Homilia

Homilía del 7.1.2018, Domingo después de la Epifanía: “Tú eres mi Hijo amado”. Además la homilía del 6.1.2018, Epifanía del Señor

Domingo después de la Epifanía
El Bautismo del Señor

Tú eres mi Hijo amado

La Epifanía, la manifestación de Dios en la humanidad de Jesús, que empieza con su nacimiento y continúa con la adoración de los Magos de Oriente, se completa ahora con su aparición pública, “cuando llegó de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán”. Marcos narra estos acontecimientos con gran concisión, y nos obliga a mirar a lo esencial de los mismos. Jesús no elige para el comienzo de su actividad pública el Templo de Jerusalén, sino el desierto; no se manifiesta ligándose a los actos de culto oficial, sino al profetismo, inesperadamente renacido en torno a Juan el Bautista. De esta manera, Jesús reivindica la experiencia religiosa originaria del Éxodo, y su expresión más genuina, el profetismo. Pero esta reivindicación carece de todo viso de nacionalismo, al contrario, es la elección de la “liminidad”: Jesús se sitúa en los márgenes, en la frontera y en los espacios abiertos, allí donde existe disposición para acoger la novedad de Dios. Algo que será difícil de encontrar en los centros de poder político y religioso, representados por los descreídos saduceos y por los fariseos, demasiado seguros de sí y de su propia justicia. Juan, el profeta de última hora, que habita en la marginalidad del desierto y llama a la conversión, representa exactamente todo lo contrario. Vive en la apertura y en la esperanza. Lejos de afirmarse a sí mismo, se define más bien como un “no-ser”: no es ni el Mesías, ni Elías, ni el profeta. Toda su existencia es signo y función de Jesús, “el que viene detrás de mí, pero es mayor que yo, el que bautizará con Espíritu Santo”. Frente a la seguridad de los solemnes ritos oficiales, Juan práctica el sencillo rito de purificación con el agua, que expresa el reconocimiento de la propia imperfección y la disposición y la apertura a algo nuevo, mejor y definitivo.

Es en este contexto de apertura, conversión y marginalidad en el que hace Jesús su aparición pública. En contraste con el “no-ser” de Juan, Jesús es el que es, el que había de venir, el Mesías. Pero su manifestación no consiste en un acto de autoafirmación que dice de sí “yo soy”, sino, al contrario, en el sometimiento al rito de purificación bautismal por el agua. Jesús se muestra hermano de sus hermanos y, sin tener pecado, sufre las consecuencias del pecado, es más, toma sobre sí el pecado del mundo. Al someterse al bautismo de Juan, Jesús afirma su plena identidad con nosotros; expresa que su encarnación no es una mera apariencia, o algo que no toque su ser en lo más profundo. Por eso, el Bautismo de Jesús forma unidad con la celebración de la Navidad y de la Epifanía, y las completa: es la revelación de Dios en la carne, en plena identidad y solidaridad con todos los seres humanos. La carne, en su concreción y en su debilidad, nos hermana a todos en una universalidad abierta que supera toda barrera nacional, ideológica o religiosa. Como recuerda Pedro en los Hechos, es precisamente en esta carne donde queda claro “que Dios no hace distinciones, acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”, y que si su palabra se ha enviado a los israelitas, la paz que esa palabra anuncia es para todos, puesto que Jesucristo es “el Señor de todos”.

Y es precisamente ahí mismo, en ese acto de humillación y solidaridad con su pueblo y con todos, en donde empieza a cumplirse la profecía de Juan: el Espíritu Santo desciende sobre Jesús y la voz del Padre revela su verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. No hay contradicción entre Dios y el hombre, pues el mismo hijo del hombre, Jesús, es el Hijo de Dios, y en la debilidad de la carne se manifiesta la salvación. Dios elige a Jesús, su predilecto, porque se ha hecho uno con nosotros, de modo que todos, que somos de su misma carne, podamos participar de la filiación y la predilección de Dios.

Al contemplar a Jesús, bautizado por Juan como hombre y revelado por la voz del Cielo como Hijo de Dios, comprendemos que en él se realiza la plena y definitiva alianza de Dios con la humanidad profetizada por Isaías: “te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Entendemos también cuál será su estilo mesiánico: no el poder, sino el servicio, no la imposición violenta, sino la restauración, la sanación, la liberación. Jesús no rehúye el encuentro con los pecadores, sino que busca su compañía, el contacto con los impuros para “encontrar al que está perdido” y “sanar a los que están enfermos”; no es un puritano dispuesto a acabar con el pecado y la imperfección a cualquier precio, en un afán destructor, al contrario, sus designios son de recreación y rehabilitación: “La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”, ese será su forma de implantar el derecho en la tierra.

El fácil entender que en el Bautismo de Jesús hay latente una profecía de su muerte y resurrección. Al tomar sobre sí el pecado del mundo, Jesús acepta también las consecuencias del pecado, ante todo, la muerte. El sumergirse en las aguas del Jordán es todo un símbolo de su entrega por amor hasta la muerte. Pero el poder del Espíritu que se manifiesta sobre Él al salir de esas aguas habla de su triunfo sobre la muerte: en la fragilidad de la carne es confirmado por Dios como Hijo.

Nosotros no hemos sido bautizados con el bautismo de agua de Juan, sino con el Bautismo del Espíritu Santo, por el que nos hemos sumergido en el misterio de la muerte y de la resurrección del Hijo de Dios, nacido en una carne como la nuestra. Esto significa que también nosotros tenemos que estar dispuestos a hacer la experiencia del desierto, a elegir el camino de la marginalidad y del servicio, a renunciar a la destrucción y la violencia, a ensayar la apertura de Dios, que no hace acepción de personas, a tratar de pasar por este mundo, como Jesús, haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, por cualquier forma de mal. Bautizados en el bautismo pascual de Jesús y ungidos con su Espíritu, también nosotros podemos escuchar la voz que baja del cielo: “(también) tú eres mi hijo amado, mi hija amada, el objeto de mi predilección”. Esta es nuestra más profunda y auténtica identidad, que sólo en comunión con Jesús de  Nazaret, ungido con la fuerza del Espíritu Santo, podemos descubrir.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
Mirad a mi siervo, a quien prefiero
Lectura del libro de Isaías 42, 1-4. 6-7
Así dice el Señor: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.»

SALMO RESPONSORIAL
R. El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Sal 28, 1 a y 2. 3ac-4. 3b y 9 b- 10

SEGUNDA LECTURA
Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34-38
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: – «Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas, anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos. Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

EVANGELIO
Tú eres mi Hijo amado, el predilecto
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1,7-11
En aquel tiempo, proclamaba Juan: —«Después de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: —«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

La Epifanía del Señor

Sigue la estrella

El misterio de la Navidad es tan grande y tan profundo, que no basta un día para entrar a fondo en él y descubrir todas sus dimensiones. A la noche y el día de Navidad, en que contemplamos la luz del niño Dios nacido en Belén, le siguen otras fiestas que van completando un cuadro armonioso. La fiesta de la Sagrada Familia nos habla de un contexto de relaciones humanas, del que la verdadera humanidad de Jesús tenía necesidad para desarrollarse y crecer. Las fiestas de San Esteban y de los santos inocentes, para evitar un exceso de sentimentalismo, nos recuerdan que Jesús nace en un mundo violento e injusto y que Él mismo y otros por su causa habrán de sufrir las consecuencias de esa situación “no ideal” del mundo en la que tiene lugar la encarnación.

El misterio se va completando con esta fiesta de la Epifanía o Manifestación de Cristo a los gentiles, nuestra popular fiesta de los Reyes Magos. Es una fiesta que enlaza directamente con la del domingo siguiente: el Bautismo del Señor, otro momento de manifestación, pues es el momento del comienzo del ministerio público de Cristo; y con la Bodas de Caná, que Juan presenta como el comienzo de los “signos” que Jesús realiza para anunciar que Dios está ya cumpliendo sus promesas. De hecho, la liturgia oriental reúne en una sola fiesta (aquí en Rusia es el día 7 de enero) la Navidad, y la Epifanía.

Mateo dice, con el episodio de los sabios de Oriente, que ya desde su nacimiento Jesús tiene una significación universal, sin distinción de razas, culturas y nacionalidades. Que Dios se haga hombre (ser humano) es algo que tiene que importarle a todo el mundo. No puede ser algo exclusivo de un grupo, un pueblo, incluso una confesión religiosa. Ya, antes de Cristo, y pese al tono fuertemente nacionalista de la religión judía, se dieron cuenta de ello los Profetas. Isaías hoy los representa a todos. Es algo que se deriva naturalmente de su monoteísmo: si el Dios de Israel es el único Dios verdadero, significa que es el Dios de todos los hombres sin distinción; luego la revelación que Israel ha recibido es para todo el mundo. Israel descubre así su vocación sacerdotal, de mediador entre Dios y la humanidad. Y después de la muerte y resurrección de Cristo, Pablo es el gran batallador por la comprensión universalista de la fe cristiana, que impide que ésta se reduzca a una insignificante secta dentro del judaísmo.

Dios nace y se manifiesta: nace para manifestarse, para comunicarse, para hacerse accesible a todos. Esto tiene una importante consecuencia para la comprensión de nuestra fe, que no puede reducirse a una “opción privada”, a una íntima convicción que no debe manifestarse. Hoy, con frecuencia, en nombre de una tolerancia mal entendida, se nos invita a profesar la fe con tal de que no la manifestemos, de que la practiquemos en nuestro fuero interno, en el ámbito privado de nuestras asambleas litúrgicas, pero renunciando a tratar de que la fe impregne nuestro actuar, nuestro pensamiento y nuestra presencia pública. Es pedir un imposible. Jesús no vino al mundo a fundar un club privado, sino a decirnos que Dios es nuestro Padre, que nosotros somos sus hijos y que todos somos hermanos.

Así pues, respetando sin ambages la libertad de todos y sin imponer nada a nadie, los cristianos no podemos dejar de proclamar el significado y la importancia para todos de lo que nuestra fe proclama, y de testimoniar, invitando a todos, a acercarse a conocer personalmente al hijo de Dios hecho hombre. Y es que la nuestra es una opción personal, pero no sólo una opción privada.

Un detalle importante de esta fiesta es el de la estrella. Los sabios de Oriente representan la sabiduría humana. No eran magos, sino sabios, posiblemente astrólogos, una especie de físicos y filósofos, indagadores de la naturaleza y buscadores de la verdad. Que estos sabios siguiendo la estrella buscaran al niño para adorarlo significa que entre la fe y la razón no hay contradicción alguna, que la ciencia y la revelación no son divergentes sino convergentes, pues por caminos distintos se encaminan a la verdad, el bien y la justicia, que, por vía natural o por vía revelada, tienen un mismo Autor.

La razón tiene sus limitaciones y en ciertos momentos necesita abrirse a la iluminación de la revelación. Así, el hombre puede admirar la grandeza y el poder de Dios al contemplar la naturaleza, pero no puede llegar por la sola razón al contenido revelado, que le dice que a ese Dios creador que busca en las estrellas lo puede encontrar en medio de los hombres. Por eso los Reyes Magos siguiendo la estrella se acercan mucho, pero no pueden llegar hasta el final. Tienen que preguntar a los representantes del pueblo sacerdotal, depositario de la revelación. Estos tuercen el gesto, pero consultan el depósito que se las ha confiado y hallan la respuesta. Es un texto de Isaías el que despeja el camino hasta el niño recién nacido. Pero causa admiración y perplejidad que mientras los sabios de Oriente se muestren tan abiertos (a la razón y a la fe), esos representantes del Pueblo elegido estén tan cerrados a lo que sus propias Escrituras les dicen. Vemos que ni la razón ni la revelación bastan por sí mismas. Hacen falta, además, disposiciones personales, es decir, un corazón bien dispuesto. Si no se da esto, la sola razón puede llevar a la soberbia y a la negación de Dios; y la actitud religiosa cerrada sobre sí misma puede convertirse en fanatismo, en la negación del hombre al que en nombre de una verdad mal entendida se está dispuesto a matar.

Nuestros sabios de Oriente, bien dispuestos y abiertos a las evidencias de la razón y a las revelaciones de la Escritura, encuentran al niño y le ofrecen sus dones. Son toda una profesión de fe: oro (el niño es el rey celestial), incienso (es el Hijo de Dios), y mirra (su trono y su gloria serán la cruz).

Una afortunada tradición ha querido que los reyes magos sigan trayendo sus regalos a niños y mayores del mundo entero. Pero solemos darle a esta tradición un moralismo indebido: los regalos dependen de si hemos sido buenos, de si nos hemos portado bien. Como si fueran el premio a un mérito acumulado. Pero esto no es así. Los regalos se hacen porque se quiere a la persona agraciada, y con el regalo se le “dice” ese amor, se confirma su ser y se celebra que exista. Es importante que nos hagamos regalos unos a otros, como expresión de esos vínculos esenciales que están más allá de todo mérito.

Los magos confiesan y testimonian con sus regalos. Nosotros deberíamos tratar de regalar al mundo el testimonio de nuestra fe, sin miedo y sin vergüenza, dando razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3, 15). Es el mejor regalo que le podemos hacer, pues el mundo necesita a este niño que ha nacido en Belén. Regalar la luz que hemos visto en medio de la noche y que hemos recibido con nuestra fe. Sí, ese es el mejor regalo que podemos y debemos hacer en este mundo no ideal en el que Jesús ha nacido para todos: ser nosotros mismos estrellas que indican el camino que lleva a Belén a todos aquellos que buscan a Dios, y que, incluso sin saberlo, necesitan a Cristo.

La Palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
La gloria del Señor amanece sobre ti
Lectura del profeta Isaías 60, 1-6
¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti. Y caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. Levanta la vista en torno, mira: todos ésos se han reunido, vienen a ti; tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los pueblos. Te inundará una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Vienen todos de Saba, trayendo incienso y oro, y proclamando las alabanzas del Señor.

SALMO RESPONSORIAL
R/. Se postrarán ante ti, Señor, todos los pueblos de la tierra
Salmo 71

SEGUNDA LECTURA
Ahora ha sido revelado que también los gentiles son coherederos de la promesa
Lectura de la carta de San Pablo a los Efesios 3, 2-6
Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me ha dado en favor vuestro. Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio, que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo, por el Evangelio.

EVANGELIO
Venimos de Oriente a adorar al Rey
Lectura del santo Evangelio según san Mateo 2,1-12
Jesús nació en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo.» Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel.”» Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo.» Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

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