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Conferencia ¿Quién es mi prójimo?, ofrecida por el Vicario Episcopal José Luis Segovia Bernabé

Tercera y última charla del ciclo “Conversaciones en Majadahonda” de la parroquia Santa María

El pasado 7 de junio, la parroquia Santa María de Majadahonda cerró su ciclo de conferencias “Conversaciones en Majadahonda” que comenzó el mes de marzo con el tema “Confesiones de un Cristiano perplejo en las periferias”, continuó en mayo con “La religiosidad del hombre contemporáneo”, para concluir con un asunto de gran trascendencia “¿Quién es mi prójimo?, Pregunta a la que ha intentado dar respuesta de una forma brillantísima José Luis Segovia Bernabé, Vicario Episcopal  de Pastoral Social e Innovación de la Archidiócesis de Madrid.

El objetivo de estas charlas era, a la luz de la Exhortación Apostólica “Evangeli Gaudium, responder, en algunos aspectos, al impulso tan deseado por el Papa Francisco de una nueva evangelización.

Este último encuentro celebrado, al igual que los anteriores, en la sala polivalente de la Casa de la Cultura, contó con una buena asistencia que superó la capacidad prevista inicialmente.

Las reflexiones transmitidas por José Luis Segovia fueron profundas y conmovedoras. He aquí un resumen de su intervención.

¿Quién es mi prójimo? 

 No vale cualquier forma de mirar ni de sentir
Descubrir en el otro un prójimo, un hermano, reclama de nosotros una particular forma de mirar. La de quien descubre en el otro a un hijo o hija de Dios, hecho a su imagen y semejanza. Tamaña “divinización” del ser humano no tiene parangón en la historia de las religiones.

Vamos e empezar señalando por vía negativa los modos de mirar y de sentir la realidad que no satisfacen las exigencias de una mirada creyente sobre la realidad, capaz de hacerse cargo de ella y acercarla al sueño del buen Dios, a eso que llamamos el Reinado de Dios y su justicia.

 Para contemplar la realidad como creyentes no sirven formas enfermas de mirar:

   -No sirve la mirada esquiva: la que no se atreve a mirar de frente al otro y opta por hurtar la mirada y dejar de contemplar el rostro del otro que sufre. So, seguro, las miradas del levita y el sacerdote que, siendo buenas personas, optan por acelerar el paso, pasar de largo junto al caído y mascullar algún razonamiento repleto de sentido común y prudencia,

  -Tampoco nos vale la mirada miope, incapaz de ver más allá de sus narices, la que contempla exclusivamente el corto plazo, los resultados…

 -Ni la de quien padece astigmatismo y no es capaz de perfilar con precisión el objeto contemplado, porque le cuesta trabajo bajar de las abstracciones y utilizar para ello mediaciones como las ciencias sociales.

-No vale la mirada “diagostica”, la que etiqueta y se distancia…

  -Finalmente, no es tampoco la mirada de quien padece “vista cansada” y tiene que alejar los objetos para poder verlos mejor y así evita encontrarse de cerca y cara a cara con el dolor real y concreto de sus semejantes,

Eso en cuanto al sentido de la vista. Bien pudo decir San Ignacio de Loyola  que “no el mucho saber harta y satisface el alma, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”. Con ello apunta que para hacerse cargo de la realidad que tenemos como tarea y en cuanto cristianos no es suficiente con el elemento cognitivo que viene dado por la percepción de los sentidos… También es necesario un “dejarse afectar por la realidad”, un “com-padecerse” de ella, para poder encargarse de la misma. Ello sólo es posible implicando a la persona en su totalidad que, como olvidó una Ilustración que endiosó a la razón, implica además la emoción, la vida afectiva, para constituirse en una “razón cordial”, una “inteligencia sintiente” que diría Zubiri.

Por tanto no nos sirven ni la sensiblería ñoña de un emotivismo que se agota en las lágrimas facilona y momentánea de un reality show, ni la psicopatía cada vez más extendida en nuestras sociedades que pasa sin solución de continuidad de los ahogados en el estrecho,  los miles de refugiados que se acercan al invierno o los muertos en un atentado terrorista al partido de fútbol de la semana o a los anuncios para tener el cutis terso y lustroso. La psicopatía básicamente consiste en la disociación entre la inteligencia (que puede ser aguda y siempre es instrumental) y un corazón incapaz de ponerse de manera duradera y sostenible (muchas veces ni siquiera momentánea en el lugar del otro).

Una lectura creyenteLos creyentes experimentamos de manera gozosa e inmerecida el don de la fe. Tal vez no nos haga mejores que los demás, tal vez no seamos conscientes o coherentes con lo que se nos ha regalado (“hazte digno de aquello que has recibido”, le decían al soldado Ryan en la famosa película). Pero en cualquier caso la fe nos posibilita hacer una lectura de realidad “con otros ojos”, sentir lo real “con un corazón reactivo”, de quien se siente profundamente amado y querido por Alguien que es infinitamente más grande que El y que, en el fondo, sostiene, empuja, alienta, levanta nuestro caminar y nos presiona discreta pero providente y eficazmente para que realicemos su designio amoroso sobre a tierra.

En definitiva, los hombres y mujeres de fe, podemos hacer una auténtica lectura creyente sobre la realidad y muy en particular sobre el mundo de la pobreza y de la exclusión. Esa es la lectura que hace la Iglesia cuando va formulando su doctrina social en los últimos siglos.

Por eso, una mirada rigurosa, amplia y penetrante que detecte negatividades y descubra posibilidades inéditas está formada por la intersección de cuatro coordenadas concurrentes:

a). Una es el dinamismo contenido en el abordaje del mundo que realizó la Constitución pastoral Gaudium et spes cuando, proyectando una mirada amable, compasiva y crítica (son tres notas fundamentales) sobre la realidad, afirma nada más empezar que “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1). Se trata de aunar la ética del cuidado, la hospitalidad, el mimo, la ternura y la delicadeza, con las exigencias de respeto a los vulnerables y las de una justicia sin rebajas. Lo dice muy bien el canto del siervo de Yahvé. La caña cascada no la quebrará, no apagará el pabilo vacilante, y no cesará hasta implantar el derecho y la justicia en toda la tierra (Cf. Is 42,3).

La mirada amable deriva de la coda con que va cerrando el libro del Génesis cada acto creador de Dios: “y vio Dios que era bueno” (Gn 1,31). El mundo es hechura divina y los seres humanos somos su imagen (ni nosotros podíamos aspirar a más, ni Dios abajarse tanto). Hasta el mismo Jesús, cuando está siendo mortalmente torturado, tiene una mirada condescendiente sobre sus asesinos: “no saben lo que hacen” (Lc 23,34).

La mirada compasiva es una exigencia ética que bebe de la condición humana (somos seres para la comunión con otros) y de la compasión ante el sufrimiento del otro. Es la forma de mirar del samaritano que lleva a un discernimiento y, sobre todo, a una actuación sanante y reparadora (cf. Lc 10,25-37) que se vuelca en una cascada de verbos de cuidado.

Finalmente es crítica porque no es relativista, no es indiferente ante el bien y el mal. No es neutral, sino apasionada y beligerante contra la injusticia. Es una mirada que invita a contrastar y a mantener la sana tensión moral entre lo que la realidad “es” y aquello que “debe” ser.

b) Otra es la afirmación de Mario Benedetti: “Todo es según el dolor con que se mira”. Tenía razón Epicuro: el dolor es una experiencia universal que permite las comuniones entre las identidades más divergentes. Una mirada que tenga en cuenta el dolor, el sufrimiento del prójimo, será una mirada compasiva (capaz de ponerse entrañablemente en el lugar del otro), pero también indignada (porque se sublevará ante lo injusto evitable).

c) La tercera coordenada es más prosaica y menos poética. Es una aplicación del principio de incertidumbre de Heisenberg: la mirada del observador sobre la realidad contemplada la modifica inexorablemente. Así, entre el observador y lo observado se consolida una mutua relación de circularidad. El hecho mismo de contemplar las esperanzas y desesperanzas de nuestro mundo ya lo está haciendo diferente. Educar la mirada de las nuevas generaciones es un grandísimo desafío. Para que no les pase eso de “aunque miran no ven; oyen pero no escuchan ni entienden” Mt 13,13

d) Finalmente, solo una mirada “desde las bajuras” de la realidad, sólo desde la contemplación del fracaso y de los perdedores, de los parados, los desahuciados y de todas las víctimas, estaremos en condiciones de poder hacer un discurso riguroso, completo y veraz sobre la realidad. De este modo, las bajuras, el mundo de los “descartados” y “sobrantes” en términos del papa Francisco, se constituyen, en requisito epistemológico para una reflexión honesta, veraz y objetiva sobre la realidad misma. Son las bajuras las que permiten evitar el riesgo de una mirada individualista sobre problemas que tienen matriz social o incluso estructural. La misma constitución Gaudium et spes n. 30 previene frente al riesgo de un abordaje meramente individualista de problemas de corte colectivo. El documento eclesial se refiere negativamente a los que eluden pagar impuestos y al pecado social al que contribuyen. Serán también las bajuras, las que, como envés de lo anterior, simultáneamente reivindican el valor de la singularidad e irrepetibilidad de cada ser humano y, por tanto, de su condición de fin-en-sí y no simplemente de medio. ¡Cuánto daño nos ha hecho la forma de mirar meramente “contable” e individualista de los utilitarismos materialistas contemporáneos!

La forma de mirar condiciona la forma de nombrar y, finalmente, la forma de percibir y de intervenir. Lo ilustra la anécdota de aquel chavalillo que, cual perrillo callejero, se buscaba la vida por la calle pidiendo y revendiendo paquetes de pañuelos de papel: “estoy harto; la gente me mira con miedo pensando que les voy a robar, o con piedad porque me ven sucio; ¡Nadie me mira como una persona! ¡Soy igual que ellos!”.  “No soy de cristal” era su queja repetida, aludiendo a la ausencia de entrecruces de mirada. Un libro estremecedor  que relata procesos de encuentro entre ex miembros de la organización terrorista Eta y sus víctimas alude desde el mismo título a la relevancia de la mirada del otro. Tanto que, como confiesan varios de los otrora terroristas, “es imposible matar mirando a los ojos”. En efecto, la mirada es condición de posibilidad del encuentro porque es la puerta de entrada al rostro del otro. Así “llamamos rostro al modo en el cuál se presenta el otro, que supera la idea del otro en mi” . Contemplar el rostro del otro supone ser visitado y asumir una responsabilidad sobre él.

Desde luego, no se trata de que tengamos que ser “los solucionadores” de todo o que debamos asumir una insana culpabilidad. Más bien apela a la responsabilidad. Es el deber de tener que responder. Nada nos dispensa de tratar de “mirar” todo lo que se pueda, porque en esa contemplación ya estamos autoimplicados.

Algunos rasgos de la mirada de Jesús 

Naturalmente hay muchas formas de mirar. Pero ninguna nos resulta tan omnicomprensiva, tan aguda y penetrante como la que se infiere en los evangelios de la forma de mirar de Jesús de Nazaret. No es que lo cristiano, en cuanto tiene de divino eco, compita con lo humano, es que supone su exaltación. Por eso es perfectamente posible que incluso un ateo participe en gran medida de la forma de mirar de Jesús y que algunos creyente poco avisados se mantengan ciegos si no adoptan el ángulo del telescopio que ha puesto el buen Dios en nuestras manos para contemplar la realidad.

Como nos recuerda Aparecida 36: “En Cristo Palabra, Sabiduría de Dios (cf. 1 Co 1, 30), la cultura puede volver a encontrar su centro y su profundidad, desde donde se puede mirar la realidad en el conjunto de todos sus factores, discerniéndolos a la luz del Evangelio y dando a cada uno su sitio y su dimensión adecuada”. Señalaré seguidamente algunos rasgos que responden al desde dónde y al cómo mirar;

* La mirada de Jesús es una mirada cargada de sentimientosy repleta de compasión
No es neutral, ni aséptica, ni “profesional” en el mal sentido del término. Al contrario, su mirada profesa cariño, incluso en situaciones donde se produce, finalmente, el desencuentro de proyectos vitales (“miró con cariño al joven rico” (Mc 10,21), o donde es palmaria la lejanía de credos y situaciones personales (admiración ante la fe del centurión Mt 8,10), o donde hay distancia de praxis y concepciones  religiosas (maravillamiento ante el óbolo de la viuda (Lc 21,2). Es una mirada repleta de reconocimiento ante la diferente fe de la cananea (Mt 10,28); se torna en aceptación incondicional ante las magulladuras culpables del hijo pródigo (Lc 15,11 ss.); en  atrevimiento y auto invitación ante la cortedad de Zaqueo (Lc 19, 1 ss.) y, quizá la más cercana a nosotros, es mirada cariñosa de Jesús hacia la fe de los voluntarios que le traen en camilla al paralítico que acaba provocando el milagro (Mc 2,5).

* Es una mirada, cuando es preciso, cargada de indignación
Lo es ante lo injusto evitable (Mt 12, 2.10), cuando se juega la suerte de los pequeños (Mt 18,2), cuando se les escandaliza (Lc 17,2), cuando se le separa de los niños (Lc 18,16), cuando, con Pedro prudente, se le hace rehuir el conflicto, la cruz y la polémica con el poder (Mc 8,33), cuando se buscan privilegios (Lc 14,8) o se provoca escándalo a los vulnerables (Mc 3,5), cuando se secuestra a Dios o se convierte su casa en cueva de mercadeos y transacciones (Jn 2,15).

Estos dos sentimientos morales (compasión e indignación) son los que nos sacaron de las cavernas y nos hicieron avanzar por la senda inconclusa de la humanización. Por eso deben impostar toda forma de mirar que se pretenda humana.

* La mirada de Cristo es mirada que sabe discernir
Es larga, profunda, inteligente. Sin miopía ni vista cansada. No confunde el trigo con la paja. No escabulle la verdad. Escruta hasta lo más hondo las intenciones ocultas de sus perseguidores. Fiel a Dios hasta el final, pero no tonta. Sabe con quién se juega los cuartos, sobre todo cuando los cuartos están en manos de muy pocos. Es inocente pero no ingenua, sencilla como paloma pero astuta como serpiente (Mt 10,16).

* Es una mirada contemplativa
 Va más allá de las apariencias y las pintas (Lc 7,37 ss.), bucea en el hondón humano, desenmascara mentiras virtuales y pecados estructurales (Jn 8,4 ss.) y, a  la postre, descubre tras el rostro del pobre, del enfermo, del preso o del inmigrante al mismo Cristo hecho no sólo sacramento sino también juicio último, universal, sobre nuestra vida y antepenúltimo sobre la dignidad con la que vivimos todos, creyentes y no creyentes (Mt 25,37).

Porque no se queda en la superficie y escruta, escucha antes de hablar. Hace como la advertencia del Metro de muchas grandes ciudades: “Antes de entrar dejen salir”. Para que no nos pase como a la pobre monja negra, recién llegada desde un país subsahariano a Barajas, y que al llamar a la que habría de ser su nueva casa, la espetan: “A las 6,30 abrimos y, por favor, por la otra ventana”. Esperó cerca de una hora y, efectivamente, a las 6,30 horas una mano generosa la tiende una bolsa llena de pañales y potitos… que no había pedido… Le puede pasar a cualquiera. Pero también se puede asfixiar a los pobres con un exceso de “generosidad”.

* Es una mirada limpia (Mt 5, 8)
Porque quiere ver la realidad sin prejuicios ni intereses propios, es un mirar puro, empatía compasiva que se solidariza con los débiles y apuesta de simplicidad de vida para crear valores alternativos a la complejidad, la arrogancia del poder, la violencia del éxito o el consumismo desenfrenado en el que participamos todos.

* Es consciente de las propias motas en el ojo (Lc 6,41)
Por eso, auxilia desde la consciencia de la propia debilidad. Sana desde las propias heridas. Ayuda a izarse desde el ímpetu que dan las propias levantadas. Es el sanador herido, el que da lo que tiene, o mejor, el que comparte desde lo que simplemente es, con autenticidad. No es mirada “solucionadora”, sino frágil, pero siempre cómplice y solidaria.

 * Es una mirada seguida de resolución
 Continuamente nos dice “vio Jesús y les dijo” y, sobre todo, “vio Jesús e hizo” (p.e. Mc 1,16). No es la mirada intencionadamente distraída del levita o la del sacerdote: uno y otro, ante el caído y apaleado al borde del camino, “vio, se desvió y pasó de largo” (Lc 10,32). Es más bien la de aquel que se sintió interpelado por el rostro sufriente del prójimo; tanto, que, “al verlo, sintió lastima, se acercó, le vendó las heridas, lo montó en su propia cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él” (Lc 10, 33-34). ¿Ha percibido el lector/a la cascada preciosa de verbos concatenados que nos hablan de la torrentera de decisiones, implicaciones, sentimientos, cuidados…?

* Es consciente de ser, en cierto modo, una mirada privilegiada
“Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis” (Mt 13,16). La amistad, el trato personalizador desde el encuentro con los pobres, son todo un lujo inmerecido, un privilegio, una “auténtica propina de la vida”. Compartidos con otros muchos no creyentes que expulsan demonios son un motivo continuo de agradecimiento al Padre.

 * Es una mirada que nunca deja las cosas como están
 Transforma y dignifica el corazón y la realidad de la persona concreta, y altera sustancialmente el orden “natural” social. Perdona y levanta a la adultera, pero sienta en el banquillo a los jueces (Jn 8,3 ss.). Cura la lepra y al tiempo apuesta por la inclusión y la integración como queridos por Dios (Mt 8,1 ss.). Cura, pero también se salta descaradamente  las leyes injustas cuando esclerotizan la misericordia de Dios e impiden la inclusión de los vulnerables (Mt 12,12). En definitiva, no duda en simultanear la sanación de la persona concreta con la expulsión de legiones de demonios (Mc 5,2ss.). La mirada cura el pecado personal y obliga a la conversión de los mecanismos y estructuras de pecado” (Lc 11, 37).  Es mirada y actitud que no dejan indiferente. Tiene algo de retadora. Invita a tomar partido, a optar. Supone conflicto personal y grupal. Es dialéctica, es apuesta descarada por el pobre y aflicción por el rico que no se convierte. Su vocación es transformadora.

 *Es una mirada con humor
De ese humor fino y sano que no es sino relativización de uno mismo y de los propios protagonismos, para ceder lugar al único Absoluto, a Aquel que “da a sus amigos… mientras duermen” (Sal 127, 2). Frente al serio rigorismo y ascesis del Bautista (Mc 1,6), Jesús es más sociable y convivencial. Por eso, hace mesa común con todos (Mc 2,15), sonríe y, seguro, ríe y, además de espléndido comunicador en parábolas, probablemente, también contó chistes. Por eso relativiza a los poderes políticos y religiosos y sólo consiente como título de honor para sentarse en la mesa de su Reino el de “siervo inútil”.

 2.2.-  El corazón de Jesús: la misericordia y sus obras
De alguna manera, la mirada de Jesús ha dejado bien perfilado cual es el corazón misericordioso de Jesús. De él bebe esa mirada. Jesús, como señala la Bula Misericordiae Vultus, es el rostro visible de la misericordia del Padre. Por eso, el primer desafío es dejarnos misericordear por Dios. Solo así podremos practicar misericordia entre nosotros y “misericordear” a los predilectos, los pobres.

Al servicio de esta misericordia que no puede quedarse en un intimismo individualista se ponen las obras de misericordia corporales y espirituales a cuya práctica nos invitaba nuestro Arzobispo en el pasado  Año jubilar de la Misericordia. Son en buena medida un trasunto de las materias de las que se nos examinara en el juicio final (Mt 25). La “chuleta” para pasar la prueba la tenemos en el relato del buen Samaritano del que someramente entresacamos algunas actitudes.

Nuevos retos de la pobreza

Unas palabras sobre la pobreza como objeto de nuestra mirada, Se trata de claves que están implícitas o explicitas en el documento aprobado por los obispos españoles “La Iglesia, servidora de los pobres”. Me voy a centrar en este último acercamiento a los presupuestos de lo que en la metodología clásica consagrada por Mater et Magistra 236, recuperada por Aparecida  ver, juzgar y actuar, a la que el Papa Francisco añade el celebrar, apuntando a la mística como la única que permite mantener siempre los ojos y el corazón abierto ante las necesidades del prójimo,

 3.1 – La nueva consideración de la pobreza como realidad multifactorial
Hemos de superar el concepto clásico de pobreza, entendida unilateralmente como escasez de renta o minimización de la capacidad de consumo que se salda con la limosna o la moderna transferencia de rentas vía subsidio, adentrándonos en el de marginación que implica desviación con respecto a las condiciones y expectativas en que se desenvuelve la media del grupo humano en que se inserta, para culminar en el de exclusión que conlleva la dimensión económica, la cultural, la relacional y la de la participación social y política en el destino de la propia comunidad. El concepto de exclusión, incorpora a los demás y destaca el carácter multifactorial de la pobreza y, por consiguiente, la necesidad de una intervención múltiple en línea de lo que se apunta en los siguientes epígrafes.

3.2. – El primado de la persona y de sus necesidades
El servicio a la dignidad de la persona, auténtica imagen de Dios (la expresión no deja de ser una deificación del ser humano y si esa persona es pobre se torna en sacramento y juicio final de un Dios que se identifica con la vulnerabilidad personal sin parangón en la historia de las religiones: tuve hambre o sed, estuve enfermo, fui extranjero, estuve preso (cf. Mt, 25). Y de la mano del primado de la persona, la constatación de que su dignidad se pone a buen recaudo cuando se da cobertura a sus necesidades que son las mismas en cualquier lugar y momento de la historia: necesidad de alimentación y agua, de vivienda, de vestido, de reconocimiento… incluso de ocio. La satisfacción o no de las necesidades de las personas es la prueba del algodón de la eticidad del funcionamiento de las instituciones o de la legitimidad de una norma: ¿se puede dejar a una familia con niños y ancianos en la calle? ¿Se puede dejar a alguien sin agua o sin electricidad?… Los bienes comunes básicos que sirven para necesidades vitales tienen que ser asegurados para todos….

3.3 – El enfoque de los derechos humanos
Satisfacer las necesidades y proscribir los intereses, es la principal tarea de los DDHH. Sucesivas generaciones de derechos nos sirven para descubrir como en verdad “constituyen un hito en los avances de la civilización” y “parte del contenido de la pretensión del Reinado de Dios” en palabras de los últimos Papas. A los derechos civiles  políticos de primera generación, se sumaron los de segunda y más recientemente los de tercera que tienen como sujeto y titular a todos los seres humanos (derecho al agua, a la paz, al desarrollo, a un medio ambiente sano…)

3,4.- La cuestión del crecimiento y el desarrollo
Con seguridad es la mayor novedad del magisterio de nuestros obispos. Evangelii gaudium rompió uno de los dogmas en que se asienta el individualismo materialista que sostiene el neoliberalismo: el crecimiento económico es garantía del desarrollo. El Papa Francisco, cargó polémicamente contra el llamado trickle down effect, que ha servido como coartada para el afán de lucro desmedido y ha mostrado lo que los Informes Foessa evidencia: crecimiento no es igual a desarrollo. Más bien ha ocurrido lo contrario: en épocas de bonanza ha crecido la desigualdad y se ha olvidado un concepto que hay retomar con intensidad: los llamó Pablo VI desarrollo humano integral. Un evidente validador de los avances o retrocesos lo da la suerte de los más pobres. Lamentablemente estamos muy lejos de que lograr una sociedad en la que las diferencias sociales se achaten y en la que la máxima de apostar por luchar contra lo que nos desiguale y asegurar lo que nos diferencia sea posible.

 3.5.- El sistema mundo como referente
La participación de la aldea global nos ha conducido a la máxima interrelación habida jamás en la historia de la humanidad. Ello tiene serias contraindicaciones (algunas las estamos padeciendo con cruel intensidad), pero ofrece nuevas e inéditas posibilidades: jamás hemos estado tan cerca de poder solucionar tanto y tan deprisa (piénsese en la reconstrucción de Sri Lanka después del tsunami con la ayuda de varias agencias del Banco Mundial). Si de la globalización de la indiferencia pasamos a la civilización del amor, incorporaremos nociones recientes del magisterio de la Iglesia como justicia intergeneracional, bien común planetario, solidaridad universal… En fin nuevas palabras que se resumen en una mucho más antigua y omnicomprensiva que es la fraternidad.

 CONCLUYO: Para mí es un mantra, porque resume lo que creo sintetiza el tema de la conferencia que habéis tenido la amabilidad de escuchar: la mirada y el corazón de los creyentes ante los nuevos retos de la pobreza, demandan de nosotros volver al lugar natural de la Iglesia: a los pies de la cruz y de los injusticiados de ayer, hoy y siempre; fijos los ojos en el Señor para no dejarnos llevar por ideologías y, no menos importante, desde la preciosa diversidad que es un don del Espíritu, siendo en verdad uno para que el mundo crea.

  José Luis Segovia Bernabé
Vicario episcopal de pastoral social e innovación
Fotos: Cholo Hurtado

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