ARZOBISPADO MADRID, IGLESIA EN MADRID

Carta semanal del arzobispo de Madrid, Carlos Osoro: «Una hacienda de la esperanza en la pandemia»

Hay hechos que nunca se olvidan, como me ocurre a mí con san Francisco de Asís. Siempre me he sentido sorprendido ante este santo. ¡Qué belleza tenía su saludo, cuando reconocía la bondad y la dulzura única de Dios Creador, observando la belleza y la fuerza que están contenidas en todas las criaturas y que de alguna manera son un espejo del Creador! Con su expresión «alabado seas mi Señor por todas tus criaturas», quiero, con todos los que leáis esta carta, alabar a Dios por la belleza de la Iglesia. A pesar de los errores que podemos cometer sus miembros, a pesar de las incoherencias de nuestras vidas, hay muchos que, siguiendo las huellas del Señor, engrandecen la obra de Cristo, su Iglesia.

Su grandeza está en que es obra del Señor. Es buena y santa, acerca y regala a todos los hombres esa presencia de lo divino que es el mismo Dios entre nosotros a través de lo más humano. He estado estos meses de la pandemia reuniéndome con laicos, religiosos, sacerdotes y consagrados de vida activa y contemplativa, hombres y mujeres que trabajan en la universidad, en los medios de comunicación, en las tareas corrientes de la vida, con las familias, con los jóvenes, con un grupo de médicos y farmacéuticos cristianos hace unos días… Y después de estos encuentros no puedo más que agradecer que la Iglesia sea una hacienda de la esperanza.

En medio de este mundo, tan lleno de cosas y también tan lleno de contradicciones, he encontrado una vez más que en esta tierra hay una hacienda de la esperanza que es la Iglesia de Jesucristo. Lo grandioso de esta hacienda de la esperanza es lo que ha puesto Jesucristo, que lo pone todo; lo pequeño e incoherente muy a menudo somos muchos de nosotros, aunque también hay verdaderos testigos de la fuerza del Evangelio. Esta hacienda es la manifestación del gesto de amor de Nuestro Señor Jesucristo a los hombres. Resuena en todos los lugares, en las ciudades, en los pueblos, en las colinas y en los valles, en todas las latitudes de la tierra. Porque la Iglesia hace verdad lo que nos dice el salmo 18: «Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje» (Sal 18, 4-5). Y lo hace por coherencia con el mandato del Señor: «Id al mundo y anunciad el Evangelio».

¡Qué maravilla! Donde la sociedad no ve futuro, donde la esperanza se derrumba, los cristianos, los discípulos de Cristo están llamados a anunciar la fuerza de la Resurrección y lo tienen que hacer precisamente desde esta hacienda de la esperanza. ¿Os imagináis lo grande que podemos hacer esta tierra? ¿Os imagináis lo que podemos hacer en este tiempo de la pandemia? Mirad, ved, escuchad, acompañad a tantas personas, jóvenes, adultos, ancianos, parados, enfermos, inmigrantes, personas no reconocidas en su dignidad desde el inicio de su vida hasta su término, con problemas de drogas y alcohol, dependientes de sustancias químicas, en una sociedad consumista que a menudo se aleja de Dios, a tantos que se quedaron sin trabajo, sin casa… Ahí, en medio de todos los hombres, de todas sus situaciones, qué fuerza tiene la Iglesia. Es una hacienda para todos los hombres, construida por creyentes y abierta a no creyentes, hombres y mujeres de todas las edades. Al verla todos han de preguntarse: «¿Por qué hacéis esto?».

Desde esta hacienda de la esperanza, os invito a mirar a Dios mismo. Al mismo Dios que contempló todo lo que había hecho y vio que estaba muy bien (Gn 1, 31). ¿Por qué lo estropeamos los hombres? Tenemos que salir a la vida, a esta historia como el Hombre Nuevo, Jesucristo, para devolver el rostro verdadero a todo lo creado, al hombre y a todas las criaturas. Y la Iglesia tiene esta misión: llevar de la mano a todos los hombres hasta Jesucristo. Tiene que llevarlos a contemplar al Hombre Nuevo y entregarles los medios necesarios para que sigan sus pasos, haciendo verdad aquel mandato que Él nos dio: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado».

La Iglesia anuncia a los hombres que, cuando el pecado entró en el mundo y con él la muerte, la criatura amada por Dios, a pesar de estar herida, no perdió totalmente su belleza; al contrario, recibió un Amor mayor. Recibió a Cristo Resucitado, que cura todas las heridas del hombre y salva a los hijos de Dios, salva a la humanidad de la muerte. ¿No veis cómo la Iglesia es la hacienda de la esperanza? ¿Qué entrega la Iglesia sino a Jesucristo? ¿De qué amor vive la Iglesia y qué amor regala si no es el de Jesucristo?

En esta hacienda de la esperanza se unen las oraciones de los creyentes, de todos los discípulos de Cristo, de la Iglesia que camina aquí en España. Se une la oración a su vida de compromiso y de amor por todos, de tal manera que realiza un trabajo de sanación de esta sociedad, de terapia verdadera para eliminar las prisiones y romper las cadenas que esclavizan, restaurando la belleza que encanta y maravilla a Dios y hace felices a los hombres. Es necesario edificar, construir la esperanza, tejiendo el entramado de una sociedad que, al extender los hilos de la vida, pierde el verdadero sentido de la esperanza. Y todo ello haciendo experimentar a los hombres el amor de Dios. En estos momentos que viven los hombres estamos llamados con urgencia a dar esperanza al estilo y a la manera de Jesucristo.

Con gran afecto y mi bendición,

+Carlos, Cardenal Osoro
Arzobispo de Madrid

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