar a su hija de la muerte, significa la fe en un Dios que ama la vida, que no ha hecho la muerte (más que, en todo caso, como final biológico en esta vida y como tránsito a la vida plena), porque en esta vida hay dimensiones que traspasan las condiciones efímeras del espacio y el tiempo: la justicia es inmortal, nos recuerda la primera lectura, y también lo son la verdad, la honestidad, la generosidad, el amor… Incluso los que se ríen de la esperanza cristiana entienden que hay realidades y valores por los que merece la pena entregar la propia vida, aceptando, de este modo, confusamente, que hay “dimensiones superiores”, que dan plenitud a la vida, la ennoblecen y la salvan del envilecimiento, incluso cuando esto significa renunciar a la supervivencia física.

La vida eterna no es una mera vida sin fin, sino una vida plena, liberada de la amenaza del mal y de la muerte, una vida en comunión con Dios en Cristo (cf. Jn 17, 3). Y, puesto que Cristo se ha hecho hombre y vive con nosotros, podemos empezar ya en este mundo caduco a gozar de la vida eterna: una vida como la de Cristo basada en el amor, abierta a todos, a favor de todos, en la que, como el Dios Creador, no destruimos, ni gozamos destruyendo, sino que estamos al servicio de la vida, de la justicia, la generosidad, en especial con los que menos tienen, como nos exhorta hoy Pablo.

Ante la muerte humana, ante nuestros muertos, ante nuestra propia muerte Jesús afirma: no están muertos, están dormidos. Y luego añade “contigo hablo, levántate”; o, con otras palabras: “Despiértate, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5, 14). Así es si participamos ya, por la Palabra, los Sacramentos y las buenas obras, en la muerte y resurrección de Jesucristo, si tratamos de seguirlo en esta vida, si procuramos vivir como Él nos ha enseñando. Está claro que para que la muerte sea sólo eso, una dormición que nos abre a la vida plena, en esta vida caduca tenemos que vivir en vela, tenemos que estar despiertos, tenemos que, como la hija de Jairo, ya al borde de la madurez, levantarnos y caminar. Cristo, que mandó que le dieran de comer, es para nosotros alimento para el camino.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo
Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra. Porque la justicia es inmortal. Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser; pero la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo, y los de su partido pasarán por ella.

SALMO RESPONSORIAL
Sal 29, 2 y 4. 5 6. 11 y l2a y 13b
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Te ensalzaré , Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 8, 7. 9. 13-15
Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres
Hermanos: Ya que sobresalís en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tenéis, distinguíos también ahora por vuestra generosidad. Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza. Pues no se trata de aliviar a otros, pasando vosotros estrecheces; se trata de igualar. En el momento actual, vuestra abundancia remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará vuestra falta; así habrá igualdad. Es lo que dice la Escritura: «Al que recogía mucho no le sobraba; y al que recogía poco no le faltaba.»

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43
Contigo hablo, niña, levántate
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente. Llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente que lo apretujaba. Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos y se había gastado en eso toda, su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido, curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que, había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio le la gente, preguntando: «¿Quién me ha tocado el manto?» Los discípulos le contestaron: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: «¿quién me ha tocado?»» Él seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. Él le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.» Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe.» No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: «¿Qué estrépito y qué lloros son éstos? La niña no está muerta, está dormida.» Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.

Homilía del viernes 29 de junio, Solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles: «La roca y fuego»

Tal vez todos nos hemos hecho alguna vez la pregunta de por qué la Iglesia une en una misma fiesta a Pedro y a Pablo, los dos grandes apóstoles y columnas de la Iglesia. ¿Es qué no merecen cada uno por separado una conmemoración propia? ¿No resulta que al celebrar sus figuras el mismo día vienen como a hacerse sombra el uno al otro? De hecho, la Iglesia remedia en cierto modo esta situación dedicándoles a cada uno por separado otras dos fiestas: la conversión de san Pablo (el 25 de enero) y la de la Cátedra de San Pedro (el 22 de febrero). Pero la celebración principal, con el rango de solemnidad, es este 29 de junio, en que los recordamos juntos.

Este hecho, que puede parecernos extraño, responde a una antigua tradición romana, relacionada con el traslado de los restos de Pedro y Pablo en el año 258 a una cripta en la vía Apia (donde se erigió una basílica a los dos apóstoles, en el lugar en que hoy se levanta una iglesia a san Sebastián) para preservarlos durante la persecución de Valeriano. Los testimonios sobre los lugares en que reposaban originariamente los restos de los dos Apóstoles datan de tiempos anteriores. Sólo al llegar la paz de Constantino esos restos fueron llevados a sus emplazamientos iniciales, donde el mismo Constantino levantó dos templos en sus actuales emplazamientos de la colina Vaticana (Basílica de san Pedro) y de la vía Ostiense (Basílica de San Pablo extramuros).

Pero aquí, como tantas veces, la anécdota se eleva a categoría, y lo que puede parecer una mera coincidencia histórica revela un significado profundo, incluso providencial. Porque Pedro y Pablo, además de ser dos personalidades formidables y fundamentales en la historia de la primera Iglesia, representan dos principios esenciales e inseparables de la Iglesia universal, de la misma fe que Cristo encargó preservar y difundir a los apóstoles y, con ellos, a toda la Iglesia. El aparente antagonismo entre ellos que cree descubrir una mirada superficial esconde una profunda unidad y complementariedad.

Pedro representa la confesión firme, la roca de la fe, la seguridad en su contenido. La fe es un acto personal de adhesión; pero no es un acto meramente subjetivo, en el que poco importa lo que se crea, con tal de que se crea firmemente. Hoy somos especialmente proclives a esa forma de subjetivismo. Pero, como vemos en el evangelio de hoy, Jesús, al preguntar a los apóstoles sobre lo que las gentes piensan de Él, y sobre lo que piensan ellos mismos, está dando a entender que no cualquier opinión tiene el mismo valor, incluso si esas opiniones son favorables y positivas. En su tiempo se le tenía por profeta, por uno de los grandes profetas antiguos (como Elías) o recientes (como Juan el Bautista). Después se le ha visto, casi siempre de manera positiva, como un maestro de moral, un renovador o un revolucionario social, un adalid de la fraternidad universal, y así un largo etcétera. Pero ninguna de esas opiniones es suficiente. Pedro no emite una opinión, sino que realiza una verdadera confesión de fe, fruto de una experiencia personal que es, además, una revelación de lo alto: Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y justo porque confiesa la verdadera identidad de Jesús recibe una bendición, una nueva identidad y una misión: ser piedra y fundamento, garante de la fe.

Pablo representa el viento, el riesgo y el arrojo de la evangelización: el anuncio abierto universalmente de aquella fe confesada. Porque la fe en Cristo tiene que ser primero confesada, esto es, aceptada y asimilada hasta conformar de un modo nuevo la propia identidad. Pero no es posible quedarse ahí: como no puede esconderse la luz (cf. Mt 5, 14), la fe no puede no ser proclamada, anunciada y comunicada. Pues creer que Cristo es el Hijo de Dios y el salvador del mundo, muerto y resucitado para reunir a todos los seres humanos en la única familia de los hijos de Dios, significa que el creyente no puede guardarse esa fe para sí solo, sino que tiene que darla a conocer a todos, pues todos son llamados a ingresar en esa familia, a gozar de la misma bendición. Y Pablo, que no había conocido al Jesús histórico, pero conoció tan bien al Cristo al que había perseguido, reclama con fuerza el título de verdadero apóstol, apóstol de los gentiles, porque sabe que la fe en Cristo atraviesa épocas y también traspasa fronteras. Pablo comprendió como nadie la universalidad del Evangelio, que debe abrirse sin condiciones, ni culturales, ni raciales, ni religiosas.

De hecho, que el principio petrino (el cimiento firme y seguro) y el paulino (la evangelización abierta y sin límites) no están reñidos se echa de ver con claridad si consideramos que Pedro ya dio el primer paso hacia la apertura a los gentiles (cf. Hch 10), y que toda la actividad evangelizadora de Pablo no tiene otro centro que la confesión apasionada del Señor Jesucristo (cf., por ejemplo Flp 3, 8; 1 Cor 2, 2). Y aunque en alguna ocasión pudieran discutir o tener un enfrentamiento (cf. Gal 2, 14), esto no elimina en modo alguno la profunda amistad de los principios que representan, que, separados el uno del otro, se debilitan y mueren. Si nos quedamos sólo con la roca, resulta una identidad cerrada sobre sí misma y estéril. Pero si afirmamos sólo una apertura universal sin contenidos concretos, nos disipamos en una formalidad vacía que nada ofrece en concreto, que se disuelve en meras poses de aceptación de todo, hasta comulgar con ruedas de molino.

Encontramos, pues, en esta celebración conjunta de Pedro y Pablo, una sabia pedagogía divina, que la Iglesia ya en sus primeros siglos comprendió con clarividencia, vinculando para siempre a estos dos grandes apóstoles, a los dos principios que representan al servicio de la única fe en Jesucristo. Y la prueba principal de la unión indisoluble y necesaria de estas dos columnas de la fe se encuentra en el testimonio martirial que los hermana. Los dos por igual, en la misma persecución y en la misma ciudad, aunque de modos distintos, entregaron su vida por la fe que confesaron y difundieron, culminando de esta manera una vida de entrega sufrida y total al único Señor y Salvador. Las dos primeras lecturas dan fe de esa entrega. En la primera lectura, tras el martirio de Santiago, Pedro se encuentra también en situación de extremo peligro. La orden que recibe del ángel: “levántate, ponte el cinturón, sígueme” nos recuerda esas otras palabras que le dirige Jesús en el evangelio de Juan: “Cuando seas viejo otro te ceñirá y te llevará a dónde no quieres. Tú sígueme” (Jn 21, 18. 19). Se ve que Pedro ha alcanzado ya la madurez del discípulo dispuesto a seguir al Maestro a donde quiera que vaya. De modo similar, el texto de la carta a Timoteo ofrece una especie de balance final de la vida de Pablo, en el que expresa una confianza total en Aquel por el que ha combatido su combate y ha corrido hasta la meta, sabiendo que, tras librarle de toda clase de peligros, le liberará del mal radical, como rezamos en el Padre nuestro, una liberación que atraviesa también el muro de la muerte, destruido por Cristo en el altar de la Cruz.

Para nosotros hoy, como para los cristianos de todos los tiempos, conmemorar juntos a Pedro y a Pablo tiene especial significación. Mirándolos a los dos podemos vencer la tentación (digámoslo así, cediendo a los clichés en circulación) “conservadora” de una fe numantina, a la defensiva, encerrada sobre sí misma que mira al mundo sólo con temor y desconfianza; y también la otra tentación “progresista” de un aperturismo sin criterio, que acepta todo lo que va apareciendo como nuevo, sin pasarlo por el crisol de la fe confesada y personalizada. Es necesario unir en la vivencia de nuestra fe los dos principios, la inspiración de los dos Apóstoles, apoyándonos por igual en las dos columnas: confesar a Cristo sin fisuras, y, desde esa fe, abrirnos a todos sin temor: capaces de acoger con amor a todos, pero también de anunciar con convicción y sin complejos que “no existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch 4, 12), que sólo Jesús es “el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, que “Dios salva al hombre no por cumplir la ley sino por la fe en Jesucristo” (Gal 2, 15). Confesión y apertura, la roca y el fuego, que se ponen a prueba y se autentifican, como en Pedro y en Pablo, en la disposición a dar la vida por Aquel en el que hemos creído y del que nos hemos fiado (cf. 2 Tim 1, 12).

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 12,1-11
Era verdad: el Señor me ha librado de las manos de Herodes
En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno; tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él. La noche antes de que lo sacara Herodes, estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente, se presentó el ángel del Señor y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: «Date prisa, levántate.» Las cadenas se le cayeron de las manos y el ángel añadió: «Ponte el cinturón y las sandalias.» Obedeció y el ángel le dijo: «Échate el manto y sígueme.» Pedro salió detrás, creyendo que lo que hacía el ángel era una visión y no realidad. Atravesaron la primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la calle, y se abrió solo. Salieron, y al final de la calle se marchó el ángel. Pedro recapacitó y dijo: «Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las manos de Herodes y de la expectación de los judíos.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 33,2-3.4-5.6-7.8-9
R/. El Señor me libró de todas mis ansias

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4,6-8.17-18
Ahora me aguarda la corona merecida
Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Mateo 16,13-19
Tú eres Pedro y te daré las llaves del Reino de los Cielos
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?» Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.» Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo.»

Homilía del 24 de junio de 2018: Natividad de San Juan Bautista: «La importancia de llamarse Juan»

La tendencia de hacer de los hijos “clones” de sus padres, llamándoles con el mismo nombre, se ve que es cosa que viene de lejos. También en el Israel de los tiempos de Jesús existía esta costumbre. Sin embargo, no hay semejanzas ni parentescos que puedan anular o disminuir la irrepetible originalidad de cada uno. Lo recordaba con su peculiar fuerza expresiva Khalil Gibram, cuando, en “El Profeta”, a la petición “háblanos de los niños” comienza respondiendo “vuestros hijos no son hijos vuestros. Vienen a través de vosotros, pero no vienen de vosotros. Y, aunque están con vosotros, no os pertenecen”. De ahí la importancia del gesto de Zacarías, secundando a su mujer Isabel, de darle a su hijo el hombre de Juan. Zacarías significa “El Señor se acuerda”; y, aunque ese nombre tiene sentido en la situación de un hijo inesperado en la vejez, le cuadra mejor a su padre, pues tiene una inevitable referencia al pasado. El nombre de Juan, “Dios es propicio” (o misericordioso), y también “Don de Dios”, habla de la inminencia de la novedad que Juan habrá de preparar. Zacarías, viejo y mudo, es una buena imagen del Antiguo Testamento: parece que ya nada tiene que decir, pero tiene todavía la fuerza suficiente para dar un último fruto que pondrá punto final a esa larga historia del Dios de las promesas, depositadas en Israel, pero válidas para todo el mundo. Juan dará el testigo a una época nueva, la del cumplimiento. Al darle el nombre de Juan, Zacarías intuye una novedad que el Bautista no inaugura, pero a la que abre el camino ante la inminencia de su venida.

En el nombre va implícita la misión que el hombre tiene que desempeñar en la vida, es decir su vocación. A veces, ante una conversión radical, se exige un cambio de nombre, que significa un cambio de vida. Es el caso del nombre nuevo, Pedro, que Jesús le da a Simón, el hijo de Juan. También es frecuente que los adultos que acceden al bautismo elijan un nombre nuevo; o los que se consagran a Dios al hacer su profesión religiosa. En un contexto de vida cristiana ha sido tradición dar nombres de santos, que son modelos de auténtica vida cristiana.

La liturgia reserva el término “natividad” sólo para el nacimiento de Jesús, de María y del mismo Juan. De esta forma destaca la extraordinaria cercanía de Juan (desde luego y, sobre todo, de María) con Jesús. En Juan descubrimos algunos rasgos esenciales de la vocación humana y cristiana. En primer lugar, la llamada: desde el seno materno el hombre está llamado a cumplir una misión en la vida. Es importante entender que no se trata de un destino ineludible que esté escrito de antemano; este carácter abierto de la llamada se expresa muy bien en la pregunta que “todo se hacían”: “¿qué va a ser de este niño?” Se trata, pues, de una llamada dirigida a la propia libertad y que el ser humano debe realizar tomando decisiones propias para responder a ella.

El Nacimiento de San Juan Bautista. Maestro de Miraflores.
1490-1500.  Oleo, témpera sobre tabla. 90 x 55 cm.

En segundo lugar, esta llamada que debe ser libremente respondida nos dice ya que la vida tiene sentido y que ese sentido comparece desde el mismo momento de su concepción. Por tanto, somos responsables no sólo de nuestra propia vida, sino también de la vida de los demás, que nos es confiada cuando ésta no puede todavía valerse por sí misma. Ahora bien, esta proclamación de sentido puede ser impugnada y lo es con mucha frecuencia. Tenemos permanentemente la tentación de reducir nuestra vida a un cúmulo de casualidades, que vacían de sentido nuestra existencia: “En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas”, se lamenta el profeta Isaías. Existen ciertamente experiencias vitales de decepción y frustración que pueden inclinarnos a pensar así. Pero si se considera atentamente, caemos en la cuenta de que la misma decepción y frustración hablan de sentido, de expectativas que, por algún motivo, no han podido realizarse. Cuando alguien proclama que la vida carece de sentido lo hace siempre con un deje de protesta que reconoce implícitamente el sentido que niega. Si la vida careciera de todo sentido, ni siquiera nos daríamos cuenta de ello y no haría falta ni quejarse ni proclamarlo.

Así pues, Juan, desde el seno materno nos habla de un sentido que es vocación (llamada) y misión, y que es, además, servicio. Este es el tercer rasgo esencial que debemos señalar en la vocación humana y que en Juan es especialmente visible. La misión de Juan es la de abrir camino y luego hacerse a un lado, disminuir él, para que crezca Jesús. Realmente, para poder realizar la propia misión en la vida hay que saber que estamos al servicio de algo que es más grande que nosotros y que, por tanto, no es demasiado importante figurar y estar en el centro. Los grandes acontecimientos, igual que los grandes personajes no serían nada si no fuera por una multitud de personas que, sin figurar especialmente, han vivido con fidelidad su propia vocación y han allanado el camino de eso y esos que son más grandes que ellos, pero que sin ellos no serían nada. El mismo Jesús se ha sometido a esta misma ley de la encarnación, de modo que para poder realizar su misión salvadora ha necesitado del cumplimiento fiel de su misión de otras personas que como Juan de modo muy especial le han preparado el camino.

El filósofo cristiano Emmanuel Mounier expresó esta verdad de manera muy precisa cuando afirmó que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida”. Y es que el hombre no crece ni madura cuando se afirma como centro del mundo y proclama una independencia tan absoluta como imposible, sino cuando, tomando las riendas de su propia vida, se consagra (se somete libremente y no de manera servil) a algo que descubre como más grande que él, pero que lo libera y engrandece. Esta verdad, que vemos tan patente en Juan el Bautista, es todavía más evidente en María, la humilde sierva del Señor, y, por encima de todos, en Jesús, que no vive para sí, sino libremente sometido a la voluntad de su Padre, al servicio del Reino de Dios y al servicio de sus hermanos (cf. Lc 22, 27. 42).

Al contemplar la figura de Juan el Bautista y meditar con él sobre nuestra vocación y el sentido de nuestra vida, podemos comprender que en toda vocación cristiana hay un componente que nos asemeja al Precursor. Jesús sigue viniendo al mundo, acercándose a los hombres, muchos de los cuales no lo conocen, no saben de él. Para que Jesús pueda llegar hasta ellos, siguiendo las leyes de la encarnación, necesita de precursores y mediadores que allanen el camino y preparen su venida. Nosotros mismos, en algún momento de nuestra vida, tuvimos a algún Juan el Bautista que nos introdujo al conocimiento de Cristo. Y cada uno de nosotros, como todo cristiano, estamos llamados a realizar esta misión, cuando, por medio del testimonio de nuestras palabras y nuestras obras, señalamos, no a nosotros mismos, sino al “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29, 36).

La palabra  de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de Isaías 49, 1-6
Te hago luz de las naciones
Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos: Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre. Hizo de mi boca una espada afilada, me escondió en la sombra de su mano; me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba y me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.» Mientras yo pensaba: «En vano me he cansado, en viento y en nada he gastado mis fuerzas», en realidad mi derecho lo llevaba el Señor, mi salario lo tenía mi Dios. Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-: «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 138, 1-3. 13-14. 15
R. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.
Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma.

No desconocías mis huesos,
cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra.

SEGUNDA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26
Antes de que llegara Cristo, Juan predicó.
En aquellos días, dijo Pablo: -«Dios nombró rey a David, de quien hizo esta alabanza: “Encontré a David, hijo de Jesé, hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos.” Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Antes de que llegara, Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión; y, cuando estaba para acabar su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias.” Hermanos, descendientes de Abrahán y todos los que teméis a Dios: A vosotros se os ha enviado este mensaje de salvación.»

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1, 57-66. 80
El nacimientode Juan Bautista. Juan es su nombre
A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como a su padre. La madre intervino diciendo: -«¡No! Se va a llamar Juan. » Le replicaron: -«Ninguno de tus parientes se llama así.» Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre.» Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: -«¿Qué va a ser este niño?» Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo, y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.

Imagen: El Nacimiento de San Juan Bautista. Jacopo Tintoretto. 1554.
Oleo sobre lienzo. 181 x 266 cm.
Museo del Hermitage, San Petersburgo. Rusia

 

 

Homilía del 17.6.2018, Domingo 11 del Tiempo Ordinario (B): «Parábolas contra el desánimo»

El desánimo, como su mismo nombre indica, es una enfermedad del alma: por motivos muy diversos, el ser humano puede experimentar que se le desinfla el alma, que pierde el ánimo, el aliento interior que le hace caminar, luchar por lo que cree, superar dificultades. Se tiene entonces la impresión de que esa lucha es inútil, que ese camino no conduce a ninguna parte, que las dificultades son más fuertes que nosotros. Las causas del desánimo pueden ser muy diversas: pueden ser factores externos, hostiles a nuestras convicciones o a nuestra forma de vida, que pueden llegar a hacernos dudar, y a plantearnos si no seremos nosotros los equivocados; pueden ser problemas internos de nuestro grupo de referencia (matrimonio, comunidad, iglesia…), que no responde a nuestras expectativas, a la imagen ideal que nos habíamos hecho de él; pueden ser, también, causas estrictamente personales, como momentos de crisis, de oscuridad, de depresión…

El grupo de los discípulos de Jesús, aun yendo en pos del Maestro, experimentó también momentos así. Las grandes expectativas suscitadas en el encuentro con el joven profeta de Nazaret no acababan de cumplirse. Por un lado, la respuesta a la predicación no era tan positiva como hubiera sido de esperar; incluso encontraba una oposición abierta y creciente por parte de los dirigentes del pueblo, hasta el punto de que seguir a Jesús se hacía peligroso. Pero, además, por el otro lado, el mismo modo de concebir Jesús su mesianismo no correspondía con lo que los discípulos esperaban, apoyados incluso en las promesas del antiguo testamento, como da a entender la primera lectura: liderazgo social, político y militar, liberación de Israel, retorno de los tiempos de gloria como en el reinado de David. Nada de eso se estaba cumpliendo y, es más, no parecía que Jesús tuviera mucho interés en que fuera así. A todo esto cabe añadir las disputas internas de los discípulos, que distaban mucho de formar un grupo humano ideal…

También nosotros, discípulos de Jesús en estos tiempos, podemos experimentar tales momentos de desánimo: el Reino de Dios no sólo no crece, sino que parece estar en retroceso, al menos en los países de más fuerte tradición cristiana; la secularización ya no aboga sólo por una tolerancia más o menos indiferente hacia el hecho religioso, sino que empieza a mostrar ciertos signos de abierta hostilidad hacia la fe, la Iglesia y los creyentes. Y los rebrotes religiosos que se pueden percibir tampoco parecen jugar a favor de la fe cristiana: más bien son otras religiones, otras formas de espiritualidad las que nos toman la delantera. La causa del desánimo puede ser también la vida interna de la Iglesia, respecto de la que no pocos se sienten defraudados por los más variados motivos.

A los discípulos que caminaban con Jesús por los caminos de Galilea, y a los que caminamos hoy por los caminos de la vida y de la historia, nos cuenta Él hoy estas parábolas, parábolas contra el desánimo. Con ellas nos está llamando a la confianza en Dios, que es el que ha iniciado la obra buena y que Él mismo llevará a término. La obra buena es la siembra de la semilla de la Palabra. La aparente falta de éxito, la exasperante lentitud del proceso, tiene que ver con la lógica del mismo, que encuentra en esta imagen agrícola su mejor modelo. Sembrar la semilla y esperar sus frutos es un proceso largo, trabajoso, que requiere mucha paciencia, en el que hay periodos prolongados de aparente esterilidad, en los que “no pasa nada”, en los que “nada se ve”. Si nos impacientamos, nos da la impresión de que la Palabra no actúa, no da resultados, ni en nosotros que la escuchamos, ni en la Iglesia que la proclama, ni en el mundo ante el que tratamos de dar testimonio. El desánimo que nos embarga nos sugiere, como una tentación, que la Palabra no es ni viva ni eficaz, (cf. Hb 4, 12), que no está cerca de nosotros (cf. Rm 10, 8), que la fe no sirve para nada. Esta misma tentación nos puede hacer creer que sería más eficaz un modelo de acción de la Palabra basada no en anacrónicas imágenes agrícolas, sino en otras más actuales y eficaces, como la del mercado y su propaganda agresiva, que ofrece directamente el producto empaquetado, listo para el consumo. El problema de esta eficacia es que lo así adquirido siempre nos será ajeno, un artículo de usar y tirar que no alcanzamos a asimilar, a hacer nuestro. Así sucede con ciertas formas de espiritualidad más o menos de moda que prometen que  nos “sentiremos bien” enseguida, o que tendremos éxito social, y en las que es difícil discernir la verdadera espiritualidad de la mera higiene mental, a veces del abuso abierto de la necesidad y la esperanza de la gente.

El modelo que nos propone Jesús, es verdad, es largo, lento y trabajoso, pero es así porque crece desde las raíces y madura desde dentro, hasta dar frutos que son propios, auténticos: es una verdadera ecología del espíritu. Jesús nos dice que Dios está haciendo su obra y que nosotros tenemos que creer con una fe que es confianza. Como nos recuerda Pablo, la fe nos guía aunque todavía no vemos (cuando alcancemos la visión, la fe ya no será necesaria); y aunque podemos sentir esta falta de visión como un destierro, conscientes de que vivimos en una situación de no total plenitud, no por eso hemos de perder la confianza, que no es otra cosa que la fe misma dinamizada por la esperanza.

¿Tenemos que entender estas palabras de Pablo, y las parábolas de Jesús, como una llamada a la pasividad, a no hacer nada, a esperar sentados? Al contrario. Precisamente el que vive en la confianza no pierde el ánimo y pone manos a la obra; el desanimado es el que baja los brazos. El mismo Pablo nos recuerda que la confianza de la que habla conlleva una responsabilidad: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No es que con nuestras obras podamos “comprar” la salvación, sino que la justificación que recibimos gratuitamente por la fe, al renovarnos por dentro, nos lleva a actuar de una manera nueva. Y es que con nuestras obras podemos favorecer o perjudicar el crecimiento de la semilla: podemos, siguiendo con la imagen agrícola, desbrozar la tierra y eliminar las malas hierbas, podemos regarla y abonarla, podemos, en síntesis, ayudar a que nuestra tierra acoja favorablemente la semilla de la palabra; pero podemos también actuar de tal forma que la ahogue y le impida crecer: por ejemplo, no haciendo nada; o, todavía peor, sembrando malas semillas. La obra buena iniciada con Dios requiere de nuestra cooperación, la confianza lleva a una esperanza activa, constante, responsable y también a algunas renuncias.

Escuchar perseverantemente la Palabra, aunque a veces no la acabemos de entender; asistir con fidelidad a la reunión eucarística, aunque a veces “no nos diga nada”; mantener vivo el vínculo con Dios en la oración, pese a los momentos de sequedad…, son formas de vivir la fe con confianza, esperanza y responsabilidad que siempre acaban dando fruto. Puede ser que esos frutos se nos antojen casi insignificantes, ante la magnitud de los problemas y los poderes del mundo. Pero esa pequeñez insignificante es precisamente a lo que se parece el Reino de Dios: como el arbusto de la semilla de mostaza; no es un árbol (como el árbol grandioso que se describe en la primera lectura, una imagen, tal vez, de nuestros sueños de grandeza), pero es suficiente para que los pájaros puedan anidar en sus ramas y encontrar así sombra y cobijo. La fe confiada que actúa es una fe que sí sirve, es decir, que está al servicio. Así han de ser nuestras obras: no grandiosas en su apariencia, pero sí capaces de ofrecer humildemente acogida, consuelo, descanso. Estos son ya signos de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, son los frutos de la fe confiada y perseverante, los que podemos ir dando en nuestra vida, si nos aplicamos con perseverancia a la acogida de la semilla, a la escucha de la Palabra que es el mismo Jesús. Para ello tenemos que acudir a Él, procurar estar con Él, como aquellos discípulos que le acompañaban por los caminos de Galilea, a veces con entusiasmo, a veces desanimados, para que, igual que a ellos, nos lo explique todo en privado, en el encuentro personal tú a tú y, de esta forma, nos ayude a entender y nos dé ánimo para seguir caminando.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del Profeta Ezequiel 17,22-24
Ensalzo los árboles humildes
Esto dice el Señor Dios: – Arrancaré una rama del alto cedro y la plantaré. De sus ramas más altas arrancaré una tierna y la plantaré en la cima de un monte elevado; la plantaré en la montaña más alta de Israel; para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble. Anidarán en él aves de toda pluma, anidarán al abrigo de sus ramas. Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, que seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.

SALMO REPONSORIAL
Sal 91,2-3. 13-14. 15-16
R. Es bueno darle gracias, Señor
Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo;
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano;
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 5, 6-10
En el destierro o en patria, nos esforzamos en el Señor
Hermanos: Siempre tenemos confianza, aunque sabemos que, mientras vivimos en el cuerpo, estamos desterrados, lejos del Señor. Caminamos guiados por la fe, sin ver todavía. Estamos, pues, llenos de confianza y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor. Por eso procuramos agradarle, en el destierro o en la patria. Porque todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida.

EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34
Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas
En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Homilía del 10.6.2018, Domingo 10 del Tiempo Ordinario (B): «Mi madre y mis hermanos»

El Evangelio de hoy presenta dos motivos en apariencia distintos: la cuestión del pecado, de ese misterioso pecado contra el Espíritu Santo, que nunca podrá ser perdonado, y las relaciones de Jesús con su familia, que a la luz de este texto evangélico, no parecían ser excelentes.

La cuestión del pecado viene enmarcada por la lectura del Génesis, por el tenso diálogo entre Dios y Adán y Eva tras la caída original. Nos encontramos con dos perspectivas o puntos de vista sobre el pecado: el pecado original, esto es, aquello que se encuentra en el origen del pecado, no sólo cronológicamente, sino en su esencia misma (así en la primera lectura); y, ya en el Evangelio, lo que podríamos llamar “el pecado final”, el pecado definitivo y sin vuelta atrás.

El pecado original, el origen del pecado, se encuentra en la voluntad de ponerse en el lugar de Dios: “seréis como dioses” había dicho la serpiente a la mujer, “conocedores del bien y del mal” (Gn 3, 5). Está claro que “comer del árbol de la ciencia del bien y del mal” no significa infringir simplemente una prohibición positiva y más o menos arbitraria, establecida simplemente para “poner a prueba” a nuestros primeros padres. La cosa tiene un sentido mucho más profundo, universal y presente en toda forma de pecado. Se trata aquí de comer del árbol “de la ciencia del bien y del mal”. Es decir, se trata de determinar libremente, según la propia voluntad o el propio interés o capricho, el contenido del bien y del mal: de trastocar el orden establecido por Dios, que sirve para preservar la vida; pues el “árbol de la ciencia del bien y del mal”, que bien podemos entender como la conciencia, y que se encuentra en el centro del jardín –que es el ser humano–, se encuentra junto al árbol de la vida (cf. Gn 3, 9). El corazón y el origen del pecado está en esa voluntad de ser como dioses (que tantas versiones ha tenido y tiene a lo largo de la historia), en esa pretensión de una libertad creadora y que no responde ante nadie, pero que no es, ciertamente, la libertad del hombre.

En el pecado, el ser humano niega a Dios, pues no lo reconoce como autor de la vida y del orden del bien y del mal; pero también se niega a sí mismo, porque no acepta su condición de criatura, la más excelsa, “poco inferior a los ángeles” (Sal 8, 5), pero no divina, libre, pero con una libertad limitada y, por eso mismo, responsable. Al negarse a sí mismo, entra inmediatamente en conflicto con sus semejantes. Todo esto se refleja meridianamente en el diálogo entre Dios y Adán y Eva. El ser humano, que al pecar ha descubierto, no sólo que no es igual a Dios, sino que es poco más que un animal (y se avergüenza de serlo, de su desnudez), se oculta de Dios, en vez de ir a buscar en Él el remedio del mal cometido. En segundo lugar, en vez de reconocer humildemente su culpa, se quita de encima la responsabilidad, acusando a otros: Adán, a la mujer, ésta, a la serpiente. Hubiera bastado reconocer humildemente la propia culpa para recomponer la amistad con el Dios siempre dispuesto al perdón. Descubrimos una cierta contumacia en la reacción de esa pareja que nos representa a todos.

Pero también descubrimos que en el pecado hay un elemento de debilidad, producto de la inicial imperfección humana. Lo expresa la mujer: “la serpiente me engañó, y comí”. El pecado no significa, al menos en su punto de partida, una perversión completa, una destrucción total de la dignidad del hombre, de su capacidad para el bien. Por su imperfección, admite aún la posibilidad del arrepentimiento y, en consecuencia, del perdón y la salvación. Por eso, la mujer, y en ella todo el género humano que engendra, al no haber perdido del todo su dignidad, queda por encima de la serpiente, del tentador y engañador: éste puede herirla, pero en el talón, mientras que ella, si llega a vencer, le aplastará la cabeza.

El pecado trastoca la historia humana. Lo que debería haber sido un proceso de autoperfeccionamiento del hombre y de perfeccionamiento de la creación que le ha sido confiada, se convierte en un proceso ambiguo, en el que el bien y el mal se encuentran íntimamente mezclados, de manera que la obra de Dios y su designio sobre el mundo quedan comprometidos. Empieza otra historia: Dios no puede descansar, sino que tiene que salir al encuentro del hombre que se esconde de Él. Empieza la historia de salvación. Esa larga historia culmina en el encuentro definitivo entre Dios y el hombre en Jesucristo, en el que Aquel hace su definitiva oferta de perdón y reconciliación, de restauración de la naturaleza caída.

Pero, así como el pecado es fruto de la libertad del hombre, del uso abusivo de ella, así esta oferta, para poder realizarse, requiere la aceptación libre por parte suya. La salvación que Dios ofrece tiene carácter dialogal, y aunque es incondicional y gratuita, requiere la cooperación libre del hombre. Por eso, existe el peligro de que éste persevere en el mal, renuncie al arrepentimiento y a la acogida del perdón.

Igual que en el pecado original descubrimos varios grados de culpabilidad (la soberbia de querer ser como dioses, pero también la debilidad propia de la debilidad y la ignorancia), así en la acogida de Cristo podemos ver que hay diversos grados de resistencia.

Por un lado, está la de la familia. Mientras que la multitudes buscan a Jesús con ahínco, sus familiares no lo entienden, son incapaces de descubrir la presencia de Dios en uno al que conocen bien desde pequeño. Sin duda, se ha debido volver loco. Es una falta de aceptación que revela rutina, escasa apertura para lo extraordinario, horizontes estrechos, tal vez, también envidia. Pero no se ve ahí una mala voluntad fundamental.

Eso es lo que se descubre en los letrados venidos de Jerusalén. Ante su acusación, Jesús, por un lado, indirectamente responde al reproche de locura de sus familiares. Su respuesta es de una lógica aplastante, no la de un alucinado. Si expulsa demonios, ¿cómo puede hacerlo por el poder del demonio, de Satanás? Así muestra Jesús que el mal, por muy fuerte que parezca ser, es más débil que el bien, pues necesita de él para subsistir. Como comenta Sancho Panza al ver el reparto de los bandoleros de Roque Guinart: “Es tan buena la justicia distributiva, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones” (Don Quijote de la Mancha, 2.ª parte, Cap. LX). La de los letrados es, sin duda, una acusación absurda. O, peor, de una enorme perversidad, de una mala voluntad fundamental que se empeña en llamar mal al bien y bien al mal (cf. Is 5, 12). Se trata de una ceguera voluntaria, porque se niega a reconocer la evidencia, quién sabe por qué oscuros intereses o razones inconfesables. Es una especial contumacia en el mal que ninguna debilidad o imperfección puede disculpar, pues consiste en el rechazo de la oferta de salvación que Dios nos hace en Cristo, en el rechazo del perdón.

Que Jesús hable de “pecado contra el Espíritu Santo” para designar este pecado final o definitivo que no puede jamás perdonarse no es casual. ¿Por qué no lo designa “pecado contra el Hijo de Dios”? En el evangelio de Lucas (12, 10) se dice expresamente que la blasfemia contra el Hijo del hombre se podrá perdonar, pero no la proferida contra el Espíritu Santo. La encarnación del Verbo supone una cierta “relativización” que puede en ocasiones, por diversos motivos, dificultar la opción de fe en Él, pero sin que se llegue a esa mala voluntad y ceguera voluntaria de que hablamos aquí. Aquí el hombre se opone de manera consciente y libre al bien evidente (se encuentre donde se encuentre, y lo haga quien lo haga), y eso supone cerrarse por completo a él. Que es lo que manifiestan los letrados cuando, viendo a Jesús expulsando demonios, afirman que él mismo está endemoniado.

Sin llegar a esos extremos, existe un modo menos radical, pero que tal vez a nosotros, los creyentes, nos puede amenazar más de cerca. Es muy posible que ya en vida de Jesús algunos familiares suyos no le entendieran y quisieran apartarlo de su actividad pública. También es probable que estos textos reflejen, además, situaciones de la primitiva iglesia, en la que algunos familiares de Jesús pretendieran posiciones de privilegio simplemente en virtud de sus vínculos de sangre con Él. Es significativo que en el texto los familiares están “fuera” del círculo de los discípulos y tienen que mandar a llamarlo. La respuesta de Cristo es bien significativa: los vínculos de sangre son insuficientes si no están recogidos en el plan de Dios, que pasa por la vinculación con Cristo. Esta última genera unas relaciones más intensas, profundas y duraderas que las basadas en la familia natural. Jesús está creando la familia de los hijos de Dios, su Padre, en la que sus discípulos se convierten en sus hermanos, incluso en su madre, pues engendran su presencia a dondequiera que vayan.

Nuestro mundo occidental, profundamente impregnado por la fe cristiana, tiene una cierta “familiaridad” con Cristo, piensa conocerlo, saber de qué va su discurso. Pero, poco a poco, en sus grandes opciones culturales se ha ido distanciando de su círculo de discípulos y situándose en la periferia de la verdadera fe cristiana. Muchos de nuestros contemporáneos, pese a conservar esos vínculos de familiaridad (¿qué otra cosa son, si no, la noción de persona, la idea de dignidad humana, de derechos humanos?), consideran que lo que se refiere a la fe es un delirio o una superstición: que los creyentes en Cristo no estamos en nuestros cabales, y pretenden retirar de la circulación (del espacio público) todo lo que huela a Iglesia, a cristianismo. Una cierta tolerancia revestida de desdén pretende concedernos poder pensar o creer como queramos, pero siempre que sea en el fuero interno, sin que podamos expresarnos públicamente. ¿Es esto posible? En modo alguno: “Creí, por eso hablé”. Quien cree no puede no hablar, con sus palabras y con sus hechos. Las tribulaciones externas no deben desanimarnos, porque fijos nuestros ojos en lo que no se ve, y que es eterno, nos sabemos miembros de la familia de Dios, hermanos, hermanas, incluso madres de Jesús, que con su testimonio lo engendran en fe en los demás.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del profeta Génesis 3, 9-15
Establezco hostilidades entre tu estirpe  la de la mujer
Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios lo llamó: –¿Dónde estás? Él contestó: ¡Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí. El Señor le replicó: “¿Quién te informó de que estabas desnudo?, ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Adán respondió: –La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí. El Señor dijo a la mujer: ­–¿Qué es lo que has hecho? Ella respondió: –La serpiente me engañó y comí. El Señor dijo a la serpiente: ­Por haber hecho esto, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la tuya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6.7-8
R. Desde lo hondo a ti grito, Señor.
Desde lo hondo a tí grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de tí procede el perdón,
y así infundes temor.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta de san Pablo a los Corintios 4, 13-5, 1
Creí, por eso hablé
Hermanos: Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros. Todo es para vuestro bien. Cuantos más reciben la gracia, mayor será el agradecimiento, para gloria de Dios. Por eso no nos desanimamos. Aunque nuestra condición física se vaya deshaciendo, nuestro interior se renueva día a día. Y unas tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable tesoro de gracia. No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno. Aunque se desmorone la morada terrestre en que acampamos, sabemos que Dios nos dará una casa eterno en el cielo, no construida por hombres.

EVANGELIO
Lectura del Santo evangelio según san Marcos 3, 20-35
¿Quién es mi madre y mis hermanos?
En aquel tiempo, volvió Jesús a casa y se juntó tanta gente, que no los dejaban ni comer. Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Unos letrados de Jerusalén decían: –Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios. Él los invitó a acercarse y les puso estas comparaciones: ­¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino en guerra civil no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. Creedme, todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme con el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo. Llegaron su madre y sus hermanos, y desde fuera lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dijo: –Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Les contestó: ­–¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: –Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Homilía del 3 de junio de 2018, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo: «Cuerpo entregado, sangre derramada»

Si la solemnidad de la Santísima Trinidad habla de un Dios cercano que viene al encuentro, la del Cuerpo y la Sangre de Cristo viene a confirmar y realizar del todo esa cercanía y ese encuentro. La cercanía de Dios se ha hecho visible y se ha puesto a nuestro alcance en la carne de Cristo.

Por medio de Jesucristo Dios y el hombre se han encontrado y reconciliado para siempre. La encarnación del Verbo de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret hay que entenderla desde la categoría de la mediación presente ya en el Antiguo Testamento. El Dios transcendente y absolutamente inaccesible para el hombre toma la iniciativa y se acerca al hombre a través de mediaciones que permiten reconocerlo y entrar en contacto vivo con Él sin perecer. Por un lado están los mediadores entre Dios y el pueblo: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas, reyes y sacerdotes… Pero éstos son servidores de la gran mediación que hace de Israel el Pueblo de Dios, y a Yahvé el Dios de Israel: la alianza. Por eso, de entre todos los mediadores del Antiguo Testamento, destaca Moisés, por medio del que Dios establece con el pueblo un pacto sellado con la sangre de víctimas inmoladas. La sangre que sella la alianza habla de la extrema seriedad de este vínculo, por el que Dios se compromete con su pueblo, y el pueblo con Dios. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Sellar un pacto con sangre significa que a los firmantes les va la vida en ello. Y aunque el pacto implica una cierta igualdad entre las partes (siquiera la de la libertad para aceptar sus clausulas y asumir responsabilidades), aquí existe un claro desequilibrio a favor de Dios: es Él quien toma la iniciativa, el que salva y da la vida y, sobre todo, el que permanece fiel. Israel, por su parte, se compromete a vivir de manera conforme a la voluntad de Dios, que no es una voluntad despótica, sino de liberación y de vida. Por eso, el pueblo proclama solemnemente “haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos”. Aunque después la historia muestra que se va a apartar una y otra vez de esta alianza que le garantiza la identidad como pueblo, la salvación.

Los pactos que no se cumplen acaban cayendo en desuso. Pero no por eso Dios va a abandonar a su pueblo a su propia suerte. De hecho, el mismo pueblo elegido es un pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres: al mirar y elegir a su pueblo, Dios tiene la vista puesta en la humanidad entera. Por eso, el Dios fiel que cumple sus promesas no destruye la alianza, sino que la renueva en una mediación definitiva. Dios supera la infidelidad con la fidelidad, el alejamiento voluntario de su pueblo con el acercamiento definitivo y máximo, que ya no es sólo mediación (que une y separa) sino presencia inmediata: la humanidad de Cristo. En ella se hace realidad lo que en la antigua alianza tenía un sentido simbólico, como la sangre de los animales sacrificados. El autor de la carta a los Hebreos insiste con fuerza en este “máximo” de presencia que no puede ser ya ni superada ni abolida: Cristo, sacerdote de los bienes definitivos, tabernáculo perfecto no hecho por manos humanas, que nos purifica con su propia sangre, mediador de una alianza nueva que nos redime y nos purifica, para que podamos recibir la herencia y la liberación eternas.

Vemos aquí cómo el misterio de la encarnación del Verbo está íntimamente ligado al de su muerte y resurrección. Y es que al hacerse máximamente cercano en la humanidad de Cristo, Dios se hace también máximamente vulnerable. La cercanía, con todas las ventajas que puede tener, conlleva siempre un riesgo. Al hacerse accesible al hombre, por compartir nuestra propia condición humana, Dios nos permite que lo toquemos, pero se expone a que lo golpeemos, hiramos y demos muerte. Pero también aquí Dios sigue teniendo la iniciativa: su muerte no es un accidente que se podía haber evitado. La carne humana está herida por la semilla de la mortalidad. Y Jesús ha asumido voluntariamente esta carne con todas sus consecuencias. Por eso, su muerte en la cruz es también una elección: la de entregar su vida por amor y hasta el extremo. Así Dios sella con la sangre de Cristo una alianza definitiva que es más fuerte que la misma muerte y que el pecado que conduce a ella. Esta fuerza, que se manifiesta en la debilidad de su carne, es lo que resplandece en la resurrección de Jesucristo.

Sólo desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo es posible comprender el misterio de la Eucaristía que celebramos hoy. El pan y el vino, elementos de la vida cotidiana, prolongan y multiplican la cercanía corporal de Cristo. Pero eso no es todo. Podemos tener la tentación de percibir en esta presencia sólo el milagro admirable e incomprensible de que un trozo de pan y un poco de vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Si atendemos sólo o sobre todo al aspecto físico o metafísico de esta “conversión”, podemos estar reduciendo el misterio del amor de Dios a un enigma filosófico o teológico. La plena compresión (en fe) del misterio eucarístico exige que no olvidemos que se trata de un pan que se parte, de un vino que se entrega, precisamente durante la cena pascual judía, que no era sino un anticipo de la verdadera Pascua del Cordero de Dios en el altar de la Cruz. El pan partido significa el cuerpo ofrecido en sacrificio, y el vino entregado es la anticipación de la sangre derramada.

La participación en la Eucaristía es la oportunidad que tenemos de entrar en contacto con el Dios encarnado, cercano y vulnerable que se entrega por amor y sella con nosotros una alianza más fuerte que la muerte. No se trata, pues, de “ir a misa”, de “cumplir” con una obligación, sino de dejar que Dios venga a nosotros y entre en nuestra vida, que en Jesús se nos haga cercano con su cuerpo entregado y su sangre derramada, y nos haga el don de su presencia. Como los judíos ante Moisés decían “haremos todo lo que manda el Señor”, nosotros ante el pan y el vino hechos cuerpo y sangre de Cristo exclamamos: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven señor Jesús”. No lo la hacemos como espectadores, sino como participantes en el misterio pascual (por eso comemos y bebemos), que hacen suya la carne del que tomó la nuestra para entregarla.  Por esta participación nos “cristificamos”, es decir, nos hacemos mediadores de esta alianza nueva entre Dios y los hombres, testigos de este amor que se entrega hasta la muerte. Jesús es aquel que “hace todo lo que manda el Señor” (“he aquí que vengo a hacer tu voluntad”, Hb 10, 7). Unidos a Él, especialmente por medio de la Eucaristía, también nosotros podemos “hacer su voluntad, en la tierra, como en el cielo”. Podemos hacer que baje el cielo a la tierra, que el mundo vaya haciéndose un lugar habitable para Dios, nuestro Padre, porque nosotros, en comunión con Cristo, aprendemos a vivir como hermanos.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8
Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros
En aquellos días, Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una: – «Haremos todo lo que dice el Señor.» Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor holocaustos, y vacas como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre, y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después, tomó el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual respondió: – «Haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos.» Tomó Moisés la sangre y roció al pueblo, diciendo: – «Ésta es la sangre de la afianza que hace el Señor con vosotros, sobre todos estos mandatos.»

SALMO RESPONSORIAL
Sal 115, 12-13. 15 y 16bc. 17-18
R. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15
La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia
Hermanos: Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tabernáculo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna. Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo. Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: – «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: – «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: «El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?» Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: – «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: – «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Homilía del 27 de mayo de 2018, Domingo de la Santísima Trinidad (B): «Un Dios amigo y cercano»

Muchos piensan que el misterio de la Trinidad es el producto de la imaginación calenturienta de ociosos teólogos medievales, una manera probar nuestra fe, o nuestra credulidad, a base de poner ante nuestros ojos una imagen de Dios lejana y misteriosa, precisamente por su carácter contradictorio: tres personas en una sola sustancia divina, en la que cada una de las personas es Dios en sentido pleno…

En realidad, merece la pena meditar sobre este misterio, que aunque nos superará siempre, nos habla de algo muy distinto de un Dios lejano e incomprensible. Empecemos diciendo que no fueron teólogos medievales los que pensaron este dogma. El carácter trinitario de la fe cristiana comparece desde los primeros escritos del Nuevo Testamento: el más antiguo de todos, la primera carta a los Tesalonicenses (en torno al año 50), tiene ya claras formulaciones trinitarias. No es extraño si tenemos en cuenta que el centro de la conciencia mesiánica de Jesús consiste precisamente en la filiación divina, en su ser Hijo de Dios, y en un sentido que dista mucho de ser una mera metáfora. Los judíos que lo acusaban de blasfemia por equipararse con Dios entendían muy bien que Jesús reivindicaba una familiaridad con su Padre que transcendía los símbolos.

Pero es que, además, la fe en el Dios trinitario no es en absoluto algo “ocioso”, carente de consecuencias prácticas. Las discusiones trinitarias en los primeros siglos de la era cristiana, que se sirven con libertad de diversas categorías griegas (sustancia, relación, etc.), dan lugar a un nuevo mundo conceptual del que todavía vivimos: la noción de persona, que ha tenido enormes consecuencias en la cultura occidental y mundial, que habla del valor absoluto de cada ser humano, de su dignidad y de sus derechos inalienables, es producto de la formulación teológica del dato revelado claramente en el Nuevo Testamento: es al hilo de la reflexión sobre la vida y las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como se llega a la noción de persona, absolutamente novedosa para la cultura griega y helenista, y que nos ofrece una nueva comprensión de Dios y, como consecuencia, del hombre, que es su imagen.

Las lecturas de hoy iluminan con gran intensidad el carácter existencial de la fiesta que celebramos. El libro del Deuteronomio no sólo subraya el monoteísmo (“el Señor es el único Dios…; no hay otro”), sino, sobre todo, la cercanía de este Dios único “allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”. El Dios de Israel es un Dios que viene al encuentro, que lo hace liberando y, además, respetando la libertad humana: no se impone despóticamente, sino que propone un pacto. Los pactos sólo pueden ser suscritos entre seres libres y, en cierto modo, iguales o, al menos, semejantes. Si Dios propone un pacto, es porque nos considera semejantes a Él, precisamente, personas como Él. Esa semejanza es la fuente de nuestra libertad (por eso actúa Él liberando), y de nuestra dignidad (por eso nos respeta, incluso si nos alejamos de Él). Así que se trata de un Dios que viene al encuentro, pero sin invadir el espacio propio del hombre; es un Dios que se muestra, que interpela y que busca el diálogo y la comunicación.

Un Dios así no puede ser un déspota solitario, que de relaciones no sabe nada. Al contrario, siendo absolutamente único, su interna sustancia es la comunicación, la relación, el amor: la armonía y la perfecta unidad entre los distintos. Y el amor es siempre, en sí mismo, una buena noticia, que tiende a comunicarse, a compartirse. Así que Dios crea el mundo y al hombre para incluirlo en esa relación en que consiste misteriosamente su propio ser. No nos llama a una alianza cualquiera (por ejemplo, comercial o de intereses), sino a esa alianza profunda y decisiva que son las relaciones familiares. Esta es la gran novedad que nos ha traído Jesucristo.

Sabemos que nuestras imágenes no pueden expresar adecuadamente el misterio inaccesible de Dios. Pero sí que hay imágenes que lo expresan mejor, y ésas son las que mejor nos definen a nosotros mismos: las ligadas a las relaciones familiares. Dios como Padre quiere incluirnos en la filiación por medio de su Hijo. Jesús se refería a Dios en términos de extraordinaria cercanía y familiaridad: al hablar de Dios como de su Abbá, que es el equivalente arameo de “papá”, Jesús está subrayando una relación de inaudita intimidad, que lo equipara con Dios. Y su Evangelio, su Buena noticia, consiste en que esa relación paterno-filial se abre como una posibilidad de vida para todos los seres humanos. Y lejos de significar esta imagen una relación de dependencia infantil, lo que hace es llamarnos a la libertad, a la autonomía, a la responsabilidad: ¿qué quieren realmente los buenos padres, sino que sus hijos crezcan y sean sí mismos? Lo mismo sucede con el Dios Padre de Jesucristo que nos llama a arriesgar y caminar (“sal de tu tierra” –Gn 12, 1)), a ponernos en pie y caminar (“toma tu camilla y anda” –Jn 5, 8–, “toma tu cruz y sígueme” –Mt 16, 24–).

De esto nos habla Pablo en la carta a los Romanos. Si nos abrimos al Dios que viene al encuentro, si nos dejamos tocar por su Espíritu, descubrimos de manera no sólo teórica, sino vital, que Dios no es un abstracto Principio de todo, ni sólo un Primer Motor del mecanismo universal, sino un ser personal que funda y sostiene nuestra libertad; un Dios que al venir al encuentro y hacerse cercano en su Hijo Jesucristo llega incluso a padecer con nosotros y por nosotros, para así compadecerse de todos. Y si Él se une a nosotros en nuestros padecimientos, al participar nosotros en los suyos, podemos sentir que el Abbá de Jesús es también el nuestro, y así  nos hacemos partícipes de su gloria, nos convertimos en Él en hijos de Dios y coherederos de su vida resucitada.

El Evangelio, por fin, nos recuerda que esa cercanía de Dios es un proyecto, algo que está siempre en camino, y del que todos los que hemos creído somos responsables ante los demás, ante el mundo entero. Nos convertimos en cierto sentido en la voz del Dios que llama al encuentro e invita a la comunicación con Él por medio del bautismo. Jesús nos envía a anunciar al Dios cercano siendo y haciéndonos nosotros mismos cercanos, anunciando con palabras y obras la cercanía de Dios. Cuando tratamos de hacerlo, la sentimos nosotros mismos y pueden sentirla los demás: Jesús y, con Él, el Padre, por la mediación del Espíritu Santo, está con nosotros “hasta el fin del mundo”. Este “hasta el fin del mundo” puede entenderse en varios sentidos: siempre, hasta que el mundo se acabe (no sabemos cuándo); en todas partes,  hasta los últimos rincones del mundo (también en mi propio rincón); y hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase, incondicionalmente (hasta la muerte).

En un Dios así, la verdad, merece la pena creer.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Deuteronomio 4,32-34.39-40
El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro
Moisés habló al pueblo, diciendo: «Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás, desde un extremo al otro del cielo, palabra tan grande como ésta?; ¿se oyó cosa semejante?; ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?; ¿algún Dios intentó jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas, signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos? Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»

 SALMO RESPONSORIAL
Salmo responsorial 32, 4-5. 6 y 9. 18-19. 20 y 22.
R/ Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos.
Porque él lo dijo, y existió;
él lo mandó, y todo fue creado.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 8, 14-17
Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre
Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Mateo 28,16-20
Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Homilía del 20 de mayo de 2018, Domingo de Pentecostés (B): «El Espíritu de Jesús y los otros espíritus»

Recuerdo que hace ya bastantes años, leyendo la novela de Alejo Carpentier (excelente escritor y gran apologeta de la revolución cubana), “La consagración de la primavera”, me encontré con una descripción de lo que es el “espíritu” que me impresionó. Pretendiendo negar la existencia real de “espíritus” en sentido estricto, decía Alejo que el espíritu sólo existe en el sentido en que se habla, por ejemplo, del “espíritu imperial”, o del “espíritu revolucionario”. Ese género de espíritu es una realidad my difícil de definir, pero de una enorme eficacia práctica. Porque quien tenga espíritu imperial (o imperialista) adoptará, sin duda, una determinada perspectiva sobre los acontecimientos de la historia, un determinado orden de valores y de criterios de acción y de selección… Ese espíritu le dará inspiración, orientación, impulso. Lo mismo sucederá, pero con otros contenidos muy distintos, a quien posea un espíritu revolucionario, o democrático, o el que sea. Esa realidad tan escurridiza del espíritu tiene la enorme fuerza y eficacia de modelar, a fin de cuentas, el corazón del hombre. Eso que San Agustín llamaba el “ordo Amoris” del hombre, la jerarquía no teórica sino vital de los propios amores (y odios), las preferencias, las opciones fundamentales, todo ello es producto de un cierto espíritu rector de nuestras vida. Y está claro que todos tenemos alguno. Pues, incluso del que se deja simplemente llevar, puede decirse que tiene un “espíritu acomodaticio”.

Al tratar de reducir el espíritu a una vaporosa inspiración Alejo Carpentier estaba señalando, tal vez sin darse cuenta, su enorme importancia y su concreción práctica. Sin un determinado espíritu el corazón humano se desparramaría desorientado y sin rumbo. Otra cosa es que la orientación sea buena o mala, que el rumbo nos lleve a la meta o nos pierda sin remedio.

También existe un “espíritu” que inspira la vida y configura el corazón de los cristianos. A veces tenemos la sensación de que ciertas personas que se confiesan muy creyentes carecen, sin embargo, de verdadero espíritu cristiano, vistas sus actitudes vitales. No es lo mismo decirse cristiano que serlo de verdad. Ya decía Jesús que “por sus obras los conoceréis” (Mt 7, 6). No significa esto que el credo no sea importante. Pero creer no es sólo un acto mental, sino una relación viva con Jesucristo y con su Padre, y es esto lo que determina el carácter cristiano de una vida. Y de esto hablamos al referirnos al espíritu. Es muy difícil definirlo, decir en qué consiste, “verlo” o imaginárselo. Pero es él precisamente el que nos define y configura, el que da contenido y consistencia a nuestra vida, el que nos permite “ver” a Jesucristo, por ejemplo, en la Palabra, en los sacramentos y en nuestros prójimos, de modo especial en los que sufren, es ese espíritu el que da imaginación y creatividad a la fe, como se ve en los múltiples carismas que adornan a la Iglesia.

Así que también del espíritu cristiano podemos decir que lo conocemos por sus obras. ¿Qué obras son esas? La tradición habla de los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pero nosotros nos vamos a centrar sólo en lo que la Palabra de Dios nos dice hoy sobre este misterioso y, sin embargo, poderoso Espíritu.

Lo primero que llama la atención, ya en el texto de los Hechos, es que se trata de un espíritu personal: se reparte “sobre cada uno”. Es decir, no se trata de un espíritu uniformador, que va a la masa y nos corta a todos por el mismo patrón, como sucede con ciertos espíritus que andan por ahí: nos someten al lecho de Procusto, sea de alguna ideología dura, sea a esa forma en apariencia suave, pero que nos va apretando poco a poco y ya amenaza con dejarnos sin respiración, de lo “políticamente correcto”. El espíritu cristiano no es así, y si a veces lo parece es que se nos ha colado algún otro espíritu que no es el genuino. Y es que este espíritu, por ser personal, es un espíritu de apertura. Lo subraya de nuevo el libro de los Hechos, y también el Evangelio de Juan. En este último, el Espíritu que Jesús derrama sobre los discípulos los libera de la cerrazón en que se encontraban “por miedo a los judíos” y los abre y envía al mundo entero. En los Hechos se expresa esto mismo diciendo que “empezaron a hablar en lenguas extranjeras”, en lenguas del mundo entero (y el autor del texto se toma la molestia de enumerar las regiones de donde procedían aquellas gentes devotas, y que abarcaban todo el mundo entonces conocido). El espíritu cristiano debe hablar en una lengua que todos puedan entender. Tal vez sepamos por experiencia lo que significa encontrarse en un ambiente en el que no entiendes nada. Puede ser por el hecho elemental de que no conoces el idioma. Si te encuentras en un lugar en el que sólo puedes comunicarte en una lengua que no conoces, la sensación de bloqueo, agotamiento y depresión es tremenda. Pero también sucede con frecuencia que esos bloqueos no dependen del “idioma”. Existen ambientes herméticos, que te hacen sentir con fuerza que eres un extraño y un advenedizo, que estás de más; o situaciones en que tienen lugar “diálogos de sordos”, donde el entendimiento se hace imposible por más que se hable un mismo idioma. Al final, el problema del idioma se puede resolver: con paciencia los idiomas se aprenden; y mientras no se conocen, siempre es posible encontrar algún alma buena, que te hace sentir bien con su actitud de acogida, o que te hace de intérprete… El problema de la comunicación es sobre todo un problema de “espíritu”, de configuración del corazón. Por eso, el libro del Génesis (11, 1-9, un texto que se lee en la misa de la víspera de esta solemnidad de Pentecostés), interpreta la pluralidad de las lenguas como un signo de la falta de entendimiento entre los hombres y los pueblos, consecuencia del orgullo. El idioma universal que todos pueden entender es el del amor sin fronteras, sin barreras nacionales, ideológicas o religiosas. El otro puede ser para mí una persona extraña, pertenecer a una ideología que no comparto, a un credo que no es el mío, a una cultura que me resulta extraña… Pero, a pesar de todo eso, puedo mirarlo como a un semejante, alguien al que puedo hacer el bien y aceptar por su condición personal, por ser un tú insustituible. El espíritu de apertura, que inaugura el lenguaje del amor, y el espíritu personal, como vemos, se dan la mano, son el mismo espíritu. La iglesia y los cristianos tenemos que examinarnos de este idioma, tratar de ver hasta qué punto estamos abiertos más allá de toda frontera, o si hay grupos y regiones (no sólo geográficas, sino de todo otro tipo) con los que no estamos dispuestos a cruzar una palabra.

El lenguaje del amor se expresa en la vida de la Iglesia en las obras de misericordia, en las iniciativas a favor de los pobres, de los que sufren, de los marginados… Es curioso que este lenguaje lo entiende prácticamente todo el mundo (con tal de que haya un mínimo de buena voluntad, que es lo que se puede entender bajo el “gentes devotas” de la primera lectura). Incluso los que se declaran o indiferentes o abiertamente contrarios a la fe reconocen la bondad de esas expresiones del amor.

Ahora bien, ese lenguaje tan comprensible, ¿de qué habla? Porque si es un lenguaje universal, no puede ser, sin embargo, un lenguaje indeterminado, dotado de muy buena pronunciación, pero que no habla de nada. El lenguaje del amor inspirado por el espíritu cristiano es un lenguaje que confiesa. El que ha recibido este espíritu confiesa que Jesús es Señor: “Nadie puede decir: ʻJesús es Señorʼ, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. De modo que el espíritu cristiano es, además, un espíritu de unidad: se divide repartiéndose, para unir en torno al Señor Jesús. Apoyándonos en lo que ya hemos entendido sobre el espíritu cristiano, podemos comprender sin dificultad que no se trata de una unidad que nos hace a todos ser “lo mismo”, sino que se forma de la armonía (fruto del amor y la apertura mutua) entre los diversos (la dimensión personal). Lo explica muy bien Pablo al hablar del único Señor y del único Espíritu, pero que hacen posible y fundan la diversidad de los dones y las funciones, como los diversos miembros de un mismo cuerpo.

Es claro que la presencia del espíritu cristiano en nosotros no elimina de un plumazo nuestras limitaciones y defectos; por eso mismo, tampoco desaparecen, como por arte de magia, los conflictos en nuestras relaciones. El espíritu cristiano no es un elixir mágico, sino, lo hemos dicho ya, una configuración del corazón que lleva su tiempo y no elimina nuestra libertad (¡es un espíritu personal!). Pero su presencia nos permite no sucumbir a estos conflictos ni ahogarnos en nuestros defectos: el espíritu que nos da Cristo es, también, un espíritu de perdón, que nos lleva a pedir perdón cuando pecamos, y a perdonar a los que nos ofenden. La fuente de la verdadera paz no es un Nirvana impersonal, que anestesia el alma y se encierra en sí para evitar todo dolor. La paz verdadera es la que nos da Jesús, tras atravesar la prueba de la cruz (por eso nos muestra las manos y el costado: son sus heridas, que son las nuestras), la que procede de la alegría del reconocimiento mutuo, que implica también el mutuo perdón.

Así pues, el espíritu cristiano es un espíritu personal, de apertura, que habla el lenguaje universal del amor, que confiesa a Jesús como Señor y Salvador, es un espíritu de unidad, paz, alegría y perdón… Podemos comprender que este espíritu no es simplemente “un espíritu” (una fantasmagórica e indeterminada inspiración), sino “el Espíritu”, el Espíritu de Jesús, el que une al Hijo con el Padre, y es el Amor en persona, porque él mismo es una Persona. No sabemos definirlo, ni lo vemos, pero nos define y configura y, como la luz, ella misma invisible, nos permite ver: ver a Dios en sus criaturas, a Cristo en sus pequeños hermanos, la salvación donde parece no haber salida. Cristo nos ha donado su Espíritu, el Espíritu que nos enseña el lenguaje del amor sin fronteras. Él nos guía y nos acompaña, nos envía a los demás, a todos, a decirles que entre los muchos espíritus que hay en el mundo hay uno, con mayúsculas, que nos renueva por dentro, y que quiere posarse también en nosotros, en mí, en ti, en cada uno, para unirnos sin uniformarnos, para que cada uno pueda ser plenamente sí mismo y ofrecer libremente su riqueza a los demás, diciendo más con las obras que con las palabras: “paz a vosotros”.

José María Vegas, cmf.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11
Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: «¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 103, 1ab y 24ac. 29bc-30. 31 y 34.
R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Cuántas son tus obras, Señor;
la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu espíritu, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras.
Que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13
Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo
Nadie puede decir: «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.

SECUENCIA
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 20,19-23 
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo
Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

 

Homilía del 13 de mayo de 2018, Domingo 7 de Pascua (B), La Ascensión del Señor: «Has recibido una carta»

En la fiesta de la Ascensión todos hemos recibido una carta. Es la carta de Lucas, un testigo de primera hora, dirigida a Teófilo. Es curioso que este misterioso Teófilo no haya pasado a la devoción popular: no se celebra su fiesta, ni se le dedican parroquias, tampoco, al parecer, se conservan reliquias suyas. Sólo hemos conservado de él esta carta que le escribió Lucas: una carta larga, en dos partes. La primera, todo un Evangelio (el tercero, tal como se suele presentar en las Biblias), la segunda es algo así como el quinto evangelio, el evangelio de la misión, de la transmisión de la Buena Noticia a todo el mundo entonces conocido. Se ve que, desde los primeros tiempos, los cristianos comprendieron que Teófilo (el amigo de Dios) somos cada uno de nosotros (por tanto, también se llama Teófila) y que para cada uno de los que se interesan por Jesús, por el Evangelio, se ha escrito y enviado esta carta. Así que, sintiéndonos personalmente concernidos por lo que Lucas nos envía, nos aprestamos a leer con atención lo que nos quiere decir. Y nos encontramos, en primer lugar, con la Ascensión de Jesús a los cielos. Lucas lo presenta como una cierta culminación del camino terrestre de Jesús y como el comienzo de una nueva etapa, precisamente la de la misión universal de la Iglesia: desde Jerusalén, por Judea y Samaria y hasta los confines del mundo, que para Lucas significan Roma, la ciudad en la que termina la narración, pero no la historia, pues la de Lucas es una narración abierta.

La Ascensión de Jesús a los cielos, esto es, a su Padre, es el movimiento correlativo y complementario al de su Encarnación. En esta última el Logos, la Palabra, el Hijo de Dios se abaja y se inclina para hacerse encontradizo con el hombre. Pablo lo expresa con extraordinaria fuerza en su carta a los Filipenses: “se despojó”, “se humilló”, “tomó la condición de siervo” (cf. Flp 2, 7-8). Ese abajamiento realizado para compartir en todo la condición humana, llegó al extremo cuando asumió la muerte humana: “hasta la muerte y muerte de cruz”. Pero “por eso Dios lo levantó sobre todo” (Flp 2, 9). En la Ascensión, que debemos entender como una manifestación más de la Resurrección, Jesús eleva nuestra condición humana hasta la altura del mismo Dios. Así pues, Dios se abaja en Cristo para elevar al hombre: para restaurar la imagen de Dios que él lleva en sí, y que ha quedado desfigurada por el pecado, y, todavía más, para hacerle partícipe de la condición de hijo de Dios.

Es claro que no debemos entender este “ascenso”, este “subir” en sentido meramente físico, aunque Lucas lo describa de ese modo. A veces se tiene la sensación de que ciertas expresiones antirreligiosas (que hoy en día se están extendiendo con bastante virulencia) son tan ingenuas, si no más, que ciertas formas de creencia religiosa. Recuerdo las clases de filosofía de un viejo profesor soviético en Krasnoyarsk, que hacía frecuentes citas bíblicas, leyendo los textos con la misma literalidad que el más simplón de los fundamentalistas (sólo que a la contra, claro). En ese sentido cabe entender la famosa frase de Yuri Gagarin, el primer astronauta, tras su viaje espacial: “no he visto a Dios”. Es evidente que la Ascensión de Jesús no fue un viaje al “arriba” cósmico.

Existen dimensiones “superiores” que sólo se ven si se tiene abierto algo más que los ojos, como le decía el zorro al Principito: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Es de esa altura de la que nos habla hoy la Ascensión: el “altum” que significa al mismo tiempo “profundo”, como le dice Jesús a Pedro: “duc in altum” (Lc 5,4), ve a alta mar, allí donde las aguas son profundas. Hace una semana comprendíamos que el compendio de la resurrección de Jesús y de nuestra vida en él consiste en el amor, ese “carisma superior”, esa “vía mejor” de la que habla también Pablo en su extraordinario himno a la caridad. No es posible “ver” a Dios elevándose sólo físicamente, incluso aunque uno se eleve hasta el Cosmos. Pero quien se eleva por encima de la superficialidad cotidiana, del egoísmo, de la atención exclusiva a sus intereses más inmediatos y pedestres, puede llegar a “ver” a Dios incluso en las situaciones más difíciles y dramáticas: como los tres jóvenes del libro del Profeta Daniel, que, condenados al tormento, entonan el canto de alabanza a Dios que se puede percibir en toda la creación: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, Aguas, Sol y luna, lluvia y rocío…, bendecid al Señor” (Dn 3, 57-88). Y lo mismo le sucede al pobrecillo de Asís, que compuso su cántico de las criaturas en medio de la enfermedad y el sufrimiento: “Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor… Loado seas por toda criatura, mi Señor…”.

La Resurrección de Jesús, por la que ha ascendido al Padre y elevado a la humanidad a esa misma altura, significa el rescate de esas dimensiones superiores y profundas, las más nobles, las que ennoblecen y salvan así nuestra vida, y es la invitación a participar de ellas, a vivir en y de ellas. Es de esta posibilidad abierta para nosotros por Jesucristo de lo que nos habla hoy Pablo en esa otra carta que hemos recibido de él: el espíritu de sabiduría, la iluminación de los ojos del corazón, la compresión de los tesoros que nos ha donado, la posibilidad de una vida superior que nos libera de las ataduras que frecuentemente nos esclavizan, que empieza ya ahora (por el misterio de la cruz y el mandamiento del amor) y que, al ser más fuerte que la muerte, vale para vivir en este mundo y en el mundo futuro.

Todo esto se ha hecho presente en la historia gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora se tiene que comunicar a toda criatura por medio del testimonio de los discípulos. Porque esta altura de la que hablamos no es tampoco algo que está “arriba” sólo para que lo contemplemos. Es preciso caer en la cuenta de algunos peligros encerrados en una mala comprensión de los tesoros que Jesús ha abierto para nosotros. Uno es, precisamente, el del misticismo. De ahí la advertencia de los misteriosos varones vestidos de blanco (que inevitablemente recuerdan las primeras experiencias de la Resurrección): “¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” Hay un aire de reproche o, al menos, de ironía en ese “ahí, plantados”. Efectivamente la altura de que se trata aquí está entre nosotros (es Jesús en medio de nosotros), delante de nosotros: es la misión que él nos confía; en el futuro (“volverá”). Los otros peligros de que debemos hablar hoy se refieren precisamente a la misión y su forma de realización. Esta se puede entender como una campaña de conquista, de imposición de ciertos esquemas culturales. Los “galileos” que se quedaron mirando al cielo le habían preguntado al Señor, justo antes de su Ascensión “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Seguían apegados, al parecer, a viejos esquemas que asociaban el Reino de Dios a una cierta supremacía social y política. Se percibe incluso cierta impaciencia en la pregunta: “¿es ahora cuando por fin, de una vez, vas a restaurar?” Jesús les quita una vez más esa idea de la cabeza: el Reino de Dios no es de este mundo (cf. Jn 18, 30), porque “no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Es verdad que hoy en día estamos relativamente curados de la tentación de la conquista cultural. Es uno de los aspectos positivos de la secularización. Pero ha habido otra tentación que, tras el Vaticano II vino a suceder a aquel esquema y que sigue en parte vigente. Es la idea de que Jesús vino a “transformar este mundo” en sus estructuras políticas, económicas, sociales, a introducir una especie de revolución, al estilo de las revoluciones sociales y políticas del mundo moderno.

En realidad, tampoco por ahí van los tiros, al menos si se toma esta tensión transformista del mundo de modo unilateral. El Reino no se impone ni se expande ni por vía de conquista, ni por la de la revolución social. La transformación a que llama empieza por el propio creyente: creer y bautizarse. Y la misión que éste recibe es la de “testimoniar”: “seréis mis testigos en Jerusalén, … y hasta los confines del mundo.” En medio de este mundo viejo se ha hecho presente el Reino que es la presencia misma de Jesús, su modo de vida, su nueva forma de relación con Dios (Padre) y con los otros seres humanos (hermanos). Esta presencia es real, sus valores son posibles, el hombre aceptando en fe a Jesucristo, sin dejar de ser lo que es (“galileo”), se convierte en ciudadano de este Reino, lo que, lejos de encerrarle en nuevas fronteras, le abre al mundo entero, le hace miembro de Cristo, testigo de su vida, muerte y resurrección. Así que no se trata de conquistar o de transformar con tensión revolucionaria, sino de proponer desde la propia libertad y respetando la de los demás, el testimonio de estas posibilidades superiores que en Cristo se han hecho presentes. En medio de la historia y el mundo viejo hemos descubierto que en Cristo podemos vencer al mal en nosotros (expulsar demonios), abrirnos a dimensiones nuevas (hablar lenguas nuevas, ante todo, el lenguaje del amor), perder todo temor (a serpientes y venenos), hacer el bien sin condiciones (curar enfermedades).

Se podrá decir que los peligros de que hablábamos antes han sido pecados históricos reales de la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús somos Galileos, gentes de carne y hueso, iguales que los demás, sometidos a todo tipo de condicionamientos y, por tanto, también a esas tentaciones y expuestos a caer en ellas. Pero esto, con tener sus riesgos, tiene la ventaja de evitar creernos mejores y superiores a nadie. Si nosotros, que somos como todo el mundo, hemos creído y hemos encontrado en esta fe esas posibilidades superiores, más altas y profundas de que nos habla hoy la Ascensión, es que también los demás pueden creer. Además de galileos somos Teófilos, amigos y buscadores de Dios. Y si podemos salir de nuestra aldea galilea y llegar hasta los confines del mundo (que para cada uno es allí donde se encuentra pues ser cristiano es vivir en la frontera) para dar testimonio de la propia fe, es porque confiamos que en cada ser humano, a veces muy en lo profundo, se encierra un Teófilo, deseoso de conocer a Jesús y de “todo lo que fue haciendo y enseñando hasta el día en que, movido por el Espíritu Santo, ascendió al cielo”.

José María Vegas, cmf.

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
L
ectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11
En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles, que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó: «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» Ellos lo rodearon preguntándole: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.»

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 46, 2-3. 6-7. 8-9.
R. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.

Dios asciende entre aclamaciones,
el Señor, al son de trompetas;
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo;
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 1,17-23
Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro. Y todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia como cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

EVANGELIO
Conclusión del santo evangelio según san Marcos 16,15-20
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Homilía del 6 de mayo de 2018, Domingo de la 6.ª semana de Pascua (B): «¿Se puede mandar el amor?»

Vivir en el “primer día de la semana”, en el día de la nueva creación, significa ser capaz de ver al Señor resucitado con los ojos de la fe e insertarse en Él como los sarmientos en la vid, que con la savia de la vida nueva nos renueva por dentro. Sólo así podemos dar fruto, hacer fecunda nuestra vida. Al escuchar hoy la Palabra entendemos que ese fruto es el amor. Quien vive en Cristo no puede permanecer en el odio, en el rencor o la desconfianza, en la indiferencia hacia los demás o encerrado en sus prejuicios culturales, nacionales, ni siquiera en los religiosos.

Ahora bien, aquí surge fácilmente una objeción. ¿Es que se puede mandar el amor? ¿Puede el amor ser un “mandamiento”? Si entendemos el “mandamiento” como una ley moral y el amor como un peculiar modo de sentir, la objeción tiene sentido. No pocos la han alzado, por ejemplo, el filósofo Kant.

En realidad, el mandamiento del amor es mucho más que una “norma” moral, incluso si se la considera la más importante; lo mismo que el amor mismo es mucho más que un peculiar modo de sentir, parecido, por ejemplo, al sentimiento de simpatía.

San Juan nos dice hoy en su primera carta que “el amor es de Dios” y que “Dios es amor”. Jesús, por su parte, en el evangelio, nos revela que si hemos de amarnos unos a otros (“éste es mi mandamiento”) es precisamente porque el Padre le ha amado y Él nos ha trasmitido ese mismo amor y, por eso, así como Él permanece en el Padre, nosotros hemos de permanecer en Él. Es decir, el amor no es una simple exigencia moral, aunque más elevada, sino que es la misma vida de Dios, la vida interna de la Trinidad que relaciona al Padre con el Hijo y que es el mismo Espíritu Santo. Así pues, siendo la vida de Dios, no puede ser una “obligación” que pesa sobre nuestros débiles hombros: ¿quién puede estar obligado a elevarse por sus propias fuerzas hasta la vida de Dios? El amor sólo puede ser un don. Si se habla aquí de “mandamiento” hemos de entenderlo en el sentido de aquello que Dios nos ha mandado, es decir, de Aquél que nos ha enviado: el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado, sino en que Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo (1 Jn 4, 10).

Es Él quien nos ha dado a conocer al Padre y su voluntad salvífica, quien nos ha mostrado el amor “más grande”, que consiste en dar la vida por sus amigos. Para hacernos partícipes de la vida misma de Dios, Cristo ha pagado el alto precio de la muerte en la cruz, como víctima de propiciación por nuestros pecados, es decir, por nuestra incapacidad de amar, de incluir, de romper fronteras y establecer vínculos… La cruz es la llave de entrada en esa vida de Dios que se ha hecho presente y accesible, y en la que podemos insertarnos al ver al Resucitado, al encontrarnos con Él allí donde se lo puede ver, al permanecer en Él como los sarmientos en la vid.

Todo el misterio de la salvación, de la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo se resume así en una propuesta de amistad y en una invitación a la alegría. Somos los amigos de Jesús si aceptamos la amistad que Él nos brinda; he aquí una alegría que trasciende las pequeñas alegrías de la vida, tantas veces empañadas por tristezas de todo tipo, porque en la amistad que Jesús nos ofrece tocamos la fuente de la vida y del amor, que es el mismo Dios.

Alegría y amistad son, por fin, la fuente de la verdadera libertad. No somos siervos de leyes abstractas que pesan sobre nosotros, por muy libres que nos queramos sentir haciendo lo que “nos da la gana”; pues, seamos sinceros, las “ganas” también tienen sus leyes que nos atan y nos esclavizan: sean las de nuestra fisiología, sean las de la manipulación propagandística. Pero nosotros no somos esclavos de un destino ciego marcados por nuestros instintos, o por la ironía de la historia: somos amigos del Hijo de Dios e hijos en el Hijo. Esto potencia y multiplica, en medio de nuestras muchas limitaciones, nuestras posibilidades de acción. Gracias a la libertad del amor podemos no someternos a los prejuicios ambientales, alzar la voz arriesgando en favor de la verdad y la justicia, perdonar a los que nos ofenden, y también tener la humildad de reconocer los propios pecados y pedir perdón por ellos; podemos, en definitiva, usar nuestra vida y sus posibilidades para dar con la libertad de la generosidad, y no para quitar. El amor es, más que un sentimiento, un modo de vida, fruto del don que hemos recibido de Cristo, y que se traduce en obras: guardar los mandamientos (como el mismo Cristo ha guardado los mandamientos de su Padre) es aceptar al que Dios nos ha enviado, permanecer en Él, tratar de vivir como Él vivió y de amar como Él amó: ofreciendo amistad y dando la vida.

Un modo de vida así es una aventura abierta, que depara sorpresas y abre horizontes inesperados. Los circuncisos que estaban con Pedro en casa del pagano Cornelio se extrañaron de que el don del Espíritu Santo se derramara sobre los gentiles. Ese es el género de sorpresas que depara el verdadero amor: apertura de fronteras, ampliación de horizontes, superación de barreras, la instauración de nuevos lazos de fraternidad entre aquellos que por razones nacionales, culturales o religiosas estaban separados o enemistados.

La Palabra de Dios nos invita hoy a examinarnos sobre los frutos del amor en nuestra vida. ¿A quién podríamos brindar nuestra amistad? ¿Qué “paganos” –según nuestros propios parámetros– pueden sorprendernos hablando en lenguas que nos descubren la novedad de Dios? ¿Qué porciones de mi vida –tiempo, conocimientos, comprensión, paciencia, capacidad de perdón, tal vez dinero– puedo dar todavía, aunque eso me implique alguna renuncia, una pequeña cruz?

La alegría colmada que nos promete Jesús no es la de una vida saciada por acumulación de bienes o de sensaciones (eso que se llama “vivir a tope”, y que nos acaba dejando vacíos, en cuanto nos topamos con nuestros propios límites). Ese género de felicidad es inestable y problemático, y en una gran parte no depende de nosotros: ahí no somos realmente libres. Jesús habla en cambio de esa plenitud de alegría que crece a medida que damos y que nos damos. Y eso sí que está en nuestras manos, independientemente de que tengamos mucho o poco. Porque de nosotros depende vivir con generosidad. Y la dignidad y la libertad que Jesús nos ha regalado al hacernos partícipes de la vida de Dios, que es el amor, constituyen la posibilidad más alta a la que el ser humano puede aspirar: ser amigos de Cristo, y llegar a ser en Él hijos de Dios.

José Maria Vegas, cmf.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10,25-26.34-35.44-48
El don del Espíritu Santo se ha derramado también sobre los gentiles
Cuando iba a entrar Pedro, salió Cornelio a su encuentro y se echó a sus pies a modo de homenaje, pero Pedro lo alzó, diciendo: «Levántate, que soy un hombre como tú.» Pedro tomó la palabra y dijo: «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.» Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban sus palabras. Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios, los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles. Pedro añadió: «¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?» Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se quedara unos días con ellos.

SALMO RESPONSORIAL
Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4.
R. El Señor revela a las naciones su salvación
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas;
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo.

El Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 4,7-10
Dios es amor
Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 15,9-17
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»