Doce piedras

José Fernando López de Haro
Parróco de Santa María de Majadahonda


José Fernando tras la celebración de su primera misa

 

Los israelitas hicieron lo que les mandó Josué; tomaron doce piedras del lecho del Jordán, como el Señor había mandado a Josué, una por cada tribu de Israel; las llevaron al lugar donde pasaron la noche y allí las colocaron. Después Josué erigió doce piedras del lecho del Jordán, donde habían puesto los pies los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza, y allí siguen hasta el día de hoy”. (Josué 4, 9). Este pasaje de la Biblia siempre me ha conmovido por el momento histórico que significa para Israel y la función de los sacerdotes, al transportar el arca y pasar el Jordán. Lo he llevado a la eucaristía en ocasiones  sacerdotales. El lecho del Jordán ofrece riesgo y dificultad, y las doce piedras seguridad y motivo para la alabanza.

1. Un retazo. Al preguntarme hoy por qué soy sacerdote, sólo puedo responder mostrando un retazo de esta historia que cumple ahora 45 años, y arrancar del río doce piedras por donde el Señor me ha ido llevando. Diré que el lecho del río lo constituye una Iglesia a la que amo con toda mi alma, pero que despierta en mí gozo y perplejidad a la vez. Ella es algo propio, familia, bandera, comunidad y hogar donde Dios me ha puesto, he crecido y soy feliz hasta el límite.

2. El amanecer. El origen está en una familia entrañable y religiosa que por los 40` del pasado siglo vive en Segovia, ciudad castellana abundante en piedras y en pan. Los primeros años transcurren por la parroquia de Santa Eulalia, el colegio de los Misioneros claretianos y los dos primeros cursos de Humanidades en el seminario menor. La correcta atención y el respeto de mis padres, Pepe y Dani, y el interés y acierto de los profesores y sacerdotes -en especial, del rector Julián García Hernando- dejaron en mí una huella, como la inscrita a principios del XVII en esa Cruz colocada al pie del acueducto: “En señal de devoción esta cruz aquí pusieron devotos que en ella hicieron memoria de su Pasión”.

3. El afianzamiento. El traslado a Madrid en el 57` e ingreso a 4º de Latín en el  seminario de la Inmaculada Concepción y San Dámaso, abrieron los ojos del cuerpo y del alma del aquel chaval que lo veía todo como una novedad. Se mezclaron bien el estudio y la formación en los cursos del seminario con la actividad de la acción católica parroquial de Covadonga en los veranos. En ambos sitios pude gustar la verdadera amistad y el afianzamiento de una vocación al servicio a los demás, siguiendo a Jesús. Dos sacerdotes para mí muy importantes en esta época: Julio Navarro Panadero  y Juan Espinosa Rueda.

4. El sueño. La segunda etapa del seminario a partir del 59` y los 60` estuvo marcada por la presencia de profesores clásicos en el campo de la dogmática y la liturgia, pero, abriéndose a la vez, a otros más puestos en el campo bíblico y la fenomenología religiosa. Nuevos formadores iban mostrando mayor atención a lo personal y a la pastoral de los futuros sacerdotes. Y en esas, llegó la gran noticia que nos supo a gloria: el anuncio y preparación del Concilio Vaticano II y su posterior trabajo a lo largo de cuatro años. La Iglesia en Madrid, dentro y fuera del seminario lo vivió como el gran regalo que el Espíritu nos tenía reservado. Yo este sueño lo viví también colaborando en verano en el departamento de Caridad de las Hermandades del Trabajo. Me siento agradecido a Abundio García Román y a Carlos Martínez Fernández.

5. Pisando suelo. El sueño se hizo realidad con la Ordenación sacerdotal el 23 de Diciembre del 67` en la colegiata de San Isidro, y primera Misa en Santa Elena el 29. Veintidós nuevos presbíteros estrenó Madrid ese año, con una edad de 24 años, que fueron enviados a lo largo y ancho  de toda la diócesis. Mi llegada a Valdemoro fue en Enero del 68` un domingo por la tarde, a celebrar la eucaristía y participar en una reunión de matrimonios. A los trabajos de parroquia, se añadieron una capellanía de Agustinas Recoletas, la escuela parroquial y la de formación profesional de Cáritas “Arzobispo Morcillo”. El magnífico contacto con profesores como Enrique y Josefina, y de matrimonios como Maribel y Tano, templaron aquellos primeros años. No faltaron, como es lógico, los errores y las lágrimas de los primeros momentos. Buenos amigos sacerdotes -destaco a Justino Acebes Criado- fueron testigos de ello.

6. Remontar el vuelo.  En el 73` era necesario ya renovar estudios y un cambio de parroquia. La comprensión y buen hacer del vicario D. José Manuel Estepa Llaurens lo hizo posible y, aun con miedo de entrar en Madrid,  fui a parar a Virgen del Henar, una de las muchas parroquias que D. Casimiro Morcillo González había creado para mejorar Madrid. Por aquellos benditos años del posconcilio el Henar, regido por Juan Espinosa Rueda, era una parroquia con una ilusión que contagiaba el Evangelio. Todo el barrio de la Guindalera giraba en torno a ella. Con Juan a la cabeza y Urbano Ortiz de Villajos de compañero, procuramos crear una comunidad orante y activa, abierta a muchos jóvenes. No todo fue fácil ni mucho menos, pero la magnífica colaboración de muchos seglares bien preparados fue decisiva.

7. Dar sin fin. Los pueblos de la periferia sur de Madrid crecían enormemente. En el 80` Francisco Gil Peláez, vicario de Alcorcón, nos llevó a su vicaría a tres compañeros del curso. Justino Acebes, José Aragón Santamaría y yo debíamos atender a las parroquias de Fuenlabrada. San Esteban Protomártir era la madre, y de ella debían nacer 5 nuevas por entonces. Fueron ocho años de trabajo vertiginoso, creando y ofreciendo espacios de encuentro y oración a innumerables familias que iban llegando de todos los puntos de España. Los 900 niños de Comunión cada año y los 45 bautismos semanales eran sólo una parte del enorme trabajo, compensado, gracias a Dios, por la constante incorporación de padres a su propia formación y la de sus hijos. La presencia de las religiosas de barrio en estas parroquias, como así se las llamaba, fueron una piedra preciosa: ¡Muchas gracias, Hermanas del Santo Ángel, Misioneras Pontificias, Salesianas…!

8. Preparando camino. En el 88` D. Ángel Suquía Goicoechea me puso al frente de la vicaría XI. Además de muchos pueblos del sur de Madrid, la vicaría atendía a ciudades bien pobladas como Getafe, Leganés, Parla y Aranjuez. Entre las tareas encomendadas, las más señaladas fueron: atender lo mejor posible a los pocos sacerdotes de entonces en la zona (uno por cada 20.000 habitantes aprox.), proporcionar prefabricados para las parroquias nuevas (alguna noche hubo que pasarla al raso para cuidar la obra) y facilitar al máximo la creación de la nueva diócesis de Getafe, procurando para ello todo lo necesario (motivación, acuerdos, infraestructura, terrenos, etc.). Todo ello, con la ayuda de Dios, puso a prueba la fuerza y la confianza. Sacerdotes, como Miguel Ángel Arribas, Luis Senovilla y Manuel Sánchez Diezma, fueron un buen ejemplo del apoyo para estos trechos.

9. Tú eres Pedro. La diócesis de Getafe se erigió el 11 de Octubre del 91`. Mi tarea se cumple y Madrid me ofrece ir a estudiar a Roma. En la formación recibida se nos aconsejó que, en caso de duda, siempre eligiéramos lo que más nos costara. Al llegar este momento, así lo hice. A finales de Octubre, un buen grupo de sacerdotes madrileños me acogieron como compañeros en el Colegio Español, regido por la Hermandad de Sacerdotes Operarios. Inmediatamente me matriculé en Teología y Catequética en el entonces Pontificio Ateneo Salesiano (PAS), hoy ya Universidad Pontificia. Fueron tres años de gran regalo, y que agradezco enormemente al Señor y a la diócesis de Madrid, por la exquisita experiencia eclesial vivida apud Petrum,  poder ahondar en toda la acción catequética de la Iglesia y el contacto vivo y entrañable con la ciudad y la historia de Roma. ¡Qué buenos compañeros sacerdotes españoles encontré allí!

10. La restauración. Mi etapa actual de ministerio pasó, primero, por un corto plazo pero intenso (4 años) en Santa Catalina de Alejandría, la Alameda de Osuna. Quiero destacar aquí el trabajo realizado en Cáritas del arciprestazgo y la actividad pastoral con los jóvenes, especialmente en los campos de trabajo del verano. La restauración del templo, una sencilla ermita de finales del XVII, la llevamos a cabo según el original, con buena calidad artística y la colaboración de toda la comunidad. Agradezco la amistad y confianza puestas en mí por parte del grupo de matrimonios y del eficiente gabinete de crisis. Ruego a Santa Catalina Mártir que derrame su sabiduría sobre todos nosotros.

11. Un grado de humanidad. En el 98` D. Antonio María Rouco Varela me sitúa en Majadahonda. La parroquia de Santa María fue creada en 1990, ha contado y cuenta con muchas posibilidades en todos los campos, sobre todo en voluntarios y apóstoles seglares. También en lo material, y de ahí el compromiso de la comunidad en ayudar lo mejor posible a los proyectos de Cáritas y de la delegación de Inmigrantes, también en el tercer Mundo. El trabajo y la responsabilidad de numerosos laicos, y la especial dedicación de las religiosas y consagrados, hacen más cercano y eficaz el anuncio del Evangelio, sin olvidar la calidad humana y sacerdotal de todos los compañeros que han pasando por la parroquia en estos 23 años que está a punto de cumplir, algunos de ellos, estudiantes de otros países. A todos: ¡Muchas gracias!

12. A feliz memoria. Hace dos años murió mi padre y uno mi madre; un año hace también que murió Juan, el amigo sacerdote. Las hermanas Mari y Pepi, sus maridos e hijos, familiares y amigos, lo hemos vivido con fe y amor gozosamente, sabiendo que la esperanza cristiana nunca defrauda. Esta última piedra del lecho del río, quizás la más preciada de mi vida, la coloco, junto a las otras once, en un lugar prominente del atrio de Santa María, al pie de otra Cruz erigida allí con motivo de la JMJ, cuya inscripción reza así: “Esta Cruz aquí labraron cristianos que, por virtud, Jornadas de Juventud vivieron y celebraron” (16-21 VIII 2011). E hicieron feliz memoria de la Cruz del Peregrino que, haciendo un alto en el camino, llenó este lugar de gloria” (26-26 IX 2009).

 

José Fernando LOPEZ DE HARO, en Alzaré la copa de la salvación. 50 retazos sacerdotales en Madrid, Ed. Archidiócesis de Madrid, Delegación de Pastoral Vocacional, (CE 2013).

 

Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo.
Corintios 2 4:6

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