Homilia

El amor y los mandamientos

Homilia
21/05/2017

 

La realidad que sintetiza y resume todas las presencias del Señor resucitado, que el tiempo pascual ha ido poniendo ante los ojos de nuestra fe para que lo veamos, es el amor. El cristianismo es la religión del amor. Pero esto no significa que sea una “religión romántica”. El amor de que se habla aquí no es un vago sentimiento de simpatía y benevolencia que se disuelve en una humareda de buenas intenciones. El amor del que hoy nos habla Cristo es una respuesta (un amor responsable) al amor que él nos ha dado, el amor del Padre y que ha manifestado entregando su vida en la cruz y resucitando a una vida nueva. El amor cristiano, es decir, el amor gratuito de Dios en Cristo hacia nosotros y nuestro amor a Dios por Cristo como respuesta, es justamente un modo de vida nuevo que se encarna y hace concreto en actitudes y en acciones. Esto es lo que hay que entender cuando Jesús dice “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Es aquí donde se ve que el verdadero amor no se limita a los buenos sentimientos (aunque los incluya), sino que es un acto que brota del centro mismo de la persona y que, por eso, engloba, además de a los sentimientos, a la razón y a la voluntad, al ser humano en su integridad. En el amor del que habla hoy Jesús (si me amáis) hay un momento de escucha y acogida de su palabra (sus mandamientos) y, por tanto, de comprensión; y hay un momento de puesta en práctica (guardar, cumplir) que tiene que ver con la voluntad. Esto último nos habla de una obediencia que no tiene nada de ciego ni, por tanto, de irracional: la verdadera obediencia tiene que ver con la escucha (según su etimología latina, ob audire, escuchar lo que está frente a uno); y como aquí escuchamos la misma Palabra de Dios encarnada en Jesucristo, se trata también de un “ver”. Guardar los mandamientos de Jesús significa escuchar y ver, entender y decidir. Y es claro que el contenido de esos mandamientos y de ese nuevo modo de vida en obediencia a Jesucristo no puede ser distinto del mismo amor: “quien dice que permanece en Jesús, debe vivir como vivió él” (1 Jn 2, 6); y un amor universal, porque quien escucha la Palabra de Jesús y es capaz de verlo con la fe, lo descubre también en “sus pequeños hermanos” (cf. Mt, 25, 40).

Cuando tratamos de vivir así, recibimos un nuevo don, que se puede entender como consuelo, como testigo a nuestro favor y como defensor: el Paráclito (Defensor) o, como dice el mismo Jesús, “otro” Paráclito, ya que él es el primero. Es el Espíritu mismo de Jesús, el Amor en persona que une al  Padre y al Hijo.

Ahora entendemos que la presencia real de Cristo en su Iglesia y en sus sacramentos, la posibilidad de verlo y experimentar su persona, todo esto es obra del Espíritu. Por eso, ante la posible tristeza por la próxima marcha de Jesús (la Ascensión del Señor que celebraremos dentro de una semana), o la nostalgia de que nosotros no hemos podido ver con los ojos del cuerpo al Jesús histórico, tenemos el consuelo de que Jesús no nos ha dejado solos, no nos abandona, sino que gracias al Espíritu podemos tener acceso personal y directo a Él. Este Espíritu lo hemos recibido de Jesús, lo conocemos y lo vemos gracias a la fe, y sus frutos son palpables: percibimos la Palabra como verdadera Palabra de Dios, en la Eucaristía sabemos que estamos en una relación real con Cristo y, a pesar de nuestras debilidades, comprendemos la verdad del mandamiento del amor: comprendemos que sólo el amor salva. Son cosas que sólo quien tiene fe puede ver y conocer. En la dinámica de la aceptación y el amor a Jesús se da una verdadera revelación que tiene un sello exquisitamente personal: “al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.

A partir de aquí podemos experimentar otros frutos reales del Espíritu, que reproducen la lógica de la muerte y la resurrección. Así, la primera persecución contra los discípulos, la que tiene lugar en Jerusalén contra los cristianos de origen helenista, se convierte en ocasión para la evangelización y para el crecimiento de la Iglesia. Lo que a los ojos humanos es una desgracia, se convierte, por obra del Espíritu, en la apertura de nuevos horizontes y la proyección misionera de la primera comunidad cristiana; y ese ensanchamiento no atenta contra la unidad de la Iglesia, sino que refuerza la comunión cuando los apóstoles (Pedro y Juan) confirman a los nuevos creyentes, que reciben también el Espíritu Santo.

Si glorificamos en nuestros corazones a Cristo Jesús, guardamos sus mandamientos y nos fiamos de su Espíritu, no tenemos nada que temer. Persecuciones y calumnias son ocasión para el testimonio, para dar razón de nuestra esperanza. Esto es algo enormemente actual en nuestros días. El testimonio de nuestra fe tiene lugar, como recuerda Pedro en la segunda lectura, en el respeto de la libertad ajena: “al que os lo pidiere”; y según los modos propios del evangelio: “con mansedumbre y respeto y en buena conciencia”. Son modulaciones del amor y, por tanto, modos de guardar los mandamientos de Jesús. Esto significa responder al mal con el bien, a las maldiciones con bendiciones, a las calumnias con buena conducta. Pedro motiva este modo de actuar con una verdad que parece de Perogrullo, pero que no lo es: “mejor es padecer haciendo el bien, que padecer haciendo el mal”. Y no lo es porque muchas veces nuestra disposición a hacer el bien está condicionada por la obtención de algún beneficio y, en consecuencia, a la evitación de cualquier perjuicio; mientras que, a veces, nos parece que el mal “compensa”, aunque conlleve además alguna desventaja colateral. Pedro nos invita a poner los ojos en Cristo, que pasó haciendo sólo el bien, tuvo que pagar por ello el alto precio de su propia vida, pero “como poseía el Espíritu” (el vínculo de Amor con el Padre), fue devuelto a la vida.

Amar a Cristo conlleva, pues, la firme voluntad de vivir conforme a su Palabra y según su ejemplo; y esto nos asegura la presencia del Espíritu que defiende, consuela y guía a la Iglesia, que nos defiende, consuela y guía a cada uno de nosotros, depositarios de esa revelación reservada a los que le aman y guardan sus mandamientos.

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