Homilía del 3.11.2019, Domingo 31 del Tiempo Ordinario (C): “Zaqueo en la higuera”

Santo evangelio según san Lucas 19, 1 – 10
El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí. Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: – «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: – «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.» Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: – «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.» Jesús le contestó: – «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Zaqueo en la higuera

Jericó, puerta de entrada a la tierra prometida, es también el lugar por el que Jesús se acerca a Jerusalén para realizar allí su entrada en la gloria por la puerta estrecha de la cruz. Es un lugar adecuado para manifestar el sentido pleno de su vida y su misión: a qué ha venido el Hijo del hombre. La respuesta a esta pregunta, es decir, esta manifestación, se realiza no de forma teórica o abstracta, sino bien concreta y práctica: por medio del encuentro con seres de carne y hueso, como Zaqueo. Lo primero que sabemos de él es que era un tipo importante, jefe y, además, rico. Pero ninguno de esos atributos, tan sobresalientes de tejas abajo, le servían para ver lo esencial. Los puestos que alcanzamos, el éxito, la fama, la riqueza todo esto no nos hace grandes a los ojos de Dios. Zaqueo, hombre importante y rico era, sin embargo, pequeño y, por eso, no podía alcanzar a ver a Jesús. Hay cosas que parecen engrandecernos humanamente, según los criterios del mundo, pero que no nos dan la altura (moral, espiritual, de miras, como queramos decirlo), para ver aquello que nos puede salvar, que nos hace ser algo más que un “personaje”, y nos ayuda a ser de verdad nosotros mismos. Zaqueo, grande en un sentido (para ser visto por los demás) y pequeño en otro (para ver a Jesús), tuvo la capacidad y la sabiduría de reconocer su propia pequeñez: descubrió que los atributos de su grandeza no le servían de nada a la hora de encontrarse con Cristo. Por eso, sin reparar en su dignidad, o en lo que los otros (que lo conocían tan bien) pudieran pensar, buscó un remedio adecuado a la pequeñez reconocida y aceptada. Como un muchacho (haciéndose como un niño) se subió a una higuera, elevándose por encima de su propia miseria, de modo que pudo ver al Maestro que atravesaba la ciudad. Y lo importante es que Jesús lo vio a él, reparó en su presencia y se invitó a su casa.

No es secundario el detalle de que se subiera a una higuera. En la Biblia la higuera es símbolo del pueblo de Dios. Esa higuera podía tener una excelente apariencia, muchas hojas, y, sin embargo, ser perfectamente estéril. Jesús maldijo una higuera llena de hojas por no tener frutos (cf. Mt 21, 18-20) justo antes de purificar el templo, signo de una religión tan solemne como vacía. Pero Jesús no desespera de su pueblo y considera que la purificación puede acabar fructificando: en la parábola de la higuera estéril (cf. Lc 13, 6-9) se apela a la paciencia de Dios, que da un plazo supletorio para que el viñador la trabaje y dé frutos.

Zaqueo simboliza cómo la paciencia de Dios es fecunda, y justo allí donde menos se esperaba. Los fariseos, seguros en sí mismos, prontos a condenar a los pecadores oficiales, son como las hojas de ese árbol, que ha fructificado, sin embargo, en el pequeño gran Zaqueo, que ha buscado a Jesús y lo ha acogido en su casa.

Al contemplar esta escena caemos en la cuenta de que ciertos aspectos en principio negativos de nuestra vida pueden jugar un papel positivo y salvador. Zaqueo fue capaz de reconocer su pequeñez (que era un pecador) y buscó un remedio: subirse a la higuera. Es un buen ejemplo de lo que el Evangelio nos decía justo hace una semana: el que se humilla será ensalzado. Reconocer humildemente su pequeña estatura le sirvió para poder elevarse y ser encontrado por Jesús. También la primera lectura insiste en ello. La nada que somos ante Dios halla su remedio en la compasión de este Señor, amigo de la vida, en el que no hay lugar para el odio, que sólo crea y conserva lo creado y, cuando el pecado ensombrece la bondad de su obra, responde con el perdón y la misericordia. Este hermosísimo canto a la bondad de Dios y a la positividad de todo lo creado tiene especial relieve si tenemos en cuenta el contexto en que está escrito: el autor del libro de la Sabiduría reflexiona sobre la historia de la salvación y, en este preciso momento, está hablando no de Israel, sino de Egipto y de cómo los castigos que, en la tradición de Israel, Dios mandó a este pueblo idólatra y explotador del pueblo de Dios, no tenían un sentido destructor, sino que estaban dirigidos por una pedagogía salvífica y amorosa que alcanza a todos los seres, también a nuestros presuntos enemigos, sobre los que Dios también hace salir el sol y manda la lluvia (cf. Mt 5, 45). Y vemos aquí cómo lo que a nuestros ojos aparece como mal, como desgracias, limitaciones, defectos, Dios puede convertirlo en bien, en ocasión para una llamada y un encuentro salvador. Jesús, que atraviesa Jericó dirigiéndose a Jerusalén, es el mejor ejemplo, pues en Jerusalén va a encontrar una muerte que será fuente de vida y salvación.

En Zaqueo se anticipa ya esta acción salvífica. No sabemos de qué hablarían durante la comida, pero sí que conocemos los frutos de aquella conversación. Jesús habló y Zaqueo respondió a su Palabra. La presencia de Jesús en su casa le ayudó a sacar lo mejor de sí mismo: donde había injusticia, fraude y egoísmo, aparecen justicia, reparación y generosidad sobreabundante. Como dice Jesús, en respuesta al arrepentimiento y la conversión de Zaqueo, “la salvación ha llegado hoy a esta casa”. La salvación que porta Jesús nos ayuda a encontrar nuestra verdad, a llegar a ser el que realmente somos. Zaqueo significa “puro”. Sólo tras el encuentro con Cristo, Zaqueo empieza a ser sí mismo. Verdadero fruto de la higuera que representa al pueblo de Dios, Jesús con su presencia ha rescatado al que, sí, estaba perdido, pero que era también hijo de Abraham.

Zaqueo nos invita a pensar de qué cosas nos sentimos ricos e importantes, pero que nos hacen pequeños ante Dios y nos impiden ver al Jesús que pasa cerca de nosotros. Reconocer nuestra pequeñez es el mejor modo de hacernos encontradizos con Él y acogerlo en nuestra casa y dejar que nos hable al corazón. Jesús nos trae la salvación, nos libera de nuestras esclavitudes, saca de nosotros lo mejor de nosotros mismos, nos descubre lo que realmente somos y estamos llamados a ser: hijos de Dios.

Pablo nos avisa hoy de que no nos calentemos la cabeza con supuestas revelaciones acerca del fin del mundo. Hay quienes andan preocupados por venidas divinas terribles, llenas de amenazas y castigos por nuestros pecados, pero que poco tienen que ver con el Dios compasivo que “cierra los ojos a los pecados de los hombres”, que no ha venido a condenar sino a salvar y a buscar a lo que estaba perdido. La venida que nos debe interesar ante todo es este “pasar” cotidiano de Jesús a través de nuestra ciudad, de nuestra vida, y que se quiere encontrar con nosotros e invitarse a nuestra casa. Se trata de un encuentro que nos llama a iniciar un camino, una vocación que hemos de ir realizando día a día, pidiendo en la oración cotidiana (en la conversación con el Cristo que habla sentado a nuestra mesa) que Dios nos dé fuerza para que, como en el caso de Zaqueo, no se quede sólo en buenos deseos, sino que dé frutos de buenas obras.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 27.10.2019, Domingo 30 del Tiempo Ordinario (C): “Humillarse para ser enaltecido”

Santo evangelio según san Lucas 18, 9-14
El publicano bajó a su casa justificado, y el fariseo no

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Humillarse para ser enaltecido

Si la semana pasada Jesús se dirigía expresamente a sus discípulos, enseñándoles cómo se debe orar, en esta se dirige a “algunos” que se tienen por justos, se sienten muy seguros de sí mismos y, lo que es peor, desprecian a los demás. Esos “algunos” no hay que buscarlos lejos, podemos ser también nosotros, los propios discípulos de Jesús. Por eso, las palabras que nos dirige tenemos que acogerlas como una invitación a revisar cómo nos relacionamos con los demás, especialmente desde el punto de vista moral y religioso.

Esforzarse por ser justo no puede ser, está claro, objeto de crítica o de condena. Tampoco el tratar de alcanzar seguridad en sí mismo, así como un determinado grado de autoestima. Pero la cuestión es a dónde y a quien miramos para alcanzar esa estima y esa seguridad. Existe una tentación fácil, la que critica Jesús, que consiste en autoafirmarse por comparación con los demás. Esto tiene el peligro de que encontremos a gentes mejores que nosotros, fomentando nuestros complejos. Pero podemos dirigir nuestra mirada a aquellos que, según creemos, están en una posición de inferioridad, a los que podemos mirar por encima del hombro, de modo que para darnos precio a nosotros mismos (“apreciarnos”), realizamos la sencilla operación de considerar a otros sin precio ni valor, esto es, los despreciamos. Todos conocemos aquellos versos de Calderón en “La vida es sueño”: “cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba, que sólo se sustentaba de unas hierbas que cogía. ¿Habrá otro, entre sí decía, más pobre y triste que yo?; y cuando el rostro volvió halló la respuesta, viendo que otro sabio iba cogiendo las hierbas que él arrojó.” En ocasiones comprobar que otros están peor que uno (en lo tocante a salud, situación económica, etc.) puede servir de consuelo y ayudar a valorar mejor lo que se tiene. Pero en nuestro caso, la comparación se refiere a cuestiones morales (¿quién es justo?) y religiosas (¿quién está justificado?), que llevan aparejadas un juicio de calidad y, en consecuencia, una desvalorización de los otros, esto es, una actitud de desprecio. De este modo, adquirimos conciencia de nuestra justicia y seguridad en nosotros a costa de los demás: siempre es posible encontrar a gentes peores que nosotros, digamos, a “malos oficiales”, que, en la parábola del evangelio, el fariseo designa expresivamente refiriéndose a categorías de comportamientos realmente reprobables (ladrones, injustos, adúlteros) y, finalmente, a un representante de una categoría social objeto del desprecio general en aquella época, “ese publicano”. Cada sociedad tiene sus malos oficiales, a veces, porque encarnan realmente comportamientos reprobables, otras, porque son objeto de prejuicios culturales, nacionales, religiosos, etc. La maldad de los otros, real o atribuida, nos ayuda a afirmarnos, a enaltecernos, a tenernos por justos y limpiar nuestra imagen, a sentirnos seguros. Tendremos nuestras cosas, claro, como todo el mundo, pero no somos que “esos otros”, peores que nosotros. Al actuar así, no caemos en la cuenta de que nuestra justicia, nuestra buena imagen y nuestra seguridad son relativas, fruto de una comparación interesada, y ficticias, porque al mirarnos en el espejo de los demás y sus reales o presuntos defectos, hemos evitado mirarnos realmente a nosotros mismos, engañándonos con ello. Basamos nuestra conciencia de justicia y nuestra seguridad en meras apariencias, que nos impiden ver nuestra propia verdad, con sus luces y sus sombras, y nos cierran a los demás (a los que “usamos” como medios para enaltecernos) y, finalmente a Dios, la fuente de nuestro verdadero valor y el único que nos justifica. El fariseo de la parábola está de pie y da gracias, pero no por los dones recibidos, sino por “no ser como los demás” y exhibe, así, sus presuntos méritos. No le debe nada a nadie, parece que hasta Dios está en deuda con él.

Jesús, con su inigualable pedagogía, presenta el fuerte contraste con la actitud del publicano. Desde un punto de vista puramente objetivo hasta podría ser verdad que este hombre era peor que el fariseo. Pero su mérito está en que no se compara con nadie, sino que se mira sólo a sí mismo, reconoce sus pecados y, elevando la mirada a Dios, implora de Él el perdón y la misericordia.

«El fariseo y el publicano», un fresco barroco encontrado
en la Abadía de Ottobeuren.

Sin embargo, no sería raro que alguien torciera el gesto ante la actitud del publicano, incluso ante la alabanza que le dirige Jesús. Toda una veta de la filosofía y la cultura contemporánea, con Feuerbach y Nietzsche a la cabeza, vería en esta escena la confirmación de que el cristianismo exige que el hombre se humille y se reconozca nada, para poder así ensalzar a Dios. Sería una religión enemiga del hombre, que fomenta una actitud servil y humillante para el ser humano. Por eso, son muchos los que declaran que, para que viva el hombre, es preciso prescindir de Dios.

Dejando a un lado lo harto discutible de esta última ecuación (pues, entre otras cosas, el hombre contemporáneo ya ha prescindido en gran medida de Dios y, pese a todos sus logros técnicos, nunca había visto tan crudo su futuro sobre el planeta), lo cierto es que en las palabras de Jesús no hay ninguna pretensión de humillar gratuitamente al hombre, sino, por el contrario, hay una gran profesión de realismo antropológico. En primer lugar, porque subraya la necesidad de que el hombre ante todo se mire a sí mismo, evitando comparaciones humillantes y despectivas para con los demás. Y si el ser humano, para alcanzar la justicia y la seguridad en sí mismo, debe abstenerse de comparaciones y mirarse sólo a sí mismo, es precisamente porque en este asunto cada uno es único e irrepetible, esto es, el valor de cada uno no puede establecerse en una escala de comparación con los demás (no se trata de un valor que cotice en bolsa), sino que reside exclusivamente en cada uno. En una palabra, la mirada crítica del publicano sobre sí mismo presupone el valor incomparable y la dignidad propia de cada uno. Esta conciencia de la propia dignidad, de manera más o menos implícita presente en todas las culturas, pero que se ha revelado plenamente en la antropología bíblica que ve al hombre como imagen de Dios, y se ha extendido gracias a la amplia difusión del cristianismo, ha alcanzado carta de ciudadanía política en las modernas sociedades occidentales y, a través de ellas, más o menos, en el mundo entero. Y hoy la palabra de Jesús nos invita a preguntarnos de nuevo, ¿de dónde proceden esa dignidad y ese valor absoluto?, ¿cómo explicarlos? Ya que algunos no quieren mirar a Dios con agradecimiento, habremos de mirarnos, de nuevo, a nosotros mismos. ¿Qué descubrimos? Si somos sinceros, no gran cosa. En el fondo, todos somos, de un modo u otro, unos pobres hombres. La tentación y la tendencia a mirar a los otros con desprecio, a esos otros que juegan el papel de “malos oficiales”, se entiende con facilidad: es una estrategia para no mirarnos directamente a nosotros mismos, porque nos cuesta enfrentarnos con nuestra propia realidad. Nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, nuestras acciones… con mucha frecuencia no están a la altura de esa dignidad que con tanta fuerza proclamamos. No hace falta ir muy lejos a buscar chivos expiatorios, todos tenemos sombras, límites, defectos y pecados de sobra.

Decía santa Teresa de Jesús que “humildad es andar en verdad”. A esa verdad nos llama hoy Jesús. Reconociendo con sinceridad nuestros propios males, descubrimos que la dignidad que nos habita es un don que se nos ha dado. Por eso, el reconocimiento humilde de nuestra propia nada no nos hunde, sino que nos cura y levanta. Esta verdad funciona incluso psicológicamente. Cualquiera que se haya interesado mínimamente en problemas como la drogodependencia y el alcoholismo, sabe que el primer paso hacia la curación consiste en dejar de engañarse y decirse crudamente: soy un drogadicto, soy un alcohólico. En las reuniones de Alcohólicos Anónimos los participantes se presentan así: “me llamo Fulano y soy alcohólico”, aunque lleven veinte años sin probar una gota. Ese reconocimiento humilde no los hunde, sino que les ayuda a ponerse en pie y restablecer su propia dignidad. Pues bien, lo que se dice de esas formas especiales de mal, se puede y debe decir de todas las formas de mal moral que nos puedan aquejar. Sólo así somos capaces de pedir ayuda a quien nos puede levantar: en primer lugar a Dios, autor de nuestra dignidad, y del que somos imagen. Y también a los demás, que pueden encarnar el rostro humano de Dios.

La práctica de la confesión sacramental y el examen de conciencia son un estupendo ejercicio de todo lo que estamos diciendo, además de una inmensa fuente de gracia. Cuando nos miramos a nosotros mismos con realismo y reconocemos nuestro propio mal sobre el fondo de nuestro verdadero valor, aprendemos a mirar a Dios y a los demás con ojos nuevos. A Dios con agradecimiento; a los demás con misericordia. Y así nos vamos haciendo justos, esto es, nos vamos justificando: justos con Dios, fuente y origen de todo valor, al que agradecemos sus dones y pedimos que nos perdone y levante cuando no estamos a la altura; y justos con los demás, a los que aprendemos a no despreciar, y también a no envidiar, pues descubrimos que en cada uno reside en valor exclusivo y único, una riqueza propia, que también me enriquece a mí.

De hecho, la esencia del amor cristiano no privilegia la preferencia hacia los pobres y desgraciados porque considere que esas posiciones sean deseables por sí mismas, sino porque descubre en los prostrados por el sufrimiento, la pobreza o la injusticia una dignidad contra la que estas situaciones atentan; el amor cristiano se inclina sin temor con la intención de levantar al que se encuentra en una situación humillante. Y así ayuda a que cada uno pueda llegar a ser sí mismo y realizar su misión en la vida. 

Concluyendo, la Palabra de Dios nos llama hoy a mirarnos a nosotros mismos con realismo, a descubrir y reconocer nuestra pobreza, a implorar de Dios su misericordia (una buena ocasión para acercarse al sacramento de la reconciliación), para así quedar justificados, esto es, hechos justos y, por eso mismo, ajustados en nuestro quicio vital, más plenamente nosotros mismos. Así podremos realizar mejor la misión que la vida, nuestras propias decisiones y, en último término, Dios nos han confiado para bien nuestro y de los demás. Así nos lo enseña la carta a Timoteo, que no es una profesión de orgullo consumado, sino el reconocimiento de que la obra buena que Dios inició en él, el mismo Dios la lleva a término. Y ese término, lo dice también Jesús en el evangelio, y da de ello testimonio Pablo, no es la humillación sino el enaltecimiento del hombre en la plena comunión con Dios.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 20.10.2019, Domingo 29 del Tiempo Ordinario (C): “¿Encontrará esta fe en la tierra? ¿Qué fe es ésta?”

Santo evangelio según san Lucas 18, 1-8
Dios hará justicia a sus elegidos que le gritan

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: – «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.” Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.”» Y el Señor añadió: – «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

¿Encontrará esta fe en la tierra? ¿Qué fe es ésta?

La pregunta con la que termina Jesús hoy su breve pero densa catequesis sobre la oración es inquietante. Vivimos tiempos en los que parece que, al menos en nuestro mundo occidental, la fe va enflaqueciendo, disminuyendo a ojos vista, convirtiéndose en algo marginal, incluso, para muchos, exótico y estrambótico. Pero Jesús no pregunta si cuando vuelva encontrará fe en la tierra, sino precisamente esta fe. No le preocupan sobre todo las estadísticas religiosas, la cantidad de los que se declaran creyentes y van a la Iglesia, pues su pregunta se refiere más a la calidad (¿encontrará esta fe?) que a la cantidad (¿encontrará fe en general?).

Se trata de si, más allá de los datos sociológicos, será posible encontrar esa fe de los que confían de verdad en Dios, de los que creen que Dios escucha sus ruegos y hace justicia a los que le gritan día y noche.

Esta afirmación tajante de Jesús suscita en muchos de nosotros una cierta desazón, pues si no fuera porque lo dice Jesús, nos sentiríamos inclinados a impugnarla o, al menos, a rebajar mucho su alcance. Todos podríamos ofrecer evidencias en contrario: la experiencia del silencio de Dios, que parece no escuchar nuestros ruegos, que no los responde, incluso cuando están hechos de manera desinteresada, en sintonía con el espíritu cristiano y con la fe de la Iglesia. El silencio de Dios resulta a veces desesperante.

Posiblemente los propios discípulos de Jesús tenían en ocasiones una impresión parecida. No es difícil imaginar que ellos oraban cotidianamente con Jesús y en torno a Él: entonaban salmos y cantaban himnos, también unirían sus voces a la de Jesús para elevar a Dios la plegaria del Padrenuestro que Él mismo les había enseñado. Y, pese a todo, no dejaban de experimentar las dificultades de la vida, las penurias del seguimiento, las oposiciones, acompañadas de fuertes amenazas y peligros. Y puede ser que se plantearan más de una vez, incluso en voz alta, la duda de si ese buen Dios y Padre del que les hablaba Jesús estaba realmente pendiente de ellos, pendiente de Aquel que se decía Hijo y enviado suyo.

Es significativo que Jesús dirige esta catequesis a sus discípulos y no a la masa; se dirige a nosotros, los creyentes, para invitarnos a comprobar la calidad de nuestra fe, si “creemos en general” o tenemos esta fe, la de los hijos que confían en que Dios está pendiente de ellos y los escucha. Para iluminar de qué fe se trata, nos cuenta una breve historia edificante. Se trata de un juez que no sólo es un mal juez, es un auténtico canalla. No es posible no atender a la extrema dureza con la que Jesús describe al primer protagonista de la historia: ni temía a Dios ni le importaban los hombres. No temer a Dios en una sociedad religiosa como aquella era un pecado extremo, y especialmente para un juez que desempeñaba una función directamente religiosa. No temer a Dios no es lo mismo que no creer en Él, pero en la práctica es casi igual: es vivir como si Dios no existiera. “Largo me lo fiáis”, dice el impío Juan Tenorio; pero tales personajes toman la voz con frecuencia en el Antiguo Testamento: “No tengo miedo a Dios ni en su presencia. Se hace la ilusión de que su culpa no será descubierta ni aborrecida” (Sal. 35); “Ellos dicen: ¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?” (Sal. 72). Y si alguien no teme a Dios, tanto menos le han de importar los hombres. Pese a la sensibilidad actual para la solidaridad, también esta actitud de indiferencia, ignorancia culpable y hasta desprecio por los demás, incluso por aquellos con los que tenemos obligaciones concretas, abunda en nuestro tiempo. Pues bien, hasta un individuo de esta pésima catadura, modelo de maldad antigua y moderna, acaba haciendo justicia ante la insistencia de la viuda, expresión del extremo desamparo, y que, por cierto, no pide favores ni limosnas, sino que se le haga justicia. Es verdad que las motivaciones del juez no son precisamente muy limpias, pues cumple para quitarse de en medio una molestia. Pero, al fin y al cabo, en el ámbito de la ley, no importa tanto la motivación del que la imparte, sino el que lo haga de manera conforme a las leyes.

La historia del juez injusto y la pobre viuda ilustra y pone de relieve la importancia de la perseverancia y la insistencia. Es preciso orar siempre y sin desanimarse. Esa constancia y fidelidad, que desafía las evidencias, es signo de una fe que confía y espera. Si esa insistencia es eficaz incluso en el caso de los malvados, como ese juez, tanto más, ha de ser acogida por Aquel que está pendiente de los suyos que le gritan día y noche. Ante la evidencia de que a veces Dios parece no escuchar nuestras peticiones, cabe preguntar, ¿pedimos con insistencia, gritando día y noche? Pues no basta con que dirijamos ocasionalmente un leve pensamiento hacia Dios mandándole un recado, expresándole algún deseo, mientras nuestra mente y nuestro corazón están casi completamente ocupados en otros asuntos, en los que, por cierto, apenas le damos cabida a ese Dios del que exigimos pronta respuesta.

Hasta ahora nos hemos referido a la oración de petición. Jesús mismo nos ha dado pie a ello. Y nos ha dicho que Dios no nos dará largas, nos hará justicia sin tardar. Ante la impresión de que no siempre es así, reconociendo que nuestra oración no siempre es lo suficientemente confiada y perseverante, podemos tratar de comprender, a tenor de las palabras de Cristo, cómo nos escucha Dios.

Su aparente silencio tiene mucho que ver con los ritmos diferentes de nuestro tiempo y el tiempo de Dios (si puede hablarse así). En el silencio de Dios ante muchas de nuestras peticiones ya nos está diciendo una cosa muy importante: Él no se deja manipular por nosotros, no es un talismán mágico al servicio de nuestros intereses, ni el recurso de última instancia cuando los nuestros se han revelado insuficientes o ineficaces (si hubieran sido suficientes y eficaces, muy posiblemente hubiéramos preservado celosamente el espacio de nuestra autonomía a cualquier intromisión, incluida la de Dios). Al fomentar nuestra perseverancia, Dios favorece que le abramos el alma, de manera que nos pueda dar mucho más de lo que podemos pedir o imaginar. De este modo, Dios va respondiendo a nuestras necesidades más hondas, no siempre expresadas en la oración: nos va transformando poco a poco en la medida en que le damos acceso a nuestro interior.

El ensanchamiento del alma y del corazón nos abre además a las necesidades de los demás. Esto nos cura del egoísmo que también puede darse en la vida espiritual, cuando nos ocupamos de pedirle a Dios por nosotros y por los nuestros, mientras permanecemos indiferentes a las necesidades de los demás, del mundo, de la Iglesia, de los que sufren de múltiples formas. Y es que la verdadera oración de petición no puede no ser, al mismo tiempo, una oración de intercesión, en la que nos ponemos ante Dios como intermediarios de la humanidad entera.

Al contemplar a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo en peligro, en la cima de la montaña con los brazos en cruz, no podemos no descubrir en él la figura del gran y único intercesor entre Dios y los hombres, Jesucristo, que en la cima del monte, clavados sus brazos en la cruz, intercede ante el Padre por todos nosotros, invocando el perdón para sus verdugos, gritando la desesperación y la oscuridad de los que se creen abandonados de Dios, entregando finalmente su espíritu confiadamente en las manos del Padre. Jesús es para nosotros modelo de oración en toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. Al contemplarlo, especialmente al considerar su trágico final, podríamos preguntarnos si no le pasó a él, que nos exhorta a orar sin desfallecer, lo que nos pasa a nosotros: que “habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte” (Hb 5, 7), finalmente no fue escuchado, puesto que acabó muriendo ignominiosamente en la cruz. Y, sin embargo, la carta a los Hebreos dice que “fue escuchado por su actitud reverente”. Los ruegos y súplicas de Jesús hallaron respuesta no en una salvación provisional del suplicio de la cruz, sino en la victoria definitiva sobre el mal y la muerte en la Resurrección.

Así pues, si queremos orar con perseverancia, sin desfallecer, con plena confianza, tenemos que orar en Cristo, identificándonos con Él, haciendo nuestros sus mismos sentimientos, “que siendo de condición divina… se despojó de su rango… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2, 6-8). Haciendo nuestros los sentimientos de Cristo aprenderemos a pedir a Dios lo que Él quiere que le pidamos, y también a pedirle en nuestra necesidad, pero con la disposición con que pedía Cristo en la suya: “Padre, si es posible aparte de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26, 39; Lc 22, 42); es decir, en una actitud de confianza plena, que es más fuerte que la desgracia y que la misma muerte.

Hemos de reconocer que tenemos que aprender a orar. Si ya lo hacemos, hemos de mejorar la calidad de nuestra oración, para orar con esa fe que Jesús quiere encontrar a su venida. Si no tenemos el hábito de la oración, siempre estamos a tiempo de iniciar este camino, exigente, duro (la perseverancia no es una virtud fácil), pero fascinante y que esconde tesoros que superan nuestra imaginación. La escuela de la oración, de toda oración, de petición, de intercesión, de acción de gracias, alabanza y adoración es la contemplación y la escucha del Maestro, de Jesucristo. Y lugar privilegiado de este aprendizaje es su Palabra, la Escritura inspirada que, como nos recuerda Pablo, nos da la sabiduría de la fe, que conduce a la salvación, que nos enseña, a veces nos reprende y corrige, nos educa en la virtud, nos equipa para toda obra buena. En la escucha y acogida de la Palabra aprendemos a orar como conviene, y esa oración no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos envía a proclamarla, a testimoniarla, a ponerla en práctica. Y, así como en la oración aprendemos a ser perseverantes, así en la práctica de las buenas obras y en el trato con los demás, además de la proclamación y el testimonio sin miedo y sin compromisos (a tiempo y a destiempo), la Palabra nos enseña también la paciencia, pues no somos nosotros los que tenemos que cambiar a los demás, sino que también aquí hay que confiar en la sabia pedagogía de Dios.

De esta manera, siendo constantes en la oración confiada, en el testimonio y en las buenas obras, conservaremos la fe y la transmitiremos a las generaciones futuras, de modo que, cuando vuelva, el Hijo del hombre encuentre esta fe en la tierra.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 13.10.2019, Domingo 28 del Tiempo Ordinario (C): “El poder de la desgracia y el poder de Dios”

Santo evangelio según san Lucas 17, 11-19
¿No ha vuelto más que este extranjero
para dar gloria a Dios?

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: – «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.» Al verlos, les dijo: – «Id a presentaros a los sacerdotes.» Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: – «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Y le dijo: – «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.»

El poder de la desgracia y el poder de Dios

La lepra tiene hoy un protagonismo central en la Palabra de Dios. La lepra era considerada en la antigüedad no sólo la enfermedad terrible que realmente era por los estragos que producía en el cuerpo del enfermo, sino también una maldición de Dios y causa de exclusión de la comunidad humana y, en el caso de Israel, de la comunidad de la salvación. Muy posiblemente el origen de esta exclusión estaba en el muy humano temor al contagio, que luego se revestía de motivos religiosos y teológicos. Pero el eje de la lepra se cruza hoy con otro no menos importante: la calidad de extranjeros de los dos protagonistas: Naamán, el sirio, y el samaritano curado por Jesús. Los sirios eran y, por desgracia, continúan siendo hoy, enemigos tradicionales de Israel; los samaritanos, a causa de su origen (colonos que ocuparon las tierras de los judíos en la época del exilio), eran a los ojos de los israelitas usurpadores, que además habían pervertido la pureza de la fe mosaica. Si los leprosos eran excluidos por causa de la enfermedad, el sirio y el samaritano lo eran además por razón de su identidad nacional y religiosa.

Pero, he aquí que la lepra opera una paradójica metamorfosis. En el caso de los diez leprosos, la enfermedad une e iguala a judíos y samaritanos, enemigos irreconciliables en circunstancias normales. La desgracia difumina las fronteras nacionales y religiosas, porque nos despoja de  identidades externas y seguridades artificiales, y deja al descubierto nuestra común condición humana. De hecho, en el caso de los diez leprosos, nos enteramos del origen samaritano de uno de ellos sólo después de la curación. Sólo en condiciones normales reemergen las diferencias “normales”, que la enfermedad había borrado. Algo parecido sucede con Naamán, hombre rico y poderoso, acostumbrado a mandar y no a pedir. La desgracia de la lepra lo despoja de sus títulos y le lleva a inclinarse, suplicar y obedecer al profeta de un pueblo que él consideraba inferior.

La desgracia es poderosa, nos despoja, amenaza con destruirnos y, en esa misma medida, nos retrata, nos ayuda a comprender quiénes somos realmente: en la necesidad descubrimos mejor la desnuda humanidad que nos hermana. Ante el sufrimiento humano en cualquiera de sus versiones caen las caretas, las falsas identidades y los prejuicios, y queda al descubierto sólo el rostro sufriente del hombre. La única respuesta humana ante la realidad del sufrimiento ajeno es la compasión, la capacidad de padecer-con y tender la mano a aquel con el que, en otras circunstancias, estaría enfrentado por mil variados motivos (ideológicos, nacionales, raciales o religiosos), pero que en la situación actual se me revela como “propio”, miembro de la común humanidad.

Dios se ha acercado a nosotros compartiendo nuestra condición humana. Que la presencia del Verbo de Dios en nuestro mundo es una verdadera encarnación y no una mera apariencia (como han afirmado todas las formas de gnosticismo antiguo y moderno, como la actual New Age) se descubre precisamente en su capacidad de compadecer. Dios no nos salva de nuestras desgracias “desde arriba”, sino en Jesucristo, esto es desde nosotros mismos, compadeciendo, padeciendo con nosotros, tomando sobre sí nuestras desgracias. Si el poder de la desgracia actúa despojándonos, el poder creador de Dios actúa despojándose él (“se despojó de sí mismo” Flp 2, 7) para recrearnos, curarnos, perdonarnos, rehabilitarnos. Esta es la diferencia: lo que nos descubre el poder de la desgracia (nuestra común humanidad) se hace a un alto precio, que amenaza con acabar con nosotros. Lo que nos da el poder de Dios, la salvación y la vida, es gratuito.

En el caso de Naamán es inevitable ver una figura del Bautismo. Después de bañarse en el Jordán, su carne quedó limpia “como la de un niño”. Realmente se había producido un nuevo nacimiento. Y no sólo en la carne, sino también en el espíritu. Naamán experimenta la fuerza recreadora del Dios de Israel, y, llevado por su mentalidad pagana y de hombre rico, quiere “compensar” al que cree que lo ha curado, pero, iluminado por el mismo profeta, comprende la gratuidad de la acción de Dios y que la única forma válida de agradecimiento es inclinarse y adorar al Dios verdadero. La vinculación inseparable para la mentalidad antigua de religión y nación le hace llevarse consigo una “porción” de la tierra del único Dios que salva, para, sobre ella, orar y adorarle sólo a Él. La verdadera gratitud es la de un corazón que reconoce, confiesa y, en consecuencia, testimonia la salvación que ha recibido de Dios.

El detalle de la extranjería de Naamán no es banal. Lo vemos con crudeza en el caso de los diez leprosos. Podemos estar siendo depositarios de la acción salvífica de Dios, haber renacido del agua y del espíritu, hechos hijos de Dios, experimentado el perdón y participado en la mesa eucarística del Reino de Dios, y, al mismo tiempo, reducir toda esa acción gratuita y recreadora de Dios a una cuestión legal, como los nueve leprosos judíos, que se limitaron a cumplir la ley, y se olvidaron de agradecer, es decir, de alabar, adorar, confesar y testimoniar como el samaritano, que “se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias”.

Los otros nueve recibieron la gracia de la curación y “cumplieron” la prescripción legal en el templo. Dios había cumplido su parte y ellos, la suya. Todo en orden. Es, ciertamente, una forma de entender “la religión”, eso, “en orden”. “Cumplir”, más o menos, con nuestros “deberes” religiosos, ir a la iglesia los domingos, o, al menos, alguna veces, en las grandes fiestas; bueno, o cuando las circunstancias lo imponen (ya se sabe, bodas, bautizos y funerales); o “cumplir”, como muchos dicen, siendo buena persona; parece que Dios se conforma con eso, que no matemos ni robemos y paguemos nuestros impuestos… Yo cumplo mi parte, que Dios cumpla la suya… Casi resulta que es Dios el que está en deuda con nosotros, ya que somos tan cumplidores (unos con la liturgia, otros sólo con su moral de mínimos). Una fe legalista y cumplidora que no se vuelve a reconocer, a agradecer, a confesar, una fe que no grita ni se prostra ante ese Cristo, que, no lo olvidemos, ya ha actuado en nosotros, es una fe que no sabe dónde está realmente el templo vivo de Dios. Naamán se llevó tierra de la tierra prometida, “tierra santa”, para llevarse consigo en cierto modo al Dios que le había hecho volver a nacer. El samaritano fue capaz de reconocer que el verdadero templo de Dios no estaba en Jerusalén, ni en el monte Garizín, sino en aquel rabino galileo que le había devuelto la salud y la vida. El hereje samaritano resultó ser el único verdaderamente creyente: “tu fe te ha salvado”, le dice Jesús.

Jesús nos llama hoy a reavivar nuestra fe: a no acostumbrarnos a la gracia y a la salvación, abaratándolas y banalizándolas. No nos dice que no vayamos al templo, ni que ser judío (es decir, cristiano, miembro de la Iglesia) es malo y “los de fuera son mejores” (como tantas veces oímos y decimos); sino que nos recuerda que esa pertenencia no es suficiente si la reducimos a costumbre, identidad cultural o mero cumplimiento legal, si perdemos la capacidad de sorpresa, agradecimiento y confesión, a las que a veces están mejor dispuestos quienes experimentan la novedad de Dios por vez primera.

Para evitar esa rutina, que mata o entumece la fe, es preciso refrescarla, esto es, como le dice Pablo a Timoteo, hacer memoria de Jesucristo. Esta memoria no es un mero y desvaído recuerdo, sino un memorial pascual, el de la muerte y resurrección de Cristo, que se realiza y en el que participamos realmente en la Eucaristía, pero que requiere por nuestra parte perseverancia y fidelidad, para que esa palabra asimilada hable en nosotros y dé testimonio con libertad (“la palabra de Dios no está encadenada”), gritando como el samaritano, que hace suyo el salmo 65: “venid a escuchar, os contaré lo que ha Dios hecho conmigo”, o como gritan y cantan Zacarías: “¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel!” (Lc 1, 68), y, mejor que nadie, María: “¡Proclama mi alma la grandeza del Señor!” (Lc 1, 46).

José María Vegas, cmf.

Homilía del 6.10.2019, Domingo 27 del Tiempo Ordinario (C): “La fe viva y el servicio a los hermanos”

Santo evangelio según san Lucas 17, 5-10
¡Si tuvierais fe…!

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor: – «Auméntanos la fe.» El Señor contestó: – «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería. Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.”»

La fe viva y el servicio a los hermanos

“En algo hay que creer” es una expresión que se repite frecuentemente y que, pese a ser tan imprecisa y desvaída, encierra una gran verdad. Todo ser humano cree, de hecho, en algo, en el sentido de que tiene su confianza puesta en ese algo que le da orientación y sentido. Incluso los que no creen, esto es, los que carecen de fe religiosa, son a su manera creyentes, creen en “algo”, creen (y son frases que posiblemente todos hemos oído alguna vez) en la libertad, en la justicia, en el progreso o en la ciencia. Porque, de hecho, en la vida humana, es imposible traducirlo todo a evidencias inmediatas y hay que dejar siempre un espacio a la confianza en ese “algo” que no es objeto de certeza actual o experiencia directa, sino de deseo y de esperanza. Hasta los positivistas más acérrimos, que dicen confiar sólo en la ciencia positiva, hacen con ello profesión de una cierta fe, pues confían (sin evidencia) en que la ciencia irá desvelando en el futuro todos los misterios de la naturaleza.

Esta fe como confianza juega un papel capital en la vida humana, porque es ella la que orienta nuestras opciones prácticas, la selección de nuestros valores y, en consecuencia, nuestra acción.

Cuando vivía en Krasnoyarsk asistí a las clases de filosofía de un viejo profesor soviético, que hablaba de la dialéctica de la materia (con la que resolvía todo tipo de problemas filosóficos) con la unción de un verdadero creyente (huelga decir que jamás aportó ni una sola prueba científica al objeto de su fe, que él tenía por ciencia). Y recientemente hemos visto cómo uno de los representantes más activos del ateísmo contemporáneo, Richard Dawkins, negador de todo sentido y de todo valor que trascienda los límites de la biología, ha iniciado una verdadera cruzada contra la religión y contra todas sus expresiones, pues aunque niega que existan el bien y el mal, considera muy malo que haya quienes defiendan lo contrario y, al parecer, muy bueno dedicarse a combatirlos. Es decir, también estos descreídos militantes acaban creyendo “en algo”. Sin esa mínima fe no podrían actuar en ningún sentido, ni movilizarse en favor o en contra de nada.

Y es que la fe tiene un sentido humano que es inevitable. La fe es ante todo, hemos dicho, confianza. La confianza es la base de las relaciones humanas, de la amistad, hasta de la economía, no digamos ya del amor. Quien vive en la desconfianza sistemática es incapaz de abrirse a nada ni a nadie y está cerrado a una relación personal auténtica, lo que es, y así lo enseña la experiencia, fuente de sufrimientos indecibles.

Por otro lado, la fe como confianza no es, como suele afirmarse, una actitud ciega. Es verdad que la fe implica aceptar lo que no se ve directamente y, por ello, tiene inevitablemente un componente de riesgo, pero eso no significa que no exista absolutamente ningún modo de garantizar el objeto de la fe. En las relaciones humanas hay todo un sistema de signos (comportamientos, actitudes, expresiones) que nos dicen que tal persona o grupo o institución son o no “dignos de crédito”, por lo que es razonable o no depositar en ellos nuestra confianza. El que otorga su confianza de manera completamente ciega es que es un crédulo, y el mismo uso del lenguaje nos indica que no es lo mismo la credulidad que la fe.

Pues bien, también en el ámbito religioso no cualquier fe, es decir, cualquier objeto de fe y cualquier modo de creencia, son igualmente aceptables. Para que la fe religiosa sea una virtud teologal debe dirigirse a un objeto verdaderamente existente; además debe dirigirse a una objeto que sea digno en sí mismo (y, por eso, digno de fe); finalmente, es preciso relacionarse dignamente con ese objeto digno de fe. Así, depositar la propia fe en objetos de superstición, como el horóscopo o la piedra filosofal que convierte cualquier cosa en oro, es caer en la credulidad ilusa en objetos inexistentes. Puede creerse en objetos reales, pero que no son dignos de una relación de fe: como quienes depositan su confianza en el diablo o, de manera más pedestre, en algún embaucador religioso o político. Finalmente, es posible creer en algo existente y digno de fe, pero hacerlo de manera indigna, como en el caso citado por el apóstol Santiago (2, 19), que dice que los demonios creen en Dios y tiemblan, pues creen de manera indigna (no con alegría y confianza, sino con horror y repugnancia). Así pues, hablando de fe religiosa, “puede considerarse virtud sólo una fe en el Ser supremo, que se dirige a Él con dignidad, que significa con una libre piedad filial” (V. Soloviov, La justificación del Bien, cap. 5, IV ).

La relación que los discípulos de Jesús tenían con él era una relación de fe. No eran sólo aprendices de una doctrina o de una cierta forma de vida, sino que estaban ligados al Maestro por una relación de profunda comunión vital, que implicaba reconocer y confesar en él al Mesías de Dios. Más allá de la evidencia de su realidad humana, sus palabras y sus hechos invitaban a una actitud fiducial: creer que en él se cumplían efectivamente las antiguas promesas contenidas en la ley y los profetas. Los discípulos habían sido testigos en numerosas ocasiones de cómo Jesús alababa la fe de aquellos que le pedían curación, liberación o perdón. Posiblemente sentían que la fe que profesaban por el Maestro se tambaleaba a veces, especialmente cuando experimentaban la enemistad y las amenazas que provenían de gentes dotadas de autoridad y prestigio. Y es que, efectivamente, la fe se pone a prueba ante las dificultades de todo tipo que nos rodean. La primera lectura lo ilustra con fuerza expresiva. Puede tratarse de la evidencia del mal en el mundo, que parece dominar y campar por sus respetos con insolencia; pueden ser dificultades personales y la impresión de que Dios no responde a nuestras peticiones; pueden ser dudas internas que nos asaltan a veces, porque, como hemos dicho, la fe tiene ciertamente un componente de riesgo, y las bases en que se apoya no son demostraciones axiomáticas o evidencias de laboratorio. Los discípulos sentían, por un lado, que Jesús exigía de ellos ante todo una respuesta de fe; por otro, experimentaban las flaquezas propias de la actitud fiducial. De ahí que, con buen criterio, le piden a Jesús que aumente su fe. Una petición que también nosotros podemos hacer hoy. Porque, aunque frecuentemente hablamos de tener o no tener fe, ésta no es un mero objeto de posesión, sino una actitud viva, que puede padecer anemia o raquitismo si no se la alimenta adecuadamente, o crecer y robustecerse hasta dar frutos.

La respuesta de Jesús, de entrada, puede sorprender. Más que concederles el don solicitado parece lanzarles un reto: “Si tuvierais fe como un granito de mostaza…” Parece dar a entender que la fe no es cuestión de cantidad, sino de calidad. Lo importante es que esté viva, como una semilla, y entonces, por pequeña y débil que parezca, es capaz de obrar milagros y hacer cosas imposibles. La alusión a la morera (planta de profundas y ramificadas raíces, difícil de arrancar) hay que entenderla en el sentido metafórico en que decimos nosotros que “la fe mueve montañas”. La fe viva, en efecto, nos pone en movimiento y nos permite realizar cosas que, de otra manera, se nos antojan imposibles.

Ahora bien, ¿qué significa realmente una “fe viva”? No se trata de un poder nuestro para hacer cosas extraordinarias, como si gracias a la fe nos convirtiéramos en una especie de taumaturgos capaces de sorprender a quien se nos ponga por delante. La fe de la que hablamos aquí, la fe en Jesús, es la confianza en su palabra, la acogida de la misma y la disposición a ponerla en práctica. Como realidad viva que es, a imagen de la semilla, requiere ser cultivada y, como dice Pablo en la segunda lectura, reavivada. Ante las dificultades internas y externas, la fe probada se convierte en fidelidad: las últimas palabras de la profecía de Habacuc se traducen a veces de esta manera: “el justo vivirá por su fidelidad”. Y una fe que confía y es fiel es una fe que se enfrenta con valentía a las dificultades, que no se esconde, que da testimonio. El supremo ejemplo lo tenemos en el mismo Jesús, que vive en la plena confianza en su Padre, y fiel a su misión, llega al extremo de entregar su propia vida.

En el texto evangélico podemos tener la impresión de que tras la breve catequesis sobre la fe, Jesús cambia de tercio y se pone a hablar de algo totalmente distinto. Pero, en realidad, existe un profundo vínculo entre las dos enseñanzas. Si, como hemos dicho,  la fe se alimenta de la palabra de Jesús escuchada, acogida y puesta en práctica, la alusión al servicio no es casual. La fe no es una confianza pasiva, sino que nos pone en pie y nos hace vivir activamente, actuar. Y, ¿cuál es el género de acción que, como fruto de la semilla, procede de la fe en Jesucristo? El que cree en Él debe vivir como vivió Él (cf. 1 Jn 2, 6). Si Él vino a servir y a entregar su vida en rescate por muchos (cf. Mt 20, 28), el discípulo de Jesús ha de ser un servidor de Dios y de sus hermanos. Si es un verdadero creyente, éste es el milagro que la fe opera en él: arrancarlo de las raíces del egoísmo y de la seguridad, y plantarlo en el mar arriesgado del servicio a los demás. Vivir en actitud de entrega y servicio no es una dimensión sobreañadida a la fe, algo de lo que podamos enorgullecernos o por lo que debamos exigir un salario, sino la consecuencia natural de ese “vivir por la fe”, de ese espíritu de energía, amor y buen juicio; es el fruto de esa semilla de la fe que la palabra de Jesús ha plantado en nuestro interior.

Después del Concilio Vaticano II en pleno proceso de renovación eclesial había un dicho muy significativo sobre el papel y el sentido de la Iglesia en el mundo: “una Iglesia que no sirve, no sirve para nada”. Lo mismo podemos decir nosotros de nuestra fe: una fe que no nos pone en una actitud de servicio es una fe débil y mortecina, si no ya totalmente muerta. Pero también la inversa es verdadera: para fortalecer, reavivar y aumentar nuestra fe, además de pedírselo al Señor en la escucha de su palabra, hemos de ponernos enseguida al servicio de los hermanos.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 29.9.2019, Domingo 26 del Tiempo Ordinario (C): “Para superar el abismo”

Santo evangelio según san Lucas 16, 19-31
Recibiste bienes y Lázaro males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: – «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” Pero Abrahán le contestó: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros.” El rico insistió: “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” El rico contestó: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán.” Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto.”»

Para superar el abismo

La primera y la segunda lectura presentan respectivamente dos géneros de vida diametralmente opuestos. El primero de ellos, denunciado por el profeta Amós, bien podría ser calificado de un “consumismo avant la lettre”. Completamente centrado en el disfrute personal y sin medida, su pecado más grave no consiste, en realidad, en ese mismo disfrute, sino sobre todo en el olvido y el desprecio hacia la suerte de los que sufren. Es una suerte que reclama la atención y la ayuda de los que tienen los medios para aliviarla en todo o en parte, pero que deciden que el sufrimiento ajeno no va con ellos (aunque es más que probable que la excesiva riqueza de estos sea la causa directa de la excesiva pobreza de aquellos). Por eso, advierte el profeta, los que así actúan acabarán padeciendo una suerte similar a la de los que han despreciado. Y es que las riquezas de este mundo son efímeras, y quien se entrega a ellas como a un absoluto está labrando su propia perdición. El segundo género de vida camina en dirección contraria: Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a comportarse como un “hombre de Dios”, y enumera las cualidades que deben adornarlo: justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza. No hay que ver aquí una sucesión jerárquica. Son cualidades propias de quien no vive en la disolución, sino en la tensión de un combate, el combate de la fe, que significa el testimonio de vida de quien cree en Jesucristo. Jesucristo es el camino que nos lleva a una vida plena, a una vida de total comunión con Dios y con los hermanos. Pero esa comunión empieza ya en esta vida: quien cree en Jesucristo no puede estar ocioso ni ocuparse sólo de su propia satisfacción, física o espiritual: ha de ser alguien que se dedica a tender puentes de comunión, y que, en consecuencia, se duele “del desastre de José”, esto es, que no permanece impasible ante el sufrimiento de los demás y trata de superar los abismos que separan a los seres humanos y que son la causa de esos sufrimientos.

El rico Epulón, que banqueteaba espléndidamente cada día, es la figura que en la parábola de Jesús encarna a los disolutos de Amós. Como ya se ha dicho, su mayor pecado no es la gula (o la lujuria que iría muy posiblemente aparejada), sino su insensibilidad, su ceguera para ver la necesidad del que, a la puerta de su casa, ansiaba saciarse con las migas de su mesa, pero que no fue objeto de su compasión, y fue tratado peor que los perros que merodeaban por allí. Frecuentemente la gula, la lujuria, el exceso de sensaciones referidas a uno mismo, nos hacen egoístas, nos ciegan para percibir las necesidades de los otros: su hambre y sed, su desnudez y enfermedad, su falta de afecto y autoestima.

La situación descrita es clara y sencilla. No es Dios el responsable del hambre y los sufrimientos del pobre Lázaro. Los abismos que median entre ricos y pobres, entre víctimas y verdugos, entre poderosos y débiles, no están escritos en las estrellas, ni son el producto de un destino inevitable, ni son, por tanto, insuperables. Los hemos creado nosotros. Y podemos y debemos superarlos nosotros y, precisamente, en esta vida, en este mundo, en este tiempo en que vivimos. Después ya será demasiado tarde. No hay aquí absolutamente nada de justificación de la injusticia en nombre de una futura recompensa en el más allá. Al contrario, percibimos aquí toda la seriedad de la denuncia contra toda forma de injusticia, y de la llamada a tomar medidas reparadoras en esta vida, pues después será demasiado tarde.  

Precisamente porque la vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma, ni podemos pasarla banqueteando (o, más probablemente, trabajando sólo para poder banquetear). Esta vida limitada en el espacio y el tiempo es el tiempo de nuestra responsabilidad, en el que decidimos nuestro destino, nuestro “tipo” (el del disoluto, o el del hombre de Dios) y, en cierta medida, la fortuna de los que están cerca de nosotros. Lo que hagamos en este tiempo y espacio, que Dios nos ha cedido por completo, quedará así para siempre. Esos abismos que hemos de superar construyendo puentes de justicia, misericordia, ayuda y compasión, se harán insuperables una vez concluido nuestro periplo vital. Insisto, la vida es cosa seria. Hay cosas con las que no se debe jugar. La verdadera fe religiosa es una llamada a esa seriedad de la vida, a la libertad responsable, al testimonio de fe, con el que vamos construyendo ese camino que nos vincula con los demás y nos conduce a la vida eterna, a la vida plena.

Pero, ¿no es esta responsabilidad excesiva para nuestras pobres espaldas? Pues somos débiles y limitados en el conocimiento y en la voluntad. ¿No es demasiado para nosotros exigirnos que decidamos nuestro destino definitivo en los avatares cambiantes de la historia?

En realidad, Dios no nos ha dejado solos. En nuestra conciencia y también en la Revelación encontramos múltiples indicadores que nos ayudan a tomar la decisión correcta, el modo de superar los abismos, de encontrar el camino que nos lleva “la casa del Padre”. Es cierto que  hay situaciones conflictivas y difíciles en las que no es tan sencillo acertar con la solución correcta. Pero nadie nos pide imposibles. Si tenemos buena voluntad, lo importante es que tratemos de hacer las cosas lo mejor que podamos. Además, estamos en proceso y también se puede aprender de los errores. No se nos pide ser perfectos, sino adoptar una orientación fundamental que deseche la de la primera lectura y adopte la de la segunda.

Pero podría objetarse, ¿por qué Dios no nos da esas indicaciones de modo más claro y explícito, por medio de signos maravillosos que obliguen nuestro asentimiento? Eso es lo que significa “que resuciten los muertos”: un “milagrón” al que no podamos oponer la menor duda. Se podría replicar que si Dios nos hablara así, nos avasallaría con su fuerza y podríamos sentir que el espacio de nuestra libertad quedaba indebidamente invadido. Su palabra no sería un diálogo respetuoso con el espacio de nuestra libertad, ni daría oportunidad a una respuesta basada en la fe, es decir, en la confianza. Ahí, claro, está el riesgo de nuestro posible “no” a su oferta. Pero ese riesgo es inherente al respeto de la libertad. Además, el “milagrón” no tendría efecto, pues lo importante aquí es un corazón bien dispuesto. Eso es lo que quiere decir Jesús con eso de que “si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Los que se dedican a banquetear, a vivir en la superficialidad, a ocuparse sólo de sí mismos, no suelen estar para milagros de ningún género: si no ven al pobre tirado en su puerta, menos van a ver a un muerto resucitado.

Para ver a uno y a otro hacen falta otras actitudes, precisamente las que enumera Pablo en su carta a Timoteo: voluntad de justicia, piedad (para con Dios y para con los hombres), fe y amor, también esas virtudes menores, pero tan necesarias en la vida, que aquí se resumen en la delicadeza. Sólo así se clarifica nuestra mirada para ver al pobre que sufre y al muerto que resucita: uno y otro son Jesucristo, que sufre en los pobres y con-padece con todos los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?), y que por ese sufrimiento llegó al extremo de la muerte, cancelando así todos los abismos y conquistando para nosotros la vida eterna.

A la luz de la parábola que Jesús nos ha contado hoy, podemos volver ahora a las dos primeras lecturas para examinar a qué género de vida se asemeja más la nuestra, y para tomar decisiones que nos ayuden a superar abismos en vez de a crearlos y ahondarlos. La voz de la ley y los profetas que nos ayuda en esta tarea es la voz de la Iglesia, por medio de la cual nos está hablando cada día el mismo Dios. Escuchémoslo.

José María Vegas, cmf

Homilía del 22.9.2019, Domingo 25 del Tiempo Ordinario (C): “El vil metal y el Reino de Dios”

Santo evangelio según san Lucas 16, 1-13
No podéis servir a Dios y al dinero

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Un hombre rico tenía un administrador, y le llegó la denuncia de que derrochaba sus bienes. Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que me cuentan de ti? Entrégame el balance de tu gestión, porque quedas despedido.” El administrador se puso a echar sus cálculos: “¿Qué voy a hacer ahora que mi amo me quita el empleo? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa.” Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero: “¿Cuánto debes a mi amo?” Éste respondió: “Cien barriles de aceite.” Él le dijo: “Aquí está tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta.” Luego dijo a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” Él contestó: “Cien fanegas de trigo.” Le dijo: “Aquí está tu recibo, escribe ochenta.” Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas. El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado. Si no fuisteis de fiar en el injusto dinero, ¿quién os confiará lo que vale de veras? Si no fuisteis de fiar en lo ajeno, ¿lo vuestro, quién os lo dará? Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.»

El vil metal y el Reino de Dios

Al leer la primera lectura caemos en la cuenta de que la especulación, el fraude y la explotación del hombre por el hombre son cosas que vienen de antiguo. No hace falta esperar el advenimiento del capitalismo para encontrarnos con ese proceder injusto. Ni tampoco hay que esperar a que aparezcan los críticos del capitalismo y del neoliberalismo para encontrar la indignación y la protesta contra esos comportamientos inmorales. Quien piense que “la religión” se ha dedicado tradicionalmente a justificar la injusticia o la pasividad ante ella en este mundo en nombre de un futuro paraíso celeste, es que no ha leído nunca los textos del Antiguo Testamento, no digamos ya los del Nuevo. Sobre todo (aunque no sólo) los profetas descalifican la falsa religiosidad de los que elevan oraciones a Dios y le ofrecen sacrificios, mientras explotan a sus semejantes cometiendo todo género de injusticias en el campo social y económico. En múltiples textos proféticos se subraya con una fuerza inusitada que el ver­dadero sentido religioso requiere como condi­ción la justicia, el derecho, la atención de los necesitados. Sin esto, los sacrificios y todos los actos de culto le son aborreci­bles a Dios, que expresa por boca de sus profetas el hastío que le producen holo­caustos y sacrificios realizados por corazones tor­cidos, insensibles a los sufrimientos de los pobres. Al texto que leemos hoy, del profeta Amós, especialmente sensible en este campo, se podrían añadir muchos otros (cf. Am 5,22; Os 6,6; Zac 7,10; Is 1,11-17). Los deberes de justicia son tan sagrados, en sentido literal, como los deberes directamente relacionados con Dios, precisamente porque es en el hombre, imagen y semejanza de Dios, en donde encontramos el ámbito principal para mostrar la verdad de nuestras actitudes religiosas.

Pero, por otro lado, el cumplimiento de nuestros deberes de justicia no debe servirnos de excusa para distraernos de nuestra relación con Dios. Son dimensiones profundamente implicadas entre sí, pero cada una de ellas tiene su espacio propio. Precisamente, la parábola del administrador injusto del Evangelio nos ayuda a comprender esa mutua implicación y, al tiempo, la especificidad de cada uno de ellos. Esta parábola hace pie en un problema administrativo y de falta de honestidad para enseñarnos una verdad más profunda. El administrador infiel se encuentra en una situación de gran apuro, prácticamente sin salida: pillado en su deshonestidad, no encuentra alternativas válidas para poder “salvarse”, en el sentido más inmediato de la expresión: ni el trabajo físico ni la mendicidad son salidas válidas para él. De ahí que busque la salvación por medio de la astucia, haciendo que los deudores de su amo se conviertan en deudores suyos, y así poder ganarse su favor futuro.

¿Debemos entender que Jesús alaba esa astucia deshonesta, en la que el fin justifica los medios, cualesquiera que estos sean? ¿No estaría esto en flagrante contradicción con lo que escuchamos en la primera lectura, en la que se condena sin paliativos el fraude y el engaño? La clave para entender la provocativa parábola de Jesús está en las palabras con que la concluye: “los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”. Ese “con su gente”, que puede entenderse además como “en sus asuntos”, indica que también nosotros debemos ser astutos, sagaces, inteligentes, con nuestra gente, en el asunto que nos ocupa, si es que somos hijos de la luz. Así como hay que tener habilidad para “salvarse” de las situaciones apuradas en que nos pone la vida, así debemos saber cuáles son los medios para que nos reciban “en las moradas eternas”. Porque, en verdad, todos somos hijos de este mundo y todos estamos llamados a ser hijos de la luz. Y la cuestión está en que, con frecuencia, mostramos un interés, una sagacidad y una habilidad para resolver nuestros asuntos mundanos, que brilla por su ausencia en el asunto capital de la salvación religiosa, en la que se decide nuestro destino de manera definitiva.

¿En qué consiste esa habilidad, astucia y empeño para que nos reciban en las moradas eternas? Siguiendo con la lectura del Evangelio nos encontramos con una frase de Jesús todavía más enigmática que la anterior. ¿Qué significa hacerse amigos con el dinero injusto? Posiblemente no debamos entender aquí el adjetivo injusto como una cualidad que el dinero puede tener o no, sino como un adjetivo redundante, que subraya una cualidad propia del objeto en cuestión; como cuando decimos “la fría nieve” o “el sol ardiente”. Jesús estaría usando una expresión coloquial, como cuando en español decimos “el vil metal”, aludiendo a las pasiones (la avaricia, la codicia, la ambición…) que suscita, sin que queramos decir que toda relación con el dinero haya de ser deshonesta.

Precisamente, el trato con el injusto dinero, con el vil metal o con los bienes y los asuntos pasajeros de este mundo (económicos, políticos, sociales, etc.) son parte esencial de nuestro camino hacia las moradas eternas. Es en el trato con estos bienes, reales, pero no definitivos, donde se pone a prueba si somos realmente hijos de la luz o sólo hijos de este mundo. Los que son sólo hijos de este mundo se entregan a estos asuntos en cuerpo y alma, y, por obtener este género de bienes, son capaces de vender su alma al diablo, de hacer todo tipo de pactos con el mal, de cometer todo género de injusticias; se hacen así siervos del dinero y de los bienes que desean poseer. Si somos hijos de la luz, entonces estamos llamados, no a inhibirnos de estas dimensiones de nuestra vida (también somos hijos de este mundo), sino a llevarlos a la luz, a iluminarlos con la sabiduría que proviene de Dios, a usarlos sin entregarles nuestro corazón ni hacernos servidores suyos. Hacerse amigos con el vil metal (y con todo lo que ello significa) quiere decir establecer también en este ámbito relaciones nuevas, no marcadas por el interés egoísta y la idolatría del dinero, sino por la justicia (aun a costa de perder a veces en los propios intereses), y más allá de la justicia, por la generosidad. No hace tanto (hace tres domingos) escuchábamos en el evangelio cómo Jesús nos exhortaba a invitar no a aquellos que pueden correspondernos, sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos, que no pueden pagarnos pues la paga será cuando resuciten los muertos (cf. Lc 14, 13-14). Con el vil metal o el injusto dinero es posible realizar obras de justicia, establecer relaciones nuevas y fraternas, acoger a los necesitados, en una palabra, hacerse verdaderos amigos (que no lo son por interés, si es que son verdaderos). En medio de los asuntos cotidianos que nos ocupan, preocupan y agobian, podemos vivir de tal manera que nos hagamos amigos de Jesús, que vive y sufre en los necesitados. La frase entera de Jesús es altamente significativa: “Ganaos amigos con el dinero injusto, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”. No dice, “por si os falta”, sino “cuando os falte”; pues esos bienes, por los que nos afanamos a causa de las necesidades de la vida, nos han de faltar con seguridad: nadie puede llevarse a la tumba su fortuna. Pero los bienes que hayamos acumulado en honradez, justicia y generosidad (precisamente en el trato con aquellos otros bienes efímeros) serán los que nos abran el camino a las moradas eternas, pues serán el vínculo de la amistad con Jesús, ganada en el trato con sus pequeños hermanos (cf. Mt 25, 40).

Entendemos, pues, que los bienes de esta tierra, que nos ocupan y preocupan, y los bienes de allá arriba no son extraños entre sí. En los primeros se hacen ya patentes los valores del Reino de Dios, dependiendo de cómo nos relacionemos con ellos. Es en el trato con ellos como se pone a prueba si somos o no de fiar, si somos responsables, honestos, justos, generosos y desprendidos. Y es Jesús, amigo y maestro, el que nos enseña la justa jerarquía de todos los bienes.

Así vamos entendiendo la mutua implicación de los dos órdenes, mundano y religioso, que no tienen ni que mezclarse indebidamente, ni tienen por qué estar en guerra o en conflicto (aunque lo estén con frecuencia). En esta clave podemos entender las palabras de Pablo en la carta a Timoteo, que no habla de economía, sino de política. La necesaria autonomía de estos órdenes (el más externo de la vida social, económica y política, regido por el derecho; y el más personal, ético y religioso, que atañe a la conciencia) pueden y deben tratar de coordinarse desde el mutuo respeto y la cooperación. Igual que en la economía, también en la política es posible ver las semillas del Reino de Dios, en la medida en que en ella ha de procurarse por la vía jurídica la justicia, la paz y el bien de la persona humana. Si nos parece que los “hijos de este mundo” tienen más habilidad para imponer en estos órdenes sus criterios, tratando con frecuencia de exiliar de ellos cualquier vestigio del Reino de Dios, nosotros, llamados a ser hijos de la luz e implicándonos sin temor en todos esos asuntos, hemos de tratar de iluminar el sentido trascendente de los bienes pasajeros de este mundo, de modo que podamos así dar a conocer a todos también la voluntad salvífica de Dios, del Dios que se ha encarnado en Jesucristo, y que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 15.9.2019, Domingo 24 del Tiempo Ordinario (C): “El arrepentimiento de Dios… y el nuestro”

Santo evangelio según san Lucas 15, 1-32
Habrá alegría en el ciclo por un solo pecador
que se convierta

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: – «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: – «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me habla perdido.” Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» También les dijo: – «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.” Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba 1ejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; e taba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”»

El arrepentimiento de Dios… y el nuestro

Durante el año litúrgico C leemos dos veces la parábola del Hijo pródigo: en el domingo cuarto de Cuaresma y, junto con las otras parábolas de la misericordia, en este domingo 24 del tiempo ordinario. Pero no se trata de una mera repetición: el diferente acento lo marcan las respectivas primera y segunda lectura. Allí se insistía en el arrepentimiento del hombre, llamado a reconciliarse con Dios. Ahora, en cambio, se mira sobre todo a la actitud de Dios ante el pecador; se puede decir que se subraya el arrepentimiento de Dios: “el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo”. Esto nos invita a reflexionar sobre la imagen que tenemos de Dios y, tal vez, a modificarla. No se trata de nuestro “concepto teórico” de Dios, pues Dios no cabe en ningún concepto y los desborda a todos. La cuestión es práctica y existencial, pues trata de su actitud ante nosotros: es ahí donde descubrimos que Dios nos supera y sorprende. Un Dios que se arrepiente… ¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es la actitud de Dios ante el mal y el pecado?

Son muchos los que acusan a Dios de permanecer indiferente ante el mal del mundo. Aquí se apoya uno de los argumentos más fuertes contra la existencia de Dios, que se esgrimió sobre todo en la cultura moderna. Aunque, todo hay que decirlo, la no existencia de Dios, lejos de resolver el problema del mal lo hace irresoluble.

Otros, en cambio, piensan que Dios reacciona ante el pecado humano castigando a los pecadores. Aunque esta mentalidad era popular en la antigüedad, todavía pervive hoy en diversas religiones e, incluso, entre no pocos cristianos. Desgracias individuales y colectivas se contemplan como consecuencias más o menos directas del pecado humano y de la actividad punitiva de Dios. Así que, contra los que se quejan de que Dios permanezca impasible ante el mal, encontramos aquí una respuesta que, la verdad, no nos sirve de mucho consuelo. Porque, si antes se quejaban de la inactividad divina, ahora alzarán la voz contra su indebida intromisión en asuntos de estricta competencia humana… ¿En qué quedamos? ¿Interviene Dios o no interviene? ¿Queremos nosotros que intervenga, o preferimos que no lo haga? Y, si sí, ¿en qué sentido?

Posiblemente, para responder adecuadamente a estas difíciles preguntas, lo mejor es dejar de filosofar (aun sin tener nada contra esa noble actividad) y ponerse a la escucha de la Palabra, que nos dice que Dios no permanece impasible ni ocioso ante el mal y el pecado, pero que lo que hace nada tiene que ver con la actividad punitiva que le atribuyen algunos.

La Palabra propone como trasfondo de la actitud de Dios hacia el hombre tres pecados de especial gravedad. En la primera lectura se habla de idolatría, esto es, de la divinización indebida de realidades naturales. En la carta a Timoteo Pablo se acusa a sí mismo con dureza y sin tapujos (“blasfemo, perseguidor, insolente”) de haber perseguido a Cristo; no es que haya adorado a un falso dios, sino que se ha opuesto al verdadero. En estos tiempos de subjetivismo rampante nos cuesta aceptar el discurso sobre el verdadero Dios, la verdadera religión y, en consecuencia, el pecado de haberse opuesto a la Verdad en nombre de lo que uno consideraba verdadero. En realidad, Pablo concede los derechos de la conciencia errónea al mitigar su autoacusación (“yo no era creyente y no sabía lo que hacía”), pero no por eso se considera justificado. El ser humano no tiene sólo el deber de actuar de acuerdo a lo que le parece bueno y verdadero, sino también el de buscar con sinceridad lo que lo es realmente. Por fin, el evangelio personifica en el hijo pródigo el pecado de negación del padre y la depravación de una vida desenfrenada y egoísta.

¿Cuál es la reacción de Dios ante estos (y otros) pecados? La primera lectura parece atribuirle el propósito de castigar a los idólatras borrándolos de la faz de la tierra. Sólo ante la oposición e intercesión de Moisés Dios “se arrepiente” de su propósito y aplaca su ira. Pero, ¿qué significa esto? ¿Hay que entenderlo al pie de la letra? ¿Es que acaso hemos de aceptar que Moisés era mejor que el mismo Dios? Sería absurdo. El “arrepentimiento” de Dios ante la intercesión de Moisés es un bello recurso literario, que subraya que, si bien el pecado del hombre es autodestructivo, Dios reacciona con la misericordia y el perdón. El papel de Moisés como intercesor ante Dios a favor del pueblo nos recuerda que el hombre participa de los designios salvíficos de Dios, que Dios mismo se apoya en la mediación humana y, en definitiva, aquí se anticipa proféticamente la mediación exclusiva y definitiva de Jesucristo.

Pablo confirma en la carta a Timoteo lo que acabamos de decir con tanta claridad, que apenas cabe más comentario que releer esas palabras llenas de fuerza y confianza sobre el derroche de gracia, de amor, de compasión y de paciencia que Dios se gasta con nosotros.

Por si quedaban dudas, las parábolas de la misericordia deberían ser el argumento definitivo. Dios no sólo perdona, salva y recrea, sino que, cuando el hombre “se pierde”, sale a su encuentro, lo busca con ahínco y esmero, sin ahorrar esfuerzos. Así lo ha manifestado en Cristo, que para encontrar y salvar al pecador ha ido hasta el extremo de la muerte.

Se dice que los pastores conocen a sus ovejas una por una y no en “rebaño”. Así nos conoce y nos busca Dios. Somos para él más valiosos que la moneda perdida de la mujer de la segunda parábola, que seguro que no había perdido unos céntimos, sino el pan de sus hijos. Cualquiera entiende qué supone perder la garantía el sustento propio y de los suyos. Pero Jesús ahonda aún más su enseñanza sobre la misericordia: somos más que una oveja conocida por el nombre, o el tesoro que nos promete la supervivencia; para Dios somos como el hijo único, amado con un amor exclusivo, que es como los buenos padres y, sobre todo, las buenas madres quieren a cada uno de sus hijos, por muchos que tengan. Un amor exclusivo es un amor incondicional, que sale al encuentro del hijo perdido “cuando estaba todavía lejos”, un amor que no reprocha ni castiga, sino que abraza, recrea y festeja la vuelta a casa. Dios, en efecto, tiene una actitud activa ante el pecado y el mal, pero también respetuosa hacia la libertad humana, a la que no fuerza si ésta no presta su acuerdo. Y es que el perdón de Dios es incondicional, pero nosotros podemos recibirlo sólo si nos abrimos a él. De ahí la necesidad del arrepentimiento.

La idea del castigo divino por el pecado se parece más a una proyección nuestra que clama venganza y se cierra a la misericordia. Es precisamente un género de pecado que no aparecía en el listado anterior, el pecado del hijo mayor, de los que se pretenden justos y niegan el perdón de los “perdidos” que vuelven a casa, y exigen para ellos los castigos adecuados. Es el pecado de los fariseos, para los que Jesús cuenta estas parábolas, con las que quiere purificar nuestra imagen de Dios, al revelarlo como un Padre lleno de amor. El fariseo (de entonces y de siempre) mira a Jesús con mirada torva y bien puede retorcer el argumento, oponiendo ahora que, entonces, ese Dios bonachón consentiría el mal al no castigarlo. Pero ya hemos dicho que no es verdad, que lo que Dios ha hecho es lo máximo que se puede hacer: en Cristo ha tomado sobre sí el pecado del mundo hasta el extremo de la cruz, para convertir la muerte en vida, el pecado en gracia.

Pero no nos convirtamos nosotros en fariseos de los fariseos, considerando que son estos últimos los que no tienen remedio. Pablo, al fin y al cabo, era un fariseo y fue el que descubrió en su propia vida que lo que no podía la ley, sí lo podía la gracia. Y es que la imagen de Dios que la Palabra nos trasmite hoy es precisamente la de un Padre que espera activamente el regreso de sus hijos, y que no desespera de ninguno, ni siquiera de los “buenos”.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 8.9.2019, Domingo 23 del Tiempo Ordinario (C): “Posponer para mejor amar”

Santo evangelio según san Lucas 14, 25-33
El que no renuncia a todos sus bienes
no puede ser discípulo mío

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.» ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

Posponer para mejor amar

El evangelio de hoy comienza con unas palabras enigmáticas, casi escandalosas, que parecen contradecir, no sólo el espíritu del evangelio mismo, centrado todo él en el mandamiento nuevo del amor, sino, incluso, los (viejos) mandamientos de la ley de Dios, que, en el cuarto de ellos, nos mandan honrar padre y madre. Al exponer las condiciones para ser discípulos suyos, Jesús dice que para ello es preciso “odiar” a padre, madre, mujer (marido), hijos, hermanos y hermanas, incluso a sí mismo. Es verdad que el texto en español que hemos leído está edulcorado, y no dice “odiar”, sino “posponer”. Si leemos diversas traducciones de este pasaje, podemos encontrar términos tan variados como “odiar” (así, por ejemplo, la Biblia de Jerusalén), posponer, despreciar, etc. La versión griega usa, de hecho, el verbo “miseo”, que significa literalmente odiar. ¿Es que la fe y el amor a Jesús y a Dios conllevan un conflicto con las relaciones humanas, precisamente, las más inmediatas, de modo que elegir la fe y el amor a Dios implica renunciar o, al menos, dejar en segundo plano aquellas?

En realidad, parece que detrás del verbo “odiar” usado por Lucas se esconde una insuficiencia del arameo subyacente, que carece del matiz que nosotros expresamos en el verbo “preferir”. Esta forma de entender ese extraño “odiar” (o “aborrecer”, o “posponer”) lo confirma la versión de este pasaje en el Evangelio de Mateo, que se expresa positivamente: “el que ama a su padre o a su madre, o a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (10, 37).

Efectivamente, Jesús nos llama a una elección radical y sin componendas, que significa ponerlo a él en un primer lugar absoluto, en la cumbre de los afectos y de las preferencias. Sólo de esta forma radical y sin medias tintas es posible seguirle de verdad, ser realmente discípulo suyo. Pero esta preferencia radical y exclusiva, que conlleva “posponer” hasta los lazos afectivos más inmediatos, no significa una disminución o debilitación del amor que debemos a los nuestros, a nuestros padres, hermanos, mujeres o maridos, hijos, etc. Al contrario, la elección absoluta a favor de Jesús como nuestro único Señor y Maestro sana, purifica y fortalece nuestra capacidad de amar a todos, y también a los más cercanos, porque le da una medida nueva. Esa medida es, precisamente, el mismo Cristo y el amor con que nos ha amado. La apostilla “incluso a sí mismo” (en otras traducciones se dice “incluso a su propia vida”) aclara esto último: es Cristo el que ha despreciado su propia vida, al entregarla en la Cruz por nosotros. De ahí, también, la alusión a la Cruz: para caminar en pos de Jesús y ser discípulo suyo es preciso aceptar y tomar la cruz. Y esto no significa otra cosa que la disposición a amar hasta la entrega total de la propia vida. Amar dando la vida (despreciando la propia vida) significa tomar la decisión de amar sin condiciones, de poner el amor por encima de cualesquiera intereses, aficiones, valores que puedan disputarle a la fuente del amor (que es el mismo Cristo) el primer puesto en nuestros afectos, en el “ordo Amoris” de nuestro corazón.

Preferir a Jesús de manera exclusiva y sin componendas es conectarse a la fuente del amor verdadero, el mismo Dios. Es cierto que todo amor humano viene de Dios. Pero todos sabemos hasta qué punto el amor humano está herido, enfermo, debilitado y condicionado por el egoísmo, y, por tanto, dificultado por múltiples intereses, aficiones y valores que rivalizan continuamente en nosotros por ese “primer puesto” que Jesús reclama para sí. Y esta anemia de nuestros amores se manifiesta también en las relaciones más cercanas e inmediatas. ¡Cuántas veces los propios padres se quitan de encima a sus hijos pequeños, que les reclaman atención y amor, poniéndoles un DVD (o una película de dibujos en la tablet) para que no les molesten mientras, por ejemplo, ven un partido de fútbol! Muchos matrimonios acaban mal por la incapacidad de tomar sobre sí la cruz de las inevitables limitaciones y defectos del otro. Muchos vínculos familiares se rompen por disputas ideológicas o económicas, a veces por grandes herencias, a veces por cuatro perras miserables…

Poner a Jesús en el primer lugar y preferirle por encima de todo significa valorar más el tesoro de la relación, de los vínculos familiares, de la amistad, etc., que nuestras aficiones o ideas particulares, la “razón” que creemos tener, o la fortuna grande o pequeña que tanto nos tienta, pero que no nos podremos llevar a la tumba. Ahora podemos entender también, por qué Jesús, al final de su llamada a una elección radical para ser sus discípulos, incluye además la renuncia a todos los bienes. No significa esto que todos, ni siquiera la mayoría, hayan de despojarse de todo lo que tienen para poder ser cristianos, sino que también debemos anteponer nuestra fe en Jesús a todo interés material, a todo egoísmo que grava e impide nuestra capacidad de amar.

El seguimiento de Cristo es una empresa que merece ser ponderada con cuidado. Emprenderla sin la disposición necesaria, pretendiendo compaginar la fe con actitudes y formas de relación incompatibles con ella, es iniciar un camino a ninguna parte, afrontar una batalla perdida de antemano. Si para construir torres y ganar batallas hay que contar con los medios adecuados, también para poder llegar a ser verdaderos discípulos de Jesús tenemos que estar dispuestos a hacer acopio de los medios necesarios, cultivando en nuestra vida las actitudes acordes con la fe que profesamos. En realidad la adquisición de estos “medios” puede hacerse sólo en contacto vivo con el Maestro, que nos los enseña, y con su gracia y nuestra cooperación los va haciendo crecer en nosotros. No se puede aprender a tomar la propia cruz más que en la escuela de Aquel que entregó su vida en la Cruz; no es posible preferir a Cristo antes que la propia vida más que si estamos vitalmente vinculados por la fe, la oración y los sacramentos con el que despreció su propia vida por amor nuestro.

Algo de esto nos enseña Salomón en la primera lectura. Él, considerado el hombre más sabio de su tiempo, tiene que reconocer que todos los conocimientos humanos, filosóficos o científicos, que con gran esfuerzo y no pocos errores vamos acumulando, no se pueden comparar con la sabiduría que Dios otorga a los que están abiertos a su enseñanza, y que sólo de Él es posible recibir, la sabiduría que salva, la sabiduría del amor. Jesús es el Maestro de esta sabiduría, que Dios nos ha enviado.

Decíamos al principio que esa aparente contradicción entre amar a Cristo y a los “propios” se resuelve cuando entendemos que preferir a Jesús es el mejor modo de amar de verdad y sin egoísmo a padres, hijos y hermanos. Al leer la carta de Pablo a Filemón, esa joya de la primera generación cristiana, entendemos, además, que gracias a esa preferencia nuestra capacidad de amar se amplía infinitamente, supera toda barrera y alcanza a todos. En Cristo, el Hijo de Dios, comprendemos que todos los hombres, sin excepción, son hermanos nuestros. Sin grandes proclamas ni manifiestos (de esos que tanto gustan hoy, pero que suelen quedarse en papel mojado) contra la monstruosa inhumanidad de la esclavitud, Pablo se limita a descubrirle a su amigo y discípulo Filemón que Onésimo, su esclavo, su propiedad, es, en realidad, hermano suyo en Cristo. Sin solemnes alardes ideológicos, Pablo había lanzado la carga de profundidad que habría de terminar con esa institución odiosa y contraria al plan de Dios. Y ahí vemos con toda claridad, con toda su fuerza, hasta qué punto preferir a Cristo por encima de todo es el mejor modo de amar a todos con un amor puro y un corazón indiviso, de superar barreras y conflictos, de poner las bases de un mundo nuevo y fraterno.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 1.9.2019, Domingo 22 del Tiempo Ordinario (C): “Humillarse para ser enaltecido”

Santo evangelio según san Lucas 14,1.7-14
El que se enaltece será humillado,
y el que se humilla será enaltecido

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste.” Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Humillarse para ser enaltecido

El Evangelio de hoy podría titularse “Elogio de la humildad”, que algunos malintencionados entenderían como un “elogio de la humillación”, o, llevando la cosa a su extremo, “Elogio de la autohumillación”. Estos elogios no tienen, desde luego, buena prensa en el mundo de hoy (en realidad, apurando un poco, en el mundo de cualquier época y cultura: los tiempos cambian menos de lo que parece). Porque los valores prevalentes de este mundo, de hoy y de siempre, son los que subrayan el éxito personal, la autoestima, la afirmación de sí, el reconocimiento social. Desde luego, el evangelio de hoy daría jugosos argumentos a ese gran detractor del cristianismo, y profeta de los tiempos modernos y postmodernos, que fue (es y sigue siendo) Federico Nietzsche. Nos acusaba a los cristianos de defender valores de débiles, afeminados (tal vez en nuestros días, por motivos obvios, se abstendría de usar este adjetivo), propios de una moral de rebaño: precisamente la humildad, la negación de sí, la compasión, el amor por los débiles.

¿Por qué tenemos que humillarnos a nosotros mismos? ¿Por qué no tenemos el derecho, incluso el deber de afirmarnos, fomentar la autoestima, buscar el éxito en esta vida, sometida ya de por sí a tantas limitaciones, a tantas derrotas? ¿No será verdad que el cristianismo, bajo capa de amor y perdón, es en el fondo enemigo de la vida, enemigo del hombre real y concreto, defensor de actitudes antihumanas?

Naturalmente, las lecturas precipitadas y guiadas por prejuicios no ayudan a entender en plenitud y en profundidad las palabras de Jesús. Porque Jesús, más bien, está llamándonos a la autenticidad personal. Y ser auténtico no es otra cosa que ser uno mismo de verdad y no sólo por comparación y en apariencia. Es una llamada que responde, en el fondo, al mismo deseo de autoafirmación y autoestima, solo que advirtiéndonos con seriedad sobre los falsos caminos para alcanzar aquellas. Tenemos que reconocer que, si estamos necesitados de autoestima y autoafirmación, y de una cierta confirmación de ellas por la vía del reconocimiento social, es porque, de entrada, somos bastante pobres y limitados (de otro modo, nos sobrarían aquellas necesidades). Y un falso camino para superar nuestra limitación es simular una importancia que, realmente, no tenemos. Por ejemplo, ocupar los primeros puestos, buscar a cualquier precio el aplauso social, revestirnos de méritos más imaginarios que reales, dárnoslas, en definitiva, de lo que realmente no somos. Es la vía de la apariencia externa, que lo único que hace es revestir nuestra propia desnudez y ocultar nuestra pobre verdad, en primer lugar, ante nosotros mismos, y después, también, ante los demás. Jesús, viendo esa feria de las vanidades, a propósito de un banquete al que había sido invitado, aprovecha para exhortarnos a no engañarnos a nosotros mismos.

Para alcanzar la verdad de nuestra vida tenemos que renunciar a esas falsas apariencias, a esas formas de afirmación que son sólo fachada, y no resultado de un auténtico crecimiento interior. Por la vía de las apariencias uno se hincha, se ciega y se queda tan contento, pero, precisamente, se queda, es decir, se estanca, no crece, no llega a ser el que tiene que ser. Para que se dé este crecimiento personal hay que empezar por reconocer la propia pequeñez, los propios límites (físicos, psicológicos, intelectuales, morales, personales, en suma). Sólo desde la humildad de este reconocimiento es posible comenzar el trabajo paciente, lento, difícil, pero auténtico y verdadero, de la maduración y el crecimiento, de la superación, de la propia realización. Por poner un ejemplo sencillo, una persona que compra un título universitario puede aparentar un nivel que, realmente, no tiene, por más que sobre el papel se le reconozca. En cambio, el que empieza asumiendo humildemente su ignorancia (en el campo que sea) y se pone en la senda del aprendizaje paciente, llegará a conseguir ese título por méritos propios, un título que reflejará realmente sus conocimientos. Por otro lado, como lo que uno no sabe siempre supera con creces todo lo que puede llegar a saber, la humildad es la verdadera actitud del sabio, que siempre está abierto a adquirir nuevos conocimientos. Y lo que decimos del conocimiento podemos aplicarlo sin esfuerzo a cualquier otro campo de nuestra vida: las posesiones, la vida profesional, familiar, moral y religiosa.

Jesús nos llama a la humildad e, incluso, a la humillación de sí (rehuir los primeros puestos, esto es, el reconocimiento aparente e inmerecido), pero para ser enaltecido. Jesús, el cristianismo y la Iglesia no nos exigen que nos humillemos para permanecer en la postración permanente; al contrario, se trata de un reconocimiento inicial y bien realista para poder crecer y alcanzar así la propia plenitud. Una plenitud que no está basada en la comparación con los otros, en la mera apariencia de los signos externos y el reconocimiento social, sino en la propia verdad. Si esta es reconocida socialmente, podremos estar agradecidos por ello, pero en ningún caso debemos valorarnos (a nosotros y a los demás) sólo en función de ese reconocimiento. A veces ser fieles a la propia conciencia, y hacer el bien, exigen el precio del rechazo del entorno en el que vivimos. Por eso Jesús, continuando con esa llamada a la autenticidad, nos sugiere hacer el bien por amor del bien mismo, esto es, por convicción y no por cálculo, que es como hay que entender su sugerencia de invitar no a los que pueden devolvernos el favor, sino a los que, justamente, no pueden hacerlo. Y todo esto significa que el enaltecimiento al que aspiramos no está condicionado por las convenciones sociales. Siendo discípulos de Cristo, aspiramos a ser enaltecidos, esto es, a elevarnos, pero a una altura que está infinitamente por encima de las posibilidades humanas. Es lo que expresa tan bellamente la segunda lectura: “Vosotros os habéis acercado al monte de Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús”.

La sublimidad de este enaltecimiento nos dice que se trata de un don y que sólo puede alcanzarse como una gracia. Dios no quiere solo levantarnos, sino hacerlo incluso a una altura que está muy por encima de nuestras fuerzas. De hecho, este don gratuito nos abre los ojos para comprender un último y esencial aspecto de esta dinámica de humillación y enaltecimiento. Cuando, a partir de nuestra pobreza reconocida, vamos creciendo y alcanzando nuestra propia realización, descubrimos que nuestras conquistas no son un mérito exclusivamente nuestro, sino que, al mismo tiempo, estamos en deuda con muchísimas personas. El enaltecimiento de que hablamos, el verdaderamente humano, evita así el peligro del orgullo de creerse autor exclusivo de la propia vida. No es así: por mucho que hayamos progresado (en el saber, la habilidad, la virtud…), siempre deberemos reconocer que mucho se lo debemos a tantas personas que nos han ayudado en el camino, que han sido también instrumentos de la gracia de Dios. El verdadero enaltecimiento al que nos llama Dios por medio de Jesucristo está grávido de gratitud. Y, por eso mismo, nos abre a la humildad de inclinarnos ante los demás para ayudarlos también a ellos, para que puedan ponerse en pie, si están postrados, para que puedan desarrollarse y crecer, si están simplemente en camino. La humildad que nos enaltece la descubrimos, al fin y al cabo, en la humillación de la Cruz, en la que Jesús dio la vida para levantarnos a todos de la suprema humillación y postración: la del pecado y la muerte. Y esta dinámica de humillación y enaltecimiento la podemos realizar en nuestra vida cotidiana haciendo nuestro el espíritu de Jesús, de entrega generosa a nuestros hermanos, a los que cedemos gustosos los primeros puestos, y de los que nos hacemos libremente servidores. Como María: “he aquí la esclava del Señor” (Lc 1, 38), como el mismo Cristo Jesús: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22, 27).

José María Vegas, cmf.