Migrantes y pobres, doble desafío de la pastoral urbana

Francisco ha recibido en audiencia esta mañana, en la Sala del Consistorio del Palacio Apostólico, a los participantes de la segunda fase del Congreso Internacional de la Pastoral de las Grandes Ciudades, que se celebró en Barcelona (España) del 24 al 26 de noviembre. El Santo Padre ha aprovechado la ocasión para profundizar sobre cuatro desafíos y posibles horizontes de la pastoral urbana, ''los lugares desde donde Dios nos está llamando -ha dicho-… y los aspectos a los cuales creo que debemos prestar especial atención ''.

En primer lugar ha mencionado la necesidad de ''implementar un cambio en la mentalidad pastoral'' ya que según el Pontífice, ya no estamos en la época de la cristiandad en la que la Iglesia era el único referente de la cultura, y como autentica maestra, sentía la responsabilidad de delinear y de imponer no sólo las formas culturales sino también los valores. ''Hoy ya no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados. Por tanto, necesitamos un cambio de mentalidad pastoral, pero no de una ''pastoral relativista'', que para estar presente en la ''cocina cultural'' pierde el horizonte evangélico, dejando al hombre abandonado a sí mismo y emancipado de la mano de Dios. ¡No, esto no!. Este es el camino relativista, el más cómodo. ¡Esto no puede llamarse pastoral! Quien hace esto no tiene ningún interés real en el hombre, sino que lo deja a merced de dos peligros igualmente graves: le ocultan a Jesús, y la verdad sobre la persona. Es un camino que lleva al ser humano a la soledad de la muerte''. Por eso ''es necesario el valor de conducir una pastoral evangelizadora audaz y sin miedos, por que el hombre, la mujer, las familias y los diferente grupos que habitan la ciudad lo esperan de nosotros, y necesitan en sus vidas, la Buena Nueva que es Jesús y su Evangelio''.

Como segundo desafío ha destacado ''el diálogo con la multiculturalidad'' y la necesidad de un diálogo pastoral sin relativismo, que no negocia la propia identidad cristiana, pero que quiere llegar al corazón de los demás, incluso de aquellos que son diferentes a nosotros, y sembrar allí el Evangelio. ''Necesitamos una actitud contemplativa, que sin rechazar la contribución de las diversas ciencias para aprender sobre el fenómeno urbano trata de descubrir el fundamento de las culturas, que en su núcleo más profundo están siempre abiertas y sedientas de Dios''. Para superar este reto, Francisco ha señalado que será de gran ayuda conocer los imaginarios y las ciudades invisibles, es decir, los grupos y/o territorios humanos que se identifican en sus símbolos, lenguajes, rituales y formas de hablar de la vida.

''La religiosidad del pueblo'', ha sido el tercer punto a tratar. ''En ella tenemos que apurar el auténtico sustrato religioso, que en muchos casos es cristiano y católico -ha proseguido reconociendo que en cada continente es diferente-. No debemos negar ni despreciar esta experiencia de Dios que, aunque a veces dispersa o mezclada, pide ser descubierta y no construida. Allí se encuentran las semillas de la Palabra sembradas por el Espíritu del Señor''. El Papa ha recordado a todos los migrantes y pobres que llenan las ciudades, ''peregrinos de la vida -les ha llamado- en busca de salvación'', que constituyen un doble desafío: Ser hospitalarios con ellos, cosa que la ciudad en general no es, sino que los aparta, y aumentar su fe. El tema de ''los pobres urbanos'', ha sido el cuarto aspecto con el que el Santo Padre ha concluido su reflexión. Pobres, excluidos, y descartados. ''La Iglesia no puede ignorar su grito, ni entrar en el juego de los sistemas injustos, mezquinos e interesados que tratan de hacerlos invisibles''.

Dos han sido las propuestas de Francisco ante estos cuatro desafíos: Salir para encontrar a Dios que vive en la ciudad y en los pobres, facilitando a la gente el encuentro con el Señor, y trabajar por una Iglesia samaritana, ''con un testimonio concreto de misericordia y dulzura presente en las periferias existenciales y pobres, actuando directamente sobre el imaginario social. Orientando y ofreciendo sentido a la vida de la ciudad''.

 

Indulgencias por el Año de la Vida Consagrada

El Santo Padre, con ocasión del Año de la Vida Consagrada, concederá indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Santo Padre) a todos los miembros de las instituciones vida consagrada y a los demás fieles verdaderamente arrepentidos y movidos por un espíritu de caridad, a partir del primer domingo de Adviento de este año hasta el 2 de febrero 2016, día de clausura del Año de la vida consagrada. La indulgencia puede aplicarse también como sufragio por las almas del Purgatorio.

 

La indulgencia se obtendrá:

En Roma, cada vez que participen en las reuniones y celebraciones internacionales establecidas en el calendario de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, y por un período de tiempo apropiado mediten con piedad, concluyendo con Padre nuestro, la Profesión de fe en cualquier forma legítima aprobada e invocaciones a la Virgen María.

 

En todas las Iglesias particulares, cada vez que en los días diocesanos dedicados a la vida consagrada y en las celebraciones diocesanas organizadas para el Año de la Vida Consagrada, visiten la catedral u otro lugar sagrado designado con el consentimiento del Ordinario del lugar, o una iglesia conventual o el oratorio desde un monasterio de clausura y recen públicamente allí la Liturgia de las Horas, o un período de tiempo apropiado meditarán con piedad concluyendo con Padre nuestro, la Profesión de fe en cualquier forma legítima aprobada e invocaciones a la Virgen María.

 

Los miembros de los Institutos de vida consagrada que, por enfermedad u otra causa grave no puedan visitar los lugares sagrados, podrán obtener la indulgencia plenaria si, con total desapego de cualquier pecado y con la intención de poder cumplir tan pronto como sea posible las tres condiciones habituales, efectuen la visita espiritual con profundo deseo y ofrezcan las enfermedades y molestias de su vida a Dios misericordioso a través de María misericordioso, añadiendo las oraciones más arriba indicadas.

 

Para facilitar el conseguimiento de la gracia divina por medio de la caridad pastoral, la Penitenciaría Apostólica, -que firma el decreto de indulgencia- pide a los canónigos, los miembros del capítulo, los sacerdotes de los Institutos de Vida Consagrada y a todos los que tienen la facultades de escuchar las confesiones que administren con frecuencia el sacramento de la Penitencia y la Sagrada Comunión a los enfermos.

La Iglesia en camino hacia el Reino de los cielos

El Santo Padre ha dedicado la catequesis de la Audiencia General del 26 de noviembre a una ''verdad fundamental que el Concilio Vaticano II tenía muy presente y que no hay que olvidar nunca: la Iglesia no es una realidad estática, quieta, un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los Cielos, del que la Iglesia en la tierra es la semilla y el inicio''. ''Cuando nos dirigimos hacia este horizonte -ha dicho el Papa- nos damos cuenta que nuestra imaginación se para, descubriéndose capaz de intuir el esplendor del misterio que sobrepasa nuestros sentidos. Y surgen en nosotros algunas preguntas espontáneas: ¿cuándo sucederá este paso final? ¿Cómo será la nueva dimensión en la que entrará la Iglesia? ¿Qué será entonces de la humanidad? ¿Y de la creación que la rodea?''. Preguntas que no son nuevas ya que los discípulos de Jesús se las planteaban en su momento.

Francisco ha explicado que ante estos interrogantes, la Constitución conciliar Gaudium et spes afirma que ''ignoramos el momento en el que la tierra y la humanidad llegará a su fin y no sabemos de qué manera se transformará el universo. Claramente, el aspecto de este mundo, deformado por el pecado, pasa. En cambio, sabemos por la Revelación, que Dios prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya felicidad saciará abundantemente todos los anhelos de paz que surgen en el corazón de los hombres… Estaremos -ha añadido Francisco- completamente llenos de la alegría, la paz y el amor de Dios, sin ningún límite, cara a cara con Él''.

De esta manera, el Pontífice ha destacado que es bello percibir la continuidad y la comunión que hay entre la Iglesia que está en el cielo y la que aún está en camino sobre la tierra sin olvidar que estamos siempre invitados a ofrecer buenas obras, oraciones y la misma Eucaristía para aliviar el sufrimiento de las almas que todavía están esperando la felicidad sin fin, ya que en la perspectiva cristiana, la distinción no es entre los que ya están muertos y los que aun no lo están, sino entre los que están en Cristo y los que no. Un factor que el Papa ha caracterizado de ''realmente decisivo para nuestra salvación y para nuestra felicidad''.

''Al mismo tiempo, -ha continuado- la Sagrada Escritura nos enseña que el cumplimiento de este maravilloso diseño no puede no afectar a todo lo que nos rodea, y que ha nacido del pensamiento y el corazón de Dios… Lo que se prevé, como el cumplimiento de una transformación que en realidad está ya actuando tras la muerte y resurrección de Cristo, es por lo tanto una nueva creación, no una aniquilación del universo y de todo lo que nos rodea, sino un llevar todo a su plenitud del ser, de verdad, y de belleza. Este es el plan que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, desde siempre quiere realizar y está realizando'. Así, -ha finalizado- cuando pensamos en esta estupenda realidad que nos espera, nos damos cuenta de cuanto sea maravilloso el don de pertenecer a la Iglesia que lleva inscrita una vocación altísima''.

 

 

Francisco y el Patriarca Bartolomé I: »Exhortamos a todos los líderes a proseguir el diálogo interreligioso»

Ciudad del Vaticano, 30 noviembre 2014 (VIS).-Después de la Divina Liturgia el Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé I se asomaron al balcón del Patriarcado Ecuménico y bendijeron a los fieles reunidos en la calle. Francisco impartió la bendición en latín y Bartolomé I en griego. A continuación subieron al Salón del Trono donde firmaron y leyeron la siguiente Declaración común:

Francisco y Bartolomé

''Nosotros, el Papa Francisco y el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, expresamos nuestra profunda gratitud a Dios por el don de este nuevo encuentro que, en presencia de los miembros del Santo Sínodo, del clero y de los fieles del Patriarcado Ecuménico, nos permite celebrar juntos la fiesta de san Andrés, el primer llamado y hermano del Apóstol Pedro. Nuestro recuerdo de los Apóstoles, que proclamaron la buena nueva del Evangelio al mundo mediante su predicación y el testimonio del martirio, refuerza en nosotros el deseo de seguir caminando juntos, con el fin de superar, en el amor y en la verdad, los obstáculos que nos dividen.

Durante nuestro encuentro en Jerusalén del mayo pasado, en el que recordamos el histórico abrazo de nuestros venerados predecesores, el Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras, firmamos una declaración conjunta. Hoy, en la feliz ocasión de este nuevo encuentro fraterno, deseamos reafirmar juntos nuestras comunes intenciones y preocupaciones.

Expresamos nuestra resolución sincera y firme, en obediencia a la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, de intensificar nuestros esfuerzos para promover la plena unidad de todos los cristianos, y sobre todo entre católicos y ortodoxos. Además, queremos apoyar el diálogo teológico promovido por la Comisión Mixta Internacional que, instituida hace exactamente treinta y cinco años por el Patriarca Ecuménico Dimitrios y el Papa Juan Pablo II aquí, en el Fanar, está actualmente tratando las cuestiones más difíciles que han marcado la historia de nuestra división, y que requieren un estudio cuidadoso y detallado. Para ello, aseguramos nuestra ferviente oración como Pastores de la Iglesia, pidiendo a nuestros fieles que se unan a nosotros en la común invocación de que ''todos sean uno,… para que el mundo crea''.

Expresamos nuestra preocupación común por la situación actual en Irak, Siria y todo el Medio Oriente. Estamos unidos en el deseo de paz y estabilidad, y en la voluntad de promover la resolución de los conflictos mediante el diálogo y la reconciliación. Si bien reconocemos los esfuerzos realizados para ofrecer ayuda a la región, hacemos al mismo tiempo un llamamiento a todos los que tienen responsabilidad en el destino de los pueblos para que intensifiquen su compromiso con las comunidades que sufren, y puedan, incluidas las cristianas, permanecer en su tierra nativa. No podemos resignarnos a un Medio Oriente sin cristianos, que han profesado allí el nombre de Jesús durante dos mil años. Muchos de nuestros hermanos y hermanas están siendo perseguidos y se han visto forzados con violencia a dejar sus hogares. Parece que se haya perdido hasta el valor de la vida humana, y que la persona humana ya no tenga importancia y pueda ser sacrificada a otros intereses. Y, por desgracia, todo esto acaece por la indiferencia de muchos. Como nos recuerda san Pablo: ''Si un miembro sufre, todos sufren con él; si un miembro es honrado, todos se alegran con él''. Esta es la ley de la vida cristiana, y en este sentido podemos decir que también hay un ecumenismo del sufrimiento. Así como la sangre de los mártires ha sido siempre la semilla de la fuerza y la fecundidad de la Iglesia, así también el compartir los sufrimientos cotidianos puede ser un instrumento eficaz para la unidad. La terrible situación de los cristianos y de todos los que están sufriendo en el Medio Oriente, no sólo requiere nuestra oración constante, sino también una respuesta adecuada por parte de la comunidad internacional.

Los retos que afronta el mundo en la situación actual, necesitan la solidaridad de todas las personas de buena voluntad, por lo que también reconocemos la importancia de promover un diálogo constructivo con el Islam, basado en el respeto mutuo y la amistad. Inspirado por valores comunes y fortalecido por auténticos sentimientos fraternos, musulmanes y cristianos están llamados a trabajar juntos por el amor a la justicia, la paz y el respeto de la dignidad y los derechos de todas las personas, especialmente en aquellas regiones en las que un tiempo vivieron durante siglos en convivencia pacífica, y ahora sufren juntos trágicamente por los horrores de la guerra. Además, como líderes cristianos, exhortamos a todos los líderes religiosos a proseguir y reforzar el diálogo interreligioso y de hacer todo lo posible para construir una cultura de paz y la solidaridad entre las personas y entre los pueblos. También recordamos a todas las personas que experimentan el sufrimiento de la guerra. En particular, oramos por la paz en Ucrania, un país con una antigua tradición cristiana, y hacemos un llamamiento a todas las partes implicadas a que continúen el camino del diálogo y del respeto al derecho internacional, con el fin de poner fin al conflicto y permitir a todos los ucranianos vivir en armonía.

Tenemos presentes a todos los fieles de nuestras Iglesias en el todo el mundo, a los que saludamos, encomendándoles a Cristo, nuestro Salvador, para que sean testigos incansables del amor de Dios. Elevamos nuestra ferviente oración para que el Señor conceda el don de la paz en el amor y la unidad a toda la familia humana.

''Que el mismo Señor de la paz os conceda la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos vosotros''.

 

 

Redescubre el sentido de la Navidad con la Conspiración de Adviento

Los jóvenes de la diócesis de Madrid proponen un nuevo camino para redescubrir la Navidad con la cuarta campaña de la Conspiración de Adviento, una iniciativa que se asienta en la solidaridad y en el consumo responsable, y que se desarrollará hasta el 25 de diciembre.

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La Conspiración de Adviento es una campaña de concienciación social que nació por una razón: redescubrir el verdadero sentido de la Navidad. Observamos que la sociedad, durante estas fechas, se siente agobiada por la cantidad de regalos que tiene que hacer, las múltiples cenas de empresa, el “espíritu navideño” obligatorio, perdiendo de este modo la perspectiva de lo que estamos celebrando en estas fechas, el nacimiento del niño Jesús. La Conspiración, mediante su página web www.conspiraciondeadviento.org, quiere mostrar el camino para redescubrir el verdadero sentido del Adviento y la Navidad, que lleva a regalar con amor, desde un consumo responsable; a ser solidarios con quienes más lo necesitan y a recuperar el significado cristiano de los símbolos navideños.

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Este año darán voz a la conspiración los pajes de sus Majestades los Reyes, los mayores expertos en el tema del regalo, quienes presentarán carteles, citas y vídeos nutridos de mensajes navideños y de propuestas para colaborar con otras organizaciones para poder ser también  nosotros “pajes” en el Oriente natal de los Magos, ayudando a los cristianos perseguidos de Irak.

El equipo de la Conspiración de Adviento

 

 Esta es una acción promovida por la Delegación E. de Infancia y Juventud

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Gabinete de comunicación de la Conspiración de Adviento 
Directora de Conspiración de Adviento: Teresa Domínguez 618 89 15 70
conspira@conspiraciondeadviento.org 
Jefa de Medios de comunicación: Eva Rodrigo 609 33 44 79
comunicacion@conspiraciondeadviento.org

 www.conspiraciondeadviento.org

 

Un nuevo libro:”Amar la vida y compartirla”

“Amar la vida y compartirla” 
Autora: Lucía Caram 

Editorial: now Books

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En este libro, Sor Lucía Caram deja aflorar palabras, poemas y reflexiones propias y de personas sabias que le han influido a lo largo de los años. Palabras llenas de sabiduría y experiencia para abrevar nuestra sed en el camino, para activarnos desde dentro y así poder construir un mundo más justo, fraterno y solidario, un mundo en el que todos podamos tener una vida feliz, en el que nos digamos y, de verdad seamos, hermanos los unos de los otros. 

Su objetivo es que estos pensamientos ayuden a conjugar aquello que llamamos felicidad con aquello que teje lo mejor de nuestra vida: el compromiso, la pasión por la justicia, el deseo de ser buenos y hacer el bien, la necesidad imperiosa de hacer de nuestro mundo y del planeta un tiempo y un espacio para la realización de nuestras vidas en el amor.

«Me doy por satisfecha si estos pensamientos nos ayudan a conjugar eso que llamamos felicidad con aquello que teje lo mejor de nuestra vida: el compromiso, la pasión por la justicia, el deseo de ser buenos y hacer el bien, la necesidad imperiosa de hacer de nuestro mundo y del planeta un tiempo y un espacio para la realización de nuestras vidas en el amor.»

Sor Lucía Caram

Sor Lucía Caram

Sor Lucía Caram es una monja dominica contemplativa nacida en Argentina, que compagina su vida claustral de oración, estudio y vida en comunidad con la actividad de ayudar a los más necesitados mediante alguno de los grupos y proyectos que ha promovido como el Grupo de diálogo interreligioso de Manresa, el proyecto MOSAICO de salud mental y la Fundación Rosa Oriol.

 

El Arzobispo de Madrid: Ser Iglesia misionera en la gran ciudad

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Una gran misión tiene la Iglesia en medio de la ciudad: acentuar el primado de Dios, renovar los vínculos entre los que viven en ella, haciendo posible que realicen esa versión nueva de vivir, de pasar de “ser islas” o desconocidos a ser “imágenes de Dios” que, por tanto, al vivir con el amor mismo de Dios, no pueden prescindir de nadie que esté viviendo junto a ellos, sino que son capaces de crear un “ethos urbano” que provoque en todos los que la habitan pasar de ser “desconocidos” a ser “hermanos”. Y ello les da una capacidad creativa, de búsqueda y de realizaciones en medio de la ciudad, en todos los lugares donde la comunidad cristiana se reúne, de buscar “lugares de encuentro” donde todos son reconocidos y tratados en la dignidad que todo ser humano tiene y le ha dado como estatuto de existencia en medio del mundo Dios mismo. Habiéndose manifestado y revelado ese estatuto del hombre y de Dios en Jesucristo Nuestro Señor.


El Beato Pablo VI nos decía así: “La Iglesia existe para evangelizar, o sea, para dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo” (EN 26). De ahí que el primado de Dios es esencial manifestarlo, decirlo, proclamarlo. Siempre habrá que proclamar la feliz noticia de que Dios habita entre nosotros y de que esa eterna comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo es de la que tiene que vivir la Iglesia y manifestar a todos los hombres para que sean esa gran familia que tiene un signo que la distingue y que promueve, a quien la hace, a vivir en esa comunión, que tiene un signo, como es la “señal de la Cruz”. Decir “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” y hacer esa señal públicamente en medio de la ciudad no es un gesto más, al contrario, es ese gesto único por el que quien lo hace reconoce que la primacía sobre todas las cosas la tiene Dios, y que el ser humano alcanza la máxima dignidad y la promueve cuando, viviendo esa comunión trinitaria en medio del mundo y junto a los hombres, construye esa “nueva ciudad” de hermanos e hijos de Dios. Ha sido Jesucristo quien nos ha revelado a Dios y nos ha dicho cómo se ha comunicado en la entrega del Hijo encarnado hasta la cruz y en la donación del Espíritu Santo para que participemos en su amor abundante.


¡Qué fuerza tiene para todos los hombres la fe y la adhesión a Nuestro Señor Jesucristo! Él no sólo nos enseña a dar, sino que nos dice algo mucho más importante: hay que darse. Acoger la vida de Nuestro Señor Jesucristo supone entregar una novedad tan grande en medio de esta historia, que en nada se puede comparar. Los cristianos tenemos ya esa novedad por el Bautismo, somos partícipes ya de la vida de Nuestro Señor Jesucristo, hemos sido engendrados de nuevo a la vida de Dios mismo y de la verdadera identidad y verdad del hombre. Por eso, estamos llamados a “suscitar”, “consolidar”, “madurar”, “sanar”, “afianzar”, “promover”, “dar un nuevo estatuto a la historia de los hombres con el humanismo verdadero”. Ser misioneros en medio de la ciudad supone entregarnos a purificar y elevar la dignidad del hombre a la medida que solamente Dios ha dado, de tal manera que la fe y la adhesión a Jesucristo no es una cuestión secundaria o de unos ilusos engañados, es la cuestión más humana que jamás se ha podido presentar.


En la ciudad, hemos de volver a hacer descubrir lo que los primeros cristianos hicieron cuando comenzó la evangelización: su tarea fue entrar en el corazón de aquellos hombres urbanos, hombres y mujeres de su tiempo; unos, paganos y entregados a toda clase de muerte, y otros, haciéndose dioses a su medida, que no daban salvación sino esclavitud, y que anunciaban el deseo de absoluto que estaba en sus corazones. Ellos tenían la realidad de un Dios-Amor que podía quitarles la sed que sentían, devolverles la dignidad humana y llevarles a una comunión con los demás que hiciese posible que quienes se encontraban con ellos recibieran y experimentaran el Amor mismo de Dios, que tenía nombre y rostro, Jesucristo.


No creamos lo que a veces se dice. El Dios que nosotros anunciamos no crea problemas para la paz en el mundo, ni tampoco para que los más pobres recuperen su dignidad, no crea odios, intolerancias o desuniones, no construye convivencia del descarte o de posicionamientos en los que unos tienen más privilegios que otros; al contario: si alguien tiene privilegio es el que más necesita. Por tanto, para construir la “nueva ciudad” no hay que prescindir del Dios que se nos ha revelado en Jesucristo. Prescindir de Él es construir “vieja ciudad”: que es “deshonesta”, donde el culto al dios-poder tiene su vigencia o el culto al dios-dinero que esclaviza y utiliza, donde una imagen deformada de Dios deforma a Dios, al hombre y la convivencia entre nosotros, pues suscita eliminaciones, muertes, irracionalismos, fanatismos y fundamentalismos. El Dios que se nos revela en Jesucristo es aquél de quien Él dijo: “Dios es amor”, y por tanto suscita siempre amor y no odio, reconciliación y perdón, encuentro y no desencuentro, “vencer el mal con el bien” (Rm 12, 21). Pero ¿quién es el Bien? Tiene rostro, lo hemos conocido los hombres, es Jesucristo, que nos dijo: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8).


Los cristianos, para evangelizar la ciudad, hemos de ser atravesados y hemos de atravesar todos los caminos de la vida de todos los hombres con los que nos encontremos. Y lo hemos de hacer con el contenido fundamental de nuestra fe, creído, vivido y manifestado en obras, Jesucristo, al que damos rostro y hacemos posible su encuentro personal con los hombres. Digamos con la fuerza del testimonio: Dios es Amor, se ha manifestado y revelado en Jesucristo muerto por amor a los hombres, Él ha Resucitado dándonos su vida. Todos los areópagos son buenos. Los cristianos hemos de construirlos para establecer un diálogo abierto y una comunicación de hondura con todos los hombres: todo lo que hagamos por tener lugares de encuentro con los hombres que en la gran ciudad andan y viven mucha soledad, es misión de la Iglesia. Pero hoy hay unos que son nuevos y muy importantes, que deseo destacar: los medios de comunicación social, en los que tan bellamente se fijó el Concilio Vaticano II. La Iglesia misionera en la nueva ciudad tiene que emplear sus códigos simbólicos en los que se haga “una oración que hable del hombre a Dios y un anuncio que hable de Dios al hombre”.


 


Con gran afecto y mi bendición:


 


                                               +Carlos, Arzobispo de Madrid       

El Papa en el Parlamento Europeo: Dignidad y trascendencia conceptos claves para el futuro de Europa

El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre la dignidad y la trascendencia porque si no corre el riesgo de perder lentamente su alma y el espíritu humanista que ama y defiende. Este ha sido el mensaje que el Papa Francisco ha legado a los miembros del Parlamento Europeo durante su visita al órgano legislativo de la Unión Europea (UE). en Estrasburgo; la única institución internacional elegida directamente por 508 millones de ciudadanos, compuesta por 751 diputados elegidos en los 28 estados miembros de la UE.

En la sede del Parlamento fue recibido por el presidente Martin Schulz y tras la presentación de las dos delegaciones de los 14 miembros del Bureau del Parlamento y de los 8 presidentes de los grupos políticos de la Asamblea, firmó en el Libro de Oro del Parlamento con esta frase: ''Espero que el Parlamento Europeo sea siempre la sede donde cada miembro colabore para que Europa, consciente de su pasado, mire con confianza al futuro para vivir con esperanza el presente''.

Tras asistir a la Sesión Solemne del Parlamento y escuchar el discurso del presidente Schulz el Papa Francisco se dirigió a la Asamblea recordando que su visita tenía lugar más de un cuarto de siglo después de la del Papa Juan Pablo II y que muchas cosas habían cambiado desde entonces, en Europa y en todo el mundo.

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''No existen -dijo- los bloques contrapuestos que antes dividían el Continente en dos, y se está cumpliendo lentamente el deseo de que ''Europa, dándose soberanamente instituciones libres, pueda un día ampliarse a las dimensiones que le han dado la geografía y aún más la historia. Junto a una Unión Europea más amplia, existe un mundo más complejo y en rápido movimiento. Un mundo cada vez más interconectado y global, y, por eso, siempre menos ''eurocéntrico''. Sin embargo, una Unión más amplia, más influyente, parece ir acompañada de la imagen de una Europa un poco envejecida y reducida, que tiende a sentirse menos protagonista en un contexto que la contempla a menudo con distancia, desconfianza y, tal vez, con sospecha''.

''Al dirigirme hoy a ustedes desde mi vocación de Pastor -prosiguió- deseo enviar a todos los ciudadanos europeos un mensaje de esperanza y de aliento. Un mensaje de esperanza basado en la confianza de que las dificultades puedan convertirse en fuertes promotoras de unidad, para vencer todos los miedos que Europa – junto a todo el mundo – está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida. Un mensaje de aliento para volver a la firme convicción de los Padres fundadores de la Unión Europea, los cuales deseaban un futuro basado en la capacidad de trabajar juntos para superar las divisiones, favoreciendo la paz y la comunión entre todos los pueblos del Continente. En el centro de este ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente''.

El Papa subrayó entonces el estrecho vínculo que existe entre estas dos palabras: ''dignidad'' y ''trascendente''. ''La ''dignidad'' -afirmó- es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación en la segunda postguerra. Nuestra historia reciente se distingue por la indudable centralidad de la promoción de la dignidad humana contra las múltiples violencias y discriminaciones, que no han faltado, tampoco en Europa, a lo largo de los siglos. La percepción de la importancia de los derechos humanos nace precisamente como resultado de un largo camino, hecho también de muchos sufrimientos y sacrificios, que ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible. Esta conciencia cultural encuentra su fundamento no sólo en los eventos históricos, sino, sobre todo, en el pensamiento europeo, caracterizado por un rico encuentro, cuyas múltiples y lejanas fuentes provienen de Grecia y Roma, de los ambientes celtas, germánicos y eslavos, y del cristianismo que los marcó profundamente, dando lugar al concepto de ''persona''.

''Hoy, la promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona, tanto en su seno como en las relaciones con los otros países. Se trata de un compromiso importante y admirable, pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad, y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos''.

Y promover la dignidad de la persona significa ''reconocer que posee derechos inalienables, de los cuales no puede ser privada arbitrariamente por nadie y, menos aún, en beneficio de intereses económicos'' porque ''es necesario prestar atención para no caer en algunos errores que pueden nacer de una mala comprensión de los derechos humanos y de un paradójico mal uso de los mismos. Existe hoy, en efecto, la tendencia hacia una reivindicación siempre más amplia de los derechos individuales, estoy tentado de decir individualistas, que esconde una concepción de persona humana desligada de todo contexto social y antropológico, Parece que el concepto de derecho ya no se asocia al de deber, igualmente esencial y complementario, de modo que se afirman los derechos del individuo sin tener en cuenta que cada ser humano está unido a un contexto social, en el cual sus derechos y deberes están conectados a los de los demás y al bien común de la sociedad misma''.

''Considero por esto -recalcó el Pontífice- que es vital profundizar hoy en una cultura de los derechos humanos que pueda unir sabiamente la dimensión individual, o mejor, personal, con la del bien común, con ese ''todos nosotros'' formado por individuos, familias y grupos intermedios que se unen en comunidad social…Así, hablar de la dignidad trascendente del hombre, significa apelarse a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa ''brújula'' inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado; significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional. Una de las enfermedades que veo más extendidas hoy en Europa es la soledad, propia de quien no tiene lazo alguno. Se ve particularmente en los ancianos, a menudo abandonados a su destino, como también en los jóvenes sin puntos de referencia y de oportunidades para el futuro; se ve igualmente en los numerosos pobres que pueblan nuestras ciudades y en los ojos perdidos de los inmigrantes que han venido aquí en busca de un futuro mejor''.

Esta soledad ''se ha agudizado por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, en el curso de los últimos años, junto al proceso de ampliación de la Unión Europea, ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio y de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones. A eso se asocian algunos estilos de vida un tanto egoístas, caracterizados por una opulencia insostenible y a menudo indiferente respecto al mundo circunstante, y sobre todo a los más pobres. Se constata amargamente el predominio de las cuestiones técnicas y económicas en el centro del debate político, en detrimento de una orientación antropológica auténtica. El ser humano corre el riesgo de ser reducido a un mero engranaje de un mecanismo que lo trata como un simple bien de consumo para ser utilizado, de modo que – lamentablemente lo percibimos a menudo –, cuando la vida ya no sirve a dicho mecanismo se la descarta sin tantos reparos, como en el caso de los enfermos, de los enfermos terminales, de los ancianos abandonados y sin atenciones, o de los niños asesinados antes de nacer. Este es el gran equívoco que se produce ''cuando prevalece la absolutización de la técnica'', que termina por causar ''una confusión entre los fines y los medios. Es el resultado inevitable de la ''cultura del descarte'' y del ''consumismo exasperado''.

Francisco recordó a los parlamentarios que estaban llamados también a una gran misión, aunque pudiera parecer inútil: Preocuparse de la fragilidad de los pueblos y de las personas : 'Cuidar de la fragilidad de las personas y de los pueblos -explicó- significa proteger la memoria y la esperanza; significa hacerse cargo del presente en su situación más marginal y angustiosa y ser capaz de dotarlo de dignidad. Por lo tanto, ¿cómo devolver la esperanza al futuro, de manera que, partiendo de las jóvenes generaciones, se encuentre la confianza para perseguir el gran ideal de una Europa unida y en paz, creativa y emprendedora, respetuosa de los derechos y consciente de los propios deberes?''.

Para responder a esta pregunta el Papa recurrió al fresco de la Escuela de Atenas de Rafael que se encuentra en el Vaticano: ''En el centro – dijo- están Platón y Aristóteles. El primero con el dedo apunta hacia lo alto, hacia el mundo de las ideas, podríamos decir hacia el cielo; el segundo tiende la mano hacia delante, hacia el observador, hacia la tierra, la realidad concreta. Me parece una imagen que describe bien a Europa en su historia, hecha de un permanente encuentro entre el cielo y la tierra, donde el cielo indica la apertura a lo trascendente, a Dios, que ha caracterizado desde siempre al hombre europeo, y la tierra representa su capacidad práctica y concreta de afrontar las situaciones y los problemas. El futuro de Europa depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel ''espíritu humanista'' que, sin embargo, ama y defiende… En este sentido, considero fundamental no sólo el patrimonio que el cristianismo ha dejado en el pasado para la formación cultural del continente, sino, sobre todo, la contribución que pretende dar hoy y en el futuro para su crecimiento. Dicha contribución no constituye un peligro para la laicidad de los Estados y para la independencia de las instituciones de la Unión, sino que es un enriquecimiento. Nos lo indican los ideales que la han formado desde el principio, como son: la paz, la subsidiariedad, la solidaridad recíproca y un humanismo centrado sobre el respeto de la dignidad de la persona''.

A continuación Francisco renovó la disponibilidad de la Santa Sede y de la Iglesia Católica, a través de la Comisión de las Conferencias Episcopales Europeas (COMECE), para mantener ''un diálogo provechoso, abierto y trasparente con las instituciones de la Unión Europea. Estoy igualmente convencido de que una Europa capaz de apreciar las propias raíces religiosas, sabiendo aprovechar su riqueza y potencialidad, puede ser también más fácilmente inmune a tantos extremismos que se expanden en el mundo actual, también por el gran vacío en el ámbito de los ideales, como lo vemos en el así llamado Occidente, porque ''es precisamente este olvido de Dios, en lugar de su glorificación, lo que engendra la violencia''.A este respecto, no podemos olvidar aquí las numerosas injusticias y persecuciones que sufren cotidianamente las minorías religiosas, y particularmente cristianas, en diversas partes del mundo. Comunidades y personas que son objeto de crueles violencias: expulsadas de sus propias casas y patrias; vendidas como esclavas; asesinadas, decapitadas, crucificadas y quemadas vivas, bajo el vergonzoso y cómplice silencio de tantos''.

''El lema de la Unión Europea es Unidad en la diversidad, pero la unidad no significa uniformidad política, económica, cultural, o de pensamiento…. En este sentido, considero que Europa es una familia de pueblos, que podrán sentir cercanas las instituciones de la Unión si estas saben conjugar sabiamente el anhelado ideal de la unidad, con la diversidad propia de cada uno, valorando todas las tradiciones; tomando conciencia de su historia y de sus raíces; liberándose de tantas manipulaciones y fobias. Por otra parte, las peculiaridades de cada uno constituyen una auténtica riqueza en la medida en que se ponen al servicio de todos. En esta dinámica de unidad-particularidad, se les plantea también, Señores y Señoras Eurodiputados, la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia de los pueblos de Europa. No se nos oculta que una concepción uniformadora de la globalidad daña la vitalidad del sistema democrático, debilitando el contraste rico, fecundo y constructivo, de las organizaciones y de los partidos políticos entre sí…. Mantener viva la democracia en Europa exige evitar tantas ''maneras globalizantes'' de diluir la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría''.

Mantener viva la realidad de las democracias es ''un reto de este momento histórico, evitando que su fuerza real – fuerza política expresiva de los pueblos – sea desplazada ante las presiones de intereses multinacionales no universales, que las hacen más débiles y las trasforman en sistemas uniformadores de poder financiero al servicio de imperios desconocidos. Este es un reto que hoy la historia nos ofrece. Dar esperanza a Europa no significa sólo reconocer la centralidad de la persona humana, sino que implica también favorecer sus cualidades. Se trata por eso de invertir en ella y en todos los ámbitos en los que sus talentos se forman y dan fruto. El primer ámbito es seguramente el de la educación, a partir de la familia, célula fundamental y elemento precioso de toda sociedad…. Por otra parte, subrayar la importancia de la familia, no sólo ayuda a dar prospectivas y esperanza a las nuevas generaciones, sino también a los numerosos ancianos, muchas veces obligados a vivir en condiciones de soledad y de abandono porque no existe el calor de un hogar familiar capaz de acompañarles y sostenerles.Junto a la familia están las instituciones educativas: las escuelas y universidades y.. ''los jóvenes de hoy piden poder tener una formación adecuada y completa para mirar al futuro con esperanza, y no con desilusión''.

El Pontífice habló también de la defensa del ambiente recordando que Europa ha estado siempre ''en primera línea de un loable compromiso en favor de la ecología… Esto significa, por una parte, que la naturaleza está a nuestra disposición, podemos disfrutarla y hacer buen uso de ella; por otra parte, significa que no somos los dueños. Custodios, pero no dueños. … Respetar el ambiente no significa sólo limitarse a evitar estropearlo, sino también utilizarlo para el bien. Pienso sobre todo en el sector agrícola, llamado a dar sustento y alimento al hombre. No se puede tolerar que millones de personas en el mundo mueran de hambre, mientras toneladas de restos de alimentos se desechan cada día de nuestras mesas. Además, el respeto por la naturaleza nos recuerda que el hombre mismo es parte fundamental de ella. Junto a una ecología ambiental, se necesita una ecología humana, hecha del respeto de la persona''.

El segundo ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana ''es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo. Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos''.

Insistiendo en la necesidad de afrontar juntos la cuestión migratoria, Francisco exclamó: ''¡No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio¡…La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos''

''Ser conscientes de la propia identidad es necesario también para dialogar en modo propositivo con los Estados que han solicitado entrar a formar parte de la Unión en el futuro. Pienso sobre todo en los del área balcánica, para los que el ingreso en la Unión Europea puede responder al ideal de paz en una región que ha sufrido mucho por los conflictos del pasado. Por último, la conciencia de la propia identidad es indispensable en las relaciones con los otros países vecinos, particularmente con aquellos de la cuenca mediterránea, muchos de los cuales sufren a causa de conflictos internos y por la presión del fundamentalismo religioso y del terrorismo internacional''.

''A ustedes, legisladores les corresponde la tarea de custodiar y hacer crecer la identidad europea, de modo que los ciudadanos encuentren de nuevo la confianza en las instituciones de la Unión y en el proyecto de paz y de amistad en el que se fundamentan. … Les exhorto, pues, a trabajar para que Europa redescubra su alma buena. Un autor anónimo del siglo II escribió que ''Los cristianos representan en el mundo lo que el alma al cuerpo''. La función del alma es la de sostener el cuerpo, ser su conciencia y la memoria histórica. Y dos mil años de historia unen a Europa y al cristianismo. Una historia en la que no han faltado conflictos y errores, también pecados pero siempre animada por el deseo de construir para el bien. Lo vemos en la belleza de nuestras ciudades, y más aún, en la de múltiples obras de caridad y de edificación humana común que constelan el Continente. Esta historia, en gran parte, debe ser todavía escrita. Es nuestro presente y también nuestro futuro. Es nuestra identidad. Europa tiene una gran necesidad de redescubrir su rostro para crecer, según el espíritu de sus Padres fundadores, en la paz y en la concordia, porque ella misma no está todavía libre de conflictos''.

''Queridos Eurodiputados -finalizó entre aplausos el Papa -ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables; la Europa que abrace con valentía su pasado, y mire con confianza su futuro para vivir plenamente y con esperanza su presente. Ha llegado el momento de abandonar la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista, transmisora de ciencia, arte, música, valores humanos y también de fe. La Europa que contempla el cielo y persigue ideales; la Europa que mira, defiende y tutela al hombre; la Europa que camina sobre la tierra segura y firme, precioso punto de referencia para toda la humanidad''.

No basta una paz impuesta, debe ser amada, libre y fraterna 
Después, a mediodía, el Santo Padre se ha desplazado hasta la sede del Consejo de Europa donde pronunció un discurso, del cual ofrecemos amplios extractos

Consejo de Europa. Francisco 3

''En la intención de sus Padres fundadores, el Consejo de Europa, que este año celebra su 65 aniversario, respondía a una tendencia ideal hacia la unidad, que ha animado en varias fases la vida del Continente desde la antigüedad. Sin embargo, a lo largo de los siglos, han prevalecido muchas veces las tendencias particularistas, marcadas por reiterados propósitos hegemónicos… El proyecto de los Padres fundadores era reconstruir Europa con un espíritu de servicio mutuo, que aún hoy, en un mundo más proclive a reivindicar que a servir, debe ser la llave maestra de la misión del Consejo de Europa, en favor de la paz, la libertad y la dignidad humana''.

''Por otro lado, el camino privilegiado para la paz – para evitar que se repita lo ocurrido en las dos guerras mundiales del siglo pasado – es reconocer en el otro no un enemigo que combatir, sino un hermano a quien acoger. Es un proceso continuo, que nunca puede darse por logrado plenamente. Esto es precisamente lo que intuyeron los Padres fundadores… Afirmaban de este modo la voluntad de caminar madurando con el tiempo… Por esta razón dieron vida a este Organismo estable. Algunos años más tarde, el beato Pablo VI recordó que ''las mismas instituciones que en el orden jurídico y en el concierto internacional tienen la función y el mérito de proclamar y de conservar la paz alcanzan su providencial finalidad cuando están continuamente en acción, cuando en todo momento saben engendrar la paz, hacer la paz''. Es preciso un proceso constante de humanización, y ''no basta reprimir las guerras, suspender las luchas (…); no basta una paz impuesta, una paz utilitaria y provisoria; hay que tender a una paz amada, libre, fraterna, es decir, fundada en la reconciliación de los ánimos''.

''Para lograr el bien de la paz es necesario ante todo educar para ella, abandonando una cultura del conflicto, que tiende al miedo del otro, a la marginación de quien piensa y vive de manera diferente… Por desgracia, la paz está todavía demasiado a menudo herida. Lo está en tantas partes del mundo, donde arrecian furiosos conflictos de diversa índole. Lo está aquí, en Europa, donde no cesan las tensiones… Pero la paz sufre también por otras formas de conflicto, como el terrorismo religioso e internacional, embebido de un profundo desprecio por la vida humana y que mata indiscriminadamente a víctimas inocentes. Por desgracia, este fenómeno se abastece de un tráfico de armas a menudo impune. La Iglesia considera que «la carrera de armamentos es una plaga gravísima de la humanidad y perjudica a los pobres de modo intolerable''. La paz también se quebranta por el tráfico de seres humanos, que es la nueva esclavitud de nuestro tiempo, y que convierte a las personas en un artículo de mercado, privando a las víctimas de toda dignidad… El Consejo de Europa, a través de sus Comités y Grupos de Expertos, juega un papel importante y significativo en la lucha contra estas formas de inhumanidad… la paz no es solamente ausencia de guerra, de conflictos y tensiones. En la visión cristiana, es al mismo tiempo un don de Dios y fruto de la acción libre y racional del hombre, que intenta buscar el bien común en la verdad y el amor''.

''El camino elegido por el Consejo de Europa -para lograr el objetivo ambicioso de la paz- es ante todo el de la promoción de los derechos humanos, que enlaza con el desarrollo de la democracia y el estado de derecho… tarea particularmente valiosa, con significativas implicaciones éticas y sociales, puesto que de una correcta comprensión de estos términos y una reflexión constante sobre ellos, depende el desarrollo de nuestras sociedades, su convivencia pacífica y su futuro… Así pues, en esta sede siento el deber de señalar la importancia de la contribución y la responsabilidad europea en el desarrollo cultural de la humanidad… Para caminar hacia el futuro hace falta el pasado, se necesitan raíces profundas, y también se requiere el valor de no esconderse ante el presente y sus desafíos. Hace falta memoria, valor y una sana y humana utopía… Además, la verdad hace un llamamiento a la conciencia, que es irreductible a los condicionamientos, y por tanto capaz de conocer su propia dignidad y estar abierta a lo absoluto, convirtiéndose en fuente de opciones fundamentales guiadas por la búsqueda del bien para los demás y para sí mismo, y la sede de una libertad responsable… sin esta búsqueda de la verdad, cada uno se convierte en medida de sí mismo y de sus actos, abriendo el camino a una afirmación subjetiva de los derechos, por lo que el concepto de derecho humano, que tiene en sí mismo un valor universal, queda sustituido por la idea del derecho individualista''.

 

''Este individualismo nos hace humanamente pobres y culturalmente estériles… del individualismo indiferente nace el culto a la opulencia, que corresponde a la cultura del descarte en la que estamos inmersos… Tenemos ante nuestros ojos la imagen de una Europa herida, por las muchas pruebas del pasado, pero también por la crisis del presente, que ya no parece ser capaz de hacerle frente con la vitalidad y la energía del pasado. Una Europa un poco cansada y pesimista, que se siente asediada por las novedades de otros continentes. Europa debe reflexionar sobre si su inmenso patrimonio humano, artístico, técnico, social, político, económico y religioso es un simple retazo del pasado para museo, o si todavía es capaz de inspirar la cultura y abrir sus tesoros a toda la humanidad. En la respuesta a este interrogante, el Consejo de Europa y sus instituciones tienen un papel de primera importancia''.

''La historia de Europa puede llevarnos a concebirla ingenuamente como una bipolaridad o, como mucho, una tripolaridad…y dentro de este esquema, fruto de reduccionismos geopolíticos hegemónicos, movernos en la interpretación del presente y en la proyección hacia la utopía del futuro. Hoy las cosas no son así, y podemos hablar legítimamente de una Europa multipolar. Las tensiones – tanto las que construyen como las que disgregan – se producen entre múltiples polos culturales, religiosos y políticos. Europa afronta hoy el reto de «globalizar'' de modo original esta multipolaridad… que comporta el reto de una armonía constructiva, libre de hegemonías que, aunque pragmáticamente parecen facilitar el camino, terminan por destruir la originalidad cultural y religiosa de los pueblos… Hablar de la multipolaridad europea es hablar de pueblos que nacen, crecen y se proyectan hacia el futuro. La tarea de globalizar la multipolaridad de Europa no se puede imaginar con la figura de la esfera… sino más bien con la del poliedro, donde la unidad armónica del todo conserva la particularidad de cada una de las partes''.

''Otro reto que quisiera mencionar es la transversalidad… Si quisiéramos definir hoy el Continente, debemos hablar de una Europa dialogante, que sabe poner la transversalidad de opiniones y reflexiones al servicio de pueblos armónicamente unidos. Asumir este camino de la comunicación transversal no sólo comporta empatía intergeneracional, sino metodología histórica de crecimiento. En el mundo político actual de Europa, resulta estéril el diálogo meramente en el seno de los organismos (políticos, religiosos, culturales) de la propia pertenencia. La historia pide hoy la capacidad de salir de las estructuras que ''contienen'' la propia identidad, con el fin de hacerla más fuerte y más fructífera en la confrontación fraterna de la transversalidad. Una Europa que dialogue únicamente dentro de los grupos cerrados de pertenencia se queda a mitad de camino; se necesita el espíritu juvenil que acepte el reto de la transversalidad… En esta perspectiva, acojo favorablemente la voluntad del Consejo de Europa de invertir en el diálogo intercultural, incluyendo su dimensión religiosa, mediante los Encuentros sobre la dimensión religiosa del diálogo intercultural. Es una oportunidad provechosa para el intercambio abierto, respetuoso y enriquecedor entre las personas y grupos de diverso origen, tradición étnica, lingüística y religiosa, en un espíritu de comprensión y respeto mutuo''.

''En esta lógica se incluye la aportación que el cristianismo puede ofrecer hoy al desarrollo cultural y social europeo en el ámbito de una correcta relación entre religión y sociedad… Toda la sociedad europea se beneficiará de una reavivada relación entre los dos ámbitos, tanto para hacer frente a un fundamentalismo religioso, que es sobre todo enemigo de Dios, como para evitar una razón ''reducida'', que no honra al hombre… Estoy convencido de que hay muchos temas, y actuales, en los que puede haber un enriquecimiento mutuo, en los que la Iglesia Católica – especialmente a través del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) – puede colaborar con el Consejo de Europa y ofrecer una contribución fundamental… También hay numerosos retos del mundo contemporáneo que precisan estudio y un compromiso común, comenzando por la acogida de los emigrantes… y todo el grave problema del trabajo''.

''Espero ardientemente que se instaure una nueva colaboración social y económica, libre de condicionamientos ideológicos, que sepa afrontar el mundo globalizado, manteniendo vivo el sentido de la solidaridad y de la caridad mutua, que tanto ha caracterizado el rostro de Europa, gracias a la generosa labor de cientos de hombres y mujeres – algunos de los cuales la Iglesia Católica considera santos – que, a lo largo de los siglos, se han esforzado por desarrollar el Continente, tanto mediante la actividad empresarial como con obras educativas, asistenciales y de promoción humana. Estas últimas, sobre todo, son un punto de referencia importante para tantos pobres que viven en Europa. ¡Cuántos hay por nuestras calles! No sólo piden pan para el sustento, que es el más básico de los derechos, sino también redescubrir el valor de la propia vida, que la pobreza tiende a hacer olvidar, y recuperar la dignidad que el trabajo confiere''.

''Entre los temas que requieren nuestra reflexión y nuestra colaboración está la defensa del medio ambiente, de nuestra querida Tierra, el gran recurso que Dios nos ha dado y que está a nuestra disposición, no para ser desfigurada, explotada y denigrada, sino para que, disfrutando de su inmensa belleza, podamos vivir con dignidad… El beato Pablo VI calificó a la Iglesia como ''experta en humanidad''. En el mundo, a imitación de Cristo, y no obstante los pecados de sus hijos, ella no busca más que servir y dar testimonio de la verdad. Nada más, sino sólo este espíritu, nos guía en el alentar el camino de la humanidad''.

''La Santa Sede tiene la intención de continuar su colaboración con el Consejo de Europa, que hoy desempeña un papel fundamental para forjar la mentalidad de las futuras generaciones de europeos… realizar juntos una reflexión a todo campo, para que se instaure una especie de ''nueva ágora'', en la que toda instancia civil y religiosa pueda confrontarse libremente con las otras, si bien en la separación de ámbitos y en la diversidad de posiciones, animada exclusivamente por el deseo de verdad y de edificar el bien común… La cultura nace siempre del encuentro mutuo, orientado a estimular la riqueza intelectual y la creatividad de cuantos participan; y esto, además de ser una práctica del bien, es belleza. Mi esperanza es que Europa, redescubriendo su patrimonio histórico y la profundidad de sus raíces, asumiendo su acentuada multipolaridad y el fenómeno de la transversalidad dialogante, reencuentre esa juventud de espíritu que la ha hecho fecunda y grande''.

 

El Papa en la Conferencia sobre Nutrición de la FAO: »Los hambrientos piden dignidad, no limosna»

El Papa Francisco visitó la sede de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) , con ocasión de la segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición que tiene lugar en Roma del 19 al 21 de noviembre.

A su llegada, el Santo Padre fue recibido por el director general de la FAO José Graziano da Silva, por el director general Adjunto, Oleg Chestnov y por mons.Luigi Travaglino. Observador permanente de la Santa Sede ante ese organismo.

En el Salón de Plenos el Pontífice dirigió a los presentes el discurso que reproducimos a continuación:

FAO 3

''Con sentido de respeto y aprecio, me presento hoy aquí, en la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición. Le agradezco, señor Presidente, la calurosa acogida y las palabras de bienvenida. Saludo cordialmente al Director General de la FAO, el Prof. José Graziano da Silva, y a la Directora General de la OMS, la Dra. Margaret Chan, y me alegra su decisión de reunir en esta Conferencia a representantes de Estados, instituciones internacionales, organizaciones de la sociedad civil, del mundo de la agricultura y del sector privado, con el fin de estudiar juntos las formas de intervención para asegurar la nutrición, así como los cambios necesarios que se han de aportar a las estrategias actuales. La total unidad de propósitos y de obras, pero sobre todo el espíritu de hermandad, pueden ser decisivos para soluciones adecuadas. La Iglesia, como ustedes saben, siempre trata de estar atenta y solícita respecto a todo lo que se refiere al bienestar espiritual y material de las personas, ante todo de los que viven marginados y son excluidos, para que se garanticen su seguridad y su dignidad.

Los destinos de cada nación están más que nunca enlazados entre sí, al igual que los miembros de una misma familia, que dependen los unos de los otros. Pero vivimos en una época en la que las relaciones entre las naciones están demasiado a menudo dañadas por la sospecha recíproca, que a veces se convierte en formas de agresión bélica y económica, socava la amistad entre hermanos y rechaza o descarta al que ya está excluido. Lo sabe bien quien carece del pan cotidiano y de un trabajo decente. Este es el cuadro del mundo, en el que se han de reconocer los límites de planteamientos basados en la soberanía de cada uno de los Estados, entendida como absoluta, y en los intereses nacionales, condicionados frecuentemente por reducidos grupos de poder. Lo explica bien la lectura de la agenda de trabajo de ustedes para elaborar nuevas normas y mayores compromisos para nutrir al mundo. En esta perspectiva, espero que, en la formulación de dichos compromisos, los Estados se inspiren en la convicción de que el derecho a la alimentación sólo quedará garantizado si nos preocupamos por su sujeto real, es decir, la persona que sufre los efectos del hambre y la desnutrición.

Hoy día se habla mucho de derechos, olvidando con frecuencia los deberes; tal vez nos hemos preocupado demasiado poco de los que pasan hambre. Duele constatar además que la lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la ''prioridad del mercado'' y por la ''preminencia de la ganancia'', que han reducido los alimentos a una mercancía cualquiera, sujeta a especulación, incluso financiera. Y mientras se habla de nuevos derechos, el hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna.

Estos criterios no pueden permanecer en el limbo de la teoría. Las personas y los pueblos exigen que se ponga en práctica la justicia; no sólo la justicia legal, sino también la contributiva y la distributiva. Por tanto, los planes de desarrollo y la labor de las organizaciones internacionales deberían tener en cuenta el deseo, tan frecuente entre la gente común, de ver que se respetan en todas las circunstancias los derechos fundamentales de la persona humana y, en nuestro caso, la persona con hambre. Cuando eso suceda, también las intervenciones humanitarias, las operaciones urgentes de ayuda o de desarrollo – el verdadero, el integral desarrollo – tendrán mayor impulso y darán los frutos deseados.

El interés por la producción, la disponibilidad de alimentos y el acceso a ellos, el cambio climático, el comercio agrícola, deben ciertamente inspirar las reglas y las medidas técnicas, pero la primera preocupación debe ser la persona misma, aquellos que carecen del alimento diario y han dejado de pensar en la vida, en las relaciones familiares y sociales, y luchan sólo por la supervivencia. El santo Papa Juan Pablo II, en la inauguración en esta sala de la Primera Conferencia sobre Nutrición, en 1992, puso en guardia a la comunidad internacional ante el riesgo de la ''paradoja de la abundancia'': hay comida para todos, pero no todos pueden comer, mientras que el derroche, el descarte, el consumo excesivo y el uso de alimentos para otros fines, están ante nuestros ojos. Esta es la paradoja. Por desgracia, esta ''paradoja'' sigue siendo actual. Hay pocos temas sobre los que se esgrimen tantos sofismas como los que se dicen sobre el hambre; pocos asuntos tan susceptibles de ser manipulados por los datos, las estadísticas, las exigencias de seguridad nacional, la corrupción o un reclamo lastimero a la crisis económica. Este es el primer reto que se ha de superar.

El segundo reto que se debe afrontar es la falta de solidaridad, una palabra que tenemos la sospecha que inconscientemente la queremos sacar del diccionario. Nuestras sociedades se caracterizan por un creciente individualismo y por la división; esto termina privando a los más débiles de una vida digna y provocando revueltas contra las instituciones. Cuando falta la solidaridad en un país, se resiente todo el mundo. En efecto, la solidaridad es la actitud que hace a las personas capaces de salir al encuentro del otro y fundar sus relaciones mutuas en ese sentimiento de hermandad que va más allá de las diferencias y los límites, e impulsa a buscar juntos el bien común.

Los seres humanos, en la medida en que toman conciencia de ser parte responsable del designio de la creación, se hacen capaces de respetarse recíprocamente, en lugar de combatir entre sí, dañando y empobreciendo el planeta. También a los Estados, concebidos como una comunidad de personas y de pueblos, se les pide que actúen de común acuerdo, que estén dispuestos a ayudarse unos a otros mediante los principios y normas que el derecho internacional pone a su disposición. Una fuente inagotable de inspiración es la ley natural, inscrita en el corazón humano, que habla un lenguaje que todos pueden entender: amor, justicia, paz, elementos inseparables entre sí. Como las personas, también los Estados y las instituciones internacionales están llamados a acoger y cultivar estos valores: amor, justicia, paz. Y hacerlo en un espíritu de diálogo y escucha recíproca. De este modo, el objetivo de nutrir a la familia humana se hace factible.

Cada mujer, hombre, niño, anciano, debe poder contar en todas partes con estas garantías. Y es deber de todo Estado, atento al bienestar de sus ciudadanos, suscribirlas sin reservas, y preocuparse de su aplicación. Esto requiere perseverancia y apoyo. La Iglesia Católica trata de ofrecer también en este campo su propia contribución, mediante una atención constante a la vida de los pobres, de los necesitados, en todas las partes del planeta; en esta misma línea se mueve la implicación activa de la Santa Sede en las organizaciones internacionales y con sus múltiples documentos y declaraciones. Se pretende de este modo contribuir a identificar y asumir los criterios que debe cumplir el desarrollo de un sistema internacional ecuánime. Son criterios que, en el plano ético, se basan en pilares como la verdad, la libertad, la justicia y la solidaridad; al mismo tiempo, en el campo jurídico, estos mismos criterios incluyen la relación entre el derecho a la alimentación y el derecho a la vida y a una existencia digna, el derecho a ser protegidos por la ley, no siempre cercana a la realidad de quien pasa hambre, y la obligación moral de compartir la riqueza económica del mundo.

Si se cree en el principio de la unidad de la familia humana, fundado en la paternidad de Dios Creador, y en la hermandad de los seres humanos, ninguna forma de presión política o económica que se sirva de la disponibilidad de alimentos puede ser aceptable. Presión política y económica, aquí pienso en nuestra hermana y madre tierra, en el planeta, si somos libres de presiones políticas y económicas para cuidarlo, para evitar que se autodestruya. Tenemos adelante Perú y Francia dos conferencias que nos desafían, cuidar el planeta. Recuerdo una frase que escuché de un anciano hace muchos años, Dios siempre perdona… las ofensas, los maltratos, Dios siempre perdona, los hombres perdonamos a veces, la tierra no perdona nunca. Cuidar a la hermana tierra, la madre tierra para que no responda con la destrucción. Pero, por encima de todo, ningún sistema de discriminación, de hecho o de derecho, vinculado a la capacidad de acceso al mercado de los alimentos, debe ser tomado como modelo de las actuaciones internacionales que se proponen eliminar el hambre.

Al compartir estas reflexiones con ustedes, pido al Todopoderoso, al Dios rico en misericordia, que bendiga a todos los que, con diferentes responsabilidades, se ponen al servicio de los que pasan hambre y saben atenderlos con gestos concretos de cercanía. Ruego también para que la comunidad internacional sepa escuchar el llamado de esta Conferencia y lo considere una expresión de la común conciencia de la humanidad: dar de comer a los hambrientos para salvar la vida en el planeta. Gracias''.

Después de su discurso, el Papa saludó al personal de la FAO agradeciéndoles su espíritu de solidaridad y su comprensión que va más allá de los documentos y su capacidad para ver ''los rostros apagados y las situaciones dramáticas de personas sometidas a la dura prueba del hambre y de la sed''. ''El agua -dijo- no es gratis como pensamos tantas veces. Será un gran problema que podría llevarnos a una guerra''. Y reiteró de nuevo que aquellos para quienes trabaja la FAO ''piden dignidad y no limosna. Esta es vuestra tarea: asegurar que cada uno de ellos tenga dignidad''.   

Monseñor Carlos Osoro: La alegría de una evangelización misionera

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¡Qué alegría vivir conociendo y dando a conocer a Jesucristo! Sintamos la alegría de vivir, conscientes siempre, como miembros vivos de la Iglesia que somos, de que sabemos por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe que solamente Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a todas las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida, el sentido de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Estas preguntas están en el corazón y en la vida de todos los hombres, en todas las latitudes de la tierra, unas veces conscientes en la vida de los hombres y otras no. Pero el no tener respuestas para las mismas, o pasar de hacernos tales preguntas, es síntoma de una grave enfermedad, como es “la falta de alegría”. Algo sucede en el corazón del hombre, pero de una manera especial lo experimentamos y constatamos en nuestra realidad histórica, pues esas preguntas a las cuales aludía están en el corazón de todo ser humano, están arraigadas y laten en lo más humano de todas las culturas. Es cierto que a veces unos ni se las hacen, otros no tienen respuesta, pero cuando no hay alegría en lo profundo del corazón del hombre, hay desesperanza, desilusión, miedos, cerrazón, exclusiones, no deseos de encuentro. Por eso, sabiendo esto y viendo cómo queda el ser humano cuando padece “la falta de alegría, ¡cómo no vamos los cristianos a salir a anunciar a quien cura, alienta, abre el corazón, nos abre a la vida, nos abre a los otros, a todos sin excepción! Jesucristo es la alegría, por ello, “la alegría de una evangelización misionera”.

Viendo la realidad de los hombres y mujeres que viven junto a nosotros, ¡cómo se hace más evidente en nuestra vida el mandato de Jesús!: “id, pues, y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 19-21).  Hemos de despertar y dejarnos sorprender por Jesucristo. Él nos introduce en la profundidad de la historia de los hombres de hoy, y de una manera clara nos invita a vivir y protagonizar un gran impulso misionero. Es una gracia que Él nos regala en esta hora y requiere de nosotros una respuesta: salir al encuentro de todas las personas, de las familias, de todos sin excepción, para comunicarles y compartir de primera mano ese don maravilloso del encuentro con Cristo. Ir al corazón de todos los hombres desde el centro, que es Jesucristo, supone habernos encontrado con Él, haberle dejado que conquiste nuestro corazón y provoque en nuestra vida la alegría del encuentro con Él, que llena nuestras vidas de sentido, de valentía, de renovación, de creatividad, de verdad, de amor y de esperanza. Los cristianos no nos podemos quedar en una espera pasiva a que vengan, el Señor nos urge a acudir en todas las direcciones para decir a todos los hombres que la última palabra, la primera y las del intermedio no las tiene más que Jesucristo. Ni la tiene el mal, ni la muerte. La tiene quien ha triunfado sobre todo, también de la muerte, Jesucristo. Por todo ello, la Iglesia tiene asumir el compromiso de multiplicar los discípulos misioneros.

            ¿Cómo desarrollar la dimensión misionera de la vida en Jesucristo? Haciendo que nuestras comunidades cristianas, que nuestras parroquias, sean una “comunidad de comunidades”, se conviertan en centros de irradiación de la vida de Cristo. Una irradiación que nos haga vivir desde el centro hacia todos los caminos donde están los hombres. Irradiación que se hace asumiendo dos dimensiones: la interioridad y la alteridad, es decir, desde un encuentro con el Señor tan fuerte que nos lleve a dar la vida por los otros, que nos impulse a salir y a darnos, no a dar, sino a darnos. Por ello, en nuestras comunidades tienen que ser habituales estas expresiones: abrir puertas, crear ámbitos de encuentro, salir a los lugares de donde no viene nadie, salir allí donde hay esclavitudes fruto de no conocer al Señor y regalar la vida a “algo” no a Él. Eliminar fatigas, desilusiones, acomodaciones que nos adormecen.

            Tenemos un imperativo en la Iglesia: hacer en estos momentos una reflexión teológica pastoral seria y profunda, realizada sobre la vida diaria de la Iglesia, con la fuerza del Espíritu, a través de la historia. Hemos de quitar prejuicios y descubrir que la pastoral no solamente es un arte, ni un conjunto de exhortaciones, de experiencia y métodos. Hemos de ser valientes para hacer un discurso teológico sobre la acción evangelizadora de la Iglesia, que tiene una manifestación científica y práctica de la teología. San Juan Pablo II decía que toda acción pastoral debe ser una práctica que actualiza la praxis de Jesús a través de la acción de la Iglesia y de los cristianos. ¡Qué belleza adquiere contemplar a Jesús el Buen Pastor, para tener luz y ver, tener criterios para juzgar y normas fundantes para actuar! Que en nuestras comunidades tengamos los ojos y el corazón de Jesucristo, miradas de fe a todo y a todos, con el corazón que está ocupado por el Señor y totalmente impregnado de su amor. Todo ello nos dará unos principios que nos ayudarán a hacer proyectos evangelizadores, que alcanzan toda nuestra vida y buscan alcanzar las vidas de quienes nos encontremos en el camino.

Todos estamos llamados a vivir la alegría misionera de evangelizar: siendo hombres y mujeres de la Iglesia en el corazón del mundo, y también hombres y mujeres del mundo en el corazón de la Iglesia, en definitiva discípulos misioneros de Jesucristo, que son Luz del mundo. ¡Qué fuerza más maravillosa tiene vivir haciendo una síntesis, siendo “ciudadanos del mundo” y “ciudadanos del Pueblo de Dios”!

            Con gran afecto, os bendice:

                                               +Carlos, Arzobispo de Madrid