Homilia

Homilía del 31.1.2017: Octava de Navidad: “La Sagrada Familia y su carácter sagrado”. Además la del 1.1.2018: Santa María Madre de Dios

Domingo dentro de la Octava de Navidad
La Sagrada Familia: Jesús, María y José

La Sagrada Familia y el carácter sagrado de la familia

Celebramos esta fiesta en el Domingo que sigue a la Navidad. Con ello se nos dice que la Navidad es el contexto natural de la fiesta de la Sagrada Familia. Es natural (aun siendo, precisamente, sobre-natural): La Sagrada Familia queda constituida por el Nacimiento de Jesús.

La noche del 24 al 25 millones de cristianos estuvieron en vela hasta altas horas de la noche, pues querían ser testigos del nacimiento de la luz en medio de la noche. La noche, símbolo del mal, no puede ocultar la luz, es más, la hace más patente: “el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande”.

La Navidad es la afirmación de que Dios se ha hecho encontradizo con el hombre sin condiciones previas: Jesús no ha esperado a que el mundo fuera bueno y perfecto para nacer, sino que ha nacido en “condiciones no ideales”. Por eso su nacimiento no ha disipado totalmente la oscuridad que depende de nuestra libertad. “La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió… Vino a su casa, y los suyos no la recibieron”. Pero existen múltiples signos e indicios de esta luz que, como pequeños pero claros focos, iluminan el camino: el que tenga ojos para verlos se dará cuenta de que, pese a la evidencia de la oscuridad, tal vez precisamente por ella, más evidente es la luz: el bien, la verdad, la justicia, la ayuda mutua, la comprensión, la indulgencia, el perdón… son también actitudes posibles, si queremos, y están, como el niño Jesús, a nuestro alcance, porque es Él quien nos hace partícipes de su poder por medio de la fe: el poder de ser hijos de Dios.

La Sagrada Familia es el contexto natural del misterio de la Navidad, pues en él la realidad sagrada se ha hecho presente en el mundo. Por tanto, se ha hecho presente en las estructuras y realidades concretas de nuestro mundo, y, es claro, no podía no tocar la realidad de la familia, el contexto inmediato en el que aparece el hombre en el mundo.

La Sagrada Familia es ante todo una familia. Su carácter sagrado, evidentemente, procede de que en ella está presente Jesús, el hijo de María, el Hijo del Hombre (como él mismo se llama), el Hijo de Dios, la Palabra encarnada. Si la realidad sagrada de Dios se ha hecho presente en la humanidad, con ello mismo la está consagrando, es decir, está diciendo que el ser humano es algo sagrado, precioso a los ojos de Dios. Y si hacerse hombre implica necesariamente asumir el contexto de las relaciones humanas y, en primer lugar, las de la familia, con ello mismo Dios nos dice que también la familia es una realidad sagrada, querida por él y que debe ser estimada, fomentada y protegida. La familia tiene que ver, en efecto con el proyecto de Dios para el hombre (esa propuesta respetuosa dirigida a nuestra libertad de la que hablamos antes, pero que además está inscrita en nuestra propia naturaleza): la realización del amor humano entre el hombre y la mujer, la transmisión de la vida, el fomento y el crecimiento de la libertad responsable por medio de la educación, el respeto de la individualidad de cada uno, etc. Son todas ellas dimensiones fundamentales para que el ser humano pueda vivir con sentido, libertad verdadera y responsabilidad. Es verdad que la familia, por ser realidad humana, está sometida a los cambios propios de la evolución de la cultura. Pero, así como existe un núcleo esencial de la condición humana que permite reconocerlo como tal en medio de las múltiples variaciones históricas y culturales, así mismo existe un núcleo esencial de la realidad familiar que atraviesa el tiempo y el espacio y hace posible identificarla como tal. Como decía al respecto Chesterton, con su típico humor e ironía, “el Parlamento puede hacerlo todo, menos que los varones engendren hijos”.

En tiempos todavía recientes, allá por los años sesenta y setenta, se dio en criticar con saña la idea de la “institución” familiar, insistiendo en que lo importante no son las formalidades jurídicas o legales, sino los sentimientos. No cabe duda de que hay una verdad en esta afirmación, que, no obstante, peca de imprecisa. Porque, en primer lugar, el amor conyugal (y el consiguiente amor familiar, paterno-filial) es mucho más que un sentimiento, aunque también lo sea. Los sentimientos, que juegan un papel tan importante en nuestra vida, son con frecuencia tornadizos, cambiantes, caprichosos; especialmente los más superficiales. El amor es más que un sentimiento, porque, siendo un acto que brota del centro libre personal, abarca el entero universo del ser humano: los sentimientos (los deseos e inclinaciones, la emociones, la sensibilidad y el gusto: el amor empieza con el enamoramiento, que es cosa del gusto: nos gusta la otra persona), pero también la voluntad (los compromisos, la palabra dada, la voluntad de vivir en común pese a las dificultades y las posibles decepciones, el esfuerzo de la fidelidad; no en vano decimos que amar es querer) y también la razón (amar también es comprender al otro, conocerlo cada vez mejor, para poder aceptarlo, acogerlo y amarlo más intensamente).

En fin, que si podemos acordar que el amor es un sentimiento en este sentido amplio y profundo, habremos de aceptar también que en la familia lo más importante es este sentimiento, y que es un sentimiento tan importante, que todo lo que se haga para protegerlo, fomentarlo, conservarlo y fortalecerlo será siempre poco. La institución familiar es, precisamente la expresión de esa importancia y de esa voluntad de tomarse tan en serio ese sentimiento (en sentido amplio y profundo) tan importante. No tenemos que tener empacho ni vergüenza en decirlo, incluso a veces contra las afirmaciones en sentido contrario, que tratan de vaciar de sentido la institución familiar (tachándola con un deje de desprecio de “familia tradicional”) reduciéndola al capricho subjetivo de cada uno.

La Fiesta de la Sagrada Familia nos habla hoy del carácter sagrado de toda familia humana, como la Navidad nos habla del carácter sagrado del ser humano. En la familia se cruzan dimensiones sentimentales (el enamoramiento que le da inicio, la atracción y el cariño, la ternura que suscita el recién nacido, la veneración que el niño experimenta ante sus padres), morales (existen verdaderos deberes entre los esposos, de los padres hacia los hijos y de estos hacia los padres), intelectuales (el conocimiento mutuo, el aprendizaje que los niños empiezan en el seno familiar…), y todas esas cosas son demasiado serias para dejarlas sólo al capricho de cada cual.

Pero si hablamos de “carácter sagrado” es porque reconocemos que también aquí, pese a las sombras, hay luz: también aquí brilla la luz del Dios encarnado y hace posible, cercano y accesible el ideal familiar. Sentimientos, compromisos, deberes y conocimientos han de ser también ellos servidores del amor, del poder que Dios ha derramado sobre nosotros con la encarnación de su Palabra, para hacernos, si queremos, miembros de su familia, hijos suyos en el Hijo, y así, hermanos entre nosotros. La propuesta y el proyecto de Dios sobre la familia no se para en los estrechos límites del hogar familiar, sino que nos invita a abrir sus puertas para establecer vínculos nuevos, familiares y fraternos con todos los miembros de la humanidad en los que, a la luz que brilla en las tinieblas, podemos descubrir a nuestros hermanos

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El que teme al Señor, honra a sus padres
Lectura del libro del Eclesiástico 3,2-6.12-14
Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad de la madre sobre su prole. El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos y, cuando rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que honra a su madre el Señor lo escucha. Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras vivas; aunque chochee, ten indulgencia, no lo abochornes mientras vivas. La limosna del padre no se olvidará, será tenida en cuenta para pagar tus pecados.

Salmo 127, 1-2. 3. 4-5
R. Dichosos los que temen al Señor y siguen sus caminos.

SEGUNDA LECTURA
La vida de familia vivida en el Señor
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3,12-21
Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro uniforme la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra otro. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada. Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo. Y celebrad la Acción de Gracias: la palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y, todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él. Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

EVANGELIO
El niño iba creciendo y se llenaba de sabiduría
Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 2,22-40
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor. (De acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor”), y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones”. Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre honrado y piadoso, que aguardaba el Consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.» Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

01 de Enero
Santa María Madre de Dios

La plenitud de los tiempos

Al estrenar una nueva “porción” de tiempo, un nuevo año, es casi inevitable preguntarse por esta cotidiana y misteriosa dimensión de nuestra vida. Tal vez nadie hizo nunca esta pregunta de manera más inteligente y profunda que San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé” (San Agustín, Confesiones, XI, 14. Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio.) El tiempo es ese eterno fluir en cuyo seno suceden y se suceden todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia, pero que nos parece que seguiría fluyendo aun en el caso de que nada sucediera. El ser humano se las ha ingeniado para racionalizar y, en cierto modo, dominar esta misteriosa dimensión y situarse en ella dividiéndola, clasificándola y asignándole números. Es verdad que para ello se ha apoyado en los ciclos naturales que se repiten de manera constante: el día y la noche, el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Pero la historia humana, a diferencia de los ciclos naturales, añade novedad a ese eterno fluir temporal, y hace que la rueda del tiempo se distienda como una línea abierta. Y, sin embargo, aquel “eterno retorno” se refleja en cierto modo también en nuestra historia: los problemas, los conflictos, las limitaciones, los sufrimientos, las injusticias… el mal, en suma, con sus múltiples rostros, forman parte de la herencia que cada año que termina le pasa al siguiente. Pero el corazón humano no se resigna, y no cesa por ello de esperar que el año nuevo, la porción de tiempo que estrenamos al asignarle una nueva cifra, sea mejor, más propicio, esté menos gravado por la maldición el mal, y venga, en suma, cargado de mayores bienes, de bendiciones.

La hermosa bendición del libro de los Números, que la Iglesia lee en los umbrales de cada nuevo año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos más o menos escondidos en el corazón del hombre: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Y es que la Iglesia, haciéndose eco de los deseos y las esperanzas en un mundo mejor, celebra cada 1 de enero la jornada mundial de la paz. La paz, bien entendida, es el fruto que sintetiza todos los bienes a los que aspira permanentemente el corazón humano y que son como las condiciones necesarias de aquella: la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como afirmó Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris.

Ahora bien, la Iglesia y todos los cristianos celebramos esta jornada apoyados no sólo en buenos deseos, que pueden revelarse, por lo demás, deseos hueros, sino en una realidad firme, concreta, encarnada: la bendición de Dios se ha hecho tiempo, historia humana, carne por medio del nacimiento del Hijo de Dios. Por él, la bendición del libro de los Números no es sólo un buen deseo (“que el Señor te bendiga…”), sino un acontecimiento histórico: el Señor nos ha bendecido, ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, nos ha concedido su favor, se ha fijado en nosotros, nos ha dado la paz, “él es nuestra paz” (Ef 2, 14). El tiempo, ese eterno fluir, en apariencia indiferente, ha conocido su plenitud cuando ha sido visitado por el Dios eterno, por el Señor y creador del tiempo y de la historia, nacido de una mujer. La jornada mundial de la paz se celebra bajo la protección y el patrocinio de “una mujer”, María, Madre de Dios. En ese título, “Madre de Dios”, la Iglesia confiesa quién es ese que ha nacido de ella: el Hijo, el Verbo eterno de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Mesías y salvador, que eso significa el nombre que le pusieron, según la ley, a los ocho días: Jesús, “Dios salva”.

Con el título de Madre de Dios la Iglesia expresó (en el Concilio de Éfeso, año 431) su fe en que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Por medio de María, madre de Dios, se nos ha abierto la posibilidad de ser libres, de ser hijos en el Hijo, de que el Espíritu clame en nosotros “¡Abba! ¡Padre!”. Y si somos hijos de Dios, quiere decir que somos hermanos, y si todos estamos llamadas a ser hermanos, significa que podemos y debemos vivir en la paz de la fraternidad.

Pero, seamos sinceros, ese mismo corazón nuestro que anhela la bendición de la paz, sabe, en el fondo, que en el nuevo año todo seguirá en nuestro mundo más o menos igual… Si Dios nos ha bendecido con el nacimiento de Jesús, ¿por qué no tenemos paz (verdad, justicia, amor y libertad)? Tal vez porque al don de la bendición hay que responder de forma adecuada, y eso es lo que probablemente nos falte. Esto es lo que nos enseñan los pastores: ir al portal y adorar al niño; y, sobre todo, María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Vivimos demasiado agobiados, demasiado deprisa, pensando que todo depende de nosotros. Pero el don de la paz, que es fruto de una bendición, la que se ha producido con el nacimiento de Jesús, es ante todo un don que nos pide correr a Belén, y allí pararnos, contemplar, adorar, acoger en silencio la Palabra, meditarla y conservarla en nuestro corazón. Si dedicáramos más tiempo a la adoración y a la contemplación, esas actividades tan “inútiles”, empezaríamos por pacificarnos a nosotros mismos, a convertirnos desde dentro en agentes de esa paz que no se consigue ni sólo con pactos, ni con imposiciones, ni con puro voluntarismo. Es verdad que hay que trabajar por la paz. Pero para ello hay que acoger primero la bendición del Señor, acoger al Señor del tiempo, a la Palabra encarnada, y dejar que eche raíces en nuestro corazón.

Pero ahora, en el umbral del nuevo año, contemplando al niño en brazos de María, madre de Dios, dejemos simplemente que la bendición de Dios descienda sobre nosotros como un rocío benéfico: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.”

La palabra de Dios

PRIMERA LECTURA
El Señor te bendiga y te conceda la paz
Lectura del libro de los Números 6,22-27
El Señor habló a Moisés: «Di a Aarón y a sus hijos: Ésta es la fórmula con que bendeciréis a los israelitas: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Así invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.»

Salmo Sal 66
R/. El Señor tenga piedad y nos bendiga

SEGUNDA LECTURA
Nacido de una mujer
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 4,4-7
Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones al Espíritu de su Hijo que clama: «¡Abba! (Padre).» Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

EVANGELIO
María conservaba todas estas cosas en el corazón
Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,16-21
En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

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