Homilía del 18.11.2018, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario (B): “El fin de los tiempos y los límites del mundo”

Santo evangelio según san Marcos 13,24-32
Reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: – «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán. Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte. Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.»

El fin de los tiempos y los límites del mundo

Como siempre al declinar del año litúrgico los textos nos ponen ante la espinosa cuestión del fin del mundo. Estos deberían venir acompañados de ciertos signos apocalípticos (guerras, inundaciones y terremotos), y como estos signos pueden encontrarse de un modo u otro en toda época histórica, siempre hay quien está dispuesto a señalar el fin del mundo en una próxima fecha. Pero ya nos dice Cristo que el día y la hora nadie la sabe, ni los ángeles del cielo y, ni siquiera, el Hijo, que, al participar plenamente de nuestra condición humana participa, al parecer, también de nuestro modo de relación con el futuro, que, es, en primer lugar, el desconocimiento. Una forma atenuada de aquellas tendencias apocalípticas es la que, sin aludir al fin temporal de nuestro mundo, se caracteriza por el pesimismo histórico sobre el presente: cualquier tiempo pasado fue mejor, que diría Jorge Manrique. Es interesante lo que a este respecto escribe San Agustín en uno de sus sermones, y que no ha perdido nada de actualidad:

“Todas las aflicciones y tribulaciones que nos sobrevienen pueden servirnos de advertencia y corrección a la vez. Pues nuestras mismas sagradas Escrituras no nos garantizan la paz, la seguridad y el descanso. Al contrario, el Evangelio nos habla de tribulaciones, apuros y escándalos; pero el que persevere hasta el final se salvará (Mc 13, 13). …

No protestéis, pues, queridos hermanos, como protestaron algunos de ellos –son palabras del Apóstol–, y perecieron víctimas de las serpientes (1 Cor 10, 9). ¿O es que ahora tenemos que sufrir desgracias tan extraordinarias que no las han sufrido, ni parecidas, nuestros antepasados? ¿O no nos damos cuenta, al sufrirlas, de que se diferencian muy poco de las suyas? Es verdad que encuentras hombres que protestan de los tiempos actuales y dicen que fueron mejores los de nuestros antepasados; pero esos mismos, si se les pudiera situar en los tiempos que añoran, también entonces protestarían. En realidad juzgas que esos tiempos pasados son buenos, porque no son los tuyos.”

La profunda verdad que enuncia San Agustín, con su característica frescura y agudeza, puede resumirse así: los males de nuestro tiempo son los peores de toda la historia, simplemente porque son los nuestros. Así podemos hacer verdad lo que dice el profeta Daniel: “serán tiempos difíciles, como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora.” Pues las dificultades y los problemas con las que tenemos que enfrentarnos nosotros, en nuestro tiempo, ya no son las dificultades y los problemas sabidos sin dolor y escritos en una página de la historia, sino que son los que nos duelen a nosotros.

De este modo, atendiendo a los signos del “fin del mundo” que experimentamos en nuestro tiempo, podemos reinterpretarlos así: no son tanto los signos del fin (temporal) del mundo (que ni sabemos cuándo será, ni lo podemos saber, ni, en consecuencia, debemos preocuparnos de ello), sino los signos y la expresión de los límites del mundo. Nuestra generación, como dice Jesús, es aquella en la que “todo esto se cumple”, vivimos realmente “los últimos tiempos”, porque vivimos en contacto permanente con los límites del mundo, chocando de continuo con las fronteras de esta limitación: física –dolores y oposiciones–, temporal –la muerte ajena y la certeza de la propia–, moral –los muchos rostros del mal responsable, a causa de la voluntad humana. Estos límites, que nos aprietan y estrechan por doquier, hablan del carácter pasajero y efímero de numerosas dimensiones y aspectos del mundo y de la vida humana. Son dimensiones necesarias, pero no definitivas: la salud y la belleza física; el bienestar material; la fama; el placer… No podemos no prestarles atención y, en una u otra medida, debemos dedicarles nuestros esfuerzos. Pero no podemos ni debemos entregarles nuestro corazón, ni consagrar a ellos en exclusiva nuestra vida. Pues son parte de esos “cielo y tierra que pasarán”; y si son esos los únicos bienes a los que aspiramos, nos contagiamos inevitablemente de su carácter efímero y pasajero. Pero el ser humano, por su corazón y su espíritu, está abierto a otros bienes y otras dimensiones, a otros valores, llamados a perdurar para siempre. ¿Cómo, de otra manera, podría explicarse que, en ocasiones, el hombre esté dispuesto a entregar la vida antes que renunciar a su dignidad, o a renunciar a su felicidad material con tal de no traicionar el valor de la justicia, o de la verdad? No somos saquitos genéticos de supervivencia biológica (individual o colectiva, poco importa), sino personas dotadas de una dignidad que es un destello de lo divino en nosotros. Por eso hemos de aspirar a los bienes que, como la Palabra de Jesús, no pasarán y que son los que nos salvan.

Así que nuestros tiempos no son sólo “tiempos atroces” (como llamaba a los suyos Ortega y Gasset), sino también tiempo de salvación: “Entonces se salvará tu pueblo”, nos dice de nuevo el profeta.

Ahora bien, al hablar de salvación, y tras leer la profecía del Daniel, un escalofrío puede recorrernos la espalda. Ese libro en el que están inscritos los que se han de salvar, ¿no habla, acaso, de Predestinación, esto es, de una inescrutable voluntad de Dios (el único que sabe no sólo la hora, sino también el quién) que determina los nombres de los salvados y de los condenados? Si al hablar del Dios, Padre de Jesucristo, es posible mencionar en algún sentido la Predestinación, ha de hacerse en un sentido muy preciso: Dios nos ha predestinado a todos a ser hijos por medio de Jesucristo (Ef 1, 5), puesto que Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tit 2, 4). Pero Dios, que nos ha hecho libres y, por tanto, no puede querer por nosotros, necesita del concurso de nuestra libertad para darnos esa plena filiación. Es decir, que el libro de los inscritos no es un volumen arcano y escondido, inaccesible al ser humano; sino un libro abierto y a disposición de quien quiera, al que cada uno puede acercarse a inscribirse libremente. Ese libro abierto es Cristo, con los brazos abiertos en la cruz, que así “ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio, y que está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies.” Pero ese tiempo de la espera (cuyo final desconocemos, pero que cuyo límite temporal es para cada uno el momento de la propia muerte) no es un tiempo de acusación ni de ira, sino un tiempo de llamada a inscribirse en el libro, un tiempo de misericordia y perdón, pues Jesús “con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a lo que van siendo consagrados. Donde hay perdón, no hay ofrenda por los pecados.”

Conocer a Cristo, por otra parte, significa no sólo saber que podemos libremente apuntarnos en el libro de la vida, sino hacernos además como esos sabios que brillan en medio de la oscuridad y que enseñan a muchos la justicia misericordiosa de Dios, manifestada en la Cruz de Jesucristo, avisando a todos que también para ellos está abierto y disponible el libro de la salvación.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 11.11.2018, Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (B): “El gran valor de lo pequeño”

Santo evangelio según san Marcos 12, 38-44
Esa pobre viuda ha echado más que nadie

En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: – «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.» Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

El gran valor de lo pequeño

 Siempre he pensado que el libro Guiness de los récords merecería constar en ese mismo libro, porque constituye, él mismo, un verdadero récord, el de la vacuidad (por no decir, el de la estupidez). Este libro es un monumento al culto de la magnitud, del tamaño, que hace de la cantidad la medida de la calidad. La cantidad, la magnitud y el tamaño, desde luego, se imponen a la mirada. Para aquellos, que, como los escribas en el Evangelio de hoy, lo importante es hacerse notar, que los vean y reverencien, la cultura del récord es, sin duda, idónea, sobre todo, si no tienen otra cosa que mostrar que le mera apariencia externa (en este caso, religiosa). Para esta mentalidad y este modo de vida, en el que lo importante es el continente y no el contenido, si no te ven y reconocen es como si no existieras, aunque sea altamente probable que esa existencia esté vacía por dentro. Porque, por poner un ejemplo chusco, ¿qué interés puede haber en hacer la tortilla más grande del mundo (excepto el de que te inscriban en el dichoso libro), si luego resulta que esa tortilla no es la más rica del mundo, que es lo que, hablando de tortillas, realmente interesa?

Esta obsesión por ser los primeros y los más grandes revela, al fin y al cabo, nuestra propia vacuidad, es decir, la pérdida del sentido de lo que realmente vale. Y es que lo que vale de veras no se puede medir cuantitativamente. Y medir la calidad, por más que tal vez sea posible, es bastante más difícil. La tortilla más rica del mundo es la que le hace la madre a su hijo, y sólo él, al comérsela, es capaz de captar ese valor que no admite cuantificación.

Con lo que estamos diciendo tampoco queremos ensalzar las perspectivas mediocres, las aspiraciones de cortos vuelos, denigrando así el valor de la excelencia. Pero es que la excelencia no está ligada necesariamente a la magnitud y a la capacidad de atraer la atención de muchos, sino a la autenticidad. En el Evangelio de hoy Jesús llama, precisamente, a la autenticidad, que poco tiene que ver con el deseo de sobresalir y hacerse la propaganda (incluso, con buenas obras, por ejemplo, echando mucho dinero en el cepillo del templo, pero cuidándose bien de que se note).

En realidad, no importa mucho ser grande y famoso, ocupar cargos muy importantes y estar en el candelero público, cualquiera que sea el ámbito de actividad del que se trate (la política o la economía, el deporte o el arte, la religión o la ciencia). Estar en la cumbre, al final, es algo no sólo accesorio, sino con frecuencia también casual y dependiente de factores que escapan a nuestro control. ¡Cuántas veces son meras combinaciones de circunstancias las que encumbran al mediocre o al incompetente! Pero, incluso el que está en la cumbre de cualquier ámbito de la vida humana por méritos propios, por su propia excelencia, no puede olvidar que hay cumbre porque hay una base y todo un cuerpo de la montaña, sin los que él mismo no sería nada.

Así que lo importante no es dónde está uno y si llega o no a ser famoso: todo eso es polvo que se lleva el viento. No importa ser un político reconocido, o un gran médico, o un artista, o científico, o deportista de fama, sino ser un auténtico político, ocupado del bien común (como un sencillo alcalde de aldea), un verdadero médico, entregado a la salud de sus pacientes, un auténtico artista o científico o deportista, consagrado de corazón a la propia actividad. Es decir, lo importante es hacer cosas buenas y hacerlas bien, con el corazón, con convicción y autenticidad. La obra bien hecha, esto es, hecha en conciencia, por convicción y con generosidad, lleva en sí misma su propio premio y es independiente de que obtenga o no el reconocimiento social. Si éste viene, bienvenido sea, pero no depende de él el que nos dediquemos a la obra buena y perseveremos en ella. Y es que la vida humana está hecha en su mayor parte de hechos y situaciones menudas, aparentemente insignificantes, pero en las que vamos hilando, para bien o para mal, la trama de nuestra existencia. Es en la fidelidad de lo pequeño, como nos recuerda Jesús en otros momentos (cf. Mt 25, 21-23), en donde se deciden las grandes fidelidades.

Los maestros escultores medievales tallaban con todo detalle primorosas estatuas para los pináculos de las catedrales góticas, que nadie iba a poder disfrutar. Pero lo hacían movidos por el amor a la obra bien hecha y, sobre todo, por amor al Dios al que consagraban su arte. Creían en Dios y creían en lo que hacían.

Y es que la fidelidad en lo menudo, como hacer bien las cosas que hacemos, incluso las más aparentemente insignificantes, es también una cuestión de fe, esto es, de confianza.

Esa fe es lo que se descubre en la viuda de Sarepta, que, fiada de la palabra del profeta, es capaz de compartir lo poquísimo que tiene con el forastero que le solicita ayuda. Y es esa misma fe la que mueve a la pobre viuda del Evangelio de hoy, que al dar limosna, bien insignificante en cantidad, lo da todo, esto es, se da ella misma, y, además y al menos de momento, sin recibir nada a cambio (a diferencia de la viuda de Sarepta). Para la pobre viuda del evangelio “la orza de harina y la alcuza de aceite que no se agotan” son ese tesoro en el cielo, que ni la polilla ni el óxido corroen y que nadie te puede robar (cf. Mt 6,20)

Los dos reales de su limosna simbolizan, tal vez, que lo decisivo y auténtico de la vida no se decide, la mayoría de las veces, en grandes acciones, sino en los pequeños detalles de cada día. Son ellos los que ponen a prueba la autenticidad de nuestra vida y los que nos preparan para los grandes momentos, si es que llegan. No podemos descuidar el detalle de que esta pobre viuda dio sus dos reales al tesoro del templo. Para nosotros el templo es el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Y esto significa aquí, además de la ayuda material que podemos y debemos realizar para el sostenimiento de nuestra Iglesia, que nuestra aportación a la construcción del cuerpo de Cristo es esencial, por muy pequeña que pueda parecernos: es esencial porque es la nuestra, y lo que nosotros podemos aportar, en dinero, en tiempo, en dedicación, podemos darlo sólo nosotros; y su posible insignificancia lo es sólo a los ojos de quienes todo lo miden sólo en términos de cantidad o de relumbrón, pero no para los ojos capaces de descubrir la autenticidad del corazón, la capacidad de entregarse a Dios y a los hermanos.

Es ese corazón auténtico lo que ve Dios con los ojos humanos de Jesús. Jesús sabe ver bien esa autenticidad de la entrega, porque de entregarse hasta el final sabía un rato, como nos recuerda hoy el autor de la Carta a los Hebreos.

En conclusión, podríamos extraer de las lecturas de hoy tres lecciones principales: 1) Como la viuda de Sarepta, ser generosos incluso en la necesidad, gracias a la fe/confianza en la palabra profética que Dios nos dirige de tantas maneras, pero especialmente por medio de su Palabra, proclamada y escuchada en la liturgia de la Iglesia. 2) Como la pobre viuda del Evangelio, ser capaces de darnos del todo en aquello que hacemos y a aquellos con los que y por los que vivimos. Y hacerlo en los pequeños detalles (los aparentemente insignificantes dos reales) de cada día. 3) Sin dejarnos cegar por el culto a lo grandioso (que puede ser sólo grandilocuente), tener, como Jesús, ojos para ver (reconocer, señalar, agradecer) esos pequeños detalles de autenticidad en los demás, ojos para la grandeza que se manifiesta en lo pequeño.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 4.11.2018, Domingo XXXI del Tiempo Ordinario (B): “El mandamiento primero de todos”

Santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34
No estás lejos del reino de Dios

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” No hay mandamiento mayor que éstos.» El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

El mandamiento primero de todos

 ¿Por qué preguntó el escriba a Jesús por el mandamiento principal, el primero de todos? No podía ser por ignorancia, puesto que era un especialista en la ley. Mateo y Lucas, en los pasajes paralelos, aluden a la mala intención de la pregunta: “para ponerlo a prueba” dice Mateo (Mt 22, 35); “para tentarlo”, indica Lucas (Lc 10, 25). Marcos, en cambio, no le atribuye ningún motivo torcido. Posiblemente, con buena o mala intención, el planteamiento de la pregunta era eminentemente técnico: ante la maraña de mandamientos (248) y prohibiciones (365) en que se había convertido la Ley de Moisés, es normal que hubiera numerosos casos de conflicto entre muchas de esas normas, y hubiera que establecer criterios de prioridad; y es altamente probable que hubiera también diversas escuelas en la interpretación y resolución de esos casos. Ya que Marcos no indica otra cosa, podemos suponer que el escriba pregunta con sinceridad, motivado tal vez por el prestigio del joven rabino de Nazaret, y con la curiosidad añadida de saber en qué corriente rabínica se situaba.

Pero Jesús no responde de manera técnica. Su respuesta tiene el carácter de una revelación, que suena con la autoridad procedente del mismo Dios: “Escucha, Israel”. El mandamiento principal, el primero de todos, no consiste en hacer o dejar de hacer, sino en escuchar lo que Dios nos dice. El primer mandamiento es estar abiertos, acoger, creer, fiarse del único Dios, y no permitir que nada ni nadie ocupe ese puesto único, que a nada ni a nadie le prestemos la atención que debemos prestarle a Dios en exclusiva. Sólo después, una vez que nos hemos abierto a la escucha de la Palabra que nos salva, podemos responder con amor al amor, amarlo con todo el corazón, con todo el alma, con toda la mente, con todo el propio ser.

Pero la respuesta de Jesús no se para ahí, sino que va más allá. En un interesante “dos por uno”, Jesús añade un segundo mandamiento, extendiendo la respuesta a la relación debida con los demás seres humanos. Esta ampliación depende de la revelación primera. El Dios del que habla Jesús es el Dios único, sí, que no permite que nadie ocupe su puesto, pero no es un Dios solitario, aislado, “ególatra”, celoso de un amor exclusivo que no quiere compartir con nadie. Al revés, el amor al Dios único lleva necesariamente al amor a los hombres, imágenes vivas del Dios, que nos ha mostrado la disposición y la voluntad de comunión compartiendo nuestra humanidad por medio de su Hijo, el Sumo sacerdote compasivo y fiel, que ha realizado el sacrificio definitivo, ofreciéndose a sí mismo, dando su vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Y es que el Dios del que habla Jesús es el Dios amigo de la vida (cf. Sab 1, 13-14), que convierte en amigos suyos a los hombres que escuchan su Palabra (cf. Jn 15, 14).

En el amor a Dios y al prójimo resume Jesús toda la ley y los profetas, yendo a su corazón y dejando atrás la maraña de disposiciones legales que ahogaban a los judíos. Pero es curioso que esta “nueva Ley del Evangelio” se exprese por medio de dos citas del Antiguo Testamento: el célebre “Shemá Israel”, “escucha Israel” (Ex 6, 4), que todo judío piadoso debía recitar tres veces al día; y un texto del Levítico (Lv 19, 18) en el que se resumen una serie de deberes para con el propio pueblo en el mandato de amar al cercano (al familiar y al connacional). ¿Cómo es posible expresar la novedad radical del evangelio remitiéndose a la antigua ley? Lo es porque Jesús nos ofrece una nueva imagen de Dios y, en consecuencia, una nueva manera de entender quién es nuestro prójimo. El Dios del que habla Jesús no es el innombrable del Antiguo Testamento, sino su Padre. También Jesús ha vivido su particular “Shemá”, ha escuchado del Padre las palabras clave que dan sentido a toda su vida: “Tú eres mi hijo amado” (Mc 1, 11). Y Jesús, el Hijo de Dios y el hijo del Hombre, nos hace partícipes de la paternidad de Dios, de su propia filiación. En ser en Cristo los hijos amados de Dios encontramos el fundamento del amor a sí: somos amados de Dios, luego no podemos despreciarnos, sino que tenemos que reconocer agradecidos nuestro propio valor y amarnos a nosotros mismos; y aquí encontramos la medida del amor al prójimo. Por fin, si Dios es el Padre de todos, el prójimo al que hay que amar ya no es sólo el cercano, el familiar, el miembro del propio pueblo, sino que todo ser humano se convierte en próximo, hermano nuestro y objeto de nuestro amor.

Que el escriba que dirige la pregunta lo hizo con buena voluntad parece confirmarlo la reacción ante la respuesta de Jesús. Da toda la impresión de que ha descubierto de repente la fuerza de la revelación contenida en unos textos que conocía muy bien y había recitado miles de veces, pero cuyo contenido le había estado velado hasta ahora. Realmente es así, los textos y las palabras del Antiguo Testamento no adquieren toda su fuerza y profundidad hasta que Jesús nos da la plena interpretación de los mismos. Sólo a la luz de Jesucristo nos resulta patente lo que hasta Él estaba sólo latente. Y el escriba expresa con entusiasmo (“¡muy bien, Maestro!”) la sorpresa de haber comprendido lo obvio, gracias a la luz recibida de la Palabra encarnada, y que hasta entonces los múltiples prescripciones legales le habían impedido entender. Fue entonces, al escuchar a Jesús con un corazón abierto, cuando por vez primera cumplió en su vida el primero de todos los mandamientos: “¡Escucha!” Y sólo entonces pudo entender quién es verdaderamente Dios, y quién el prójimo, y cómo debemos relacionarnos con ellos. En ese momento se hizo verdad para él el núcleo de la predicación de Jesús: “el Reino de Dios está cerca” (Mc 1, 15), “no estás lejos del reino de Dios”.

Se entiende que después de esto nadie hiciera ya más preguntas: una vez hemos escuchado y acogido la Palabra (al mismo Cristo), sólo queda poner en práctica lo que Él nos ha revelado, es la hora de amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a sí mismo.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 28.10.2018, Domingo XXX del Tiempo Ordinario (B): “Maestro, que pueda ver”

Santo evangelio según san Marcos 10,46-52
Maestro, haz que pueda ver

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: – «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.» Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: – «Hijo de David, ten compasión de mí.» Jesús se detuvo y dijo: – «Llamadlo.» Llamaron al ciego, diciéndole: – «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: – «¿Qué quieres que haga por ti?» El ciego le contestó: – «Maestro, que pueda ver.» Jesús le dijo: – «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

“Maestro, que pueda ver”

He aquí una típica situación de marginación: al borde del camino se encuentra un hombre que, por ser ciego, es pobre y dependiente y, a diferencia de los demás, no puede caminar por sí mismo. La marginación de cualquier tipo es un fenómeno siempre incómodo. Y no sólo para quien la sufre, sino también para los demás, para los “normales” que pasan de largo por el camino mirando hacia otra parte. Los marginados de cualquier tipo, gritan y molestan. Imploran ayuda y nos ponen en cuestión. El propio confort y seguridad se hacen molestos ante el rostro inquietante de la marginación. Una forma de esquivar esta incomodidad es hacerse sordo a sus gritos, hacerlos callar, como hacían “muchos” de los que caminaban alrededor de Jesús, que trataban de que, además de ciego, el pobre se volviera mudo. Una forma de acallar esos gritos es, por ejemplo, convertirlos en “un problema” abstracto, anónimo, sin nombre y sin rostro.

El primer detalle significativo del Evangelio de hoy es que, a diferencia de lo que sucede en otros pasajes de curación, aquí se nos dice lo que parece un nombre, Bartimeo, aunque, en realidad es una indicación de su procedencia: es el hijo de Timeo. Esto revela su falta de autonomía, su dependencia, la carencia de una identidad propia. En todo caso, aunque sea así, se nos habla de alguien concreto, con una historia y unas relaciones, con sentimientos, deseos y esperanzas, frustrados precisamente por su situación de marginación. Es normal que gritara en cuanto percibiera la más mínima esperanza de curación.

Desde Jericó Jesús se prepara para subir a Jerusalén, donde consumará su destino mesiánico. La salvación está cerca. El ciego sentado al margen del camino, sabiendo que pasaba Jesús de Nazaret, implora piedad al tiempo que lo confiesa como el Mesías, “Hijo de David”.

Jesús no percibe en el grito del ciego la molestia que ocasiona la marginación, sino la angustia y el sufrimiento de la persona concreta. El sufrimiento, de hecho, no le es ajeno en absoluto, lo conoce en primera persona pues por su encarnación “está él mismo envuelto en debilidades”, y puede compadecerse de los que sufren. Es la vía del sufrimiento hasta la muerte la que realiza su realeza, su filiación davídica, su mesianismo. Así que, a diferencia de los demás, Jesús se detiene, y llama al ciego, y entabla con él un diálogo, se abre a sus necesidades y se dispone a escuchar sus deseos. Es interesante que le pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?», como si no fuera evidente. Pero es que a la hora de acoger y ayudar es importante (tal vez, lo más importante) dejar que la persona se exprese y pueda exponer sus necesidades y deseos. A veces la ayuda social puede hacerse de manera profesional y especializada: “sabemos” mejor que el necesitado lo que necesita, y  podemos hacer de él “objeto” de una caridad burocratizada, que no da lugar al encuentro personal, al diálogo con la persona, a que ésta pueda ejercitar el mínimo de autonomía de que todavía disfruta: siquiera decirnos su nombre (“no soy sólo un ciego, sino yo, Bartimeo”), exponer su necesidad y su pobreza, expresar sus deseos y manifestar sus sueños. Hay formas de ejercer la “caridad” que pueden ser modos encubiertos de hacer callar el grito de los marginados. Jesús, como vemos hoy, actúa de otra manera: oye el grito, llama, escucha, deja al otro ser sí mismo, y sólo desde ahí actúa curando.

Sanar la marginación no significa necesariamente hacer milagros, ni siquiera resolver problemas. No siempre está en nuestras manos, desde luego, lo primero, ni tampoco siempre lo segundo. Pero sí que podemos escuchar, acoger, respetar al otro en su idiosincrasia y en su concreción, reconocerlo como persona dotado de esa mínima pero fundamental autonomía que consiste en expresarse, en decirnos su nombre, su procedencia, sus deseos, sus esperanzas y, por tanto, también su fe.

No ser sordos a este grito y este clamor es una primera forma de curar la ceguera, la causa de la marginación. Jesús, que atribuye la curación de Bartimeo a su propia fe, tal vez nos esté diciendo justamente que para superar la marginacion hay que prestar atención y ayuda, pero también dejar al otro poner su parte y ejercer su margen de autonomía, por pequeña que esta sea.

El milagro que Jesús ha obrado con la cooperación de la fe del ciego no consiste sólo en la recuperación física de la vista, sino también en el hecho de que Bartimeo abandona su situación de marginación y se integra al camino por el que marchaban todos, y lo hace además en el seguimiento de Jesús: “lo seguía por el camino”. Descubrimos que la llamada de Jesús, guiada por la compasión, era además una llamada al seguimiento. Responder a la llamada exige fe y también generosidad. Como los primeros apóstoles dejaron sus redes, Bartimeo, para responder a la llamada, dejó su escasa riqueza, su manto, que era su casa y su abrigo. En Bartimeo vemos la respuesta a las dificultades del seguimiento, que vimos las semanas anteriores: las exigencias en relación con el matrimonio (y el celibato), con el uso de las riquezas y en relación al poder, se pueden superar si nos dejamos curar por Jesús: la alegría de la curación da fuerzas para seguirle de modo espontáneo y alegre.

Cada uno de nosotros puede reconocerse en el ciego Bartimeo. Todos tenemos nuestras cegueras, nuestras limitaciones (físicas, intelectuales, psicológicas, morales), nuestras dependencias, que nos marginan de un modo u otro. Podemos conformarnos con resignación e imponernos silencio a nosotros mismos. Pero Jesús pasa a nuestro lado y tenemos que tener el valor de dirigirnos a él, de gritarle nuestra necesidad. Quién sabe la cantidad de “curaciones” que nos hemos perdido en nuestra vida por no haber sido capaces (por temor a las reacciones de los demás, o por parálisis interior, o por orgullo o pereza…) de dirigirnos a Cristo con fe. Bartimeo nos invita hoy a orar con insistencia, a acudir a Jesús y gritarle nuestra necesidad, a no conformarnos con nuestras cegueras, nuestros horizontes estrechos y limitados. Jesús nos escucha, nos deja hablar y expresarnos: ¿por qué perder la oportunidad de abrir ante él, sin temor, con confianza, esto es, con fe, nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras esperanzas, para que él, escuchándonos, nos ponga en pie y nos cure, dándonos la oportunidad de caminar por nosotros mismos y en su seguimiento?

Si sentimos que, de un modo u otro, Jesús ya nos ha tocado y curado, si estamos ya en camino, Bartimeo nos invita a examinar la calidad de nuestro seguimiento. Puede ser que, como los apóstoles en estos últimos domingos, seamos todavía ciegos para ciertos aspectos del mensaje evangélico. Vivir en el seguimiento de Jesús significa haber sido curado de la ceguera que nos impide caminar con libertad, pero también de las sorderas que nos impiden escuchar los gritos de los que todavía se sientan al borde del camino y nos importunan pidiendo ayuda. Ser seguidor de Jesús implica estar dispuesto a pararse, a acoger, a escuchar, a ayudar en la medida de nuestras posibilidades (unas veces personalmente, otras, junto con otros, uniendo fuerzas en organizaciones adecuadas). Es un género de ayuda que auna, por otro lado, acción social y anuncio del evangelio, solicitud por la necesidad y llamada a la fe y al seguimiento. Se trata de dos dimensiones inseparables pero autónomas en cierto sentido. La ayuda es incondicional: su motivación no puede ser otra que el sufrimiento ajeno. Pero, por ser una ayuda realizada por y desde el seguimiento de Cristo, no puede no remitir, desde el pleno respeto a la libertad y la autonomía ajena,  a la fuente de la que brota nuestra capacidad de acogida y ayuda.

A este respecto, hay otra forma de marginación que podemos entrever en el evangelio de hoy. La dimensión religiosa está cada vez más ausente de los modos de vida y de pensamiento del mundo en el que vivimos, que se ha hecho en gran medida ciego para la fe y se va situando al margen de la experiencia cristiana. Pero también esta forma de marginación y de ceguera grita de múltiples formas. También a estos gritos tenemos los creyentes que prestar atención, escuchándolos y tratando de darles una respuesta respetuosa y firme. Hay formas de necesidad y de ceguera a los que sólo la fe en el Dios Padre de Jesucristo puede responder. Los que tenemos fe debemos reconocer sin complejos que somos ricos de una riqueza que no es nuestra y que hemos de compartir, somos depositarios de una luz que quiere iluminar a todos. Por medio del testimonio de fe, que se expresa en el amor y en la atención a las necesidades ajenas, Jesús mismo quiere hacerse cercano también a esta forma de marginación y, dirigiéndose a cada uno, preguntarle con solicitud: «¿Qué quieres que haga por ti?»

José María Vegas, cmf.

Homilía del 21.10.2018, Domingo XXIX del Tiempo Ordinario (B): “No será así entre vosotros”

Santo evangelio según san Marcos 10, 35-45
El Hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.»
Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?»
Contestaron: 
«Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.»
Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?»
Contestaron: «Lo somos.»
Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.»
Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santia­go y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sir­van, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.»

No será así entre vosotros

En estos domingos pasados hemos visto cómo los propios discípulos de Jesús expresan su extrañeza, incluso su oposición, al modo en que Jesús entiende y propone las relaciones conyugales, y la relación con la riqueza. En este domingo sucede algo similar con la cuestión del poder. La sexualidad, la posesión material y el poder social marcan tres direcciones fundamentales del espíritu humano y son, además, expresión del carácter menesteroso, de las necesidades básicas del hombre; pero también pueden ser el lugar en el que el ser humano se entrega con generosidad, lo que quiere decir, con renuncia. Jesús con su palabra y con el ejemplo de su vida quiere enseñarnos a hacer de esas dimensiones lugares de aparición del Reino de Dios. También en el ámbito de las relaciones conyugales, en el trato con los bienes económicos y en el de la autoridad social debe realizarse la segunda petición del Padrenuestro: “venga a nosotros tu Reino”.

Hoy tenemos que centrarnos en la realidad del poder y la autoridad. Y la cuestión es “servir” o “servirse”. La diferencia en la conjugación es mínima, una pequeña partícula reflexiva, pero ese mínimo matiz es capaz de cambiar el sentido entero de una vida.

En realidad, la tensión entre servir y servirse es inevitable en todos los ámbitos de la vida: en la familia, en el trabajo, en la sociedad y en la política, también, claro, en la religión y en la iglesia. Aunque tensión no significa necesariamente contradicción. Si estamos tan inclinados a servirnos es porque, como hemos dicho, somos menesterosos y tenemos muchas necesidades. Hasta en el amor, del que los griegos (hablando de Eros) decían que era hijo de “Poros” (abundancia) y “Penía” (pobreza), necesitamos recibir además de dar. Esto significa que la tensión se puede resolver solamente mediante el equilibrio de las dos dimensiones. Sin embargo, en cada ámbito de vida y actividad humana ese equilibrio se realiza de un modo parcialmente diverso. Pongamos como ejemplos la política y la religión (expresamente, la cristiana). Aunque concibamos la política como una actividad al servicio del bien común (una forma superior de ética, consideraban de nuevo los griegos), lo cierto es que un político que carezca de ambición está condenado al fracaso. En la política la voluntad de servir, imprescindible para que esa actividad no degenere en mero oficio de truhanes, tiene que ir acompañada de una cierta sed de poder. Sin ella, no podrá el político abrirse camino en ese mundo ni, por tanto, llegar a servir a la sociedad. Aquí, el equilibrio de las dos dimensiones es imprescindible para evitar tanto la corrupción como la ineficacia.

¿Puede decirse que sucede lo mismo en el campo de la experiencia religiosa o, más exactamente, cristiana? Creo que no, por un pequeño pero fundamental detalle. A diferencia de la política y otras ocupaciones, fruto de elección personal, en la vida de fe es Dios quien toma la iniciativa, es Cristo el que nos llama y elige: “No me habéis elegido vosotros, sino que yo os he elegido” (Jn 15, 16); “llamó a los que quiso” (Mc 3, 13). Y es esa misma llamada la que marca el sentido de la elección, que, evidentemente, no está en la línea del “servirse”, sino de la de servir.

Si esto es así, ¿cómo entender, entonces, la petición de los hermanos, hijos del Zebedeo? Ya hemos ido viendo cómo los discípulos de Jesús, incluso los más cercanos, entendieron el sentido de su mesianismo sólo de manera progresiva. Es natural que al principio, al reconocer en Jesús de Nazaret al Mesías prometido, le aplicaran los esquemas de compresión comunes a su tiempo: un mesianismo político que libraría a Israel de la opresión romana y restauraría el antiguo esplendor de la monarquía davídica. Es fácil comprender, que una interpretación político-religiosa de la figura de Jesús podía muy bien suscitar expectativas ligadas a cargos, prebendas y privilegios. Pero, más allá de las circunstancias históricas de entonces, que requirieron la paciente pedagogía de Jesús sobre el sentido de su mesianismo, es claro que la tentación del poder (del servirse) asoma en cualquier situación y en cualquier época. También hoy puede suceder y puede sucedernos. En la Iglesia y en cualquier vocación cristiana podemos sentir la tentación de servirnos de nuestra posición en beneficio propio. Como en el caso de los hijos de Zebedeo, no está dicho que nuestras motivaciones sean desde el principio totalmente puras y claras. El sacerdote puede ambicionar un cargo eclesiástico (ser párroco, o monseñor, u obispo…), el religioso puede desear con vehemencia que le nombren superior, el laico de la parroquia puede aspirar a ocupar un cargo de responsabilidad, o simplemente buscar reconocimiento público. Cuántas personas se mueven alrededor de grupos o estructuras cristianas buscando cosas distintas del seguimiento de Cristo y la entrega a los demás: buscan amigos, o ayuda material, o alguna forma de promoción, o incluso la oportunidad de viajar al extranjero…

El caso es que lo que nos narra el evangelio de hoy nos dice que no debemos ser en exceso puritanos, ni llevarnos las manos a la cabeza. Jesús no llama a puros, sino a pecadores, precisamente nos llama a nosotros. Y Él sabe que nuestras motivaciones no son impolutas. Justamente el hecho de ser Él el que nos llama nos debe dar confianza: él es un Mesías (un sumo sacerdote) capaz de compadecerse de nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado; él es un Maestro que nos va enseñando con paciencia a través de las circunstancias de la vida. Las ambiciones de los dos hermanos, que suscitan la ira de los demás (posiblemente, por el simple hecho de que tenían aspiraciones similares), le dan pie a Jesús para enseñarles y hacerles avanzar en la compresión del verdadero sentido de su mesianismo y, en consecuencia, del discipulado. Y lo mismo hace hoy con nosotros y con nuestras motivaciones ambiguas. Lo importante es estar abiertos a la enseñanza viva de Jesús, atentos a sus palabras y en actitud de seguimiento. Porque esa es la cuestión: estamos en camino. No seremos perfectos, pero estamos abiertos y en movimiento. Y entonces Jesús no nos reprocha por nuestros defectos y nuestras ambiciones, sino que nos enseña, y nos ayuda a comprender y a crecer.

La respuesta a Santiago y a Juan a la pregunta de Cristo es altamente significativa: la disposición a aceptar el bautismo y el cáliz de la eucaristía. Es claro que no se trata sólo de los ritos sacramentales, sino de lo que ellos significan: la participación real, existencial, en la Pasión de Cristo. Estamos bautizados, pero el bautismo es el comienzo de un camino, en el que somos alimentados por la Eucaristía, que se nos invita a repetir (al menos) semanalmente precisamente porque estamos llamados a progresar en el conocimiento, la compresión y la participación viva en el misterio insondable de Cristo. Si estamos dispuestos, aun cuando, como en el caso de los dos hermanos en su respuesta, no sepamos hasta el final lo que esto significa, entonces nuestras motivaciones se irán purificando progresivamente, y se nos dará sin duda el lugar que nos corresponde en la Iglesia y en el Reino de Dios, para servir en ella a Dios y a Cristo en los hermanos. Aquí rige una lógica nueva y distinta: no es la lógica del poder, sino la de la entrega. Es una grandeza de otro tipo, que no consiste en el boato externo y en los privilegios que comporta, sino en la libertad interior y en la dignidad del servicio.

No es fácil aceptar el camino de la Cruz, pero este es el único camino de seguimiento de Cristo. Y tampoco es tan difícil emprenderlo y encaminarse por él, si nos vamos ejercitando paso a paso en el servicio cotidiano, en la atención a las pequeñas necesidades de los que nos rodean. Así, en el día a día iremos realizando (haciendo real) lo que significa nuestro bautismo, bebiendo del cáliz eucarístico, haciendo nuestra no sólo la doctrina, sino también la vida de Aquel que nos ha justificado cargando con nuestros crímenes, que  ha venido no para ser servido, sino para servir y dar la vida en rescate por todos.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 14.10.2018, Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (B): “La verdadera riqueza”

Santo evangelio según san Marcos 10, 17-30
Vende lo que tienes y sígueme

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.» Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.» Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme.» A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!» Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.» Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» Jesús se les quedó mirando, y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.» Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.»

La verdadera riqueza

Cuentan que un hombre era tan pobre, que sólo tenía dinero. Si perdía su único bien, se quedaba sin nada. Las crisis económicas refrescan esta sencilla verdad. De repente nos damos cuenta de lo pobres que somos si fiamos todos nuestros valores a la volátil economía. Las crisis económicas son la envoltura de otra más profunda, que afecta a nuestra escala de valores, al sentido de la existencia. Salir de la crisis no puede significar sólo estabilizar la economía, sino también y, sobre todo, rehacer nuestras prioridades. Hay valores necesarios, que nos ayudan a sobrevivir: los medios de subsistencia; y hay valores esenciales que nos permiten vivir con sentido y nos salvan.

¿En qué consiste la verdadera riqueza? ¿Qué bienes hacen que nuestra vida no se malogre? ¿Qué hemos de hacer para heredar la vida eterna? El joven rico es, ante todo, un joven, alguien que tiene la vida por delante y busca su vocación, es decir, una vida con sentido y plena. Su pregunta es esencial, pues nuestra vida se puede malograr. Ha elegido como interlocutor al Maestro bueno, que sabe e irradia bondad. La verdad que procede de Dios no es una idea abstracta, ni un conjunto de deberes desnudos, sino una verdad amable, cordial y amiga, encarnada en la persona de Jesús, con la que se puede dialogar y preguntar, buscar orientación y sentido. Gracias a la encarnación, las respuestas que podemos obtener en diálogo con Cristo no son estándar, producidas en serie para la masa anónima, sino que tienen el sello personal del que responde (Jesús) pero también del que pregunta (el joven rico, cada uno). Y así ha de ser también el magisterio de la Iglesia, que tiene que tratar de ser siempre una maestra buena al anunciar la verdad recibida de Dios. La bondad de ese magisterio debe reflejarse en el rostro amable los que transmiten el Evangelio: sacerdotes, religiosos, catequistas, seglares, todos los creyentes deberíamos tratar de ser el rostro bondadoso que traduce la verdad que salva. Lo que no está reñido con su carácter exigente, como vemos hoy.

Sin rechazar el título de maestro bueno, Jesús recuerda que la fuente de la bondad es la paternidad de Dios. Él no está lejos de nosotros, por eso le dice al joven que sabe ya la respuesta: los mandamientos. Por mucho que se insista en el relativismo, al final están las verdades del barquero, a las que se aferra hasta el más cínico y el más escéptico. Podemos discutir todas las normas, pero nadie quiere que le maten, le engañen, le roben, le difamen o que le mienten a sus padres… Y en ese “no querer” se esconde el deseo de ser respetado, reconocido y amado. En esto tan sencillo, se revelan verdades elementales sobre las que se levantan la vida humana y las relaciones sociales. Y lo que no queremos para nosotros no debemos hacérselo a los demás (cf. Tb 4, 15; Mt 7, 12). Mirándonos a nosotros mismos (“ya sabes…”) podemos entender con facilidad qué es lo que debemos hacer (“…los mandamientos”). Atenerse a ellos no será siempre tan fácil, pero ahí está la tarea de cada uno.

Lo primero es no hacer mal y hacer bien a los más próximos. Puesta la base mínima, es normal que nuestro corazón pida más. No estamos llamados sólo a no hacer esto o lo otro. Una ética basada sólo en prohibiciones nos resulta árida y estrecha. Estamos hechos para algo más. Pero no se debe despreciar este primer nivel. Por debajo de él nos hacemos malos. Y quien se esfuerza por cumplir el mínimo está ya reconociendo a Dios, lo sepa o no; y, lo que es más importante, cuando tratamos de hacer eso que “ya sabemos” Dios nos mira con los ojos de Jesús, nos mira con cariño, nos ama.

Ante la buena disposición del joven, Jesús lo invita a la entregar su vida a Dios y a los hermanos. Aquí cambia el tono: pasa del imperativo a la apelación a la libertad para ir más allá del deber, a la perfección del amor. Subraya primero la relatividad de los bienes materiales, que son sólo medios, pasajeros por definición. Ser rico sólo de tesoros, que la polilla y la herrumbre corroen, significa vivir en lo efímero, y así no se alcanza la vida eterna. Jesús invita al joven a adquirir una riqueza superior (cf. Mt 6, 20-21). Los necesarios medios materiales se gastan, lo queramos o no. Pero, podemos gastarlos sólo en nosotros mismos, de modo egoísta; o gastarlos en los demás, con generosidad, que es, además, una forma superior y perfecta de justicia.

Para salir de una crisis económica, y de esa otra que nos corroe el alma, tenemos que mirar a los pobres y compartir con ellos nuestras riquezas. Realmente, esto es lo que nos falta, no más bienes materiales, sino mayor generosidad, la capacidad de mirar más allá de nosotros y descubrir que, en la perspectiva de la paternidad de Dios, todos los seres humanos son familia nuestra y, por ello, honrar padre y madre significa extender nuestra mirada para descubrir en cada hombre a un hermano nuestro. En la época de la globalización crisis globales requieren respuestas globales, y superarlas significa incluir en los parámetros de la vida digna a todos los excluidos.

La invitación de Jesús está dirigida a todos, no sólo a los que han recibido la vocación de dejarlo todo. Todos estamos llamados a dar de nuestros bienes (materiales y no) a los pobres. Pero, por otro lado, en el caso del joven rico, Jesús sí que lo invita a un seguimiento radical. Las riquezas pecuniarias, los medios necesarios, por ser relativos, tienen que someterse a las riquezas que la polilla no corroe. Si no sucede así, se apoderan de nuestro corazón, se convierten en un obstáculo y en un peligro: los medios convertidos en fines nos esclavizan, nos alejan de la vida eterna y nos encierran en la relatividad de lo efímero. Es lo que Jesús constata con tristeza cuando el joven se marcha pesaroso, bajo el peso de sus riquezas.

La crisis de nuestro tiempo es en la Iglesia también crisis de vocaciones. A la luz del Evangelio la vemos como una crisis de generosidad. Si rehiciéramos el orden de prioridades en nuestro corazón sería posible superar también esta otra crisis.

Todos sentimos el vértigo de la entrega total. A eso suena el espanto de los discípulos ante la advertencia de Jesús por el peligro de las riquezas. Como dice Jesús, la salvación es cosa de Dios. Puede parecer que lo que nos exige es mucho, demasiado. Pero, si lo pensamos bien, en realidad no es tanto. Es Pedro el que cae en la cuenta: “¡Anda! Si resulta que nosotros ya estamos dejándolo todo para seguirte”. Y es que el seguimiento de Jesús no se inicia con el desgarro de la renuncia, sino por la fascinación ante el maestro bueno, que comunica palabras que dan vida y enriquecen por dentro y por fuera: nos sanan y nos abren a la humanidad entera, en la que descubrimos a la multitud de nuestros hermanos reales y potenciales. Se trata de un riqueza perdurable acompañada en esta vida de dificultades y persecuciones (las que experimentó Jesús, hasta la cruz), pero que nos encaminan (y él mismo es camino) a la vida eterna.

José María Vegas, cmf

Homilía del 7.10.2018, Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (B): “Que no lo separe el hombre”

Santo evangelio según san Marcos 10, 2-16
Que no lo separe el hombre

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés?» Contestaron: «Moisés Permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.» Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.» En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.» Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.» Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.

Que no lo separe el hombre

  1. Hueso de mis huesos y carne de mi carne

La Palabra de Dios plantea hoy la espinosa cuestión de la legitimidad del divorcio, sometida a amplio debate, incluso dentro de la Iglesia. Ya suscita reparos el relato al que recurre Jesús para recordar el designio originario de Dios sobre el matrimonio, pues se ve ahí una forma de «patriarcalismo», que somete a la mujer a la dependencia del varón. En realidad, en esta acusación puede verse la extendida tendencia a proyectar sobre los textos bíblicos nuestros relativos esquemas culturales, muchos de los cuales son modas de última hora, más que posiciones probadas. Sin embargo, precisamente el detalle metafórico y poético de la costilla del varón dice lo contrario de lo que pretenden las ideologías al uso: la mujer no procede ni de la cabeza, ni del pie del varón, lo que significa que no está ni por encima, ni por debajo, sino en posición de estricta igualdad, como lo confirma el texto que lo precede inmediatamente (Gn 1,27) en el que se habla de la creación simultánea del varón y la mujer a imagen de Dios. Las proyecciones ideológicas sobre los textos tienen el vicio de subrayar lo que se quiere e ignorar lo que contradice la propia tesis, para hacerles decir, al final, lo que no dicen. Ante la Palabra hay que evitar proyecciones y adoptar una actitud de escucha, si queremos oír lo que Dios quiere decirnos, más allá de posibles condicionamientos culturales, que también pueden darse. Que, además, el texto de hoy esquiva el pretendido patriarcalismo, se ve cuando el varón exclama su admiración ante la mujer y se reconoce en ella: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!», a diferencia de lo que le ocurrió con todo el resto de los seres vivos, entre los que «no encontró a ninguno como él que lo ayudase» (Gn 2, 20); ahora encuentra no una sierva, sino una compañera con la que remediar su soledad y «formar una sola carne». Encontramos aquí una afirmación muy clara de la igualdad entre el hombre y la mujer: una igualdad no meramente física, pues las diferencias entre ellos eran bien patentes («estaban desnudos»), sino en dignidad personal. Esa igualdad no puede no reflejarse en el género de unión al que están llamados el varón y la mujer: ser «una sola carne» es una forma muy expresiva de afirmar una relación que abarca todas las dimensiones de la relación humana, desde la física, pasando por la económica y la psicológica, hasta la espiritual. Ser una sola carne no significa «ser lo mismo», fundirse en una unidad en la que cada uno pierde su rostro personal (algo contradictorio con la propia condición personal del ser humano, imagen de Dios), sino establecer libremente y entre iguales una relación de amor que, como la carne, no puede separase sin dejar heridas profundas que afectan el sentido de la existencia.

  1. La pregunta de los fariseos

Jesús apela a esta realidad originaria ante la pregunta de los fariseos, que representan a una cultura partidaria del divorcio y, al menos en esto, parecida a la nuestra. En esta ocasión el condicionamiento cultural no puede exhibirse para atenuar la respuesta de Jesús. Los fariseos plantean la pregunta para ponerlo a prueba”ual. Ser “confirmaosicia, ni del pie del varden las ideologäias овые пары… Бог мне говорит, и как я на эpara ponerlo a prueba, para ver si Jesús, que se presenta como un nuevo Moisés y su verdadero intérprete, es capaz de oponerse en esto a una prescripción dada por éste y que no va en la línea habitual del rigorismo fariseo, sino, al contrario, parece jugar a favor de la debilidad humana. Esta prescripción, por otro lado, sí que refleja, sin proyecciones, una situación de clara desventaja e injusticia hacia la mujer, sujeto único del repudio. Si los fariseos, abiertamente divorcistas, plantean la pregunta, es porque también para ellos la cuestión no está tan pacíficamente asumida y ven en ella algo que no va. Escuchar la opinión de un Rabí tan prestigioso como Jesús, además de ocasión para pillarlo, debía ser para ellos de alto interés.

La respuesta de Jesús, que empieza remitiéndose a la ley mosaica, parece hacerse cargo de la dificultad entrañada en el problema, pero remite más allá de Moisés al absoluto de Dios y a su proyecto originario. Al hacerlo, restablece la plena igualdad de varón y mujer, la relación basada no en la mera ley, sino en el amor con el que Dios mismo une hasta hacer una sola carne. Jesús restablece el ideal de un amor más fuerte que la muerte, que, como un fuego al que no pueden apagar las grandes aguas, no se puede comprar con todos los bienes de la propia casa (cf. Cant. 8, 6-7). El verdadero amor tiene vocación de eternidad, es incondicional y fiel, no pasa nunca (1 Cor 13, 8). Y es que el amor, más que un mandamiento o una norma moral más, es la vida misma de Dios actuando en nosotros pues se ha hecho accesible en Jesucristo.

Ahora bien, ¿es este ideal (con el que no parece posible no estar de acuerdo) algo real y posible en la práctica? No sabemos la reacción de los fariseos ante la respuesta de Jesús, pero algo sabemos de la de sus propios discípulos.

  1. Los discípulos insisten

Si los discípulos volvieron a preguntar sobre lo mismo, es que no quedaron convencidos con la respuesta. La cuestión suscita polémica no sólo entre los ajenos a Jesús, sino también entre los suyos. También hoy los seguidores de Cristo encontramos dificultades para aceptar determinados aspectos de su mensaje. Lo llamativo es que en la respuesta a sus discípulos, ya en casa, en la privacidad del círculo de los allegados, Jesús da una respuesta, si cabe, más tajante y cortante, afirmando con fuerza el vínculo matrimonial y la maldad entrañada en su ruptura. ¿No se comporta aquí Jesús con ese rigorismo del que frecuentemente acusa a los fariseos? ¿No cae la Iglesia católica en un rigorismo parecido al mantener inamovible la doctrina sobre la indisolubilidad del sacramento matrimonial?

Ante estas dificultades es bueno que nos pongamos humilde y confiadamente a la escucha de la Palabra. Tal vez así no resolveremos todos los problemas y casos particulares, pero al menos podremos encontrar la luz que los ilumina y permite verlos en un prisma nuevo. Tal vez así, además, descubriremos posibilidades nuevas y reales que, con una mirada “de tejas abajo”, permanecen escondidas para nosotros.

Atendamos a un detalle que abre el texto evangélico de hoy y que, desgraciadamente, la liturgia no recoge: “Se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán. Allí la gente se acercó a él, como acostumbraba, y les enseñaba” (Mc 10, 1). Nos encontramos en un contexto bautismal (el Jordán) y de proclamación evangélica. Mateo (cf. Mt 19, 2) en el pasaje paralelo dice también que los curaba. El contexto, claramente salvífico, habla de la nueva creación y, por tanto, de la restauración del hombre herido por el pecado gracias a la acción benéfica y curativa (palabra y agua bautismal) de Jesús. Jesús plantea un ideal que es el designio original de Dios sobre los seres humanos y que es de nuevo posible gracias a la salvación que él ha traído a la tierra.

  1. Los niños y los que son como niños

El pasaje siguiente que cierra el evangelio de hoy debe entenderse en relación estrecha con la pregunta sobre el divorcio. El bautismo y la Palabra restituyen la dignidad originaria con que fuimos creados (la imagen de Dios en nosotros) y nos eleva todavía más al hacernos hijos de Dios en el Hijo. El Reino de Dios es de los que son como niños. Renacido por el agua y la Palabra, el cristiano debe vivir en una confianza total en Dios y en su amor incondicional. La experiencia primigenia del niño es la de la confianza plena en sus padres, que son percibidos por él como Providencia benéfica, de la que depende por completo su viabilidad. Y ésta ha de ser la experiencia del creyente en el Dios Padre de Jesucristo.

Pero es que, además, Jesús se enfada con los que regañan e impiden acercarse a los niños de verdad, a los que acoge, abraza y bendice. No se puede separar la cuestión del matrimonio y del amor entre el varón y la mujer del fruto que bendice, redime y embellece ese amor: los hijos que nacen de esa relación, y en los que los dos se hacen con todo realismo un sola carne. El amor humano en su forma más esencial y típica, el amor matrimonial, es un amor fecundo y, por tanto, responsable. El verdadero amor no puede hacer caso omiso de esta dimensión fundamental.

Por eso, ante las múltiples dificultades con que se enfrenta el proyecto de amor incondicional e indisoluble que es el matrimonio, antes que declarar la imposibilidad del ideal y de sucumbir a los múltiples equívocos con que nuestro tiempo (el sexo como diversión pasajera, no como expresión de donación personal, los hijos no como una bendición de Dios, sino como una pesada carga y un límite de nuestra independencia, y sobre los que tenemos derechos –incluido el de dejarles nacer o no–, y no deberes, etc.) rodea a esta realidad sagrada y querida por Dios, deberíamos armarnos interiormente para poder afrontar con éxito un proyecto de vida tan importante, tan difícil y exigente. Armarnos en la escucha de la Palabra, tomándonos en serio el bautismo que nos ha regenerado, y acercándonos a Jesús a que nos cure y nos instruya… Y, también, tomándonos en serio las relaciones con los demás (pues amar es tomarse en serio a los otros). En la relación entre el varón y la mujer esto significa, entre otras cosas, no quemar etapas antes de tiempo, respetar el periodo de conocimiento mutuo, que tiene que ser lo suficientemente prolongado para poder comprobar las posibilidades reales de una vida en común (de llegar a ser “una sola carne”); también (por mucho que nuestros tiempos consideren esto algo irreal) reservar la intimidad sexual al compromiso matrimonial ya adquirido de manera explícita. Pues, de otra manera, adelantándose indebidamente en este aspecto tan importante y delicado, se dan muchas frustraciones y desilusiones: hacer como si se fuera una sola carne sin serlo produce muchas desgarraduras y cicatrices, que repercuten negativamente en la propia capacidad de amar. Finalmente, el amor madura cuando mira más allá de sí mismo y se entrega a los demás. La mutua entrega de los esposos se prolonga y se redime de su posible egoísmo a dos en la entrega a los propios hijos, ante los que el padre y la madre hacen de providencia benéfica (y si lo que debe ser benéfico se convierte en maléfico, ¿cómo podrán madurar esos niños en su capacidad de amar en el futuro?) y les proveen así de una base firme que les permita ser sí mismos.

En conclusión, la respuesta de Jesús a los fariseos y a nosotros mismos, que también le preguntamos con algo de incredulidad, nos abre el horizonte de un don incondicional que hemos recibido de Dios y de una responsabilidad para la que, en principio, es verdad que con algo de sufrimiento, nos da los recursos suficientes. El principal recurso es Él mismo, que se nos ha dado hasta el final y sin reservas, que ha padecido la muerte para bien de todos.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 30.9.2018, Domingo 26 del Tiempo Ordinario (B): “Sin fronteras, con horizontes»

Santo evangelio según san Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te hace caer, córtatela

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: – «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.» Jesús respondió: -«No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.»

Sin fronteras, con horizontes

En las dos semanas pasadas Jesús nos ha anunciado el difícil mensaje de la Cruz. La fe vivida con coherencia implica la disposición a aceptar persecuciones y, si llega el caso, al sacrificio de la propia vida. Pero la disposición al martirio no debe convertirse en los creyentes en victimismo, en cerrazón sectaria o en un rigorismo pronto a condenar a los demás. Existe, en efecto, un rigorismo de la fe que puede llevar al fanatismo, a la negación del distinto, a la disposición a acabar violentamente con los “desviados”. Por desgracia, la historia ha sido generosa en ejemplos de esta perversión religiosa, y hoy mismo abundan los fundamentalismos, más prontos a matar que a dar la vida, pese que esos matones se autodenominen “mártires”.

El Evangelio de Jesús es, por el contrario, un espíritu de apertura que, sin renunciar a las propias convicciones religiosas y morales, incluso estando dispuesto a dar la vida por ellas, sabe descubrir las huellas del Dios en todo el mundo. Es esta apertura la que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy cuando, de modo similar a lo que hace Moisés con Josué, corrige el exceso de celo de Juan: no se debe impedir a otros hacer el bien en el nombre de Jesús, pues quien “no está contra nosotros, está a favor nuestro”. “Echar demonios” no es un poder que se haya de considerar un privilegio exclusivo, sino una forma de hacer el bien (expulsando el espíritu del mal), una forma de servicio que, como tal, está abierta a todo el mundo. Y del mismo modo, y en la misma línea, el mínimo gesto de bondad y apertura hacia Jesús y sus discípulos (el vaso de agua) vincula ya al que lo hace con el Reino de Dios. Jesús, como vemos, admite muy diversos grados de pertenencia a su persona.

Es verdad que en otros momentos Jesús parece expresar casi lo contrario, cuando afirma que “el que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30 y Lc 11, 23). Pero esa contradicción es sólo aparente, pues la verdadera cuestión es en qué consiste “estar con Jesús”. No se puede entender como una actitud numantina, cerrada y a la defensiva, excluyente y agresiva con toda forma de diversidad. Al contrario, desde la experiencia del encuentro con Jesús y la confesión de él como el Cristo, el creyente sale de sí hacia el mundo con un corazón nuevo y una mirada transfigurada para ver las semillas del Verbo presentes en la creación, para, como nos exhorta Pablo, tener en cuenta “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto es virtud y cosa digna de elogio” (Flp 4, 8), no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17), para buscar y rescatar lo que estaba perdido (cf. Lc 19, 10).

Así pues, la confesión del nombre de Jesús como el Mesías y el Salvador del mundo en el altar de la Cruz produce un anuncio que no es una conquista, una campaña para hacer prosélitos para el propio partido, esto es, para la propia parcialidad, sino una proclamación de que el bien y la verdad y la belleza, y todo lo que de positivo hay en el mundo, tienen una raíz (un Creador) y también una meta (un Salvador) que ha venido a visitarnos y con el que podemos encontrarnos. Es un anuncio que no violenta ni impone su verdad, sino que la propone desde el respeto a la libertad de cada uno y desde el reconocimiento de la bondad presente en cada ser humano, en cada pueblo y cultura. Sólo desde esa positividad se pueden y deben denunciar las formas de maldad presentes también en el mundo, y que impiden una plenitud, que ahora es posible precisamente porque la fuente del bien y la verdad se ha encarnado y hecho cercano en Jesucristo. Este espíritu de apertura y diálogo, que no impone sino que propone, ve en los otros no sólo “destinatarios” de la misión, sino sobre todo “interlocutores” con los que Dios, por medio de Jesús y de sus discípulos, quiere iniciar un diálogo. Porque sólo de forma dialogal puede entenderse la revelación de un Dios que se nos ha manifestado como Palabra que interpela nuestra libertad y nos llama a una respuesta libre.

El verdadero espíritu cristiano acepta y afirma que el bien no es patrimonio exclusivo de nadie. Ni tan siquiera Jesús lo pretende, a tenor de su corrección a Juan. Jesús no deja que sus discípulos hagan de él, el Maestro bueno, una propiedad privada. Pero no siendo patrimonio exclusivo de nadie, no por eso deja de tener una fuente y una raíz: un Dios (el único bueno), fuente de todo bien y Padre suyo. Los cristianos tenemos que hacer nuestra la apertura universal (católica) de Jesús, renunciando a poseerlo, pero siendo radicales en la pertenencia a su persona, tratando de vivir como él vivió.

Esta pertenencia radical a Jesucristo, que se abre sin límites al bien presente por doquier, es lo que nos hace entender la aparente intransigencia con toda forma de mal que el mismo Jesús nos propone en la segunda parte del evangelio de hoy. El contraste puede sorprendernos, pero no debe hacerlo, pues la pertenencia radical a Cristo nos debe llevar a romper con el mal en todas sus versiones y grados, aunque ello nos parezca a veces, desde la lógica de este mundo, una pérdida dolorosa. Así es como deben entenderse las llamadas a perder un ojo, una mano o un pie. Porque la confesión de Jesús como el Cristo es la experiencia positiva del Bien que nos viene al encuentro con rostro humano y que quiere alcanzar a todos (apertura dialogal y universal), precisamente por eso hay que ser intransigente con el mal, que es un espíritu de cerrazón y de exclusión. El que está dispuesto a dar la vida por el Bien y la Justicia, por la fe en Jesucristo y en Dios Padre, ese tiene que renunciar (a veces con dolor) a falsas promesas de vida y felicidad que se alcanzan a costa del bien de los demás (el escándalo de los pequeños y la explotación de los pobres que denuncia Santiago), y, en realidad, a costa del propio y verdadero bien: el Reino de Dios en el que merece la pena entrar aunque sea tuerto o manco o cojo.

Frente al fanatismo intransigente del que está dispuesto a matar al que considera “infiel”, incluso llegando al extremo de morir matando, el seguidor de Jesús se caracteriza por la radicalidad del que está dispuesto a dar la vida por lo que cree, con el ánimo sereno de morir sin matar.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 23.9.2018, Domingo 25 del Tiempo Ordinario (B): “La cruz elegida y la elección del servicio”

Santo evangelio según san Marcos 9, 30-37
El Hijo del hombre va a ser entregado. Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: – «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó – «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: – «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: – «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

La cruz elegida y la elección del servicio

Jesús continúa con sus discípulos la enseñanza sobre la cruz que había iniciado en Cesárea de Filipo. La incomprensión y oposición que esta enseñanza provoca hace que Jesús la limite exclusivamente a los más cercanos y que evite el encuentro con las masas. En verdad, el mensaje de la cruz sólo puede ser comprendido en el trato personal con el Maestro y, aún así, entenderlo y, sobre todo, aceptarlo no es cosa fácil. Y más si nos damos cuenta de que la cruz no es sólo la aceptación resignada de males que no podemos evitar, sino también un destino elegido. Esta es la clave que nos ofrece la primera lectura. Como un eco de los poemas del siervo de Yahvé del segundo Isaías (cf. Is 42, 1-7; 49, 1-7; 50, 4-9; 52, 13-15. 53, 10) este texto nos habla de la persecución del justo, que, en un dramático crescendo, llega hasta la condena a una muerte ignominiosa. Existen, de hecho, formas pasivas de presencia de la cruz que no podemos ni debemos buscar, como la enfermedad o la pobreza. Son males indeseables que, cuando resultan inevitables, hemos de tratar de sobrellevar, descubriendo en ellos un sentido que nos une a la cruz de Jesucristo. Pero, en la medida en que podamos evitarlos, debemos hacerlo, respecto de nosotros mismos, procurándonos con honestidad la salud y los medios de una vida digna; y también respecto de los demás, ayudando según nuestras posibilidades a los que sufren a causa de cualquier necesidad material. Jesús mismo alivia el hambre y la enfermedad de los que sufren, enseñándonos con ello que también nosotros debemos ayudar a los que padecen a superar sus males.

En cambio, el texto de la Sabiduría nos habla de una forma de sufrimiento que procede de la propia coherencia de vida, del compromiso con la verdad y la justicia, de la fidelidad a la propia conciencia y a Dios. No es raro que esta fidelidad y coherencia se atraigan la enemistad de algunos, del ambiente dominante que nos rodea, que no puede soportar un comportamiento que, por sí mismo, y aun sin pretenderlo, es una denuncia que pone al descubierto la inmoralidad entorno. La consecuencia de esta coherencia suele ser el rechazo y la persecución, en ocasiones incruenta (ridiculizar, difamar, hacer el vacío…), pero que a veces también llega hasta el derramamiento de sangre. Se trata así de acallar la voz incómoda del profeta, presionándola para que se amolde a formas de maldad socialmente aceptadas. Y, ante esta presión, el perseguido tiene que hacer una elección. Puede ceder y evitar la persecución adaptándose, y renunciando así a su propia conciencia, a sus convicciones morales o religiosas. Pero, a diferencia de las otras cruces, que en lo posible deben ser evitadas, aquí la única opción válida es la de aceptar la persecución para mantenerse fiel a uno mismo, al bien, la verdad, la justicia y la fe. Es decir, esta forma de cruz, si se presenta, ha de ser expresamente elegida, y siempre debemos estar en la disposición de cargar con ella. Así hay que entender este caminar lúcido y libre de Jesús hacia Jerusalén, donde sabe que le espera un proceso injusto y una muerte ignominiosa.

Y ese es el sentido de las palabras con las que Jesús cerraba el evangelio de la semana pasada: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Estas palabras nos ayudan a comprender que elegir esta forma de cruz no tiene nada que ver con una especie de masoquismo espiritual, ni de heroísmo trágico. El anuncio de la pasión va acompañado de la profecía de la resurrección. El mensaje de la cruz es un mensaje pascual, que sin ocultar el rostro terrible y amenazante de la muerte, y una muerte de cruz (es decir, atroz e injusta), habla también del triunfo final del bien, de la justicia y de la vida.

La instrucción a los discípulos, que de momento son incapaces de entender, significa que quien sigue a Jesús ha de aceptar no sólo el hecho de su trágico final, sino la disposición a vivir del mismo modo que él, con la misma coherencia y con las consecuencias negativas que pueden sobrevenir, como el único camino de salvación verdadera. Es una instrucción de vital importancia porque, como se ve en el texto de hoy, mientras Jesús les habla de su próxima pasión, ellos están preocupados por el éxito en este mundo, por alcanzar posiciones de prestigio y poder, que incluso se disputan entre sí. Se puede decir que, al menos de momento, están en ondas completamente distintas. Pero Jesús no desespera por ello. Al contrario, toma pie en esa discusión de los apóstoles para introducirlos en la sabiduría de la cruz por la vía pedagógica del espíritu de servicio.

Frente a la lógica del poder, que busca el reconocimiento, la fama, la riqueza, el ser servido, Jesús propone otra forma de primacía: por un lado, hacerse servidor. No se trata de adoptar un espíritu servil, sino de hacer una libre elección. El servicio realizado libremente es parte de la esencia del amor. Pero, para ello, hay que dejar a un lado las actitudes arrogantes y autosuficientes. Y aquí entra en juego la enseñanza sobre los niños. Estos eran en la cultura del momento el prototipo de la insignificancia social. Jesús toma un niño y lo abraza, y lo señala como “el primero” y el más importante. Es claro que para los apóstoles el más importante era Jesús, al que confesaban como Mesías e Hijo de Dios. Pues bien, Jesús les dice que para acogerle a él, el más importante, tienen que acoger a los que, según los parámetros sociales, carecen de importancia, como ese niño, del que hace sacramento de su persona; y acogiéndole a él en los más pequeños acogen al mismo Dios. El verdadero camino de seguimiento de Jesús, que conduce a la salvación y a la vida, es el camino de la pequeñez (como la “infancia espiritual” de santa Teresa de Lisieux), del servicio y de la cruz.

La carta de Santiago nos da un cumplido ejemplo de esta sabiduría de la cruz. Cuando uno elige “ser importante”, “el más importante”, surge inmediatamente el conflicto, la envidia, la rivalidad, el desorden y toda clase de males. Esto es lo que sucede cuando uno pretende ante todo dar satisfacción a sus pasiones, poniendo a su servicio a los demás y las cosas más sagradas. Como atestigua Santiago, esto puede pasar incluso en el seno de la comunidad cristiana. Lo que indica hasta qué punto muchos creyentes siguen y seguimos sin entender ni aceptar el camino de la cruz y del servicio que nos propone Jesús. Y si esto es así, ¿qué testimonio pueden (podemos) dar? ¿Cómo anunciar el evangelio de Jesucristo, del amor y de la paz, si vivimos en contradicción con la enseñanza de nuestro Maestro? Cuando tal sucede, ¿no estamos volviendo sosa la sal y escondiendo la luz bajo el celemín? (cf. Mt 5, 13-16). Una fe vivida de modo tan incoherente hace estéril nuestra vida y vacía nuestra oración. Pero, no lo olvidemos, los discípulos tampoco entendieron enseguida las enseñanzas de Jesús. Igual que ellos, también nosotros estamos en camino, y tenemos la posibilidad de volvernos a la escucha de la Palabra, que es el mismo Cristo, y que nos comunica la sabiduría que viene de arriba, con sus actitudes de paz, comprensión, tolerancia y misericordia, y que da frutos de justicia y buenas obras, de servicio constante y sincero. Esta es la consecuencia de la escucha, acogida y comprensión de la Palabra del Señor, de la sabiduría de la cruz: convertirnos en mensajeros y agentes de paz, primero en la propia comunidad cristiana y, después, en el mundo entero.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 16.9.2018, Domingo 24 del Tiempo Ordinario (B): “Preguntas peligrosas”

Santo evangelio según san Marcos 8, 27-35
Tú eres el Mesías… El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesárea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.»

Preguntas peligrosas

 No es difícil imaginar las muchas conversaciones que Jesús sostenía con sus discípulos “por el camino”. Muchas tendrían que ver con el sentido de su vida y su misión y, al hilo de los acontecimientos, con la aclaración de su identidad (rabino, maestro, profeta…), y con la relación que los que le seguían tenían o habían de tener con él. En su pedagogía, Jesús iba revelando quién era él realmente en la medida en que los discípulos podían entender. Caminando por las aldeas de Cesárea de Felipe, lejos de las masas de Galilea y de las hostilidades de Judea, Jesús dirige a sus apóstoles, a los más cercanos, una pregunta decisiva y peligrosa. Al principio la plantea en relación con “la gente”, esto es, pregunta por las opiniones que sobre él corrían por ahí. Hay que reconocer que las opiniones respecto de Jesús eran entonces (y suelen ser hoy también) bastante positivas: se le identifica con los referentes más relevantes de la historia de Israel: un profeta, y no un profeta cualquiera, sino Elías, o Juan el Bautista. Hoy se escuchan otras opiniones, en general también favorables, que lo identifican con un maestro de moral, o un luchador en favor de la igualdad y la justicia, un utópico del amor, un pacifista…, es decir, con referentes que, en opinión de esas gentes, tienen una coloración positiva. Pero a esa pregunta no es posible responder sólo con una mera opinión. Cuando Jesús se dirige a sus apóstoles (y, en ellos, a cada uno de nosotros) está pidiendo que nos definamos, que tomemos postura, una postura que afecta a nuestra vida entera. La respuesta correcta a esa pregunta no es una opinión, sino, como en el caso de Pedro hoy, una confesión: Tú eres el Mesías. No sólo un profeta, ni siquiera un gran profeta, sino aquel de quien hablaron todos los profetas, al que el Pueblo de Israel esperaba, el que había de cumplir todas las antiguas promesas.

Podemos estar de acuerdo en que la respuesta de Pedro es más que una opinión, que es una confesión y una confesión correcta, una confesión que muchos de nosotros estamos dispuestos a formular en esos mismos términos, pues profesamos la misma fe que Pedro y reconocemos en Jesús de Nazaret al Hijo de Dios, al Dios con nosotros, al salvador del mundo y de los hombres. Pero, ¿por qué decimos que esa pregunta es peligrosa? ¿Qué peligro hay en confesar a Jesús?

Nos enfrentamos aquí con una cuestión decisiva en la recta comprensión del cristianismo (no sé si de toda religión, pero, desde luego, sí del cristianismo).

Hablando de opiniones, hay una muy extendida según la cual la actitud religiosa (y la cristiana) procede del miedo (a la muerte, a la responsabilidad, a la dureza del mundo…), y es una especie de refugio para débiles. Pero si leemos atentamente las lecturas de hoy nos tenemos que convencer justamente de lo contrario. Vayamos al texto de Isaías. Hace falta mucho valor para escuchar la Palabra de Dios. En modo alguno se trata de un refugio o de una huída: hay que tener mucho valor para escuchar y acoger una Palabra que nos desafía, nos exige, nos llama a adoptar posturas arriesgadas, a enfrentarnos con enemistades, persecuciones, injurias. El siervo de Yahvé que habla en este pasaje no es uno que huya, que busque refugios contra la intemperie… Al revés, es uno que vive al raso, en espacio abierto, y que por afrontar el desafío de la Palabra de Dios está dispuesto a todo.

También Santiago, siempre tan conciso y directo, nos da un buen ejemplo al respecto. A veces se ha pretendido enfrentar al Santiago de las obras con el Pablo de la justificación por la sola fe. Pero esa confrontación no tiene sentido. Implica, en primer lugar, desconocer las múltiples exhortaciones paulinas a una vida acorde con la fe: por la fe nos convertimos en nuevas criaturas, y esa novedad no puede no reflejarse en un concreto modo de vida. En esto el acuerdo se da no sólo entre Pablo y Santiago, sino también con Juan (y el mandamiento del amor) y los evangelistas sinópticos, como Mateo en su descripción del Juicio final por las obras de misericordia (cf. Mt 25, 31-46). Santiago nos reta a no separar la fe de la vida, y a que la fe se refleje realmente en la vida. Y eso no se hace con buenas palabras, sino con obras que tocan la carne de los necesitados. Como vemos, la Palabra, no sólo no es un refugio contra la intemperie, sino que nos manda salir a esa intemperie a remediar las necesidades de los que viven y sufren en ella.

Todo lo anterior lo confirma el texto del Evangelio, el diálogo en el camino, allá en Cesárea de Felipe. La fe confesada, hemos dicho, no es una opinión, sino el fruto de una experiencia de seguimiento, es decir, el resultado de un camino recorrido en contacto con Jesús. Decir que la fe es una gracia no niega lo anterior, pues el seguimiento es ya una gracia, fruto de una llamada gratuita. Y el que, como Pedro, confiesa a Jesús al llegar a este punto del camino se encuentra con sorpresas incómodas, con revelaciones peligrosas e inesperadas. Que Jesús es el Mesías lo podemos entender en el sentido de que es Rey, de que tiene poder, de que junto a él el pan está asegurado, y también, por tanto, el éxito, el favor de Dios. Pero hete aquí que Jesús, una vez que lo hemos confesado, nos dice que su mesianismo no es triunfante, hecho de poder y de éxito, sino, al contrario, que es un mesianismo de cruz, de sufrimiento y de muerte. Y no es fácil aceptar esta revelación, esta palabra dura y desencarnada. Basta que miremos la reacción de Pedro, que se puede interpretar así: sí, creo en ti, pero no acepto la cruz. Y esto no es una mera posición teórica. A diferencia de Pedro, para nosotros, aceptar la cruz como acontecimiento pasado puede resultar relativamente fácil. Pero el problema es cuando la cruz aparece en concreto en nuestra vida, con rostros inesperados, en situaciones imprevistas, o también en aspectos de la cotidianidad que se nos antojan inasumibles. También ahí, nosotros, como Pedro, nos ponemos a increpar a Jesús, eso sí, con la mejor intención: indulgentes para con Cristo, pero en el fondo, indulgentes para con nosotros mismos. Y entonces las palabras de Jesús se vuelven más duras y desafiantes: nos dicen que nosotros, creyentes sinceros y confesantes, estamos convirtiéndonos en los enemigos de Dios que, como Satanás, luchan contra Él.

Ante la inevitable presencia de la cruz en la vida humana, también en la nuestra, Jesús nos llama una vez más a tener coraje, a no huir, a no pararnos al borde del camino, llorando nuestra mala suerte, nuestras penas y desgracias. Con frecuencia la cruz se convierte para nosotros en la excusa perfecta para no caminar, para no salir al encuentro del necesitado, para no amar. Decimos algo parecido a esto: “yo quisiera ser un buen cristiano, incluso ser santo, pero… soy pobre, estoy enfermo, los que me rodean me molestan en mi empeño, me siento débil, me asaltan muchas tentaciones…” Nos sentamos al borde del camino y lloramos por la cruz que nos ha tocado en suerte (en mala suerte, se entiende). Entonces escuchamos la voz de Jesús que nos dice, “deja de lamentarte, toma la cruz y camina, muévete, no hagas de todas esas cosas (que yo he tomado sobre mí) malas excusas para no amar”.

Porque es verdad que el amor nos lleva, como a Jesús, a asumir incomodidades y sinsabores, a estar dispuestos a dar la vida, a perder, a aceptar la cruz.  No es cosa de cobardes ni de débiles, sino de fuertes y de valientes. Y si sentimos que, de hecho, nos faltan las fuerzas y el valor, tenemos que tener el coraje de mirar a Cristo, sabiendo que tomamos la cruz para seguirle a Él, en quien creemos, con la confianza de que la aparente derrota de la cruz es la victoria del amor sobre el pecado, la debilidad y la muerte, es el verdadero camino de la salvación. En las palabras de Jesús que cierran el Evangelio de hoy resuenan estas otras del Evangelio de Juan: “En el mundo tendréis tribulación. Pero tened valor, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

José María Vegas, cmf.