Homilia

Homilía del día 24.12.2017, Domingo 4 de Adviento (B): “Encuentros y bendiciones”. Además, Homilías de la Misa del Gallo y Navidad

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer: “tierra, trágame”, pensamos en esas ocasiones. Y es precisamente ese temor y el deseo de esconderse y huir lo que ha impedido que ese encuentro, buscado por Dios por largo tiempo, haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha designado lugares sagrados y construido templos, ofreciéndole así a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios). Esa corriente crítica, encarnada sobre todo por los profetas, se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia. Esa promesa se cumple en Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, huidas, desencuentros y encontronazos.

¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro luminoso de María con Isabel, que en vez de quejarse de lo mal que estaba el mundo, se alegran y bendicen y cantan a Dios porque perciben su presencia en sus cuerpos embarazados, en los que florece la vida; y, por fin, el encuentro que hoy nos presenta el Evangelio, el del ángel con María. Se trata de un encuentro del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras de Gabriel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, en plenitud, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase.

Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos y abiertos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.

José María Vegas, cmf
Imagen:  La Anunciación de Fra Angelico

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor
Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16
Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al profeta Natán: – «Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.» Natán respondió al rey: – «Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.» Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor: – «Ve y dile a mi siervo David: “Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré un puesto a Israel, mi pueblo lo plantaré para que viva en él sin sobresaltos, y en adelante no permitiré que los malvados lo aflijan como antes, cuando nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel. Te pondré en paz con todos tus enemigos, y, además, el Señor te comunica que te dará una dinastía. Y, cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mí presencia; tu trono permanecerá por siempre.”»

Sal 88, 2-3. 4-5. 27 y 29 R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

SEGUNDA LECTURA
El misterio, mantenido en secreto durante siglos, ahora se ha manifestado
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 16, 25-27
Hermanos: Al que puede fortaleceros según el Evangelio que yo proclamo, predicando a Cristo Jesús, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en los escritos proféticos, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

EVANGELIO
Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo
Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: – «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo: – «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.» Y María dijo al ángel: – «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?» El ángel le contestó: – «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.» María contestó: -«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y la dejó el ángel.

Solemnidad de la Natividad del Señor
Misa de la Vigilia

PRIMERA LECTURA
Un hijo se nos ha dado
Lectura del libro de Isaías 9,1-3.5-6
El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su hombro, los quebraste como el día de Madián.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el principado, y es su nombre: “Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz.” Para dilatar el principado, con una paz sin límites, sobre el trono de David y sobre su reino. Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor de los ejércitos lo realizará.

Salmo responsorial: 95 Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

 SEGUNDA LECTURA
Ha aparecido la gracia de Dios a todos los hombres
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito 2,11-14
Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo. Él se entregó por nosotros para rescatarnos de toda maldad y para prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

 EVANGELIO
Hoy nos ha nacido un Salvador
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14
En aquel tiempo, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero. Éste fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaba allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor. El ángel les dijo: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.”

Homilía: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”

 No es casualidad que empecemos a celebrar la gran fiesta de la Navidad la noche anterior, ahora, en medio de la oscuridad. Lo que estamos celebrando tiene mucho que ver con la oscuridad que nos rodea. La oscuridad es un símbolo del mal, de los poderes oscuros que tratan de dominar nuestro mundo y de dominarnos a nosotros. En la profundidad de la noche, tenemos la sensación de que la oscuridad tiene un poder ilimitado, invencible: nos rodea por todas partes, y parece no darnos respiro ni ofrecernos salida. Ante el poder del mal, cuando sentimos la fuerza de la oscuridad, nos sentimos débiles e impotentes. Somos como ese pueblo que caminaba en tinieblas, es decir, sin rumbo y sin sentido.

El mal del que hablamos tiene muchos rostros, muchos nombres. Porque es poderoso, podemos identificarlo en los poderes inicuos de nuestro mundo. No porque todo ejercicio de la autoridad sea en sí perverso, pero sí porque las fuerzas del mal tratan de hacerse con esos poderes que deberían servir a los seres humanos, para someterlos y reducirlos a esclavitud, convirtiéndolos en meros peones de intereses bastardos. Es lo que nos narra Lucas, cuando sitúa el acontecimiento del nacimiento de Cristo en un contexto histórico bien concreto, recordándonos que no se trata aquí de un fenómeno cósmico o mítico, sino de una historia real que nos toca de cerca a todos. El decreto de Augusto de realizar un censo universal es un típico gesto de un poder omnímodo, que hace de los seres humanos meros objetos de posesión de reyes y gobernantes (cf. 2 Sam 24, 1-10). Y así parece funcionar el mundo: los poderosos lo manejan a su antojo, provocando guerras, conflictos, sufrimientos sin cuento. José y María, embarazada y a punto de dar a luz, que tienen que marchar de su hogar a Belén por el capricho de un monarca lejano, son como la expresión de las víctimas inocentes de esas fuerzas oscuras, que conforman la noche de nuestra historia, y que fuerzan al Hijo de Dios a nacer en la pobreza de un pesebre, en los márgenes de una vida humana digna. Ya desde su nacimiento se hace Jesús solidario con todas las víctimas del mundo.

Pero no tenemos que buscar las causas del mal sólo en poderes ajenos y lejanos, como si nosotros fuéramos sólo víctimas del mal. La noche que nos rodea es también responsabilidad nuestra. Cuando Pablo nos anuncia hoy la aparición de la gracia de Dios, nos recuerda también que hay en nosotros impiedad y deseos mundanos, que también nosotros contribuimos a nuestra manera en la propagación de la oscuridad y la noche. Elegimos a veces valores y formas de vida que nos cierran en nosotros mismos, en nuestros egoísmos individuales y grupales, y nos impiden ver la luz del sol, la presencia de Dios en nuestra vida, y, en consecuencia, mirar con el corazón abierto a nuestros semejantes. También en esas actitudes se esconden las semillas de las guerras y los desencuentros. La vida que deriva de ahí es sombría: vivimos en sombras de muerte, sin dicha y sin esperanza.

Pero el mensaje de hoy viene precisamente a disipar la oscuridad, a restablecer la esperanza. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”. El poder de la oscuridad es más aparente que real. Nos puede amedrentar y paralizar, pero basta que en la noche brille una pequeña luz, para que ese poder sea vencido: con ese pequeño foco de luz, como el faro que brilla en la costa, en medio de la tormenta y de la noche más oscura es posible encontrar orientación y sentido, es posible ponerse en camino y hacerlo con un rumbo definido. Pues bien, la luz que brilla hoy en la oscuridad de nuestro mundo no es pequeña, sino grande, aunque parezca brillar de una manera tenue, sin hacer mucho ruido, sin deslumbrar cegando nuestros ojos.

En medio de la noche, brilla la luz, la vida florece, y la mujer de José, junto con el que parece ir a la deriva, zarandeados los dos por el poder de las tinieblas, da a luz un niño en el que se cumplen antiguas profecías: pues “todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios-con-nosotros” (Mt 1, 22-23). No son en realidad los poderes oscuros de este mundo los que realmente dirigen la historia, aunque así nos lo parezca (y aunque así sea en parte), sino la Providencia de Dios, que sabe moverse entre los hilos invisibles de los acontecimientos humanos para hacerse presente y regalarnos, respetuosamente, sin hacer mucho ruido, su designio de amor, para que en medio de la oscuridad aparezca la luz, una gran luz, aunque a nuestros ojos humanos está atenuada por la opacidad de la carne.

Para ver esta luz es preciso tener un corazón bien dispuesto. Y si nuestro corazón no está del todo dispuesto, es posible, con la ayuda de Dios, disponerlo. Los primeros en ver la luz son los pastores. No gozaban de buena fama los pastores en aquel tiempo. No eran considerados ejemplo de una vida precisamente “honrada y religiosa”. Esto nos debe dar el consuelo de que Jesús ha nacido para todos, para los pecadores, y todos lo somos de un modo u otro (todos habitamos de una forma u otra en la oscuridad). Pero los pastores son también los que viven en espacios abiertos, los que están en vela, los pecadores dispuestos a cambiar de vida: son los que, porque están abiertos y en vela, son capaces de ver en la oscuridad de la noche destellos de luz, signos de la presencia de la luz y que les llevan a la luz: de noche los ángeles vuelan como mensajeros de esperanza y de buenas noticias, y los pastores escuchan esa voz y acuden a ver la luz.

Es de notar que sigue siendo de noche, pero muchos indicios nos hablan de un próximo amanecer: guiados por esos indicios luminosos nos ponemos en camino, no nos resignamos al mal ni renunciamos a los sueños (que no son quimeras, sino deseos bien fundados) de un mundo mejor. Su punto de partida es el niño nacido en Belén: en la noche brilla la luz, en este mundo, pese a todo, habita Dios, y es posible encontrarlo, pues habita en carne mortal. Pero también nosotros tenemos que hacer nuestra parte: como los pastores, acoger el mensaje de los ángeles, acudir a ver y adorar al Niño, lo que significa también renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, para tratar de llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, anticipando en esperanza la alegría de la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Ya ha aparecido en carne mortal, revestido de nuestra debilidad, y por eso padeció y se entregó por nosotros, rescatándonos de la oscuridad, de toda maldad.

Si hacemos nuestra parte, como los pastores, nos convertiremos nosotros mismos por medio de nuestras buenas obras, en ángeles que anuncian en la noche a los hombres (a todos, aunque tal vez sólo nos escuchen los de buena voluntad) que no hay que seguir temiendo, que se ha producido una buena noticia, una gran alegría para todos: que Dios ha nacido en la debilidad de una carne mortal y quiere encontrarse con nosotros.

José María Vegas, cmf.

Solemnidad de la Natividad del Señor
25.12.2017

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PRIMERA LECTURA
Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios
Lectura del libro de Isaías 52, 7-10
¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Sal 97, 1. 2-3ab. 3cd-4. 5-6 R. Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios

SEGUNDA LECTURA
Dios nos ha hablado por el Hijo
Lectura de la carta a los Hebreos 1, 1-6
En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado sobre los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: «Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado», o: «Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo»?
Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: «Adórenlo todos los ángeles de Dios.»

 EVANGELIO
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros
Lectura del santo evangelio según san Juan 1. 1-18
En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.
En la Palabra habla vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”» Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Homilía: “Habitó entre nosotros”

 Estamos celebrando el nacimiento de Jesús, la encarnación del Hijo de Dios, la venida del Dios-con-nosotros (Emmanuel). Pero es importante que nos preguntemos y tratemos de entender quién es este Dios que ha nacido en carne mortal.

Juan, el águila de Patmos, que comienza su evangelio mirando al sol, a la luz indefectible que es Dios, nos recuerda que este Dios en el que creemos y que ha nacido en Belén no es “un dios cualquiera”, de los muchos que pululan por ahí, pretendiendo un título (el de Dios) que no les corresponde. El Dios al que contemplamos anoche es el creador de todas las cosas, de todo sin excepción: de modo que sólo hay un Dios y por tanto, en lo que respecta a la creación, somos libres, debemos mantenernos en pie y no debemos inclinarnos ante nada de lo que habita este mundo: en él nada es divino, todo es criatura del único Dios que está por encima de todo, y sólo ante Él hemos de postrarnos en actitud de adoración.  Dios, que todo lo ha creado con su Palabra poderosa, está, pues, por encima de todas las cosas, y el universo entero e inmenso no es capaz de contenerlo. No hay ni ideas, ni conceptos, ni sistemas religiosos que puedan expresar adecuadamente lo que es Dios y dónde podemos encontrarlo. Mirando al sol con ojos de águila, Juan nos indica que tenemos que aceptar esta limitación nuestra, y debemos renunciar a todo intento de poseer y manipular a Dios.

Pero esto no significa que debamos resignarnos a la pura ignorancia, ni que Dios se niegue a comunicarse con nosotros. No quiere decir que Dios nos ha creado arrojándonos al mundo y, después, desentendiéndose de nosotros. Juan mismo nos lo está diciendo: el Dios eterno que todo lo ha hecho, lo ha hecho por medio de su Palabra. Y si esta Palabra estaba junto a Dios desde el principio y era Dios, es que Dios mismo es comunicación, relación. Lo es dentro de sí: Dios es interna comunicación y perfecta comunión en la distinción de las personas: la perfecta unión en la diferencia en que consiste el Dios trinitario, aunque nuestra mente no alcanza a entender el misterio, nos permite comprender que Dios es Amor; no sólo que Dios ama (que también), sino que Él es en su esencia íntima Amor. Y esa comunicación interna quiere comunicarse fuera de Él: ya la creación es el primer acto de comunicación y expresión, de revelación. Pero, además, el Dios Palabra, se nos dice, quiere establecer con nosotros un diálogo. ¿Cómo? ¿Cómo se comunicará el Dios, al que el universo inmenso no puede contener, con nosotros, que habitamos una minúscula mota de ese universo inabarcable? Y ¿cómo podrá hacerlo sin infundirnos temor, a causa de su enorme grandeza y poder?

Recordemos, ante todo, que el poder de Dios es un poder benéfico, dador de ser y de vida, que crea el universo y lo sostiene con su palabra poderosa. En esto se distingue del poder humano, que se mide, normalmente, por su capacidad de destrucción. Dios viene con su poder, pero no amenazando, asustando, amedrentando. Por eso, antes de su aparición definitiva, ha preparado el encuentro hablándonos de “muchas maneras”, ya por medio de la misma creación (que proclama la gloria de Dios: cf. Sal 18A) y, sobre todo, por medio de los profetas. No por casualidad, entre el misterio inefable del Dios creador y Palabra, y el misterio de su encarnación, aparece Juan Bautista, el último y el más grande de los profetas, que no sólo anuncia la venida de Cristo, sino que lo señala ya presente entre los hombres. Así, poco a poco, disipando las causas de temor, Dios ha venido finalmente a visitarnos en persona. Y no podía hacerlo de otro modo que haciéndose Él mismo pequeño, abajándose, poniéndose a nuestra altura: la Palabra, esa misma Palabra poderosa por la que todo se hizo y que todo lo sostiene, se ha hecho carne, y habita entre nosotros.

Al hacerse carne, se ha hecho visible y cercano, podemos verlo y tocarlo. Pero se ha hecho también débil y vulnerable: se arriesga a que al verlo lo despreciemos o lo ignoremos, y que, al poderlo tocar, lo hagamos para golpearlo, incluso matarlo. En ese “hacerse carne” Juan ya nos está avisando sobre su muerte en la cruz. Y es que, al asumir el riesgo de la encarnación, renunciando a imponerse con fuerza y poder, el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, ha aceptado la posibilidad de que no lo conozcamos y no seamos capaces de acogerlo.

Sólo hay un modo de conocerlo y acogerlo: la fe y, en consecuencia, el amor. Cuando damos el paso de la fe y aceptamos el riesgo del amor (renunciando al poder destructivo del mal), al acogerlo nos hacemos semejantes a Él, y Él nos hace partícipes de su poder, de ese poder inmenso, por el que todo se hizo, pero que es un poder benéfico: el poder de ser hijos de Dios, de nacer de nuevo, no de sangre ni de carne, sino de un amor superior y Fontal, del mismo Dios. Es verdad que es este un poder paradójico que nos lleva a participar de su mismo destino: el de dar la vida por nuestros hermanos. A veces, como tantos cristianos hoy, en la verdadera cruz del martirio; la mayoría de las veces en el testimonio del amor vivido día a día, con frecuencia en medio de fuertes oposiciones.

Pero con este poder alcanzamos la libertad: no nos sometemos a la ley mosaica, sino a la gracia y la verdad de Jesucristo. En este consiste ser hijos en el Hijo: ser libres de los falsos dioses, tener la fuerza y la dignidad de no inclinarnos ante ningún poder de este mundo. De esta manera, nos hacemos también, como Juan el Bautista, profetas que hablan de muchas maneras pero transmitiendo un único mensaje: que Jesús es el Mesías, el que existía desde toda la eternidad. Y de esta manera, preparando y abriendo el camino a Jesús para muchos, realizamos en nosotros la profecía de Isaías: nos convertimos verdaderamente en mensajeros que anuncian la paz, que traen la Buena Nueva, que pregonan la victoria salvífica de Cristo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

José María Vegas, cmf.

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