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Carta semanal del cardenal arzobispo de Madrid: «¿Qué debemos aprender?»

No puede haber ni política ni Evangelio sin ética y estética en todos los campos. El ser humano necesita que le demos sentido de libertad y dignidad, de responsabilidad y de misión.

Vais a permitirme que entre por unos instantes en vuestro corazón para deciros sin miedo y sin disimulos que nunca podremos edificar la fe en Cristo, ni podremos construir una sociedad democrática sana, con actitudes que provoquen violencias, generen egoísmos y descartes de todo tipo, o que vacíen o inhiban los mejores impulsos del ser humano. Provoquemos ver el mundo en sus dimensiones reales, anunciemos a Jesucristo con valentía y con la seguridad de que es lo mejor que podemos hacer por los hombres. Escuchemos a todos, también a los diferentes; leamos otros libros y cantemos otros cantos; encontremos al Dios verdadero que se nos ha mostrado en la persona de Jesucristo. Al leer el Evangelio, ¿qué engendran las palabras del Señor en nuestro corazón? Los sueños más bellos y las realidades más profundas nos han sido dadas precisamente por hombres y mujeres que escucharon y pusieron por obra el Evangelio, que nada tiene que ver con los dioses del mercado o los que nos ofrece la propaganda.

Quiero deciros sin grandes discursos, pero con seriedad, serenidad y firmeza, algo de lo que estoy convencido, pero que además la historia de la humanidad avala. No puede haber ni política ni Evangelio sin ética y estética en todos los campos. ¿Por qué os digo esto? Entre otras cosas, porque el ser humano necesita que le demos sentido de libertad y dignidad, de responsabilidad y de misión. Un pueblo al que no se le ofrece esto, está siendo maltratado y se le está robando lo más propio del hombres: su dignidad y por supuesto su esperanza. Entreguemos la libertad de los hijos de Dios, la dignidad que Dios mismo le dio, somos su imagen; la responsabilidad con que Dios lo puso en el mundo para que cuidara toda la creación y la misión que le encomendó de dar noticia de Él a todos los hombres.

Por todo lo anterior, en el mundo que vivimos, el ser humano necesita volver a descubrir el gozo de trabajar por un ideal realista. Tenemos que tener el atrevimiento de invitar a todos los hombres a salir de sí y vivir para alguien y para algo. Hemos de provocar que todo ser humano tenga la valentía de romper con su soledad y con su egoísmo. Digamos en voz alta a todo hombre: sal de ti mismo, vive para algo y para alguien, rompe tu soledad enferma, liquida de tu vida ese egoísmo que te cierra y te hace olvidar a los otros y todas las situaciones indignas y deshumanizadoras en las que viven. Quizá el ser humano no se da cuenta de esa situación de marginación que llega a su vida cuando olvida a Dios, cuando es incapaz de romper con el cerco que le rodea y lo encapsula.

¡Qué fuerza transformadora tiene en el ser humano darse cuenta de su identidad, de las diferencias con otros, de su enriquecimiento con el otro! Precisamente por las diferencias que no enfrentan, sino que complementan y enriquecen. Hay que enseñar a vivir la osadía de la solidaridad y del compartir entre todos los hombres en sus diferencias, desenmascarando ideologías que coartan lo mejor del hombre y nos dejan sin criterios y con la incapacidad de pensar en los demás por ser otro sin más, por ser hijo de Dios y hermano mío. Miremos la humanidad como Dios mismo la mira: somos su gran familia. Somos la familia de Dios.

Como discípulos de Cristo y discípulos misioneros, os propongo tres grandes tareas para este momento histórico y de cara al futuro:

1-. Saber vivir y diferenciar entre Iglesia y sociedad. Hemos de ser conscientes de que en la sociedad se nace y a la Iglesia se pertenece por un acto explícito de integración. Pertenecemos a la Iglesia, lo hacemos y manifestamos en la confesión de fe y en el Bautismo. Los cristianos asumimos una concepción de vida y de conducta, de adoración a Dios, de reconocimiento de la dignidad de todo ser humano. Ello nos ha de llevar a vivir con realidades sociales y políticas nuevas, a no vivir en distancia sino en cercanía con los centros de pensamiento, universidades, centros de investigación, cercanos y comprometidos con la creatividad científica, literaria y artística. Hay que hacer todo lo posible por hacer presente la fe en los creadores de opinión y de pensamiento.

2-. Creer en la fecundidad eclesial y pastoral del quehacer teológico. Hay que asumir el compromiso de invertir en centros que sean generadores de vitalidad, lo cual requiere que invirtamos como Iglesia en instituciones que, con sosiego, miren y cultiven la reflexión teológico-pastoral. Un quehacer que ha de hacerse escuchando a Dios a través de su Palabra y escuchando también los gritos del pueblo. Muchos de los grandes problemas en la evangelización surgen hoy de la pobreza de esta reflexión que tiene que tener esas dos columnas.

3-. Vivir con pasión la acción misionera. Aunque son muchos los compromisos que a la Iglesia le crean responsabilidad, sin embargo, es preciso llamar la atención en algo que tiene que estar muy claro en primer lugar: el deber de todos sus miembros de anunciar el nombre de Dios con la palabra y con los hechos. Avivar en nuestra sociedad la presencia de los cristianos y la urgencia de hacer ver la identidad del cristianismo y el valor objetivo de lo religioso para la vida humana, lo sanativo que es vivir la fe con pasión y las actitudes evangélicas, es un compromiso. Hagamos sentir el Evangelio como un tesoro al que no se debe renunciar porque enriquece y embellece la vida humana.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro
Arzobispo de Madrid

(Foto: Cathopic)

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