Homilía del 5.1.2020, Domingo 2º después de Navidad: «Vino a los suyos» y del 6.1.2020, Epifanía del Señor: «Sigue la estrella»

Santo evangelio según san Juan 1, 1-18
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.»» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado ha conocer.

Vino a los suyos

Las fiestas navideñas, su sentido cristiano, tienen el peligro de contagiarse del sentido mundano que, inevitablemente, acompaña a estas celebraciones. Es algo parecido al descorche de una botella de champán: mucho ruido, posiblemente bastante espuma, y luego a bebérsela rápido antes de que se escape el gas, sin el que el champán pierde toda su gracia. Parecido porque puede quedarse en una breve y superficial explosión de alegría, que apenas deja más poso que la resaca de tanto brindis y tanta comida. No hay que moralizar demasiado al respecto, ni descalificar sombríamente este último sentido mundano, que también tiene su sitio. Pero tampoco debemos, a causa de este último, perdernos el sentido profundo y esencial de la navidad. Por eso, la liturgia vuelve una y otra vez a invitarnos a la contemplación del Misterio. Lo hace desde diversas perspectivas, tratando de que, poco a poco, sin prisas, vayamos captando todos los matices.

Primero vimos la luz y centramos toda la atención en el Niño, al que nuestra fe identifica como el Hijo de Dios, la Palabra de Dios encarnada. Y nos sorprendimos por la increíble cercanía a la que había venido a habitar el Dios por el que todo se hizo. Después, contemplamos a ese mismo niño junto a los que lo rodean más de cerca, sus padres terrenos, María y José, y comprendimos que este nacimiento toca (y transforma) todas las realidades en que vivimos nosotros. En el año nuevo nos fijamos en María, Madre de Dios. Y como sabemos que María no es un ser divino, sino humano, entendimos mejor la realidad fuerte de esta encarnación: el Hijo de Dios es realmente hombre como nosotros, puesto que ha nacido de una mujer. María aparece además como trono de la sabiduría, pues en su regazo se encuentra la Palabra que Dios nos dirige para iluminarnos.

Hoy, la liturgia nos invita a volver sobre el texto que ya leímos el día de Navidad (y también el día 31) para poder asimilarlo y que vaya calando en nuestra alma. Los nuevos matices que podemos descubrir en este denso texto nos los indican las dos primeras lecturas. Y esos indicadores señalan en dirección a nosotros. La sabiduría, leemos en la primera lectura, ha venido a habitar en medio de nosotros, convertidos en su pueblo. La Palabra que es la Sabiduría de Dios, si quiere habitar entre nosotros, es para hacernos sabios, para que sepamos por experiencia propia, quién es Dios para nosotros, quiénes somos nosotros para Él. Pablo dice lo mismo con otras palabras, cuando señala que en la persona de Cristo nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales. Tanto el sabio autor del libro del Eclesiástico, como Pablo, apóstol de los gentiles, nos están diciendo que Jesús ha nacido para nosotros, por nosotros. Es decir, subrayan con fuerza el acento salvífico de este Misterio.

La sabiduría que Dios nos transmite en Cristo y todos los bienes espirituales y celestiales con que nos enriquece se resumen en el don de la filiación divina: a quienes creen en él y le acogen en la fe les da un verdadero poder: el de ser hijos de Dios.

Es decir, el Hijo de Dios, su Palabra eterna, ha nacido en la debilidad de la carne para que nosotros nos hagamos poderosos, y convirtamos, en Él, en hijos de Dios. Y esto es algo enorme: no somos siervos o esclavos, que han de inclinarse ante este Dios forzados por el temor de ser destruidos o castigados; ni somos funcionarios de una ley moral más o menos rigurosa, por la que acumulamos méritos que después podemos exhibir orgullosos, exigiendo la paga correspondiente. Tampoco nos convertimos en “libertos”, es decir, gentes desinhibidas para hacer “lo que nos da la gana”, pues esas ganas, que no brotan de nuestro más auténtico yo, y que pueden ser inducidas manipuladoramente de tantas formas, nos hacen vivir una libertad ilusoria y, con frecuencia, nos hacen caer en nuevas esclavitudes… Adquirimos la dignidad de hijos. También la condición de hijo está en nuestro mundo sometida a la realidad del pecado: muchos son los hijos no reconocidos, maltratados, abandonados; o sometidos a una suerte de propiedad privada por parte de sus padres. Jesús con su nacimiento y su cercanía, nos da la oportunidad de ser hijos en sentido pleno: hijos de un Dios que es Padre, no en el sentido metafórico de ser el origen de todas las cosas. El Dios que conocemos por Jesucristo no es padre por ser creador, sino que al contrario: si ha llegado a crear el mundo es porque es ante todo Padre: Padre del Hijo por el que hizo todas las cosas. El llegar a ser hijo de Dios en el Hijo Jesucristo significa que Dios nos quiere y nos elige, nos reconoce, nos restituye toda la dignidad con la que fuimos creados como imágenes suyas, y nos da la libertad propia de los hijos, que, como recuerda Agustín, no consiste en la posibilidad de hacer el mal (esa es la libertad humana herida y enferma), sino la libertad para el bien, es decir, para el amor, para dar libremente la propia vida como nos enseña con su ejemplo el mismo Cristo: para que, como dice Pablo, seamos santos, esto es, irreprochables por el amor.

Así que hoy, en la repetida contemplación del Misterio, de la Palabra hecha carne, todo el acento se dirige a nosotros: pues por y para nosotros, por y para nuestro bien, ha nacido Cristo. Y porque su nacimiento, su presencia entre nosotros pide de nosotros una respuesta: que lo acojamos con fe y con amor, que escuchemos y pongamos por obra su Palabra, que no seamos tan necios como para rechazar estos dones, sino que nos hagamos sabios con la sabiduría que viene de arriba para convivir con nosotros y que es pura, pacífica, amable, llena de indulgencia y buenas obras (cf. St 3, 17). 

Desde San Petersburgo (Rusia)
José Ma. Vegas, cmf
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 6.1.2020, La Epifanía del Señor: «Sigue la estrella»

PRIMERA LECTURA
La gloria del Señor amanece sobre ti
Lectura del profeta Isaías 60, 1-6

¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

Salmo 71 R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra
SEGUNDA LECTURA
Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3, 2-6

Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

EVANGELIO
Venimos de Oriente a adorar al Rey
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,1-12

Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: «Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.»» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Sigue la estrella

El misterio de la Navidad es tan grande y tan profundo, que no basta un día para entrar a fondo en él y descubrir todas sus dimensiones. A la noche y el día de Navidad, en que contemplamos la luz del niño Dios nacido en Belén, le siguen otras fiestas que van completando un cuadro armonioso. La fiesta de la Sagrada Familia nos habla de un contexto de relaciones humanas, del que la verdadera humanidad de Jesús tenía necesidad para desarrollarse y crecer. Las fiestas de San Esteban y de los santos inocentes, para evitar un exceso de sentimentalismo, nos recuerdan que Jesús nace en un mundo violento e injusto y que Él mismo y otros por su causa habrán de sufrir las consecuencias de esa situación “no ideal” del mundo en la que tiene lugar la encarnación.

El misterio se va completando con esta fiesta de la Epifanía o Manifestación de Cristo a los gentiles, nuestra popular fiesta de los Reyes Magos. Es una fiesta que enlaza directamente con la del domingo siguiente: el Bautismo del Señor, otro momento de manifestación, pues es el momento del comienzo del ministerio público de Cristo; y con la Bodas de Caná, que Juan presenta como el comienzo de los “signos” que Jesús realiza para anunciar que Dios está ya cumpliendo sus promesas. De hecho, la liturgia oriental reúne en una sola fiesta (aquí en Rusia es el día 7 de enero) la Navidad y la Epifanía.

Mateo dice, con el episodio de los sabios de Oriente, que ya desde su nacimiento Jesús tiene una significación universal, sin distinción de razas, culturas y nacionalidades. Que Dios se haga hombre (ser humano) es algo que tiene que importarle a todo el mundo. No puede ser algo exclusivo de un grupo, un pueblo, incluso una confesión religiosa. Ya, antes de Cristo, y pese al tono fuertemente nacionalista de la religión judía, se dieron cuenta de ello los Profetas. Isaías hoy los representa a todos. Es algo que se deriva naturalmente de su monoteísmo: si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, significa que es el Dios de todos los hombres sin distinción; luego la revelación que Israel ha recibido es para todo el mundo. Israel descubre así su vocación sacerdotal, de mediador entre Dios y la humanidad. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, Pablo es el gran batallador por la comprensión universalista de la fe cristiana, que impide que ésta se reduzca a una insignificante secta dentro del judaísmo.

Dios nace y se manifiesta: nace para manifestarse, para comunicarse, para hacerse accesible a todos. Esto tiene una importante consecuencia para la comprensión de nuestra fe, que no puede reducirse a una “opción privada”, a una íntima convicción que no debe manifestarse. Hoy, con frecuencia, en nombre de una tolerancia mal entendida, se nos invita a profesar la fe con tal de que no la manifestemos, de que la practiquemos en nuestro fuero interno, en el ámbito privado de nuestras asambleas litúrgicas, pero renunciando a tratar de que la fe impregne nuestro actuar, nuestro pensamiento y nuestra presencia pública. Es pedir un imposible. Jesús no vino al mundo a fundar un club privado, sino a decirnos que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos sus hijos y que todos somos hermanos.

Así pues, respetando sin ambages la libertad de todos y sin imponer nada a nadie, los cristianos no podemos dejar de proclamar el significado y la importancia para todos de lo que nuestra fe proclama, y de testimoniar, invitando a todos, a acercarse a conocer personalmente al hijo de Dios hecho hombre. Y es que la nuestra es una opción personal, pero no sólo una opción privada.

Un detalle importante de esta fiesta es el de la estrella. Los sabios de Oriente representan la sabiduría humana. No eran magos, sino sabios, posiblemente astrólogos, una especie de físicos y filósofos, indagadores de la naturaleza y buscadores de la verdad. Que estos sabios siguiendo la estrella buscaran al niño para adorarlo significa que entre la fe y la razón no hay contradicción alguna, que la ciencia y la revelación no son divergentes sino convergentes, pues por caminos distintos se encaminan a la verdad, el bien y la justicia, que, por vía natural o por vía revelada, tienen un mismo Autor.

La razón tiene sus limitaciones y en ciertos momentos necesita abrirse a la iluminación de la revelación. Así, el hombre puede admirar la grandeza y el poder de Dios al contemplar la naturaleza, pero no puede llegar por la sola razón al contenido revelado, que le dice que a ese Dios creador que busca en las estrellas lo puede encontrar en medio de los hombres. Por eso los Reyes Magos siguiendo la estrella se acercan mucho, pero no pueden llegar hasta el final. Tienen que preguntar a los representantes del pueblo sacerdotal, depositario de la revelación. Estos tuercen el gesto, pero consultan el depósito que se las ha confiado y hallan la respuesta. Es un texto de Isaías el que despeja el camino hasta el niño recién nacido. Pero causa admiración y perplejidad que mientras los sabios de Oriente se muestren tan abiertos (a la razón y a la fe), esos representantes del Pueblo elegido estén tan cerrados a lo que sus propias Escrituras les dicen. Vemos que ni la razón ni la revelación bastan por sí mismas. Hacen falta, además, disposiciones personales, es decir, un corazón bien dispuesto. Si no se da esto, la sola razón puede llevar a la soberbia y a la negación de Dios; y la actitud religiosa cerrada sobre sí misma puede convertirse en fanatismo, en la negación del hombre al que en nombre de una verdad mal entendida se está dispuesto a matar. 

Nuestros sabios de Oriente, bien dispuestos y abiertos a las evidencias de la razón y a las revelaciones de la Escritura, encuentran al niño y le ofrecen sus dones. Son toda una profesión de fe: oro (el niño es el rey celestial), incienso (es el Hijo de Dios), y mirra (su trono y su gloria serán la cruz).

Una afortunada tradición ha querido que los reyes magos sigan trayendo sus regalos a niños y mayores del mundo entero. Pero solemos darle a esta tradición un moralismo indebido: los regalos dependen de si hemos sido buenos, de si nos hemos portado bien. Como si fueran el premio a un mérito acumulado. Pero esto no es así. Los regalos se hacen porque se quiere a la persona agraciada, y con el regalo se le “dice” ese amor, se confirma su ser y se celebra que exista. Es importante que nos hagamos regalos unos a otros, como expresión de esos vínculos esenciales que están más allá de todo mérito.

Los magos confiesan y testimonian con sus regalos. Nosotros deberíamos tratar de regalar al mundo el testimonio de nuestra fe, sin miedo y sin vergüenza, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Es el mejor regalo que le podemos hacer, pues el mundo necesita a este niño que ha nacido en Belén. Regalar la luz que hemos visto en medio de la noche y que hemos recibido con nuestra fe. Sí, ese es el mejor regalo que podemos y debemos hacer en este mundo no ideal en el que Jesús ha nacido para todos: ser nosotros mismos estrellas que indican el camino que lleva a Belén a todos aquellos que buscan a Dios, y que, incluso sin saberlo, necesitan a Cristo.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 29.12.2019, Domingo de la octava de navidad (A), La sagrada familia: Jesús, María y José : «Toma al niño»

Santo evangelio según san Mateo 2, 13-15. 19-23
Coge al niño y a su madre y huye a Egipto

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.» José se levantó, cogió al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que dijo el Señor por el profeta: «Llamé a mi hijo, para que saliera de Egipto.» Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: -«Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño.» Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allá. Y, avisado en sueños, se retiró a Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los profetas, que se llamaría Nazareno.

Toma al niño

La luz brilla en la tiniebla, la Palabra se hizo carne. Deslumbrados por la luz de la natividad de Jesús en medio de la noche de nuestro mundo, nuestros ojos han quedado prendados por este foco de luz y han contemplado al Niño. Pero, en cuanto nuestras pupilas se han acostumbrado han ido vislumbrando también los detalles que habían quedado en la penumbra a causa de ese resplandor. Junto al niño Jesús descubrimos a María y a José, personajes sin los cuales esta presencia no hubiera sido posible. Y es que el Verbo se ha hecho hombre, carne humana, pero ser hombre es en su misma entraña entrar en relación. “El hombre” así, en general, es una pura abstracción. No existe el individuo humano como tal, sino la persona, ciertamente única, insustituible, pero anudada también a toda una red de relaciones: ser hombre significa necesariamente ser hijo, hermano, amigo, vecino, de un modo u otro, padre o madre.

Si el Hijo del Eterno Padre, el Verbo de Dios, se ha hecho hijo del hombre, carne como la nuestra, es que el hombre, cada hombre, está dotado de un valor infinito. Pero este valor y dignidad infinitos están vertidos en vasijas de barro y afectados por una enorme fragilidad. Basta pensar en la indefensión total con la que nace la criatura humana, mucho mayor que la que se da en las crías de cualquier otra especie animal. Múltiples peligros amenazan la viabilidad del niño recién nacido, también del que está todavía en trance de nacer. Dios se ha hecho hombre, es decir, ha empezado por hacerse embrión y, después, niño, vulnerable, indefenso, por completo dependiente, menesteroso en todos los sentidos, necesitado de todos los cuidados. El evangelio de Mateo hoy subraya e insiste en este aspecto: describe las amenazas de muerte que rodean al niño nada más nacer y hacen de él un fugitivo, un desplazado, emigrante y extranjero. Mateo describe en detalle lo que Juan expresa con laconismo: vino a su casa y los suyos no lo recibieron.

El valor infinito del ser humano, que Jesús ha revelado con su nacimiento, necesita ser protegido de los peligros que lo acechan por doquier, del riesgo implicado en asumir la carne humana y su vulnerabilidad. El primer cofre que protege este valor a la vez infinito y frágil del ser humano es un vientre de mujer, y el segundo es la familia. También es así en Jesús. Al hacerse hombre se convierte primero en hijo, en miembro de una familia. Es ella la que acoge (ya al engendrarla) la vida humana incipiente, la que la hace viable, la alimenta y le da crecimiento. Para poder llegar a ser sí mismo con independencia, hay que ser primero dependiente; el que quiera hacer una aportación propia a la sociedad y a la historia (por pequeña que pueda parecer), ha de recibir primero de otros todo lo necesario para vivir (primero la sangre que le llega por el cordón umbilical, después el calor de un regazo, el alimento, el vestido, la educación); para alcanzar la seguridad en sí mismo, es necesario haber hecho la experiencia de la confianza que ofrece la seguridad familiar; para, por fin, poder tratar a los demás de igual a igual, es imprescindible haber sentido sobre sí la única desigualdad que no ofende nuestra dignidad, pues ha sido como la providencia benéfica que ha remediado nuestra inicial indefensión.

También ha sido así en Jesús. El Verbo de Dios hecho hombre, el niño Jesús, aparece ante nuestra mirada en los brazos de María, y ante los múltiples peligros y amenazas que lo acechan desde su mismo nacimiento, la protección providencial que recibe de lo alto no se distingue de la que reciben (o deben recibir) el resto de los mortales: los cuidados de su madre, los trabajos, desvelos y decisiones de su padre humano, que Mateo dibuja hoy con concisión y maestría.

Seguimos contemplando al niño Jesús, pero lo hacemos mirando al cuadro completo de la Sagrada Familia. Se trata, es verdad, de una familia del todo particular, y por eso la llamamos “sagrada”: María, la mujer inmaculada, Virgen y Madre; José, varón justo, que en la visión bíblica significa agradable a Dios; Jesús, el hijo eterno del Eterno Padre. Pero del mismo modo que la encarnación de Jesús, su hacerse hombre, conlleva la afirmación del valor y dignidad del hombre, de todo hombre sin excepción, también al descubrir a Jesús como miembro de la Sagrada Familia, comprendemos que la familia como tal es una realidad sagrada, creada y querida por Dios. Es la providencia que hace viable la vida humana, la de cada uno de nosotros, el ámbito en el que, en una relación positiva de amor, de dependencia, obediencia y respeto, crece y se fortalece la libertad, la responsabilidad, la confianza, los ingredientes todos que hacen posible vivir después una vida propia con sentido. Pero no debemos entender la familia como un remedio provisional de la menesterosidad de la primera fase de la vida humana. Esta queda sellada profundamente y para siempre por esos lazos familiares iniciales. Aunque, al adquirir la independencia, el ser humano abandone el hogar familiar para fundar el propio y vivir su propio proyecto, ese abandono no puede entenderse como una ruptura. La dependencia inicial se convierte después en gratitud y también en responsabilidad y cuidado de los propios padres ya ancianos. Nunca dejamos de ser hijos, aunque la relación filial crezca, se desarrolle y se transforme a medida que vamos creciendo nosotros mismos. La realidad familiar nos habla realmente de que estamos llamados a la relación y al amor, y que esta relación y amor, siendo la vocación de seres libres, exigen de nosotros responsabilidad: somos responsables unos de otros y, en primer lugar, los padres, responsables de sus hijos, que dependen en gran y principal medida de aquellos para poder llegar a ser sí mismos.

Como la vida humana en general, como la vida incipiente del niño Jesús, también la realidad sagrada de la familia se encuentra sometida a múltiples amenazas. En nuestros días, tal vez el peligro más fuerte proceda de una libertad entendida y proclamada como irresponsabilidad, es decir, como desvinculación. Queremos ser libres, y no responder de ello ante nada y ante nadie. Entendemos con frecuencia esta libertad como pura emancipación, ausencia de vínculos y de compromisos que anudan nuestra vida, pero que, precisamente, le dan contenido. La libertad entendida como pura voluntad subjetiva (como capricho) se proyecta en relaciones provisionales, inestables, que considera posible desembarazarse sin más de las consecuencias que, inevitablemente, la relación lleva consigo (desde la vida engendrada, hasta la exigencia de fidelidad). Una vez más, como tantas en la historia, el hombre quiere hacerse dios y comer de la fruta prohibida del árbol de la ciencia del bien y del mal, para conformar la realidad a su antojo, trastocando incluso el orden con el que Dios, sabiamente, nos ha puesto en la tierra. Un orden que no destruye nuestra libertad sino que, aunque a veces parece limitarla, en realidad la hace posible, como la obediencia que el menor de edad debe a su padre, obligado a su vez por la responsabilidad hacia su hijo. Es verdad que ese orden ha sido afectado negativamente por el pecado, de manera que las mismas relaciones familiares se convierten con frecuencia en relaciones de dominio, sometimiento, manipulación, violencia… Pero el nacimiento de Jesús en el seno de una familia ha venido a sanar esas enfermedades que vician la realidad familiar y la misma realidad humana. Al leer la segunda lectura (y otros textos paralelos, especialmente Ef 5, 21-6, 4) puede producirse la sensación de que Pablo reproduce esas relaciones de sometimiento. Pero si aprendemos a leer sin prejuicios y entre líneas, comprendemos que ahí se habla de un sometimiento mutuo y, por tanto, libre y además por puro amor, como el amor que Dios ha tenido a la humanidad, y el que Cristo tiene a la Iglesia. En este caso, no queda resquicio de un sometimiento “patriarcal”, porque allí donde los miembros de la familia, permaneciendo lo que son (esposos, padre y madre, hijos, hermanos), están dispuestos a dar la vida los unos por los otros, allí la familia queda sanada de raíz, que evangelizada y convertida en una verdadera comunidad, en una iglesia doméstica, imagen de la Sagrada Familia. Una familia así es una comunidad abierta y escuela de verdadera humanidad, que descubre en cada ser humano un prójimo, un familiar, un hermano y hermana, bajo la paternidad única de Dios. 

Al mirar y contemplar hoy al niño Jesús en el seno de su familia humana, Familia Sagrada, porque sagrada es la realidad familiar, queremos descubrir en él el designio de amor que Dios tiene para con cada uno de nosotros, y que está ligado necesariamente a nuestra realidad familiar: dar las gracias por los padres que tenemos o hemos tenido, más allá de que hayan sido mejores o peores, también por nuestros hermanos y hermanas, por todo el resto de nuestros familiares. También los maridos deben dar gracias por sus mujeres, y las mujeres por su maridos, y juntos por sus hijos. Debemos hoy también pedir por el fortalecimiento de los vínculos familiares, basados en el amor mutuo, el amor que nos enseñó Cristo, que es capacidad de asumir responsabilidades y que culmina en la disposición a dar la vida por los demás (y nunca en el pretendido derecho de disponer de la vida de los demás); vínculos de los que depende en gran medida la salud y el futuro de la sociedad. Y, al comprender que Jesús nació en una familia concreta, pero no para quedarse en ella para siempre, sino para reunirnos a todos en la gran familia de los hijos de Dios, debemos sentirnos miembros de esa familia, por la que ningún ser humano es para nosotros “extraño”, ajeno, sino en el que podemos descubrir a un hermano nuestro, gracias al hijo de Dios que, al nacer, se ha hecho hijo del hombre.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf
Sacerdote Claretiano

Homilía del 25.12.2019, Solemnidad de la Natividad del Señor: «Se hizo carne»

PRIMERA LECTURA
Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios
Lectura del libro de Isaías 52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

SALMO
Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6
R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios
SEGUNDA LECTURA
Dios nos ha hablado por el Hijo
Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»?

Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18

En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Se hizo carne

Anoche contemplábamos junto con los pastores al niño recién nacido en Belén, en un pobre portal, en los brazos de María. Y al hacerlo, llenos de emoción, no pudimos no preguntarnos: ¿es posible que en este niño, débil, pobre e indefenso se haya hecho presente el mismo Dios? ¿Es que Dios puede realmente hacerse hombre? ¿Es verdad, en una palabra, que Jesús, el Cristo, sea verdaderamente Dios?

Las dudas que pudieron asaltarnos por la noche quiere disiparlas la Palabra de Dios en la luz del pleno día. Por eso, hoy, leemos el prólogo del Evangelio de Juan, que nos invita con osadía a dirigir nuestros ojos al sol, al misterio mismo de Dios.

El prólogo del Evangelio de Juan, que la Iglesia lee cada día de Navidad, es, en verdad, impresionante. No en vano se ha visto en el águila (el águila de Patmos) el símbolo de este evangelista, pues el águila es el único animal capaz de mirar al sol directamente. Juan pone ante nuestros ojos al Dios eterno, que es y existe desde siempre, y nos hace comprender que no es un monarca solitario y ensimismado, sino expresión, Palabra, tensión comunicativa. Juan nos habla de un Dios lleno de fuerza y de poder, pero de un poder positivo, creador, luminoso, que disipa las tinieblas de la nada, que, como dice también la carta a los Hebreos, sostiene al universo con su palabra poderosa, y al establecer el ser de todo por medio de esa Palabra eterna se comunica, se ofrece y busca entablar un diálogo.

El despliegue de poder divino nos lo presenta Juan en consciente contraste con el poder tal como lo entendemos nosotros: el poder o los poderes del mundo. En este mundo ser poderoso significa ante todo tener la capacidad de imponerse, amenazar y destruir, en último término, de matar. Por eso, el poder es, al mismo tiempo, algo deseado y odiado: deseado para sí, pero odiado cuando lo tienen otros. Hay un tono inevitable de oscuridad en estos poderes mundanos, por más que no estemos irremediablemente condenados a usarlos sólo para el mal. Pero, y esta es la cuestión, si de verdad eres poderoso, es necesario que se sepa que puedes, si quieres, arremeter destructivamente.

Nada de esto encontramos en la Omnipotencia divina que nos revela Juan, junto a la cual, desde el principio (es decir, de manera esencial, radical, originaria e inseparable) está la Palabra creadora de todo y, por lo tanto, destructiva de nada. Dios manifiesta paradójicamente su poder ilimitado y creador en la capacidad de despojarse, en el movimiento de abajarse, de ponerse a nuestro nivel, de ofrecerse y proponer un diálogo: es el poder del amor puro. Dios está empeñado en conversar con nosotros, lo ha intentado “en distintas ocasiones y de muchas maneras”. Por fin, ha hablado de manera clara y directa, mandándonos no misivas y emisarios, sino a su propio Hijo, su Palabra misma. Al asumir nuestra carne, nuestra concreción humana, que es también nuestra limitación, Dios se hace definitivamente cercano y accesible, pero también se hace débil y vulnerable. Dios asume riesgos para acercarse a nosotros humanamente, y nos ofrece un diálogo al que podemos responder sólo libremente: aceptando o rechazando. Podemos (este es nuestro poder) acoger o rechazar, abrir las puertas o expulsar de nuestro territorio al Dios que viene con la mano tendida.

Muchos son los signos que dicen que, pese a venir a “los suyos”, éstos no lo han recibido, no lo reciben, lo rechazan y expulsan. Así fue en tiempos de Jesús, así ha sido de múltiples formas a lo largo de la historia, así está siendo también en nuestros días, en que con mil excusas, con buenas palabras (políticamente correctas) o, también, con malos modos y violencia, no se quiere escuchar esta Palabra, no se quiere aceptar esta mano de carne, no se quiere ver esta luz. Preferimos nuestro poder aparente, poder destructivo y oscuro, que nos ofrece una seguridad engañosa pero que nos evita riesgos.

La Palabra poderosa por la que todo fue hecho se ha hecho niño, rostro, uno de los nuestros, se ha hecho carne, carne débil y trémula, aterida, hambrienta, necesitada de unos brazos que la acojan (los brazos de María, pero que también pueden ser los nuestros), y amenazada por manos que quieren acallarla y suprimirla; Dios ha sometido así su poder benéfico al riesgo de los poderes oscuros de este mundo. Sin embargo, la Palabra no se ha hecho carne en balde. Aunque encarnado, limitado, vulnerable y en situación de riesgo, el poder de Dios no deja de ser un poder real, positivo, creador, luminoso, comunicativo. Encuentra también eco, acogida y aceptación. Los que ven esta luz, tocan esta carne y escuchan esta Palabra se encuentran participando del poder mismo de Dios: no de un poder político, económico o militar, sino de ese poder propio de la Palabra por medio de la cual todo se ha hecho: es el poder de ser hijos de Dios en el Hijo Jesucristo, Palabra encarnada. Es un poder que nos purifica, nos renueva por dentro, nos devuelve la dignidad con la que Dios, en el principio creo todo muy bien, muy bueno, y que nosotros hemos debilitado y manchado por el pecado. Los que hemos recibido este poder por la fe y el bautismo adquirimos la capacidad, ni más ni menos, de actuar como el mismo Dios, con su mismo poder: la capacidad de inclinarnos ante el necesitado, de abajarnos sin violencia, de ir al encuentro y establecer un diálogo, de dar vida, dando la propia vida, de asumir riesgos sin temor a las consecuencias. Los que acogen esta Palabra hecha carne participan del poder creador de Dios que es el Amor, y por eso no se aíslan de los demás, sino que al contrario, se ponen en pie y van al encuentro de todos para hacerles partícipes de la gran noticia, realizando en sí la luminosa profecía de Isaías: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva”.

Ayer noche contemplábamos a un niño que es Dios; hoy contemplamos a un Dios que se hace niño (y nos hace niños, hijos suyos). Tal vez sea verdad lo que ha dicho un autor contemporáneo (Joseph Malégue): “hoy lo difícil no es aceptar que Cristo sea Dios; lo difícil sería aceptar a Dios si no fuera Cristo”.

José María Vegas, cmf.

Misa de la Vigilia

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

SALMO
Salmo responsorial: 95
R: Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.
SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14

Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14

En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

Ha aparecido la gracia de Dios

Escuchemos una vez más la gran y alegre noticia de la Navidad: ¡Ha aparecido la gracia de Dios! ¡Nos ha nacido un Salvador! ¡Dios ha venido a visitarnos! El objeto de nuestros anhelos y deseos más profundos y auténticos se ha hecho presente entre nosotros. En una palabra, ha nacido Jesús, el Salvador y, por Él, Dios mismo se ha hecho accesible y cercano.

Sin embargo, esta gran noticia tiene el peligro de sonar en nuestros oídos como una fórmula hueca, una frase retórica, que de tantas veces repetida ya no nos dice nada. Y es que, en verdad, podríamos preguntarnos, después de más de dos mil años del nacimiento de Cristo (de celebrar la navidad y anunciar esa alegre noticia), ¿qué ha cambiado realmente? ¿Dónde está ese Sol que nace de lo alto (Lc 1, 78)? ¿No resulta que, tras dos mil años de “era cristiana”, seguimos viviendo en tinieblas y oscuridad? Porque lo cierto es que en nuestro mundo siguen reinando la injusticia y la violencia, la pobreza y el hambre, la guerra y la opresión. Las tinieblas tienen muchos rostros, nos rodean de múltiples formas. A la gran escala de las grandes tragedias de la humanidad, y a la escala menor de nuestros pequeños dramas, dolores, frustraciones e insatisfacciones (que para nosotros no son en absoluto pequeños, ya que están hechos a nuestra medida), parece que las tinieblas tienen las de ganar. Porque es así: tras dos mil años de celebraciones navideñas seguimos caminando en las tinieblas. Y los fuegos de artificio que hemos ido inventando con la ilusión de sustituir a la luz nacida en Belén (la ciencia, la revolución social, el progreso…) aunque al principio nos han deslumbrado, tampoco nos han traído la salvación prometida y han provocado al final más frustración todavía.

Sin embargo, tenemos que decir que, aun reconociendo su parte de verdad, si nos limitamos a quedarnos en estas críticas y esta protesta, es que no hemos entendido bien el mensaje de navidad. Escuchémoslo, pues, de nuevo: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. No se dice ni se anuncia que ya no hay, ni habrá más tinieblas, sino que en medio de ellas brilla una luz grande, de manera que el pueblo que caminaba sin rumbo en la oscuridad (todos nosotros) ha encontrado la posibilidad de orientarse, de dar con el camino, de salir de su extravío y dirigirse a la meta. En verdad, en medio de la oscuridad basta una pequeña luz para no perder el rumbo. Y nosotros, en esta noche, hemos recibido no una pequeña, sino una gran luz, la luz de Jesucristo, que brilla en medio de la noche.

Es una luz grande, capaz de iluminar a todo el mundo, a toda la historia. Por eso, Lucas sitúa el nacimiento de Cristo en el conjunto del cosmos y de la historia universal: “salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero”. Pero su modo de aparición no es deslumbrante ni cegador: esta gran luz está encerrada en la humanidad de un niño recién nacido. De este modo nos dice Dios (y ya con esto nos ilumina no poco) quiénes somos nosotros, los seres humanos, para Él. Si Dios mismo adopta la humanidad y se hace hombre en Jesús, es que ser hombre no es algo insignificante, ni un azar ciego, sino dotado de enorme importancia: le importamos a Dios.

Pero esta apariencia humana que encierra la luz divina requiere por nuestra parte un acto de fe. Para ver en la oscuridad y caminar en pos de la luz hay que abrir los ojos, hay que creer y confiar. Ahora podemos entender que creer no es andar a ciegas, sino ir en pos de la luz.

En realidad, de las tinieblas de nuestra historia somos responsables nosotros, los seres humanos. No es Dios, sino nosotros, quienes declaramos guerras (aunque algunos usen abusivamente el nombre de Dios para justificarlas), nosotros, los que nos comportamos injustamente, los que nos servimos de la violencia o de la mentira. La historia y el mundo son nuestro campo, y Dios respeta nuestra libertad. Pero ese respeto que le prohíbe entrometerse en nuestras tomas de decisión (lo que destruiría nuestra libertad y nos haría marionetas, no sé si felices, pero, desde luego, no con una felicidad humana), no significa que permanezca indiferente y nos abandone a nuestra suerte. Dios viene a visitarnos para ofrecernos su luz, para enseñarnos el camino de la verdadera felicidad, del bien, de la salvación.

También de nosotros depende acogerlo o rechazarlo. ¿Por qué después de más de 2000 años de celebrar la Navidad seguimos en la oscuridad? Porque “no tenían sitio en la posada”. Como dice también San Juan en el Evangelio del día 25, “la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre vino a los suyos, pero los suyos no la recibieron” (Jn 1, 9. 11).

Sin embargo, el mismo Juan nos recuerda que no es cierto que nadie la recibió y, por tanto, que nada ha cambiado desde entonces: “A cuantos la recibieron… les dio el poder para ser hijos de Dios” (Jn 1, 12). Lucas identifica en los pastores a aquellos que lo recibieron. Los pastores en aquel tiempo tenían muy mala fama por diversos motivos. Jesús no viene a justos, sino a los pecadores. Pero nadie es malo por definición. Pero, por eso, hoy los pastores significan a los pobres, a los que viven a la intemperie, a los que están abiertos, a los que velan. Según cómo leamos la canción del coro celestial, podemos entender que los pastores son “los hombres de buena voluntad”, o, mejor, aquellos “a los que ama el Señor”; y, por tanto, en principio, todos los seres humanos. Los pastores son los que se ponen en camino, los que caminan en la oscuridad porque reconocen la luz. De manera especial, los pastores son hoy los niños, que no están maleados por la rutina y son capaces de percibir la novedad alegre del mensaje de los ángeles; los niños y los que son como ellos: José y María, los Magos de oriente, Pedro y Pablo y los demás Apóstoles, Justino, Ignacio de Alejandría, Agustín, Francisco, Domingo, Teresa, Antonio M. Claret y un largo etcétera de nombres la mayoría para nosotros desconocidos (pero en el que estamos incluidos) pertenecen a esa estirpe de pastores, gentes en vela, niños.

Dios nos ha dado la luz de Jesucristo; significa que la oscuridad (el mal del mundo en todas sus formas) no es una excusa: podemos ir a adorarlo, podemos, si queremos, caminar en su seguimiento, podemos acoger su palabra y vivir según ella. Tal vez, de esta manera, no disiparemos del todo las tinieblas a nuestro alrededor pero, al menos, veremos la luz que ha nacido en Belén y podremos no sólo caminar, sino ser nosotros mismos, por medio de las buenas obras, pequeñas luminarias que alumbran reflejando la luz recibida de Jesús, dan esperanza y ayudan a otros a caminar.

Será, pues, cierto, que hay oscuridad. Pero hoy nosotros descubrimos que también hay luz, que hay, sobre todo, luz.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 22.12.2019, Cuarto domingo de Adviento (A): «Cooperadores necesarios»

Santo evangelio según san Mateo 1, 18-24
Jesús nacerá de María, desposada con José,
hijo de David

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: –«José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.» Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.» Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Cooperadores necesarios

La última semana de Adviento pasa de las esperanzas a los hechos, de las promesas (incluso de las muy inminentes, como las de Juan Bautista), a los cumplimientos. A pocos días de la gran fiesta el Evangelio nos avisa: “el nacimiento de Jesucristo fue de esta manera”. Y entran en escena personajes que ya no anuncian, prometen o preparan, sino que intervienen como actores principales de ese nacimiento. Ante todo, María, la madre, pero también José, su esposo, que se encontró con que, antes de vivir juntos, María “esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”.

La alusión al Espíritu Santo lo dice todo: Dios se ha hecho presente. No es una presencia avasalladora, pues se manifiesta en la realidad, tan cotidiana y, al mismo tiempo, tan extraordinaria de una mujer embarazada, en cuyo seno florece la vida. A pesar de la cotidianidad y humildad con que se presenta, esta presencia de Dios en nuestra vida es siempre algo inquietante. Esa inquietud ante lo inesperado y misterioso y que, además, nos rompe los esquemas, el “temor de Dios”, puede ser de calidad muy distinta. La Palabra de Dios lo presenta hoy con claridad, en el extremo contraste que se da entre las actitudes de Acaz, en el texto profético de Isaías, y de José, en el Evangelio en el que Mateo presenta el cumplimiento de aquella profecía.

La primera forma de temor la representa Acaz, el rey inicuo, y es el miedo. La manifestación de Dios, incluso en esa forma humilde y extraordinaria pero aparentemente inofensiva (la virgen encinta que da a luz un hijo), nos complica la vida, la sentimos como amenaza, como una invasión indebida de nuestro territorio, y preferimos que Dios esté lejos, fuera de nuestra vida, que no nos exija exponernos ante Él, pues puede poner al descubierto nuestros pecados y poner en cuestión los planes a los que no estamos dispuestos a renunciar. Dios desea manifestarse, pero nosotros, como Acaz, buscamos y encontramos excusas para evitarlo, excusas que pueden incluso sonar muy bien, excusas casi piadosas (“no quiero tentar al Señor”), pero que, en el fondo, esconden el rechazo de la cercanía de Dios, del Emmanuel, del Dios con nosotros. Rechazo y excusas que no son más que estrategias que tratan de estorbar e impedir el plan de Dios, que, pese a todo, va adelante.

Pero no es que vaya adelante porque Dios se imponga con violencia, sino porque busca y encuentra a gentes bien dispuestas, que se ponen a disposición de ese plan y cooperan con él. Es la disposición de María, su “fiat”, como lo relata Lucas. Mateo, por su parte, fija su atención en José, otro colaborador necesario. En José encontramos hoy personificada la otra forma de temor de Dios, que no consiste en el miedo, sino en el respeto. José descubre en el misterioso embarazo de María el dedo de Dios, y, porque es justo, decide retirarse respetuosamente, renunciando a sus derechos. Pero Dios no viene a rivalizar con el hombre, sino a encontrarse con él; Dios no se acerca al hombre destruyendo los vínculos y las relaciones humanas, aunque a veces, como en el caso de hoy, las transforma y les da un significado nuevo y más pleno. Por eso, el temor respetuoso de José, tras ese primer movimiento de retirada, descubre que su desposorio con María lo vincula con el plan de Dios. Lo descubre en un sueño. No podemos no recordar a aquel otro José, llamado por sus hermanos “el soñador” (cf. Gn 37, 19). También José recibe luces especiales por medio del sueño. Pero, a diferencia de los sueños del hijo de Jacob, que lo ponen en una posición de privilegio y superioridad sobre sus hermanos, en el caso de José (cuyo padre también se llamaba Jacob: cf. Mt 1, 16), el sueño hace de él un servidor de los que están en el centro: María y el fruto de su vientre, a los que debe acoger y proteger. También es un privilegiado, pero es el privilegio del servicio. 

Y es que José no es un soñador; lo que comprende en el sueño le lleva a tomar decisiones difíciles y arriesgadas: renunciar a sus propios planes, para ponerse al servicio del plan de Dios. El sueño se convierte en disposición a la cooperación. José, así, se abre a lo nuevo e inesperado: el “audire” (escuchar) se traduce en un “oboedire” (obedecir), que no puede entenderse más que como un acto de libertad. De esta forma se le abren a José perspectivas nuevas, adquiere una nueva forma de paternidad, no biológica, pero tampoco, como a veces se dice, meramente legal. José acoge a María, portadora del signo prodigioso de la presencia de Dios, acoge también al hijo de María y le da un nombre (que, en efecto, lo constituye en padre legal); pero, al actuar así, está acogiendo al mismo Dios, haciendo posible la realización de la promesa davídica y la obra de la salvación. Hay en la actitud cooperante de José una fecundidad que alcanza a la humanidad entera y que se prolonga en la misión apostólica de la Iglesia, que sigue anunciando el Evangelio, la Buena noticia de Jesucristo, “nacido, según la carne, de la estirpe de David” y que nos alcanza e incluye también a todos nosotros.

Jesús va a nacer. No se trata sólo del recuerdo de lo que sucedió hace algo más de dos mil años. Jesús quiere seguir naciendo, haciéndose “Dios con nosotros”, cercano de muchos que no saben nada de él. Los signos de su presencia son cotidianos y, a la vez, extraordinarios: la vida que nace, el agua que nos limpia, el pan que compartimos, la fraternidad en la que nos incluimos los que antes éramos extraños. José es para nosotros hoy un maestro de justicia, un modelo de cómo reaccionar a esa voluntad de Dios de nacer entre nosotros. Ante todo, hemos de evitar ser como Acaz, que busca excusas y pone obstáculos, no quiere ver los signos y trata de impedir la presencia. En segundo lugar, ser capaces, como José, de descubrir la extraordinaria presencia de Dios en lo ordinario y cotidiano y entender los sueños que nos hablan de confianza, acogida y aceptación. Esto significa estar abiertos a la escucha y dispuestos a la obediencia. La acogida de la que hablamos tiene varios frentes. Ante todo, la acogida de la vida, de tantas formas amenazada, rechazada e impedida en nuestros días, a veces, como en el caso de Acaz, con palabras que suenan muy bien (pretendidos “derechos”), pero que esconden el miedo patológico a la responsabilidad, al riesgo, a la generosidad. También, puesto que se trata del nacimiento de Cristo, la acogida de la Iglesia, que anuncia el misterio. José, varón justo, supo percibir la presencia de Dios en el inexplicable embarazo de su prometida, y acogió a María, que para otros estaba bajo sospecha. También hoy la Iglesia está bajo sospecha. A diferencia de María Inmaculada, la Iglesia tiene manchas, es cierto, pero no deja de ser la portadora del misterio de Cristo, la anunciadora de la presencia cercana del Dios con nosotros y la dispensadora de los múltiples medios de gracia (la Palabra, los sacramentos, las obras de caridad de millones de sus miembros). Los pecados de algunos, repetidos y aireados hasta la náusea, no deben cegarnos para la santidad de la que, pese a todo, también está grávida “por obra del Espíritu Santo”. Acoger a la Iglesia en fe, como José acogió a María, significa convertirse en “cooperador necesario” del plan de Dios y, como dice Pablo, aceptar el don y la misión de hacer posible que Jesús siga naciendo, para que todos los gentiles, todos los seres humanos, respondan a la fe, para gloria de su nombre.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 15.12.2019, Tercer domingo de Adviento: “No tenemos que seguir esperando»

Santo evangelio según san Mateo 11, 2-11
¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: -«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: -«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí! » Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: -«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

No tenemos que seguir esperando

El tercer domingo de Adviento es una llamada a la alegría por la proximidad de la Navidad, de ahí que tradicionalmente se le llame domingo “Gaudete”, “alegraos”. En Rusia, cuando empieza a apretar el frío, hacia mediados o finales de octubre, la gente suele decir “huele a nieve”. En este Domingo de Adviento “huele a Navidad”, ya casi se toca el nacimiento de Jesús. Y, como dice el refrán, lo mejor de la fiesta es la víspera, porque ya empezamos a sentir anticipadamente la alegría que ésta trae consigo. El personaje principal que llena la escena es Juan el Bautista, el Precursor. Él es el profeta que anuncia la cercanía de Cristo. En esto se manifiesta su verdadero carácter de profeta. Profeta no es el que “adivina” el futuro (los adivinos, de hecho, estaban prohibidos en Israel), sino el que es capaz de descubrir los signos de la presencia de Dios allí donde los demás no son capaces de hacerlo. Pero el profeta abre los ojos a los demás, no se guarda para sí su clarividencia, sino que la sabe al servicio de todos.

Con respecto al domingo anterior se produce una interesante inversión de perspectiva. Hace una semana mirábamos con Juan hacia el futuro, hacia el que “tiene que venir”, pero que todavía no ha aparecido. En este Domingo Jesús se para a mirar a Juan; el anunciado, que ya ha venido, homenajea al precursor. Mucho se ha especulado y escrito sobre las relaciones entre Jesús y Juan. ¿Fue Jesús un discípulo de Juan, tal vez vinculados los dos al movimiento esenio? También puede ser que Juan no conociera previamente a ese “más grande” que él (cf. Jn 1, 33), y que Jesús se acercara al profeta del Jordán como un judío más entre los muchos que acudían a su llamada al bautismo de conversión. Lo que sí parece claro es que algunos discípulos de Juan se convirtieron en discípulos de Jesús, mientras que otros siguieron vinculados a este profeta todavía del Antiguo testamento, pero que señala ya el camino del nuevo, ante el que él tiene que ceder.

Al final, pese a su popularidad y su fuerza, Juan es aplastado por los poderes del mal, ya que él no sólo anuncia la venida del Mesías, sino que denuncia todo aquello que se opone al Reino de Dios, como es la arbitrariedad del tiranuelo local, Herodes. Juan decrece, mientras el movimiento en torno a Jesús va en aumento. Así se cumple lo que él mismo había profetizado.

Pero he aquí que a Juan le asaltan dudas. Posiblemente, como a tantos otros judíos de su tiempo, el mesianismo de Jesús le choca y no corresponde con sus expectativas, con lo que él se había imaginado: un mesianismo de fuerza, de castigo de los pecadores, de derrocamiento de los poderes injustos… En la cárcel, impotente, envía un mensaje a Jesús. “Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?” Una pregunta tremenda para el que había dicho “Este es el Cordero de Dios”. ¿Cómo se explica esto? ¿Es que acaso él no conocía a Jesús? ¿No lo había ya reconocido?

Vemos que incluso los profetas, pese a su clarividencia, y precisamente porque son hombres de fe, tienen un proceso que no excluye las dudas. La pregunta es tremenda más por la segunda parte que por la primera. Seguir esperando… cuando creíamos que ya había venido “el que había de venir”, el objeto de nuestra espera, de nuestra esperanza. Tener que seguir esperando se antoja una terrible cuesta arriba cuando se había vislumbrado el fin de la larga espera. Si tenemos que esperar a otro, de nuevo se abre el horizonte incierto, el futuro sin fondo, el cansancio de un camino que parece no tener fin.

Esta experiencia, que tal vez atormentaba a Juan más que la prisión y la amenaza de muerte que pesaba sobre él, se repite de muchas formas en nuestra vida. En el estudio, el trabajo, el matrimonio, la vida cristiana. Empezamos llenos de alegría, de algo que es más que esperanza, pues tenemos la sensación de que hemos encontrado aquello a lo que aspirábamos, el objeto de nuestros deseos, la persona que ha de colmar nuestra vida, la fe que nos ilumina… Y después… llega la rutina, las desilusiones, el tedio. No era esto lo que había imaginado. ¿No me habré equivocado? ¿Era este mi camino, o tendré que buscar otro? Parece que se nos nubla la mirada y lo que antes nos parecía claro y evidente se hace problemático y opaco.

La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan también nos vale a nosotros. Jesús hace de profeta para el profeta. De hecho su respuesta es una cita de los textos proféticos, sobre todo de Isaías, que anuncian la presencia del Reino de Dios: los ciegos ven, los cojos andan, la tristeza se convierte en alegría, la debilidad en fuerza, la cobardía en valentía. Juan tiene que entender bien la respuesta indirecta de Jesús, que no habla de sí, sino de lo que Dios está haciendo por medio de Él. Jesús invita a Juan a participar de esa alegría que él mismo ha anunciado. Aunque el estilo de Jesús no es exactamente lo que Juan había imaginado, la respuesta que recibe es un pleno espaldarazo de su ministerio: por un lado los oráculos proféticos se realizan en Jesús. Por el otro, ¿no había anunciado el mismo Juan a uno “más grande que yo”? Pues esta grandeza mayor se realiza, pero no en la línea de la fuerza, la amenaza de castigo o el miedo, sino en la de la misericordia, el perdón y la alegría. Puede ser que no fuera como él se imaginaba, pero es claro que las profecías se están cumpliendo en Jesús. Y es que Dios siempre es capaz de sorprendernos y supera con creces nuestra imaginación.

¿Cómo traducir esto a nuestra vida cotidiana? Jesús nos dice a nosotros que abramos los ojos para el bien que, pese a todo, existe a nuestros alrededor, en lo que hacemos, en las personas con las que vivimos. En lo que tenemos hay mucho más bien de lo que a veces nos empeñamos en percibir, y hay muchas más posibilidades inesperadas que requieren de nuestra confianza, perseverancia y fidelidad.

Por otro lado, Jesús reconoce el gran papel que Juan ha realizado. Es claro que Jesús tenía a Juan en un altísimo concepto. Podemos imaginarnos la sorpresa que la alabanza de Jesús a Juan tuvo que causar entre sus oyentes: si no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, significa que Juan es más grande que Abraham, que Moisés, que David. Todo el universo religioso judío, la ley y los profetas, se quedaban pequeños ante ese postrer profeta que, pese a la conmoción que produjo su aparición, no dejaba de ser a los ojos de sus contemporáneos un personaje marginal en el conjunto de la historia de Israel. La sorprendente alabanza de Jesús contiene, sin embargo, un profundo contenido cristológico y sólo desde ella adquiere todo su sentido: la grandeza de Juan consiste en haber llevado hasta el final el largo camino que desde la antigua alianza conduce a la realización de las promesas.

Pero con Juan termina un mundo y una historia que, en forma de promesa, apuntan a Cristo, con y en quien se inaugura la cercanía del Reino de Dios. Juan es, en la historia de la salvación, el último de los siervos fieles que han preparado el camino al Mesías y han hecho así posible la inauguración de una nueva alianza.

El más pequeño en el reino de los cielos es más grande que Juan. Cualquiera de nosotros, sin tener la enorme estatura de Juan el Bautista, tiene la posibilidad de gozar de aquello que Juan y toda su tradición religiosa anunció sin llegar a disfrutar, tenemos acceso al que cumple la promesas: escuchamos su Palabra, nos sentamos con él a su mesa.

Pero el verdadero “pequeño” del Reino de los Cielos y más grande que Juan es, en realidad, el mismo Jesús. Es el pequeño porque es el Hijo. Y es que la nueva alianza no está basada en la ley sino en la filiación. Y Él es aquel del que Juan dijo que viene detrás de mí uno que es más grande que yo.

Nosotros somos más grandes que Juan en tanto en cuanto estamos unidos a Cristo. Vivir en Él es el mejor homenaje que podemos hacerle a Juan (y todos nosotros hemos tenido un Juan el Bautista en nuestra vida). Porque nosotros somos los objetos de la profecía realizada con que Jesús confirma a Juan que él es el Mesías: somos los ciegos que ven, los cojos que andan, los sordos que oyen, los pobres a los que se anuncia la buena noticia. Dichosos nosotros si no nos escandalizamos del Él.

José María Vegas, cmf.

Homilía 8.12.2019, “Fiesta de la Inmaculada Concepción”: «El diálogo de Dios con la humanidad y el dogma de la Concepción Inmaculada»

Santo evangelio según san Lucas 1, 26-38
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
–Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo..
Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
–No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel:
–¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?
El ángel le contestó:
–El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, , y ya está de seis meses la que llamaban estéril, «porque para Dios nada hay imposible».
María contestó:
–«He aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Y el ángel se retiró.

El diálogo de Dios con la humanidad
y el dogma de la Concepción Inmaculada

La persona de María, su Inmaculada concepción y su maternidad virginal, no son una especie de “meteorito” caído del cielo, sin relación con el conjunto de la realidad del universo y de la historia humana, tal como los entendemos en el seno del cristianismo. Al contrario, descubrimos una íntima conexión entre la realidad de María como persona singular y la “lógica” salvífica de Dios, que se manifiesta en el mismo acto de la creación.

Dios creó el mundo “de la nada” de modo que en este mundo no había ni la más mínima sombra de mal: el mundo salió de las manos de Dios, no sólo “bueno”, sino “muy bueno” (cf. Gn 1,31), es decir, puede decirse que salió de sus manos “lleno de gracia”.

Por otro lado, el pecado, incluso si se considera algo muy radical, no destruye totalmente eso “muy bueno” y por eso no excluye la dignidad del hombre como imagen de Dios, si bien la deforma y oscurece. Y por ello mismo, el pecado no elimina la esperanza de la salvación, que consiste en vivir de acuerdo con esa dignidad.

¿Cómo reacciona Dios ante el pecado del hombre? O, dicho de otra forma, ¿cómo nos mira Dios? Como ya se ha dicho, Dios no actúa en la historia sin la colaboración humana. La historia de la salvación es la historia de un diálogo. Dios continúa volviendo a la tierra a “la hora de la brisa” (cf. Gn 3,8) y busca al hombre que, a causa del pecado, se esconde del rostro de Dios y con gran dificultad consigue mirar al rostro de sus semejantes.

Una consecuencia del pecado consiste precisamente en que el hombre tiene los ojos muy abiertos para el mal, sobre todo, desde luego, para el mal de los otros: “Cómo es que miras la brizna en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu ojo” (Mt 7,3). Por eso, con frecuencia, prestamos gran atención al pecado ajeno, a lo negativo en los otros, a lo que nos molesta, a lo que oculta el bien que portan en sí, más, ciertamente, que al bien que, sin duda también hay en ellos.

Dios, que ve con total claridad el pecado y el mal, nos mira, sin embargo, de otro modo: Dios es capaz de ver eso “muy bueno” que Él creó: el corazón no manchado por el pecado, su propia imagen presente en la creación por medio del hombre. Dios mira así y busca con su mirada aquella realidad capaz de conversar con Él “a la hora de la brisa”, de respetar el árbol del conocimiento del bien y del mal. Es decir, Dios busca en el hombre lo que de amable hay en el hombre: “En ese pondré mis ojos, en el humilde y en el abatido que se estremece ante mi palabra” (Is 66,2).

Así nos mira Dios, buscando lo bueno, lo sano que hay en el mundo, su propia obra. Dios busca, mira, y encuentra… a María: “Ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48).

María es lo mejor de la humanidad, la obra “muy buena” de Dios, como en el momento mismo de la creación: es la llena de gracia. Y si en la historia de la humanidad ha habido un ser humano, una mujer como María, significa que nuestro mundo no es sólo, ni sobre todo, algo despreciable y definitivamente corrompido, en él no todo está perdido y sin esperanza.

En esta luz podemos entender el dogma de la Inmaculada Concepción, que tiene un enorme significado no sólo como una especial gracia exclusivamente para María, sino que ilumina nuestra comprensión de Dios y del hombre. En María Dios encontró un apoyo para acercarse a nosotros y encontrarse con nosotros: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y si María fue inmaculada desde la concepción, nosotros hemos sido elegidos por Dios en Cristo antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados ante él por el amor (cf. Ef. 1,4).

Pero para poner su tienda entre nosotros, como ya hemos dicho, Dios requiere la cooperación humana. Puede decirse que Dios entra en el mundo del hombre pidiendo permiso. En María, la humanidad responde Sí a esta petición. El sí de María es el sí de la humanidad, imagen de Dios, capaz de responder a su llamada y acogerle en su casa. 

En la Anunciación María representa a la humanidad entera, a lo mejor de ella. En ella Dios encontró por fin con quien conversar “a la hora de la brisa”. María, sierva del Señor, escucha y acoge la Palabra y la cumple, se alza frente a Eva que pretendió ser igual a Dios. Y así María “concibió del Espíritu Santo” (cf. Lc 1,26-38). 

José María Vegas, cmf.


Homilía 8.12.2019, Domingo 2 de Adviento (A): «¿En dónde están los profetas?»

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3,1-12
Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos

San Juan Bautista predicando en el desierto
(Michelangelo_Cerquozzi)

Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.» Éste es el que anunció el profeta Isaías, diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.”» Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: «¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.»

 ¿En dónde están los profetas?

 Los profetas alimentaron la esperanza de Israel, especialmente en los momentos de postración y derrota, en aquellos en los que era más fácil caer en la desesperación. Los oráculos proféticos, que denuncian la injusticia y la infidelidad del pueblo como causa de sus propios males, no se limitan a señalar la actual situación de derrota y humillación como justa consecuencia del mal comportamiento, sino que reafirman la voluntad salvífica de Dios, manifestada en el perdón y la rehabilitación del pueblo. Allí donde reina la destrucción, puede resurgir la vida, del tronco seco y en apariencia muerto puede brotar un renuevo. Si ese renuevo brota del tronco de Jesé, quiere decirse que Dios restablece la promesa davídica, en apariencia condenada a la desaparición a causa de la infidelidad de los sucesores de David. Los profetas son capaces de soñar cuadros que nos pueden parecer utopías idílicas, más propias de soñadores ilusos que de personas realistas. Sin embargo, lo que describen los profetas, como hoy la poesía de Isaías, no son sueños fatuos, sino aquello a lo que aspira en el fondo el corazón humano, y que ellos saben leer como nadie, pues lo ven como el cumplimiento de las promesas de Dios, como el fruto de una fidelidad divina que supera con creces todas las infidelidades de la monarquía, del pueblo, del hombre en general. Pero esto no quiere decir que se trate de un cumplimiento mágico, en el que todo se convertirá de repente en color de rosa sin cooperación alguna por parte del hombre. Se trata de un brote, de un renuevo, es decir, del comienzo de un proceso. Además, la vida que renace del tronco de Jesé es el resultado de un “espíritu”: espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor; es el resultado de un modo de vida, el de aquel que es capaz de juzgar con justicia y rectitud, de oponerse al mal, pero no con la brutalidad de la violencia, sino con la fuerza de la palabra: la vara de su boca y el aliento de sus labios. Y es que no está dicho que ese mundo nuevo y en paz nacerá sin oposición. Pero el Profeta nos dice que Dios no ha perdido la esperanza en la bondad del hombre (la semilla que Él mismo depositó en el corazón humano al crearlo) y que actúa para hacerlo brotar. La libertad y la responsabilidad humana no son ajenas a la “utopía”: es posible crear un mundo armónico y en paz, y hacer de él un paraíso, si el hombre retorna a Dios y vive de acuerdo con la dignidad que de Él ha recibido.

Los profetas son los hombres capaces de ver en el desierto la posibilidad de un jardín, en la desgracia los signos de la presencia de Dios. Sus palabras superan con mucho las circunstancias históricas en que fueron pronunciadas o escritas. Nosotros descubrimos en el oráculo profético de Isaías (cuyo trasfondo histórico es la invasión asiria de Senaquerib el 701 a.C.) el anuncio del nacimiento de Jesús, en quien el Espíritu de Dios habita en su plenitud y en torno al que empieza a hacerse verdad la profecía de un mundo en el que no reine la violencia. Él es el renuevo del tronco de Jesé, la restauración de la dinastía davídica, aunque se trata ahora de un reinado completamente distinto, no político, sino dirigido al corazón del hombre.

Juan, que pertenece al linaje de los profetas, surge cuando la profecía parecía haber muerto en Israel y es, por eso mismo, todo un signo de esperanza; además, su profecía breve e intensa, áspera y directa, supera a todos sus precedentes. Su ministerio profético tiene lugar en el desierto: el lugar de la aridez y la muerte, pero también el lugar de la experiencia genuina de Dios, de la purificación y la promesa. Su profecía no habla de una futura restauración, sino de un acontecimiento inminente. Por eso, su llamada a la conversión es dura y apremiante. Precisamente en el desierto, y en un momento de máxima postración del pueblo elegido, sometido casi por entero a una potencia extranjera y gentil, Juan es capaz de ver los signos de una presencia inmediata. Esa presencia todavía no se ha descubierto, pero su inminencia urge a cambiar de actitud, a purificarse y prepararse para no dejar pasar la oportunidad que Dios nos brinda. Porque, de nuevo, no se trata de un acontecimiento que suceda sin participación alguna por parte nuestra. Aquí no caben automatismos. Juan avisa de que el proceso ya se ha iniciado, y de que está abierto a todos: no es algo para los puros, sino para los que, reconociendo su pecado, están dispuestos a purificarse. Se trata de una llamada personal que apela a la responsabilidad de cada uno. Por eso habla con tanta dureza a fariseos y saduceos, que ni reconocen su pecado ni, en consecuencia, están dispuestos a la purificación simbolizada en el bautismo. La mera pertenencia al pueblo de Israel (ser hijo de Abraham) no es suficiente para asegurarse la salvación. Da la impresión de que saduceos y fariseos acudían a Juan o por curiosidad o “por si acaso”, tal vez para controlar la actividad del díscolo profeta, que no se sometía a nadie. El caso es que carecían de una voluntad real de purificarse por dentro, de cambiar de vida y dar frutos de conversión.

Juan, el último y el más grande de los profetas, no es, sin embargo el vástago anunciado por Isaías, pese a que externamente su predicación básica se parece mucho a la de Jesús: “está cerca el Reino de los Cielos”. Pero mientras que Juan sólo presiente y prepara esa presencia ya cercana, Jesús es la realización de la misma. Es en él en quien se cumplen las antiguas promesas, los sueños de los profetas. Sabemos, una vez más, que no se trata de un cumplimiento triunfal, mágico, sin oposición, ni tampoco sin colaboración por nuestra parte. Juan nos advierte de los signos de lo que está por venir y de las disposiciones necesarias para acogerlo y colaborar a hacerlo realidad en nuestro mundo. Nos preparamos en medio de las contradicciones que nos rodean y que nos afectan personalmente: el mal existe, en el mundo, en nosotros mismos, y por eso la realización de las promesas, ya presentes en la persona de Jesús, se da en tensión, de forma agónica. Es una lucha que cada uno de nosotros debe sostener y que los seguidores de Cristo experimentan de múltiples formas. Pero, precisamente porque no es una pura promesa, sino una realidad ya operante, podemos percibir, en el espíritu del profetismo más genuino, los signos reales de esa presencia. El primero y el más importante de todos: la Palabra, que como dice Pablo de las antiguas Escrituras, que se escribieron para enseñanza nuestra, nos instruye e ilumina, “de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”. En torno a la Palabra encarnada, que es el mismo Cristo, se congrega unánime (= con una sola alma) la comunidad, que en la acogida mutua, alaba a Dios. De esta forma, nosotros mismos nos convertimos en signos de esperanza para otros, para los desposeídos de esperanza, porque, aunque de manera imperfecta, en la voluntad de escuchar la Palabra, en la acogida de los otros sin distinción, esto es, en el amor, en el perdón recibido y otorgado, estamos haciendo fructificar el renuevo del tronco de Jesé, y haciendo verdad el sueño de los profetas, la verdad de un mundo en armonía y paz, tratando de hacer posibles esa paz y armonía en torno a nosotros, superando los prejuicios y las barreras que se alzan de tantas formas entre los hombres, descubriendo en todos ellos, judíos o gentiles, a aquellos para los que se hicieron las promesas del Dios fiel, que va al encuentro de los hombres, y que está ya cerca.

José María Vegas,cmf.

Homilía 1.12.2019, Domingo 1 de Adviento (A): “Las dos venidas del Señor (y la tercera”

Santo evangelio según san Mateo 24, 37-44
Estad en vela para estar preparados

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. Antes del diluvio, la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la dejarán. Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejarla abrir un boquete en su casa. Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.»

Las dos venidas del Señor (y la tercera)

Anticipándose al final y al principio del año civil, el año litúrgico concluye un ciclo y abre otro nuevo. Nuestros años solares, organizados en torno a la muerte y el nacimiento del sol, han recibido el sello del cristianismo que afirma que la verdadera luz que da la vida a los hombres es Jesucristo, el Logos de Dios hecho carne y nacido en Belén. Pero la gran fiesta del nacimiento de Cristo no es un acontecimiento cósmico que se nos impone con la inevitabilidad necesaria de todo lo natural, sino un acontecimiento histórico, humano, que Dios propone en diálogo, y por ello requiere de una adecuada preparación. De ahí que el año litúrgico se adelante en casi un mes a la fiesta de la venida del Hijo de Dios al mundo, y se inaugure con este tiempo previo, llamado precisamente Adviento. Una de las palabras clave de este tiempo es “¡preparad el camino al Señor!” El Señor está en camino. Y nosotros, impacientes por su venida, nos ponemos también en camino para salir a su encuentro.

Se habla en la tradición cristiana de dos venidas del Señor: la primera, la encarnación del verbo de Dios, el nacimiento de Jesús, por el que Dios se hace cercano y presente, y que es el fundamento de nuestra esperanza. Dios está ya presente entre nosotros y es posible vivir en comunión con él. Pero seguimos experimentando el peso y las limitaciones de la vida. Por eso, no vivimos todavía en la plenitud a que aspira nuestro corazón. Más bien es Dios en Cristo Jesús el que participa de nuestras limitaciones y nos acompaña en ellas, dándonos así la posibilidad de vivir las primicias de aquello que esperamos alcanzar.

La segunda venida, la definitiva, es la que nos habla del fin del mundo, del juicio, del momento en que Cristo, al que conocemos en la apariencia humilde de su humanidad, frágil como la nuestra, se manifestará en toda su gloria, en el poder de su victoria sobre el mal y la muerte, en la plena luz de la resurrección. Todas estas frases, que suenan tal vez un poco estereotipadas, que a muchos practicantes y no practicantes, les resulta una extraña jerga eclesiástica, ¿qué sentido tienen, si es que tienen alguno?

En una ya larga tradición se entienden esas palabras sobre la segunda venida como algo terrible y  pavoroso. La idea del fin del mundo evoca catástrofes y tremendos cataclismos. Incluso hoy hay cristianos sumamente interesados en determinar el cuándo de ese final, que asocian a la idea de un castigo universal. También la idea del juicio se entiende como algo que provoca pánico. Basta pensar en las imágenes, tremendas en su soberbia fuerza y belleza, del juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Ante estas imágenes tremebundas muchos reaccionan con rechazo y explícito desinterés. El fin del mundo no les parece interesante (mejor ocuparse de este mundo, mientras existe, que es el único que tenemos), además de rechazar esa religión del miedo que parece querer mantenernos en un infantilismo permanente, ajeno al espíritu de la época.

En realidad, si se atiende con detalle a lo que, no las tradiciones culturales, sino el mensaje cristiano dice a este respecto, nos damos cuenta de que lo tremendo y pavoroso no pertenece a su entraña. En primer lugar, lo que los textos evangélicos nos dicen es que saber en concreto el día y la hora no es posible y además no es interesante. La idea del fin del mundo está de hecho asociada a algo que todos sabemos y experimentamos cada día: el mundo y la vida son limitados y finitos y esa limitación se manifiesta de muchas formas, que todos podemos experimentar de múltiples modos. Es decir, este mundo y esta vida no son definitivos. Pero, al mismo tiempo, sobre esta experiencia real, podemos experimentar que, no sólo nuestra vida aspira a lo definitivo (si no fuera así, ni siquiera podríamos tener conciencia de la limitación y la finitud), sino que hay en verdad en la vida humana dimensiones no efímeras que le dan densidad y valor.

Por ello, Jesús, que no nos dice cuándo será el fin del mundo (él mismo dice ignorarlo, se ve que no le interesaba mucho), sí que nos dice cómo hemos de vivir para no descuidar esas dimensiones últimas: es necesario no dejarse amodorrar por la preocupación exclusiva de lo pasajero, y, sin dejar de ocuparnos responsablemente de las necesidades de la vida (comer y beber, resolver los problemas y conflictos cotidianos), no absolutizarlas pues hay valores y dimensiones superiores y perdurables. Cuando absolutizamos lo relativo, el comer y el beber, el legítimo disfrute de la vida, la solución de los inevitables conflictos, todo eso se convierte en “comilonas y borracheras, lujuria y desenfreno, riñas y pendencias”, es decir, como dice San Pablo, una vida vivida sin dignidad. Frente a eso, se nos exhorta a velar, a vivir con los ojos abiertos, conscientemente o, lo que es lo mismo, con dignidad. Que nos vaya mejor o peor, la riqueza y la salud no dependen por entero de nosotros; hay que prestarles atención, pero la justa. En cambio vivir con dignidad eso sí depende de nosotros, es asunto de nuestra exclusiva responsabilidad.

Así, creo yo, hay que entender esas enigmáticas palabras de que “a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán”. Haciendo las mismas cosas, viviendo en el mismo mundo, podemos vivir de manera muy diferente: encerrados y entregados por entero a los bienes pasajeros; o atentos y abiertos a los bienes que no pasan. De esto depende que nuestra vida adquiera o no un sentido pleno.

En este sentido, el fin del mundo es su límite, su intrínseca limitación que se manifiesta en nuestra condición mortal. Todos hemos de morir y ese es el fin del mundo para cada. Igual que no sabemos cuándo será el fin del mundo, no sabemos en principio cuándo será nuestra muerte. Y si lo llegamos a saber (en el caso de una enfermedad incurable, que nos puede invitar a buscar remedios alternativos o, al menos, a prepararnos adecuadamente), eso se parecería al anuncio de un fin del mundo al estilo de la actual crisis ecológica, como amenaza por agotamiento de sus recursos energéticos, o por cualquier otra causa, que puede obligarnos a tomar medidas y empezar a vivir de otra manera. En cualquier caso, ser conscientes de todo esto y tratar de vivir de los valores definitivos (la verdad, el bien, la justicia, la fidelidad, el amor…) nos pone en relación con la fuente de la vida y de lo que la trasciende, con Dios que, en Cristo, viene a nosotros. Vistas así las cosas, entendemos que la segunda venida (el fin del mundo y el juicio) no es algo tremebundo ni amenazador. Al contrario: Jesús viene como salvador que nos rescata de la finitud de la muerte y del mal en todas sus formas. El encuentro con él es una alegre noticia, un mensaje de esperanza y de consuelo, pues significa que el pecado, el mal y la muerte han sido vencidos por Él y, si viene, es para hacernos partícipes de su victoria.

A este respecto, podemos hablar de una tercera venida del Señor. No es tercera en sentido cronológico sino en su forma de realización, y que pone en relación la primera (en la que se funda) y la segunda (a la que tiende). Es la venida cotidiana de Jesús en su Palabra proclamada en la liturgia, en el Pan y el Vino de la Eucaristía, en el sacramento del perdón, en su presencia en nuestros semejantes, especialmente en los necesitados, desde los que nos llama al servicio del amor. Estas venidas cotidianas que hacen a Dios, a Cristo, accesibles a todo el que quiera encontrarse con Él, son como la aurora que anuncia que el día (la salvación) está cerca, y que tenemos que irnos despertando ya, no podemos seguir viviendo entumecidos por el sueño de la noche. Despertarse, prepararse, pertrecharse adecuadamente para la venida de la luz, todo eso significa empezar a vivir ya como si fuera de día, adoptar y usar las “armas de la luz”, caminar a la luz del Señor, anticipar en nuestra forma de vida, de relación, de solución de conflictos la armonía, la paz y la plenitud a la que aspiramos y que Cristo ya está haciendo presente: ejercitarnos para vivir en paz y no en guerra, transformar las espadas en arados y las lanzas en podaderas. Atendiendo a esas diversas formas de su “tercera” venida, damos testimonio y acogemos la primera, y nos preparamos adecuadamente a la segunda y definitiva.

Jose María Vegas, cmf.

Homilía del domingo 24.11.2019, Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo (C): “El trono de la cruz”

Santo evangelio según san Lucas 23, 35-43
Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino

En aquel tiempo, estaba el pueblo mirando; las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: – «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido.» Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: – «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.» Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos.» Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: – «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.» Pero el otro lo increpaba: – «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada.» Y decía: – «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.» Jesús le respondió: – «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.»

El trono de la cruz

El año litúrgico concluye con la solemnidad de Cristo Rey. La liturgia nos dice así, gráficamente, que al final Dios, el Bien, la Verdad, la Justicia y la Vida triunfarán sobre las aparentemente invencibles e insuperables fuerzas del mal, la mentira, la injusticia y la muerte. En realidad, dice mucho más: que Cristo ya ha vencido, que ya es Rey del Universo, y que esa victoria, pese a todas las apariencias, está ya operando en la historia. Esto es lo que dice la liturgia y la Iglesia que la celebra al concluir el año. Pero no es difícil encontrar objeciones contra lo que la Iglesia dice con su liturgia, y también contra el modo de decirlo. Empecemos por esto último.

¿Por qué para proclamar la victoria final de Cristo hay que usar el título de rey? ¿No significa eso asimilarse a los usos de este mundo, a los deseos de un poder que se impone sobre los demás, pues donde hay victoria tiene que haber derrotados, y donde hay reyes hay por necesidad súbditos, siervos?

En realidad, usar el título de rey, pese a las reminiscencias políticas que parece tener, no carece de sentido. A diferencia de los otros títulos políticos que se pueden evocar (presidente, primer ministro), el de rey habla de un poder que no se tiene por delegación, sino por derecho propio, por causa de la propia ascendencia. Y si, como es probable, se objeta que hoy precisamente nadie o casi nadie cree en un poder así, pues incluso las monarquías que quedan requieren del consenso popular para su legitimación, se podrá responder que así es, y que, hablando con propiedad, sólo Cristo es rey por derecho propio y no por delegación, pues es el primogénito de toda criatura, imagen del Dios invisible, el hijo del Eterno Padre. Si, pese a todo, la imagen monárquica sigue produciendo rechazo en algunos, conviene meditar lo que nos dice hoy la palabra de Dios para comprender que aquí se trata de un reinado muy peculiar, en el que la formalidad del símil sirve más para marcar las diferencias que para establecer paralelismos. Más que de asimilación habría que hablar de contraste y oposición.

Lucas lo ha expresado admirablemente en el texto evangélico que hemos leído, dibujando un escenario perfecto de entronización, en el que no falta detalle. El pueblo contempla la escena desde una cierta distancia; cerca del trono en el que se sienta el rey están, rodeándole, las autoridades civiles y militares, que son las únicas que pueden dirigirse a él directamente; aunque entre ellos destacan los consejeros más próximos que le hablan de tú a tú, sin intermediarios ni protocolo. Este escenario formal, dibujado por Lucas con toda intención, se llena de un contenido que poco o nada tiene que ver con alegato alguno a favor de la monarquía o de cualquier otro sistema político. Aquí la analogía usada funciona por contraste, pues se trata de algo completamente distinto. El pueblo que contempla de lejos no aclama, sino que primero ha exigido la ejecución de Jesús (cf. Lc 23, 18), aunque, como indica el mismo Lucas, después se duele de lo que ha visto (“se volvieron golpeándose el pecho”). Las “autoridades civiles y militares”, son los altos magistrados judíos y los soldados romanos, que insultan a Jesús, tentándole, igual que el diablo en el desierto (“si eres hijo de Dios…”), para que use el poder en beneficio propio. Los consejeros más próximos son criminales, uno de los cuales también apostrofa al Rey escarneciéndolo. El rey del que hablamos tiene por trono la cruz, instrumento de tortura y ejecución para los criminales y los esclavos. Incluso el letrero en escritura griega, latina y hebrea, anunciando “éste es el rey de los judíos”, no deja de estar cargado de ironía, que denigra no sólo al supuesto rey en su extraño trono, sino también (ahí los romanos no perdieron la oportunidad) al pueblo que tiene un rey así. La Iglesia y la liturgia, al decirnos que Jesús es Rey y que ha vencido, nos presentan una imagen de esta realeza y su victoria que no puede dar lugar a equívocos o asimilaciones.

Si ser proclamado rey significa ser enaltecido y elevado, es claro que la “elevación” de Jesús es de un género completamente distinto. En el evangelio de Juan se habla de “elevación” y “glorificación” para referirse a la cruz. En Lucas no se habla, pero se “ve” lo mismo. Si la exaltación significa ponerse por encima de los demás, en Jesús significa, al contrario, abajarse, humillarse, tomar la condición de esclavo (cf Flp 2, 7-8). Aquí entendemos plenamente las palabras de los israelitas a David cuando le proponen que sea su rey: “somos de tu carne”. Jesús no es un rey que se pone por encima, sino que se hace igual, asume nuestra misma carne y sangre, nuestra fragilidad y vulnerabilidad. Por eso mismo, lejos de imponerse y someter a los demás con fuerza y poder, él mismo se somete, se ofrece, se entrega.

Y ahora podemos comprender un nuevo rasgo original y exclusivo de la realeza de Cristo: pese a ser el único rey por derecho propio, es, al mismo tiempo, el más democrático, porque Jesús es rey sólo para aquellos que lo quieren aceptar como tal. De nuevo en la primera lectura comprendemos que el sentido pleno de la elección libre del rey David por parte de los israelitas se da sólo en Cristo. De hecho, a lo largo de la pasión de este extraño rey, tal como la narra Lucas, van apareciendo personajes que lo eligen y aceptan pese a su terrible destino o precisamente por él: de entre el pueblo, las mujeres que se dolían y lamentaban por él (cf. Lc 23,  26) y otras que con sus conocidos se mantienen cerca de la Cruz (cf. 23, 49); de entre las “autoridades civiles y militares”, José de Arimatea, que reclama el cadáver, y el centurión romano que confiesa la justicia de Jesús y glorifica a Dios (cf. 34, 47. 50-53). Por fin, también uno de los “consejeros más próximos”, el buen ladrón, que expone su causa al tiempo que reconoce el Reino que los ojos simplemente humanos son incapaces de ver (cf. Lc 23, 40-43).

Todos los que aceptan a Jesús como Rey y creen en su victoria sin escandalizarse del trono de la cruz no se hacen súbditos ni siervos, sino que, al contrario, adquieren la plena libertad. Porque la victoria de Cristo no es sobre nadie, no hay aquí derrotados y sometidos, sino que es la victoria (en su propio cuerpo, en su carne, la misma que la nuestra, no lo olvidemos) sobre el pecado y la muerte y, por eso, a favor de todos. Siendo rey por derecho propio (el primogénito de toda criatura), Jesús ha conquistado una realeza que, gracias a ser de su misma carne, nos alcanza a todos: es el primogénito de entre los muertos. Y esta es la carta de ciudadanía y libertad que adquirimos cuando libremente aceptamos a este rey: la redención, el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios y con todos los seres.

En realidad, al aceptar a este extraño rey victorioso sobre el trono de la cruz, además de en ciudadanos del Reino, nos convertimos nosotros mismos en reyes. Pero, claro, reyes como este rey aceptado y confesado: reyes que se abajan para servir, que se ofrecen por el bien de los demás, que se entregan sin imponerse, pues lo que están dispuestos a entregar es, como Jesús, la propia vida. Podemos hacerlo de muchas maneras: como las mujeres de Jerusalén que se apiadan del que sufre, o como las otras que lo seguían desde Galilea y están con él en las duras y en las maduras, o como José de Arimatea o el centurión, que confiesan sin temor al ambiente hostil y peligroso; o como el buen ladrón, que se engancha al Reino en el último momento… Pero lo importante es que al hacerlo, nosotros mismos, todos, cada uno según su circunstancia biográfica y su particular vocación, nos convertimos en reyes porque nos hacemos imágenes visibles de ese rey que a su vez es imagen del Dios invisible. Y como la más profunda verdad del hombre es ser imagen de Dios, por este camino llegamos a ser plenamente lo que somos.

El Reino del que habla Jesús, del que él mismo es el rey, no es de este mundo, pero no es ajeno a este mundo. En la respuesta a la petición del buen ladrón Jesús no hace como los burócratas de reinos y repúblicas, que remandan la petición “ad calendas graecas”, sino que cursa la solicitud inmediatamente: “hoy estarás conmigo”. Ese “hoy” quiere decir que el Reino de Dios, el reinado de Cristo, ya ha empezado, precisamente en la Cruz. Y nosotros, que oramos cada día para que ese Reino venga a nosotros, podemos estar en él ya, hoy; a veces junto a la cruz (pues esa es la llave de entrada), pero siempre en la esperanza de gozar después, plenamente reconciliados, en el hoy eterno de Dios.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 17.11.2019, Domingo 33 del Tiempo Ordinario (C): “Lo que queda y lo que pasa”

Santo evangelio según san Lucas 21, 5-19
Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo. – «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.» Ellos le preguntaron: – «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?» Él contestó: – «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “El momento está cerca”; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.» Luego les dijo: – «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

Lo que queda y lo que pasa

Al final del año litúrgico y antes de proclamar la definitiva victoria de Jesucristo, Rey del Universo, la Palabra de Dios nos enfrenta con la dimensión escatológica de nuestra fe: el problema del fin del mundo. Lucas, igual que los otros evangelistas, insiste en no dar importancia a la hipotética fecha de ese fin del mundo, que ni sabemos, ni, al parecer, podemos saber.  Subraya, en cambio, la finitud y caducidad de las realidades de este mundo, y nos invita a fijar nuestra atención en las dimensiones permanentes y definitivas que ya están operando en nuestra vida, y hacer la elección correspondiente.

Decía Chesterton que cuando los hombres son felices crean instituciones. Con su peculiar perspicacia, hacía notar que los seres humanos tratamos de atrapar, conservar y prolongar por este medio nuestras experiencias afortunadas, nuestros momentos de dicha. Es una gran verdad. El problema es que también las instituciones envejecen y acaban pereciendo. Por ello, el esplendor, la fuerza, la belleza que adornan ciertos logros del ingenio del hombre, pese a su indudable valor, están también afectados por la caducidad de todo lo humano. Jesús lo constata hoy a propósito de la admiración que el lugar más sagrado de Israel suscita en sus discípulos. La piedra y los exvotos del templo, su esplendor externo, no están llamados a perdurar, todo está condenado a la destrucción. En esta profecía de Jesús se refleja muy probablemente la traumática experiencia de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Incluso lo que nos parece más sagrado y firme está sujeto a la desaparición, por lo que hemos de fijar nuestra mirada más allá de las apariencias externas, como las piedras y los exvotos.

Acto seguido Jesús nos advierte de dos peligros aparejados al trauma de la fugacidad de nuestra condición temporal. El primero consiste en pensar que las catástrofes naturales (terremotos, epidemias, etc.) y humanas (guerras y revoluciones) las provoca Dios para anunciar amenazante el próximo fin del mundo. Jesús en ningún momento atribuye a la acción de Dios esas desgracias. Más bien hay que entender que todas ellas son expresión de la limitación propia del mundo: de la limitación física (los acontecimientos físicos y naturales) y moral (las acciones del hombre, autor de guerras e injusticias). Unas y otras nos avisan de que no es posible poner en ellas nuestra fe y nuestra confianza definitiva. Pero esto no significa que “el final vendrá enseguida”. Es decir, no es posible, en virtud de un supuesto inminente fin del mundo, desentenderse de los asuntos cotidianos, como, al parecer, hicieron algunos en las primeras comunidades cristianas, y a los que amonesta Pablo con severidad con su palabra y con su propio ejemplo: seguimos sometidos a la ley del trabajo, esto es, de la responsabilidad y del compromiso con las realidades de la vida diaria, en las que precisamente tenemos que dar cuenta de nuestra esperanza y testimonio de nuestra fe.

El segundo peligro o tentación de que nos advierte Jesús es el de tratar de superar las intrínsecas limitaciones físicas y morales de nuestro mundo pero dentro de él, instaurando ya, sea por los puros esfuerzos humanos, sea por ciertas confluencias cósmicas (la “Nueva Era” de Acuario, por ejemplo), el paraíso en la tierra, una nueva era de paz y armonía, en la que se eliminen o minimicen al máximo todas las causas del sufrimiento humano, y que sería la única salvación a la que nos sería dado aspirar. Los falsos profetas que tratan de usurpar el nombre de Jesucristo, que dicen de múltiples modos “soy yo”, “el momento de la salvación está cerca”, han sido y son legión. Unos lo hacen en nombre de determinadas ideologías políticas, otros en virtud del progreso científico, otros, por fin, apelan a los movimientos de los astros que marcan supuestos años cósmicos (y hay quienes combinan en una macedonia político-científico-mística todos estos motivos). Pero acomodarse a este mundo pasajero como si fuera definitivo es una solución tan falsa como lo es desentenderse del compromiso con la vida cotidiana.

Por decirlo gráficamente, si los que se inhiben de sus responsabilidades cotidianas y no trabajan no tienen derecho a comer (y se condenan a morir de hambre), los que trabajan sólo para comer no podrán por ello escapar de la muerte (el particular fin del mundo de cada uno) y del sinsentido que lleva consigo.

La destrucción por causas naturales o humanas no debe infundirnos, sin embargo, miedo, pánico o desesperación. Las palabras de Jesús son, más bien, una llamada a la confianza: existen valores y bienes permanentes, que podemos empezar a cultivar y adquirir ya en esta vida, que no están sometidos a la fugacidad y limitación de este mundo, y que encontramos en plenitud precisamente en Jesucristo. Él es el único Señor y Salvador que, al adquirir la condición humana, se ha sometido ciertamente a las limitaciones físicas y morales propias de este mundo, y las experimenta en su cuerpo, hasta el extremo de padecer la injusticia de la muerte en cruz; pero ahí mismo manifiesta la victoria de la realidad que no pasa, que es el amor y la voluntad salvífica de Dios: Jesús es el verdadero y definitivo templo que atraviesa el fuego purificador de la muerte y, al superarla, se convierte en el sol que ilumina a los que creen en Él. Podemos así hacer la lectura cristiana de las terribles catástrofes que, con frecuencia, azotan a la humanidad: no son castigos de Dios, que nos da su gracia (Jesucristo), sino desgracias, expresión de las limitaciones de nuestro efímero mundo; Cristo está entre las víctimas, sus pequeños hermanos, padeciendo con y en ellas; en esas situaciones es posible vivir y realizar los valores del Reino de Dios que son más fuertes que la muerte, mediante la ayuda fraterna y solidaria por parte de todos a las víctimas (que, de un modo u otro también acabamos siendo todos).

Para los que viven como si sólo existieran los bienes pasajeros de este mundo, y también para los que viven desentendidos de la responsabilidad que la vida conlleva, los acontecimientos que expresan la limitación y fugacidad de nuestra condición mundana (guerras y terremotos) son como un fuego devorador que quema la paja y consume lo que no está llamado a perdurar: piedras y exvotos, comer y beber. Para los que están afincados en el Dios Padre de Jesucristo, las desgracias reales que, igual que todo el mundo, pueden padecer (además de guerras y terremotos, también persecuciones a causa de la fe), no son experimentadas como “el fin del mundo”, causa de pánico y desesperación, sino como ocasiones de testimonio de la esperanza en los bienes no perecederos, que se expresan sobre todo en las obras del amor. Los que eligen los valores permanentes y definitivos de la verdad, la justicia, el amor y el servicio a sus hermanos, valores que en Cristo han encontrado su definitiva expresión, también son probados y purificados en el crisol de ese fuego devorador, pero no son destruidos por él, pues iluminados por el sol de justicia que es Cristo, se han hecho ricos, no de bienes perecederos, como la paja, sino del oro de los bienes permanentes y las buenas obras. Estos son los que han sabido dar testimonio, sea en la persecución que a veces se desata contra ellos (por parte de los falsos profetas del paraíso en la tierra), sea en el compromiso cotidiano y perseverante por construir en la ciudad terrena las primicias del Reino de Dios.

Ciertamente, cabe que este testimonio tenga en ocasiones un carácter anónimo: hay quienes han elegido la vía del servicio sincero a los hermanos, sin saber que es a Cristo al que están sirviendo (cf. Mt 25, 39-40). Pero para los creyentes ha de ser además un testimonio explícito, que se expresa en palabras de sabiduría, inspiradas por Cristo, y que hablan con especial elocuencia en los momentos de persecución. Aunque no todos los cristianos estamos llamados al martirio (“matarán a algunos de vosotros”, algo que en estos días se está verificando en varios países del mundo), todos estamos llamados a la disposición martirial, esto es, a testimoniar que nuestra fe y nuestra adhesión a Cristo Jesús vale para nosotros más que todos los bienes que podamos adquirir en este mundo. Este mundo nos presiona para que nos pleguemos a él, para que nos acomodemos a sus valores (a sus modas, sus slogans, sus normas de corrección), y lo hace en ocasiones de manera virulenta: mediante la persecución cruenta; otras veces, de manera “light”, ridiculizando o desprestigiando la fe, sus valores y sus exigencias. Ayer como hoy, no hay que tener miedo, sino perseverar y hacer de todo ello, como nos dice Jesús, ocasión para anunciar lo que realmente vale, lo que no pasa nunca, al Único que nos salva del terremoto y de la guerra, del pecado y de la muerte.

José María Vegas, cmf.

Homilía del 10.11.2019, Domingo 32 del Tiempo Ordinario (C): “Son como ángeles”

Santo evangelio según san Lucas 20, 27-38
No es Dios de muertos, sino de vivos

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: – «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.» Jesús les contestó: – «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

Son como ángeles

Los saduceos no solían tener mucho trato con Jesús. Eran personajes demasiado importantes, alejados del pueblo, ocupados en conservar su privilegiada posición social y su poder a toda costa. Los interlocutores y oponentes habituales de Jesús eran los fariseos, maestros del pueblo, por tanto, cercanos a él y sinceramente creyentes, aunque su interpretación rígida y estrecha de la ley los llevaba a condenar a los pecadores y a chocar con la forma novedosa, abierta y misericordiosa en que Jesús presentaba la relación con Dios. En los fariseos podía haber ira, desacuerdo, oposición, pero había también relación e interés por la verdad, hasta el punto de que a veces se dejaban convencer por Jesús (cf. Mc 12, 32-34). La hipocresía de la que Jesús les acusa no deja de implicar un reconocimiento de la piedad que “usan” para mostrarse (recordemos a De la Rochefoucauld, que definía la hipocresía como “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”).

En los saduceos encontramos una actitud distinta, que asoma en el diálogo del Evangelio de hoy. Su pecado no es la hipocresía, sino el cinismo, que se ríe abiertamente del bien, lo desafía y, en este caso, mira con desprecio y suficiencia la fe religiosa del pueblo y su esperanza en la resurrección. Al abordar a Jesús, usan una técnica similar a la de los fariseos para ponerlo en apuros: plantear una cuestión legal avalada por la autoridad de Moisés, pero en una situación de conflicto. Sólo que lo hacen en tales términos que la conclusión a que da lugar resulta ridícula. Eso es lo que buscan: dejar en ridículo la fe en la resurrección, que, como sabemos, se define con toda claridad en Israel en tiempos relativamente tardíos, en la época de los Macabeos (hacia el siglo II a.C.). La obligación establecida por Moisés a la que aluden, la ley del levirato (cf. Dt 25, 5-6), tenía por finalidad garantizar la descendencia del hermano difunto (y la transmisión legal de su herencia), la única forma de supervivencia aceptada entonces y signo de la bendición de Dios. El tecnicismo planteado por los saduceos pone bien a las claras que para ellos la resurrección de los muertos es un absurdo: desde el punto de vista legal “cuando llegue la resurrección” la mujer pertenecería a todos los hermanos al tiempo, puesto que ninguno de ellos podía exhibir la descendencia como “título de propiedad”. La cínica ironía de la pregunta se revela en lo ridículo de la situación que se crea para aquella mentalidad patriarcal: un harén de hombres en torno a una única mujer.

Y es que para los saduceos, “que niegan la resurrección”, el único bien posible se da sólo en este mundo, y ellos se aplicaban con todas sus fuerzas a su consecución: la riqueza, el éxito social y el poder. La base que les garantizaba la posesión de estos bienes era la misma ley del levirato, el hecho de ser descendientes de Sadoc; y, por tanto, para ellos, la descendencia era el único modo de pervivir tras la muerte: conservar el patronímico –el apellido–, pero también el patrimonio. En una sociedad religiosa, esos bienes estaban ligados al culto y al templo de Jerusalén; en un pueblo ocupado, era necesario además colaborar con el ocupante; a nada de eso le hacían asco los saduceos. Es claro que, dependiendo de las circunstancias, los saduceos no habrían tenido empacho en convertirse en funcionarios del partido de turno o en accionistas mayoritarios de cualquier sociedad anónima. Cuando no existen valores trascendentes sólo quedan los que cotizan en bolsa. La perspectiva inquietante de una posible “justicia superior”, que pudiera exigirnos renunciar a los bienes de que disfrutamos ahora por ascendencia y posición social, se puede y debe exorcizar desacreditándola convenientemente, por ejemplo, ridiculizándola. Como vemos, en los asuntos más esenciales, la historia no aporta tantas novedades como a veces parece.

La respuesta de Jesús está llena de sentido y sabiduría, y pone de relieve la debilidad interna de la cínica pregunta. En primer lugar, los saduceos han planteado mal la cuestión, trasladando a la situación de la vida futura las estructuras e instituciones que sólo tienen sentido en este mundo efímero y pasajero. “En esta vida, dice Jesús, hombres y mujeres se casan”, y podría añadir: “tienen hijos, acumulan riquezas, dejan herencias”. Todo eso es expresión de la limitación propia de este mundo espacio-temporal, que no podemos trasladar al ámbito de la vida eterna, que no es simplemente una vida sin fin, sino una vida plena, en la que todo lo bueno se conserva (se salva), al tiempo que se superan las limitaciones que aquí impiden la plenitud. Eso es lo que significa: “no se casarán, no pueden morir, son como ángeles, son hijos de Dios, participan de la resurrección” (que es lo mismo que decir, que participan de la vida del Resucitado, Jesucristo, Hijo de Dios). No se puede medir el mundo del más allá (que escapa a todo esfuerzo de imaginación) con los parámetros del más acá. Al revés, tenemos que medir nuestra vida terrena (nuestras relaciones, nuestros valores, nuestros comportamientos y elecciones, etc.) con los criterios de lo alto.

Ahora bien, ¿cómo es esto posible? Que ese mundo del más allá no se pueda imaginar, no significa que no se pueda pensar y entender a la luz de la fe. Ese es el sentido de la segunda parte de la respuesta de Jesús. Jesús se apoya inteligentemente en un texto que los saduceos, que sólo reconocían los libros del Pentateuco, conocían bien. En el episodio de la zarza (cf. Ex 3, 1-14) Dios se revela a Moisés y le comunica su nombre (“el que soy”, es decir, el que seré, el que estaré con vosotros, cumpliendo mis promesas) bajo la forma de un fuego que arde sin destruir: Dios purifica como el fuego, pero no destruye, no es portador de muerte, sino de vida. Dios se manifiesta en este mundo, en el que de múltiples formas reina la muerte: la belleza, la fuerza, la riqueza, todo se revela efímero y pasajero, aquejado por la relatividad del espacio y el tiempo. Sin embargo, existen realidades que nos indican que no todo está sometido al poder destructor de la muerte. La fidelidad, la verdad, la justicia, el amor trascienden la relatividad del espacio y del tiempo: son como signos sacramentales de la eternidad en el tiempo. De hecho, nuestra intuición cotidiana nos dice que, aunque sea difícil, merece la pena y tiene sentido sacrificar bienes inmediatos por estos otros bienes más elevados, y que es noble y tiene sentido dar la vida por ellos. El filósofo francés E. Mounier decía que “una persona sólo alcanza su plena madurez en el momento en que ha elegido fidelidades que valen más que la vida.” Pero si hay fidelidades y valores que valen más que la vida, es que hay dimensiones que la trascienden y que podemos conocer; ¿cómo, si no, podríamos entregarnos a ellas y por ellas dar la vida?

El caso de los Macabeos, en la primera lectura, se convierte hoy para nosotros en un símbolo de todos aquellos que han estado dispuestos a renunciar a su vida por un ideal. Encontramos aquí el testimonio de que en las condiciones relativas de este mundo se hacen presentes valores y exigencias absolutas que trascienden la vida biológica: la integridad personal es incomparablemente más que la integridad física, a la que los jóvenes macabeos renuncian con tal de mantenerse fieles a su fe. Estas exigencias absolutas, por las que merece la pena dar la propia vida, laten con fuerza incluso en humanismos ateos que, aun a costa de la vida y la felicidad individual, pretenden instaurar variantes del reino de Dios en este mundo, y que no son sino formas secularizadas del altruismo cristiano. Pero esta generosidad real es, en el fondo, ilusoria si no existe el bien absoluto e incondicional, pues significa entregar el único bien relativo de la propia y efímera existencia en nombre de un bien futuro cuya consecución no está garantizada y que, en el fondo, ni siquiera existe. Hay que reconocer que, en este sentido, la posición de los saduceos (de ayer y de hoy) no es nada simpática, pero es más coherente.

En su respuesta, Jesús está diciendo que el Dios eterno y absoluto se ha hecho presente en la historia de los hombres abriendo nuevos horizontes de vida. Los abre indirectamente, mediante esos valores “que valen más que la vida”. Pero también de forma directa, en la Revelación, en Jesús de Nazaret, que renunciando libremente a su vida por amor nos ha abierto el camino de la vida plena. Jesús no ironiza, como los saduceos, pero pone de relieve con seriedad y agudeza lo absurdo de la fe en un Dios que nos condena a la muerte y, todo lo más, nos conserva en un recuerdo que no va a durar, pues, quitando unos pocos personajes históricos, “conservados” en las páginas de los libros de historia y en los nombres del callejero, ¿quién guarda memoria de nadie, poco más allá de sus abuelos? Y por muy grandilocuentes promesas que hagamos de “recordar para siempre”, también esa lábil memoria desaparecerá cuando nosotros mismos seamos pronto olvidados. La única “memoria eterna” que tiene sentido real es la de permanecer en la mente de Dios, en comunión con Él. El Dios que se acuerda de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios que no los deja tirados en cualquier esquina de la historia, sino el Dios que, tras crearlos y darles la vida, los salva y los rescata de la muerte. Jesús, al hacer callar a los saduceos, fortalece hoy nuestra esperanza. Y, por medio de las palabras de Pablo, nos hace entender que la esperanza de la que hablamos no es una pasiva espera de un “mundo futuro”, sino una fuerza para hacer “toda clase de obras buenas” que hacen presente ya hoy ese futuro de plenitud. Se trata, pues, de una esperanza que nos anima a entregarnos y a arriesgar por esos valores que valen más que la vida, que nos enseña que el riesgo de hacer el bien no es hacer el primo, sino que merece la pena. Todo bien procede de Dios, fuente de la vida. Sacrificar la vida por el bien es conectar con esa fuente, que por medio de Jesucristo ha plantado su tienda entre nosotros. En una palabra, podemos empezar a ser ya desde ahora “como ángeles”, portadores de la buena nueva de Dios, anunciadores con nuestras buenas obras de la presencia viva entre nosotros del Hijo de Dios, muerto y resucitado.

José María Vegas, cmf.