Homilía del 20.6.2021, Domingo 12 del Tiempo Ordinario (B): «La tempestad calmada»

Santo evangelio según san Marcos 4, 35-40
¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.» Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

La tempestad calmada

Si la semana pasada Jesús nos contaba parábolas contra el desánimo, en esta nos enseña a enfrentarnos con situaciones extremas. El desánimo, decíamos, es una enfermedad del alma, que se desinfla y se queda sin fuerzas, y siente la tentación de bajar los brazos y dejar de luchar. Pero hay situaciones que nos superan sin remedio, por más que luchemos y pongamos todo nuestro empeño y nuestra mejor voluntad, hasta el punto de amenazar, no ya sólo el sentido de nuestra existencia, sino esa existencia misma. Una tormenta en medio del mar es, tal vez, la imagen perfecta de esta situación. Los elementos se desatan, se produce una situación de caos absoluto, en el que perdemos por completo el control, y nos encontramos en peligro de muerte inminente. Y cuando las propias fuerzas fallan de este modo estrepitoso, sólo queda el recurso de pedir auxilio, en último término, de encomendarnos a Dios. Pero, precisamente entonces, no es raro chocarse con el silencio de Dios. Aquel que podría salvarnos parece estar ausente, o dormido, en todo caso, indiferente a lo desesperado de nuestro apuro.

Y la cosa se agrava si tenemos en cuenta que es precisamente él el que nos ha embarcado en esta singladura. Podríamos habernos quedado tranquilamente en nuestra orilla, en nuestras pequeñas y cotidianas preocupaciones, en nuestras seguridades, pero ha sido él quien nos ha dicho (incluso mandado) “vamos a la otra orilla”.

Frente a toda comprensión de la fe como acomodación o pasividad, continuamente nos encontramos con esta llamada a ponernos en pie y salir de nuestra orilla: de nuestras seguridades, de nuestros hábitos, de nuestros prejuicios. Así como Dios llamó a Abraham a salir de su tierra (Gn 12, 1), al pueblo de Israel, de la esclavitud de Egipto (cf. Ex 3, 7-8), a los discípulos a abandonar de sus redes (Mc 1, 16-18), también a nosotros nos invita a “pasar a la otra orilla”, a ir más allá, a no quedarnos parados, contentos (o descontentos) en nuestro pequeño mundo, nos llama a correr el riesgo de estar en camino, incluso afrontando peligros que pueden amenazarnos y hasta poner en peligro nuestra vida.

Lo que no podemos a veces entender es que quien nos ha embarcado en esta peligrosa singladura, complicándonos así la existencia, después parezca desentenderse de nosotros cuando esas amenazas escapan por completo de nuestro control. Así suena el grito desesperado de los discípulos: “¿Es que no te importa que nos hundamos?”

Podemos experimentar el huracán en diversas circunstancias de nuestra vida, que no podemos controlar, y en las que todos nuestros esfuerzos parecen inútiles. Puede ser una grave enfermedad, para la que no estábamos preparados, o una crisis familiar, o una situación laboral extrema. Hay veces en que nos parece que el mundo se hunde a nuestros pies, no alcanzamos a descubrir la salida, y, encima, nuestros gritos angustiados en forma de oración parecen caer en el vacío: Dios no escucha, parece ausente o dormido.

La imagen de la barca zarandeada por la tempestad ha sido entendida las más de las veces como una parábola de la Iglesia. En su singladura no siempre navega por una mar en calma, ni con el viento a favor, aunque también haya períodos así, en que goza del favor o el aplauso social. También Jesús vivió esos momentos, como cuando le decían “todo lo ha hecho bien” (Mc 7, 37); y lo mismo la iglesia en diversos momentos de su historia, desde sus orígenes: “gozaban del favor de todo el pueblo” (Hch 2, 47). Son situaciones que hay que agradecer, en las que hay que trabajar todo lo posible, pero en los que hay que estar vigilante, para evitar acomodarse y adocenarse, incapacitándonos para pasar a la otra orilla. Porque en el camino de la fe no es posible pararse, ni hacer pactos con el entorno que pueden traicionar la radicalidad evangélica. Ser cristiano significa, de un modo u otro, caminar contra corriente. De ahí que frecuentemente se alcen vientos contrarios y tormentas: inquinas y odios contra la fe cristiana y contra la Iglesia (ridiculizaciones, descalificaciones, odios y abierto rechazo), que se pueden traducir en huracanes, en persecuciones cruentas cuando ser creyente pone en peligro la vida.

En estas ocasiones, surge con fuerza el interrogante: ¿dónde está Dios? ¿Qué hace para defender a los suyos? No sólo los cristianos, es claro, pueden experimentar estos momentos de tempestad. Espontáneamente nos vienen la mente los numerosos holocaustos que han ensangrentado el siglo XX. El más recordado (pero no el único), el holocausto judío a manos de los nazis, suscitó explícitamente este interrogante sobre la presencia o ausencia de Dios en nuestro mundo, en Auschwitz y después de Auschwitz.

El evangelio de hoy dice que Jesús, en medio de la tempestad, dormía en popa sobre un almohadón. ¿Cómo se puede dormir en una situación así? El sueño de Jesús nos habla de una presencia silente, inactiva, que no reacciona ante el peligro. En realidad, esa escena del Cristo dormido en el fondo de la nave (en popa) es una imagen de su muerte. También Jesús ha experimentado la tormenta y el huracán amenazante, incluso sabemos que, humanamente, ha sucumbido a él.

La fe, de hecho, no es un seguro de vida. Esas versiones del cristianismo, tan presente en ciertas sectas de mucho éxito en algunos países americanos, pero que también se pueden encontrar entre nosotros los católicos, y que pretenden que la fe cristiana es garantía de éxito (social, económico, profesional) en este mundo, son, en realidad una estafa. Eso es una forma de “juzgar a Cristo según la carne”, como dice Pablo, tanto como esa otra forma que consiste en perseguirlo y negarlo. Para no juzgar a Cristo según la carne es preciso “pasar a la otra orilla”, que es la orilla de la fe, que implica hacer la travesía peligrosa, en la que hay que estar dispuestos a asumir riesgos. Y Jesús no es como el capitán Araña, que embarca a los demás y él se queda en tierra. Jesús dormido en la barca es un signo de que ha asumido del todo nuestra condición, de que en situaciones extremas y dolorosas, en aquellas en las que nos preguntamos dónde se encuentra Dios, Él está ahí presente, sufriendo, padeciendo, muriendo con los que sufren, padecen y mueren. Cristo también fue gaseado en Auschwitz. El aparente silencio de Dios es, en realidad, la respuesta más elocuente: Él ha elegido el lugar de las víctimas.

Pero Jesús ha sucumbido a la tempestad para mostrarnos que tiene poder para calmarla: ha asumido la condición humana hasta la muerte, para vencer a la muerte en la resurrección.

Jesús nos enseña a mantener la calma cuando los elementos se desatan, a no caer en el pánico ni en la desesperación, a afrontar estas situaciones difíciles con la fortaleza de la fe. Esto vale para nuestra vida personal, y también para la Iglesia. Cuando parece que esa navecilla está a punto de hundirse, hemos de tener la confianza de saber que Jesús vive en su Iglesia y la guía.

En tiempos algo turbulentos por diversos motivos, en que nos parece que la Iglesia se va a pique, y en los que además se recrudecen las persecuciones contra los cristianos, Jesús nos llama a pasar a la otra orilla, a dar el paso de la fe. Ser gentes de fe significa abandonar nuestra instalación, embarcarnos, asumir riesgos, afrontar tempestades manteniendo la calma, sin miedo, con el valor y la serenidad que nos da esa fe. Sólo así podremos suscitar en nuestros contemporáneos (amigos y enemigos, pero a los que Dios también se dirige por medio de nosotros, de nuestro testimonio) la gran pregunta que cierra el Evangelio de hoy: “¿Quién es este?”

Si nos hemos embarcado y estamos en camino a la otra orilla, nuestra vida de discípulos se convierte en una respuesta a ese interrogante: Este, al que los vientos y las aguas obedecen, es el Cristo, el Hijo de Dios, el que calma la tempestad y nos salva del pecado y de la muerte.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 13.6.2021, Domingo 11 del Tiempo Ordinario (B): «Parábolas contra el desánimo»

Santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34
Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado.

Parábolas contra el desánimo

El desánimo, como su mismo nombre indica, es una enfermedad del alma: por motivos muy diversos, el ser humano puede experimentar que se le desinfla el alma, que pierde el ánimo, el aliento interior que le hace caminar, luchar por lo que cree, superar dificultades. Se tiene entonces la impresión de que esa lucha es inútil, que ese camino no conduce a ninguna parte, que las dificultades son más fuertes que nosotros. Las causas del desánimo pueden ser muy diversas: pueden ser factores externos, hostiles a nuestras convicciones o a nuestra forma de vida, que pueden llegar a hacernos dudar, y a plantearnos si no seremos nosotros los equivocados; pueden ser problemas internos de nuestro grupo de referencia (matrimonio, comunidad, iglesia…), que no responde a nuestras expectativas, a la imagen ideal que nos habíamos hecho de él; pueden ser, también, causas estrictamente personales, como momentos de crisis, de oscuridad, de depresión…

El grupo de los discípulos de Jesús, aun yendo en pos del Maestro, experimentó también momentos así. Las grandes expectativas suscitadas en el encuentro con el joven profeta de Nazaret no acababan de cumplirse. Por un lado, la respuesta a la predicación no era tan positiva como hubiera sido de esperar; incluso encontraba una oposición abierta y creciente por parte de los dirigentes del pueblo, hasta el punto de que seguir a Jesús se hacía peligroso. Pero, además, por el otro lado, el mismo modo de concebir Jesús su mesianismo no correspondía con lo que los discípulos esperaban, apoyados incluso en las promesas del antiguo testamento, como da a entender la primera lectura: liderazgo social, político y militar, liberación de Israel, retorno de los tiempos de gloria como en el reinado de David. Nada de eso se estaba cumpliendo y, es más, no parecía que Jesús tuviera mucho interés en que fuera así. A todo esto cabe añadir las disputas internas de los discípulos, que distaban mucho de formar un grupo humano ideal…

También nosotros, discípulos de Jesús en estos tiempos, podemos experimentar tales momentos de desánimo: el Reino de Dios no sólo no crece, sino que parece estar en retroceso, al menos en los países de más fuerte tradición cristiana; la secularización ya no aboga sólo por una tolerancia más o menos indiferente hacia el hecho religioso, sino que empieza a mostrar ciertos signos de abierta hostilidad hacia la fe, la Iglesia y los creyentes. Y los rebrotes religiosos que se pueden percibir tampoco parecen jugar a favor de la fe cristiana: más bien son otras religiones, otras formas de espiritualidad las que nos toman la delantera. La causa del desánimo puede ser también la vida interna de la Iglesia, respecto de la que no pocos se sienten defraudados por los más variados motivos.

A los discípulos que caminaban con Jesús por los caminos de Galilea, y a los que caminamos hoy por los caminos de la vida y de la historia, nos cuenta Él hoy estas parábolas, parábolas contra el desánimo. Con ellas nos está llamando a la confianza en Dios, que es el que ha iniciado la obra buena y que Él mismo llevará a término. La obra buena es la siembra de la semilla de la Palabra. La aparente falta de éxito, la exasperante lentitud del proceso, tiene que ver con la lógica del mismo, que encuentra en esta imagen agrícola su mejor modelo. Sembrar la semilla y esperar sus frutos es un proceso largo, trabajoso, que requiere mucha paciencia, en el que hay periodos prolongados de aparente esterilidad, en los que “no pasa nada”, en los que “nada se ve”. Si nos impacientamos, nos da la impresión de que la Palabra no actúa, no da resultados, ni en nosotros que la escuchamos, ni en la Iglesia que la proclama, ni en el mundo ante el que tratamos de dar testimonio. El desánimo que nos embarga nos sugiere, como una tentación, que la Palabra no es ni viva ni eficaz, (cf. Hb 4, 12), que no está cerca de nosotros (cf. Rm 10, 8), que la fe no sirve para nada. Esta misma tentación nos puede hacer creer que sería más eficaz un modelo de acción de la Palabra basada no en anacrónicas imágenes agrícolas, sino en otras más actuales y eficaces, como la del mercado y su propaganda agresiva, que ofrece directamente el producto empaquetado, listo para el consumo. El problema de esta eficacia es que lo así adquirido siempre nos será ajeno, un artículo de usar y tirar que no alcanzamos a asimilar, a hacer nuestro. Así sucede con ciertas formas de espiritualidad más o menos de moda que prometen que nos “sentiremos bien” enseguida, o que tendremos éxito social, y en las que es difícil discernir la verdadera espiritualidad de la mera higiene mental, a veces del abuso abierto de la necesidad y la esperanza de la gente.

El modelo que nos propone Jesús, es verdad, es largo, lento y trabajoso, pero es así porque crece desde las raíces y madura desde dentro, hasta dar frutos que son propios, auténticos: es una verdadera ecología del espíritu. Jesús nos dice que Dios está haciendo su obra y que nosotros tenemos que creer con una fe que es confianza. Como nos recuerda Pablo, la fe nos guía aunque todavía no vemos (cuando alcancemos la visión, la fe ya no será necesaria); y aunque podemos sentir esta falta de visión como un destierro, conscientes de que vivimos en una situación de no total plenitud, no por eso hemos de perder la confianza, que no es otra cosa que la fe misma dinamizada por la esperanza.
¿Tenemos que entender estas palabras de Pablo, y las parábolas de Jesús, como una llamada a la pasividad, a no hacer nada, a esperar sentados? Al contrario. Precisamente el que vive en la confianza no pierde el ánimo y pone manos a la obra; el desanimado es el que baja los brazos. El mismo Pablo nos recuerda que la confianza de la que habla conlleva una responsabilidad: “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No es que con nuestras obras podamos “comprar” la salvación, sino que la justificación que recibimos gratuitamente por la fe, al renovarnos por dentro, nos lleva a actuar de una manera nueva. Y es que con nuestras obras podemos favorecer o perjudicar el crecimiento de la semilla: podemos, siguiendo con la imagen agrícola, desbrozar la tierra y eliminar las malas hierbas, podemos regarla y abonarla, podemos, en síntesis, ayudar a que nuestra tierra acoja favorablemente la semilla de la palabra; pero podemos también actuar de tal forma que la ahogue y le impida crecer: por ejemplo, no haciendo nada; o, todavía peor, sembrando malas semillas. La obra buena iniciada con Dios requiere de nuestra cooperación, la confianza lleva a una esperanza activa, constante, responsable y también a algunas renuncias.

Escuchar perseverantemente la Palabra, aunque a veces no la acabemos de entender; asistir con fidelidad a la reunión eucarística, aunque a veces “no nos diga nada”; mantener vivo el vínculo con Dios en la oración, pese a los momentos de sequedad…, son formas de vivir la fe con confianza, esperanza y responsabilidad que siempre acaban dando fruto. Puede ser que esos frutos se nos antojen casi insignificantes, ante la magnitud de los problemas y los poderes del mundo. Pero esa pequeñez insignificante es precisamente a lo que se parece el Reino de Dios: como el arbusto de la semilla de mostaza; no es un árbol (como el árbol grandioso que se describe en la primera lectura, una imagen, tal vez, de nuestros sueños de grandeza), pero es suficiente para que los pájaros puedan anidar en sus ramas y encontrar así sombra y cobijo. La fe confiada que actúa es una fe que sí sirve, es decir, que está al servicio. Así han de ser nuestras obras: no grandiosas en su apariencia, pero sí capaces de ofrecer humildemente acogida, consuelo, descanso. Estos son ya signos de la presencia entre nosotros del Reino de Dios, son los frutos de la fe confiada y perseverante, los que podemos ir dando en nuestra vida, si nos aplicamos con perseverancia a la acogida de la semilla, a la escucha de la Palabra que es el mismo Jesús. Para ello tenemos que acudir a Él, procurar estar con Él, como aquellos discípulos que le acompañaban por los caminos de Galilea, a veces con entusiasmo, a veces desanimados, para que, igual que a ellos, nos lo explique todo en privado, en el encuentro personal tú a tú y, de esta forma, nos ayude a entender y nos dé ánimo para seguir caminando.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Sábado después del Sagrado Corazón de Jesús
El inmaculado Corazón de María

PRIMERA LECTURA
Lectura del profeta Isaías 61, 9-11 Me ha vestido con un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo.

SALMO
Salmo 1Sam 2,1-8
R/. Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 41-51 Conservaba todo esto en su corazón.

La carne se hizo Verbo

Como a la sombra de la solemnidad del Corazón de Jesús, la Iglesia coloca el recuerdo (la memoria obligatoria) del Corazón inmaculado de María. Sí, realmente, es obligado recordar y contemplar el Corazón de María tras haber considerado el significado del Corazón de Jesús. Porque, si el Verbo se hizo carne, y recibió así un corazón de carne, María es la carne del Verbo, aquella de la que el Verbo del Eterno Padre tomó su carne mortal. Dice el Evangelio de Juan, y lo repetimos al rezar el Ángelus, “el Verbo se hizo carne”. Pero es que esa carne humana y mortal en la que se encarnó el Verbo eterno de Dios es una carne concreta, personal, con rostro y con nombre: la carne de María. Por eso, en ella, podemos también decir que la carne se hizo Verbo.

Por eso, también del Corazón de María tenemos los cristianos mucho que aprender. Del Corazón manso y humilde de Jesús recibimos la revelación de la sabiduría del amor. Del Corazón de María aprendemos a aceptar y asimilar esa sabiduría. Porque ese aprendizaje no es cosa fácil. No todo está claro desde el principio. No nos creamos tan listos: no todo lo entendemos de una vez y a la primera. La sabiduría del amor va al centro de nuestro ser, a sus estratos más profundos, y esto exige un proceso que no está exento de dificultades, de incertezas y de angustias. En nuestro caso, porque, además, existen determinadas resistencias y cerrazones. Somos con frecuencia como el hijo aquél que decía “Sí, voy”, pero después no iba (cf. Mt 21, 2-32): profesamos la fe con ortodoxia, pero no siempre nos lo creemos del todo, y, desde luego, muchas veces no actuamos en consecuencia. Para llegar a entender de verdad, de corazón y no sólo teóricamente, se requiere paciencia y perseverancia. Y en esto María es para nosotros maestra de vida cristiana. En ella no había resistencia alguna, su “fiat” es completo e incondicional. Pero también ella tiene que hacer ese proceso de fe en el que no todo está claro de entrada. También ella pierde de vista a Jesús, siente la angustia de una búsqueda que no da fruto inmediato (los tres días de búsqueda nos hablan, de hecho, de los tres días que van de la muerte a la resurrección), también ella escucha de Jesús cosas que no le resultan claras… Pero, en vez de hacer lo que solemos hacer nosotros, “interpretar” según nuestro leal saber y entender, tratando de domar la Palabra, María “conservaba todo en su corazón”, dejando con paciencia y confianza, con fe verdadera, que la Palabra madurara, que penetrara hasta esas profundidades del alma en las que sólo es posible una comprensión a su tiempo y completa. Así es el corazón humilde, el corazón abierto, el corazón que ama, el corazón de madre, el Corazón Inmaculado de María. Si hemos de imitar a Jesús, el manso y humilde de corazón, ¿no habremos de imitar también a aquella de la que ese corazón tomó su carne?

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 6.6.2021, Domingo del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (B): «Cuerpo entregado, sangre derramada»

Santo evangelio según san Marcos 14, 12-16. 22-26
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: – «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» Él envió a dos discípulos, diciéndoles: – «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua. Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: – «Tomad, esto es mi cuerpo.» Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: – «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Cuerpo entregado, sangre derramada

Si la solemnidad de la Santísima Trinidad habla de un Dios cercano que viene al encuentro, la del Cuerpo y la Sangre de Cristo viene a confirmar y realizar del todo esa cercanía y ese encuentro. La cercanía de Dios se ha hecho visible, humana, y se ha puesto a nuestro alcance en la carne de Cristo.

Por medio de Jesucristo Dios y el hombre se han encontrado y reconciliado para siempre. La encarnación del Verbo de Dios en la humanidad de Jesús de Nazaret hay que entenderla desde la categoría de la mediación presente ya en el Antiguo Testamento. El Dios transcendente y absolutamente inaccesible toma la iniciativa y se acerca al hombre a través de mediaciones que permiten reconocerlo y entrar en contacto vivo con Él sin perecer. Por un lado están los mediadores entre Dios y el pueblo: Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas, reyes y sacerdotes… Pero éstos son servidores de la gran mediación que hace de Israel el Pueblo de Dios, y a Yahvé el Dios de Israel: la Alianza. Por eso, de entre todos los mediadores del Antiguo Testamento, destaca Moisés, por medio del que Dios establece con el pueblo un pacto sellado con la sangre de víctimas inmoladas. La sangre que sella la alianza habla de la extrema seriedad de este vínculo, por el que Dios se compromete con su pueblo, y el pueblo con Dios. La sangre era para los judíos la sede de la vida. Sellar un pacto con sangre significa que a los firmantes les va la vida en ello. Y, aunque el pacto implica una cierta igualdad entre las partes (siquiera la de la libertad para aceptar sus clausulas y asumir responsabilidades), aquí existe un claro desequilibrio a favor de Dios: es Él quien toma la iniciativa, el que salva y da la vida y, sobre todo, el que permanece fiel. Israel, por su parte, se compromete a vivir de manera conforme a la voluntad de Dios, que no es una voluntad despótica, sino de liberación y de vida. Por eso, el pueblo proclama solemnemente “haremos todo lo que manda el Señor y lo obedeceremos”. Aunque después la historia muestra que se va a apartar una y otra vez de esta alianza que le garantiza la identidad como pueblo, la salvación.

Los pactos que no se cumplen acaban cayendo en desuso. Pero no por eso Dios va a abandonar a su pueblo a su propia suerte. De hecho, el mismo pueblo elegido es un pueblo sacerdotal, mediador entre Dios y los hombres: al mirar y elegir a su pueblo, Dios tiene la vista puesta en la humanidad entera. Por eso, el Dios fiel que cumple sus promesas no destruye la alianza, sino que la renueva en una mediación definitiva. Dios supera la infidelidad con la fidelidad, el alejamiento voluntario de su pueblo con el acercamiento definitivo y máximo, que ya no es sólo mediación (que une y separa) sino presencia inmediata: la humanidad de Cristo. En ella se hace realidad lo que en la antigua alianza tenía un sentido simbólico, como la sangre de los animales sacrificados. El autor de la carta a los Hebreos insiste con fuerza en este “máximo” de presencia que no puede ser ya ni superada ni abolida: Cristo, sacerdote de los bienes definitivos, tabernáculo perfecto no hecho por manos humanas, que nos purifica con su propia sangre, mediador de una alianza nueva que nos redime y nos purifica, para que podamos recibir la herencia y la liberación eternas.

Vemos aquí cómo el misterio de la encarnación del Verbo está íntimamente ligado al de su muerte y resurrección. Y es que al hacerse máximamente cercano en la humanidad de Cristo, Dios se hace también máximamente vulnerable. La cercanía, con todas las ventajas que puede tener, conlleva siempre un riesgo. Al hacerse accesible al hombre, por compartir nuestra propia condición humana, Dios nos permite que lo toquemos, pero se expone a que lo golpeemos, hiramos y demos muerte. Pero también aquí Dios sigue teniendo la iniciativa: su muerte no es un accidente que se podía haber evitado. La carne humana está herida por la semilla de la mortalidad. Y Jesús ha asumido voluntariamente esta carne con todas sus consecuencias. Por eso, su muerte en la cruz es también una elección: la de entregar su vida por amor y hasta el extremo. Así Dios sella con la sangre de Cristo una alianza definitiva que es más fuerte que la misma muerte y que el pecado que conduce a ella. Esta fuerza, que se manifiesta en la debilidad de su carne, es lo que resplandece en la resurrección de Jesucristo.

Sólo desde la perspectiva de la muerte y resurrección de Cristo es posible comprender el misterio de la Eucaristía que celebramos hoy. El pan y el vino, elementos de la vida cotidiana, prolongan y multiplican la cercanía corporal de Cristo. Pero eso no es todo. Podemos tener la tentación de percibir en esta presencia sólo el milagro admirable e incomprensible de que un trozo de pan y un poco de vino se conviertan en el cuerpo y la sangre de Cristo. Si atendemos sólo o sobre todo al aspecto físico o metafísico de esta “conversión”, podemos estar reduciendo el misterio del amor de Dios a un enigma filosófico o teológico. La plena compresión (en fe) del misterio eucarístico exige que no olvidemos que se trata de un pan que se parte, de un vino que se entrega, precisamente durante la cena pascual judía, que no era sino un anticipo de la verdadera Pascua del Cordero de Dios en el altar de la Cruz. El pan partido significa el cuerpo ofrecido en sacrificio, y el vino entregado es la anticipación de la sangre derramada.

La participación en la Eucaristía es la oportunidad que tenemos de entrar en contacto con el Dios encarnado, cercano y vulnerable que se entrega por amor y sella con nosotros una alianza más fuerte que la muerte. No se trata, pues, de “ir a misa”, de “cumplir” con una obligación, sino de dejar que Dios venga a nosotros y entre en nuestra vida, que en Jesús se nos haga cercano con su cuerpo entregado y su sangre derramada, y nos haga el don de su presencia. Como los judíos ante Moisés decían “haremos todo lo que manda el Señor”, nosotros ante el pan y el vino hechos cuerpo y sangre de Cristo exclamamos: “anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven señor Jesús”. No lo la hacemos como espectadores, sino como participantes en el misterio pascual (por eso comemos y bebemos), que hacen suya la carne del que tomó la nuestra para entregarla.

No en vano, la Iglesia vincula el misterio de la Eucaristía con la exigencia de la fraternidad. Así lo hace en el Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía y día del amor fraterno. Y, por la misma razón, al menos en la Iglesia española, se celebra en este día del Corpus la jornada de Cáritas. En la carne de los pobres, sigue sufriendo y padeciendo la carne de Cristo. Participando de la Eucaristía, al acoger el cuerpo entregado y la sangre derramada, no podemos no hacernos sensibles a esos sufrimientos y responder a ellos de manera eficaz y concreta.

Y es que por esa participación activa en la Eucaristía nos “cristificamos”, es decir, nos hacemos mediadores de esta alianza nueva entre Dios y los hombres, testigos de este amor que se entrega hasta la muerte. Jesús es aquel que “hace todo lo que manda el Señor” (“he aquí que vengo a hacer tu voluntad”, Hb 10, 7). Unidos a Él, especialmente por medio de la Eucaristía, también nosotros podemos “hacer su voluntad, en la tierra, como en el cielo”. Podemos hacer que baje el cielo a la tierra, que el mundo vaya haciéndose un lugar habitable para Dios, nuestro Padre, y para los hombres, porque nosotros, en comunión con Cristo, aprendemos a vivir como hermanos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 30.5.2021, Domingo de la Santísima Trinidad (B): «Un Dios amigo y cercano»

Santo evangelio según san Mateo 28,16-20
Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

Un Dios amigo y cercano

Muchos piensan que el misterio de la Trinidad es el producto de la imaginación calenturienta de ociosos teólogos medievales, una manera probar nuestra fe, o nuestra credulidad, a base de poner ante nuestros ojos una imagen de Dios lejana y misteriosa, precisamente por su carácter contradictorio: tres personas en una sola sustancia divina, en la que cada una de las personas es Dios en sentido pleno…

En realidad, merece la pena meditar sobre este misterio, que aunque nos superará siempre, nos habla de algo muy distinto de un Dios lejano e incomprensible. Empecemos diciendo que no fueron teólogos medievales los que pensaron este dogma. El carácter trinitario de la fe cristiana comparece desde los primeros escritos del Nuevo Testamento: el más antiguo de todos, la primera carta a los Tesalonicenses (en torno al año 50), tiene ya claras formulaciones trinitarias. No es extraño si tenemos en cuenta que el centro de la conciencia mesiánica de Jesús consiste precisamente en la filiación divina, en su ser Hijo de Dios, y en un sentido que dista mucho de ser una mera metáfora. Los judíos que lo acusaban de blasfemia por equipararse con Dios entendían muy bien que Jesús reivindicaba una familiaridad con su Padre que transcendía los símbolos.

Pero es que, además, la fe en el Dios trinitario no es en absoluto algo “ocioso”, carente de consecuencias prácticas. Las discusiones trinitarias en los primeros siglos de la era cristiana, que se sirven con libertad de diversas categorías griegas (sustancia, relación, etc.), dan lugar a un nuevo mundo conceptual del que todavía vivimos: la noción de persona, que ha tenido enormes consecuencias en la cultura occidental y mundial, que habla del valor absoluto de cada ser humano, de su dignidad y de sus derechos inalienables, es producto de la formulación teológica del dato revelado claramente en el Nuevo Testamento: es al hilo de la reflexión sobre la vida y las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como se llega a la noción de persona, absolutamente novedosa para la cultura griega y helenista, y que nos ofrece una nueva comprensión de Dios y, como consecuencia, del hombre, que es su imagen.

Las lecturas de hoy iluminan con gran intensidad el carácter existencial de la fiesta que celebramos. El libro del Deuteronomio no sólo subraya el monoteísmo (“el Señor es el único Dios…; no hay otro”), sino, sobre todo, la cercanía de este Dios único “allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”. El Dios de Israel es un Dios que viene al encuentro, que lo hace liberando y, además, respetando la libertad humana: no se impone despóticamente, sino que propone un pacto. Los pactos sólo pueden ser suscritos entre seres libres y, en cierto modo, iguales o, al menos, semejantes. Si Dios propone un pacto, es porque nos considera semejantes a Él, precisamente, personas como Él. Esa semejanza es la fuente de nuestra libertad (por eso actúa Él liberando), y de nuestra dignidad (por eso nos respeta, incluso si nos alejamos de Él). Así que se trata de un Dios que viene al encuentro, pero sin invadir el espacio propio del hombre; es un Dios que se muestra, que interpela y que busca el diálogo y la comunicación.

Un Dios así no puede ser un déspota solitario, que de relaciones no sabe nada. Al contrario, siendo absolutamente único, su interna sustancia es la comunicación, la relación, el amor: la armonía y la perfecta unidad entre los distintos. Y el amor es siempre, en sí mismo, una buena noticia, que tiende a comunicarse, a compartirse. Así que Dios crea el mundo y al hombre para incluirlo en esa relación en que consiste misteriosamente su propio ser. No nos llama a una alianza cualquiera (por ejemplo, comercial o de intereses), sino a esa alianza profunda y decisiva que son las relaciones familiares. Esta es la gran novedad que nos ha traído Jesucristo.

Sabemos que nuestras imágenes no pueden expresar adecuadamente el misterio inaccesible de Dios. Pero sí que hay imágenes que lo expresan mejor, y ésas son las que mejor nos definen a nosotros mismos: las ligadas a las relaciones familiares. Dios como Padre quiere incluirnos en la filiación por medio de su Hijo. Jesús se refería a Dios en términos de extraordinaria cercanía y familiaridad: al hablar de Dios como de su Abbá, que es el equivalente arameo de “papá”, Jesús está subrayando una relación de inaudita intimidad, que lo equipara con Dios. Y su Evangelio, su Buena noticia, consiste en que esa relación paterno-filial se abre como una posibilidad de vida para todos los seres humanos. Y lejos de significar esta imagen una relación de dependencia infantil, lo que hace es llamarnos a la libertad, a la autonomía, a la responsabilidad: ¿qué quieren realmente los buenos padres, sino que sus hijos crezcan y sean sí mismos? Lo mismo sucede con el Dios Padre de Jesucristo que nos llama a arriesgar y caminar (“sal de tu tierra” –Gn 12, 1)), a ponernos en pie y caminar (“toma tu camilla y anda” –Jn 5, 8–, “toma tu cruz y sígueme” –Mt 16, 24–).

De esto nos habla Pablo en la carta a los Romanos. Si nos abrimos al Dios que viene al encuentro, si nos dejamos tocar por su Espíritu, descubrimos de manera no sólo teórica, sino vital, que Dios no es un abstracto Principio de todo, ni sólo un Primer Motor del mecanismo universal, sino un ser personal que funda y sostiene nuestra libertad; un Dios que al venir al encuentro y hacerse cercano en su Hijo Jesucristo llega incluso a padecer con nosotros y por nosotros, para así compadecerse de todos. Y si Él se une a nosotros en nuestros padecimientos, al participar nosotros en los suyos, podemos sentir que el Abbá de Jesús es también el nuestro, y así nos hacemos partícipes de su gloria, nos convertimos en Él en hijos de Dios y coherederos de su vida resucitada.

El Evangelio, por fin, nos recuerda que esa cercanía de Dios es un proyecto, algo que está siempre en camino, y del que todos los que hemos creído somos responsables ante los demás, ante el mundo entero. Nos convertimos en cierto sentido en la voz del Dios que llama al encuentro e invita a la comunicación con Él por medio del bautismo. Jesús nos envía a anunciar al Dios cercano siendo y haciéndonos nosotros mismos cercanos, anunciando con palabras y obras la cercanía de Dios. Cuando tratamos de hacerlo, la sentimos nosotros mismos y pueden sentirla los demás: Jesús y, con Él, el Padre, por la mediación del Espíritu Santo, está con nosotros “hasta el fin del mundo”. Este “hasta el fin del mundo” puede entenderse en varios sentidos: siempre, hasta que el mundo se acabe (no sabemos cuándo); en todas partes, hasta los últimos rincones del mundo (también en mi propio rincón); y hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase, incondicionalmente (hasta la muerte).

En un Dios así, la verdad, merece la pena creer.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 23.5.2021, Domingo de Pentecostés (B): «El Espíritu de Jesús y los otros espíritus»

Santo evangelio según san Juan 20,19-23
Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Recibid el Espíritu Santo

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros.» Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

El Espíritu de Jesús y los otros espíritus

Recuerdo que hace ya bastantes años, leyendo la novela de Alejo Carpentier (excelente escritor y gran apologeta de la revolución cubana), “La consagración de la primavera”, me encontré con una descripción de lo que es el “espíritu” que me impresionó. Pretendiendo negar la existencia real de “espíritus” en sentido estricto, decía Alejo que el espíritu sólo existe en el sentido en que se habla, por ejemplo, del “espíritu imperial”, o del “espíritu revolucionario”. Ese género de espíritu es una realidad my difícil de definir, pero de una enorme eficacia práctica. Porque quien tenga espíritu imperial (o imperialista) adoptará, sin duda, una determinada perspectiva sobre los acontecimientos de la historia, un determinado orden de valores y de criterios de acción y de selección… Ese espíritu le dará inspiración, orientación, impulso. Lo mismo sucederá, pero con otros contenidos muy distintos, a quien posea un espíritu revolucionario, o democrático, o el que sea. Esa realidad tan escurridiza del espíritu tiene la enorme fuerza y eficacia de modelar, a fin de cuentas, el corazón del hombre. Eso que San Agustín llamaba el “ordo Amoris” del hombre, la jerarquía no teórica sino vital de los propios amores (y odios), las preferencias, las opciones fundamentales, todo ello es producto de un cierto espíritu rector de nuestras vida. Y está claro que todos tenemos alguno. Pues, incluso del que se deja simplemente llevar, puede decirse que tiene un “espíritu acomodaticio”.

Al tratar de reducir el espíritu a una vaporosa inspiración Alejo Carpentier estaba señalando, tal vez sin darse cuenta, su enorme importancia y su concreción práctica. Sin un determinado espíritu el corazón humano se desparramaría desorientado y sin rumbo. Otra cosa es que la orientación sea buena o mala, que el rumbo nos lleve a la meta o nos pierda sin remedio.

También existe un “espíritu” que inspira la vida y configura el corazón de los cristianos. A veces tenemos la sensación de que ciertas personas que se confiesan muy creyentes carecen, sin embargo, de verdadero espíritu cristiano, vistas sus actitudes vitales. No es lo mismo decirse cristiano que serlo de verdad. Ya decía Jesús que “por sus obras los conoceréis” (Mt 7, 6). No significa esto que el credo no sea importante. Pero creer no es sólo un acto mental, sino una relación viva con Jesucristo y con su Padre, y es esto lo que determina el carácter cristiano de una vida. Y de esto hablamos al referirnos al espíritu. Es muy difícil definirlo, decir en qué consiste, “verlo” o imaginárselo. Pero es él precisamente el que nos define y configura, el que da contenido y consistencia a nuestra vida, el que nos permite “ver” a Jesucristo, por ejemplo, en la Palabra, en los sacramentos y en nuestros prójimos, de modo especial en los que sufren, es ese espíritu el que da imaginación y creatividad a la fe, como se ve en los múltiples carismas que adornan a la Iglesia.

Así que también del espíritu cristiano podemos decir que lo conocemos por sus obras. ¿Qué obras son esas? La tradición habla de los siete dones del Espíritu Santo: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pero nosotros nos vamos a centrar sólo en lo que la Palabra de Dios nos dice hoy sobre este misterioso y, sin embargo, poderoso Espíritu.

Lo primero que llama la atención, ya en el texto de los Hechos, es que se trata de un espíritu personal: se reparte “sobre cada uno”. Es decir, no se trata de un espíritu uniformador, que va a la masa y nos corta a todos por el mismo patrón, como sucede con ciertos espíritus que andan por ahí: nos someten al lecho de Procusto, sea de alguna ideología dura, sea a esa forma en apariencia suave, pero que nos va apretando poco a poco y ya amenaza con dejarnos sin respiración, de lo “políticamente correcto”. El espíritu cristiano no es así, y si a veces lo parece es que se nos ha colado algún otro espíritu que no es el genuino. Y es que este espíritu, por ser personal, es un espíritu de apertura. Lo subraya de nuevo el libro de los Hechos, y también el Evangelio de Juan. En este último, el Espíritu que Jesús derrama sobre los discípulos los libera de la cerrazón en que se encontraban “por miedo a los judíos” y los abre y envía al mundo entero. En los Hechos se expresa esto mismo diciendo que “empezaron a hablar en lenguas extranjeras”, en lenguas del mundo entero (y el autor del texto se toma la molestia de enumerar las regiones de donde procedían aquellas gentes devotas, y que abarcaban todo el mundo entonces conocido). El espíritu cristiano debe hablar en una lengua que todos puedan entender. Tal vez sepamos por experiencia lo que significa encontrarse en un ambiente en el que no entiendes nada. Puede ser por el hecho elemental de que no conoces el idioma. Si te encuentras en un lugar en el que sólo puedes comunicarte en una lengua que no conoces, la sensación de bloqueo, agotamiento y depresión es tremenda. Pero también sucede con frecuencia que esos bloqueos no dependen del “idioma”. Existen ambientes herméticos, que te hacen sentir con fuerza que eres un extraño y un advenedizo, que estás de más; o situaciones en que tienen lugar “diálogos de sordos”, donde el entendimiento se hace imposible por más que se hable un mismo idioma. Al final, el problema del idioma se puede resolver: con paciencia los idiomas se aprenden; y mientras no se conocen, siempre es posible encontrar algún alma buena, que te hace sentir bien con su actitud de acogida, o que te hace de intérprete… El problema de la comunicación es sobre todo un problema de “espíritu”, de configuración del corazón. Por eso, el libro del Génesis (11, 1-9, un texto que se lee en la misa de la víspera de esta solemnidad de Pentecostés), interpreta la pluralidad de las lenguas como un signo de la falta de entendimiento entre los hombres y los pueblos, consecuencia del orgullo. El idioma universal que todos pueden entender es el del amor sin fronteras, sin barreras nacionales, ideológicas o religiosas. El otro puede ser para mí una persona extraña, pertenecer a una ideología que no comparto, a un credo que no es el mío, a una cultura que me resulta extraña… Pero, a pesar de todo eso, puedo mirarlo como a un semejante, alguien al que puedo hacer el bien y aceptar por su condición personal, por ser un tú insustituible. El espíritu de apertura, que inaugura el lenguaje del amor, y el espíritu personal, como vemos, se dan la mano, son el mismo espíritu. La iglesia y los cristianos tenemos que examinarnos de este idioma, tratar de ver hasta qué punto estamos abiertos más allá de toda frontera, o si hay grupos y regiones (no sólo geográficas, sino de todo otro tipo) con los que no estamos dispuestos a cruzar una palabra.

El lenguaje del amor se expresa en la vida de la Iglesia en las obras de misericordia, en las iniciativas a favor de los pobres, de los que sufren, de los marginados… Es curioso que este lenguaje lo entiende prácticamente todo el mundo (con tal de que haya un mínimo de buena voluntad, que es lo que se puede entender bajo el “gentes devotas” de la primera lectura). Incluso los que se declaran o indiferentes o abiertamente contrarios a la fe reconocen la bondad de esas expresiones del amor.

Ahora bien, ese lenguaje tan comprensible, ¿de qué habla? Porque si es un lenguaje universal, no puede ser, sin embargo, un lenguaje indeterminado, dotado de muy buena pronunciación, pero que no habla de nada. El lenguaje del amor inspirado por el espíritu cristiano es un lenguaje que confiesa. El que ha recibido este espíritu confiesa que Jesús es Señor: “Nadie puede decir: ʻJesús es Señorʼ, si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. De modo que el espíritu cristiano es, además, un espíritu de unidad: se divide repartiéndose, para unir en torno al Señor Jesús. Apoyándonos en lo que ya hemos entendido sobre el espíritu cristiano, podemos comprender sin dificultad que no se trata de una unidad que nos hace a todos ser “lo mismo”, sino que se forma de la armonía (fruto del amor y la apertura mutua) entre los diversos (la dimensión personal). Lo explica muy bien Pablo al hablar del único Señor y del único Espíritu, pero que hacen posible y fundan la diversidad de los dones y las funciones, como los diversos miembros de un mismo cuerpo.

Es claro que la presencia del espíritu cristiano en nosotros no elimina de un plumazo nuestras limitaciones y defectos; por eso mismo, tampoco desaparecen, como por arte de magia, los conflictos en nuestras relaciones. El espíritu cristiano no es un elixir mágico, sino, lo hemos dicho ya, una configuración del corazón que lleva su tiempo y no elimina nuestra libertad (¡es un espíritu personal!). Pero su presencia nos permite no sucumbir a estos conflictos ni ahogarnos en nuestros defectos: el espíritu que nos da Cristo es, también, un espíritu de perdón, que nos lleva a pedir perdón cuando pecamos, y a perdonar a los que nos ofenden. La fuente de la verdadera paz no es un Nirvana impersonal, que anestesia el alma y se encierra en sí para evitar todo dolor. La paz verdadera es la que nos da Jesús, tras atravesar la prueba de la cruz (por eso nos muestra las manos y el costado: son sus heridas, que son las nuestras), la que procede de la alegría del reconocimiento mutuo, que implica también el mutuo perdón.

Así pues, el espíritu cristiano es un espíritu personal, de apertura, que habla el lenguaje universal del amor, que confiesa a Jesús como Señor y Salvador, es un espíritu de unidad, paz, alegría y perdón… Podemos comprender que este espíritu no es simplemente “un espíritu” (una fantasmagórica e indeterminada inspiración), sino “el Espíritu”, el Espíritu de Jesús, el que une al Hijo con el Padre, y es el Amor en persona, porque él mismo es una Persona. No sabemos definirlo, ni lo vemos, pero nos define y configura y, como la luz, ella misma invisible, nos permite ver: ver a Dios en sus criaturas, a Cristo en sus pequeños hermanos, la salvación donde parece no haber salida. Cristo nos ha donado su Espíritu, el Espíritu que nos enseña el lenguaje del amor sin fronteras. Él nos guía y nos acompaña, nos envía a los demás, a todos, a decirles que entre los muchos espíritus que hay en el mundo hay uno, con mayúsculas, que nos renueva por dentro, y que quiere posarse también en nosotros, en mí, en ti, en cada uno, para unirnos sin uniformarnos, para que cada uno pueda ser plenamente sí mismo y ofrecer libremente su riqueza a los demás, diciendo más con las obras que con las palabras: “paz a vosotros”.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 16.5.2021, Domingo 7 de Pascua (B): «Has recibido una carta»

Conclusión del santo evangelio según san Marcos 16,15-20
La Ascensión del Señor

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.» Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Has recibido una carta

En la fiesta de la Ascensión todos hemos recibido una carta. Es la carta de Lucas, un testigo de primera hora, dirigida a Teófilo. Es curioso que este misterioso Teófilo no haya pasado a la devoción popular: no se celebra su fiesta, ni se le dedican parroquias, tampoco, al parecer, se conservan reliquias suyas. Sólo hemos conservado de él esta carta que le escribió Lucas: una carta larga, en dos partes. La primera, todo un Evangelio (el tercero, tal como se suele presentar en las Biblias), la segunda es algo así como el quinto evangelio, el evangelio de la misión, de la transmisión de la Buena Noticia a todo el mundo entonces conocido. Se ve que, desde los primeros tiempos, los cristianos comprendieron que Teófilo (el amigo de Dios) somos cada uno de nosotros (por tanto, también se llama Teófila) y que para cada uno de los que se interesan por Jesús, por el Evangelio, se ha escrito y enviado esta carta. Así que, sintiéndonos personalmente concernidos por lo que Lucas nos envía, nos aprestamos a leer con atención lo que nos quiere decir. Y nos encontramos, en primer lugar, con la Ascensión de Jesús a los cielos. Lucas lo presenta como una cierta culminación del camino terrestre de Jesús y como el comienzo de una nueva etapa, precisamente la de la misión universal de la Iglesia: desde Jerusalén, por Judea y Samaria y hasta los confines del mundo, que para Lucas significan Roma, la ciudad en la que termina la narración, pero no la historia, pues la de Lucas es una narración abierta.

La Ascensión de Jesús a los cielos, esto es, a su Padre, es el movimiento correlativo y complementario al de su Encarnación. En esta última el Logos, la Palabra, el Hijo de Dios se abaja y se inclina para hacerse encontradizo con el hombre. Pablo lo expresa con extraordinaria fuerza en su carta a los Filipenses: “se despojó”, “se humilló”, “tomó la condición de siervo” (cf. Flp 2, 7-8). Ese abajamiento realizado para compartir en todo la condición humana, llegó al extremo cuando asumió la muerte humana: “hasta la muerte y muerte de cruz”. Pero “por eso Dios lo levantó sobre todo” (Flp 2, 9). En la Ascensión, que debemos entender como una manifestación más de la Resurrección, Jesús eleva nuestra condición humana hasta la altura del mismo Dios. Así pues, Dios se abaja en Cristo para elevar al hombre: para restaurar la imagen de Dios que él lleva en sí, y que ha quedado desfigurada por el pecado, y, todavía más, para hacerle partícipe de la condición de hijo de Dios.

Es claro que no debemos entender este “ascenso”, este “subir” en sentido meramente físico, aunque Lucas lo describa de ese modo. A veces se tiene la sensación de que ciertas expresiones antirreligiosas (que hoy en día se están extendiendo con bastante virulencia) son tan ingenuas, si no más, que ciertas formas de creencia religiosa. Recuerdo las clases de filosofía de un viejo profesor soviético en Krasnoyarsk, que hacía frecuentes citas bíblicas, leyendo los textos con la misma literalidad que el más simplón de los fundamentalistas (sólo que a la contra, claro). En ese sentido cabe entender la famosa frase falsamente atribuida a Yuri Gagarin, el primer astronauta, tras su viaje espacial: “no he visto a Dios”. Es evidente que la Ascensión de Jesús no fue un viaje al “arriba” cósmico.

Existen dimensiones “superiores” que sólo se ven si se tiene abierto algo más que los ojos, como le decía el zorro al Principito: “sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Es de esa altura de la que nos habla hoy la Ascensión: el “altum” que significa al mismo tiempo “profundo”, como le dice Jesús a Pedro: “duc in altum” (Lc 5,4), ve a alta mar, allí donde las aguas son profundas. El pasado domingo comprendíamos que el compendio de la resurrección de Jesús y de nuestra vida en él consiste en el amor, ese “carisma superior”, esa “vía mejor” de la que habla también Pablo en su extraordinario himno a la caridad. No es posible “ver” a Dios elevándose sólo físicamente, incluso aunque uno se eleve hasta el Cosmos. Pero quien se eleva por encima de la superficialidad cotidiana, del egoísmo, de la atención exclusiva a sus intereses más inmediatos y pedestres, puede llegar a “ver” a Dios incluso en las situaciones más difíciles y dramáticas: como los tres jóvenes del libro del Profeta Daniel, que, condenados al tormento, entonan el canto de alabanza a Dios que se puede percibir en toda la creación: “Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, Aguas, Sol y luna, lluvia y rocío…, bendecid al Señor” (Dn 3, 57-88). Y lo mismo le sucede al pobrecillo de Asís, que compuso su cántico de las criaturas en medio de la enfermedad y el sufrimiento: “Omnipotente, altísimo, bondadoso Señor… Loado seas por toda criatura, mi Señor…”.

La Resurrección de Jesús, por la que ha ascendido al Padre y elevado a la humanidad a esa misma altura, significa el rescate de esas dimensiones superiores y profundas, las más nobles, las que ennoblecen y salvan así nuestra vida, y es la invitación a participar de ellas, a vivir en y de ellas. Es de esta posibilidad abierta para nosotros por Jesucristo de lo que nos habla hoy Pablo en esa otra carta que hemos recibido de él: el espíritu de sabiduría, la iluminación de los ojos del corazón, la compresión de los tesoros que nos ha donado, la posibilidad de una vida superior que nos libera de las ataduras que frecuentemente nos esclavizan, que empieza ya ahora (por el misterio de la cruz y el mandamiento del amor) y que, al ser más fuerte que la muerte, vale para vivir en este mundo y en el mundo futuro.

Todo esto se ha hecho presente en la historia gracias a la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, y ahora se tiene que comunicar a toda criatura por medio del testimonio de los discípulos. Porque esta altura de la que hablamos no es tampoco algo que está “arriba” sólo para que lo contemplemos. Es preciso caer en la cuenta de algunos peligros encerrados en una mala comprensión de los tesoros que Jesús ha abierto para nosotros. Uno es, precisamente, el del misticismo. De ahí la advertencia de los misteriosos varones vestidos de blanco (que inevitablemente recuerdan las primeras experiencias de la Resurrección): “¿qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” Hay un aire de reproche o, al menos, de ironía en ese “ahí, plantados”. Efectivamente la altura de que se trata aquí está entre nosotros (es Jesús en medio de nosotros), delante de nosotros: es la misión que él nos confía; en el futuro (“volverá”). Los otros peligros de que debemos hablar hoy se refieren precisamente a la misión y su forma de realización. Esta se puede entender como una campaña de conquista, de imposición de ciertos esquemas culturales. Los “galileos” que se quedaron mirando al cielo le habían preguntado al Señor, justo antes de su Ascensión “¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Seguían apegados, al parecer, a viejos esquemas que asociaban el Reino de Dios a una cierta supremacía social y política. Se percibe incluso cierta impaciencia en la pregunta: “¿es ahora cuando por fin, de una vez, vas a restaurar?” Jesús les quita una vez más esa idea de la cabeza: el Reino de Dios no es de este mundo (cf. Jn 18, 30), porque “no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo por el Espíritu Santo” (Rm 14, 17). Es verdad que hoy en día estamos relativamente curados de la tentación de la conquista cultural. Es uno de los aspectos positivos de la secularización. Pero ha habido otra tentación que, tras el Vaticano II vino a suceder a aquel esquema y que sigue en parte vigente. Es la idea de que Jesús vino a “transformar este mundo” en sus estructuras políticas, económicas, sociales, a introducir una especie de revolución, al estilo de las revoluciones sociales y políticas del mundo moderno.

En realidad, tampoco por ahí van los tiros, al menos si se toma esta tensión transformista del mundo de modo unilateral. El Reino no se impone ni se expande ni por vía de conquista, ni por la de la revolución social. La transformación a que llama empieza por el propio creyente: creer y bautizarse. Y la misión que éste recibe es la de “testimoniar”: “seréis mis testigos en Jerusalén, … y hasta los confines del mundo.” En medio de este mundo viejo se ha hecho presente el Reino que es la presencia misma de Jesús, su modo de vida, su nueva forma de relación con Dios (Padre) y con los otros seres humanos (hermanos). Esta presencia es real, sus valores son posibles, el hombre aceptando en fe a Jesucristo, sin dejar de ser lo que es (“galileo”), se convierte en ciudadano de este Reino, lo que, lejos de encerrarlo en nuevas fronteras, lo abre al mundo entero, lo convierte en miembro de Cristo, testigo de su vida, muerte y resurrección. Así que no se trata de conquistar o de transformar con tensión revolucionaria, sino de proponer desde la propia libertad y respetando la de los demás, el testimonio de estas posibilidades superiores que en Cristo se han hecho presentes. En medio de la historia y el mundo viejo hemos descubierto que en Cristo podemos vencer al mal en nosotros (expulsar demonios), abrirnos a dimensiones nuevas (hablar lenguas nuevas, ante todo, el lenguaje del amor), perder todo temor (a serpientes y venenos), hacer el bien sin condiciones (curar enfermedades).

Se podrá decir que los peligros de que hablábamos antes han sido pecados históricos reales de la Iglesia. Es que los discípulos de Jesús somos Galileos, gentes de carne y hueso, iguales que los demás, sometidos a todo tipo de condicionamientos y, por tanto, también a esas tentaciones y expuestos a caer en ellas. Pero esto, con tener sus riesgos, tiene la ventaja de evitar creernos mejores y superiores a nadie. Si nosotros, que somos como todo el mundo, hemos creído y hemos encontrado en esta fe esas posibilidades superiores, más altas y profundas de que nos habla hoy la Ascensión, es que también los demás pueden creer. Además de galileos somos Teófilos, amigos y buscadores de Dios. Y si podemos salir de nuestra aldea galilea y llegar hasta los confines del mundo (que para cada uno es allí donde se encuentra pues ser cristiano es vivir en la frontera) para dar testimonio de la propia fe, es porque confiamos que en cada ser humano, a veces muy en lo profundo, se encierra un Teófilo, deseoso de conocer a Jesús y de “todo lo que fue haciendo y enseñando hasta el día en que, movido por el Espíritu Santo, ascendió al cielo”.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 9.5.2021, Domingo 6 de Pascua (B): «¿Se puede mandar el amor?»

Santo evangelio según san Juan 15,9-17
Nadie tiene amor más grande
que el que da la vida por sus amigos

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros.»

¿Se puede mandar el amor?

 Vivir en el “primer día de la semana”, en el día de la nueva creación, significa ser capaz de ver al Señor resucitado con los ojos de la fe e insertarse en Él como los sarmientos en la vid, que con la savia de la vida nueva nos renueva por dentro. Sólo así podemos dar fruto, hacer fecunda nuestra vida. Al escuchar hoy la Palabra entendemos que ese fruto es el amor. Quien vive en Cristo no puede permanecer en el odio, en el rencor o la desconfianza, en la indiferencia hacia los demás o encerrado en sus prejuicios culturales, nacionales, ni siquiera en los religiosos.

Ahora bien, aquí surge fácilmente una objeción. ¿Es que se puede mandar el amor? ¿Puede el amor ser un “mandamiento”? Si entendemos el “mandamiento” como una ley moral y el amor como un peculiar modo de sentir, la objeción tiene sentido. No pocos la han alzado, por ejemplo, el filósofo Kant.

En realidad, el mandamiento del amor es mucho más que una “norma” moral, incluso si se la considera la más importante; lo mismo que el amor mismo es mucho más que un peculiar modo de sentir, parecido, por ejemplo, al sentimiento de simpatía.

San Juan nos dice hoy en su primera carta que “el amor es de Dios” y que “Dios es amor”. Jesús, por su parte, en el evangelio, nos revela que si hemos de amarnos unos a otros (“éste es mi mandamiento”) es precisamente porque el Padre le ha amado y Él nos ha trasmitido ese mismo amor y, por eso, así como Él permanece en el Padre, nosotros hemos de permanecer en Él. Es decir, el amor no es una simple exigencia moral, aunque más elevada, sino que es la misma vida de Dios, la vida interna de la Trinidad que relaciona al Padre con el Hijo y que es el mismo Espíritu Santo. Así pues, siendo la vida de Dios, no puede ser una “obligación” que pesa sobre nuestros débiles hombros: ¿quién puede estar obligado a elevarse por sus propias fuerzas hasta la vida de Dios? El amor sólo puede ser un don. Si se habla aquí de “mandamiento” hemos de entenderlo en el sentido de aquello que Dios nos ha mandado, es decir, de Aquél que nos ha enviado: el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado, sino en que Dios nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo (1 Jn 4, 10).

Es Él quien nos ha dado a conocer al Padre y su voluntad salvífica, quien nos ha mostrado el amor “más grande”, que consiste en dar la vida por sus amigos. Para hacernos partícipes de la vida misma de Dios, Cristo ha pagado el alto precio de la muerte en la cruz, como víctima de propiciación por nuestros pecados, es decir, por nuestra incapacidad de amar, de incluir, de romper fronteras y establecer vínculos… La cruz es la llave de entrada en esa vida de Dios que se ha hecho presente y accesible, y en la que podemos insertarnos al ver al Resucitado, al encontrarnos con Él allí donde se lo puede ver, al permanecer en Él como los sarmientos en la vid.

Todo el misterio de la salvación, de la encarnación, la muerte y la resurrección de Cristo se resume así en una propuesta de amistad y en una invitación a la alegría. Somos los amigos de Jesús si aceptamos la amistad que Él nos brinda; he aquí una alegría que trasciende las pequeñas alegrías de la vida, tantas veces empañadas por tristezas de todo tipo, porque en la amistad que Jesús nos ofrece tocamos la fuente de la vida y del amor, que es el mismo Dios.

Alegría y amistad son, por fin, la fuente de la verdadera libertad. No somos siervos de leyes abstractas que pesan sobre nosotros, por muy libres que nos queramos sentir haciendo lo que “nos da la gana”; pues, seamos sinceros, las “ganas” también tienen sus leyes que nos atan y nos esclavizan: sean las de nuestra fisiología, sean las de la manipulación propagandística. Pero nosotros no somos esclavos de un destino ciego marcados por nuestros instintos, o por la ironía de la historia: somos amigos del Hijo de Dios e hijos en el Hijo. Esto potencia y multiplica, en medio de nuestras muchas limitaciones, nuestras posibilidades de acción. Gracias a la libertad del amor podemos no someternos a los prejuicios ambientales, alzar la voz arriesgando en favor de la verdad y la justicia, perdonar a los que nos ofenden, y también tener la humildad de reconocer los propios pecados y pedir perdón por ellos; podemos, en definitiva, usar nuestra vida y sus posibilidades para dar con la libertad de la generosidad, y no para quitar. El amor es, más que un sentimiento, un modo de vida, fruto del don que hemos recibido de Cristo, y que se traduce en obras: guardar los mandamientos (como el mismo Cristo ha guardado los mandamientos de su Padre) es aceptar al que Dios nos ha enviado, permanecer en Él, tratar de vivir como Él vivió y de amar como Él amó: ofreciendo amistad y dando la vida.

Un modo de vida así es una aventura abierta, que depara sorpresas y abre horizontes inesperados. Los circuncisos que estaban con Pedro en casa del pagano Cornelio se extrañaron de que el don del Espíritu Santo se derramara sobre los gentiles. Ese es el género de sorpresas que depara el verdadero amor: apertura de fronteras, ampliación de horizontes, superación de barreras, la instauración de nuevos lazos de fraternidad entre aquellos que por razones nacionales, culturales o religiosas estaban separados o enemistados.

La Palabra de Dios nos invita hoy a examinarnos sobre los frutos del amor en nuestra vida. ¿A quién podríamos brindar nuestra amistad? ¿Qué “paganos” –según nuestros propios parámetros– pueden sorprendernos hablando en lenguas que nos descubren la novedad de Dios? ¿Qué porciones de mi vida –tiempo, conocimientos, comprensión, paciencia, capacidad de perdón, tal vez dinero– puedo dar todavía, aunque eso me implique alguna renuncia, una pequeña cruz?

La alegría colmada que nos promete Jesús no es la de una vida saciada por acumulación de bienes o de sensaciones (eso que se llama “vivir a tope”, y que nos acaba dejando vacíos, en cuanto nos topamos con nuestros propios límites). Ese género de felicidad es inestable y problemático, y en una gran parte no depende de nosotros: ahí no somos realmente libres. Jesús habla en cambio de esa plenitud de alegría que crece a medida que damos y que nos damos. Y eso sí que está en nuestras manos, independientemente de que tengamos mucho o poco. Porque de nosotros depende vivir con generosidad. Y la dignidad y la libertad que Jesús nos ha regalado al hacernos partícipes de la vida de Dios, que es el amor, constituyen la posibilidad más alta a la que el ser humano puede aspirar: ser amigos de Cristo, y llegar a ser en Él hijos de Dios.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 2.5.2021, Domingo 5 de Pascua (B): «La vid, los sarmientos y los frutos»

Santo Evangelio según san Juan 15,1-8
El que permanece en mí y yo en él,
ése da fruto abundante

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

La vid, los sarmientos y los frutos

Los catecúmenos, que han recibido el bautismo en la noche Pascual y han iniciado el proceso de profundización (catequesis mistagógica) para aprender a reconocer al Señor Resucitado, muy posiblemente empiezan a experimentar las dificultades cotidianas de la vida cristiana. En primer lugar, la misma comunidad, lugar de presencia del Resucitado, dista mucho de ser una comunidad ideal. Como vemos en la primera lectura, existen en ella, además de otros conflictos, desconfianzas y recelos (en este caso, sobre la autenticidad de la conversión de Pablo) que tienen que ser resueltos por la mediación de algún hombre bueno (Bernabé). Además, la fuerza comunicada por el sacramento del bautismo no evita el que sigan experimentando debilidades, inclinaciones al mal, pecados. Nos lo recuerda Juan en su primera carta al hablarnos de la “conciencia que nos condena”. Por fin, están las dificultades externas, las incomprensiones, las amenazas, la hostilidad que a veces experimentan los creyentes. De nuevo, en el texto de los Hechos se habla de ello, a propósito de Pablo, y de los que se propusieron suprimirlo. Y las dificultades de los recién bautizados son, a fin de cuentas, las dificultades que todos los creyentes experimentamos de un modo u otro.

Dicho en lenguaje actual: es la hora de pasar de las palabras y los sentimientos a los hechos; o, como nos recuerda Juan en su primera carta: no hemos de amar de palabra y de boca, sino de verdad y con obras. Y es ahí, precisamente, donde experimentamos dificultades y resistencias, en nosotros mismos, en nuestro entorno creyente, en la sociedad que nos rodea.

El Evangelio de hoy responde muy bien a todo esto. La fe es un proceso de crecimiento. El que se ha bautizado (cada uno de nosotros) y ha realizado un cierto camino de profundización cristiana, no por eso ha llegado ya hasta el final. En la fe no es posible “licenciarse”, considerar que “ya nos lo sabemos”. Porque la fe es, ante todo, una relación viva con Dios por medio de Jesucristo, o, por usar la imagen que hoy nos propone Jesús, un injerto, esto es, una inserción, gracias a la cual la savia que da vida a la vid pasa también a nosotros, los sarmientos, y nos vivifica. No es sólo un saber y una aceptación teórica (aunque también), sino una forma de vida que deriva de esa inserción en Cristo. Y, como toda vida, es un proceso de crecimiento no exento de dificultades, que necesita volver a escuchar en niveles siempre nuevos la llamada del Maestro, que requiere de nuevas conversiones y, por tanto, de purificaciones sucesivas que hacen esa inserción viva en la persona de Cristo más fuerte y estable. En la vida humana y también en la vida cristiana es fundamental la perseverancia. Hoy la necesidad de esta actitud se ve con claridad meridiana. Dios no actúa en nosotros si nosotros no le dejamos. Pero, si le dejamos, actúa y, por medio de Cristo (es decir, humanamente, en diálogo y en proceso, pero no sin dificultad y a veces con algo de sufrimiento), nos va purificando y permitiendo que demos lo mejor de nosotros mismos. No se trata de un proceso de “alienación” (“alio” = otro: hacerse “otro”), sino, por el contrario, de crecimiento y desarrollo pleno de las propias posibilidades, para llegar a ser plenamente lo que somos. Cristo es la posibilidad que Dios nos da de llegar a ser plenamente nosotros mismos.

Sólo así, mediante esa inserción viva y perseverante en la relación con Jesús, es posible que las dificultades y límites de la comunidad (que puede ser la propia familia, iglesia doméstica, o la parroquia, o algún grupo al que pertenezco, o la Iglesia como tal), así como las hostilidades que a veces la rodean, no me hagan perder la paz. Es curioso cómo la primera lectura, después de hablar de las desconfianzas internas y de las amenazas externas, afirme que la “Iglesia gozaba de paz”. La paz de que goza la Iglesia no es ni mera armonía psicológica interna, ni tampoco adaptación al medio social: es el don que recibe de Jesús, que, al hacerse presente en medio de sus discípulos (de modo señalado en la Eucaristía, aunque no sólo en ella), les comunica la paz: “paz a vosotros”.

Sólo así, unidos como sarmientos a la vid, es posible que el hecho de que nos condene nuestra conciencia en algún aspecto de nuestra vida, es decir, que sintamos nuestra debilidad y nuestro pecado, no impida que podamos “tranquilizar nuestra conciencia”, porque vivimos en la confianza en Aquel que es más grande que nuestra conciencia, que nos ha manifestado su misericordia, que nos hace comprender que estamos en camino, que nos acompaña en nuestro proceso de purificación y nos da la paciencia de la esperanza.

Sólo así, por fin, podremos entender que las contrariedades de la vida tienen sentido, son parte de esa purificación que nos va haciendo crecer en la fe y en la inserción en Cristo, y que nos permite “dar fruto”, como los sarmientos unidos a la vid. Porque, una vez más, como nos ha recordado Juan, es hora de pasar de las palabras a los hechos: la verdadera fe no puede no expresarse en las obras del amor y comunicarse de esa manera. Porque poco a poco los catecúmenos ya bautizados, esto es, todos nosotros tenemos que ir entendiendo que la fe que hemos recibido no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que dar fruto abundante para la vida del mundo. Es importante subrayar que ha de ser abundante  y no sólo un poco de fruto para mi personal uso y consumo: tiene que ser abundante de modo que pueda ser ofrecido como alimento para que el mundo tenga vida, pues es por ese “mundo entero” por el que Cristo se entregó a la muerte y resucitó a la vida nueva, y es ese “todo el mundo” al que tenemos que mirar desde la luz que hemos recibido con el don de la fe en Jesús, el Señor, el Cristo, la Vid que nos transmite la savia que hace nuestra vida fecunda también para los demás.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

 

Homilía del 25.4.2021, Domingo 4 de Pascua (B): «Un solo rebaño, un solo Pastor»

Santo evangelio según san Juan 10,11-18
El buen pastor da la vida por las ovejas

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

 Un solo rebaño, un solo Pastor

La comunidad eucarística que, como veíamos la semana pasada (y la anterior), es el lugar de la aparición del Resucitado y del encuentro con él, es además una comunidad estructurada: en ella hay distintos servicios, distintas vocaciones que cooperan al bien del cuerpo común y de su misión en el mundo (el testimonio). Por eso, si la misma comunidad es “lugar teológico”, ámbito de la experiencia del Resucitado, también los servicios y ministerios que surgen en ella deben ser entendidos en este sentido sacramental, esto es, como una expresión y reflejo de la presencia de Cristo. De entre estos diversos ministerios hay uno que tiene un carácter axial, en torno al cual se disciernen y estructuran los demás, de manera que la pluriformidad de vocaciones y carismas no lesione la comunión: es el ministerio de los pastores, los Apóstoles, que prolongan su acción por medio del ministerio sacerdotal (obispos, presbíteros y diáconos), que deben cuidar del bien del rebaño de Cristo, guiar y enseñar al nuevo pueblo de Dios y presidir sus asambleas litúrgicas.

Ese es un punto que suscita especial dificultad en nuestros días. Existe una fuerte tendencia a desconfiar de toda autoridad, a ver en ella sólo una pura estructura de poder, que hay que tolerar de algún modo, pero que se mira con recelo, como una especie de mal necesario. Y esto se proyecta también sobre la Iglesia, estableciendo distinciones como la que habla de “iglesia institucional” e “iglesia de base”; distinciones, hay que decir enseguida, que carecen de todo apoyo en la Revelación, tanto en la Biblia como en la tradición de la Iglesia. Se aplican aquí a la comunidad cristiana esquemas propios de la sociedad civil y política, pretendiendo que, como en éstas, lo legal y lo socialmente conveniente, la verdad o el bien pueden aceptarse sólo si gozan del consenso de la mayoría (que suele ser, en el caso de la sociedad civil, un estado de opinión inducido por medio de técnicas sutiles de comunicación y, con frecuencia, de propaganda y manipulación), olvidando que la verdad de la fe y de sus consecuencias prácticas son ante todo el resultado de una revelación de Dios, es decir, de un don que Dios nos ha hecho en Jesucristo y que nosotros no podemos modificar a nuestro antojo o al son de las opiniones dominantes del momento.

Jesucristo ha elegido pastores, los Apóstoles y sus sucesores y les ha dado una autoridad especial dentro de la comunidad (cf. Lc 10, 16), para garantizar la fidelidad a ese depósito de la fe que nos pone en contacto vivo con Él mismo, con el Jesús histórico, con la comunidad que le acompañó por los caminos de Galilea y dio el primer testimonio de la resurrección.

La catequesis mistagógica, que nos va enseñando los lugares de presencia del Señor resucitado, nos dice hoy que también en los Pastores y en su ministerio se hace presente el único Pastor. Las dificultades que esta forma de presencia suscita en numerosos creyentes (incluso en no pocos que participan de ese mismo ministerio, o de creyentes cultivados teológicamente y activos en la Iglesia) se pueden resolver sólo si tratamos de mirar a los Pastores no desde determinado prisma ideológico, que ve ahí sólo estructuras de poder, sino desde la fe. Es la misma fe que se exigía para creer en la resurrección al ver el sepulcro vacío, o la que se suscitaba al tocar las heridas del Resucitado. Los posibles defectos y pecados de los Pastores, hombres entre los hombres, también vulnerables y, por tanto, heridos, no deben ser una excusa para no aceptar en fe esta forma de, digamos, aparición del Resucitado (íntimamente vinculada y dependiente de la comunidad de creyentes, y de la comunidad eucarística); o, como hacemos a veces, para “seleccionar” entre ellos y aceptar sólo a los que son, por ejemplo, “de mi línea”. Estos criterios de selección son la mejor manera de convertir a la Iglesia en un partido o en una secta y no, como debe ser, en una comunidad pluriforme de discípulos reunida por iniciativa del Maestro y en torno a Él.

Es esta fe la que nos ayuda a entender que, así como lo que da valor a la comunidad de discípulos es la presencia de Jesús en medio de ellos, y esa misma presencia es la que confiere al pan y al vino que comparten su calidad de cuerpo y sangre de Cristo, así lo que nos mueve a aceptar el ministerio de los pastores es el único Pastor, Jesucristo, que pastorea a su pueblo por medio de ellos. No es una cuestión de poder, sino de servicio. Aquí no podemos no recordar las palabras del mismo Jesús, advirtiendo contra las tentaciones del poder y del “querer ser más que los otros”: “el que quiera ser el primero que se haga el último y el servidor de todos” (Mt 20,26). Mirando así las cosas, entendemos que ser Pastor (Apóstol, obispo) es ante todo una carga y una responsabilidad por la que los que han recibido este ministerio deberán dar cuenta a Dios. Con razón decía san Agustín en su discurso sobre los pastores: “somos cristianos y somos obispos. Lo de ser cristianos es por nuestro propio bien; lo de ser obispos, por el vuestro. En el hecho de ser cristianos, se ha de mirar a nuestra utilidad; en el hecho de ser obispos, la vuestra únicamente. Además de ser cristianos, por lo que habremos de rendir a Dios cuentas de nuestra vida, somos también obispos, por lo que habremos de dar cuenta del cumplimiento de nuestro ministerio.”

Que hay un solo Pastor significa, al fin y al cabo, que sometiéndonos a los Pastores nos sometemos a Cristo, y esa es nuestra libertad: libertad para aceptarlos en fe, sin caer en actitudes serviles hacia ellos; libertad también para expresar con valor las propias opiniones, incluso críticas, pero en actitud de obediencia. Para madurar en la fe es importante superar esa desconfianza crónica hacia la Iglesia en sus Pastores (eso que se llama con tan poca fortuna y menos caridad “Iglesia institucional”) y adoptar una actitud de fe y de aceptación. Y significa, para los mismos Pastores, que si ellos pueden exigir obediencia es, no en virtud de su propio poder o autoridad, sino sólo en el nombre de Cristo, como hoy dice Pedro en la primera lectura: lo que hacen o dicen ha de ser sólo y siempre en el nombre de Jesucristo Nazareno, el que fue crucificado, y el único nombre que se nos ha dado que puede salvarnos. Y la salvación no es otra cosa que el ser hijos de Dios en el Hijo. Cristo fue crucificado precisamente para esto: para rescatarnos del pecado y de la muerte y hacernos partícipes en su propia filiación. Y si esto es así, y si los Pastores han de reproducir en sí mismos el ministerio de Cristo Pastor, significa que lo que ellos tienen que hacer es, como el buen Pastor, dar la vida por sus ovejas. Dar la vida es hablar, trabajar, exhortar, amonestar, escuchar, corregir, y estar dispuestos al testimonio supremo si las circunstancias lo exigen. Cumpliendo el deber ser de su vocación de pastores, deberíamos poder exclamar también al mirarlos a ellos (y en ellos al único Pastor), “mirad qué amor nos ha tenido el Padre”.

Si vemos así, con fe, esta forma de presencia del Resucitado, entendemos que se trata de un servicio en el que todos podemos participar de un modo u otro. En primer lugar, porque todos tenemos nuestro propio nivel de responsabilidad en la Iglesia: como padres o madres, en los otros múltiples ministerios y vocaciones de la Iglesia, dando ejemplo, transmitiendo la fe, de muy diversas formas también cada uno de nosotros tiene su pequeño rebaño, que se nos ha confiado y del que respondemos. Y, en segundo lugar, porque todos nosotros estamos llamados y podemos, si queremos, servir a los demás con la disposición de dar la vida por ellos.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo

Homilía del 18.4.2021, Domingo 3 de Pascua (B): «La comunidad eucarística: comunidad de testigos»

Santo evangelio según san Lucas 24,35-48
Así estaba escrito: el Mesías padecerá
y resucitará de entre los muertos al tercer día

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.» Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. El les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.» Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?» Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

La comunidad eucarística: comunidad de testigos

La catequesis pos bautismal de este domingo profundiza y detalla lo que ya inició el domingo pasado. Se decía allí que el lugar propio para hacer la experiencia del Resucitado (para verlo y tocarlo) era la comunidad de sus discípulos, la que se reúne “el primer día de la semana”, el día de la Resurrección. Hoy entendemos ya con toda claridad que esta comunidad es una comunidad eucarística, reunida en torno a la Palabra y al alimento compartido.

El primer detalle que resalta en el Evangelio de hoy es que los discípulos se reunieron no por propia iniciativa, sino convocados por experiencias distintas, pero con rasgos comunes, que para ellos mismos fueron totalmente inesperadas y no siempre bien comprendidas, en las que se mezclaban la sorpresa (estaban “atónitos”), el temor y la alegría… Experiencias difíciles de definir. Eran experiencias producidas en situación de dispersión: como la de los discípulos de Emaús (hoy leemos el texto que sigue a ese episodio, cuando los dos discípulos vuelven a Jerusalén); experiencias que, sin embargo, los hicieron reunirse de nuevo. En esas asambleas lo primero que hacían era darse un testimonio mutuo, poner en común sus experiencias personales, distintas y convergentes, que provocaban el reencuentro y rehacían la comunidad en trance de desaparecer a causa de la muerte ignominiosa del Maestro.

La reunión que comparte experiencias vitales del Señor Resucitado (es decir, que comparte la Palabra) se convierte en comunidad eucarística en la que el Señor mismo explica las escrituras y las hace por fin comprensibles; y en las que, también junto al Maestro, comen juntos, comparten el pan y el vino, la presencia del Señor resucitado, en el que son visibles las señales de la Pasión (“mirad mis manos y mis pies”).

Una comprensión adecuada de lo que la Palabra y la celebración quieren trasmitirnos hoy nos ayudaría mucho a participar en la Eucaristía dominical “de otra manera”, si es que en nosotros se mantienen los viejos esquemas, en virtud de los cuales acudimos a ella como a cumplir una obligación, de modo más o menos mecánico, o simplemente, hemos dejado de ir, porque “no nos dice nada” o lo hacemos de ciento en viento.

No se trata de “ir a misa”, de cumplir un precepto bajo la presión de normas externas o de amenazas de pecados y castigos que hoy, seamos sinceros, no mueven a casi nadie. Desde luego, si volvemos nuestros ojos a aquellos primeros discípulos, a la mezcla de emociones (sorpresa, miedo, incomprensión, alegría…) que se agolpaban en ellos y les hacían encontrarse apresuradamente, contarse unos a otros lo que les había pasado, lo que habían sentido al asomarse a un sepulcro vacío, o en el jardín contiguo, en medio del llanto, de camino, al partir el pan…; si los miramos y tratamos de entrar en esa experiencia, que los textos precisamente quieren transmitirnos, en la que quieren incluirnos como personajes vivos de la misma; si nos acercamos a ellos de esta manera, entenderemos que aquí no hay obligación, ni ley, ni amenaza que valga: que aquí se nos ofrecen posibilidades de vida inéditas, se nos regala una presencia real, aunque misteriosa, “que nos dice mucho” (¡habla con nosotros!), se nos comunica una gracia capaz de transformar nuestras vidas, de introducirnos en un mundo nuevo.

Los catecúmenos que, tras hacer el camino de profundización catequética, habían recibido el bautismo la noche Pascual iniciaban el proceso de mistagógica, en el que descubrían llenos de emoción que aquello que habían aprendido al escuchar los relatos evangélicos se realizaba ahora también en ellos, que, como los primeros discípulos, también a ellos se les abría la comprensión de las Escrituras, también ellos experimentaban la presencia del Señor resucitado al comer el pan y beber el vino y participar en esa reunión en la que, antes del bautismo, no les había sido dado participar plenamente.

Y esa es la experiencia que podemos y debemos realizar nosotros. Nos reunimos para compartir, llevando ante el altar la ofrenda de la vida de toda la semana (nuestros trabajos, esfuerzos, alegrías y sufrimientos, todo lo que nos ha pasado mientras íbamos de camino, por el camino de la vida), abiertos a escuchar lo que el Señor presente en la comunidad de los discípulos tenga a bien decirnos, deseosos de que nos dé un trozo de pan y un trago de vino (qué bueno sería que siempre se comulgara bajo las dos especies, como hacen los ortodoxos y casi todos los católicos aquí en Rusia, también en otros países), para poder seguir el camino de la vida, convertido así en envío y misión, en testimonio… Que el cura de turno sea un pelma, que predique largo y mal, o que la comunidad diste mucho de ser ideal… todo eso tiene su importancia, pero no demasiada, porque es el Señor Jesús el que nos convoca, el que nos muestra sus manos y sus pies (sus heridas, que bien pueden ser el cura pelma o la comunidad llena de defectos), el que nos explica las Escrituras, el que parte para nosotros el pan…

Se me dirá que todo eso es muy bonito, pero que luego, lo que sentimos al “ir a misa” dista mucho de ser así… Lo concedo. Pero, ¿quién ha dicho que todo esto sucede de manera automática, casi mágica? De hecho, las mismas lecturas de hoy nos avisan de esas dificultades. Esos mismos discípulos de primera hora, que hicieron esas experiencias tan conmovedoras (que los llevaron a dar la vida por ellas), no lo entendieron todo desde el principio: si se les abrió el entendimiento, es que hasta entonces lo habían tenido cerrado; tampoco vieron desde el primer momento: o no lo reconocían, o creían ver un fantasma… Para ver, entender y participar de esta experiencia del Resucitado hay que perseverar… No se puede profundizar si se acerca uno con una actitud superficial, pasivamente, sólo por “sentimiento de deber”, sin un corazón abierto. Pero menos aún si, sencillamente, no vamos. Recordemos que lo que se nos está comunicando en estos tiempos de Cuaresma y Pascua es un itinerario, un camino, un proceso. La repetición perseverante en la participación es esencial para que nuestros ojos y oídos, nuestros corazones, tantas veces cerrados, se vayan abriendo poco a poco, hasta ver, entender y sentir. No hay nada de ideal en todo esto. De hecho, Juan, en su carta, nos dice hoy que el Cristo que se nos manifiesta en estas reuniones dominicales es nuestro abogado, en caso de que pequemos. Aunque nuestra intención es romper con el pecado y cumplir los mandamientos del Señor, sabemos que no siempre resulta: estamos en proceso y la reconciliación y el perdón (el perdonar y el pedir perdón) es parte esencial de este mismo camino.

Sólo así nos vamos convirtiendo en verdaderos discípulos que dan testimonio ante el mundo: el testimonio interno que los discípulos se daban unos a otros, se convierte en un testimonio que la comunidad y cada uno de los creyentes dan ante el mundo, sin miedo y sin complejos; pero también sin dureza. Es así como Pedro da testimonio ante el pueblo: les dice la verdad (“lo matasteis”), pero lo hace con indulgencia (“lo hicisteis por ignorancia”). Porque también aquí el perdón juega un papel esencial: Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar, no a acusar, sino a anunciar “la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén”. Y nosotros, que nos reunimos con perseverancia, hemos ido entendiendo las Escrituras, hemos comido con Él y, de esta manera, lo hemos visto; nosotros, nos dice Jesús, somos testigos de esto.

Desde San Petersburgo (Rusia)
José María Vegas, cmf.
Sacerdote claretiano y filósofo