Homilía del 25.8.2019, Domingo 21 del Tiempo Ordinario (C): “La puerta estrecha y los horizontes amplios”

Santo evangelio según san Lucas 13,22-30
Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios

En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.” Entonces comenzaréis a decir. “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.” Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.” Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.»

La puerta estrecha y los horizontes amplios

Jesús iba camino de Jerusalén, es decir, camino de su entrega por amor en la Cruz, y esa suprema lección venía precedida de una enseñanza itinerante por ciudades y aldeas, que, a tenor de lo que leemos hoy, estaba abierta a la participación de la gente. Jesús habla, pero también escucha, enseña, pero también se deja abordar por sus oyentes. Toda una lección para nosotros, los creyentes, y para la misma Iglesia, que tiene que proclamar y enseñar la verdad del Evangelio, pero también tiene (tenemos) que escuchar las interpelaciones, a veces muy difíciles, que se le (nos) dirigen.

La que centra hoy nuestra atención es una pregunta clásica, una de esas que nunca quedan contestadas del todo, y que, por eso, reaparece siempre, en cada época y cultura. Hay una fuerte tendencia a proyectar sobre la pregunta las convicciones y los prejuicios de cada momento histórico, anticipando así la respuesta y, en consecuencia, desoyendo la que nos ofrece Cristo. Por ejemplo, hubo tiempos, no tan lejanos (algunos hasta tal vez los recuerden) en que se aseguraba que serán pocos los que se salven. Una aguda conciencia del pecado, que se extiende por doquier, más un cierto rigorismo moral, llevan a la convicción de que la salvación es un asunto demasiado caro, accesible a pocos: “Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa” (Sal 48, 9-10). Sin embargo, aunque se esté de acuerdo en que la salvación es algo que el hombre no puede alcanzar por sus solas fuerzas (“para los hombres es imposible”), sabemos que es un don de Dios, que Él ofrece sin condiciones: “para Dios todo es posible” (Mt 19, 26). Cuando se subraya la misericordia de Dios, dejando en penumbra la responsabilidad humana, se invierte el platillo de la balanza, y se tiende a afirmar que la salvación es accesible al margen de lo que hagamos o dejemos de hacer, hasta el extremo de defender la “apocatástasis” (doctrina que enseña que llegará un tiempo en que todas las criaturas libres compartirán la gracia de la salvación, incluidos los demonios y las almas de los réprobos). Tal sucede en nuestros tiempos, en los que, pese a que muchos han dejado de creer en la salvación, al perderse también la noción de pecado, existe una fuerte inclinación a desechar cualquier idea de castigo a causa de una culpa responsable. Entre estas opiniones extremas, pueden encontrarse posiciones intermedias para todos los gustos.

¿En cuál de ellas se sitúa Jesús? Llama la atención la respuesta aparentemente evasiva que da. ¿Es que acaso Jesús no quiere mojarse? En realidad, su respuesta es la única realista y posible. No nos habla de cantidades, sino que nos ofrece una enseñanza sobre el camino de salvación. No puede decir si son muchos o pocos, porque la salvación es una realidad abierta, no un destino inexorable prefijado desde la eternidad. Es, ciertamente, un don de Dios, pero también es algo que, en parte, depende de nosotros. Pues Dios ofrece la salvación, y la ofrece sin condiciones, pero nosotros podemos aceptarla o rechazarla, dependiendo de cómo respondamos a esa oferta gratuita. Dios no impone la salvación, sino que interpela a nuestra libertad, que puede responsablemente tomar partido. Aquí se pone de relieve el sentido más profundo y último de la responsabilidad: la capacidad de responder en un sentido u otro a la llamada de Dios. Y, como Dios nos llama directamente, por medio de su Palabra, pero también indirectamente, por medio de los valores y las exigencias de nuestra conciencia, el hombre puede también aceptar o rechazar la oferta de Dios, directamente por medio de la fe (y el modo de vida que se deriva de ella), o por medio de una vida acorde con la conciencia, por ejemplo en el servicio a los pequeños hermanos en los que anónimamente vive y sufre Jesús (cf. Mt 25, 31-46).

Es notable, a este respecto, que podemos saber con cierta precisión cuándo se da la aceptación (directa o indirecta) de la oferta de salvación, pero, en cambio, no podemos saber nunca del todo cuándo tiene lugar el rechazo: sólo Dios lo sabe, sólo Él ve hasta el fondo el corazón del hombre. Por eso, la Iglesia, que afirma de algunos que están ya en la gloria, junto a Dios (cuando los beatifica y canoniza), nunca afirma de nadie que se haya condenado, ni aún de Judas. Sin embargo, la Iglesia sí defiende la libertad del hombre y afirma su capacidad de tomar partido a favor y en contra de Dios, por eso mantiene la posibilidad de la condenación y, en consecuencia, rechaza la tesis de la apocatástasis.

Jesús nos dice en su respuesta que no es cuestión de muchos o pocos, sino de cada uno, y que se trata de una cuestión muy seria, que no debemos tomarnos a la ligera. La alusión a la puerta estrecha hay que entenderla así. La salvación no es un “estado final” que poco o mucho tiene que ver con nuestra cotidianidad, sino que está en relación directa con la autenticidad de nuestra vida; y la vida, debemos reconocerlo, es un asunto serio y con el que no hay que jugar. Tomarse en serio la vida, vivirla con autenticidad, significa estar abierto a la Palabra de Dios, que consuela, pero también exige (“¡levántate!”, “¡sígueme!”, “¡camina!”), y tratar de vivir de acuerdo a esa Palabra, siendo fiel, justo, veraz, solidario, dispuesto al perdón, respondiendo, en suma, con amor al amor de Dios (que eso es la salvación). Todo esto es algo que comporta ciertas renuncias y dificultades, y por eso se puede hablar de puerta estrecha. Como dice un autor contemporáneo (Manfred Lütz, en su estupendo libro Dios. Una breve historia del eterno), “es cierto que ser moralmente íntegro también representa de vez en cuando una alegría; pero suele resultar más bien laborioso e ir acompañado de considerables desventajas para el bienestar personal”. No olvidemos lo que decíamos al principio: Jesús iba camino de Jerusalén, allí donde él personalmente iba a pagar el alto precio de la salvación que Dios ofrece a la humanidad entera.

Naturalmente, a todos nos gustaría una salvación más barata, a ser posible sin cruz. Pero Jesús nos enseña, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de su propia vida, que esto no es posible, sino que “el Mesías tiene que padecer, para entrar así en su gloria” (Lc 24, 26). Sin el supremo sacrificio de la cruz, sin llegar hasta el extremo de la muerte, esa salvación no tocaría las fibras más profundas de la existencia humana, y no sería una salvación verdadera y definitiva, del mal, del pecado y de la muerte. Por eso, no valen aquí las quejas que emitimos con tanta frecuencia sobre nuestros males, físicos, psicológicos o morales. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda con otras palabras la exhortación de Jesús a tomar sobre sí la propia cruz (cf. Mt 16, 24): entender las dificultades y contrariedades de la vida como formas de corrección, ocasiones de purificación y fortalecimiento interior. En realidad no es que Dios nos castigue (ni temporal, ni eternamente), pero Él, que puede sacar bien del mal, resurrección de la muerte, nos enseña el bien que podemos extraer de las inevitables dificultades y contrariedades de la vida: son ocasiones para descubrir en ellas el rostro sufriente de su Hijo, y unirnos a él (cf. Col. 1, 24). Aunque nadie puede querer el dolor, pasando por su crisol con este sentido redentor, nos fortalecemos y curamos.

La Cruz es la puerta estrecha que Jesús ha elegido para entrar en la nueva Creación. Y el camino que lleva a Jerusalén es el camino angosto (en el texto paralelo de Mateo 7, 13-14) que lleva a la vida. Pero, precisamente hablando de esa puerta estrecha, Jesús dice que muchos querrán entrar por ella y no podrán, y de esa senda empinada afirma que son pocos los que dan con ella. ¿No avalan estas afirmaciones la tesis de que son pocos los que se salvan?

La primera lectura, leída a la luz del evangelio, puede darnos la clave de interpretación de esta espinosa cuestión y de la exigente respuesta de Cristo. Que hemos de tomarnos esta cuestión en serio (pues nos va en ella la vida), significa que no hemos de pensar que nos podemos asegurar la salvación gracias a ciertos signos externos, como la pertenencia a un pueblo o nación (el pueblo elegido) o a determinada institución. La salvación, que afecta a la profundidad y autenticidad de la vida de cada uno, no puede resolverse por la vía étnica, nacional, sociológica o jurídica. Tenemos que evitar caer en la trampa de pensar que la salvación es cosa de grupos determinados (como decía aquel chiste de Mingote, “al final, al cielo iremos los de siempre”), como creían muchos judíos de tiempos de Jesús y como, tal vez, seguimos pensando algunos cristianos. Podemos conocer “oficialmente” a Jesús como el Cristo por motivos puramente geográficos o culturales, y al mismo tiempo no permitirle entrar en nuestra vida y que la conforme por dentro.

Entendemos ahora que la puerta estrecha no nos abre a un horizonte igualmente estrecho y de cortos vuelos. Lo que cuesta, a veces lágrimas, a veces sangre, tiene un valor superior. Y la senda empinada nos conduce a cimas, en las que disfrutamos de perspectivas amplias y paisajes impensables desde la placidez del valle. Así, la puerta estrecha se abre a horizontes que superan toda frontera, y en los que la salvación está abierta y ofrecida a todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y naciones sin excepción. Pero esto significa que por esa puerta nuestro mismo corazón se abre y ensancha a la medida de toda la humanidad, a la medida del corazón del mismo Dios, que ha tomado carne en Jesucristo, y que no conoce fronteras. Dios quiere realmente que todos los hombres se salven y alcancen el conocimiento de la verdad (1 Tim 2, 4). Y nosotros, esforzándonos por entrar por la puerta estrecha, estamos contribuyendo a propagar esa apertura de espíritu, ese horizonte amplio en que, superando tal vez con dificultad nuestras propias cerrazones, descubrimos que todas las gentes de todos los países son nuestros hermanos, todos llamados a participar en esa salvación que consiste en la filiación divina que Cristo ha venido a traernos y nos ha regalado por su muerte y resurrección.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 18.8.2019, Domingo 20 del Tiempo Ordinario (C): “Fuego en la tierra”

Santo evangelio según san Lucas 12,49-53
He venido a prender fuego en el mundo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Fuego en la tierra

¿No es acaso Jesucristo el Príncipe de la Paz? ¿No ha venido al mundo a reconciliarnos con Dios y entre nosotros, a extender el perdón, a renovar nuestras relaciones por medio del mandamiento del amor? ¿Cómo entender entonces las expresiones del evangelio de hoy tan duras y aparentemente contradictorias con esos ideales?

En realidad, no hay aquí contradicción alguna, sino, al contrario, una lógica profunda. Todas las enseñanzas de las semanas pasadas sobre la oración, la verdadera riqueza, la responsabilidad, la fidelidad y el servicio desembocan hoy en la llamada apremiante de Jesús a realizar una decisión radical relativa a su propia persona. Y es que no se pueden reducir aquellas enseñanzas a una “doctrina moral”, sobre “valores” en general, sino que son aspectos y dimensiones de un mensaje de Verdad y Salvación que se concentra en la persona de Jesús. Por eso, la decisión fuerte a la que nos llama es a elegirlo a él como Señor y Mesías, a hacer de él y del seguimiento de su persona el eje real de nuestra existencia. Se trata de una decisión radical porque no admite medias tintas: si no lo elegimos, entonces lo estamos rechazando. Es una elección de fe, pero que se expresa y refleja en todas las facetas esenciales de nuestra existencia: la relación con el prójimo, la existencia consciente y en vela, la responsabilidad y la disposición al servicio. En todas ellas se expresa la actitud de escucha y acogida de su palabra y su persona (de la Palabra encarnada que es su persona), por la que no insertamos en su relación filial con el Padre. La decisión es radical porque, en definitiva, todas estas actitudes se resumen en una: la disposición a dar la vida. Eso es precisamente lo que está haciendo Jesús: una vida consagrada a su Padre y al bien de sus hermanos, y que culmina en un “bautismo”, que no puede no generar tensión y angustia: su muerte en Cruz, el fuego purificador de un amor total que vence al pecado y a la misma muerte.

Jesús no es un Maestro “blando”, que ha venido a traernos azúcar para edulcorar falsamente las durezas de la vida. Realmente, edulcorando la imagen que nos hacemos de él, estamos falseándolo, a él y a su mensaje. Jesús, Maestro y Mesías, es un hombre de decisiones fuertes, que comportan renuncias difíciles. Eligiendo el camino de la Cruz, no eludiendo las dimensiones más duras y oscuras de la vida humana, consecuencia del pecado y del alejamiento de Dios, Jesús está haciendo suyas esas renuncias que suponen rechazar los falsos caminos de salvación, esos que con tanta insistencia se nos proponen cada día: el mero disfrute de la vida, como el único bien posible, y, en consecuencia, la riqueza, el egoísmo, la exclusión de los “otros”, y, si se tercia, la violencia como medio eficaz de defensa y autoafirmación. Igual que existe una imagen blanda (y falsa) de Jesús y del cristianismo, que quiere evitar todo conflicto por medio de un irenismo imposible, que evita molestar a nadie, existe un pacifismo igualmente blando, el pacifismo de los débiles lo llamaba el filósofo católico E. Mounier, que tras el “no a la guerra”, el “no quiero matar” y “la paz a cualquier precio”, deja oír la voz temblorosa que dice: “a mí que no me maten” y “mi vida a cualquier precio”. Aquí la paz significa, más o menos, “que me dejen en paz”, que yo no estoy dispuesto a dar la vida por nada.

Si Jesús es el Príncipe de la Paz lo es, ciertamente, de otra manera, encarnando el ánimo sereno de morir sin matar, como también decía Mounier, el pacifismo de los fuertes. Porque la disposición a dar la vida por la Verdad y el Bien supone un ánimo fuerte y la capacidad de tomar decisiones difíciles, incluso si eso provoca conflictos y riesgos para la propia tranquilidad y bienestar. De esos conflictos habla Cristo hoy, cuando se refiere a la división y la espada que ha venido a traer a la tierra. La elección de fe, la decisión de seguirle hasta el final implica con frecuencia ir contra corriente, atraerse la enemistad del entorno, pues esas decisiones son, al mismo tiempo, una denuncia difícil de soportar. No es raro escuchar voces prudentes (falsamente prudentes), que nos dicen que no hay que tomarse las cosas tan a pecho, que no hay que exagerar, que hay cosas que todo el mundo hace, que no hay que ir por ahí dando la nota y distinguiéndose de los demás. Son invitaciones a adaptarse, a acomodarse, a no ser fiel a uno mismo y a la propia conciencia, sino a seguir los criterios del mundo circundante, dominado por opiniones comunes, con frecuencia vulgares, dictadas además por intereses más o menos escondidos y no siempre limpios.

Es natural que Jesús hable hoy de fuego, de espada y de división. Nos está llamando a una libertad suprema, capaz de realizar esa decisión de fe, que supone tantas veces romper con el ambiente que nos rodea, caminar contra corriente y afrontar la enemistad incluso de los más cercanos.

Puede ser que ante una encrucijada semejante sintamos vértigo y temor. Pero tenemos que saber que en este camino no estamos solos: como nos dice el autor de la carta a los Hebreos, una nube ingente de testigos nos rodea, nos da ejemplo, nos ayuda a desembarazarnos de lo que nos estorba (el pecado de egoísmo, de pereza, de vulgaridad, que nos ata) para correr en la carrera que nos toca (precisamente a cada uno, pues cada cual tiene su propio camino y su propia cruz), sin retirarnos, siendo fieles a nuestra auténtica vocación, aunque ello comporte sinsabores, dificultades, incomprensión o conflictos. Uno de esos testigos es el profeta Jeremías, que hizo de su vida entera un testimonio de compromiso con una verdad incómoda, que sus compatriotas no estaban dispuestos a aceptar, seducidos como estaban por falsas seguridades. Jeremías fue fiel hasta la muerte en medio de muchas incomprensiones y persecuciones. Jeremías y toda la ingente nube de testigos (todos los patriarcas, profetas, apóstoles, mártires, todos los santos a lo largo de toda la historia) apuntan a Cristo, que renunciando al gozo inmediato soportó la cruz. Jesús, y con él todos los que dan testimonio de él, nos anima y da fuerza para no temer, pues, como dice de nuevo la carta a los Hebreos, “todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”, que es lo mismo que decir, que no debemos exagerar nuestros méritos, ni hacernos los mártires antes de tiempo, pero debemos estar dispuestos a serlo si llegara el caso.

De todos modos, pueden surgir dudas en nosotros: ¿cómo tomar decisiones, incluso si se trata de la decisión de fe, contra los más cercanos, a los que más queremos? A esto hay que oponer que la decisión por la fe y el seguimiento de Cristo, si bien puede resultar conflictiva con el entorno, no es una decisión contra nadie, sino a favor de todos, hasta de aquellos con los que chocamos. Pues quien sigue a Jesús está dispuesto a dar la vida también por los enemigos. Tomar la decisión de seguir a Jesús es beneficioso no sólo para el que la realiza, sino también para los que se oponen a ella. En estos días hemos celebrado la memoria de los beatos mártires claretianos de Barbastro y del P. Maximiliano Kolbe: dieron su vida por Cristo y por sus hermanos, perdonando a sus verdugos y orando por ellos; y, aunque no sepamos cómo, podemos estar seguros que ese perdón y esa oración fueron eficaces también para quienes los mataron. Por tanto, la decisión radical y difícil a favor de Cristo, de su Palabra y de su persona, es, al mismo tiempo, una decisión a favor de la autenticidad de la propia existencia y de los valores que ennoblecen y salvan la vida humana, una decisión que aumenta el caudal de Verdad, Bien y Justicia en nuestro mundo y que redunda en bien de todos, incluso de los que, por los más variados motivos, se oponen a nuestra elección.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 11.8.2019, Domingo 19 del Tiempo Ordinario (C): “Administradores fieles”

Santo evangelio según san Lucas 12,32-48
Donde está vuestro tesoro
allí estará también vuestro corazón

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino. Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón. Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.» Pedro le preguntó: «Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?» 
El Señor le respondió: «¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.»

Administradores fieles

Las diatribas de Jesús contra la riqueza causaban en sus discípulos desconcierto y escándalo (cf. Mc 10, 26), pues pensaban, según la mentalidad tradicional, que la riqueza era un signo de la bendición de Dios. Es fácil imaginar que la parábola del rico insensato (que leímos la semana pasada) produjo en ellos una reacción similar de sorpresa y temor. Y más teniendo en cuenta que se trataba de un grupo humano débil y, con mucha probabilidad, social y económicamente pobre. En situaciones de pobreza y debilidad es normal aspirar a mejorar el propio estatus, y también a alcanzar la seguridad tibia que ofrece el bienestar material. De ahí las palabras de estímulo que Jesús pronuncia a continuación, y que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy, con las que continúa su enseñanza sobre la verdadera riqueza.

Jesús exhorta a no temer, pese a la propia pequeñez, sino a poner la confianza en Dios, que ha decidido regalar a los que confían en Él una riqueza inmensamente superior a todas las posesiones materiales y a todo el poder de este mundo: su propio reino. Ese reino del que Jesús ha hecho el centro de su predicación, y que ya se ha hecho presente, se convierte ahora en un don que Dios hace a su pequeño rebaño. Ese don es la persona misma de Jesucristo, por el que merece la pena venderlo todo y darlo generosamente a los pobres, para adquirir así un tesoro que no se puede echar a perder ni puede ser robado.

En realidad, más que el tener (una tendencia en cierto modo inevitable) o el no tener, Jesús mira a la verdadera cuestión: dónde está nuestro corazón. Un hombre puede ser pobre económicamente, pero vivir sólo para sus escasos bienes materiales, ser egoísta, interesado, tacaño. Su corazón está en la riqueza, la poca que tiene y la mucha que quisiera tener. Alguien puede gozar de una buena posición, pero ser generoso, desprendido, abierto a las necesidades de los demás, y dispuesto a dejarlo todo si así se lo exige su fe. Así pues, Jesús nos está invitando a examinar nuestro corazón, a comprobar cuáles son los tesoros por los que estamos dispuestos a venderlo todo. De este modo, nos está llamando a hacer un ejercicio de autoconciencia, a abrir los ojos y vivir en vela. Este ejercicio es ya un primer paso para hacer la elección de la verdadera riqueza. Porque, de hecho, cuando el ser humano se entrega (y entrega su corazón) al mero bienestar material, se abotaga y adocena.

Recordemos al hombre de la parábola de la semana pasada. Ha decidido relajarse y dedicar el resto de su vida a comer y a beber, a pasarlo bien. Y de esa manera ha olvidado que nuestros días en la tierra están contados. Es evidente que en ocasiones tenemos que descansar y relajarnos, esto también es un deber, y Jesús mismo lo practicaba con sus discípulos (cf. Mc 6, 31), pero otra cosa muy distinta es consagrar (o pretender consagrar) la propia vida al ocio y a la satisfacción propia. Lo contrario de esto es la vida consciente, en vela, que nos recomienda Jesús. Se trata, en definitiva, de tomarse en serio la vida, porque es una cosa seria, en hacerse consciente de los verdaderos valores, los que dan un sentido definitivo a nuestra existencia y que, a fin de cuentas, descubrimos en toda su plenitud en el mismo Jesucristo, en el que Dios ha tenido a bien darnos el reino.

Vivir en vela significa, además, vivir a la espera del Señor que viene de tantas maneras a nuestra vida cotidiana (en la Palabra, en la Eucaristía, en nuestros hermanos necesitados, también en el amargo trance de la muerte). Pero no se trata de una espera pasiva, sino que, por el contrario, Jesús la describe como la realización de un servicio. Es decir, los bienes del reino que Dios nos ha regalado no se convierten para nosotros en una especie de propiedad privada y exclusiva ni para los creyentes en particular, ni, tan siquiera, para la Iglesia en su conjunto: no somos dueños del reino, de los bienes que nos ha confiado Jesús, sino sólo sus administradores.

Se entiende la pregunta de Pedro: “¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos?” La enorme riqueza de la fe en Jesucristo recibida por los discípulos les ha sido dada en depósito, para que la administren fielmente en favor de todos. Si la consideramos algo exclusivo, de la que podemos disponer a voluntad, sólo en beneficio propio, nos convertimos en una secta cerrada, que se olvida que debe dar cuenta a su señor de los dones recibidos. Pero el grupo de los seguidores de Jesús es una comunidad abierta que se sabe investida de una misión sacerdotal en beneficio de toda la humanidad, que no se guarda para sí, sino ofrece gratuitamente a todos, lo que gratis ha recibido.

Y no puede ser de otra manera cuando los bienes de los que hablamos son el don de la filiación divina y de la fraternidad universal. En Cristo nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, hermanos de todos. ¿Es posible guardarse para sí una riqueza de este tipo? ¿No tenemos por necesidad que salir al encuentro de todos a comunicarles que también ellos son hijos amados del Dios Padre de Jesucristo, que también ellos, como Abraham, nuestro padre en la fe son peregrinos en camino a la patria definitiva, de sólidos cimientos, y pueden participar de una fecundidad que supera toda expectativa humana?

En el testimonio valiente de nuestra fe y en el servicio desinteresado a nuestros semejantes nos vamos convirtiendo en el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas.

José María Vegas, cmf

Homilía del 4.8.2019, Domingo 18 del Tiempo Ordinario (C): “Los bienes de abajo y los bienes de arriba”

Santo evangelio según san Lucas 12,13-21
Lo que has acumulado, ¿de quién será?

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?» Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.» Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.” Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Los bienes de abajo y los bienes de arriba

El evangelio de hoy contiene una enseñanza sobre los verdaderos bienes que enriquecen nuestra vida, en perfecta sintonía con la primera lectura y la carta de Pablo. Pero arranca con un diálogo que ilustra y completa la catequesis sobre la oración de los domingos anteriores. Si el domingo pasado meditábamos sobre la oración de petición, sobre qué y cómo pedir, hoy Jesús nos avisa claramente acerca de lo que no hemos de pedir. No podemos pretender que Dios nos resuelva los problemas que son objeto de nuestra exclusiva competencia. Dios respeta nuestra autonomía, y quiere que la ejerzamos. No podemos ni debemos pedirle a Dios lo que Él nos pide a nosotros, convirtiéndolo en el remedio mágico de aquellos asuntos, para cuya resolución nos ha dado los recursos necesarios. Se suele decir que al necesitado no hay que darle un pez (salvo en situaciones de extrema necesidad), sino una caña de pescar. Con ello se indica que es necesario promover la autonomía de cada uno, porque en ella estriba la propia dignidad. Pues bien, Dios, que es el autor de nuestra dignidad y el fundamento de nuestra autonomía, no nos ha dado ni siquiera la caña, sino mucho más: la capacidad de idearla, nos ha dado la razón y la libertad y además la conciencia moral iluminada por la Revelación, que vienen a ser el manual de instrucción para hacer un recto uso de esas capacidades, de modo que podamos ser y vivir por nosotros mismos. Esto no quita el que nos dirijamos a Él expresándole nuestras necesidades, pidiéndole, también, el pan nuestro de cada día, pues todo lo que tenemos es, al fin y al cabo, don de Dios. Pero, precisamente al pedir el pan, estamos ya aludiendo a “los frutos de la tierra y al trabajo del hombre”, esto es, la misma petición lleva aparejada el reconocimiento de nuestra responsabilidad, de lo que nos corresponde hacer a nosotros.

En el diálogo con el hombre descontento con su hermano Jesús parece responder con demasiada brusquedad, pero en la concisión de sus palabras nos está invitando a establecer relaciones maduras con Dios. Ya el modo que tiene Jesús de dirigirse a su interlocutor, “hombre”, puede entenderse como una apelación a tomar responsablemente las riendas de la propia vida. Dios es nuestro Padre, pero los hijos se encuentran respecto de sus padres en situación de dependencia sólo temporal, hasta que alcanzan la edad adulta. Entonces la piedad filial se conserva, pero ya desde la autonomía conquistada gracias a aquella inicial y pasajera dependencia, de modo que la primera se convierte en preocupación y cuidado de los propios padres cuando estos son ya ancianos. Dios Padre quiere que crezcamos, que vivamos como adultos y que, alcanzada la madurez en la fe, establezcamos relaciones maduras con Él, y no de pura dependencia infantil.

Los bienes materiales que necesitamos para vivir están en este mundo a nuestra disposición, y nosotros mismos debemos procurárnoslos. Ese “manual de instrucciones” que, hemos dicho, es la conciencia moral, el sentido de la justicia y el mandamiento del amor, nos dice que debemos hacer un uso responsable de esos bienes, de modo que nos sirvan, evitando absolutizarlos y convirtiéndonos en sus esclavos. Cuando sucede esto último surgen los conflictos, la codicia, la avaricia, la guerra por la posesión, la tendencia a acaparar, a poseer en exceso, con perjuicio de los derechos y las necesidades de otros.

Jesús, que se niega a hacer de juez en este tipo de conflictos, nos da, sin embargo, otras indicaciones que pueden ser de gran ayuda, para solucionarlos, superándolos positivamente. Se trata de cambiar de actitud respecto de los bienes materiales, de no darles más importancia de la que tienen (y la tienen, pero en su justa medida). Para ello describe con gran agudeza y no poca ironía lo que sucede al que hace de la riqueza económica su único horizonte vital. El hombre de la parábola tuvo un golpe de suerte y se hizo inmensamente rico. Y pensó de forma insensata que su vida estaba salvada. Sin darse cuenta de que la vida en este mundo es pasajera, y que los bienes externos no pueden formar parte del equipaje que podemos llevarnos al otro mundo. Como dice el libro de Job, “desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá” (Job 1, 21). Si toda la riqueza que el hombre puede acumular es la que puede guardarse en el banco o en los graneros, todos estamos abocados a acabar en la misma pobreza: la desnudez de la muerte. Si todos nuestros afanes se concentran sólo en los valores externos y materiales, por muy bien que nos pueda ir (algo que no está en absoluto garantizado), habremos consagrado nuestra vida a bienes que no perduran, a la vanidad de que nos avisa el libro del Eclesiástico.

Existen otras riquezas, que el hombre puede acumular dentro de sí y que atraviesan incólumes el fuego purificador de la muerte. Jesús nos recuerda que tenemos que hacernos ricos ante Dios. Pablo nos exhorta a buscar los bienes de allá arriba, los que recibimos de Dios, por medio de Jesucristo, los bienes que perduran y son más fuertes que la muerte. Son los bienes que componen precisamente esa madurez humana y cristiana de que hablábamos antes: los bienes ligados al sentido de la justicia, a la generosidad y la entrega, al servicio y, en definitiva, a los que se sustancian en el mandamiento del amor. La muerte y resurrección de Jesucristo los han hecho plenamente patentes y accesibles: entregarse hasta dar la vida, como Cristo, tiene sentido (no es vanidad ni grave desgracia) porque así nos hacemos partícipes de la plenitud de vida de la resurrección.

Pero no hay que esperar a la muerte para empezar a vivir así. El mandamiento del amor, la vida al servicio de los demás, los sacrificios que a veces nos impone la generosidad y el elemental sentido de la justicia, todo esto implica, como dice Pablo, ir dando muerte en nosotros a todo lo terreno, a toda forma de vida basada en el egoísmo y en el mero disfrute (que, es una forma de vida idolátrica, desconocedora del verdadero Dios), para que crezca en nosotros la imagen de Dios que conocemos por Cristo.

Un primer fruto de esta forma de vida es la superación de las múltiples barreras que el egoísmo ha ido levantando entre los hombres (judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos, bárbaros y escitas, esclavos y libres, y, podríamos añadir, ricos y pobres), y la capacidad de reconocer en cada hombre o mujer un semejante, un hermano o hermana.

¿Significa esto que tenemos que renunciar por completo a toda forma de bienestar, descuidar del todo las preocupaciones por los bienes materiales? Ni mucho menos. Jesús, recordémoselo, ha incluido la petición del pan cotidiano en el Padrenuestro. Él mismo se ha preocupado de dar de comer a los hambrientos, y ha mandado a sus discípulos que hagan lo mismo (cf. Lc 9, 13). En realidad no hay que contraponer excesivamente las riquezas materiales y las que nos hacen ricos ante Dios. Ya decía el santo papa Juan XXIII que “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. Ser rico ante Dios significa, entre otras cosas, preocuparse del bienestar material de los que carecen de lo necesario. El hombre de la parábola que Jesús nos narra hoy tuvo un golpe de suerte y se hizo rico de repente. Podría haberse hecho también rico delante de Dios si, en vez de acumular vanamente esas riquezas sólo para sí, hubiera abierto sus graneros para compartir esa riqueza con los hambrientos. Esa misma noche hubiera tenido que entregar igualmente su vida, sin poderse llevar su fortuna, pero se habría presentado ante Dios adornado con la riqueza del deber cumplido de justicia, la libertad de la generosidad, la madurez del amor y, también, del agradecimiento y la bendición de los pobres saciados con esos bienes efímeros, pero que, transfigurados por los bienes de allá arriba, en modo alguno resultan vanos.

José María Vegas, cmf

Homilía del 28.7.2019, Domingo 17 del Tiempo Ordinario (C): “Aprender a pedir”

Santo evangelio según san Lucas 11,1-13
Pedid y se os dará 

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.» Él les dijo: «Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.”»Y les dijo: «Si alguno de vosotros tiene un amigo, y viene durante la medianoche para decirle: “Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.” Y, desde dentro, el otro le responde: “No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos.” Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?»

Aprender a pedir

La semana pasada entendimos que la acción cristiana tiene que ir precedida de la escucha de la Palabra. La oración es, ante todo, escucha. Pero, hoy, esa misma Palabra nos enseña que en la oración también tenemos derecho a hablar, expresando nuestros deseos, nuestras necesidades, nuestras peticiones.

Ya la primera lectura ilustra esto con gran viveza. El precioso diálogo de Abraham con Dios indica no sólo que podemos dirigirnos a Él con nuestros ruegos, sino que Dios se deja importunar por nosotros, escucha con paciencia, incluso cuando nuestras peticiones tiene el tono de una queja o de un reproche. Por otro lado, al hilo de la conversación entre el patriarca y el peregrino que ha venido a visitarle, se plantea una grave cuestión que afecta a la verdadera imagen de Dios y a nuestra relación con Él. En una primera lectura tenemos la impresión de que Dios se dirige a castigar a Sodoma y Gomorra por sus muchos pecados. Esto se corresponde con esa idea del Dios juez y castigador que todavía opera en muchos, que consideran que ciertos males, como terremotos o inundaciones u otras desgracias naturales o provocadas por el hombre, son acciones punitivas de Dios por los pecados de los hombres. Pero ante esa idea del Dios vengativo se levanta la voz de Abraham, que no puede soportar que caigan justos por pecadores. La protesta de Abraham la hacen propia muchos contemporáneos, y la usan a veces incluso para impugnar la existencia de Dios. Pero en estos textos hay que saber leer entre líneas. Si ante las insistentes protestas de Abraham, Dios escucha paciente y concede que perdonará a toda la ciudad en atención a los pocos justos que se encuentren en ella, podemos entender que Dios no se dirige a destruir, sino a salvar, y que la justicia de pocos es causa de salvación de muchos. Es el mal que hacemos voluntariamente el que nos destruye, es el hombre quien se castiga a sí mismo cuando se aparta de Dios, fuente del bien y de la vida. En Sodoma no se encontró a ningún justo y esa fue la causa de su destrucción. Pero en el diálogo de Abraham con Dios hemos de leer una profecía sobre Cristo. Nadie puede considerarse totalmente justo delante de Dios, y, entonces, ¿cuál es la esperanza de salvación? Jesucristo, el único Justo, que se ha hecho causa de salvación para cuantos se acogen a él. Jesucristo es la excusa que ha encontrado Dios para ofrecer a todos la salvación.

Este es, en sustancia, el mensaje que nos transmite Pablo en la carta a los Colosenses que acabamos de leer: “Estabais muertos por vuestros pecados…; pero Dios os dio vida en él, perdonándoos todos los pecados.” Así pues, en la oración de intercesión de Abraham resuena no sólo la protesta humana ante la injusticia, sino también la voluntad salvífica de Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18, 23; Lc 15, 7).

Esta voluntad salvífica de Dios se traduce también en una voluntad de comunicación: Dios quiere establecer con nosotros un diálogo, quiere hablarnos y que le hablemos. Jesucristo es un ejemplo vivo de comunicación orante con su Padre Dios. Es lógico que los discípulos, alentados por ese ejemplo, le pidieran que les enseñara a orar. Hoy, nosotros repetimos esa súplica y recibimos como respuesta la oración del Padrenuestro. Hemos dicho que la oración, además de la escucha, incluye la petición. ¿Qué podemos y debemos pedir? La primera petición que aparece en el Evangelio de hoy es precisamente la de que nos enseñe a orar. Tenemos que aprender a orar y tenemos que aprender, en consecuencia, a pedir, pues sigue siendo verdad que no sabemos pedir como conviene (cf. Rm 8, 26).

En el Padrenuestro Jesús nos introduce en su propia oración, nos pone en relación con su Padre, exhortándonos así a orar en plena confianza filial. La enseñanza de Jesús tras enseñarnos el Padrenuestro lo confirma: Dios escucha con solicitud nuestras oraciones, y está dispuesto a darnos cosas buenas, del mismo modo que los padres les dan a sus hijos aquello que les conviene de verdad. En sintonía con la oración de Jesús, aprendemos a pedir lo que realmente necesitamos, lo más importante: que resplandezca el nombre de Dios, es decir, que Dios, fuente de la vida y de todo bien sea conocido y amado por todos; que su Reino de amor y de justicia, el que Cristo ha venido a traernos, se haga presente entre nosotros porque lo acogemos y aceptamos; que su voluntad de bien y de salvación se vaya realizando por medio de nuestra propia voluntad. Jesús no se olvida de que tenemos necesidades materiales, por las que también tenemos que pedir, y no sólo para nosotros, sino para todos. En esta petición por el pan de cada día resuenan esas otras palabras: “dadles vosotros de comer” (cf. Lc 9, 13); esto es, Jesús nos invita a ensanchar el corazón, para que también en estas necesidades materiales más básicas se santifique su nombre, se haga presente su Reino, se realice su voluntad. Por eso, junto al pan material, pedimos el pan de vida que es su cuerpo, que recibimos en la Eucaristía. Tampoco se olvida Cristo en su enseñanza de que este mundo en que vivimos no es ideal, sino que está afectado por muchos males, por muchos sufrimientos causados por nuestras propias injusticias. Él, el justo por el que Dios perdona a los pecadores, nos exhorta, pues, a superar el mal a base de bien, las ofensas mediante el perdón, que nosotros ya hemos recibido abundantemente. Y como el mal sigue acosándonos de muchas maneras (por medio de tantas tentaciones), nos exhorta a plantarle cara con la ayuda de su gracia. La oración de Abraham a favor de Sodoma nos hace comprender también que cuando rezamos el Padrenuestro no oramos solo por nosotros y los más cercanos, sino que estamos haciendo de mediadores de la humanidad entera ante el Dios Padre de todos.

Jesús, maestro de oración, nos enseña qué debemos pedir, pero también cómo debemos hacerlo: además de con confianza, con insistencia y perseverancia, sin miedo de importunar a Dios, como hizo Abraham, y como el amigo pesado de la breve parábola que sigue a la enseñanza del Padrenuestro.

Aquí puede alzarse, sin embargo, una objeción contra esta oración confiada y perseverante. A veces tenemos la impresión de que Dios no nos escucha. Y no se trata de cuestiones de poca monta. La oración angustiada de muchos por la salud propia y de los suyos, por la vida, la paz, la justicia… parece no encontrar eco, sino, por el contrario, el silencio por respuesta. También aquí Jesús es nuestro Maestro, más con el ejemplo que con las palabras. El modelo de esa oración angustiada es la suya en el huerto de los Olivos, cuando pidió que pasara de él el cáliz de la Pasión, pero añadió, “si es posible; y que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22, 42). Aparentemente, Dios no respondió a la oración de Jesús, puesto que murió en la Cruz. Pero, en realidad, el Padre respondió con creces, muy por encima de lo que es posible pensar o imaginar (cf. Ef. 3, 20), resucitándolo de entre los muertos por la fuerza del Espíritu. Y, sea cual sea el resultado aparente de nuestra oración, podemos estar seguros de que, si aprendemos de Jesús a orar como conviene, ninguna oración cae en saco roto, el Padre celestial nos escucha siempre, y no dejará de dar el Espíritu Santo a los que se lo piden.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 21.7.2019, Domingo 16 del Tiempo Ordinario (C): “¿Marta o María?”

Santo evangelio según san Lucas 10, 38-42
Marta lo recibió en su casa. María ha escogido
la parte mejor

Cristo en Casa de María
Georg Friedrich Stettner, (attr)

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: – «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.» Pero el Señor le contestó: – «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.»

¿Marta o María?

Se suele leer este texto evangélico en clave de dialéctica o confrontación entre la acción y la contemplación, entre el compromiso activo y la oración. Y, a juzgar por las severas palabras que Jesús dirige a Marta, sería la oración la que saldría ganando. Algo, por cierto, que no está muy en sintonía con la mentalidad actual. No es que Jesús descalifique por completo la acción, pues no habla de una parte buena y otra mala, sino de una preferencia de la contemplación sobre el servicio, donde éste es la parte buena, y aquella la parte mejor. ¿Está realmente Jesús alabando la oración y la contemplación en detrimento de la acción en favor de los demás, en este caso, incluso, del mismo Cristo? Si así fuera, no dejaría de resultar extraño, pues estas palabras de Jesús parecen chocar frontalmente con otras, en las que nos dice que para entrar en el Reino de los Cielos no basta decir “Señor, Señor”, sino que hay que hacer su voluntad (cf. Lc 6, 46; Mt 7, 21). Jesús exhorta en diversas ocasiones a adoptar esta actitud de servicio (cf. Lc 22, 26), hasta el punto de hacerse él mismo servidor de sus discípulos (cf. Lc 22, 27; Jn 13, 4-15). Y recordemos que en la parábola del Juicio Final (cf. Mt 25, 31-46) cifra la salvación no en específicas acciones religiosas, sino en la activa preocupación por aliviar a los que sufren.

Tal vez haya que buscar el hilo conductor y la clave de lectura de este texto evangélico en lo que tiene de común con la primera lectura: la actitud de acogida. En el texto de Génesis Abraham recibe a tres caminantes desconocidos, a los que ofrece las típicas muestras de hospitalidad oriental. El extraño hecho de que se dirija a ellos como a uno solo, llamándoles “Señor”, ha dado pie a que, ya desde la época patrística, se entienda este pasaje como una primera teofanía de la Trinidad. Acogiendo a los peregrinos, Abraham acoge al mismo Dios.

En el Evangelio Marta y María acogen a un caminante bien conocido, pues tanto aquí como en el evangelio de Juan (cf. Jn 11, 1-44), está atestiguada la amistad de esta familia con Jesús. La agitación de Abraham para atender debidamente a sus desconocidos huéspedes es similar a la de Marta, que “se multiplicaba para dar abasto con el servicio”. Salta a la vista (y parece que esa era la intención del evangelista en el modo de narrar los hechos) el contraste con la actitud de María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.

Cuando uno se multiplica es natural pretender que otros dividan con él el trabajo. Y también parece natural que se reaccione con una cierta irritación ante la aparente pasividad de los que deberían echar una mano. La apelación de Marta a Jesús da a entender ese enfado, que incluye un leve reproche al mismo Cristo: “¿No te importa…?” La para muchos sorprendente respuesta de Jesús denota tranquilidad y paciencia, pero también incluye una clara amonestación a la actitud de Marta (y una defensa de la de María). ¿Está Jesús, como insinuábamos al principio, dando prioridad a la contemplación sobre la acción?

Si la clave está en la acogida, podemos entender que hay dos formas de acogida: la acogida material, la preocupación por el bienestar externo del huésped; y la acogida de corazón, que abre no sólo la casa, sino que acepta a la persona con todo su significado, y se abre completamente a su mensaje. Jesús no critica la acción, ni rechaza en consecuencia la primera forma de acogida. Ya hemos dicho que nos avisa de que nuestra acogida de su persona no sea sólo de palabra (de boquilla, decimos en castellano), sino con actos. Pero, ¿cómo podemos hacer su voluntad, prolongando su misma actitud de servicio, si previamente no nos hemos detenido a escuchar atentamente su palabra, dejando que nos interpele y nos toque por dentro?

En el suave reproche a Marta, podemos leer una crítica del activismo, un mal que (nos) afecta a muchos en la Iglesia. Se emprende una actividad desbordante, apremiados por las muchas necesidades, se hacen muchísimas cosas, pero ese multiplicarse para dar abasto puede no tener el sello de la verdadera actividad cristiana, precisamente porque ya no se alcanza para “perder el tiempo” a los pies del Señor, en la escucha de su palabra. Se abren las puertas de la propia casa, se dedican el tiempo y las fuerzas a actividades religiosas, evangelizadoras, solidarias…, pero el trato con el Señor se queda fuera, Cristo se queda al margen de esa actividad intensísima: quiere hablar con nosotros (para eso ha venido a nuestra casa), pero se encuentra que, inquietos y nerviosos con tantas cosas, no le prestamos atención. Le hemos abierto las puertas exteriores de la casa, pero nuestro corazón permanece cerrado a su palabra. Y es que su palabra es peligrosa, nos pone en cuestión, nos llama a dar pasos que, tal vez, no queremos dar. La actividad puede ser una forma de autojustificación, una excusa para permanecer sordos a la palabra de Jesús (aunque la “usemos” con frecuencia, como material de nuestra actividad pastoral o social). Cuando esto sucede, la mucha actividad refleja nuestras cualidades, nuestro compromiso, nuestra bondad, nuestra voluntad, pero ya no es el sacramento y el reflejo de lo único importante, de la Palabra (que es el mismo Cristo), que debemos transmitir, de la que debemos dar testimonio. ¿Cómo podemos reflejarla, si no la hemos escuchado, si no la hemos contemplado, si no le hemos dado cabida dentro de nosotros? Sí, Jesús quiere que hagamos, pero que hagamos su voluntad, que pongamos en práctica sus mandamientos, que nuestro servicio sea prolongación y testimonio del suyo, de Él, que se ha hecho servidor de sus hermanos. 

Por este motivo, no debemos ser avaros en el tiempo de la escucha y la contemplación, en el tiempo dedicado a la aparentemente estéril oración. Obispos y sacerdotes, religiosos y laicos, todos en la Iglesia tienen que hacer suya esa parte mejor de María, para que en la actividad pastoral, social, profesional, familiar, en todo lo que hagamos, seamos un reflejo de la palabra que, como dice Pablo, amonesta, enseña, da sabiduría, y nos hace llegar a la madurez de la vida en Cristo, cada uno según su propia vocación dentro de la Iglesia.

Volviendo al episodio de Abraham, podemos comprender que en la aparente esterilidad de la oración hay, sin embargo, una fecundidad que ninguna actividad meramente humana puede alcanzar. El anciano Abraham y la estéril Sara reciben la promesa de una descendencia humanamente imposible. La Palabra escuchada y acogida es como una semilla que da frutos inesperados, frutos de vida nueva, de una vida más fuerte que la muerte.

Algo parecido se puede decir de algo tan humanamente inútil e indeseable como el sufrimiento. Pablo nos ilumina a este respecto, cuando hace de sus sufrimientos personales no sólo una participación en los dolores de Cristo (que sigue sufriendo en su Iglesia y en todo sufrimiento humano), sino también parte esencial de su ministerio apostólico. Esta es otra forma de estar a los pies del Señor, como María, la madre de Jesús, y las otras Marías, que “estaban junto a la cruz” (Jn 19, 25).

Así pues, tenemos que trabajar, actuar, realizar buenas obras, multiplicarnos como Marta (que también la Iglesia considera santa y modelo de acogida), pero hemos de hacerlo impregnados de la palabra del Señor, que escuchamos y contemplamos asidua y pacientemente. Para estar de verdad al servicio de los demás, como Marta, hay que saber primero sentarse a los pies del Señor y escuchar su Palabra, como María. Es esa escucha la que nos hace partícipes del Misterio Pascual de Cristo, la que nos ayuda a dar sentido cristiano a nuestras acciones y a nuestros propios sufrimientos, haciendo fecundo lo que a los ojos del mundo es estéril e inútil; es esa palabra, que es el mismo Cristo, la parte mejor que hemos de aprender a elegir, para, por medio de nuestras buenas obras (cf. Mt 5, 16), revelar eficazmente hoy al mundo el misterio escondido desde siglos y generaciones.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 14.7.2019, Domingo 15 del Tiempo Ordinario (C): “La proximidad de Dios que nos hace prójimos”

Santo evangelio según san Lucas 10,25-37
¿Quién es mi prójimo?

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?» Él le dijo: «¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?» Él contestó: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.» Él le dijo: «Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.» Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» Él contestó: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Anda, haz tú lo mismo.»

La proximidad de Dios que nos hace prójimos

Como sabemos, el legalismo fariseo multiplicaba las normas de obligado cumplimiento, y ponía en su estricta y completa observancia la verdadera religión. Cuando las normas se multiplican es inevitable que se produzcan conflictos entre ellas, y se hace necesario discernir criterios de prioridad. También suele suceder que se multipliquen las opiniones sobre la adecuada jerarquía de las normas y que, en consecuencia, aparezcan distintas escuelas que disputan entre sí. La pregunta del fariseo a Jesús, “para ponerlo a prueba”, tiene toda la pinta de ser una pregunta de ese tipo: el deseo de comprobar a cuál de las escuelas rabínicas se adhería Jesús, y juzgar así sobre su ortodoxia, desde el punto de vista, claro, del fariseo en cuestión.

Pero Jesús no es un simple rabino, ni la suya es una opinión de escuela. Jesús ha venido a dar cumplimiento a la Ley, a llevarla a la perfección. Y, a tenor de su respuesta (que en este caso consiste en enfrentar al fariseo con lo esencial de la Escritura sagrada), esto significa limpiarla de la maraña de prescripciones rituales sobre las más peregrinas cuestiones, para ir al corazón de la misma: el amor a Dios (con todo el corazón y con toda el alma y con todas las fuerzas y con todo el propio ser) y al prójimo (como a sí mismo). Al responder a la pregunta (más o menos capciosa) del fariseo, Jesús aprovecha para revelarnos la nueva Ley del Evangelio, la Ley del amor y de la gracia, que lleva a perfección la Ley mosaica. Pero, podríamos preguntar, ¿dónde está la novedad, cuando en la respuesta encontramos simplemente dos citas del Antiguo Testamento? Se trata, en efecto, de Deuteronomio 6, 4-9, en lo referente al amor a Dios, y de Levítico 19, 18 para el amor al prójimo. ¿Está Jesús sólo rescatando la Ley del Sinaí de la maraña legal farisea o hay en sus palabras verdadera novedad?

Para aclarar esto hemos de atender a la parábola del buen samaritano, con la que Jesús responde a la segunda pregunta del fariseo: ¿Quién es mi prójimo? El interlocutor de Jesús parece no tener dudas en lo referente al amor de Dios, pero no tiene del todo claro a quién abarca la obligación del amor a los demás, esto es, quién es nuestro prójimo al que debemos nuestro amor. Si nos atenemos a la Ley de Moisés, sustanciada en el Decálogo, sólo los familiares son próximos, y sólo hacia ellos existe el deber positivo de hacerles el bien. Así hay que entender el cuarto mandamiento, el único de la segunda parte de la tabla que manda actuar positivamente respecto de los propios padres y, por extensión, con el resto de los familiares (apurando algo más se podría incluir a los paisanos y connacionales). En lo que se refiere a todos los demás, más lejanos, sólo hemos de abstenernos de hacerles mal (es el contenido negativo de los otros seis mandamientos), esto es, basta con la exigencia del respeto. Pero, en su respuesta al fariseo, Jesús pone como ejemplo de verdadero comportamiento con el prójimo, esto es, con el “próximo” y cercano, a quien era para los judíos prototipo del extraño, del extranjero, del herético y enemigo, del más lejano, merecedor sólo de odio y desprecio: un samaritano. De esta manera paradójica y provocativa Jesús amplía el círculo de los próximos, de los familiares y hermanos (destinatarios del cuarto mandamiento) hasta incluir en él a todos los hombres y mujeres sin excepción, eliminando así toda frontera nacional, racial, incluso religiosa: todo ser humano es prójimo para ayudar y recibir ayuda, para hacer el bien y que se lo hagan, para amar y ser amado. Y es que, en verdad, la necesidad y el sufrimiento, así como la verdadera compasión, no entienden de fronteras, razas o confesiones. Jesús, con su parábola del buen samaritano, nos ha aproximado a todos, nos está invitando a superar todo extrañamiento, toda excusa (nacional, racial o religiosa) para eximirnos de la misericordia.

Sin embargo, no debemos pensar que con su respuesta Cristo sólo se ha referido a la segunda parte del mandamiento principal, dejando intacta la que se refiere a Dios. En realidad, al contarnos la parábola del buen samaritano, Jesús nos está transmitiendo una nueva imagen de Dios: si todo ser humano es mi hermano y, por tanto, depositario potencial de un amor activo, que se traduce en solicitud y ayuda, es porque Dios es el Padre de todos sin excepción, y nos hermana a todos en una misma familia. Sólo a la luz del Dios Padre celestial, que hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos es posible entender el mandamiento del amor universal, que incluye hasta a los enemigos (cf. Mt 5, 44-45), y, que, como se desprende de las palabras de Jesús, no consiste en un benévolo sentimiento de simpatía (que puede muy bien no darse), sino en una voluntad efectiva de hacer el bien.

La paternidad de Dios que hace de todos los seres humanos prójimos y hermanos no es una mera metáfora para decir que Él es el principio del que todo viene. Su paternidad expresa una relación esencial e interna, y anterior a la creación de las cosas y los hombres: es el Padre del Hijo Unigénito, unidos entre sí por el Espíritu del Amor. Y esa paternidad de Dios se ha hecho cercana y próxima en la encarnación del Hijo. Dios no está lejos de nosotros. Ya Israel intuyó esta cercanía de Dios: la voz del Señor, su palabra y su mandamiento no están en el cielo o allende el mar, sino muy cerca de ti, en tu corazón y en tu boca (cf. Dt 30, 10-14; Rm 10, 6-8). Esa Palabra es el mismo Jesucristo, el “Dios con nosotros”, que en su encarnación se ha hecho imagen visible del Dios invisible y ha reconciliado consigo todos los seres, los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz. Él es en persona la perfección y el cumplimiento de la antigua Ley. En Jesús Dios se ha aproximado a nosotros, se ha hecho prójimo y hermano nuestro, y en él nos ha convertido a todos en prójimos y hermanos.

En Cristo entendemos que no hay contradicción alguna entre amor a Dios y amor al prójimo, sino que los dos preceptos son dimensiones de un único mandamiento principal. Cuando nos acercamos a los demás haciéndonos prójimos suyos, brindándoles nuestra ayuda y haciéndoles bien, los estamos tratando como hermano, y, con ello mismo, confesando, de modo consciente o inconsciente, que Dios es nuestro Padre; estamos haciendo próximo a Dios, que es amor, pues estamos encarnando y visibilizando al amor mismo; pero este movimiento es posible porque Dios ya se nos ha aproximado, en Jesucristo, y en él nos ha mostrado su rostro paterno.

Así pues, el camino que lleva al templo, esto es, al verdadero culto de Dios, no es el camino directo del sacerdote y el levita, que para llegar a tiempo al templo dan un rodeo y evitan el encuentro con el que está en necesidad. Al contrario, ese rodeo de la atención solícita al que sufre, se convierte en el atajo que lleva al Dios verdadero, al Dios Padre de Jesucristo y Padre nuestro.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 7.7.2019, Domingo 14 del Tiempo Ordinario (C): “La mucha mies y los obreros pocos”

Santo evangelio según san Lucas 10, 1-9
Descansará sobre ellos vuestra paz

Los envió de dos en dos, acuarela de James Tissot (1886-1894),
Museo de Brroklyn, Nueva York

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad». Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».

La mucha mies y los obreros pocos

La Iglesia se encuentra embarcada en un gran proceso de “Nueva evangelización”. El papa Francisco lo ha relanzado con la idea de un “Iglesia en salida”. El matiz es importante, para evitar toda idea de “reconquista”: se trata de que la renueve y ponga en práctica la actitud que ya descubrimos en el grupo de los primeros discípulos, que, impulsados por Jesús, salen al encuentro de todos llevando un mensaje de salvación. No se trata, pues, sólo de repensar métodos y estrategias, sino sobre todo de meditar de nuevo sobre la propia misión y sobre la seriedad de la misma. En ella decide la Iglesia su ser y su fidelidad a Jesucristo. El evangelio de hoy nos ayuda a centrar esta meditación que nos incumbe a todos.

Destaca, en primer lugar, la inmensidad de la tarea. Jesús nos avisa de ello, cuando nos recuerda la abundancia de la mies. Se trata del mundo entero, de toda la humanidad, de este mundo y esta humanidad llenos de problemas, tensiones, desequilibrios, injusticias, amenazas, sufrimiento… Pero Jesús mira al mundo preocupado, pero sin pesimismo, con esperanza: no es un campo de batalla, sino un campo sembrado también, de buena semilla y llamado a dar fruto.

La inmensidad de la tarea significa, en segundo lugar, que es una tarea de todos. Jesús nos llama a salir de la pasividad. Esto es esencial para que la nueva evangelización llegue a buen puerto. Nos llama, pues, a adoptar una actitud activa, a ponernos en camino: la misión no es sólo cosa de los apóstoles, sino de todos los discípulos. Los 72 enviados son, podemos imaginar, un grupo heterogéneo de seguidores que habían asimilado el mensaje de Cristo lo suficientemente como para convertirse en heraldos suyos. Toda la vida cristiana en todas sus vocaciones y estados de vida es misión, envío, preparación del camino por el que viene Jesús.

No debemos pensar en la misión mirando al pasado: como la recuperación de una influencia perdida, o sólo como la conservación de un legado de siglos pasados, sino como la preparación de un acontecimiento futuro: Jesús está en camino y viene, y nosotros tenemos que preparar esa venida.

La misión no consiste sólo ni sobre todo en comunicar un determinado mensaje, sino en llevar un estilo de vida. En las instrucciones que Jesús da a los 72 no se indica lo que tienen que decir, sino cómo deben ir, qué actitudes deben adoptar, qué acciones deben realizar. En el preámbulo de las mismas no oculta los peligros que habrán de afrontar. Pero precisamente por ello previene: se van a encontrar lobos, pero ellos deben actuar como corderos: no van a la guerra (por lo que deben abstenerse de medios bélicos), sino en misión de paz. Han de caminar ligeros de equipaje. Siendo heraldos del que no tiene dónde reclinar la cabeza, no han de ser las preocupaciones materiales las que los obsesionen. Su actitud ha de ser la de la confianza en la Providencia. Es cierto que no es posible vivir totalmente descuidado de lo material, y Jesús lo sabe, por eso recomienda una actitud de sencillez y agradecimiento: no renunciar a comer y beber, al salario merecido por los obreros.

La misión es urgente, de ahí la (para nosotros) extraña recomendación de no detenerse a saludar a nadie por el camino. Es claro que no se trata de negar el saludo, sino de no distraerse aquí y allá, en los largos y ceremoniosos ritos de salutación de aquella cultura oriental. Es la misma urgencia de la que nos hablaba el evangelio el domingo pasado. Los que vean pasar de largo y sin detenerse a los discípulos comprenderán que lo que se llevan entre manos es urgente y de gran importancia. Es, pues, una forma más de anuncio.

Ya hemos dicho que la misión no es bélica, sino de paz. Para comunicar la paz hay llevarla dentro de sí. No se trata sólo de un saludo más o menos protocolario, sino de una forma de presentarse. La paz que se da y se transmite es la paz que encontramos en el Señor, la paz que él nos deja, la que él no da, como rezamos antes de la comunión. Así pues, para poder dar esta paz tenemos que examinarnos continuamente, ver hasta qué punto estamos interiormente pacificados, de modo que podemos convertirnos en agentes de la paz de Cristo. Es una paz que procede del perdón recibido, de la salvación experimentada, del trato cotidiano con el Señor. Es, por fin, una paz que sana, que no cesa de hacer el bien. De ahí la recomendación de curar a los enfermos.

Sólo al final se da una breve indicación del mensaje: “está cerca de vosotros el reino de Dios”. Pero ese mensaje es la persona misma de Cristo que está ya cerca. En Él se cumplen las antiguas profecías y promesas. Podemos entender la misión de los discípulos y la nuestra a la luz de la bella utopía de paz, consuelo y alegría soñada por Isaías. En Jesús esa utopía deja de ser un sueño, se convierte en una utopía en acción. Por la misión de los discípulos, por la presencia de Cristo, se abren realmente en nuestro mundo espacios de reino de Dios, relaciones nuevas, modos nuevos de solucionar los conflictos, de responder a las necesidades de los que sufren.

Pero no debemos dejarnos llevar por el color rosa que tienen las utopías. Recordemos que hemos sido enviados en medio de lobos. Aquí tenemos que volvernos al mensaje de Pablo: la misión de Cristo y la nuestra no es una incursión victoriosa, sino una entrega que implica renuncias, hasta la de la propia vida. Así pues, la paz de la que hablamos y la que tenemos que dar procede de la Cruz de nuestro señor Jesucristo: “la paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma”.

Pablo afirma llevar en su cuerpo las marcas de Jesús. ¿Qué significa esto? Se ha especulado sobre la posibilidad de que llevara en manos, pies y costado los estigmas de la pasión. En realidad no lo sabemos, ni tampoco importa tanto. Lo importante es que, al hacer propia la Cruz de Cristo (que es lo mismo que unirse a Él) sus “marcas” no pueden no reflejarse en nosotros, precisamente en un estilo de vida marcado por el Evangelio. 

El que está marcado por el Evangelio de Cristo, ese ha vencido y sometido en sí mismo al diablo, no se deja impresionar por la magnitud del mal en el mundo, porque ha experimentado en su propia persona que existe un poder mayor, que ha vencido al mal en todas sus formas, y ese mal aparentemente tan poderoso se ha precipitado por la fuerza de Aquel que quiere inscribir todos nuestros nombres en el libro de la vida, en el lugar en el que habita Dios.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 30.6.2019, Domingo 13 del Tiempo Ordinario (C): “La libertad para el seguimiento”

Santo evangelio según san Lucas 9, 51-62
Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron: – «Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?» Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea. Mientras iban de camino, le dijo uno: – «Te seguiré adonde vayas.» Jesús le respondió: – «Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» A otro le dijo: – «Sígueme.» Él respondió: – «Déjame primero ir a enterrar a mi padre.» Le contestó: – «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.» Otro le dijo: – «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.» Jesús le contestó: – «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.»

La libertad para el seguimiento

La despedida de Eliseo de los suyos, antes de responder a la sorpresiva llamada de Elías, expresa los deberes hacia la propia familia, que en la antigüedad tenían carácter sagrado. Pero en el evangelio Jesús da la impresión de contravenir esos deberes sagrados, cuando apremia a un seguimiento que parece implicar la ruptura de los lazos familiares. ¿Es así realmente? Sí y no.

La clave para entender las radicales exigencias que plantea Jesús está en las primeras palabras del evangelio de hoy: “Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”. La decisión de ir a Jerusalén está directamente relacionada con el mesianismo de Cruz que Jesús acababa de revelar a sus discípulos, y del que nos habló el evangelio del Domingo 12 de este ciclo C. Si Cristo es un Mesías que no ha venido a “triunfar” sobre sus enemigos destruyéndolos o sometiéndolos, y si el destino de la cruz (y el triunfo posterior de la Resurrección, que no es un triunfo contra nadie, sino abierto y a favor de todos) ha de ser compartido por sus discípulos, significa que quien se apresta a seguir al Maestro tiene que hacer las cuentas consigo mismo y con sus propias motivaciones. Todos los momentos del evangelio de hoy son, precisamente, una invitación a purificar las motivaciones de nuestra vida cristiana.

Así, en primer lugar, en sintonía con esa victoria de Jesús, que no tiene carácter bélico ni ideológico “contra” aquellos que lo rechazan de un modo u otro (como esa aldea samaritana que se niega a acogerlo), sus discípulos tienen que abstenerse de toda forma de violencia como método de extensión del evangelio. Jesús regaña a Juan y Santiago, que evidentemente todavía están pensando según esa vieja mentalidad que considera que, para servir a Dios, hay que combatir y exterminar a los que, según nuestro criterio, se oponen a Él. Aunque nos parezca una lección tan clara, no está de más recordarla. Porque responder a la violencia con la violencia, o usar la fuerza para imponer el evangelio, pese a la contradicción flagrante que implica, es una tentación de la que nunca estamos liberados del todo. Pero Jesús nos ha enseñado que debemos anunciar la Buena Nueva a todos con el saludo de paz, de modo que si la propuesta no es acogida, sin dejar de anunciar sin miedo, debemos retirarnos con respeto (cf. Lc 10, 1-11).

En segundo lugar, es condición de los que quieren seguir a Jesús, el que renuncien a la pretensión de cualesquiera ventajas materiales. Es verdad que en la comunidad cristiana es esencial la ayuda mutua, como expresión del verdadero amor fraterno, que toca también los aspectos materiales de la vida. Pero seguir a Cristo y ser cristiano no significa buscarse un refugio para huir de las intemperies del mundo. Jesús nos recuerda hoy que él es, precisamente, el que vive a la intemperie, sin un lugar en el que reclinar la cabeza, una más que probable alusión a la cruz: carece de una casa en la que refugiarse y descansar, vivir y también morir (que eso significa también reclinar la cabeza). Así que el que le sigue tiene que estar dispuesto a todo, incluso a perder ventajas materiales y seguridades si las circunstancias lo requieren. No será siempre así, pero el seguimiento de Cristo y la confesión de fe comportan riesgos que es preciso recordar y a los que siempre hay que estar dispuestos. El ejemplo de Pablo es, a este respecto, elocuente: al convertirse en discípulo y apóstol de Cristo, no sólo perdió sus antiguas seguridades y su poder (cf. Flp 3, 7-8), sino que tuvo que afrontar, por el testimonio de fe y el anuncio del evangelio, todo tipo de contratiempos y peligros (cf. 2 Cor 11, 23-28).

Por fin, están las aparentes incompatibilidades entre el seguimiento y los deberes familiares. En realidad Jesús no se opone a los deberes familiares, contenidos especialmente en el cuarto mandamiento. No olvidemos que, como el mismo Cristo dice, él no ha venido a suprimir la ley, sino a darle cumplimiento, esto es, llevarla a su perfección (cf. Mt 5, 17). Pero, por otro lado, esas obligaciones no deben ser un obstáculo ni convertirse en una excusa para no responder a la llamada al seguimiento, o para dejar esa respuesta para más adelante. El que dice “Déjame primero ir a enterrar a mi padre” no da a entender que su padre estuviera de cuerpo presente, y que Jesús no le permitiera cumplir con el deber sagrado de darle sepultura, sino que aquel quería posponer la respuesta mientras su padre estuviera vivo, y sólo después comenzar el camino del seguimiento. De modo similar, la advertencia dirigida al que quería “despedirse primero de su familia”, está indicando que la respuesta a la llamada es urgente y no admite esperas, como las implicadas en los largos ritos de despedida orientales. Jesús pasa y la llamada es apremiante, porque el Reino de Dios ya se ha hecho presente y requiere decisiones radicales. En este sentido, podemos entender que, en ocasiones, la propia familia, como también los lazos culturales, las propias tradiciones y todo lo que representa “la carne y la sangre” (cf. Mt 16, 17) pueden usarse como excusas para no acoger la llamada de Jesús, convertirse en obstáculos para una respuesta pronta y radical. Y es que esos lazos (familia, cultura, tradición, etc.) también están necesitados de salvación, de buena nueva, de la renovación del perdón y la gracia que Cristo trae consigo. La vida cristiana no puede ser un mundo paralelo a esas otras realidades, como la familia, el trabajo, etc., que se pueden poner en el otro lado de la balanza a la hora de tomar la decisión de vivir el Evangelio, no pueden convertirse en una especie de márgenes de nuestra relación con Cristo.

Jesús no nos llama, pues, a romper con la familia, sino a vivir nuestras relaciones familiares (y con todo lo que compone nuestro ámbito de pertenencia natural) también en la perspectiva del seguimiento y de la novedad del evangelio. De modo que si, en cualquier sentido, se da un conflicto entre las exigencias de nuestra vida cristiana y aquellas relaciones, tenemos que hacer una elección clara y decidida a favor de Cristo. Esta decisión, aunque pueda resultar conflictiva, no deja de ser a la larga beneficiosa, no sólo para quien la realiza, sino también para esas relaciones, que, como hemos dicho, también necesitan ser redimidas.

Así pues, Jesús nos está llamando a la suprema libertad en la que Él mismo vive. Y es de esta libertad de la que nos habla Pablo hoy con tanta fuerza. Hemos sido liberados en Cristo. Se trata de la libertad verdadera, que tan poco se parece a la que se proclama tanto, y a la que tal vez nosotros mismos aspiramos: la libertad para el capricho, para hacer “lo que me dé la gana”, sin dar cuentas a nadie. Las “ganas” equivalen aquí a lo que Pablo llama “la carne”: nuestras inclinaciones naturales, nuestros instintos, nuestras pasiones, tantas veces marcadas por el egoísmo. Cuando nos dejamos llevar por ellas, se producen conflictos entre intereses contrapuestos, guerras más o menos cruentas, en las que nos devoramos unos a otros. Si entendemos así la libertad, en realidad nos hacemos esclavos de nuestras pasiones, y entonces es imprescindible poner un coto a esa libertad irresponsable por medio de la ley, de prescripciones y restricciones que limiten el egoísmo. Al decir que “mi libertad termina en donde empieza la de los demás”, sin negar la parte de verdad que hay en ello, estamos entendiendo a los otros como puros límites de la propia libertad, que tendería a expandirse ahogando la de los demás (y viceversa). A lo más que se puede llegar por aquí es al respeto mutuo bajo la amenaza de castigos a los transgresores. Pero Jesús nos ha liberado para una forma superior de libertad: la libertad del amor. Si nos anima el Espíritu de Cristo nos hacemos libres, porque somos dueños de nosotros mismos, de nuestras inclinaciones y deseos, y podemos orientarlos no simplemente al servicio de nosotros mismos, sino al servicio de nuestros hermanos, hasta el punto de hacernos, como dice San Pablo, esclavos unos de otros. No es fácil imaginar lo fuerte que tenía que sonar esta expresión en una sociedad en la que la esclavitud estaba vigente. Pero, ¿no ha sido el mismo Jesús, Hijo de Dios, Señor y Maestro el que ha venido a servir y no a ser servido (cf. Mt 20, 28), el que se ha hecho esclavo nuestro, y nos ha lavado los pies (cf. Jn 13, 12-15)?

Con esta libertad para el amor y para el servicio, es evidente que las relaciones familiares (tantas veces lastradas por nuestras debilidades y egoísmos) no se resienten ni desaparecen, sino que, al contrario, quedan sanadas, fortalecidas y renovadas; dejan de ser la expresión de un egoísmo étnico (cultural, nacional, etc.), para convertirse en el punto de partida de un amor que se abre sin límites a toda la familia humana, pues en Cristo todos nos hemos convertido en hermanos y hermanas, hijos de un mismo Padre.

De ahí la urgencia de una respuesta pronta y generosa, sin dilaciones ni excusas, a la llamada del Señor, que pasa a nuestro lado, sin detenerse, camino de Jerusalén.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 23.6.2019, Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (C): “Corpus Christi”, el memorial de una pasión

Santo evangelio según san Lucas 9, 11b-17
Comieron todos y se saciaron

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: – «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar  alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.» Él les contestó: – «Dadles vosotros de comer.» Ellos replicaron: – «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos: – «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.» Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.  Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

Miilagro de los panes y los peces
(Giovanni Lanfranco)

“Corpus Christi”, el memorial de una pasión

Después de la solemnidad de la Santísima Trinidad, el segundo gran destello de la Pascua es la solemnidad que tradicionalmente se celebraba el jueves después del Domingo de la Trinidad, y que ahora se ha trasladado al domingo siguiente, el que hoy celebramos, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

El cuerpo es ante todo presencia, cercanía, contacto. Pero también expresa nuestra debilidad, lo vulnerables que somos. Cuando el Verbo de Dios asumió un cuerpo humano y “tomó carne”, se hizo al mismo tiempo presente y expuesto. Su cercanía corporal habla de la proximidad de Dios, de su voluntad de ser accesible, abordable. Pero esta cercanía le hace asumir la debilidad humana, su vulnerabilidad, su carácter mortal. Por su cuerpo Jesús puede tocarnos sanándonos, y podemos tocarlo nosotros para que nos transmita su fuerza (cf. Mc 5, 25-30), pero también puede ser golpeado, azotado, herido hasta la muerte. La encarnación no es una mera apariencia y, por eso, incluye la participación plena en la humana finitud. De ahí que algunos Padres de la Iglesia dijeran que “si alguno pregunta por el misterio se sentirá llevado a afirmar más bien, que no fue su muerte una consecuencia de su nacimiento, sino que él nació para poder morir” (San Gregorio Nacianceno). Y es esta muerte la que le hace plenamente humano, “uno de los nuestros”.

El misterio Pascual, la muerte y resurrección, universaliza la presencia de Cristo, de manera que ya no está limitado por el espacio y el tiempo. Pero, entonces, ¿cómo garantizar el acceso “corporal” a la humanidad de Cristo?

Jesús prolonga su presencia física en la Eucaristía. No es casualidad que eligiera como signo y realidad de su presencia cosas tan sencillas y cotidianas como el pan y el vino. De esta manera subraya, de nuevo, el compromiso con la cotidianidad. Dios no nos saca de nuestra realidad, no nos aliena, sino que se hace presente en ella y en ella alimenta nuestra vida. La Eucaristía es un “memorial”, el memorial de su pasión: no un mero recuerdo de un acontecimiento pasado, sino una actualización, que nos hace realmente partícipes del acontecimiento pascual. En el texto de la carta a los Corintios, escrita relativamente pocos años después de la vida terrenal de Jesucristo, Pablo nos habla ya de una “tradición” procedente del mismo Señor y que él trasmite a sus fieles. Pablo, que tenía a gala ser apóstol por elección del mismo Cristo, pese a no haber convivido con el Jesús histórico, enfatiza de este modo la realidad fuerte de la Eucaristía, por la que participamos de modo no sólo simbólico en la pasión de Jesús: su pasión por su Padre, por hacer la voluntad del Padre. Cuando Pablo, como también Lucas, recoge el mandato de Jesús al final del gesto eucarístico, “haced esto en memoria mía”, el esto que Jesús nos manda hacer se refiere a un memorial de su pasión que nos pone en contacto con toda la vida de Cristo, con todo su misterio. Por eso, hacer esto significa vivir con Él vivió, dando la vida por amor, por los suyos, por todos. Participar en la Eucaristía no puede reducirse a “cumplir” con una obligación pesada, no consiste en “ir a misa”, sino que tiene que ser una escuela de comunión con Cristo, que nos enseña a abrirnos a Dios, a su voluntad de Bien y de amor, y, en consecuencia, a los demás, a sus necesidades reales. Como afirma Juan “quien dice que permanece en él debe vivir como vivió él” (1Jn 2,6).

Y es que Jesús, mediante los signos del pan y el vino, nos recuerda también que la salvación que nos ha traído no es sólo algo del “espíritu” (la “inmortalidad del alma”, por ejemplo), sino que se trata de una salvación integral que afecta al hombre entero, su cuerpo y su espíritu, su intelecto, su voluntad y sus sentimientos, su individualidad personal y sus relaciones. El pan nos habla de las necesidades más elementales y cotidianas, de las que no sólo vive el hombre, pero también de ellas, como recordaba Juan XXIII: “no sólo de pan vive el hombre, pero también de pan”. El vino nos habla de la dimensión festiva que también está presente en la vida del hombre y, por tanto, en la vida cristiana y en la Eucaristía: “el vino que alegra el corazón del hombre” (Sal 104, 15).

Pero el pan y el vino juntos, como cuerpo y sangre de Cristo presentes en la Eucaristía, nos hablan de una mesa común en la que los hermanos se comunican y comparten. No es la mesa eucarística la reunión sectaria de un grupo de iluminados, sino una mesa abierta a las necesidades de todos.

Por eso el Evangelio de esta fiesta del Corpus (Lucas 9, 11-17) recoge una situación tan eucarística como la multiplicación de los panes. Ante la multitud hambrienta y en descampado, los discípulos quieren despedirlos: ya han recibido el alimento del espíritu, que se busquen ahora ellos mismos la vida (es decir, el pan). Pero Jesús les lanza un desafío que parece un imposible: “Dadles vosotros de comer”. La respuesta de los apóstoles no se hace esperar: “No tenemos más que cinco panes y dos peces…” No podemos afrontar con nuestras fuerzas y medios limitados una necesidad tan grande.

También hoy nos dice Jesús a nosotros, cuando le hablamos de las necesidades y los males de nuestro mundo: “dadles vosotros de comer; responded vosotros a esas necesidades, poned fin a la injusticia, a las guerras…”. Y también nosotros tendemos a las evasivas: ¿qué podemos hacer ante tantos problemas y tanto mal, cuándo somos tan limitados y tenemos tan poco?

Jesús nos enseña hoy que si le entregamos lo poco que tenemos, Él tiene poder para multiplicar eso poco para que alcance para todos. La Eucaristía es alimento para el espíritu, pero también es una escuela de amor concreto, de comunión y solidaridad, en la que aprendemos a compartir nuestros bienes con los necesitados. El que podamos hacer poco no es excusa para hacer precisamente eso poco, que es la contribución que podemos y debemos hacer para saciar el hambre de los hambrientos de pan y de sentido.

Como botón de muestra, basta que pensemos que múltiples comunidades cristianas en muchos países, entre otros en Rusia, pero también en Asia, África e Iberoamérica pueden subsistir y llevar adelante múltiples proyectos eclesiales y sociales gracias a las ayudas de cristianos de países como Alemania, Italia o España. Si se sumaran más a esa red de fraternidad, por ejemplo participando más activamente a la vida de la Iglesia, también acudiendo a la reunión dominical a la Jesús llama a sus discípulos para darles, y también para pedirles que pongan a disposición su pequeña contribución, a muchos más llegaría esa ayuda multiplicada por la acción eucarística de Jesús, que “tomó los panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente”. Comieron y se saciaron los presentes, y todavía sobró para continuar multiplicando la red de fraternidad y ayuda a los necesitados que, inevitablemente, se forma en torno a Jesús, a su cuerpo entregado y a su sangre derramada.

José María Vegas, cmf.