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Conversaciones en Majadahonda: “La religiosidad del hombre contemporáneo”

El pasado 17 de mayo dentro del ciclo Conversaciones en Majadahonda, Manuel Oriol Salgado, profesor de Filosofía de la Universidad CEU-San Pablo, desarrolló el tema “La religiosidad del hombre contemporáneo”.

El evento promovido, a la luz de la Exhortación Apostólica “Evangeli Gaudium”, por la parroquia Santa María, ha tenido una magnífica respuesta convirtiendo la sala polivalente de la Casa de la Cultura en insuficiente para acoger la numerosa demanda de plazas para asistir a la conferencia.

Conversaciones en Majadahonda es un ciclo de tres ponencias, de las que ya se han celebrado dos, una el 29 de marzo, “Confesiones de un Cristiano perplejo en las periferias” y la más reciente celebrada el 17 de mayo, “La religiosidad del hombre contemporáneo” de la que publicamos un resumen. El ciclo concluirá el 7 de junio con la conferencia "¿Quién es el prójimo? que tendrá como ponente a José Luis Segovia Berfnabé, Vicario Episcopal de Pastoral Social e Innovación de la Archidiócesis de Madrid 

Por qué hablar de religiosidad

Decía el teólogo protestante americano R. Niebuhr: “No hay nada más absurdo que la respuesta a una pregunta que no se plantea”. Cuántas veces ofrecemos el cristianismo precisamente así: como una respuesta a una pregunta que no se ha planteado. En concreto, como un conjunto de doctrinas que no se entienden, o como un cúmulo de reglas morales que se sienten como un fardo del que hay que liberarse. Sin conexión con ningún interés vital, con ninguna pregunta existencial.

Pero o el cristianismo es respuesta a una pregunta libremente plantada o será incapaz de conquistar a generaciones que han perdido toda tradición cristiana, o que identifican esa tradición con algo a superar. El Concilio Vaticano II percibió este desafío, y puso las bases para una comprensión de la verdad como inseparable de la libertad.

Pero ¿cuál es la pregunta, la necesidad, a la que el cristianismo responde? Saber esto es clave para la nueva evangelización. Y a este nivel de lo humano es a lo que vamos a denominar como “religiosidad” o “sentido religioso”.

Qué es la religiosidad

El sentido religioso coincide con el nivel de ciertas preguntas últimas que la razón de cualquier hombre, por muy distraído que esté de sí mismo, se plantea en algún momento. En realidad, cuanto más comprometido se está con la realidad, más surgen ciertas preguntas o exigencias, que tienen en común su carácter “último”, “absoluto”.

Quizá la circunstancia en la que estas preguntas son más inevitables es la muerte de alguien querido, o el pensamiento de la propia muerte (1). También el sufrimiento propio o ajeno, o la injusticia (2). Igualmente, ante el aburrimiento, o la insatisfacción al alcanzar lo que deseamos se revela una infinita sed de plenitud (3). Pero también ante experiencias positivas como la fascinación de la belleza o el orden (4), ya sea de la naturaleza, el arte o incluso nosotros mismos. En todas estas experiencias y en mucha otras subyace el deseo inextirpable de un significado total, que no es exclusivo de personas piadosas (de hecho ninguna de las citadas lo es) ni de grandes genios o intelectuales, sino que cualquier ser humano posee. En este sentido la religiosidad es algo estructural a nosotros mismos, que se expresa en forma de preguntas y exigencias últimas que la realidad nos despierta.

Pero igualmente estructural a las preguntas es la desproporción para dar una respuesta total (5). Al mismo tiempo que las formulamos o sentimos nos damos cuenta de que nuestra capacidad de respuesta, de satisfacción, siempre será parcial, limitada. Esto convierte la vida humana en una gran paradoja. Por un lado sentimos la urgencia de respuesta como lo más humano y conveniente. Por otro lado parece que una respuesta definitiva queda fuera de nuestro alcance, está más allá de la experiencia posible.

Tal como la hemos descrito hasta aquí, la religiosidad es un dato de la experiencia humana, no decidimos nosotros tenerla, es independiente de nuestra voluntad. No es un “sentimiento” especial de algunas personas con cierta sensibilidad, o un conocimiento directo de Dios que tendrían unos pocos.De hecho todo hombre, por el mero hecho de vivir, está afirmando un significado por el que vale la pena vivir (6), y podemos contemplar toda actividad y expresión humana como reflejo de esta insatisfacción radical.

Pero ante ese dato ineliminable de nuestra experiencia, caben diferentes actitudes, tanto más racionales cuantos más factores tengan en cuenta, pero libres. Sin ánimo de exhaustividad, veamos algunas de estas actitudes.

Una posibilidad es negar la legitimidad misma de la religiosidad: las preguntas últimas no tienen sentido (7). Otra es no negarla, sino intentar mirar hacia otro lado, distraerse, no pensar en ella (8). Una tercera es reducir el deseo para proponernos objetivos alcanzables, no demasiado grandes, como si la satisfacción llegara del cambio de circunstancias (9)…

Pero la actitud que históricamente ha tenido mayor extensión, y que ciertamente es la que ha marcado nuestra civilización, es entender que, dado que existe en nosotros un deseo infinito, debe existir algo (Alguien) infinito que lo satisfaga. A ese Alguien es a quien llamamos Dios(10). Todas las religiones (entendidas ahora como religiones positivas) pueden comprenderse como el intento de los seres humanos de construir un puente entre la finitud de los hombres y la infinitud del fin último al que inevitablemente tendemos: Dios. Un puente admirable, grandioso, aunque en definitiva incapaz de alcanzar su objetivo, pues lo divino aparece siempre más allá.

Cabe, finalmente, una última actitud. La de esperar que, dada nuestra incapacidad de alcanzar a Dios, Dios mismo decida revelarse a los hombres, abajarse para mostrarnos el camino hacia Él. Esta hipótesis no sólo es conveniente, pues correspondería al anhelo profundo de nuestro corazón y nuestra razón, sino también posible, pues si Dios es Dios no podemos limitar de antemano su capacidad de manifestación. El cristianismo es, precisamente, el anuncio de que está hipótesis ha sucedido históricamente.

Implicaciones

Que el cristianismo sea la respuesta de Dios a la religiosidad humana implica una postura del cristiano ante el mundo no de escándalo o de denuncia, sino de abrazo, de diálogo, de acogida, de testimonio (11), conscientes de que los tiempos de Dios no son los nuestros. Es la imagen de la Iglesia, tan querida por el papa Francisco, como “hospital de campaña”. Igual que el mismo Jesús hizo con Zaqueo o la Samaritana, la Iglesia está llamada en primer lugar a valorar y compartir la pregunta, para que la respuesta sea significativa.

Para eso, nosotros mismos necesitamos redescubrir el cristianismo como respuesta a nuestra propia humanidad herida. Si yo no experimento (no solo “sé”) que Cristo es la respuesta real a mi vida, no podré transmitir a otros. O como mucho transmitiré un cristianismo estéril, formal, incapaz de entrar en diálogo de tú a tú con los hombres y las mujeres reales de hoy. Vivir la religiosidad en los términos aludidos no es una estrategia para “ser más eficaces en la evangelización”, sino una necesidad para nosotros los cristianos en primer lugar. Como el papa Francisco afirma en la Evsngelii Gaudium:

“El entusiasmo evangelizador se fundamenta en esta convicción. Tenemos un tesoro de vida y de amor que es lo que no puede engañar, el mensaje que no puede manipular ni desilusionar. Es una respuesta que cae en lo más hondo del ser humano y que puede sostenerlo y elevarlo. Es la verdad que no pasa de moda porque es capaz de penetrar allí donde nada más puede llegar. Nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor.

Pero esa convicción se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje. No se puede perseverar en una evangelización fervorosa si uno no sigue convencido, por experiencia propia, de que no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo sólo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos” (12).

Notas

(1) El gran Unamuno es quizá quien mejor ha expresado este anhelo: «No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y me siento ser ahora y aquí, y por esto me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia». Pero es el mismo deseo que late en cualquiera. Por ejemplo, en el transexual Antony: Antony and the Johnsons, “Hope there’s someone”: “Espero que haya alguien que cuide de mí cuando me muera. ¿Me iré? / Espero que haya alguien que libere mi corazón cuando me encuentre cansado. / Hay un fantasma en el horizonte cuando me voy a dormir. ¿Cómo puedo dormir por las noches? ¿Cómo podría reposar mi cabeza? / Tengo miedo de ese lugar entre la luz y ninguna parte. No quiero ser a quien dejen abandonado allí”.
(2) Habermas: “La irreversibilidad de los sufrimientos del pasado —la injusticia infligida contra personas inocentes, que fueron maltratadas, degradadas y asesinadas— sin que el poder humano pueda repararlo. […] La esperanza perdida de resurrección [se siente a menudo como] un gran vacío”.
(3) Ernesto Sábato, España en los diarios de mi vejez: “La nostalgia es una añoranza, una memoria de los sentimientos inarrancable, que existe en toda vida. No se la puede explicar pero se la siente como la memoria de una armonía que nos fuese nuestra más auténtica manera de existir. Como nunca la vivimos, tendemos a ponerla en la infancia, quizá para darle un sosiego. Yo nunca pude calmar mi nostalgia, domesticarla, diciéndome que aquella armonía fue un tiempo en la infancia; ojalá hubiera sido, pero no. Fui un chico hipersensible, ya lo dije, proclive a los temores, a la incertidumbre. De modo que la nostalgia es para mí una añoranza jamás cumplida, el lugar al que nunca he podido llegar. Pero es lo que hubiéramos querido ser, nuestro deseo. Tanto no se lo llega a vivir que hasta podría creerse que está fuera de la naturaleza, si no fuese que cualquier ser humano lleva en sí esa esperanza de ser, ese sentimiento de que algo nos falta.
La nostalgia de ese absoluto es como un telón de fondo, invisible, incognoscible, pero con el cual medimos toda la vida, si no no la llamaríamos “finita”, como no llamamos “limitado” a no tener más que dos brazos. Algo en nosotros se niega a aceptar la muerte. Quizá, todo lo que hagamos contra esa evidencia, y ese decirle “no”, sea un “sí” a eso otro, a esa pertenencia a una vida sin muerte, sin tanta violencia, sin guerras… Esa vida que es imagen de otra forma de vida y de otra vida, aunque sólo la vivamos en un borrador o en su negativo. Extrañándola, anhelándola…”
Gustavo Martín Garzo, “Las vírgenes suicidas”, El País: “La película de Sofía Coppola habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los hombres, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta. Todos deben aceptar que esa vida a la que se encaminan es demasiado estrecha para albergar los anhelos que albergan en su interior”.
Rosa Montero, “Una vida pequeña”, El País: “Paterson, la última película de Jim Jarmusch, habla justamente de eso. De la pequeña vida de un conductor de autobús en una ciudad de Estados Unidos. De sus rutinas. De la relación con su pareja. Del ansia indefinible que nos aletea a todos dentro. Sueños de dicha, atisbos de belleza, la añoranza de una plenitud que en realidad nunca hemos conocido y que no conoceremos jamás. … Su futuro y sus ansias le importan muchísimo. A todos nos importa tanto nuestra existencia como si fuéramos el hombre o la mujer más relevantes del planeta. Todos anhelamos encontrar un sentido”.
(4) Baudelaire, Notes nouvelles sur Edgar Allan Poe: «Es este admirable, este inmortal instinto de lo bello, el que nos hace considerar la tierra y sus espectáculos como una percepción, como una correspondencia del cielo. La sed insaciable de todo lo que está más allá, y que la vida revela, es la prueba más viva de nuestra inmortalidad. Es con la poesía y a través de la poesía, con la música y a través de la música como el alma entrevé los esplendores que están más allá de la tumba; y cuando una poesía exquisita hace que las lágrimas rebasen los ojos, esas lágrimas no son la prueba de un exceso de gozo, sino más bien el testimonio de una irritada melancolía, de una postulación nerviosa, de una naturaleza exiliada en lo imperfecto, que querría adecuarse inmediatamente, en esta misma tierra, de un paraíso revelado".
(5) Leopardi, Pensamientos: «El no poder quedar satisfechos con ninguna cosa de la tierra, ni siquiera, por así decirlo, con la entera tierra; considerar la amplitud inabarcable del espacio, el número y el tamaño maravilloso de los mundos, y encontrar que todo es poco y pequeño para la capacidad de nuestro espíritu; imaginar el número infinito de los mundos, y el universo infinito, y sentir que nuestro ánimo y nuestro deseo son todavía mayores que un universo así; acusar siempre a las cosas de insuficiencia y de nulidad, y padecer falta y vacío, y también tedio, me parece a mí el mayor signo de grandeza y de nobleza que cabe ver en la naturaleza humana».
(6) Dostoievski, El adolescente, cit. en H. De Lubac, El drama del humanismo ateo: «El hombre no puede vivir sin arrodillarse… Si rechaza a Dios, se arrodilla ante un ídolo de madera, de oro o simplemente imaginario. Todos éstos son idólatras, no ateos, idólatras es el nombre que les cuadra».
(7) Simone de Beauvoir: “El hombre auténtico no consentirá en reconocer ningún absoluto extraño. Renunciando a buscar fuera de sí mismo la garantía de su existencia, rehusará también creer en los valores incondicionados que se exigirían como cosas a través de la libertad…. Fuera de la existencia no hay nadie. El hombre existe. Para él no se trata de preguntarse si su presencia en el mundo es útil, si la vida vale la pena de ser vivida: son preguntas desprovistas de sentido”.
(8) Carta a Augusto Guerriero: “La enfermedad progresa y yo siento que se acerca mi fin. Durante el día me distraigo intentando vivir intensamente. Pero de noche no consigo dormir y el pensamiento de que dentro de poco dejaré de existir me produce un sudor frío. A veces creo enloquecer. Si tuviera el consuelo de la fe podría refugiarme en ella, encontraría la resignación necesaria. Pero, desgraciadamente, perdí la fe hace ya tiempo. Y las muchas lecturas, quizá demasiadas, que me la hicieron perder, no me han dado en cambio esa frialdad, esa tranquilidad que permite a otros afrontar el paso serenamente. En definitiva, me he quedado solo e indefenso… Y por esto me dirijo a usted. Admiro su serenidad, que se refleja en todos sus escritos, y le envidio. Estoy seguro de que una carta suya me sería de gran alivio y me daría fuerzas. Si puede, le ruego que me ayude”.
Respuesta de Augusto Guerriero: «… Pero dígame: ¿qué puedo hacer yo por usted? ¿Escribirle una carta? Y ¿para qué puede servirle una carta? Yo escribo sólo de política y ¿de qué serviría que yo le escribiera de política? A usted sería necesario hablarle de otras cosas y yo nunca escribo sobre esas otras cosas; mas aún, ni siquiera pienso en ellas. Precisamente para no pensar en ellas escribo de política y de asuntos que, en el fondo, no me importan nada. Así consigo olvidarme de mí y de mi propia miseria. Este es el problema: encontrar el modo de olvidarse de uno mismo y de la propia miseria».
(9) Luis Ventoso, “El algoritmo de la felicidad”, ABC: “Mo Gawdat, … alto cargo en Google … en un arrebato online se compró dos Rolls-Royce de una tacada, «pero fue solo una chispita de placer». Veía su careto en el espejo y contemplaba «a un infeliz». Así que se lanzó a investigar la ecuación de la felicidad permanente, que llamó el «algoritmo de la felicidad» y dio pie a un «best-seller». Su fórmula reza así: «La felicidad es igual o mayor que la diferencia entre el modo en que tú ves los acontecimientos de tu vida menos tus expectativas sobre cómo debería ser tu vida» … Pero por muy new age y estupendos que nos pongamos, es imposible salir de la muerte de un hijo y de un divorcio sin muescas de dolor. Sin duelo no seríamos personas. El algoritmo de la felicidad, como todo lo humano, se torna así falible y quebradizo. Inane ante las últimas preguntas”.
Rosa Montero, “La piscina que no fue y otros deseos”, El País: “Y es que desear siempre es un lío. Los deseos, ya se sabe, son problemáticos. Si no los consigues, pueden llenarte de frustración hasta amargarte la vida. Pero, si los haces realidad, a veces es peor. Ya se sabe que cumplir un deseo puede ser catastrófico; como decía Santa Teresa, "se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas". Al lograr tu sueño puedes darte cuenta de que no te aporta nada; de que no sabías lo que era; de que no lo deseabas en realidad; de que tu vida se queda vacía sin ese anhelo; de que has malgastado años y energías en una quimera. (…) Por eso, por esa enloquecedora falta de fiabilidad de los deseos, por su infinita capacidad para herirnos de una manera u otra, es por lo que algunas religiones y filosofías orientales preconizan su rechazo. No desear y así no sufrir. Pero los occidentales pensamos que el deseo es el motor de la vida, y que la paz que puedes alcanzar al prescindir de él se parece demasiado a la tranquilidad de un cementerio. Tal vez el quid de la cuestión consista en desear dentro de nuestro horizonte. Desear lo que podemos razonablemente obtener, lo que podemos abarcar”.
(10) Wittgenstein, Diario filosófico, 11.6. 16: «¿Qué sé sobre Dios y la finalidad de la vida? Sé que este mundo existe. Que estoy situado en él como mi ojo en su campo visual. Que hay en él algo problemático que llamamos su sentido. Que ese sentido no radica en él, sino fuera de él. Que la vida es el mundo. Que mi voluntad penetra el mundo. Que mi voluntad es buena o mala. Que bueno y malo dependen, por tanto, de algún modo del sentido de la vida. Que podemos llamar Dios al sentido de la vida, esto es, al sentido del mundo. Y conectar con ello la comparación de Dios con un padre. Pensar en el sentido de la vida es orar».
(11) Francisco, Evangelii Gaudium, 1: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.
(12) Francisco, Evangelii Gaudium, 265-266.

Manuel Oriol Salgado
Majadahonda, 17 de mayo de 2017

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